I Domingo del Adviento
(Isaías 2:1-5)
Adviento es el tiempo de grandes visiones, de altas ilusiones. “Ya no alzará la espada pueblo contra pueblo,” proclama el profeta Isaías. El mundo sin la guerra ofrece una esperanza digna de Adviento. ¿Qué dices? ¿Qué no hay guerra en nuestra tierra al momento? Aún en los Estados Unidos, que batalla en Irak, no hay el reclutamiento de muchachos, la alta producción de armas, y la escasez de mantequilla que asociamos con la guerra.
Sin embargo, existen otros tipos de guerra que abundan ahora. Hay la guerra doméstica en la cual los muchachos se rebelan contra sus papás. No vienen a misa; no cooperan en las tareas; no hablan con la sensibilidad. Más bien, se comportan en casa como si fueran prisioneros en un campo de concentración. También, hay la guerra personal en que nuestras pasiones saltan fuera de control como gotas de agua vertidas en aceite caliente. Miramos todo lo que nos ofrezca la televisión aunque sabemos que nos envenena el alma. Hacemos riñas con cada uno en la casa aunque nos damos cuenta que el buen humor crea un hogar feliz. La paz en estas guerras también vale como adecuado propósito para Adviento.
Estamos acostumbrados a pensar en Adviento como la preparación para la venida del Señor. Si nuestro concepto de su venida sólo es lo que ocurrió en Judea hace dos mil años, nos falta la imaginación. En primer lugar durante Adviento esperamos a Jesús a venir en la gloria para juzgar el mundo. Sólo en la segunda parte del tiempo volteamos la cabeza a Belén. Entonces, podemos agradecernos a Cristo por no haber llegado todavía. Pues, ni el mundo ni nosotros mismos quedamos listos para su juicio.
Nos preparamos para la venida de Cristo por asimilar sus leyes en nuestra conducta. Isaías prevé todos los pueblos trepando el Monte Sión para tomar instrucciones en la Ley de Dios. Nosotros realizamos esta visión por hacer caso al evangelio de Jesús. La mayoría de nosotros nos ocupamos durante Adviento con la compra de regalos y el cocinar de tamales. Sería provechoso que agreguemos la lectura del evangelio a la lista de quehaceres. Cada noche podemos leer el pasaje evangélico de la misa del día después de encender la vela en la corona de Adviento. (Igualmente aquellas personas que participen en las procesiones para la Virgen y en las posadas deberían considerar la atenta escucha del mismo evangelio como parte indispensable de estas devociones.)
Isaías tiene en cuenta este cambio de rutina cuando habla de espadas forjadas en arados y lanzas en podaderas. Las armas que hemos usado para defendernos de la maldad serán remodeladas en materiales para apoyar la bondad. Un joven tenía una empresa cibernética que valía millones. Entonces oyó la llamada del Señor para la vida religiosa. Ahora está facilitando el uso del Internet en varias parroquias y ministerios de la Iglesia mientras se prepara para el sacerdocio. Así nosotros también podemos poner nuestros talentos al servicio del Señor. ¿Qué dices? ¿Qué no eres experto en nada? Por lo menos puedes cambiar el tiempo de ver telenovelas en oportunidades de visitar a los enfermos y rezar por los muertos. Estas cosas no requieren esfuerzo demasiado grande. Además es Adviento, el tiempo de altas ilusiones. Jesús viene para juzgarnos. Esta vez que estemos más listos que nunca para recibirlo. Esta vez que estemos listos.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el domingo, 25 de noviembre de 2007
Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
(Lucas 23:35-43)
En tiempos modernos no apreciamos la realeza. Creemos que las elecciones demócratas nos sirven mejor en todos casos. Como mucho, pensamos en los reyes y las reinas como símbolos de la nación. Se adornan con joyas y castillos para demostrar la grandeza del estado. Aún así, exigen mucha paciencia del pueblo. Una historia del gran rey francés Luís XIV demuestra la dificultad actual con la realeza. Un día dos campesinos encontraron al rey cazando. Uno comentó al otro que el rey no se llevaba guantes. El otro respondió que el rey no se necesitaba de guantes porque siempre tuvo las manos en los bolsillos de la gente.
Pero no siempre han habido tantas reservas hacia los reyes. Por la gran parte de la historia la realeza sirvió como los principales protectores y legisladores del pueblo. Los mejores reyes siempre pondrían el bien del pueblo antes su propia comodidad. En un drama de Shakespeare Enrique, el futuro rey de Inglaterra, habla de la pesada responsabilidad de ser rey. Dice que el llevará la corona “con más que el dolor regular.”
Ciertamente el evangelista en la lectura hoy ve a Jesús como rey sufriendo por el pueblo. En primer lugar, al ser rey (Mesías) ha costado a Jesús el suplicio de la cruz. No era una ejecución rápida y fácil sino lenta y tortuosa. Entonces, casi todos no lo reconocen como rey. Lo insultan y se burlan de él como un impostor. A lo mejor no seamos tan crudos como los soldados desdeñando a Jesús colgado bajo el letrero, “…el rey de los judíos.” Sin embargo, nos burlamos de su realeza cuando no acatamos su ley. Cuando pensamos en otras personas como objetos para nuestro provecho, nos reímos con los soldados a la cruz.
Sin embargo, al menos una persona en la escena se da cuenta de la naturaleza real de Jesús. El segundo malhechor crucificado al lado de Jesús reprocha al primero por participar en las barbaridades contra Jesús. Le pide a Jesús la misericordia cuando llegue a su reino. Jesús, entonces, le concede a este “buen ladrón” lo que sólo el rey del universo pueda – un puesto en el paraíso.
Es notable cómo el “buen malhechor” habla con Jesús. Por la única vez en todos los evangelios una persona se dirige a Jesús simplemente por su nombre sin título ni descripción. Haríamos bien para imitarlo. En todos tiempos de la vida – la tristeza, la necesidad, la alegría, y el éxito -- levantemos la voz diciendo, “Jesús,…acuérdate de mí.” Que digamos sin reservas, “Jesús,…acuérdate de mí.”
(Lucas 23:35-43)
En tiempos modernos no apreciamos la realeza. Creemos que las elecciones demócratas nos sirven mejor en todos casos. Como mucho, pensamos en los reyes y las reinas como símbolos de la nación. Se adornan con joyas y castillos para demostrar la grandeza del estado. Aún así, exigen mucha paciencia del pueblo. Una historia del gran rey francés Luís XIV demuestra la dificultad actual con la realeza. Un día dos campesinos encontraron al rey cazando. Uno comentó al otro que el rey no se llevaba guantes. El otro respondió que el rey no se necesitaba de guantes porque siempre tuvo las manos en los bolsillos de la gente.
Pero no siempre han habido tantas reservas hacia los reyes. Por la gran parte de la historia la realeza sirvió como los principales protectores y legisladores del pueblo. Los mejores reyes siempre pondrían el bien del pueblo antes su propia comodidad. En un drama de Shakespeare Enrique, el futuro rey de Inglaterra, habla de la pesada responsabilidad de ser rey. Dice que el llevará la corona “con más que el dolor regular.”
Ciertamente el evangelista en la lectura hoy ve a Jesús como rey sufriendo por el pueblo. En primer lugar, al ser rey (Mesías) ha costado a Jesús el suplicio de la cruz. No era una ejecución rápida y fácil sino lenta y tortuosa. Entonces, casi todos no lo reconocen como rey. Lo insultan y se burlan de él como un impostor. A lo mejor no seamos tan crudos como los soldados desdeñando a Jesús colgado bajo el letrero, “…el rey de los judíos.” Sin embargo, nos burlamos de su realeza cuando no acatamos su ley. Cuando pensamos en otras personas como objetos para nuestro provecho, nos reímos con los soldados a la cruz.
Sin embargo, al menos una persona en la escena se da cuenta de la naturaleza real de Jesús. El segundo malhechor crucificado al lado de Jesús reprocha al primero por participar en las barbaridades contra Jesús. Le pide a Jesús la misericordia cuando llegue a su reino. Jesús, entonces, le concede a este “buen ladrón” lo que sólo el rey del universo pueda – un puesto en el paraíso.
Es notable cómo el “buen malhechor” habla con Jesús. Por la única vez en todos los evangelios una persona se dirige a Jesús simplemente por su nombre sin título ni descripción. Haríamos bien para imitarlo. En todos tiempos de la vida – la tristeza, la necesidad, la alegría, y el éxito -- levantemos la voz diciendo, “Jesús,…acuérdate de mí.” Que digamos sin reservas, “Jesús,…acuérdate de mí.”
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Homilía para el domingo, 18 de noviembre de 2007
Se pueden encontrar en continuacion homilías breves para el 4, 11, y 18 de noviembre.
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
(II Tesalonicenses 3:7-12)
¿Trabajamos para vivir? O ¿vivimos para trabajar? ¿Es el trabajo una vocación, una carrera, o sólo los medios para que podamos hacer lo que realmente nos importe? La segunda lectura de la misa hoy nos da materia para reflexionar sobre estas cuestiones.
La segunda Carta a los Tesalonicenses de que sacamos la lectura dice que el regreso del Señor no tendrá lugar pronto. Por eso, San Pablo exige en la lectura que toda persona imite a él trabajando por el pan que coma. No cabe duda, entonces, trabajamos para vivir. Tenemos carrera para apoyar a nosotros mismos y nuestras familias.
Según los Hechos de los Apóstoles Pablo es un fabricador de tiendas de campaña. Podemos imaginar fácilmente a Pablo en el taller de trabajo hablando con la clientela sobre Jesús e invitándole a la cena del Señor después de trabajo. De esta manera Pablo combina su carrera y su vocación para predicar el evangelio. Como San Pablo, todos nosotros somos discípulos de Cristo llamados a compartir el evangelio con los demás. Podemos desempeñar esta vocación en nuestras carreras mencionando como Jesús nos ha salvado del pecado.
Sin embargo, nuestras carreras pueden volverse en nuestras vocaciones. Cuando trabajamos con diligencia en empresas honestas, contribuimos a un mundo nuevo, el modelo para el Reino de Dios. Aunque seamos barredores de calle, nuestros esfuerzos participan en el diseño de Dios para el bien de Su pueblo. Algunos piensan en hacer ministerios dentro de la iglesia después del trabajo o cuando se jubilen del trabajo. Que nuestra meta sea hacer el ministerio todos los días que trabajemos en llevar a cabo nuestras tareas el mejor posible.
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
(II Tesalonicenses 3:7-12)
¿Trabajamos para vivir? O ¿vivimos para trabajar? ¿Es el trabajo una vocación, una carrera, o sólo los medios para que podamos hacer lo que realmente nos importe? La segunda lectura de la misa hoy nos da materia para reflexionar sobre estas cuestiones.
La segunda Carta a los Tesalonicenses de que sacamos la lectura dice que el regreso del Señor no tendrá lugar pronto. Por eso, San Pablo exige en la lectura que toda persona imite a él trabajando por el pan que coma. No cabe duda, entonces, trabajamos para vivir. Tenemos carrera para apoyar a nosotros mismos y nuestras familias.
Según los Hechos de los Apóstoles Pablo es un fabricador de tiendas de campaña. Podemos imaginar fácilmente a Pablo en el taller de trabajo hablando con la clientela sobre Jesús e invitándole a la cena del Señor después de trabajo. De esta manera Pablo combina su carrera y su vocación para predicar el evangelio. Como San Pablo, todos nosotros somos discípulos de Cristo llamados a compartir el evangelio con los demás. Podemos desempeñar esta vocación en nuestras carreras mencionando como Jesús nos ha salvado del pecado.
Sin embargo, nuestras carreras pueden volverse en nuestras vocaciones. Cuando trabajamos con diligencia en empresas honestas, contribuimos a un mundo nuevo, el modelo para el Reino de Dios. Aunque seamos barredores de calle, nuestros esfuerzos participan en el diseño de Dios para el bien de Su pueblo. Algunos piensan en hacer ministerios dentro de la iglesia después del trabajo o cuando se jubilen del trabajo. Que nuestra meta sea hacer el ministerio todos los días que trabajemos en llevar a cabo nuestras tareas el mejor posible.
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Homilía para el domingo, 11 de noviembre de 2007
XXXII DOMINGO
(Lucas 20:20-38)
Estaban estudiando la moral. El tema volvió a la asistencia a la misa dominical. "Es una obligación seria," dijo el maestro tratando de enfatizar su importancia. Pero algunas personas quedaban inquietas con esta declaración. "¿Qué pasaría si uno no asiste?" le desafiaron, “¿Comete pecado mortal?" Así encontramos a los saduceos en el Evangelio.
Los saduceos creen que sólo la Ley, los primeros cinco libros de la Biblia, contiene la palabra inspirada de Dios. Porque estos libros no se remiten a la resurrección de los muertos, los saduceos niegan su existencia. Algunos se acercaron a Jesús con voz suave, "Maestro" dicen como si quisieran aprender del Señor. Sin embargo su pregunta es como un gusano sobre un anzuelo. Intenta a burlarse de Jesús porque él cree en la resurrección.
La historia que cuentan los saduceos es una farsa. ¿Quién jamás ha escuchado de una mujer casándose con siete hermanos seguidos? Jesús les señala el error a los saduceos. Ellos tienen un concepto equivocado de la resurrección. No va a ser el placer de la cama sino la felicidad de conocer a Dios. Los resucitados no se casan porque su relación con Dios completamente cumple sus deseos.
Finalmente, Jesús les ofrece a los saduceos prueba para la resurrección del mismo Ley. Se refiere al pasaje que habla del Señor como Dios de Abraham, Isaac, y Jacob. Si estos patriarcas ya no tienen existencia, el Señor no es su protector y salvador, en otras palabras su “Dios.” Pero es patente que las Escrituras dicen que sí es su Dios. Entonces viven resucitados los patriarcas.
(Lucas 20:20-38)
Estaban estudiando la moral. El tema volvió a la asistencia a la misa dominical. "Es una obligación seria," dijo el maestro tratando de enfatizar su importancia. Pero algunas personas quedaban inquietas con esta declaración. "¿Qué pasaría si uno no asiste?" le desafiaron, “¿Comete pecado mortal?" Así encontramos a los saduceos en el Evangelio.
Los saduceos creen que sólo la Ley, los primeros cinco libros de la Biblia, contiene la palabra inspirada de Dios. Porque estos libros no se remiten a la resurrección de los muertos, los saduceos niegan su existencia. Algunos se acercaron a Jesús con voz suave, "Maestro" dicen como si quisieran aprender del Señor. Sin embargo su pregunta es como un gusano sobre un anzuelo. Intenta a burlarse de Jesús porque él cree en la resurrección.
La historia que cuentan los saduceos es una farsa. ¿Quién jamás ha escuchado de una mujer casándose con siete hermanos seguidos? Jesús les señala el error a los saduceos. Ellos tienen un concepto equivocado de la resurrección. No va a ser el placer de la cama sino la felicidad de conocer a Dios. Los resucitados no se casan porque su relación con Dios completamente cumple sus deseos.
Finalmente, Jesús les ofrece a los saduceos prueba para la resurrección del mismo Ley. Se refiere al pasaje que habla del Señor como Dios de Abraham, Isaac, y Jacob. Si estos patriarcas ya no tienen existencia, el Señor no es su protector y salvador, en otras palabras su “Dios.” Pero es patente que las Escrituras dicen que sí es su Dios. Entonces viven resucitados los patriarcas.
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Homilía para el domingo, el 4 de noviembre de 2007
XXXI Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 19:1-10)
Identifican a Zaqueo como “jefe de publicanos y rico.” Hoy día dirían “jefe de policía y rico.” Gana sólo $40 mil pero maneja un nuevo Mercedes el domingo y un Toyota SUV el resto de la semana. “¿Cómo puede mantener estos dos carros?” pregunta la gente. La respuesta más común es que acepta sobornos. Ya Zaqueo quiere ver a Jesús. O, más bien -- piensa la gente -- quiere verse con Jesús. Según la opinión general, como un político trata de ganar el apoyo de los católicos con una foto con el Papa, Zaqueo trata ganar el respeto de la gente por asociarse con el santo Jesús.
Pero Zaqueo no se comporta como un pudiente aquí. Sube un árbol como un niño para coger una vislumbre del santo. Al menos, se puede decir que Zaqueo tiene otros intereses en la vida que contar sus pesos.
Hemos oído que en los ojos de Dios todos somos iguales. Ciertamente a Jesús aquí no le importa que Zaqueo tenga millones. Le trata del mismo modo como nos trata a nosotros; eso es, le hace exigencias. “Zaqueo, bájate pronto,” dice el Señor, “hoy tengo que hospedarme en tu casa.” Los ricos también tienen sus deberes ante Dios. De veras, porque disfrutan de muchos recursos, los ricos tienen que preocuparse por los pobres. Los Papas hablan del “hipoteca social” que tienen que pagar al bien de todos. Aún más de los humildes los ricos son obligados por Dios.
Zaqueo se percata de estos deberes. “Voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes,” él dice a Jesús. Pero esta porción es doble lo que requiere la Ley judía. Significa el abandono de sí mismo por una persona que ha encontrado el cumplimiento de sus sueños. Es como el hombre que vende su casa y su carro para pagar a los médicos por la operación de su querida esposa.
La proclamación de Jesús nos mueve como un temblor. “Hoy ha llegada la salvación a esta casa,” le dice a Zaqueo. No sólo está bendiciendo a Zaqueo sino también a su familia y sirvientes. Además los pobres han sido bendecidos con el dote de Zaqueo. La acción de gracias abriga a todos. La caridad no sólo pone frijoles en la mesa de los pobres sino también sosiega el corazón del donador y siembra paz en la casa.
(Lucas 19:1-10)
Identifican a Zaqueo como “jefe de publicanos y rico.” Hoy día dirían “jefe de policía y rico.” Gana sólo $40 mil pero maneja un nuevo Mercedes el domingo y un Toyota SUV el resto de la semana. “¿Cómo puede mantener estos dos carros?” pregunta la gente. La respuesta más común es que acepta sobornos. Ya Zaqueo quiere ver a Jesús. O, más bien -- piensa la gente -- quiere verse con Jesús. Según la opinión general, como un político trata de ganar el apoyo de los católicos con una foto con el Papa, Zaqueo trata ganar el respeto de la gente por asociarse con el santo Jesús.
Pero Zaqueo no se comporta como un pudiente aquí. Sube un árbol como un niño para coger una vislumbre del santo. Al menos, se puede decir que Zaqueo tiene otros intereses en la vida que contar sus pesos.
Hemos oído que en los ojos de Dios todos somos iguales. Ciertamente a Jesús aquí no le importa que Zaqueo tenga millones. Le trata del mismo modo como nos trata a nosotros; eso es, le hace exigencias. “Zaqueo, bájate pronto,” dice el Señor, “hoy tengo que hospedarme en tu casa.” Los ricos también tienen sus deberes ante Dios. De veras, porque disfrutan de muchos recursos, los ricos tienen que preocuparse por los pobres. Los Papas hablan del “hipoteca social” que tienen que pagar al bien de todos. Aún más de los humildes los ricos son obligados por Dios.
Zaqueo se percata de estos deberes. “Voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes,” él dice a Jesús. Pero esta porción es doble lo que requiere la Ley judía. Significa el abandono de sí mismo por una persona que ha encontrado el cumplimiento de sus sueños. Es como el hombre que vende su casa y su carro para pagar a los médicos por la operación de su querida esposa.
La proclamación de Jesús nos mueve como un temblor. “Hoy ha llegada la salvación a esta casa,” le dice a Zaqueo. No sólo está bendiciendo a Zaqueo sino también a su familia y sirvientes. Además los pobres han sido bendecidos con el dote de Zaqueo. La acción de gracias abriga a todos. La caridad no sólo pone frijoles en la mesa de los pobres sino también sosiega el corazón del donador y siembra paz en la casa.
Homilía para el Domingo, 28 de octubre de 2007
El XXX Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 18:9-14)
Jesús está predicando sobre la oración. Acaba de decir a la gente que debería rezar incansablemente. Como una vieja reniega para obtener lo que le pertenece, nosotros tenemos que implorar a Dios para lo justo, lo bueno, lo necesario. En el evangelio hoy Jesús agrega un apunte sobre el planteamiento en la oración.
De todos modos no debemos orar cómo el fariseo en la parábola. Aunque rece mucho, no se humilla ante el Altísimo. Más bien, él se pone erguido como un senador en el Congreso. Aunque se le agradece a Dios por las bendiciones que disfruta, no reconoce sus propias faltas. Más bien apunta con dedo los pecados de otras personas – los ladrones, los injustos, los adúlteros, y el publicano al fundo del Templo mascullando disculpas. Aunque los modos correctos acompañan sus oraciones – el ayunar y el pagar del diezmo, evidentemente presumo que estos actos por sí mismos pueden justificarse ante Dios.
En contraste, el publicano reza como si estuviera un soldado ante el generalísimo. No pretende a acercarse al sanctasanctórum, sino queda atrás porque reconoce su poca valía ante Dios. Usa pocas palabras para no molestar a su superior con palabrería. Parece que él sabe que en comparación a Dios él es poco generoso, poco compasivo aunque comparta la mitad de cada peso que tiene con los pobres. Por tanto, sólo le pide a Dios la misericordia. Una vez Santa Teresa de Ávila, que reformaba monasterios y escribía libros, dijo que cuando muriera, no diría nada a Dios de sus logros sino que sólo se postraría a Sus pies implorando la misericordia. Ésta es la actitud que rinde justificado al publicano aquí.
Nos queda con una pregunta, ¿podemos hablar con Dios como con un amigo? ¿O es necesario que siempre golpeemos el pecho ante Él? En un drama famoso un campesino judío de Rusia conduce una plática continua con Dios. Siempre le muestra el respeto pero no falta a compartirle la gama de sus pensamientos. ¿Solamente es pretencioso este tipo de intimidad con el Señor? No creo. Dios nos invita a formar una relación con Él cada vez más cercana. Es cierto que el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría. Pero es sólo el comienzo. Entre más conozcamos a Dios, más lo amemos como un amigo y aún como un padre. Aunque Dios siempre merece nuestro respeto no es que tengamos que estremecerse cada momento en la oración. Podemos contar con Él como si fuera nuestro mejor amigo desde la niñez con un camioncito el día en que vamos a mudarnos. Sí, Dios es nuestro amigo desde la niñez.
(Lucas 18:9-14)
Jesús está predicando sobre la oración. Acaba de decir a la gente que debería rezar incansablemente. Como una vieja reniega para obtener lo que le pertenece, nosotros tenemos que implorar a Dios para lo justo, lo bueno, lo necesario. En el evangelio hoy Jesús agrega un apunte sobre el planteamiento en la oración.
De todos modos no debemos orar cómo el fariseo en la parábola. Aunque rece mucho, no se humilla ante el Altísimo. Más bien, él se pone erguido como un senador en el Congreso. Aunque se le agradece a Dios por las bendiciones que disfruta, no reconoce sus propias faltas. Más bien apunta con dedo los pecados de otras personas – los ladrones, los injustos, los adúlteros, y el publicano al fundo del Templo mascullando disculpas. Aunque los modos correctos acompañan sus oraciones – el ayunar y el pagar del diezmo, evidentemente presumo que estos actos por sí mismos pueden justificarse ante Dios.
En contraste, el publicano reza como si estuviera un soldado ante el generalísimo. No pretende a acercarse al sanctasanctórum, sino queda atrás porque reconoce su poca valía ante Dios. Usa pocas palabras para no molestar a su superior con palabrería. Parece que él sabe que en comparación a Dios él es poco generoso, poco compasivo aunque comparta la mitad de cada peso que tiene con los pobres. Por tanto, sólo le pide a Dios la misericordia. Una vez Santa Teresa de Ávila, que reformaba monasterios y escribía libros, dijo que cuando muriera, no diría nada a Dios de sus logros sino que sólo se postraría a Sus pies implorando la misericordia. Ésta es la actitud que rinde justificado al publicano aquí.
Nos queda con una pregunta, ¿podemos hablar con Dios como con un amigo? ¿O es necesario que siempre golpeemos el pecho ante Él? En un drama famoso un campesino judío de Rusia conduce una plática continua con Dios. Siempre le muestra el respeto pero no falta a compartirle la gama de sus pensamientos. ¿Solamente es pretencioso este tipo de intimidad con el Señor? No creo. Dios nos invita a formar una relación con Él cada vez más cercana. Es cierto que el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría. Pero es sólo el comienzo. Entre más conozcamos a Dios, más lo amemos como un amigo y aún como un padre. Aunque Dios siempre merece nuestro respeto no es que tengamos que estremecerse cada momento en la oración. Podemos contar con Él como si fuera nuestro mejor amigo desde la niñez con un camioncito el día en que vamos a mudarnos. Sí, Dios es nuestro amigo desde la niñez.
Homilía para el domingo, 21 de octubre de 2007
Para las lecturas del Domingo Mundial de las Misiones (una homilía para el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario sigue)
(Marcos 16:15-20)
Una vez un misionero regresó a su patria después de muchos años en Bangla Desh. Bangla Desh es un país mayormente musulmán cuya gente casi nunca convierte al Cristianismo. Cuando le preguntaron al misionero cuántas personas convirtió él en su tiempo allá, él respondió, "ni uno." Los preguntadores quedaban atónitos. Entonces el misionero recapacitó: “Bueno,” dijo el, “hice una conversión; yo me convertí en mejor cristiano.”
Puede ser sorprendente aún escandaloso que misioneros en tierras ajenas no logran conversiones. Sin embargo, convertir a la gente no es necesariamente el primer objetivo de su ida. Sobre todo los misioneros actuales quieren llevar a todos el amor de Dios. Como siempre, el amor consiste no tanto en palabras de la boca sino en obras de servicio. Cuando las Misioneras de Caridad dan a los enfermos de SIDA en Honduras un lugar donde pueden morir con dignidad, ellos muestran el amor de Dios. Cuando la Universidad Católica de Belén abre sus puertas a todos – cristianos, musulmanes, y judíos – muestra el amor de Dios.
Por supuesto, los misioneros no deben rehusar a nadie que quiera convertirse. Creemos que la salvación viene en primer lugar por declarar la señoría de Jesucristo. Por eso, mostramos el mejor amor cuando pasemos la fe a otras personas. Sin embargo, el Espíritu Santo puede convertir los corazones de gentes sin poner el nombre de Jesús en sus labios. Por eso, en el Viernes Santo no rezamos que los judíos se conviertan en cristianos sino que consigan “en plenitud la redención.” Es una diferencia sutil pero importante para los misioneros que trabajan entre pueblos con religiones tan arraigadas como el Judaísmo y el Islam.
En este Domingo Mundial de las Misiones nos preguntamos, ¿cómo podríamos nosotros apoyar a las misiones? Dos modos se nos presentan pronto. Podríamos ayudar a las misiones con nuestros pesitos. Aunque sean de poca cantidad, multiplicados por aquellos de muchas personas nuestros aportes se hacen en una suma sustancial. Nosotros dominicos tenemos a frailes misioneros en Centroamérica y en África. De hecho, somos aquí en Mexicali como proyecto misionero. Nuestras Hermanas Dominicas de la Doctrina Cristiana han formado una misión educativa y médica en la República africana de Guinea Ecuatorial. También podríamos rezar por las misiones no sólo ahora sino todos los días. Santa Teresa del Niño Jesús se hizo la patrona de misiones porque ella rezaba constantemente por los misioneros.
Existe un tercer modo para apoyar las misiones. Podríamos hacernos misioneros. No es necesario que dejemos nuestro pueblo para cumplir este propósito. Hay muchos ancianos solos que necesitan un saludo del amor cristiano. Hay muchas muchachas andando perjudicadas por pleitos en la casa que se aprovecharían de unas palabras sensatas por una vecina. En Cristo podríamos salir a tales personas llevando el amor de Dios.
XXIX Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 18)
¿Hay experiencia religiosa más básica y, a la misma vez, más misteriosa que la oración? Oramos todos los días. Oramos a Dios en la misa renovando el sentido que formamos con gentes de todas partes Su pueblo. También, oramos en privado para fortalecer nuestra relación personal con Dios. ¿Y que exactamente queremos lograr con la oración? ¿Podemos esperar que Dios cambie su disposición hacia nosotros? O ¿es nuestro propósito solamente que transformemos nuestra actitud de autosuficiencia a humildad ante el Señor del universo? Bueno, en el Evangelio de hoy, Jesús nos ayuda con estas preguntas.
Jesús nos dice con parábolas que debemos orar continuamente. Primero, cuenta de un juez lo cual “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. En otras palabras, hace lo que le dé la gana para beneficiar a sí mismo. Jesús no compara a Dios a este tunante. Más bien, explica que si un oficial corrupto puede cambiar su disposición ante una persona importuna, con mucho más apertura le escucharía Dios a una hija fiel.
Aunque el Señor no refiere a Dios como un juez severo, a veces nosotros lo imaginamos así. Se nos dirigimos a Él sólo con oraciones formales, careciendo de sentimiento. Pensamos que a Él no le importamos. Nos miramos a nosotros en relación con Él como muchos niños ven a sus padres padrastros. Pero esto no es el Dios que Jesús nos revela. Al contrario, Jesús nos hace un retrato de Dios compasivo como un viejo a su hijo extraviado por años, y amoroso como una mujer preparando tortillas para la mesa familiar.
El personaje central de este evangelio es la viuda. Aunque sea vieja y arrugada, a ella debemos emular. Ella no acepta la opresión pasivamente sino lucha como un comando para sus derechos. Tampoco capitula ante un funcionario tan duro como mármol, sino lo sigue molestando como un taladro con mecha de acero. Con tanta insistencia debemos orar a Dios nunca dejándonos por vencidos sino siempre creyendo que el auxilio está ya en marcha. La oración incesante nos transformará en gente sensible a la voluntad para Dios. Con este tipo de oración siempre podremos discernir su mano extendida para salvarnos, venga lo que venga.
Jesús termina su parábola con una pregunta extraña. Interroga si el Hijo del hombre va a encontrar la fe en la tierra cuando vuelva. Parece que Jesús tiene en cuenta precisamente nuestros tiempos cuando un número creciente no acude a Dios para la salvación. En lugar de ir a la misa, ellos buscan la salvación en las modas de Abercrombie y Fitch. Por eso, la pregunta de Jesús indica la mejor definición para la oración: es la fe hablando. Cuando oramos, exponemos nuestra fe en Dios como nuestra Salvador.
(Marcos 16:15-20)
Una vez un misionero regresó a su patria después de muchos años en Bangla Desh. Bangla Desh es un país mayormente musulmán cuya gente casi nunca convierte al Cristianismo. Cuando le preguntaron al misionero cuántas personas convirtió él en su tiempo allá, él respondió, "ni uno." Los preguntadores quedaban atónitos. Entonces el misionero recapacitó: “Bueno,” dijo el, “hice una conversión; yo me convertí en mejor cristiano.”
Puede ser sorprendente aún escandaloso que misioneros en tierras ajenas no logran conversiones. Sin embargo, convertir a la gente no es necesariamente el primer objetivo de su ida. Sobre todo los misioneros actuales quieren llevar a todos el amor de Dios. Como siempre, el amor consiste no tanto en palabras de la boca sino en obras de servicio. Cuando las Misioneras de Caridad dan a los enfermos de SIDA en Honduras un lugar donde pueden morir con dignidad, ellos muestran el amor de Dios. Cuando la Universidad Católica de Belén abre sus puertas a todos – cristianos, musulmanes, y judíos – muestra el amor de Dios.
Por supuesto, los misioneros no deben rehusar a nadie que quiera convertirse. Creemos que la salvación viene en primer lugar por declarar la señoría de Jesucristo. Por eso, mostramos el mejor amor cuando pasemos la fe a otras personas. Sin embargo, el Espíritu Santo puede convertir los corazones de gentes sin poner el nombre de Jesús en sus labios. Por eso, en el Viernes Santo no rezamos que los judíos se conviertan en cristianos sino que consigan “en plenitud la redención.” Es una diferencia sutil pero importante para los misioneros que trabajan entre pueblos con religiones tan arraigadas como el Judaísmo y el Islam.
En este Domingo Mundial de las Misiones nos preguntamos, ¿cómo podríamos nosotros apoyar a las misiones? Dos modos se nos presentan pronto. Podríamos ayudar a las misiones con nuestros pesitos. Aunque sean de poca cantidad, multiplicados por aquellos de muchas personas nuestros aportes se hacen en una suma sustancial. Nosotros dominicos tenemos a frailes misioneros en Centroamérica y en África. De hecho, somos aquí en Mexicali como proyecto misionero. Nuestras Hermanas Dominicas de la Doctrina Cristiana han formado una misión educativa y médica en la República africana de Guinea Ecuatorial. También podríamos rezar por las misiones no sólo ahora sino todos los días. Santa Teresa del Niño Jesús se hizo la patrona de misiones porque ella rezaba constantemente por los misioneros.
Existe un tercer modo para apoyar las misiones. Podríamos hacernos misioneros. No es necesario que dejemos nuestro pueblo para cumplir este propósito. Hay muchos ancianos solos que necesitan un saludo del amor cristiano. Hay muchas muchachas andando perjudicadas por pleitos en la casa que se aprovecharían de unas palabras sensatas por una vecina. En Cristo podríamos salir a tales personas llevando el amor de Dios.
XXIX Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 18)
¿Hay experiencia religiosa más básica y, a la misma vez, más misteriosa que la oración? Oramos todos los días. Oramos a Dios en la misa renovando el sentido que formamos con gentes de todas partes Su pueblo. También, oramos en privado para fortalecer nuestra relación personal con Dios. ¿Y que exactamente queremos lograr con la oración? ¿Podemos esperar que Dios cambie su disposición hacia nosotros? O ¿es nuestro propósito solamente que transformemos nuestra actitud de autosuficiencia a humildad ante el Señor del universo? Bueno, en el Evangelio de hoy, Jesús nos ayuda con estas preguntas.
Jesús nos dice con parábolas que debemos orar continuamente. Primero, cuenta de un juez lo cual “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. En otras palabras, hace lo que le dé la gana para beneficiar a sí mismo. Jesús no compara a Dios a este tunante. Más bien, explica que si un oficial corrupto puede cambiar su disposición ante una persona importuna, con mucho más apertura le escucharía Dios a una hija fiel.
Aunque el Señor no refiere a Dios como un juez severo, a veces nosotros lo imaginamos así. Se nos dirigimos a Él sólo con oraciones formales, careciendo de sentimiento. Pensamos que a Él no le importamos. Nos miramos a nosotros en relación con Él como muchos niños ven a sus padres padrastros. Pero esto no es el Dios que Jesús nos revela. Al contrario, Jesús nos hace un retrato de Dios compasivo como un viejo a su hijo extraviado por años, y amoroso como una mujer preparando tortillas para la mesa familiar.
El personaje central de este evangelio es la viuda. Aunque sea vieja y arrugada, a ella debemos emular. Ella no acepta la opresión pasivamente sino lucha como un comando para sus derechos. Tampoco capitula ante un funcionario tan duro como mármol, sino lo sigue molestando como un taladro con mecha de acero. Con tanta insistencia debemos orar a Dios nunca dejándonos por vencidos sino siempre creyendo que el auxilio está ya en marcha. La oración incesante nos transformará en gente sensible a la voluntad para Dios. Con este tipo de oración siempre podremos discernir su mano extendida para salvarnos, venga lo que venga.
Jesús termina su parábola con una pregunta extraña. Interroga si el Hijo del hombre va a encontrar la fe en la tierra cuando vuelva. Parece que Jesús tiene en cuenta precisamente nuestros tiempos cuando un número creciente no acude a Dios para la salvación. En lugar de ir a la misa, ellos buscan la salvación en las modas de Abercrombie y Fitch. Por eso, la pregunta de Jesús indica la mejor definición para la oración: es la fe hablando. Cuando oramos, exponemos nuestra fe en Dios como nuestra Salvador.
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