El domingo, , el 29 de abril de 2018

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 9:26-31, I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)

Hace poco hubo un espectáculo en el pueblo.  Por tres noches seguidas se presentó una obra dramática en el teatro municipal.  Según un reporte era escandalosa.  Tenía referencias al sexo obsceno desde el principio hasta el fin.  Una pareja dijo que no hubo nada de valor artístico.  A lo mejor han existido espectáculos destacando la desnudez desde siempre y cines pornográficos desde la invención de la cámara cinematográfica.  Lo que es relativamente nuevo es la introducción de estas cosas en los centros culturales.  Es evidencia de la profecía que hizo el papa San Pablo VI hace cincuenta años.

En el año 1968 Pablo VI publicó su encíclica sobre la transmisión de la vida humana, Humanae Vitae.  Él tenía que declararse en la cuestión social más ardiente al tiempo: el uso de métodos artificiales para controlar el número de hijos en un matrimonio.  Muchos querían que él cambiara  la enseñanza de la Iglesia condenando anticonceptivos. Pues había mucha preocupación sobre los efectos de poblaciones crecientes en los países subdesarrollados.  También surgían entonces nuevos métodos de control la fertilidad más efectivos y, supuestamente, seguros.

Sin embargo, el papa decidió en contra de la anticoncepción artificial.  Dijo que Dios ha construido el acto conyugal como ambos procreativo y unitivo. Por eso, si la persona humana intenta separar estos dos significados en la realidad, estará ofendiendo el plan del Creador para la naturaleza humana.  Tales ofensas tendrán consecuencias negativas que el papa predijo.  Ahora, después de dos generaciones se puede observar que el papa tenía toda razón. 

Una consecuencia lamentable del uso global de anticonceptivos ha sido el crecimiento de abortos.  Con las píldoras anticonceptivas disponibles en todas partes el varón no más se siente a sí mismo responsable para un embarazo inesperado.  Razona: es la culpa de ella por no usar la píldora.  Entretanto, o por vergüenza o por razones económicas la mujer muchas veces opta a abortar la creatura. 

El uso de anticonceptivos ha convertido la intimidad sexual de una expresión de amor a un modo de placer.   El resultado ha sido la desvalorización de la mujer. Ya no es apreciada tanto como una pareja de vida y una madre.  Más bien, está mirada como un objeto con lo cual se puede jugar.  Aunque este abuso siempre ha sido conocido, regularmente fue escondido por razón de miedo.  Sólo el año pasado cuando una serie de mujeres declararon contra un cacique de Hollywood, se hizo creíble la depredación sexual en una escala grande.  Ahora mujeres en diferentes carreras están contando historias similares en el movimiento “MeToo”.

Una consecuencia trágica del uso de anticonceptivos que Pablo VI no previo es la soledad.  Ya en varias naciones del occidente muchos mayores viven y mueren solos.  No es inaudito que se descubren sus cadáveres sólo cuando empiezan apestar.  No queriendo tener a hijos, ellos encontraron el método para realizar su deseo fácilmente disponible.

Estos sucesos tristes dan testimonio a las lecturas hoy.  En la segunda lectura San Juan pide a su audiencia que amen no solamente de palabra sino “de verdad y con obras”.  Se puede aplicar estas palabras a las parejas que hablan de amor pero un amor defectivo.  Particularmente los no casados quieren sacar sentimientos de placer y júbilo con el acto sexual.  Sin embargo, no quieren hacer el sacrificio por el bien del otro que constituye el amor de verdad.  En el evangelio Jesús llama a sí mismo la vid y nosotros los sarmientos.  Quiere que nos pertenezcamos en él para que Dios Padre pueda podarnos de errores.  Eso es, que nos quedemos dentro de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, cuyas enseñanzas nos quiten ideas erróneas.

El uso global de anticonceptivos ha resultado en mucho sufrimiento.  Es triste porque el mundo actual podría haberlo evitado. Si hiciera caso al papa profético San Pablo VI, el amor conyugal sería más completamente “de verdad y con obras”.  Es tiempo para nosotros católicos dar a la encíclica Humanae Vitae otra lectura.

El domingo, 22 de abril de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Hace dos semanas se publicó un escrito nuevo del papa Francisco.  Tiene que ver con la santidad.  ¿Qué es esto: no nos importa la santidad?  Si esto fuera la verdad, habríamos perdido la esperanza de la vida eterna.  Pero porque todos tenemos la inquietud sobre la vida después de la muerte del cuerpo, vale la pena hacer caso de lo que el papa ha escrito.  Está actuando como vicario de Jesucristo, el Buen Pastor del evangelio de hoy.

Dice el evangelio que Jesús es el Buen Pastor porque da su vida por sus ovejas.  Logramos la santidad cuando nos unamos con él en su vida, muerte y resurrección.  Pero la condición caída humana nos inclina al sentido contrario.  Por la mayor parte deseamos el placer, el poder, y el prestigio más que la santidad.  Por eso, nos hace falta redoblar los esfuerzos para conformarnos con Jesús.  El papa describe varios aspectos de la imitación de Cristo, pero vamos a recalcar aquí sólo tres: la humildad, la comunidad, y la cercanía a los pobres.

Particularmente hoy en día a la gente le gusta jactarse de su autonomía.  Como se ha cantado muchísimo, "logré vivir a mi manera”.  Pero Jesús siempre hizo lo que quería su Padre Dios.  Se humilló a sí mismo por hacerse humano y más aún por ser crucificado.  Como dice Pedro en la prima lectura hoy, Jesús era “la piedra desechada”.  La humildad nos recuerda que no somos el único alrededor de lo cual revuelve el mundo; Dios es.  Por eso, Santa Teresa de Lisieux escribió que no quería comparecer ante Dios enseñándole sus propias obras.  Más bien, cuando viniera su tiempo, ella quería contar con la justicia de Él.  Para asegurar la humildad el papa recomienda que recordemos cómo nuestras vidas son regalos. Entonces las llevamos a la perfección cuando las regalemos en torno por los demás. 

Por la gran mayor parte aprendemos la humildad en la comunidad.  Sea en forma de la familia, la escuela, o la parroquia, necesitamos la comunidad para crecer en la virtud y evitar el vicio.  Pero casi siempre nuestra tendencia es para rebelarnos contra los demás.  Deseamos ser independientes, lejos de aquellos que pueden enseñarnos cómo vivir en este mundo con el corazón apegados a Dios.  El papa Francisco dice que “la comunidad que preserva los pequeños detalles del amor…es lugar de la presencia del Resucitado (Jesús)”.   Está pensando en el hombre que cada domingo se levanta temprano para hacer el desayuno por la familia antes de la misa.  Tiene en cuenta la mujer que cada día a las seis de la tarde llama a su suegra en otra ciudad.

En el evangelio Jesús habla de “otras ovejas que no son de este redil”.  Dice que tiene que cuidar a ellas también.  Se piensa con razón que está refiriéndose a las diferentes comunidades cristianas en el primer siglo.  Sin embargo, podemos imaginarlo tomando en cuenta con la frase a los pobres.  Muchas veces ellos no nos acompañan a la misa.  Pues son enfermos o no bien educados.  Sin embargo, como el papa dice, Jesús se identifica con ellos.  Nunca debemos considerar a un sufriente como problema o como estorbo en el camino.  Más bien deberíamos pensar en él o ella como Cristo que nos ayudará crecer en la santidad.

En la segunda lectura San Juan llama a los miembros de la comunidad de Cristo “hijos de Dios”.  No somos Sus hijos porque somos apegados a los modos del mundo.  Al contrario, constituimos la familia de Dios porque hemos emprendido el camino de la santidad.  Que no lo dejemos nunca.  Que siempre sigamos el camino de la santidad.


El domingo, 15 de abril de 2018


EL TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 3:13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)


Hace cincuenta años el hombre era seminarista.  Ya no asiste en la misa.  Según su esposa, no más cree en la resurrección de la muerte.  Su duda no es nada nueva.  Se la dirigió San Pablo en la Primera Carta a los Corintios.  Escribió: “…si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar”.  Pero Pablo sabía bien que Cristo había resucitado desde que se le apareció.  Vemos otros testigos a la resurrección de Cristo en el evangelio hoy.

Jesús aparece entre sus apóstoles.  Es cierto que no es fantasma.  Pues tiene cuerpo.  Aun invita a sus discípulos que lo toquen.  El argumento decisivo viene cuando Jesús come en su presencia.  Sin embargo, su cuerpo se difiere de los cuerpos de nosotros.  Ello puede aparecerse y desaparecerse a voluntad.  Evidentemente aun pasa por puertas cerradas.  Otra diferencia es que no se identifica fácilmente.  Los discípulos que lo encontraron en el camino a Emaús no lo conocían al principio.  Sólo cuando partió el pan pudieron reconocerlo. 

Hay otra evidencia en este evangelio que Jesús ha resucitado.   Se muestra cómo él ha cumplido las escrituras hebreas, incluso la resurrección de la muerte.  Sobre todo Jesús cumple la profecía de Moisés lo cual escribió: “El Señor hará que un profeta como yo surja entre sus hermanos…El que no escuche a ese profeta será eliminado del pueblo” (Deuteronomio 18,18-19).  También refleja perfectamente al Siervo Doliente del profeta Isaías que sufrió por los demás.  Finalmente cumple el salmo que dice: “…no me abandonarás en el lugar de los muertos ni permitirás que tu Santo experimentará la corrupción” (Salmo 16,10).

Se ha notado que Jesús se aparece a los creyentes en los evangelios.  Encuentra a María Magdalena, Pedro, y otros discípulos después su resurrección.  El escéptico querrá preguntar: si Jesús quería ser reconocido como resucitado por todos, ¿no debería mostrarse a testigos neutrales?  La verdad es que ha hecho algo más determinante.  Aún hay un testigo de la resurrección que no sólo puede considerarse como neutral sino antipático a Jesús.  Pablo está persiguiendo a los cristianos cuando se le aparece Jesús.  Ciertamente el reverso completo de este hombre astuto da peso a la veracidad de las apariciones.

La conversión de Pablo sirve como modelo para la salvación.  En la primera lectura San Pedro está listo para exculpar a los judíos de la muerte de Cristo.  Dice que actuaron en la ignorancia de quién era.  Pero queda firme en la necesidad para el arrepentimiento.  Si quieren salvarse, los judíos tienen que arrepentirse en el nombre de Jesús.  En la lectura hoy de la Primera Carta de Juan, se extiende la oferta de la salvación al mundo entero.  Añade el autor que la salvación requiere que se cumplan los mandamientos de Jesús.  Jesús mismo ha resumido estos con la obligación de amar a Dios sobre todo y amar al prójimo como a sí mismo.

¿Puede ser salvado alguien que no crea en Jesucristo pero cumpla sus mandamientos de amor?  Es posible que sea ignorante de quién es por la mal conducta de los cristianos.  El gran humanitario Mahatma Gandhi escribió que él fue repulsado por el prejuicio de los cristianos que él conocía como joven.  Por eso, se puede decir posiblemente uno pueda ser salvado sin la creencia firme en Cristo.  Pero tenemos que añadir que la creencia en él nos provee el motivo más palpable para amar a todos: su promesa de la vida eterna.

El evangelio hoy termina con el mandato de predicar la salvación en Cristo a todas las naciones.  Es de nosotros cristianos hoy en día tanto como los apóstoles del primer siglo para llevarlo a cabo.  Nunca ha sido fácil.  Pues, nos escucha el mundo no tanto por lo que decimos sino por lo que hacemos.  Por eso, queremos arrepentirnos de cualquiera forma de prejuicio que tengamos para conformarnos a los mandamientos del amor.  Queremos conformarnos al amor de Cristo.

El domingo, 8 de abril de 2018


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA)

(Hechos 4:32-35; I John 5:1-6; John 20:19-31)



Tal vez el papa San Juan Pablo II fuera el personaje más conocido de nuestros tiempos.  Cuando murió, el mundo lamentó el término de su liderazgo.  Pero no lo perdimos completamente.  Pues dejó una gran herencia de escritos para meditar y poner en práctica.  En un sentido semejante se puede comparar el fallecimiento de Juan Pablo II con la muerte y resurrección de Jesucristo.  También Cristo nos dejó una herencia, aún más provechosa que la del San Juan Pablo.  Pero la herencia de Jesucristo no es de escritos sino algo mucho mejor.  Cristo nos dejó al Espíritu Santo que viene a la Iglesia y cada uno de sus miembros.  En las lecturas de la misa hoy se puede ver los beneficios de este Espíritu.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu mueve a los cristianos a tener “un solo corazón y una sola alma”.  Inspira a aquellos miembros de la comunidad con propiedades a venderlas por el bien de todos.  Hoy día esta práctica continúa con los religiosos y religiosas dejando sus patrimonios por el bien de sus congregaciones.  Los laicos también a menudo dejan sus tesoros a las caridades para beneficiar a los pobres. 

Estas muestras de caridad vistas en la historia apoyan la fe in Jesucristo.  Pero según la segunda lectura de la Primera Carta de San Juan, tenemos más razón que la historia de Jesús para creer en su divinidad. Es como la conversión en el día hoy. El papa Francisco puede escribir cien documentos sin ganar a muchos a la fe.  Pero la foto de él besando los pies de un prisionero al servicio de Jueves Santo puede convertir el corazón de miles.  ¿Qué es como la foto del papa que nos mueve a creer?  Es la promesa de la vida eterna.  Dice la Carta de Juan que la fe movida por el Espíritu nos hace victoriosos sobre el mundo.  Cuando tenemos una fe fuerte en la vida eterna, no vamos a ser engañados por la plata, el placer, o el prestigio.  Al contrario, vamos a esperar la vida eterna como el premio de vivir rectamente.  Por eso, al término del evangelio hoy Jesús llama a los creedores en su resurrección “dichosos”.

La fe en la resurrección no es el único regalo del Espíritu Santo visto en el evangelio.  Dice también que el Espíritu está conferido a los apóstoles para perdonar pecados.  Este don, institucionalizado en el Sacramento de la Reconciliación, nos sirve por tres propósitos considerables.  Primero, nos alivia del castigo de parte de Dios por nuestros pecados.  Ya no tenemos que pagar por nuestra rebeldía contra el Señor.  Más bien podemos mirar hacia la vida eterna como nuestro destino. Segundo, aliviados de la culpa, podemos perdonar a nosotros mismos por haber fallado.  Algunos no se dan cuenta de esta verdad.  Siguen en la vergüenza siempre confesando el mismo pecado aunque Dios no les ve como culpables.  Finalmente, sintiéndose como nueva creatura, podemos demostrar la misericordia a los demás.     

Solemos pensar que el Espíritu Santo vino cincuenta días después de la resurrección de Jesús.  Esta idea proviene de San Lucas a quien le gusta ordenar todas cosas. Pero San Juan tiene otro modo de relatar la historia.  Como se atestigua en el evangelio hoy, Jesús confiere al Espíritu la noche de la resurrección.  Nos acompaña a nosotros el mismo Espíritu como a los apóstoles.  El Espíritu nos mueve a beneficiar a los pobres, a mostrar la misericordia, y a esperar la vida eterna.  En resumen el Espíritu Santo nos hace victoriosos sobre el mundo.