Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 11:2-11. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 11:2-11. Mostrar todas las entradas

El domingo, 15 de diciembre de 2019


EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)


¿Conocen el nombre “Babe Ruth”?  Era el jugador de béisbol más famoso en la primera mitad del siglo veinte.  Dicen que no se miraba como un gran atleta.  Era gordo con piernas delgadas.  Pero podía pegar jonrones.  En una temporada pegó sesenta; en otra, cincuenta y nueve.  Su historia es semejante con lo que pasa entre Juan Bautista y Jesús en el evangelio hoy.

Juan manda a sus discípulos a Jesús.  Quiere saber si Jesús es el mesías; eso es, el que volvería la gloria a Israel.  Según la historia Dios prometió a David que estableciera un trono para siempre para su descendiente.  Juan se enteró de Jesús.  Sabe que ha hecho maravillas pero a la vez recibe reportes inquietantes.  Jesús no denuncia a los malvados con palabras fogosas como esperaba Juan del “el que ha de venir”.  Ni coacciona a la gente para que siempre se comporte rectamente.  Más bien, Jesús come con los pecadores y cura a los enfermos sólo por expresar fe en él.  Juan se pregunta: “¿’…tenemos que esperar a otro’” para cumplir la promesa de Dios?

El problema no es que Jesús haga algún mal.  El problema es que Juan se equivoca en su concepto del ungido de Dios.  Desgraciadamente algunos entre nosotros tenemos conceptos equivocados acerca de Jesús. Estos conceptos no son completamente falsos.  Sin embargo, pueden crear dificultades para nuestro seguimiento del Señor.  Vamos a describir tres de estos conceptos engañosos ahora: Jesús, el hacedor de maravillas; Jesús, el ascético pasivo; y Jesús, el revolucionario.

Algunos piensan en Jesús como el que va aliviarlos de todos sus problemas.  Piensan que si rezan, Jesús los sacará de todos sus líos.  Y ¿quién puede negar que Jesús no le haya ayudado?  Pero nuestros rezos no garantizan que desaparezcan todos problemas.  De hecho, Jesús promete que sus seguidores serán perseguidos.  Sin embargo, podemos contar con Jesús para la fortaleza de enfrentar los desafíos de la vida.

Algunos cristianos insisten en ver a Jesús como un ermitaño que ha abandonado toda esperanza para el mundo.  Lo retratan como un “santo de Dios” que sólo espera el mundo que va a venir.  Es cierto que Jesús es profeta con una crítica profunda del mundo.  Sin embargo, por el amor al hombre Jesús es más empeñado a transformar la maldad del mundo que maldecirla.  Hay un proverbio: “Es mejor encender una vela que maldecir las tinieblas”.  Jesús enciende mil velas.  Y pide que nosotros sus seguidores hagan lo mismo.

A veces se ve Jesús como un revolucionario.  Como un Che Guevara Jesús supuestamente sólo busca el avance social de los pobres.   En esta perspectiva no le importa a Jesús la rectitud personal: la fidelidad, la honradez, la piedad.  Sí es cierto que Jesús siempre tiene en mente a los pobres.  En el evangelio hoy Jesús aun menciona la predicación a los pobres como marca de su autoridad.  Pero primero Jesús viene para llamar a individuos al reino de Dios.  Para entrar en ello la persona tiene hacer dos cosas: dejarse ser amado por Dios y arrepentirse de sus pecados.

Pensamos en Jesús como viniéndonos de modo especial en la misa navideña.  El espíritu de bondad y la alegría entre la gente nos conllevan el sentido que Jesús está muy cerca.  Nos hace falta una perspectiva correcta de quien viene.  Jesús entra en nuestras vidas como el que comparte nuestra carga.  Él va a enseñarnos gentil pero también firmemente como ser fiel, honrado, y piadoso.  Al seguirlo, vamos a formar una sociedad que apoya a sus pobres y cuida a sus niños. 

El domingo, 15 de diciembre de 2013


EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)


En 1860 el señor Abraham Lincoln fue elegido el decimosexto presidente de los Estados Unidos.  Se hará uno de los más cumplidos mandatorios en la historia.  Pero en los meses antes de que tomara el poder, a lo mejor muchos americanos tenían reservas de su capacidad.  Pues nunca había asistido en la universidad, y sólo tenía dos años de la experiencia en Washington como diputado en la cámara baja.  Además, alto y cuellilargo, se veía más como un fulano del campo que un estadista.  Se puede imaginar los ciudadanos preguntándose si Lincoln tendría la capacidad de guiar la nación en la crisis que la enfrentaba.  Así, guardando una duda sobre Jesús, encontramos a Juan Bautista en la lectura evangélica hoy.

Juan está encarcelado por haber dicho la verdad al rey Herodes.  Aparentemente se preocupa que la venida del mesías, que vigorosamente ha predicado, no vaya a realizarse en su tiempo.  Siempre imaginaba al mesías como hombre ambos fuerte y justo de modo que pueda echar fuera a todos los malvados del país.  Pero ya la gente habla de Jesús de Nazaret como el tan esperado Hijo de Dios.  Es otro tipo de persona: no castiga a los pecadores; al contrario, los invita a casa para dialogar sobre la bondad de Dios.  Sin embargo, Juan no queda convencido.  En una manera muchos entre nosotros hoy día asemejan a Juan.  No es que no reconozcan a  Jesús como el mesías sino que tienen inquietudes sobre la Iglesia Católica como el guardián del patrimonio de Jesús.  Les parecen a estas personas que los sacerdotes católicos son prepotentes, que los parroquianos carecen del afecto humano, y que la Ley Canónica paraliza la capacidad de la Iglesia a apoyar a la gente en sus apuros espirituales.

Esta gente, tan desilusionada que sea, debería volver a Jesús en la oración.  Él siempre es nuestro mejor amigo, no sólo aceptándonos junto con nuestras quejas sino también ayudándonos con consejos acertados.  Otros amigos escuchan nuestros problemas pero raros son aquellos que nos responden con la sabiduría que nos reta a crecer espiritualmente.  La gente con inquietudes sobre el Catolicismo necesitan preguntar a Jesús: “¿Pertenezco aquí en la Iglesia Católica o quieres que me vaya a otra comunidad de fe?”  En el evangelio Juan no tiene vergüenza a enviar a sus discípulos a Jesús con una pregunta semejante: “’¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’”

Parece que Jesús no demora un segundo a responder.  Dice a los discípulos de Juan: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan…y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.  Jesús les respondería a los perplejos con la Iglesia Católica por frases del mismo matiz. Les diría algo como: “Escuchen las historias de los santos de la Iglesia como la Madre Teresa de Calcuta socorriendo a los pobres.  Miren la santidad de sus propios abuelos fortalecida por los sacramentos de la Iglesia. Fíjense cómo la Iglesia siempre está en la primera línea de defensa para los más vulnerables: los no nacidos, los inmigrantes indocumentados, y los condenados a la muerte”.

Sí, es cierto que los defectos existen en la Iglesia.  Porque está compuesta de personas humanas con sus manchas y pecados, la Iglesia no brillará gloriosamente hasta que vuelva el Salvador.  Entonces él separará el oro de la escoria dejando una comunidad resplandeciente. Por eso, son benditas aquellas personas que miran más allá de los problemas que oscurecen la faz de la Iglesia para apoyarla.  En tiempo esta genta va a ser reconocida como digna de acogerse al Señor en su retorno.  Así son las palabras finales de Jesús a Juan: “’Dichosos los que no se escandalizan de mí’”.  Eso es, aquellos que no lo rechazan por haber pasado su tiempo con los pobres y los pecadores van a aprovecharse de su victoria sobre la muerte.

Hay una pintura encantadora del Renacimiento que retrata a un abuelo y su nieto mirándose a uno y el otro en la cara.  El niño parece lleno de afecto aunque la nariz de su tata está grotescamente hinchada. El viejo, llevando un cilicio bajo su vestido, parece como hombre honrado.  ¿No captura esta pintura la relación entre la Iglesia y mucha gente hoy día?  Sí, la Iglesia tiene sus defectos.  Sin embargo, fortalecida por la gracia del Salvador, siempre vale la lealtad del pueblo.  La Iglesia vale la lealtad de todos nosotros.

El domingo, 12 de diciembre de 2010

EL III DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)

Los discípulos de Juan vienen a Jesús. Están confundidos. Juan ha dicho que el Mesías llevaría un bieldo para quemar a los malvados. Pero Jesús se sienta a la mesa con los pecadores hablando del amor de Dios Padre. ¿Qué pasa – preguntan los discípulos – “eres tú el que iba a venir…?” Los indígenas en México después de la conquista andaban con una pregunta semejante. Los españoles habían matado a miles de sus paisanos. Entonces vinieron los frailes misioneros diciendo que Jesús vino para salvar a ellos. Al mismo tiempo, destrozaron sus santuarios y pusieron a fuego sus escrituras. Pensaban, ¿realmente es Jesús el salvador o, posiblemente, otro fraude blanco? Nosotros hoy en día también preguntamos sí o no Jesús es el Salvador. ¿Puede él conducirnos a la paz del corazón? O ¿sería mejor confiar en la ciencia para vivir felizmente? Si la ciencia es nuestra salvación, cada uno tendría que tratar a sí mismo con el máximo cuidado. Descansaríamos ocho horas cada noche aún si nos llaman a prestar la mano en el refugio de desamparados. Pediríamos que el gobierno apoye investigaciones con los embriones para que produzcan medicamentos que sanen cada enfermedad amenazante.

Jesús manda a los discípulos de Juan que se den cuenta de las curaciones que él ha realizado. Ellas afirmarán que él es verdaderamente de Dios. En México del siglo XVI el nuevo templo pedido por la Señora misteriosa en el cerro Tepayac serviría el mismo fin. Erigido en el lugar donde sus antepasados habían orado, el templo confirmaría que los cristianos y, por ende, Cristo reconocían su valor como pueblo. Asimismo, en el mundo contemporáneo el mejor testimonio para la Señoría de Jesucristo es que sus seguidores echen esfuerzos para ayudar a uno y otro. Si vivimos cincuenta años o cien años no importa tanto con tal de que pasemos la vida en relaciones del afecto mutuo. El padre Henri Nouwen, uno de los más conocidos escritores de la espiritualidad, pasó sus últimos años en una comunidad de la Arca ayudando a personas con graves defectos físicos y sus donadores de cuidado. Decía que allí, entre gente que vive el amor evangélico, él conoció la paz del corazón.

Jesús no rechaza el mensaje de Juan sino que lo corrige. Juan es profeta indudable pero “el más pequeño en el Reino de los cielos es todavía más grande que él”. En otras palabras, aunque se necesitan sus palabras de amenaza para que la gente evite hacer el mal, más necesario aún es la conciencia del amor de Dios para cada humano para que la gente aprenda cómo hacer el bien. Como Jesús mejora el mensaje de Juan, la imagen que había dejado la Señora de Tepayac en la tilma de Juan Diego adaptó, y no destruyó, las costumbres indígenas para forjar una nueva civilización en Cristo. El sol, que había sido el mayor dios de los indígenas, no está completamente escondido por la figura de la Guadalupana sino sus rayos hacen hincapié a ella con el bebé que lleva. También, ambos su túnica roja representando al campesino de la tierra y su manto verde-azul significando la realeza azteca destacan a ella, la madre de Cristo, en solidaridad con el pueblo. Como han dicho los papás Juan Pablo II y Benedicto XVI, la evangelización no pretende reemplazar las culturas de los pueblos sino para renovar y purificarlas. De igual modo nosotros hoy no debemos rechazar la ciencia. Seguida con la prudencia, ella nos conduce a Cristo, la fuente de la sabiduría. Las farmacéuticas, tomadas como prescritas, nos posibilitará un mejor servicio al Señor. Y la investigación científica, hecha con respeto a la vida humana, desembocará en descubrimientos que hacen la vida más aguantable para todos.

En sus marchas por los derechos de trabajadores agrícolas César Chávez siempre llevaba la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. No es que todos los caminantes fueran católicas, mucho menos devotos a la Virgen. Pero la Guadalupana siempre ha significado ambos el amor de Dios para los humildes y el llamado a la solidaridad con uno y otro. Como en el siglo XVI, la Señora de Tepayac nos llama hoy a reconocer el amor de Dios e imitarlo entre los demás. La Señora de Tepayac nos llama al amor de Dios.

Homilía para el domingo, 16 de diciembre de 2007

El Tercer Domingo de Adviento, 16 de diciembre de 2007

(Mateo 11:2-11)

Tres figuras, aparte de Jesús, se destacan en las lecturas de las misas durante el Adviento. En el principio del tiempo el profeta Isaías relata su visión para la renovación del mundo con la venida del Señor. En los últimos ochos días la virgen María recibe nuestra debida atención por su protagonismo en la historia de la salvación. Y ahora, todavía en el medio de Adviento, Juan el Bautista domina el evangelio como el precursor de Jesús.

En el evangelio hoy Jesús tiene dos preguntas para la gente acerca de Juan. Las preguntas indican que Juan no es como la mayoría de humanos sino alguien digno de gran admiración. Podemos preguntar las mismas cosas acerca de nuestros líderes del día hoy que pretenden a servir el bien de todos.

Jesús pregunta a la gente qué esperaba a ver cuando fueron al desierto para acudir a Juan, ¿alguien tan débil como “una caña sacudida por el viento”? El viento a que Jesús se refiere es la causa de momento que preocupa a la gente, sea buena o mala. Jesús está preguntando si esperaba en Juan a un profeta que complacería a ella por siempre hablar en favor de sus causas preferidas. Es como está pasando ahora en los Estados Unidos donde varios políticos se han puesto duros en las cuestiones migratorias porque la gente allá favorece ese plantamiento. En contraste, el obispo Raúl Vera de Saltillo (México) llama la atención por su defensa de los derechos humanos. Recientemente el Monseñor Vera criticó al gobierno de México por dar al ejército la licencia de hacer crímenes en el nombre de la ley y el orden.

También, Jesús pregunta a la gente si esperaba ver a “un hombre lujosamente vestido en el desierto.” Esto no es una pregunta teorética en una sociedad como la nuestra donde algunos predicadores llevan anillos de diamante y hablan de la certeza de hacerse rico si uno sigue sus consejos. En una manera, sí, las familias cristianas hacen bien porque trabajan duro, mantienen sus familias, y no derrochan su plata. Sin embargo, el cristianismo exalta la abnegación no la fortuna. Todos nosotros aquí deberíamos preguntarnos, ¿Qué es nuestra meta en la vida – servir a Dios o conducir un Mercedes?

En el principio del pasaje Jesús da los criterios para reconocer al Mesías. Refiriéndose al profeta Isaías, dice que el Mesías dará la vista a los ciegos, la capacidad de andar a los cojos, la limpieza a los leprosos, el oído a los sordos, la vida a los muertos, y el evangelio a los pobres. Por haber cumplido todo esto seguimos a él – no a Juan el Bautista -- como nuestro Señor y Dios. Un porque más – la razón que somos “más grande(s) que Juan” – es que nosotros hemos visto la resurrección de Jesús de la muerte. No, nadie aquí estaba al sepulcro cuando él resucitó, pero todos hemos visto la abundancia de la gracia corriendo del acontecimiento. Hemos visto a las hermanas de Madre Teresa ateniendo a los más miserables del mundo. Hemos visto a nuestros propios vecinos llevando la hostia a los enfermos por años sin falta. Hemos visto la gloria del Señor.