El domingo, 23 de abril de 2023

TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Discípulos caminando juntos: esta frase puede describir el trasfondo del evangelio de hoy.  También representa cómo el Papa Francisco ve el “Sínodo sobre la sinodalidad”.  Como todos nosotros deberíamos saber ahora, el papa ha lanzado esta nueva manera de ser Iglesia.   Quiere que los sínodos, cuya raíz griega significa caminar juntos, se hagan el modo de la Iglesia para compartir las diferentes perspectivas y esperanzas de sus miembros.  En otras palabras, desea mucho más diálogo entre todos los que constituyen la Iglesia. Por una mirada cercana de este evangelio podemos identificar otras características de una Iglesia sinodal.

Dice el pasaje que Jesús se les acerca a los dos discípulos y comienza a hablar con ellos.  Jesucristo tuvo el lugar primario en el Segundo Concilio Vaticano hace sesenta años.  De hecho, el documento más céntrico del concilio, la Constitución dogmático sobre la Iglesia, se llama “Lumen gentium”, eso es, "la luz a las naciones", quien es ningún otro que Jesucristo.  Por el Bautismo han sido incorporados en él todos tipos de personas – tanto mujeres como hombres; tanto laicos como ordenados y religiosas.  Por eso, el Papa Francisco quiere que todos sean escuchados en la conversación sobre cómo llevar a cabo la misión de la Iglesia en nuestro tiempo. 

Algunos se preocupan de que una conversación tan expansiva termine en cambios nunca imaginados en el pasado. Sin embargo, tenemos las Escrituras y la tradición de la Iglesia para mantenernos en el camino marcado por Jesús.  Este evangelio apunta cómo Jesús “les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él”.  Estas mismas Escrituras, por supuesto juntadas con el Nuevo Testamento, siguen determinando lo válido y lo prohibido hoy.   Sería traicionar al Señor trocar su palabra por las ideas corrientes del mundo.

En el pasaje Jesús pone en relieve la necesidad de que sufriera el mesías.  Para ganar la victoria sobre el pecado y la muerte Jesús tuvo que padecer la cruz.  Al ser miembros de Jesucristo, es de nosotros participar en esa cruz. El sufrimiento toca temas sexuales que a menudo parecen como las mayores preocupaciones del mundo actual.  Les cuesta a los matrimonios practicar la enseñanza de la Iglesia sobre los anticonceptivos.  Les cuesta a los homosexuales tanto como a los solteros, las religiosas y los sacerdotes mantener la castidad con anhelos de la intimidad como todos.  Sin embargo, por hacer sacrificios en estas maneras podemos acercarnos al Señor Jesús.

Ciertamente él quiere quedarse cerca de nosotros.  En el evangelio Jesús se queda con sus compañeros para compartir el pan.  Esto no es solo una cena acogedora sino la Eucaristía.  En ella Jesús se nos da a sí mismo como sustento para la vida espiritual.  La misma Eucaristía impulsará adelante el proceso sinodal.  Pues nos indica que nuestro objetivo no es llevarnos con los modos del mundo sino conformarnos con la voluntad de Dios.  Nos enseña que nuestro tesoro no se encuentra en la bolsa de valores sino en el amor compartido en la comunidad.  Nos precisa que mientras hay diferentes papeles en el funcionar de la Iglesia, todos somos igualmente dependientes en Cristo.

El Papa Francisco ha propuesto sínodos de todos tipos de fieles como modo de poner en práctica el Concilio Vaticano II.  No quiere cambiar las estructuras de la Iglesia establecidas en la historia.  Más bien quiere que las estructuras sean más fieles a Cristo.  Ve los sínodos como puentes peatonales sobre que todos crucemos juntos las aguas turbulentas de este mundo.  Los ve como nuestro puente comunal a Cristo.


PARA LA REFLEXIÓN: Si tuvieras la oportunidad para expresar al papa Francisco tus pensamientos acerca de la Iglesia, ¿qué le darías?

El domingo, 16 de abril de 2023

 SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

Hoy, el Segundo Domingo de Pascua, se ha llamado por varios nombres.  En algunos lugares se ha conocido como “el Domingo Bajo”, con el Primer Domingo de Pascua siendo la "Fiesta Alta de la Pascua”.  En tiempos recientes se ha nombrado el “Domingo de la Divina Misericordia”.   Se le ha dado este nombre por los escritos de una mística polaca, Santa Faustina Kowalska y, también, porque en el pasaje evangélico para este domingo Jesús inicia el Sacramento de la Reconciliación.  Se puede llamarlo también el “Domingo de Tomás escéptico” por otra parte del pasaje.  En ella el apóstol Tomás expresa duda que Jesús resucitara de la muerte. La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles sugiere aún otro título.  Siempre en el segundo domingo de Pascua la lectura cuenta cómo la comunidad de creyentes en Jerusalén vivió con armonía.  Entonces, el “Domingo de la Iglesia primitiva” no sería inapropiado.  Ahora vamos a limitar nuestra reflexión a este último aspecto del día.

La primera lectura dice que todos en la comunidad “eran constantes de escuchar las enseñanzas de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones”.  Ha sido la obra del Espíritu Santo que la Iglesia mayormente ha mantenido estas características por los veinte siglos.  Sin embargo, ha habido desviaciones en diferentes tiempos.  ¿Qué tan bien se ajusta la Iglesia contemporánea a esta lista?

Las enseñanzas de los apóstoles no fueron ideas inventadas por los doce sino las revelaciones de Jesucristo adaptadas para comunidades particulares.  Incluyeron tanto las morales como las doctrinas de la fe.  Recientemente los obispos de Alemania han aprobado unos propósitos que van en contra con las morales de los apóstoles.  Quieren bendecir las uniones entre los homosexuales, reconocer otros géneros además de varón y hembra, y aun admitir la posibilidad de una mujer reclamando que haya cambiado su género ser ordenado al sacerdocio.   Si este tipo de ideas se enraíza, parece que la Iglesia no más conformaría a las enseñanzas de los apóstoles.

La lectura da ejemplo de la “comunión fraterna”.  Dice que los dueños de propiedades las vendieron y ofrecieron los productos para repartirse según la necesidad de cada uno.  De vez en cuando se oye reclamos que esta práctica se equivale al comunismo.  Sin embargo, hay gran diferencia entre los dos sistemas.  La práctica de compartir en la comunidad apostólica fue voluntaria.  Con comunismo el compartir es forzado.  Interesantemente, los Hechos luego menciona un problema con el sistema, y ningún otro libro del Nuevo Testamento lo recomienda.  Más bien la mayoría de los libros promueven que aquellos con medios, sean comunidades o individuos, ayuden a los que no los tienen.  Hoy la Iglesia tiene organizaciones como Caritas Internacionales que distribuyen donativos a los pueblos experimentando necesidad. 

La “fracción de pan” parecen como palabras de código para la Eucaristía.  Según la lectura, los seguidores de Cristo en la comunidad de Jerusalén se uníncon sus hermanas y hermanos judíos en el Templo para orar diariamente.  Pero cuando volvieron a sus casas, compartieron la Eucaristía con uno y otro.  La triste situación hoy es que muchos católicos no ven la necesidad de asistir en la misa dominical, ni reconocen la presencia real de Cristo en la Eucaristía. 

Sin duda, la Iglesia primitiva de Jerusalén siguió rezando oraciones judías, particularmente los salmos.  También, hay testimonio en el Nuevo Testamento que introdujeron nuevas oraciones como “Maranatha” que quiere decir, “Ven, Señor Jesús.”  Por supuesto, rezaron también la “Oración del Señor" con la misma esperanza que vengan los finales del tiempo.  Seguimos orando así hoy en día, pero con menos conciencia de la venida prometida del Señor en gloria.

La Iglesia no ha cambiado en los esenciales.  Como se ha demostrado, por la mayor parte sigue mostrando las características de la Iglesia primitiva.  Ciertamente ha habido cambios en los modos de expresar estas características desde entonces.  En el primer siglo no hubo periódicos, mucho menos los medios masivos para propagar las enseñanzas.  Es urgente que no perdamos estas características.  Cuando Cristo venga, queremos que nos reconozca como los suyos.

PARA LA REFLEXIÓN: examínate tu propia vida.  ¿Qué tan bien se ajusta ella a la lista de características? 

El domingo, 9 de abril de 2023

 Domingo de Pascua: la Resurrección del Señor (Misa del Día)

(Hechos 10:34ª.37-43; Colonenses 3:1-4; Mateo 28:1-10)

Hoy celebramos la culminación de nuestra fe, la resurrección de nuestro Señor Jesús.  Para entender mejor lo que significa tenemos que investigar primero el evangelio.  Vamos a enfocar en el relato de la resurrección en el Evangelio de San Mateo que fue proclamada anoche en la Vigilia.  La Iglesia permite que se vuelva a usar en la mañana.

La cuenta del primer evento de la resurrección en Mateo no difiere mucho de la de los otros evangelios.  El ángel de Dios proclama a las mujeres que Jesús ha resucitado y les manda a decir a sus discípulos la buena nueva.  Se ofrece la tumba vacía como prueba de la resurrección.

Se distingue el relato de Mateo por dos otros acontecimientos.  Primero, Mateo reporta un temblor tomando lugar mientras María Magdalena y la otra María llegan al sepulcro.  Segundo, Jesús aparece a las dos Marías básicamente repitiendo el mandato del ángel pero llamando a sus discípulos “mis hermanos”.

Deberíamos oír el orden del ángel a las mujeres como aplicando a todos nosotros.  Las mujeres no son apóstoles formados por Jesús para predicar el evangelio sino personas sencillas con un gran afecto para el Señor.  Nosotros también amamos a Jesús y son comisionados a contar a los demás de su resurrección.  Además de palabras podemos decirles a nuestros asociados que Jesús ha sido levantado de entre los muertos con acciones.  Llevando una flor o nueva ropa el domingo de la resurrección siempre ha simbolizado que nosotros tenemos un nuevo tipo de vida juntos con Jesús.  Simplemente invitar a toda la familia a almorzar juntos también puede servir como anuncio de la resurrección.

Recordamos que la tierra tembló también inmediatamente después de la muerte de Jesús en el evangelio de Mateo.  Ahora tiembla de nuevo como un redoble de tambores para anunciar su resurrección.  El temblor no produce la resurrección de Jesús sino la quita de la piedra revelando la tumba vacía.  Ambos temblores significan dos momentos de la verdad profunda en nuestras vidas. 

El primer momento sucede cuando nos demos cuenta de que vamos a morir.  No estamos hablando ahora del hecho prosaico de todos humanos morirán sino una experiencia cercana a la muerte.  Puede ser una diagnosis de cáncer o un accidente que reclamó la vida de nuestro acompañante.  De este momento en adelante vamos a vivir de manera diferente.  Probablemente vamos a tener mejor cuidado de nuestra salud.  Algunos se aprovechan de este momento para dedicarse a un interés por lo cual quieren ser recordados.  Puede ser la familia, una afición, o una causa social como la santidad de la vida.

El segundo momento significado pasa como en el evangelio cuando apreciamos dentro de nuestro ser que somos destinados a la vida eterna.  Desde el principio la Iglesia ha declarado la resurrección de entre los muertos como el destino de los cristianos aunque no siempe se realiza.  Pero como en el caso de la muerte por mucho tiempo parece más como una idea que una realidad.  Entonces llega un encuentro profundo con Jesús como tienen los dos Marías en nuestro evangelio.  Percibimos a Jesús tan cerca de nosotros como un hermano.  De hecho, por razón de la resurrección somos sus hermanos y hermanas como Jesús mismo declara de sus discípulos. 

Nuestra palabra pascua es derivada de la palabra hebrea pesaj.  Significa pasar de un salto. Para los judíos refiere al salto del ángel de la muerte sobre las casas de los israelitas en Egipto.  El pasar del ángel permitió su liberación de la esclavitud.  Para nosotros la pascua es algo similar pero a la vez distinta.  Refiere al pasar de Jesucristo de la muerte a la vida de la resurrección.  También, tiene que ver con nuestro pasar de la certeza de nuestra muerte a la seguridad de la vida eterna.  Esta vida es nuestra porque Jesús nos ha escogido como sus discípulos quienes ha transformado en sus hermanos y hermanas.  Es la causa de nuestra celebración hoy.  Jesús nos ha regalado la vida eterna como sus hermanas y hermanos.


El domingo, 2 de abril de 2023

 DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:54)

Fray Angélico incluyó a Santo Domingo en muchas de sus pinturas.  Uno de sus cuadros de la Crucifixión tiene a Domingo aferrando la base de la cruz.  La sangre del Señor gotea de sus manos y pecho y derrama de sus pies mientras los ojos de Domingo miran arriba en adoración.  Santo Domingo sabe el valor de la sangre de Cristo: el precio pesado que pagó Jesús para redimir al mundo de la pena de sus pecados.

La sangre de Jesús lleva un papel céntrico en la Pasión según San Mateo.  En la Última Cena Jesús dice que la copa de vino que él bendice es su sangre.  Entonces declara que ella será derramada para perdonar los pecados de todos.  Para aprovecharse de esta oferta se tiene que arrepentirse de sus pecados.  Eso es, la persona tiene que reconocer que ha pecado y esforzarse de cambiar su conducta.  Suena sencillo, pero los humanos, siendo lo que son, han tenido grande dificultad hacerlo.

En la narrativa Pilato trata de lavar sus manos de la sangre de Jesús.  No quiere admitir que su indisposición confrontar a los judíos con la verdad resultará en la muerte de un inocente.  Judas admite que ha pecado por traicionar a Jesús cuando devuelve las treinta monedas de plata.  Sin embargo, en lugar de pedir el perdón de Jesús, se ahorca.  Los judíos también reconocen la responsabilidad de la muerte de Jesús cuando dicen: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Pero no dan ninguna indicación de arrepentimiento.

¿Dónde estamos nosotros en todo este drama?  ¿Estamos listos para admitir nuestros pecados y cambiar nuestra conducta?  ¿No hemos sido envidiosos como los sumo sacerdotes por desear cosas malas para aquellos que se prueban más talentosos o afortunados que nosotros?  ¿No hemos abandonado a Jesús como los discípulos en Getsemaní por no rezar a él diariamente?  ¿No hemos mentido como Pedro para evitar situaciones dificultosas?  ¿Y no hemos burlado de otras personas como los transeúntes y los ladrones crucificados lo hacen con Jesús?  Por estos pecados entre otros tenemos que pedir el perdón del Señor.

Solo por aceptar responsabilidad por la sangre de Jesús y arrepentirnos de nuestros pecados podemos aprovecharnos de lo que estamos celebrando esta semana.  Solo por pedirle perdón a Jesús podemos ser salvados de la pena de nuestros pecados.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué son los pecados de que tengo dificultad pedir el perdón?

El domingo, 26 de marzo de 2023

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Nos estamos acercando la Pascua, el corazón del misterio de Cristo.  Las lecturas de la misa hoy tratan de la muerte y la resurrección.  Vale la pena reflexionar en ellas bien para que comprendamos el significado de los estos mismos eventos en la vida de Cristo durante la Semana Santa.

El profeta Ezequiel nos lleva al valle de los muertos.  Dice que Dios va a hacer al pueblo creer en Él por abrir sus tumbas.  Ezequiel mismo entiende estas palabras como profecía de que va a renovarse el pueblo Israel.  La capital Jerusalén ha sido arrasada por el ejército babilonio.  Sus palacios fueron derrumbados y sus fortalezas derribadas.  Ahora Dios anuncia que Jerusalén tendrá un futuro.  Él mismo la reconstruirá de los escombros.

Estamos tentados a interpretar a Ezequiel por decir que Dios prometa la resurrección de los muertos.  Pero las gentes del sexto y quinto siglos antes de Cristo no pensaban así.  Eran personas con espíritu colectivo, no individualista.  Que Jerusalén sería grande de nuevo era lo importante, no la vida de cualquier hombre o mujer.

Se realiza la mayor consciencia de la vida después de la muerte unos siglos después.  Por el tiempo de Jesús Israel fue dividido acerca de la cuestión.  Unos esperaban la vida después de la muerte y otros no.  En la lectura hoy Jesús entra el debate.  Quiere enseñar no solo que la resurrección es la voluntad de Dios sino también que sea dentro de la posibilidad de todos.  Para recalcar esta lección va a resucitar a su amigo de entre los muertos. Ésta es la razón que espera hasta que sea seguro que Lázaro es muerto antes de visitar su hogar. 

Cuando finalmente Jesús llega a la casa de Lázaro, Marta, la hermana del fallecido, se lo acoge Marta.  Como la conocemos del Evangelio de Lucas, Marta no es persona tímida.  Le dice a Jesús francamente: “’…si hubieras aquí, mi hermano no habría muerto…’”  Jesús debe explicarle que él es la resurrección y la vida de modo que la persona que crea en él aun si muere físicamente, vive espiritualmente.  Marta dice que cree que Jesús es el Mesías e hijo de Dios, aunque no parece consciente de lo que signifiquen estos títulos.

Muchos hoy en día viven con las dudas de Marta.  Dicen que creen en Jesucristo como Salvador, pero su seguimiento de él es anémico.  No quieren hablar con los demás de Jesús.  Vienen a misa solo cuando no sea inconveniente.  Tal vez no hablen con palabrotas, pero parece que les gustan los chismes y los chistes sucios.   Ésta es solo la fe a medias.

Por la tumba de Lázaro Jesús hace tres cosas significantes antes de llamarlo afuera.  Primero, llora porque es un hombre que simpatiza con los demás. Segundo, se conmueve con la ira.  Esto no es muestra de aflicción sino de disgusto profundo.  Porque está cerca el príncipe de la muerte, Jesús le muestra desdén.  Tercero, reza a Dios Padre.  Este no es simplemente un gesto para suscitar la fe de la gente sino una petición que se haga la voluntad de Dios en favor de la vida. 

Entonces lleno de la tristeza de los afligidos, ira al diablo, y confianza en su Padre, Jesús grita a Lázaro que salga.  Se ve el hombre emergiendo de la tumba envuelto en vendas porque esta resurrección solo es temporánea.  Cuando otra vez muera, Lázaro se le vestirá de vendas de nuevo.  Será al contrario con Jesús.  Cuando se resucita de entre los muertos, las vendas se quedarán en el sepulcro porque vivirá para siempre.  Si creemos en él, nunca moriremos espiritualmente.  Si lo seguimos fielmente, resucitarán nuestros cuerpos con lo suyo para siempre.

El domingo, 19 de marzo de 2023

 CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Si vas a Florencia, querrás ver la imagen de David por Miguel Ángelo.  Es, tal vez, la obra de arte más celebrada en esa ciudad de bella arte.  Al mirar su magnificencia, preguntas por qué los estudiantes de la Biblia, incluyendo a Miguel Ángel, han considerado a David tal grande figura.  ¿No cometió adulterio y arregló la muerte del esposo de su amante?  Sí, es cierto; David era gran pecador.  Pero también era guerrillero valiente que conquistó muchas tierras por Israel.  Esto no es la única ni la mayor razón para grabar en mármol su figura. David también era persona de gran fe.  Desde juventud el corazón de David perteneció a Dios.  Nunca dejó el culto a Dios para adorar a otros dioses.  Más bien en varias ocasiones demostró la profundidad de su fe.  El evangelio hoy traza la trayectoria de la fe de otro personaje bíblico, el hombre nacido ciego.

Primero, debemos preguntar: ¿qué es la fe?  ¿Es simplemente la creencia en la existencia de la vida espiritual más allá que ven nuestros ojos?  Esto no es suficiente porque la fe exige adhesión a uno de los varios espíritus en las Escrituras.  ¿Es la fe entonces el empeño de hacer todo lo que pueda por otras personas?  Esto suena más como el amor que brota de la fe verdadera.  La fe, al menos para nosotros cristianos, es confianza en Dios como creador y salvador.  Además, la fe ve a Jesucristo como “luz del mundo”; eso es, el medio a través de que se revela el amor de Dios. 

El hombre nacido ciego no nace con la fe; la adquiere gradualmente.  Su primer paso a la fe es reconocer a Jesús como su bienhechor.  Vivía en las tinieblas de la ceguera cuando Jesús le cubrió los ojos con lodo y lo mandó a la piscina para lavarse.  Ahora da testimonio a los fariseos que Jesús fue responsable para su vista.  Él es como otras personas que mueven hacia la creencia en Dios cuando encuentran a un santo o santa.

La fe del hombre hace un paso adelante cuando reconoce a Jesús como profeta.  Al reflexionar en su recibimiento de la vista, el hombre intuye que Jesús fue llamado por Dios. Muchos en el mundo hoy ven a Jesús como profeta.  Lo respetan como otro Lincoln, Gandhi o Martin Luther King.  Sin embargo, no sienten la necesidad de someterse a un profeta con mente y corazón como es necesario a Dios.  Por supuesto, a los fariseos Jesús no es un profeta; más bien es “un pecador”.  Por eso, echan fuera de la sinagoga al que ha venido a ver con más claridad que nunca.

Ahora el hombre nacido ciego alcanza la vista plena.  Cuando Jesús se identifica como el Hijo del hombre, eso es, él a quien Dios le ha dado dominio sobre el mundo, lo adora.  La fe reconoce en Jesús él que merece la confianza completa porque viene a salvar al mundo de pecado y muerte.  El evangelio hábilmente muestra esta venida a la fe por yuxtaponerla con la pérdida de fe de parte de los fariseos.  El hombre nacido en las tinieblas físicas ahora ve espiritualmente veinte-veinte porque ha puesto fe en Jesucristo.  Entretanto los fariseos, que tenían la vista física al nacimiento, ya andan por las tinieblas espirituales porque no creen en Jesús. 

Cuando hablamos de la fe en Jesús como luz del mundo, deberíamos tener en mente una lumbrera fuerte e intensa.  Como el láser, él nos cura de nuestros defectos morales.  Como un faro, él nos guía alrededor rocas y vórtices de la vida a la salvación.  Como el sol, él nos provee la vida; eso es, la vida eterna. 

 

PARA LA REFLEXIÓN: Describe tu viaje de fe.  ¿Cómo has llegado a la fe en Dios como salvador y en Jesús como el que reveló el amor de Dios Padre al mundo?

El domingo, 12 de marzo de 2023

 EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Según un himno, “Todos tenemos miedos secretos que enfrentar; nuestras mentes y motivos para enmendar...”  Sin embargo, no siempre queremos soltar nuestros pecados.  Posiblemente los consideremos como si no fueran de importancia, o los ocultemos de modo que otras personas no nos desprecien.  En el evangelio encontramos a una persona que lleva una carga onerosa de pecado.  Afortunadamente Jesús está allí para aliviársela.

La samaritana no parece estresada cuando llega al pozo de Jacob al mediodía.  Pero se puede preguntar por qué viene sola en la parte del día más caliente.  ¿Por qué no viene con las otras mujeres en una hora más cómoda?  Jesús va a revelar la razón en la conversación que está para comenzar.  Ella ha tenido a cinco maridos y ahora vive con hombre con quien no está casada.  Es excluida de la compañía de otras mujeres por su vida desordenada.  Además, el trabajo duro de llevar agua y su conciencia sobre agobiada con culpa aumentan la dureza de su vida.

No obstante, Jesús no le juzga.  Más bien, inicia conversación con ella.  Hablan de algo que tienen en común: el agua.  Le pide a la mujer agua del pozo.  Cuando ella responde con sorpresa, Jesús le ofrece “agua viva”.  Supuestamente “agua viva” es el agua fresca que mana de una manantial.  Pero Jesús tiene en menta algo más.  Al decir “agua viva”, él quiere decir la gracia renovadora del Espíritu Santo que renueva a la persona.  Es como una carga a un batería descargado.  Le proporciona la oportunidad de mover de su condición de pecado a la libertad de hija de Dios.

Jesús nos extiende a todos nosotros la misma oportunidad.  Por el evangelio llamándonos desde afuera y el Espíritu Santo moviéndonos desde adentro, Jesús nos ofrece la liberación del pecado.  Sus palabras nos despiertan de la complacencia.  En el evangelio sus palabras recuerdan a la samaritana del desorden de su situación matrimonial.  En un cine famoso la advertencia de Jesús que no vale el mundo entero la pérdida del alma sacude la conciencia de un traidor.  Con igual insistencia el Espíritu nos urge acudir la confesión donde se nos quitan los pecados como las tinieblas con los primeros rayos de la luz. 

Pero muchas veces nuestros vicios nos adhieren como chupasangres. Sabemos que deberíamos hacer cambios, pero algo dentro nosotros los resisten.  Digamos a nosotros mismos que el misericordioso Dios perdonará nuestros pecados. O posiblemente nos convenzamos de que los pecados sean tan plasmados que no sea posible arrancarlos.  En la primera lectura los israelitas resisten poner confianza en el Señor.  Dicen que estuvieran haciendo mejor en Egipto con abastos del agua que vagando sedientos en el desierto.  La samaritana quiere cambiar el tema cuando Jesús menciona su pasado sórdido.  Prefiere discutir las diferencias teológicas entre judíos y los samaritanos que examinar su vida con el mejor de consejeros. 

Jesús no le permite evitar la necesidad de arrepentirse.  Le dice, “…la salvación viene de los judíos”.  Eso es, él viene de los judíos, y tanto nosotros como ella debemos enfrentar la verdad de nuestras vidas ante él.  Pero no ha venido para castigarnos por nuestras culpas.  Más bien, ha venido para salvarnos de ellas.  Es como un médico que no echa la culpa a su paciente con cáncer por haber fumado sino hacer todo posible para curárselo.

Sabiamente la mujer se somete a la misericordia del Señor.  Deja su cántaro, el símbolo de sus pecados, atrás mientras se va a contar a los demás de él.  Que hagamos nosotros lo mismo.  Después de confesar nuestros pecados que digamos a los demás de la bondad del Señor.  Que digamos a otros de Jesús.