El domingo, 12 de julio de 2020


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)


“Palabras son baratas”, dicen algunos.  No son necesariamente cínicos, sólo personas de la experiencia.  Todos nos hemos encontrado con mentirosos y estafadores que ocupan palabras para engañar.  Pero no es que todos hablen falsamente.  Esperamos palabras de verdad de nuestros médicos y maestros.  Podemos contar con Dios sobre todo para decirnos la verdad.

Dios nos habla primero en la naturaleza.  Podemos leer su amor para nosotros en la grandeza de las montañas y la belleza de las flores.  Observando el propósito de las tendencias naturales, podemos discernir las leyes de Dios.  Más directamente, Dios nos habla a través de la Escritura.  La primera lectura hace hincapié en el poder de la palabra de Dios dicho por los profetas.  Nunca falla de cumplir su fin.  Los judíos estaban sufriendo la humillación en Babilonia cuando Dios dijo “basta”.  Entonces se les permitió a volver a su país para comenzar de nuevo como una nación.

Dios habla su palabra más definitiva con su Hijo, Jesucristo.  Él vino al mundo para revelar el amor del Padre a toda persona humana.  Su revelación no se manifiesta solamente por palabras sino también con acciones.  Sus curas manifiestan la voluntad de Dios que todos vivan en una naturaleza renovada del desorden mencionado en la segunda lectura.  Sin embargo, la acción preeminente del amor fue su pasión y muerte en la cruz.

El evangelio habla de las semillas esparcidas en todas partes.  No hay ninguna parte del campo que no reciba los granos.  La parábola indica cómo que el evangelio llevando la historia del sacrificio del Hijo de Dios por el mundo se dispersa por todas partes.  Todos tipos de gentes lo oyen y lo responden según su propia disposición.  La parábola describe cuatro disposiciones de personas como condiciones de la tierra: la orilla del camino, la tierra poca profunda, la tierra con espinos, y la tierra fértil.  Vale la pena reflexionar sobre cada una de estas condiciones con atención en lo que querría decir hoy en día.

Algunas personas no quieren salir de la calle.  Piensan en la vida como una gran competencia para sacar el más placer posible.  Sus palabras son a menudo falsas y se enfocan en sexo crudo.  No pueden entender el amor gratuito de Dios que quiere incluirnos en su familia.  Como dirá Jesús, estas personas han sido llevadas por el diablo. 

Otro tipo de persona escucha con interés la palabra de Dios.  Se percatan con la promesa de la vida eterna, y se dicen a sí mismos que van a seguir al Señor Jesús.  Desgraciadamente no tienen la consistencia para cumplir el plan.  Son como tierra poca profunda.  Pasan día tras día en frente a la televisión o digitando sus teléfonos.  Dicen “mañana, voy a comenzar”, y el día siguiente repiten la misma cosa.

La gente del tercer grupo también responde favorablemente a la historia de Jesús en el principio.  Quieren seguirlo, pero quieren seguir también cosas que a menudo corren al rumbo contrario. Al nombrar sólo tres hay el poder, el prestigio, y la plata.  No malos en sí mismo, estas atracciones pueden ahogar a la persona de modo que se olvide de los valores más fundamentales como la justicia y el bien común.  Varios candidatos políticos hoy en día parecen caracterizar este planteamiento.  Dicen que son católicos, pero no dejan de apoyar el aborto y el matrimonio gay. 

La “tierra buena” describe la gente que aman a todos los hombres tanto como a Dios.  Son personas que reconocen su pobreza sin Dios y su riqueza con Él.   No les hace caso el gasto de tiempo, energía, y dinero en el servicio a los demás por la gloria de Dios.  Son personas que se acogen a los pobres como sus amigos.  Como Jesús mismo quieren sembrar semillas de paz y amor entre la gente.

En lugar de pensar en nosotros mismos como un tipo de tierra, es mejor considerarnos como un campo.  Nuestro campo tiene todos los cuatro tipos de tierra mencionados en la parábola.  Somos en parte camino, en parte tierra poca profunda, en parte tierra con espinos, y en parte tierra buena.  Nuestra tarea en la vida es labrar el campo para que toda la tierra rinda productos.  Tenemos que cubrir el camino con tierra por evitar lo grosero que estropea el alma.  Tenemos que añadir tierra a la parte de poca profundidad por cumplir las promesas que hacemos a Dios y a los demás.  Y tenemos que arrancar los espinos de cosas frívolas de nuestras vidas. Entonces vamos a estar apoyando a nuestros compañeros, dando gloria a Dios, y conservando la esperanza de la vida eterna para nosotros mismos.

El domingo, 5 de julio de 2020


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

En un drama televisor una maestra es despedida de su empleo en una escuela católica.  Ella ha violado lo política de la escuela por haber procurado la fertilización in vitro.  Eso es, ella y su esposo habían contratado con un laboratorio para producir un embrión usando su ova y esperma. 

La Iglesia ha enseñado que este proceso va en contra de la dignidad humana.  Sin embargo, muchos aplaudan el proceso como dar socorro a las parejas infértiles.  Piensan que la Iglesia católica es injusta con sus muchas reglas.  Según esta gente no es correcto prohibir a los divorciados recibir la Santa Comunión.  Ni es bueno obligar a los fieles asistir en la misa cada domingo y abstenerse de la carne los viernes de la Cuaresma.  Ven a los obispos semejantes a los fariseos en el evangelio siempre echando fardos pesados sobre las espaldas de los pobres.

En el evangelio hoy Jesús ofrece el consuelo a los pobres.  Dice que los aliviará de la carga de los fariseos.  Les pide que asuman su yugo que es suave.  Su yugo es su manera de vivir como un hijo amado de Dios Padre.  Implica atención a sus mandamientos, que son aún más retadores de aquellos de los fariseos.  Podemos pensar en los mandamientos del Sermón del Monte como, por ejemplos, “amen a sus enemigos” y “quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.  Pero la diferencia entre el yugo de Jesús y el fardo de los fariseos es que el yugo de Jesús es basado en una nueva disposición interior.  Sus discípulos son renovados con la conciencia conforme a Dios que les ama muchísimo.  Entretanto, el fardo de los fariseos es una lista extendida de obligaciones impuestas exteriormente.  Con estas muchas exigencias la persona se siente apurada y poco apreciada.

San Pablo nos señala lo que es asumir el yugo de Jesús en la segunda lectura. Dice que la gente de Cristo no vive conforme al desorden egoísta sino conforme al Espíritu.  Vivir conforme al desorden egoísta es querer que toda cosa complazca el yo.  Viviendo conforme al Espíritu apoyamos a uno a otro en la humildad.  Aquellos que viven conforme al desorden debería darse cuenta que cualquiera ventaja que tenga termina con la muerte.  Aquellos que viven conforme al Espíritu no sólo conocen la alegría del Espíritu en la vida cotidiana sino también miran adelante a la vida eterna.

Tenemos que volver a la cuestión de las muchas reglas en la Iglesia católica.  Estas reglas no son trucos burocráticos de los obispos para someter a la gente.  Más bien son leyes prescritas por Dios en la naturaleza y la Revelación.  Vivir en conforme con ellas trae la paz de mente por no ofender a Dios, nuestro  Padre amoroso.  También, ello produce la harmonía de cuadrarse con la naturaleza.  Tal vez una analogía nos servirá bien aquí.  Vivir en conforme con los mandamientos de Dios es acomodarse con el calor del verano por llevar ropa ligera.  Ciertamente esto es preferible que construir un sistema de acondicionadores de aire para que se pueda llevar la ropa elegante del invierno.  Esto es vivir conforme al desorden egoísta.

El papa San Juan Pablo II decía que la primera obligación de cada cristiano es permitir que Dios le ame.  Esto es la disposición de Jesús.  Esto es vivir conforme al Espíritu de alegría y la dignidad humana.  Esto es el yugo suave de Jesús que quiere que tomemos.

El domingo, 28 de junio de 2020


EL TREDÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)


En una película, basada en la vida verdadera, un muchacho está viviendo en la calle.  No puede volver a la casa de su mamá porque ella es drogadicta.  El muchacho tiene habilidad atlética pero parece que ello va a desperdiciarse.  Entonces encuentra una familia que le ofrece hogar, y su vida cambia.  Se inscribe en una escuela privada donde se destaca como jugador de futbol.  En tiempo se hace la estrella de su equipo universitario y recibe contrato para jugar profesionalmente.  En la segunda lectura San Pablo describe una trayectoria semejante para todo cristiano.

Pablo describe el efecto del bautismo en nosotros.  El sacramento nos incorpora en la muerte y la resurrección de Cristo como si fueran una familia nueva.  Nos volvemos de ser pecadores a ser como santos.  Es tener una vida nueva con Jesucristo como nuestro patrón.  Él nos enseña, nos capacita, y nos acompaña a la felicidad eterna. 

La familia de Jesús no reemplaza la familia natural pero la transciende. Por eso, Jesús exige en el evangelio hoy que sus discípulos amen a él más que a sus padres y madres, más que aun a sus hijos.  No es muy difícil pensar en casos en los cuales la persona deja a sus padres en favor de Jesús.  Nos recordamos cómo San Francisco de Asís se desvistió en público para renunciar los modos de su padre, el comerciante de tela.  Pero ¿cómo se muestra el amor para Jesús más que para un hijo o hija?

Puede ser que la hija de ustedes quiere casarse fuera de la iglesia.  Se ha enamorado con un divorciado y vienen a ustedes para pedir su bendición.  También quieren que financien la boda.  Les da gran dolor a ustedes no sólo porque ella va a estar viviendo en pecado sino también porque va a dar mal ejemplo a sus hermanos.  ¿Qué deberían ustedes hacer en este caso?  ¿Deberían ustedes no asistir en la ceremonia?

Ojalá que no digan que no importa si casan por la iglesia o no.  Sólo el matrimonio sacramental recibe el apoyo de la gracia del Espíritu Santo.  Sólo el matrimonio sacramental puede dar testimonio al amor de Cristo para la Iglesia.  Además Jesús ha prohibido el divorcio de modo que si se junta con un divorciado, esté cometiendo adulterio.

Sería una traición del amor a Cristo apoyar el matrimonio.  No deberían pagar por la fiesta ni entregar a la joven a su novio.  ¿Podrían ustedes asistir en la ceremonia?  No, porque sería reconocimiento de un matrimonio que no creen verdaderamente existe.  Tal vez puedan asistir en la fiesta después para saludar a los huéspedes.  Si lo hacen, deberían expresar su desaprobación del asunto.

Sin embargo, no querrían romper su relación con su hija.  Querrían asegurarla de su amor aunque tienen que decir cómo aman a Cristo sobre todo.  También querrían tratar al hombre con respeto.  Sería difícil para la pareja aceptar su decisión, pero ustedes esperan que en tiempo vean la sabiduría de su postura.  Sería su menester también rezar particularmente que ella un día regrese a los sacramentos.

A veces parece tan duro ser cristiano que nos preguntemos si vale la pena.  Por supuesto que sí.  No es sólo porque tenemos la vida eterna como nuestro destino.  También, incorporados en su familia, conocemos el amor de Cristo todos los días de nuestra vida. 

El domingo, 21 de junio de 2020


EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)


El diácono estaba en conflicto con el sacerdote de su parroquia.  Le escribió un email deplorando la falta de mencionar el racismo en la misa el domingo anterior.  Ciertamente al menos una súplica por las victimas del racismo estaba indicada.  Pues todo el país estaba en revuelto sobre la brutalidad de parte de un policía blanco hacia un negro.  El sacerdote respondió que no quería causar división en la congregación.  Uno se pregunta lo que diría Jesús sobre este motivo para mantener la paz.

En el evangelio Jesús dice a sus apóstoles que pregonen desde las azoteas lo que él les ha enseñado.  No quiere que sean tímidos sino abiertos.  Aun si les cuesta la vida, quiere que proclamen sus enseñanzas.  Advierte que sería mejor perder la vida por causa del evangelio que perder el alma para conservar el cuerpo.  Entonces tenemos que preguntar: ¿qué ha enseñado Jesús sobre el racismo?

No mucho, al menos en este Evangelio según San Mateo.  Sin embargo, podemos recorrer el Sermón del Monte buscando huellas de su planteamiento sobre el tratamiento de otros tipos de personas.  En el principio del Sermón, Jesús declara “dichosos” aquellos “de corazón humilde”.  Estos son personas que no promueven su propio bien o el bien de sus compañeros sino buscan el bien de todos.  La humildad era la disposición de San Martín de Porres.  Él sirvió a todos.  No pasó por alto las necesidades de los negros enfermos de su ciudad mientras atendía a los frailes españoles de su convento. 

En la segunda parte del Sermón Jesús reta a sus discípulos: “’Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen’”.  Desgraciadamente a veces los blancos y los negros ven a uno a otro como enemigos.  Hablan de “nosotros” y “ellos” como si vivieran en otros países.  Jesús querría que todos se refrenen de este tipo de discriminación.  Exhortaría el amor fraternal entre las razas. Como dijo otro Martín, el doctor Martin Luther King: “’Tengo el sueño de que un día… los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos podrán sentarse juntos en la mesa de la hermandad’”.

En la última parte del Sermón del Monte Jesús entrega una serie de proverbios.  Uno de estos es particularmente pertinente aquí.  Dice: “’No juzguen a otros, para que Dios no juzgue a ustedes’”.  En lugar de rechazar a personas de otras razas, Jesús promovería la tolerancia y la comprensión de ellas.  Nos aconsejaría que tengamos cuidado de no descartar a otra persona como “no inteligente” o “no capaz” porque viene de una familia pobre o quebrada.  El padre de Clarence Thomas, el único juez negro de la Corte Suprema, abandonó su familia.  Entonces su abuelo crió al juez Thomas para ser persona cumplida.

Los negros han sido oprimidos por siglos.  Ahora están luchando para mantener la dignidad humana.  Porque constituyen parte de nuestra comunidad, valen el apoyo de todos.  Ciertamente el Señor Jesús no los despediría como no despidió a la samaritana o la cananea en el evangelio.  Cuando tengamos la oportunidad de conversar con personas negras, descubrimos valores comunes, a menudo el amor para Jesús.  Sin duda vale reconocer su angustia cuando el racismo se levanta su cabeza fea.

Durante el imperio romano fue un crimen evangelizar.  Cerca del año 200 los cristianos podían dar culto al Señor pero estaban prohibidos de contar de él con los demás.  Si la ley prohibiera tal tipo de hablar hoy en día, ¿habría evidencia para condenarnos?  Que esperemos que sí.  Que proclamemos desde las azoteas que seamos opuestos a la discriminación racial porque somos discípulos de Jesús.  Que proclamemos que seamos opuestos a la discriminación.

El domingo, 14 de junio de 2020


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)


La fiesta de Corpus Christi tiene como propósito la meditación sobre el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Eso es, celebramos la fiesta para profundizar nuestro aprecio de la Eucaristía.  Por dos meses ustedes no podían recibir el sacramento debido al confinamiento.  Tuvieron que hacer la comunión espiritual.  En un sentido estaban cumpliendo el propósito de Corpus Christi. ¿Cómo fue la experiencia?  A lo mejor, no fue tan satisfactoria como recibiendo la hostia en la misa.  Vale la pena reflexionar sobre los elementos de la fiesta de Corpus Christi para mejorar la experiencia de la comunión.  Sea la comunión espiritual o la comunión sacramental, deberíamos querer recibirla con mayor aprecio.

El primer elemento de Corpus Christi es la misa.  El sacerdote en persona de Cristo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.  Se hace presente Jesucristo en forma sacramental.  Entonces venimos al altar para recibirlo.  La maravilla es que la comida y la bebida sacramental no se convierten tanto en nuestros cuerpos.  Más bien, la comida y bebida sacramental transforman a nosotros en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.  Por eso, San Pablo pregunta a los corintios en la segunda lectura: “…el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?”  Claro que hace. Ciertamente somos unidos a Cristo también por la oración y el sacrificio, pero  no tan íntimamente.  Las madres reprenderán a sus hijos que si siguen comiendo pizza, van a verse como una pizza.  Es una broma.  Pero es cierto que tanto más recibamos la Santa Comunión dignamente, tanto más nos convertimos en el Cuerpo de Cristo.

Después de la misa de Corpus Christi formamos una procesión, al menos era así en este país hace setenta años y sigue así en varios países latinos.  La procesión forma el segundo elemento de la fiesta.  Con el sacerdote llevando el pan consagrado, caminamos por el vecindario.  Es una bendición gratuita para toda la comunidad.  Tal vez se ve aun una policía hincándose cuando pasa la procesión.  La procesión imita la marcha de los israelitas en la primera lectura.  Ellos  recorren por el desierto cuarenta años para que se formaran en el Pueblo de Dios.  Así es con  nosotros caminando con el Santísimo Sacramento.  Nos empezamos de reconocer al uno al otro no sólo como conciudadanos sino como miembros de la misma familia de Dios.

La característica más prominente de la primera lectura es el maná.  Dios deja este alimento extraño para dar de comer a Su pueblo.  Se encuentra en el suelo del desierto como el rocío en el césped en la madrugada.  Pero no semejante al rocío el maná tiene una base sustancial.  Se puede secarlo y molerlo para preparar pastelitos.  Nos parece como la hostia usada en la misa.  La hostia no parece nutritiva para nada.  Sin embargo, transformada en el Cuerpo de Cristo, se hace en la fuente de la vida eterna.

Tenemos oportunidad para contemplar la vida eterna cuando entramos de nuevo en el templo.  La veneración del Santísimo comprende el elemento final de Corpus Christi.  Por la veneración nos percatamos de lo que Jesús significa en el evangelio hoy cuando dice: “’El que come de este pan vivirá para siempre’”.   Es la vida del Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  Consiste en el gozo de estar con aquellos que amamos y que nos aman en nuestras vidas.  Será un compartir perfecto porque no habrá las preocupaciones y los defectos personales que amargan la vida ahora. 

Una vez una película terminó con todos los personajes congregados en la iglesia tomando la comunión.  Todos estaban allí: los héroes y los tunantes, los blancos y los negros, los ricos y el ciego, llevando sonrisas.  Eran reconciliados por la gracia de Cristo.  Era sólo la visión del director del cielo, la vida "para siempre”.  No sabemos en realidad cómo es la vida eterna.  San Pablo dice que “…ninguna mente ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman” (I Corintios 2,9).  Sin embargo, se puede decir con confianza que vale la pena esforzarse para lograrlo.

El domingo, 7 de junio de 2020

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)


Hoy celebramos a Dios.  Queremos conocerlo mejor.  De una manera no debería ser difícil.  Pues según los teólogos, Dios es el más simple de seres.  Como espiritual, Dios no tiene partes.  También, dicen los teólogos que su existencia es su esencia.  ¿Qué?  No nos preocupemos de esto; no es necesario que entendamos esta charla filosófica.  Hemos dicho que Dios es simple, pero también es misterio.  De hecho, es tan profundo misterio que no lo podamos comprender.  Por eso, vamos a satisfacernos con lo que dice de sí mismo en las Escrituras.

Por diferentes Escrituras Dios se ha revelado como una Trinidad de personas.  Es Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  En el Antiguo Testamento aprendimos especialmente sobre Dios Padre.  Se necesita clarificar una cosa aquí. Dios en el Antiguo Testamento no es vengativo como han dicho algunos predicadores del pasado.  Sí se preocupa por la justicia, particularmente por la justicia hacia los pobres.  Pero como en la parábola del Hijo Pródigo, Dios se revela a sí mismo como misericordioso en el Antiguo Testamento.  Dice Él en la primera lectura hoy: “’Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel’”.  Y así es.  Rescató a Su pueblo de la esclavitud en Egipto y nos rescata del pecado.

Algunos quieren hablar con Dios Padre como hablan con un vecino.  Esto no es malo, pero creo que tal conversación es más apropiada con Jesucristo, el Hijo de Dios.  En la primera lectura Moisés se postra en tierra cuando Dios pasa por él.  Deberíamos nosotros considerarlo con tanta reverencia que nunca diéramos por sentado sus bendiciones. 

El evangelio menciona al Hijo como el que Dios Padre envió para salvar al mundo.  En un sentido sabemos más del Hijo que el Padre y el Espíritu Santo porque se hizo hombre como nosotros.  Ciertamente Jesús se reía y lloraba como nosotros.  Amaba también pero de ninguna manera era su amor egoísta.  No amó a sus amigos para sacar placer o para aprovecharse económicamente.  No, amó a sus amigos y ama a nosotros por lo bueno que somos.  Quiere ayudarnos realizar nuestro destino eterno.  Tampoco era su amor "amor-lite".  Mostró el extenso de su amor cuando colgó en la cruz.  Sólo tan gran amor podía derrotar el poder del maligno.

Se ha descrito el Espíritu Santo como el amor entre Dios Padre y Dios Hijo.  La segunda lectura muestra esta verdad de una manera llamativa.  El pasaje consiste de los últimos versículos de la Segunda Carta a los Corintios.  San Pablo está recordando a la gente cómo deberían tratar a uno a otro. Desgraciadamente, la traducción que usamos en la misa no es exacta.  Dice que los cristianos deberían saludar a uno a otro con “el saludo de paz”.  Sin embargo, la palabra griega significa más que un “hola” o un apretón de manos.  Más bien, significa ósculo que es un beso piadoso.  Se han dicho que el Espíritu Santo es como tal beso entre el Padre y el Hijo.  El ósculo del amor divino toca a nosotros también.  Nos levanta de modo que veamos la bondad de todo hombre y mujer y los amemos como a nosotros mismos. 

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Son tres en número de personas pero uno en todo lo demás. Son uno en la voluntad para ayudarnos alcanzar nuestro destino eterno.  Son uno en el intelecto que sabe todos nuestros modos egoístas sin ponerse vengativo.  Sobre todo, son uno en el amor que le movió para hacerse nuestro vecino. 

El domingo, 31 de mayo de 2020


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)


Supongo que es igual en la mayoría de los idiomas.  Cuando se habla de babel, la gente piensa en la confusión, aun la tontería.  El Génesis describe el origen de la palabra.  Una vez el mundo entero hablaba el mismo lenguaje.  Entonces los hombres de la ciudad llamada Babel conspiraron a construir una torre para que lleguen al cielo.  Pensaban que el logro los hiciera famosos.  Dios bajó del cielo para ver lo que estaban haciendo.  Cuando observó la torre, confundió el lenguaje de los hombres de modo que tuvieran que dejar el proyecto.  No se dice específicamente, pero se puede pensar que Dios sembró la confusión en los hombres por el amor.  Supo que iban a lastimarse si habrían continuado.  De todos modos en la historia de Pentecostés vemos el proceso en revés.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles cuenta de la venida del Espíritu Santo a los discípulos. Desciende con el ruido de miles de aves aleteando sobre un espacio.  Entonces aparece sobre los discípulos en forma de lenguas de fuego.  El Espíritu está capacitando a los discípulos a proclamar al mundo el amor de Dios en Jesucristo.  La maravilla es que todos los extranjeros presentes entienden a los proclamadores en sus propios idiomas.  Es como si el hombre ha aprovechado el poder del fuego por la segunda vez.

En la segunda lectura San Pablo cuenta del resultado de la venida del Espíritu.  La gente forma la Iglesia, que él llama “el Cuerpo de Cristo” en el mundo presente.  Los hombres y mujeres vienen de diferentes naciones, razas, y clases sociales.  No importan sus orígenes sino su bautismo.  Todos han sido inundados con el mismo Espíritu del amor.  Ya ellos también pueden salir al mundo para anunciar el amor de Dios.  Sin embargo, no será misión individual sino comunal.  Algunos salen en el camino.  Otros rezan por su éxito.  Todavía otros trabajan para apoyar el proyecto.

El evangelio subraya un tema céntrico de la misión. Con el don del Espíritu Jesús otorga a sus discípulos la autoridad para perdonar pecados.  Sin el perdón el amor sería como algodón de azúcar; eso es, toda dulzura y poca substancia.  Porque el perdón nos exige a dejar atrás el odio y el rencor, nos cuesta mucho.  El Señor está diciendo que cuando perdonamos, Dios nos apoya.  Ciertamente el entendimiento tradicional que la Iglesia ha dado este pasaje tiene valor.  Los obispos y sacerdotes reciben el poder de liberar a los pecadores de sus deudas.  Pero vale aceptar la frase también como la voluntad de Dios que perdonemos al uno y otro.

Vemos la necesidad de perdonar en los sucesos recientes.  La pandemia ha mostrado la fragilidad del mundo.  Aun las naciones más avanzadas no podían proteger a sus poblaciones del virus.  Miramos como un portaaviones estadounidense estuvo casi discapacitado por el virus entre su tripulación.  Deberíamos entender el virus como una advertencia de Dios al mundo.  Quiere que detengamos la búsqueda insistente para elevar el yo con más poder, plata, y placer.  En lugar de edificar el yo, Dios quiere que todos los pueblos se hagan más como una gran comunidad.  Eso es, que veamos a uno y otro más como compañeros que amenazas.  Con todas las enemistades que existen, para cumplir esta tarea tenemos que ser dispuesto a perdonar.

La pandemia nos ha enseñado mucho.  Los científicos saben más del originen y la contención de los virus.  Los gobiernos han aprendido cómo controlar una crisis.  La gente está más consciente del saneamiento.  Todo este conocimiento ha tenido un costo muy alto.  Pero valdría la pena si se añade una enseñanza más.  Valdría si al final el mundo se hace dispuesto a perdonar los pecados del uno y otro.