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El domingo, 2 de junio de 2024

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

(Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:22-26)

La gran Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo originó en la Edad Medía para subrayar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.  Es famoso por la procesión con el Santísimo Sacramento fuera del tiemplo.  La procesión no solo expone la Eucaristía a todo el mundo sino les ofrece una bendición gratuita.

Las lecturas que acabamos de escuchar nos enseñan parte del significado de la Eucaristía.  Muestran cómo ella ha introducido una nueva época en la historia de la salvación.  La primera lectura relata el hacer de la alianza mosaica entre Dios y el pueblo Israel.  Presenta a Moisés rociando al pueblo con la sangre de los animales sacrificados a Dios.  Entonces Moisés derrama la misma sangre en el altar para ratificar la alianza con Dios.  Según los términos de la alianza el pueblo acepta la Ley para hacerlos santo.  A su vez Dios promete a proteger a Israel y mantenerlo en su afecto.

El evangelio destaca a Jesús creando la nueva alianza en la cena con sus discípulos.  Como Moisés Jesús ofrece un sacrificio a Dios y esparce sangre.  Pero en este caso se sacrifica a sí mismo, no animales.  Asimismo, es su propia sangre que se derrama.  Jesús identifica el pan que parte con su propio cuerpo que será crucificado el día siguiente. Dice significativamente que el vino que beben es su sangre que forma una nueva alianza entre Dios y los humanos.

En la segunda lectura el autor de la Carta a los Hebreos describe cómo la nueva alianza de Jesús sobrepasa la antigua alianza.  Primero, Jesús recibió su sumo sacerdocio directamente de Dios como Melquisedec, no por herencia mediante la ley.  Segundo, como sumo sacerdote, Jesús pudo ofrecer su sacrificio en el cielo, la verdadera residencia de Dios.  (Aunque parece remoto, realmente el cielo está cerca porque existe dondequiera está Dios.)

Tercero, Jesús llevó su propia sangre, que seguramente supera la sangre de animales, al altar de Dios.  Finalmente, los beneficios que brinda el sacrificio de Jesús trascienden los de los sacrificios del Templo.  Mientras los sacrificios de animales podrían conseguir el perdón de pecado, el sacrificio de Jesús obtiene la reformación del hombre.  Ahora, reconstituidos con el Espíritu Santo, no solo somos perdonados sino también fortalecidos para resistir el pecado y hacer obras dignas de la vida eterna. 

La Carta a los Hebreos merece nuestra lectura continua.  Es el intento del autor no conocido de convencer a un grupo de conversos judíos que no abandonen la fe en Cristo.  Se puede comparar estos conversos vacilando a los católicos en muchas partes el día hoy que no asisten en la misa.  Aunque fueron bautizados y confirmados, cuando se les pregunta su religión a menudo dicen “ninguna”.  Desean, como los paganos, los placeres en cuanto sean posibles.  No pueden apreciar el sumo valor de la Eucaristía que nos une en amor y nos mantiene íntimos con el Señor.

Dentro de dos semanas los americanos van a celebrar un nuevo feriado conocido como “día de Juneteenth”. La historia de este feriado nos ayuda entender el fenómeno que pasa en nuestro tiempo con la Eucaristía.  Se llama el día “Juneteenth” porque solo en el diecinueve de junio del año 1865 se dieron cuenta los esclavos en Tejas de que fueron liberados el primero de enero del año 1863.  ¡Pasaron dos años y medio sin saber de su liberación!  Ahora muchos católicos liberados del pecado por el Cuerpo y Sangre de Cristo tampoco se dan cuenta de su liberación.  Desconocen que el camino a la felicidad verdadera es vivir cerca del Señor Jesús.

Esperemos que nunca nos olvidemos de nuestra libertad del pecado por el sacrificio de Jesús.  Más bien, que la vivamos por despertar a los demás a sus beneficios.  Comencemos ahora con el final de la misa y continuemos todos los días de la semana, todas las semanas del año, todos los años de nuestras vidas.

El domingo, 11 de junio de 2023

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi) nos ocasiona oportunidad de reflexionar sobre algunas cosas.  Primero, que preguntemos: ¿Exactamente qué estamos celebrando hoy? y ¿Qué tipo de oración sugiere la celebración?  También, ¿cómo se relaciona esta fiesta con la vida de hoy? 

La celebración de Corpus Christi tiene orígenes en la Edad Media.  Mientras los teólogos debatían la presencia real de Cristo en el sacramento, la gente quiso mostrar su fe en ella.  Comenzó en Francia, pero en corto tiempo se extendió por la Iglesia universal.  Desde el siglo XIV ha destacado una procesión en la cual se lleva el Santísimo Sacramento. 

Se puede decir que Corpus Christi exhorta todos los tres tipos de oración.  Se da a la meditación buscando el cómo y el porqué de la Eucaristía.  Al hacerlo, descubrimos que Jesús instituyó la Eucaristía para hacerse presente físicamente a través del mundo.  Está en todas partes para apoyarnos en la lucha de ser santos.  Cuando tomamos el Pan Eucarístico en la Santa Comunión, no se hace tanto parte de nosotros como toda otra comida.  Más bien ello nos forma en el Cuerpo de Cristo.

La contemplación se difiere de la meditación por ser más dado al silencio interior que al interrogar.  Esta fiesta nos proporciona ocasión de enfocarnos en Jesús presente en el altar.  Él nos actúa como un ancla que nos basa en la verdad en un mundo que tiende a extraviarnos.   Expresamos el agradecimiento a Jesús por salvarnos con la oración vocal.  Sea un canto como “Bendito, bendito, bendito sea Dios…” o una oración eucarística como “Oh Sagrado Banquete, en que Cristo es nuestra comida…” tenemos que decir algo.

Desde casi el principio la Iglesia ha recomendado la celebración de Corpus Christi con una procesión.  En ella nos presentamos como el Cuerpo de Cristo con la Sagrada Hostia como nuestra cabeza.  Lo seguimos indicando nuestro compromiso a vivir el amor abnegado con lo cual Jesucristo murió para redimirnos de pecado. Por eso, no nos sorprendemos cuando encontramos a nuestro lado a una maestra que dedicó su vida a la educación de niños.  O tal vez esté nos acompañe un policía que más de una vez se arriesgó su vida defendiendo a la gente.  En otros tiempos y otros lugares los santos como San Martín de Porres y Santa Francisca Cabrini participaron en tal procesión.

Durante este mes de junio en casi todas las ciudades del mundo habrá otro tipo de manifestación en las calles.  Los homosexuales y proponentes de tipos de sexo aún más raros quieren llamar la atención a sí mismos.  No queremos burlarnos de ellos.  Pues muchos han experimentado el prejuicio cruel.  Pero tampoco deberíamos querer juntarnos en sus filas. 

El movimiento “orgullo gay” es modo de promover el amor erótico en sus diferentes formas.  No creemos que sea de ninguna manera tan digno como el amor de Cristo.  El amor erótico, que tenga su lugar apropiado dentro del matrimonio, busca el placer para el yo.  En contraste, el amor abnegado que Jesús nos mostró hace sacrificios por el bien de los demás.

Es difícil hablar de estas cosas tanto en la familia como en público hoy en día.  Pero deberíamos hacerlo para que no se extravíen otros.  Tal vez nuestra participación en la procesión de Corpus Christi día testimonio al amor abnegado de Cristo.  Pero que no nos falte a decir a nuestros hijos y nietos que el sexo tiene su lugar justo solo en el matrimonio.   Allí con todos los sacrificios que el matrimonio exige la pareja experimenta algo sumamente valioso.  Atestigua la transformación de su amor erótico en el amor de Cristo.  Esto es el propósito de la vida espiritual: que nosotros aprendamos a amar como Cristo.

El domingo, 6 de junio de 2021

 

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

(Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:22-26)

Los esposos deberían saber lo que es una alianza.  Pues han entrado en una alianza con su matrimonio.  Una alianza va más allá que un contrato que se limita a los términos específicamente expresados.  La alianza es una promesa solemne por la cual una parte promete bendecir o servir a otra de una manera más o menos general.  En el matrimonio los esposos prometen a amar y respetar a uno a otro por toda la vida.  La primera lectura nos muestra otro ejemplo de alianza.

De su misericordia Dios ha querido entrar en una alianza con los hombres.  Lo ha cumplido esta intención en etapas.  La lectura del Éxodo muestra una etapa primaria: la alianza mosaica.  Dice que el pueblo Israel será su pueblo si cumple todos los mandamientos de la Ley.  Por cambio, Dios lo protegerá de sus enemigos y les dará la tierra fértil de sus antepasados.  Los israelitas no se contraen del compromiso.  Dicen a una voz: “Haremos lo que dice el Señor”.  Entonces, para sellar el pacto Moisés rocía al pueblo con la sangre de los novillos sacrificados.

En el evangelio Jesús hace la alianza final entre Dios y los hombres.  Es abierta no sólo a una nación pequeña sino al mundo entero.  También comprende de un sacrificio, pero no de animales sino de Jesús mismo.  En lugar de ser rociados, aquellos que compartan de esta alianza toman su cuerpo y sangre por medio del pan y vino consagrado.  Es la Eucaristía entonces por la cual nosotros participamos en la nueva alianza. Sin embargo, no es simplemente aprovecharse del sacrificio de Cristo que nos hacen participantes de la alianza.  También tenemos que comprometernos a obedecer la voluntad de Dios como Jesús ha ensenado.

La segunda lectura de la Carta a los Hebreos nos ayuda entender el efecto de la alianza que Jesús hizo.  Dice que el derramar de su propia sangre efectuó más que el sacrificio de animales.  El rociar con la sangre de animales solo limpia al pecador exteriormente para que ella o él pudiera participar en el culto.  Pero el sacrificio de Jesucristo logró el perdón de pecados y la limpieza de conciencia.  De esta manera nosotros cristianos podemos ofrecer sacrificios de oración y de obras que merecen la vida eterna.

Antes de que tomemos el cuerpo y la sangre de Cristo, debemos prometer nuestra lealtad a Cristo.  Es cosa de aceptar tanto su doctrina como su manera de vivir.  Como los israelitas tenemos que decir: “Haremos todo lo que dice el Señor”.  Por esta razón algunos obispos oponen dar la Santa Comunión a aquellos políticos católicos que facilitan el aborto.  Recientemente el debate se ha intensificado con la elección de Joe Biden, un católico, como presidente.  Desde la toma del oficio, Biden ha amplificado el acceso al aborto.  Por mi parte, no quiero decir que un obispo deba negar al político que promueve el aborto la hostia sagrada en su diócesis.  Pero pienso que el motivo de una negación tan significante debe ser la preocupación del alma del político.  Si el motivo es solo para forzar cambios en la ley, puede ser la metida indebida de la Iglesia en la política.

Había la costumbre de hacer una procesión con el Santísimo el día de Corpus Christi.  Tenía lugar no solo en el terreno de la parroquia sino a través de los barrios de la ciudad o de los campos del paisaje campestre.  El motivo era proporcionar una bendición gratis a todos que lo encontraron.  Mostraba cómo Cristo quiere ofrecer a todos la alianza con Dios.  Los beneficiarios podrían unirse con él en la búsqueda de la vida eterna mientras él les facilitaría la limpieza de conciencias.  El Cuerpo y Sangre de Cristo siempre ha sido un tesoro valiosísimo.  Nunca deberíamos pasarlo por alto.  Es un tesoro valiosísimo.

El domingo, 14 de junio de 2020


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)


La fiesta de Corpus Christi tiene como propósito la meditación sobre el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Eso es, celebramos la fiesta para profundizar nuestro aprecio de la Eucaristía.  Por dos meses ustedes no podían recibir el sacramento debido al confinamiento.  Tuvieron que hacer la comunión espiritual.  En un sentido estaban cumpliendo el propósito de Corpus Christi. ¿Cómo fue la experiencia?  A lo mejor, no fue tan satisfactoria como recibiendo la hostia en la misa.  Vale la pena reflexionar sobre los elementos de la fiesta de Corpus Christi para mejorar la experiencia de la comunión.  Sea la comunión espiritual o la comunión sacramental, deberíamos querer recibirla con mayor aprecio.

El primer elemento de Corpus Christi es la misa.  El sacerdote en persona de Cristo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.  Se hace presente Jesucristo en forma sacramental.  Entonces venimos al altar para recibirlo.  La maravilla es que la comida y la bebida sacramental no se convierten tanto en nuestros cuerpos.  Más bien, la comida y bebida sacramental transforman a nosotros en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.  Por eso, San Pablo pregunta a los corintios en la segunda lectura: “…el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?”  Claro que hace. Ciertamente somos unidos a Cristo también por la oración y el sacrificio, pero  no tan íntimamente.  Las madres reprenderán a sus hijos que si siguen comiendo pizza, van a verse como una pizza.  Es una broma.  Pero es cierto que tanto más recibamos la Santa Comunión dignamente, tanto más nos convertimos en el Cuerpo de Cristo.

Después de la misa de Corpus Christi formamos una procesión, al menos era así en este país hace setenta años y sigue así en varios países latinos.  La procesión forma el segundo elemento de la fiesta.  Con el sacerdote llevando el pan consagrado, caminamos por el vecindario.  Es una bendición gratuita para toda la comunidad.  Tal vez se ve aun una policía hincándose cuando pasa la procesión.  La procesión imita la marcha de los israelitas en la primera lectura.  Ellos  recorren por el desierto cuarenta años para que se formaran en el Pueblo de Dios.  Así es con  nosotros caminando con el Santísimo Sacramento.  Nos empezamos de reconocer al uno al otro no sólo como conciudadanos sino como miembros de la misma familia de Dios.

La característica más prominente de la primera lectura es el maná.  Dios deja este alimento extraño para dar de comer a Su pueblo.  Se encuentra en el suelo del desierto como el rocío en el césped en la madrugada.  Pero no semejante al rocío el maná tiene una base sustancial.  Se puede secarlo y molerlo para preparar pastelitos.  Nos parece como la hostia usada en la misa.  La hostia no parece nutritiva para nada.  Sin embargo, transformada en el Cuerpo de Cristo, se hace en la fuente de la vida eterna.

Tenemos oportunidad para contemplar la vida eterna cuando entramos de nuevo en el templo.  La veneración del Santísimo comprende el elemento final de Corpus Christi.  Por la veneración nos percatamos de lo que Jesús significa en el evangelio hoy cuando dice: “’El que come de este pan vivirá para siempre’”.   Es la vida del Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  Consiste en el gozo de estar con aquellos que amamos y que nos aman en nuestras vidas.  Será un compartir perfecto porque no habrá las preocupaciones y los defectos personales que amargan la vida ahora. 

Una vez una película terminó con todos los personajes congregados en la iglesia tomando la comunión.  Todos estaban allí: los héroes y los tunantes, los blancos y los negros, los ricos y el ciego, llevando sonrisas.  Eran reconciliados por la gracia de Cristo.  Era sólo la visión del director del cielo, la vida "para siempre”.  No sabemos en realidad cómo es la vida eterna.  San Pablo dice que “…ninguna mente ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman” (I Corintios 2,9).  Sin embargo, se puede decir con confianza que vale la pena esforzarse para lograrlo.

El domingo, 22 de junio de 2014


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Cuesta apreciar bien el valor del pan blanco.  Ahora los cómicos hacen chistes del pan Bimbo.  Pero seguramente  no conocen bien su historia.  Al final del siglo diecinueve la mayoría del pan comprado fue horneado en las “panaderías celulares” debajo condiciones sórdidas.  Frecuentemente los panaderos agregaron aserrín para aumentar el peso del producto.  Entonces hace más o menos cien años comenzaron a hacer el pan en panaderías tan grandes como fábricas.  Lo pusieron en bolsas selladas para prevenir que entrara contaminaciones.  Para permitir que la gente viera que el pan no tenía mugres, hicieron el pan con harina blanqueada.  En tiempo cortaron el pan en rebanadas para hacer sándwiches y ponerlo en la tostadora.  Y durante la Segunda Guerra Mundial  comenzaron a agregar las vitaminas para que los consumidores no sólo tuvieran la mayoría de las calorías del pan sino también una buen parte de los nutrientes necesarios.

A pesar de que el pan blanco representa una revolución en la historia de la comida, los sofisticados ahora se burlan de ello.  Apuntan al pan que cuesta cinco dólares por libra como sumamente superior.  Una criticona dijo que el pan blanco es para la gente que no tienen sueños.  Respondió un sabio que la gente que comía pan blanco ciertamente soñaba pero sus sueños eran modestos – una vida sana y estable en la cual sus hijos podrían madurar en personas productivas y responsables.  Ahora podemos ver un paralelo entre la evaluación del pan blanco y la del “pan de la vida”, el Cuerpo de Cristo.

A través de los siglos ha habido escépticos rechazando el pan eucarístico como absurdo.  Como los judíos en el evangelio hoy, preguntan: “’¿Cómo puede (Jesús) darnos a comer su carne?’”  Desgraciadamente, hoy en día se encuentran aún varios creyentes con conceptos similarmente distorsionados.  Algunos piensan que está bien recibir la hostia después de mirar la pornografía sin recurrir al Sacramento de Reconciliación.  Igualmente lamentable es el hecho de muchos abandonando la Eucaristía dominical para mirar la tele.  No se dan cuenta de que sea necesario aprovecharse del sacramento para vivir rectamente con la plenitud de la vida como su destino.

Usualmente la comida que consumimos se hace parte de nuestros cuerpos.  Las moléculas de proteína, carbohidrato, y gorda son ingeridas para darle al cuerpo la energía y el aumento.  Pero no es así con el Cuerpo de Cristo.   En lugar de formarse en nosotros, el Cuerpo de Cristo nos envuelve en sí mismo.  Unidos tan íntimamente con el Señor Jesús  podemos compartir en el amor de la Santísima Trinidad.  Este amor nos impulsa a ir el kilómetro extra para visitar al enfermo con cáncer o dar una ayuda financiera junto con el pésame a la viuda con hijos pequeños.  Por ser unidos con Cristo podemos también esperar la vida eterna que él ya tiene como hombre resucitado de la muerte.

Dentro de poco vamos a rezar juntos el Padre Nuestro.  La oración se ha hecho tan ordinario que pensemos que la entendamos bien.  Sin embargo, hay una petición entre las siete que cuesta apreciar.  Cuando pedimos “nuestro pan de cada día” no tenemos en cuenta el pan Bimbo para que consumamos las calorías necesarias diariamente.  Más bien, según los expertos, estas palabras significan algo supersustancial para hacernos santos.  Eso es, el pan eucarístico no solamente nos da la energía sino el amor para hacer lo bueno, lo valeroso.  Por eso, se llama el pan eucarístico “el pan de la vida”.

El domingo, el 26 de junio de 2011

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

(Deuteronomio 8,2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Hoy en día hay mucha comida. Aun los países pobres se abundan de comestibles. Sí, de vez en cuando un pueblo pasa hambruna como en Darfur, África, hace poco. Pero tales privaciones a menudo resultan de la guerra no de la verdadera escasez. De hecho ahora se preocupa más por la superabundancia del pan que por su falta. Mucha gente está muriendo de infartos, cánceres, diabetes, y otras enfermedades relacionadas con la obesidad. En este ambiente de plenitud algunos querrían preguntar, ¿cómo se afecta nuestro aprecio para el Pan vivo, el cuerpo de Cristo? La pregunta es particularmente apropiada hoy cuando estamos celebrando Corpus Christi.

Con almacenes gigantes como Sam’s repletos con comidas, ¿no es que llame menos atención la oferta de Jesús en el evangelio del Pan vivo? Tan bueno como es, el Cuerpo de Cristo no atraerá a tantos donde hay carne de cien tipos de animales en el alcance. También el hecho que la gente al promedio vive casi doble el tiempo que vivía hace cien años ha disminuido, creo, el interés en el Pan de la vida eterna. Llegando a ochenta o noventa años con cuerpos doblados y memorias débiles, muchas personas se satisfacen con la muerte ya próxima.

Pero no entendemos bien lo que contiene el Pan que Jesús ofrece. Es algo tan diferente que comida de la tienda como la computadora se difiere del papel y pluma. Los comestibles son cosas muertas que el cuerpo consume para transformarlos en sí mismo. En contraste, el Pan que Jesús ofrece vive de modo que él transforme al consumidor en el Cuerpo de Cristo. En otras palabras cuando tomamos el Cuerpo de Cristo, Cristo no se transforma en nosotros sino nosotros en Cristo. Nos hacemos miembros de su Cuerpo, la Iglesia, fortalecidos para su misión de proclamar el reino de Dios Padre al mundo.

Participando en el Cuerpo de Cristo, podemos comprender mejor lo que es la vida eterna. Muchos piensan que la vida eterna es la vida que dura para siempre. No están completamente equivocados, pero a su raíz la vida eterna no se encuentra en el campo de tiempo sino en otra tierra. La vida eterna refiere a la vida del amor que la Santísima Trinidad ha disfrutado desde siempre. En un cine reciente se describe la dinámica de este amor. La historia tiene lugar en Argelia donde unos monjes franceses viven en paz entre la gente musulmán. Entonces los terroristas llegan amenazando a los monjes con la muerte si no dejan el monasterio. Huirían si no fuera por la gente que les pide quedarse. Eventualmente los monjes son masacrados. Pero antes del martirio una muchacha musulmana pregunta a uno de los monjes cómo es enamorarse. El monje responde: “Hay algo dentro de ti que se pone vivo… Es irreprensible y te hace el corazón latir más rápido”. La muchacha sigue preguntando si el monje jamás se ha enamorado. Él responde: “Sí, varias veces. Entonces encontré otro amor, aún más grande. Y respondí a ese amor”. Este es el amor de Dios que también llega a nosotros. Cuando lo aceptamos, experimentamos la vida eterna. Con este amor no tenemos que temer nada, ni siquiera la muerte. Pues este amor va a llevarnos más allá que la muerte.

El amor de Dios nos fortalece para superar los desafíos diarios. Los deseos para el exceso del pan, del placer, y de la plata no nos tiran como antes. Más bien nos preocupa de complacer a Jesús todos los días, todos momentos del día. Por amor a Jesús una ejecutiva de IBM dejó su empleo para cuidar a su mamá enferma. Cuando la madre falleció, la mujer se dedicó al ministerio parroquial. No es que todos nosotros podamos desistir a trabajar para ayudar a los demás porque es precisamente por nuestros empleos que estamos cuidando a nuestras familias. Sin embargo, sí, por el amor podemos hacer nuestro trabajo y cuidar a nuestras familias con más empeño para servir al Señor Jesús.

Una pintura ha estado llamando la atención por los últimos cuarenta años. Muestra a Cristo en la cruz. No hay nada diferente en esto. Un escritor dice que a lo mejor el Jesús crucificado es el retrato más pintado en la historia. No, esta pintura nos atrae porque se compone el Cristo de las figuras de muchas personas humanas. Está allí el papa Pablo Sixto, Martin Luther King, Jr., otros personajes históricos, y miles de personas no conocidas. Es lo que nos hace el Pan vivo. Cuando lo consumimos, él no se hace parte de nosotros sino que nosotros nos hacemos parte de él. Nos hacemos partes del Cuerpo de Cristo.

Homilía para el Domingo, 25 de Mayo de 2008


La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

(Juan 6:51-58)

En una preparatoria católica una vez cada mes había misa por todos los alumnos. Antes de la misa se llevó el Santísimo Sacramento de la capilla al auditorio donde tendría lugar la misa. El sacerdote caminó con el copón precedido por un estudiante tocando una campanita. Cuando pasó por el gimnasio todos los muchachos jugando básquet o voleibol cesaron su actividad para arrodillarse. Fue sólo un gesto apto para demostrar la fe en la presencia de Cristo en el sacramento.

Ahora celebramos Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Tradicionalmente la celebración incluyó una procesión a través de las calles del pueblo. Los propósitos para el evento eran al menos dos. Le dio a la gente la oportunidad a demostrar su fe como los alumnos hacían en la preparatoria ya mencionada. También, el Santísimo proporcionó a todo el pueblo – tanto los no católicos como los católicos – una bendición gratis. Las gracias de la eucaristía son tan abundantes que beneficien a todos que se les aproxime.

¿Qué son estos beneficios? En primer lugar, una procesión con el Santísimo demuestra que lo precioso no sólo son el oro y la plata sino también las más sencillas viandas trasformadas por el Espíritu Santo. La gente no tiene que ser rica para aprovecharse de este tesoro. Segundo, cuando la gente se congrega para la procesión, renueva sus relaciones entre sí. Muchas veces los humanos se dan cuenta de la necesidad a visitar con uno y otro pero no lo logra porque la pereza supera su voluntad. En la procesión religiosa el Señor se llama a todos juntos para visitar tanto como para atestiguar un misterio. Sobre todo, queda el motivo religioso. El Santísimo llevado por la comunidad pregona que Jesús nos ha venido a salvarnos de pecado. Por arrepentirnos sinceramente, podemos acogerlo en el sacramento con toda su promesa.

En el evangelio los judíos quedan escandalizados por la idea de que Jesús les presente su cuerpo y su sangre como nutrición. Piensan que sería canibalismo a comer la carne de otra persona humana. Hoy en día muchas personas llevan el prejuicio opuesto. No quieren admitir que, a pesar de las apariencias, Jesús realmente nos ofrece su cuerpo y sangre en la Eucaristía. La Fiesta de Corpus Christi aclara la postura de la fe acerca de estas dos críticas. Asegura que nosotros católicos no practicamos el canibalismo porque el cuerpo y la sangre de Cristo que comemos tienen las formas de pan y vino. También, insiste que no es sólo pan y vino que comamos sino algo infinitamente más precioso – el cuerpo y sangre de Cristo.