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El domingo, 9 de abril de 2023

 Domingo de Pascua: la Resurrección del Señor (Misa del Día)

(Hechos 10:34ª.37-43; Colonenses 3:1-4; Mateo 28:1-10)

Hoy celebramos la culminación de nuestra fe, la resurrección de nuestro Señor Jesús.  Para entender mejor lo que significa tenemos que investigar primero el evangelio.  Vamos a enfocar en el relato de la resurrección en el Evangelio de San Mateo que fue proclamada anoche en la Vigilia.  La Iglesia permite que se vuelva a usar en la mañana.

La cuenta del primer evento de la resurrección en Mateo no difiere mucho de la de los otros evangelios.  El ángel de Dios proclama a las mujeres que Jesús ha resucitado y les manda a decir a sus discípulos la buena nueva.  Se ofrece la tumba vacía como prueba de la resurrección.

Se distingue el relato de Mateo por dos otros acontecimientos.  Primero, Mateo reporta un temblor tomando lugar mientras María Magdalena y la otra María llegan al sepulcro.  Segundo, Jesús aparece a las dos Marías básicamente repitiendo el mandato del ángel pero llamando a sus discípulos “mis hermanos”.

Deberíamos oír el orden del ángel a las mujeres como aplicando a todos nosotros.  Las mujeres no son apóstoles formados por Jesús para predicar el evangelio sino personas sencillas con un gran afecto para el Señor.  Nosotros también amamos a Jesús y son comisionados a contar a los demás de su resurrección.  Además de palabras podemos decirles a nuestros asociados que Jesús ha sido levantado de entre los muertos con acciones.  Llevando una flor o nueva ropa el domingo de la resurrección siempre ha simbolizado que nosotros tenemos un nuevo tipo de vida juntos con Jesús.  Simplemente invitar a toda la familia a almorzar juntos también puede servir como anuncio de la resurrección.

Recordamos que la tierra tembló también inmediatamente después de la muerte de Jesús en el evangelio de Mateo.  Ahora tiembla de nuevo como un redoble de tambores para anunciar su resurrección.  El temblor no produce la resurrección de Jesús sino la quita de la piedra revelando la tumba vacía.  Ambos temblores significan dos momentos de la verdad profunda en nuestras vidas. 

El primer momento sucede cuando nos demos cuenta de que vamos a morir.  No estamos hablando ahora del hecho prosaico de todos humanos morirán sino una experiencia cercana a la muerte.  Puede ser una diagnosis de cáncer o un accidente que reclamó la vida de nuestro acompañante.  De este momento en adelante vamos a vivir de manera diferente.  Probablemente vamos a tener mejor cuidado de nuestra salud.  Algunos se aprovechan de este momento para dedicarse a un interés por lo cual quieren ser recordados.  Puede ser la familia, una afición, o una causa social como la santidad de la vida.

El segundo momento significado pasa como en el evangelio cuando apreciamos dentro de nuestro ser que somos destinados a la vida eterna.  Desde el principio la Iglesia ha declarado la resurrección de entre los muertos como el destino de los cristianos aunque no siempe se realiza.  Pero como en el caso de la muerte por mucho tiempo parece más como una idea que una realidad.  Entonces llega un encuentro profundo con Jesús como tienen los dos Marías en nuestro evangelio.  Percibimos a Jesús tan cerca de nosotros como un hermano.  De hecho, por razón de la resurrección somos sus hermanos y hermanas como Jesús mismo declara de sus discípulos. 

Nuestra palabra pascua es derivada de la palabra hebrea pesaj.  Significa pasar de un salto. Para los judíos refiere al salto del ángel de la muerte sobre las casas de los israelitas en Egipto.  El pasar del ángel permitió su liberación de la esclavitud.  Para nosotros la pascua es algo similar pero a la vez distinta.  Refiere al pasar de Jesucristo de la muerte a la vida de la resurrección.  También, tiene que ver con nuestro pasar de la certeza de nuestra muerte a la seguridad de la vida eterna.  Esta vida es nuestra porque Jesús nos ha escogido como sus discípulos quienes ha transformado en sus hermanos y hermanas.  Es la causa de nuestra celebración hoy.  Jesús nos ha regalado la vida eterna como sus hermanas y hermanos.


El domingo, 5 de mayo de 2019

Tercer domingo de Pascua

(Hechos 5:27-32.40b-41; Apocalipsis 5:11-14; John 21:1-19)


En varias apariciones de Jesús resucitado sus discípulos a penas duras lo reconocen.  Recordamos a María Magdalena a la entrada del sepulcro.  Cuando lo vio, pensaba que él fuera el jardinero.  Los discípulos en el camino a Emaús tampoco podían reconocerlo.  Anduvieron kilómetros con Jesús considerándolo como un visitante mal informado.  En el evangelio hoy cuando sus discípulos en la barca lo ven, no saben quién sea.  Aun cuando están con él en la playa, mantienen dudas.

¿Quién pueden faltarlos?  La resurrección es experiencia fuera de la vida ordinaria.  De hecho, ha sucedido una vez en toda la historia.  Sólo hay record de Jesús resucitándose definitivamente de entre los muertos.  Sí existen las historias evangélicas de Jesús resucitando a Lázaro y al hijo de la viuda.  Pero estos hombres eran para morir de nuevo de modo decisivo.  

El evangelio hoy nos da dos pistas para entender un poco la resurrección de entre los muertos.  En primer lugar señala que el discípulo que Jesús amaba no tiene dificultad reconocerlo.  Desde la barca le dice a Pedro que el extranjero en la playa “es el Señor”.   A pesar de que él no tiene problema identificar a Jesús, los cristianos han fregado sus cabezas preguntando: “¿Quién es este discípulo?”  A lo mejor no es Juan, el hijo de Zebedeo.  Si fuera alguien tan importante, el evangelista lo habría llamado por nombre.  Dicen los expertos que probablemente es discípulo de poca importancia pero de mucha fe.  Recordamos cómo él creyó en la resurrección del momento en que vio los lienzos doblegados en el sepulcro de Jesús. 

La fe aquí no es sólo la convicción que Jesús vive sino también la confianza que ella nos da.  No vamos a angustiarnos por los altibajos de la vida porque sabemos que el Señor está presente para salvarnos.  Un ministro de jóvenes reportó los problemas que tenía.  Unas horas antes del retiro que iba a presentar, su colaborador le llamó que no podía asistir. También a la misma vez el ministro descubrió que el lugar del retiro estaba en necesidad de reparo.  Pero el ministro no se dio por vencido; más bien se confió aún más en el Señor.  Resultó que fue capaz de ajustarse a la nueva situación sin maldiciones o amenazas.  Por eso se puede decir que para experimentar la resurrección hay que poner la confianza en el Señor.

La segunda pista del evangelio hoy es que los discípulos reconocen a Jesús resucitado cuando él les invita a comer.  Como en el caso de los discípulos en Emaús, es el partir del pan que se les revela.  Nosotros tenemos una experiencia semejante en la misa dominical.  Reconocemos al resucitado en los alimentos del pan y vino consagrados por el sacerdote.  Concluimos entonces que la Eucaristía reúne a la gente para conocer al resucitado.  Si nos falta la fe del discípulo amado, la Eucaristía nos la aumenta para que gradualmente la tengamos.

La segunda lectura nos da una vislumbre de estas dos pistas en acción.  Describe una comunión de la gente alabando al Cordero como cuando nos formamos en la Eucaristía.  No están forzados a darle homenaje.  Más bien lo hacen con gran agradecimiento.  El Cordero, que es símbolo de Jesús, ha derrotado el mal.  Se ha probado digno de la confianza.  Por su obra, ya pueden todos vivir en paz. 

El domingo, 28 de abril de 2019

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-11.12-13.17-19; Juan 20:19-31)


Cada año en el segundo domingo de Pascua escuchamos de la vida común de los apóstoles.  Aprendemos cómo los testigos oculares de la resurrección mantuvieron el brío de Jesús.  Vivieron en grande harmonía.  Predicaron al Señor crucificado y resucitado.   Ahora oímos cómo los apóstoles sanaron a los enfermos y los paralíticos.  Los testigos oculares de la resurrección se han ido por muchos siglos.  Con ellos se han desaparecidos también las curaciones diarias.  Pero tanto como nosotros predicamos la resurrección, realizamos hechos maravillosos en el nombre de Cristo.  Médicos actúan curaciones en nuestros hospitales.  De igual modo con nuestro socorro los desafortunados experimentan el amor del Reino de Dios.

En la segunda lectura el vidente Juan cuenta de su encuentro con Cristo un domingo.  El Señor le comisiona a escribir lo que ha sucedido y sucederá.  Sobre todo debe dar testimonio de la victoria de Cristo sobre el mal.  Como en el caso de la primera lectura ésta se puede relacionar con nuestra vida diaria.  También nosotros encontramos a Cristo el domingo en la misa.  También a nosotros nos manda a contar a todos sin prejuicio ni engaño de su victoria sobre el mal.

Todos los años en la misa de este domingo leemos el mismo pasaje evangélico.  Escuchamos cómo Jesús apareció a sus discípulos la noche de su resurrección y ocho días después.  En la primera aparición Jesús les imparte el Espíritu Santo para que puedan perdonar pecados.   Sigue este poder de perdonar hoy en día.  Los sacerdotes pueden desatar cualquier pecado que confesemos, sea por comisión o por omisión.  En esta manera nos liberamos del peso de la culpa para que amemos de verdad.

Cuando Jesús les aparece por segunda vez, él indica la importancia de la creencia en la resurrección.  Se dirige a Tomás, que no estaba presente ocho días antes.  Como muchos hoy en día Tomás se jactó que no iba a creer sin evidencia física.  Por eso Jesús le muestra las heridas mortales en sus manos y su costado para que crea.  Tomás responde con la afirmación de Cristo más exultante en el Nuevo Testamento.  Lo llama “…mi Dios”.  El episodio termina con Jesús bendiciendo a aquellos que creen sin haberlo visto resucitado.

Es cierto que somos benditos.  Pues la fe en la resurrección de Jesús nos ha concedido tres cosas inestimables.  Primero, nos asegura de la ayuda de Cristo por el Espíritu Santo.  La codicia, la lujuria, y la ira nos atacan diariamente por el Internet o la televisión.  Por la gracia del Espíritu Santo podemos superar estos demonios.  La fe también nos da la esperanza de la vida eterna.  Miembros de Cristo, nuestra cabeza, anticipamos vivir la felicidad con él sin término.  Finalmente, la fe en la resurrección nos muestra un aprecio apropiado para nuestros propios cuerpos.  Porque tienen un futuro glorioso, no son para ser mimados ni maltratados.  Más bien tenemos que preservarlos y considerarlos la parte exterior de nuestro ser.

Otro nombre para este segundo domingo de Pascua es el domingo de la Misericordia.  La figura alta del Señor de la Misericordia resalta los temas de la misa ahora.  Sus heridas nos aseguran que sí ha resucitado de la muerte.  Los rayos de su corazón indican la gracia que nos perdona.  Y su mano levantada para bendecirnos señala el mandato a continuar su brío en el mundo hoy en día.  Es de nosotros a continuar su brío en el mundo.

El domingo, 16 de abril de 2017

LA PASCUA DEL SEÑOR

(Romanos 6:3-11; Mateo 28:1-10)

Pom, pom, pom, pom. Todos nosotros hemos oído el redoble de tambor.  Se usa a menudo en la anticipación de un momento de crisis.  En los concursos antes de anunciar el ganador se hace el redoble de tambor con gran efecto.  En el Evangelio según San Mateo el temblor sirve como redoble de tambor.  Fija la atención primero a la muerte de Jesús en la cruz, entonces a su resurrección.  Cuando las dos mujeres llegan al sepulcro, el temblor indica que algo tremendo está sucediendo.

El sepulcro que fue tapado con la piedra ya queda abierto.  No se ve nada adentro.  Es prueba de lo que el ángel va a proclamar.  Jesús, un solo hombre,  “’ha resucitado’”.  La proclamación es completamente única.  Es cierto que algunos como Elías estuvieron tomados al cielo por su fidelidad.  Pero ellos no murieron.  También es la verdad que Jesús mismo resucitó a varias personas de la muerte.   Pero ellos hubieron de morir de nuevo.  En el caso de la resurrección de Jesús, él estaba muerto pero ya vive para siempre.  Tenemos que preguntar: ¿de qué consiste la resurrección de la muerte?

El cuerpo de Jesús fue mutilado en la experiencia horrífica de la crucifixión.  Se puede imaginar el disgusto que crea la vista de un cuerpo azotado, clavado en una cruz, y dejado de sufrir por horas.  En una pintura famosa de la crucifixión el cuerpo de Jesús tiene un matiz verde por el drenaje de su sangre.  Pero después de su resurrección no hay ninguna mención de la mutilación más que las heridas en sus manos, pies, y costado.  De hecho parece que tiene un cuerpo tan robusto que sus discípulos tengan dificultad reconocerlo.  Se puede decir que su cuerpo ha sido transformado de cosa física a cosa eterna.  No sólo no va a morir de nuevo sino también no va a sufrir más.

Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre tan nítidamente que ya experimente la gloria.  Esto es beneficio grandísimo para Jesús, por supuesto.  Pero también es buena noticia para nosotros.  Jesús ha prometido que aquellos que lleven su cruz detrás de él experimentarán su gloria.  Por eso, podemos estar seguros que nuestro destino es tener cuerpos transformados también.  En la gloria no van a sufrir ni el desgaste con edad ni la corrupción de enfermedad.  Más bien tendrán para siempre la fuerza de atletas y la belleza de modelos.  No importa que increíble suene este destino.  El poder de Dios es más grande que la imaginación del hombre.

La aparición de Jesús a las mujeres en el evangelio hoy no menciona cómo se mira su cuerpo, pero da alguna idea de sus modos.  Amenamente saluda a las dos que están espantadas por el temblor y la presencia del ángel.  Les dice Jesús: “’No tengan miedo’” para calmar sus corazones palpitantes.  Entonces les deja un mandato.  Ellas han de decir a sus “hermanos” que vayan a Galilea para verlo.  (Fijémonos por un momento en el significado de esta frase.  Indica que no sólo han sido perdonados por haber abandonado a Jesús en el huerto, sino también que han sido elevados a ser sus “hermanos” e hijos de Dios Padre.) 

La misión de las mujeres se dará a los discípulos-hermanos en Galilea.  Allá Jesús les dirá que vayan y enseñen a todos.  Nosotros hemos recibido tanto la misión como la enseñanza.  Pues nos contamos a nosotros como los hermanos y hermanas de Jesús.  Ya tenemos que anunciar por vidas llenas de servicio y resplendentes con gozo que Jesús ha resucitado.  No importa quién sea o qué haya hecho la persona que encontremos.  Jesús murió por todos.


Uno de los símbolos para la resurrección de Jesús que se ha visto en los años recientes es la mariposa.  Como la oruga se transforma en una mariposa por medio del capullo, el cuerpo de Jesús muerto en un sepulcro de transforma en un ser eternamente vivo.  Pero la mariposa morirá mientras Jesús vive para siempre.  Realmente no hay nada como la resurrección de Jesús.  Es un evento único aunque se repetirá para todos sus hermanos al final de los tiempos.  La resurrección se repetirá para sus hermanos al final de los tiempos.

El domingo, 7 de febrero de 2010

V DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 6:1-2.3-8; I Corintios 15:1-11; Lucas 5:1-11)

Febrero es como un dolor de cabeza. No dura por mucho pero causa bastante angustia. Los villancicos navideños se han desvanecido mientras las canciones de la primavera todavía no se pueden oír. Aquí en el hemisferio norteño el clima es frío, húmedo, y nublado. Aunque caen en este mes el domingo “superbowl” para los fanáticos de fútbol americano y el Día de Amistad para todos que tengan un corazón amoroso, no hay ningún día libre del trabajo. Parece que la tercera parte de la gente está malita, algunos con enfermedades graves. Con todo esto es tiempo para considerar la resurrección de la muerte que san Pablo nos presenta en la segunda lectura.

El gran apóstol se ha enterado de que algunos miembros de la comunidad in Corinto no aceptan la doctrina de la resurrección. Según un experto, estas personas piensan que la vida eterna es sólo el espíritu de la sabiduría que ellos ya poseen. Para ellos el cuerpo no tiene importancia porque va a pasar con la muerte. Por eso, dicen que se puede comer, beber, aún tener el sexo como le dé la gana sin ofender a Dios. Esperan que en tiempo vayan a ser liberados del cuerpo en una existencia completamente espiritual. Son como un número creciente en nuestro tiempo que se identifican como cristianos pero tienen algunos modos de vida tan permisivos como los animales del campo.

No es que esta gente parezca mala. De veras a veces actúan en maneras laudables. Dejan propinas de veinte por ciento para las meseras y envían aportes para ayudar a los damnificados en Haití. Pero no examinan cómo sus acciones privadas dejan a algunos lastimados y escandalizan a muchos. Hubo un médico que participaban en manifestaciones por la paz. Era uno de los primeros para denunciar el uso de inyecciones para ejecutar a los condenados por el estado. Sin embargo, dejó a su esposa de varios años para vivir con una joven. En el proceso dejó a otros con la duda que es necesario vivir rectamente si se tiene la política correcta.

Pero Pablo piensa de una manera contraria. Según él nos importa mucho lo que hacemos con nuestros cuerpos porque tienen un destino eterno si somos fieles a Jesús. Establece el hecho de la resurrección del cuerpo con una lista amplia de las apariciones que hizo Jesús resucitado. Incluye en la lista a sí mismo a quien el Señor se le reveló por una gracia no merecida. Pablo es tan cierto de la resurrección de Jesús como nosotros somos de la capacidad de humanos a volar.

La próxima declaración de Pablo representa un salto de la fe. Razona que si Cristo ha resucitado, entonces sus seguidores van a resucitarse de la muerte también. Para esto tiene la promesa de Jesús que dijo, “Y todos los que por causa mía hayan dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o terrenos recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna” (Mat 19,29). Según Pablo, en la vida eterna tendremos el cuerpo resucitado de la muerte porque este es lo que Jesús nos mostró en la resurrección. Pero ¿qué es la vida eterna?

Es una relación con Jesucristo. Es conocer a él como un hermano. Es ver en nosotros mismos una semejanza de su rostro. Es tomar su mano y reírse de sus chistes. Es sentir alegría como el niñito viendo a su abuela en la puerta y exclamando, “Mami, abuela está aquí; no tengo que ir a la escuela hoy”. Algunas piensan en la vida eterna simplemente como tiempo que no acaba, pero no lo es en esencia. Es el conocimiento íntimo de Jesús y su Padre Dios. Por eso, Pablo puede escribir, “Por un lado quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí…” (Fil 1,23). Porque Jesús es humano como nosotros, queremos conservarnos libres de pecado para que lo conozcamos sin vergüenzas ni dudas. Queremos conocerlo sin vergüenzas ni dudas.

Homilía para el domingo, 25 de enero de 2009

Homilía para el III Domingo Ordinario

(Jonás 3:1-5.10; I Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20)

Dice San Pablo en la segunda lectura, “La vida es corta.” Sin embargo, sabemos que el americano medio vive 78 años o 28, 416 días o 681,995 horas o 40,919,688 minutos. No nos parece corta la vida, al menos aquí ahora. Posiblemente Pablo tenga otro contexto en cuenta como Grecia en el primer siglo. Pero aún entonces muchos vivían vidas largas. Dice el Salmo 90, “El tiempo de nuestros años es de setenta, y de ochenta si somos robustos.” A lo mejor Pablo está pensando en otro concepto de tiempo -- lo mismo que Jesús predica en el evangelio. “Se ha cumplido el tiempo,” dice el Señor, “el Reino de Dios ya está cerca.”

La vida es corta porque ya no esperamos para conocer a Dios. Él ha entrado el tiempo para que cada persona tenga una relación personal con él. No importa que Jesús caminara la tierra hace dos mil años. Ha resucitado de la muerte para acompañarnos ahora. En alguna manera es semejante al descubrimiento del escribir hace 6,000 años. Como los antiguos dieron cuenta que podían conocer los pensamientos de personas de tiempos anteriores con sus escritos, nosotros reconocemos la presencia de Jesús por su Espíritu que nos ha enviado.

Cuando Pablo dice, “…conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran;…” está pensando que Jesús está para regresar al mundo en carne y hueso. No haría sentido, entonces, preocuparse por el matrimonio si mañana Jesús vendrá para llevar a uno al cielo. Pero ¡todavía esperamos la venida definitiva del Señor! Sin embargo, las palabras de Pablo tienen significado cuando las ponemos en el marco de su presencia espiritual. Los matrimonios y, de veras, todo cristiano no deberían obsesionarse con el sexo desde que tenemos a Jesús como compañero. Él no está aquí para juzgarnos sino para rescatarnos de la intranquilidad y la incapacidad de crear relaciones satisfactorias a las cuales la obsesión con sexo nos conduciría.

Las palabras de Pablo sobre el consumismo también dan en el blanco en nuestras vidas contemporáneas. Dice, “…los que compran” deberían vivir “como si no compraran…” Sí, tenemos que ir al mercado para vivir, pero muchos en nuestra sociedad parecen vivir para ir al mercado. No compran lo que necesiten, sino necesitan a comprar. Un psicólogo opina que la preocupación con cosas nos vuelve en egoístas, siempre pensando en nosotros mismos y apenas nada en Dios y en otras personas. Viviendo como si no compráramos, usaríamos nuestros recursos para fortalecer nuestras relaciones, primero con Jesús, y entonces con otras personas siempre incluyendo a los pobres.

Cuando cambiamos nuestras vidas en estas maneras, los vicios del mundo nos pierden la fuerza. De veras, veremos este mundo pasándose. En lugar de preocuparnos por el sexo y el consumismo, volveremos la atención a la compasión y al cuidado. Por ejemplo, una bella mujer llamada Angélica terminó su maestría en la administración de empresas y tenía un empleo bueno. Sin embargo, no se sentía cumplida. Por eso, dejó el trabajo para abrir un centro por jóvenes embarazadas en crisis. Pidió la ayuda de las parroquias en su ciudad y estableció buenas relaciones con las secundarias. Angélica vive su relación con Jesús al máximo. Probablemente no maneja un BMW ni lleva las nuevas modas de Abercrombie y Fitch. Pero ella conoce el amor de Jesús mientras rescata vidas.

Homilía para el 7 de abril de 2007

VIGILIA PASCUAL

(Lucas 24)

Es muy temprano en la mañana. No asoma ni un rayito de luz. Los amigos estacionan sus carros cerca la cabeza del sendero. En silencio emprenden el camino. Andan cansados, pero también con gran expectativa. Se han levantado en las horas más tempranas para ver la salida del sol desde un mirador montañoso. Tienen la misma combinación de sueño y expectación como las mujeres en el evangelio marchando al sepulcro de Jesús.

Estas mujeres han acompañado a Jesús desde la predicación del Reino de Dios en Galilea. Siempre le han provisto el pan, queso y vino para facilitar la misión. Ahora vienen como las más fieles seguidoras suyas. No quieren aguardar ni un minuto más de lo necesario después del día de descanso. Más bien, desean lavar la sangre de su cuerpo y ungirlo con perfumes cuanto antes para que no sufra mayor indignidad. En nuestra sociedad los familiares no preparan el cuerpo del fallecido para el entierro. Pero, sí, les arreglan un funeral decoroso para mostrar su amor.

Entonces les preguntan dos ángeles, “¿Por qué buscan entre los muertos el que está vivo?” Es una interrogación apta para el mundo actual. Tiene que ver con cómo enfrentamos la muerte. Buscan al viviente entre los muertos aquellos que tratan de ahogar su sentido de perdida con cerveza. Esperan una vida tolerable por matar la consciencia del muerto. Otros buscan al viviente entre los muertos por hacer una gran fiesta por el muerto. Desean sólo buenas memorias del fallecido. Desgraciadamente, no hacen la justicia al complejo de su vida. Otras buscan al viviente entre los muertos por no dejar el luto. Vuelven cada conversación en una historia del muerto. Comparan a toda persona con el fallecido.

La resurrección de Jesús nos provee otro modo de hacer frente a la muerte. Damos gracias a Dios por la experiencia de haber conocido la persona. No siempre viene fácil esta gratitud. Si la persona era un canto de alegría en nuestras vidas, su ausencia nos deprime. Si era un dolor de espalda, no sentimos ningún impulso para mostrar la gratitud. Sin embargo, quizás seamos más fuertes o al menos más sabios por el conocimiento. Además, rezamos que Dios les perdone sus pecados. Nadie es perfecto. Todos – aún un Juan Pablo Segundo -- cometen errores y requiere la misericordia de Dios. En esta manera, imitamos a las mujeres dando testimonio a los apóstoles que Jesús vive. Nuestras gracias indican que el Espíritu de Jesús vive en nosotros. Y nuestra petición de perdón subraya la esperanza de la resurrección para sus seguidores.

El pollito da testimonio a la resurrección de Jesús porque es nueva vida. El conejo da le testimonio por representar la vida en abundancia. Nosotros damos testimonio por llevar nuevas ropas en el domingo de Pascua. La ropa indica una nueva actitud hacia la muerte. Ya no representa la perdida del fallecido para siempre. Ni es el tema de cada conversación. Ya vemos la muerte con la esperanza de Jesús, el sol saliendo que no va a ponerse. Ya la vemos con esperanza.