El domingo, 21 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45)

El Beatle George Harrison cantaba una canción que ha resonado con mucha gente.  Decía: “Realmente quiero conocerte, Señor”.  Ha sido el deseo de cristianos a través de dos milenios.  ¿Cómo era realmente Jesús?  ¿Era hombre siempre serio o pudo ser juguetón también?  La Carta a los Hebreos describe a Jesús como persona como nosotros, menos el pecado, “capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos”.  Entonces evidentemente era compasivo.  El evangelio de hoy nos lo presenta como a la vez sabio y sobrio.  Podemos añadir aun un poco ligero.

Los hermanos Zebedeo acuden a Jesús con una pregunta manipuladora.  Dicen: “’Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte’”.  Parecen como el joven que viene a su papá con el deseo de tomar el coche familiar.  En lugar de pedírselo directamente, se anda con rodeos.  Pregunta: “Papá, ¿vas a ocupar el coche esta noche?”  Si el hombre no tiene intención para utilizar el vehículo, entonces tendría que someterse a la petición que seguirá.  Pero si el padre va a salir con el coche, el joven ahorrará su petición para otra ocasión.  Jesús muestra la perspicacia por evitar ser atrapado.  No se hace enojo con Santiago y Juan.  Simplemente les responde con su propia pregunta: “’¿Qué es lo que desean?’”

Si Jesús se presenta a sí mismo como humano en el mejor sentido de la palabra, los hermanos se presentan a sí mismos como humanos en un sentido malo.  Después de escuchar a Jesús hablar del Reino de Dios, quieren que les nombre para los primeros puestos junto con él.  No lo oyeron decir que tendría que sufrir horriblemente para realizar el Reino.  Jesús les recuerda de la eventualidad con la pregunta: “’¿Podrán pasar la prueba que voy a pasar…?’”  Los hijos de Zebedeo dicen que sí pero se puede dudar que hayan perdido su ilusión que el Reino será obtenido de poco costo.

Así nosotros tenemos dificultad aceptar nuestra cruz.  Pensamos que simplemente por ser discípulos de Su Hijo, Dios nos protegerá de las tribulaciones de la vida.  Entonces cuando nos encontremos sin trabajo o cuando las deudas no parezcan terminar a amontar, nos hacemos listos a dejar la fe en Jesucristo como apariencia.  En lugar de sufrir con paciencia contando con Jesús para apoyarnos, queremos abandonarlo como si fuera un viento pasajero.  De una manera somos como los otros diez discípulos.  Como ellos se indignan cuando se dan cuenta de la petición atrevida de los hermanos Zebedeo, nosotros lo consideramos injusto cuando sufrimos muchas adversidades. 

A pesar de sus inquietudes, Jesús insiste que sus discípulos sigan adelante en el servicio.  Vengan como vengan las insolencias, tienen que sacrificarse como el Siervo Doliente en la primera lectura.  El Siervo sufre por el bien de los demás, y Dios lo premiará con una vida larga.  Jesús lo imita y experimenta más que la vida extendida.  Cuando da la vida por sus seguidores, Dios Padre lo resucita a la vida eterna.  A lo mejor no experimentaremos el martirio como Jesús.  Nuestro reto es seguirlo alegremente en el servicio para que participemos en su destino.

Tal vez nos parezca curioso que los evangelistas no cuentan nada de la apariencia de Jesús.  Querríamos saber el color de sus ojos, su altura, las lenguas que hablaba y otros detalles.  Pero este tipo de cosas nos les importan a Mateo y Marcos, a Lucas y a Juan.  Lo describen por sus virtudes: sabio, valiente, sobre todo compasivo.  No tenemos que querer conocerlo, lo conocemos.  Lo conocemos por estas historias evangélicas y por los reflejos de él en los santos.  Ya tenemos que seguirlo en el servicio. 

El domingo, 14 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)


En un cine un mafioso ofrece a un padre de familia $150 por semana. El gánster quiere mostrar su agradecimiento a la familia de un niño que le ayudó.  El niño no contó al policía que vio al hombre disparar a otra persona.   Sin embargo, el padre rechaza la oferta porque sabe cómo se obtuvo el dinero.  No quiere meterse en la red mortífera del vicio.  El padre se prueba sabio como hace Jesús en el evangelio hoy.

De la primera lectura sabemos el valor de la sabiduría.  Vale más que tierras y aún reinos porque ella conlleva todos tipos de riquezas.  No solamente cosas materiales vienen a los sabios sino también recursos espirituales.  Si vivimos con la sabiduría, nosotros también tendremos la paz en la mente, el bien en el corazón, y el destino de la vida eterna.

Para apreciar el significado de la segunda lectura hay que recordar una cosa importante. Al final de cuentas la Palabra de Dios no se escribe en una página sino se encuentra en un hombre.  Pues la Palabra de Dios en primer lugar es Jesucristo, el Hijo de Dios.  Sus palabras penetran al alma juzgándonos, perdonándonos, y moviéndonos a hacer lo perfecto.  Esto es exactamente lo que pasa al rico en el evangelio.

El rico se acerca a Jesús con prisa. Tal vez sea un hombre de negocios con muchos quehaceres y poco tiempo.  Le saluda a Jesús con la frase, “Maestro bueno”, pero no se da cuenta del significado de sus palabras.  Jesús se muestra como sabio cuando responde que sólo Dios es bueno.  Pero el rico no tiene concepto adecuado de Dios como veremos en un minuto.  Sigue con la pregunta a Jesús que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna.  Como buen hombre de negocios, quiere determinar su objetivo y hacer un plan para obtenerlo.

Jesús le responde con los Diez Mandamientos, el camino seguro de complacer a Dios.  Sin embargo, en el principio le cita sólo los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  A veces se dice que estos siete mandamientos comprenden “la segunda tabla de la Ley”.  Cuando el hombre dice que ha cumplido todos estos mandamientos, Jesús muestra su sabiduría una vez más.  Le presenta la “primera tabla” que toca el amor para Dios en modo indirecto.  En lugar de preguntar si ama a Dios sobre todo, le reta a probar este amor.  Le manda a dejar sus riquezas para predicar junto con él el Reino de Dios.  Para el hombre amar a Dios de modo que se sacrifiquen todas sus pertenencias constituye precio demasiado caro.  Deja a Jesús tal vez desilusionado pero no completamente sorprendido.

Los discípulos de Jesús tienen dificultad entender cómo los ricos no se salven.  Pues para ellos los ricos son la gente con recursos para ofrecer sacrificios y dar limosnas.  Casi se puede escuchar a los discípulos murmurando: “¿No son estos las obras de la salvación?”  Sin embargo, ayudar a los demás y hacer sacrificios pueden ser sólo tácticas para apaciguar a Dios y no necesariamente signos del amor verdadero a Dios.  Si vamos a ser dignos del Reino de Dios, tenemos que esperar en el Señor como lo hacen los pobres fieles.

Al final del pasaje los discípulos hacen el interrogante: “¿…quién puede salvarse?”  Podemos responderles: “Todos de nosotros”.  Pero antes de que experimentemos la vida eterna tenemos que hacernos tan dependientes en Dios como es un bebé en sus padres.  ¿Por qué?  Porque la vida eterna consiste en dejar atrás las ilusiones de los grandes en este mundo para conocer el amor sobreabundante de Dios.  La vida eterna consiste en conocer el amor de Dios.