El domingo, 4 de marzo de 2018


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-I7; Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25)


Si estuviéramos a preguntar a un judío, “¿cuál es el mejor don que Dios nos ha dado?”  ¿cómo respondería?  Habría poca duda que diría, “la Ley”.  Pues para los judíos la Ley -- los primeros cinco libros de la Biblia -- es el fundamento para vivir como hombres libres.  Dice el salmo responsorial hoy, “La ley del Señor es perfecta y descanso del alma…” Es como la brisa a un marinero que le lleva a dónde quiere ir.

En la primera lectura escuchamos de los Diez Mandamientos.  Ellos resumen todos los otros seis ciento y pico preceptos escritos en la Ley.  A la misma vez manifiestan la voluntad de Dios recordada en la historia de los patriarcas y de Moisés. Si la Ley es perfecta, los Dios Mandamientos son lo más perfecto del perfecto.  Como dice otro salmo, “como plata pura siete veces refinada en el crisol”. 

Sin embargo, Jesús mejora los Mandamientos.  Los hace aún más perfectos por darles un matiz positivo cuando dice: “ama a Dios sobre todo y ama a tu prójimo”.  Más que esto, Jesús nos exige ir más allá de lo mínimo para rendirle la justicia indicado por los mandamientos “no le robes”, “no le codicies”, etcétera).  Nos exhorta que le hagamos un beneficio cuando dice: “ama…”.

El evangelio hoy trata del otro gran símbolo del judaísmo.  Si la Ley enseñó cómo no pecar, el Templo facilitó la reparación de los pecados.  Como en el caso de la Ley, Jesús mejora la situación por crear un Templo mejor. Cuando expulsa a los vendedores y cambistas del templo, Jesús indica la aniquilación del Templo, por lo menos según el evangelista Juan.  No más se podría ofrecer sacrificios válidos entre sus muros.  Recordémonos que en los evangelios según San Mateo y San Marcos cuando muere Jesús en la cruz, se rasga la cortina del Templo.  Esto es su modo preferido para indicar lo que significa la expulsión del Templo en San Juan.  Jesús reemplaza el Templo con su propio cuerpo como el lugar de ofrecer el sacrificio que vale para el perdón de pecados.  Este es el sacrificio que ofrecemos cada vez que celebremos la misa.

“Los judíos exigen señales”, dice San Pablo a los corintios en la segunda lectura.  Muchos desean signos hoy en día también.  Antes de poner su fe en Cristo quieren ver grandes cosas como la cura de todos los enfermos de cáncer.  Aunque hay curas, Pablo ofrece otra cosa para suscitar la creencia.  Dice: “Predicamos a Cristo crucificado”. Vemos la constatación de la fe en Cristo por los millones de cristianos sacrificándose por los demás.  Viven en todas partes, incluyendo nuestro barrio.  Entre ellos es Enrique Figaredo-Alvargonzález, un obispo misionero, en Camboya.  Al ver a muchos jóvenes sufriendo de la pérdida de piernas y de pies por las minas plantadas durante las guerras allá, el Monseñor Figaredo decidió a aliviar su peso.  Creó una fábrica que producen sillas de ruedas con toque deportivo para que los jóvenes victimados sientan activos.  Por su compromiso a los pobres en el nombre de Jesús el Monseñor Figaredo da testimonio al valor de su sacrificio para perdonar pecados y aumentar el amor.

Ahora el tiempo Cuaresmal entra una fase nueva.  No más es nuestra tarea principal hacer penitencia por nuestros pecados.  Ya tenemos que preocuparnos con la pregunta: ¿estoy dando testimonio al Señor Jesucristo que siempre se sacrificó por los demás?  En otras palabras ¿actúo como un cristiano verdadero?  Tal vez no.  Entonces nos quedan cuatro semanas para hacer algo que nos constará como discípulos suyos.  Nos quedan cuatro semanas para constarnos como discípulos verdaderos de Jesús.

El domingo, 25 de febrero de 2018


EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 22:1-2.9-13.15-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10)



El dolor todavía estuvo en la cara de la señora.  Su hija falleció por cáncer hacia treinta y cinco años.  No obstante, cuando se mencionó la muerte en una conversación, la madre se calló.  Se puso desalentada.  Sus ojos no más fijaron en los colocutores.  Pareció que las preguntas antiguas se levantaron de nuevo en su mente: “¿Cómo puede Dios permitir tal cosa?  ¿Por qué Dios me causa tanto sufrimiento?”  Ciertamente tales preguntas sobre la ocurrencia del mal a personas buenas corren por la mente de Abraham en la primera lectura.

Abraham ha esperado por un tiempo largo tener un hijo con su esposa Sara.  Por fin la mujer concibió a Isaac, que ya ha crecido en joven robusto.  Pero de repente Dios le manda a Abraham que sacrifique a Isaac como si fuera un cabrito.  A pesar de las inquietudes que seguramente surgen en su mente, Abraham no demora en cumplir el mandato.  Entonces al momento en que Abraham levanta el cuchillo para degollar a su hijo, el ángel del Señor le detiene la mano. 

Nosotros explicamos lo que pasa en la historia del mandato extraño de Dios a Abraham como una prueba.  Decimos que Dios probó su fe para verificar que tenía la capacidad de ser padre de una gran nación.  Pero esta explicación no cuadra muy bien.  “¿Por qué Dios sugiere una cosa tan repulsiva como matar a un niño por sacrificio?” deberíamos preguntar.  Tal explicación tampoco sirve bien en el caso de la niña que muere de cáncer.  Nos parece injusto particularmente cuando vemos a las parejas que han perdido a un hijo peleando y cayendo en el desamor. 

Pero antes de que reivindiquemos la injusticia, deberíamos considerar la segunda lectura.  En ella San Pablo declara que Dios “no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Es como si Dios mismo hizo un sacrificio.  Aun se puede decir que su sacrificio sobrepasó cualquier que hagamos nosotros.  Pues su Hijo no sólo sufrió una de las muertes más horríficas posible sino también él nunca hizo nada mal para merecer el sufrimiento que aguantó.  Nosotros hombres sí pecamos de modo que merezcamos el sufrimiento.  Aun nuestros hijos, que son extensiones de nosotros, se implican en el mal que hacemos. 

El evangelio nos sugiere la clave para entender el sufrimiento.  Después de que Pedro, Santiago, y Juan ven a Jesús transfigurado, Dios les habla de una nube.  Dice: “’Este es mi hijo amado; escúchenlo’”.  Jesús ya ha hablado con sus discípulos de la necesidad de perderse si quieren ganar la vida eterna.  Va a echar un reto semejante dos veces más en este evangelio según San Marcos.  Si queremos probarnos como dignos de la vida eterna, tendremos que sacrificarnos juntos con Jesús en el amor.  El sacrificio puede consistir en nuestro tiempo, nuestra paz, y aun nuestras vidas o la vida de un ser querido.

Particularmente durante la Cuaresma nosotros cristianos nos acercarnos a Jesús para escucharlo.  No vamos a oír la explicación perfecta para la ocurrencia del mal a personas buenas.  Pero nos impartirá una mayor sabiduría.  Nos enseñará que aquellos que sufran junto con él tendrán la resurrección de la muerte junto con él.  Es su acompañamiento que nos la facilita.  Con él cerca tendremos la valentía de sacrificarnos por el bien del otro.  Sin él cerca nuestra vida aunque sea alegre será vivida en vano.

El domingo, 18 de febrero de 2018

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 9:8-15; I Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15)


La mujer era prostituta.  Cometió muchos pecados incluyendo algunos abortos.  Pero ya quería cambiarse.  Deseaba reformar su vida para vivir con sus hijos como familia. En un aspecto esta mujer representa a Noé en la primera lectura.

Después del pecado de Adán y Eva, las cosas de los hombres deterioraron.  No pudieron realizarse como hijos e hijas de Dios.  Más bien Caín asesinó a su hermano Abel, y la gente siguió haciendo mal.  En su deseo para vivir como Dios aun trataron asaltar el cielo con la torre de Babel.  Entonces Dios decidió que tenía que corregirla.  Mandó el diluvio para matar a todos los hombres y mujeres salvo a Noé y su familia.  Ya está para aprobar una nueva alianza con Noé.  Con su bendición la humanidad tendrá un nuevo arranque.

Como la prostituta, nos encontramos a nosotros también en la situación de Noé.  Tenemos una segunda oportunidad para realizarnos como hijos e hijas de Dios.  Se pueden ver nuestros deseos para ser más ricos, más bellos, y más fuertes como nuestros intentos vanos – como aquel de los primeros humanos – para ser como Dios.  La única manera para hacernos como Dios es cumplir Su ley.  Ya tenemos a un guía con la capacidad de ayudarnos lograr la meta.  Es quien la segunda lectura llama “el justo, (que murió) por nosotros, los no justos para llevarnos a Dios”.  Es Jesucristo.

Hemos seguido a Jesús por las aguas del Bautismo. Allí nuestros cuerpos fueron sumergidos como signo de nuestra intención para morir al yo y resucitar con la conciencia de Cristo.  Como Cristo en el desierto, nosotros hemos entrado el campo de probar.  Por estos cuarenta  días de la Cuaresma estamos reduplicando los esfuerzos para pensar menos en nosotros y más en el otro con nuestros ojos fijos en Cristo.  Es como la ilustración que cuelga en la sala intensiva de un hospital local.  El cuadro muestra a muchos servidores – hombres y mujeres de diferentes razas, clases, y edades -- con Jesús en el centro llevando a una niña en sus brazos.  Es como si todo el mundo estuviera mirando al Señor para que lo imiten. 

En el evangelio Jesús tiene un mensaje de dos partes.  Primero dice: “Arrepiéntanse” – que nos cambiemos nuestros modos de siempre buscar el bien del yo.  De igual importancia nos urge: “Crean en el evangelio”.  Eso es que creamos no sólo que Dios nos ama sino también que Él nos tenga un destino glorioso.  Aunque Jesús ilumina el camino de la vida terrenal, esto no agota su logro por nosotros.  Nos ha ganado la resurrección de la muerte y un lugar a la par de él en la vida eterna.  Sin aferrar esta esperanza como nuestro motivo, a lo mejor desfalleceremos en el camino. 

A través de la Cuaresma queremos mantener nuestras biblias abiertas.  Ambos testamentos – el antiguo tanto como y el nuevo – dan testimonio al nuestro guía Jesucristo.  En la misa diaria vamos a escuchar una exhortación profética dela historia de Israel.  Ésta servirá como anticipación de la misión de Jesús que vemos cumplida en el evangelio.  Por leer estas lecturas y más por imitar lo que nos instruyen, llegaremos a nuestro destino glorioso.  Por imitar lo que nos instruyen, llegaremos a la par de Jesús en la vida eterna.

El domingo, 11 de febrero de 2018

EL SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 13:1-2.44-46; I Corintios 10:31-11:1: Marcos 1:40-45)

Indudablemente han oído ustedes que la lepra del evangelio no es como la lepra que conocemos hoy en día.  Ahora la lepra – la enfermedad Hansen -- afecta los nervios y la piel causando gránulos feos.  Por falta de la función de los nervios los leprosos a menudo dañan los dedos.  Aunque sea atroz, se puede curar la lepra con medicinas.  De hecho, ya los casos de la lepra son relativamente pocos.  

En el tiempo bíblico el término “la lepra” significaba enfermedades de la piel más genéricas.  Sea la enfermedad Hansen o sea un sarpullido común, la lepra causaba  mucha congoja entre la gente.  La dificultad era de dos tipos.  En primer lugar las enfermedades de la piel siempre han sido contagiosas.  Se ha podido contraer la lepra simplemente por asociarse con en leproso.  Por esta razón los leprosos eran aislados y no podían relacionarse ni con sus propios familiares. La soledad que sentían los leprosos creaba la segunda dificultad.  La gente les tenía miedo.  Si por casualidad otra persona tocaría a un leproso, también él se puso inmundo.  Por eso, la acción de Jesús en el evangelio hoy causaría un escándalo si se hubiera conocido.

Pero no por esta razón Jesús manda al leproso curado que no diga nada a nadie.  Más bien Jesús ha venido para rescatar al mundo de sus pecados por su muerte en la cruz.  El tiempo para su pasión todavía no ha llegado, y él no quiere que nada lo estorbe cuando llegue.   No le interesaba a Jesús ser coronado como el rey del pueblo.  No, él quiere ver al pueblo liberado del pecado de modo que anden con el amor.

Ahora podemos entender el verdadero significado de la lepra.  Es el pecado que nos ata a actitudes y acciones destructivas.  Como la lepra el pecado nos hace feos por el espíritu.  En tiempo la gente no va a compartir abiertamente con nosotros causando el sentido de aislamiento.  Una persona queda en el hospital ahora miserable.  Por toda su vida insistía que las otras personas se conformaran a su manera de ver las cosas.  Pero ya no puede mandar a sus familiares y amigos. Ha hecho cosas buenas en su vida, pero perece que ya paga por su voluntad imperativa.


El miércoles vamos a comenzar un tiempo dichoso en la vida católica. Tendremos cuarenta días para reconocer nuestros pecados y pedir la liberación que Jesús ofrece.  Es cierto que podríamos hacer esto todos los días del año.  Pero por siete semanas vamos a escuchar la voz fuerte de la Iglesia llamándonos al arrepentimiento.  En el mundo hoy muchos andan de manera frenética de modo que se olviden quienes son.  Ya Dios nos llama al conocimiento que somos Suyos, no feos sino bellos en su vista.   Por arrepentirnos de nuestros pecados nos reclamamos como bellos en su vista.


El domingo, 4 de febrero de 2018

EL QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Job 7:1-4.6-7; I Corintios 9:16-19.22-23; Mark 1:29-39)

La lectura de Job nos deja desconsolados, ¿no?   Para el protagonista la vida es tan dura como una banca de cemento.  Como en las maquilas, el hombre tiene que trabajar todo el día para poca recompensa.  La noche no trae el alivio sino más dolores.  Además, no dura mucho la vida.  No se puede aguardar los días de júbilo.  Cuando lleguen, se siente tan desgastado que la muerte parezca cerca.

Esto es el lamento de un hombre doliente.  Muchos enfermos hoy en día conocen el sentimiento.  Para aquellos con enfermedades graves la vida se vuelve en una cámara de tortura.  Quieren morirse, y les llama la atención el suicidio asistido.  Les parece sólo razonable que el desahuciado tenga el derecho para poner un fin a su sufrimiento con la ayuda de un médico.  Preguntan: “¿Es de quién la vida?” 

No cabe duda cómo Jesús respondería a la pregunta.  Lo encontramos en el evangelio como el opuesto de Job en la primera lectura.  Mientras Job se sienta en la miseria, Jesús anda con toda energía.  Los evangelios de los últimos tres domingos describen un día en su vida.  Hace dos semanas Jesús proclamó la buena nueva y llamó a sus primeros discípulos.  El domingo pasado Jesús expulsó el espíritu inmundo.  Hoy en el evangelio él sana a la suegra de Simón y cura a muchos otros enfermos.  El pasaje de hoy incluye una huella de la fuente de su energía.  Jesús se levanta en la madrugada para rezar.  Si fuéramos a preguntar a Jesús, ¿quién es el dueño de la vida?, sin duda respondería: “Dios, mi Padre, el Creador”.

Quizás los agnósticos querrán oponerse a Jesús.  Dirían algo como: “Pero si el enfermo no cree en Dios, seguramente podría suicidarse si desea”.  No es cierto.  Pues, sea que cree en Dios o sea que no cree, Dios existe.  Además cada persona pertenece a diversos grupos que llevan reclamos sobre él o ella.  Somos miembros de una familia a quien debemos el amor.  Somos trabajadores de una empresa que exige nuestro servicio.  Somos ciudadanos de una nación que nos reclama la participación al menos por los impuestos y la votación.  También existe el temor razonable que si se les ayuda a los enfermos tomar sus propias vidas, en tiempo será una expectativa.  Entonces serán aniquilados los enfermos pobres o los enfermos sin alguien para defender sus derechos.

¿Qué deberían hacer los enfermos tan agotados que han perdido el deseo de vivir?  En primer lugar deberían pedir medicinas para aliviar el dolor y la depresión. También podrían orar que Dios les socorra.  Él es como un padre amoroso siempre listo para ayudar a sus hijos.  Pero si se siente que el fin está cerca, podrían implorar a Dios que les llame a la muerte. No es cuestión de desear el fin tanto como esperar una vida nueva.  Pues nuestra fe enseña que los fieles tienen un destino eterno. 

Pero la cuestión no es sólo lo que podrían hacer los enfermos sino también lo que podríamos hacer nosotros para ayudarles.  Hace algunos años una pareja llevó su perro a los asilos de ancianos para que los residentes lo toquen.  Evidentemente tocando a un animal manso es fuente de un consuelo para los encerrados.  Ciertamente nosotros podremos hacer algo semejante aunque no sea más que visitar a residentes de los asilos cada semana.

¿Qué debemos al otro en la sociedad?  Como cristianos quisiéramos responder “el amor”.  Pero ¿qué es el mínimo que le debemos como conciudadanos?  ¿No es que no le hagamos mal?  Y esto es precisamente en juego cuando algunos hablan del suicidio asistido.  El valor de la vida de todos se disminuye un poco cuando se elimine la vida de uno.  Para defender la dignidad de todos la Iglesia insiste que no se permita la eliminación  de ninguno.

El domingo, 28 de enero de 2018

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 18:15-20; I Corintios 7:32-35; Marcos 1:21-28)

En el evangelio hoy el espíritu inmundo pregunta a Jesús: “¿Has venido a acabar con nosotros?” La respuesta sencilla es “sí”; el Señor está aquí para acabar con toda inmundicia espiritual.  No quiere que nada nos impida de conocer a Dios. En los tiempos antiguos tanto como ahora la inmundicia ha existido mucho en los pecados carnales.  Los hombres se han aprovechado de las mujeres por el placer.  Se espera que las mujeres se conduzcan de manera moral.  Pero siempre ha habido prostitutas seduciendo a los hombres por el dinero y otras damas por diversos motivos.  Jesús vino para invertir estos tipos de la explotación humana.  Tenemos vislumbres de los efectos de sus esfuerzos en las cartas de San Pablo.

Por los últimos tres domingos hemos leído en la misa secciones de la Primera Carta a los Corintios.  En cada caso Pablo ha tratado de los deseos sexuales.  Hace dos semanas Pablo advirtió del gran valor del cuerpo cristiano.  Dijo que los bautizados fueron comprados con la sangre de Cristo.  Por eso, sus cuerpos pertenecen a Dios.  No en la Carta a los Corintios sino en otra, la Carta a los Efesios, Pablo (o uno de sus discípulos) dice que la unión entre los esposos representa la unión de Cristo con su iglesia.  Eso es, cuando los esposos tienen relaciones íntimas, están tocando a Cristo.  No van a sentir la presencia de Cristo al momento.  Pero será el efecto del dar del yo al uno y al otro libre y completamente.  Porque la fornicación es una perversión de esta unión con Cristo, Pablo la condena.

El domingo pasado el apóstol recomendó que los casados vivieran como si no fueran casados.  Su razón era que el mundo terminara pronto.  No reprendió a los casados por tener relaciones sino pensaba que fuera mejor que se dedicaran plenamente al regreso de Cristo.  Para nosotros estas palabras pueden tener otro significado.  Aunque valoramos el matrimonio, tenemos que reconocer que existen otros modos para conducirnos a Cristo.  En ciertos momentos la oración u otra obra espiritual pueden ser aún más efectivas que las relaciones matrimoniales para unirse con el Señor. 

Deberíamos reconocer también que algunos querrán dedicarse al servicio de la Iglesia o la contemplación de Dios sin casarse.  Como estados de vida estas actividades pueden servir como modos más directos a la unión con Cristo.  Esto es lo que Pablo indica en la lectura hoy.  El matrimonio existe para llevarnos al Señor pero envuelve varias distracciones.  Entretanto los religiosos y las religiosas son como los solteros de la lectura hoy.  Ellos tienen menos distracciones que los casados aunque todavía tienen que cocinar y lavar ropa.   

Hay que decir que las relaciones sexuales no son Dios.  Hoy en día muchos viven como si fueran, como si nada fuera más importante.  Pero no son lo más importante, mucho menos son Dios.  Las relaciones sexuales llevan a los matrimonios a la unión con Cristo por todo lo que producen: los hijos, el conocimiento íntimo de otra persona, y más conciencia de la providencia de Dios.  De todos modos es Cristo, no las relaciones sexuales, que es indispensable.  Cristo nos hace plenamente humanos – hijos e hijas de Dios – como Dios creó a los primeros humanos.  De hecho, por Cristo es necesario en ciertos momentos que los hombres y mujeres rechacen el sexo.  Es el caso cuando no son casados.  Aun dentro del matrimonio puede ser requerido.  Cuando la pareja no deberían tener más hijos, será necesario que se refrenen mientras la mujer está fértil.


La Carta a los Efesios dice que la unión matrimonial constituye un “misterio profundo”.  Sí es difícil comprender porque esto tiene un efecto totalitario a la pareja.  Sin embargo, cuando relacionamos la unión matrimonial con Cristo, empieza a hacer sentido.  Tan íntimos como matrimonios sienten en su luna de miel, aún más cerca está Cristo a sus fieles.  Aún más cerca está Cristo a sus fieles.


El domingo, 21 de enero de 2018

EL TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Jonás 3:1-5.10; I Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20)

Un prisionero espera la liberación pronto.  Su tiempo encarcelado ya está cumplido.  No más sus días serán llenados sólo de la rutina carcelaria.  Más bien una gama de oportunidades lo espera.  Pero el hombre tiene que decidirse ya qué va a hacer con su vida.  ¿Va a volver al vicio que causó su encarcelamiento en el primer lugar?  O ¿va a quedarse con su familia trabajando como todos y disfrutándose en cuanto pueda?  O, tal vez, ¿va a dedicarse al Señor con rezos y servicio a los demás? 

El evangelio hoy nos presenta una situación semejante.  En ello toda la humanidad queda como si fuera encarcelada por siglos. Dice la lectura que Jesús viene predicando: “…el Reino de Dios está cerca”.  La venida del Reino significa que el mal tiene que rendirse a la autoridad de Dios.  Finalmente el engaño tendrá que inclinarse ante la justicia; el desdén tendrá que dar paso al respeto para el otro. El Reino de Dios no es un gobierno con métodos efectivos para castigar a los malvados.  Más bien, el Reino es Jesús mismo lo cual nos anima para dominar los deseos excesivos del yo.  Acercándonos a Jesús,  nos sentimos la afirmación que resulta en el amor para Dios y la preocupación por todos.

El encuentro con Jesús nos llama al arrepentimiento de nuestros modos pecaminosos.  Hemos deseado más cosas, placeres, y experiencias que no son ni necesarias ni siquiera provechosas.  No consideramos suficientemente a Dios, mucho menos a los demás.  Pero una vez que conozcamos a Jesús, este orden se invierte.  Como con los jesuitas nuestra preocupación se hace “la mayor gloria de Dios”.  Para glorificar a Dios uno de los mártires de Argelia había renunciado ambos a su novia y su consultorio privado.  Se hizo monje dedicando su conocimiento médico para atender a los musulmanes del pueblo cuando los radicalistas lo asesinaron. 

Nuestra acción no es sólo la reorganización de nuestras prioridades viejas sino también la aceptación de una esperanza nueva.  Manda Jesús también que creamos en el evangelio.  Esta buena nueva dicta que no vamos a quedar desconsolados en nuestro servicio.  Más bien tendremos su apoyo hasta el fin de cuentas cuando experimentaremos la vida eterna.  Esto es un premio que los griegos de la antigüedad no atrevieron a esperar.  En verdad no sabemos exactamente ni cómo ni cuándo va a ser realizada esta esperanza.  Sin embargo, ella nos lleva por las dificultades y seducciones del mundo a una vida recta.

Hasta ahora no se ha mencionado cómo la gente reacciona a la predicación de Jesús.  Entonces el evangelio muestra a dos hermanos echando sus redes en el mar.  Cuando Pedro y Andrés oyen el mandato de Jesús que lo sigan, dejan todo para cumplirlo.  Esta historia explica más la autoridad de Jesús que la obediencia de los hermanos.  Tiene una personalidad tan magnética que no se pueda evitarlo.  Es como el profeta Jonás en la primera lectura.  Su predicación es tan dinámica que la gente no pueda resistir creerla.  

Nosotros católicos podemos considerar a nosotros mismos con Pedro en la primera llamada de Jesús. Pues tenemos como nuestro cabeza al papa, el sucesor de Pedro.  Entonces, se puede ver a otros con Santiago y Juan en la segunda llamada.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.e ver a otros con Santiago y Juan en la segunda.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.

Cada año del dieciocho al veinticinco de enero toda la Iglesia reza por la unidad cristiana.  Esperamos que todos los bautizados un día compartan en la misma Eucaristía.  Podemos entender el evangelio de hoy como significando esta reunión.    Que un día pronto aquellos de la llamada de Pedro y aquellos de la llamada de Santiago y Juan se reconozcan como unidos en la misma barca de Jesús. Que pronto nos reconozcamos como unidos en Jesús.