El domingo, 18 de octubre de 2020

 EL VIGÉSIMA NOVENO DOMINGO ORDINARIO, 18 de octubre de 2020

(Isaías 45:1.4-6; I Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

Nadie nos debatirá que ha sido un año muy extraño.  La pandemia ha hecho casi todo diferente.  Muchos no van a trabajo sino trabajan en casa.  Aquellos que van a la oficina, tienda, o taller llevan máscaras.  Este año se recordará como raro también por las elecciones americanas.  Se han nombrado dos hombres muy distintos como candidatos para la presidencia.  Uno asiste en la misa cada ocho días y lleva el rosario en su bolsillo. Sin embargo, él no adhiere a uno de los valores más altos de la fe católica – la necesidad de proteger la persona humana desde la concepción.  El otro candidato no se presenta como religioso.  De hecho, algunas acciones suyas parecen poco cristianas.  Pero por su nombramiento de tres jueces a la Corte Suprema posiblemente será conocido como el presidente que ha hecho más para los no nacidos que cualquier otro.  Somos afortunados tener este evangelio de la moneda de César para reflexionar sobre estas elecciones únicas.

Los fariseos y los herodianos se juntan para tropezar a Jesús.  En su tiempo estos dos partidos son tan diferentes como los demócratas y los republicanos hoy día.  Sin embargo, porque ven a Jesús como enemigo común, combinan sus fuerzas para castigarlo.  Se acercan a Jesús, el maestro ascendiente de la ley, con una cuestión ardiente.  Piden su juicio en si es lícito pagar el impuesto, que es tributo, a Roma.  A muchos judíos les parece el impuesto como apoyar la supresión del reino de Dios en la tierra prometida.

Jesús evita responder directamente a su pregunta.  Se da cuenta de la insinceridad de sus interrogantes.  No quieren la sabiduría de Jesús sino su humillación ante el pueblo.  Pero Jesús es más astuto que ellos. Les pide la moneda para pagar el impuesto.  El hecho que la tienen ellos muestra que están dispuestos a pagar el impuesto deplorado.  Entonces él da su juicio: “’Den…al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios’”.

Ahora algunos quieren que los obispos se declaran en favor de candidatos y partidos en las elecciones.  Sus motivos a menudo son tan egoístas como los de los fariseos.  Quieren de personas respetadas el respaldo político para sus candidatos.  Sin embargo, los obispos como Jesús en el evangelio no están respondiendo directamente a la cuestión.  Hay un par de razones para este planteamiento.  En primer lugar, si los obispos apoyan un candidato o un partido, estarán poniendo la Iglesia en peligro financiero.  En los Estado Unidos las entidades religiosas no tienen que pagar impuestos si no se meten en la política.  En segundo lugar y más importante, los obispos no pretenden ser expertos en cuestiones políticas.  Reconocen que su pericia es la moral personal y no el manejo del bien común. 

No obstante, como Jesús recomienda que demos a César lo que es de César, los obispos tienen algunos consejos para los fieles en las elecciones.  Sobre todo, piden a los votantes que formen sus conciencias según la tradición moral de la iglesia.  Esta tradición nos urge que consideremos el carácter del candidato.  Queremos oficiales públicos que no desviarán de la rectitud en un ambiente lleno de orgullo, dinero, y lujuria.  También la tradición recomienda que se busquen los candidatos capaces de cumplir sus objetivos. Los gobernantes deberían ser personas que inspiran y cooperan con los demás. Ni la moral pasa por alto que los líderes sean personas de principios altos: respeto para la dignidad humana, convicción para resolver la mayoría de los problemas al nivel personal o familiar, y sentido que el bien común a veces requiere sacrificios personales.

A veces las elecciones nos desaniman.  Sentimos que los elegidos no son las personas más preferibles.  En estos casos nos puede ayudar la primera lectura.  Dice Isaías que con Ciro, un rey pagano, Dios alcanza su objetivo.  Dios a menudo se aprovecha de personas poco justas para formar un pueblo más recto.  Por eso tenemos que seguir rezando a Dios.  Pidámosle que forme, con sus modos infinitos, una sociedad justa donde se preserve la dignidad humana.  Pidamos a Dios que forme una sociedad justa.

El domingo, 11 de octubre de 2020

 EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

Hace seis años las cabeceras reportaron algo llamativo.  Dijeron que el papa Francisco cree que hay campo para las mascotas en el cielo.  Era noticia novedosa porque la Iglesia nunca había declarado sobre tal cosa.  Sin embargo, después de una investigación se determinó que el papa no dijo nada de la salvación de animales.  Los periodistas evidentemente estaban confusos.

No es que la Iglesia tenga desdén para los animales.  Más bien, ella ve solo a las personas humanas, hechas en la imagen de Dios, como dignos de un destino eterno.  Sí, los animales, particularmente los que tienen algún sentimiento, merecen respeto.  Pero sería como encontrar un burro volando en el aire ver un gatito vagando en el cielo.  Una cuestión más nudosa que los animales en el cielo es si todas personas humanas se encontrarán allí.  Por el amor que el Señor nos exige, esperamos que sí.  Sin embargo, el evangelio hoy indica que no es seguro.

Se debería escuchar la parábola de Jesús como relatando la historia de Israel.  Todos los elementos corresponden a las personas y eventos de esa nación.  El rey es Dios.  El banquete de bodas es la vida eterna que Él ha preparado para su pueblo.  Los criados que salen para invitar a la gente al banquete son los profetas. Los primeros invitados son los líderes del pueblo con dinero en sus bolsillos y arrogancia en sus corazones.  Cuando reciben la invitación del rey, buscan excusas de no asistir por despecho.  Como la parábola indica, los líderes de Israel trataron brutalmente a los profetas, particularmente a Jeremías.

Entonces el rey hace una segunda invitación.  Esta vez los criados son los apóstoles de Jesús que llaman al pueblo al arrepentimiento en su nombre.  Los que responden son tanto los criminales y prostitutas como la gente sencilla.  Ellos son aceptados en el banquete si han dejado sus modos anteriores para vivir como hijos e hijas de Dios.  Pero una persona se ha colado en la celebración sin cambiar su vida.  Se identifica por no haber un traje de fiesta.  Este traje es el vestido blanco bautismal simbolizando que la persona ha elegido una manera nueva de vivir.  Porque este hombre no se ha conformado a los modos de Dios, no pertenece en el banquete.

Leemos esta parábola en la misa no para aprender la historia de Israel sino para informarnos cómo complacer a Dios.  Como los filipenses en la segunda lectura están generosos con San Pablo, Dios quiere que ayudemos a los pobres.  Una parroquia pide compromisos de familias de hacer sándwiches para los pobres.  No es tarea difícil, pero aporta palpablemente el bien de los desafortunados.  Desgraciadamente muchas familias que se han comprometido no cumplen sus promesas.  Sin duda tendrán excusas comparables con aquellos de los primeros invitados en la parábola.  Están ocupados y tienen que cuidar a sus mascotas.  Estas familias también son como el hombre sin traje de fiesta; eso es, sin la reforma verdadera.

Un servicio del Internet da cinco excusas para no ir a trabajo.  Una excusa es que se espera una remesa grande.  Otra es que se tenía que hacer una cita con el veterinario para la mascota.  Al mundo le gustan tales excusas para evitar cosas desagradables.  Pero deberíamos cuidarnos.  El banquete celestial no es desagradable sino es la cosa más agradable posible.  No queremos pasar por alto la invitación.  Más bien, queremos hacer todo posible para aprovechárnosla.

El domingo, 4 de octubre de 2020

 El VIGESIMO SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

No todos, pero muchos hombres sueñan de tener un terreno donde podrían hacer un huerto.  Plantarían frutales. Sembrarían verduras. Tendrían corral para un caballo o una vaca.  No sería de gran área el terreno, pero les rendiría no solo frutas sino también la paz.  Este sueño es la base de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.

El propietario presta su viña a algunos trabajadores.  La tierra es fértil y bien preparada.  Con esfuerzo puede producir mucho fruto.  Se puede entender la viña como la posibilidad de la buena vida que se proporciona a cada uno de nosotros.  Tenemos no solo cuerpos para trabajar físicamente.  Aún más maravillosa, tenemos almas para imaginar y realizar nuestras ideas.  Estas capacidades cualifican a los humanos como cocreadores con Dios, aunque mucho más inferiores.

Sin embargo, no somos libres para hacer cualquiera cosa que nos dé la gana.  Siempre tenemos que hacer la justicia.  Eso es, no debemos defraudar a nadie ni mentir.  También, porque todos somos vinculados, tenemos que cuidar al uno y al otro, particularmente a los débiles.  En primer lugar, somos responsables por los nuestros; eso es, por nuestros hijos y nuestros padres mayores.  Pero nuestra responsabilidad se extiende también a los pobres, a los infantes, incluso a los no nacidos, y a los ancianos.  La justicia abarca también el agradecimiento a Dios.  Donde la parábola dice que el propietario envía “a sus criados para pedir su parte de los frutos”, tiene en cuenta todos estos actos de la justicia.

Sin embargo, los trabajadores de la viña no rinden la justicia a los criados sino la desgracia.  En la época de los reyes de Israel, el pueblo abusó a los profetas.  La parábola sigue a predecir lo que los sumos sacerdotes y líderes del pueblo judío harán a Jesús: le echarán mano, lo sacarán fuera de la ciudad y lo matarán en la cruz.  Por eso, el propietario toma la viña a los trabajadores para dársela a los otros.  Esto es lenguaje parabólico.  Significa que Dios tomará la promesa del Reino a los judíos para darla a los discípulos de Jesucristo.

Se puede decir que, aunque la promesa del Reino se ha pasado a los cristianos, no es seguro que todo cristiano lo heredará.  Es posible que algunos pierdan su herencia por la misma falta de justicia.  Hay una pareja que trabaja siete días por semana para ganar la vida.  Tienen cuatro hijos todavía jóvenes. Aunque estos padres pueden proveer a sus hijos con teléfonos y zapatillas de deporte Nike, tienen que darles más.  Tienen que proporcionarles su atención y su cariño.  También deben honrar a Dios el domingo como se nos manda.  Si no cumplen estas responsabilidades, son ni buenos padres ni hijos de Dios dignos.

Ahora festejamos a San Francisco de Asís.  Era persona que siempre tenía en cuenta a los pequeños, sean los pobres o las responsabilidades cotidianas.  El introdujo el pesebre de Navidad para ayudar a los pobres contemplar la encarnación de Dios como hombre.  También, tenía siempre en su corazón alabanzas a Dios por la creación.  Imitamos su espíritu cada vez que cuidemos a los débiles. De igual importancia, nos probamos herederos del Reino cuando demos a Dios las gracias.  Qué estas cosas sean los frutos de nuestras almas: cuidar a los débiles y dar gracias a Dios.


El domingo, 27 de septiembre de 2020

 EL VIGESIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Una vez un querido teólogo describió una falta que tenía.  El hombre estaba dando una charla en una conferencia de académicos.  Por una gran parte hablaba de un colega que era el teólogo más conocido en este país en su tiempo.  Dijo el charlista que su colega hizo todo con la perfección.  Entretanto – siguió -- a él no le importaba la perfección.  Bromó que él sólo quería hacer cosas “un poco mejor” que los demás. 

Por lo menos este hombre quería que sus hechos fueran verdaderamente superiores a aquellos de otras personas.  La mayoría de nosotros quieren sólo que nuestros hechos sean vistos como mejores.  No nos importa mucho si en verdad son superiores.  Somos personas presunciosas; eso es, personas vanas.  No hemos tomado a pecho las palabras de San Pablo en la segunda lectura hoy.  Dice: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción…”  Al contrario, el santo apóstol quiere que seamos humildes como Cristo.

La persona humilde reconoce tanto sus limitaciones como sus posibilidades. No pretende ser médico si tiene dificultades en la escuela. También el humilde no ambiciona ser reconocido como el más grande de todos, sino procura hacer lo que pueda para el bien de los demás.  Sabe que todo el mundo tiene sus propios talentos y que solo Dios merece ser adorado. Hay un sacerdote que nunca ha querido ser párroco principal. A lo mejor no tiene mucha capacidad con la administración.  No obstante, como cura dedicado al servicio, el sobresale.  Siempre está dispuesto a visitar a los enfermos y escuchar las confesiones. 

La persona humilde tampoco se jacta sobre lo que ha hecho.  Él o ella sabe que no es responsable por todo lo bueno que ha hecho.  Más bien, se ha formado por la crianza de sus padres, por la diligencia de sus maestros, por el ejemplo de sus compañeros, y, sobre todo, por la gracia del Espíritu Santo.

Como siempre, Jesús es el mejor ejemplo de la humildad.  Él podía haber existido en la harmonía con su Padre y el Espíritu Santo para la eternidad.  Pero se humilló a sí mismo tomando la carne humana para que nos salvara.  Por hacerse como nosotros, Jesús nos ha enseñado como vivir en este mundo de pecado.  No sólo esto, sino también murió en la cruz para vencer el poder del maligno sobre nosotros.

En el evangelio Jesús propone una parábola con dos hijos.  Seguramente en la narrativa de Mateo la parábola demuestra a los líderes judíos que no son tan grandes como piensen.  Sin embargo, se puede entender el significado de la parábola en otra manera.  El primer hijo es él a quien le falta la humildad.  Habla sólo para complacer a los demás, aun si tiene que mentir.  Entretanto, el segundo hijo es el que habla sólo la verdad.  No trata de engrandecerse en los ojos de su padre.  En el fin, él se humilla arrepintiéndose por haber rehusado a cumplir el mandato de su padre.

Hace poco murió la Señora Katherine Johnson.  Era matemática que trabajó mucho tiempo con la agencia de espacio externo de EE. UU.  También era negra, una característica que junto con ser mujer la hizo bastante diferente que la gran mayoría de sus colegas.  Cuando era chica, la Señora Johnson recibió de su padre un consejo sobre la humildad.  No coincide perfectamente con el consejo de San Pablo, pero va en el mismo rumbo.  Le dijo su padre: “Eres tan buena como cualquier otro…pero no eres mejor”. Estaremos bien si nos vemos a nosotros así: tan buenos como cualquier otra persona, pero no mejores.


El domingo, 20 de septiembre de 2020

 EL VIGESIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

“Pago igual para trabajo igual”. Esto es principio tan sólido en el mundo laboral como el quinto mandamiento en la fe judío-cristiana.  Sin embargo, acabamos de escuchar a Jesús contando una historia en la cual el propietario no lo da.  De hecho, paga a unos trabajadores al menos diez veces más que otros por el trabajo rendido.  Nos preguntamos: “¿Dónde está la justicia en esto?” Pero tenemos que darnos cuenta de que Jesús no está comentando sobre la justicia laboral.  Para encontrar lo que Jesús quiere decir en la parábola hay que examinar su contexto en el Evangelio según San Mateo.

Jesús estaba en el camino a Jerusalén cuando un joven rico se le acercó. Quería saber qué tiene que hacer para ganar la vida eterna.  Jesús le dijo que tiene que vender todas sus pertenencias, dar el dinero a los pobres, y seguir a él.  Ni el dinero del rico ni cualquier hecho que pudiera cumplir por sí mismo le ganaría el Reino de Dios.  Cuando los discípulos de Jesús escucharon esto, quedaron estupefactos.  Para ellos los ricos tienen acceso al cielo porque tienen recursos para sacrificios por sus pecados.  Es posible que nosotros también quedemos sorprendidos por este juicio de Jesús.  Nos gusta pensar que las obras buenas que hacemos nos ganarán un rinconcito en el cielo.  Para instruir a personas como nosotros en los modos de Dios, Jesús cuenta la parábola de los trabajadores en la viña.

La historia comienza en la madrugada con el propietario empleando a varios hombres. Llegan a un acuerdo: pagará a cada uno un denario por un día de trabajo.  Esta cantidad es más o menos suficiente para apoyar al trabajador y su familia por un día.  A diferentes horas hasta la tarde el propietario sale de nuevo para emplear a más trabajadores.  No les habla de pagos.  Al final del día, el propietario paga a todos los trabajadores el mismo denario como se acordó a pagar a aquellos en la madrugada.  Naturalmente, los obreros que han trabajado todo el día sienten engañados.

 Con la parábola Jesús no quiere impartir una lección sobre la economía laboral sino explicarnos los modos de Dios. Por supuesto, el propietario de la parábola representa a Dios. Como dice la primera lectura, sus modos no son como nuestros. En primer lugar, Dios no quiere ver a ninguna familia vaya con hambre. Más bien, quiere que todas tengan la suficiencia de recursos para vivir con dignidad.  Por eso, el propietario paga a todos igualmente. Pero hay significado más profundo aquí.  Jesús está diciendo a personas como nosotros que la entrada del Reino no depende de la cantidad de trabajo que hacemos.  No, es una selección libre de parte de Dios para sus hijos e hijas.  Ciertamente tenemos que responder a la oferta de Dios con obras buenas.  Notamos cómo nadie recibe el pago sin trabajar al menos una hora.  Pero el Reino de Dios es primera y últimamente un don de Dios para Sus hijos e hijas que lo aceptan en la fe.

Se puede decir que la mayoría de nosotros aquí presentes hemos estado trabajando en la viña por un tiempo largo.  Nos hemos esforzado para asistir en la misa todo domingo.  Hemos disciplinado nuestros deseos para comida, bebida, y sexo.  Tratamos de decir siempre la verdad.  Por eso, es posible que algunos sientan envidiosos de aquellas personas que se integran en la fe después de arrepentirse de una vida de puro placer.  Pero este tipo de pensar es tonto como la segunda lectura atestigua. 

Pocos hombres han trabajado por la fe más duro que San Pablo.  No obstante, en la lectura él nos dice que está dispuesto a seguir trabajando si es la voluntad del Señor.  Sabe que trabajando por el Señor tiene sus propios premios.  Cuando lo hacemos, estamos entre personas confiables.  Aprendimos cómo Dios ama a todos aún nosotros a pesar de nuestros pecados. Sobre todo, tenemos una relación de fe con el Señor que nos sostiene en tiempos buenos y tiempos malos.

A veces vemos letreros diciendo que una tal compañía o un tal bufete de abogados es de “fulano e hijos”.   Jesús en esta parábola nos cuenta que los modos de Dios son así.  La vida eterna es de “Dios y sus hijos”.  Dios nos ha seleccionado a nosotros para ser sus hijos e hijas de Dios con un rinconcito en el cielo como herencia.  Qué le respondamos con obras buenas.


El domingo, 13 de septiembre de 2020

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

 (Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

“No hay paz sin justicia.  No hay justicia sin perdón”, proclamó el papa San Juan Pablo II.  Sabemos porque la justicia es necesaria para la paz.  Sin la justicia, los oprimidos no van a desistir clamando sus derechos.  Pero ¿por qué es necesario el perdón?  La respuesta es un poco difícil pero no imposible de comprender.  El tiempo sigue adelante.  No se puede volver al pasado para corregir todas las injusticias de modo que la vida regresara al tiempo antes de que se cometieron las ofensas.  Por eso, las gentes tienen que perdonar al uno al otro para recrear la paz.  Sin el perdón van a ser condenadas a lastimar a uno al otro para siempre.  No es sorpresa entonces que Jesús hace hincapié en el perdón a través del evangelio.

Un hombre describe cómo tuvo un momento de verdad durante la misa dominical.   Dice que mientras rezaba el Padre Nuestro, se dio cuenta de que no perdona a aquellos que lo ofenden.  En el pasado siempre racionalizaba su falta de perdonar.  Decía que, por mantener el resentimiento, él se hizo más competitivo y, por ende, más exitoso.  Ya sabe que también se colocó fuera del perdón de Dios por su propia admisión.  Por eso, reza ahora: “Señor, hazme misericordioso, no mañana sino hoy”.

En el evangelio Jesús responde al interrogante de Pedro sobre el perdón de modo figurativo.  No quiere decir que se tiene que perdonar sólo setenta veces siete (eso es, cuatrocientos noventa) veces.  Más bien, por poner tan grande número hecho con los siete significa que un cristiano tiene que perdonar siempre.  Quizás esta respuesta nos desconcierte.  Podemos imaginar al duro criminal burlándose de Jesús: “A mí me gusta robar. Al Señor le gusta perdonar.  ¿No es esto un mundo perfecto?”  Sin embargo, el perdón es más que un acto compasivo de parte del ofendido.  Para realizar el perdón el ofensor tiene que arrepentirse. 

El arrepentimiento consiste en tres cosas.  En primer lugar, el ofensor tiene que ser contrito.  Si no se siente mal por haber ofendido, no es posible que sea perdonado.  Segundo, tiene que resolverse de no ofender más.  Tal vez nos encontramos siempre cometiendo el mismo pecado, sea ver la pornografía o hablar injustamente de otras personas.  Cuando confesamos estos pecados, ¿estamos perdonados, aunque es muy posible que vayamos a estar confesando las mismas cosas la próxima vez que confesemos?  Creo que sí, estamos perdonados siempre y cuando tenemos la intención sincera de hacer nuestro mejor esfuerzo para evitar el dicho pecado.  Debemos seguir confesando y pidiendo la ayuda del Señor.  En tiempo va a desvanecerse. Finalmente, tenemos que hacer remedio para nuestro pecado en cuanto posible.  Tal vez no podemos restaurar la reputación de la persona a quien hemos difamado.  Pero al menos podemos proclamar sus virtudes en público.

Queremos preguntar: “Si es necesario la contrición para ser perdonado, ¿cómo puede Jesús en la cruz perdonar a sus verdugos?”  Pero Jesús no perdona a sus verdugos.  Más bien, reza que su Padre los perdone.  A lo mejor implica su oración que sus verdugos se arrepientan.  Del mismo modo el mandamiento de amar al enemigo nos impulsa a rezar por aquellos que nos ofenden.  Queremos que ellos se reconozcan sus pecados y se arrepientan de ellos.

Una poeta escribió: “Errar es humano; perdonar divino”.  La prueba es la cruz.  Jesús murió en la cruz para ganar el perdón de nuestros pecados.  Pero no sólo eso.  Muriendo en la cruz Jesús también nos hizo hijos de Dios, eso es, en un sentido, divinos.  Ahora nosotros podemos no sólo pedir perdón sino también perdonar.  ¡Qué no seamos renuentes para hacer las dos cosas!


El domingo, 6 de septiembre de 2020


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

En el Sermón del Monte Jesús describe a sus discípulos con varios nombres.  Entre otros, los llaman “una ciudad edificada sobre un cierro”.  En otras palabras, son alumbramiento para ser visto por el mundo para que la gloria se dé a Dios.  En el evangelio hoy Jesús les enseña cómo hacerse un pueblo tan fulgurante.

Se conoce este discurso de Jesús como “el discurso sobre la iglesia”.  Jesús está instruyendo a sus discípulos cómo establecer la comunidad de fe.  No habla nada acerca de obispos y presbíteros, ni acerca de templos y conventos.  Su preocupación es el comportamiento: ¿cómo vive el cristiano?  Comenzó el discurso con una instrucción que sus discípulos sean humildes como un niño entre mayores.  Sigue con el pasaje que hemos escuchado hoy acerca de la corrección fraternal. Concluye el discurso con una exhortación que perdonen a uno a otro.  Desgraciadamente hoy en día no ponemos mucho énfasis en estos temas.

 No hacemos hincapié en estas instrucciones porque nos costaría mucho.  ¿Quién quiere ser humilde cuando los vecinos se jactan siempre de sus logros o sus adquisiciones?  Es más difícil aún decirle a otra persona que él o ella ha cometido pecado.  A lo mejor en lugar de convencer al otro de la necesidad de arrepentirse, la persona nos rechazará rotundamente.  Sin embargo, cuando lo hacemos con el amor, no hay necesidad de preocuparnos.  Hay un dicho: “Amigos no dejan a sus amigos conduzcan borrachos”.   No, aunque nos golpean cuando les tomemos las llaves del coche, no deberíamos dejarlos arriesgarse sus propias vidas y las vidas de otras personas.  Si no queríamos que se arriesguen sus vidas, ni deberíamos querer que se arriesguen sus almas.

 Jesús comienza su instrucción con las palabras “’Si tu hermano …” Tenemos que acercarse al pecador con el amor que tenemos para un hermano de familia.  No deberíamos actuar de rencor o de desprecio sino siempre con la caridad.  Jesús recomienda que le vamos solos la primera vez.  No quiere que humillemos al pecador.  Más bien quiere que le ayudemos reconocer su error y renunciarlo. Sólo si él rechaza a todos – a nosotros solos, a unas personas justas, y la comunidad entera – deberíamos quebrar relaciones cercanas.  No querríamos asociarnos con el pecador porque tenemos la misión de reflejar la rectitud como "una ciudad edificada sobre un cierro”.

 ¿Con qué tipo de pecado podríamos confrontar a una persona?  Hay una historia de una muchacha que jugaba tenis. Tenía bastante talento, pero le gustaba engañar cuando jugaba.  Si la pelota pegó la raya, lo llamó “afuera” cuando se debería haber jugado.  Alguien tenía que confrontar a esta muchacha con su pecado.  Ciertamente cuando percatemos a un hermano mintiendo o robando, deberíamos contarlo de su falta.

 En la segunda lectura San Pablo nos recuerda de la importancia del amor.  Todos sabemos esto, pero a veces olvidamos que el amor no siempre consiste en dar al otro cumplidos y consuelos.  A veces el amor nos impulsa decirle sus faltas y errores.  Como un médico cuyo paciente tiene cáncer tiene que contarle que su condición es seria, nosotros tenemos que advertir al pecador de la necesidad de arrepentirse.  Pero actuamos siempre con la sensibilidad. 

Un profesor de un colegio jesuita una vez escribió de un estudiante que le dijo que lo había odiado.  Dijo el muchacho que iba a cometer un pecado de lujuria con su novia cuando recordó las instrucciones del profesor.  Dijo a su clase que no se involucraran en ese pecado.  Por supuesto, el muchacho no odió al profesor sino lo estimaba.  Es así cuando hacemos correcciones fraternales con el amor en nuestro corazón.  Al final no estamos odiados sino estimados.