El domingo, 22 de octubre de 2023

EL VIGÉSIMA NOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:1.4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

Porque tiene que ver con el gobierno y, por ende, la política, el evangelio hoy ha llamado mucha atención.  También es interesante pero poco notada la situación en que se encuentra Jesús.  Hace pocos días entró Jerusalén para entregar su vida por la redención del mundo.  Después de ahuyentar a los mercantiles del Templo, los ancianos judíos vinieron cuestionando su autoridad.  En lugar de darles una respuesta directa, Jesús les preguntó si Juan Bautista era profeta de Dios.  Era pregunta con trampa.  Si los ancianos contestaran “sí”, Jesús les habría preguntado por qué no lo siguieron.  Y si contestaran “no”, habrían perdido la confianza del pueblo.

En el evangelio hoy los fariseos y herodianos se acercan a Jesús con toda la sinceridad del lobo saludando a Caperucita Roja.  Tienen una pregunta con trampa semejante a aquel que Jesús usó con los ancianos judíos.  Si Jesús responde que sí se debe pagar el impuesto a César, perdería el favor del pueblo.  Y si contesta “no”, las autoridades vendrían buscándolo. 

Jesús no se cae en la trampa. Más bien se ha dado cuenta de las intenciones malas de los fariseos del piropo falso con que lo saludaron. No contesta la pregunta sino burla a sus adversarios por pedirles la moneda para pagar el impuesto.  El hecho de que tienen a mano la moneda indica su participación en el sistema monetario de César.  Muestran que deberían pagar el impuesto porque se aprovechan del sistema.  Realmente no quieren aprender de Jesús.  Como Jesús dice, son “hipócritas”.

Jesús nos deja un proverbio sin ninguna explicación.  Somos para dar “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.  Pero ¿qué es nuestro deber a César? y ¿qué es nuestro deber a Dios?  “César” significa el gobierno, y no es difícil enumerar nuestros deberes al gobierno.  Hemos de obedecer sus leyes, votar para sus oficiales, pagar sus impuestos, y defender el país cuando nos llame.  Pero nuestro deber a Dios es más complicado.

Algunos piensan que nuestra deuda a Dios es limitada a asistir en la misa dominical y hacer un aporte a la caridad de vez en cuando.  Sin embargo, porque Dios nos creó, nos salvó de las insidias del diablo, y nos sostiene le debemos mucho más.  De hecho, debemos a Dios toda nuestra vida.  Cumplimos este deber por vivir cada día, de hecho, cada momento de cada día como Cristo. 

Permítanme me explicar con una historia.  A lo mejor el caos que acompañaba el subir a los buses en Honduras no ha cambiado mucho en treinta años.  En los años diecinueve noventa un sacerdote allá solía decir que vivía como cristiano todo el tiempo excepto cuando subiera en el bus.  Estaba bromeando, por supuesto, pero ¿no es que todos nosotros proponemos tales límites a nuestra lealtad a Cristo? 

Existe un documento del segundo siglo que describe los modos de cristianos.  Reclama que los cristianos no viven como las demás personas, aunque viven entre ellas.  Dice que los cristianos son al mundo lo que el alma es al cuerpo. En otras palabras, actúan como la conciencia del mundo siempre mostrando el modo bueno, justo, y correcto a vivir.  Esto es lo que Jesús quiere decir cuando nos manda “dar a Dios lo que es de Dios”.

Resistimos entregarnos completamente a Dios.  Parece como demasiado de demandar de nosotros.  Pero no deberíamos considerarlo como un pago de nuestra parte.  Más bien es solo el modo apropiado de realizar nuestro papel como miembros de la familia de Dios.  Es solo vivir como hijos e hijas de Dios.

El domingo, 15 de octubre de 2023

VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

En los últimos domingos hemos visto a Jesús discutiendo con los ancianos y sumo sacerdotes de Jerusalén.  Había entrado en la ciudad para entregarse por nuestra salvación.  Al enseñar en el área del Templo los líderes judíos cuestionaron su autoridad. Pero Jesús, más perspicaz que todos, ha vuelto las tornas a ellos con tres parábolas.  Escuchamos la primera, “los dos hijos”, hace dos semanas y la segunda, “los viñadores homicidas”, el domingo pasado.  Hoy se nos presenta la tercera, “el banquete de bodas reales”.

Como las otras dos parábolas, “el banquete de bodas reales” demuestra la falta de los judíos acatar la voluntad de Dios.  Por eso, señala que el Señor sacará su reino de sus manos para darlo a los griegos.  En la última mitad del primer siglo los griegos aceptaban el evangelio en grandes números mientras pocos judíos reconocieron a Cristo.  El banquete mismo es símbolo del cielo al final de los tiempos como se ve en la primera lectura del profeta Isaías.  Los griegos son aquellos que vienen de los “cruces de los caminos” para asistir en el banquete.  Pero, como cualquier grupo aleatorio, son ambos “malos y buenos…” Los buenos pertenecen allí.  Ellos se visten de la ropa apropiada.  Pero el malo, que no lleva trajo de fiesta, no habría ser admitido.

La eliminación de este hombre ha molestado a muchos a través de los siglos.  Se preguntan, “¿Cómo es que el pobre puede ser echado del banquete por no tener el vestido apropiado?” Les ha parecido que existe una falta de misericordia de parte del anfitrión.  Sin embargo, la cuestión no es la falta de recursos para comprar el traje.  Es de rehusar vestirse del traje disponible.  Se puede imaginar que los trajes de fiesta estaban disponibles en la entrada al banquete como en las grandes basílicas de Roma hoy se ofrecen mantos livianos a las damas entrando con hombros desnudos.  Entonces, ¿qué significa el traje de fiesta?

En su Carta a los Romanos San Pablo aconseja a sus lectores: “Revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen de la carne” (13,14).  Evidentemente quiere decir que deben actuar como Jesús mostrando la caridad a todos.  La Carta a los Colonenses es más detallada.  Dice: “…revístanse, pues, elegidos de Dios, …, de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, mansedumbre, paciencia…” (3,14).  El traje de fiesta significa obras de misericordia que sirven como boletos para entrar al cielo. Más adelante en este Evangelio según San Mateo Jesús dirá que cuando vendrá para juzgar a los vivos y muertos, llamará al Reino de su Padre aquellos que dieron de comer y beber al hambriento y al sediente, que acogieron al forastero, que vistieron al desnudo, y visitaron al enfermo y al prisionero (25,35-40).

En la búsqueda de placeres y comodidad muchos hoy en día desconocen las necesidades de los demás.  Desgraciadamente, se incluyen en este número algunos que acuden a la iglesia.  Prefieren ignorarse de las exhortaciones de Jesús que escuchan domingo tras domingo que hacer un esfuerzo regular por los necesitados.  De algún modo tenemos que despertar a ellos del llamado de Jesús.

En una ciudad donde los crímenes violentos han explotado en los últimos años una pareja jubilada definitivamente se han vestido de Cristo.  La pareja trabaja como voluntarios en un programa que ayuda a los niños de escuelas públicas leer.  Es una parte de lo que hay de ser un esfuerzo coordinado para resolver un problema social enorme.  Las parejas tienen que mostrar la preocupación por sus hijos por mantener matrimonios fieles y mutuamente comprensivos.  Los empresarios tienen que pagar salarios que valoran el trabajo bien cumplido.  Y los gobiernos tienen que fomentar la prosperidad mientras mantener el orden. 

La responsabilidad para una sociedad justa no depende solo en el gobierno o en alguna gente buena.  Jesús nos implica en la empresa a todos.  Nosotros católicos debemos ser los primeros para alistarnos en el esfuerzo.  Lo hemos escogido a él como Señor.  Mediante obras de caridad anticipamos la salvación que él nos ganó.

El domingo, 8 de octubre de 2023

El VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

Casi siempre se relacionan la primera lectura y el evangelio en la misa dominical.  Hoy se ve la relación con gran facilidad.  El profeta Isaías describe el pueblo Israel como una viña que pese a grandes esfuerzos de Dios rinde fruta amarga.  En la parábola evangélica Jesús habla de la viña como el Reino de Dios y sus trabajadores como los líderes judíos.  Muestra cómo los líderes fallan dar a Dios su debido y eventualmente matará a Jesús por denunciar su infidelidad.  Como resultado, en los dos casos Dios castiga a los malvados severamente.

Quiero sugerir otro modo para interpretar las lecturas.  En lugar de pensar en la viña como la nación de Israel o el Reino de Dios, que pensemos en ella como nuestras vidas.  Dios nos ha dado a cada uno la vida para hacer lo mejor que se pueda con ella. Desgraciadamente a veces fallamos a producir mucho que es bueno.

Quizás algunos de nosotros tengan problema pensar en sus vidas como perteneciendo a Dios.  Piensan que su vida es la única cosa que tienen por seguro.  Pero es Dios que nos presta nuestra vida y nos la quita según su voluntad.  Somos dependientes en Dios por nuestra vida y también responsables a él por lo que hacemos con ella.  Por esta razón en ambas lecturas la gente han de producir para el dueño de la viña uvas buenas.

Porque Dios nos presta la vida, deberíamos cuidarla bien.  Tenemos que atender las necesidades del alma y cuerpo.  Sabemos las necesidades del cuerpo, aunque no siempre las cumplamos.  Comer y beber prudentemente, hacer ejercicio regularmente y descansar más o menos siete horas diariamente no son secretos entre las elites sino conocimiento general. 

Asimismo, el alma necesita alimentación nutritiva.  Deberíamos asociarnos con personas que se esfuercen quedarse cerca al Señor y buscar el consejo de aquellos que son verdaderamente sabios.  De igual importancia es que no ingiramos nada tóxico al alma como películas eróticas e ideologías que enfatizan nuestros derechos y olvidan nuestras responsabilidades hacia los demás. 

El fruto de nuestros esfuerzos de cuidar el alma y cuerpo se encuentra en buenas obras.  Cuidamos a nuestras familias y cultivamos amistades buenas.  Practicamos la ciudadanía no solo por adherir a la ley sino también por cooperar en los proyectos comunitarios.  No importa que nos cueste, hacemos hechos de caridad.

Recientemente se ha beatificado una familia polaca que hizo una obra grandísima de caridad.  La familia de nueve, los padres y siete hijos, fue martirizada durante la Segunda Guerra Mundial por dar amparo a ocho judíos en su casa.  Eran agricultores comprometidos a amar a Dios y al prójimo.  Cuando fueron reportados a las autoridades nazis, vinieron los oficiales alemanes a su granja.  Dispararon primero a los judíos, entonces a los padres de la familia, Josef y Wiktoria Ulma, y finalmente a los seis hijos más grandes.  En su martirio Wictoria Ulma dio a luz su séptimo hijo.  El Vaticano proclamó a este bebé mártir también.  Razonó que el bebé recibió un bautismo de sangre por haber dado testimonio a Dios con su vida. 

Es difícil pensar en nosotros como mártires.  Gracias a Dios no es probable que vengan verdugos para quitar nuestras vidas.  Sin embargo, podemos preguntar si hubiera un crimen hacer buenas obras en nuestra sociedad, ¿existiría bastante evidencia para condenarnos?  Si no podemos contestar “sí”, nuestra viña no está rindiendo uvas buenas.

 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué son los beneficios de que Dios es el dueño de nuestras vidas?

El Domingo, 1 de octubre de 2023

EL VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

La parábola en el evangelio hoy comienza como una historia familiar: “Un hombre tenía dos hijos…” Suena como el comienzo de la parábola del “Hijo prodigo” en el Evangelio de Lucas, ¿no?  Sin embargo, la parábola de Mateo es diferente.  Aunque las dos tratan de arrepentimiento, donde Lucas nos da una historia larga y bella, Mateo es breve y poco atractivo.  Además, escribe con un propósito bastante distinta de aquel de Lucas.

Podemos determinar el propósito de Mateo por examinar el contexto de la parábola.  Jesús ha entrado Jerusalén para cumplir su misión de salvación.  Dentro de poco será entregado, juzgado y crucificado.  Ahora los líderes judíos andan buscando materia para acusarlo.  En el pasaje anterior, los líderes preguntaron a Jesús quién le había dado autoridad para enseñar en el Templo.  Jesús respondió que contestará su pregunta cuando ellos contestaran la suya.  Entonces les preguntó: “¿De dónde vino Juan el Bautista: de Dios o de los hombres?”  La pregunta les puso en un dilema.  Si dijeran “de Dios”, entonces Jesús les habría preguntado por qué ellos no lo siguieron.  Pero si contestaran de los hombres, les habrían incurrido el rechazo de parte de la gente.  Para ser seguros, respondieron que no sabían.  Por eso, Jesús no contestó su pregunta.

Jesús no quiere pasar por alto su ventaja.  Va a mostrar que los pecadores han actuado de manera superior a los líderes judíos.  Cuenta la parábola del hombre con dos hijos para mostrar cómo los pecadores han respondido al llamado del arrepentimiento de Juan mientras los líderes judíos no lo hicieron caso.  Los pecadores que hicieron caso al llamado de Juan son como el hijo que primero dice “no” al mandato de su padre, pero luego recapacita y lo cumple.  Entretanto los líderes judíos actúan como el hijo que finge la obediencia por decirle sí a su padre, y luego no hacen nada por él.

Por el tiempo en que Mateo escribió su evangelio, la parábola tuvo otra referencia.  Más que descubrir la hipocresía de algunos líderes, la parábola enseñó el rechazo del evangelio de parte de los judíos y su aceptación por los griegos.  Por eso, los griegos están comparados con el hijo que rechaza al padre al principio pero vuelve a hacer su voluntad.  Y los judíos son como el hijo que dice “sí” al principio, pero entonces no cumple la voluntad de su padre.

Además de estas dos etapas de significado, la parábola nos toca a nosotros hoy en día. Muestra cómo preferimos aparecer buenos sobre ser buenos en la realidad.  No nos importa que hagamos cualquiera cosa buena con tal que aparezca a los demás que la hacemos así.  Queremos siempre dar buena impresión.  Esto es la vanidad, y como indica el libro Eclesiastés, la vanidad infecta a todos. 

¿Debemos superar la vanidad?  Si lo debemos, ¿cómo lograrlo?  Primero, la vanidad distorsiona la verdad; probablemente no somos tan guapos cómo nuestras fotos en Facebook.  Más que esto, la vanidad hace hincapié en el yo donde queremos proclamar a Jesucristo, la verdad y el camino.  Pero no es fácil superar la vanidad.  Porque todos nosotros tenemos defectos de un tipo u otro, queremos la admiración de los demás para sentirnos valorados.  Los psicólogos proponen como remedio para esta necesidad que nos aceptemos por quienes verdaderamente somos.  Dicen que la autoaceptación es la clave para la paz en la vida.

Nosotros creyentes tenemos una palanca para lograr la autoaceptación. Es nuestra fe en el Dios que nos ama.  Dios nos ama como somos no como nos imaginamos ser.  No debemos confundir esta verdad con un pretexto de no corregir nuestras faltas.  También Dios ve en nosotros la potencial de arrepentirnos de nuestros pecados y nos envía la gracia para hacerlo.  Si él nos ama tanto, ¿cómo no aceptamos a nosotros mismos?

En la segunda lectura Pablo nos insta que seamos como Cristo.  Él no llamó atención a sí mismo sino vino para servir a nosotros.  Convirtiéndonos como Cristo, resultaremos honrados y pacíficos: en breve, verdaderos hijos e hijas de Dios.

Para la reflexión: ¿Cómo soy vanidoso?  ¿Qué hago para superar este vicio?


El domingo, 24 de septiembre de 2023

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Las lecturas hoy son bastantes conocidas.  La primera es parte del capítulo fascinador del profeta Isaías en que Dios describe su palabra como la lluvia llevando vida a la tierra.  Se dice que la parábola del evangelio ha tenido la popularidad de la del Hijo pródigo en ciertos tiempos de la historia.   Y la segunda lectura de la Carta a Los Filipenses da una de las confesiones más íntimas del apóstol Pablo.  Vamos a dejarla para otro tiempo para reflexionar sobre el evangelio mediante el ojo del profeta.

En un sentido no es nada nuevo que los caminos del Señor son diferentes de nuestros.  Después de todo, Dios es de una orden diferente de la nuestra.  De hecho, es absurdo tratar de compararnos con Dios.  Él no es un ser entre otros seres como algún otro hombre o mujer.  Es la base de todo ser.  Por eso, cuando hablamos de Dios, siempre hablamos en un modo analógico que es a decir “algo semejante”.  Es necesario que nos demos de que Él es misterio más allá de nuestra comprensión.  Es como hablamos de nuestro perro “amándonos” cuando se recuesta a nuestros pies.  Esta muestra de afecto ni siquiera se acerca el amor de un hombre y una mujer que se han entregado a uno a otro en un matrimonio fiel.  Aunque no podemos aproximarnos a Dios en ninguna forma, todavía Jesús nos llama a ser parecido a Él.  En el Sermón del Monte, dice a sus discípulos: “Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Ma 5,48).  

Con ambas la distinción entre Dios y nosotros y el mandato de imitar a Dios en mente, podemos examinar el evangelio.  La historia que cuenta Jesús aquí cumple la definición clásica para parábola como un cuento tomado de la vida ordinaria cuya conclusión sorprende de modo que cause al escuchador recapacitar su vida.  Ciertamente al escuchar la parábola del “Buen samaritano”, los judíos tuvieron que recapacitar su actitud hacia los samaritanos.  La parábola de “Los obreros de la viña” funciona de la misma manera.  Tanto como los obreros empleados en la madrugada, nosotros estamos sorprendidos cuando ellos reciben el mismo pago como aquellos que trabajaron solo una hora.  Pero así es Dios: más generoso que se puede imaginar.  No es injusto a nadie; paga a aquellos empleados en la mañana el denario comprometido.  Pero no tiene dudas acerca de tratar a otros con gran generosidad. 

Se ha usado esta parábola para entender como los griegos podrían heredar el Reino de Dios tanto como los judíos que practicaban las exigencias de la Ley por siglos.  También se puede usarla para explicar cómo algunos nacidos en familias sólidas donde sus padres los criaban tanto en la fe como en el amor pueden tener el mismo destino como algunos que por deficiencias en su crianza luchaban para vivir justos.  Sin embargo, la parábola se abre a otro tipo de interpretación.  Nos pide que tratemos a todos con la generosidad de Dios si se lo merecen o no.

En nuestra casa a veces alguien deja sus trastes sucios en el fregadero.  Cuando los veo, me siento indignado porque la persona que los dejó debería darse cuenta de que cada uno tiene la responsabilidad de limpiar sus propios trastes.  Esta actitud no es necesariamente injusta, pero tampoco imita los modos de Dios.  Ciertamente los santos limpiarían los trastes de los demás.  De hecho, San Martín de Porres ayudó a todos, ricos y pobres, dando lo que tuviera sin medida.  Todos nosotros somos llamados hacer asimismo por nuestra aceptación en la familia de Dios.

Ser generoso como Dios exige mucho de parte de nosotros.  Pero no es imposible.  Con Jesucristo como nuestro modelo y compañero podemos cumplir su mandato.  Por ser presente en la comunidad de fe, Jesús nos apoya en la lucha.  Y en la Eucaristía, él nos fortalece para hacer cosas duras.

El domingo, 17 de septiembre de 2023

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Volvámonos una vez más a la carta magnífica de Pablo a los romanos.  La hemos sido leyendo desde junio. Pero hoy es el último domingo de este año litúrgico que la veremos.

La lectura se toma de la última parte de la carta, que provee la respuesta apropiada a la salvación en Cristo.  Pablo ha dicho que los cristianos deben conducirse en modos santos.  No deben conformarse al mundo presente.  Más bien tienen que ser transformados para que piensen y actúen según la voluntad de Dios.  Como guía, Pablo les proporciona la ley del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Ahora Pablo quiere abarcar un problema que evidentemente ha surgido en la comunidad.  Algunos comen toda la comida puesta en la mesa sin preguntarse si la comida fue ofrecida a los ídolos.  La cuestión no les importa. Entretanto otros sienten que, si fuera ofrecida a los ídolos, sería contaminada e inaceptable comerse.  Aunque Pablo mismo no tiene dificultad tomar tal comida, recomienda que cada persona sea respetuosa de las demás.   

Vemos la sensibilidad que Pablo quiere fomentar cuando un anfitrión hoy en día da a sus huéspedes una selección sin carne al viernes.  Sabe y respeta que algunos católicos mantienen la tradición de abstenerse en este día por el año entero como en la cuaresma. 

Junto con el requisito del amor Pablo está haciendo hincapié en otro gran valor cristiano: la unidad en Cristo.  El Bautismo nos ha unido a Cristo como nuestra primera referencia de existencia.  (Esto puede ser difícil para algunos.  Pere por favor, háganme caso.) Más que somos negros, blancos, o de otra raza; más que somos puertorriqueños, americanos, o chinos; más que somos Rodríguez, Figueroa, o Biden; somos de Jesucristo.  Nunca deberíamos permitir que nos separemos de él o de uno y otro en él.  Por eso, Pablo dice: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo.  Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos”.

Como siempre, se puede ver el vivir de la palabra de Dios en los santos.  El monseñor Pierre Claverie era obispo de Oran, una región de Argelia azotada por el terrorismo islámico en los 1990s.  Mons. Claverie sabía del peligro quedarse en el país, que fue su tierra nativa, pero rechazó la posibilidad de huirse.  Expresó su perspectiva a las monjas de una clausura en Francia: “Estamos aquí por este Mesías crucificado. ¡Por nada más y nadie más! … Estamos aquí como aquel que está al costado de la cama de un amigo…enfermo, en silencio apretándole la mano y secando el sudor de su frente”.  Evidentemente él podía ver a Cristo en los musulmanes que lo rodean y que también fueron victimizados por el terrorismo.  Como vivía por Cristo, el Monseñor Claverie murió por Cristo.  Fue martirizado en agosto de 1996.    En sus exequias los musulmanes llenaron la catedral diciendo: “Era nuestro obispo también”.

No es solo por razón de estar en solidaridad con los sufrientes que adherimos a Cristo.  Dice Pablo que Cristo es Señor de vivos y muertos.  Los muertos no son exterminados sino viven en Cristo.  Además, como él resucitó de la muerte, aquellos que adhieran a él resucitarán.  No nos importa que muchos no reconozcan esta esperanza.  Dos realidades la atestiguan: el testimonio de la Biblia y nuestra propia experiencia de la bondad de Dios.  Venga lo que venga, viviremos por Cristo hasta que se realice su promesa de la vida eterna.

 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Dónde has encontrado dificultad sentirse conectado a otros cristianos/  ¿Qué se puede hacer en tal situación?

El domingo, 10 de septiembre de 2023

 EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

Hemos observado que hay cinco grandes discursos en el Evangelio según San Mateo.  Comienzan con el Sermón en el Monte al principio del ministerio de Jesús.  Terminarán con el discurso sobre las últimas cosas cuando Jesús llega a Jerusalén para entregar su vida.  En el evangelio hoy escuchamos parte del cuarto discurso que trata de la iglesia.

Se piense que Jesús comience su discurso sobre la iglesia con una descripción de los varios oficios.  Sin embargo, con la excepción de nombrar a los doce como los pilares y a Simón Pedro como su segundo, a Jesús no le interesa la estructura de la iglesia.  Todo el cuarto discurso tiene que ver con el comportamiento de los miembros entre sí.  Ellos han de ser como niños apoyándose en Dios Padre.  Nunca deben dar escandalo a los débiles en su medio.  La sección hoy trata de manejar la situación delicada cuando un hermano o hermana cae en pecado.

Antes de que podemos proceder, es necesario aclarar la cuestión de juzgar.  Algunos piensan que no es del cristiano decir que otra persona ha pecado.  Proponen como prueba la frase de Jesús: “No juzguen, para que no sean juzgados” (Mateo 7,1).  Pero siempre estamos juzgando.  Si decimos “la hierba es verde”, hemos hecho un juicio.  Según los expertos lo que la frase “No juzguen…” significa es que no condenemos a nadie.  Sólo Dios tiene la autoridad de mandar a una persona al infierno.

En la lectura Jesús manda que nos acerquemos a la persona que juzgamos estar en pecado grave y pedirle que se arrepienta.  Deberíamos hacer esto en el espíritu de acompañamiento de que el papa Francisco habla a menudo.  El acompañamiento nunca rechaza ni mira al otro con desdén por haber hecho mal.  Más bien nos mueve que nos hagamos amigos al pecador para ayudar a él o ella volver a la justicia.  Muchos jóvenes están cohabitando.  Ciertamente es un pecado grave que sus familias y amistades no deben pasar por alto.  Además de transmitir la preocupación por su bien, el acompañamiento asegura a la persona de nuestro amor y trata de crear un diálogo en que la persona puede hablar de la relación.  Particularmente los padres de la pareja que cohabitan deberían acompañar a sus hijos sin promover el pecado.  

La presencia de una o dos otras personas reforzará la gravedad de la situación mientras guarda la privacidad.  Lo importante es preservar la relación del pecador con la comunidad de la fe.  La persona en pecado grave no debe recibir la Santa Comunión, pero debería sentir invitada a participar en la misa.  De hecho, la obligación de asistir en la misa dominical aplica a él o ella a pesar del pecado.

Jesús da a su Iglesia el derecho de excluir a pecadores notorios.  Tal acción tiene al menos dos motivos.  Se espera que el pecador, consciente de la gravedad de su estado, se reforme pronto.  De todos modos, los demás se darán cuenta de que tienen que evitar el pecado.  Puede ser paradójico, pero es cierto que la exclusión no es para ser exclusiva sino para conseguir y mantener la inclusión de todos.

Una otra cosa del discurso llama la atención.  Jesús incluye la oración en su enseñanza sobre cómo tratar a pecadores.  Deberíamos rezar que nuestro juicio del pecado sea atinado.  También queremos pedir al Señor la actitud y las palabras apropiadas para ganar la confianza del pecador.  Sobre todo, pedimos por el pecador que él o ella se reforme.  Confrontar a otra persona acerca de pecado siempre es cosa delicada.  Puede ser aun contraproducente.  Por eso, también queremos pedir al Señor que nos ayude aguantar las repercutiones. 

Para la reflexión: ¿Jamás has sido acusado del mal?  ¿Cómo reaccionaste?  ¿Te ayudó reformarte?