El domingo, 26 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMA PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6:55.60-69)

En el evangelio de hoy muchos discípulos abandona a Jesús cuando habla sobre la Eucaristía.  No pueden tolerar a él diciendo que da su propia carne como comida y su propia sangre como bebida.  Ciertamente sus palabras parecen extrañas.  Para aceptarlas hay que entender que su carne y su sangre son pan y vino transformados.  En la actualidad muchos están dejando la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.  Sus motivos también tienen alguna razón.  Pero con un mayor entendimiento de la realidad se puede verlos como perdiendo algo precioso.  De veras están separándose del destino más esperanzador que existe.  Vale la pena revisar los más apremiantes de estos motivos para apreciar más nuestra fe.

Los abusos de niños de parte de los sacerdotes y el encubrimiento de los crimines por los obispos han desilusionados a muchos fieles.  Todas personas con sentido de justicia deben indignarse por tales acciones.  Pero escándalos de esta magnitud no son nuevos para la Iglesia.  Desgraciadamente desde el principio algunos representantes de Jesucristo lo han fallado.  Nos acordamos de Judas y Pedro en el evangelio.  En la Iglesia antigua varios obispos y sacerdotes apostataron para evitar la persecución.  Sin embargo, la Iglesia siempre ha mantenido que la eficaz de los sacramentos no depende de la santidad de los ministros.  Más bien es la perfección de Jesucristo que los rinden efectivos.  Deberíamos esperar la bondad del clero.  ¿Estoy ingenuo a pensar que por la mayor parte la encontramos?

Otros han abandonado la Iglesia por sus enseñanzas sobre las relaciones íntimas.  Creen que la Iglesia es demasiada estricta cuando condena el uso de los anticonceptivos.  También piensan que los divorciados y casados por segunda vez deberían ser permitidos a recibir la Santa Comunión.  Era una búsqueda para la verdad que llevó al papa Pablo VI a insistir que cada acto conyugal sea abierto a la concepción.  La Iglesia ve tal acto como un donativo completo del yo al otro que incluye la fertilidad.  Por eso, si retiene la fertilidad por medios artificiales, la pareja está negando a uno y otro un aspecto importante del yo. Porque los dos prometen a darse completamente al uno y otro hasta la muerte, no se puede disolver la unión antemano. 

El mayor motivo para abandonar la práctica de la fe tiene que ver con la promesa de Jesús para la vida eterna.  En esta época de abundancia de cosas materiales, la gente no anhela tanto para estar entre los santos en la eternidad.  En lugar de participar con la gente en la misa dominical, algunos prefieren compartir con sus “amigos” en Facebook.  En lugar de anticipar el cielo por las obras de misericordia, algunos planean un crucero en el Caribe.  Sin embargo, deberíamos recordarnos que Jesús no solo nos promete un lugar en la mansión de su Padre.  También nos ha enseñado que la vida eterna comienza aquí en la tierra.  Por acompañar a Jesús con la Iglesia tenemos el gozo y la paz que hace la vida buena.

La segunda lectura demuestra la tranquilidad del matrimonio cuando las dos parejas se someten a Cristo.  No hay división ni grandes alteraciones. Más bien reina el amor no sólo para uno y otro sino también por Cristo mismo y su Cuerpo, la Iglesia.  Con la Eucaristía en la cual comemos la carne de Cristo y bebemos su sangre, nos profundizamos en este amor.  Pues con ella Cristo nos hace el donativo del yo más profundo.  Nos hace su promesa para acompañar a nosotros más extendido.

El domingo, 19 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58)

Un profesor de medicina contó esta historia del caroteno, el nutriente que da a las zanahorias su color anaranjado.  Dijo que una vez le visitó una familia orgullosa que había estado diligente en su consumo de zanahorias.  Pensaba el padre de la familia que cuantas más zanahorias come la persona, mayor es el valor nutritivo recibe.  Entonces cuando llegaba a la casa del profesor, ¡la familia lucía del color anaranjado!  A veces nos hacemos como la comida que consumimos.  Esto es ciertamente el caso de la Eucaristía de que Jesús habla en el evangelio de hoy.

El pasaje muestra a los judíos como perplejos acerca de la declaración de Jesús.  Dice que va a darles su carne a comer. “¿Cómo…?” responde la gente.  Este interrogante ha resonado por veinte siglos en todas partes del mundo.  Sin embargo, Jesús no se dirige a la cuestión.  Sólo insiste en la eficacia de su carne que ofrece como comida.  Dice: “’Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes’”. 

Es su vida que el consumo de su carne produce.  Aquellos que la tomen se hacen como él.  No se derrotarán por las fuerzas nefarias de la vida actual.  Más bien muestran el mismo dominio del yo y empeño por los demás que caracterizan la historia de Jesús.

La segunda lectura de la Carta a los Efesios advierte: “No se embriaguen”.  Quiere que los lectores eviten todas formas de adicciones por el dominio del yo.  Un artículo de revista reciente muestra cómo las adicciones minan la salud de ambas el cuerpo y el espíritu.  Una joven del barrio pobre se ha puesto extremamente obesa por el apetito para la comida rápida.  Su peso ha fomentado otros problemas médicos como la diabetes y la apnea del sueño.  Con estas condiciones encima de una infancia turbulenta la mujer no ha podido enfocar en sus estudios y consecuentemente ha perdido la oportunidad de seguir una carrera.  Ya se va de ilusión a ilusión – un día, un nuevo empleo; otro día, un hombre que le mostró interés en ella – siempre fracasando en alcanzar su objetivo.  Como resultado se siente decepcionada y confundida.

Tomando la carne de Jesús el cristiano hace un pacto con él. Promete seguir sus enseñanzas particularmente el mandamiento de amar a los demás cómo él ha amado.  Por su parte Jesús provee las ayudas necesarias, particularmente el discernimiento y la determinación del Espíritu Santo.  Aunque sea incomprensible a algunos, este pacto lleva al cristiano a una vida ambas digna y satisfactoria.  Produce otro beneficio aún más llamativo.   Como es su vida que ofrece Jesús con su carne, los que la consuman participarán en la eternidad.  La muerte no va a terminar la trayectoria de su existencia.

En la primera lectura la sabiduría pide: “’ Vengan a comer de mi pan y a beber del vino…’”  Ahora Cristo nos hace a todos nosotros la misma petición.  El pan eucarístico es su carne que nos nutre con la vida eterna.  El vino eucarístico es su vida con que dominamos el yo.  Vengámonos a participar en su oferta.

El domingo, 12 de agosto de 2018


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

 (I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51) 

La vida se le ha hecho un viaje tanto duro como largo.  La vieja ha tenido carrera; ha criado a familia; y ha metido en asuntos comunitarios.  Ya se postra en cama de enfermo todo el día.  Sufre varios problemas médicos; entre de ellos, sufre del cáncer.  Quiere morir. Es como Elías en la primera lectura hoy.  Más que cansada, es agotado.  El profeta gime: “’Basta ya, Señor. Quítame la vida’”. 

“¿Esta actitud conforma a la vida en Cristo?” nos preguntamos.  En la segunda lectura leímos al autor de la Carta a los Efesios exhortando: “No le causen tristeza al Espíritu Santo. ¿Ofende al Espíritu el deseo de la muerte después de que se ha atravesado un caminar extenso?  O ¿puede ser este anhelo sólo la esperanza de estar con el Señor después de servirlo bien?  Una cosa es cierto: no es bueno quitar su propia vida o por un acto directo o por una omisión de materia necesaria.  Tal acción comprendería el suicidio, una maldad de la clase más grave. 

Cuando nos sentimos al término de nuestra capacidad de continuar, que nos volvamos a Cristo.  Él tiene no sólo las palabras que nos sostendrán en el viaje sino la sabiduría que nos dirigirá a nuestro destino.  Por eso, Jesús dice en el evangelio: "'Yo soy el pan de la vida’”.  En comunión con este pan, haremos lo mejor para todos.  Jesús nos indicará si sería mejor buscar la recuperación de las fuerzas o esperar la vida eterna.

Aquellos que no creen en Jesús, lo ven como los judíos en el evangelio: hijo de un tal José.  Lo tratan como si fuera personaje humano.  Puede ser que sus palabras parezcan inspiradoras ahora pero van a considerarse anticuadas en tiempo.  Estas gentes actúan siempre según sus propios designios.  Muchos quieren lo más cómodo por sí mismos.  Pero aun si buscan el mayor bien para el mayor número, a lo mejor no les importa si hacen lo malo para obtener lo bueno.  Esto es el modo del mundo hoy en día.  Se ve esta tendencia en la medicina.  Mucha gente no tiene remordimiento en permitir a los médicos recetar drogas para que el enfermo quite su propia vida.  Lo que una vez fue aborrecido en todas partes es ahora permitido cada vez más.

Jesús es “el pan de la vida”.  Como Dios, nos ha dado la vida física que trae tantas alegrías como angustias.  Como humano, ha venido para enseñarnos el camino a la vida eterna.  Requiere que siempre evitemos hacer lo malo y que busquemos hacer lo bueno en cuanto se pueda.  Como Señor eterno resucitado de la muerte nos ha proporcionados los sacramentos para cumplir este proyecto.  Con el Bautismo, la Reconciliación, y sobre todo la Eucaristía podemos llegar a nuestro destino.

El domingo, 5 de agosto de 2018


EL DECIMOCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 16:2-4.12-15; Efesios 4:17.20-24; Juan 6:24-35)

Esta semana se celebrará la memoria de Santo Domingo, el fundador de la Orden de Predicadores.  Una historia de su vida puede ayudarnos entender el evangelio de hoy. 

Un día Domingo y un fraile nombrado Juan cruzaban las Alpes.  El fraile se puso tan débil que no pudiera hacer un paso más adelante.  “¿Qué te aflige, mi hijo?” preguntó el santo.  “Padre – exclamó el joven – estoy muriendo de hambre”.   “Ánimo – dijo Domingo – tenemos que ir sólo un poco más y tendremos toda comida que queramos para recuperar las fuerzas”.   Pero el fraile Juan insistió que no podía caminar más. Entonces, Domingo con su solicitud característica, comenzó a orar.  Después de un rato conversando con Dios, se le dirijo a Juan: “Levántate, mi hijo, vete derecho un poquito y traiga lo que encuentras”.  El joven hizo como Domingo le había dicho y encontró un pan arrollado en una tela tan blanca como la nieve.  Después de que lo comió, el fraile se puso a pensar: “¿Quién colocó el pan en el lugar tan solitario?”  Le dirijo la pregunta a Domingo.  “Mi hijo – respondió el santo -- ¿no has tomado todo lo que deseaba?” “Sí, Padre”.  “Muy bien – concluyó Domingo – sólo dale gracias a Dios por ello y no te molestes más de la cosa”.

Como el fraile Juan, la gente en el pasaje evangélico, se enfoca sólo en el pan.  Buscan a Jesús para recibir de él este recurso necesario para vivir.  Sí es importante el pan junto con la casa y la ropa, pero estas cosas no constituyen la vida en plenitud.  De hecho, a aquellos que tengan sólo cosas materiales les falta la más básica.  Por eso, Jesús les aconseja que “’no trabajen por ese alimento que acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna…’” Santo Domingo se dio cuenta que el alimento que no se agota nunca es la palabra de Dios.  Dice su biógrafo que Santo siempre llevaba contigo el Evangelio según San Mateo y las Cartas de Pablo.  Estos papeles no eran poca cosa en los tiempos antes de la imprenta.

El evangelio revela otra cosa que vale subrayar aquí.  Cuando la genta pregunta a Jesús: “’¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?’” actúan como si Dios fuera un propietario que tiene pagos para sus trabajadores.  Entonces desean saber las obras que requiera Dios para reclamar sus pagos.  Es como si cuando regresemos a casa, preguntaríamos a nuestros papás cuánto nos darían por lavar los trastes después de la comida.  El fraile Juan hace algo semejante cuando pregunta sobre la colocación del pan en el lugar.  A lo mejor está tratando de descifrar cómo mantener recibiendo beneficios.  Pero Dios no es como un propietario.  Es el Padre que nos ama, no por lo que hacemos sino por lo que somos.  Eso es, creaturas hechas en la imagen de Su Hijo.  Lo conocemos como Padre por el mismo Jesucristo.  Por eso, Jesús indica que la obra de Dios realmente no es una obra. Es creer en su Hijo; es la fe “’en aquel que Él ha enviado’”.  Por creer en Jesús tenemos la confianza que todo será bien porque su Padre nos ama.  Aun si sufrimos, al final de tiempos veremos el sufrimiento como beneficio para nosotros y los demás.  Nos conformará aún más a Jesús, y ofrecido como un sacrificio a Dios merecerá el bien por el pueblo.

La segunda lectura nos implora que no vivamos como los paganos.  Eso es precisamente que no sigamos calculando las obras requeridas para obtener los bienes que anhelemos.  Más bien, la lectura urge que nos revistamos con el “nuevo yo”, que es Cristo resucitado de la muerte.  Exhorta qué tengamos como él la confianza inquebrantable en Dios Padre.  Qué mantengamos esta fe aun cuando tengamos que sufrir.  Pues es Dios que nos ha colocado en este camino de la vida en plenitud.

El domingo, 29 de julio de 2018


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO, 29 de julio de 2018

(II Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15)


Hace cien años muchos tenían que buscar el pan cada día.  Los trabajadores ganaban salarios que sólo proveían lo básico – casa alquilada, un cambio de ropa, y frijoles junto con el pan.  No eran contentos.  Querían, no injustamente, tener más – pollo para la mesa, un camisa de seda, una casa con recamara para los hijos.  Así somos nosotros, los seres humanos, siempre deseando más.  Hoy en día queremos teléfonos con data más rápida, casas de alto, salidas a restaurantes cuando nos dé la gana.  El evangelio según San Juan muestra cómo Jesús cumple los deseos más profundos del corazón. 

En el pasaje que acabamos de escuchar cinco mil hombres y quién sabe cuántos mujeres y niños vienen a escuchar a Jesús.  Lo ven como un sabio que cuenta de la voluntad de Dios.  Jesús no los decepciona; más bien los llena.  Les proporciona la palabra de Dios en abundancia y también pan y pescado para saciar a todos con doce canastos de sobrantes. 

En el Evangelio según San Juan se llaman los milagros de Jesús “signos”.  Son hechos que significan realidades más grandes que Jesús logrará por toda la humanidad.  Cuando convierte el agua en vino, les alivia la crisis de las bodas en Caná.  Pero el milagro significa cómo Cristo ha llegado para convertir el mundo en los hijos e hijas de Dios.  Así cuando da de comer a la multitud con cinco panes y dos pescados, el hecho significa cómo saciará las hambres más profundas del corazón.  Estas hambres no son para cosas materiales. No importa que nuestros muchachos digan que no pueden vivir sin un nuevo IPhone.  No, más que IPhones y más que aún el pan, nuestros corazones anhelan tres condiciones espirituales: la justicia junto con la paz, la misericordia, y el amor. 

Deseamos ver que todos reciban lo que se les deba.  Por eso, nos preocupan las historias de la represión en Nicaragua.  Cuando resbalemos, sea por debilidad o sea por descuido, queremos la misericordia.  Sin la misericordia muchos de nosotros viviríamos siempre endeudados.  Sobre todo queremos ser amados por quienes somos.  Si nunca conociéramos el amor, la vida sería un tiovivo que siempre enseña los mismos placeres banales. 

Aunque Jesús ofrece el cumplimiento de estos anhelos, al principio no nos damos cuenta de su oferta.  Seguimos tan distraídos con nuestros programas de televisión y equipos de fútbol que pasamos por alto su oferta.  En un sentido somos como  la gente en el evangelio que quiere proclamar a Jesús su rey.  Piensan que estarían contentos si él les suministra el pan de la mesa. 

No se darán cuenta del propósito de Jesús hasta que él cumpla su misión.  Sólo después de la crucifixión y resurrección pueden entender el valor de su oferta.  Jesús establece la justicia por pagar la deuda del hombre a Dios.  Ya nosotros seres humanos sentimos el amor de Dios llenando el corazón.  Con este amor podemos perdonar a uno y otro.

Los hijos de una familia preguntaban a su mamá qué quería por la Navidad.  Pensaban en comprarle un vestido o quizás un tostador.  Pero la madre siempre respondía con el deseo de corazón más profundo.  Decía: “hijos buenos”.  Así Jesús nos sacia las hambres más profundas.  Más que pan para la mesa  más que nuevos IPhones, Jesús nos provee la justicia, la misericordia, y el amor.  Jesús nos sacia con la justicia, la misericordia, y el amor.

El domingo, 22 de julio de 2018


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34)


Este mes el papa Francisco se enfoca en los sacerdotes.  Tiene como su intención particular su cansancio.  Dice: “El cansancio de los sacerdotes: ¿Saben cuántas veces pienso en esto?”  El papa reconoce el trabajo agotador que muchos curas llevan.  Así muestra la preocupación de Jesús por sus apóstoles en el evangelio hoy. 

Jesús llama a los apóstoles: “’Vengan conmigo a un lugar solitario…”   No tienen en cuenta vacaciones en la playa.  No, quiere compartir con ellos su propia experiencia de Dios Padre.  Será tiempo aparte para renovar sus fuerzas ambas espirituales y físicas.  Nuestros sacerdotes de hoy en día necesitan regularmente de este tipo de soledad.  Se constituye de un diálogo en lo cual se comprometen de nuevo al  Señor y contemplan su apoyo. 

Pero los sacerdotes no son los únicos miembros de la Iglesia con muchos quehaceres.  A menudo los laicos tienen programas aún más fatigosos.  Particularmente las responsabilidades de las señoras llaman la atención.  No es raro verlas cuidando a sus familias, trabajando pleno tiempo, y sirviendo en la parroquia.  Ellas también podrían aprovecharse de quince minutos cada día aparte con el Señor.  Será oportunidad para desahogarse a Dios y decirle qué tanto cuentan con su ayuda.  En el funeral de una señora magnífica, la hija contó cómo su mamá paraba a la parroquia después de recoger a sus hijos de la escuela.  Allá visitó al Santísimo Sacramento por un ratito para recargar su energía espiritual. 

No se debe menospreciar el reto para los padres de familia hoy en día.  Tienen que enseñar a sus hijos los valores del reino de Dios en una sociedad cada vez más secularista.  Donde el mundo adora a los símbolos de sexo ellos han de inculcar la compasión, la humildad, y la castidad.  Instruyen mejor por ejemplo que por palabra.  Una vez una madre en San Antonio anunció a la familia que todos iban a pasar la mañana del Día de Acción de Gracias sirviendo comida a los pobres.  ¿Cabe duda que los hijos maduraran con un fuerte sentido de servicio? 

Al final del pasaje evangélico San Marcos escribe que Jesús ve a la gente como “ovejas sin pastor”.  Tiene en cuenta que los líderes del pueblo no transmiten la verdadera voluntad de Dios.  En el tiempo de la primera lectura los líderes irresponsables eran los reyes.  Hoy en día los gobernantes secularistas a menudo dejan a la gente sin sentido justo de la vida.  Hacen falta sacerdotes formados en Cristo para guiar a las familias.  Tienen que enseñar que la vida es don de Dios que no debe ser desgastada en la búsqueda de placer y prestigio.   Más bien tiene que ser entregada en el amor por el bien de los demás.  Así se puede realizar la felicidad que Dios tiene guardada para sus hijos e hijas.

Sea en la casa o en la iglesia, seamos sacerdotes o laicos, enseñamos a Jesucristo.  La segunda lectura hoy nos da el porqué.  Él es la paz entre todos.  Ahora la línea no se traza entre los judíos y no judíos.  Ni se encuentra entre los católicos y los protestantes.  Ahora la diferencia principal se ve entre los creyentes practicantes y los secularistas.  Sin embargo, todos de buena voluntad pueden ver a Jesús como maestro  impartiendo los verdaderos valores de la vida.  Enseña la necesidad de ambos retirarse con Dios y servir a los pobres.  Jesús es nuestra paz.

El domingo, 15 de julio de 2018


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13)

“El pueblo de la alabanza” (en el inglés, “The People of Praise”) se dedica a la gloria de Dios.  Es organización ecuménica que en primer lugar ofrece la alabanza a Jesucristo.  También trabaja para una sociedad donde todos vivan en la paz.  Se sacrifica para que todos – tanto los negros como los blancos, tanto los pobres como los ricos – conozcan el amor de Cristo.  Este pequeño movimiento recibió alguna atención la semana pasada cuando una de sus miembros fue mencionada como posibilidad de ser nombrada a la Corte Suprema.  Aunque no fue escogida ella, “El pueblo de la alabanza” vive la esperanza de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús envía a sus apóstoles para predicar el arrepentimiento.  Quiere que los pueblos se preparen para el Reino de Dios.  El arrepentimiento significa que los individuos cambien su corazón. Donde son duros, que sean tiernos.  Donde se llenan de porquería, que se purifiquen.  El corazón tierno y puro siempre buscará el bien de la otra persona, no a dominarla.

Para facilitar su misión Jesús otorga a los apóstoles el poder sobre los espíritus impuros.  Se puede pensar en estos espíritus como demonios pero tal vez sea mejor que los consideremos como los vicios.  Usualmente se nombran los siete pecados capitales como los vicios principales.  Estos incluyen la soberbia, la avaricia, la lujuria, y la ira.  Se puede facilitar el recordar de estos tropiezos a la felicidad verdadera por pensar en los cuatro “p”.  Los vicios son el deseo desordenado para el prestigio, la plata, el placer, y el poder.  Purificada de estos deseos, la persona está lista para acoger a Dios en su reino.

Sin embargo, la evangelización tiene objetivo más allá que la conversión personal.  También quiere transformar la cultura en que la gente vive.  Al menos es lo que dijo el papa San Pablo VI, el pionero de la nueva evangelización. Según él, la cultura evangelizada se conforma de los criterios de juicio, los valores determinantes,… y los modelos de vida” del evangelio.  Se realiza cuando la gente juzgue al otro por el “contenido de su carácter” y no por su cuenta de banco.  Se ve donde los héroes de los jóvenes sean los humanitarios como Martin Luther King y no, si me permiten decirlo hoy, los futbolistas como Ronaldo. 

Jesús también insiste que los apóstoles viajen como pobres.  No han de llevar “ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto”.  A lo mejor tiene dos fines en cuenta cuando enfatiza la sencillez radical en el camino.  Primero, quiere que ellos conozcan la Providencia de Dios que siempre es más amplia que se piense.  Como se demostró con los muchachos en Tailandia atrapados en la cueva, Dios proveerá.  También, desea que los misioneros se den cuenta de que los pueblos ya son evangelizados en parte.  El Espíritu Santo les ha precedido rindiendo a la gente que visitarán amistosa.  Por eso muchos misioneros regresan a su tierra nativa diciendo que ellos mismos han experimentado conversión. 

En la segunda lectura el autor de la Carta a los Efesios describe el propósito de la evangelización.  Es el plan de Dios Padre que todos nosotros seamos “santos e irreprochables a sus ojos, por el amor…”  Somos llamados a ser como Cristo los hijos y las hijas de Dios.  Tenemos la vida eterna como destino cuando el contenido de nuestros caracteres se conforme al evangelio.  Es Jesucristo que ha enviado a los apóstoles para traernos este evangelio.  Damos alabanza a Dios en esta misa y siempre por él.

El domingo, 8 de julio de 2018


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 2:2-5; II Corintios 12:7b-10; Marcos 6:1-6)


El Señor Jean Vanier inició un movimiento evangélico.  Era militar sirviendo en la Marina Canadiense.  Entonces se sintió una vocación de hacer “algo diferente”.  Renunció su comisión como oficial marino para estudiar la filosofía.  Pero la vida del profesor no le convenía tampoco.  Tuvo una inspiración cuando visitaba un asilo para los incapacitados.  ¿Por qué no dar a aquellos con una deficiencia mental un hogar donde podrían florecerse?  Invitó a dos personas incapacitadas para vivir con él.  Él los cuidó, y de ellos aprendió la enseñanza más importante de la vida: soy amado por Dios.  Así fue establecida la primera Comunidad de El Arca.  De ahí Jean fundó comunidades de El Arca en países alrededor del mundo.  La historia de Jean Vanier nos reta a aceptar las dificultades que tenemos en nuestras propias vidas.

A lo mejor no tenemos a nadie en casa con una deficiencia mental.  Pero es muy posible que haya una persona con carácter difícil.  O posiblemente viva con nosotros un pariente sufriendo una enfermedad seria.  Nos cuesta dar a estas personas la atención que necesitan para florecer.  Sin embargo, en lugar de tratar de ayudarlos, a menudo estamos inclinados a rechazarlos.  Pensamos en desconocer sus necesidades u olvidarnos de ellos por ponerlos en un asilo.  La gente que actúa así asemeja a los vecinos de Jesús en el evangelio hoy. 

Cuando Jesús presenta a sus paisanos el mensaje del Reino de Dios, lo tratan como si fuera un inquietador.  Le consideran como idealista cuando les habla de la necesidad de reformarse para aprovecharse del gran amor de Dios.  Como Dios envía a Ezequiel a Su pueblo Israel en la primera lectura, ha enviado a Jesús al mundo.  Desgraciadamente muchos se ignoran de él hoy en día como en su propio pueblo.  Prefieren pasar todo el día viendo fútbol a visitar a un conocido internado por media hora.

Esperamos que nosotros no seamos así.  Más bien queremos responder al evangelio con el cuidado para los demás.  El papa San Juan Pablo II decía que la vida es un don de Dios que no realizamos hasta que la demos a los demás en el amor.  Se la damos a todo el mundo por tratar a cada persona que encontremos con el respeto.  A los familiares debemos más atención, aun sacrificios por los débiles en nuestro medio.  Una pareja inmigrante tiene a una niña con la parálisis cerebral.  Ella no podía comer sin la ayuda y mucho menos caminar.  Pero los padres le han dado todo el apoyo necesario.  Aun la traían a las clases de formación de ministros para que no se dejara sola.

Sí nos cuesta cuidar a los demás.  A veces ellos resienten nuestras ofertas de socorro.  Los parientes pueden requerir más atención que pensábamos fuera posible.  Entonces que nos acordemos de lo que escribe San Pablo en la segunda lectura.  Cuando nos sentimos más débiles, el Señor nos hace más fuertes.  Él nos concede las fuerzas necesarias para realizar hazañas notables – sea cuidar a un enfermo o sea aguantar con paciencia nuestro propio dolor. 

Es notable la atención que llama el fútbol estos días.  Casi todo el mundo quiere ver los finales del campeonato de la Copa del Mundo.  Sea el ganador de las Américas, de la Asia, o de Europa, a lo mejor en cuatro años habrá otro.  Es el amor de Dios por nosotros que no cambia nunca.  Jesús nos lo proclamó y ahora somos para anunciarlo a los demás.  Por el respeto, el servicio, y los sacrificios somos para anunciar el amor de Dios.

El domingo, 1 de julio de 2018


EL DECIMOTERCER DOMINGO ORDINARIO 

(Sabiduría 1:13-15.2:23-24; II Corintios 8:7.9.13-15; Marcos 5:21-43)


El evangelio comienza con Jesús a la orilla del mar. La gente se agrupa alrededor de él.  No se dice que hagan pero no parece que Jesús está enseñándoles.  Es probable que Jesús esté rezando a su Padre en el cielo.  La gente se le acude porque lo reconoce como hombre cerca de Dios.  Es cómo sentimos cuando vimos al papa Francisco besando a una persona horriblemente desfigurada.  Lo admiramos tanto que queramos seguirlo para llegar a Dios.

Jesús muestra su santidad cuando responde a la petición de Jairo.  No demora nada para irse con él.  No dice como yo diría: “Después del desayuno, te acompaño”.  No, se va inmediatamente por compasión del padre que se echa a sus pies pidiendo ayuda por su hija. 

Ciertamente la mujer sufriendo de un flujo de sangre reconoce a Jesús como santo. Piensa que sólo por tocarlo, experimentaría el alivio. Lo toca, y se sana.  Pero lo que más llama la atención aquí es cómo Jesús siente el poder sanador saliendo de él.  Tiene la sensibilidad sobrehumana. ¿Quién es entonces?

Jesús sigue con Jairo a su casa.  Cuando encuentran a la gente diciendo que la niña ha muerto, le urge a Jairo que mantenga la fe en Dios.  Sabe que su Padre, el autor de la vida según la primera lectura, le ha compartido el poder sobre la muerte.  Al entrar la casa, Jesús toma la mano de la niña.  Le dice que se levante de la cama, y ella lo obedece.

De una manera la mayoría de nosotros estamos como esta  niña.  Pues hemos entrado en un sueño como la muerte que nos deja ilusionados.  Pensamos que nuestras metas son ser ricos, famosos, y siempre complacidos.  No queremos aceptar que Dios tiene otros objetivos para nuestras vidas.  Quiere que seamos generosos, humildes, y gozosos por haber conocido a Jesucristo.  Es como si Jesús nos tomara de mano diciendo el mandato, ‘“…levántate’ y conóceme”. 

Que nos levantemos del sueño que estamos salvados por tener millones.  Más bien que compartamos del corazón como san Pablo urge a los corintios en la segunda lectura.  Que nos quitemos la ilusión que los jefes que den órdenes son los más benditos.  Más bien que nos apoyemos de la mano de Jesús para realizar el gozo de cumplir su voluntad.  Que dejemos la ilusión que la felicidad consiste en siempre ser complacidos.  Más bien que reconozcamos el bien de tener a Jesús como compañero.

¿Quién es este que nos ofrece la mano?  Sí es el santo de Dios.  Pero esta descripción no basta. No sólo se muestra Jesús como favorecido de Dios sino como alguien mucho más grande.  En su resurrección de la muerte Jesús  se revela que es el autor de la vida.  Como dice Pablo, “siendo rico, se hizo pobre por (nosotros), para que (nosotros nos hiciéramos) ricos con su pobreza”.   Es el mismo Dios que vale nuestra fe.  Pues no sólo nos levanta de nuestros sueños ilusionados sino también del sueño de la muerte.  Es quien nos levantará de la muerte.

El domingo, 24 de junio, 2018


SOLEMNIDAD DE NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

(misa vespertina: Jeremías 1:4-10; I Pedro 1:1.8-12; Lucas 1:5-17; misa del día: Isaías 49:1-6; Hechos 13:22-26; Lucas 1:57-66.80)


Todo el mundo sabe que celebramos el nacimiento de Jesús al 25 de diciembre.  Hoy, el 24 de junio, estamos celebrando el nacimiento de san Juan Bautista.  No es por casualidad que estas fiestas quedan casi seis meses aparte.  Pues Jesús es como el sol naciente que nos trae la esperanza de la vida.  La Iglesia demuestra esta verdad por fijar su nacimiento al solsticio del invierno.  Desde entonces la luz del día, al menos en el hemisferio norteño, se hace más larga.  Entretanto la Iglesia coloca el nacimiento de Juan al solsticio verano.  Desde ese día la luz del día comienza a disminuirse.  Pues Juan dice en un evangelio: “’Es necesario que él (Jesús) crezca, y que yo disminuya’” (Juan 3:30).

Sin embargo, no deberíamos pensar en Jesús y Juan como opuestos a uno y otro.  No es que fueran enemigos ni siquiera adversarios.  Ni es que Jesús valga mientras Juan sea marginado.  Más bien los dos son complementarios.  Se llevan bien como la mano en un guante.  Siempre daremos la preeminencia a Jesús como el Señor.  Pero nos hace falta reconocer la importancia de Juan como quien nos presenta al Señor.  Los chinos hablan de yin y yang como principios complementarios.  El yang es la fuerza positiva como la luz y el amor.  Se puede identificar a Jesús con este principio.  El yin es la fuerza negativa como la oscuridad y el temor.  Se identifica este principio con Juan.  Los dos son buenos pero tienen papeles diferentes.

En el evangelio los dos, Jesús y Juan, predican el mismo mensaje básico: “’Arrepiéntanse porque el reino del cielo está cerca’” (Mateo 3:2 y Mateo 4:17).  Pero hay diferencia en el motivo de sus exhortaciones.  Para Juan tenemos que arrepentirnos o seremos destruidos por la ira del Altísimo.  Jesús, en cambio, quiere que nos arrepintamos para que no faltemos el amor de Dios Padre.   Tal vez la advertencia de Juan tenga más probabilidad de movernos a responder.  Después de todo nadie quiere ser devorado en un incendio.  Sin embargo, es la confirmación amorosa del Santísimo que anhelamos sobre todo.

Juan es el precursor.  Viene antes de Jesús anunciando su llegada.  Lo hace hacia el fin de su vida cuando proclama en el desierto: “’El que viene detrás de mí…es más poderoso que yo’” (Mateo 3:11).  También anuncia Juan la presencia del salvador desde el seno de su madre al principio de su vida.  Dice el evangelio de san Lucas: “Tan pronto como Elizabet oyó el saludo de María (embrazada con Jesús), la criatura saltó en su vientre” (Lucas 1:41).  Además Juan proclama el adviento del Señor por su vida de penitencia.  Lleva pelo de camello y practica la dieta de saltamontes para decir que ya no es tiempo de flojera.  Más bien es la última oportunidad para prepararse para el Señor. 

Como somos llamados a vivir como Jesús, somos para imitar a Juan también.  No es necesario que llevemos pelo de camello, pero sí deberíamos anunciar la presencia del Señor.  Inclinar la cabeza cuando pasamos una iglesia católica indica al mundo que el Señor está allí dentro del santuario.  Asimismo rezar en público antes de comer muestra a los demás que vivimos por más del pan de la mesa.  Después de todo, la religión no es estrictamente un asunto privado.  A toda la sociedad le falta a Dios.  Él viene para asegurar que nadie sea marginado.  Él viene para enseñarnos que la penitencia y el gozo son complementarios como el yin y el yang.   Él viene para confirmar a todos en el amor.

El domingo, 17 de junio de 2018


EL UNDÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, 17 de junio de 2018 

(Ezequiel 17:22-24; II Corintios 5:6-10; Marcos 4:26-34)

Recientemente una reflexión sobre un roble apareció en una revista católica.  El autor comparó su modo de vivir con siete características que él ve en el roble.  Dijo, por ejemplo, que el roble es tan generoso que comparta su sombra  con todos.  Entretanto él es mezquino con su tiempo, su cartera, y su corazón.  En el evangelio hoy Jesús también tira de la naturaleza lecciones a aplicarse al Reino de Dios.

Jesús nota cómo el Reino no aparece de noche a día.  Más bien, tarda mucho como la cosecha una vez que se siembre la semilla.  Se puede ver este proceso lento en la lucha por la justicia y la paz.  Hace setenta años, por ejemplo, las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Esto es un compendio de las libertades que todos gobiernos del mundo deben apoyar.  Fue un paso significante pero no en sí transformador.  Desde entonces se han notado muchas violaciones de los derechos.  Por la falta humana no vamos a ver el cumplimiento de los derechos para todos hasta venga Cristo.  Pero ahora por lo menos tenemos normas para ayudarnos buscar lo que anhelamos ver.

También Jesús compara el Reino a un arbusto de mostaza.  Dice que el Reino desarrolla como este arbusto crece de una semillita en un refugio para pájaros.  Las Caridades Católicas en muchas diócesis reflejan este crecimiento gradual.  Acostumbradamente comenzaron como una obra humilde como el repartir de comidas a los pobres.  En tiempo crecieron en organizaciones con docenas de servicios.  Proveen auxilios tan básicos como la ayuda con la renta y tan complicados como el colocar de familias refugiadas.  No es el Reino de Dios en su plenitud sino un intento humano para aproximarlo.

La segunda lectura puede darnos pausa a los esfuerzos para mejorar las condiciones de la sociedad.  En ella Pablo nos recuerda que la tierra no es nuestra patria.  Dice que estamos destinados a salir de nuestros cuerpos para vivir con el Señor.  Entonces nos preguntamos: ¿por qué queremos preocuparnos de lo que pase en el mundo?  ¿No sería mejor sufrir calladamente las injusticias acá pensando en nuestro hogar eterno?  Después de todo muchos se refieren a la vida de los santos difuntos como el “Reino de Dios”.

El Concilio Vaticano II se dirigió a esta inquietud.  Dijo que hay una semejanza entre la vida como es ahora y el Reino que aparecerá cuando regrese Jesús.  No es que la tierra termine y Jesús la reemplace con el cielo.  Según el Concilio el fruto de nuestros esfuerzos, que ya es manchado por el pecado, se transformará.  Con la venida de Cristo los bienes que hemos producido recibirán su perfección.  Por eso, nuestros intentos para instalar una sociedad de paz y justicia no son vanos.  Más bien son meritorios desde que aumentan la esperanza de la venida del Señor.  Al final de los tiempos estamos destinados no a un cielo distinto sino a un mundo transformado. 

En fin ¿qué es el Reino de Dios?  Aparece en diferentes formas y es descrito con diferentes términos.  Podemos decir que el Reino es el fruto final de nuestros esfuerzos para el bien de todos.  Es también el premio que recibimos por nuestros esfuerzos.  Además es el mundo transformado con la venida de Jesucristo al final de los tiempos.  Es la justicia, la paz, y el amor que anhelamos vivir.  En breve es la presencia de Dios a nosotros que nos alegra, nos conforta, y nos perfecciona.  El Reino es la presencia de Dios a nosotros.


El domingo, 10 de junio de 2018


EL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13-5:1; Marcos 3:20-35)


“’¿Dónde estás?’” Se puede dirigir la pregunta que hace Dios a Adán en la primera lectura a cada uno de nosotros.    Pero la pregunta a nosotros no tiene que ver tanto con el lugar del cuerpo sino el lugar del alma.  ¿Estoy más cerca a Dios o a Satanás?  ¿Estoy inclinado al bueno o al malo?  ¿Vivo por los demás o sólo por mi propio bien?  ¿Dónde estoy?

San Pablo no tiene duda dónde está él.  Ha entregado su vida al servicio de Cristo.  Como expresa en la segunda lectura, está desgastándose con el anuncio de la resurrección de Jesús.  Aunque algunos han negado sus motivos, él lleva en su cuerpo las marcas de la campaña.  No se puede decir otra cosa.  Pablo ha dado de sí mismo cien por ciento para colocar a los corintios en el camino de la vida.

¿Dónde estamos?  ¿Podemos como Pablo apuntar a varias personas a las cuales hemos apoyado en la fe?  Esperemos que hayamos fortalecido la fe al menos de nuestros hijos.  Si hemos bendecido la comida antes de consumirla, nuestra respuesta será sí.  Si hemos rezado con ellos antes de acostarse, también la respuesta será sí.  Sobre todo si los hemos llevado a la misa dominical, la respuesta será sí.  Ellos han aprendido de nosotros que la vida es un don de Dios a quien debemos el agradecimiento.

Hablamos del “buen ladrón”.  Supuestamente el “buen ladrón” es el bandido crucificado al lado de Jesús.  Según el evangelio de Lucas (y sólo Lucas) este hombre pide al Señor que se acuerde de él en la gloria.  Y Jesús se lo promete.  Por eso, se le merece el título el “dichoso ladrón”, no el “buen ladrón”.  En el evangelio hoy Jesús se refiere a sí mismo como un ladrón.  Pues él es quien que ha metido a la casa de Satanás, el príncipe del mundo, para robarle de la humanidad caída.  Él nos ha quitado la idea que nuestra vida es sólo nuestra producción.  Por eso, podemos gastarla como nos dé la gana.  Jesús nos ha dejado con la seguridad que somos amados por Dios para siempre. 

¿Dónde estamos? ¿Estamos con Jesús, el “buen ladrón”?  Nuestra respuesta es “sí” si vamos a las periferias para sacar a los necesitados de la miseria.  La periferia, como diría el papa Francisco, también es más lugar del alma que del cuerpo.  Es dondequiera no estemos cómodos.  Puede ser la casa de nuestros suegros a quienes sospechamos que no les caigamos bien.  Más probable es el asilo de ancianos que nos recuerda de la fragilidad humana.  O puede ser una cárcel que nos colme con el temor.   Allá ataremos a Satanás, el hombre fuerte, por dominar nuestros deseos.  Arrebataremos a los necesitados de la miseria por mostrarles la compasión. 

La periferia para unas mujeres es el servicio de alimentos para los pobres de la calle.  La primera vez que vienen, las damas sienten el temor.  Pero pronto se dan cuenta que los pobres no son más violentos ni más rudos que otros grupos.  Los llaman por nombre y les permiten a ayudar con la limpieza.  Se puede decir que les roban de la miseria y les suministran la dignidad.  Seguramente ellas están con Jesús.

El domingo, 3 de junio de 2018


La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo 

(Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16.22-26)


Hay un retrato de Santo Domingo por Fray Angélico que llama la atención.  Muestra al santo al pie de la cruz de Jesús.  Sus brazos aferran el madero como si fuera un bebé.  Entretanto, la sangre del salvador está derramando de su cuerpo.  Va a tocar las manos de Domingo como las olas de la marea creciente cubrirán la arena en la playa.  Es lo que quiere el santo más que cualquiera otra cosa.

Domingo sabe la eficacia de la sangre de Cristo.  Se da cuenta cómo ella le librará de todo pecado.  Es consciente cómo le unificará con Dios para siempre.  Domingo entiende esto como el significado de las tres lecturas de la misa hoy.  Moisés crea una alianza entre el Señor y la nación Israel.  Ellos serán Su pueblo, y Él será su Dios.  La Carta a los Hebreos revela una nueva alianza más perfecta por ser sellada con la sangre del Hijo de Dios.  La sangre derramada de cabríos en la antigua alianza podría efectuar un perdón de pecados.  Pero era un perdón jurídico que no podría cambiar la persona interiormente.  En cambio, el perdón ofrecido por la sangre de Cristo es transformativo.  Fortalece a la persona para que sea el verdadero hijo de Dios.  Cuando Jesús comparte el vino en el evangelio, él está anticipando el derramar de su sangre el día siguiente.  Será su último y mejor don al nuevo pueblo que está creando de Israel.

Hoy celebramos tanto el cuerpo como la sangre de Cristo.  Es tiempo de reflexión and de agradecimiento.  Tradicionalmente hemos hecho procesiones fuera del templo para atestiguar nuestra fe en la Eucaristía.  También queremos que nuestros vecinos sean benditos por la presencia de Cristo en el Santísimo.  Esto no es cosa trivial.  Más bien, habla grande y elocuentemente de nuestra transformación en la familia del Dios de amor.

El domingo, 27 de mayo de 2018


La Solemnidad de la Santísima Trinidad

(Deuteronomio 4:31-34.39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20)


Una autora recientemente describió su camino de fe.  Vino de un tipo de hedonismo a la verdadera fe católica.  Dice que fue bautizada como niña en la Iglesia Episcopal pero se crió sin mucha formación cristiana.  En la universidad participó en el libertinaje que caracterizó los años mil novecientos setentas.  Como resultado se hizo enferma y desde la enfermería experimentó una conversión intelectual a Jesús.  Por un rato conoció la paz de Cristo pero sin la base firme se cayó de nuevo en el pecado grave.  Entonces conoció a una sanadora cristiana llamada Graciela.  Así la escritora tuvo una experiencia realmente transformadora.  Dejó el modo de vivir pecaminoso y tomó parte en el ministerio.  Primero asistía a iglesias evangélicas pero eventualmente se hizo católica. 

La autora recalca con el papa Francisco la importancia que la Iglesia sea un hospital de campaña.  Como en su caso con la sanadora, la Iglesia debe ofrecer los servicios de socorro y consolación.  Pues en este mundo de placeres dañinos muchos quedan heridos ambos psicóloga y físicamente.  Pero, dice ella, la Iglesia tiene que ser más que una caridad.  La Iglesia es el guardián de las tradiciones y la sabiduría de las edades.  Como tal la Iglesia tiene que disponer estos recursos al servicio del pueblo.  Nunca debería abandonar los sacramentos y la teología como sus instrumentos primarios.  Pues sólo por ellos puede desarraigar el pecado.

La fiesta de hoy representa una de las tradiciones más antiguas y céntricas de nuestra fe.  La doctrina de la Santísima Trinidad fue desarrollada en los primeros cuatro siglos de nuestra época.  En ese tiempo respondió a varios errores en cómo pensar en Dios.  Dice que el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son el único Dios.  Pero no son tres partes de una unidad ni son tres modos de considerar la misma unidad.  Cada uno de las tres personas es distinto y cada uno comprende la totalidad de Dios.  Exactamente cómo existen así es un misterio difícil a entender pero necesario a aceptar.  Pues se puede decir que si el Hijo no fuera Dios, no tendría el valor de salvarnos del pecado.  Y si el Espíritu no fuera Dios, no podría hacernos hijos de Dios y herederos del cielo.

Nos cuesta entender cómo las tres personas de la Santísima Trinidad pueden ser uno.  También cuesta comprender cómo él único Dios puede ser tres.  Pero nuestra tarea en primer lugar es creer en ella, no entenderla.  En segundo lugar y aún más importante que nos realicemos la eficacia de ella.  Que seamos amorosos como el Padre, valerosos como el Hijo, e iluminadores como el Espíritu.  Así podemos ir por el mundo como el Señor Jesús nos dice en el evangelio.  Podemos mostrar a los lastimados por las drogas sonrisas acogedores.  Podemos decir a los desilusionados por el Internet palabras de comprensión. En breve podemos actuar, al menos un poco, como el Dios en que creemos.

El domingo, 20 de mayo de 2018

EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA)

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.

El sábado, 19 de mayo de 2018


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA)

(Génesis 11:1-9; Romanos 8:22-27; Juan 7:37-39)

En el año 1976 Irlanda Norte estaba en guerra civil.  La mayoría de la población, que era protestante, quería mantenerse unida con Inglaterra.  Entretanto, muchos de la minoría católica preferían formar parte de la Republica Irlandés al sur.  Había mucha discriminación, protesta, y retaliación resultando en la muerte de miles de civiles.  Un día un soldado inglés abrió fuego a un coche de los republicanos causándolo perder el control.  El coche atropelló una familia matando a tres niñas.  Mucha gente – ambos protestantes y católicos – decidió que demasiada sangre se había derramado.  Formaron manifestaciones de miles personas pidiendo un alto de la violencia.  Ellos anhelaron la venida del Espíritu Santo como San Pablo escribe en la segunda lectura hoy.

Pablo describe un pueblo cuyos gemidos para el alivio son unidos con las oraciones del Espíritu Santo.  Nosotros hoy en día seguimos añorando una sociedad más sana.  Vemos a los soberbios acaparrando la atención como los hombres de Babel en la primera lectura.  Ellos quieren construir una torre para llegar a Dios como si Él viviera encima de una nube.  Se ve este tipo de egoísmo hoy en los entretenedores que no refrenan nada en sus referencias al sexo.  Igualmente lo percibimos en el vestido de las mujeres que han perdido el sentido de vergüenza.  Pedimos que venga el Espíritu para corregir estas tendencias indecentes por el bien de todos.

El evangelio destaca a Jesús como la fuente del Espíritu Santo.  La ocasión es la fiesta de las Tiendas, una celebración que atrae a muchos peregrinos a Jerusalén.  La fiesta recuerda cómo el Señor acompañó a los israelitas por cuarenta años en el desierto.  Los peregrinos forman una procesión para sacar el agua de la piscina de Siloé a la orilla de Jerusalén.  Esta agua representa la que Moisés sacó de la roca en el desierto.  Los sacerdotes verterán el agua sobre el altar del Templo para simbolizar su capacidad de dar la vida.  Al mirar las actividades Jesús grita que él tiene agua viva.  Su agua es mucho más eficaz que la de la piscina porque concede la vida eterna.  El agua a la cual refiere es el Espíritu Santo que Jesús entregará una vez que muera en la cruz.

Nosotros hemos bebido de esta agua.  Pues hemos recibido al Espíritu Santo en el bautismo.  Ya es de nosotros para hacer lo que podamos para derrotar las fuerzas de violencia y soberbia.  No estamos solos en la lucha.  Han bebido del mismo Espíritu sinnúmeros de otras gentes.  Tal vez nuestro aporte sea limitado a no practicar la violencia y enseñar a nuestros hijos así.  Sería un paso adelante en la construcción de la paz.  Asimismo por refrenar de indirectas sexuales, contribuiríamos a un ambiente más sano.  Aquí vemos un propósito de la venida del Espíritu: crear una sociedad pacífica y sana por todos.


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA), 20 de mayo de 2018

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.