El domingo, 22 de agosto de 2021

 VIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO, 22 de agosto de 2021

(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6:55.60-69)

En un episodio de "Los Simpson", el descarado Bart hace la bendición antes de la comida por la familia.  Dice: "Querido Dios, nosotros mismos pagamos para todas estas cosas, ¡así que gracias por nada!"  El desgraciado no quiere reconocer a Dios como la fuente de ningún bien de la familia ¡porque pagan sus cuentas!  ¿Es así con nosotros?  ¿Acreditamos a Dios sólo los beneficios cuyos orígenes no podemos explicar?  O ¿creemos que Dios está en medio de todo lo que hacemos llevándolo a un final satisfactorio?

En la primera lectura los israelitas se dan cuenta de que ha sido la mano de Dios que les ha traído a donde están.  Aunque nunca han visto a Dios conduciéndoles de Egipto o facilitándole la ocupación de la Tierra Prometida, creen que Él era responsable por los logros inesperados.  Saben intuitivamente que nunca habría sido posible mantenerse unidos, mucho menos ver hundido en el mar el ejército del Faraón, si Dios no los acompañaba.  Ciertamente Josué, su líder, no duda que este es el caso.  Declara delante de todos: “’En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor’”.

Ahora deberíamos preguntarnos acerca de algo semejante.  Desde que el evangelio se refiere a la presencia de Cristo en la Eucaristía, tenemos que preguntar si creemos en ella.  También, ¿creemos que la misa nos lleva más cerca a Dios y eventualmente nos permitirá entrar en la vida eterna?  O ¿nos servirá mejor pasar una hora extra de descanso en el domingo o, tal vez, ver una película educativa?

Cada uno tiene que responder a estas interrogantes por sí mismo.  Creo que la mayoría de nosotros responderemos que sí Cristo es presente en la hostia y que nos provecha recibirlo en la misa.  Diremos esto porque, como los discípulos en el evangelio, sabemos que él tiene “palabras de vida eterna”.  En su autobiografía el gran líder hindú Mahatma Gandhi describe cómo ocurrió que conoció a Cristo por sus palabras de sabiduría. 

Dice Gandhi que los primeros cristianos que había conocido en la India le disgustaron.  Vio a los misioneros cristianos burlándose de la religión hindú e insistiendo que los conversos comieran la carne, cosa repugnante para los hindúes más devotos.  Sin embargo, después, cuando estudiaba en Londres, encontró a un cristiano vegetariano.  El hombre le imploró que leyera el evangelio. Cuando lo hizo – dice -- el Sermón del Monte le tocó el corazón. Gandhi nunca aceptó a Cristo como nosotros, pero lo reconoció como el maestro supremo por su enseñanza acerca del amor.  Semejante a nosotros, Gandhi podía ver que Jesús practicó lo que predicaba cuando murió en la cruz.

La segunda lectura pide tal amor de ustedes esposos.  “Así los maridos deben amar a sus esposas…” Este amor se da a sí mismo por el bien de la esposa, aunque le cueste muchísimo al marido.  El año pasado se reportó que un viejo quería internarse en un asilo durante el confinamiento de Covid.  Su motivo era darle a su esposa con Alzheimer ya internada la atención que necesitaba.  Su amor ciertamente cumple la exigencia de la lectura.

Este es el último domingo este año en que reflexionamos en el discurso Eucarístico del Evangelio según San Juan.  Pero apenas es la última vez que vayamos a tocar el tema.  Pues la Eucaristía es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana”.  Es la fuente porque hace presente el sacrificio de Jesús por nuestros pecados.  Es la cumbre porque en ella encontramos a Jesús lo cual esperamos al final de los tiempos para levantarnos de la muerte.  Al consumirla, nos hacemos más como Jesús mismo.  Nos hace más bondadosos y amorosos, más dispuestos a dar a nosotros mismos por el bien de los demás.

El domingo, , 15 de agosto de 2021

 La Asunción de la Santísima Virgen María

(Apocalipsis 11:19.12:1-6.10; I Corintios 15:20-27; Lucas 1:39-56)

En 1950 la Iglesia definió el dogma de la Asunción de María. Antes de eso, los católicos no tenían que creer que María fue asumida en cuerpo y alma al cielo. Podrían haber pensado que su alma vivía con Dios mientras su cuerpo corrompía en la tierra en espera de Cristo.

 En ese momento, algunos católicos pensaron que no era prudente que el Papa Pío XII hiciera la definición. Creían que una declaración infalible alienaría aún más a los hermanos separados en las congregaciones ortodoxas y protestantes.

 Entonces, ¿por qué el Papa Pío XII hizo la declaración dogmática e infalible de la Asunción? ¿Y por qué lo seguimos celebrando hoy con una gran fiesta? Démosle algunas razones.

 Primero, la asunción corresponde a la Inmaculada Concepción de María proclamada en el siglo anterior. Si María tuvo el privilegio de ser concebida sin ninguna corrupción de alma, se deduce que su cuerpo no sufriría corrupción al morir.  Más bien, su cuerpo sería asumido directamente al cielo.

 Segundo, la creencia en la Asunción de María tiene una larga historia. Fue predicada por los Padres de la Iglesia, celebrada en la Sagrada Liturgia durante el primer milenio y proclamada en el nombramiento de muchas iglesias.

 Finalmente, la Asunción de María implica la dignidad del cuerpo humano en una época en la que se abusa regularmente de él. Así como el cuerpo de María vive por la eternidad, nuestros cuerpos tendrán un destino eterno si somos fieles al Señor. Desafortunadamente, muchas personas hoy en día abusan de su cuerpo.  O no lo cuidan o lo glorifican demasiado para ganarse la admiración de los demás. Vemos a muchas personas que no comen de manera saludable ni hacen ejercicio con regularidad. Piensan que sus cuerpos son meras adquisiciones como un celular o un automóvil que pueden tratar cómo les dé la gana. Pero nuestros cuerpos son quienes somos. Forman una dualidad con el alma como la televisión tiene transistores y pantallas para producir una imagen. Si vamos a presentarnos como imágenes de Dios, debemos cuidar nuestro cuerpo.

 Otros abusan de sus cuerpos gastando demasiado tiempo y dinero para que luzcan adorables. Nos damos una idea de esto con solo mirar los pasillos de cosméticos en las farmacias. De manera similar, se puede ver paredes de espejo en los gimnasios.  Cuidamos de nuestros cuerpos para poder servir mejor al Señor, no para ganar los piropos de los demás.

 Podemos agregar una razón más para celebrar a María hoy. Ella nos ha ayudado constantemente en nuestras oraciones a Dios para auxilio. Se dice que ha habido 8000 curas milagrosas probadas solo en Lourdes. Le pedimos que interceda por nosotros ante su hijo Jesús. Él es el Señor, quien nos creó, quien nos ama, y en quien tendremos nuestro fin.

 Para la reflexión: ¿Cómo conoces a la Madre de Dios?  ¿Qué ha pasado cuando rezaste a ella?


Domingo, 8 de agosto de 2021

 Decimonoveno domingo ordinario

(I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51)

Pensamos que conocemos a Jesucristo.  Decimos que nació en el pueblo Belén cerca de Jerusalén.  Contamos cómo vivió unos treinta y tres años antes de ser ejecutado.  Contamos también que su madre se llamaba María, su padre putativo era José, y que Juan el Bautista era su primo.  Sabemos estos y docenas de otros datos acerca de su vida.

¿Pero es cierto que lo conocemos? O ¿somos realmente como los judíos en el evangelio hoy que no conocen a Jesús más que conocen a Abrahán Lincoln?  Si no nos damos cuenta de que Jesús es el hijo de Dios que tomó nuestra carne para darnos el parentesco suyo, no lo conocemos.  Asimismo, si no reconocemos que nos regala su propia carne para alimentarnos en nuestro camino a Dios Padre, no lo conocemos.

Algo parecido a la leche haciendo huesos fuertes, la carne de Cristo nos forma en personas amorosas.  No es suficiente que refrenemos de los vicios de brutalidad, enojo, y la indignación para ser incorporados en la familia de Dios.  Como indica la segunda lectura, tenemos que desarrollar las virtudes caritativas.  Para ser verdaderos hijos de Dios, necesitamos la generosidad, la comprensión, y la voluntad a perdonar.  Estas cualidades manan de la Eucaristía como el agua de las Cataratas de Niágara.

La primera lectura presenta una vislumbre de la Eucaristía.  Elías no puede continuar adelante.  Se agota tanto que quiera morir.  Entonces viene un ángel con un pan y agua.  Tomándolos y durmiendo un rato, Elías puede terminar su camino a encontrar al Señor en el Monte Horeb.  Como el pan que trajo el ángel le dio la fuerza para cumplir su viaje a Dios, así la Eucaristía nos proporciona la gracia para amar a los demás en cumplimiento a los mandamientos.

Precisamente hoy los dominicos están conmemorando 800 años desde la muerte de su fundador Santo Domingo.  Hay una historia acerca de Santo Domingo que nos sirve entender la Eucaristía como se explica hoy en la misa.  Santo Domingo estaba en viaje trepando los Alpes con un fraile joven llamado Juan.   Después de varias horas de caminar el joven dijo a Santo Domingo que no más podía continuar.  A pesar del aliento que le ofreció el santo, el joven dijo que fue completamente agotado.  Porque Domingo no tenía pan para ofrecerle, él puso a orar.  Entonces dijo a Juan que, si adelantaría unos pocos metros, hallaría algo de valor.  Lo hizo y encontró el pan más blanco que había jamás visto.  Como el pan del viático fortalece al agonizante para llegar a Dios en los cielos, así el pan blanco le dio al joven los medios para completar el viaje.

Si aseguramos nuestro lugar en el cielo con obras buenas, la Eucaristía nos hace posible realizarlas.  Ustedes padres, ¿quieren ser más comprensivos y útiles a sus hijos?  Prepárense a recibir la Santa Comunión en la misa recordando cómo Jesús no permitió que les detuvieran a los niños venir a él.  Ustedes parejas, ¿quieren ser más pacientes y alentadores con sus cónyuges?  Reciban la hostia y consideren cómo Jesús dio a la samaritana el tiempo necesario para recapacitar su vida.  Ustedes jóvenes, ¿quieren ser menos ansiosos y más fiadores acerca del futuro? Entonces cuando tomen la hostia, pidan al Señor que les ayude hacer prioridades que conforman a su Reino.

Hace dos años un centro de investigación reportó que casi setenta porcientos de los católicos no más creen que la Eucaristía es realmente el cuerpo de Cristo. En cuanto sea correcta, ¡esta estadística es trágica!  Es como si setentas porcientos de las aves hubieran olvidado cómo volar o setenta porcientos de los policías no más buscarán a los criminales.  La Eucaristía nos promete la vida eterna porque Jesucristo es presente en ella.  Sin Jesús somos dispersados como hojas llevadas por el viento.  Con Jesús como arboles frondosos glorificando a Dios. PARA LA REFLEXIÓN: ¿Cómo sé yo que Jesús es realmente presente en la Eucaristía?

El domingo, 1 de agosto de 2021

 DECIMOCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 16:2-4.12-15; Efesios 4:17.20-24; Juan 6:24-35)

La gente siempre busca la felicidad.  Muchos piensan que el dinero se la traerá a ellos.  Por eso, compran boletos de lotería.  Sin embargo, según los investigadores, a aquellos que les toca la lotería no mantienen la felicidad por mucho tiempo.  Sí se sienten emocionados por un rato, pero dentro de poco cambian sus temperamentos.  En primer lugar, la persona de promedio que gana la lotería queda bancarrota dentro de unos años.  Otra cosa es que descubre pronto que el dinero no puede satisfacer los deseos más profundos.  Son como los judíos en el evangelio hoy pensando que al recibir el pan gratis les hará felices.

Jesús reprende a la gente por haberlo buscado para conseguir más alimentos.  No es que quiera negarles las necesidades de la vida.  Más bien quiere enseñarles que el cumplimiento del propósito de la vida se encuentra no de satisfacer el apetito sino de creer en él.  Por esta razón proclama al final del pasaje: “Yo soy el pan de la vida.  El que viene a mí no tendrá hambre…”

Por dársenos a sí mismo como comida, Jesús nos muestra la necesidad de sacrificarnos por el bien de los demás.  Dios, nuestro Padre en el cielo, nos da la vida como un regalo.  Para agradecerle tenemos que darnos al otro en el verdadero amor.  En cuanto realicemos esta verdad, nos acercamos al Padre y nos sentimos su gran cuidado.  Tenemos los ejemplos de los santos para ayudarnos en esta empresa.  El padre Gracián Murray era un hermano de La Salle que trabajó muchos años en las Filipinas.  Allá fundó un orfanato.  Cuando el obispo por la falta de sacerdotes le pidió al hermano Gracián que se ordenara, no podía rehusárselo.  Entonces, el padre Gracián se hizo enfermo con cáncer.  Medicamentos llegaron de los Estados Unidos para curarlo.  Sin embargo, Padre Gracián rechazó tomarlos porque le requerían que no tomara ningún alcohol por treinta días.  Dijo que era más importante que sus muchachos recibieran la Santa Comunión que él se curara. 

En la primera lectura los israelitas preguntan del polvo blando que ven en el suelo: “’¿Qué es esto?’”   Moisés les contesta: “’Este es el pan que el Señor les da por alimento’”.  Es cierto, pero queremos nosotros saber qué tipo de pan era.  Los científicos explican el fenómeno por decir que les parece como la resina del árbol tamarisco que tiene la textura de cera y se derrite al suelo con el sol.  Puede ser, pero nosotros católicos lo explicamos de manera diferente.  El pan del desierto es prototipo del pan que Jesús ofreció en la última cena con sus discípulos y que se ofrece en cada misa.  Es su carne que, como el pan del desierto, da la vida, no tanto la vida física sino la vida eterna.

Hace unos años se estrenó un libro titulado Pan blanco.  Dijo el autor que muchos se burlan del pan blanco hoy en día como no nutritivo, pero están equivocados.  Añadió que el pan blanco es fortalecido con vitaminas y no tiene impuridades.  Es algo así con el pan eucarístico.  Algunos piensan que el valor de la Eucaristía es limitado porque, en su manera de ver, solo es un símbolo.  Sin embargo, sabemos mejor. Sabemos que el valor de la Eucaristía es infinito porque la Eucaristía es mucho más que un símbolo. Es el cuerpo de Jesús que nos nutre para la vida eterna.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué me ha convencido que el pan eucarístico realmente es la carne de Jesús?

El domingo, 25 de julio de 2021

 EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15)

En diciembre el presidente Biden recibió su primera dosis de la vacuna contra el virus.  La foto del evento fue publicada en muchos periódicos a través de América.  Fue un signo que la vacuna no es peligrosa sino provechosa, de veras una salvavida.  Más que reportes científicos la foto tiene el poder para llegar a la conciencia humana.  En el evangelio, Jesús actúa un signo con efecto semejante cuando da de comer a la muchedumbre.

Jesús ha realizado varios signos antes.  Curó a los enfermos, y una vez cambió agua al vino.  Pero nunca ha cumplido nada tan impresionante como multiplicar unos pocos panes y pescados para alimentar a miles de personas.  Lo logra con sobras para satisfacer a otras docenas.  Jesús no sólo quiere nutrir a la gente.  Su mayor preocupación es que ellos lo tomen a él como el pan de la vida eterna.  Ahora la gente llega a reconocerlo como “el profeta que habría de venir”.  Desgraciadamente, todavía no se dan cuenta del significado de sus palabras. 

En la lectura la gente viene a hacerle a Jesús rey.  Piensan que él les dará pan sin que ellos trabajen.  Están equivocados en dos maneras.  Primero, no se dan cuenta cómo el trabajo constituya una bendición irremplazable.  En este mundo los hombres y mujeres se prueban a sí mismos como dignos, al menos en parte, por el trabajo.  Desarrollan tanto sus cerebros como sus músculos en el empeño de producir cosas y servicios útiles para los demás.  Trabajan también para comprar comida, ropa, y casa para sus familias.  Si quisiéramos una vida sin el trabajo, tendríamos una existencia primitiva como tienen los peces en una arrecifa coral. 

Segundo, la gente se equivoca cuando piensa del pan natural como lo que es más importante.  No están conscientes de que la comida más provechosa que ofrece Jesús es un compartir en su naturaleza divina.  Más que la sanación de enfermedades y más que la alimentación, un compartir de su vida promete el consuelo y el amor.  Les darán una vida más productiva en la tierra que les dirigirá a la felicidad eterna.  Esto no quiere decir que su camino siempre sea sin cuestas. No se recibe este consuelo sin el sufrir.  No se conoce este amor sin la muerte a sí mismo. 

En el evangelio todos comen hasta saciarse.  Así debemos hacer también.  El pan que nos provee Jesús es su propia carne en forma de la hostia eucarística.  Tomándola en la fe, nos haremos inclinados a trabajar no solo para el bien de nuestras familias sino también para los demás.  Sea cuidando a niños o cortando césped, con el pan que es Jesús nuestros cerebros y músculos crearán un mundo mejor.  Entonces experimentaremos algo del consuelo y del amor que culminarán en la plenitud al final de los tiempos.  Su consuelo y amor culminarán en la plenitud al final de los tiempos.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Cómo el recibir la hostia en la misa afecta mi trabajo cotidiano?


El domingo, 18 de julio de 2021

 DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34)

Hay una tendencia entre los jóvenes que preocupa a nuestros obispos.  Con mucha frecuencia los jóvenes no quieren identificarse con la religión.  No importa que sean bautizados, no quieren considerarse miembros de ninguna comunidad de fe.  Por esta razón, se les refiere a estos jóvenes como los “ningunas”.  Dicen las ningunas que no existen normas absolutas para determinar lo bueno y lo malo.  Más bien el sentido común y la ciencia los guiarán en las situaciones difíciles. Por eso, el sexo antes de casarse les parece bueno como también el cambio constante de trabajos simplemente para ganar más dinero.

Seguramente, los ningunas no son los únicos que alarma a los líderes de la Iglesia.  Un tal grupo pequeño pero resoluto consiste en los católicos progresistas completamente desilusionados con la jerarquía.  No aguantan más a los líderes de la Iglesia por varias razones. En una época los obispos no hacían mucho caso del abuso sexual.  Siguen ahora no ordenando a mujeres como sacerdotes ni permiten a los sacerdotes que han casado celebrar la Eucaristía.  Prohíben a los divorciados y vueltos a casarse a recibir la Santa Comunión.  Este grupo rebelde a menudo forma sus propias comunidades eucarísticas con su clero no autorizado.

En las palabras del evangelio de hoy los ningunas y los rebeldes son como “ovejas sin pastor”.  No parecidos a la gente en el pasaje, ninguno busca a un pastor. No obstante, Jesús, el Buen Pastor, busca a ellos.  Él se compadece a todos para que no arruinen sus vidas.  No quiere que los jóvenes pierdan sus almas en la búsqueda de placer y la plata.  Ni quiere que los rebeldes sigan amargándose por no tener las cosas según su manera de pensar.

Más bien Jesús quiere guiar a ambos grupos a la paz.  La lectura de Efesios hoy llama a Jesús “nuestra paz”.  Él es nuestra paz porque ha llamado a todas las gentes a un pasto común que proporciona la vida.  Eso es el verdadero bien de la vida humana la cual termina en la vida divina.  En este pasto se nutren hispanos, europeos, negros y asiáticos.  Por supuesto, muchos eligen no entrar el pasto de Jesús.  No obstante, la mayoría de los humanos le admira y, hasta un punto, lo emula por haber dado su vida por amor a los demás.

En el evangelio Jesús primero muestra la compasión a sus apóstoles cansados.  Los lleva a un lugar tranquilo para que se descansen.  Lo muestra de nuevo cuando ve a la gente andando como si fuera perdida.  No demora enseñarles.  Querremos pedirle a él en la oración que ayude a nuestros hermanos perdidos hoy en día.  Tiene más modos para resolver los problemas que se puede imaginar.  Siempre queremos aprovecharnos de su buena voluntad.

Más que esto, nosotros deberíamos seguir con nuestros compromisos para que los grupos distanciados de la Iglesia vean sus frutos.  En primer lugar, no debemos imitar sus errores por abandonar las tradiciones de la Iglesia.  A veces encontramos a un viudo y una viuda cohabitando en lugar de casarse para que no pierdan los ingresos de un esposo muerte.  Tal acción desafía ambas la ley de Dios y la ley del estado.  Asimismo, que sigámonos con nuestras obras caritativas.  Hoy en día no es necesariamente los curas que recuerden a los demás de Jesús. Son las Misioneras de la Caridad y los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paul que los hacen pensar en el Señor.

Como la Carta a los Efesios llama a Cristo “nuestra paz”, el profeta Jeremías en la primera lectura lo anticipa como “’nuestra justicia’”.  Jesús es la justicia que hace a nosotros hermanos y hermanas al uno al otro.  Es la justicia que les quita a los progresistas la amargura que les impide nutrirse en el pasto del Señor.  Es la justicia que transforma a los ningunas en sus seguidores comprometidos.  Jesús es nuestra paz y justicia.


PARA LA REFLEXIóN:  Cóm ha sido Jesús la paz y la justicia entrus usted y sus asociados?

El domingo, 11 de julio de 2021

 DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO, 11 de julio de 2021

(Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13)

Un escritor cuenta cómo una pareja casada le predicó.  Dice que la mujer siempre era la vida de la fiesta.  Pero cuando recibió la diagnosis del cáncer de la garganta, cambió su modo de vivir.  En lugar de salir a fiestas, tuvo que luchar con la enfermedad.  Pero nunca perdió la paz.  Dice el autor que el cáncer era su cruz, y la paz vino porque ella sabía que, llevándola, terminaría en el cielo.  Sigue el escritor que su marido nunca dejó su cabecera.   Cuando sus amigos le invitaron a recrearse en un partido de beisbol o paseo en la bicicleta, él siempre les rehusó.  Dijo: “Estoy exactamente donde quiero estar”.  Según el autor, los dos se acercaron a Dios en el amor.

El papa Francisco, como sus predecesores, ha pedido que todos nosotros cristianos prediquemos.  Dice que somos “discípulos misioneros” llamados a transmitir la buena nueva a los demás.  No debemos decir a nosotros mismos como Amasías dice a Amos en la primera lectura: “’Vete de aquí, visionario…’”  Como Jesús envía a sus doce discípulos en el evangelio, nos envía a nosotros. 

Que no nos preocupemos.  No es de todos a predicar en el púlpito del templo.  Ni siquiera es necesario que hablemos cuando predicamos.  Podemos anunciar el amor de Dios con nuestras vidas dedicadas a la virtud.  Los padres mostrando el afecto a uno a otro predica a sus hijos.  En una sociedad donde cada vez más se separa el sexo del matrimonio, les proclaman la virtud del amor en el contexto del matrimonio.  Un predicador cuenta de sus padres bailando brazo en brazo en el salón de su casa.  Impresionaron a sus tres hijos que el sacramento del matrimonio abarca el amor romántico.

En la lectura Jesús imparte algunas reglas que todavía sirven en nuestros intentos a proclamar el evangelio.  Jesús dice a los apóstoles que lleven “nada para el camino”.  Quiere que su dependencia en la Divina Providencia sea otro testimonio a la bondad de Dios.  Hoy en día el matrimonio que acepta una familia grande como don de Dios, predica la misma Divina Providencia.

Querremos repartir el mensaje del amor de Dios a todos, incluyendo a la gente con dificultades.  Las familias bendecidas con un hijo con el Síndrome Down exhiben este amor.  Desgraciadamente nuestra sociedad a menudo muestra el desdén para los discapacitados.  Sin embargo, estos “niños especiales” a menudo se hacen la fuente de un cuidado para los demás en sus familias.  En el evangelio Jesús amonesta a los doce que no vayan de una casa a otra en búsqueda de la comodidad.  Así no debemos buscar lo ideal en otras familias con características más en línea de las normas para nuestra sociedad.  No, queremos dar gracias a Dios por nuestras familias tan distintas que sean.

Jesús manda a sus discípulos que echen demonios.  Existen en números más grandes que imaginamos.  Son las mentiras y errores que prevalecen hoy en día.  Una tal idea es que el muchacho tiene el derecho de escoger su propio género.  Creemos como, dice la ciencia, que el género es determinado por la composición de los cromosomas: en la gran mayoría de los casos o como un varón o como una mujer.  La disforia del género, cuando una persona con los cromosomas de un varón piensa que es mujer o viceversa es una enfermedad psicológica seria.  Predicamos la verdad cuando mostramos la compasión y comprensión a aquellos que la sufren.  Sin embargo, sería un error tratarlos como si tuvieran la razón acerca de su género.

La segunda lectura nos invita a dar gracias a Dios Padre por todas sus bendiciones.  Fácilmente podemos nombrar tres modos en que somos bendecidos. Nos ha enviado a Jesucristo como compañero y salvador nuestro.  Nos ha colocado en una comunidad de personas santas, aunque no perfectas.   Y nos ha llamado a predicar a los demás su bondad y amor.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué valores predico a los demás?  ¿Que más podría hacer?