El domingo, 16 de diciembre de 2018

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Sofonías 3:14-18; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:10-18)


El hombre, un ambientalista, habla en un video con la urgencia de un capitán cuyo barco se está hundiendo.  Dice que no tenemos simplemente un “cambio de clima” como lo llama mucha gente.  Más bien, según el hombre, tenemos un “crisis de clima”.  Dice que quemamos tantos combustibles fósiles que la temperatura siga alzando.  Es posible que las temperaturas altas contribuyan a huracanes cada vez más fuertes, incendios más devoradores, y otras catástrofes naturales.  Concluye el hombre que si continuamos así el medioambiente no podrá sostener la civilización como la conocemos.  Aunque parece muy peligrosa esta amenaza, el evangelio hoy presenta una aún más grave.

Juan Bautista está predicando en el desierto fuera de Israel.  Es notable el lugar porque allí Dios formó a Israel como su pueblo después de que Moisés lo llevó de Egipto.  Desgraciadamente Israel no ha cumplido sus promesas.  No ha practicado la justicia.  Más bien, se ha caído en la corrupción y el fraude como los otros pueblos.  Por esta razón, Juan llama a los judíos que se le acuden “una camada de víboras”.  Dice que Dios está enviando a su mesías para juzgarlos.  No sabe quién sea el mesías, pero no duda que llegará pronto para castigar a los culpables con el fuego.

La gente responde favorablemente.  Preguntan a Juan: “¿Qué debemos hacer?”  Juan no tarda a darles órdenes.  Dice que aquellos con recursos deben compartirlos con los pobres. Añade que los publicanos deben cobrar sólo lo que es justo y los soldados tienen que evitar la extorsión.  Estas medidas son tan radicales que se pueden comparar con diferentes acciones recomendadas para limitar el consumo de los combustibles fósiles.  Imaginémonos por un momento el gobierno insistiendo que cada casa ponga el termostato a sesenta-cinco grados en el invierno y a ochenta en el verano.  Piensen en leyes limitando la gasolina de modo que todos tomen el transporte público al trabajo.

Aunque sería difícil acostumbrarnos a estos tipos de cambio, no deberíamos negar sus beneficios para el planeta.  Particularmente durante Adviento estamos animados a soñar en modos grandes.  Tenemos este tiempo para meditar en la venida de Dios al mundo como hombre – un evento tanto maravilloso como inesperado.  Si Dios hizo eso, seguramente puede mover a la gente de hoy en día a conservar la energía.  De verdad, puede causar sacrificios aún más significativos en otras áreas.  Puede inspirar a los hombres y mujeres a vivir en matrimonios que apoyan la crianza salubre de hijos.  Puede estimular ambos a los empresarios y a los trabajadores a valorar a uno y otro más.

Aquí hablamos del sacrificio pero en la segunda lectura tanto como en la primera se cuenta del gozo.  Nos parece a veces que donde hay sacrificio, no se encuentra el gozo.  Pero eso no es verdad.  De hecho, el gozo resulta de hacer sacrificios para realizar nuestros fines.  Cuando vimos a los niños creciendo en adultos responsables, sentimos el gozo.  Cuando recibimos un regalo de aprecio por treinta cinco años de servicio a la compañía, nuestro corazón se llena del gozo.  Este gozo sobrepasa el placer que muchos equivocadamente asocian con la felicidad.  El placer es de los sentidos y pasa rápidamente mientras el gozo es del interior, el producto de sacrificio.  En la Carta a los Filipenses Pablo exhorta la alegría porque el Señor está cerca.  Es el mismo sentido que tenemos cuando nos sacrifiquemos por el bien de los demás.  Sabemos que el Señor está cerca para reconocer nuestros esfuerzos.

Estamos entrando en un tiempo de muchos placeres.  La gente saluda a uno y otro aun a desconocidos con sonrisas en la cara y calor en el corazón.  Todos comparten los manjares tradicionales – tamales, pasteles, y chocolates.  Los niños esperan juguetes nuevos, y los novios planean sus matrimonios.  Estos sentimientos agradables pasan pronto en buenas memorias.  Sin embargo, hay un gozo que queda por más tiempo.  Se realiza este gozo en la iglesia en la Noche Buena.  Por haber seguido a Jesucristo todos los días del año, sentimos el gozo de tenerlo presente.  Sabemos que él no nos abandonará nunca.  Tendremos este gozo en el corazón para siempre.

El domingo, 9 de diciembre de 2018


SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

(Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6.8-11; Lucas 3:1-6)


De todos los millones de discursos en la historia de los EEUU pocos han tenido más impacto que el Discurso de Gettysburg.  Muchos alumnos lo repiten de memoria y la mayoría de los americanos recuerdan la primera frase.  El autor del discurso era Abrahán Lincoln, el presidente de la republica durante su prueba más grande: la guerra civil.  Como persona culto él sabía la necesidad de situar un evento en la historia para resaltar su importancia.  Por eso comenzó el Discurso de Gettysburg: “Hace ocho veintenas y siete años”...  Por el mismo motivo el evangelista Lucas presenta a Juan Bautista en el evangelio hoy de modo semejante.  Dice:En el año décimo quinto del reinado del César Tiberio…”

Hay otras comparaciones entre el discurso de Gettysburg y el evangelio que leemos hoy.  Como la guerra civil casi desgarró los Estados Unidos, Juan predica durante una época de fracaso para Israel.  La soberanía de la tierra pertenece a Roma.  Aun cuando era independiente, Israel fue mal dirigido por sus reyes.  Los judíos no tienen autonomía porque no han vivido justamente.  Han abandonado la Ley tanto como los americanos habían dejado la moral por esclavizar la raza negra. 

En el discurso Lincoln mencionó la esperanza de “un nuevo nacimiento de libertad”. Estaba proclamando un nuevo comienzo del país.  No más una raza menospreciaría a otra.  Más bien al menos el propósito era que los negros y los blancos caminaran con la misma dignidad.  Asimismo en el evangelio Juan lleva gran esperanza para Israel.  No más los ricos se desconocerían de los pobres viviendo en su medio.  No más los soldados se aprovecharían de los civiles.  Más bien el mesías vendrá para crear una sociedad que glorifica a Dios por su apoyo mutuo.

Juan no se entiende a sí mismo como el mesías de Israel sino el que viene para preparar su camino.  Habla como si fuera peón rompiendo la tierra para que el agricultor la siembre y cultiva.  En este momento ni sabe quién sea el que viene para establecer el nuevo orden.  Aquí hay una diferencia entre nosotros y Juan.  Nosotros conocemos a Jesús como el salvador con la sabiduría y el poder de Dios.  Él va a volver para recrear la humanidad de modo que todos vivan en la paz.

Pero en otro aspecto somos todavía parecidos a Juan.  Como él tenemos que preparar al mundo por la venida de Cristo.  Tenemos que romper la dureza del corazón que vemos en todos lados incluyendo en nosotros mismos.  En muchas partes la solidaridad entre la gente está disminuyendo.  Muchas parejas no quieren casarse sino vivir juntos con cuentas bancarias separadas.  Si desean a hijos, los consideran como medios para cumplir sus propios deseos.  En muchos casos tampoco quieren dar a sus hijos la atención que necesitan para crecer fuertes, cariñosos, y sabios.  Esto significaría que hagan  el compromiso de no divorciarse nunca.  Incluiría la intención de amar a uno y otro con todas sus fuerzas.  También llamaría el sacrificio al menos en parte de sus carreras por el bien familiar.

Entonces si tenemos que preparar la sociedad para Cristo como Juan Bautista ¿qué vamos a hacer?  No vamos a rondar en el desierto predicando el arrepentimiento, pero tenemos posibilidades.  Los matrimonios pueden vivir su compromiso mutuo como testimonio de su fe en Jesucristo.  Pueden educar a sus hijos e informar a los asociados del propósito verdadero de la intimidad sexual.  No es la gratificación de la persona sino el desarrollo como personas humanas de los matrimonios y la procreación de hijos.  Todos nosotros podemos preocuparnos menos en nosotros y más en los que están luchando para sobrevivir. 

En la primera lectura el profeta Baruc dice a la gente que el tiempo de la lamentación ha terminado.  Ya no tienen que andar cabizbajos en vestidos de luto.  Interesantemente no dice que se pongan de ropa de lujo sino de la justicia de Dios. Además especifica que la gente dé la gloria de Dios por criar a hijos preparados a caminar en paz con personas de otras partes.  La visión de Baruc se ha amplificado por Jesucristo, la sabiduría de Dios.  Ahora nosotros, sus seguidores, queremos no sólo la solidaridad entre personas sino también entre los pueblos.  Queremos que nuestros hijos anden en paz no sólo con sus compañeros de la misma raza o religión.  Más bien les educamos para que traten a todos con la justicia.  Vamos a realizar todo esto cuando regrese Jesucristo.  No obstante, es de nosotros a preparar su camino.

El domingo, 2 de diciembre de 2018


El Primer Domingo de Adviento

(Jeremías 33:14-16; Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-28.34-36)


No es secreto.  Mucha gente sufre en el mundo hoy.  Entre nosotros los inmigrantes se preocupan de ser devueltos al país de su origen.  Además no pueden visitar con sus familiares.  En el medio oriente los civiles están involucrados en guerras sangrientas.  Este sufrimiento puede estallar en injuria y dolor rápidamente. En Centroamérica los campesinos enfrentan las amenazas continuas de los narcotraficantes y pandillas.  Así viven con la preocupación que sus hijos se metan en la violencia.  Se puede ver conflictos parecidos en las lecturas de esta misa.

En la primera lectura Jeremías está consolando a los jerusalemitas.  Según el profeta, porque han abandonado los mandamientos, Dios les ha entregado en las manos de los babilonios.  Ahora están enfrentando el desmoronamiento de su ciudad y la deportación de mucha población.  A pesar de todo, Jeremías extiende la esperanza que Dios resucite el reino de David.  Cuando lo haga, no habrá más la corrupción sino la justicia en todas partes.

En el evangelio Jesús prevé los fines de tiempo.  Porque el evangelista Lucas escribe después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en al año 70, se incluyen en la predicción de Jesús los eventos que tuvieron lugar en el catástrofe.  La gente muere “de terror y de angustiosa espera”.  En medio de este desastre venidero Jesús ofrece a sus discípulos la esperanza.  Dice que él mismo llegará para salvarlos.  Para qué les reconozca, ellos han de evitar “el libertinaje, la embriaguez, y las preocupaciones de esta vida”.  Más bien, tienen que vivir velando y orando continuamente.  En su regreso al mundo Jesús se fijará en sus obras buenas ellos y les rescatará.

Este mensaje realmente no es nuevo.  Unos treinta años antes de Lucas, Pablo escribió a los Tesalonicenses que vivieran con el amor mutuo.  Estaban esperando la venida del Señor pronto.  Sin embargo, no ha venido Jesús en carne y hueso ni en el tiempo de Pablo ni en el tiempo de Lucas hasta el día hoy.  Entretanto las guerras siguen amenazando a los pueblos.  Pero aun si no nos encontramos en medio de bombas y ametralladoras, aun si tenemos los documentos para vivir en esta tierra, no estamos libres de problemas.  Enfermedades, el futuro de los hijos, las dificultades con el trabajo y docenas de otras preocupaciones siempre nos acosan.  Entonces ¿cómo vamos a enfrentar estos apuros?

Sobre todo tenemos que mantener la esperanza en el Señor.  Rezamos a él y guardamos sus mandamientos como signos de nuestra confianza.  Él vendrá definitivamente al final de los tiempos, pero se hace presente ahora en diferentes formas.  Escuchamos su voz en la palabra de Dios.   Tocamos su cuerpo y sangre en el sacramento del altar.  Lo percibimos cuando nos presta la mano otra persona.  En torno deberíamos reconocernos a nosotros mismos como miembros del Cuerpo de Cristo.  Particularmente en este Evangelio de Lucas Jesús exige que hagamos lo que se pueda para aliviar el sufrimiento de los pobres. 

Hoy encendimos la primera velita en la corona de Adviento.  Ella significa mucho a nosotros esperando la venida del Señor al final de los tiempos.  Sobre todo la velita encendida simboliza a Cristo, luz del mundo, que viene para salvarnos  También, la velita representa a todos hombres y mujeres que se encuentran en apuros.  Ellos quieren ser rescatados por el Señor.  Finalmente, la velita encendida es nosotros haciendo lo que se pueda para ayudar a los demás.  Aunque sea pequeña, la velita significa mucho.

El domingo, 25 de noviembre de 2018


Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

(Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37)


“’¿Qué es la verdad?’” Pilato responde a Jesús en el evangelio hoy. No es que quiera debatir la filosofía.  Pilato es gobernador romano con miles de tropas bajo sus órdenes.  La verdad para él significa ocupar esta fuerza para el bien del imperio.  Si es necesario poner a muerte a Jesús para evitar problemas con el pueblo, esto sería la verdad. 

Los judíos tienen otro concepto de la verdad.  El sumo sacerdote lo ha declarado en un pasaje previo en este evangelio.  Dijo que le conviene al pueblo que una persona muera antes de que la nación perezca.  Él sabía que si Jesús siguiera atrayendo a la gente, los romanos cerrarían el culto en el Templo.  Para los judíos la verdad es mantener la Ley de la Antigua Alianza a todos costos. Si el ministerio de Jesús está amenazando el culto del Templo, entonces ello tiene que ser eliminado. Nos parece  extraño porque significará poner a muerte a un mensajero de Dios.

Durante la última cena, Jesús contó a sus discípulos que él es la verdad.  Quería decir que él es el camino verdadero a la casa del Padre.  Si un hombre o una mujer desean llegar a esta casa, tienen que ir por él.  Y ¿quién no quiere estar en la casa del Padre?  Como queremos estar en casa para la Navidad, queremos llegar al Padre que nos ama individual e incondicionalmente. 

Jesús no se declara solamente como la verdad sino también como rey.  Sin embargo, precisa a Pilato que su reino no es de este mundo.  Quiere decir que su reino no tiene que ver con la constante búsqueda de plata, placer, prestigio, y poder.  Más bien constituye de otros valores como la solidaridad, la justicia y el amor.  Siendo nuestro rey, Jesús exige que vivamos estos valores. 

Esto no es fácil porque vivimos en un tiempo del individualismo.  Ahora la gente se enfoca casi siempre en su propio bien.  No les importa tanto lo que pase a los demás.  Sí hay una preocupación por sus padres y hermanos.  Pero estas relaciones también pueden ser disminuidas como se puede ver en los asilos donde algunos ancianos no reciben visitantes. 

Podemos ver otro instante del individualismo lamentable alrededor del árbol navideño. Los niños lloran si no reciben los regalos que han puesto en su lista.  Para economizar los adultos a veces adoptan el sistema en que cada uno saca el nombre de un familiar a quien va a dar un regalo.  Parece bien esta idea hasta que comiencen a nombrar el regalo por color y talla que quieren recibir de su “Santa Claus”.  Se ha perdido el sentido del “regalo perfecto” para lo cual poníamos bastante atención.  Ahora todo es para gratificar al individuo.  Se puede lamentar también cómo por las compras de Amazon no tenemos la oportunidad de encontrar a la gente común.  No nos acogemos con el saludo del tiempo a las dependientes en las tiendas, los Santa Claus del Ejército de la Salvación pidiendo aportes, u otras compradoras en la calles. 

La segunda lectura describe a Jesús con otros nombres.  No sólo es la verdad y el rey sino también “el principio y el fin”.  Hemos visto Jesús como el fin cuando hablamos de él como el camino al Padre.  ¿Cómo es Jesús el principio?  Era con el Padre en la creación del universo.  Pero más al caso Jesús es la fuente de la vida por los demás.  Él nos ha demostrado cómo sacrificarnos por el bien del otro.  Aún más, Jesús nos fortalece para servir con la Eucaristía. Comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre nos asumimos en su amor divino.  Ya podemos buscar regalos con todo el discernimiento necesario para encontrar el “regalo perfecto”.  Ya podemos visitar a los ancianos en el asilo con los saludos apropiados en todos los tiempos.

E domingo, 18 de noviembre de 2018

EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO

(Daniel 12:1-3; Hebreos 18:11-14.18; Marcos 13:24-32)


Siguen viniendo.  Siete mil personas – hombres, mujeres, y niños – están en marcha.  Por la mayor parte son hondureños.  Pero hay guatemaltecos, y probablemente salvadoreños y mexicanos también.  Están atravesando México con miras a la frontera con el EEUU.  Allá van a declararse como refugiados.  ¿Quién puede negar que han experimentado la violencia en sus pueblos? Son personas perseguidas aunque no es cierto que puedan convencer a los jueces americanos de sus casos.  De todos modos son como las gentes en las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura el “tiempo de angustia” refiere a la persecución de los judíos en el segundo siglo antes de Cristo.  Entonces los griegos regían a Israel.  Trataron a convertir a los judíos al paganismo por fuerza.  Aunque no se sabe quién la escribió, se presume que los dirigidos de la Carta a los Hebreos eran cristianos judíos.  A lo mejor no estaban perseguidos por una fuerza exterior sino por las dificultades de vivir la fe en el mundo.  No obstante, el autor identifica estas pruebas como hombres cuando dice que Cristo está aguardando “a que sus enemigos sean puestos bajo sus pies”. 

El evangelio narra la predicción de Jesús sobre la persecución de sus discípulos en el tiempo venidero.  Cuando dice que será “gran tribulación”, los cristianos del primer siglo tendrán en cuenta varios crímenes del imperio romano.  Cuando el emperador acusó falsamente a los cristianos de poner fuego a Roma, creó una reacción atroz entre la gente.  San Pedro y San Pablo entre muchos otros cristianos fueron martirizados.  También, las turbas ahuyentaron a muchas cristianos de la ciudad. 

Las persecuciones contra la Iglesia no han cesado hasta el día hoy.  Hace unos años el Estado Islámico publicó en el Internet un video mostrando el degollar de trientes hombres cristianos.  Ahora los radicales en Pakistán están insistiendo que una cristiana sea ejecutada por supuestamente blasfemando al profeta Mohamed aunque la Corte Suprema allá le ha declarado inocente.  Sí es la verdad que la mayoría de los cristianos en el mundo no tienen que preocuparse de la pérdida de vida.  Sin embargo, a menudo enfrentan la persecución de modos más sutiles.

Por ejemplo, algunos diputados no pueden votar con su consciencia sobre el aborto por miedo de perder el apoyo de su partido político.  También, muchos jóvenes entran en guerra contra sus conciencias por miedo de perder una experiencia considerada buena.  Los medios masivos les hacen sentir como desvalidos si no tienen relaciones antes de casarse.  Aun los trabajadores están perseguidos.  Puede ser por un jefe que siempre les corrige aun cuando hacen todo bien.  Puede ser por las palabrotas de compañeros que les quitan la paz.  Puede ser por el pago insuficiente para cubrir las necesidades de la casa.  No saben qué hacer cuando no se oyen sus quejas y no es factible buscar otro empleo.

En el evangelio el Señor Jesús promete a sus discípulos que vendrá cuando la situación parezca no aguantable.  Rescatará a su pueblo de la persecución y terminará sus dolores.  Tan cierto como la higuera echa hojas en el verano, Jesús premiará a sus fieles con la salvación.

Hasta entonces es de nosotros a seguir luchando.  Pero no deberíamos pensar que estemos en la guerra solos.  Pues tenemos el apoyo de Jesús mismo.  Él forma a otros fieles mujeres y hombres para aliviarnos.  Él despacha al Espíritu Santo para iluminarnos a discernir entre lo bueno y lo malo.  Sobre todo él nos viene en el sacramento que ya estamos para recibir.  Su Cuerpo nos dará sustento para resistir las tentaciones.  Su Sangre nos levantará el ánimo para mantener el gozo a pesar de las dificultades.  En el Día de Acción de Gracias qué no olvidemos a agradecer a Dios por el acompañamiento de Jesús.

El domingo, 11 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMA SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO 
(I Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)


Hoy en día cada persona quiere ser reconocida como individuo.  Todo hombre y mujer quiere que los demás le identifiquen por su tatú, por su corte de pelo, por su modo no apropiado de hablar, o por otra cosa particular.  Por la mayor parte, no quiere participar en grupos más organizados que los fanáticos de su equipo de fútbol.  No quiere ser miembro de los Caballeros de Colón, de las Guadalupanas, o aun del sindicato.  Ciertamente la persona contemporánea está ocupada.  Y eso es parte del problema.  Porque quiere vivir con todas las conveniencias de los ricos, trabaja demasiado.  Se olvida de que la riqueza más satisfaciente es la red de relaciones, particularmente su relación con el Señor.

Se puede tener una vislumbre de este tipo de comportamiento en el evangelio.  Los escribas andan buscando la admiración de todos.  Llevan ropajes grandiosos y toman los puestos más altos para que otras personas los vean como importantes.  Viven ni para Dios ni para otras personas sino para sí mismos. 

En contraste hay la viuda.  Es pobre y humilde.  No tiene nada más en toda su posesión que dos moneditas.  Se supondría que las gaste por su propio bien – tal vez para comprar un dulce o colorete para sus mejillas.  Pero  ella no piensa como la mayoría de la gente.  Echa las dos moneditas en la alcancía del Templo para glorificar a Dios.  Cuando regrese a la casita donde vive, ella tendrá que relacionarse con otras personas para sobrevivir.  Tal vez pida un pedazo de pan de un vecino y algún queso del otro.  Quizás piense que puede lavar ropa para que tenga algo para dar al Templo en la próxima semana.

No cabe duda a lo cual Jesús favorece.  No sólo pronuncia un elogio por la viuda sino también la imitará.  Dentro de poco Jesús va a estar echando en la cruz “’todo lo que tenía para vivir’”.  En esta acción aún más que en su encarnación Jesús estará uniéndose con la humanidad.  La segunda lectura de la Carta a los Hebreos explica que Jesús lo hará “para quitar los pecados de todos”.  Es su solidaridad con la gente en la muerte, que no mereció, que nos permite vivir con la esperanza.  Por acercarse a nosotros en todo, incluyendo la muerte, nos creó un destino de la gloria. 

El sacrificio de Jesús es como aquel de una mujer embarazada que contrajo el cáncer del útero hace varios años.  Para curar el cáncer la mujer pudiera haber tenido el útero quitado.  Pero tal sugería habría significado la pérdida de su bebé.  Para asegurar la vida de su hijo, la mujer esperaba hasta que naciera él.  Desgraciadamente por entonces el cáncer había desarrollado tanto que quitó su vida.  Pero su hijo sobrevivió la ordalía hasta, presumo, el día hoy. 

De alguna manera tenemos que seguir a Jesús.  Como él se identificó con nosotros por su muerte, tenemos que identificarnos con él por el cuidado de los demás.  El problema no es que no haya organizaciones e individuos pidiendo ayuda.  Estos sobran.  La dificultad se encuentra en nuestro corazón.  La mayoría de nosotros  están contentos de sentarse delante del televisor toda la noche.  La mayoría de nosotros preferían ser conocidos como importantes que serviciales.  A la mayoría de nosotros les gustan las “me gustas” de “amigos” en Facebook que las “gracias” de personas que hemos ayudado.

Sería bueno mantener en cuenta la primera lectura.  Cuando la viuda da al profeta el pancillo que pidió, recibe la promesa de no faltar los alimentos hasta que el Señor mandé la lluvia.  La promesa a nosotros por seguir a Jesús es aún más impresionante.  Nos promete la vida eterna.  Dios nunca abandonará a aquel que lo sirva.  Más bien lo recompensará con la vida eterna.

El domingo, 4 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO

(Deuteronomio 6:2-6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34)


Se dice que cuando lleguemos a la vida eterna, no tendremos la elección de amar a Dios.  Su belleza y bondad nos abrumarán tanto que no podremos resistirlo.  Sin embargo, hasta entonces tenemos que esforzarnos dar a Dios la atención que merece.  Por eso, Jesús contesta al escriba que el primer mandamiento es amar a Dios.

El escriba viene a Jesús como persona sincera.  No quiere enredar a él Jesús en contradicciones como otros escribas en Jerusalén.  Sólo quiere pedir su modo de ver en una cuestión prioritaria.  Es así con nosotros también.  Antes de nada queremos saber nuestras responsabilidades para ponernos firmemente en el camino a la vida eterna.   

Jesús no demora en responder al escriba.  Como si hubiera contemplado esta pregunta, responde no sólo con el primer mandamiento sino también con un segundo.  Sobre todo – dice – tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.  Entonces somos para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

A lo mejor el escriba se pregunta por qué Jesús habla de amar a Dios con “toda la mente”.  Pues el mandamiento de amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, y con todo las fuerzas” comprende la frase que los judíos deberían repetir dos veces por día.  Se lo ve en la primera lectura.  Entonces, ¿qué es este de amar a Dios “con la mente”?  Puede ser que Jesús se preocupe que la gente desviará del camino recto por ideas extrañas.  Tenemos muchos testimonios en las cartas del Nuevo Testamento de este problema. 

En el tiempo del escribir de los evangelios la cuestión principal era quién es Jesús.  ¿Es hombre o es Dios?  ¿Es profeta o es sacerdote?  El autor de la Carta a los Hebreos asegura a sus lectores que Jesús es tanto divino como humano.  Dice también que Jesús es sacerdote ofreciendo el sacrificio perfecto a Dios tanto como profeta hablando por Él.  Hoy en día tenemos otras inquietudes.  Uno es si Dios nos aceptará en la vida eterna con pecados grandes no confesados.  Algunos piensan que a Dios no le importan nuestras acciones porque ama a todos.  Sí es cierto; Dios nos ama.  Pero precisamente por esta razón nos trata como personas responsables.  Si le damos la espalda con pecado mortal, Él no va a forzarnos verlo.  Nos llamará atrás, pero a lo mejor nos dejará solos si seguimos abandonándolo en nuestra terquedad. 

El segundo mandamiento es más directo.  Hay que decir primero que Jesús no nos manda a amar a nosotros mismos.  Como dice un sabio, este es un fuego que no necesita el soplo.  El mandamiento reconoce que nos amamos a nosotros mismo por la naturaleza.  Esto no es malo sino instructivo.  El mandamiento exige que amemos a los demás con el mismo empeño.  Como buscamos a nuestro propio bien, deberíamos esforzarnos por el bienestar de otras personas.  Esta regla aplica no sólo a comida, ejercicio, y descanso sino también al estudio y la moral.  Queremos ayudar a nuestros prójimos desarrollarse en cuanto sea posible. 

Aun con las muchas conveniencias en nuestro medio, no es fácil vivir hoy en día.  Los vientos desequilibradores nos soplan en todas las direcciones.  Los celulares no sólo facilitan la comunicación sino también presentan imágenes que tientan la castidad.  Los televisores no sólo traen las noticias sino también siembran el descontento.  En este evangelio Jesús nos recomienda dos ayudas para mantenernos en el camino a la vida eterna.  Amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo como a sí mismo nos guiarán a nuestro destino venga lo que venga.  Amar a Dios y al prójimo es todo lo que tenemos que hacer.

El domingo, 28 de octubre de 2018


EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)


Hay una historia anciana acerca de un genio y un pescador.  En la tierra de mitos los genios son espíritus inteligentes.  Pasó que el genio se atrapaba en una botella tirada en el mar.  El pescador encontró la botella, y la abrió.  Salió el genio muy agradecido a su libertador.  Le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?”  Ésta es la misma pregunta que Jesús dirige al ciego en el evangelio hoy.  También es la pregunta que le dirigió a Santiago y Juan en el evangelio hace ocho días.  Comparando las respuestas de los dos grupitos, podemos aprender algo valioso para la vida de hoy en día.

Dios Padre nos ha enviado a Su Hijo como señal de Su amor.  Por eso Jesús nos pregunta a nosotros tanto como a los hijos de Zebedeo y al ciego: “’¿Qué quieres que haga por ti?’”  No querremos desgastar la oportunidad pidiendo un favor frívolo: que sea un día bonito mañana por ejemplo.  Ni querremos pedir algo vano como que me toque la lotería.  Este es el tipo de deseo que expresan Santiago y Juan cuando respondieron a Jesús que se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda en su Reino.

Sería mucho más provechoso si respondemos a la pregunta de Jesús como el ciego Bartimeo.  El dice: “’Maestro, que pueda ver’”.  No deberíamos pensar que ya tenemos la vista.  Sí a lo mejor podemos distinguir el color rojo del color azul y un círculo de un cuadrado.  Sin embargo, no las propiedades físicas de las cosas que no vemos claramente sino su verdadero valor.  La capacidad de determinar lo que es realmente beneficioso para nosotros y lo que nos hará daño es lo que significa: “’...que pueda ver’”.  Para probar que esto es lo que quiere Bartimeo sólo tenemos que mirar lo que hace cuando recupera la vista.  No invita a sus compañeros a celebrar su dicha.  Ni regresa a casa para enseñarse a su familia.  No, el evangelio lo pone de relieve: “…comenzó a seguirlo (eso es, a Jesús) por el camino”.  En otras palabras al recibir la vista de Jesús, Bartimeo se hace en discípulo del Señor.

Y ¿qué querríamos buscar con una verdadera vista?  Una cosa que querría buscar yo es lo bueno de otras gentes y no primeramente sus faltas.  Muchas veces juzgo mal por fijarme en lo negativo de personas y de grupos.  Si podría fijarme en sus buenas características, me haría menos cínico y más contento.  Otra cosa que querría buscar en este año de elecciones es los políticos con una preocupación por los vulnerables.  Tengo en cuenta aquí a los candidatos que defenderán a los no nacidos, a los pobres, y a los inmigrantes.  Finalmente, querría buscar más colaboración entre los laicos y los sacerdotes. Querría ver a los sacerdotes compartiendo tanto el ministerio como el conocimiento del Señor. 

Si yo fuera a buscar células sanas entre células cancerosas bajo un microscopio, no podría verlas.  Pero un biólogo competente no tendría ninguna dificultad hacerlo.  Pues, tiene la vista para distinguir los diferentes tipos de células.  Nosotros queremos una vista semejante.  No nos importe la capacidad de distinguir entre las células, pero sí queremos distinguir lo bueno de lo malo.  Lo podemos hacer por seguir a Jesús.  Como Bartimeo en este evangelio, queremos seguir a Jesús.  

El domingo, 21 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45)


El Beatle George Harrison cantaba una canción que ha resonado con mucha gente.  Decía: “Realmente quiero conocerte, Señor”.  Ha sido el deseo de cristianos a través de dos milenios.  ¿Cómo era realmente Jesús?  ¿Era hombre siempre serio o pudo ser juguetón también?  La Carta a los Hebreos describe a Jesús como persona como nosotros, menos el pecado, “capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos”.  Entonces era compasivo.  El evangelio de hoy nos lo presenta como también sabio y sobrio.  Podemos añadir aun un poco ligero.

Los hermanos Zebedeo acuden a Jesús con una pregunta manipuladora.  Dicen: “’Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte’”.  Parecen como el joven que viene a su papá con el deseo de tomar el coche familiar.  En lugar de pedírselo directamente, se anda con rodeos.  Pregunta: “Papá, ¿vas a ocupar el coche esta noche?”  Si el hombre no tiene intención para utilizar el vehículo, entonces tendría que someterse a la petición que seguirá.  Pero si el padre va a salir con el coche, el joven ahorrará su petición para otra ocasión.  Pero Jesús, siempre perspicaz, evita ser atrapado.  No se pone enojo con Santiago y Juan.  Simplemente les responde con su propia pregunta: “’¿Qué es lo que desean?’”

Si Jesús se presenta a sí mismo como humano en el mejor sentido de la palabra, los hermanos se presentan a sí mismos como humanos en un sentido malo.  Después de escuchar a Jesús hablar del Reino de Dios, quieren que les nombre para los primeros puestos junto con él.  No le oyeron decir que tendría que sufrir horriblemente para realizar el Reino.  Jesús les recuerda de la eventualidad con la pregunta: “’¿Podrán pasar la prueba que voy a pasar…?’”  Los hijos de Zebedeo dicen que sí pero se puede dudar que hayan perdido su ilusión que el Reino será obtenido de poco costo.

Así nosotros tenemos dificultad aceptar nuestra cruz.  Pensamos que simplemente por ser discípulos de Su Hijo, Dios nos protegerá de las tribulaciones de la vida.  Entonces cuando nos encontremos sin trabajo o cuando las deudas no parezcan terminar a amontar, nos hacemos listos a dejar la fe en Jesucristo como fantasía.  En lugar de sufrir con paciencia contando con Jesús para apoyarnos, queremos abandonarlo como si fuera un fulano.  De una manera somos como los otros diez discípulos.  Como ellos se indignan cuando se dan cuenta de la petición atrevida de los hermanos Zebedeo, nosotros lo consideramos injusto cuando sufrimos muchas adversidades. 

A pesar de sus inquietudes, Jesús insiste que sus discípulos sigan adelante en el servicio.  Vengan como vengan las insolencias, tienen que sacrificarse como el Siervo Doliente en la primera lectura.  El Siervo sufre por el bien de los demás, y Dios lo premiará con una vida larga.  Jesús lo imita y experimenta más que la vida extendida.  Cuando da la vida por sus seguidores, Dios Padre lo resucita a la vida eterna.  A lo mejor nosotros no experimentaremos el martirio como Jesús.  Nuestro reto es seguirlo alegremente en el servicio para que participemos en su destino.

Tal vez nos parezca curioso que los evangelistas no cuentan nada de la apariencia de Jesús.  Querríamos saber el color de sus ojos, su altura, las lenguas que hablaba y otros detalles.  Pero este tipo de cosas nos les importan a Mateo y Marcos, a Lucas y Juan.  Lo describen por sus virtudes: sabio, valiente, sobre todo compasivo.  Realmente no tenemos que querer conocerlo.  Pues, lo conocemos.  Lo conocemos por estas historias evangélicas y por los reflejos de él en los santos.  Ya tenemos que seguirlo en el servicio. 

El domingo, 14 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)


En un cine un mafioso ofrece a un padre de familia $150 por semana. El gánster quiere mostrar su agradecimiento a la familia de un niño que le ayudó.  El niño no contó al policía que vio al hombre disparar a otra persona.   Sin embargo, el padre rechaza la oferta porque sabe cómo se obtuvo el dinero.  No quiere meterse en la red mortífera del vicio.  El padre se prueba sabio como hace Jesús en el evangelio hoy.

De la primera lectura sabemos el valor de la sabiduría.  Vale más que tierras y aún reinos porque ella conlleva todos tipos de riquezas.  No solamente cosas materiales vienen a los sabios sino también recursos espirituales.  Si vivimos con la sabiduría, nosotros también tendremos la paz en la mente, el bien en el corazón, y el destino de la vida eterna.

Para apreciar el significado de la segunda lectura hay que recordar una cosa importante. Al final de cuentas la Palabra de Dios no se escribe en una página sino se encuentra en un hombre.  Pues la Palabra de Dios en primer lugar es Jesucristo, el Hijo de Dios.  Sus palabras penetran al alma juzgándonos, perdonándonos, y moviéndonos a hacer lo perfecto.  Esto es exactamente lo que pasa al rico en el evangelio.

El rico se acerca a Jesús con prisa. Tal vez sea un hombre de negocios con muchos quehaceres y poco tiempo.  Le saluda a Jesús con la frase, “Maestro bueno”, pero no se da cuenta del significado de sus palabras.  Jesús se muestra como sabio cuando responde que sólo Dios es bueno.  Pero el rico no tiene concepto adecuado de Dios como veremos en un minuto.  Sigue con la pregunta a Jesús que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna.  Como buen hombre de negocios, quiere determinar su objetivo y hacer un plan para obtenerlo.

Jesús le responde con los Diez Mandamientos, el camino seguro de complacer a Dios.  Sin embargo, en el principio le cita sólo los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  A veces se dice que estos siete mandamientos comprenden “la segunda tabla de la Ley”.  Cuando el hombre dice que ha cumplido todos estos mandamientos, Jesús muestra su sabiduría una vez más.  Le presenta la “primera tabla” que toca el amor para Dios en modo indirecto.  En lugar de preguntar si ama a Dios sobre todo, le reta a probar este amor.  Le manda a dejar sus riquezas para predicar junto con él el Reino de Dios.  Para el hombre amar a Dios de modo que se sacrifiquen todas sus pertenencias constituye precio demasiado caro.  Deja a Jesús tal vez desilusionado pero no completamente sorprendido.

Los discípulos de Jesús tienen dificultad entender cómo los ricos no se salven.  Pues para ellos los ricos son la gente con recursos para ofrecer sacrificios y dar limosnas.  Casi se puede escuchar a los discípulos murmurando: “¿No son estos las obras de la salvación?”  Sin embargo, ayudar a los demás y hacer sacrificios pueden ser sólo tácticas para apaciguar a Dios y no necesariamente signos del amor verdadero a Dios.  Si vamos a ser dignos del Reino de Dios, tenemos que esperar en el Señor como lo hacen los pobres fieles.

Al final del pasaje los discípulos hacen el interrogante: “¿…quién puede salvarse?”  Podemos responderles: “Todos de nosotros”.  Pero antes de que experimentemos la vida eterna tenemos que hacernos tan dependientes en Dios como es un bebé en sus padres.  ¿Por qué?  Porque la vida eterna consiste en dejar atrás las ilusiones de los grandes en este mundo para conocer el amor sobreabundante de Dios.  La vida eterna consiste en conocer el amor de Dios.

El domingo, 7 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 2:18-24; Hebreos 2:8-11; Marcos 10:2-12)

Los medios de comunicación han estado reportando mucho sobre las relaciones sexuales.  Por la mayor parte han expuesto a la luz las violaciones y acosos.  Sí la violación es un crimen que vale la condenación rotunda.  Los violadores deberían ser aprisionados.  El acoso también tiene que ser desarraigado.  Pero la cuestión va más allá que el acuerdo entre la mujer y el hombre para tener relaciones íntimas.  Tiene que ver con el propósito del sexo.  Las tres lecturas de la misa hoy tocan este tema que con toda razón nos interesa mucho.

La primera lectura nos informa dela creación de la mujer en forma descriptiva.  Dice que la mujer es creada para ser la compañera del hombre.  Indica que ella es diferente del hombre pero es de la misma dignidad porque es formada de su costilla.  El cuerpo de ella es estructurado para recibir al hombre.  Ello toma la semilla del hombre para concebir y nutrir a otra persona humana.  Para proteger a ella misma y sus criaturas ella tiene que decir “no” a las insinuaciones de hombres no lícitas.  Si el hombre no tiene el propósito de mantenerse con la mujer para cuidar ambas a ella y a sus hijos, él no tiene un lugar junto con ella.

La segunda lectura no trata directamente al tema del sexo.  Sin embargo, nos afirma que Dios envió a Jesucristo como ser humano para santificar a todos los hombres y mujeres.  Ha estado aquí con nosotros por dos propósitos.  En primer lugar quería enseñarnos la voluntad de Dios y su plan para nuestra felicidad eterna.  Segundo, se presentó para ofrecerse como el sacrificio perfecto que quita nuestros pecados.

En el evangelio Jesús corrige la posición distorsionada de la Ley que permite el divorcio.  No está criticando la ley sino diciendo que el permiso del divorcio era una concesión de parte de Dios para facilitar la vida de los hombres.  Sin embargo, ya ha llegado el Reino de Dios de modo que Su voluntad en el principio tenga que ser respetado.  Dice Jesús que no más se puede tolerar el divorcio.  Los dos – el hombre y la mujer – forman “una sola cosa” no por instante sino hasta la muerte.

Desde siempre ha habido transgresiones de la voluntad de Dios.  Hombres han estado capaces de forzar a sí mismos en las mujeres.  A veces las mujeres habían consentido en estas insinuaciones con la esperanza que los hombres formaran relaciones permanentes.  Pero desde la introducción de las píldoras anticonceptivas relaciones íntimas entre los no casados han multiplicado considerablemente.  El resultado no ha sido beneficioso para la sociedad.  Con el uso extendido de la píldora ha habido millones y millones de niños abortados.  El divorcio con toda la miseria de traición y separación ha aumentado.  También ha aumentado el porcentaje de enfermedades transmitidas sexualmente.  Lo que ha disminuido es la tasa de nacimientos bajo el punto de reemplazamiento.  Por esta razón las grandes culturas de varias naciones occidentales están siendo amenazadas con la disminución.

¿A quién le importan todos estos índices morbosos?  Muchos parecen contentos mientras pueden tener el placer del sexo siempre en su alcance.  Pero a la Iglesia le importan.  Le importan porque la Iglesia quiere ayudar a los hombres y mujeres desarrollarse como personas por relaciones permanentes, amorosas e integrales.  Le importan porque quiere apoyar a los padres criar a los niños en hogares del amor verdadero.  Le importan porque quiere guiar a toda la humanidad en el camino de la felicidad eterna con Dios. 

Porque le importan la Iglesia instruye que las relaciones íntimas son buenas sólo en el contexto de una unión permanente y abierta a la procreación en cada acto conyugal.  Porque le importan la Iglesia insiste en la prohibición del divorcio en conforme con Jesús en el evangelio hoy.  Porque le importan sigue enseñando estas cosas a pesar de las críticas tiradas a los sacerdotes que han actuado deplorablemente.  Porque le importan la Iglesia reza que todos los hombres – tanto los no fieles como los fieles – la escuchen.

El domingo, 30 de septiembre de 2018


El vigésimo sexto domingo ordinario, 30 de septiembre de 2018

(Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43.45.47-48)


En un cine el protagonista es predicador evangélico.  Se llama a sí mismo “el Apóstol”.  En una escena este predicador mira a un sacerdote bendiciendo una flota de botes de pesca.  No muestra ningún enojo o envidia.  Sólo comenta: “Ellos hacen las cosas en su manera, y yo en mi manera.  Ambos de nosotros cumplimos la tarea”.  De una manera el Apóstol muestra la misma apertura de Jesús en el evangelio hoy.

Juan viene alterado a Jesús.  Los discípulos han encontrado a un exorcista trabajando en su nombre.  Porque no era de los doce, buscan la aprobación del Señor por haberlo prohibido.  Se quiere preguntar: ¿Qué es el problema al fondo?  ¿Es que el exorcista tiene una doctrina extraña? A través del Nuevo Testamento hay gran preocupación por enseñanzas falsas.  Pero el texto no dice nada de doctrina, sólo que el exorcista hizo un servicio en el nombre de Jesús.  A lo mejor los doce resienten que un no conocido se atrevería a hacer el ministerio suyo.  Recordamos cómo eran los doce que recibieron la comisión de expulsar demonios.  También nos acordamos del pasaje del domingo pasado.  Los discípulos entonces discutían entre sí quién era el más importante.  Los discípulos todavía no están purificados de sus tendencias a pecar.  Tienen tan gran orgullo que no quieren que nadie se meta en su campo de ministerio.  En contraste Jesús no tiene una mente estrecha. Quiere que todos experimenten los frutos del Reino de Dios.  Rechaza la petición de Juan firmemente: “’Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor’”.

Se ha dicho que el orgullo fue el primer pecado.  Adán y Eva comieron la fruta prohibida porque querían ser grande como Dios.  Se puede ver fácilmente cómo el orgullo lleva a otros pecados en nuestras vidas.  Por el orgullo caemos en la envidia cuando nos entristecemos con el éxito del otro.  Por el orgullo mentimos para esconder nuestras faltas.  En estos modos actuamos en contra de este evangelio hoy.  Jesús está pidiendo que sus discípulos sean perfectos para que no causen escándalo a la “gente sencilla”.   Habla de manera exagerada para enfatizar su posición: “’Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela…’” Tenemos el ejemplo de San Francisco de Asís, cuyo día festivo vamos a celebrar esta semana. 

Francisco solía decir que él era un pecador desdichado.  Cuando sus compañeros le dijeron que no era posible, él les respondió que era la verdad.  Dijo que a pesar de que Dios le había dado tantos dones, él no se los aprovechaba plenamente.  Aunque nos parece exagerado su reclamo, tenemos que decir que Francisco de ningún modo era orgulloso.  Al contrario, era muy humilde.  Lo admiramos por su sencillez y por su compromiso completo a los modos de Jesús. Tanto como cualquier santo, Francisco merece nuestra imitación.

Moisés dice en la primera lectura: “’Ojalá que…descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor".  Es lo que ha pasado con la resurrección de Jesucristo de la muerte.  Todos sus discípulos, incluyendo a nosotros por el Bautismo, son purificados de los pecados.  Ya podemos desvestirnos del orgullo.  Ya podemos hacer lo bueno, evitar lo malo, y nunca causar escándalo.  Ya podemos ser si no perfectos, al menos mucho mejor que antes.

El domingo, 23 de septiembre de 2018


El vigésimo quinto domingo ordinario

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)

Cuando era universitario, siempre tomaba café.  Creía que con la ayuda de la cafeína sacara notas altas.  Entonces descubrí pastillas de cafeína que me dieron el mismo efecto del café pero fue más fácil a tomar.   Por los últimos veinte años los estudiantes han tenido otro remedio para enfocarse en los estudios.  Piden a un compañero con el trastorno de déficit de atención darles pastillas de la farmacéutica Rítalin.  Es más efectivo que la cafeína pero tiene efectos segundarios adversos como cambios en el estado anímico.  Ya sucede que algunos padres proporcionan a sus niños la capacidad de sacar notas buenas por otro ya exótico si no más eficaz.  ¡Buscan la materia genética de los genios en la reproducción de sus hijos!  Como intima Santiago en la segunda lectura, no hay límite de que algunas personas harán por la ambición egoísta.

Ni siquiera los discípulos de Jesús evitan la tentación de la ambición egoísta.  En el evangelio Jesús lo encuentra discutiendo quien entre sí sea el más importante.  El pecado es doblemente ofensivo a Jesús porque les acaba de explicar cómo él será maltratado y abusado. Es como si el ministro hospitalario entrara en el salón de un moribundo proclamando que suerte el paciente tiene por tenerlo como visitante.

El problema a la base es que nosotros humanos creemos que ganemos el valor humano con nuestros propios esfuerzos.  No reconocemos que el valor del hombre proviene primero y ante todo de ser creados en la imagen de Dios.  Jesús les da una enseñanza profunda sobre el valor humano cuando toma al niño en sus brazos.  Les dice a sus discípulos que aunque el niño no ha hecho nada para merecer el valor, él tiene tanto valor como Jesús mismo. 

A pesar de que sea sencilla, esta enseñanza es tan difícil como cualquiera materia en la universidad.  Una de los mejores teólogos del siglo pasado contó cómo él la había aprendido trabajando con los  incapacitados en un asilo.  Le pusieron a cuidar a un joven llamada Adán que no podía hacer nada por sí mismo – ni comer, ni bañarse, ni vestirse.  Dijo el teólogo que Adán le había permitido hacer todas estas cosas sin quejarse.  Aun cuando le lastimó por su tocarlo torpemente, no lo regañó.  Acreditó a Adán por enseñarle tres verdades transcendentes.  Primero, lo que importa en la vida no es el éxito sino el ser creado en la imagen de Dios.  Segundo, lo que le hace a la persona imagen de Dios no es tanto la mente que comprende sino el corazón que suelta la preocupación con el yo para acoger al otro en el amor.  Y tercero, la comunidad es necesaria para todos no obstante que algunos no lo reconoce como importante.

Dios ha regalado a cada uno de nosotros con la vida humana patronada de su propio ser.  Es la misma vida humana que asumió su propio hijo Jesucristo.  Por eso, Dios nos ama por lo que somos.  No obstante, podemos realizar la grandeza de la vida humana cuando hacemos un don de nuestras propias vidas.  Cuando nos dedicamos al bien verdadero del otro, mostramos al mundo que todos tienen este don de la vida humana y por eso son amados por Dios.  Porque estaremos actuando como Jesús, que se dio su vida completamente, el don que hacemos de nuestras vidas nos obtendrá el mismo fin que lo de Jesús.  Estaremos apremiados con la vida eterna.

Especialmente en Puerto Rico la gente habla de su “papá Dios”.  Evidentemente muchos allá se sienten una relación íntima con el Creador.  La gente que puede hablar sinceramente así ve a sí mismos como el niño en los brazos de Jesús.  Sí Dios les ama.  Sí Dios les ha regalado la vida para que se les regalen por el bien de los demás. 

El domingo,16 de septiembre de 2018


EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)


El monseñor Richard Sklba ha sido un don para la Iglesia Católica.  Entrenado como erudito bíblico, se hizo obispo auxiliar de Milwaukee.  A través de los años ocupaba varios puestos responsables en la Conferencia de los obispos estadunidenses y en la Asociación bíblica católica de América.  Vale la pena ponderar lo que el monseñor Sklba escribió sobre el evangelio de hoy. “…todos nosotros somos seguidores de Pedro – dijo -- pues nuestros testimonios de Cristo son muy inmaduros e imperfectos”.

En el evangelio Pedro nombra a Jesús correctamente como “el Mesías”.  Él reconoce bien que Jesús ha venido para salvar a Israel.  Sin embargo, Pedro equivoca cuando piensa que Jesús no vaya a sufrir en su obra de la salvación.  Nunca le ocurriría a Pedro en esta etapa de su vida que Jesús sea como el Siervo Doliente en la primera lectura.  Eso es, que aguantará golpes y tormentos, insultos y salivazos para cumplir su objetivo. 

Jesús es el primero para corregir el error de Pedro. Le dice que actúa como Satanás cuando piensa que no es del Mesías a sufrir.  En tiempo esta enseñanza, que ya le parece incomprensible, se hará más razonable.  Pedro atestiguará a la resurrección de Jesús después de su muerte en la cruz.  Verá cómo su sacrificio no resulta últimamente en su muerte sino en la vida de la gloria.

Los líderes de la Iglesia recientemente han experimentado el aprendizaje duro de Pedro en este evangelio.  Como Pedro no quiere pensar en un Mesías que sufra, algunos obispos no querían que la Iglesia fuera malpensada.  Por eso escondían los pecados de sacerdotes-abusadores.  En lugar de quitar a los culpables del ministerio los transferían a nuevos sitios.  Sí a veces lo hicieron con la asesoría de los psicólogos que los culpables eran conscientes y contritos de sus crímenes. Sin embargo, ignoraron las leyes que requerían el reportaje de tales crímenes a las autoridades. Más lamentable, preocupados por la reputación de la Iglesia, los obispos pasaron por alto las necesidades graves de las víctimas.  Les permitieron a sufrir a solas las memorias de violación y abuso.

Desgraciadamente la misma cosa tiene lugar con demasiada frecuencia en las familias.  Particularmente turbante es el hecho que las niñas están abusadas por familiares con impunidad.  Los abusadores no están corregidos por sus crímenes.  A veces los padres ni siquiera escuchan a sus hijas mencionar lo que les han hecho un tío o un primo.  Dicen que no quieren crear problemas en la familia.  Sin embargo, los problemas solamente crecen con el silencio.  Las víctimas se sienten cada vez peor acerca de sí mismas y los abusos continúan. 

En la segunda lectura Santiago pregunta: “¿De qué sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras?”  Santiago tiene en cuenta el descuido de los pobres, pero se puede aplicar su interrogante al abuso sexual.  ¿De qué nos sirve creer en la salvación de Jesús si vamos a permitir el abuso de niños?  ¿No es que para probarnos como discípulos suyos tengamos que llevar a la justicia a los abusadores y socorrer a las víctimas?  Ciertamente estos interrogantes se aplican a las familias tanto como a la Iglesia.

Nos cuesta hablar del abuso sexual.  Es como el famoso elefante en el cuarto que nadie quiere mencionar por miedo de suscitar al animal.  Pero a no ser que queramos vivir continuamente con la amenaza, tenemos que hacer algo.  Dios nos ha enviado a Su Hijo para salvarnos del abuso sexual y otros pecados.  Contando con su justicia tenemos que corregir a los culpables y ayudar a las víctimas.   

El domingo, 9 de septiembre de 2018


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

¿Quién es este hombre que traen a Jesús?  No se llama por nombre.  A lo mejor no es judío.  Pues vive en una región griega.  Porque es sordo, se puede decir que nunca ha escuchado la palabra de Dios.  Tampoco ha podido glorificar a Dios adecuadamente porque es tartamudo.  Seguramente está en gran necesidad. Si no fuera el caso, la gente no le habría llevado a Jesús para recibir su bendición. ¿Quién es entonces?  ¿No es que este hombre sea cada uno de nosotros?  Como él no somos judíos.  Como él no escuchamos bien la palabra de Dios; al menos no la obedecemos siempre.  Como él estamos apurados – en nuestro caso por el vertiginoso ritmo de la vida contemporánea.  Y como él nos dificulta darle a Dios gracias por todo lo que somos y tenemos.  Más bien queremos asignar todo el crédito por nuestros logros sólo a nuestros propios esfuerzos.

Sin embargo, la verdad es otra.  Dios nos ha hablado y nos ha hecho maravillas.  Él nos hizo posible que escucháramos Su palabra.  Ha mandado a Su hijo, el Señor Jesús, para penetrar nuestra sordez. Todos nosotros hemos tenido una experiencia de su amor personal.  Un hombre recuerda el tiempo que recibió la diagnosis del médico que su esposa tenía el cáncer.  Dice que fue a rezar ante el Santísimo.  Entonces sintió un brazo apoyándolo y una voz diciéndole: “No te angustia; todo será bien”.  Así Jesús toma al sordo tartamudo aparte en el evangelio. Quiere hablar a su corazón.

Con los dedos en sus oídos Jesús le dice “ábrete”.  Inmediatamente el hombre oye.  También le toca la lengua con saliva, y el hombre comienza a hablar bien.  Estas acciones forman partes del rito anciano del Bautismo.  El evangelio está indicando que por los sacramentos estamos involucrados en una relación personal con el Señor.  Si el Bautismo inicia la relación, la Confirmación y especialmente la Eucaristía nos la profundizan.  La Reconciliación repara la relación con Jesús cuando  la quebremos por el pecado.  La Unción de los Enfermos la fortalece en los momentos más probadores.  Finalmente con el Matrimonio y la Orden extendemos la relación a otras personas, sean hijos, asociados, o feligreses.  Ya podemos escuchar su palabra y darle acatamiento a Jesús.  Ya podemos hablar abiertamente de la bondad de Dios para nosotros.

Los sacramentos son para todos: los pobres tanto como los ricos, las mujeres tanto como los varones, los analfabetos tanto como los educados.  Sí a veces en los templos de los ricos se usan cálices del oro pero es la misma sangre de Jesús que llevan.  En este sentido Dios no discrimina entre la gente.  Por eso, como nos dice Santiago en la segunda lectura, tampoco deberíamos discriminar contra nadie.  Más bien, para agradecer a Dios por toda Su bondad, queremos ayudar particularmente a aquellos que anden en necesidad.  Como nos manda el profeta Isaías, deberíamos animar a aquellos “de corazón apocado”. 

A veces se llama el cristianismo una de las tres religiones grandes “del libro”.  Para fomentar la harmonía religiosa quieren enfatizar las cosas que el judaísmo, el cristianismo, y el islam tienen en común.  El problema es que el Cristianismo no es basado tanto en un libro como en una persona.  Creemos en Jesucristo como la revelación definitiva de Dios.  Él nos ha tocado primero con sus propios dedos y entonces con sus sacramentos.  Profundamente nos ha tocado.