El domingo, 27 de septiembre de 2026

 

XXVI DOMINGO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Juanito está confundido.  Su madre le ha dicho que tenga el orgullo en todo lo que haga.  Pero la religiosa en su clase de doctrina dice que el orgullo es pecado y que debe ser siempre humilde.  ¿Es posible que las dos tengan razón?

Los sabios explicarían que la madre de Juanito tiene en cuenta un sentido de orgullo diferente de lo de la religiosa.  Aunque no lo sepa, su mamá expresa el sentido del orgullo de Aristóteles, el gran filosofo.  Al otro lado, la hermana enseña el concepto del orgullo de San Pablo a quien encontramos en la segunda lectura de hoy. 

Para Aristóteles el orgullo es lo que conocemos como la magnanimidad. Es la virtud de que las personas reconocen su propia grandeza, está consciente que merece honores, y los reclama.  Entretanto, San Pablo sabe que el orgullo (es decir, el planteamiento que el yo es tan grande como Dios) causó la caída de los primeros hombres.  Pablo se da cuenta también que solo por la humildad de Cristo los hombres no están condenados para siempre.

Según Aristóteles Dios no conoce a los hombres personalmente, y mucho menos se preocupa por ellos.  Pablo, al contrario, por las Escrituras sabe que Dios ama a todas sus creaturas.  Aún más, por su propia experiencia en el camino a Damasco, él podía escribir: “…tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida … ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

Pablo pide a los filipenses que sean humildes por varias razones.  Ante todo, Jesús era humilde.  Como dice el mismo Pablo en la segunda lectura, aunque es Dios, se humilló por hacerse hombre.  No solo eso, también se sacrificó ambas la vida y la dignidad cuando se entregó a ser crucificado.  Por esto, cuando los filipenses se conducen con la humildad, imitan a su Salvador.  Además, la humildad actúa como un catalizador que da lugar a otros beneficios.  Hace las vidas de toda la comunidad más serenas.  Y por eso, llama la atención del mundo a Cristo.  Pues, en el fondo del corazón, todos admiran comunidades que muestran poca rivalidad y mucho apoyo mutuo.

El evangelio cuenta de dos hijos del mismo padre.  Un hijo agrada a su padre por cumplir su voluntad, aunque al principio dijo que no lo haría.  El otro hace lo opuesto.  Así se puede hablar de dos tipos de humildad.  Un tipo agrada a Dios y el otro no.  La humildad que desemboca en el odio para el yo no puede agradar a Dios.  Después de todo, somos la creación de Dios digna del amor.   Otro tipo de humildad problemático llama atención al yo por repetir autocríticas.  La persona que constantemente dice, “estúpida yo” y “¿qué sé yo?” probablemente piensa de sí mismo más sagaz que sus interlocutores. 

Quisiéramos preguntar: “¿Cómo podemos considerar a todos mejores que nosotros como Pablo nos quiere en la lectura?”  Con algunas personas parece que estamos participando en una farsa.  Sin embargo, no sabemos los corazones de otras personas.  Solo Dios sabe eso.  Por eso, para que no subestimemos a nadie es mejor que pensemos de ellos como mejores.  Al final, se revelará la verdad.

San Agustín escribió que las tres reglas más importantes para seguir a Cristo son primero, la humildad; segundo, la humildad; y tercero, la humildad.  Pues, por la humildad superamos el soberbio, la fuente de todo pecado. Además, por la humildad nos asemejamos a Cristo y también a su madre, María.  Finalmente, por la humildad indicamos que nuestro propósito en la vida no es glorificar a nosotros sino a Dios.


El domingo, 20 de septiembre de 2026

 

XXV DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

¿Jamás se han dado cuenta de que los niños son muy atentos a la justicia?  Si damos a un niño una pieza de pastel mayor que al otro, van a gritar, “No es justo”.  Sin embargo, a menudo les faltan la experiencia y la sabiduría para discernir la justicia verdadera.  Ven solo el resultado de un hecho sin considerar otros factores que se incluyen en la justicia.  El niño que recibió la mayor pieza habría podido ser el último en la fila cuando se agotaron las hamburguesas.  El evangelio hoy cuenta de trabajadores a quienes asimismo les falta un sentido adecuado de la justicia.

Se encuentra la parábola del viñador y los trabajadores después de la historia del joven rico que pregunta a Jesús qué deber hacer para ganar la vida eterna.  Cuando Jesús le avisa que venda sus bienes, done el producto a los pobres, y siga a él, el rico lo deja entristecido.  Entonces Jesús proclama que es imposible para los hombres a salvar a sí mismos, que solo Dios puede lograrlo.  A este momento Pedro le recuerda a Jesús que los discípulos han dejado todo para seguirlo, y Jesús les asegura que su premio de vida eterna es seguro.  Añade: “’Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros’”.  Entonces, les cuenta la parábola de los trabajadores en la viña  para explicar el significado del dicho.

Los primeros en la parábola son aquellos que han trabajado todo el día bajo el peso del sol.  Reciben el denario que fue prometido en la madrugada, pero esperaban más porque aquellos trabajadores que llegaron a la viña mucho más tarde recibieron el mismo denario.  Cuando los trabajadores que habían trabajado más tiempo protestan al propietario, se les dice que recibieron la cantidad acordada. No fueron ni defraudados ni engañados.

La cuestión aquí es la justicia del propietario y, porque el propietario obviamente representa a Dios, la justicia de Dios.  ¿Es Dios justo o injusto con los judíos que han vivido bajo el peso de Torá toda su vida, mientras que los cristianos griegos, que conocieron la voluntad de Dios aparentemente ayer, gozan de la misma gloria como su destino? Sentimos la misma inquietud cuando vemos a los ricos llegar a misa en sus Lexus y a los pobres en autobús. Aunque Dios nos parezca caprichoso por no recompensar más a quienes se han esforzado más, debemos reconocer que desconocemos todos los factores involucrados. Somos como niños que lloran: «¡No es justo!». Sin embargo, nuestro sentido de la teología puede ser erróneo.  La vida eterna no es recompensa para el trabajo sino un regalo a Dios a sus hijos.  Ni los santos ni los asesinos reformados merecen el cielo por sus propios esfuerzos más que un bebé merece nacer en los Estados Unidos y no en Haití.  Solo por haber vivido como sus hijos demostrando el amor del Espíritu Santo a todos podemos hablar de merecer el Reino de Dios.

No debemos pensar en la gracia de Dios como arbitraria.  El Concilio Vaticano II enseñó que Dios ha proporcionado a todos, aún a los no bautizados, la gracia para obtener la vida eterna.  Como dice el profeta en la primera lectura, los caminos del Señor no son los caminos humanos.  Puede ser que algunos no tengan que luchar tanto como los demás.  Sin embargo, nadie falta las medidas para llegar a su Reino.

Una cosa más.  Después de escuchar la protesta de los primeros trabajadores, el propietario responde a uno de ellos: “’Amigo, yo no te hago ninguna injusticia’”.  La palabra griega usada aquí para “amigo” no pretende de significar una persona querida.  El griego no dice “filos” sino “hetaire” que no lleva el afecto de “amigo".  Hetaire” es más un camarada que un amigo.  Es significante porque los verdaderos amigos de Dios no se quejarían por ver a los demás recibir sus bendiciones.  Al contrario, los amigos de Dios dotados con el Espíritu Santo se regocijarían cuando ven a sus otros amigos favorecidos.


El domingo, 13 de septiembre de 2026

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

El evangelio hoy trata un tema céntrico deJesús: el perdón. Nos muestra que Cristo vino para reconciliarnos con Dios y con uno y otro.  Ser alienados, es decir aislados de y en desacuerdo con otros, es una condición humana primitiva.  La encontramos en el jardín inmediatamente después de que el hombre y la mujer comieron la fruta prohibida.  En lugar de reconocer su desobediencia, el hombre intenta culparle de todo a su pareja.  Le dice a Dios: "’La mujer … me dio la fruta...’”   

Siempre es una pasión que nos causa a ofender al otro.  Puede ser la envidia, la ira u otra de los “pecados capitales” que desemboca en actos viciosos o palabras dañinas.  Sin embargo, en el caso de Adán en el jardín era simplemente el temor del castigo que lo movió a alienarse de Eva.

Nuestras ofensas nunca tocan solo a otra persona o personas sino siempre envuelven a Dios también.  Por pecar, nos anejamos de Dios. Pues, desobedecemos su voluntad que vivamos en paz con todos. Como cualquier padre de familia humano, Dios quiere que todos sus se lleven bien con uno y otro.

Para restaurar la paz entre hermanos separados por el pecado, Jesús insiste en el perdón.  La palabra perdón proviene de palabras latinas, per significando completamente y donare, que significa dar o regalar.  Perdonar entonces es “dar completamente” o, mejor, “dar un beneficio completo”.  En caso de una deuda, el perdón es condonar la deuda completamente. 

Que apliquemos esto a la parábola de Jesús en el evangelio de hoy.  Jesús está dando unas instrucciones sobre la reconciliación de los pecadores con Dios y con la comunidad.  Pedro le pregunta si es necesario que la comunidad perdone a un pecador hasta siete veces.  Jesús le replica con una respuesta inesperada: no solo siete veces sino setenta veces siete.  En otras palabras, Jesús quiere que perdonemos al pecador siempre, por lo menos si la persona nos lo pide sinceramente.

Entonces les cuenta a los discípulos la parábola del servidor que le debía al rey 10,000 talentos.  Era cantidad de dinero casi inimaginable al tiempo. (El talento era la moneda más valiosa entonces y 10,000, el número más grande que se usaba.)  No obstante, al pedir tiempo para pagar la deuda, el servidor tocó el corazón del rey y recibió la condonación completa de la deuda. 

Entendida en la transacción fue la condición que el servidor tenga misericordia a los demás como le ha demostrado el rey. Sin embargo, tan pronto que se le dio oportunidad, el servidor rehusó perdonar a un deudor de una cantidad relativamente pequeña.  De hecho, quería encarcelar a su deudor hasta que se la pagara todo.  Cuando escuchó de la abominación, el rey se puso enojado.  Ordenó que el servidor malvado fuera entregado al verdugo hasta “hasta que pagara lo que debía”; es decir, por el resto de su vida dado que su deuda era tan enorme.

La parábola aplica a los “hermanos” de la Iglesia cuando nos piden perdón.  Tenemos que perdonar a ellos “de corazón”, no solo deudas monetarias sino todos tipos de agravios cuando nos lo piden sinceramente. 

Pero ¿qué diría Jesús si nuestros ofensores no nos piden perdón? y ¿qué haría con ofensores con que no compartimos la misma fe?  La lectura del evangelio del domingo pasado terminó con el mandato que, si el pecador no se arrepiente de su crimen, debe ser tratado como “un pagano o un publicano”.  A la primera mirada parece que Jesús está abogando el desdén para el pecador o, al menos, su aislamiento.  Pero ¿cómo Jesús trataba a los publicanos y paganos?  ¿No es que se esforzó por reconciliarlos con Dios?  Así deberíamos actuar hacia nuestros ofensores endurecidos.  Deberíamos rezar que se arrepientan y disponernos a perdonarlos si lo hacen.  Siempre deberíamos guardar en nuestro ser que Dios nos ha perdonado los pecados.  Por eso, queremos hacer todo posible para que sean perdonado aquellos que nos ofenden.

El domingo, 6 de septiembre de 2026

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

El evangelio de hoy proviene del cuarto de los cinco grandes discursos que comprenden el cuerpo del Evangelio de San Mateo. En cierto modo, este discurso es lo más difícil de apreciar; pues contiene una visión de la Iglesia diferente de la realidad contemporánea. Vemos la Iglesia hoy en día como una institución bien estructurada con más de unos mil millones de miembros. Sin embargo, en el evangelio de Mate, la Iglesia se considera como una comunidad pequeña de iguales.

La lectura muestra a Jesús preocupado por la dignidad de todos los miembros de la Iglesia. Cuenta el caso de un miembro que ha pecado.  Describe cómo el testigo del delito debe ir donde el pecador “a solas”. Cuando lo encuentre, debe amonestarle por haber hecho el mal. Va “a solas” para preservar la dignidad del sospechoso. Es posible que el testigo haya juzgado el hecho erróneamente. También, ir “a solas” evitará la situación de que los seres queridos del sospechoso piensen mal de él sin conocer todos los hechos del caso.

Una vez, un detective se dirigió a la casa de un sospechoso para realizar un arresto. En lugar de entrar, le pidió al sospechoso que saliera. Más tarde explicó el motivo de no entrar en la casa del sospechoso: quería respetar la dignidad del hombre. No quería que los hijos del hombre pensaran que era malo o que había cometido un delito antes de ser juzgado y condenado.

La dignidad humana ha sido el cimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Se la define como “el valor intrínseco de cada persona que proviene de haber sido creada a imagen de Dios”.  Según la nueva encíclica del Papa León, han surgido malentendidos acerca de la dignidad humana. Algunos piensan que la persona tiene dignidad solo cuando puede pensar bien, vivir de forma independiente y no sufre mucho. Otras opinan que la dignidad es algo que la persona gane por sus propios esfuerzos.  Estas nociones de dignidad tienen una cierta verdad, pero no abarcan lo imprescindible del concepto. La anciana en el centro de vida asistida no ha perdido la dignidad, tampoco el no nacido en el seno de su madre y el criminal en la cárcel.

Este fin de semana debemos reflexionar sobre la dignidad de los trabajadores, ya que mañana se celebra el Día del Trabajo en Estados Unidos y Canadá. El Día del Trabajo no debería ser simplemente el último día festivo del verano, sino una oportunidad para pensar en qué es el trabajo y cómo realzar la dignidad del trabajador.

La Iglesia enseña que el trabajo, en su origen, no es un castigo, sino un don. A través del trabajo, la persona participa con Dios en la creación. El trabajo también brinda a los trabajadores la oportunidad de desarrollar sus talentos para convertirse en mejores personas. Asimismo, proporciona sustento a sus familias y oportunidades para servir a la comunidad. Finalmente, el trabajo permite a los trabajadores contribuir a un mundo más justo. Esto se aplica a todo trabajo justo. Tanto los limpiadores domésticos como los cirujanos cardíacos mejoran sus vidas y contribuyen al bien común cuando desempeñan bien su trabajo.

La encíclica del papa señala los desafíos que la Inteligencia Artificial plantea a la dignidad de los trabajadores. Entre otras cosas, eliminará muchos empleos. Pondrá en mayor peligro a los mineros que extraen los minerales que alimentan la maquinaria de IA. Y podría volver obsoleto el pensamiento humano en favor de los cálculos de las máquinas.

¿Cómo nos guía el Papa para afrontar estos desafíos? Nos recuerda que todos tenemos la responsabilidad de superarlos por contribuir a la construcción de una civilización del amor. Menciona la necesidad de fomentar el diálogo entre las naciones para que los beneficios del IA sean recíprocos y el daño no afecte desproporcionadamente a las naciones pobres. Finalmente, nos exhorta a recurrir a Jesucristo mediante la oración y la imitación. Es que Jesús se hizo obrero y hombre, se identificó con los marginados y ayudó a todos. Sin duda, su sabiduría nos guiará más allá de la calamidad con IA y hacia un mundo donde reine el amor.

El domingo, 30 de agosto de 2026

 

XXII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

La lectura evangélico hoy sigue inmediatamente después de la del domingo pasado.  Recordamos cómo Simón pronunció a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo" y Jesús devolvió el cumplido por llamarle “Pedro”, la piedra sobre que edificará su iglesia.  De veras, los dos pasajes forman un diálogo que debe ser leído como un solo pasaje. Sí, Jesús es el Mesías, pero no un conquistador. Y Pedro puede ser una roca, pero no pulida y lista para usarse.  De hecho, tendrá que ser esculpido de nuevo para servir como piedra angular de la Iglesia.  La escultura comienza en cuanto Jesús revela las tribulaciones que él Mesías tendrá que aguantar.

 

Jesús decir a sus discípulos que precisamente porque es el Mesías, tendrá que sufrir mucho.  Dice que va a ser condenado y martirizado.  Pedro se opone a esta profecía por considerarla un modo de pensar negativo y comienza a discutir con el Señor.  Aunque Pedro quiere mantener su crítica privada, Jesús piensa de otro modo. Considera que es necesario corregir a Pedro abierta y drásticamente para que todos sus discípulos se den cuenta de cuan serio el asunto es.  Delante de todos llama a Pedro “Satanás” por tentarlo con referencias solo a la victoria.  Entonces, dice que en lugar de actuar como una piedra de fundación, Pedro parece más como piedra de tropiezo.

 

Jesús expone el tipo de sacrificio que sus discípulos tendrán que realizar si quieren seguirle.  Dice que para ser sus discípulos fieles deben renunciar a sí mismos, tomar sus cruces individuales, y seguirlo.  Tienen que cambiar su modo de pensar y actuar.  En lugar de pensar en sí mismos como su primera preocupación, tienen que preocuparse primero y sobre todo por Dios.  En lugar de actuar por interés propio, tienen que servir al Señor.  Es la transición definitiva que debe experimentarse para formar parte del Reino de Dios.

 

Una fábula puede ayudarnos entender el evangelio que acabamos de escuchar. Una gallina y un cerdo paseaban por la granja una mañana. Querían darle al granjero un desayuno especial de cumpleaños. La gallina se giró hacia el cerdo y le dijo: "¡Vamos a darle tocino y huevos! Es su comida favorita". El cerdo se detuvo, parecía preocupado y negó con la cabeza. Le dijo a la gallina: "Espera, por favor. Para ti, ese desayuno es solo una contribución. ¡Para mí, es sacrificio total!".

 

Puede sonar severo lo que la gallina sugiere para el cerdo, y realmente es.  Pero también es lo que Jesús está proponiendo para sus discípulos.  Es, si quieres, “el costo del discipulado”.  Para los padres de una niña con parálisis cerebral “tomar su cruz y seguirle” significa cuidar a su hija todo el día, todos los días.  Para la soltera sin responsabilidades familiares puede ser ayudar a las Misioneras de Caridad con sus ministerios a las mujeres con niños abandonadas.  Para las personas jubiladas, puede ser en ofrecerse como voluntarios para dar clases particulares a niños con dificultades de lectura.

 

Y ¿qué pasa si no queremos sacrificarnos totalmente en nuestro servicio al Señor?  ¿Si queremos solo pagar un diezmo y asistir en la misa dominical? Entonces, seríamos como la gallina en la historia: no dignos de ser discípulos verdaderos de Jesús.  Tal vez no seamos completamente perdidos, pero deberíamos comenzar a rezar asiduamente que el Señor nos convierta en discípulos genuinos.  Pues, no tendremos un lugar en el Reino si nuestro modo de amar no conforma al modo de Jesús.  Ser sus discípulos quiere decir que amemos a los demás como él nos ha amado. 

El domingo, 23 de agosto de 2026

 XXI ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

El Evangelio de hoy debería ser familiar para la mayoría de los católicos. Lo vemos repetidamente como prueba de que el Señor eligió al papa como líder de la Iglesia. El establecimiento del papado es más complejo de lo que un solo pasaje del Evangelio puede expresar, pero Mateo 16:18 apunta en la dirección correcta.

En el Evangelio, Jesús le da a Simón más que un nuevo nombre. Le otorga un título trascendental. “Pedro” proviene de la palabra griega petros, que significa “roca”. Simón Pedro es la roca sobre la cual se puede edificar una iglesia sólida. Jesús dice al final del Sermón del Monte que el hombre sabio edifica su casa sobre roca (Mateo 7:24). Aquí demuestra su sabiduría.

Jesús ve a Simón como el fundamento de su iglesia por varias razones. Sobre todo, cita la intimidad de Simón con Dios, evidenciada por haber recibido la revelación de que Jesús es “el Mesías, el Hijo del Dios viviente”. Además, Simón ha demostrado varias cualidades necesarias para un líder. Habla con elocuencia; de hecho, sirve como portavoz de los discípulos. En el Evangelio de hoy, cuando Jesús pregunta: “¿Y ustedes? ¿Quién dicen que soy yo?”, es Simón quien responde. Además, Simón actuó con confianza al entrar en el agua, imitando al Señor (Mateo 14:28).

En los demás Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, Simón demuestra otras cualidades de liderazgo. En Lucas, se muestra sensible al sufrimiento inminente de Jesús al decirle que está dispuesto a morir por él. (Sí, la afirmación es una muestra de orgullo; sin embargo, su intención es apoyar a Jesús. De hecho, Pedro finalmente dará su vida por Jesucristo). En el Evangelio de Juan, Pedro muestra un profundo amor por Jesús cuando el Señor resucitado se aparece a sus discípulos en la playa. Quizás más relevante aún, en los Hechos, Simón Pedro exhibe autoridad de diversas maneras. Predica con dinamismo, realiza innumerables curaciones y toma decisiones en nombre de la comunidad.

¿Cuáles son las responsabilidades del papa que requieren una estabilidad inquebrantable? Se podrían enumerar muchas, pero limitémonos a tres. En primer lugar, el papa debe promover la unidad. Desde sus inicios, la Iglesia ha sufrido la deserción de grupos. La Primera Carta de Juan describe una tal pérdida. Este año, el Papa León ha dialogado con los obispos de Alemania y con la Sociedad de San Pío X para evitar que se aparten de la autoridad eclesiástica. Además, los papas más recientes han mantenido un diálogo constante con ortodoxos y protestantes con la esperanza de la reconciliación.

El papa también debe velar por que la doctrina de la Iglesia no caiga en el error. En la Primera Carta a los Corintios, San Pablo tuvo que corregir a quienes en la comunidad negaban la resurrección de entre los muertos. Hoy en día, existen problemas similares que preocupan al Papa León. Se refieren particularmente a cuestiones morales, pero también a cuestiones dogmáticas. Por ejemplo, muchos creen erróneamente que la fecundación in vitro está justificada. Una cuestión dogmática que ha suscitado preocupación entre los papas recientes es cómo algunos teólogos afirman que los musulmanes, budistas e hindúes se salvan sin creer en Cristo.

La responsabilidad más importante del Papa, porque fue la prioridad de Jesús, es mantener a la Iglesia como una comunidad de caridad. No basta con que los católicos asistan a misa si se burlan de participar en campañas de recolección de alimentos. No les basta con pagar el diezmo a la parroquia si muestran desdén por las personas de otras razas.  Demostrando amor fraterno por los necesitados, el Papa León envió recientemente más de cien mil euros a Venezuela para ayudar a las víctimas del terremoto.

En cada elección de un nuevo papa, nos recordamos que el elegido no será el sucesor del papa fallecido, sino de Pedro. El papa moderno debe demostrar las cualidades del primero al reconocer a Jesús como “el Mesías, el Hijo viviente de Dios”. También debe estar dispuesto a sacrificarse por el rebaño de Jesús.

El domingo, 16 de agosto de 2026

 

XX DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:1.6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

El evangelio que acabamos de escuchar es uno de los evangelios más fascinantes en el leccionario.  Presenta a Jesús atento a las peticiones de las personas.  Aún más llamativa es cómo la cananea muestra una mezcla de valentía y humildad.  Desgraciadamente muchos se fijan en el comentario de Jesús acerca de los no judíos cuando escuchan la historia.  Al oír a Jesús referir a los no judíos como “perritos”, tienen dudas de la bondad del Señor.  Enderecémonos este concepto erróneo primero.  Entonces podremos ver con mayor claridad el amor maravilloso del Señor Jesús para todos.

Los eruditos nos dicen dos cosas acerca del comentario.  Primero, Jesús refiere a los no judíos con el diminutivo “perritos” que sugiere afecto.  Además, en el primer siglo los judíos regularmente llamaron a los paganos “perros”.  Puede compararse con los americanos llamando a sus niños “cabritos” (es decir, “kids” en inglés).  En todo caso la cananea no toma el comentario como una ofensa.  Más bien, lo ocupa para fortalecer su petición de Jesús.

Jesús ha llegado a la comarca de Tiro y Sidón para descansar.  Últimamente, su misión ha sido difícil. En su mayoría, los judíos no aceptan su mensaje. Además, los fariseos y escribas lo acosan constantemente. Jesús busca un respiro de la multitud que lo busca para sanar. Entonces, la madre de la joven gentil poseída por un demonio lo confronta.

Pero no es solo para recuperar sus fuerzas que Jesús en el principio rechaza la petición de la cananea .  Como les dice a sus discípulos, fue enviado para traer de vuelta “a las ovejas descarriadas de la casa de Israel". (Ahí vuelve a usar nombre de animal para referirse a los hombres).  Ésta no es cuestión pequeña.  Jesús no quiere que su misión entre los judíos se confunda con la de sus discípulos a todas las naciones una vez establecido el Reino de Dios. Esto sucederá cuando ascienda al cielo y el Espíritu Santo sea enviado al mundo.

Sin embargo, la fe de la mujer le mueve cambiar su mente.  La cananea lo llama “Señor” y se postra ante él para reconocer su origen divino.  Entonces Jesús se da cuenta de que no importa tanto la etnia de la persona sino su creencia.  Él se muestra dispuesto a concederle su deseo porque ella ha demostrado ser una firme creyente en la misericordia de Dios. Por este cambio de plan, Jesús está iniciando la predicación a las gentes anticipada por el profeta en la primera lectura y realizada en el ministerio de San Pablo en la segunda.

Hay una historia que puede ayudarnos entender la dinámica aquí.  Durante la Segunda Guerra Mundial se mató un soldado americano en la campiña francesa.  Los compañeros del muerto llevaron el cadáver a una iglesia donde pidieron permiso para enterrarlo en el cementerio parroquial.  El párroco les preguntó si era católico.  Le respondieron que no, que era protestante.  El cura les informó que no él podía permitirlo porque el cementerio era reservado solo para los muertos católicos.  Entonces los soldados tristemente enterraron a su amigo justo fuera del muro de piedra del cementerio.

Al próximo día ellos regresaron para decir una última oración a la tumba de su amigo antes de marcharse.  Pero no podía encontrarla.  Buscaron bien sin la suerte.  Entonces volvieron a la rectoría para preguntar al sacerdote si supiera que pasó con los restos de su compañero.  El cura les dijo que no podía dormir esa noche por haber rechazado su petición.  Entonces se levantó en el medio de la noche, fue al cementerio, desmontó el muro de piedra y lo construyó de nuevo para incluir la tumba del soldado muerto.

No estamos diciendo que las reglas que insisten que solo católicos sean enterrados en cementerios católicos son injustas.  Mucho menos queremos decir que los motivos iniciales de Jesús de no expulsar el demonio de la hija de la cananea fueron frívolos.  Pero el amor a veces nos urge a extendernos más allá que nuestros límites y las reglas funcionarias.  El amor de Dios, el ágape, nos extiende a personas poco conocidas y no conocidas, personas pecaminosas y personas dolientes.  Esto es la voluntad de Dios Padre.  Esto es nuestro legado de Jesús, el Señor.

El domingo, 9 de agosto de 2026

 

XIX DOMINGO ORDINARIO, 9 de agosto de 2026

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

“La guerra es un infierno”.  Todos hemos escuchado este lamento.  Pero parece que no se cree mucho.  Si fuera creído, no habría tantas películas glorificando la guerra.  No habría tantos juguetes para niños destacando el equipo de batalla.  Tal vez no habría tantos jóvenes buscando una carrera militar. 

Sin embargo, la frase “la guerra es un infierno” cobra sentido cuando reconocemos el infierno como la peor de todas las situaciones. Es tan horrible que muchas veces los soldados que han participado en combate no quieren hablar de lo que han vivido. No obstante, a veces podemos vislumbrar sus condiciones: las imágenes no solo de sangre, sino también de órganos desgarrados y expuestos; el hedor no solo de la ropa usada durante días en condiciones climáticas extremas, sino también de vómito y carne putrefacta; los sonidos no solo de bombas explotando, sino de sirenas a todo volumen y hombres que gritan.

Comenzamos esta reflexión con referencia a la guerra porqué Elías en la primera lectura acaba de venir de un tipo de guerra.  Ha habido combate religioso en Israel.  Elías mismo hace pocos días degolló 450 profetas del dios pagano Baal.  Tuvo que huir a Horeb, la montaña del Señor, en el sur para evitar la venganza de Jezabel, la reina de Israel.  Ella, una foránea devota al Baal prometió a tomar la vida de Elías por su audacia. El profeta busca refugio en una cueva de la montaña cuando le viene la palabra de Dios.  Dice al Señor que los israelitas siguiendo a la reina Jezabel han pasado a la espada a todos los profetas del Señor de modo que solo él siga vivo. Dios responde que le salga de la cueva y se ponga en la montaña.  Él va a pasar por allí.

Pasa un huracán del tipo en que Dios se reveló a Job.  Sin embargo, en este caso la tormenta no produce ninguna revelación divina.  Entonces, un terremoto del tipo que precedió la entrega de los Diez Mandamientos a Moisés sacude la tierra.  Pero, una vez más Dios no se revela.  Finalmente, Elías escucha “el murmullo de una brisa suave” por lo cual Dios descubre su voluntad.

Con una voz suave Dios más seguido se manifiesta como un amador de la paz.  Sí puede venir con la furia, pero prefiere venir con la ternura.  Está cerca para apoyar a los débiles y alentar a los desanimados. Es lo que pasa también en el evangelio hoy.  Los discípulos están volviendo en barca al otro lado del Mar de Galilea.  Dejaron a Jesús en la montaña para rezar solo.  Es noche, el símbolo del malo.  Las olas sacuden la barca echándole agua y poniendo en peligro la vida de los discípulos.  Los discípulos se aterrorizan por completo cuando ven lo que parece ser un fantasma caminando sobre el agua. Jesús les pacifica: “’Tranquilícense y no teman – dice -- soy yo’”.

Al igual que los cristianos del primer siglo, hoy podemos encontrar consuelo en la dulce voz del Señor. En la Iglesia primitiva, los cristianos sufrían persecución externa y discordia interna. Los apóstoles les enseñaron, con esta historia, cómo Jesús permaneció cerca y les habló con voz suave. Hoy, nos enfrentamos a la creciente violencia y la indiferencia hacia la religión. Y siempre está presente la amenaza de la guerra. Pero Jesús permanece con nosotros. “’Tranquilícense y no teman – nos dice en los evangelios y por nuestros compañeros en la Iglesia -- soy yo’”.

El domingo, 2 de agosto de 2026

XVIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)

No es por nada que Jesús quiere irse solo con las noticias del asesinato de Juan Baustista. Eran conocidos aun antes de sus nacimientos.  Se dice que por un tiempo Jesús era discípulo de Juan.  Es ciertamente verdad que fue bautizado por el gran profeta del río Jordán.  Solo porque Juan era hombre devoto a Dios, Jesús querría reflexionar sobre el significado de su muerte. 

El Evangelio no revela los pensamientos de Jesús en el “lugar apartado”, pero ¿cómo no podría considerar que también él tenga el mismo azar sanguinario? Casi todos seres humanos han tenido tales momentos preguntándose de su propio deceso después de escuchar de una muerte inesperada.  Hace solo seis años el mundo entero fue absorbido con la posibilidad de la muerte repentina.  Covid-19 tomaba las vidas de millones personas de todas razas, religiones, y clases.  “¿Qué pasaré yo si me toca el virus?” nos preguntábamos. Al igual que Juan, Jesús no dudó en decir la verdad al poder. Sin duda, se dio cuenta de que podría tener un final similar.

Sin embargo, lo que es notable en el evangelio hoy es que Jesús no demora en su rumiación.  En poco tiempo está curando a los enfermos que le sigue acudiendo.  Tal vez por su reflexión sobre la muerte Jesús se da cuenta de que la gente busca más de la sanación del cuerpo.  Hacen falta un remedio para sus almas.

Vivimos en un mundo con miles de millones de otras personas.  Además, desde que los hombres lo han habitado por miles y miles de años, han existido muchos más seres humanos.  Como si no fuera bastante, en los cielos hay un sinnúmero de estrellas con planetas posiblemente habitados. ¿Cómo no pensaríamos que seamos como nada, de no más valor que unos granos de arena en el desierto o gotas de agua en el mar?  Nos preguntamos que dentro de poco seríamos olvidados más rápido que sonidos en la noche.

Como remedio a estos pensamientos turbantes Jesús quiere que todo el mundo conozca la preocupación de Dios para él o ella.  Para el gran número de personas ante él ahora Jesús tiene en cuenta un banquete que mostrará la solicitud de su Padre.  Ellos pudieran comprar comida para sostenimiento en los caseríos, pero no les nutriría por mucho tiempo.  En lugar de la sobrevivencia Jesús quiere proveerles la sobreabundancia del pan proclamado por el profeta del exilio babilónico en la primera lectura de hoy.  Este visionario anónimo, que los eruditos llaman “segundo Isaías”, sembró semillas de esperanza entre un pueblo desanimado.

Cinco siglos antes de Cristo los judíos exiliados en Babilonia languidecían.  Habían perdido su patria, sus casas, y probablemente más de algunos parientes y amigos.  Ahora después de cincuenta años de captividad, escuchan el siervo de Dios hablar de la oferta de “platillos sustanciosos”.  No es un almacén cargado de víveres sino un suministro de dones espirituales con que un pueblo justo podría prosperar.

Jesús en el lugar despoblado manda a la gente que tomen sus puestos.  Entonces toma los alimentos a mano (apenas cinco panes y dos pescados) mira al cielo, pronuncia una bendición, parte el pan y se les da a los discípulos para repartir.  Si estas acciones nos recuerdan de la Eucaristía, estamos pensando con Mateo, el evangelista.  Los cinco panes y dos pescados, bendecidos y partidos, representan los componentes de la Última Cena, donde originó la Eucaristía. 

Por eso, cada vez participamos en la misa, nos nutrimos con la superabundancia de Dios.  Sabemos que el pan se ha transformado en lo que Jesús lo pronunció en la Cena: su Cuerpo.  Entregado, crucificado, y resucitado de entre los muertos, su Cuerpo les aseguró a sus compañeros en esa dichosa comida la superabundancia de la vida.  Al recibirlo dignamente, nos regala a nosotros también la superabundancia que no se acaba ni con la muerte.

El domingo, 26 de julio de 2026

 XVII DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)

Tres escenarios de infortunio. Primero, tu esposo ha accidentado.  Lo ha dejado herido y el único coche de la casa destruido.  Sientes profundamente angustiada.  Segundo escenario, tu esposa tiene Alzheimer.  La has puesto en un asilo.  La facilidad es de alta calidad, pero a ella no le gusta.  Cada vez que la visita, llora pidiendo que la regreses a casa. Es tan triste la situación que no ya no quieres ir a verla. Tercer escenario, tu hijo mayor se ha hecho rebelde.  Por mucho tiempo ha dejado asistir en la misa dominical con la familia y recientemente ha dejado el colegio.  Pero lo que te has hecho tremendamente preocupado es que ayer encontraste una pistola en su recamara.

Estos casos no son tan raros que no puedan pasar a cualquier de nosotros.  Nos causarían revisar la vida para ver si hemos hecho alguna cosa para merecer tal situación deprimente.  Además, comenzamos a dudar la existencia a Dios o, por lo menos, su bondad. Realmente, no sabemos que pensar y mucho menos que hacer.

Entonces recordamos la historia de la conversión de San Agustín.  Un día cuando caminaba en su jardín reflexionando sobre su vida desordenada, oyó la voz de un niño.  Le dijo, “Toma y lee”.  Agustín encontró su Biblia, la abrió y topó la página de la Carta a los Romanos que dice, “… basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne (Rom 13,13-14). La experiencia confirmó su decisión de hacerse cristiano.

En nuestros predicamentos sería oportuno recordar otro versículo de la misma Carta a los Romanos.  Se encuentra en la segunda lectura de la misa hoy.  Dice: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador” (8,28).  Las palabras disipan nuestra ansiedad.  Sabemos que podemos manejar la situación difícil porque Dios está con nosotros. Su presencia nos hace confiados que nada puede superarnos mientras nos apoya.  Todo estará “bien”.  Ahora sabemos lo que Jesús quiere decir en el evangelio cuando habla del “Reino de Dios”. Dice que vale más que la perla más fina porque nos asegura del amor de Dios para siempre.  Al mantener una amistad con Dios, podemos enfrentar cualquiera dificultad con la calma.  Pues, ¿quién puede arrebatarnos de sus manos?

Hay varios versículos bíblicos que no solo nos llaman la atención sino también la memoria.  Uno es Juan 3,16: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Otro es de los mandamientos de Jesús de amor: “’… tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo (mandamiento) es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Marcos 12,29-31).  Romanos 8,28 es otro versículo que nunca debemos olvidar: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios …”


El domingo, 19 de julio de 2026

 XVI DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Hace un año una tormenta hizo crecer las aguas del río Guadalupe en el medio de Texas casi quince metros en cuarentaicinco minutos. La inundación se cobró la vida de 119 personas, entre ellas veinticinco niñas asistiendo en un campamento de verano a la orilla del río. Ahora entre demandas y acusaciones de descuido, sin dudas los parientes de las víctimas preguntan: “¿Por qué Dios permite tales desastres?” La primera lectura y el evangelio de la misa hoy intentan dar respuestas a esta interrogante, que a menudo se llama “el problema del mal”.

La primera lectura del Libro de la Sabiduría afirma la justicia de Dios. Dice que es justo porque tiene el poder. Puede recompensar o castigar a los hombres según sus hechos. El pasaje nos asegura que el malo no va a vencer al final. La justicia de Dios va a derrotarlo mientras recompensa al inocente al final de las cosas.

Sin embargo, el Libro de la Sabiduría no explica por qué Dios permite que el malo arruine las vidas de algunos hasta quitar la vida de niños. Iván Karamazov es personaje de una famosa novela rusa que es consumido por el problema del mal. Él dice memorablemente que mientras Dios no responde adecuadamente a por qué permite el mal a los inocentes, le devolverá su entrada al cielo. Es decir, como Dios permite que los niños sufran, no quiere tener nada que ver con Él, ni siquiera tomar un asiento en el cielo que su Bautismo le promete. Para algunos al decir que los inocentes están destinados al cielo y los malvados al infierno no justifica el dolor, a veces horrífico, en la vida actual.

En el evangelio Jesús utiliza una parábola para explicar el problema del mal. Dice que, al igual que no se puede cortar la cizaña de un campo sin dañar el trigo, tampoco se puede eliminar todo el mal sin perjudicar a algunas buenas personas. Pero al tiempo de la cosecha la diferencia entre la cizaña y el trigo se hará clara. Entonces se puede cortar y encender la cizaña primero para que solo el trigo sea recogido en el granjero.

Una vez más, solo al final será la justicia con los inocentes apremiados y los malvados castigado.

La fe tiene otra respuesta al problema del malo. Enfoca en la historia de Jesucristo. Después de hacer muchos actos de servicio, se entregó a sí mismo a las autoridades. Aunque era completamente inocente, sufrió el suplicio de la crucifixión. Murió como el peor de criminales, pero dentro de poco Dios lo resucitó de entre los muertos y lo colocó a su derecha para siempre. Ahora nos ofrece su trayectoria como respuesta definitiva a nuestra inquietud sobre el malo. Nos dice todo estará bien. Tenemos no solo una promesa sino también la historia de Jesús como comprobación.

Deberíamos admitir que no existe respuesta completamente satisfactoria al problema del mal. El malo es un misterio más allá que alcanza la mente humana. Sin embargo, queda la esperanza del gran ajuste al final de los tiempos cuando Jesús vendrá para juzgar a todos. Por su resurrección de entre los muertos Jesús nos dio una vislumbre del resultado para los inocentes.

Entretanto podemos hacer obras de misericordia. Estas obras servirán no solo para aliviar un poco la miseria de los dolientes sino también atestiguan a Jesús. Por tomar tiempo para consolar a los afligidos y ayudar a los débiles imitamos a nuestro Señor Jesucristo. Además, estaremos mostrando nuestra convicción de que él vendrá para corregir todas las injusticias de la historia.

El domingo, 12 de julio de 2026

 

XV DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Este pasaje del Evangelio es a la vez familiar y difícil de comprender. Lo hemos escuchado innumerables veces y sabemos que los distintos tipos de tierra representan distintos tipos de personas. Estas imágenes son tan impactantes que muchos prestan poca atención a la segunda parte del pasaje. Allí, Jesús indica que algunos no comprenden la parábola porque ya han rechazado el mensaje fundamental de su predicación. Analicemos nuevamente la parábola antes de intentar comprender cómo algunas personas rechazan el mensaje de Jesús.

Sabemos que la Parábola del Sembrador aparece en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. También se encuentra, en una versión abreviada pero más poderosa, en el Evangelio de Juan. Poco antes de su Pasión, Jesús dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:24). En Mateo, Marcos y Lucas, la tierra debe estar libre de obstáculos para que el grano dé fruto. En Juan, el énfasis está en que el grano muera en la tierra para que tenga una cosecha abundante.

En los cuatro evangelios, el grano representa la palabra de Dios. Sin embargo, «la palabra» en Mateo, Marcos y Lucas tiene un referente diferente al de Juan. Los tres primeros evangelios presentan la «palabra de Dios» como el mensaje de Dios proclamado y escuchado, tal como lo describe el profeta en la primera lectura de hoy. Isaías dice que la palabra que sale de la boca de Dios siempre cumple su propósito. Siempre trae salvación al pueblo de Dios. En el Evangelio de Juan, sin embargo, la «palabra de Dios» es Jesús mismo, quien muere en la cruz para redimir a la humanidad del pecado y la muerte.

En Mateo, Marcos y Lucas, Jesús explica el significado de la parábola. La semilla que cae en el camino no puede dar fruto porque las aves la devoran antes de que germine. Es como las personas entrometidas que no se centran en la palabra de Dios, sino que se dejan llevar por las trivialidades de la vida. El terreno rocoso no da fruto porque es duro y poco profundo. Representa a quienes inicialmente desean servir a Dios, pero luego se desaniman cuando llegan las pruebas de la muerte, la duplicidad y las dificultades. El terreno espinoso tampoco da fruto porque las espinas ahogan las plantas jóvenes. Representa a quienes permiten que el poder, el prestigio y el placer sofoquen la inspiración de Dios en sus corazones. Para dar fruto abundante, debemos liberarnos de todo lo que nos impide priorizar el amor a Dios y al prójimo.

Ahora consideremos la parte desafiante del Evangelio de hoy. Jesús dice que habla en parábolas porque hay personas que tienen ojos pero no ven, y oídos pero no oyen ni entienden. Estas son las personas que han rechazado su mensaje fundamental de «arrepiéntanse y crean». Sus corazones se resisten a amar a los demás y a perdonar a quienes los han ofendido. Para ellos, las parábolas no son más que acertijos sin sentido.

El Papa Francisco solía observar que existe una diferencia crucial entre pecadores y corruptos. Decía que hay esperanza de que los pecadores se arrepientan, pero los corruptos se han endurecido tanto que ya no reconocen su necesidad de conversión. Este grupo incluye, sin duda, a asesinos y proxenetas, pero también puede incluir a personas tan rígidas que, aunque asisten a misa, no quieren oír hablar de misericordia ni de amor.

Todos deberíamos preguntarnos si tenemos tendencias como las de este último grupo. Si descubrimos que nuestros corazones se han endurecido para amar a los demás, si nos encontramos cada vez más ensimismados, entonces debemos arrepentirnos sin demora. El Señor nunca deja de amarnos. Siempre está dispuesto a ablandar nuestros corazones, a ayudarnos a amar a los demás y a capacitarnos para dar abundante fruto para su Reino.

El domingo, 5 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al país.

En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad, justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida por la ley y no por los privilegios.

En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».

Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la ruina.

Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.

No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta nación.

  

El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».

El domingo, 21 de junio de 2026

 XII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Una vez más el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida espiritual.  El pasaje se toma del “discurso apostólico” de Jesús, uno de las cinco lecciones que junto con las narrativas que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo.  Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares del gran envío de los apóstoles al final de la obra.

Como el papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles: “’No tengan miedo’”.  ¿Miedo de qué?  En los primeros tres siglos de la Iglesia las vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y prácticas.  Este tipo de persecución todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África.  Pero es raro en las naciones occidentales. 

Sin embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo.  Muchos temen ser menospreciados o considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo. Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez.  Puede que algunos se burlen de nosotros ahora.  Pero no debería sorprendernos que dentro de veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.

Jesús no dice que todo tipo de miedo sea innecesario.  De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y el cuerpo’”.  Desgraciadamente, no menciona a quién se refiere.  ¿Quién puede arrojarnos al infierno?  Algunos comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre.  Otros opinan que quiere decir el diablo.  ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el diablo – son formidables y merecen el temor?

Pensamos en el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría arrojarnos allá.  Sin embargo, el efecto sería igual: la perdida perpetua de la felicidad.  A propósito, si no aceptamos los términos como “diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”.  Lo que queremos decir es que nuestras tendencias naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse inordenados de modo que nos sofoquen.  Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y prójimo. 

Ciertamente Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría?  Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera de su cuidado.  Sin embargo, nos ha creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables.  Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia.  Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios no nos impedirá a separarnos de Él.

Sí debemos temer a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez.  Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa.  Por esta razón la Palabra de Dios estipula que el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud en un partido de fútbol.

Desde que hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa Mundial.  En años previos la competición fue asociada con mucho placer ilícito.  Obviamente los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a pesar de ser millonarios.  Necesitaban el temor de Dios para ponerse en el camino recto.  Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian Mbappé.  Para ellos el futbol es un pasatiempo emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.

El domingo, 14 de junio de 2026

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario
(Éxodo 19:2-6a; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36–10:8)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús en el evangelio que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Si es así, podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  Al otro lado, puede ser más duro que siempre transmitir las enseñanzas de Cristo.  No obstante, somos llamados tan mucho como siempre a seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 7 de junio de 2026

 

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3, 14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Pudiéramos llamar este tiempo del año “la temporada de los grandes misterios”. El domingo pasado celebramos la Santísima Trinidad, conocida como el misterio central de la fe cristiana. Aunque no pertenece a esta época del año, el misterio de la Encarnación, o la Navidad, también tiene una importancia extraordinaria. Asimismo, la Resurrección de Jesús de entre los muertos ocupa un lugar trascendente entre los misterios de nuestra fe. Completamos esta lista de misterios fundamentales del cristianismo con la fiesta que celebramos hoy: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o Corpus Christi.

Antes de reflexionar sobre esta solemnidad, conviene entender qué es un misterio de la fe. No es un enigma que deba resolverse con la inteligencia humana. Más bien, es una revelación de Dios para ser contemplada, aceptada e incorporada a la vida. Hablamos, por ejemplo, de los misterios del rosario, como la Asunción de María y la Transfiguración del Señor. Al contemplarlos, nos damos cuenta de que no están completamente fuera de nuestro entender. Con la gracia del Espíritu Santo, seremos asumidos al Reino de Dios, donde contemplaremos a Cristo glorificado.

Al decir “el Cuerpo y la Sangre de Cristo”, estamos hablando de la Eucaristía, el sacramento que fortalece y profundiza nuestra relación con Jesucristo. En su compañía experimentamos los primeros destellos de la vida eterna. Así avanzamos hacia la meta humana universal de la felicidad para siempre. Las lecturas de hoy nos enseñan en qué consiste este sacramento y cómo transforma nuestra vida.

En el Evangelio, Jesús afirma que da su propio cuerpo para comer y su propia sangre para beber. Como los judíos reaccionan con incredulidad, Jesús enfatiza que no está hablando en sentido figurado. Repite lo que acaba de decir, pero emplea una expresión aún más fuerte: quien mastica su carne permanece en él. ¿Cómo puede la carne de una persona ser consumida sin violar la dignidad humana? La respuesta nos introduce en el misterio eucarístico. El pan de trigo se transforma interiormente en el Cuerpo de Cristo para beneficio de quien lo recibe. No se viola la dignidad humana porque lo que se consume son la apariencia y las cualidades del pan, no las de la carne humana. Sin embargo, bajo la apariencia del pan permanece la realidad del Cuerpo de Cristo.

Como prueba de este misterio, el Cuerpo de Cristo no disminuye dentro de quien lo recibe, sino que crece. En la segunda lectura, san Pablo pregunta: “El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo?” Claro que sí. El Cuerpo de Cristo, que también es la Iglesia, crece a medida que nosotros somos fortalecidos por la Eucaristía. En una frase célebre, san Agustín explica este fenómeno: el alimento ordinario se transforma en quien lo come; pero al recibir el Cuerpo de Cristo, es el comensal quien se transforma en Cristo.

La Eucaristía también es alimento para el camino. La primera lectura proviene del discurso final de Moisés a los israelitas. Allí les recuerda que el Señor los alimentó con otro “pan” extraordinario en el desierto. Ese “pan,” el maná, les permitió continuar su marcha y formarse como Pueblo de Dios. De manera semejante, la Eucaristía nos permite seguir adelante en las luchas de la vida. Con ella podemos superar las tentaciones, crecer en la caridad y soportar las pruebas hasta que lleguemos a nuestro destino definitivo junto a Dios.

Los misterios no son solo para ser contemplados; también deben ser vividos. En cuanto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, vivir este misterio exige que respondamos positivamente a algunas preguntas. ¿Damos a la Eucaristía el honor debido al prepararnos para recibirla mediante el ayuno apropiado, pidiendo perdón por nuestros pecados y respondiendo con un sincero “Amén” cuando se nos presenta? ¿Observamos los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia, cooperamos con las iniciativas de nuestra parroquia y participamos activamente en sus ministerios? Finalmente, ¿nos estamos preparando para el último viaje de la vida tratando a nuestros familiares con amor, compartiendo con los pobres de nuestra abundancia y evitando hacer el mal?

Aunque vivir de esta manera exige esfuerzo, vale la pena. No es por nada que la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es llamada “la fuente y cumbre” de nuestra fe católica. Es la fuente porque nos nutre en el camino, y es la cumbre porque se convierte en el banquete celestial.  

 

El domingo, 31 de mayo de 2026

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

Las lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.

La concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su imagen, ni administradores de sus tierras.

La historia babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.

El entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

El amor entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros para hacernos santos como ellos.

La Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo. Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.

La doctrina de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros deberíamos amar a uno y otro.