El domingo, 22 de junio de 2014


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Cuesta apreciar bien el valor del pan blanco.  Ahora los cómicos hacen chistes del pan Bimbo.  Pero seguramente  no conocen bien su historia.  Al final del siglo diecinueve la mayoría del pan comprado fue horneado en las “panaderías celulares” debajo condiciones sórdidas.  Frecuentemente los panaderos agregaron aserrín para aumentar el peso del producto.  Entonces hace más o menos cien años comenzaron a hacer el pan en panaderías tan grandes como fábricas.  Lo pusieron en bolsas selladas para prevenir que entrara contaminaciones.  Para permitir que la gente viera que el pan no tenía mugres, hicieron el pan con harina blanqueada.  En tiempo cortaron el pan en rebanadas para hacer sándwiches y ponerlo en la tostadora.  Y durante la Segunda Guerra Mundial  comenzaron a agregar las vitaminas para que los consumidores no sólo tuvieran la mayoría de las calorías del pan sino también una buen parte de los nutrientes necesarios.

A pesar de que el pan blanco representa una revolución en la historia de la comida, los sofisticados ahora se burlan de ello.  Apuntan al pan que cuesta cinco dólares por libra como sumamente superior.  Una criticona dijo que el pan blanco es para la gente que no tienen sueños.  Respondió un sabio que la gente que comía pan blanco ciertamente soñaba pero sus sueños eran modestos – una vida sana y estable en la cual sus hijos podrían madurar en personas productivas y responsables.  Ahora podemos ver un paralelo entre la evaluación del pan blanco y la del “pan de la vida”, el Cuerpo de Cristo.

A través de los siglos ha habido escépticos rechazando el pan eucarístico como absurdo.  Como los judíos en el evangelio hoy, preguntan: “’¿Cómo puede (Jesús) darnos a comer su carne?’”  Desgraciadamente, hoy en día se encuentran aún varios creyentes con conceptos similarmente distorsionados.  Algunos piensan que está bien recibir la hostia después de mirar la pornografía sin recurrir al Sacramento de Reconciliación.  Igualmente lamentable es el hecho de muchos abandonando la Eucaristía dominical para mirar la tele.  No se dan cuenta de que sea necesario aprovecharse del sacramento para vivir rectamente con la plenitud de la vida como su destino.

Usualmente la comida que consumimos se hace parte de nuestros cuerpos.  Las moléculas de proteína, carbohidrato, y gorda son ingeridas para darle al cuerpo la energía y el aumento.  Pero no es así con el Cuerpo de Cristo.   En lugar de formarse en nosotros, el Cuerpo de Cristo nos envuelve en sí mismo.  Unidos tan íntimamente con el Señor Jesús  podemos compartir en el amor de la Santísima Trinidad.  Este amor nos impulsa a ir el kilómetro extra para visitar al enfermo con cáncer o dar una ayuda financiera junto con el pésame a la viuda con hijos pequeños.  Por ser unidos con Cristo podemos también esperar la vida eterna que él ya tiene como hombre resucitado de la muerte.

Dentro de poco vamos a rezar juntos el Padre Nuestro.  La oración se ha hecho tan ordinario que pensemos que la entendamos bien.  Sin embargo, hay una petición entre las siete que cuesta apreciar.  Cuando pedimos “nuestro pan de cada día” no tenemos en cuenta el pan Bimbo para que consumamos las calorías necesarias diariamente.  Más bien, según los expertos, estas palabras significan algo supersustancial para hacernos santos.  Eso es, el pan eucarístico no solamente nos da la energía sino el amor para hacer lo bueno, lo valeroso.  Por eso, se llama el pan eucarístico “el pan de la vida”.

El domingo, 15 de junio de 2014


LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

Si fuéramos a preguntar, ¿Cómo deberíamos vivir?, recibiríamos diferentes repuestas de diferentes personas.  Nuestro médico nos diría que no comamos tanto y que hagamos más ejercicio.  Nuestro banquero nos aconsejaría que invirtamos nuestros ahorros en estas acciones o esos bonos.  Y nuestros maestros, que leamos un libro cada semana.  ¿Cómo respondería Dios a nuestro interrogante? Las escrituras hoy nos indican Su consejo.

En la primera lectura Dios ha pedido a Moisés a volver a la montaña con dos tablas nuevas.  Quiere escribirle de nuevo su ley para Israel.  Tiene en cuenta muchos preceptos, pero resume todo el abanico de leyes con los Diez Mandamientos. Si la gente vive estos diez, complacería a Dios y le haría a sí mismo feliz. 

Israel ha tratado de hacerlo sin resultados óptimos.  Unos viven la letra de las leyes pero olvidan que la ley es para efectuar el bien común. Una vez dos carros iban a la máxima velocidad supuestamente permitida por la ley en los dos carriles de una carretera.  Aunque seguían la ley, los choferes causaron una presa de millas.  Entretanto otros descuidan la letra en favor del llamado “espíritu de la ley”.  Este planteamiento corre el riesgo de hacer la ley vaga con resultados aún más feos. Con el pretexto que estaban siguiendo el espíritu de la ley, algunos presidentes han mandado a los soldados a guerra sin la autorización debida de la legislativa.

Como cada persona que han tratado de ensamblar una bicicleta sabe, aun con las instrucciones cuesta hacerlo.  Casi siempre se necesita un técnico para cumplir el ensamblaje.  Así es también con el desarrollo de la virtud.  Sólo por seguir leyes no vamos a convertirnos en personas buenas.  Nos falta un instructor para mostrarnos cómo actuar y para inspirarnos cuando nos cansamos.  Precisamente por esta razón Dios Padre envió a Su Hijo al mundo para hacernos justos como dice el evangelio.  Jesús nos ha instruido que no es tanto lo que hagamos sino la disposición de nuestro corazón que cuenta.  Tenemos que amar a nuestro prójimo.  Él mismo enseñó el significado del amor por lavar los pies de sus discípulos y, mucho más sublimemente, por morir en la cruz por ellos. 

Como hombre Jesús no podía quedarse con nosotros en carne y hueso para siempre.  Sin embargo, no nos dejó solos.  Ha enviado al Espíritu Santo para ayudarnos en su lugar.  El Espíritu nos urge hacer lo bueno, lo amoroso y lo correcto en cada situación en que nos encontremos.  El Espíritu nos mueve a llevar comida a la familia en luto por la muerte de su mamá y a integrase en la sociedad de San Vicente de Paulo.  Según un filósofo famoso del siglo diecinueve, “el último cristiano murió en la cruz”.  Lo que significa esta frase, bien repetida, es que Jesús falló a ganar a discípulos que seguirían sus modos.  Pero el filósofo estaba equivocado.  Se encuentran santos conocidos por sus buenas obras en cada época de la Iglesia desde su principio.  Por cada uno de estos santos nombrados en la letanía hay cien mil otros personas que han hecho las obras de caridad cada día.  Una mujer de origen guatemalteca recientemente hizo una fiesta por su amiga.  Quería montar algo especial porque la cumpleañera era una madre que hace poco perdió a su hijo.  Resultó como un momento de gozo en un año de tristeza para la mujer dolida. 

Hemos oído mucho estos días del regalo perfecto para nuestros papás en el Día de Padre.  Los almacenes nos dicen que necesitan una camisa personalizada con sus iniciales bordadas.  Las destilerías nos urgen a comprarles una botella de Ronrico o de Suaza.  Y ¿qué querría Dios que regalemos a nuestros padres?  ¿Cómo podría ser algo otro que nuestro amor?  Pues Dios – Padre, Hijo, y Espíritu Santo – es el amor que quiere acompañar a todos nosotros.  Sea por algo tan sencillo como una tabla de papel o tan complicada como una bicicleta, Dios quiere que regalemos a nuestros padres con el amor.

El domingo, 8 de junio de 2014

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

“Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso….Creo en un solo Señor, Jesucristo….Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida….Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica, y apostólica”.  Todos nosotros reconocemos estas palabras del Credo.  El orden dado no es por nada.  Se pone la creencia en la Iglesia inmediatamente después del Espíritu Santo porque se considera la Iglesia como la obra particularmente del Espíritu Santo.  De hecho, algunos hablan de la Pentecostés, cuando celebramos la venida del Espíritu Santo, como “el cumpleaños” de la Iglesia.  Ahora que examinemos los cuatro atributos de la Iglesia nombrados aquí como signos del Espíritu Santo y auxilios en nuestros caminos de fe.

La segunda lectura del capítulo doce de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios cuenta de los dones del Espíritu Santo.  Anticipa la descripción del don más grande que todos: el amor.  El amor hace la Iglesia una con “el mismo sentir y el mismo pensar”.  Por el amor la comunidad sirve como un recinto de salud durante las tormentas de la vida.  A veces los muchachos sienten rechazados por sus pares de modo que quieran hacer daño a sus propios cuerpos.  Ya no es insólito que intentan a tomar sus propias vidas.  ¿Por qué? Porque ninguno les dice que son “cool”.  Esta palabra inglés quiere decir que “yo importo a todos pero nada me importa a mí mucho”. Pero en la comunidad de la fe aprenderán que tienen una dignidad transcendente.  No es necesario que sean delgados, guapos, deportivos, o “cool”.  En la Iglesia simplemente porque somos, somos apreciados.

Pero queremos hacer algo valioso de nuestras vidas.  Se nos han regalado a nosotros mentes y manos para formarnos en testimonios de la bondad de nuestras familias y de Dios. El Espíritu Santo nos santifica para llevar a cabo la tarea.  Él nos aparta de las trampas del mundo: el placer, el prestigio, y la plata.  Nos advierte cuando hemos llegado a nuestro límite de alcohol y cuando estamos siendo seducidos a ver la pornografía en el Internet.  Y si caemos, el Espíritu Santo a través de los sucesores de los apóstoles nos perdona como el evangelio hoy nos cuenta.  Sí, a veces no queremos considerarnos como santos.  Pues, también nosotros estamos influenciados por el deseo de ser conocidos como “cool”.  Pero el Espíritu nos abre la vista a nuestro destino en el Reino de Dios y la necesidad de seguirlo con todo corazón.

Por hablar de la catolicidad de la Iglesia no tenemos en cuenta, en primer lugar, que no es protestante u ortodoxa.  La Iglesia es católica porque es arraigada en todas partes.  Ser católica significa ser universal.  En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu capacita a los discípulos a hablar en diferentes lenguas para que se conozca el nombre de Jesús a través del globo.  La lectura indica que cualquiera cultura en el mundo es amena a recibir el evangelio.  Es cierto que todas culturas, porque son formadas por los hombres con sus tendencias a pecar, necesitan la purificación.  Sin embargo, todas culturas por el Espíritu precediendo el evangelio tienen aspectos facilitando su mensaje. 

Finalmente, el Espíritu Santo mantiene la Iglesia como apostólica en dos sentidos.  En primer lugar, por obra del Espíritu las creencias de la Iglesia actual no difieren de aquellas de la Iglesia antigua.  Tenemos el mismo concepto de Cristo y su herencia para nosotros como los doce proclamando el nombre de Jesús al día de la primera Pentecostés cristiana.  En segundo lugar, el mismo Espíritu nos impulsa a todos nosotros al apostolado.  Somos para dar testimonio de las gracias que hemos recibido por conocer a Jesús.  Esto es el propósito de la Nueva Evangelización.

¿Cómo sería la Iglesia sin el Espíritu Santo?  Sería dura como una corporación con agentes que vienen y van sin formando relaciones que importen.  Sería mundana como la conversación de jóvenes a los cuales nada es sacra; todo es del placer y de la plata.  Sería estrecha como el sistema legal: amena a los ricos y desafiante a los pobres.  Y sería desarraigada como los vientos que cambian la dirección de un día al otro.  Pero ya estamos agradecidos que tenemos el Espíritu Santo.  Nos forma en la Iglesia que trabaja por el Reino a través del mundo.  Y nos asegura de un destino eterno.

El domingo, 1 de junio


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios1:17-23; Mateo 28:16-20)

Todavía muchos dicen: “Jueves de Ascensión”.  Piensan que tanto como es Miércoles de Ceniza, es Jueves de Ascensión.  Sin embargo, por cincuenta años en casi todas partes no se ha celebrado la Ascensión en jueves.  Para asegurar que tanta gente como posible asista en la celebración, se ha transferido la Ascensión al domingo. 

“¿Pero no es que la Ascensión del Señor tuviera lugar en el cuadragésimo día después de su resurrección?” objetan algunos.  No es cierto.  El Evangelio según San Lucas reporta que Jesús ascendió la noche de la resurrección en Betania, cerca Jerusalén.  Es los Hechos de los Apóstoles, también escrito por San Lucas, que indica la Ascensión en el cuadragésimo día como hemos escuchado en la primera lectura hoy.  Tampoco congruente con la información del Evangelio de Lucas, los Hechos reporta el sitio de la Ascensión como el Monte de Olivos.  El Evangelio de Mateo no habla exactamente de la Ascensión pero se ha entendido el pasaje evangélico de nuestra misa como el suceso que anticipa ella.  Dice que tuvo lugar en Galilea, bastante lejos de Jerusalén, sin mencionar el día.  San Marcos reporta la Ascensión pero no menciona ni el sitio ni el día.  En el Evangelio según San Juan se indica que Jesús va a dejar el mundo pronto cuando dice a María Magdalena al día de la resurrección: “’No me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre…’” pero no se describe el evento.

Aunque no se acuerdan ni en el día ni en el lugar de la Ascensión, los cuatro evangelios son unánimes en el mensaje de Jesús a sus discípulos antes de que suba al cielo.  Ellos han de predicar la buena noticia a través del mundo.  Su mandato es el más explícito en el Evangelio de la misa hoy de San Mateo.  “’Vayan y enseñen – les dice -- a todas las naciones’”.  Estas palabras dan eco en nuestros oídos.  Es menester de todos nosotros – laicos tanto como sacerdotes y religiosas – contar al mundo de Jesús.  Tenemos que mostrar como el camino a la felicidad que la gente busca no es por planear asiduamente el retiro sino por seguir sinceramente las bienaventuranzas.

Si la vía a la felicidad eterna es por una vida santa, no es que no haya gozo en el camino.  Al contrario, somos alegres porque conocemos el amor de Jesucristo.  Un capellán fue a bautizar a un hombre muriendo de SIDA en un asilo atendido por las Hermanas de Beata Teresa de Calcuta.  Le preguntó al enfermo por qué quería ser bautizado.  El hombre respondió: “Todo lo que sé es que soy infeliz y estas hermanas son muy felices, aun cuando las maldigo y las escupo.  Ayer por fin les pregunté por qué son tan felices.  Respondieron, ‘Jesús’.  Quiero a este Jesús para que sea yo finalmente feliz”.  Cuando cumplimos el mandato de Jesús de proclamar el evangelio, tenemos que hacerlo con el gozo.  Una sonrisa vale un título en la teología cuando hablamos de quien es Jesús.  Si estamos siempre criticando a los demás, quejándonos de nuestra suerte, y preocupándonos de lo que pueda pasar, nadie va a creer nuestro testimonio sobre la bondad del Señor.


Al final de la primera lectura dos ángeles aparecen a los discípulos.  Les preguntan por qué están parados mirando el cielo como si debieran ya haberse marchado a contar al mundo de Jesús.  Con aún más razón se puede dirigir esta pregunta a nosotros.  Por nuestras sonrisas, por nuestra caridad a los débiles, por nuestros testimonios de Jesús alumbrando nuestras vidas, deberíamos estar declarando a todos que sí Jesús vive.  Él ha resucitado de la muerte para asegurar la felicidad eterna.  Sí, Jesús vive.

El domingo, 25 de mayo de 2014


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)


En una novela una joven anda con un grupo a un mirador.   La hora es temprana; pues, quieren ver la salida del sol.  La joven siente un poco molesta por falta del sueño.  Cuando espía una flor en el suelo, se para para examinarla.  Los otros le exigen que se apure.  Dicen que va a perder ver el espectáculo del sol.  Desgraciadamente algo semejante pasa con algunos de nosotros.  Como la joven puede perder ver la maravilla del sol levantándose sobre el horizonte por mirar una flor del campo, varios católicos pierden  conocer al Espíritu Santo por cosas cotidianas.  Las lecturas de la misa hoy nos indican cómo el Espíritu Santo puede enriquecer nuestras vidas.

En el principio del Evangelio según San Lucas, Juan Bautista dice que viene uno que va a bautizar con el Espíritu y el fuego.  Está anticipando la transformación de vidas con el bautismo en el Espíritu Santo: vidas cambiadas del azul al rojo, de la indiferencia a la pasión.  En la primera lectura los Hechos de los Apóstoles describe a unos samaritanos bautizados sin recibiendo al Espíritu.  Se puede decir que son purificados del pecado pero les falta el fuego de la gracia.  Son como muchos que acuden la misa dominical pero muestran poco ánimo para el discipulado de Jesús.  A estos también les falta la fuerza plena del Espíritu.

El evangelio hoy nos indica el primero de dos efectos del Espíritu Santo.  Imparte a los discípulos el amor para que apoyen a uno y otro en el camino largo a la salvación.  Pasando por los desvíos en la vida – el placer de las drogas, la intriga de la intimidad con otra mujer u otro hombre, la excitación de los juegos – la atención de la comunidad cristiana nos mantiene en el rumbo más o menos derecho.  Sin la parroquia o nuestra comunidad pequeña somos como una nave sin timón siendo soplados por los vientos de la moda.

El Espíritu Santo también nos impulsa fuera de nuestra comodidad para compartir el conocimiento del Señor.  Un ministro laical describe su experiencia de invitar a sus amigos a acompañarle a la misa.  Habla de un compañero llamado Juan que encontró en un bar de deportes.  Una tarde de sábado lo acompañó a la iglesia.  Después de oír al ministro-amigo proclamar la palabra de Dios, Juan le dio un cumplido.  Dijo algo como: “si te vistiera en un alba, habría pensado que eres sacerdote”.  Ahora aunque sea la persona más mal vestida en la misa, Juan sigue asistiendo semana tras semana.  El ministro siente seguro que era el Espíritu Santo que le llamó para tomar tan buena pesca.

Una vez había varios reportes de plumas del Espíritu Santo.  Por supuesto, tales reliquias nunca han existido.  El Espíritu Santo no es palomo ni otro tipo de materia física, viva o muerta.  Pero sí, hay evidencia del Espíritu Santo en las comunidades de fe invitando a otras gentes a un paso derecho en el rumbo al Señor.  Tienen catecumenados con veintenas de personas.  Tienen decenas de vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa.  Tienen membresías llenas de preocupación por uno y otro y por el mundo entero.  Tales comunidades muestran el fuego del Espíritu Santo.  Tales comunidades constituyen huellas del Espíritu.

El domingo, 18 de mayo de 2014


EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)


Hace poco una fundación sociológica publicó un reporte sobre los latinos en los Estados Unidos.  Dijo que los latinos están saliendo de la Iglesia católica con más frecuencia que antes. Ya sólo cincuenta y cinco por ciento de los latinos son católicos.  Muchos de los ex católicos ya acuden a iglesias protestantes, pero un número creciente, particularmente entre los jóvenes, no van a ninguna iglesia.  Como otros americanos, están contentos a visitar el parque en la mañana de domingo.  Nos dan a nosotros la inquietud que seamos caducados por aferrar a nuestra religión.  Podemos encontrar en la segunda lectura hoy de la Primera Carta de Pedro algunas razones para mantener la fe.

No sabemos exactamente ni cuándo ni por qué se escribió la carta.  Desde que habla de los presbíteros, parece que fue escrita en los finales del primer siglo cuando el presbiterio estaba consolidándose.  Los contenidos además indican que los destinarios – los cristianos no judíos en lo que reconocemos ahora como Turquía -- sentían amenazados.  A lo mejor el problema era uno del rechazo de parte de los vecinos paganos y no de la persecución del estado.  Pues, en ese tiempo no hay récord de persecuciones extendidas contra los cristianos.  Sin embargo, los cristianos recientemente convertidos del paganismo sentirían alienados del pueblo pagano porque no más participarían en sus libertinajes.  Además, es probable que los paganos tuvieran sospechas acerca de los seguidores de Cristo cuyo cuerpo y sangre, se decía, que consumían.  Viviendo con esta angustia los cristianos del primer siglo estaban en apuro de una manera semejante de nuestro hoy. 

Primero, la carta de Pedro asegura a los cristianos que Jesús conoce su inquietud.  De hecho, experimentó el rechazo completo de parte de su propio pueblo.  Citando un salmo, la carta explica que Jesús fue “la piedra que rechazaron los constructores” cuando lo crucificaron en Calvario.  Pero su muerte en la cruz no constituyó su fin.  Más bien, resucitó de la muerte para formar “la piedra angular” sobre la cual sus seguidores se forman en la Iglesia como “piedras vivas”.  Como un gran templo extendiéndose al cielo, entonces, deberíamos seguir en la Iglesia para dar la gloria apropiada a Dios.

Además, nuestra asociación con Jesucristo encontrado en la Iglesia purifica nuestras acciones de modo que se hagan ofrecimientos dignos de Dios.  Dice la lectura que los cristianos se han hecho “un sacerdocio santo” dando “sacrificios espirituales”.  Esto significa que una vez bautizados en Cristo, compartimos en su sacerdocio con el resultado que nuestras oraciones y obras de caridad complazcan a Dios.  Es la gracia de Cristo, mantenida por la participación en la Eucaristía, que libra nuestras acciones del egoísmo y las llena con el amor.  Se ve esta purificación de motivos en el trabajo de algunas compañeras limpiando casas.  Unidas con Cristo, nunca tomará ni un cuarto del local y siempre dejan todo en orden, aun los rincones más difíciles a alcanzar.

Como una tercera razón para seguir adelante la lectura nos asegura que como cristianos no vamos a tropezar, al menos definitivamente. Mientras los demás andan por las tinieblas, los cristianos tienen la luz de Cristo.  Ella nos dirige más allá de las tentaciones a ver la pornografía en el Internet.  Nos permite reconocer la maldad en buscando las faltas de los demás.  Y si caemos en el camino, el mismo Jesús nos pone en pie con el sacramento de la Reconciliación.

La mujer es orgullosa de su anillo con dos diamantes chiquillos.  Dice que tenía una sola piedra que se le perdió.  Entonces su marido le compró otro diamante para reemplazar lo perdido.  Después de un tiempo ella encontró lo primero y lo tuvo colocado en la argolla.  Ya la mujer brilla con gratitud.  Añade que prefiere el diamante pequeño porque le parece humilde como ella misma.  De una manera es como todos nosotros en la Iglesia católica.  Pues, somos sólo piedras vivas dando la gloria a Dios por nuestras obras de caridad.  Somos como piedras dando la gloria a Dios.

El domingo, 11 de mayo de 2014

EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.36-41; I Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)


Una vez “el que cuida la puerta” refería sólo al guardián de la puerta.  Pero ahora “el que cuida la puerta” tiene muchas referencias como el director determinando cuales noticias el periódico imprimirá, el oficial escogiendo cuales estudiantes serán admitidos a la universidad, y el secretario dándoles a algunos el permiso a ver al mandatorio.  En todos casos “el que cuida la puerta” tiene control sobre lo que pasa en una organización.  Es persona con autoridad.

En el evangelio hoy Jesús ocupa la frase para indicar al asistente que permite a unos pero no a todos entrar al rebaño.  Dice que “el que cuida la puerta” la abrirá al buen pastor y la cerrará al ladrón.  En diferentes modos las madres, que honramos hoy (el Día de Madre en los EEUU como fue ayer en México), sirven como “el que cuida la puerta” por la familia.  Por la mayor parte son las que determinan cuál tipo de comida será servido en la casa.  Es de ellas a balancear la dieta para que todos coman nutritiva sin comer excesivamente.

Más importante aún es el papel de las madres junto con los padres a cuidar la puerta a la mente de sus hijos.  Las madres deberían controlar la cantidad tanto como la cualidad de televisión mirada en la casa.  Igualmente tienen que asegurar que los chicos no vayan a cines inaceptables.  Desde que la inmundicia del Internet (el instrumento del diablo dice una doctora) puede invadir la casa, las amas de casa siempre deberían estar vigilando sobre las computadoras y ya los teléfonos de sus hijos.  Sobre todo las madres tienen que asegurar que sus hijos asocien con niños con valores verdaderos.  Una vez una madre tenía que prohibir a su hija a salir con muchachas que la enredaban en problemas.  Años después, el padre de la joven dijo que esa prohibición fue el momento decisivo en la vida de su hija.

Aunque varía ahora más que antes, todavía las madres tienen el papel mayor en muchas familias a presentar a sus hijos a Jesús.  Lo hacen en la niñez por mostrarles que tanto Jesús los ama.  En tiempo van a decirles las historias evangélicas para animar su fe.  Rezan con sus hijos para que se aprovechen del conocimiento de Dios.  Y nunca dejan de rezar a Dios por ellos.  Una madre con hija ya adulta pero inmadura ora que su hija “se enamore con el Señor”.  Es oración digna de todas madres.

Las enseñanzas religiosas y las oraciones pertenecen a la casa porque la familia es la “iglesia doméstica”.  Se la ha nombrado así desde la antigüedad porque todos los bautizados participan en el sacerdocio común de los fieles con los tres menesteres de Cristo.  Son para decir la verdad como profetas, para ofrecer sacrificios como sacerdotes, y para gobernar como reyes.  Las madres llevan a cabo el papel del profeta cada vez que enseñan a sus hijos hacer lo bueno y evitar lo malo.  Cumplen el papel del sacerdote cuando  rezan en la casa.  Y actúan como rey por hacer reglas firmes y justas.  A lo mejor las madres tienen más efecto en sus hijos que el cura o la religiosa de la parroquia. 

Amamos a nuestras madres por habernos dado la vida.  Pero si la vida física fuera su único aporte a nosotros, no merecerían mucho cariño.  No, las apreciamos y las festejamos hoy por haber compartido con nosotros la vida dela  gracia, la vida de Jesús.  Gracias, madres, por enseñarnos cómo rezar antes de comer.  Gracias, madres, por insistir que pidamos perdón a aquellos que hemos ofendido.  Gracias, madres, por mostrarnos la primacía de la misericordia con el socorro del pobre en la puerta.  Gracias, madres.