El domingo, , 28 de mayo (o 25 de mayo)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

El Monseñor José Delaney era obispo de Fort Worth, Texas.  Pidió una cosa rara para su muerte.  Quería que pusieran en la lápida de tumba la fecha de su bautismo.  Además de las fechas del nacimiento y de la muerte deseaba que se conociera el día en que se incorporó en el Cuerpo de Cristo.  Había dicho que es el día más importante de la vida. ¿Por qué? Porque en su parecer es el día en que recibió al Espíritu Santo para servir al Señor.  Para el Mons. Delaney el día de su bautismo fue más significativo que el de su ordenación, aún al obispado.

En la lectura de los Hechos hoy Jesús dice a sus apóstoles que van a ser bautizados con el Espíritu Santo.  Cuando reciben este don – el mejor de todos – tendrán que proclamar su muerte y resurrección.  El Evangelio hoy cuenta del ámbito de su predicación: “’…a todas las naciones…hasta el fin del mundo’”.  Los apóstoles originales murieron, pero siempre hasta el día hoy ha habido otros para asumir la tarea evangélica.

La tarea cae en nuestros hombros también.  No hablo de los sacerdotes sino de cada uno aquí presente como bautizado en el Espíritu Santo.  Proclamamos a Cristo aún más por obras de caridad que por palabras de convicción.  Un hombre con ochenta y cinco años visita a las víctimas de derrame como voluntario.  Les explica lo que tienen que hacer para recuperar sus fuerzas.  Si fuéramos a preguntarle, nos diría que va a misa todo domingo.  Siente que como su menester cristiano tiene que servir a los demás como Cristo nos enseñó.

Los cristianos cópticos de Egipto tienen una costumbre interesante.  Cada uno lleva el tatú de la cruz en su brazo.  La imagen como el bautismo le marca como cristiano por toda su vida. En un país predominantemente musulmán esta marca le sirve en diferentes maneras.  En el caso de la persecución el tatú le identifica para que reciba refugio de otros cristianos.  Por supuesto le distingue también como blanco de persecución, pero dijo un hombre que no querría negar a Cristo.  Además podría ser mártir con la vida eterna como premio.  También el tatú de la cruz le recuerda al cristiano del mandato de Jesús a proclamar su resurrección.  Eso es, le insistirá que no debe dejar al desconsolado en su depresión o al indigente en su miseria.


Hoy celebramos la Ascensión del Señor.  Es ocasión para reflexionar cómo la partida de Jesús ha resultado en el envío del Espíritu Santo.  Pero no querremos quedarnos en la reflexión por demasiado tiempo.  Pues la pregunta de los hombres vestidos en blanco a los apóstoles se aplica a nosotros también: “’¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?’” Tenemos tarea.  Hemos de proclamar su resurrección tanto por obras como por palabras.  Hemos de proclamar su resurrección.

El domingo, 21 de mayo de 2017

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Me impresiona cómo la gente a menudo ofrece este elogio a sus mamás.  Dicen de parte de toda la familia: “Siempre estabas allí por nosotros”.  No cuentan que hicieron las madres más que haber estado presentes en sus actividades.  Es igual con los otros seres queridos. Una vez una mujer escribió un testimonio a su padre, un médico.  Dijo que cuando era muchacha, él siempre halló el tiempo para asistir en sus competiciones de atletismo.  ¿Quién puede dudar que la presencia de aquellos que nos importa más signifique mucho a nosotros?

Por esta razón no debe sorprendernos escuchar a Jesús prometiendo su presencia a nosotros en el evangelio hoy.  Dice que no va a abandonar a sus discípulos, que no nos dejará “desamparados”.  Tenemos que preguntarnos cómo puede cumplir esta promesa hoy en día.  Si ha regresado a su Padre en el cielo, ¿cómo puede estar presente a nosotros?

Sí es cierto que ha dejado su legado con nosotros de modo que no nos dejara completamente.  Sus palabras siguen impactando aun a los no cristianos con su sabiduría. De una manera los dichos como “Ama a uno y otro cómo les he amado yo” hacen a Jesús presente hoy en día.  Por eso se ha dicho que la persona vive hasta que se olviden todas sus palabras y se ignoren todas las causas que abarcó. 

Pero ¿es sólo esto lo que Jesús significa cuando dice que va a enviar el Consolador a sus discípulos?  ¿Está hablando sólo del espíritu de sus propias palabras para animar nuestro ser?  No parece suficiente.  Parece como un cinco cuando necesitamos cien dólares para pagar la cuenta.  Existimos en un mundo penetrado por el mal.  Con la ayuda de no más que palabras vamos a caer en los vicios como los pícaros de la calle.  La presencia de Jesús tiene que ser más radical que la memoria de sus palabras si va a salvarnos. 

No deberíamos sentir desesperados.  La presencia que Jesús nos ofrece hoy es su existencia junto con el Padre y el Espíritu Santo en nosotros.  Habita en nuestros interiores para movernos a vivir rectamente.  Es como una misión médica se presenta en un pueblo.  Pronto todos los habitantes cooperan para que todos los enfermos reciban la atención para curarse.  En nuestro ser la existencia de Dios pone en orden nuestros juicios, palabras y acciones de modo que amemos como Jesús. 

Frecuentemente son los laicos que manifiestan la existencia de Dios en la persona.  Recuerdo a Teresa, una mujer que después de criar su familia y enterrar a su marido, se dedicó a su parroquia.  Trabajando en la oficina de la iglesia, era como la hermana mayor a toda la comunidad.  Les dio a los tristes el consuelo y a los perturbados la sabiduría.  Cuando se cambió el vecindario de raza, Teresa se quedó por años.  Conoció a sus vecinos nuevos y luchó con ellos por el bien de todos.  La gente perceptiva podría notar la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo en ella.


No se dice mucho hoy en día la despedida: “Vaya con Dios”.  Quiere decir que tenemos el amor del Padre hacia los demás, la paz de Cristo en nuestro corazón, y la sabiduría del Espíritu Santo guiando nuestros pasos.  “Vaya con Dios” es mantener la existencia de Dios en la persona.  Es lo que queremos por nosotros y por nuestros seres queridos.  Que vayamos con Dios.

El domingo, 14 de mayo de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Se dice que hay presas de tránsito en el Día de Madre en México.  Evidentemente todo el mundo lleva a su madre a comer afuera.  En este país muchas iglesias regalan a las mujeres una florecita hoy.  Apreciamos a nuestras madres por su amor abnegado cuando nos dieron a luz.  Les agradecemos por la atención que nos mostraron cuando éramos niños.  Y, al decir la verdad, tal vez las recordamos porque eran tolerantes de nosotros cuando hicimos mal.

Otra razón para felicitar a nuestras madres hoy es que nos han transmitido el sentido de Dios.  Recuerdo cómo mi madre me enseñó el amor de Dios para con los pobres.  Un día cuando era niño de cinco o seis años, un hombre tocó la puerta trasera de nuestro hogar.  Fue un vagabundo pidiendo comida.  Mi madre no demoró en recogerle un sándwich y fruta.  Me quedé completamente impresionado por esta muestra de misericordia.  Desde entonces me he resuelto a ayudar a los indigentes.

En la primera lectura los apóstoles les dan a los siete hombres las tareas de servicio de la mesa.  Ellos tienen que proveer a las viudas el pan mientras los apóstoles se dedican al ministerio de la Palabra.  Curiosamente el libro de los Hechos de los Apóstoles no cuenta de su servicio rendido a las viudas.  Pero hace hincapié en dos de los siete por sus aportes al ministerio de la Palabra.  Dice que Esteban se distingue como predicador invencible.  Y describe a Felipe convenciendo al etíope del valor del cristianismo.

Es así con nuestras madres.  Supuestamente son las que sirven en la casa.  Pues aun en este tiempo de la liberación de mujer usualmente es la madre que prepara la cena y plancha la ropa.  Pero su alcance llega mucho más allá que cosas caseras.  A menudo son las mismas mujeres que nos proporcionan la Palabra de Dios.  Más que enseñarnos las oraciones, nuestras madres nos instruyen el significado de frases evangélicas como, “Haz al otro cómo quieras que te haga a ti”.

Tenemos que preguntar a nosotros mismos: ¿Qué podemos hacer por nuestras madres por haber hecho tanto por nosotros?  ¿Es suficiente llevarlas a restaurantes?  ¿No deberíamos presentarles también ramos de flores o cajas de chocolates?  No creo que estas cosas tengan tanto valor para nuestras madres como muchos piensan.  Más que cosas materiales, nuestras madres quieren que seamos madres y padres atentos a nuestros propios hijos.  Quieren que asistamos en la misa con nuestros hijos y que vivamos de modo coherente con el evangelio.  Y si los chicos quieren complacer a sus madres, tratarán a sus hermanos y hermanas siempre con respeto.  Sobre todo las madres quieren ver a sus familias viviendo en el amor mutuo.


Celebramos el Día de Madre en los Estados Unidos hoy.  Tal vez muchos ya tienen reservaciones de comer afuera.  Está bien.  Sin duda nuestras madres apreciarán el deseo a complacerlas.  Pero que no faltemos a contarles la razón más profunda para honrarlas.  Ellas nos han proporcionado un sentido del amor de Dios para todos.  Tanto por decirnos de la obligación a servir a los demás como por el ejemplo de servir a nosotros nos han proclamado el evangelio.  Por habernos proclamado el evangelio les decimos a nuestras madres hoy, “Gracias”.