El XXII Domingo Ordinario
(Romanos 12:1-2)
El reverendo doctor Martin Luther King, Jr., solía alentar a la gente que rindieran el mejor trabajo posible. Decía: “Si un hombre es llamado a ser un barrendero, debería barrer las calles como Miguel Ángel pintaba o como Beethoven componía música o como Shakespeare escribía poesía.” Este consejo da eco al mensaje de San Pablo en la segunda lectura hoy.
Pablo quiere que los cristianos vivan su elección no sólo al domingo sino todos los días de la semana. Desea que hagan lo correcto no sólo en la oración y al trabajo sino también al recreo y entre la familia. “No se dejen transformar por los criterios de este mundo,” escribe en la sección de la carta a los romanos que leemos hoy, “sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente…” Tomando en serio este consejo, una joven dejó su trabajo de servicio civil porque el ambiente era crudo. Dice ella que casi todos en la oficina usaban palabrotas todo el tiempo de modo que no pudieran aguantarla más que unas meses.
Mañana nosotros americanos observamos el Día de Trabajo. Transformados por el Espíritu Santo, deberíamos tomar este día en una manera diferente. Sí, deseemos descansar como todos y, tal vez, hacer una merienda con la familia. Sin embargo, también deberíamos reflexionar sobre el significado de trabajo – cómo nos permite participar con Dios en la creación de un mundo mejor. Asimismo, deberíamos agradecer a Dios por nuestro empleo que pone pan en la mesa y nos hace posible desarrollar nuestros talentos individuos. Finalmente, querremos echar una petición al Señor por aquellas personas sin empleo y aquellas cuyos trabajos apenas les proveen un techo para dormir seguros, mucho menos el cuidado médico para sobrevivir los trastornos de la vida.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el Domingo, 24 de agosto de 2008
Homilía para el XXI Domingo Ordinario
(Mateo 16:13-20)
La directora hablaba de la construcción de su escuela. Dijo que fue construida de materiales tan sólidas que ahora los trabajadores tienen que esforzarse para llegar a los problemas. Es como Simón en el evangelio hoy. Jesús lo llama “Pedro” porque su constitución es tan sólida como una piedra.
Sin embargo, Pedro hace errores. Recordamos como en el evangelio hace dos semanas Pedro comienza a hundirse, y Jesús lo llama “hombre de poca fe.” El mismo Simón va a negar a Jesús cuando lo llevan a la casa del sumo sacerdote la noche antes de la crucifixión. Entonces, ¿cómo puede Simón servir como el cimiento de la Iglesia?
La clave para una contesta adecuada reside en el reconocimiento de Jesús sobre la autoridad de Simón. Cuando Pedro nombra a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo,” Jesús dice que “ningún hombre sino mi Padre” ha revelado esta percepción a él. En cuanto Simón sigue la inspiración de Dios, él sirve como cimiento fuerte. Pero cuando desvía de Su guía para seguir los modos típicamente humanos, se cae de bruces. Ciertamente la historia de los papas indica la necesidad de seguir la autoridad de Dios. En cuanto los papas hayan basado sus acciones en la Escritura y la Tradición, han llevado la Iglesia a nuevas alturas. El papado de Juan Pablo II da buen testimonio de todo esto. Sin embargo, cuando han desviado de los modos de Dios, como algunos papas durante el renacimiento, han causado escándalos y rebeliones.
Como Simón Pedro, nosotros debemos seguir la inspiración de Dios. Esto tiene que ver con no sólo cómo actuamos al domingo sino también del lunes hasta sábado. ¿Maldecimos el tráfico? Dios nos tendría rezando por aquellos que se han involucrado en el accidente. ¿Cuidamos menos los detalles cuando nadie nos mira en el trabajo? Dios querría que hagamos siempre el mejor trabajo posible. Cuando seguimos la inspiración de Dios, Jesús nos llamará a nosotros como a Simón, “Dichoso eres tú,” Juanita o José o Wilmo.
(Mateo 16:13-20)
La directora hablaba de la construcción de su escuela. Dijo que fue construida de materiales tan sólidas que ahora los trabajadores tienen que esforzarse para llegar a los problemas. Es como Simón en el evangelio hoy. Jesús lo llama “Pedro” porque su constitución es tan sólida como una piedra.
Sin embargo, Pedro hace errores. Recordamos como en el evangelio hace dos semanas Pedro comienza a hundirse, y Jesús lo llama “hombre de poca fe.” El mismo Simón va a negar a Jesús cuando lo llevan a la casa del sumo sacerdote la noche antes de la crucifixión. Entonces, ¿cómo puede Simón servir como el cimiento de la Iglesia?
La clave para una contesta adecuada reside en el reconocimiento de Jesús sobre la autoridad de Simón. Cuando Pedro nombra a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo,” Jesús dice que “ningún hombre sino mi Padre” ha revelado esta percepción a él. En cuanto Simón sigue la inspiración de Dios, él sirve como cimiento fuerte. Pero cuando desvía de Su guía para seguir los modos típicamente humanos, se cae de bruces. Ciertamente la historia de los papas indica la necesidad de seguir la autoridad de Dios. En cuanto los papas hayan basado sus acciones en la Escritura y la Tradición, han llevado la Iglesia a nuevas alturas. El papado de Juan Pablo II da buen testimonio de todo esto. Sin embargo, cuando han desviado de los modos de Dios, como algunos papas durante el renacimiento, han causado escándalos y rebeliones.
Como Simón Pedro, nosotros debemos seguir la inspiración de Dios. Esto tiene que ver con no sólo cómo actuamos al domingo sino también del lunes hasta sábado. ¿Maldecimos el tráfico? Dios nos tendría rezando por aquellos que se han involucrado en el accidente. ¿Cuidamos menos los detalles cuando nadie nos mira en el trabajo? Dios querría que hagamos siempre el mejor trabajo posible. Cuando seguimos la inspiración de Dios, Jesús nos llamará a nosotros como a Simón, “Dichoso eres tú,” Juanita o José o Wilmo.
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Homilía para el Domingo, 17 de agosto de 2008
El XX Domingo Ordinario
La mujer cananea viene humildemente a Jesús. Aunque no es judía, lo saluda como el Mesías esperado. Grita: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi….” Que no faltemos a imitarla. Que no seamos ni tímidos ni orgullosos a pedir al Señor su apoyo cuando andamos apurados. Ninguna tarea es demasiado frívola y ninguna causa es demasiado desesperada para rezar, “Señor, ten compasión de mí.”
Cuando Jesús se entera de la hija endemoniada, él no responde. Queremos saber ¿qué lo cohíbe? Jesús mismo nos contesta que no ha sido enviado sino a los Israelitas. Hace sentido cuando nos damos cuenta que cada vez que Jesús realiza un acto de poder le causa dificultad. La gente viene en cantidades tan numerosas que no puede entrar los pueblos ni descansar en las afueras. Si comenzara a curar a los no judíos, le desviaría completamente de su misión prioritaria a los judíos.
Pero la mujer no se permite a ser vencida. Si la humildad es un aprecio verdadero de sí misma, ella humildemente se reconoce como persona dependiente de Dios. Le dice de pura necesidad, “Señor, ayúdame.” Tanto como ella, nosotros tenemos que estar humildes ante Dios. Humilde viene de la palabra latina humus que quiere decir tierra. Todos nosotros humanos quedamos dependientes de Dios el cual nos formó de la tierra y nos guarda en existencia.
La respuesta de Jesús a la mujer casi nos escandaliza. Dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos.” En nuestro mundo orientado a ser políticamente correcto este comentario parece rudo. Sin embargo, los judíos a menudo referían a los no judíos como perros al tiempo de Jesús como algunos hoy en día llamamos a nuestros seres queridos por el sobrenombre “gordo” o “viejo.” De todos modos la mujer no oye las palabras como un insulto sino como prueba de fe. Una vez más responde humildemente, “…también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
Entonces Jesús se revela no sólo compasivo sino también flexible en sus diseños. Él arriesga la posibilidad de hacerse inundado de peticiones por conceder lo que suplica la mujer. Nos sirve como un ejemplo cuando sentimos agotados o sobrecogidos. Casi siempre podemos acomodar a una persona de más, sea a la mesa si somos amos de casa o sea al confesionario si somos sacerdotes. Ciertamente, tenemos que poner límites pero muchas veces estos admiten excepciones.
El marinero con pelo bien esquilado sostuvo la puerta abierta para los extranjeros en el día de su graduación del entrenamiento básico. A lo mejor dos meses anteriormente les habría dado la espalda. Sin embargo, la humildad que viene con el buen corte de pelo le ha servido como gran maestra. Le ha sido la entrada a la disciplina y la cortesía tanto como nos permite a pedir al Señor por nuestras necesidades. Como una vid de sandía depende de agua, somos dependientes de Dios. Que no faltemos a pedirle ayuda.
(Mateo 15:21-28)
El papa San Gregorio Magno era moralista celebre. En un escrito San Gregorio hace hincapié en la humildad. La llama “madre y maestra de toda virtud.” Como madre, la humildad nos advierte del egoísmo, que estorba el crecimiento de la virtud como mala hierba la vid de sandía. Como maestra, la humildad no teme hacer errores que nos enseñan segura si difícilmente. En el evangelio hoy la humildad permite a una mujer conocer el poder salvador de Jesús.La mujer cananea viene humildemente a Jesús. Aunque no es judía, lo saluda como el Mesías esperado. Grita: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi….” Que no faltemos a imitarla. Que no seamos ni tímidos ni orgullosos a pedir al Señor su apoyo cuando andamos apurados. Ninguna tarea es demasiado frívola y ninguna causa es demasiado desesperada para rezar, “Señor, ten compasión de mí.”
Cuando Jesús se entera de la hija endemoniada, él no responde. Queremos saber ¿qué lo cohíbe? Jesús mismo nos contesta que no ha sido enviado sino a los Israelitas. Hace sentido cuando nos damos cuenta que cada vez que Jesús realiza un acto de poder le causa dificultad. La gente viene en cantidades tan numerosas que no puede entrar los pueblos ni descansar en las afueras. Si comenzara a curar a los no judíos, le desviaría completamente de su misión prioritaria a los judíos.
Pero la mujer no se permite a ser vencida. Si la humildad es un aprecio verdadero de sí misma, ella humildemente se reconoce como persona dependiente de Dios. Le dice de pura necesidad, “Señor, ayúdame.” Tanto como ella, nosotros tenemos que estar humildes ante Dios. Humilde viene de la palabra latina humus que quiere decir tierra. Todos nosotros humanos quedamos dependientes de Dios el cual nos formó de la tierra y nos guarda en existencia.
La respuesta de Jesús a la mujer casi nos escandaliza. Dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos.” En nuestro mundo orientado a ser políticamente correcto este comentario parece rudo. Sin embargo, los judíos a menudo referían a los no judíos como perros al tiempo de Jesús como algunos hoy en día llamamos a nuestros seres queridos por el sobrenombre “gordo” o “viejo.” De todos modos la mujer no oye las palabras como un insulto sino como prueba de fe. Una vez más responde humildemente, “…también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
Entonces Jesús se revela no sólo compasivo sino también flexible en sus diseños. Él arriesga la posibilidad de hacerse inundado de peticiones por conceder lo que suplica la mujer. Nos sirve como un ejemplo cuando sentimos agotados o sobrecogidos. Casi siempre podemos acomodar a una persona de más, sea a la mesa si somos amos de casa o sea al confesionario si somos sacerdotes. Ciertamente, tenemos que poner límites pero muchas veces estos admiten excepciones.
El marinero con pelo bien esquilado sostuvo la puerta abierta para los extranjeros en el día de su graduación del entrenamiento básico. A lo mejor dos meses anteriormente les habría dado la espalda. Sin embargo, la humildad que viene con el buen corte de pelo le ha servido como gran maestra. Le ha sido la entrada a la disciplina y la cortesía tanto como nos permite a pedir al Señor por nuestras necesidades. Como una vid de sandía depende de agua, somos dependientes de Dios. Que no faltemos a pedirle ayuda.
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Homilía para el Domingo, 10 de agosto de 2008
El XIX Domingo Ordinario
(Mateo 14-22-33)
La novela Moby Dick tiene que ver con la caza be ballenas. Comienza en la ciudad de puerto de New Bedford, Massachusetts. Allá se encuentra una iglesia cuyo púlpito es la proa de una nave. Como la iglesia en Moby Dick es como un barco, en el evangelio hoy la barca de los discípulos representa la Iglesia.
Los discípulos solos en la barca significan la Iglesia de Cristo después de su muerte y resurrección. Tiene que hacer frente a varias pruebas como la persecución y la herejía sin la presencia de su fundador. Por eso, se ve la barca sacudida por las olas contrarias. Hoy día una fuerte ola contraria que la Iglesia enfrenta es el relativismo moral. Esta amenaza dice que no existen valores perennes sino todos valores son apegados a la edad. Por ejemplo, el relativismo permitiría el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres porque, según ello, actualmente el matrimonio existe sólo para facilitar la conveniencia de dos personas humanas.
Sin embargo, la Iglesia mirando las enseñanzas de Jesús sabe que el matrimonio homosexual no es posible. Dios ha creado el hombre y la mujer a unirse para que tengan prole y aumenten el amor mutuo. El evangelio retrata la necesidad de mantener las enseñanzas del Señor por el intercambio entre Pedro y Jesús caminando sobre las aguas. En cuanto Pedro fije sus ojos en el Señor, no va a sucumbir a las olas. Pero el momento en que mueva sus ojos de Jesús, comienza a hundirse.
El evangelio también enseña que Jesús jamás está lejos de la Iglesia. Más bien, siempre está disponible para apoyar tanto a nosotros fieles como a los líderes apurados. Su asistencia no es una fantasma como temen los discípulos en la barca. Simplemente tenemos que confiar en su ayuda por llamarlo con la insistencia. Jesús siempre está listo para ayudarnos.
(Mateo 14-22-33)
La novela Moby Dick tiene que ver con la caza be ballenas. Comienza en la ciudad de puerto de New Bedford, Massachusetts. Allá se encuentra una iglesia cuyo púlpito es la proa de una nave. Como la iglesia en Moby Dick es como un barco, en el evangelio hoy la barca de los discípulos representa la Iglesia.
Los discípulos solos en la barca significan la Iglesia de Cristo después de su muerte y resurrección. Tiene que hacer frente a varias pruebas como la persecución y la herejía sin la presencia de su fundador. Por eso, se ve la barca sacudida por las olas contrarias. Hoy día una fuerte ola contraria que la Iglesia enfrenta es el relativismo moral. Esta amenaza dice que no existen valores perennes sino todos valores son apegados a la edad. Por ejemplo, el relativismo permitiría el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres porque, según ello, actualmente el matrimonio existe sólo para facilitar la conveniencia de dos personas humanas.
Sin embargo, la Iglesia mirando las enseñanzas de Jesús sabe que el matrimonio homosexual no es posible. Dios ha creado el hombre y la mujer a unirse para que tengan prole y aumenten el amor mutuo. El evangelio retrata la necesidad de mantener las enseñanzas del Señor por el intercambio entre Pedro y Jesús caminando sobre las aguas. En cuanto Pedro fije sus ojos en el Señor, no va a sucumbir a las olas. Pero el momento en que mueva sus ojos de Jesús, comienza a hundirse.
El evangelio también enseña que Jesús jamás está lejos de la Iglesia. Más bien, siempre está disponible para apoyar tanto a nosotros fieles como a los líderes apurados. Su asistencia no es una fantasma como temen los discípulos en la barca. Simplemente tenemos que confiar en su ayuda por llamarlo con la insistencia. Jesús siempre está listo para ayudarnos.
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Homilía para el Domingo, 3 de agosto de 2008
El XVIII Domingo Ordinario
(Mateo 14:13-21)
El psicólogo Abraham Maslow vivió en el siglo pasado. Tuvo una perspectiva diferente del Sigmund Freud y la mayoría de psicoterapeutas. En lugar de estudiar las neurosis y las psicosis Maslow quería saber lo que haga la persona funcionar bien. Desarrolló la idea de una jerarquía de necesidades humanas. Cuando se cumplan todos los niveles de la jerarquía, la persona realizaría la totalidad de la vida.
Según Maslow al fondo de la jerarquía quedan las necesidades más básicas como el aire, el agua, y la comida. Entonces se encuentran los niveles de seguridad, de la amistad y la pertenencia, de la estima, y al final de la auto-realización. En el evangelio hoy Jesús se muestra como el que nos capacita a cumplir todos estos niveles.
La gente busca a Jesús porque la ha curado y la ha enseñado. Con él tiene la libertad de enfermedades y del dominio del maligno – las principales amenazas a la seguridad en el segundo nivel de Maslow. De Jesús la gente escucha las parábolas del amor de Dios que le provee un hogar para coexistir con todos en la paz. Así la gente está aliviada de las preocupaciones de quedarse solos y desamparados en el tercer nivel. También la gente aprende de Jesús cómo actuar con la prudencia como un padre de familia saca cosas de su gran almacén para el bien de la familia. Así los humanos se hacen estimados en los ojos de Dios, si no de otras personas, para gozarse de la estima y la auto-realización cumpliendo los dos niveles más altos.
Ya Jesús suple la necesidad más básica. La idea de dar de comer a la muchedumbre que han acudido a él asombra a sus discípulos. “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados,” se le oponen. Pero todavía no entienden a Jesús. No se da cuenta de que él no es sólo un curandero o un gran maestro. No, es el hijo de Dios que ha venido para rescatar a la gente de todas sus tribulaciones. Jesús toma los alimentos, da gracias a Dios su Padre, y parte los panes para que sus discípulos los distribuyan a la gente.
Por darle de comer a la gente Jesús se muestra a sí como el proveedor de todos los niveles de Maslow. Pues, el pan que da no es alimento ordinario sino un sabor anticipado del banquete celestial donde no habrá necesidad no cumplida. Es el mismo pan que nos nutre en la Eucaristía ahora para llevar a cabo los requisitos para el Reino de los cielos. El pan bendecido y partido por Jesús es Jesús mismo que nos fortalece para darles de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos, y consolar a los entristecidos.
Jesús es la respuesta. ¿Qué es la pregunta? fue el título de un libro. Nos parece ingenuo y tenemos que cuidar que no despreciemos el dolor que sienten algunos por responder a sus lamentos, “Tienes que confiar en Jesús.” Sin embargo, es la verdad. Jesús como un gran almacén nos provee con todo lo necesario para realizarnos como humanos. Este es el mismo que recibimos en el pan eucarístico. En el pan eucarístico Jesús nos provee todo.
(Mateo 14:13-21)
El psicólogo Abraham Maslow vivió en el siglo pasado. Tuvo una perspectiva diferente del Sigmund Freud y la mayoría de psicoterapeutas. En lugar de estudiar las neurosis y las psicosis Maslow quería saber lo que haga la persona funcionar bien. Desarrolló la idea de una jerarquía de necesidades humanas. Cuando se cumplan todos los niveles de la jerarquía, la persona realizaría la totalidad de la vida.
Según Maslow al fondo de la jerarquía quedan las necesidades más básicas como el aire, el agua, y la comida. Entonces se encuentran los niveles de seguridad, de la amistad y la pertenencia, de la estima, y al final de la auto-realización. En el evangelio hoy Jesús se muestra como el que nos capacita a cumplir todos estos niveles.
La gente busca a Jesús porque la ha curado y la ha enseñado. Con él tiene la libertad de enfermedades y del dominio del maligno – las principales amenazas a la seguridad en el segundo nivel de Maslow. De Jesús la gente escucha las parábolas del amor de Dios que le provee un hogar para coexistir con todos en la paz. Así la gente está aliviada de las preocupaciones de quedarse solos y desamparados en el tercer nivel. También la gente aprende de Jesús cómo actuar con la prudencia como un padre de familia saca cosas de su gran almacén para el bien de la familia. Así los humanos se hacen estimados en los ojos de Dios, si no de otras personas, para gozarse de la estima y la auto-realización cumpliendo los dos niveles más altos.
Ya Jesús suple la necesidad más básica. La idea de dar de comer a la muchedumbre que han acudido a él asombra a sus discípulos. “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados,” se le oponen. Pero todavía no entienden a Jesús. No se da cuenta de que él no es sólo un curandero o un gran maestro. No, es el hijo de Dios que ha venido para rescatar a la gente de todas sus tribulaciones. Jesús toma los alimentos, da gracias a Dios su Padre, y parte los panes para que sus discípulos los distribuyan a la gente.
Por darle de comer a la gente Jesús se muestra a sí como el proveedor de todos los niveles de Maslow. Pues, el pan que da no es alimento ordinario sino un sabor anticipado del banquete celestial donde no habrá necesidad no cumplida. Es el mismo pan que nos nutre en la Eucaristía ahora para llevar a cabo los requisitos para el Reino de los cielos. El pan bendecido y partido por Jesús es Jesús mismo que nos fortalece para darles de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos, y consolar a los entristecidos.
Jesús es la respuesta. ¿Qué es la pregunta? fue el título de un libro. Nos parece ingenuo y tenemos que cuidar que no despreciemos el dolor que sienten algunos por responder a sus lamentos, “Tienes que confiar en Jesús.” Sin embargo, es la verdad. Jesús como un gran almacén nos provee con todo lo necesario para realizarnos como humanos. Este es el mismo que recibimos en el pan eucarístico. En el pan eucarístico Jesús nos provee todo.
Homilía para el Domingo, 27 de julio de 2008
El XVII Domingo Ordinario
(Mateo 13:44-52)
El papa Benedicto acaba de regresar de la Jornada Mundial de Juventud. Este año el evento tuvo lugar en Australia. No se esperaban tantos jóvenes como en países con mayores números de católicos. Sin embargo, una vez más estuvieron centenares de miles de jóvenes desbordándose con entusiasmo por la Iglesia. A lo mejor hubo unas experiencias como la historia de una joven hace seis años en Toronto.
Al final de la Jornada Mundial en 2002 una mujer de veinticuatro años se acercó al micrófono libre para declarar el impacto del evento en su vida personal. Dijo que la experiencia le rescató la vida. Explicó que ella había vivido en las calles de la ciudad desde que tenía quince años. Se hizo adicto al alcohol y drogas. Para apoyar estos vicios se hizo prostituta también. Era al punto de suicidarse cuando unos jóvenes la limpiaron e la invitaron a la Jornada Mundial de Juventud. Allá, contó la mujer, encontró a un viejo que cambió su vida. El viejo le dijo que la amó. La mujer relató que muchos viejos le habían dicho que la amaron pero este habló de verdad. El viejo le dijo también que Dios la ama. La ama Dios tanto que quiere pasar toda la eternidad con ella y que envió a su propio hijo para hacerlo posible. Entonces la mujer dijo que el viejo le hizo sentido y que ya quería vivir.
Por supuesto, el viejo en la historia es el papa Juan Pablo II. El mensaje que le dio es el mismo que Jesús relata en las dos primeras parábolas del evangelio hoy. Solemos pensar en el tesoro escondido y la perla valiosa como el Reino de los cielos. Sin embargo, se puede interpretar estas parábolas en un modo distinto. El tesoro escondido y la perla valiosa pueden ser nosotros que Dios encuentra abandonada y desgastada como la joven antes de escuchar al papa. Entonces, Dios entrega la entidad más preciosa que tiene para obtenernos. Eso es Su propio hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Si Dios nos ha comprado, realmente somos de Él. Por eso, no somos libres de actuar en cualquier modo que nos dé la gana. Más bien, tenemos que seguir Su voluntad. Tenemos que darle las gracias y alabanzas, particularmente en los domingos. Tenemos que desarrollar nuestras mentes y cuidar nuestros cuerpos. Para los muchachos esto quiere decir que no deberían estar pasando todo el verano en la playa o frente al televisor sino también leyendo libros y ayudando en la casa. Finalmente, Dios nos pide a cuidar a nuestros prójimos con amor. Prácticamente esto significa que cada uno de nosotros tenga un modo regular para ayudar a los demás, sea cortar el césped por la vecina viuda o sea visitar a los enfermos como ministro de la Eucaristía.
Un hombre de noventiuno años acaba de cruzar el país para ver a su hijo recibir su doctorado. El nuevo doctor pertenece al viejo, aunque vive con su esposa e hijo. Con más cercanía aún, somos de Dios. Seamos tan grandes como el papa Juan Pablo o tan chiquillos como un bebé recién nacido pertenecemos a Dios. Nos ama y nos quiere desarrollar todos nuestros talentos. Que no Lo faltemos nunca. Que no Lo faltemos.
(Mateo 13:44-52)
El papa Benedicto acaba de regresar de la Jornada Mundial de Juventud. Este año el evento tuvo lugar en Australia. No se esperaban tantos jóvenes como en países con mayores números de católicos. Sin embargo, una vez más estuvieron centenares de miles de jóvenes desbordándose con entusiasmo por la Iglesia. A lo mejor hubo unas experiencias como la historia de una joven hace seis años en Toronto.
Al final de la Jornada Mundial en 2002 una mujer de veinticuatro años se acercó al micrófono libre para declarar el impacto del evento en su vida personal. Dijo que la experiencia le rescató la vida. Explicó que ella había vivido en las calles de la ciudad desde que tenía quince años. Se hizo adicto al alcohol y drogas. Para apoyar estos vicios se hizo prostituta también. Era al punto de suicidarse cuando unos jóvenes la limpiaron e la invitaron a la Jornada Mundial de Juventud. Allá, contó la mujer, encontró a un viejo que cambió su vida. El viejo le dijo que la amó. La mujer relató que muchos viejos le habían dicho que la amaron pero este habló de verdad. El viejo le dijo también que Dios la ama. La ama Dios tanto que quiere pasar toda la eternidad con ella y que envió a su propio hijo para hacerlo posible. Entonces la mujer dijo que el viejo le hizo sentido y que ya quería vivir.
Por supuesto, el viejo en la historia es el papa Juan Pablo II. El mensaje que le dio es el mismo que Jesús relata en las dos primeras parábolas del evangelio hoy. Solemos pensar en el tesoro escondido y la perla valiosa como el Reino de los cielos. Sin embargo, se puede interpretar estas parábolas en un modo distinto. El tesoro escondido y la perla valiosa pueden ser nosotros que Dios encuentra abandonada y desgastada como la joven antes de escuchar al papa. Entonces, Dios entrega la entidad más preciosa que tiene para obtenernos. Eso es Su propio hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Si Dios nos ha comprado, realmente somos de Él. Por eso, no somos libres de actuar en cualquier modo que nos dé la gana. Más bien, tenemos que seguir Su voluntad. Tenemos que darle las gracias y alabanzas, particularmente en los domingos. Tenemos que desarrollar nuestras mentes y cuidar nuestros cuerpos. Para los muchachos esto quiere decir que no deberían estar pasando todo el verano en la playa o frente al televisor sino también leyendo libros y ayudando en la casa. Finalmente, Dios nos pide a cuidar a nuestros prójimos con amor. Prácticamente esto significa que cada uno de nosotros tenga un modo regular para ayudar a los demás, sea cortar el césped por la vecina viuda o sea visitar a los enfermos como ministro de la Eucaristía.
Un hombre de noventiuno años acaba de cruzar el país para ver a su hijo recibir su doctorado. El nuevo doctor pertenece al viejo, aunque vive con su esposa e hijo. Con más cercanía aún, somos de Dios. Seamos tan grandes como el papa Juan Pablo o tan chiquillos como un bebé recién nacido pertenecemos a Dios. Nos ama y nos quiere desarrollar todos nuestros talentos. Que no Lo faltemos nunca. Que no Lo faltemos.
Homilía para el Domingo, 20 de julio de 2008
Homilía para el XVI Domingo de Tiempo Ordinario – A08 – 20 de julio de 2008
(Mateo 13:24-43)
En el principio hubo un jardín. Todos sabemos su historia. Adán y Eva habitaban el jardín, llamado Paraíso. Allí caminaban con su creador Dios en la frescura de la tarde. Entonces pecaron por comer el fruto prohibido. Por eso, Dios expulsó a Adán y Eva del jardín para vivir entre las rocas y espinas del mundo. Sí, es sólo una historia, pero nos relata mucho acerca de la condición humana. Nos dice que nosotros humanos somos creados para una relación cercana con Dios. Señala también nuestra rebeldía contra el bondadoso Creador. Indica, finalmente, que el ambiente que habitamos ahora, tan lleno con problemas, no es nuestro por origen sino por defecto.
Sin embargo, Dios no ha abandonado a los humanos. El resto de la Biblia enseña cómo Él se ha intentado a acercarse a su creación más querida. Comprende un relato con muchos altibajos -- Dios llamando a un pueblo particularmente Suyo y ellos respondiendo por un rato pero en fin dejándolo por uno u otro tipo de capricho. Entonces Dios envía a Su propio hijo, el Cristo, para forjar un enlace inquebrantable entre Su pueblo y Sí mismo. En el evangelio hoy este mismo Cristo describe a la gente el nuevo lugar de encuentro entre Dios y los humanos. No es un jardín sino un mundo renovado llamado “el Reino de los cielos (o de Dios).”
Jesús utiliza tres parábolas o, si preferimos, comparaciones para describir diferentes aspectos del Reino. Porque nos preocupamos mucho por el malo en el mundo, Jesús lo trata en la primera y en la última parábola. Dice, en la primera, que el Reino parece como un campo de trigo que el diablo intenta a estropear con semillas de cizaña. En otras palabras, tenemos que aguantar la maldad por un rato. Eso es, de vez en cuando nos van a visitar la enfermedad y la muerte, la decepción de otras personas y los desastres naturales. Jesús concluye la parábola con la esperanza. Como el amo del campo de trigo tiene la cizaña quemada en el tiempo de la cosecha, Dios terminará los problemas que afligen la humanidad en el fin del tiempo.
Posiblemente hayamos notado algo mal en nuestras propias vidas. Ninguno de nosotros es perfecto, y a veces fallamos miserablemente. Algunos mentimos; otros aprovechamos de gente como si fueran objetos; otros nos olvidamos de nuestros padres ancianos. ¿Nos quemaremos como la cizaña del campo del trigo? No, si nos arrepentimos de nuestros pecados y seguimos el camino del Señor. Entonces Dios trasformará nuestras tendencias a pecar en instrumentos de Su justicia. Por ejemplo, un hombre que era irresponsable en su juventud se convirtió y haciéndose sacerdote, es listo para llamar la atención de los muchachos. Esto es lo que significa la parábola de la levadura en la masa. La levadura está considerada como algo tan despreciable como el pecado. Una cosa es que huele; otra cosa es que se compone de un tipo de hongos. Sin embargo, la levadura sirve para dar el pan consistencia y textura.
También cuenta Jesús que el Reino es como una planta de mostaza en la cual los pájaros pueden anidarse. Tiene en cuenta aquí la Iglesia aunque no se puede limitar el Reino a los confines de la Iglesia. Como el grano de mostaza, la Iglesia tiene origines humildes entre el puñado de discípulos de Jesús. Sin embargo, con el paso de tiempo la Iglesia ha crecido tanto que ahora provee consuelo a hombres y mujeres a través del mundo.
El Reino de los cielos es el nuevo Paraíso aún con sus espinas y rocas. Sin embargo, lo mejor del Reino es algo que Jesús no menciona en las parábolas. Es el acompañamiento que Jesús mismo nos provee. Como Dios caminaba con Adán y Eva en Paraíso, Jesús nos acompaña en la gracia. Está presente para tomar nuestra mano cuando sentimos tristes y para felicitarnos cuando logramos nuestras metas. Está presente para socorrernos cuando nos apuramos y para corregirnos cuando tropezamos en error. Sí, Jesús está presente a nosotros en el Reino.
(Mateo 13:24-43)
En el principio hubo un jardín. Todos sabemos su historia. Adán y Eva habitaban el jardín, llamado Paraíso. Allí caminaban con su creador Dios en la frescura de la tarde. Entonces pecaron por comer el fruto prohibido. Por eso, Dios expulsó a Adán y Eva del jardín para vivir entre las rocas y espinas del mundo. Sí, es sólo una historia, pero nos relata mucho acerca de la condición humana. Nos dice que nosotros humanos somos creados para una relación cercana con Dios. Señala también nuestra rebeldía contra el bondadoso Creador. Indica, finalmente, que el ambiente que habitamos ahora, tan lleno con problemas, no es nuestro por origen sino por defecto.
Sin embargo, Dios no ha abandonado a los humanos. El resto de la Biblia enseña cómo Él se ha intentado a acercarse a su creación más querida. Comprende un relato con muchos altibajos -- Dios llamando a un pueblo particularmente Suyo y ellos respondiendo por un rato pero en fin dejándolo por uno u otro tipo de capricho. Entonces Dios envía a Su propio hijo, el Cristo, para forjar un enlace inquebrantable entre Su pueblo y Sí mismo. En el evangelio hoy este mismo Cristo describe a la gente el nuevo lugar de encuentro entre Dios y los humanos. No es un jardín sino un mundo renovado llamado “el Reino de los cielos (o de Dios).”
Jesús utiliza tres parábolas o, si preferimos, comparaciones para describir diferentes aspectos del Reino. Porque nos preocupamos mucho por el malo en el mundo, Jesús lo trata en la primera y en la última parábola. Dice, en la primera, que el Reino parece como un campo de trigo que el diablo intenta a estropear con semillas de cizaña. En otras palabras, tenemos que aguantar la maldad por un rato. Eso es, de vez en cuando nos van a visitar la enfermedad y la muerte, la decepción de otras personas y los desastres naturales. Jesús concluye la parábola con la esperanza. Como el amo del campo de trigo tiene la cizaña quemada en el tiempo de la cosecha, Dios terminará los problemas que afligen la humanidad en el fin del tiempo.
Posiblemente hayamos notado algo mal en nuestras propias vidas. Ninguno de nosotros es perfecto, y a veces fallamos miserablemente. Algunos mentimos; otros aprovechamos de gente como si fueran objetos; otros nos olvidamos de nuestros padres ancianos. ¿Nos quemaremos como la cizaña del campo del trigo? No, si nos arrepentimos de nuestros pecados y seguimos el camino del Señor. Entonces Dios trasformará nuestras tendencias a pecar en instrumentos de Su justicia. Por ejemplo, un hombre que era irresponsable en su juventud se convirtió y haciéndose sacerdote, es listo para llamar la atención de los muchachos. Esto es lo que significa la parábola de la levadura en la masa. La levadura está considerada como algo tan despreciable como el pecado. Una cosa es que huele; otra cosa es que se compone de un tipo de hongos. Sin embargo, la levadura sirve para dar el pan consistencia y textura.
También cuenta Jesús que el Reino es como una planta de mostaza en la cual los pájaros pueden anidarse. Tiene en cuenta aquí la Iglesia aunque no se puede limitar el Reino a los confines de la Iglesia. Como el grano de mostaza, la Iglesia tiene origines humildes entre el puñado de discípulos de Jesús. Sin embargo, con el paso de tiempo la Iglesia ha crecido tanto que ahora provee consuelo a hombres y mujeres a través del mundo.
El Reino de los cielos es el nuevo Paraíso aún con sus espinas y rocas. Sin embargo, lo mejor del Reino es algo que Jesús no menciona en las parábolas. Es el acompañamiento que Jesús mismo nos provee. Como Dios caminaba con Adán y Eva en Paraíso, Jesús nos acompaña en la gracia. Está presente para tomar nuestra mano cuando sentimos tristes y para felicitarnos cuando logramos nuestras metas. Está presente para socorrernos cuando nos apuramos y para corregirnos cuando tropezamos en error. Sí, Jesús está presente a nosotros en el Reino.
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