V DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 6:1-2.3-8; I Corintios 15:1-11; Lucas 5:1-11)
Febrero es como un dolor de cabeza. No dura por mucho pero causa bastante angustia. Los villancicos navideños se han desvanecido mientras las canciones de la primavera todavía no se pueden oír. Aquí en el hemisferio norteño el clima es frío, húmedo, y nublado. Aunque caen en este mes el domingo “superbowl” para los fanáticos de fútbol americano y el Día de Amistad para todos que tengan un corazón amoroso, no hay ningún día libre del trabajo. Parece que la tercera parte de la gente está malita, algunos con enfermedades graves. Con todo esto es tiempo para considerar la resurrección de la muerte que san Pablo nos presenta en la segunda lectura.
El gran apóstol se ha enterado de que algunos miembros de la comunidad in Corinto no aceptan la doctrina de la resurrección. Según un experto, estas personas piensan que la vida eterna es sólo el espíritu de la sabiduría que ellos ya poseen. Para ellos el cuerpo no tiene importancia porque va a pasar con la muerte. Por eso, dicen que se puede comer, beber, aún tener el sexo como le dé la gana sin ofender a Dios. Esperan que en tiempo vayan a ser liberados del cuerpo en una existencia completamente espiritual. Son como un número creciente en nuestro tiempo que se identifican como cristianos pero tienen algunos modos de vida tan permisivos como los animales del campo.
No es que esta gente parezca mala. De veras a veces actúan en maneras laudables. Dejan propinas de veinte por ciento para las meseras y envían aportes para ayudar a los damnificados en Haití. Pero no examinan cómo sus acciones privadas dejan a algunos lastimados y escandalizan a muchos. Hubo un médico que participaban en manifestaciones por la paz. Era uno de los primeros para denunciar el uso de inyecciones para ejecutar a los condenados por el estado. Sin embargo, dejó a su esposa de varios años para vivir con una joven. En el proceso dejó a otros con la duda que es necesario vivir rectamente si se tiene la política correcta.
Pero Pablo piensa de una manera contraria. Según él nos importa mucho lo que hacemos con nuestros cuerpos porque tienen un destino eterno si somos fieles a Jesús. Establece el hecho de la resurrección del cuerpo con una lista amplia de las apariciones que hizo Jesús resucitado. Incluye en la lista a sí mismo a quien el Señor se le reveló por una gracia no merecida. Pablo es tan cierto de la resurrección de Jesús como nosotros somos de la capacidad de humanos a volar.
La próxima declaración de Pablo representa un salto de la fe. Razona que si Cristo ha resucitado, entonces sus seguidores van a resucitarse de la muerte también. Para esto tiene la promesa de Jesús que dijo, “Y todos los que por causa mía hayan dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o terrenos recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna” (Mat 19,29). Según Pablo, en la vida eterna tendremos el cuerpo resucitado de la muerte porque este es lo que Jesús nos mostró en la resurrección. Pero ¿qué es la vida eterna?
Es una relación con Jesucristo. Es conocer a él como un hermano. Es ver en nosotros mismos una semejanza de su rostro. Es tomar su mano y reírse de sus chistes. Es sentir alegría como el niñito viendo a su abuela en la puerta y exclamando, “Mami, abuela está aquí; no tengo que ir a la escuela hoy”. Algunas piensan en la vida eterna simplemente como tiempo que no acaba, pero no lo es en esencia. Es el conocimiento íntimo de Jesús y su Padre Dios. Por eso, Pablo puede escribir, “Por un lado quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí…” (Fil 1,23). Porque Jesús es humano como nosotros, queremos conservarnos libres de pecado para que lo conozcamos sin vergüenzas ni dudas. Queremos conocerlo sin vergüenzas ni dudas.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
El domingo, 31 de enero de 2010
EL IV DOMINGO ORDINARIO
(Jeremías 1:4-5.17-19; I Corintios 13:4-13; Lucas 4:21-30)
El monseñor Jean-Baptiste Lamy era el primer obispo del suroeste americano. Cuando llegaba a su sede en Nueva México, encontró mucha resistencia. Pues, se oponía a los caciques-sacerdotes del lugar que querían mantener a sus concubinas y su poder. También, lo resentían porque era extranjero de origen francés, no español como los otros padres. En el evangelio hoy Jesús encuentra tal resistencia de parte de su propia gente en Nazaret.
Se ve la gente en el principio aprobando a Jesús. Sin embargo, él conoce sus corazones. Predice que van a exigirle hacer maravillas como ha hecho en Cafarnaúm. Allá la población es de orígenes mixtos – judíos y no judíos viviendo cerca de uno y otro. Nazaret es más puramente judía. Según Jesús, los nazarenos piensan que él debe cuidar primera y exclusivamente a su propio pueblo. Podemos imaginar a esta gente diciendo, “Dejen a los extranjeros de Cafarnaúm cuidar a sí mismos; tú, ayuda a tu propio pueblo”. Son como muchas personas en los Estados Unidos que se oponen la presencia de inmigrantes en este país.
Ahora el gobierno está redoblando esfuerzos para reformar la ley inmigratoria. No es fácil porque hay mucha preocupación sobre el supuesto desprecio de la ley actual por personas hablando otros idiomas y practicando diferentes costumbres. Los críticos dicen que los inmigrantes son o gorrones usando servicios públicos sin pagar o ladrones tomando los empleos de la labor nativa. “No es cierto”, los defensores de la inmigración responden. Este grupo muestra estadísticas indicando que los inmigrantes pagan impuestos y expanden la economía de manera que haya tanto recursos como trabajo para todos. Escuchamos a Jesús respondiendo a sus críticos en una manera similar. Dice que como los profetas de Israel se extendían la mano a la viuda en Sarepta y el leproso de Siria, él también ayuda a los extranjeros.
Sin embargo, sus palabras no pacifican al pueblo. Más bien, lo vuelven en una turba. Los nazarenos piensan algo como, “¡Este hijo de José ya tiene el valor para criticar a su propia gente como tan cerrada como perros mordiendo sus huesos!” Lo ven a Jesús como un blasfemo y, en consecuencia, lo llevan a un barranco para precipitarlo como un tipo de apedrear. Este ultraje nos recuerda de los vigilantes buscando a los indocumentados cerca la frontera en Arizona.
Se puede decir con certeza que la situación de los inmigrantes sin documentos en los Estados Unidos es extremamente compleja. No se resuelve justamente con llamamientos superficiales a la Biblia. Eso es, no deberíamos decir que todos inmigrantes merecen la ciudadanía porque son creados en “la imagen de Dios”. Tampoco nos serviría la afirmación que la ley es absoluta porque Jesús vino para cumplirla, no para abolirla. Tenemos que rezar por los legisladores que van a estar forjando una nueva ley. Necesitan no sólo un alto sentido de la justicia para sopesar todos los aspectos de la cuestión y una plena abrazada de prudencia para plasmar una ley funcional sino también una mesura de la creatividad para satisfacer a todos.
Sin embargo, simplemente por rezar no cumplimos nuestra responsabilidad. La oración siempre nos prepara para una vida mejor entregada a Dios. Como dicen los cuáqueros, “El servicio empieza cuando la oración termine”. Tenemos que abastecer nuestros almacenes parroquiales con frijoles para los inmigrantes que no tienen acceso a servicios públicos. Tenemos que recibir a los extranjeros en la comunidad de la fe donde todos somos hijos e hijas del mismo Padre Dios. Y finalmente tenemos entender los motivos de casi todos los inmigrantes como ganar una vida digna por sus familias.
(Jeremías 1:4-5.17-19; I Corintios 13:4-13; Lucas 4:21-30)
El monseñor Jean-Baptiste Lamy era el primer obispo del suroeste americano. Cuando llegaba a su sede en Nueva México, encontró mucha resistencia. Pues, se oponía a los caciques-sacerdotes del lugar que querían mantener a sus concubinas y su poder. También, lo resentían porque era extranjero de origen francés, no español como los otros padres. En el evangelio hoy Jesús encuentra tal resistencia de parte de su propia gente en Nazaret.
Se ve la gente en el principio aprobando a Jesús. Sin embargo, él conoce sus corazones. Predice que van a exigirle hacer maravillas como ha hecho en Cafarnaúm. Allá la población es de orígenes mixtos – judíos y no judíos viviendo cerca de uno y otro. Nazaret es más puramente judía. Según Jesús, los nazarenos piensan que él debe cuidar primera y exclusivamente a su propio pueblo. Podemos imaginar a esta gente diciendo, “Dejen a los extranjeros de Cafarnaúm cuidar a sí mismos; tú, ayuda a tu propio pueblo”. Son como muchas personas en los Estados Unidos que se oponen la presencia de inmigrantes en este país.
Ahora el gobierno está redoblando esfuerzos para reformar la ley inmigratoria. No es fácil porque hay mucha preocupación sobre el supuesto desprecio de la ley actual por personas hablando otros idiomas y practicando diferentes costumbres. Los críticos dicen que los inmigrantes son o gorrones usando servicios públicos sin pagar o ladrones tomando los empleos de la labor nativa. “No es cierto”, los defensores de la inmigración responden. Este grupo muestra estadísticas indicando que los inmigrantes pagan impuestos y expanden la economía de manera que haya tanto recursos como trabajo para todos. Escuchamos a Jesús respondiendo a sus críticos en una manera similar. Dice que como los profetas de Israel se extendían la mano a la viuda en Sarepta y el leproso de Siria, él también ayuda a los extranjeros.
Sin embargo, sus palabras no pacifican al pueblo. Más bien, lo vuelven en una turba. Los nazarenos piensan algo como, “¡Este hijo de José ya tiene el valor para criticar a su propia gente como tan cerrada como perros mordiendo sus huesos!” Lo ven a Jesús como un blasfemo y, en consecuencia, lo llevan a un barranco para precipitarlo como un tipo de apedrear. Este ultraje nos recuerda de los vigilantes buscando a los indocumentados cerca la frontera en Arizona.
Se puede decir con certeza que la situación de los inmigrantes sin documentos en los Estados Unidos es extremamente compleja. No se resuelve justamente con llamamientos superficiales a la Biblia. Eso es, no deberíamos decir que todos inmigrantes merecen la ciudadanía porque son creados en “la imagen de Dios”. Tampoco nos serviría la afirmación que la ley es absoluta porque Jesús vino para cumplirla, no para abolirla. Tenemos que rezar por los legisladores que van a estar forjando una nueva ley. Necesitan no sólo un alto sentido de la justicia para sopesar todos los aspectos de la cuestión y una plena abrazada de prudencia para plasmar una ley funcional sino también una mesura de la creatividad para satisfacer a todos.
Sin embargo, simplemente por rezar no cumplimos nuestra responsabilidad. La oración siempre nos prepara para una vida mejor entregada a Dios. Como dicen los cuáqueros, “El servicio empieza cuando la oración termine”. Tenemos que abastecer nuestros almacenes parroquiales con frijoles para los inmigrantes que no tienen acceso a servicios públicos. Tenemos que recibir a los extranjeros en la comunidad de la fe donde todos somos hijos e hijas del mismo Padre Dios. Y finalmente tenemos entender los motivos de casi todos los inmigrantes como ganar una vida digna por sus familias.
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Lucas 4:21-30
El domingo, 24 de enero de 2010
III DOMINGO ORDINARIO, 24 de enero de 2010
(Nehemías 8:2-4.5-6.8-10; I Corintios 12:12-30; Lucas 1:1-4.4:14-21)
Indonesia es un país muy pobre. El ingreso por persona allá es sólo un poco más que una tercer parte de aquello de México. Aunque Indonesia es mayormente musulmana, tiene muchos pueblos cristianos. En un tal pueblo en la isla de Sumatra el turista ve varias iglesias. Le parece extraña la situación porque cada una es de diferente género cristiano. En una esquina queda la iglesia católica; en otra, la iglesia presbiteriana; en otra, la luterana; en otra, la reformada; y cosas por estilo. Se pregunta el turista a sí mismo, “¿No es triste que esta gente tan pobre no pueda cooperar entre sí en lugar de gastar tanto dinero en edificios?”
No sólo en Indonesia y en el tiempo actual la división entre cristianos causa escándalo. En el evangelio el Señor Jesús reza por la unidad entre sus discípulos. Jesús pide al Padre, “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21). Sin embargo, desde casi el principio del Cristianismo han existido varias sectas cristianas. En la historia ha habido masacres entre diferentes grupos de cristianos como la que hicieron los católicos contra los hugonotes en Francia. Hoy en día sigue la desconfianza y el sospecho entre las diferentes ramas de Cristianismo. Algunas sectas, por ejemplo, hablan del “culto de María” de los católicos como si la Iglesia pusiera a la Virgen al nivel de Dios.
En la segunda lectura san Pablo exhorta a los cristianos de Corinto que colaboren mejor entre sí mismos. Se dirige a los diferentes grupos que componen la comunidad – los judíos, los griegos, los esclavos, los ricos, los cultos, y los no educados. Pide que todos reconozcan cómo han sido bautizados por el mismo Espíritu para formar una unidad orgánica. Según el apóstol, como los miembros de un cuerpo, todos cristianos tienen que cooperar para que funcione el organismo de fe. Nosotros podemos decir también que seríamos funcionalmente ciegos sin educadores, usualmente mujeres, enseñándonos la doctrina. Y seríamos, en una manera, mudos sin los directores de coro, a veces hombres, entrenándonos a cantar.
Hace quince años el papa Juan Pablo II publicó una carta encíclica sobre la unidad cristiana. Dijo que la reunificación del cristianismo no es sólo un apéndice para la Iglesia, como por ejemplo la organización de peregrinajes a Roma. Más bien, es una responsabilidad prioritaria. Porque Jesús encargó a Pedro a fortalecer a sus hermanos en la fe (Lc 22,32), Juan Pablo consideraba que se le incumbía a él encabezar los esfuerzos ecuménicos. No obstante, él reconoció cómo es precisamente el cargo del papa que causa dificultad para otros cristianos. Por eso, muy valientemente expresó su voluntad para adoptar formas nuevas y adecuadas del ministerio de Pedro para que se cumpliera la llamada unidad.
Podemos apoyar el camino de la reunión entre los cristianos en al menos tres modos. En primer lugar, que recemos por la unidad, no sólo en la misa durante la semana de la unidad cristiana sino también con otros géneros de cristianos a través del año. Segundo, que dialoguemos con otros cristianos sobre las creencias y prácticas. Ciertamente vamos a encontrar diferencias. Sin embargo, hay mucho en común particularmente las Escrituras en que basamos nuestra fe. Finalmente, que colaboremos con personas de otras iglesias y de otras religiones para fomentar un mundo mejor. De hecho, a menudo es durante el servicio común en un refugio para los desamparados o en un comedor para los hambrientos cuando rezamos con mayor fervor y dialogamos con menor desconfianza.
Somos acostumbrados a pensar en la Iglesia como el cuerpo de Cristo como san Pablo escribe en la segunda lectura. Pero no es la única analogía que podemos utilizar para describirla. La Iglesia también es como la nave de Cristo llevando a sus pasajeros a la vida eterna. También es como el coro de Cristo compuesto por una sección de altos, otra de bajos, otra de tenores, y otra de sopranos. Las divisiones en el Cristianismo lo causan sonar como si las diferentes secciones no oyeran uno y otro. Nos hace falta el Espíritu Santo como director del coro para hacer la harmonía. Nos hace falta el Espíritu Santo.
(Nehemías 8:2-4.5-6.8-10; I Corintios 12:12-30; Lucas 1:1-4.4:14-21)
Indonesia es un país muy pobre. El ingreso por persona allá es sólo un poco más que una tercer parte de aquello de México. Aunque Indonesia es mayormente musulmana, tiene muchos pueblos cristianos. En un tal pueblo en la isla de Sumatra el turista ve varias iglesias. Le parece extraña la situación porque cada una es de diferente género cristiano. En una esquina queda la iglesia católica; en otra, la iglesia presbiteriana; en otra, la luterana; en otra, la reformada; y cosas por estilo. Se pregunta el turista a sí mismo, “¿No es triste que esta gente tan pobre no pueda cooperar entre sí en lugar de gastar tanto dinero en edificios?”
No sólo en Indonesia y en el tiempo actual la división entre cristianos causa escándalo. En el evangelio el Señor Jesús reza por la unidad entre sus discípulos. Jesús pide al Padre, “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21). Sin embargo, desde casi el principio del Cristianismo han existido varias sectas cristianas. En la historia ha habido masacres entre diferentes grupos de cristianos como la que hicieron los católicos contra los hugonotes en Francia. Hoy en día sigue la desconfianza y el sospecho entre las diferentes ramas de Cristianismo. Algunas sectas, por ejemplo, hablan del “culto de María” de los católicos como si la Iglesia pusiera a la Virgen al nivel de Dios.
En la segunda lectura san Pablo exhorta a los cristianos de Corinto que colaboren mejor entre sí mismos. Se dirige a los diferentes grupos que componen la comunidad – los judíos, los griegos, los esclavos, los ricos, los cultos, y los no educados. Pide que todos reconozcan cómo han sido bautizados por el mismo Espíritu para formar una unidad orgánica. Según el apóstol, como los miembros de un cuerpo, todos cristianos tienen que cooperar para que funcione el organismo de fe. Nosotros podemos decir también que seríamos funcionalmente ciegos sin educadores, usualmente mujeres, enseñándonos la doctrina. Y seríamos, en una manera, mudos sin los directores de coro, a veces hombres, entrenándonos a cantar.
Hace quince años el papa Juan Pablo II publicó una carta encíclica sobre la unidad cristiana. Dijo que la reunificación del cristianismo no es sólo un apéndice para la Iglesia, como por ejemplo la organización de peregrinajes a Roma. Más bien, es una responsabilidad prioritaria. Porque Jesús encargó a Pedro a fortalecer a sus hermanos en la fe (Lc 22,32), Juan Pablo consideraba que se le incumbía a él encabezar los esfuerzos ecuménicos. No obstante, él reconoció cómo es precisamente el cargo del papa que causa dificultad para otros cristianos. Por eso, muy valientemente expresó su voluntad para adoptar formas nuevas y adecuadas del ministerio de Pedro para que se cumpliera la llamada unidad.
Podemos apoyar el camino de la reunión entre los cristianos en al menos tres modos. En primer lugar, que recemos por la unidad, no sólo en la misa durante la semana de la unidad cristiana sino también con otros géneros de cristianos a través del año. Segundo, que dialoguemos con otros cristianos sobre las creencias y prácticas. Ciertamente vamos a encontrar diferencias. Sin embargo, hay mucho en común particularmente las Escrituras en que basamos nuestra fe. Finalmente, que colaboremos con personas de otras iglesias y de otras religiones para fomentar un mundo mejor. De hecho, a menudo es durante el servicio común en un refugio para los desamparados o en un comedor para los hambrientos cuando rezamos con mayor fervor y dialogamos con menor desconfianza.
Somos acostumbrados a pensar en la Iglesia como el cuerpo de Cristo como san Pablo escribe en la segunda lectura. Pero no es la única analogía que podemos utilizar para describirla. La Iglesia también es como la nave de Cristo llevando a sus pasajeros a la vida eterna. También es como el coro de Cristo compuesto por una sección de altos, otra de bajos, otra de tenores, y otra de sopranos. Las divisiones en el Cristianismo lo causan sonar como si las diferentes secciones no oyeran uno y otro. Nos hace falta el Espíritu Santo como director del coro para hacer la harmonía. Nos hace falta el Espíritu Santo.
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El domingo, 17 de enero de 2010
EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 62:1-5; I Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11)
Las bodas no son sólo momentos de gozo. También son tiempos de la reconciliación. Un cine hace diez años mostraba dos familias completamente diferentes reconciliándose en la boda de sus jóvenes. La familia de la novia es numerosa y ruidosa. En contraste, la familia del varón que se compone sólo de sus padres es casi congelada. Sin embargo, por el fin de la fiesta todo el mundo baila con uno y otro. Una paz mucho más significante emerge en la boda de Caná.
Jesús llega a la boda con sus discípulos. Siempre están juntos. Pues, el discipulado consiste de aprender del maestro por mantener los ojos en él. Sin embargo, los discípulos de Jesús no son como aquellos de otros rabinos. Donde los discípulos de otros rabinos escogen a sus maestros como los estudiantes de hoy seleccionan sus universidades, Jesús llamó personalmente a sus discípulos. También nos llama a cada uno de nosotros como discípulos. En el nombre de Jesús el sacerdote dijo al momento de nuestro Bautismo, “Carmelo (o María o José), yo te bautizo en el nombre del padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Y como en el caso de Pedro, Andrés, y los demás, Jesús nos enseña como poner su mensaje en práctica.
La fiesta en Caná choca un impedimento cuando se agota el vino. Los franceses dicen, “Una comida sin vino es como un día sin el sol”. Si es la verdad, entonces una fiesta de boda sin el vino es como un mes completo de tinieblas. Que extendamos esta analogía un poco. Una fiesta de boda sin el vino es como una sociedad sin la justicia. Es como la ciudad de Montgomery, Alabama, hace cincuenta y cinco años cuando una negra rehusó a ceder su asentamiento a un hombre porque él era de la raza blanca.
Sin embargo, Montgomery no quedaba con la injusticia por mucho tiempo más. Un predicador negro llamado Martín Luther King, Jr., dijo a la gente que resistiera la discriminación racial. Organizaron un boicot en lo cual los negros no usaban los buses hasta que se detuviera la discriminación. Muchos caminaron al trabajo de un lado de la ciudad al otro en lugar de someterse más a la discriminación. No intentaban a dañar a nadie, pero no más iban a permitir que sus madres y padres, hijas e hijos, hermanas y hermanos fueran maltratados. En breve, practicaron la disciplina, el sacrificio de algo bueno para un mayor beneficio. Por definición, es la marca del discipulado. ¿Lastimaron a sí mismos? No tanto. Una persona mayor dijo después de una larga caminata, “Me duelen los pies, pero mi alma descansa”. Como los negros de Montgomery escucharon a Martín Luther King, nosotros queremos hacer caso a la madre de Jesús. Les dice tanto a nosotros como a los servidores de la boda, “Hagan lo que él les diga”.
Entonces Jesús cambia el agua en vino. No lo hace simplemente para darles a todos otra copa. No, su motivo eclipsa eso por mucho. El agua de las seis tinajas de piedra es para usarse en los ritos de purificación. Representa la ley judía que, como escribe san Pablo, no tiene el poder de salvar a nadie de pecar. Sin embargo, transformada por Jesús en vino, el agua lleva la gracia de Dios. Participamos en el otorgamiento de la gracia en la misa donde bebemos el vino ya transformado en la sangre de Jesús. Fortalecidos como discípulos, nosotros practicamos la justicia en el mundo. Nos esforzamos para poner pan en la mesa. Colaboramos con nuestros compañeros de trabajo para ser número uno en el servicio. Y prestamos la mano a los pobres en necesidad.
En la larga lucha para la justicia, los negros en los Estados Unidos recordaban a unos a otros, “Mantengan los ojos en el premio”. Eso es, que no dejaran nada o a nadie distraerlos de la meta del fin de la discriminación racial. Nuestro premio, en lo cual queremos mantener los ojos, es el maestro Jesús. Nos enseña como sus discípulos y nos transforma con su gracia. Sin él nos duele el alma. Con él el día siempre tiene el sol. Que mantengámonos los ojos en él a través del año 2010. Que mantengámonos nuestros ojos en Jesús.
(Isaías 62:1-5; I Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11)
Las bodas no son sólo momentos de gozo. También son tiempos de la reconciliación. Un cine hace diez años mostraba dos familias completamente diferentes reconciliándose en la boda de sus jóvenes. La familia de la novia es numerosa y ruidosa. En contraste, la familia del varón que se compone sólo de sus padres es casi congelada. Sin embargo, por el fin de la fiesta todo el mundo baila con uno y otro. Una paz mucho más significante emerge en la boda de Caná.
Jesús llega a la boda con sus discípulos. Siempre están juntos. Pues, el discipulado consiste de aprender del maestro por mantener los ojos en él. Sin embargo, los discípulos de Jesús no son como aquellos de otros rabinos. Donde los discípulos de otros rabinos escogen a sus maestros como los estudiantes de hoy seleccionan sus universidades, Jesús llamó personalmente a sus discípulos. También nos llama a cada uno de nosotros como discípulos. En el nombre de Jesús el sacerdote dijo al momento de nuestro Bautismo, “Carmelo (o María o José), yo te bautizo en el nombre del padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Y como en el caso de Pedro, Andrés, y los demás, Jesús nos enseña como poner su mensaje en práctica.
La fiesta en Caná choca un impedimento cuando se agota el vino. Los franceses dicen, “Una comida sin vino es como un día sin el sol”. Si es la verdad, entonces una fiesta de boda sin el vino es como un mes completo de tinieblas. Que extendamos esta analogía un poco. Una fiesta de boda sin el vino es como una sociedad sin la justicia. Es como la ciudad de Montgomery, Alabama, hace cincuenta y cinco años cuando una negra rehusó a ceder su asentamiento a un hombre porque él era de la raza blanca.
Sin embargo, Montgomery no quedaba con la injusticia por mucho tiempo más. Un predicador negro llamado Martín Luther King, Jr., dijo a la gente que resistiera la discriminación racial. Organizaron un boicot en lo cual los negros no usaban los buses hasta que se detuviera la discriminación. Muchos caminaron al trabajo de un lado de la ciudad al otro en lugar de someterse más a la discriminación. No intentaban a dañar a nadie, pero no más iban a permitir que sus madres y padres, hijas e hijos, hermanas y hermanos fueran maltratados. En breve, practicaron la disciplina, el sacrificio de algo bueno para un mayor beneficio. Por definición, es la marca del discipulado. ¿Lastimaron a sí mismos? No tanto. Una persona mayor dijo después de una larga caminata, “Me duelen los pies, pero mi alma descansa”. Como los negros de Montgomery escucharon a Martín Luther King, nosotros queremos hacer caso a la madre de Jesús. Les dice tanto a nosotros como a los servidores de la boda, “Hagan lo que él les diga”.
Entonces Jesús cambia el agua en vino. No lo hace simplemente para darles a todos otra copa. No, su motivo eclipsa eso por mucho. El agua de las seis tinajas de piedra es para usarse en los ritos de purificación. Representa la ley judía que, como escribe san Pablo, no tiene el poder de salvar a nadie de pecar. Sin embargo, transformada por Jesús en vino, el agua lleva la gracia de Dios. Participamos en el otorgamiento de la gracia en la misa donde bebemos el vino ya transformado en la sangre de Jesús. Fortalecidos como discípulos, nosotros practicamos la justicia en el mundo. Nos esforzamos para poner pan en la mesa. Colaboramos con nuestros compañeros de trabajo para ser número uno en el servicio. Y prestamos la mano a los pobres en necesidad.
En la larga lucha para la justicia, los negros en los Estados Unidos recordaban a unos a otros, “Mantengan los ojos en el premio”. Eso es, que no dejaran nada o a nadie distraerlos de la meta del fin de la discriminación racial. Nuestro premio, en lo cual queremos mantener los ojos, es el maestro Jesús. Nos enseña como sus discípulos y nos transforma con su gracia. Sin él nos duele el alma. Con él el día siempre tiene el sol. Que mantengámonos los ojos en él a través del año 2010. Que mantengámonos nuestros ojos en Jesús.
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El domingo, 10 de enero de 2010
EL BAUTISMO DEL SEÑOR
(Isaías 40:1-5.9-11; Tito 2:11-14.3:4-7; Lucas 3:16-16.21-22)
Una vez el ex senador Bill Bradley era un famoso jugador de básquet. Antes de los partidos Bradley cumplía su preparación por hacer tiros de diferentes lugares en la cancha. No paró hasta que hiciera un básquet de varios puntos en una gran arca alrededor del gol. Sólo entonces estuvo listo para jugar. Ahora en el evangelio encontramos a Jesús terminando su preparación para su misión. Está en el desierto para ser bautizado para que pueda predicar como el profeta Juan.
Algunos cuestionan la necesidad que Jesús se someta al bautismo. Racionan que si Jesús no ha pecado, no le falta el bautismo de arrepentimiento. Pero Jesús se bautiza no para exculparse del pecado sino para solidarse con el humano. La condición del mundo es grave. No es sólo que algunas personas se aprovechen de otras sino que las quieren matar. El genocidio atentado en Ruanda y Burundi en los 1990s fue sólo una incidencia de la violencia extrema que ha tocado muchos pueblos a través de la historia. Jesús desea erradicar este tipo de malevolencia por la entrega de sí mismo. Ahora deja toda pretensión en la sumersión bajo el agua y, en tiempo, dará su propia vida en la cruz.
Entonces se abre el cielo. No debemos pensar que es un fenómeno ordinario como si Dios regularmente hablara con la gente. Más bien, como todos nosotros sabemos, Dios es incómodamente silencioso. En el libro de Isaías el profeta pide que Dios abra el cielo para conducir un nuevo éxodo. Ya se cumple la profecía, pero esta vez Dios no llevará a Su pueblo de la opresión humana sino de la esclavitud diabólica. Por fin, la gente podrá dejar atrás el odio como hicieron algunas religiosas hutu de la Congregación de Santa María de Namur durante las matanzas en Ruanda deteniendo a los militares de abusar a sus compañeras tutsi.
El descenso del Espíritu Santo podría recordarnos de la creación en Génesis cuando el “Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Se comienza una nueva creación más grande que la del principio de los tiempos. Pues, se verá la derrota de la muerte junto con la redención del humano. Es algo como la diferencia entre el joven Shakespeare escribiendo bella poesía en el drama “Romeo y Julieta” y el dramaturgo maduro cuya comprensión del alma humana en el personaje “Macbeth” sobrepasa aún la poesía majestuosa.
Entonces Dios Padre pronuncia palabras afirmativas sobre Jesús para confirmar su misión. Hablamos de figuras mesiánicas como personas ilusas, sin la capacidad de ayudar a sí mismo y mucho menos al resto de la humanidad. Sin embargo, cuando el Padre le dice, “Tú eres mi Hijo, el predilecto…,” Jesús sabe que su destino es otro que vivir como los demás. Más bien, tendrá que luchar contra el mal con todas las fuerzas para vencer a Satanás una vez para siempre. Tan extraño como suene, Dios pronuncia palabras semejantes sobre cada uno de nosotros al nuestro Bautismo. Pues, hemos de cumplir la victoria de Jesús por nuestro compromiso a la verdad.
No será fácil. Para mantener la lucha tendremos que apoyarnos en el brazo de Dios. Jesús nos muestra cómo hacerlo. Se abre el cielo con el Espíritu desciendo sobre él mientras Jesús está orando. La oración nos hace a nosotros, tanto como a Jesús, unidos con Dios Padre. El mundo puede engañarnos en básicamente dos maneras. Puede hacernos creer que somos como dioses con poderes súper extraordinarios de modo que las leyes no nos apliquen. O puede engañarnos a pensar que somos como bestias cuyo propósito es sólo para complacer al yo. La oración nos coloca en medio de los dioses y los animales siempre pendientes de la gracia de Dios para superar nuestras tendencias egoístas.
En los Estados Unidos se llaman las ceremonias de graduación, el comienzo. A pesar de que el licenciado ya ha cumplido la carrera, se pone el énfasis en el resto de su vida. Así es con el bautismo de Jesús. Su significado no es tanto la terminación de su aprendizaje con la sumersión bajo el agua sino el comienzo de su misión como redentor del humano con el descenso del Espíritu Santo. No sólo complace a Dios Padre sino a nosotros también. Nuestra liberación de la muerte está cerca. Jesús complace a nosotros.
(Isaías 40:1-5.9-11; Tito 2:11-14.3:4-7; Lucas 3:16-16.21-22)
Una vez el ex senador Bill Bradley era un famoso jugador de básquet. Antes de los partidos Bradley cumplía su preparación por hacer tiros de diferentes lugares en la cancha. No paró hasta que hiciera un básquet de varios puntos en una gran arca alrededor del gol. Sólo entonces estuvo listo para jugar. Ahora en el evangelio encontramos a Jesús terminando su preparación para su misión. Está en el desierto para ser bautizado para que pueda predicar como el profeta Juan.
Algunos cuestionan la necesidad que Jesús se someta al bautismo. Racionan que si Jesús no ha pecado, no le falta el bautismo de arrepentimiento. Pero Jesús se bautiza no para exculparse del pecado sino para solidarse con el humano. La condición del mundo es grave. No es sólo que algunas personas se aprovechen de otras sino que las quieren matar. El genocidio atentado en Ruanda y Burundi en los 1990s fue sólo una incidencia de la violencia extrema que ha tocado muchos pueblos a través de la historia. Jesús desea erradicar este tipo de malevolencia por la entrega de sí mismo. Ahora deja toda pretensión en la sumersión bajo el agua y, en tiempo, dará su propia vida en la cruz.
Entonces se abre el cielo. No debemos pensar que es un fenómeno ordinario como si Dios regularmente hablara con la gente. Más bien, como todos nosotros sabemos, Dios es incómodamente silencioso. En el libro de Isaías el profeta pide que Dios abra el cielo para conducir un nuevo éxodo. Ya se cumple la profecía, pero esta vez Dios no llevará a Su pueblo de la opresión humana sino de la esclavitud diabólica. Por fin, la gente podrá dejar atrás el odio como hicieron algunas religiosas hutu de la Congregación de Santa María de Namur durante las matanzas en Ruanda deteniendo a los militares de abusar a sus compañeras tutsi.
El descenso del Espíritu Santo podría recordarnos de la creación en Génesis cuando el “Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Se comienza una nueva creación más grande que la del principio de los tiempos. Pues, se verá la derrota de la muerte junto con la redención del humano. Es algo como la diferencia entre el joven Shakespeare escribiendo bella poesía en el drama “Romeo y Julieta” y el dramaturgo maduro cuya comprensión del alma humana en el personaje “Macbeth” sobrepasa aún la poesía majestuosa.
Entonces Dios Padre pronuncia palabras afirmativas sobre Jesús para confirmar su misión. Hablamos de figuras mesiánicas como personas ilusas, sin la capacidad de ayudar a sí mismo y mucho menos al resto de la humanidad. Sin embargo, cuando el Padre le dice, “Tú eres mi Hijo, el predilecto…,” Jesús sabe que su destino es otro que vivir como los demás. Más bien, tendrá que luchar contra el mal con todas las fuerzas para vencer a Satanás una vez para siempre. Tan extraño como suene, Dios pronuncia palabras semejantes sobre cada uno de nosotros al nuestro Bautismo. Pues, hemos de cumplir la victoria de Jesús por nuestro compromiso a la verdad.
No será fácil. Para mantener la lucha tendremos que apoyarnos en el brazo de Dios. Jesús nos muestra cómo hacerlo. Se abre el cielo con el Espíritu desciendo sobre él mientras Jesús está orando. La oración nos hace a nosotros, tanto como a Jesús, unidos con Dios Padre. El mundo puede engañarnos en básicamente dos maneras. Puede hacernos creer que somos como dioses con poderes súper extraordinarios de modo que las leyes no nos apliquen. O puede engañarnos a pensar que somos como bestias cuyo propósito es sólo para complacer al yo. La oración nos coloca en medio de los dioses y los animales siempre pendientes de la gracia de Dios para superar nuestras tendencias egoístas.
En los Estados Unidos se llaman las ceremonias de graduación, el comienzo. A pesar de que el licenciado ya ha cumplido la carrera, se pone el énfasis en el resto de su vida. Así es con el bautismo de Jesús. Su significado no es tanto la terminación de su aprendizaje con la sumersión bajo el agua sino el comienzo de su misión como redentor del humano con el descenso del Espíritu Santo. No sólo complace a Dios Padre sino a nosotros también. Nuestra liberación de la muerte está cerca. Jesús complace a nosotros.
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Lucas 3:16-16.21-22,
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El domingo, 3 de enero de 2010
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)
Sin duda, sabes de la película. Los jóvenes crecían mirándola. En búsqueda de la arca perdida cuenta de varias personas que quieren ver las huellas de Dios. No son muy diferentes de los buscadores que encontramos en el evangelio hoy.
Los magos buscarán la sabiduría verdadera hasta los confines del mundo. Estudian las estrellas para aprender tanto como posible. Una estrella prometedora es la del rey de los judíos, el hijo de Dios. Por eso, los magos la siguen hasta que se pierda en las tinieblas. Nosotros también buscamos al hijo de Dios que conocemos como el Señor Jesucristo. Nos hace falta su ayuda. ¿Quiénes somos? Somos una anciana que ha estado luchando contra el cáncer por un año entero. El último tratamiento de quimioterapia fue “peor que la muerte”. Nos falta Jesús para ayudarnos aceptar la inevitable. También somos una joven con una hija pequeña y un marido de treintiocho años que acaba de sufrir un derrame cerebral. Tenemos que alentar a él, cuidar a la niña, y generar bastantes ingresos para mantener la casa. Necesitamos a Jesús para afrentar estos retos. También somos el hombre compulsivo que nunca ha podido tomar control sobre sus deseos sexuales. Nos encontramos a nosotros mirando la pornografía en el Internet que nos conduce primero a la masturbación, entonces a grandes penas de culpa. Nos hace falta Jesús para perdonarnos el pecado y para calmar nuestros impulsos. Si confiáramos sólo en algunos rezos hechos con los labios, no encontraremos a Jesús. Como los magos en el evangelio quedaremos fuera del blanco.
La estrella representa la razón natural. Ella despierta en los magos el deseo para ver la sabiduría de las edades y señala en que rumbo estará. Sin embargo, si no están apoyados por la revelación particular de Dios, no pueden llegar a la meta. Por eso, tienen que preguntar a los judíos, “¿Dónde está el rey de los judíos?” En las Escrituras, guardadas por los judíos, Dios ha revelado Su plan para la salvación. El Antiguo Testamento da los indicios de Cristo desde su nacimiento hasta su resurrección de la muerte. En nuestra búsqueda para Jesús, nosotros también debemos consultar las Escrituras. Tenemos los evangelios -- las palabras y los hechos de Jesús -- para guiarnos a él.
En este mismo Evangelio según San Mateo Jesús nos invita a compartir su yugo. Esto es su relación con Dios que consta de ambos el infinito amor de parte de Dios Padre y de nuestra entrega a Su voluntad. Juntada con Jesús, la anciana afligida con cáncer recibirá la confianza que pronto estará en las tiernas manos de Dios Padre. Con Jesús la mente de la joven será fortalecida para cumplir todas sus responsabilidades como peldaños a la felicidad. Y con Jesús el compulsivo quedará calmado para rechazar las tentaciones eróticas como moscas sobre la coca-cola. Asimismo, los sumos sacerdotes y escribas de la ley colocan los paraderos del nacimiento del Mesías en el profeta Miqueas.
En la escena final del evangelio de hoy los magos desempacan sus regalos indicando su aprecio para la sabiduría verdadera encontrada en Jesús. Por nosotros el oro, el incienso, y la mirra se refieren a diferentes disposiciones de la vida cristiana. El oro significa la virtud, la cualidad más noble del humano que traemos a la vida evangélica. Indica cómo procuraremos vivir en modos excelentes para ayudar a Cristo transformar el mundo. El incienso representa nuestras oraciones alzando al cielo por el bien de todos. Y la mirra, una especia usada para el entierro, simboliza la buena voluntad nuestra para morir por el evangelio si es el plan de Dios.
El evangelio no nombra a los magos. De hecho, no dicen que son solamente tres. Pero existen leyendas que suplen este tipo de información. Una tal leyenda dice cómo cada mago tiene el color de piel diferente indicando su origen en una parte distinta del mundo – negro para indicar el África; blanco, Europa; y amarrillo, el oriente de Asia. Lo que esta leyenda procura decir es lo que estamos proponiendo aquí. Los magos representan el mundo entero buscando la sabiduría verdadera en Jesucristo. Nosotros, tanto como los magos, necesitamos su apoyo en la lucha contra la muerte, los altibajos de la vida, y las tendencias erróneas del yo. Sí, todo el mundo necesita a Cristo.
(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)
Sin duda, sabes de la película. Los jóvenes crecían mirándola. En búsqueda de la arca perdida cuenta de varias personas que quieren ver las huellas de Dios. No son muy diferentes de los buscadores que encontramos en el evangelio hoy.
Los magos buscarán la sabiduría verdadera hasta los confines del mundo. Estudian las estrellas para aprender tanto como posible. Una estrella prometedora es la del rey de los judíos, el hijo de Dios. Por eso, los magos la siguen hasta que se pierda en las tinieblas. Nosotros también buscamos al hijo de Dios que conocemos como el Señor Jesucristo. Nos hace falta su ayuda. ¿Quiénes somos? Somos una anciana que ha estado luchando contra el cáncer por un año entero. El último tratamiento de quimioterapia fue “peor que la muerte”. Nos falta Jesús para ayudarnos aceptar la inevitable. También somos una joven con una hija pequeña y un marido de treintiocho años que acaba de sufrir un derrame cerebral. Tenemos que alentar a él, cuidar a la niña, y generar bastantes ingresos para mantener la casa. Necesitamos a Jesús para afrentar estos retos. También somos el hombre compulsivo que nunca ha podido tomar control sobre sus deseos sexuales. Nos encontramos a nosotros mirando la pornografía en el Internet que nos conduce primero a la masturbación, entonces a grandes penas de culpa. Nos hace falta Jesús para perdonarnos el pecado y para calmar nuestros impulsos. Si confiáramos sólo en algunos rezos hechos con los labios, no encontraremos a Jesús. Como los magos en el evangelio quedaremos fuera del blanco.
La estrella representa la razón natural. Ella despierta en los magos el deseo para ver la sabiduría de las edades y señala en que rumbo estará. Sin embargo, si no están apoyados por la revelación particular de Dios, no pueden llegar a la meta. Por eso, tienen que preguntar a los judíos, “¿Dónde está el rey de los judíos?” En las Escrituras, guardadas por los judíos, Dios ha revelado Su plan para la salvación. El Antiguo Testamento da los indicios de Cristo desde su nacimiento hasta su resurrección de la muerte. En nuestra búsqueda para Jesús, nosotros también debemos consultar las Escrituras. Tenemos los evangelios -- las palabras y los hechos de Jesús -- para guiarnos a él.
En este mismo Evangelio según San Mateo Jesús nos invita a compartir su yugo. Esto es su relación con Dios que consta de ambos el infinito amor de parte de Dios Padre y de nuestra entrega a Su voluntad. Juntada con Jesús, la anciana afligida con cáncer recibirá la confianza que pronto estará en las tiernas manos de Dios Padre. Con Jesús la mente de la joven será fortalecida para cumplir todas sus responsabilidades como peldaños a la felicidad. Y con Jesús el compulsivo quedará calmado para rechazar las tentaciones eróticas como moscas sobre la coca-cola. Asimismo, los sumos sacerdotes y escribas de la ley colocan los paraderos del nacimiento del Mesías en el profeta Miqueas.
En la escena final del evangelio de hoy los magos desempacan sus regalos indicando su aprecio para la sabiduría verdadera encontrada en Jesús. Por nosotros el oro, el incienso, y la mirra se refieren a diferentes disposiciones de la vida cristiana. El oro significa la virtud, la cualidad más noble del humano que traemos a la vida evangélica. Indica cómo procuraremos vivir en modos excelentes para ayudar a Cristo transformar el mundo. El incienso representa nuestras oraciones alzando al cielo por el bien de todos. Y la mirra, una especia usada para el entierro, simboliza la buena voluntad nuestra para morir por el evangelio si es el plan de Dios.
El evangelio no nombra a los magos. De hecho, no dicen que son solamente tres. Pero existen leyendas que suplen este tipo de información. Una tal leyenda dice cómo cada mago tiene el color de piel diferente indicando su origen en una parte distinta del mundo – negro para indicar el África; blanco, Europa; y amarrillo, el oriente de Asia. Lo que esta leyenda procura decir es lo que estamos proponiendo aquí. Los magos representan el mundo entero buscando la sabiduría verdadera en Jesucristo. Nosotros, tanto como los magos, necesitamos su apoyo en la lucha contra la muerte, los altibajos de la vida, y las tendencias erróneas del yo. Sí, todo el mundo necesita a Cristo.
El domingo, 27 de diciembre de 2009
LA SAGRADA FAMILIA
(Samuel 1:20-22.24-28; I Juan 3:1-2.21-24; Lucas 2:41-52)
Sí, María y José saben que Jesús es diferente. Los ángeles les han dicho que él es el hijo de Dios. Querían decir que Jesús va a sentarse en el trono de David. Pero ¿cómo sus padres pueden darse cuenta que este futuro incluirá vivir como soltero y ser crucificado como criminal? A lo mejor piensan, como muchos padres hoy en día esperan por sus hijos, que Jesús será no sólo justo, sino poderoso, rico y padre de muchos hijos.
Por todo esto, la pareja se angustia cuando Jesús no asoma en la caravana. Probablemente dicen dentro de sus corazones algo como, “Alguna cosa mala ha pasado a nuestro hijo”. Hoy día nosotros llamaríamos la policía que pondría su nombre en carteleras de carretera a través de la región. Los padres de Jesús no pueden hacer más que regresar con prisa a Jerusalén para averiguar dónde esté su niño.
Realmente no debe ser problema encontrar a Jesús. Estará en el templo aprendiendo de los doctores de la ley. Cuando su madre lo reprocha por no haberles informado de sus paraderos, el responde que los dos los deberían haber sabido. Pues, ¿no es él el hijo de Dios? Y ¿no debería estar en la casa de su Padre ocupándose con las cosas de su Padre? También nosotros somos, en un sentido verdadero, hijos e hijas de Dios y tenemos que ocuparnos de las cosas de Dios Padre.
Ya estamos para entrar no solamente en un nuevo año sino también en una nueva década. ¿Qué serán las cosas de Dios para nosotros en los dos mil diez? De una manera esto depende de nuestra edad. Los niños, que van a descubrir al yo durante estos años, tienen que identificarse como amados por Dios. Como Jesús en el evangelio hoy, deberían acudir a la iglesia para aprender de la grandeza de Dios Padre que cuida a cada uno de sus niños. Los jóvenes de veinticinco o treinta años, que van a descubrir al otro durante estos años, tienen que aprender cómo entregarse totalmente a una persona como compañero de la vida. Deberían darse cuenta que el matrimonio no es sólo un convenio para satisfacer los deseos y para tener hijos. Más bien, es una alianza que da testimonio del amor de Cristo para su pueblo.
Los adultos maduros, que van a ser reconocidos como padres, maestros, profesionales, o autoridades en otro campo de la vida, tienen que contribuir de su talento para el bien de todos. Deberían dedicarse a un proyecto que avance los valores del Reino de Dios en la comunidad. Finalmente, los que van a experimentar la disminución de la energía durante los dos mil diez tienen que reclamar para sí mismos los logros de sus vidas y arrepentirse de los errores para desarrollar la integridad. Deberían prepararse para el encuentro con Jesús como juez por dar gracias a Dios por lo bueno que han experimentado en la vida y pedirle perdón por sus pecados que han cometido.
El evangelio hoy termina por decir que Jesús sigue creciendo en saber, en estatura, y en favor de Dios. Que sea la meta de todos nosotros durante esta década que ya se aproxima. Que procuremos crecer en saber, en estatura (al menos la estatura del amor para el prójimo), y en el favor de Dios en los 2010. Que procuremos crecer en el favor de Dios.
(Samuel 1:20-22.24-28; I Juan 3:1-2.21-24; Lucas 2:41-52)
Sí, María y José saben que Jesús es diferente. Los ángeles les han dicho que él es el hijo de Dios. Querían decir que Jesús va a sentarse en el trono de David. Pero ¿cómo sus padres pueden darse cuenta que este futuro incluirá vivir como soltero y ser crucificado como criminal? A lo mejor piensan, como muchos padres hoy en día esperan por sus hijos, que Jesús será no sólo justo, sino poderoso, rico y padre de muchos hijos.
Por todo esto, la pareja se angustia cuando Jesús no asoma en la caravana. Probablemente dicen dentro de sus corazones algo como, “Alguna cosa mala ha pasado a nuestro hijo”. Hoy día nosotros llamaríamos la policía que pondría su nombre en carteleras de carretera a través de la región. Los padres de Jesús no pueden hacer más que regresar con prisa a Jerusalén para averiguar dónde esté su niño.
Realmente no debe ser problema encontrar a Jesús. Estará en el templo aprendiendo de los doctores de la ley. Cuando su madre lo reprocha por no haberles informado de sus paraderos, el responde que los dos los deberían haber sabido. Pues, ¿no es él el hijo de Dios? Y ¿no debería estar en la casa de su Padre ocupándose con las cosas de su Padre? También nosotros somos, en un sentido verdadero, hijos e hijas de Dios y tenemos que ocuparnos de las cosas de Dios Padre.
Ya estamos para entrar no solamente en un nuevo año sino también en una nueva década. ¿Qué serán las cosas de Dios para nosotros en los dos mil diez? De una manera esto depende de nuestra edad. Los niños, que van a descubrir al yo durante estos años, tienen que identificarse como amados por Dios. Como Jesús en el evangelio hoy, deberían acudir a la iglesia para aprender de la grandeza de Dios Padre que cuida a cada uno de sus niños. Los jóvenes de veinticinco o treinta años, que van a descubrir al otro durante estos años, tienen que aprender cómo entregarse totalmente a una persona como compañero de la vida. Deberían darse cuenta que el matrimonio no es sólo un convenio para satisfacer los deseos y para tener hijos. Más bien, es una alianza que da testimonio del amor de Cristo para su pueblo.
Los adultos maduros, que van a ser reconocidos como padres, maestros, profesionales, o autoridades en otro campo de la vida, tienen que contribuir de su talento para el bien de todos. Deberían dedicarse a un proyecto que avance los valores del Reino de Dios en la comunidad. Finalmente, los que van a experimentar la disminución de la energía durante los dos mil diez tienen que reclamar para sí mismos los logros de sus vidas y arrepentirse de los errores para desarrollar la integridad. Deberían prepararse para el encuentro con Jesús como juez por dar gracias a Dios por lo bueno que han experimentado en la vida y pedirle perdón por sus pecados que han cometido.
El evangelio hoy termina por decir que Jesús sigue creciendo en saber, en estatura, y en favor de Dios. Que sea la meta de todos nosotros durante esta década que ya se aproxima. Que procuremos crecer en saber, en estatura (al menos la estatura del amor para el prójimo), y en el favor de Dios en los 2010. Que procuremos crecer en el favor de Dios.
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