El domingo, 24 de marzo de 2013


DOMINGO DE RAMOS

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Lucas 22:14-23:56)


Este año leemos del evangelio según san Lucas en casi todos los domingos.  Se destaca Lucas por hacer hincapié en varias cualidades de Jesús: su respeto para la autoridad, su misericordia hacia los marginados, su énfasis en la reconciliación, su inclinación a la justicia social, y su devoción a la oración.  Podemos ver cada una de estas cualidades en el modo en que Lucas describe la pasión.  Eso es, podemos notar eventos en la pasión que acabamos de escuchar que los otros evangelistas no reportan.  En torno, estas cualidades nos informarán cómo vivir nuestra fe.

Al principio del evangelio vemos a Jesús platicando sobre la ley en el templo. También Jesús manda que sus discípulos paguen el impuesto de César.  Por eso, no debería sorprendernos que la pasión de Jesús según san Lucas no mencione nada de la destrucción del templo.  Tampoco habla muy mal de los romanos.  En su reportaje Pilato proclama a Jesús inocente tres veces.  Es verdad, los soldados se le burlan de Jesús en la cruz pero no lo azotan ni le ponen la corona con espinas. ¿Qué quiere enseñarnos Lucas por estas cosas si no que seamos respetuosos a las autoridades?

Lucas es el evangelio de la misericordia.  En ello Jesús dice a sus discípulos: “Sean compasivos como también tu Padre es compasivo”.  Asimismo sólo Lucas nos relata la historia de Jesús restaurando la vida del hijo de la viuda de Naín.  En la pasión sólo Lucas trata de Jesús sanando la oreja cortada del criado en el monte de Olivos. También sólo Lucas cita a Jesús crucificado implorando a Dios: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.    Por eso, si querríamos ser discípulos verdaderos del salvador, deberíamos tratar a los desafortunados con la misma  compresión y misericordia como él.

Mano en mano con la misericordia es la reconciliación.  Particularmente en el evangelio según san Lucas Jesús busca la paz entre adversarios.  Reprende a Juan y Santiago cuando ellos quieren llover fuego sobre la aldea samaritana que rehúsa darles alojamiento.  También cuenta del padre de dos hijos – uno dado al libertinaje y el otro a la dureza del corazón – extendiendo la rama de olivo a los dos.  En la pasión Jesús ofrece a su traidor oportunidad de arrepentirse por llamarle por nombre: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”  Tal vez más ilustrativo de su atención a la reconciliación es la promesa que hace al buen malhechor: “…hoy estarás conmigo en el paraíso”.  Nos cuesta mucho perdonar en nuestros corazones a aquellos que nos hagan mal, pero es absolutamente necesario si vamos a estar con Jesús en el paraíso.

En el evangelio de Lucas Jesús siempre muestra la preocupación por las mujeres. Después de contar la parábola del pastor varón buscando la oveja perdida, cuenta la de la ama registrando su casa para la moneda extraviada.  Asimismo, el evangelio cuenta de las mujeres que acompañan a Jesús como discípulos suyos.  En la pasión Jesús hace el esfuerzo a dirigirse a las mujeres de Jerusalén.  Tambien son las mismas compañeras que notan el lugar del enterramiento de Jesús para volver allá a perfumar su cuerpo. Tenemos que hacernos conscientes de la injusticia con que las mujeres hoy día a menudo están tratadas y hacerles remedios.

Finalmente, Jesús reza con tranquilidad a su Padre antes de escoger a sus apóstoles y antes de su transfiguración.  Entonces es sólo coherente que reza en el monte de Olivos de rodillas, y no tocando el suelo con su frente. “Padre – dice – si quieres, aparta de mí esta prueba…”  Con la misma paz, hace su última oración de la cruz: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”  Nos enseña Jesús la necesidad de la oración si vamos a vivir y a morir como sus seguidores.

Cuando muere Jesús, el oficial romano lo declara un hombre justo.  Si nosotros queremos ser juzgados así al final de nuestras días, tenemos que vivir como él.  Eso es, tenemos que tratar a las autoridades con respeto y a los marginados con misericordia.  Tenemos que entregarnos a la reconciliación y dedicarnos a la justicia social.  Sobre todo, tenemos que pedir a Dios Padre a su Espíritu Santo para que cumplamos su voluntad.  Tenemos que pedir a Dios al Espíritu Santo. 

El domingo, 17 de marzo de 2013


EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Isaías 43:16-21; Filipenses 3:7-14; John 8:1-11)


Pregunta al prisionero: “¿Qué haces en la prisión?”  No seas sorprendido si te responde: “Tiempo”.  Pues, el tiempo es la realidad que más superabunda entre los encarcelados.  Se privan, entre otras cosas, de la paz, de diferentes comidas, de la privacidad.  Pero tienen tiempo para estudiar, levantar pesos, o reflexionar sobre sus vidas.  Así encontramos a Pablo en la segunda lectura hoy.

Pablo está escribiendo de la cárcel.  Su ofensa: defender el evangelio.  Pero no va a desgastar el tiempo.  Ya puede comunicarse con las comunidades de fe que ha formado.  También hay oportunidad para recapacitar su vida.  ¿Se preguntará si querría volver a judaísmo donde se brillaba como el sol levantándose en la mañana?  Era genio en su interpretación de la ley, sin reproche en su observancia, y fanático en su promoción.  Algunos católicos revisan su fe en esta manera.  Imaginan que sería más agradable si fueran evangélicos.  La música en sus templos es emocionante; no imponen la obligación de asistir en los servicios todo domingo; e invitan a todos a compartir en la comunión, aun los divorciados.

Sin embargo, si fuéramos protestantes, no tendríamos la Eucaristía.  Dicen ellos que el pan del altar es sólo símbolo para recordarnos de Cristo.  Pero nosotros creemos con toda el alma que la hostia es mayor que un símbolo, que es realmente el cuerpo de Cristo.  Para asegurarnos de esta verdad la Iglesia católica ha mantenido la sucesión de los apóstoles con la imposición de manos.  Ésta es la transmisión por veinte siglos tanto de la doctrina correcta como del poder de confeccionar los sacramentos.  Asimismo Pablo no dará ni un minuto al pensamiento del retorno al judaísmo.  Ha encontrado a Cristo, y la experiencia vale el encarcelamiento y cualquiera otra pena que le pudieran afligir. 

¿Cómo es Jesús?  ¿Qué tipo de persona será que podía dar vuelta la vida de un hombre tan enfocado como Pablo?  Recibimos una mirada de cerca de él en el evangelio hoy.  Jesús es perspicaz.  Conoce los corazones de todos incluso a los supuestamente rectos que desean atacarlo a través de la adúltera.  También es paciente o, mejor, pacífico.  No reacciona contra sus detractores.  Más bien, les extiende la mano por enseñar que el propósito de la ley no es condenar sino guiar a la gente a Dios.  Sobre todo, Jesús es misericordioso.  No castiga a la mujer por su pecado sino le invita a arrepentírselo.  Después de conocer a una persona tan estupenda, ¿cómo puede Pablo considerar dejar  la fe en él por aun toda la fama de ser nombrado el primer rabí de Jerusalén?

Ya Pablo sólo quiere acompañar a Jesús.  “…todo lo considero como basura – escribe en la lectura hoy – con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él…”  Aun no rechaza el dolor porque le permite compartir el sufrimiento de Jesús.  Para Pablo, como para otros santos a través de la historia cristiana, el dolor se hace dulce cuando le pone al lado de Jesús colgado en la cruz.  Jesús es como la cucharita de azúcar que hace el café expreso apetecible. Una mujer describe cómo le pasó esta maravillosa transformación cuando dio a luz a su hijo.  Dice que estaba sola con su marido hasta los últimos momentos del parto.  Mano en mano los dos suspiraban juntos. Cuando el dolor se hizo inaguantable, le pidió a él que le leyera los salmos.  Por la primera vez -- ella escribe – los salmos perecieron correspondientes a la situación: “Por eso no tenemos miedo aunque tiemble la tierra y los cimientos de las montañas se desplomen en el mar” (Salmo 46,2).  Entonces – dice -- todo se hizo tranquilo, que ya enfocó en el propósito del parto, que el dolor se hizo dulce.

El dolor es parte de la vida.  Sin el dolor físico, psicológico, o espiritual no habría vida humana. Ciertamente el dolor del parto es intenso pero la mayoría de las mujeres – creo -- preferían este dolor a la angustia emocional de nunca tener a un hijo.  Asimismo el sufrimiento que viene por participar en la guerra – el temor, las heridas, el desgaste de la vida – es preferible al dolor espiritual de aquellos soldados que desertaron a sus compañeros de ejército.  No obstante, en todos casos Jesús nos ofrece a sí mismo para aguantar el dolor.  Nos invita a tomar nuestras cruces para acompañarlo en el camino a la vida.  Si lo hacemos, la pureza de su amistad aliviará todo el peso del dolor. Aun la muerte, tan espantosa que sea, no nos amanecerá cuando caminamos juntos con Jesús.

“Sólo quiero conocerte, Señor” – cantó el ex Beatle George Harrison.  Así quedamos nosotros.  Pero en realidad ya lo conocemos.  Por las historias de él en el evangelio, por la experiencia de él en la Eucaristía, por las veces en que le oramos, podemos describirlo.  Es más maravilloso que un recién nacido, más brillante que la música de Beethoven, más misericordioso que el sol levantándose en la mañana.  Jesús es más misericordioso que el sol levantándose.   

El domingo, 10 de marzo de 2013


CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Josué 5:9.10-12; II Corintios 5:17-21; Lucas 15:1-3.11-32)


El hombre contaba de su recién nacido.  Dijo que él había empezado a gatear.  De repente el hombre mostró la preocupación.  Añadió que tuvo que conseguir tapadas para las tomas de corriente para prevenir que su hijo sea electrocutado.  En la parábola del hijo pródigo o, mejor, del padre bueno, encontramos a una persona bordeando un peligro tan grave como lo del bebito.

El joven viene a su padre pidiendo su herencia.  Harto con la vida familiar, quiere escapar a otras partes.  Se quiere preguntar si se da cuenta de que está, en efecto, deseando la muerte de su papá.  De todos modos el padre enfrenta ambos cuernos del toro.  Pues no quiere que su hijo se marche pero tampoco desea interferir con su decisión.  Algunos padres de hoy enfrentan situaciones semejantes.  Sus hijos dejan la práctica de la religión que les promete la vida eterna.  A la vez se meten en problemas graves.

Rechazando su fe, el hombre contemporáneo busca otro motivo de vivir.  Particularmente los jóvenes están atraídos por las aguas de la sensualidad.  Quieren beber, comer, y tener sexo ahora como si no hubiera mañana.  Hay que decir que la fe no se opone al sabor de una salsa, al refrescamiento de una cerveza, ni al placer de la intimidad matrimonial.  Sin embargo, precisa que estos objetos no son fines dignos del hombre.  Más bien, son productos segundarios que resultan de la búsqueda de las necesidades de la vida.  En la parábola el hijo menor se pierde en este sensualismo.  Derrocha su fortuna tratando de satisfacer los apetitos materiales.

Pero la vida con manjares y mujeres no continúa para siempre.  En tiempo el joven agota sus recursos mientras la tierra experimenta un cataclismo.  Él tiene que ofrecerse como peón.  Entretanto se pone a pensar en lo que ha hecho.  Se da cuenta de que ha escogido mal camino -- una autonomía falsa -- que no le ha llevado a la libertad sino a la esclavitud.  Se resuelve a volver a su padre pidiendo perdón.  Así a veces pasa hoy día cuando la persona que se ha distanciado de la fe siente la inquietud de reevaluar sus decisiones.  Un inmigrante de México cuenta de su regreso a la Iglesia.  Como niño acompañaba a su madre a la misa diaria.  Pero eventualmente dejó la práctica de la fe metiéndose cien por ciento en el trabajo.  Se juntó con una mujer que en tiempo comenzó a arrimarse a la parroquia. Al principio resintió el hecho que le interesaba a ella el catolicismo, y le amenazó con el abandono si le pidiera a casarse.  Entonces, al leer los materiales que ella dejó en la mesa de cocina y al ver su paz, se arrepintió de las malas decisiones del pasado.

Si algunos buscan el apoyo que ofrece la Iglesia, asimismo la Iglesia se extiende la mano a los católicos descarriados.  Programas como “Católicos regresen” tratan de alcanzar a los católicos no practicantes con el mensaje que el culto a lo cual dieron la espalda no es necesariamente la fe viva de Cristo.  Con todo corazón piden que vuelvan a la misa donde se les podría nutrir con el pan de la vida eterna.  En el evangelio el padre le ofrece a su hijo no menos que esto.  La gran fiesta que hace para dar gracias por el retorno salvo y sano de su hijo representa la Eucaristía.

Sin embargo, todos no están contentos con el regreso del joven.  Su hermano mayor murmura que su padre está premiando mal comportamiento.  Con no menos amor, el padre se extiende a este hijo malcontento consolándole que va a recibir todo que tiene.  Es posible que algunos de nosotros asemejemos a este hermano.  Sí, asisten en la misa dominical pero no quieren ayudar a la Iglesia en la búsqueda de hermanos extraviados.  No quieren mostrar su fe en público ni quieren acreditar a Dios para sus logros en la vida.  Es decir, “quiero llegar al cielo pero no me importa lo que pase a otras personas”.  ¡Por lástima!  Pues el cielo – la vida eterna con Dios – es para aquellos que muestren la solicitud por los demás.  

A la primera lectura el libro bíblico Los hechos de los apóstoles tiene que ver con las hazañas de Pedro, Esteban, y Pablo.  Pero para aquellos que hayan leído la obra varias veces hay otro protagonista más destacado.  No es un apóstol sino el Espíritu Santo.  Él es detrás de todo plasmando las bases de la Iglesia.  Podemos decir algo semejante de la parábola de del “hijo pródigo”.  La figura del padre, representando a Dios mismo, determina toda la acción.  Él ama a todos: en esta historia ambos al hijo descarriado como al hijo malcontento.  Dios ama a todos.

El domingo, 3 de marzo de 2013



EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA


(Éxodo 3:1-8.13-15; I Corintios 10:1-6.10-12; Lucas 13:1-9)


Purgatorio – algunos protestantes rechazan el término.  Pues no aparece en la Biblia.  Pero algunos católicos lo aferran como si fuera su única esperanza.  Aunque nunca hayamos pensado en ella así, podemos ver la Cuaresma como un tipo de Purgatorio.  Pues ambos el Purgatorio y la Cuaresma tienen los mismos propósitos: quitarnos del pecado y purificarnos del apego al mal.  En la primera lectura hoy encontramos a un guía para este proyecto una vez simple y duro.

Como en el caso de Abrahán el domingo pasado, el tercer domingo de la Cuaresma siempre nos presenta una vislumbre de Moisés.  También como Abrahán, Moisés es hombre de la fe.  Confiaba en Dios cuando Él lo mandó a enfrentar al poderoso Faraón.   Pero más notable en el caso de Moisés, él es quien en que Dios tiene la confianza.  Como escuchamos hoy, Dios le da a Moisés su nombre.  Más adelante en la historia se dice que Dios le habla con Moisés “cara a cara” (Éxodo 33:11).  Además Moisés es lo que Dios escoge para guiar a los israelitas a través del desierto.  Como ningún otro antes de Jesús, Moisés representa a Dios.  Es más que su profeta; es su mediador.

Hoy escuchamos de la llamada de Moisés.  Como otras llamadas bíblicas, ésta está acompañada por una señal maravillosa: la zarza ardiente.  Entonces Dios le revela a Moisés su nombre: Yo-soy.  Ya Moisés y el pueblo Israel tienen acceso privilegiado a Dios.  Vemos la eficaz de llamar a Dios por nombre cuando el malhechor crucificado con Jesús le dice: “Jesús, recuérdame cuando vengas en tu reino”.  Pronto recibe la respuesta dichosa: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Podemos decir que tanto la señal como el nombre revelan algo de quien es Dios.  El fuego puede significar varias cosas: la ira, el poder, y también el amor.  Un gran teólogo del siglo pasado escribió: “Cuando el hombre descubra a controlar las fuerzas del amor, por la segunda vez habrá descubierto el fuego”.  La zarza ardiente sin consumirse significa la pasión de Dios que nunca nos faltará.  También Dios es “Yo-soy quien soy”.  En el pasado los teólogos pensaban que estas palabras significan la función de Dios como el fundamento de todo ser.  Ahora se piensa que las palabras apuntan un misterio fuera de la comprensión: Dios es quien es, y no es de los hombres a comprenderlo.

Le tocará a Moisés la formación de las tribus de Israel en el pueblo de Dios.  Él les entregará la Ley de Dios, les castigará cuando la abandonen, y les urgirá a mantenerla cuando entren en la tierra prometida.  Para nosotros cristianos Moisés prefigura a Jesús como maestro y profeta.  Sin embargo, Jesús transciende a Moisés por darnos la ley definitiva, no escrita en tablas sino viva en nuestros corazones  – el Espíritu Santo, que nos transforma en los hijos e hijas de Dios.

Para nosotros Moisés muestra la sabiduría y la fortaleza que hemos de llevar al mundo hoy.  Cómo vamos a llevarlo a cabo es el programa de la “nueva evangelización”.  Una táctica para todos es simplemente llevar una sonrisa mostrando el gozo de conocer a Cristo.  Los matrimonios llevan la buena noticia a sus familias por amar a uno y otro con toda la pasión de un maratonista cruzando la meta en primer lugar.  Los jóvenes lo cumplen por trabajar por un mundo más sano, más justo, y más honesto, sin vergüenza a mencionar a Jesucristo como su motivo.  Los niños también tienen un papel en la empresa.  Han de ser bondadosos y compartir como si reconozcan a Jesús en cada una de sus amistades.

Los mejoramientos de las carreteras son notables por las construcciones de puentes temporales.  Nos parecen desparejos, casi malhechos, pero sirven por el tiempo inmediato.  La gente puede pasar por ellos aunque le parecen como un tipo de Purgatorio.  Son como Moisés en la historia de la salvación.  Como ningún otro antes de Jesús, Moisés sirve como mediador entre Dios y su pueblo.  Pero su tiempo es limitado.  Vendrá Jesús como el puente perfecto.  Con él llegamos a Dios sanos, justos y honestos.  Con Jesús llegamos a Dios.  

El domingo, 24 de febrero de 2013


EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 15:5-12.17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36)

Pasa siempre en el segundo domingo de la Cuaresma.  La primera lectura de la misa cuenta de la historia de Abrahán, y el evangelio da una versión de la Transfiguración de Jesús.  Es como si la Iglesia quisiera regalarnos una enseñanza sobre la fe.  Pues, a menudo se llama a Abrahán “el Padre de la fe”, y la Transfiguración no sólo fortalece la fe de los discípulos sino nos sirve como vislumbre del destino de todos que creen.

¿Quién es Abraham?  Su nombre significa “padre de muchas naciones” y así es.  Se le acredita como el padre de los judíos, los cristianos, y los musulmanes.  También, Abrahán es el “arameo errante” el cual se mencionó en la primera lectura el domingo pasado.  Pues, nació en la ciudad de Ur, en lo que ya es Irak. Entonces, su padre mudó a la familia a Jarán que queda en lo que ahora  es Turquía.  Allí recibió la llamada de Dios a ir a la tierra de Canaán, actualmente Israel.  Finalmente, paseaba como nómade con ganado por Egipto y por las tierras de Sodoma y Gomorra.   

Sobre todo, Abrahán es hombre de fe.  De hecho, se puede decir que es el ejemplar de la fe en el Antiguo Testamento.  Abrahán creó la voz de Dios que le prometió una descendencia inmensa a pesar de que a setenta y cinco años de edad no tenía a ningún hijo.  Siguió creyendo cuando Dios le dijo que sus descendientes ocuparían la tierra de Canaán aunque no poseía ningún lote dentro de sus confines.  Ni dudó aun cuando Dios le pidió a matar al único hijo que por fin tuvo con su esposa querida. 

Aunque Abrahán vivía hace casi cuatro mil años, nuestra historia corresponde a la suya.  Como Abrahán, nosotros llevamos un nombre lleno de significado.  Somos “cristianos”.  Esto quiere decir no sólo que seguimos a Jesucristo sino también que como “Cristo” significa “ungido”, participamos en sus oficios.  Como profeta, hablamos la verdad aun cuando el mundo prefiere no escucharla.  Como sacerdote, rezamos por nuestros enemigos como una manera para amarlos.  Y como rey, cuidamos a los pobres aunque tengamos poco.

También como Abrahán nos encontramos a nosotros en camino a otra tierra – el Reino de Dios – como nuestro verdadero hogar.  Por eso, muchos modos del mundo actual nos parecen extraños, aun brutos.  Para nosotros el sexo no es para entretener a dos adultos sino para fortalecer la unión entre un hombre y una mujer.  Similarmente, a nosotros el domingo no es un día libre para hacer lo que queramos sino es tiempo aparte para alabar al Señor y compartir con familia y amistades.  Como los refugiados de otras tierras en un nuevo país, nosotros cristianos vemos todo que tenemos como un regalo de Dios a lo cual siempre estaremos en deuda. 

Finalmente somos como Abrahán en que estamos movidos por la fe.  Creemos en Dios Padre, que nos ama aun cuando actuamos como hijos necios.  Creemos en Dios Hijo, el Señor Jesucristo, que nos ganó la vida eterna como nuestro destino.  Y creemos en Dios Espíritu Santo que nos enseña, fortalece, y consuela en el camino.  Creemos aun cuando el día se convierte oscuro y parece que estamos perdidos.  Una mujer gravemente enferma con el cáncer del hígado escribe: “Tengo momentos lagrimosos a veces pero sé que Dios está sosteniéndome en Sus brazos.  Mi fe en Él es más profunda cada día que pase”.

¿Qué es la fe? ¿Con que podemos compararla?  La fe es como un regalo; Dios nos la ofrece para que compartamos Su vida.  La fe es como un compromiso; por ella nos sometemos a la voluntad de Dios.  La fe es como un vínculo; nos relaciona con Dios.  La fe es como un teléfono; con ella nos comunicamos con Dios.  La fe es como un salvavidas; nos sostiene cuando las aguas del abismo nos pretenden a hundir.  Y la fe es como un camino; nos conduce al Reino de Dios.

El domingo, 17 de febrero de 2013


EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13)


Es increíble el cambio.  Hace tres meses eran jóvenes rozando con malicias.  Ya actúan como caballeros burgueses.  “Sí, señor, me gusta ser marine” -- responderían a la pregunta si están contento. “Señora, permítame sostener la puerta por usted” -- dirían a todas las mujeres presentes.  Ya habiendo terminado el entrenamiento básico en Camp Pendleton, los marines se van para probarse como militares.  Son en un sentido como encontramos a Jesús en el evangelio.

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús está para comenzar su misión.  Sin embargo, tiene que cumplir la prueba.  Su mente enfoca en el pan cuando escucha la voz del diablo diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”.  Si lo hace, Jesús no sólo podría alimentarse a sí mismo sino también podría captar a todos los pobres por proveerles comida.  Sin embargo, rechaza la tentación porque su aceptación significaría la pérdida de la libertad en dos maneras.  Primero, él debería al diablo por la inspiración para hacer el trueque. Y segundo, la gente no lo seguiría porque enciende sus corazones con el anhelo de Dios sino porque llena sus estómagos con el gusto de pan.   Es como nosotros cuando ponemos como la prioridad más alta la satisfacción de los apetitos.  Sea con el sexo, el vino, o los juegos de azar, la búsqueda de placeres nos encadena de modo que seamos menos libres, menos humanos.

Los bienes materiales no son las únicas vallas que tenemos que saltar en la vida.  Más retadores aún son los deseos del alma.  Queremos ser más reconocidos, apreciados, y admirados que los otros.  Por esta razón algunos perjudicarían su salud física, no decir nada de su bien espiritual, para llamar la atención de los demás. Recientemente se le quitaron las siete medallas de oro para el Tour de Francia que ganó el ciclista Lance Armstrong porque usaba drogas en las carreras.  Parece que el Sr. Armstrong quería ser número uno a todos costos.  No le importaba que estuviera arriesgando la confianza de millones en el valor del esfuerzo y la determinación, la integridad de los deportes, y su propia salud.  En el evangelio se le enfrenta a Jesús la tentación no sólo de tener la fama de ser soberano del mundo sino también de tomar un atajo en el cumplimiento de su misión a establecer el reino de Dios.  Sin embargo, Jesús ve la seducción como es: una promesa vacía. Si él (o nosotros) estuviera a arrodillarse delante del diablo, no tendría poder sobre el mundo sino sería para siempre el títere de Satanás.

La última tentación muestra la astucia del diablo.  No sólo juega con los apetitos sensuales y los deseos espirituales sino también trata de distorsionar la naturaleza de la fe.  Desafía a Jesús que actúe imprudentemente creyendo que su Padre Dios lo salvaría.  Más precisamente, pide a Jesús que se arroje del precipicio del templo para probar si los ángeles lo atraparán antes de que se estrelle.  Pero la fe es nuestra sumisión a Dios no el intento de tenerlo doblado a nuestra voluntad.  Hemos visto la distorsión de la fe en los abusos de niños por algunos sacerdotes católicos.  Disimulados como hombres de Dios, los sacerdotes explotaban a los inocentes.  (Esperamos que por todos los medios de que la Iglesia ha tomado en los últimos once años nunca ocurra el abuso de nuevo.)  Se puede ver la distorsión también cuando la gente utilice los sacramentos solamente como ritos para marcar el paso de tiempo: el Bautismo para el nacimiento, la Santa Comunión para la niñez, etcétera.  Como Jesús cuenta al diablo: “No tentarás al Señor, tu Dios”, tenemos que tomar en serio los sacramentos como fuentes de la gracia para vivir cercanos al Señor.

Nos gustan las historias de los pioneros.  Sea Daniel Boone en el oriente o sea el Padre Junípero Serra en el occidente, nos llaman la atención.  Saltaron las vallas de la vida cuando, a la misma vez, nos abrieron los caminos para una tierra aún más dichosa.  Se puede ver a Jesús también como pionero.  Como nosotros él tuvo que luchar para no poner el pan como la prioridad número uno.  Por nosotros ganó la gracia para que rechacemos las tentaciones y lo sigamos a la vida eterna.  Que lo sigamos a la vida eterna.  

El domingo, 10 de febrero de 2013


V DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 6:1-3.3-8; I Corintios 15:1-11; Lucas 5:1-11)


Todos conocen el mandato.  Pues comprende tal vez el orden más atrevido en la historia de la marina.  Pero no pregunten quién lo hizo o por qué.  Según la enciclopedia, en el  5 de agosto de 1864 el contraalmirante David Farraguat mandó a su flota que estaba para huir de la bahía de Mobile armada con torpedos: “Maldigan los torpedos; adelante con toda velocidad”.  En el evangelio hoy escuchamos a Jesús dando otro famoso orden en el mar.

Jesús manda a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echa sus redes…” Imagínense: ¡el hijo del carpintero quiere enseñarle al pescador cómo conseguir la pesca!  Jesús nos tiene una llamada casi tan audaz.  Nos pide también a nosotros a ir “mar adentro”.  Eso es, que dejemos por un rato los placeres menores de la vida – la tele, los postres, los largos sueños – para tomar un viaje con él.  El día de la partida es este miércoles, y la duración del viaje será cuarenta días. 

“¿Para qué?” pensamos.  ¿No es que encontremos a Jesús cada domingo en la misa?  Además trabajamos duros y esos “placeres menores” sólo nos hacen la vida aguantable.  Nos preguntamos: “¿Es necesario que profundicemos nuestra experiencia con Jesús”?  Sentimos como Simón en la lectura cuando dice al Señor: “Hemos trabajado toda la noche…”  Está cansado de haber tirado las redes por un torno completo con ningún resultado.

No obstante, Simón echa las redes al mar como fiel servidor. “¿Por qué no?” -- probablemente piensa – “Jesús sabe de las cosas celestiales; tal vez sepa también de los sitios más provechosos para pescar”.  Por esta misma razón tomaremos cenizas este miércoles.  Nos cuesta poco, y ¿quién sabe si nos ayudará  mucho?  Pero el Señor nos exige más que llevar el polvo en la frente por un día.  Quiere que abstengamos, recemos, y ayudemos a los pobres por seis semanas.  Sobre todo desea que creamos el evangelio – particularmente los pasajes que se encuentran en las misas diarias de la Cuaresma.

Estos esfuerzos deberían llevarnos a un resultado palpable.  Esperamos emerger al Domingo de Pascua más confiados en Dios, más solidarios con todos, y más felices del corazón que jamás hemos sentido.  Será como la respuesta de una mujer al regresar de la marcha por la vida en Washington el mes pasado.  Cuando se le preguntó cómo fue, respondió: “Sentí fría, cansada, y – como siempre -- renovada”. En la lectura siguiendo las instrucciones de Jesús, Simón toma una pesca tan grande que queda sobrecogido con emoción.

No dice Simón: “¡Qué gran pescador soy yo!”  De ningún modo.  Él tiene que admitir la verdad: “Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador”.  Eso es, que él está en la presencia del Dios vivo ante quien él es como nada.  Nosotros tenemos que reconocer la misma cosa: somos pecadores miserables cuyos trabajos no valen nada que dure.  Sí, nos cuesta admitirlo pero es cierto que en comparación con Dios aun el hombre más cumplido – sea Barak Obama o sea Ángela Mérkel, la canciller de Alemania – es menos que un grano de arena.  Sin embargo, Dios se ha compadecido a los humanos.  Por la vida, muerte, y resurrección de Jesucristo nos ha elevado al estado de sus propios hijos.  Así nuestros actos de caridad no van a disipar como viento sino durarán para la vida eterna.  En el evangelio Jesús le expresa a Simón esta nueva condición por darle nuevo oficio con la mayor responsabilidad.  Le dice: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.

Cuaresma: lo significante aquí es la cuarentena.  En la Biblia el número cuatro seguido por los ceros siempre indica la condición del humano en camino a la sanación.  Noé pasó cuarenta días en la barca esperando el fin de las lluvias.  Moisés y los israelitas pasaron cuarenta años en el desierto aprendiendo como ser el pueblo fiel de Dios.  Aun Jesús ayunó cuarenta días preparándose para su gran misión.  Ya es tiempo para nosotros a pasar cuarenta días renovándonos como los hijos e hijas de Dios.  Ya es tiempo para renovarnos como los hijos e hijas de Dios.