El domingo, , 24 de junio, 2018


SOLEMNIDAD DE NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

(misa vespertina: Jeremías 1:4-10; I Pedro 1:1.8-12; Lucas 1:5-17; misa del día: Isaías 49:1-6; Hechos 13:22-26; Lucas 1:57-66.80)

Todo el mundo sabe que celebramos el nacimiento de Jesús al 25 de diciembre.  Hoy, el 24 de junio, estamos celebrando el nacimiento de san Juan Bautista.  No es accidente que estas fiestas quedan casi seis meses aparte.  Pues Jesús es como el sol naciente.  La Iglesia demuestra esta verdad por fijar su nacimiento al solsticio del invierno.  Desde entonces la luz del día, al menos en el hemisferio norteño, se hace más larga.  Entretanto la Iglesia coloca el nacimiento de Juan al solsticio verano.  Desde ese día la luz del día comienza a disminuirse.  Pues Juan dice en un evangelio: “’Es necesario que él (Jesús) crezca, y que yo disminuya’” (Juan 3:30).

Sin embargo, no deberíamos pensar en Jesús y Juan como contradictorios.  No es que fueran enemigos ni siquiera adversarios.  Ni es que Jesús valga y Juan se marginalice.  Más bien los dos son complementarios.  Los dos se llevan bien como la mano en un guante.  Siempre daremos la preeminencia a Jesús.  Pero nos hace falta reconocer la importancia de Juan como quien nos presenta al Señor.  Los chinos hablan de yin y yang como principios complementarios.  El yang es la fuerza positiva como la luz y la actividad.  Se puede identificar a Jesús con este principio.  El yin es la fuerza negativa como la oscuridad y la pasividad.  Se identifica este principio con Juan.  Los dos son buenos pero tienen papeles diferentes.

En el evangelio los dos, Jesús y Juan, predican el mismo mensaje básico: “’Arrepiéntanse porque el reino del cielo está cerca’” (Mateo 3:2 y Mateo 4:17).  Pero hay diferencia en el motivo de sus exhortaciones.  Para Juan hay que arrepentirse o ser destruido por la ira del Altísimo.  Jesús, en cambio, quiere que  la gente se arrepienta por no perder el amor de Dios Padre.   Tal vez la advertencia de Juan tenga más probabilidad de movernos a responder.  Después de todo nadie quiere ser devorado en un incendio.  Sin embargo, es la confirmación amorosa del Santísimo que nuestro corazón anhela sobre todo.

Juan es el precursor.  Viene antes de Jesús anunciando su venida.  Lo hace hacia el fin de su vida cuando proclama en el desierto: “’El que viene detrás de mí…más poderoso que yo’” (Mateo 3:11).  También anuncia Juan la venida del salvador desde el seno de su madre en el principio de su vida.  Dice el evangelio de san Lucas: “Tan pronto como Elizabet oyó el saludo de María (embrazada con Jesús), la criatura saltó en su vientre” (Lucas 1:41).  Además Juan proclama el adviento del Señor por su vida de penitencia.  Lleva pelo de camello y practica la dieta de saltamontes para decir que ya no es tiempo de flojera.  Más bien es la última oportunidad para prepararse del juicio. 

Como somos llamados a vivir como Jesús, somos para imitar a Juan también.  No es necesario que llevemos pelo de camello, pero sí deberíamos anunciar la presencia del Señor.  Inclinar la cabeza cuando pasamos una iglesia católica indica al mundo que el Señor está allí dentro del santuario.  Asimismo rezar en público antes de comer muestra a los demás que vivimos por más del pan de la mesa.  Después de todo, la religión no es estrictamente un asunto privado.  A toda la sociedad le falta a Dios.  Él viene para asegurar que nadie se marginalice.  Él viene para enseñarnos que la penitencia y el gozo son complementarios como el yin y el yang.   Él viene para confirmar a todos en el amor del Santísimo.

El domingo, 17 de junio de 2018


EL UNDÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, 17 de junio de 2018 

(Ezequiel 17:22-24; II Corintios 5:6-10; Marcos 4:26-34)

Recientemente una reflexión sobre un roble apareció en una revista católica.  El autor comparó su modo de vivir con siete características que él ve en el roble.  Dijo, por ejemplo, que el roble es tan generoso que comparta su sombra  con todos.  Entretanto él es mezquino con su tiempo, su cartera, y su corazón.  En el evangelio hoy Jesús también tira de la naturaleza lecciones a aplicarse al Reino de Dios.

Jesús nota cómo el Reino no aparece de noche a día.  Más bien, tarda mucho como la cosecha una vez que se siembre la semilla.  Se puede ver este proceso lento en la lucha por la justicia y la paz.  Hace setenta años, por ejemplo, las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Esto es un compendio de las libertades que todos gobiernos del mundo deben apoyar.  Fue un paso significante pero no en sí transformador.  Desde entonces se han notado muchas violaciones de los derechos.  Por la falta humana no vamos a ver el cumplimiento de los derechos para todos hasta venga Cristo.  Pero ahora por lo menos tenemos normas para ayudarnos buscar lo que anhelamos ver.

También Jesús compara el Reino a un arbusto de mostaza.  Dice que el Reino desarrolla como este arbusto crece de una semillita en un refugio para pájaros.  Las Caridades Católicas en muchas diócesis reflejan este crecimiento gradual.  Acostumbradamente comenzaron como una obra humilde como el repartir de comidas a los pobres.  En tiempo crecieron en organizaciones con docenas de servicios.  Proveen auxilios tan básicos como la ayuda con la renta y tan complicados como el colocar de familias refugiadas.  No es el Reino de Dios en su plenitud sino un intento humano para aproximarlo.

La segunda lectura puede darnos pausa a los esfuerzos para mejorar las condiciones de la sociedad.  En ella Pablo nos recuerda que la tierra no es nuestra patria.  Dice que estamos destinados a salir de nuestros cuerpos para vivir con el Señor.  Entonces nos preguntamos: ¿por qué queremos preocuparnos de lo que pase en el mundo?  ¿No sería mejor sufrir calladamente las injusticias acá pensando en nuestro hogar eterno?  Después de todo muchos se refieren a la vida de los santos difuntos como el “Reino de Dios”.

El Concilio Vaticano II se dirigió a esta inquietud.  Dijo que hay una semejanza entre la vida como es ahora y el Reino que aparecerá cuando regrese Jesús.  No es que la tierra termine y Jesús la reemplace con el cielo.  Según el Concilio el fruto de nuestros esfuerzos, que ya es manchado por el pecado, se transformará.  Con la venida de Cristo los bienes que hemos producido recibirán su perfección.  Por eso, nuestros intentos para instalar una sociedad de paz y justicia no son vanos.  Más bien son meritorios desde que aumentan la esperanza de la venida del Señor.  Al final de los tiempos estamos destinados no a un cielo distinto sino a un mundo transformado. 

En fin ¿qué es el Reino de Dios?  Aparece en diferentes formas y es descrito con diferentes términos.  Podemos decir que el Reino es el fruto final de nuestros esfuerzos para el bien de todos.  Es también el premio que recibimos por nuestros esfuerzos.  Además es el mundo transformado con la venida de Jesucristo al final de los tiempos.  Es la justicia, la paz, y el amor que anhelamos vivir.  En breve es la presencia de Dios a nosotros que nos alegra, nos conforta, y nos perfecciona.  El Reino es la presencia de Dios a nosotros.


El domingo, 10 de junio de 2018


EL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13-5:1; Marcos 3:20-35)


“’¿Dónde estás?’” Se puede dirigir la pregunta que hace Dios a Adán en la primera lectura a cada uno de nosotros.    Pero la pregunta a nosotros no tiene que ver tanto con el lugar del cuerpo sino el lugar del alma.  ¿Estoy más cerca a Dios o a Satanás?  ¿Estoy inclinado al bueno o al malo?  ¿Vivo por los demás o sólo por mi propio bien?  ¿Dónde estoy?

San Pablo no tiene duda dónde está él.  Ha entregado su vida al servicio de Cristo.  Como expresa en la segunda lectura, está desgastándose con el anuncio de la resurrección de Jesús.  Aunque algunos han negado sus motivos, él lleva en su cuerpo las marcas de la campaña.  No se puede decir otra cosa.  Pablo ha dado de sí mismo cien por ciento para colocar a los corintios en el camino de la vida.

¿Dónde estamos?  ¿Podemos como Pablo apuntar a varias personas a las cuales hemos apoyado en la fe?  Esperemos que hayamos fortalecido la fe al menos de nuestros hijos.  Si hemos bendecido la comida antes de consumirla, nuestra respuesta será sí.  Si hemos rezado con ellos antes de acostarse, también la respuesta será sí.  Sobre todo si los hemos llevado a la misa dominical, la respuesta será sí.  Ellos han aprendido de nosotros que la vida es un don de Dios a quien debemos el agradecimiento.

Hablamos del “buen ladrón”.  Supuestamente el “buen ladrón” es el bandido crucificado al lado de Jesús.  Según el evangelio de Lucas (y sólo Lucas) este hombre pide al Señor que se acuerde de él en la gloria.  Y Jesús se lo promete.  Por eso, se le merece el título el “dichoso ladrón”, no el “buen ladrón”.  En el evangelio hoy Jesús se refiere a sí mismo como un ladrón.  Pues él es quien que ha metido a la casa de Satanás, el príncipe del mundo, para robarle de la humanidad caída.  Él nos ha quitado la idea que nuestra vida es sólo nuestra producción.  Por eso, podemos gastarla como nos dé la gana.  Jesús nos ha dejado con la seguridad que somos amados por Dios para siempre. 

¿Dónde estamos? ¿Estamos con Jesús, el “buen ladrón”?  Nuestra respuesta es “sí” si vamos a las periferias para sacar a los necesitados de la miseria.  La periferia, como diría el papa Francisco, también es más lugar del alma que del cuerpo.  Es dondequiera no estemos cómodos.  Puede ser la casa de nuestros suegros a quienes sospechamos que no les caigamos bien.  Más probable es el asilo de ancianos que nos recuerda de la fragilidad humana.  O puede ser una cárcel que nos colme con el temor.   Allá ataremos a Satanás, el hombre fuerte, por dominar nuestros deseos.  Arrebataremos a los necesitados de la miseria por mostrarles la compasión. 

La periferia para unas mujeres es el servicio de alimentos para los pobres de la calle.  La primera vez que vienen, las damas sienten el temor.  Pero pronto se dan cuenta que los pobres no son más violentos ni más rudos que otros grupos.  Los llaman por nombre y les permiten a ayudar con la limpieza.  Se puede decir que les roban de la miseria y les suministran la dignidad.  Seguramente ellas están con Jesús.

El domingo, 3 de junio de 2018


La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo 

(Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16.22-26)


Hay un retrato de Santo Domingo por Fray Angélico que llama la atención.  Muestra al santo al pie de la cruz de Jesús.  Sus brazos aferran el madero como si fuera un bebé.  Entretanto, la sangre del salvador está derramando de su cuerpo.  Va a tocar las manos de Domingo como las olas de la marea creciente cubrirán la arena en la playa.  Es lo que quiere el santo más que cualquiera otra cosa.

Domingo sabe la eficacia de la sangre de Cristo.  Se da cuenta cómo ella le librará de todo pecado.  Es consciente cómo le unificará con Dios para siempre.  Domingo entiende esto como el significado de las tres lecturas de la misa hoy.  Moisés crea una alianza entre el Señor y la nación Israel.  Ellos serán Su pueblo, y Él será su Dios.  La Carta a los Hebreos revela una nueva alianza más perfecta por ser sellada con la sangre del Hijo de Dios.  La sangre derramada de cabríos en la antigua alianza podría efectuar un perdón de pecados.  Pero era un perdón jurídico que no podría cambiar la persona interiormente.  En cambio, el perdón ofrecido por la sangre de Cristo es transformativo.  Fortalece a la persona para que sea el verdadero hijo de Dios.  Cuando Jesús comparte el vino en el evangelio, él está anticipando el derramar de su sangre el día siguiente.  Será su último y mejor don al nuevo pueblo que está creando de Israel.

Hoy celebramos tanto el cuerpo como la sangre de Cristo.  Es tiempo de reflexión and de agradecimiento.  Tradicionalmente hemos hecho procesiones fuera del templo para atestiguar nuestra fe en la Eucaristía.  También queremos que nuestros vecinos sean benditos por la presencia de Cristo en el Santísimo.  Esto no es cosa trivial.  Más bien, habla grande y elocuentemente de nuestra transformación en la familia del Dios de amor.

El domingo, 27 de mayo de 2018


La Solemnidad de la Santísima Trinidad

(Deuteronomio 4:31-34.39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20)


Una autora recientemente describió su camino de fe.  Vino de un tipo de hedonismo a la verdadera fe católica.  Dice que fue bautizada como niña en la Iglesia Episcopal pero se crió sin mucha formación cristiana.  En la universidad participó en el libertinaje que caracterizó los años mil novecientos setentas.  Como resultado se hizo enferma y desde la enfermería experimentó una conversión intelectual a Jesús.  Por un rato conoció la paz de Cristo pero sin la base firme se cayó de nuevo en el pecado grave.  Entonces conoció a una sanadora cristiana llamada Graciela.  Así la escritora tuvo una experiencia realmente transformadora.  Dejó el modo de vivir pecaminoso y tomó parte en el ministerio.  Primero asistía a iglesias evangélicas pero eventualmente se hizo católica. 

La autora recalca con el papa Francisco la importancia que la Iglesia sea un hospital de campaña.  Como en su caso con la sanadora, la Iglesia debe ofrecer los servicios de socorro y consolación.  Pues en este mundo de placeres dañinos muchos quedan heridos ambos psicóloga y físicamente.  Pero, dice ella, la Iglesia tiene que ser más que una caridad.  La Iglesia es el guardián de las tradiciones y la sabiduría de las edades.  Como tal la Iglesia tiene que disponer estos recursos al servicio del pueblo.  Nunca debería abandonar los sacramentos y la teología como sus instrumentos primarios.  Pues sólo por ellos puede desarraigar el pecado.

La fiesta de hoy representa una de las tradiciones más antiguas y céntricas de nuestra fe.  La doctrina de la Santísima Trinidad fue desarrollada en los primeros cuatro siglos de nuestra época.  En ese tiempo respondió a varios errores en cómo pensar en Dios.  Dice que el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son el único Dios.  Pero no son tres partes de una unidad ni son tres modos de considerar la misma unidad.  Cada uno de las tres personas es distinto y cada uno comprende la totalidad de Dios.  Exactamente cómo existen así es un misterio difícil a entender pero necesario a aceptar.  Pues se puede decir que si el Hijo no fuera Dios, no tendría el valor de salvarnos del pecado.  Y si el Espíritu no fuera Dios, no podría hacernos hijos de Dios y herederos del cielo.

Nos cuesta entender cómo las tres personas de la Santísima Trinidad pueden ser uno.  También cuesta comprender cómo él único Dios puede ser tres.  Pero nuestra tarea en primer lugar es creer en ella, no entenderla.  En segundo lugar y aún más importante que nos realicemos la eficacia de ella.  Que seamos amorosos como el Padre, valerosos como el Hijo, e iluminadores como el Espíritu.  Así podemos ir por el mundo como el Señor Jesús nos dice en el evangelio.  Podemos mostrar a los lastimados por las drogas sonrisas acogedores.  Podemos decir a los desilusionados por el Internet palabras de comprensión. En breve podemos actuar, al menos un poco, como el Dios en que creemos.

El domingo, 20 de mayo de 2018

EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA)

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.

El sábado, 19 de mayo de 2018


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA)

(Génesis 11:1-9; Romanos 8:22-27; Juan 7:37-39)

En el año 1976 Irlanda Norte estaba en guerra civil.  La mayoría de la población, que era protestante, quería mantenerse unida con Inglaterra.  Entretanto, muchos de la minoría católica preferían formar parte de la Republica Irlandés al sur.  Había mucha discriminación, protesta, y retaliación resultando en la muerte de miles de civiles.  Un día un soldado inglés abrió fuego a un coche de los republicanos causándolo perder el control.  El coche atropelló una familia matando a tres niñas.  Mucha gente – ambos protestantes y católicos – decidió que demasiada sangre se había derramado.  Formaron manifestaciones de miles personas pidiendo un alto de la violencia.  Ellos anhelaron la venida del Espíritu Santo como San Pablo escribe en la segunda lectura hoy.

Pablo describe un pueblo cuyos gemidos para el alivio son unidos con las oraciones del Espíritu Santo.  Nosotros hoy en día seguimos añorando una sociedad más sana.  Vemos a los soberbios acaparrando la atención como los hombres de Babel en la primera lectura.  Ellos quieren construir una torre para llegar a Dios como si Él viviera encima de una nube.  Se ve este tipo de egoísmo hoy en los entretenedores que no refrenan nada en sus referencias al sexo.  Igualmente lo percibimos en el vestido de las mujeres que han perdido el sentido de vergüenza.  Pedimos que venga el Espíritu para corregir estas tendencias indecentes por el bien de todos.

El evangelio destaca a Jesús como la fuente del Espíritu Santo.  La ocasión es la fiesta de las Tiendas, una celebración que atrae a muchos peregrinos a Jerusalén.  La fiesta recuerda cómo el Señor acompañó a los israelitas por cuarenta años en el desierto.  Los peregrinos forman una procesión para sacar el agua de la piscina de Siloé a la orilla de Jerusalén.  Esta agua representa la que Moisés sacó de la roca en el desierto.  Los sacerdotes verterán el agua sobre el altar del Templo para simbolizar su capacidad de dar la vida.  Al mirar las actividades Jesús grita que él tiene agua viva.  Su agua es mucho más eficaz que la de la piscina porque concede la vida eterna.  El agua a la cual refiere es el Espíritu Santo que Jesús entregará una vez que muera en la cruz.

Nosotros hemos bebido de esta agua.  Pues hemos recibido al Espíritu Santo en el bautismo.  Ya es de nosotros para hacer lo que podamos para derrotar las fuerzas de violencia y soberbia.  No estamos solos en la lucha.  Han bebido del mismo Espíritu sinnúmeros de otras gentes.  Tal vez nuestro aporte sea limitado a no practicar la violencia y enseñar a nuestros hijos así.  Sería un paso adelante en la construcción de la paz.  Asimismo por refrenar de indirectas sexuales, contribuiríamos a un ambiente más sano.  Aquí vemos un propósito de la venida del Espíritu: crear una sociedad pacífica y sana por todos.


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA), 20 de mayo de 2018

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.

El domingo, 13 de mayo de 2018


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Marcos 16:15-20)


A lo mejor cuando pensamos en la Ascensión, tenemos en cuenta una imagen desequilibrada.  Sólo vemos a Cristo dejando a nosotros de modo que lo perdamos como guía.  Sin embargo, hay otra parte de la historia de la Ascensión que llama la atención.  Como indica la segunda lectura, hoy es la fiesta de Cristo tomando su puesto a la derecha de Dios Padre.  De allí reinará para siempre en favor de nosotros.  Lejos de ser una pérdida, la Ascensión nos beneficia en al menos tres maneras.  Cada una puede ser asociada con las tareas de la madre la cual festejamos hoy también.  Qué examinemos estas tres maneras para que apreciemos aún más ambas la Ascensión y nuestras madres.

Primero,  Jesús ha abierto un espacio para nuestros cuerpos.  Cualquier cosa el cielo fuera antes de la encarnación, ya tiene dimensiones físicas.  Pues el Hijo ha asumido un cuerpo como nuestro que requiere un espacio.  Cuando se levanta de la muerte y asciende al cielo, sigue la necesidad de colocarse en un lugar físico.  Por eso, en el Evangelio según San Juan Jesús dice que dejará a sus discípulos para prepararles un lugar (Juan 14:2-3).  Pensamos en nuestras madres como las que nos preparan la casa.  Sí, a veces son los padres que preparan la comida y lavan la ropa.  Pero generalmente la madre se encarga de estas tareas. 

Contando con un espacio en el cielo, deberíamos considerar cómo llegaremos a esa dicha.  La redención por Cristo nos hace familia de Dios con el destino de la vida eterna.  Sin embargo, tenemos que realizar este destino con obras de caridad.  Como nuestras madres rezan a Dios que hagamos Su voluntad, así Cristo nos intercede.  Es cierto que no estamos acostumbrados a pensar en Cristo rezando por nosotros como si fuera otro santo.  Pero la Carta a los Hebreos recalca este tema.  Dice que Jesús, el sumo sacerdote eterno, estará intercediendo en favor de nosotros para siempre (Hebreos 7:25).  Reza que el Padre nos envíe al Espíritu Santo para hacer obras buenas.  Sin el Espíritu, seríamos como ladrones siempre calculando cómo aprovecharnos de los demás.  Con el Espíritu estamos capaces del amor abnegado.

En el evangelio Jesús promete a los apóstoles las ayudas necesarias para llevar a cabo su misión.  Proveerá la habilidad de aprender nuevas lenguas, el don de sanar a enfermos, y la resistencia a los malos naturales.  También nos agradecemos a nuestras madres por darnos este tipo de auxilio.  Ellas curaron nuestras heridas cuando regresamos a casa lastimados.  También con su insistencia aprendimos nuestras lecciones de escuela.  Hay una historia de la vida de Barack Obama que muestra la entrega de madres para el bien de la familia.  Cuando vivían en Indonesia, la madre del presidente anterior lo despertaba a las cuatro y media para darle clases extra.  Si se quejó el niño que estaba cansando, la madre insistió en la disciplina.  Dijo: “Esto no es una merienda para mí tampoco”.

Como muchas personas, Barack Obama recuerda a su madre sobre todo por su amor incondicional.  Ella le dio un auto-estima a pesar de los prejuicios de otras personas y de sus propias faltas.   Sin embargo, en cuanto al amor incondicional nuestras madres nos dan sólo una sombra de aquel de Jesús ascendido al cielo.  Pues de allí Jesús ama no sólo a sus discípulos sin condiciones sino al mundo entero.  Es cierto.  Jesucristo ama a todos sin condiciones.


El domingo, 6 de mayo de 2018


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 10:25-26.34-35.44-48; I Juan 4:7-10; Juan 15:9-17)



La Hermana de la Misericordia María Chin era persona cumplida.  Tanto en obras como en palabras ella sobresalió.  Una vez describió esta experiencia formativa de su carácter.  Cuando todavía era muchacha, una religiosa se la llevó a un leprosorio en su país nativo Jamaica.  Llegaron a la puerta de una leprosa llamada Miss Lilian y la tocaron.  Desde adentro contestó una voz alegre, “Entren.”  La jovencita saltó adentro con mucha emoción, pero una vez allá quedó paralizada.  Enfrentaba a una mujer con cara completamente destrozada.   La leprosa ofreció a María su mano que era no más que un tocón sin dedos.  Le dijo a María, “Pon tu mano en la mía.”  “No puedo; tengo miedo,” gimió la muchacha.  “Sí, puedes,” respondió Miss Lilian, “…mira las flores del campo.  Dios no permite que les llegue el daño.”  Dijo la hermana Chin que no sabía cómo le pasó, pero en un instante su mano quedó en la de la leprosa.  Entonces, sintió una onda de poder llenando su cuerpo hasta su propia alma. 

En un instante María Chin aprendió la esencia del amor.  El verdadero amor, que llamamos también la caridad, no es simplemente desear lo bueno para el otro.  Más bien, es la unión del alma con la de otra persona.  Esta unión va a costarnos mucho.  Pues estamos comprometiéndonos al bien de él o ella.  Como enseña la segunda lectura, el modelo de este amor es Dios enviando a Su Hijo al mundo para salvarlo.  Tal vez la descripción del amor que hizo el gran escritor ruso Fiador Dostoievski nos ayudará. En una novela escribe: “El amor en acción es una cosa áspera y espantosa comparada con el amor de los sueños…” 

El verdadero amor no es fácil.  Por esta razón Jesús habla en el evangelio hoy del mandamiento del amor.  Si fuera algo fácil, ¿tendría que obligarnos a cumplirlo?  Vemos este amor en los hijos que cuiden de su madre o padre con Alzheimer.  Se privan de oportunidades de hacer vacaciones aún de ir al cine para atender las necesidades del otro 24/7.

A veces el amor requiere que estiremos nuestros límites para incluir al otro.  En la primera lectura Pedro tiene que cambiar su parecer acerca de quien sea su hermano.  Pensaba que sólo pudiera compartir la fraternidad de la mesa con los judíos que guarden la ley.  Sin embargo, la presencia del Espíritu Santo a Cornelio le enseña la necesidad de abrir su corazón par en par.  Tiene que aceptar a los gentiles que crean en Jesucristo como hermanos también.  De igual modo es necesario que veamos a los musulmanes, los testigos de Jehová, y los masones como al menos hermanos y hermanas potenciales.

Tal vez nuestra época impida el proyecto del amor.  Vivimos en un tiempo con invenciones que quiten la pena de muchos trabajos.  La mayoría de las casas tienen lavadoras de ropa si no de platos.  Empezamos a pensar que el amor debe cumplirse tan fácilmente.  Pero no es así.  Más tarde o más temprano el verdadero amor cuesta.  Es una búsqueda continua para el bien del otro que conlleva el compromiso.  No es fácil pero es beneficioso.  El amor no sólo ayuda al otro sino nos lleva a nosotros más cerca a Dios.  Él es nuestro destino en la vida, lo que nos importa sobre todo.  El amor nos lleva más cerca a Dios.

El domingo, , el 29 de abril de 2018

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 9:26-31, I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)


Hace poco hubo un espectáculo en el pueblo.  Por tres noches seguidas se presentó una obra dramática en el teatro municipal.  Según un reporte era escandalosa.  Tenía referencias al sexo obsceno desde el principio hasta el fin.  Una pareja dijo que no hubo nada de valor artístico.  A lo mejor han existido espectáculos destacando la desnudez desde siempre y cines pornográficos desde la invención de la cámara cinematográfica.  Lo que es relativamente nuevo es la introducción de estas cosas en los centros culturales.  Es prueba de la verdad de la profecía que hizo el papa San Pablo VI hace cincuenta años.

En el año 1968 Pablo VI publicó su encíclica sobre la transmisión de la vida humana, Humanae Vitae.  Él tenía que declararse en la cuestión social más ardiente al tiempo: el uso de métodos artificiales para controlar el número de hijos en un matrimonio.  Muchos querían que él cambiara  la enseñanza de la Iglesia condenando anticonceptivos. Pues había mucha preocupación sobre los efectos de poblaciones crecientes en los países subdesarrollados.  También surgían entonces nuevos métodos de control la fertilidad más efectivos y, supuestamente, seguros.

Sin embargo, el papa decidió en contra de la anticoncepción artificial.  Dijo que Dios ha construido el acto conyugal como ambos procreativo y unitivo. Por eso, si la persona humana intenta separar estos dos significados en la realidad, estaría ofendiendo el plan del Creador.  Tal ofensa tendría consecuencias negativas que el papa predijo.  Ahora, después de dos generaciones se puede observar que el papa tenía toda razón. 

Una consecuencia lamentable del uso global de anticonceptivos ha sido el crecimiento de abortos.  Con las píldoras anticonceptivas disponibles en todas partes el varón no más se siente a sí mismo responsable para un embarazo inesperado.  Razona: es la culpa de ella por no usar la píldora.  Entretanto, o por vergüenza o por razones económicas la mujer muchas veces opta a abortar la creatura. 

El uso de anticonceptivos ha convertido la intimidad sexual de una expresión de amor a un modo de placer.   El resultado ha sido la desvalorización de la mujer. Ya no es apreciada tanto como una pareja de vida y una madre.  Más bien, es mirada como un objeto con lo cual se puede jugar.  Aunque este abuso siempre ha sido conocido, regularmente fue escondido por razón de miedo.  Sólo el año pasado cuando una serie de mujeres declaró contra un cacique de Hollywood, se hizo creíble la depredación sexual en escala grande.  Ahora mujeres en diferentes carreras están contando historias similares en el movimiento “MeToo” (“YoTambién”.

Una consecuencia trágica del uso de anticonceptivos que Pablo VI no previo es la soledad.  Ya en varias naciones del occidente muchos mayores viven y mueren solos.  No es inaudito que se descubren sus cadáveres sólo cuando empiezan apestar.  No queriendo tener a hijos, ellos encontraron el método para realizar su deseo fácilmente disponible.

Estos sucesos tristes dan testimonio a las lecturas hoy.  En la segunda lectura San Juan pide a su audiencia que amen no solamente de palabra sino “de verdad y con obras”.  Se puede aplicar estas palabras a las parejas que hablan de amor pero un amor defectivo.  Particularmente los no casados quieren sacar sentimientos de placer y júbilo con el acto sexual.  Sin embargo, no quieren hacer el sacrificio por el bien del otro que constituye el amor de verdad.  En el evangelio Jesús llama a sí mismo la vid y nosotros los sarmientos.  Quiere que pertenezcamos en él para que Dios Padre pueda podarnos de errores.  La Iglesia es el Cuerpo de Cristo.  Qué nos quedemos files a ella para que sus enseñanzas nos quiten ideas erróneas.

El uso global de anticonceptivos ha resultado en mucho sufrimiento.  Es triste porque el mundo actual podría haberlo evitado. Si hiciera caso al papa profético San Pablo VI, el amor conyugal sería más plenamente “de verdad y con obras”.  Es tiempo para nosotros católicos dar a la encíclica Humanae Vitae otra lectura.

El domingo, 22 de abril de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Hace dos semanas se publicó un escrito nuevo del papa Francisco.  Tiene que ver con la santidad.  ¿Qué es esto: no nos importa la santidad?  Si esto fuera la verdad, habríamos perdido la esperanza de la vida eterna.  Pero porque todos tenemos la inquietud sobre la vida después de la muerte del cuerpo, vale la pena hacer caso de lo que el papa ha escrito.  Está actuando como vicario de Jesucristo, el Buen Pastor del evangelio de hoy.

Dice el evangelio que Jesús es el Buen Pastor porque da su vida por sus ovejas.  Logramos la santidad cuando nos unamos con él en su vida, muerte y resurrección.  Pero la condición caída humana nos inclina al sentido contrario.  Por la mayor parte deseamos el placer, el poder, y el prestigio más que la santidad.  Por eso, nos hace falta redoblar los esfuerzos para conformarnos con Jesús.  El papa describe varios aspectos de la imitación de Cristo, pero vamos a recalcar aquí sólo tres: la humildad, la comunidad, y la cercanía a los pobres.

Particularmente hoy en día a la gente le gusta jactarse de su autonomía.  Como se ha cantado muchísimo, "logré vivir a mi manera”.  Pero Jesús siempre hizo lo que quería su Padre Dios.  Se humilló a sí mismo por hacerse humano y más aún por ser crucificado.  Como dice Pedro en la prima lectura hoy, Jesús era “la piedra desechada”.  La humildad nos recuerda que no somos el único alrededor de lo cual revuelve el mundo; Dios es.  Por eso, Santa Teresa de Lisieux escribió que no quería comparecer ante Dios enseñándole sus propias obras.  Más bien, cuando viniera su tiempo, ella quería contar con la justicia de Él.  Para asegurar la humildad el papa recomienda que recordemos cómo nuestras vidas son regalos. Entonces las llevamos a la perfección cuando las regalemos en torno por los demás. 

Por la gran mayor parte aprendemos la humildad en la comunidad.  Sea en forma de la familia, la escuela, o la parroquia, necesitamos la comunidad para crecer en la virtud y evitar el vicio.  Pero casi siempre nuestra tendencia es para rebelarnos contra los demás.  Deseamos ser independientes, lejos de aquellos que pueden enseñarnos cómo vivir en este mundo con el corazón apegados a Dios.  El papa Francisco dice que “la comunidad que preserva los pequeños detalles del amor…es lugar de la presencia del Resucitado (Jesús)”.   Está pensando en el hombre que cada domingo se levanta temprano para hacer el desayuno por la familia antes de la misa.  Tiene en cuenta la mujer que cada día a las seis de la tarde llama a su suegra en otra ciudad.

En el evangelio Jesús habla de “otras ovejas que no son de este redil”.  Dice que tiene que cuidar a ellas también.  Se piensa con razón que está refiriéndose a las diferentes comunidades cristianas en el primer siglo.  Sin embargo, podemos imaginarlo tomando en cuenta con la frase a los pobres.  Muchas veces ellos no nos acompañan a la misa.  Pues son enfermos o no bien educados.  Sin embargo, como el papa dice, Jesús se identifica con ellos.  Nunca debemos considerar a un sufriente como problema o como estorbo en el camino.  Más bien deberíamos pensar en él o ella como Cristo que nos ayudará crecer en la santidad.

En la segunda lectura San Juan llama a los miembros de la comunidad de Cristo “hijos de Dios”.  No somos Sus hijos porque somos apegados a los modos del mundo.  Al contrario, constituimos la familia de Dios porque hemos emprendido el camino de la santidad.  Que no lo dejemos nunca.  Que siempre sigamos el camino de la santidad.


El domingo, 15 de abril de 2018


EL TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 3:13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)


Hace cincuenta años el hombre era seminarista.  Ya no asiste en la misa.  Según su esposa, no más cree en la resurrección de la muerte.  Su duda no es nada nueva.  Se la dirigió San Pablo en la Primera Carta a los Corintios.  Escribió: “…si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar”.  Pero Pablo sabía bien que Cristo había resucitado desde que se le apareció.  Vemos otros testigos a la resurrección de Cristo en el evangelio hoy.

Jesús aparece entre sus apóstoles.  Es cierto que no es fantasma.  Pues tiene cuerpo.  Aun invita a sus discípulos que lo toquen.  El argumento decisivo viene cuando Jesús come en su presencia.  Sin embargo, su cuerpo se difiere de los cuerpos de nosotros.  Ello puede aparecerse y desaparecerse a voluntad.  Evidentemente aun pasa por puertas cerradas.  Otra diferencia es que no se identifica fácilmente.  Los discípulos que lo encontraron en el camino a Emaús no lo conocían al principio.  Sólo cuando partió el pan pudieron reconocerlo. 

Hay otra evidencia en este evangelio que Jesús ha resucitado.   Se muestra cómo él ha cumplido las escrituras hebreas, incluso la resurrección de la muerte.  Sobre todo Jesús cumple la profecía de Moisés lo cual escribió: “El Señor hará que un profeta como yo surja entre sus hermanos…El que no escuche a ese profeta será eliminado del pueblo” (Deuteronomio 18,18-19).  También refleja perfectamente al Siervo Doliente del profeta Isaías que sufrió por los demás.  Finalmente cumple el salmo que dice: “…no me abandonarás en el lugar de los muertos ni permitirás que tu Santo experimentará la corrupción” (Salmo 16,10).

Se ha notado que Jesús se aparece a los creyentes en los evangelios.  Encuentra a María Magdalena, Pedro, y otros discípulos después su resurrección.  El escéptico querrá preguntar: si Jesús quería ser reconocido como resucitado por todos, ¿no debería mostrarse a testigos neutrales?  La verdad es que ha hecho algo más determinante.  Aún hay un testigo de la resurrección que no sólo puede considerarse como neutral sino antipático a Jesús.  Pablo está persiguiendo a los cristianos cuando se le aparece Jesús.  Ciertamente el reverso completo de este hombre astuto da peso a la veracidad de las apariciones.

La conversión de Pablo sirve como modelo para la salvación.  En la primera lectura San Pedro está listo para exculpar a los judíos de la muerte de Cristo.  Dice que actuaron en la ignorancia de quién era.  Pero queda firme en la necesidad para el arrepentimiento.  Si quieren salvarse, los judíos tienen que arrepentirse en el nombre de Jesús.  En la lectura hoy de la Primera Carta de Juan, se extiende la oferta de la salvación al mundo entero.  Añade el autor que la salvación requiere que se cumplan los mandamientos de Jesús.  Jesús mismo ha resumido estos con la obligación de amar a Dios sobre todo y amar al prójimo como a sí mismo.

¿Puede ser salvado alguien que no crea en Jesucristo pero cumpla sus mandamientos de amor?  Es posible que sea ignorante de quién es por la mal conducta de los cristianos.  El gran humanitario Mahatma Gandhi escribió que él fue repulsado por el prejuicio de los cristianos que él conocía como joven.  Por eso, se puede decir posiblemente uno pueda ser salvado sin la creencia firme en Cristo.  Pero tenemos que añadir que la creencia en él nos provee el motivo más palpable para amar a todos: su promesa de la vida eterna.

El evangelio hoy termina con el mandato de predicar la salvación en Cristo a todas las naciones.  Es de nosotros cristianos hoy en día tanto como los apóstoles del primer siglo para llevarlo a cabo.  Nunca ha sido fácil.  Pues, nos escucha el mundo no tanto por lo que decimos sino por lo que hacemos.  Por eso, queremos arrepentirnos de cualquiera forma de prejuicio que tengamos para conformarnos a los mandamientos del amor.  Queremos conformarnos al amor de Cristo.

El domingo, 8 de abril de 2018


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA)

(Hechos 4:32-35; I John 5:1-6; John 20:19-31)



Tal vez el papa San Juan Pablo II fuera el personaje más conocido de nuestros tiempos.  Cuando murió, el mundo lamentó el término de su liderazgo.  Pero no lo perdimos completamente.  Pues dejó una gran herencia de escritos para meditar y poner en práctica.  En un sentido semejante se puede comparar el fallecimiento de Juan Pablo II con la muerte y resurrección de Jesucristo.  También Cristo nos dejó una herencia, aún más provechosa que la del San Juan Pablo.  Pero la herencia de Jesucristo no es de escritos sino algo mucho mejor.  Cristo nos dejó al Espíritu Santo que viene a la Iglesia y cada uno de sus miembros.  En las lecturas de la misa hoy se puede ver los beneficios de este Espíritu.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu mueve a los cristianos a tener “un solo corazón y una sola alma”.  Inspira a aquellos miembros de la comunidad con propiedades a venderlas por el bien de todos.  Hoy día esta práctica continúa con los religiosos y religiosas dejando sus patrimonios por el bien de sus congregaciones.  Los laicos también a menudo dejan sus tesoros a las caridades para beneficiar a los pobres. 

Estas muestras de caridad vistas en la historia apoyan la fe in Jesucristo.  Pero según la segunda lectura de la Primera Carta de San Juan, tenemos más razón que la historia de Jesús para creer en su divinidad. Es como la conversión en el día hoy. El papa Francisco puede escribir cien documentos sin ganar a muchos a la fe.  Pero la foto de él besando los pies de un prisionero al servicio de Jueves Santo puede convertir el corazón de miles.  ¿Qué es como la foto del papa que nos mueve a creer?  Es la promesa de la vida eterna.  Dice la Carta de Juan que la fe movida por el Espíritu nos hace victoriosos sobre el mundo.  Cuando tenemos una fe fuerte en la vida eterna, no vamos a ser engañados por la plata, el placer, o el prestigio.  Al contrario, vamos a esperar la vida eterna como el premio de vivir rectamente.  Por eso, al término del evangelio hoy Jesús llama a los creedores en su resurrección “dichosos”.

La fe en la resurrección no es el único regalo del Espíritu Santo visto en el evangelio.  Dice también que el Espíritu está conferido a los apóstoles para perdonar pecados.  Este don, institucionalizado en el Sacramento de la Reconciliación, nos sirve por tres propósitos considerables.  Primero, nos alivia del castigo de parte de Dios por nuestros pecados.  Ya no tenemos que pagar por nuestra rebeldía contra el Señor.  Más bien podemos mirar hacia la vida eterna como nuestro destino. Segundo, aliviados de la culpa, podemos perdonar a nosotros mismos por haber fallado.  Algunos no se dan cuenta de esta verdad.  Siguen en la vergüenza siempre confesando el mismo pecado aunque Dios no les ve como culpables.  Finalmente, sintiéndose como nueva creatura, podemos demostrar la misericordia a los demás.     

Solemos pensar que el Espíritu Santo vino cincuenta días después de la resurrección de Jesús.  Esta idea proviene de San Lucas a quien le gusta ordenar todas cosas. Pero San Juan tiene otro modo de relatar la historia.  Como se atestigua en el evangelio hoy, Jesús confiere al Espíritu la noche de la resurrección.  Nos acompaña a nosotros el mismo Espíritu como a los apóstoles.  El Espíritu nos mueve a beneficiar a los pobres, a mostrar la misericordia, y a esperar la vida eterna.  En resumen el Espíritu Santo nos hace victoriosos sobre el mundo.

El domingo, 1 de abril de 2018

EL PRIMER DOMINGO DE PASCUA

(Marcos 16:1-7)


En la Carta a los Romanos San Pablo resalta el bautismo como participación en la muerte y resurrección de Cristo.  Habla de la sumersión en el agua como el bajar de la persona en el sepulcro de Jesús.  No escribe nada de un verter del agua para lavar el pecado.  No, para Pablo el bautismo es más como un huracán que un baño.  Le rinde al bautizado completamente muerto al pecado.  Entonces se experimenta un nuevo arranque de la vida para que haga obras de caridad. Se puede distinguir el mismo movimiento del pecado a la acción caritativa en el evangelio hoy.

Las mujeres caminan al sepulcro de Jesús para servirlo una vez final.  Se preguntan quién les quitará la piedra tapando la tumba.  Acudiendo al templo hoy nosotros también llevamos una duda.  Ciertamente es bueno que asistamos en la misa el Domingo de Pascua, pero ¿realmente queremos servir al Señor con todo corazón?  Este servicio comprende no sólo la oración sino también evitar lo malo y hacer lo bueno. No será fácil pero tampoco será imposible con la ayuda de la gracia.

Como el sol calorosa en la primavera anima a los agricultores, la promesa de la Pascua nos mueve adelante con nuestro proyecto de servir.  Sabemos que al obtener la vida eterna sería maravillosísimo.  Entonces experimentamos de nuevo la inquietud.  La vida cristiana comprende un rechazo de la gloria del mundo.  No nos permite buscar en primer lugar los piropos de los demás y nada de los placeres ilícitos.  Más bien como seguidores de Jesús esta vida nos compromete al bien de los marginados, de la comunidad y del mundo entero.  Hay un sentido de este reto en el evangelio cuando dice que las mujeres se llenan de miedo descendiendo en el sepulcro de Jesús.  Sería suficiente encontrar el cadáver del Señor para embalsamarlo y dejarlo en paz.  Pero en lugar de su cuerpo encuentran un mandato que exige mucho más esfuerzo.

El ángel les manda a reportar a los discípulos que Jesús ha resucitado.  Tienen que recuperar las fuerzas para contar a un grupo de hombres algo inaudito.  A lo mejor los discípulos se les reirán de ellas como si fueran ilusionadas.  Este reto se nos ha pasado a nosotros.  Somos para contar al mundo de la resurrección del Senos Jesús.  Este mensaje contradice la idea que el hombre es sólo un centro de pasiones que vive un día y muere el próximo.  Más bien si es la verdad la resurrección, la persona humana es un ser destinado a vivir para siempre con el Creador de todo ser.  Sin embargo, este destino no es asegurado sino tiene que ser ganado por una vida en conforme con la bondad del Creador.  Por esta razón predicamos la resurrección tanto con obras de caridad como con palabras. 

Seguimos adelante a Galilea donde Jesús primero proclamó el Reino de Dios con palabras y obras.  Este lugar es simbólico por nuestros paraderos donde hemos de manifestar el amor de Jesús.  Como el ángel promete a los discípulos, vamos a encontrar a Jesús en este ministerio.  Estará en los necesitados que ayudemos.  Estará en nosotros y en los compañeros que nos ayudan.  Y sobre todo estará en la Eucaristía que nos fortalece en la misión.

Este año pasado Puerto Rico ha experimentado un huracán fatal.  Dejó a muchos muertos y a muchos más en gran necesidad.  Pero por la ayuda del extranjero y por el empeño propio del hombre para sobrevivir, el huracán se ha transformado en una fuente de esperanza.  Se espera ya en Puerto Rico un arranque nuevo no sólo de la economía sino también del espíritu para ayudar al prójimo.  Esto es en miniatura el significado de la Pascua.  Nos hemos rendido muertos al pecado y la muerte.  Ya vivimos más fuertes que nunca.  Vivimos con el propósito nuevo para obtener la vida eterna por obras del amor.

El domingo, 25 de marzo de 2018


DOMINGO DE RAMOS

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47)


Una figura misteriosa en la historia de Israel aparece en la segunda parte del libro del profeta Isaías.  Llamado el “Siervo Doliente”, este personaje sufre ambos atroz e inocentemente. Se presume que sus dolores tienen que ver con la expiación de los pecados del pueblo.  Sin embargo, no es identificado.  Los judíos opinan que es Job o posiblemente una persona colectiva para todos los exiliados judíos en Babilonia.  Nosotros cristianos no tenemos duda quien sea.  Pues sus dolores cuadran bien con el sufrimiento de Jesús en su Pasión.

Hay cuatro pasajes describiendo al Siervo Doliente.  Hemos escuchado parte de uno en la primera lectura hoy.  Las primeras lecturas de la misa mañana, martes, y miércoles, y en el servicio del Viernes Santo dan lo demás de lo que está escrito sobre él.  Se puede enseñar la correspondencia entre esta figura y Jesús en cada pasaje, pero basta mostrarla en las lecturas de hoy.

El Siervo afirma que Dios le ha dado una lengua para confortar a los abatidos.  En el evangelio Jesús tiene palabras consolatorias para la mujer que unge sus pies.  Ella no es una tonta que no sepa el valor del perfume.  Más bien es tan sabia que reconozca el sacrificio que hará Jesús para expiar los pecados del mundo.

Sigue el Siervo por decir que ha escuchado las palabras del Señor indicando su voluntad.  Particularmente en el huerto de Getsemaní Jesús se muestra atento a lo que Dios tiene en cuenta para él.  Jesús no quiere morirse en la cruz como un brigante.  Reza a su Padre que le quite esta suerte.  Pero al final no esquiva hacer Su voluntad.  Como le dice: “’Padre,…no se haga lo que quiero, sino lo que tú quieres’”.

El maltratamiento que Jesús recibe por algunos miembros del sanedrín refleja lo que dice el Siervo después. Lo golpean, abofetean, aun lo escupen con salivazos. Tan mal como es este abuso, no es lo peor que recibe Jesús en su pasión.  Un batallón entero (seis cientos soldados romanos) también le golpea de cabeza y le escupe.  Se duplica este suplicio por la azota y por la burla en extremo.

En este Evangelio según San Marcos la ordalía en la cruz dura por seis horas, un tiempo más larga que pasa en las otras versiones del Evangelio.  El hecho que Jesús podía aguantar tanto sufrimiento sin desesperarse, sin maldecir a nadie indica la ayuda de Dios Padre.  El Siervo proclama que Dios le ayuda de modo que no quede avergonzado.  Aunque Jesús muere con el grito de lamento en sus labios, Dios lo ha justificado ante los hombres.  El oscurecer del sol indica la ira de Dios en lo que acontece.  El rasgar del velo del Templo rindiendo el lugar inútil manifiesta el rechazo de parte de Dios a los sacrificios de los judíos.  Y el comentario del oficial romano – “’De veras este hombre era Hijo de Dios’” – muestra la identidad verdadera de Jesús.


Cuando identificamos al Siervo Doliente con Jesús, no queremos decir que no hubo nadie en el tiempo del Segundo Isaías que sufrió por el bien del pueblo.  Sólo afirmamos que su historia corresponde bien con la de la pasión de Jesús.  Nuestro planteamiento es siempre que Jesús cumplió las enseñanzas de los profetas. Era judío que murió por su pueblo.  Porque Dios escogió ese pueblo para llamar a todos los demás a sí mismo, acreditamos a Jesús con la salvación del mundo. Por eso, lo seguimos con todo corazón.

El domingo, 18 de marzo de 2018


 QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:5-7; Juan 12:20-33)

Podemos notar que las lecturas de la misa hoy no hablan de arrepentimiento y sacrificio como en la primera parte de Cuaresma.  Estas lecturas presumen que nos hemos preparado suficientemente para acompañar a Jesús por su muerte ardua y su resurrección gloriosa.  En un sentido estamos como los griegos en el evangelio que quieren ver a Jesús.  Ellos constituyen un signo que la etapa final de la obra de la salvación ya puede comenzar.  Nosotros queremos vivir de nuevo el misterio de la salvación para ser sus beneficiarios.

Jesús da una parábola para indicar lo que está para tener lugar.  Dice que su muerte producirá la vida en abundancia como la semilla desbaratándose en la tierra produce mucho fruto. Para entender lo que significan estas palabras recordémonos lo que dijo el sumo sacerdote Caifás anteriormente en este Evangelio de San Juan.  Cuando los judíos debatían en el Sanedrín que hacer con Jesús, Caifás declaró: “’… es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación’” (Juan 11:50).  Esto no fue la opinión de un fulano sino el anuncio de parte del representante de Dios más alto en el pueblo judío.  A lo mejor Caifás no se dio cuenta cuan verdaderas fueran sus palabras.  No obstante, muestran lo que Dios ha ordenado por el mundo.  Dios quiere que Jesús dé su vida para que el pueblo judío y, en torno, toda la humanidad tengan la vida eterna.

Si somos como los griegos que dicen que quieren ver a Jesús, también somos como Jesús mismo cuando dice: “’Ahora…tengo miedo’”.  Jesús tiene miedo por el sufrimiento atroz que va a aguantar.  Se indica el dolor en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos.  Dice: “A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo…”  Por supuesto, es la ordalía de su crucifixión que se refiere aquí.  Seguramente hoy en día tal castigo sería considerado como tortura inhumana. 

¿De qué tenemos miedo nosotros?  Cada uno tiene su propia historia.  Pero creo que muchos tenemos miedo por nuestros seres queridos que no más siguen el camino de Jesucristo.  En cambio de la esperanza para la vida eterna, ellos quieren procurarse las recompensas del mundo corriente.  Dejan de recibir los sacramentos. A su extremo sólo buscan el placer mientras evitan toda responsabilidad.  Particularmente hay causa de miedo si nuestros queridos se encuentran en la segunda categoría.

Y si decimos con Jesús “Ahora…tengo miedo”, también diremos consigo, “Padre, dale gloria a tu nombre”.  Esto es tanto un compromiso de parte de nosotros por Jesús como es una petición de Jesús por nosotros.  Pues Dios es glorificado cuando hagamos obras buenas por los demás.  Dios es glorificado, por ejemplo, por Doña Carmen que pasa todos los martes visitando a los enfermos de un hospital en Puerto Rico.

En la primera lectura el profeta Jeremías cuenta al pueblo de Jerusalén que Dios va a hacer una alianza nueva con ellos.  Dice que la alianza lo hará en un pueblo fiel a su voluntad.  En torno, la alianza nueva hará al Señor su Dios para siempre.  No más serán ellos laxos en llevar a cabo su compromiso al Señor.  Pues la alianza será escrita en el corazón de cada uno de modo que no pueda ser tomada a la ligera.  Esta alianza ha sido establecida por la pascua de Jesús que vamos a celebrar dentro de poco. 

Se dice que el Jueves Santo, el Viernes Santo, y el Sábado de la Gloria no son tres servicios distintos sino constituyen una sola celebración.  Juntos el servicio de los tres días presenta de nuevo la historia de nuestra salvación del pecado y la muerte.  Qué comience pronto.  Qué realicemos una vez más la victoria de Jesucristo por nosotros.  Qué sea escrita en nuestros corazones para que nunca busquemos solo el placer y evitemos toda responsabilidad.  Qué realicemos pronto la historia de nuestra salvación.