El domingo, 24 de septiembre de 2023

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Las lecturas hoy son bastantes conocidas.  La primera es parte del capítulo fascinador del profeta Isaías en que Dios describe su palabra como la lluvia llevando vida a la tierra.  Se dice que la parábola del evangelio ha tenido la popularidad de la del Hijo pródigo en ciertos tiempos de la historia.   Y la segunda lectura de la Carta a Los Filipenses da una de las confesiones más íntimas del apóstol Pablo.  Vamos a dejarla para otro tiempo para reflexionar sobre el evangelio mediante el ojo del profeta.

En un sentido no es nada nuevo que los caminos del Señor son diferentes de nuestros.  Después de todo, Dios es de una orden diferente de la nuestra.  De hecho, es absurdo tratar de compararnos con Dios.  Él no es un ser entre otros seres como algún otro hombre o mujer.  Es la base de todo ser.  Por eso, cuando hablamos de Dios, siempre hablamos en un modo analógico que es a decir “algo semejante”.  Es necesario que nos demos de que Él es misterio más allá de nuestra comprensión.  Es como hablamos de nuestro perro “amándonos” cuando se recuesta a nuestros pies.  Esta muestra de afecto ni siquiera se acerca el amor de un hombre y una mujer que se han entregado a uno a otro en un matrimonio fiel.  Aunque no podemos aproximarnos a Dios en ninguna forma, todavía Jesús nos llama a ser parecido a Él.  En el Sermón del Monte, dice a sus discípulos: “Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Ma 5,48).  

Con ambas la distinción entre Dios y nosotros y el mandato de imitar a Dios en mente, podemos examinar el evangelio.  La historia que cuenta Jesús aquí cumple la definición clásica para parábola como un cuento tomado de la vida ordinaria cuya conclusión sorprende de modo que cause al escuchador recapacitar su vida.  Ciertamente al escuchar la parábola del “Buen samaritano”, los judíos tuvieron que recapacitar su actitud hacia los samaritanos.  La parábola de “Los obreros de la viña” funciona de la misma manera.  Tanto como los obreros empleados en la madrugada, nosotros estamos sorprendidos cuando ellos reciben el mismo pago como aquellos que trabajaron solo una hora.  Pero así es Dios: más generoso que se puede imaginar.  No es injusto a nadie; paga a aquellos empleados en la mañana el denario comprometido.  Pero no tiene dudas acerca de tratar a otros con gran generosidad. 

Se ha usado esta parábola para entender como los griegos podrían heredar el Reino de Dios tanto como los judíos que practicaban las exigencias de la Ley por siglos.  También se puede usarla para explicar cómo algunos nacidos en familias sólidas donde sus padres los criaban tanto en la fe como en el amor pueden tener el mismo destino como algunos que por deficiencias en su crianza luchaban para vivir justos.  Sin embargo, la parábola se abre a otro tipo de interpretación.  Nos pide que tratemos a todos con la generosidad de Dios si se lo merecen o no.

En nuestra casa a veces alguien deja sus trastes sucios en el fregadero.  Cuando los veo, me siento indignado porque la persona que los dejó debería darse cuenta de que cada uno tiene la responsabilidad de limpiar sus propios trastes.  Esta actitud no es necesariamente injusta, pero tampoco imita los modos de Dios.  Ciertamente los santos limpiarían los trastes de los demás.  De hecho, San Martín de Porres ayudó a todos, ricos y pobres, dando lo que tuviera sin medida.  Todos nosotros somos llamados hacer asimismo por nuestra aceptación en la familia de Dios.

Ser generoso como Dios exige mucho de parte de nosotros.  Pero no es imposible.  Con Jesucristo como nuestro modelo y compañero podemos cumplir su mandato.  Por ser presente en la comunidad de fe, Jesús nos apoya en la lucha.  Y en la Eucaristía, él nos fortalece para hacer cosas duras.

El domingo, 17 de septiembre de 2023

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Volvámonos una vez más a la carta magnífica de Pablo a los romanos.  La hemos sido leyendo desde junio. Pero hoy es el último domingo de este año litúrgico que la veremos.

La lectura se toma de la última parte de la carta, que provee la respuesta apropiada a la salvación en Cristo.  Pablo ha dicho que los cristianos deben conducirse en modos santos.  No deben conformarse al mundo presente.  Más bien tienen que ser transformados para que piensen y actúen según la voluntad de Dios.  Como guía, Pablo les proporciona la ley del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Ahora Pablo quiere abarcar un problema que evidentemente ha surgido en la comunidad.  Algunos comen toda la comida puesta en la mesa sin preguntarse si la comida fue ofrecida a los ídolos.  La cuestión no les importa. Entretanto otros sienten que, si fuera ofrecida a los ídolos, sería contaminada e inaceptable comerse.  Aunque Pablo mismo no tiene dificultad tomar tal comida, recomienda que cada persona sea respetuosa de las demás.   

Vemos la sensibilidad que Pablo quiere fomentar cuando un anfitrión hoy en día da a sus huéspedes una selección sin carne al viernes.  Sabe y respeta que algunos católicos mantienen la tradición de abstenerse en este día por el año entero como en la cuaresma. 

Junto con el requisito del amor Pablo está haciendo hincapié en otro gran valor cristiano: la unidad en Cristo.  El Bautismo nos ha unido a Cristo como nuestra primera referencia de existencia.  (Esto puede ser difícil para algunos.  Pere por favor, háganme caso.) Más que somos negros, blancos, o de otra raza; más que somos puertorriqueños, americanos, o chinos; más que somos Rodríguez, Figueroa, o Biden; somos de Jesucristo.  Nunca deberíamos permitir que nos separemos de él o de uno y otro en él.  Por eso, Pablo dice: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo.  Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos”.

Como siempre, se puede ver el vivir de la palabra de Dios en los santos.  El monseñor Pierre Claverie era obispo de Oran, una región de Argelia azotada por el terrorismo islámico en los 1990s.  Mons. Claverie sabía del peligro quedarse en el país, que fue su tierra nativa, pero rechazó la posibilidad de huirse.  Expresó su perspectiva a las monjas de una clausura en Francia: “Estamos aquí por este Mesías crucificado. ¡Por nada más y nadie más! … Estamos aquí como aquel que está al costado de la cama de un amigo…enfermo, en silencio apretándole la mano y secando el sudor de su frente”.  Evidentemente él podía ver a Cristo en los musulmanes que lo rodean y que también fueron victimizados por el terrorismo.  Como vivía por Cristo, el Monseñor Claverie murió por Cristo.  Fue martirizado en agosto de 1996.    En sus exequias los musulmanes llenaron la catedral diciendo: “Era nuestro obispo también”.

No es solo por razón de estar en solidaridad con los sufrientes que adherimos a Cristo.  Dice Pablo que Cristo es Señor de vivos y muertos.  Los muertos no son exterminados sino viven en Cristo.  Además, como él resucitó de la muerte, aquellos que adhieran a él resucitarán.  No nos importa que muchos no reconozcan esta esperanza.  Dos realidades la atestiguan: el testimonio de la Biblia y nuestra propia experiencia de la bondad de Dios.  Venga lo que venga, viviremos por Cristo hasta que se realice su promesa de la vida eterna.

 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Dónde has encontrado dificultad sentirse conectado a otros cristianos/  ¿Qué se puede hacer en tal situación?

El domingo, 10 de septiembre de 2023

 EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

Hemos observado que hay cinco grandes discursos en el Evangelio según San Mateo.  Comienzan con el Sermón en el Monte al principio del ministerio de Jesús.  Terminarán con el discurso sobre las últimas cosas cuando Jesús llega a Jerusalén para entregar su vida.  En el evangelio hoy escuchamos parte del cuarto discurso que trata de la iglesia.

Se piense que Jesús comience su discurso sobre la iglesia con una descripción de los varios oficios.  Sin embargo, con la excepción de nombrar a los doce como los pilares y a Simón Pedro como su segundo, a Jesús no le interesa la estructura de la iglesia.  Todo el cuarto discurso tiene que ver con el comportamiento de los miembros entre sí.  Ellos han de ser como niños apoyándose en Dios Padre.  Nunca deben dar escandalo a los débiles en su medio.  La sección hoy trata de manejar la situación delicada cuando un hermano o hermana cae en pecado.

Antes de que podemos proceder, es necesario aclarar la cuestión de juzgar.  Algunos piensan que no es del cristiano decir que otra persona ha pecado.  Proponen como prueba la frase de Jesús: “No juzguen, para que no sean juzgados” (Mateo 7,1).  Pero siempre estamos juzgando.  Si decimos “la hierba es verde”, hemos hecho un juicio.  Según los expertos lo que la frase “No juzguen…” significa es que no condenemos a nadie.  Sólo Dios tiene la autoridad de mandar a una persona al infierno.

En la lectura Jesús manda que nos acerquemos a la persona que juzgamos estar en pecado grave y pedirle que se arrepienta.  Deberíamos hacer esto en el espíritu de acompañamiento de que el papa Francisco habla a menudo.  El acompañamiento nunca rechaza ni mira al otro con desdén por haber hecho mal.  Más bien nos mueve que nos hagamos amigos al pecador para ayudar a él o ella volver a la justicia.  Muchos jóvenes están cohabitando.  Ciertamente es un pecado grave que sus familias y amistades no deben pasar por alto.  Además de transmitir la preocupación por su bien, el acompañamiento asegura a la persona de nuestro amor y trata de crear un diálogo en que la persona puede hablar de la relación.  Particularmente los padres de la pareja que cohabitan deberían acompañar a sus hijos sin promover el pecado.  

La presencia de una o dos otras personas reforzará la gravedad de la situación mientras guarda la privacidad.  Lo importante es preservar la relación del pecador con la comunidad de la fe.  La persona en pecado grave no debe recibir la Santa Comunión, pero debería sentir invitada a participar en la misa.  De hecho, la obligación de asistir en la misa dominical aplica a él o ella a pesar del pecado.

Jesús da a su Iglesia el derecho de excluir a pecadores notorios.  Tal acción tiene al menos dos motivos.  Se espera que el pecador, consciente de la gravedad de su estado, se reforme pronto.  De todos modos, los demás se darán cuenta de que tienen que evitar el pecado.  Puede ser paradójico, pero es cierto que la exclusión no es para ser exclusiva sino para conseguir y mantener la inclusión de todos.

Una otra cosa del discurso llama la atención.  Jesús incluye la oración en su enseñanza sobre cómo tratar a pecadores.  Deberíamos rezar que nuestro juicio del pecado sea atinado.  También queremos pedir al Señor la actitud y las palabras apropiadas para ganar la confianza del pecador.  Sobre todo, pedimos por el pecador que él o ella se reforme.  Confrontar a otra persona acerca de pecado siempre es cosa delicada.  Puede ser aun contraproducente.  Por eso, también queremos pedir al Señor que nos ayude aguantar las repercutiones. 

Para la reflexión: ¿Jamás has sido acusado del mal?  ¿Cómo reaccionaste?  ¿Te ayudó reformarte?

El domingo, 3 de septiembre de 2023

 VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

Según el modo común de pensar un profeta es alguien que prediga el futuro.  Pero también escuchamos cómo figuras como Martin Luther King, que no se conocen por haber predicho el porvenir sino por denunciar el pecado, también son profetas.  En el evangelio hoy vemos a Jesús haciendo ambas cosas. 

La Iglesia proporciona la primera lectura como enfoque para entender a Jesús como profeta.  Se puede decir que Jeremías es el profeta más conocido en el Antiguo Testamento.  Su libro es por mucho el más personal de todos los profetas.  En la lectura Jeremías le lamenta a Dios por la condición deplorable en que se encuentra.  Se ha agotado denunciando los pecados de Israel sin viendo el arrepentimiento.  De hecho, solo recibe la burla de la gente por sus esfuerzos para corregir sus faltas. 

Se encuentra a Jesús en el evangelio hoy en una situación semejante.  La gente ha rehusado poner fe en él.  Sus paisanos en Nazaret se escandalizaron a causa de él.  Y los fariseos lo desafían cada vez que puedan.  Sí, es cierto Simón Pedro le ha declarado “el Mesías, el Hijo de Dios”.  Pero ahora el mismo Pedro muestra poco entendimiento de lo que este oficio signifique.  Cuando Jesús, actuando como profeta, le informa que va a sufrir por ser Mesías, Pedro se lo opone abiertamente. 

Entonces Jesús se prueba como profeta en el segundo sentido de la palabra por reprochar a Pedro.  Le llama “Satanás”, el tentador que quiere desviar a la gente de hacer lo correcto. Además de haber predecir lo que le va a pasar, Jesús denuncia la presunción que se pueda llegar a la gloria sin experimentar la cruz.

Aquí hay una lección sobre la vida espiritual. Es siempre más que la paz y la harmonía.  Más bien incluye momentos de lucha.  Hay que dominar las pasiones que nos sofocaríamos con placeres.  Hay que disciplinarnos para superar las tentaciones para seguir otras metas transcendentes como la fama y el poder.  Finalmente, hay que levantarnos sobre los críticos, tanto amigos como enemigos, que nos desviarían del camino a la vida verdadera.

En el evangelio Jesús, siempre el profeta perspicaz, propone el interrogante valioso: “¿De qué sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?”  Por decir “la vida” aquí Jesús no tiene en mente la vida en la tierra que terminará con la muerte.  Más bien está refiriéndose a la vida con Dios que no terminará nunca.  Esta vida implica anhelos más profundos como la reunión con nuestros seres queridos ya muertos y la gloria que teníamos en la flor de la vida.  Jesús nos cuenta que hay solo un camino a esta vida, lo de juntarse con él como su discípulo.

Se había demostrado la lección acá a los papas nuevamente elegidos por más de cinco siglos con un ritual dramático.  Cuando el papa nuevamente elegido estaba siendo llevado de la sacristía de la Basílica de San Pedro al lugar de la coronación, se interrumpió la procesión tres veces.  Un monje llevando un brasero con ramas de lino ardiendo cada vez gritó en latín: “Sancte Pater, sic transit gloria mundi” que significa “Santo Padre, así pasa la gloria del mundo”.  Era una lección para todos.  El poder y la fama aún del papado no vale más que la tela ardiente si la persona pierde su alma, su vida.  Que no permitamos nada interferir con nuestro seguimiento de Jesús.  Solo él puede llevarnos a la vida. 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué cosas permites interferir con tu seguimiento de Jesús?

El domingo, 27 de agosto de 2023

 EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

El evangelio hoy nos confronta con dos preguntas básicos: ¿Quién es Jesús? y ¿Por qué pertenecer a la Iglesia?  Nuestras respuestas a estos interrogantes deberían llenarnos con urgencia a vivir la fe.  Si no es el caso, estamos perdiendo tiempo acudiendo la misa.

Hoy en día casi el mundo entero reconoce a Jesús precisamente como sus discípulos responden a su pregunta: "Quien dice la gente es el Hijo del Hombre"?  En todas partes se lo ve como como gran profeta. Aun los musulmanes lo reconocen así.  El gran líder hindú, Mahatma Gandhi, escribió que había tenido un concepto malo de Jesús por las experiencias malas con los cristianos como joven.  Entonces leyó el Sermón en el Monte y reconoció la grandeza de Jesús.  Sin embargo, si Jesús es solo un profeta, si sus logros se limitan solo a sus palabras, él no valdría nuestra sumisión.  Podríamos aceptar sus declaraciones que parecen atinadas y rechazar las que parecen superadas. 

Sin embargo, el evangelio hoy reclama que Jesús es más que un profeta.  Inspirado por el Espíritu Santo, Simón, hijo de Juan, le declara “’el Mesías, el Hijo de Dios vivo’”.  Esto quiere decir que Jesús es el ungido por Dios tan esperado en Israel. Es el rey que finalmente ha llegado para recrear el mundo con la justicia.  Viene para establecer el orden recto entre hombres y mujeres cuyos valores han sido distorsionados por las fuerzas de la maldad.  Como dice el profeta Isaías, “’El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vender los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor…’”

A tal rey debemos no solo la admiración sino la fidelidad.  Nos ilumina con sus enseñanzas cómo navegar entre los escollos del orgullo y lujuria.  Aún más significativo nos fortalece espiritualmente con sus sacramentos para llegar a nuestro destino, la relación íntima con Dios.  Servir a este rey no constituye una pesa sino un gozo porque nos concede su amistad.

El evangelio hace hincapié en Simón, el hijo de Juan, tanto como en Jesús.  Porque responde correctamente al interrogante de Jesús, él se comisiona como su segundo.  Él tiene que llevar adelante a su comunidad de fe.  Su asignación significa el reemplazamiento de los fariseos y escribas como los intérpretes oficiales de la palabra de Dios.  Es la Iglesia y sobre todo los sucesores de Simón que van a servir como los intermedios entre Dios y la humanidad.  Con el nuevo cargo, Simón recibe un nombre apropiado a su oficio.  Es “Pedro”, que significa piedra o roca, el fundamento de la Iglesia.

Nos preguntamos si continua la autoridad de la Iglesia después de tantos errores hechos no solo por los clérigos sino aun por los sucesores de San Pedro. Tanto como Simón Pedro hará equivocaciones como persona humana, no podemos esperar la perfección de sus sucesores.  Pero en cuanto a la doctrina, el obispo de Roma ha mostrado una consistencia notable en mantener las enseñanzas de Jesús por casi dos mil años.  Ha habido lapsos en la santidad de los papados, pero también es impresionante cómo los desvíos del camino recto no han resultado en la pérdida permanente de la justicia.

Todos nosotros conocemos a personas que han dejado la Iglesia.  Nos hacen preguntarnos qué pasaría si nosotros también fuéramos a dejar de acudir a la misa.  A lo mejor nos sentiríamos solitarios como cuando nos mudemos a otro país. Perderíamos la cercanía de un amigo sensato y cuidador.  Jesús se encuentra en los evangelios, pero se nos aproxima sobre todo en los sacramentos de la Iglesia.  Allí lo encontramos como salvador y sustento, unificador y sanador.  Nuestras vidas serían carentes sin estos medios de encuentro.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Para ti quién es Jesús?  Describe tu relación con Jesucristo.

El domingo, 20 de agosto de 2023

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

El evangelio hoy parece particularmente apropiado para nuestro tiempo.  Indica el motivo de muchos que han abandonado la fe en Jesús.  La trama es breve pero fascinante.  Describe un encuentro entre una mujer cananea (no judía) y Jesús.  Parece que Jesús la insulta.  Pero una lectura cuidadosa revela cómo ella no toma su comentario como ofensivo.  Más bien se le acerca más a Jesús después de escucharlo.

El gran defensor de la fe C.S. Lewis escribió un ensayo llamativo titulado “Dios en el banquillo”.  Dice que en los tiempos antiguos los seres humanos siempre se reconocieron a sí mismos como culpables de pecado.  Por eso, tuvieron que pedir el perdón de Dios.  Sigue diciendo que en tiempos modernos la situación se ha invertido.  Los hombres y mujeres regularmente acusan a Dios por las tragedias y catástrofes naturales que sufre la gente.  Como resultado la Iglesia tiene que defender a Dios de sus acusadores.  La primera cosa que muchos ven en el evangelio hoy es Jesús echando un comentario racista.

Sin duda hay una nueva sensibilidad en el tiempo reciente.  Hoy en día los hombres y mujeres toman como ofensivos apodos que hace cien años fueron considerados como términos de cariño o respeto.  No se oye mucho el día hoy de las parejas llamando a uno al otro “gordo” y “gorda”.  En la liga mayor de beisbol el equipo de Cleveland dejó su apodo “indios” porque algunos indígenas determinaron que era ofensivo.  A muchos contemporáneos el uso por Jesús del término “perritos” en referencia a la situación de la hija de la cananea les parece como un ultraje.

Se le puede defender a Jesús fácilmente.  Nunca le llama a la niña un “perrito”.  Solo compara su situación con la persona que tiene comida para la familia, no para las mascotas.  Sin embargo, Jesús no requiere la defensa.  Como la mujer reconoce, Jesús es Hijo de Dios que no haría nada malo a nadie.  No es que sus hechos sean buenos porque Él los hace.  Más bien es que Jesús, que es Dios y el sumo bien, no puede hacer ningún mal. 

La cananea no hace denuncia contra Jesús.  Ni ve sus palabras como ofensivas.  Más bien, nos muestra la disposición apropiada hacia Dios. Se postra ante Jesús en adoración y lo reconoce como “Señor”.  Entonces le reitera la urgencia que él ayude a su hija.  Con estos actos enseña al mundo como reconocer a Jesús como Señor con ambos gesto y palabra. 

Hace una semana escuchamos a Jesús en el evangelio llamando a Pedro hombre de “poca fe”.  Ahora dice a la mujer que ella tiene “mucha fe”.   En este caso tenemos que imitar a la mujer y no a San Pedro. Como la mujer pide que Jesús eche los demonios que acosan a su hija, queremos pedirle que eche los demonios amenazando nuestro tiempo.  Eso es, queremos pedirle que quite no solo la incredulidad creciente sino también el egoísmo desenfrenado que permite a la persona hacer lo que dé la gana. 

Hay una novela famosa que comienza con las palabras: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”.  Se puede decir esto de cualquier tiempo y ciertamente de hoy en día.  Siempre hay una falta de fe en Jesús haciendo los tiempos malos.  Pero siempre Jesús se nos acerca convirtiendo los tiempos malos en tiempos buenos.

PARA LA REFLEXIÓN: Nombra los demonios que amenaza tu vida y tu comunidad.


El domingo, 13 de agosto de 2023

DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Muchas parroquias en las grandes ciudades de Europa y Norte América han experimentado cambios drásticos en los últimos sesenta años.  Sus templos majestuosos, que una vez cabían miles de personas cada domingo, ya quedan casi vacíos.  Tenían a varios curas, que pasaban muchas horas cada semana confesando y visitando a los enfermos.  Ahora el número de sacerdotes sirviendo una parroquia se ha reducido en muchos casos a solo uno.  Y a veces él pasa gran parte de su día cubriendo las misas en dos o tres lugares.  No es exageración decir que la iglesia contemporánea está en una situación precaria como la anticipada en el evangelio hoy.

Para apreciar lo que esta lectura enseña, tenemos que entenderlo como representante de la Iglesia en la segunda parte del primer siglo.  La barca de los discípulos sacudida por las olas simboliza la Iglesia amenazada por los varios retos de los tiempos apostólicos.  En Israel los cristianos experimentaron el rechazo creciente particularmente después de la destrucción del Templo en Jerusalén.  Fueron echados de las sinagogas donde habían rezado con los judíos que no creyeron en Cristo.  Es cierto que los apóstoles tenían éxito evangelizando a otros pueblos. Pero también es cierto que las antiguas comunidades cristianas enfrentaban desafíos nuevos.  Doctrinas falsas, la impaciencia con la demora del regreso de Jesús, y la persecución a veces severa pusieron en peligro el evangelio. 

La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su Iglesia apurada.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.  Vemos algo ligeramente semejante ocurriendo hoy en día en eventos como la Jornada Mundial de la Juventud.  En Lisboa el Espíritu de Jesús apoyó la fe de los millones ambos aquellos que participaron en los eventos y aquellos que los siguieron por los medios.  Particularmente la presencia del papa, el vicario de Cristo, levantó el ánimo de la gente.  Aunque ya es anciano, el papa Francisco tiene un corazón tan esperanzador como lo del joven de veinte años.

Debemos pensar en Pedro caminando sobre el agua como imagen de los altibajos de los fieles siguiendo a Jesús.  Le va bien a Pedro cuando mantiene sus ojos fijos en el Señor.  Pero tan pronto que le quite los ojos se encuentra hundiéndose en las aguas caudalosas.  Hoy día tenemos que mantener la esperanza en las promesas que nos hizo Jesús y la confianza en su apoyo.  Con él podemos transitar aún los problemas más grandes de la actualidad.  No vamos a perder el camino a pesar del acosamiento de los gobiernos, el desafecto de otros, aun las traiciones de parte de los clérigos.  Pero una vez que abandonemos a Jesús como nuestra meta y nuestro apoyo, ya estamos derrotados.  Para mantenernos sólidos en el camino debemos enseñar su doctrina, practicar su caridad, y rezar al Padre en su nombre.

Los cambios caracterizan la historia.  Ahora vivimos entre cambios tecnológicos que retan nuestras ánimas.  ¿Pueden la inseminación artificial cambiar nuestro entendimiento de la procreación como unión física entre un hombre y una mujer con la ayuda de Dios?  ¿Pueden la inteligencia artificial cambiar nuestra vista del ser humano como la imagen de Dios?  No son inevitables estos desarrollos siempre que mantengamos nuestros ojos fijos en Jesús.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué retos ves para la Iglesia en la actualidad?  ¿Exactamente cómo puede ella superarlos?