El domingo, 23 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Génesis 14:18-20; I Corintios 11:23-26; Lucas 9:11-17)


De vez en cuando me pasa algo chocante en la fila de la Santa Comunión.  Una persona se me acerca con su mano extendida.  Mostrándole la hostia, le digo: “El Cuerpo de Cristo”.  Ella responde, “Amen”.  Entonces arrebata la hostia de mi mano como si fuera una manzana de un árbol.  Tal acción es más que la falta de buenas modales.  Es evidencia de un malentendido de la Eucaristía.  Sea en la mano o sea en la lengua, el modo correcto es recibir la hostia, no tomarla.  Aprendemos esto y más de las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura Abram acaba de vencer a varios reyes que habían tomado las posesiones de él junto con su sobrino Lot.  Entonces viene el rey Melquisedec que es también sacerdote.  Él ofrece un sacrificio de pan y vino a Dios de parte de Abram.  El guerrero quiere agradecer al Señor por haber recuperado todo lo que había perdido.  Abram no toma por dado el sacrificio sino le paga al sacerdote.  Le da el diezmo (la décima parte) de todo lo que había rescatado. 

Se ha comparado Jesús con Melquisedec porque con ambos hombres los orígenes de sus sacerdocios son desconocidos.  En la segunda lectura Jesús, también como Melquisedec, ofrece a Dios un sacrificio de pan y vino.  San Pablo está narrando la historia para criticar a los corintios por no compartir entre todos los alimentos del sacrificio en sus reuniones.  Evidentemente los ricos tomaban para sí mismos las porciones más grandes dejando casi nada de comer para los pobres.  Pablo recuerda a la comunidad que no es meramente una comida que están compartiendo.   Es una participación del cuerpo y sangre de Cristo “hasta que vuelva”.  Los corintios tienen que quedarse fieles a Cristo porque vendrá de nuevo con la salvación.

En la primera lectura se ofrecen el pan y el vino con miras a eventos pasados.  En la segunda lectura el mismo ofrecimiento está hecho con el futuro en cuenta.  El evangelio hace hincapié en el momento presente.  Se les encuentra a Jesús y sus discípulos con una multitud de personas aisladas en el campo.  Se hace tarde y la gente necesita de comer.  En lugar de despedirlas para que cada uno busque su propio pan Jesús quiere proveérselo. Con su bendición sobre los cinco panes y dos pescados los alimentos se multiplican.  Entonces Jesús les da los alimentos a sus discípulos para que sean distribuidas a la gente.  Nadie toma nada para sí mismo.  Pero todos tienen más que lo suficiente para comer.

En conjunto las tres lecturas muestran cómo la Eucaristía representa una gran transferencia de dones.  Se refiere primero a la vida y los recursos para mantenerla que Dios nos proporciona.  Tenemos que reconocer que todos los bienes que tenemos encuentran su fuente en la providencia de Dios.  De modo inferior la Eucaristía significa nuestro don a los demás.  En primer lugar el pan y el vino son productos de la industria humana.  Representan el culto que rendemos a Dios en agradecimiento de su bondad.  En segundo lugar es nuestro compromiso a los pobres para que ellos tengan los recursos para vivir.  Sobre todo la Eucaristía es el don de Jesucristo de su Cuerpo y su Sangre que acarrea la vida eterna.  Estos alimentos nos nutren para amar a uno y otro como Jesús nos ama.

Tomamos las cosas que son de nosotros por derecho.  El ciudadano puede tomar la papeleta de votar.  Todos nosotros tomamos nuestros asientos en la misa.  Sin embargo, recibimos las cosas que nos vienen por la bondad de otra persona.  Una niña recibe un futbol como regalo de sus padres.  Sobre todo recibimos la Eucaristía de Dios.  Es el don que nos proporciona la vida tanto ahora como para siempre.  Es el don que proporciona la vida.

El domingo, 16 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15)


Hace cuarenta y dos años un incendio devastó parte de un dormitorio universitario.  Las llamas tomaron las vidas de siete alumnas.  Naturalmente los padres de las muchachas quedaban angustiados.  En la vigilia antes del entierro el capellán de la universidad les trató de aliviar el dolor.  Les dijo que Dios conoce su angustia porque sufrió la pérdida violenta de su propio hijo.  Sus palabras les ayudaron sentir la compasión del Creador.  En la celebración hoy de la Santísima Trinidad podemos reflexionar sobre el amor de Dios y cómo nos lo ha compartido.

Trágicamente más que uno por tres de los niños en los Estados Unidos están criados sin los dos padres en la casa.  Particularmente los hombres a menudo quedan ausentes como si no les importaran sus hijos.  En algunos casos sí actúan como el Dios de sus imaginaciones – creador de todo pero no rindiendo cuentas a nadie, orgullosos de haber procreado a sus hijos pero esquivos de su cuidado.  Por supuesto, este modo de pensar es equivocado.  El Dios verdadero no existe solo sino como una comunión de amor – el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

Se necesitan los dos – el padre y la madre – para entender el amor de Dios.  La madre está presente desde la concepción de la creatura.  La alimenta y muchas veces es la primera para acariciarla cuando llora. Su presencia constante le asegura del amor de Dios dondequiera que vaya.  Sin embargo, este amor que todo lo abraza no es suficiente para hacer al niño persona de la virtud.  Hace falta el amor de su padre para transcender los límites del yo. 

En contraste a la madre, el padre parece retirado al principio.  Pero la distancia inicial sirve para abrir el camino del bueno verdadero.  Por llenarla con su presencia el padre enseña al niño cómo buscar lo bueno y evitar lo malo.  Lo aprueba cuando actúe con la justicia y lo corrige cuando falle en sus deberes.  Similarmente Dios nos parezca como lejos.  Pero no es ni indiferente ni aparte de nosotros.  Más bien Él queda invisible para asegurarnos la libertad para escogerlo o rechazarlo.  Como el padre del hijo prodigo, siempre nos espera con brazos abiertos. 

Por supuesto, estas descripciones son sólo tendencias.  En la realidad el amor de la madre y el amor del padre entrelazan y complementan uno a otro.  A veces es el amor del padre que el hijo siente como prevalente en el principio y el amor de la madre que le guía a la madurez.

El amor de Dios abarca y supera el amor de ambos padres.  Podemos describir el amor divino como característico de las tres personas que constituyen la deidad.   Pero tenemos que tener en cuenta que las tres personas siempre funcionan en conjunto.  No hay nada que haga el Padre que no hacen el Hijo y el Espíritu con la única excepción que sólo el Hijo tomó la naturaleza humana.  No obstante, se puede atribuir a cada uno diferentes obras como indicadas en la Escritura. 

Decimos que por el Padre tenemos la vida.  Como indica la primera lectura, Dios creó todo con la sabiduría.  Igualmente decimos que por el Hijo sabemos la voluntad de Dios.  Como relata la segunda lectura, por Jesucristo tenemos “la esperanza de participar en la gloria de Dios.”  Y por el Espíritu Santo somos habilitados a vivir en la imagen de Dios de modo completo.  No sólo podemos pensar y escoger sino también podemos amar de modo abnegado. Como continua la lectura, “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”

Hoy también es el día en que honramos a nuestros padres terrenales.  Aun si no fueron participantes en nuestra creación, los agradecemos por habernos enseñado las virtudes humanas.  Quedamos particularmente endeudados a ellos por una cosa más grande aún.  Nos han ayudado apreciar el gran amor de Dios para nosotros.  

El domingo, 9 de junio de 2019


Domingo de Pentecostés

(Hechos 2:1-11; Romanos 8:8-17; Juan 20:19-23)


Si Dios es misterio, el Espíritu Santo es misterio dentro del misterio.  Aun su nombre nos perece extraordinario.  No se puede ver, oír, ni tocar un espíritu.  Tampoco se ha sido revelado mucho el Espíritu Santo en la Escritura.  En el Antiguo Testamento el espíritu de Dios es más un atributo de Dios significando su presencia que una persona con su rol propio.  Hay varias referencias al Espíritu en el Nuevo Testamento.  Pero se puede inferir de ellas que el Espíritu actúa más como un ángel que el Dios todopoderoso.  Sólo después de casi cuatro siglos de reflexión teológica que se desarrolló un entendimiento adecuado del Espíritu Santo que celebramos hoy.

Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es persona de la deidad divina.  Difiere del Padre y del Hijo en que es don.  Entre el Padre y el Hijo es el don del amor y del conocimiento.  A nosotros es el don de la revelación de Dios y de la participación en Su vida.  Hemos escuchado de varios tipos de dones del Espíritu Santo – los dones propios, los frutos, y los carismas.  Ahora examinémonos que son estos dones y cómo nos ayudan.

Recordemos la lista de los dones del Espíritu Santo.  Numeran siete: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios.  Existen como comandos dentro de nosotros para mirar la realidad como Dios la ve.  Con el don de la piedad no vemos a otras personas como amigos, enemigos o extranjeros sino a todos como hijos e hijas de Dios.  Con este don tratamos a todos con respeto profundo.  Con el don de la fortaleza podemos superar el miedo en situaciones peligrosas porque sabemos que Dios nos cuida.  Aun si perecemos, sabemos que Dios nos recibirá en la gloria.  La segunda lectura da testimonio de la fortaleza.  Dice que no hemos recibido el espíritu de esclavos que nos haga de temer de nuevo, sino un espíritu de hijos.

Los carismas son dones particulares no para el individuo sino para la comunidad de la fe.  Con estos dones edificamos la Iglesia.  Hay varias listas de los carismas en las cartas del Nuevo Testamento.  Casi en todas se incluye la profecía.  Con este don la persona alienta a la gente cuando tienen que llevar a cabo un proyecto.  Los apóstoles se aprovechan de la profecía en la primera lectura.  Hablan con la fuerza para atraer a diferentes gentes a la Iglesia. La Primera Carta a los Corintios incluye la curación como un carisma.  Todos nosotros deberíamos rezar por los enfermos, pero algunos con su toque y oración tienen gran éxito en esta empresa. 

La lista de los frutos del Espíritu Santo varía según la traducción de la Biblia.  Los primeros tres nos dan un sentido adecuado de su función.  Cuando el Espíritu reside en nosotros nos llena del amor, el primer fruto.  Este es una experiencia de pies a cabeza de la misericordia de Dios.  Consciente de la misericordia de Dios, no podemos no sentir el gozo desbordante.  Finalmente, llenos del amor y el gozo no queremos nada más; por eso, tenemos la paz.  Es el sentimiento que tienen los discípulos cuando se dan cuenta que verdaderamente ven a Jesús resucitado en el evangelio.

El Catecismo de la Iglesia alista varios símbolos para el Espíritu Santo como la unción, el fuego, y la paloma.  Tal vez el primer símbolo en la lista, el agua, nos ayuda lo mejor entender la realidad.  Como la vida natural vino de las aguas primordiales, la vida espiritual se origina con el Espíritu Santo.  Finalmente como el agua nos quita de la mugre de la tierra, el Espíritu nos purifica del pecado.  Como decimos en la profesión de fe: “creo en el Espíritu Santo”.

El domingo, 2 de junio de 2019


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53)

¿Qué opinas de Donald Trump?  Tal pregunta llama la atención de casi todos.  No es por nada que a la gente le gusta discutir la política.  Pues la política afecta nuestro modo de la vida.  Parece igual en todas épocas.  En la primera lectura los apóstoles proponen a Jesús una pregunta sobre la política.  Antes de que él ascienda al cielo, quieren saber cuándo va a tomar las riendas del gobierno de Israel.  Sin embargo, Jesús tiene en cuenta un cambio más profundo que la vida política.

Dice Jesús que vendrá el Espíritu Santo sobre ellos.  Él les afectará de pies a cabeza.  La segunda lectura describe algunos de los dones que el Espíritu traerá.  Para mantener la última meta en vista les concederá la sabiduría.  Con ella no estarán tentados fácilmente trocar la promesa de la vida eterna por las atracciones pasajeras como la plata, el placer, y el prestigio.  Para que no desfallezcan en su tarea de ser testigos de Jesús, el Espíritu les impartirá la fortaleza.  Los apóstoles encontrarán fuerzas contrarias en su misión.  Si no tienen las armas del Espíritu Santo, estas fuerzas los impedirían.  Sobre todo el Espíritu les otorgará el amor.  El amor los une en la mente y el corazón.  Además les mantiene firmemente conectados al Señor.

El Espíritu Santo ayudó a un obispo en camino a la capital para participar en la marcha en pro de vida este enero.  Tomando el asiento próximo, una mujer le dijo que había sido católica pero no asistía en la misa.  Le añadió que era feminista proabortista.  El obispo no le preguntó sobre sus motivos.  Más bien le habló de diferentes cosas.  Cuando ella le dijo que había servido como voluntaria en una reserva india, el obispo le contó de su experiencias trabajando con los indígenas.  Resultó que la mujer salió del avión con una perspectiva más abierta a la fe que previamente había querido dejar para siempre.

Cuando los apóstoles ven a Jesús ascendiendo, se quedan allí mirando al cielo.  No se dice qué están sintiendo en ese momento.  Sólo podemos imaginar el sentido de asombro mezclada con la devoción que les envuelve.  Tal vez Pedro piensa en construir una chuza en el lugar como quería hacer después de la transfiguración.  Pero los dos ángeles que estaban en el sepulcro la mañana de la resurrección aparecen de nuevo.  Les dicen a los discípulos que Jesús regresará.  La implicación es que vendrá para juzgar al mundo por sus méritos.  Ellos ya tienen la comisión de predicar el evangelio.  No pueden llevarla a cabo con sus ojos fijados en el cielo.

La misión se ha pasado a nosotros.  Como el obispo en el avión no vamos a llevarla a cabo haciendo arengas.  Más bien tenemos que mostrar el amor para todos como Jesús nos ha enseñado.  El Señor nos ha enviado el Espíritu Santo para ayudarnos.  Él tiene más aplicaciones que el IPhone.  Podemos contar con él en cualquiera situación.  Podemos contar con el Espíritu Santo.

El domingo, 26 de mayo de 2019


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)


Este lunes los americanos celebran el Día de los caídos en guerra.  Desde la presidencia de Abraham Lincoln ha sido el tiempo designado para honrar a los soldados muertos.  Siempre ha habido hombres y, en tiempos más recientes, mujeres que murieron en la batalla.  Los investigadores a veces preguntan a los soldados: ¿por qué ustedes están dispuestos a sacrificar sus vidas?  A lo mejor la respuesta más común sorprende a la mayoría de la gente.  No es por la patria ni por sus familias en casa.  No, la mayoría de los soldados dicen que darían sus vidas por sus compañeros de armas.  En otras palabras, se sacrificarían a sí mismos por el bien de uno y otro.  Jesús exige este tipo de camaradería en el evangelio de hoy.

Jesús acaba de mostrar su amor para los discípulos en el lavamiento de pies.  Este gesto de servicio indicó cómo los discípulos deberían amar unos a otros.  Para Jesús el amor se expone por una gama de obras ambos materiales y espirituales para el otro.  Si la otra persona tiene hambre o está internado, entonces le alimentaremos o lo visitaremos por el amor.  Si está triste o expresa dudas, entonces el amor nos moverá a alegrarle o hablarle sobre la bondad de Dios. 

Vemos a los apóstoles poniendo el bien del otro primero en la primera lectura.  No imponen la circuncisión en los gentiles como era su costumbre entre sí mismos.  Se han dado cuenta de que la circuncisión es repugnante a aquellos que no son acostumbrados a la práctica.  Sin embargo, insisten que el propósito de la circuncisión sea cumplido.  Por mandar a los gentiles que se abstengan de la fornicación, los apóstoles defienden la ley de la Alianza cuyo signo es la circuncisión.

Para permitirnos hacer obras de amor Jesús promete la ayuda más grande que se puede imaginar.  Dice que a aquellos que le aman recibirán a él y su Padre como huéspedes.  No está hablando de una visita sino de una morada permanente.  Pensémonos por un momento en las amistades de la juventud.  ¡Cómo apreciábamos a nuestros compañeros entonces!  Sentíamos tan contentos que habríamos hecho cualquiera cosa por ellos.  Del mismo modo Jesús y su Padre con el Espíritu Santo se nos acuden.  Pero estos compañeros no son nunca caprichosos.  No nos permitirán desviar del camino recto como a veces nuestros compañeros de juventud hicieron. Más bien el Padre y el Hijo nos establecen en la justicia.

Como obsequio para hacer frente a los retos que vienen, Jesús nos concede su paz.  Esta paz es distinta de cualquier otra que se puede experimentar.  Ella no nos abandona como el alivio del dolor una vez que la medicina se diluya en el cuerpo.  Más bien su paz es tan permanente como el mar que siempre está allí para calmar nuestras inquietudes.  A lo mejor era con esta paz que un médico, Wyatt Goldsmith, hizo tres giras de servicio en Irak y Afganistán como militar estadounidense.  Desgraciadamente en la tercera gira Goldsmith fue matado por una granada cuando estaba tratando a un soldado afgani herido. Goldsmith es una de los caídos en guerra que se honran en los Estados Unidos mañana. 

Las primeras palabras de Jesús a sus discípulos la noche de su resurrección son, “La paz esté con ustedes”.  Los discípulos estaban escondiéndose por miedo de los judíos.  Ya reciben el Espíritu Santo que les traen la paz absoluta.  Pero la paz de Jesús no es un regalo personal de modo que se pueda guardarla sólo por satisfacción propia.  No, habiéndose dado la paz, los discípulos tienen que salir del escondite.  Han recibido su misión de reconciliar al mundo con Dios.  Nosotros también hemos recibido la paz con un propósito semejante.  Siendo el lugar del Padre y del Hijo, hemos de salir del yo para hacer obras de amor por los demás. Hemos de salir del yo para hacer obras de amor.

El domingo, 19 de mayo de 2019


EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33.34-35)


Hace dos semanas el Papa Francisco estuvo en la primera plana de nuevo.  Sin embargo, esta vez no era porque había hablado a millones de gente.  No, era porque algunos sacerdotes y teólogos lo han acusado de la herejía.  La noticia conformaba con otra publicidad negativa que la Iglesia ha recibido recientemente.  Las medias han dicho mucho acerca del escándalo de los obispos escondiendo el abuso clerical de los niños.  También reportan la fuga continua de jóvenes de la fe.  La situación se ha hecho tan difícil que escuchemos la primera lectura con sentimientos de nostalgia. 

La lectura describe cómo Pablo y Bernabé fundaron las comunidades de fe entre los paganos.  Su predicación atrajo a muchos.  Entonces designaron a presbíteros para mantener la fe cuando se marcharon.  Además el pasaje señala cómo los dos misioneros se agotaron a sí mismos viajando de comunidad a comunidad.  Si estuviéramos a preguntarles por qué trabajaron tan incansablemente, nos habrían respondido que lo hicieron por el Señor.  Jesús los había enviado a todas partes para predicar el amor de Dios.

En el evangelio Jesús comienza su último discurso a sus discípulos.  Dice que “ha sido glorificado el Hijo del hombre” porque Judas acaba de salir para poner en marcha los eventos de su Pasión.  Por el sufrimiento que él aguantará, el mundo verá la inmensidad del amor de Dios.  Sin embargo, este amor no será puesto en un estante demasiado alto para los discípulos a alcanzar.  No, Jesús manda que los discípulos lo practiquen entre sí mismos.  Sacrificar el bien propio por lo del otro se hará aun la marca para identificar al cristiano.  Más adelante en el discurso Jesús dirá que los frutos producidos por sus discípulos glorificarán a Dios.

Para poner el mandamiento del amor en práctica los discípulos necesitarán al Espíritu de Jesús.  Este es el más grande de los dones que Jesús ofrece.  Recibirán al Espíritu Santo con la muerte de Jesús en la cruz.   Por nuestra participación en la Eucaristía recibimos al mismo Espíritu.  Él nos habilita a amar como Jesús.  Con el Espíritu Santo nosotros también podemos sacrificarnos por los demás.

Como ejemplo se pueden apuntar los diecinueve mártires beatificados en Argelia el diciembre pasado.  Incluido en el grupo fue un obispo.  El monseñor Pierre Claverie era conocido por su amor para todos que lo rodeaban.  Cuidaba a los católicos franceses que quedaban en Argelia después de la independencia.  Más impresionante era su preocupación de los musulmanes que forman la gran mayoría del país.   Fue tan grande su amor que en su funeral los musulmanes llenaron la catedral diciendo que él era su obispo también.

Con el Espíritu la Iglesia no tiene que angustiarse sobre los retos contemporáneos.  Ella ha superado crisis aún más peligrosas en el pasado.  En los primeros siglos la Iglesia sufrió varias olas de persecución causando miles de mártires.  Entonces en el tiempo después de la Ilustración muchos intelectuales y estadistas dejaron la práctica de la fe.  Pero la Iglesia siempre ha emergido de las dificultades más fuerte por la acción del Espíritu Santo.

Quedamos con una pregunta: ¿nosotros vamos a participar en la victoria de la Iglesia por sacrificarnos por el bien de los demás? O, quizás, escogeremos a quedar viviendo sólo por nuestro propio bien.  Tenemos una vislumbre de la victoria en la lectura del Apocalipsis.  El vidente ve una ciudad de amor descendiendo del cielo a la tierra.  Creemos que esto se sucederá al final de los tiempos.  Seamos vivos o seamos resucitados de entre los muertos cuando el cielo venga, queremos ser parte de ese evento.

El domingo, 12 de mayo de 2019

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 13:14.43-52; Apocalipsis 7:9.14-17; Juan 10:27-30)


Hace cuatro años el video horrorizó al mundo.  Mostró a veintiún cristianos cópticos ser degollados por miembros del Estado Islámico. Todavía el recuerdo del evento crea el ultraje entre las naciones del Oeste.  Sin embargo, las familias de las víctimas quedan con otro sentimiento.  Particularmente las madres se sienten orgullosas.  Pues saben que sus hijos ha logrado la dicha de estar con Jesús en la gloria. 

Se basa su confianza no sólo en la doctrina cristiana sino también en sus experiencias.  La madre del mártir Ezzat sufrió derrame fuerte después del martirio.  Entonces su hijo junto con San Jorge le vino en sueño. Puso sus manos en ella, y ella se sanó.  La casa de la madre de Gaber, otro mártir, resonó con voces cantando “aleluya” durante su muerte.  Sus vecinos musulmanes más tarde confirmaron este suceso extraordinario.  Una mujer musulmana pidió la ayuda de la madre de Essam, otro mártir.  La cristiana dio a la musulmana una camiseta llevando la foto de Essam con corona de mártir superpuesta.  Desde entonces la mujer previamente estéril concibió dos veces. 

La segunda lectura nos da imagen de los mártires cristianos viviendo en la gloria.  Muestra a los hombres y mujeres que dieron sus vidas como testimonio de Cristo.  Los mártires llevan vestidos inmaculados significando como todos sus pecados les fueron lavados.  Tienen en sus manos las palmas para alabar al Cordero, que es Cristo.  Todos están contentos porque se han llevado a las fuentes del agua viva.

En el evangelio Jesús dice que sus ovejas lo escuchan y lo siguen.  Significa que él nos llama a ser mártires.  Somos para dar testimonio de él como Salvador del mundo.  No es necesario que derramemos sangre sino que demostremos a los demás su amor.  Lo hacen las madres cuando defienden la vida contra aquellos que reclaman el derecho de la mujer para abortar a su hijo.  Particularmente cuando aceptan con agradecimiento a un hijo con incapacidad como el síndrome de Down muestran la dignidad de vida humana.  También las madres dan testimonio a Cristo cuando llevan a sus hijos a la iglesia para la misa dominical y cuando rezan con ellos en casa diariamente.  Asimismo dan testimonio por apoyar a los necesitados en cuanto posible.  Tal vez puedan hacer los sándwich con el grupo de la parroquia.

En la primera lectura Pablo y Bernabé se marchan de Antioquía llenos de alegría.  Fueron castigados por dar testimonio a Jesucristo.  Como las madres de los mártires cópticos, los apóstoles saben que su destino es la gloria cuando sufren por Dios. No van a cesar dando este testimonio por nada. 

Hoy celebramos el Día de la Madre en los Estados Unidos.  La publicidad nos sugiere muchos regalos para felicitar a nuestras madres.  Pero lo que les hace contentas al máximo no es nada comprado.  Sobre todo nuestras madres quieren que seamos mártires.  No es que quieran que derramemos la sangre. Pero sí quieren que demos testimonio a Cristo por nuestras obras de amor.