El domingo, , el 29 de abril de 2018

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 9:26-31, I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)

Hace poco hubo un espectáculo en el pueblo.  Por tres noches seguidas se presentó una obra dramática en el teatro municipal.  Según un reporte era escandalosa.  Tenía referencias al sexo obsceno desde el principio hasta el fin.  Una pareja dijo que no hubo nada de valor artístico.  A lo mejor han existido espectáculos destacando la desnudez desde siempre y cines pornográficos desde la invención de la cámara cinematográfica.  Lo que es relativamente nuevo es la introducción de estas cosas en los centros culturales.  Es evidencia de la profecía que hizo el papa San Pablo VI hace cincuenta años.

En el año 1968 Pablo VI publicó su encíclica sobre la transmisión de la vida humana, Humanae Vitae.  Él tenía que declararse en la cuestión social más ardiente al tiempo: el uso de métodos artificiales para controlar el número de hijos en un matrimonio.  Muchos querían que él cambiara  la enseñanza de la Iglesia condenando anticonceptivos. Pues había mucha preocupación sobre los efectos de poblaciones crecientes en los países subdesarrollados.  También surgían entonces nuevos métodos de control la fertilidad más efectivos y, supuestamente, seguros.

Sin embargo, el papa decidió en contra de la anticoncepción artificial.  Dijo que Dios ha construido el acto conyugal como ambos procreativo y unitivo. Por eso, si la persona humana intenta separar estos dos significados en la realidad, estará ofendiendo el plan del Creador para la naturaleza humana.  Tales ofensas tendrán consecuencias negativas que el papa predijo.  Ahora, después de dos generaciones se puede observar que el papa tenía toda razón. 

Una consecuencia lamentable del uso global de anticonceptivos ha sido el crecimiento de abortos.  Con las píldoras anticonceptivas disponibles en todas partes el varón no más se siente a sí mismo responsable para un embarazo inesperado.  Razona: es la culpa de ella por no usar la píldora.  Entretanto, o por vergüenza o por razones económicas la mujer muchas veces opta a abortar la creatura. 

El uso de anticonceptivos ha convertido la intimidad sexual de una expresión de amor a un modo de placer.   El resultado ha sido la desvalorización de la mujer. Ya no es apreciada tanto como una pareja de vida y una madre.  Más bien, está mirada como un objeto con lo cual se puede jugar.  Aunque este abuso siempre ha sido conocido, regularmente fue escondido por razón de miedo.  Sólo el año pasado cuando una serie de mujeres declararon contra un cacique de Hollywood, se hizo creíble la depredación sexual en una escala grande.  Ahora mujeres en diferentes carreras están contando historias similares en el movimiento “MeToo”.

Una consecuencia trágica del uso de anticonceptivos que Pablo VI no previo es la soledad.  Ya en varias naciones del occidente muchos mayores viven y mueren solos.  No es inaudito que se descubren sus cadáveres sólo cuando empiezan apestar.  No queriendo tener a hijos, ellos encontraron el método para realizar su deseo fácilmente disponible.

Estos sucesos tristes dan testimonio a las lecturas hoy.  En la segunda lectura San Juan pide a su audiencia que amen no solamente de palabra sino “de verdad y con obras”.  Se puede aplicar estas palabras a las parejas que hablan de amor pero un amor defectivo.  Particularmente los no casados quieren sacar sentimientos de placer y júbilo con el acto sexual.  Sin embargo, no quieren hacer el sacrificio por el bien del otro que constituye el amor de verdad.  En el evangelio Jesús llama a sí mismo la vid y nosotros los sarmientos.  Quiere que nos pertenezcamos en él para que Dios Padre pueda podarnos de errores.  Eso es, que nos quedemos dentro de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, cuyas enseñanzas nos quiten ideas erróneas.

El uso global de anticonceptivos ha resultado en mucho sufrimiento.  Es triste porque el mundo actual podría haberlo evitado. Si hiciera caso al papa profético San Pablo VI, el amor conyugal sería más completamente “de verdad y con obras”.  Es tiempo para nosotros católicos dar a la encíclica Humanae Vitae otra lectura.

El domingo, 22 de abril de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Hace dos semanas se publicó un escrito nuevo del papa Francisco.  Tiene que ver con la santidad.  ¿Qué es esto: no nos importa la santidad?  Si esto fuera la verdad, habríamos perdido la esperanza de la vida eterna.  Pero porque todos tenemos la inquietud sobre la vida después de la muerte del cuerpo, vale la pena hacer caso de lo que el papa ha escrito.  Está actuando como vicario de Jesucristo, el Buen Pastor del evangelio de hoy.

Dice el evangelio que Jesús es el Buen Pastor porque da su vida por sus ovejas.  Logramos la santidad cuando nos unamos con él en su vida, muerte y resurrección.  Pero la condición caída humana nos inclina al sentido contrario.  Por la mayor parte deseamos el placer, el poder, y el prestigio más que la santidad.  Por eso, nos hace falta redoblar los esfuerzos para conformarnos con Jesús.  El papa describe varios aspectos de la imitación de Cristo, pero vamos a recalcar aquí sólo tres: la humildad, la comunidad, y la cercanía a los pobres.

Particularmente hoy en día a la gente le gusta jactarse de su autonomía.  Como se ha cantado muchísimo, "logré vivir a mi manera”.  Pero Jesús siempre hizo lo que quería su Padre Dios.  Se humilló a sí mismo por hacerse humano y más aún por ser crucificado.  Como dice Pedro en la prima lectura hoy, Jesús era “la piedra desechada”.  La humildad nos recuerda que no somos el único alrededor de lo cual revuelve el mundo; Dios es.  Por eso, Santa Teresa de Lisieux escribió que no quería comparecer ante Dios enseñándole sus propias obras.  Más bien, cuando viniera su tiempo, ella quería contar con la justicia de Él.  Para asegurar la humildad el papa recomienda que recordemos cómo nuestras vidas son regalos. Entonces las llevamos a la perfección cuando las regalemos en torno por los demás. 

Por la gran mayor parte aprendemos la humildad en la comunidad.  Sea en forma de la familia, la escuela, o la parroquia, necesitamos la comunidad para crecer en la virtud y evitar el vicio.  Pero casi siempre nuestra tendencia es para rebelarnos contra los demás.  Deseamos ser independientes, lejos de aquellos que pueden enseñarnos cómo vivir en este mundo con el corazón apegados a Dios.  El papa Francisco dice que “la comunidad que preserva los pequeños detalles del amor…es lugar de la presencia del Resucitado (Jesús)”.   Está pensando en el hombre que cada domingo se levanta temprano para hacer el desayuno por la familia antes de la misa.  Tiene en cuenta la mujer que cada día a las seis de la tarde llama a su suegra en otra ciudad.

En el evangelio Jesús habla de “otras ovejas que no son de este redil”.  Dice que tiene que cuidar a ellas también.  Se piensa con razón que está refiriéndose a las diferentes comunidades cristianas en el primer siglo.  Sin embargo, podemos imaginarlo tomando en cuenta con la frase a los pobres.  Muchas veces ellos no nos acompañan a la misa.  Pues son enfermos o no bien educados.  Sin embargo, como el papa dice, Jesús se identifica con ellos.  Nunca debemos considerar a un sufriente como problema o como estorbo en el camino.  Más bien deberíamos pensar en él o ella como Cristo que nos ayudará crecer en la santidad.

En la segunda lectura San Juan llama a los miembros de la comunidad de Cristo “hijos de Dios”.  No somos Sus hijos porque somos apegados a los modos del mundo.  Al contrario, constituimos la familia de Dios porque hemos emprendido el camino de la santidad.  Que no lo dejemos nunca.  Que siempre sigamos el camino de la santidad.


El domingo, 15 de abril de 2018


EL TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 3:13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)


Hace cincuenta años el hombre era seminarista.  Ya no asiste en la misa.  Según su esposa, no más cree en la resurrección de la muerte.  Su duda no es nada nueva.  Se la dirigió San Pablo en la Primera Carta a los Corintios.  Escribió: “…si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar”.  Pero Pablo sabía bien que Cristo había resucitado desde que se le apareció.  Vemos otros testigos a la resurrección de Cristo en el evangelio hoy.

Jesús aparece entre sus apóstoles.  Es cierto que no es fantasma.  Pues tiene cuerpo.  Aun invita a sus discípulos que lo toquen.  El argumento decisivo viene cuando Jesús come en su presencia.  Sin embargo, su cuerpo se difiere de los cuerpos de nosotros.  Ello puede aparecerse y desaparecerse a voluntad.  Evidentemente aun pasa por puertas cerradas.  Otra diferencia es que no se identifica fácilmente.  Los discípulos que lo encontraron en el camino a Emaús no lo conocían al principio.  Sólo cuando partió el pan pudieron reconocerlo. 

Hay otra evidencia en este evangelio que Jesús ha resucitado.   Se muestra cómo él ha cumplido las escrituras hebreas, incluso la resurrección de la muerte.  Sobre todo Jesús cumple la profecía de Moisés lo cual escribió: “El Señor hará que un profeta como yo surja entre sus hermanos…El que no escuche a ese profeta será eliminado del pueblo” (Deuteronomio 18,18-19).  También refleja perfectamente al Siervo Doliente del profeta Isaías que sufrió por los demás.  Finalmente cumple el salmo que dice: “…no me abandonarás en el lugar de los muertos ni permitirás que tu Santo experimentará la corrupción” (Salmo 16,10).

Se ha notado que Jesús se aparece a los creyentes en los evangelios.  Encuentra a María Magdalena, Pedro, y otros discípulos después su resurrección.  El escéptico querrá preguntar: si Jesús quería ser reconocido como resucitado por todos, ¿no debería mostrarse a testigos neutrales?  La verdad es que ha hecho algo más determinante.  Aún hay un testigo de la resurrección que no sólo puede considerarse como neutral sino antipático a Jesús.  Pablo está persiguiendo a los cristianos cuando se le aparece Jesús.  Ciertamente el reverso completo de este hombre astuto da peso a la veracidad de las apariciones.

La conversión de Pablo sirve como modelo para la salvación.  En la primera lectura San Pedro está listo para exculpar a los judíos de la muerte de Cristo.  Dice que actuaron en la ignorancia de quién era.  Pero queda firme en la necesidad para el arrepentimiento.  Si quieren salvarse, los judíos tienen que arrepentirse en el nombre de Jesús.  En la lectura hoy de la Primera Carta de Juan, se extiende la oferta de la salvación al mundo entero.  Añade el autor que la salvación requiere que se cumplan los mandamientos de Jesús.  Jesús mismo ha resumido estos con la obligación de amar a Dios sobre todo y amar al prójimo como a sí mismo.

¿Puede ser salvado alguien que no crea en Jesucristo pero cumpla sus mandamientos de amor?  Es posible que sea ignorante de quién es por la mal conducta de los cristianos.  El gran humanitario Mahatma Gandhi escribió que él fue repulsado por el prejuicio de los cristianos que él conocía como joven.  Por eso, se puede decir posiblemente uno pueda ser salvado sin la creencia firme en Cristo.  Pero tenemos que añadir que la creencia en él nos provee el motivo más palpable para amar a todos: su promesa de la vida eterna.

El evangelio hoy termina con el mandato de predicar la salvación en Cristo a todas las naciones.  Es de nosotros cristianos hoy en día tanto como los apóstoles del primer siglo para llevarlo a cabo.  Nunca ha sido fácil.  Pues, nos escucha el mundo no tanto por lo que decimos sino por lo que hacemos.  Por eso, queremos arrepentirnos de cualquiera forma de prejuicio que tengamos para conformarnos a los mandamientos del amor.  Queremos conformarnos al amor de Cristo.

El domingo, 8 de abril de 2018


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA)

(Hechos 4:32-35; I John 5:1-6; John 20:19-31)



Tal vez el papa San Juan Pablo II fuera el personaje más conocido de nuestros tiempos.  Cuando murió, el mundo lamentó el término de su liderazgo.  Pero no lo perdimos completamente.  Pues dejó una gran herencia de escritos para meditar y poner en práctica.  En un sentido semejante se puede comparar el fallecimiento de Juan Pablo II con la muerte y resurrección de Jesucristo.  También Cristo nos dejó una herencia, aún más provechosa que la del San Juan Pablo.  Pero la herencia de Jesucristo no es de escritos sino algo mucho mejor.  Cristo nos dejó al Espíritu Santo que viene a la Iglesia y cada uno de sus miembros.  En las lecturas de la misa hoy se puede ver los beneficios de este Espíritu.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu mueve a los cristianos a tener “un solo corazón y una sola alma”.  Inspira a aquellos miembros de la comunidad con propiedades a venderlas por el bien de todos.  Hoy día esta práctica continúa con los religiosos y religiosas dejando sus patrimonios por el bien de sus congregaciones.  Los laicos también a menudo dejan sus tesoros a las caridades para beneficiar a los pobres. 

Estas muestras de caridad vistas en la historia apoyan la fe in Jesucristo.  Pero según la segunda lectura de la Primera Carta de San Juan, tenemos más razón que la historia de Jesús para creer en su divinidad. Es como la conversión en el día hoy. El papa Francisco puede escribir cien documentos sin ganar a muchos a la fe.  Pero la foto de él besando los pies de un prisionero al servicio de Jueves Santo puede convertir el corazón de miles.  ¿Qué es como la foto del papa que nos mueve a creer?  Es la promesa de la vida eterna.  Dice la Carta de Juan que la fe movida por el Espíritu nos hace victoriosos sobre el mundo.  Cuando tenemos una fe fuerte en la vida eterna, no vamos a ser engañados por la plata, el placer, o el prestigio.  Al contrario, vamos a esperar la vida eterna como el premio de vivir rectamente.  Por eso, al término del evangelio hoy Jesús llama a los creedores en su resurrección “dichosos”.

La fe en la resurrección no es el único regalo del Espíritu Santo visto en el evangelio.  Dice también que el Espíritu está conferido a los apóstoles para perdonar pecados.  Este don, institucionalizado en el Sacramento de la Reconciliación, nos sirve por tres propósitos considerables.  Primero, nos alivia del castigo de parte de Dios por nuestros pecados.  Ya no tenemos que pagar por nuestra rebeldía contra el Señor.  Más bien podemos mirar hacia la vida eterna como nuestro destino. Segundo, aliviados de la culpa, podemos perdonar a nosotros mismos por haber fallado.  Algunos no se dan cuenta de esta verdad.  Siguen en la vergüenza siempre confesando el mismo pecado aunque Dios no les ve como culpables.  Finalmente, sintiéndose como nueva creatura, podemos demostrar la misericordia a los demás.     

Solemos pensar que el Espíritu Santo vino cincuenta días después de la resurrección de Jesús.  Esta idea proviene de San Lucas a quien le gusta ordenar todas cosas. Pero San Juan tiene otro modo de relatar la historia.  Como se atestigua en el evangelio hoy, Jesús confiere al Espíritu la noche de la resurrección.  Nos acompaña a nosotros el mismo Espíritu como a los apóstoles.  El Espíritu nos mueve a beneficiar a los pobres, a mostrar la misericordia, y a esperar la vida eterna.  En resumen el Espíritu Santo nos hace victoriosos sobre el mundo.

El domingo, 1 de abril de 2018

EL PRIMER DOMINGO DE PASCUA

(Marcos 16:1-7)


En la Carta a los Romanos San Pablo resalta el bautismo como participación en la muerte y resurrección de Cristo.  Habla de la sumersión en el agua como el bajar de la persona en el sepulcro de Jesús.  No escribe nada de un verter del agua para lavar el pecado.  No, para Pablo el bautismo es más como un huracán que un baño.  Le rinde al bautizado completamente muerto al pecado.  Entonces se experimenta un nuevo arranque de la vida para que haga obras de caridad. Se puede distinguir el mismo movimiento del pecado a la acción caritativa en el evangelio hoy.

Las mujeres caminan al sepulcro de Jesús para servirlo una vez final.  Se preguntan quién les quitará la piedra tapando la tumba.  Acudiendo al templo hoy nosotros también llevamos una duda.  Ciertamente es bueno que asistamos en la misa el Domingo de Pascua, pero ¿realmente queremos servir al Señor con todo corazón?  Este servicio comprende no sólo la oración sino también evitar lo malo y hacer lo bueno. No será fácil pero tampoco será imposible con la ayuda de la gracia.

Como el sol calorosa en la primavera anima a los agricultores, la promesa de la Pascua nos mueve adelante con nuestro proyecto de servir.  Sabemos que al obtener la vida eterna sería maravillosísimo.  Entonces experimentamos de nuevo la inquietud.  La vida cristiana comprende un rechazo de la gloria del mundo.  No nos permite buscar en primer lugar los piropos de los demás y nada de los placeres ilícitos.  Más bien como seguidores de Jesús esta vida nos compromete al bien de los marginados, de la comunidad y del mundo entero.  Hay un sentido de este reto en el evangelio cuando dice que las mujeres se llenan de miedo descendiendo en el sepulcro de Jesús.  Sería suficiente encontrar el cadáver del Señor para embalsamarlo y dejarlo en paz.  Pero en lugar de su cuerpo encuentran un mandato que exige mucho más esfuerzo.

El ángel les manda a reportar a los discípulos que Jesús ha resucitado.  Tienen que recuperar las fuerzas para contar a un grupo de hombres algo inaudito.  A lo mejor los discípulos se les reirán de ellas como si fueran ilusionadas.  Este reto se nos ha pasado a nosotros.  Somos para contar al mundo de la resurrección del Senos Jesús.  Este mensaje contradice la idea que el hombre es sólo un centro de pasiones que vive un día y muere el próximo.  Más bien si es la verdad la resurrección, la persona humana es un ser destinado a vivir para siempre con el Creador de todo ser.  Sin embargo, este destino no es asegurado sino tiene que ser ganado por una vida en conforme con la bondad del Creador.  Por esta razón predicamos la resurrección tanto con obras de caridad como con palabras. 

Seguimos adelante a Galilea donde Jesús primero proclamó el Reino de Dios con palabras y obras.  Este lugar es simbólico por nuestros paraderos donde hemos de manifestar el amor de Jesús.  Como el ángel promete a los discípulos, vamos a encontrar a Jesús en este ministerio.  Estará en los necesitados que ayudemos.  Estará en nosotros y en los compañeros que nos ayudan.  Y sobre todo estará en la Eucaristía que nos fortalece en la misión.

Este año pasado Puerto Rico ha experimentado un huracán fatal.  Dejó a muchos muertos y a muchos más en gran necesidad.  Pero por la ayuda del extranjero y por el empeño propio del hombre para sobrevivir, el huracán se ha transformado en una fuente de esperanza.  Se espera ya en Puerto Rico un arranque nuevo no sólo de la economía sino también del espíritu para ayudar al prójimo.  Esto es en miniatura el significado de la Pascua.  Nos hemos rendido muertos al pecado y la muerte.  Ya vivimos más fuertes que nunca.  Vivimos con el propósito nuevo para obtener la vida eterna por obras del amor.

El domingo, 25 de marzo de 2018


DOMINGO DE RAMOS

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47)


Una figura misteriosa en la historia de Israel aparece en la segunda parte del libro del profeta Isaías.  Llamado el “Siervo Doliente”, este personaje sufre ambos atroz e inocentemente. Se presume que sus dolores tienen que ver con la expiación de los pecados del pueblo.  Sin embargo, no es identificado.  Los judíos opinan que es Job o posiblemente una persona colectiva para todos los exiliados judíos en Babilonia.  Nosotros cristianos no tenemos duda quien sea.  Pues sus dolores cuadran bien con el sufrimiento de Jesús en su Pasión.

Hay cuatro pasajes describiendo al Siervo Doliente.  Hemos escuchado parte de uno en la primera lectura hoy.  Las primeras lecturas de la misa mañana, martes, y miércoles, y en el servicio del Viernes Santo dan lo demás de lo que está escrito sobre él.  Se puede enseñar la correspondencia entre esta figura y Jesús en cada pasaje, pero basta mostrarla en las lecturas de hoy.

El Siervo afirma que Dios le ha dado una lengua para confortar a los abatidos.  En el evangelio Jesús tiene palabras consolatorias para la mujer que unge sus pies.  Ella no es una tonta que no sepa el valor del perfume.  Más bien es tan sabia que reconozca el sacrificio que hará Jesús para expiar los pecados del mundo.

Sigue el Siervo por decir que ha escuchado las palabras del Señor indicando su voluntad.  Particularmente en el huerto de Getsemaní Jesús se muestra atento a lo que Dios tiene en cuenta para él.  Jesús no quiere morirse en la cruz como un brigante.  Reza a su Padre que le quite esta suerte.  Pero al final no esquiva hacer Su voluntad.  Como le dice: “’Padre,…no se haga lo que quiero, sino lo que tú quieres’”.

El maltratamiento que Jesús recibe por algunos miembros del sanedrín refleja lo que dice el Siervo después. Lo golpean, abofetean, aun lo escupen con salivazos. Tan mal como es este abuso, no es lo peor que recibe Jesús en su pasión.  Un batallón entero (seis cientos soldados romanos) también le golpea de cabeza y le escupe.  Se duplica este suplicio por la azota y por la burla en extremo.

En este Evangelio según San Marcos la ordalía en la cruz dura por seis horas, un tiempo más larga que pasa en las otras versiones del Evangelio.  El hecho que Jesús podía aguantar tanto sufrimiento sin desesperarse, sin maldecir a nadie indica la ayuda de Dios Padre.  El Siervo proclama que Dios le ayuda de modo que no quede avergonzado.  Aunque Jesús muere con el grito de lamento en sus labios, Dios lo ha justificado ante los hombres.  El oscurecer del sol indica la ira de Dios en lo que acontece.  El rasgar del velo del Templo rindiendo el lugar inútil manifiesta el rechazo de parte de Dios a los sacrificios de los judíos.  Y el comentario del oficial romano – “’De veras este hombre era Hijo de Dios’” – muestra la identidad verdadera de Jesús.


Cuando identificamos al Siervo Doliente con Jesús, no queremos decir que no hubo nadie en el tiempo del Segundo Isaías que sufrió por el bien del pueblo.  Sólo afirmamos que su historia corresponde bien con la de la pasión de Jesús.  Nuestro planteamiento es siempre que Jesús cumplió las enseñanzas de los profetas. Era judío que murió por su pueblo.  Porque Dios escogió ese pueblo para llamar a todos los demás a sí mismo, acreditamos a Jesús con la salvación del mundo. Por eso, lo seguimos con todo corazón.

El domingo, 18 de marzo de 2018


 QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:5-7; Juan 12:20-33)

Podemos notar que las lecturas de la misa hoy no hablan de arrepentimiento y sacrificio como en la primera parte de Cuaresma.  Estas lecturas presumen que nos hemos preparado suficientemente para acompañar a Jesús por su muerte ardua y su resurrección gloriosa.  En un sentido estamos como los griegos en el evangelio que quieren ver a Jesús.  Ellos constituyen un signo que la etapa final de la obra de la salvación ya puede comenzar.  Nosotros queremos vivir de nuevo el misterio de la salvación para ser sus beneficiarios.

Jesús da una parábola para indicar lo que está para tener lugar.  Dice que su muerte producirá la vida en abundancia como la semilla desbaratándose en la tierra produce mucho fruto. Para entender lo que significan estas palabras recordémonos lo que dijo el sumo sacerdote Caifás anteriormente en este Evangelio de San Juan.  Cuando los judíos debatían en el Sanedrín que hacer con Jesús, Caifás declaró: “’… es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación’” (Juan 11:50).  Esto no fue la opinión de un fulano sino el anuncio de parte del representante de Dios más alto en el pueblo judío.  A lo mejor Caifás no se dio cuenta cuan verdaderas fueran sus palabras.  No obstante, muestran lo que Dios ha ordenado por el mundo.  Dios quiere que Jesús dé su vida para que el pueblo judío y, en torno, toda la humanidad tengan la vida eterna.

Si somos como los griegos que dicen que quieren ver a Jesús, también somos como Jesús mismo cuando dice: “’Ahora…tengo miedo’”.  Jesús tiene miedo por el sufrimiento atroz que va a aguantar.  Se indica el dolor en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos.  Dice: “A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo…”  Por supuesto, es la ordalía de su crucifixión que se refiere aquí.  Seguramente hoy en día tal castigo sería considerado como tortura inhumana. 

¿De qué tenemos miedo nosotros?  Cada uno tiene su propia historia.  Pero creo que muchos tenemos miedo por nuestros seres queridos que no más siguen el camino de Jesucristo.  En cambio de la esperanza para la vida eterna, ellos quieren procurarse las recompensas del mundo corriente.  Dejan de recibir los sacramentos. A su extremo sólo buscan el placer mientras evitan toda responsabilidad.  Particularmente hay causa de miedo si nuestros queridos se encuentran en la segunda categoría.

Y si decimos con Jesús “Ahora…tengo miedo”, también diremos consigo, “Padre, dale gloria a tu nombre”.  Esto es tanto un compromiso de parte de nosotros por Jesús como es una petición de Jesús por nosotros.  Pues Dios es glorificado cuando hagamos obras buenas por los demás.  Dios es glorificado, por ejemplo, por Doña Carmen que pasa todos los martes visitando a los enfermos de un hospital en Puerto Rico.

En la primera lectura el profeta Jeremías cuenta al pueblo de Jerusalén que Dios va a hacer una alianza nueva con ellos.  Dice que la alianza lo hará en un pueblo fiel a su voluntad.  En torno, la alianza nueva hará al Señor su Dios para siempre.  No más serán ellos laxos en llevar a cabo su compromiso al Señor.  Pues la alianza será escrita en el corazón de cada uno de modo que no pueda ser tomada a la ligera.  Esta alianza ha sido establecida por la pascua de Jesús que vamos a celebrar dentro de poco. 

Se dice que el Jueves Santo, el Viernes Santo, y el Sábado de la Gloria no son tres servicios distintos sino constituyen una sola celebración.  Juntos el servicio de los tres días presenta de nuevo la historia de nuestra salvación del pecado y la muerte.  Qué comience pronto.  Qué realicemos una vez más la victoria de Jesucristo por nosotros.  Qué sea escrita en nuestros corazones para que nunca busquemos solo el placer y evitemos toda responsabilidad.  Qué realicemos pronto la historia de nuestra salvación.

El domingo, 11 de marzo de 2018

EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(II Crónicos 16:14-16.19-23; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21)

"El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla".  A lo mejor todos hemos oído este dicho.  Se usa para motivarnos a estudiar.  Pero a veces parece que no aprendemos nada por nuestros estudios.  Pues la historia del mundo puede contarse como una serie de caídas de la virtud a la ruina de la nación.  Ciertamente es el caso en la historia de Israel.

La primera lectura corre sobre la historia de la monarquía de Judá.  Dice que desde la división de Israel en los dos reinos, los judíos en el sur trasgredieron la Ley de Dios.  Según la lectura, los judíos se burlaron de los profetas que Dios mandó para corregir sus errores.  Por eso el Señor envió a los caldeos a destruir Jerusalén y llevarse a los habitantes a Babilonia.  Estuvieron como cautivos allá setenta años antes de que el Señor nombrara al rey de Persia a liberarlos.  Entonces volvieron a su patria con grandes ilusiones pero en tiempo cometieron los mismos pecados. 


No obstante Dios siempre se ha probado misericordioso con Su pueblo.  En la segunda lectura el autor se enfoca en Su gran compasión no sólo a los judíos sino también a los no judíos.  La Carta a los Efesios da testimonio a Jesucristo como el salvador de los dos pueblos.  Dice que Jesús ha liberado a los judíos de la esclavitud a la Ley como sistema represiva.  A los no judíos Dios les ha mostrado aún más misericordia.  Por Jesucristo se les han perdonado sus muchas culpas y los ha injertado en Su pueblo Israel.  Ellos ya tienen la misma herencia eterna como sus mayores en la fe. 
 
El pasaje evangélico hoy sirve como un resumen de las primeras dos lecturas.  Presenta a Nicodemo como el representante de los judíos.  Este hombre viene por la noche para aprender de Jesús.  Este detalle es significativo porque el evangelio asocia la noche con la maldad.  Como los judíos tanto después como antes del exilio en Babilonia, Nicodemo tiene que corregirse.  Jesús puede enseñar a Nicodemo porque es la luz que despeja las tinieblas.  Esta luz luce particularmente cuando se levanta Jesús en la cruz.  Por negarse a sí mismo sin quejas ni reproches Jesús cumple el plan de Dios Padre para salvar al mundo.   La persona, sea judío o no judío, que reconozca su muerte como el acto supremo del amor de Dios es salvada.  La persona que quede indiferente ante ella o se burlen de ella, queda en las tinieblas para siempre.

Vivimos en tiempos cuando la práctica de la fe cristiana está disminuyendo.  Particularmente los jóvenes no ven la necesidad de cultivar las virtudes cristianas, mucho menos asistir en el culto.  Más bien ven a muchos cristianos en los mismos errores de egoísmo y odio que caracterizan el pueblo judío en la primera lectura.  Otros no practican la fe por motivos más ordinarios.  Ven el propósito de la vida en ganar dinero para disfrutarse de las cosas que compre. 

Tenemos esta temporada de Cuaresma para fortalecernos en la lucha contra estas tendencias equivocadas. Queremos reenfocarnos en Cristo crucificado cuya luz nos indica el único camino a la salvación.  No es por la impaciencia con el progreso lento y mucho menos es por el consumo de cosas materiales que nos salvamos.  Más bien es por reconocer que hemos dejado su proyecto de amor y pedir su ayuda para recomenzarlo.  Pues sólo por el amor que niega a sí mismo somos fieles a Dios Padre y llamamos atrás a los no practicantes.  Sólo por el amor somos fieles a Dios.

El domingo, 4 de marzo de 2018


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-I7; Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25)


Si estuviéramos a preguntar a un judío, “¿cuál es el mejor don que Dios nos ha dado?”  ¿cómo respondería?  Habría poca duda que diría, “la Ley”.  Pues para los judíos la Ley -- los primeros cinco libros de la Biblia -- es el fundamento para vivir como hombres libres.  Dice el salmo responsorial hoy, “La ley del Señor es perfecta y descanso del alma…” Es como la brisa a un marinero que le lleva a dónde quiere ir.

En la primera lectura escuchamos de los Diez Mandamientos.  Ellos resumen todos los otros seis ciento y pico preceptos escritos en la Ley.  A la misma vez manifiestan la voluntad de Dios recordada en la historia de los patriarcas y de Moisés. Si la Ley es perfecta, los Dios Mandamientos son lo más perfecto del perfecto.  Como dice otro salmo, “como plata pura siete veces refinada en el crisol”. 

Sin embargo, Jesús mejora los Mandamientos.  Los hace aún más perfectos por darles un matiz positivo cuando dice: “ama a Dios sobre todo y ama a tu prójimo”.  Más que esto, Jesús nos exige ir más allá de lo mínimo para rendirle la justicia indicado por los mandamientos “no le robes”, “no le codicies”, etcétera).  Nos exhorta que le hagamos un beneficio cuando dice: “ama…”.

El evangelio hoy trata del otro gran símbolo del judaísmo.  Si la Ley enseñó cómo no pecar, el Templo facilitó la reparación de los pecados.  Como en el caso de la Ley, Jesús mejora la situación por crear un Templo mejor. Cuando expulsa a los vendedores y cambistas del templo, Jesús indica la aniquilación del Templo, por lo menos según el evangelista Juan.  No más se podría ofrecer sacrificios válidos entre sus muros.  Recordémonos que en los evangelios según San Mateo y San Marcos cuando muere Jesús en la cruz, se rasga la cortina del Templo.  Esto es su modo preferido para indicar lo que significa la expulsión del Templo en San Juan.  Jesús reemplaza el Templo con su propio cuerpo como el lugar de ofrecer el sacrificio que vale para el perdón de pecados.  Este es el sacrificio que ofrecemos cada vez que celebremos la misa.

“Los judíos exigen señales”, dice San Pablo a los corintios en la segunda lectura.  Muchos desean signos hoy en día también.  Antes de poner su fe en Cristo quieren ver grandes cosas como la cura de todos los enfermos de cáncer.  Aunque hay curas, Pablo ofrece otra cosa para suscitar la creencia.  Dice: “Predicamos a Cristo crucificado”. Vemos la constatación de la fe en Cristo por los millones de cristianos sacrificándose por los demás.  Viven en todas partes, incluyendo nuestro barrio.  Entre ellos es Enrique Figaredo-Alvargonzález, un obispo misionero, en Camboya.  Al ver a muchos jóvenes sufriendo de la pérdida de piernas y de pies por las minas plantadas durante las guerras allá, el Monseñor Figaredo decidió a aliviar su peso.  Creó una fábrica que producen sillas de ruedas con toque deportivo para que los jóvenes victimados sientan activos.  Por su compromiso a los pobres en el nombre de Jesús el Monseñor Figaredo da testimonio al valor de su sacrificio para perdonar pecados y aumentar el amor.

Ahora el tiempo Cuaresmal entra una fase nueva.  No más es nuestra tarea principal hacer penitencia por nuestros pecados.  Ya tenemos que preocuparnos con la pregunta: ¿estoy dando testimonio al Señor Jesucristo que siempre se sacrificó por los demás?  En otras palabras ¿actúo como un cristiano verdadero?  Tal vez no.  Entonces nos quedan cuatro semanas para hacer algo que nos constará como discípulos suyos.  Nos quedan cuatro semanas para constarnos como discípulos verdaderos de Jesús.

El domingo, 25 de febrero de 2018


EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 22:1-2.9-13.15-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10)



El dolor todavía estuvo en la cara de la señora.  Su hija falleció por cáncer hacia treinta y cinco años.  No obstante, cuando se mencionó la muerte en una conversación, la madre se calló.  Se puso desalentada.  Sus ojos no más fijaron en los colocutores.  Pareció que las preguntas antiguas se levantaron de nuevo en su mente: “¿Cómo puede Dios permitir tal cosa?  ¿Por qué Dios me causa tanto sufrimiento?”  Ciertamente tales preguntas sobre la ocurrencia del mal a personas buenas corren por la mente de Abraham en la primera lectura.

Abraham ha esperado por un tiempo largo tener un hijo con su esposa Sara.  Por fin la mujer concibió a Isaac, que ya ha crecido en joven robusto.  Pero de repente Dios le manda a Abraham que sacrifique a Isaac como si fuera un cabrito.  A pesar de las inquietudes que seguramente surgen en su mente, Abraham no demora en cumplir el mandato.  Entonces al momento en que Abraham levanta el cuchillo para degollar a su hijo, el ángel del Señor le detiene la mano. 

Nosotros explicamos lo que pasa en la historia del mandato extraño de Dios a Abraham como una prueba.  Decimos que Dios probó su fe para verificar que tenía la capacidad de ser padre de una gran nación.  Pero esta explicación no cuadra muy bien.  “¿Por qué Dios sugiere una cosa tan repulsiva como matar a un niño por sacrificio?” deberíamos preguntar.  Tal explicación tampoco sirve bien en el caso de la niña que muere de cáncer.  Nos parece injusto particularmente cuando vemos a las parejas que han perdido a un hijo peleando y cayendo en el desamor. 

Pero antes de que reivindiquemos la injusticia, deberíamos considerar la segunda lectura.  En ella San Pablo declara que Dios “no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Es como si Dios mismo hizo un sacrificio.  Aun se puede decir que su sacrificio sobrepasó cualquier que hagamos nosotros.  Pues su Hijo no sólo sufrió una de las muertes más horríficas posible sino también él nunca hizo nada mal para merecer el sufrimiento que aguantó.  Nosotros hombres sí pecamos de modo que merezcamos el sufrimiento.  Aun nuestros hijos, que son extensiones de nosotros, se implican en el mal que hacemos. 

El evangelio nos sugiere la clave para entender el sufrimiento.  Después de que Pedro, Santiago, y Juan ven a Jesús transfigurado, Dios les habla de una nube.  Dice: “’Este es mi hijo amado; escúchenlo’”.  Jesús ya ha hablado con sus discípulos de la necesidad de perderse si quieren ganar la vida eterna.  Va a echar un reto semejante dos veces más en este evangelio según San Marcos.  Si queremos probarnos como dignos de la vida eterna, tendremos que sacrificarnos juntos con Jesús en el amor.  El sacrificio puede consistir en nuestro tiempo, nuestra paz, y aun nuestras vidas o la vida de un ser querido.

Particularmente durante la Cuaresma nosotros cristianos nos acercarnos a Jesús para escucharlo.  No vamos a oír la explicación perfecta para la ocurrencia del mal a personas buenas.  Pero nos impartirá una mayor sabiduría.  Nos enseñará que aquellos que sufran junto con él tendrán la resurrección de la muerte junto con él.  Es su acompañamiento que nos la facilita.  Con él cerca tendremos la valentía de sacrificarnos por el bien del otro.  Sin él cerca nuestra vida aunque sea alegre será vivida en vano.

El domingo, 18 de febrero de 2018

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 9:8-15; I Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15)


La mujer era prostituta.  Cometió muchos pecados incluyendo algunos abortos.  Pero ya quería cambiarse.  Deseaba reformar su vida para vivir con sus hijos como familia. En un aspecto esta mujer representa a Noé en la primera lectura.

Después del pecado de Adán y Eva, las cosas de los hombres deterioraron.  No pudieron realizarse como hijos e hijas de Dios.  Más bien Caín asesinó a su hermano Abel, y la gente siguió haciendo mal.  En su deseo para vivir como Dios aun trataron asaltar el cielo con la torre de Babel.  Entonces Dios decidió que tenía que corregirla.  Mandó el diluvio para matar a todos los hombres y mujeres salvo a Noé y su familia.  Ya está para aprobar una nueva alianza con Noé.  Con su bendición la humanidad tendrá un nuevo arranque.

Como la prostituta, nos encontramos a nosotros también en la situación de Noé.  Tenemos una segunda oportunidad para realizarnos como hijos e hijas de Dios.  Se pueden ver nuestros deseos para ser más ricos, más bellos, y más fuertes como nuestros intentos vanos – como aquel de los primeros humanos – para ser como Dios.  La única manera para hacernos como Dios es cumplir Su ley.  Ya tenemos a un guía con la capacidad de ayudarnos lograr la meta.  Es quien la segunda lectura llama “el justo, (que murió) por nosotros, los no justos para llevarnos a Dios”.  Es Jesucristo.

Hemos seguido a Jesús por las aguas del Bautismo. Allí nuestros cuerpos fueron sumergidos como signo de nuestra intención para morir al yo y resucitar con la conciencia de Cristo.  Como Cristo en el desierto, nosotros hemos entrado el campo de probar.  Por estos cuarenta  días de la Cuaresma estamos reduplicando los esfuerzos para pensar menos en nosotros y más en el otro con nuestros ojos fijos en Cristo.  Es como la ilustración que cuelga en la sala intensiva de un hospital local.  El cuadro muestra a muchos servidores – hombres y mujeres de diferentes razas, clases, y edades -- con Jesús en el centro llevando a una niña en sus brazos.  Es como si todo el mundo estuviera mirando al Señor para que lo imiten. 

En el evangelio Jesús tiene un mensaje de dos partes.  Primero dice: “Arrepiéntanse” – que nos cambiemos nuestros modos de siempre buscar el bien del yo.  De igual importancia nos urge: “Crean en el evangelio”.  Eso es que creamos no sólo que Dios nos ama sino también que Él nos tenga un destino glorioso.  Aunque Jesús ilumina el camino de la vida terrenal, esto no agota su logro por nosotros.  Nos ha ganado la resurrección de la muerte y un lugar a la par de él en la vida eterna.  Sin aferrar esta esperanza como nuestro motivo, a lo mejor desfalleceremos en el camino. 

A través de la Cuaresma queremos mantener nuestras biblias abiertas.  Ambos testamentos – el antiguo tanto como y el nuevo – dan testimonio al nuestro guía Jesucristo.  En la misa diaria vamos a escuchar una exhortación profética dela historia de Israel.  Ésta servirá como anticipación de la misión de Jesús que vemos cumplida en el evangelio.  Por leer estas lecturas y más por imitar lo que nos instruyen, llegaremos a nuestro destino glorioso.  Por imitar lo que nos instruyen, llegaremos a la par de Jesús en la vida eterna.

El domingo, 11 de febrero de 2018

EL SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 13:1-2.44-46; I Corintios 10:31-11:1: Marcos 1:40-45)

Indudablemente han oído ustedes que la lepra del evangelio no es como la lepra que conocemos hoy en día.  Ahora la lepra – la enfermedad Hansen -- afecta los nervios y la piel causando gránulos feos.  Por falta de la función de los nervios los leprosos a menudo dañan los dedos.  Aunque sea atroz, se puede curar la lepra con medicinas.  De hecho, ya los casos de la lepra son relativamente pocos.  

En el tiempo bíblico el término “la lepra” significaba enfermedades de la piel más genéricas.  Sea la enfermedad Hansen o sea un sarpullido común, la lepra causaba  mucha congoja entre la gente.  La dificultad era de dos tipos.  En primer lugar las enfermedades de la piel siempre han sido contagiosas.  Se ha podido contraer la lepra simplemente por asociarse con en leproso.  Por esta razón los leprosos eran aislados y no podían relacionarse ni con sus propios familiares. La soledad que sentían los leprosos creaba la segunda dificultad.  La gente les tenía miedo.  Si por casualidad otra persona tocaría a un leproso, también él se puso inmundo.  Por eso, la acción de Jesús en el evangelio hoy causaría un escándalo si se hubiera conocido.

Pero no por esta razón Jesús manda al leproso curado que no diga nada a nadie.  Más bien Jesús ha venido para rescatar al mundo de sus pecados por su muerte en la cruz.  El tiempo para su pasión todavía no ha llegado, y él no quiere que nada lo estorbe cuando llegue.   No le interesaba a Jesús ser coronado como el rey del pueblo.  No, él quiere ver al pueblo liberado del pecado de modo que anden con el amor.

Ahora podemos entender el verdadero significado de la lepra.  Es el pecado que nos ata a actitudes y acciones destructivas.  Como la lepra el pecado nos hace feos por el espíritu.  En tiempo la gente no va a compartir abiertamente con nosotros causando el sentido de aislamiento.  Una persona queda en el hospital ahora miserable.  Por toda su vida insistía que las otras personas se conformaran a su manera de ver las cosas.  Pero ya no puede mandar a sus familiares y amigos. Ha hecho cosas buenas en su vida, pero perece que ya paga por su voluntad imperativa.


El miércoles vamos a comenzar un tiempo dichoso en la vida católica. Tendremos cuarenta días para reconocer nuestros pecados y pedir la liberación que Jesús ofrece.  Es cierto que podríamos hacer esto todos los días del año.  Pero por siete semanas vamos a escuchar la voz fuerte de la Iglesia llamándonos al arrepentimiento.  En el mundo hoy muchos andan de manera frenética de modo que se olviden quienes son.  Ya Dios nos llama al conocimiento que somos Suyos, no feos sino bellos en su vista.   Por arrepentirnos de nuestros pecados nos reclamamos como bellos en su vista.


El domingo, 4 de febrero de 2018

EL QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Job 7:1-4.6-7; I Corintios 9:16-19.22-23; Mark 1:29-39)

La lectura de Job nos deja desconsolados, ¿no?   Para el protagonista la vida es tan dura como una banca de cemento.  Como en las maquilas, el hombre tiene que trabajar todo el día para poca recompensa.  La noche no trae el alivio sino más dolores.  Además, no dura mucho la vida.  No se puede aguardar los días de júbilo.  Cuando lleguen, se siente tan desgastado que la muerte parezca cerca.

Esto es el lamento de un hombre doliente.  Muchos enfermos hoy en día conocen el sentimiento.  Para aquellos con enfermedades graves la vida se vuelve en una cámara de tortura.  Quieren morirse, y les llama la atención el suicidio asistido.  Les parece sólo razonable que el desahuciado tenga el derecho para poner un fin a su sufrimiento con la ayuda de un médico.  Preguntan: “¿Es de quién la vida?” 

No cabe duda cómo Jesús respondería a la pregunta.  Lo encontramos en el evangelio como el opuesto de Job en la primera lectura.  Mientras Job se sienta en la miseria, Jesús anda con toda energía.  Los evangelios de los últimos tres domingos describen un día en su vida.  Hace dos semanas Jesús proclamó la buena nueva y llamó a sus primeros discípulos.  El domingo pasado Jesús expulsó el espíritu inmundo.  Hoy en el evangelio él sana a la suegra de Simón y cura a muchos otros enfermos.  El pasaje de hoy incluye una huella de la fuente de su energía.  Jesús se levanta en la madrugada para rezar.  Si fuéramos a preguntar a Jesús, ¿quién es el dueño de la vida?, sin duda respondería: “Dios, mi Padre, el Creador”.

Quizás los agnósticos querrán oponerse a Jesús.  Dirían algo como: “Pero si el enfermo no cree en Dios, seguramente podría suicidarse si desea”.  No es cierto.  Pues, sea que cree en Dios o sea que no cree, Dios existe.  Además cada persona pertenece a diversos grupos que llevan reclamos sobre él o ella.  Somos miembros de una familia a quien debemos el amor.  Somos trabajadores de una empresa que exige nuestro servicio.  Somos ciudadanos de una nación que nos reclama la participación al menos por los impuestos y la votación.  También existe el temor razonable que si se les ayuda a los enfermos tomar sus propias vidas, en tiempo será una expectativa.  Entonces serán aniquilados los enfermos pobres o los enfermos sin alguien para defender sus derechos.

¿Qué deberían hacer los enfermos tan agotados que han perdido el deseo de vivir?  En primer lugar deberían pedir medicinas para aliviar el dolor y la depresión. También podrían orar que Dios les socorra.  Él es como un padre amoroso siempre listo para ayudar a sus hijos.  Pero si se siente que el fin está cerca, podrían implorar a Dios que les llame a la muerte. No es cuestión de desear el fin tanto como esperar una vida nueva.  Pues nuestra fe enseña que los fieles tienen un destino eterno. 

Pero la cuestión no es sólo lo que podrían hacer los enfermos sino también lo que podríamos hacer nosotros para ayudarles.  Hace algunos años una pareja llevó su perro a los asilos de ancianos para que los residentes lo toquen.  Evidentemente tocando a un animal manso es fuente de un consuelo para los encerrados.  Ciertamente nosotros podremos hacer algo semejante aunque no sea más que visitar a residentes de los asilos cada semana.

¿Qué debemos al otro en la sociedad?  Como cristianos quisiéramos responder “el amor”.  Pero ¿qué es el mínimo que le debemos como conciudadanos?  ¿No es que no le hagamos mal?  Y esto es precisamente en juego cuando algunos hablan del suicidio asistido.  El valor de la vida de todos se disminuye un poco cuando se elimine la vida de uno.  Para defender la dignidad de todos la Iglesia insiste que no se permita la eliminación  de ninguno.

El domingo, 28 de enero de 2018

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 18:15-20; I Corintios 7:32-35; Marcos 1:21-28)

En el evangelio hoy el espíritu inmundo pregunta a Jesús: “¿Has venido a acabar con nosotros?” La respuesta sencilla es “sí”; el Señor está aquí para acabar con toda inmundicia espiritual.  No quiere que nada nos impida de conocer a Dios. En los tiempos antiguos tanto como ahora la inmundicia ha existido mucho en los pecados carnales.  Los hombres se han aprovechado de las mujeres por el placer.  Se espera que las mujeres se conduzcan de manera moral.  Pero siempre ha habido prostitutas seduciendo a los hombres por el dinero y otras damas por diversos motivos.  Jesús vino para invertir estos tipos de la explotación humana.  Tenemos vislumbres de los efectos de sus esfuerzos en las cartas de San Pablo.

Por los últimos tres domingos hemos leído en la misa secciones de la Primera Carta a los Corintios.  En cada caso Pablo ha tratado de los deseos sexuales.  Hace dos semanas Pablo advirtió del gran valor del cuerpo cristiano.  Dijo que los bautizados fueron comprados con la sangre de Cristo.  Por eso, sus cuerpos pertenecen a Dios.  No en la Carta a los Corintios sino en otra, la Carta a los Efesios, Pablo (o uno de sus discípulos) dice que la unión entre los esposos representa la unión de Cristo con su iglesia.  Eso es, cuando los esposos tienen relaciones íntimas, están tocando a Cristo.  No van a sentir la presencia de Cristo al momento.  Pero será el efecto del dar del yo al uno y al otro libre y completamente.  Porque la fornicación es una perversión de esta unión con Cristo, Pablo la condena.

El domingo pasado el apóstol recomendó que los casados vivieran como si no fueran casados.  Su razón era que el mundo terminara pronto.  No reprendió a los casados por tener relaciones sino pensaba que fuera mejor que se dedicaran plenamente al regreso de Cristo.  Para nosotros estas palabras pueden tener otro significado.  Aunque valoramos el matrimonio, tenemos que reconocer que existen otros modos para conducirnos a Cristo.  En ciertos momentos la oración u otra obra espiritual pueden ser aún más efectivas que las relaciones matrimoniales para unirse con el Señor. 

Deberíamos reconocer también que algunos querrán dedicarse al servicio de la Iglesia o la contemplación de Dios sin casarse.  Como estados de vida estas actividades pueden servir como modos más directos a la unión con Cristo.  Esto es lo que Pablo indica en la lectura hoy.  El matrimonio existe para llevarnos al Señor pero envuelve varias distracciones.  Entretanto los religiosos y las religiosas son como los solteros de la lectura hoy.  Ellos tienen menos distracciones que los casados aunque todavía tienen que cocinar y lavar ropa.   

Hay que decir que las relaciones sexuales no son Dios.  Hoy en día muchos viven como si fueran, como si nada fuera más importante.  Pero no son lo más importante, mucho menos son Dios.  Las relaciones sexuales llevan a los matrimonios a la unión con Cristo por todo lo que producen: los hijos, el conocimiento íntimo de otra persona, y más conciencia de la providencia de Dios.  De todos modos es Cristo, no las relaciones sexuales, que es indispensable.  Cristo nos hace plenamente humanos – hijos e hijas de Dios – como Dios creó a los primeros humanos.  De hecho, por Cristo es necesario en ciertos momentos que los hombres y mujeres rechacen el sexo.  Es el caso cuando no son casados.  Aun dentro del matrimonio puede ser requerido.  Cuando la pareja no deberían tener más hijos, será necesario que se refrenen mientras la mujer está fértil.


La Carta a los Efesios dice que la unión matrimonial constituye un “misterio profundo”.  Sí es difícil comprender porque esto tiene un efecto totalitario a la pareja.  Sin embargo, cuando relacionamos la unión matrimonial con Cristo, empieza a hacer sentido.  Tan íntimos como matrimonios sienten en su luna de miel, aún más cerca está Cristo a sus fieles.  Aún más cerca está Cristo a sus fieles.


El domingo, 21 de enero de 2018

EL TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Jonás 3:1-5.10; I Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20)

Un prisionero espera la liberación pronto.  Su tiempo encarcelado ya está cumplido.  No más sus días serán llenados sólo de la rutina carcelaria.  Más bien una gama de oportunidades lo espera.  Pero el hombre tiene que decidirse ya qué va a hacer con su vida.  ¿Va a volver al vicio que causó su encarcelamiento en el primer lugar?  O ¿va a quedarse con su familia trabajando como todos y disfrutándose en cuanto pueda?  O, tal vez, ¿va a dedicarse al Señor con rezos y servicio a los demás? 

El evangelio hoy nos presenta una situación semejante.  En ello toda la humanidad queda como si fuera encarcelada por siglos. Dice la lectura que Jesús viene predicando: “…el Reino de Dios está cerca”.  La venida del Reino significa que el mal tiene que rendirse a la autoridad de Dios.  Finalmente el engaño tendrá que inclinarse ante la justicia; el desdén tendrá que dar paso al respeto para el otro. El Reino de Dios no es un gobierno con métodos efectivos para castigar a los malvados.  Más bien, el Reino es Jesús mismo lo cual nos anima para dominar los deseos excesivos del yo.  Acercándonos a Jesús,  nos sentimos la afirmación que resulta en el amor para Dios y la preocupación por todos.

El encuentro con Jesús nos llama al arrepentimiento de nuestros modos pecaminosos.  Hemos deseado más cosas, placeres, y experiencias que no son ni necesarias ni siquiera provechosas.  No consideramos suficientemente a Dios, mucho menos a los demás.  Pero una vez que conozcamos a Jesús, este orden se invierte.  Como con los jesuitas nuestra preocupación se hace “la mayor gloria de Dios”.  Para glorificar a Dios uno de los mártires de Argelia había renunciado ambos a su novia y su consultorio privado.  Se hizo monje dedicando su conocimiento médico para atender a los musulmanes del pueblo cuando los radicalistas lo asesinaron. 

Nuestra acción no es sólo la reorganización de nuestras prioridades viejas sino también la aceptación de una esperanza nueva.  Manda Jesús también que creamos en el evangelio.  Esta buena nueva dicta que no vamos a quedar desconsolados en nuestro servicio.  Más bien tendremos su apoyo hasta el fin de cuentas cuando experimentaremos la vida eterna.  Esto es un premio que los griegos de la antigüedad no atrevieron a esperar.  En verdad no sabemos exactamente ni cómo ni cuándo va a ser realizada esta esperanza.  Sin embargo, ella nos lleva por las dificultades y seducciones del mundo a una vida recta.

Hasta ahora no se ha mencionado cómo la gente reacciona a la predicación de Jesús.  Entonces el evangelio muestra a dos hermanos echando sus redes en el mar.  Cuando Pedro y Andrés oyen el mandato de Jesús que lo sigan, dejan todo para cumplirlo.  Esta historia explica más la autoridad de Jesús que la obediencia de los hermanos.  Tiene una personalidad tan magnética que no se pueda evitarlo.  Es como el profeta Jonás en la primera lectura.  Su predicación es tan dinámica que la gente no pueda resistir creerla.  

Nosotros católicos podemos considerar a nosotros mismos con Pedro en la primera llamada de Jesús. Pues tenemos como nuestro cabeza al papa, el sucesor de Pedro.  Entonces, se puede ver a otros con Santiago y Juan en la segunda llamada.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.e ver a otros con Santiago y Juan en la segunda.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.

Cada año del dieciocho al veinticinco de enero toda la Iglesia reza por la unidad cristiana.  Esperamos que todos los bautizados un día compartan en la misma Eucaristía.  Podemos entender el evangelio de hoy como significando esta reunión.    Que un día pronto aquellos de la llamada de Pedro y aquellos de la llamada de Santiago y Juan se reconozcan como unidos en la misma barca de Jesús. Que pronto nos reconozcamos como unidos en Jesús.

El domingo, 14 de enero de 2018

EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO, 14 de enero de 2018

(I Samuel 3:3-10.19; I Corintios 6:13-15.17-20; Juan 1:35-42)

Los consejeros se prueban sabios cuando le preguntan a un joven: ¿”Qué buscas en la vida?”  Por eso, no deben sorprendernos las primeras palabras de Jesús en este evangelio de Juan.  Les pregunta a dos discípulos de Juan el Bautista: “’¿Qué buscan?’” Deberíamos escuchar el interrogante dirigido a cada uno de nosotros también.  ¿Qué buscamos en la vida?

Algunos dirán “la plata”; otros responderán “el poder”, aun otros “el placer”.  Pero la mayoría de la gente, creo, al menos en sus momentos más honestos no quiere algo tan pretensioso como ser millonario o ser gobernador.  Su meta en la vida consiste principalmente en tener a una esposa bonita (o un esposo guapo), a dos niños sanos e inteligentes, y una casa cómoda.  Aunque aparezcan inocentes estas cosas, presentan un problema.  ¿No es posible sacar más de la vida que ochenta y pico años de la rutina ordinaria?  Por lo menos parece que los discípulos de Juan el Bautista tienen más en cuenta para sí mismos cuando responden al interrogante de Jesús.  Dicen: “’¿Dónde vives, Rabí?’” Eso es, quieren conocer el lugar del Hijo de Dios; a decir, la vida de la harmonía.  Quieren escaparse de los altibajos de esta vida para tener una vida de la paz y el amor.

Jesús no les niega la oportunidad.  Les responde, “’Vengan a ver’”.  No se dice que pasa en la casa pero tampoco es difícil imaginar los sucesos.  Como en la casa de Marta y María, les enseñará.  Como en la casa de Leví, comerá y beberá con los pecadores tanto como sus discípulos.  Y como en la casa de Zaqueas, les impartirá la salvación.  En breve experimentaran la misericordia de Dios en el encuentro íntimo con Su hijo. 

Jesús nos tiene la misma oferta.  Él tiene su casa en nuestros corazones.  Por el hecho que es la fuente de nuestra existencia, él está más cerca de nosotros que somos a nosotros mismos.  De veras, no podríamos existir sin su presencia.  En el interior de nuestro ser, entonces, podemos conocer todo el amor de Dios.  Para experimentarlo tenemos que quitarnos del trajín del mundo y contarle a Jesús las angustias y las ilusiones de nuestra vida.

Conocer a Jesús de esta manera no admite la flojera. Inmediatamente queremos compartir con los demás la alegría de ser amigos de Jesús.  Por esta razón los papas recientes no cansan de decir que la fuente de la evangelización es una relación íntima con Jesús.  En el evangelio vemos a Andrés volviéndose de su encuentro con Jesús con ganas a compartir la experiencia con su hermano Simón.  Describe la persona de Jesús como el “Mesías”, eso es, el que llevará al mundo entero a la gloria.

Para cumplir este proyecto, que es enorme, Jesús necesitará a apóstoles comprometidos a él de modo especial.  Le harán falta a personas dedicadas a la predicación de la palabra.  Necesitará a personas capaces a gobernar la comunidad en la fe.  Por eso, impone un nuevo nombre sobre Simón.  De ahora en adelante se conocerá como Pedro, la roca que dará a la comunidad la estabilidad.  Igualmente ahora Jesús sigue llamando a algunos a tomar puestos de la responsabilidad por su Iglesia.  Necesita a  ambos hombres y mujeres a dedicarse a la oración y el ministerio.  Espera que respondan como Samuel en la primera lectura: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”.


Este fin de semana los americanos honran a un hombre que respondió “sí” a la llamada del Señor.  Pero su comunidad extendió más allá de una comunidad de fe, aún más allá del pueblo con lo cual siempre es asociado. El doctor Martin Luther King condujo a todas personas de buena voluntad a una mayor justicia.  Dirigido por el Evangelio, el doctor King se hizo, como Pedro, ambas la roca y el portavoz en la lucha para la igualdad de todos ante la ley.  Por sus esfuerzos el mundo entero está unos pasos más cerca de la vida de la harmonía que anhela.  Por Martin Luther King el mundo está más cerca de la harmonía.