El domingo, 21 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45)

El Beatle George Harrison cantaba una canción que ha resonado con mucha gente.  Decía: “Realmente quiero conocerte, Señor”.  Ha sido el deseo de cristianos a través de dos milenios.  ¿Cómo era realmente Jesús?  ¿Era hombre siempre serio o pudo ser juguetón también?  La Carta a los Hebreos describe a Jesús como persona como nosotros, menos el pecado, “capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos”.  Entonces evidentemente era compasivo.  El evangelio de hoy nos lo presenta como a la vez sabio y sobrio.  Podemos añadir aun un poco ligero.

Los hermanos Zebedeo acuden a Jesús con una pregunta manipuladora.  Dicen: “’Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte’”.  Parecen como el joven que viene a su papá con el deseo de tomar el coche familiar.  En lugar de pedírselo directamente, se anda con rodeos.  Pregunta: “Papá, ¿vas a ocupar el coche esta noche?”  Si el hombre no tiene intención para utilizar el vehículo, entonces tendría que someterse a la petición que seguirá.  Pero si el padre va a salir con el coche, el joven ahorrará su petición para otra ocasión.  Jesús muestra la perspicacia por evitar ser atrapado.  No se hace enojo con Santiago y Juan.  Simplemente les responde con su propia pregunta: “’¿Qué es lo que desean?’”

Si Jesús se presenta a sí mismo como humano en el mejor sentido de la palabra, los hermanos se presentan a sí mismos como humanos en un sentido malo.  Después de escuchar a Jesús hablar del Reino de Dios, quieren que les nombre para los primeros puestos junto con él.  No lo oyeron decir que tendría que sufrir horriblemente para realizar el Reino.  Jesús les recuerda de la eventualidad con la pregunta: “’¿Podrán pasar la prueba que voy a pasar…?’”  Los hijos de Zebedeo dicen que sí pero se puede dudar que hayan perdido su ilusión que el Reino será obtenido de poco costo.

Así nosotros tenemos dificultad aceptar nuestra cruz.  Pensamos que simplemente por ser discípulos de Su Hijo, Dios nos protegerá de las tribulaciones de la vida.  Entonces cuando nos encontremos sin trabajo o cuando las deudas no parezcan terminar a amontar, nos hacemos listos a dejar la fe en Jesucristo como apariencia.  En lugar de sufrir con paciencia contando con Jesús para apoyarnos, queremos abandonarlo como si fuera un viento pasajero.  De una manera somos como los otros diez discípulos.  Como ellos se indignan cuando se dan cuenta de la petición atrevida de los hermanos Zebedeo, nosotros lo consideramos injusto cuando sufrimos muchas adversidades. 

A pesar de sus inquietudes, Jesús insiste que sus discípulos sigan adelante en el servicio.  Vengan como vengan las insolencias, tienen que sacrificarse como el Siervo Doliente en la primera lectura.  El Siervo sufre por el bien de los demás, y Dios lo premiará con una vida larga.  Jesús lo imita y experimenta más que la vida extendida.  Cuando da la vida por sus seguidores, Dios Padre lo resucita a la vida eterna.  A lo mejor no experimentaremos el martirio como Jesús.  Nuestro reto es seguirlo alegremente en el servicio para que participemos en su destino.

Tal vez nos parezca curioso que los evangelistas no cuentan nada de la apariencia de Jesús.  Querríamos saber el color de sus ojos, su altura, las lenguas que hablaba y otros detalles.  Pero este tipo de cosas nos les importan a Mateo y Marcos, a Lucas y a Juan.  Lo describen por sus virtudes: sabio, valiente, sobre todo compasivo.  No tenemos que querer conocerlo, lo conocemos.  Lo conocemos por estas historias evangélicas y por los reflejos de él en los santos.  Ya tenemos que seguirlo en el servicio. 

El domingo, 14 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)


En un cine un mafioso ofrece a un padre de familia $150 por semana. El gánster quiere mostrar su agradecimiento a la familia de un niño que le ayudó.  El niño no contó al policía que vio al hombre disparar a otra persona.   Sin embargo, el padre rechaza la oferta porque sabe cómo se obtuvo el dinero.  No quiere meterse en la red mortífera del vicio.  El padre se prueba sabio como hace Jesús en el evangelio hoy.

De la primera lectura sabemos el valor de la sabiduría.  Vale más que tierras y aún reinos porque ella conlleva todos tipos de riquezas.  No solamente cosas materiales vienen a los sabios sino también recursos espirituales.  Si vivimos con la sabiduría, nosotros también tendremos la paz en la mente, el bien en el corazón, y el destino de la vida eterna.

Para apreciar el significado de la segunda lectura hay que recordar una cosa importante. Al final de cuentas la Palabra de Dios no se escribe en una página sino se encuentra en un hombre.  Pues la Palabra de Dios en primer lugar es Jesucristo, el Hijo de Dios.  Sus palabras penetran al alma juzgándonos, perdonándonos, y moviéndonos a hacer lo perfecto.  Esto es exactamente lo que pasa al rico en el evangelio.

El rico se acerca a Jesús con prisa. Tal vez sea un hombre de negocios con muchos quehaceres y poco tiempo.  Le saluda a Jesús con la frase, “Maestro bueno”, pero no se da cuenta del significado de sus palabras.  Jesús se muestra como sabio cuando responde que sólo Dios es bueno.  Pero el rico no tiene concepto adecuado de Dios como veremos en un minuto.  Sigue con la pregunta a Jesús que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna.  Como buen hombre de negocios, quiere determinar su objetivo y hacer un plan para obtenerlo.

Jesús le responde con los Diez Mandamientos, el camino seguro de complacer a Dios.  Sin embargo, en el principio le cita sólo los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  A veces se dice que estos siete mandamientos comprenden “la segunda tabla de la Ley”.  Cuando el hombre dice que ha cumplido todos estos mandamientos, Jesús muestra su sabiduría una vez más.  Le presenta la “primera tabla” que toca el amor para Dios en modo indirecto.  En lugar de preguntar si ama a Dios sobre todo, le reta a probar este amor.  Le manda a dejar sus riquezas para predicar junto con él el Reino de Dios.  Para el hombre amar a Dios de modo que se sacrifiquen todas sus pertenencias constituye precio demasiado caro.  Deja a Jesús tal vez desilusionado pero no completamente sorprendido.

Los discípulos de Jesús tienen dificultad entender cómo los ricos no se salven.  Pues para ellos los ricos son la gente con recursos para ofrecer sacrificios y dar limosnas.  Casi se puede escuchar a los discípulos murmurando: “¿No son estos las obras de la salvación?”  Sin embargo, ayudar a los demás y hacer sacrificios pueden ser sólo tácticas para apaciguar a Dios y no necesariamente signos del amor verdadero a Dios.  Si vamos a ser dignos del Reino de Dios, tenemos que esperar en el Señor como lo hacen los pobres fieles.

Al final del pasaje los discípulos hacen el interrogante: “¿…quién puede salvarse?”  Podemos responderles: “Todos de nosotros”.  Pero antes de que experimentemos la vida eterna tenemos que hacernos tan dependientes en Dios como es un bebé en sus padres.  ¿Por qué?  Porque la vida eterna consiste en dejar atrás las ilusiones de los grandes en este mundo para conocer el amor sobreabundante de Dios.  La vida eterna consiste en conocer el amor de Dios.

El domingo, 7 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 2:18-24; Hebreos 2:8-11; Marcos 10:2-12)

Los medios de comunicación han estado reportando mucho sobre las relaciones sexuales.  Por la mayor parte han expuesto a la luz las violaciones y acosos.  Sí la violación es un crimen que vale la condenación rotunda.  Los violadores deberían ser aprisionados.  El acoso también tiene que ser desarraigado.  Pero la cuestión va más allá que el acuerdo entre la mujer y el hombre para tener relaciones íntimas.  Tiene que ver con el propósito del sexo.  Las tres lecturas de la misa hoy tocan este tema que con toda razón nos interesa mucho.

La primera lectura nos informa dela creación de la mujer en forma descriptiva.  Dice que la mujer es creada para ser la compañera del hombre.  Indica que ella es diferente del hombre pero es de la misma dignidad porque es formada de su costilla.  El cuerpo de ella es estructurado para recibir al hombre.  Ello toma la semilla del hombre para concebir y nutrir a otra persona humana.  Para proteger a ella misma y sus criaturas ella tiene que decir “no” a las insinuaciones de hombres no lícitas.  Si el hombre no tiene el propósito de mantenerse con la mujer para cuidar ambas a ella y a sus hijos, él no tiene un lugar junto con ella.

La segunda lectura no trata directamente al tema del sexo.  Sin embargo, nos afirma que Dios envió a Jesucristo como ser humano para santificar a todos los hombres y mujeres.  Ha estado aquí con nosotros por dos propósitos.  En primer lugar quería enseñarnos la voluntad de Dios y su plan para nuestra felicidad eterna.  Segundo, se presentó para ofrecerse como el sacrificio perfecto que quita nuestros pecados.

En el evangelio Jesús corrige la posición distorsionada de la Ley que permite el divorcio.  No está criticando la ley sino diciendo que el permiso del divorcio era una concesión de parte de Dios para facilitar la vida de los hombres.  Sin embargo, ya ha llegado el Reino de Dios de modo que Su voluntad en el principio tenga que ser respetado.  Dice Jesús que no más se puede tolerar el divorcio.  Los dos – el hombre y la mujer – forman “una sola cosa” no por instante sino hasta la muerte.

Desde siempre ha habido transgresiones de la voluntad de Dios.  Hombres han estado capaces de forzar a sí mismos en las mujeres.  A veces las mujeres habían consentido en estas insinuaciones con la esperanza que los hombres formaran relaciones permanentes.  Pero desde la introducción de las píldoras anticonceptivas relaciones íntimas entre los no casados han multiplicado considerablemente.  El resultado no ha sido beneficioso para la sociedad.  Con el uso extendido de la píldora ha habido millones y millones de niños abortados.  El divorcio con toda la miseria de traición y separación ha aumentado.  También ha aumentado el porcentaje de enfermedades transmitidas sexualmente.  Lo que ha disminuido es la tasa de nacimientos bajo el punto de reemplazamiento.  Por esta razón las grandes culturas de varias naciones occidentales están siendo amenazadas con la disminución.

¿A quién le importan todos estos índices morbosos?  Muchos parecen contentos mientras pueden tener el placer del sexo siempre en su alcance.  Pero a la Iglesia le importan.  Le importan porque la Iglesia quiere ayudar a los hombres y mujeres desarrollarse como personas por relaciones permanentes, amorosas e integrales.  Le importan porque quiere apoyar a los padres criar a los niños en hogares del amor verdadero.  Le importan porque quiere guiar a toda la humanidad en el camino de la felicidad eterna con Dios. 

Porque le importan la Iglesia instruye que las relaciones íntimas son buenas sólo en el contexto de una unión permanente y abierta a la procreación en cada acto conyugal.  Porque le importan la Iglesia insiste en la prohibición del divorcio en conforme con Jesús en el evangelio hoy.  Porque le importan sigue enseñando estas cosas a pesar de las críticas tiradas a los sacerdotes que han actuado deplorablemente.  Porque le importan la Iglesia reza que todos los hombres – tanto los no fieles como los fieles – la escuchen.

El domingo, 30 de septiembre de 2018


El vigésimo sexto domingo ordinario, 30 de septiembre de 2018

(Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43.45.47-48)


En un cine el protagonista es predicador evangélico.  Se llama a sí mismo “el Apóstol”.  En una escena este predicador mira a un sacerdote bendiciendo una flota de botes de pesca.  No muestra ningún enojo o envidia.  Sólo comenta: “Ellos hacen las cosas en su manera, y yo en mi manera.  Ambos de nosotros cumplimos la tarea”.  De una manera el Apóstol muestra la misma apertura de Jesús en el evangelio hoy.

Juan viene alterado a Jesús.  Los discípulos han encontrado a un exorcista trabajando en su nombre.  Porque no era de los doce, buscan la aprobación del Señor por haberlo prohibido.  Se quiere preguntar: ¿Qué es el problema al fondo?  ¿Es que el exorcista tiene una doctrina extraña? A través del Nuevo Testamento hay gran preocupación por enseñanzas falsas.  Pero el texto no dice nada de doctrina, sólo que el exorcista hizo un servicio en el nombre de Jesús.  A lo mejor los doce resienten que un no conocido se atrevería a hacer el ministerio suyo.  Recordamos cómo eran los doce que recibieron la comisión de expulsar demonios.  También nos acordamos del pasaje del domingo pasado.  Los discípulos entonces discutían entre sí quién era el más importante.  Los discípulos todavía no están purificados de sus tendencias a pecar.  Tienen tan gran orgullo que no quieren que nadie se meta en su campo de ministerio.  En contraste Jesús no tiene una mente estrecha. Quiere que todos experimenten los frutos del Reino de Dios.  Rechaza la petición de Juan firmemente: “’Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor’”.

Se ha dicho que el orgullo fue el primer pecado.  Adán y Eva comieron la fruta prohibida porque querían ser grande como Dios.  Se puede ver fácilmente cómo el orgullo lleva a otros pecados en nuestras vidas.  Por el orgullo caemos en la envidia cuando nos entristecemos con el éxito del otro.  Por el orgullo mentimos para esconder nuestras faltas.  En estos modos actuamos en contra de este evangelio hoy.  Jesús está pidiendo que sus discípulos sean perfectos para que no causen escándalo a la “gente sencilla”.   Habla de manera exagerada para enfatizar su posición: “’Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela…’” Tenemos el ejemplo de San Francisco de Asís, cuyo día festivo vamos a celebrar esta semana. 

Francisco solía decir que él era un pecador desdichado.  Cuando sus compañeros le dijeron que no era posible, él les respondió que era la verdad.  Dijo que a pesar de que Dios le había dado tantos dones, él no se los aprovechaba plenamente.  Aunque nos parece exagerado su reclamo, tenemos que decir que Francisco de ningún modo era orgulloso.  Al contrario, era muy humilde.  Lo admiramos por su sencillez y por su compromiso completo a los modos de Jesús. Tanto como cualquier santo, Francisco merece nuestra imitación.

Moisés dice en la primera lectura: “’Ojalá que…descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor".  Es lo que ha pasado con la resurrección de Jesucristo de la muerte.  Todos sus discípulos, incluyendo a nosotros por el Bautismo, son purificados de los pecados.  Ya podemos desvestirnos del orgullo.  Ya podemos hacer lo bueno, evitar lo malo, y nunca causar escándalo.  Ya podemos ser si no perfectos, al menos mucho mejor que antes.

El domingo, 23 de septiembre de 2018


El vigésimo quinto domingo ordinario

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)

Cuando era universitario, siempre tomaba café.  Creía que con la ayuda de la cafeína sacara notas altas.  Entonces descubrí pastillas de cafeína que me dieron el mismo efecto del café pero fue más fácil a tomar.   Por los últimos veinte años los estudiantes han tenido otro remedio para enfocarse en los estudios.  Piden a un compañero con el trastorno de déficit de atención darles pastillas de la farmacéutica Rítalin.  Es más efectivo que la cafeína pero tiene efectos segundarios adversos como cambios en el estado anímico.  Ya sucede que algunos padres proporcionan a sus niños la capacidad de sacar notas buenas por otro ya exótico si no más eficaz.  ¡Buscan la materia genética de los genios en la reproducción de sus hijos!  Como intima Santiago en la segunda lectura, no hay límite de que algunas personas harán por la ambición egoísta.

Ni siquiera los discípulos de Jesús evitan la tentación de la ambición egoísta.  En el evangelio Jesús lo encuentra discutiendo quien entre sí sea el más importante.  El pecado es doblemente ofensivo a Jesús porque les acaba de explicar cómo él será maltratado y abusado. Es como si el ministro hospitalario entrara en el salón de un moribundo proclamando que suerte el paciente tiene por tenerlo como visitante.

El problema a la base es que nosotros humanos creemos que ganemos el valor humano con nuestros propios esfuerzos.  No reconocemos que el valor del hombre proviene primero y ante todo de ser creados en la imagen de Dios.  Jesús les da una enseñanza profunda sobre el valor humano cuando toma al niño en sus brazos.  Les dice a sus discípulos que aunque el niño no ha hecho nada para merecer el valor, él tiene tanto valor como Jesús mismo. 

A pesar de que sea sencilla, esta enseñanza es tan difícil como cualquiera materia en la universidad.  Una de los mejores teólogos del siglo pasado contó cómo él la había aprendido trabajando con los  incapacitados en un asilo.  Le pusieron a cuidar a un joven llamada Adán que no podía hacer nada por sí mismo – ni comer, ni bañarse, ni vestirse.  Dijo el teólogo que Adán le había permitido hacer todas estas cosas sin quejarse.  Aun cuando le lastimó por su tocarlo torpemente, no lo regañó.  Acreditó a Adán por enseñarle tres verdades transcendentes.  Primero, lo que importa en la vida no es el éxito sino el ser creado en la imagen de Dios.  Segundo, lo que le hace a la persona imagen de Dios no es tanto la mente que comprende sino el corazón que suelta la preocupación con el yo para acoger al otro en el amor.  Y tercero, la comunidad es necesaria para todos no obstante que algunos no lo reconoce como importante.

Dios ha regalado a cada uno de nosotros con la vida humana patronada de su propio ser.  Es la misma vida humana que asumió su propio hijo Jesucristo.  Por eso, Dios nos ama por lo que somos.  No obstante, podemos realizar la grandeza de la vida humana cuando hacemos un don de nuestras propias vidas.  Cuando nos dedicamos al bien verdadero del otro, mostramos al mundo que todos tienen este don de la vida humana y por eso son amados por Dios.  Porque estaremos actuando como Jesús, que se dio su vida completamente, el don que hacemos de nuestras vidas nos obtendrá el mismo fin que lo de Jesús.  Estaremos apremiados con la vida eterna.

Especialmente en Puerto Rico la gente habla de su “papá Dios”.  Evidentemente muchos allá se sienten una relación íntima con el Creador.  La gente que puede hablar sinceramente así ve a sí mismos como el niño en los brazos de Jesús.  Sí Dios les ama.  Sí Dios les ha regalado la vida para que se les regalen por el bien de los demás. 

El domingo,16 de septiembre de 2018


EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)


El monseñor Richard Sklba ha sido un don para la Iglesia Católica.  Entrenado como erudito bíblico, se hizo obispo auxiliar de Milwaukee.  A través de los años ocupaba varios puestos responsables en la Conferencia de los obispos estadunidenses y en la Asociación bíblica católica de América.  Vale la pena ponderar lo que el monseñor Sklba escribió sobre el evangelio de hoy. “…todos nosotros somos seguidores de Pedro – dijo -- pues nuestros testimonios de Cristo son muy inmaduros e imperfectos”.

En el evangelio Pedro nombra a Jesús correctamente como “el Mesías”.  Él reconoce bien que Jesús ha venido para salvar a Israel.  Sin embargo, Pedro equivoca cuando piensa que Jesús no vaya a sufrir en su obra de la salvación.  Nunca le ocurriría a Pedro en esta etapa de su vida que Jesús sea como el Siervo Doliente en la primera lectura.  Eso es, que aguantará golpes y tormentos, insultos y salivazos para cumplir su objetivo. 

Jesús es el primero para corregir el error de Pedro. Le dice que actúa como Satanás cuando piensa que no es del Mesías a sufrir.  En tiempo esta enseñanza, que ya le parece incomprensible, se hará más razonable.  Pedro atestiguará a la resurrección de Jesús después de su muerte en la cruz.  Verá cómo su sacrificio no resulta últimamente en su muerte sino en la vida de la gloria.

Los líderes de la Iglesia recientemente han experimentado el aprendizaje duro de Pedro en este evangelio.  Como Pedro no quiere pensar en un Mesías que sufra, algunos obispos no querían que la Iglesia fuera malpensada.  Por eso escondían los pecados de sacerdotes-abusadores.  En lugar de quitar a los culpables del ministerio los transferían a nuevos sitios.  Sí a veces lo hicieron con la asesoría de los psicólogos que los culpables eran conscientes y contritos de sus crímenes. Sin embargo, ignoraron las leyes que requerían el reportaje de tales crímenes a las autoridades. Más lamentable, preocupados por la reputación de la Iglesia, los obispos pasaron por alto las necesidades graves de las víctimas.  Les permitieron a sufrir a solas las memorias de violación y abuso.

Desgraciadamente la misma cosa tiene lugar con demasiada frecuencia en las familias.  Particularmente turbante es el hecho que las niñas están abusadas por familiares con impunidad.  Los abusadores no están corregidos por sus crímenes.  A veces los padres ni siquiera escuchan a sus hijas mencionar lo que les han hecho un tío o un primo.  Dicen que no quieren crear problemas en la familia.  Sin embargo, los problemas solamente crecen con el silencio.  Las víctimas se sienten cada vez peor acerca de sí mismas y los abusos continúan. 

En la segunda lectura Santiago pregunta: “¿De qué sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras?”  Santiago tiene en cuenta el descuido de los pobres, pero se puede aplicar su interrogante al abuso sexual.  ¿De qué nos sirve creer en la salvación de Jesús si vamos a permitir el abuso de niños?  ¿No es que para probarnos como discípulos suyos tengamos que llevar a la justicia a los abusadores y socorrer a las víctimas?  Ciertamente estos interrogantes se aplican a las familias tanto como a la Iglesia.

Nos cuesta hablar del abuso sexual.  Es como el famoso elefante en el cuarto que nadie quiere mencionar por miedo de suscitar al animal.  Pero a no ser que queramos vivir continuamente con la amenaza, tenemos que hacer algo.  Dios nos ha enviado a Su Hijo para salvarnos del abuso sexual y otros pecados.  Contando con su justicia tenemos que corregir a los culpables y ayudar a las víctimas.   

El domingo, 9 de septiembre de 2018


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

¿Quién es este hombre que traen a Jesús?  No se llama por nombre.  A lo mejor no es judío.  Pues vive en una región griega.  Porque es sordo, se puede decir que nunca ha escuchado la palabra de Dios.  Tampoco ha podido glorificar a Dios adecuadamente porque es tartamudo.  Seguramente está en gran necesidad. Si no fuera el caso, la gente no le habría llevado a Jesús para recibir su bendición. ¿Quién es entonces?  ¿No es que este hombre sea cada uno de nosotros?  Como él no somos judíos.  Como él no escuchamos bien la palabra de Dios; al menos no la obedecemos siempre.  Como él estamos apurados – en nuestro caso por el vertiginoso ritmo de la vida contemporánea.  Y como él nos dificulta darle a Dios gracias por todo lo que somos y tenemos.  Más bien queremos asignar todo el crédito por nuestros logros sólo a nuestros propios esfuerzos.

Sin embargo, la verdad es otra.  Dios nos ha hablado y nos ha hecho maravillas.  Él nos hizo posible que escucháramos Su palabra.  Ha mandado a Su hijo, el Señor Jesús, para penetrar nuestra sordez. Todos nosotros hemos tenido una experiencia de su amor personal.  Un hombre recuerda el tiempo que recibió la diagnosis del médico que su esposa tenía el cáncer.  Dice que fue a rezar ante el Santísimo.  Entonces sintió un brazo apoyándolo y una voz diciéndole: “No te angustia; todo será bien”.  Así Jesús toma al sordo tartamudo aparte en el evangelio. Quiere hablar a su corazón.

Con los dedos en sus oídos Jesús le dice “ábrete”.  Inmediatamente el hombre oye.  También le toca la lengua con saliva, y el hombre comienza a hablar bien.  Estas acciones forman partes del rito anciano del Bautismo.  El evangelio está indicando que por los sacramentos estamos involucrados en una relación personal con el Señor.  Si el Bautismo inicia la relación, la Confirmación y especialmente la Eucaristía nos la profundizan.  La Reconciliación repara la relación con Jesús cuando  la quebremos por el pecado.  La Unción de los Enfermos la fortalece en los momentos más probadores.  Finalmente con el Matrimonio y la Orden extendemos la relación a otras personas, sean hijos, asociados, o feligreses.  Ya podemos escuchar su palabra y darle acatamiento a Jesús.  Ya podemos hablar abiertamente de la bondad de Dios para nosotros.

Los sacramentos son para todos: los pobres tanto como los ricos, las mujeres tanto como los varones, los analfabetos tanto como los educados.  Sí a veces en los templos de los ricos se usan cálices del oro pero es la misma sangre de Jesús que llevan.  En este sentido Dios no discrimina entre la gente.  Por eso, como nos dice Santiago en la segunda lectura, tampoco deberíamos discriminar contra nadie.  Más bien, para agradecer a Dios por toda Su bondad, queremos ayudar particularmente a aquellos que anden en necesidad.  Como nos manda el profeta Isaías, deberíamos animar a aquellos “de corazón apocado”. 

A veces se llama el cristianismo una de las tres religiones grandes “del libro”.  Para fomentar la harmonía religiosa quieren enfatizar las cosas que el judaísmo, el cristianismo, y el islam tienen en común.  El problema es que el Cristianismo no es basado tanto en un libro como en una persona.  Creemos en Jesucristo como la revelación definitiva de Dios.  Él nos ha tocado primero con sus propios dedos y entonces con sus sacramentos.  Profundamente nos ha tocado.

El domingo, 30 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21b-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)


Una vez un trabajador vino al organizador de la unión.  Le dijo que debería ir pronto al salón donde se reunían los miembros de la unión. “¿Por qué?” preguntó el organizador con atención. “Porque – respondió el trabajador -- les habla un predicador.”  El organizador relajó.  Dijo que los hombres necesitaban un sermón sobre lo justo y lo injusto.  “No entiendes – le replicó el trabajador – no está hablando de los vicios suyos sino los vicios tuyos”. El predicador hablando sobre el mal de las uniones es ejemplo de la crítica injusta que vemos en el evangelio.

A lo mejor los fariseos y escribas vienen de Jerusalén para averiguar quién es Jesús.  Sin duda la noticia de cómo ha dado de comer a miles ha traspasado a lugares ambos lejanos y cercanos.  Los averiguadores querrían saber si Jesús realmente es un profeta.  Lo que ven les inclina a pensar lo opuesto.  Critican a los discípulos de Jesús por no lavar sus manos antes de comer como la costumbre de los ancianos.  En su modo de ver el hecho que Jesús lo permite le descalifica de ser considerado como mensajero de Dios. Vemos una actitud semejante hoy en día cuando la gente piense mal de los pobres por no seguir las modales de los ricos.  Puede ser su preferencia por los cantos carismáticos o su modo de llegar a la misa unos minutos tardes. 

Sí deberíamos llegar a la misa temprano para prepararnos a encontrar al Señor.  Sin embargo, es más importante que lleguemos con el corazón abierto al encontrar al Señor en las lecturas, la Santa Comunión, y la gente congregada.  Si consideramos la palabra de Dios como “la misma cosa vieja”, la Santa Comunión como rito no más significativo que rezar con manos unidas, y la gente presente como menos valiosa que nosotros mismos, estamos perdiendo mucha de la eficacia de la misa. 

En el evangelio Jesús critica por nombre los pecados banales: “las intenciones males, las fornicaciones, los robos”.  Se consideran estos comúnmente como vicios de los pobres, pero de ninguna manera son limitados a ellos.  También Jesús condena “las codicias, las injusticias, y los fraudes”: pecados que pueden ser atribuidos a los pudientes, pero se encuentran en varias clases de gentes.  Desde que este lunes es el Día del Trabajo (en los Estados Unidos), nos oportuna reflexionar un poco más en estos pecados.

Se ha caracterizado nuestra época como la edad del individualismo.  Muchos hoy en día piensan en su propio bien de modo que casi excluyan los intereses de los demás.  Trabajadores sienten poca renuencia para avanzar de empleo a empleo con el solo criterio de recibir más pago.  Más lamentable es el modo que los dueños despachan a los trabajadores por motivos ligeros.  No les importa que los trabajadores necesiten sus empleos para cumplir sus responsabilidades.  A menudo la Iglesia es un empleador tan imperioso.  Un obispo nuevo o un párroco nuevo liberan a sus trabajadores sin una evaluación honesta de sus aportes. Sí a veces será necesario despedir a un empleado por razón de seguir en operación.  Sin embargo, hay que considerar sus necesidades tanto como su aporte al bien de la compañía.

En la primera lectura Moisés exhorta al pueblo que sean unidos en la práctica de la Ley.  Dice que si observan la Ley serán una nación grande.  Como Jesús hace claro, la observancia consiste en convertir el corazón y no en practicar buenos modales.  Hoy en día esta conversión significa que los dueños y los trabajadores vean a uno y otro como hijos e hijas del mismo Dios.  Los trabajadores tienen que aplicarse por el bien de la compañía.  Entretanto los dueños deben proveer la seguridad de empleo para que los trabajadores puedan apoyar a sus familias.   De esta manera los dos sectores se considerarán, como dice la lectura, “sabio(s) y prudente(s)”.      

El domingo, 26 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMA PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6:55.60-69)

En el evangelio de hoy muchos discípulos abandona a Jesús cuando habla sobre la Eucaristía.  No pueden tolerar a él diciendo que da su propia carne como comida y su propia sangre como bebida.  Ciertamente sus palabras parecen extrañas.  Para aceptarlas hay que entender que su carne y su sangre son pan y vino transformados.  En la actualidad muchos están dejando la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.  Sus motivos también tienen alguna razón.  Pero con un mayor entendimiento de la realidad se puede verlos como perdiendo algo precioso.  De veras están separándose del destino más esperanzador que existe.  Vale la pena revisar los más apremiantes de estos motivos para apreciar más nuestra fe.

Los abusos de niños de parte de los sacerdotes y el encubrimiento de los crimines por los obispos han desilusionados a muchos fieles.  Todas personas con sentido de justicia deben indignarse por tales acciones.  Pero escándalos de esta magnitud no son nuevos para la Iglesia.  Desgraciadamente desde el principio algunos representantes de Jesucristo lo han fallado.  Nos acordamos de Judas y Pedro en el evangelio.  En la Iglesia antigua varios obispos y sacerdotes apostataron para evitar la persecución.  Sin embargo, la Iglesia siempre ha mantenido que la eficaz de los sacramentos no depende de la santidad de los ministros.  Más bien es la perfección de Jesucristo que los rinden efectivos.  Deberíamos esperar la bondad del clero.  ¿Estoy ingenuo a pensar que por la mayor parte la encontramos?

Otros han abandonado la Iglesia por sus enseñanzas sobre las relaciones íntimas.  Creen que la Iglesia es demasiada estricta cuando condena el uso de los anticonceptivos.  También piensan que los divorciados y casados por segunda vez deberían ser permitidos a recibir la Santa Comunión.  Era una búsqueda para la verdad que llevó al papa Pablo VI a insistir que cada acto conyugal sea abierto a la concepción.  La Iglesia ve tal acto como un donativo completo del yo al otro que incluye la fertilidad.  Por eso, si retiene la fertilidad por medios artificiales, la pareja está negando a uno y otro un aspecto importante del yo. Porque los dos prometen a darse completamente al uno y otro hasta la muerte, no se puede disolver la unión antemano. 

El mayor motivo para abandonar la práctica de la fe tiene que ver con la promesa de Jesús para la vida eterna.  En esta época de abundancia de cosas materiales, la gente no anhela tanto para estar entre los santos en la eternidad.  En lugar de participar con la gente en la misa dominical, algunos prefieren compartir con sus “amigos” en Facebook.  En lugar de anticipar el cielo por las obras de misericordia, algunos planean un crucero en el Caribe.  Sin embargo, deberíamos recordarnos que Jesús no solo nos promete un lugar en la mansión de su Padre.  También nos ha enseñado que la vida eterna comienza aquí en la tierra.  Por acompañar a Jesús con la Iglesia tenemos el gozo y la paz que hace la vida buena.

La segunda lectura demuestra la tranquilidad del matrimonio cuando las dos parejas se someten a Cristo.  No hay división ni grandes alteraciones. Más bien reina el amor no sólo para uno y otro sino también por Cristo mismo y su Cuerpo, la Iglesia.  Con la Eucaristía en la cual comemos la carne de Cristo y bebemos su sangre, nos profundizamos en este amor.  Pues con ella Cristo nos hace el donativo del yo más profundo.  Nos hace su promesa para acompañar a nosotros más extendido.

El domingo, 19 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58)

Un profesor de medicina contó esta historia del caroteno, el nutriente que da a las zanahorias su color anaranjado.  Dijo que una vez le visitó una familia orgullosa que había estado diligente en su consumo de zanahorias.  Pensaba el padre de la familia que cuantas más zanahorias come la persona, mayor es el valor nutritivo recibe.  Entonces cuando llegaba a la casa del profesor, ¡la familia lucía del color anaranjado!  A veces nos hacemos como la comida que consumimos.  Esto es ciertamente el caso de la Eucaristía de que Jesús habla en el evangelio de hoy.

El pasaje muestra a los judíos como perplejos acerca de la declaración de Jesús.  Dice que va a darles su carne a comer. “¿Cómo…?” responde la gente.  Este interrogante ha resonado por veinte siglos en todas partes del mundo.  Sin embargo, Jesús no se dirige a la cuestión.  Sólo insiste en la eficacia de su carne que ofrece como comida.  Dice: “’Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes’”. 

Es su vida que el consumo de su carne produce.  Aquellos que la tomen se hacen como él.  No se derrotarán por las fuerzas nefarias de la vida actual.  Más bien muestran el mismo dominio del yo y empeño por los demás que caracterizan la historia de Jesús.

La segunda lectura de la Carta a los Efesios advierte: “No se embriaguen”.  Quiere que los lectores eviten todas formas de adicciones por el dominio del yo.  Un artículo de revista reciente muestra cómo las adicciones minan la salud de ambas el cuerpo y el espíritu.  Una joven del barrio pobre se ha puesto extremamente obesa por el apetito para la comida rápida.  Su peso ha fomentado otros problemas médicos como la diabetes y la apnea del sueño.  Con estas condiciones encima de una infancia turbulenta la mujer no ha podido enfocar en sus estudios y consecuentemente ha perdido la oportunidad de seguir una carrera.  Ya se va de ilusión a ilusión – un día, un nuevo empleo; otro día, un hombre que le mostró interés en ella – siempre fracasando en alcanzar su objetivo.  Como resultado se siente decepcionada y confundida.

Tomando la carne de Jesús el cristiano hace un pacto con él. Promete seguir sus enseñanzas particularmente el mandamiento de amar a los demás cómo él ha amado.  Por su parte Jesús provee las ayudas necesarias, particularmente el discernimiento y la determinación del Espíritu Santo.  Aunque sea incomprensible a algunos, este pacto lleva al cristiano a una vida ambas digna y satisfactoria.  Produce otro beneficio aún más llamativo.   Como es su vida que ofrece Jesús con su carne, los que la consuman participarán en la eternidad.  La muerte no va a terminar la trayectoria de su existencia.

En la primera lectura la sabiduría pide: “’ Vengan a comer de mi pan y a beber del vino…’”  Ahora Cristo nos hace a todos nosotros la misma petición.  El pan eucarístico es su carne que nos nutre con la vida eterna.  El vino eucarístico es su vida con que dominamos el yo.  Vengámonos a participar en su oferta.

El domingo, 12 de agosto de 2018


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

 (I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51) 

La vida se le ha hecho un viaje tanto duro como largo.  La vieja ha tenido carrera; ha criado a familia; y ha metido en asuntos comunitarios.  Ya se postra en cama de enfermo todo el día.  Sufre varios problemas médicos; entre de ellos, sufre del cáncer.  Quiere morir. Es como Elías en la primera lectura hoy.  Más que cansada, es agotado.  El profeta gime: “’Basta ya, Señor. Quítame la vida’”. 

“¿Esta actitud conforma a la vida en Cristo?” nos preguntamos.  En la segunda lectura leímos al autor de la Carta a los Efesios exhortando: “No le causen tristeza al Espíritu Santo. ¿Ofende al Espíritu el deseo de la muerte después de que se ha atravesado un caminar extenso?  O ¿puede ser este anhelo sólo la esperanza de estar con el Señor después de servirlo bien?  Una cosa es cierto: no es bueno quitar su propia vida o por un acto directo o por una omisión de materia necesaria.  Tal acción comprendería el suicidio, una maldad de la clase más grave. 

Cuando nos sentimos al término de nuestra capacidad de continuar, que nos volvamos a Cristo.  Él tiene no sólo las palabras que nos sostendrán en el viaje sino la sabiduría que nos dirigirá a nuestro destino.  Por eso, Jesús dice en el evangelio: "'Yo soy el pan de la vida’”.  En comunión con este pan, haremos lo mejor para todos.  Jesús nos indicará si sería mejor buscar la recuperación de las fuerzas o esperar la vida eterna.

Aquellos que no creen en Jesús, lo ven como los judíos en el evangelio: hijo de un tal José.  Lo tratan como si fuera personaje humano.  Puede ser que sus palabras parezcan inspiradoras ahora pero van a considerarse anticuadas en tiempo.  Estas gentes actúan siempre según sus propios designios.  Muchos quieren lo más cómodo por sí mismos.  Pero aun si buscan el mayor bien para el mayor número, a lo mejor no les importa si hacen lo malo para obtener lo bueno.  Esto es el modo del mundo hoy en día.  Se ve esta tendencia en la medicina.  Mucha gente no tiene remordimiento en permitir a los médicos recetar drogas para que el enfermo quite su propia vida.  Lo que una vez fue aborrecido en todas partes es ahora permitido cada vez más.

Jesús es “el pan de la vida”.  Como Dios, nos ha dado la vida física que trae tantas alegrías como angustias.  Como humano, ha venido para enseñarnos el camino a la vida eterna.  Requiere que siempre evitemos hacer lo malo y que busquemos hacer lo bueno en cuanto se pueda.  Como Señor eterno resucitado de la muerte nos ha proporcionados los sacramentos para cumplir este proyecto.  Con el Bautismo, la Reconciliación, y sobre todo la Eucaristía podemos llegar a nuestro destino.

El domingo, 5 de agosto de 2018


EL DECIMOCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 16:2-4.12-15; Efesios 4:17.20-24; Juan 6:24-35)

Esta semana se celebrará la memoria de Santo Domingo, el fundador de la Orden de Predicadores.  Una historia de su vida puede ayudarnos entender el evangelio de hoy. 

Un día Domingo y un fraile nombrado Juan cruzaban las Alpes.  El fraile se puso tan débil que no pudiera hacer un paso más adelante.  “¿Qué te aflige, mi hijo?” preguntó el santo.  “Padre – exclamó el joven – estoy muriendo de hambre”.   “Ánimo – dijo Domingo – tenemos que ir sólo un poco más y tendremos toda comida que queramos para recuperar las fuerzas”.   Pero el fraile Juan insistió que no podía caminar más. Entonces, Domingo con su solicitud característica, comenzó a orar.  Después de un rato conversando con Dios, se le dirijo a Juan: “Levántate, mi hijo, vete derecho un poquito y traiga lo que encuentras”.  El joven hizo como Domingo le había dicho y encontró un pan arrollado en una tela tan blanca como la nieve.  Después de que lo comió, el fraile se puso a pensar: “¿Quién colocó el pan en el lugar tan solitario?”  Le dirijo la pregunta a Domingo.  “Mi hijo – respondió el santo -- ¿no has tomado todo lo que deseaba?” “Sí, Padre”.  “Muy bien – concluyó Domingo – sólo dale gracias a Dios por ello y no te molestes más de la cosa”.

Como el fraile Juan, la gente en el pasaje evangélico, se enfoca sólo en el pan.  Buscan a Jesús para recibir de él este recurso necesario para vivir.  Sí es importante el pan junto con la casa y la ropa, pero estas cosas no constituyen la vida en plenitud.  De hecho, a aquellos que tengan sólo cosas materiales les falta la más básica.  Por eso, Jesús les aconseja que “’no trabajen por ese alimento que acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna…’” Santo Domingo se dio cuenta que el alimento que no se agota nunca es la palabra de Dios.  Dice su biógrafo que Santo siempre llevaba contigo el Evangelio según San Mateo y las Cartas de Pablo.  Estos papeles no eran poca cosa en los tiempos antes de la imprenta.

El evangelio revela otra cosa que vale subrayar aquí.  Cuando la genta pregunta a Jesús: “’¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?’” actúan como si Dios fuera un propietario que tiene pagos para sus trabajadores.  Entonces desean saber las obras que requiera Dios para reclamar sus pagos.  Es como si cuando regresemos a casa, preguntaríamos a nuestros papás cuánto nos darían por lavar los trastes después de la comida.  El fraile Juan hace algo semejante cuando pregunta sobre la colocación del pan en el lugar.  A lo mejor está tratando de descifrar cómo mantener recibiendo beneficios.  Pero Dios no es como un propietario.  Es el Padre que nos ama, no por lo que hacemos sino por lo que somos.  Eso es, creaturas hechas en la imagen de Su Hijo.  Lo conocemos como Padre por el mismo Jesucristo.  Por eso, Jesús indica que la obra de Dios realmente no es una obra. Es creer en su Hijo; es la fe “’en aquel que Él ha enviado’”.  Por creer en Jesús tenemos la confianza que todo será bien porque su Padre nos ama.  Aun si sufrimos, al final de tiempos veremos el sufrimiento como beneficio para nosotros y los demás.  Nos conformará aún más a Jesús, y ofrecido como un sacrificio a Dios merecerá el bien por el pueblo.

La segunda lectura nos implora que no vivamos como los paganos.  Eso es precisamente que no sigamos calculando las obras requeridas para obtener los bienes que anhelemos.  Más bien, la lectura urge que nos revistamos con el “nuevo yo”, que es Cristo resucitado de la muerte.  Exhorta qué tengamos como él la confianza inquebrantable en Dios Padre.  Qué mantengamos esta fe aun cuando tengamos que sufrir.  Pues es Dios que nos ha colocado en este camino de la vida en plenitud.

El domingo, 29 de julio de 2018


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO, 29 de julio de 2018

(II Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15)


Hace cien años muchos tenían que buscar el pan cada día.  Los trabajadores ganaban salarios que sólo proveían lo básico – casa alquilada, un cambio de ropa, y frijoles junto con el pan.  No eran contentos.  Querían, no injustamente, tener más – pollo para la mesa, un camisa de seda, una casa con recamara para los hijos.  Así somos nosotros, los seres humanos, siempre deseando más.  Hoy en día queremos teléfonos con data más rápida, casas de alto, salidas a restaurantes cuando nos dé la gana.  El evangelio según San Juan muestra cómo Jesús cumple los deseos más profundos del corazón. 

En el pasaje que acabamos de escuchar cinco mil hombres y quién sabe cuántos mujeres y niños vienen a escuchar a Jesús.  Lo ven como un sabio que cuenta de la voluntad de Dios.  Jesús no los decepciona; más bien los llena.  Les proporciona la palabra de Dios en abundancia y también pan y pescado para saciar a todos con doce canastos de sobrantes. 

En el Evangelio según San Juan se llaman los milagros de Jesús “signos”.  Son hechos que significan realidades más grandes que Jesús logrará por toda la humanidad.  Cuando convierte el agua en vino, les alivia la crisis de las bodas en Caná.  Pero el milagro significa cómo Cristo ha llegado para convertir el mundo en los hijos e hijas de Dios.  Así cuando da de comer a la multitud con cinco panes y dos pescados, el hecho significa cómo saciará las hambres más profundas del corazón.  Estas hambres no son para cosas materiales. No importa que nuestros muchachos digan que no pueden vivir sin un nuevo IPhone.  No, más que IPhones y más que aún el pan, nuestros corazones anhelan tres condiciones espirituales: la justicia junto con la paz, la misericordia, y el amor. 

Deseamos ver que todos reciban lo que se les deba.  Por eso, nos preocupan las historias de la represión en Nicaragua.  Cuando resbalemos, sea por debilidad o sea por descuido, queremos la misericordia.  Sin la misericordia muchos de nosotros viviríamos siempre endeudados.  Sobre todo queremos ser amados por quienes somos.  Si nunca conociéramos el amor, la vida sería un tiovivo que siempre enseña los mismos placeres banales. 

Aunque Jesús ofrece el cumplimiento de estos anhelos, al principio no nos damos cuenta de su oferta.  Seguimos tan distraídos con nuestros programas de televisión y equipos de fútbol que pasamos por alto su oferta.  En un sentido somos como  la gente en el evangelio que quiere proclamar a Jesús su rey.  Piensan que estarían contentos si él les suministra el pan de la mesa. 

No se darán cuenta del propósito de Jesús hasta que él cumpla su misión.  Sólo después de la crucifixión y resurrección pueden entender el valor de su oferta.  Jesús establece la justicia por pagar la deuda del hombre a Dios.  Ya nosotros seres humanos sentimos el amor de Dios llenando el corazón.  Con este amor podemos perdonar a uno y otro.

Los hijos de una familia preguntaban a su mamá qué quería por la Navidad.  Pensaban en comprarle un vestido o quizás un tostador.  Pero la madre siempre respondía con el deseo de corazón más profundo.  Decía: “hijos buenos”.  Así Jesús nos sacia las hambres más profundas.  Más que pan para la mesa  más que nuevos IPhones, Jesús nos provee la justicia, la misericordia, y el amor.  Jesús nos sacia con la justicia, la misericordia, y el amor.

El domingo, 22 de julio de 2018


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34)


Este mes el papa Francisco se enfoca en los sacerdotes.  Tiene como su intención particular su cansancio.  Dice: “El cansancio de los sacerdotes: ¿Saben cuántas veces pienso en esto?”  El papa reconoce el trabajo agotador que muchos curas llevan.  Así muestra la preocupación de Jesús por sus apóstoles en el evangelio hoy. 

Jesús llama a los apóstoles: “’Vengan conmigo a un lugar solitario…”   No tienen en cuenta vacaciones en la playa.  No, quiere compartir con ellos su propia experiencia de Dios Padre.  Será tiempo aparte para renovar sus fuerzas ambas espirituales y físicas.  Nuestros sacerdotes de hoy en día necesitan regularmente de este tipo de soledad.  Se constituye de un diálogo en lo cual se comprometen de nuevo al  Señor y contemplan su apoyo. 

Pero los sacerdotes no son los únicos miembros de la Iglesia con muchos quehaceres.  A menudo los laicos tienen programas aún más fatigosos.  Particularmente las responsabilidades de las señoras llaman la atención.  No es raro verlas cuidando a sus familias, trabajando pleno tiempo, y sirviendo en la parroquia.  Ellas también podrían aprovecharse de quince minutos cada día aparte con el Señor.  Será oportunidad para desahogarse a Dios y decirle qué tanto cuentan con su ayuda.  En el funeral de una señora magnífica, la hija contó cómo su mamá paraba a la parroquia después de recoger a sus hijos de la escuela.  Allá visitó al Santísimo Sacramento por un ratito para recargar su energía espiritual. 

No se debe menospreciar el reto para los padres de familia hoy en día.  Tienen que enseñar a sus hijos los valores del reino de Dios en una sociedad cada vez más secularista.  Donde el mundo adora a los símbolos de sexo ellos han de inculcar la compasión, la humildad, y la castidad.  Instruyen mejor por ejemplo que por palabra.  Una vez una madre en San Antonio anunció a la familia que todos iban a pasar la mañana del Día de Acción de Gracias sirviendo comida a los pobres.  ¿Cabe duda que los hijos maduraran con un fuerte sentido de servicio? 

Al final del pasaje evangélico San Marcos escribe que Jesús ve a la gente como “ovejas sin pastor”.  Tiene en cuenta que los líderes del pueblo no transmiten la verdadera voluntad de Dios.  En el tiempo de la primera lectura los líderes irresponsables eran los reyes.  Hoy en día los gobernantes secularistas a menudo dejan a la gente sin sentido justo de la vida.  Hacen falta sacerdotes formados en Cristo para guiar a las familias.  Tienen que enseñar que la vida es don de Dios que no debe ser desgastada en la búsqueda de placer y prestigio.   Más bien tiene que ser entregada en el amor por el bien de los demás.  Así se puede realizar la felicidad que Dios tiene guardada para sus hijos e hijas.

Sea en la casa o en la iglesia, seamos sacerdotes o laicos, enseñamos a Jesucristo.  La segunda lectura hoy nos da el porqué.  Él es la paz entre todos.  Ahora la línea no se traza entre los judíos y no judíos.  Ni se encuentra entre los católicos y los protestantes.  Ahora la diferencia principal se ve entre los creyentes practicantes y los secularistas.  Sin embargo, todos de buena voluntad pueden ver a Jesús como maestro  impartiendo los verdaderos valores de la vida.  Enseña la necesidad de ambos retirarse con Dios y servir a los pobres.  Jesús es nuestra paz.

El domingo, 15 de julio de 2018


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13)

“El pueblo de la alabanza” (en el inglés, “The People of Praise”) se dedica a la gloria de Dios.  Es organización ecuménica que en primer lugar ofrece la alabanza a Jesucristo.  También trabaja para una sociedad donde todos vivan en la paz.  Se sacrifica para que todos – tanto los negros como los blancos, tanto los pobres como los ricos – conozcan el amor de Cristo.  Este pequeño movimiento recibió alguna atención la semana pasada cuando una de sus miembros fue mencionada como posibilidad de ser nombrada a la Corte Suprema.  Aunque no fue escogida ella, “El pueblo de la alabanza” vive la esperanza de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús envía a sus apóstoles para predicar el arrepentimiento.  Quiere que los pueblos se preparen para el Reino de Dios.  El arrepentimiento significa que los individuos cambien su corazón. Donde son duros, que sean tiernos.  Donde se llenan de porquería, que se purifiquen.  El corazón tierno y puro siempre buscará el bien de la otra persona, no a dominarla.

Para facilitar su misión Jesús otorga a los apóstoles el poder sobre los espíritus impuros.  Se puede pensar en estos espíritus como demonios pero tal vez sea mejor que los consideremos como los vicios.  Usualmente se nombran los siete pecados capitales como los vicios principales.  Estos incluyen la soberbia, la avaricia, la lujuria, y la ira.  Se puede facilitar el recordar de estos tropiezos a la felicidad verdadera por pensar en los cuatro “p”.  Los vicios son el deseo desordenado para el prestigio, la plata, el placer, y el poder.  Purificada de estos deseos, la persona está lista para acoger a Dios en su reino.

Sin embargo, la evangelización tiene objetivo más allá que la conversión personal.  También quiere transformar la cultura en que la gente vive.  Al menos es lo que dijo el papa San Pablo VI, el pionero de la nueva evangelización. Según él, la cultura evangelizada se conforma de los criterios de juicio, los valores determinantes,… y los modelos de vida” del evangelio.  Se realiza cuando la gente juzgue al otro por el “contenido de su carácter” y no por su cuenta de banco.  Se ve donde los héroes de los jóvenes sean los humanitarios como Martin Luther King y no, si me permiten decirlo hoy, los futbolistas como Ronaldo. 

Jesús también insiste que los apóstoles viajen como pobres.  No han de llevar “ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto”.  A lo mejor tiene dos fines en cuenta cuando enfatiza la sencillez radical en el camino.  Primero, quiere que ellos conozcan la Providencia de Dios que siempre es más amplia que se piense.  Como se demostró con los muchachos en Tailandia atrapados en la cueva, Dios proveerá.  También, desea que los misioneros se den cuenta de que los pueblos ya son evangelizados en parte.  El Espíritu Santo les ha precedido rindiendo a la gente que visitarán amistosa.  Por eso muchos misioneros regresan a su tierra nativa diciendo que ellos mismos han experimentado conversión. 

En la segunda lectura el autor de la Carta a los Efesios describe el propósito de la evangelización.  Es el plan de Dios Padre que todos nosotros seamos “santos e irreprochables a sus ojos, por el amor…”  Somos llamados a ser como Cristo los hijos y las hijas de Dios.  Tenemos la vida eterna como destino cuando el contenido de nuestros caracteres se conforme al evangelio.  Es Jesucristo que ha enviado a los apóstoles para traernos este evangelio.  Damos alabanza a Dios en esta misa y siempre por él.