El domingo, 9 de diciembre de 2018


SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

(Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6.8-11; Lucas 3:1-6)


De todos los millones de discursos en la historia de los EEUU pocos han tenido más impacto que el Discurso de Gettysburg.  Muchos alumnos lo repiten de memoria y la mayoría de los americanos recuerdan la primera frase.  El autor del discurso era Abrahán Lincoln, el presidente de la republica durante su prueba más grande: la guerra civil.  Como persona culto él sabía la necesidad de situar un evento en la historia para resaltar su importancia.  Por eso comenzó el Discurso de Gettysburg: “Hace ocho veintenas y siete años”...  Por el mismo motivo el evangelista Lucas presenta a Juan Bautista en el evangelio hoy de modo semejante.  Dice:En el año décimo quinto del reinado del César Tiberio…”

Hay otras comparaciones entre el discurso de Gettysburg y el evangelio que leemos hoy.  Como la guerra civil casi desgarró los Estados Unidos, Juan predica durante una época de fracaso para Israel.  La soberanía de la tierra pertenece a Roma.  Aun cuando era independiente, Israel fue mal dirigido por sus reyes.  Los judíos no tienen autonomía porque no han vivido justamente.  Han abandonado la Ley tanto como los americanos habían dejado la moral por esclavizar la raza negra. 

En el discurso Lincoln mencionó la esperanza de “un nuevo nacimiento de libertad”. Estaba proclamando un nuevo comienzo del país.  No más una raza menospreciaría a otra.  Más bien al menos el propósito era que los negros y los blancos caminaran con la misma dignidad.  Asimismo en el evangelio Juan lleva gran esperanza para Israel.  No más los ricos se desconocerían de los pobres viviendo en su medio.  No más los soldados se aprovecharían de los civiles.  Más bien el mesías vendrá para crear una sociedad que glorifica a Dios por su apoyo mutuo.

Juan no se entiende a sí mismo como el mesías de Israel sino el que viene para preparar su camino.  Habla como si fuera peón rompiendo la tierra para que el agricultor la siembre y cultiva.  En este momento ni sabe quién sea el que viene para establecer el nuevo orden.  Aquí hay una diferencia entre nosotros y Juan.  Nosotros conocemos a Jesús como el salvador con la sabiduría y el poder de Dios.  Él va a volver para recrear la humanidad de modo que todos vivan en la paz.

Pero en otro aspecto somos todavía parecidos a Juan.  Como él tenemos que preparar al mundo por la venida de Cristo.  Tenemos que romper la dureza del corazón que vemos en todos lados incluyendo en nosotros mismos.  En muchas partes la solidaridad entre la gente está disminuyendo.  Muchas parejas no quieren casarse sino vivir juntos con cuentas bancarias separadas.  Si desean a hijos, los consideran como medios para cumplir sus propios deseos.  En muchos casos tampoco quieren dar a sus hijos la atención que necesitan para crecer fuertes, cariñosos, y sabios.  Esto significaría que hagan  el compromiso de no divorciarse nunca.  Incluiría la intención de amar a uno y otro con todas sus fuerzas.  También llamaría el sacrificio al menos en parte de sus carreras por el bien familiar.

Entonces si tenemos que preparar la sociedad para Cristo como Juan Bautista ¿qué vamos a hacer?  No vamos a rondar en el desierto predicando el arrepentimiento, pero tenemos posibilidades.  Los matrimonios pueden vivir su compromiso mutuo como testimonio de su fe en Jesucristo.  Pueden educar a sus hijos e informar a los asociados del propósito verdadero de la intimidad sexual.  No es la gratificación de la persona sino el desarrollo como personas humanas de los matrimonios y la procreación de hijos.  Todos nosotros podemos preocuparnos menos en nosotros y más en los que están luchando para sobrevivir. 

En la primera lectura el profeta Baruc dice a la gente que el tiempo de la lamentación ha terminado.  Ya no tienen que andar cabizbajos en vestidos de luto.  Interesantemente no dice que se pongan de ropa de lujo sino de la justicia de Dios. Además especifica que la gente dé la gloria de Dios por criar a hijos preparados a caminar en paz con personas de otras partes.  La visión de Baruc se ha amplificado por Jesucristo, la sabiduría de Dios.  Ahora nosotros, sus seguidores, queremos no sólo la solidaridad entre personas sino también entre los pueblos.  Queremos que nuestros hijos anden en paz no sólo con sus compañeros de la misma raza o religión.  Más bien les educamos para que traten a todos con la justicia.  Vamos a realizar todo esto cuando regrese Jesucristo.  No obstante, es de nosotros a preparar su camino.

El domingo, 2 de diciembre de 2018


El Primer Domingo de Adviento

(Jeremías 33:14-16; Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-28.34-36)


No es secreto.  Mucha gente sufre en el mundo hoy.  Entre nosotros los inmigrantes se preocupan de ser devueltos al país de su origen.  Además no pueden visitar con sus familiares.  En el medio oriente los civiles están involucrados en guerras sangrientas.  Este sufrimiento puede estallar en injuria y dolor rápidamente. En Centroamérica los campesinos enfrentan las amenazas continuas de los narcotraficantes y pandillas.  Así viven con la preocupación que sus hijos se metan en la violencia.  Se puede ver conflictos parecidos en las lecturas de esta misa.

En la primera lectura Jeremías está consolando a los jerusalemitas.  Según el profeta, porque han abandonado los mandamientos, Dios les ha entregado en las manos de los babilonios.  Ahora están enfrentando el desmoronamiento de su ciudad y la deportación de mucha población.  A pesar de todo, Jeremías extiende la esperanza que Dios resucite el reino de David.  Cuando lo haga, no habrá más la corrupción sino la justicia en todas partes.

En el evangelio Jesús prevé los fines de tiempo.  Porque el evangelista Lucas escribe después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en al año 70, se incluyen en la predicción de Jesús los eventos que tuvieron lugar en el catástrofe.  La gente muere “de terror y de angustiosa espera”.  En medio de este desastre venidero Jesús ofrece a sus discípulos la esperanza.  Dice que él mismo llegará para salvarlos.  Para qué les reconozca, ellos han de evitar “el libertinaje, la embriaguez, y las preocupaciones de esta vida”.  Más bien, tienen que vivir velando y orando continuamente.  En su regreso al mundo Jesús se fijará en sus obras buenas ellos y les rescatará.

Este mensaje realmente no es nuevo.  Unos treinta años antes de Lucas, Pablo escribió a los Tesalonicenses que vivieran con el amor mutuo.  Estaban esperando la venida del Señor pronto.  Sin embargo, no ha venido Jesús en carne y hueso ni en el tiempo de Pablo ni en el tiempo de Lucas hasta el día hoy.  Entretanto las guerras siguen amenazando a los pueblos.  Pero aun si no nos encontramos en medio de bombas y ametralladoras, aun si tenemos los documentos para vivir en esta tierra, no estamos libres de problemas.  Enfermedades, el futuro de los hijos, las dificultades con el trabajo y docenas de otras preocupaciones siempre nos acosan.  Entonces ¿cómo vamos a enfrentar estos apuros?

Sobre todo tenemos que mantener la esperanza en el Señor.  Rezamos a él y guardamos sus mandamientos como signos de nuestra confianza.  Él vendrá definitivamente al final de los tiempos, pero se hace presente ahora en diferentes formas.  Escuchamos su voz en la palabra de Dios.   Tocamos su cuerpo y sangre en el sacramento del altar.  Lo percibimos cuando nos presta la mano otra persona.  En torno deberíamos reconocernos a nosotros mismos como miembros del Cuerpo de Cristo.  Particularmente en este Evangelio de Lucas Jesús exige que hagamos lo que se pueda para aliviar el sufrimiento de los pobres. 

Hoy encendimos la primera velita en la corona de Adviento.  Ella significa mucho a nosotros esperando la venida del Señor al final de los tiempos.  Sobre todo la velita encendida simboliza a Cristo, luz del mundo, que viene para salvarnos  También, la velita representa a todos hombres y mujeres que se encuentran en apuros.  Ellos quieren ser rescatados por el Señor.  Finalmente, la velita encendida es nosotros haciendo lo que se pueda para ayudar a los demás.  Aunque sea pequeña, la velita significa mucho.

El domingo, 25 de noviembre de 2018


Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

(Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37)


“’¿Qué es la verdad?’” Pilato responde a Jesús en el evangelio hoy. No es que quiera debatir la filosofía.  Pilato es gobernador romano con miles de tropas bajo sus órdenes.  La verdad para él significa ocupar esta fuerza para el bien del imperio.  Si es necesario poner a muerte a Jesús para evitar problemas con el pueblo, esto sería la verdad. 

Los judíos tienen otro concepto de la verdad.  El sumo sacerdote lo ha declarado en un pasaje previo en este evangelio.  Dijo que le conviene al pueblo que una persona muera antes de que la nación perezca.  Él sabía que si Jesús siguiera atrayendo a la gente, los romanos cerrarían el culto en el Templo.  Para los judíos la verdad es mantener la Ley de la Antigua Alianza a todos costos. Si el ministerio de Jesús está amenazando el culto del Templo, entonces ello tiene que ser eliminado. Nos parece  extraño porque significará poner a muerte a un mensajero de Dios.

Durante la última cena, Jesús contó a sus discípulos que él es la verdad.  Quería decir que él es el camino verdadero a la casa del Padre.  Si un hombre o una mujer desean llegar a esta casa, tienen que ir por él.  Y ¿quién no quiere estar en la casa del Padre?  Como queremos estar en casa para la Navidad, queremos llegar al Padre que nos ama individual e incondicionalmente. 

Jesús no se declara solamente como la verdad sino también como rey.  Sin embargo, precisa a Pilato que su reino no es de este mundo.  Quiere decir que su reino no tiene que ver con la constante búsqueda de plata, placer, prestigio, y poder.  Más bien constituye de otros valores como la solidaridad, la justicia y el amor.  Siendo nuestro rey, Jesús exige que vivamos estos valores. 

Esto no es fácil porque vivimos en un tiempo del individualismo.  Ahora la gente se enfoca casi siempre en su propio bien.  No les importa tanto lo que pase a los demás.  Sí hay una preocupación por sus padres y hermanos.  Pero estas relaciones también pueden ser disminuidas como se puede ver en los asilos donde algunos ancianos no reciben visitantes. 

Podemos ver otro instante del individualismo lamentable alrededor del árbol navideño. Los niños lloran si no reciben los regalos que han puesto en su lista.  Para economizar los adultos a veces adoptan el sistema en que cada uno saca el nombre de un familiar a quien va a dar un regalo.  Parece bien esta idea hasta que comiencen a nombrar el regalo por color y talla que quieren recibir de su “Santa Claus”.  Se ha perdido el sentido del “regalo perfecto” para lo cual poníamos bastante atención.  Ahora todo es para gratificar al individuo.  Se puede lamentar también cómo por las compras de Amazon no tenemos la oportunidad de encontrar a la gente común.  No nos acogemos con el saludo del tiempo a las dependientes en las tiendas, los Santa Claus del Ejército de la Salvación pidiendo aportes, u otras compradoras en la calles. 

La segunda lectura describe a Jesús con otros nombres.  No sólo es la verdad y el rey sino también “el principio y el fin”.  Hemos visto Jesús como el fin cuando hablamos de él como el camino al Padre.  ¿Cómo es Jesús el principio?  Era con el Padre en la creación del universo.  Pero más al caso Jesús es la fuente de la vida por los demás.  Él nos ha demostrado cómo sacrificarnos por el bien del otro.  Aún más, Jesús nos fortalece para servir con la Eucaristía. Comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre nos asumimos en su amor divino.  Ya podemos buscar regalos con todo el discernimiento necesario para encontrar el “regalo perfecto”.  Ya podemos visitar a los ancianos en el asilo con los saludos apropiados en todos los tiempos.

E domingo, 18 de noviembre de 2018

EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO

(Daniel 12:1-3; Hebreos 18:11-14.18; Marcos 13:24-32)


Siguen viniendo.  Siete mil personas – hombres, mujeres, y niños – están en marcha.  Por la mayor parte son hondureños.  Pero hay guatemaltecos, y probablemente salvadoreños y mexicanos también.  Están atravesando México con miras a la frontera con el EEUU.  Allá van a declararse como refugiados.  ¿Quién puede negar que han experimentado la violencia en sus pueblos? Son personas perseguidas aunque no es cierto que puedan convencer a los jueces americanos de sus casos.  De todos modos son como las gentes en las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura el “tiempo de angustia” refiere a la persecución de los judíos en el segundo siglo antes de Cristo.  Entonces los griegos regían a Israel.  Trataron a convertir a los judíos al paganismo por fuerza.  Aunque no se sabe quién la escribió, se presume que los dirigidos de la Carta a los Hebreos eran cristianos judíos.  A lo mejor no estaban perseguidos por una fuerza exterior sino por las dificultades de vivir la fe en el mundo.  No obstante, el autor identifica estas pruebas como hombres cuando dice que Cristo está aguardando “a que sus enemigos sean puestos bajo sus pies”. 

El evangelio narra la predicción de Jesús sobre la persecución de sus discípulos en el tiempo venidero.  Cuando dice que será “gran tribulación”, los cristianos del primer siglo tendrán en cuenta varios crímenes del imperio romano.  Cuando el emperador acusó falsamente a los cristianos de poner fuego a Roma, creó una reacción atroz entre la gente.  San Pedro y San Pablo entre muchos otros cristianos fueron martirizados.  También, las turbas ahuyentaron a muchas cristianos de la ciudad. 

Las persecuciones contra la Iglesia no han cesado hasta el día hoy.  Hace unos años el Estado Islámico publicó en el Internet un video mostrando el degollar de trientes hombres cristianos.  Ahora los radicales en Pakistán están insistiendo que una cristiana sea ejecutada por supuestamente blasfemando al profeta Mohamed aunque la Corte Suprema allá le ha declarado inocente.  Sí es la verdad que la mayoría de los cristianos en el mundo no tienen que preocuparse de la pérdida de vida.  Sin embargo, a menudo enfrentan la persecución de modos más sutiles.

Por ejemplo, algunos diputados no pueden votar con su consciencia sobre el aborto por miedo de perder el apoyo de su partido político.  También, muchos jóvenes entran en guerra contra sus conciencias por miedo de perder una experiencia considerada buena.  Los medios masivos les hacen sentir como desvalidos si no tienen relaciones antes de casarse.  Aun los trabajadores están perseguidos.  Puede ser por un jefe que siempre les corrige aun cuando hacen todo bien.  Puede ser por las palabrotas de compañeros que les quitan la paz.  Puede ser por el pago insuficiente para cubrir las necesidades de la casa.  No saben qué hacer cuando no se oyen sus quejas y no es factible buscar otro empleo.

En el evangelio el Señor Jesús promete a sus discípulos que vendrá cuando la situación parezca no aguantable.  Rescatará a su pueblo de la persecución y terminará sus dolores.  Tan cierto como la higuera echa hojas en el verano, Jesús premiará a sus fieles con la salvación.

Hasta entonces es de nosotros a seguir luchando.  Pero no deberíamos pensar que estemos en la guerra solos.  Pues tenemos el apoyo de Jesús mismo.  Él forma a otros fieles mujeres y hombres para aliviarnos.  Él despacha al Espíritu Santo para iluminarnos a discernir entre lo bueno y lo malo.  Sobre todo él nos viene en el sacramento que ya estamos para recibir.  Su Cuerpo nos dará sustento para resistir las tentaciones.  Su Sangre nos levantará el ánimo para mantener el gozo a pesar de las dificultades.  En el Día de Acción de Gracias qué no olvidemos a agradecer a Dios por el acompañamiento de Jesús.

El domingo, 11 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMA SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO 
(I Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)


Hoy en día cada persona quiere ser reconocida como individuo.  Todo hombre y mujer quiere que los demás le identifiquen por su tatú, por su corte de pelo, por su modo no apropiado de hablar, o por otra cosa particular.  Por la mayor parte, no quiere participar en grupos más organizados que los fanáticos de su equipo de fútbol.  No quiere ser miembro de los Caballeros de Colón, de las Guadalupanas, o aun del sindicato.  Ciertamente la persona contemporánea está ocupada.  Y eso es parte del problema.  Porque quiere vivir con todas las conveniencias de los ricos, trabaja demasiado.  Se olvida de que la riqueza más satisfaciente es la red de relaciones, particularmente su relación con el Señor.

Se puede tener una vislumbre de este tipo de comportamiento en el evangelio.  Los escribas andan buscando la admiración de todos.  Llevan ropajes grandiosos y toman los puestos más altos para que otras personas los vean como importantes.  Viven ni para Dios ni para otras personas sino para sí mismos. 

En contraste hay la viuda.  Es pobre y humilde.  No tiene nada más en toda su posesión que dos moneditas.  Se supondría que las gaste por su propio bien – tal vez para comprar un dulce o colorete para sus mejillas.  Pero  ella no piensa como la mayoría de la gente.  Echa las dos moneditas en la alcancía del Templo para glorificar a Dios.  Cuando regrese a la casita donde vive, ella tendrá que relacionarse con otras personas para sobrevivir.  Tal vez pida un pedazo de pan de un vecino y algún queso del otro.  Quizás piense que puede lavar ropa para que tenga algo para dar al Templo en la próxima semana.

No cabe duda a lo cual Jesús favorece.  No sólo pronuncia un elogio por la viuda sino también la imitará.  Dentro de poco Jesús va a estar echando en la cruz “’todo lo que tenía para vivir’”.  En esta acción aún más que en su encarnación Jesús estará uniéndose con la humanidad.  La segunda lectura de la Carta a los Hebreos explica que Jesús lo hará “para quitar los pecados de todos”.  Es su solidaridad con la gente en la muerte, que no mereció, que nos permite vivir con la esperanza.  Por acercarse a nosotros en todo, incluyendo la muerte, nos creó un destino de la gloria. 

El sacrificio de Jesús es como aquel de una mujer embarazada que contrajo el cáncer del útero hace varios años.  Para curar el cáncer la mujer pudiera haber tenido el útero quitado.  Pero tal sugería habría significado la pérdida de su bebé.  Para asegurar la vida de su hijo, la mujer esperaba hasta que naciera él.  Desgraciadamente por entonces el cáncer había desarrollado tanto que quitó su vida.  Pero su hijo sobrevivió la ordalía hasta, presumo, el día hoy. 

De alguna manera tenemos que seguir a Jesús.  Como él se identificó con nosotros por su muerte, tenemos que identificarnos con él por el cuidado de los demás.  El problema no es que no haya organizaciones e individuos pidiendo ayuda.  Estos sobran.  La dificultad se encuentra en nuestro corazón.  La mayoría de nosotros  están contentos de sentarse delante del televisor toda la noche.  La mayoría de nosotros preferían ser conocidos como importantes que serviciales.  A la mayoría de nosotros les gustan las “me gustas” de “amigos” en Facebook que las “gracias” de personas que hemos ayudado.

Sería bueno mantener en cuenta la primera lectura.  Cuando la viuda da al profeta el pancillo que pidió, recibe la promesa de no faltar los alimentos hasta que el Señor mandé la lluvia.  La promesa a nosotros por seguir a Jesús es aún más impresionante.  Nos promete la vida eterna.  Dios nunca abandonará a aquel que lo sirva.  Más bien lo recompensará con la vida eterna.

El domingo, 4 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO

(Deuteronomio 6:2-6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34)


Se dice que cuando lleguemos a la vida eterna, no tendremos la elección de amar a Dios.  Su belleza y bondad nos abrumarán tanto que no podremos resistirlo.  Sin embargo, hasta entonces tenemos que esforzarnos dar a Dios la atención que merece.  Por eso, Jesús contesta al escriba que el primer mandamiento es amar a Dios.

El escriba viene a Jesús como persona sincera.  No quiere enredar a él Jesús en contradicciones como otros escribas en Jerusalén.  Sólo quiere pedir su modo de ver en una cuestión prioritaria.  Es así con nosotros también.  Antes de nada queremos saber nuestras responsabilidades para ponernos firmemente en el camino a la vida eterna.   

Jesús no demora en responder al escriba.  Como si hubiera contemplado esta pregunta, responde no sólo con el primer mandamiento sino también con un segundo.  Sobre todo – dice – tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.  Entonces somos para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

A lo mejor el escriba se pregunta por qué Jesús habla de amar a Dios con “toda la mente”.  Pues el mandamiento de amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, y con todo las fuerzas” comprende la frase que los judíos deberían repetir dos veces por día.  Se lo ve en la primera lectura.  Entonces, ¿qué es este de amar a Dios “con la mente”?  Puede ser que Jesús se preocupe que la gente desviará del camino recto por ideas extrañas.  Tenemos muchos testimonios en las cartas del Nuevo Testamento de este problema. 

En el tiempo del escribir de los evangelios la cuestión principal era quién es Jesús.  ¿Es hombre o es Dios?  ¿Es profeta o es sacerdote?  El autor de la Carta a los Hebreos asegura a sus lectores que Jesús es tanto divino como humano.  Dice también que Jesús es sacerdote ofreciendo el sacrificio perfecto a Dios tanto como profeta hablando por Él.  Hoy en día tenemos otras inquietudes.  Uno es si Dios nos aceptará en la vida eterna con pecados grandes no confesados.  Algunos piensan que a Dios no le importan nuestras acciones porque ama a todos.  Sí es cierto; Dios nos ama.  Pero precisamente por esta razón nos trata como personas responsables.  Si le damos la espalda con pecado mortal, Él no va a forzarnos verlo.  Nos llamará atrás, pero a lo mejor nos dejará solos si seguimos abandonándolo en nuestra terquedad. 

El segundo mandamiento es más directo.  Hay que decir primero que Jesús no nos manda a amar a nosotros mismos.  Como dice un sabio, este es un fuego que no necesita el soplo.  El mandamiento reconoce que nos amamos a nosotros mismo por la naturaleza.  Esto no es malo sino instructivo.  El mandamiento exige que amemos a los demás con el mismo empeño.  Como buscamos a nuestro propio bien, deberíamos esforzarnos por el bienestar de otras personas.  Esta regla aplica no sólo a comida, ejercicio, y descanso sino también al estudio y la moral.  Queremos ayudar a nuestros prójimos desarrollarse en cuanto sea posible. 

Aun con las muchas conveniencias en nuestro medio, no es fácil vivir hoy en día.  Los vientos desequilibradores nos soplan en todas las direcciones.  Los celulares no sólo facilitan la comunicación sino también presentan imágenes que tientan la castidad.  Los televisores no sólo traen las noticias sino también siembran el descontento.  En este evangelio Jesús nos recomienda dos ayudas para mantenernos en el camino a la vida eterna.  Amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo como a sí mismo nos guiarán a nuestro destino venga lo que venga.  Amar a Dios y al prójimo es todo lo que tenemos que hacer.

El domingo, 28 de octubre de 2018


EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)


Hay una historia anciana acerca de un genio y un pescador.  En la tierra de mitos los genios son espíritus inteligentes.  Pasó que el genio se atrapaba en una botella tirada en el mar.  El pescador encontró la botella, y la abrió.  Salió el genio muy agradecido a su libertador.  Le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?”  Ésta es la misma pregunta que Jesús dirige al ciego en el evangelio hoy.  También es la pregunta que le dirigió a Santiago y Juan en el evangelio hace ocho días.  Comparando las respuestas de los dos grupitos, podemos aprender algo valioso para la vida de hoy en día.

Dios Padre nos ha enviado a Su Hijo como señal de Su amor.  Por eso Jesús nos pregunta a nosotros tanto como a los hijos de Zebedeo y al ciego: “’¿Qué quieres que haga por ti?’”  No querremos desgastar la oportunidad pidiendo un favor frívolo: que sea un día bonito mañana por ejemplo.  Ni querremos pedir algo vano como que me toque la lotería.  Este es el tipo de deseo que expresan Santiago y Juan cuando respondieron a Jesús que se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda en su Reino.

Sería mucho más provechoso si respondemos a la pregunta de Jesús como el ciego Bartimeo.  El dice: “’Maestro, que pueda ver’”.  No deberíamos pensar que ya tenemos la vista.  Sí a lo mejor podemos distinguir el color rojo del color azul y un círculo de un cuadrado.  Sin embargo, no las propiedades físicas de las cosas que no vemos claramente sino su verdadero valor.  La capacidad de determinar lo que es realmente beneficioso para nosotros y lo que nos hará daño es lo que significa: “’...que pueda ver’”.  Para probar que esto es lo que quiere Bartimeo sólo tenemos que mirar lo que hace cuando recupera la vista.  No invita a sus compañeros a celebrar su dicha.  Ni regresa a casa para enseñarse a su familia.  No, el evangelio lo pone de relieve: “…comenzó a seguirlo (eso es, a Jesús) por el camino”.  En otras palabras al recibir la vista de Jesús, Bartimeo se hace en discípulo del Señor.

Y ¿qué querríamos buscar con una verdadera vista?  Una cosa que querría buscar yo es lo bueno de otras gentes y no primeramente sus faltas.  Muchas veces juzgo mal por fijarme en lo negativo de personas y de grupos.  Si podría fijarme en sus buenas características, me haría menos cínico y más contento.  Otra cosa que querría buscar en este año de elecciones es los políticos con una preocupación por los vulnerables.  Tengo en cuenta aquí a los candidatos que defenderán a los no nacidos, a los pobres, y a los inmigrantes.  Finalmente, querría buscar más colaboración entre los laicos y los sacerdotes. Querría ver a los sacerdotes compartiendo tanto el ministerio como el conocimiento del Señor. 

Si yo fuera a buscar células sanas entre células cancerosas bajo un microscopio, no podría verlas.  Pero un biólogo competente no tendría ninguna dificultad hacerlo.  Pues, tiene la vista para distinguir los diferentes tipos de células.  Nosotros queremos una vista semejante.  No nos importe la capacidad de distinguir entre las células, pero sí queremos distinguir lo bueno de lo malo.  Lo podemos hacer por seguir a Jesús.  Como Bartimeo en este evangelio, queremos seguir a Jesús.