El domingo, 30 de abril de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Todos nosotros conocemos a personas que no asisten en la misa cada domingo.  Una vez este tipo de persona sabía que estaba haciendo mal.  Pero ahora algunos dicen que no es necesario acudir a la misa semanalmente.  Ofrecen como pretextos que no sacan nada de la misa, que ha oído que no es pecado mortal, o que alguna gente que asiste siempre lleva vidas mucho más deplorables que la de ellos.  ¿Cómo deberíamos pensar en todo esto?

En primer lugar tenemos que preguntar: ¿qué es el propósito de la misa?  ¿Es sólo para complacer a un Dios que desea el homenaje de la gente?  No, Dios no necesita nada de nosotros.  Es completamente contento en sí mismo.  De hecho, es un don de Dios que nos invita a participar en la misa.

Pensémonos un momento en los equipos de deportes.  No importa el talento del jugador de básquet, tiene que practicar con el equipo si va a ser parte del ello.  Aun Lebrón James necesita la práctica si va a entender la estrategia de su entrenador, conocer las fuerzas y debilidades de sus compañeros, y mantener su excelencia.  Es así con la asistencia en la misa, pero no hablamos de un equipo de básquet sino la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

La misa nos forma en buenos católicos.  Sin asistir en la misa regularmente, no conoceríamos bien al Señor Jesús.  Pues profundizamos nuestro aprecio por él cada vez que escuchamos el evangelio.  Ni nos enteraríamos de las esperanzas y necesidades de la comunidad que encontramos en el templo.  Tal vez más lamentable, no reconoceríamos la verdad de nuestra propia existencia.  Pensaríamos que vivimos para tener el placer, para trabajar o para hacer otra actividad.  Es la misa dominical que nos asegura que somos para experimentar la gloria de Jesús resucitado de la muerte. 

Mucha gente va a misa porque es la ley de la Iglesia.  Aquí encontramos dilema.  Apenas pueden apreciar la misa por todo su valor si la consideran como una obligación.  Pero si no existiera la ley, a lo mejor no tendrían ningún acceso a la palabra de Dios y a los fieles que la reverencian.   En los tiempos antiguos no había una ley requiriendo al cristiano asistir en la misa dominical o caer en pecado mortal.  No obstante, la gente regularmente acudía al templo. Pues si no asistían, no podrían identificarse como cristianos.

El evangelio hoy muestra cómo Jesús nos presenta a sí mismo en la misa, “al partir el pan”.  Como acompaña a los discípulos en el camino, Jesús camina con nosotros por todo la semana.  Pero cuando nos reunimos en su nombre para reflexionar sobre la vida en la luz de su mensaje, nos damos cuenta de su presencia.  Se espera que podamos verlo un poquito en la persona del sacerdote que ha dedicado su vida a servirlo.  A lo mejor se ve más claramente en los santos de la comunidad que jamás cansan a compartir el amor con los demás.  Con una meditación se puede ver a Jesús también en el pan y vino.  Como estos alimentos proveen nutrición natural, convertidos en su Cuerpo y Sangre nos fortalecen con la virtud. De esta manera nosotros mismos podemos reflejar a Cristo a los demás.


Tal vez tenemos que decidir ahora cómo queremos ser identificados al final de la vida. Parece que algunos quieren identificarse con su equipo de básquet o de fútbol.  Otros quieren ser conocidos por el placer que tenían o el trabajo que hacían.  Pero nosotros sobre todo queremos ser asociados con Jesucristo.   Para ser parte de su Cuerpo, la Iglesia, asistimos en la misa dominical.  

El domingo, 26 de abril de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

Como las nubes oscurecían afuera, los trabajadores se agruparon en el sótano.  Fueron advertidos a buscar asilo de un tornado.  Muchos tuvieron el temor.  Sí estuvieron seguros, al menos por el momento.  Pero se preocuparon por sus familias.  Se preguntaron si sus hijos han oído la alarma.  Encontramos a los discípulos de Jesús en un tal sitio de miedo en el evangelio hoy.

Los discípulos temen a los judíos.  Fueron asombrados, en la mañana con las noticias que Jesús resucitó de la muerte.  Ya se preguntan si las autoridades vendrán para investigar si ellos tomaron el cuerpo del sepulcro.  Posiblemente todos nosotros también sintamos el miedo.  Es posible que algunos teman que la policía venga para arrestarlos.  Pero más probable todos nosotros nos preguntamos muy adentro si los demás nos aceptarían si saben de nuestros pecados.  Todos hemos hecho algo pecaminoso en la vida, algo que lamentamos.  Tal vez hayamos robado algo valioso; hayamos engañado a una persona inocente; o aun hayamos tenido un aborto.  Si nuestros padres, maestros, o jefes estuvieran a enterarse de nuestra falta, ¿seguirían poniendo la confianza en nosotros?

Por esta razón nos acudimos a la iglesia.  Aquí anhelamos que se nos diga a nosotros lo que dice a sus apóstoles en el evangelio hoy: “’La paz con ustedes’”; eso es la paz de haber sido lavados de sus pecados.  En la Última Cena Jesús dejó a sus discípulos con la paz.  Ya se la da de nuevo con aún más fuerza.  Pues sus palabras van a ser acompañadas por el Espíritu Santo.

Dice la lectura que Jesús sopla sobre los discípulos.  La acción imita la acción de Dios en Génesis cuando sopló sobre la tierra formada como hombre para darle la vida.  Esa vida estaba destinada al pecado y la muerte.  Ya Jesús infunde su propia Espíritu en los discípulos que les destina a la vida eterna.  Es el mismo Espíritu que recibimos nosotros en el Bautismo. 

Junto con el don del Espíritu Santo recibimos una misión.  Somos para representar a Cristo al mundo.  Como dijo un gran obispo brasileño a su gente: “Es posible que las vidas de ustedes sean el único evangelio que sus hermanos y hermanas leen”. En el evangelio Jesús es muy explícito con la misión.  “’Como el Padre me ha enviado – dice – así también los envío yo’”.

Los discípulos han de perdonar los pecados de la gente tanto por el sacramento de la Reconciliación como por la predicación y el Bautismo.  Es cierto que lo necesitamos.  Nuestros pecados, aun los confesados, siguen atándonos de modo que no actuemos como representes de Jesús.  Una película hace treinta años muestra esta verdad y su resolución con gran efecto.  En una comunidad pequeña dos mujeres no han hablado con una y otra por décadas.  Asimismo, dos hombres han tenido rencor para uno y otro por años. Una viuda, que una vez fue infiel a su esposo, ha sentido como condenada por el pecado.  Entonces la comunidad tiene una experiencia tremenda.  En un día muy airoso una cocinera prepara una cena tan extravagante por la comunidad que mueva a los comensales a reconciliarse con uno y otro.  Al reflexionar sobre la película se da cuenta que el aire era la presencia del Espíritu Santo.  La cocinera era como Cristo entregando todo su ser por la gente.  Y la comida era como la Eucaristía con el poder de perdonar pecados.


Se llama este segundo domingo de Pascua el Domingo de la Misericordia Divina.  En este día celebramos la institución del Sacramento de la Reconciliación.  Por la confesión al sacerdote y su absolución estamos librados de nuestros pecados.  Sean tan grandes como el aborto o tan cotidianos como tener rencor para el otro, quedan perdonados.  Dios en su misericordia quiere que seamos desatados para extender la paz y el amor de Jesús.  Dios quiere que extendamos la paz y el amor de Jesús.

El domingo, 16 de abril de 2017

LA PASCUA DEL SEÑOR

(Romanos 6:3-11; Mateo 28:1-10)

Pom, pom, pom, pom. Todos nosotros hemos oído el redoble de tambor.  Se usa a menudo en la anticipación de un momento de crisis.  En los concursos antes de anunciar el ganador se hace el redoble de tambor con gran efecto.  En el Evangelio según San Mateo el temblor sirve como redoble de tambor.  Fija la atención primero a la muerte de Jesús en la cruz, entonces a su resurrección.  Cuando las dos mujeres llegan al sepulcro, el temblor indica que algo tremendo está sucediendo.

El sepulcro que fue tapado con la piedra ya queda abierto.  No se ve nada adentro.  Es prueba de lo que el ángel va a proclamar.  Jesús, un solo hombre,  “’ha resucitado’”.  La proclamación es completamente única.  Es cierto que algunos como Elías estuvieron tomados al cielo por su fidelidad.  Pero ellos no murieron.  También es la verdad que Jesús mismo resucitó a varias personas de la muerte.   Pero ellos hubieron de morir de nuevo.  En el caso de la resurrección de Jesús, él estaba muerto pero ya vive para siempre.  Tenemos que preguntar: ¿de qué consiste la resurrección de la muerte?

El cuerpo de Jesús fue mutilado en la experiencia horrífica de la crucifixión.  Se puede imaginar el disgusto que crea la vista de un cuerpo azotado, clavado en una cruz, y dejado de sufrir por horas.  En una pintura famosa de la crucifixión el cuerpo de Jesús tiene un matiz verde por el drenaje de su sangre.  Pero después de su resurrección no hay ninguna mención de la mutilación más que las heridas en sus manos, pies, y costado.  De hecho parece que tiene un cuerpo tan robusto que sus discípulos tengan dificultad reconocerlo.  Se puede decir que su cuerpo ha sido transformado de cosa física a cosa eterna.  No sólo no va a morir de nuevo sino también no va a sufrir más.

Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre tan nítidamente que ya experimente la gloria.  Esto es beneficio grandísimo para Jesús, por supuesto.  Pero también es buena noticia para nosotros.  Jesús ha prometido que aquellos que lleven su cruz detrás de él experimentarán su gloria.  Por eso, podemos estar seguros que nuestro destino es tener cuerpos transformados también.  En la gloria no van a sufrir ni el desgaste con edad ni la corrupción de enfermedad.  Más bien tendrán para siempre la fuerza de atletas y la belleza de modelos.  No importa que increíble suene este destino.  El poder de Dios es más grande que la imaginación del hombre.

La aparición de Jesús a las mujeres en el evangelio hoy no menciona cómo se mira su cuerpo, pero da alguna idea de sus modos.  Amenamente saluda a las dos que están espantadas por el temblor y la presencia del ángel.  Les dice Jesús: “’No tengan miedo’” para calmar sus corazones palpitantes.  Entonces les deja un mandato.  Ellas han de decir a sus “hermanos” que vayan a Galilea para verlo.  (Fijémonos por un momento en el significado de esta frase.  Indica que no sólo han sido perdonados por haber abandonado a Jesús en el huerto, sino también que han sido elevados a ser sus “hermanos” e hijos de Dios Padre.) 

La misión de las mujeres se dará a los discípulos-hermanos en Galilea.  Allá Jesús les dirá que vayan y enseñen a todos.  Nosotros hemos recibido tanto la misión como la enseñanza.  Pues nos contamos a nosotros como los hermanos y hermanas de Jesús.  Ya tenemos que anunciar por vidas llenas de servicio y resplendentes con gozo que Jesús ha resucitado.  No importa quién sea o qué haya hecho la persona que encontremos.  Jesús murió por todos.


Uno de los símbolos para la resurrección de Jesús que se ha visto en los años recientes es la mariposa.  Como la oruga se transforma en una mariposa por medio del capullo, el cuerpo de Jesús muerto en un sepulcro de transforma en un ser eternamente vivo.  Pero la mariposa morirá mientras Jesús vive para siempre.  Realmente no hay nada como la resurrección de Jesús.  Es un evento único aunque se repetirá para todos sus hermanos al final de los tiempos.  La resurrección se repetirá para sus hermanos al final de los tiempos.

El domingo, 9 de abril de 2017

EL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:54)

Un polaco describe la vida en su país bajo la dictadura comunista.  Dice aunque la gente sufrió mucha opresión, ayudaron a uno y otro.  Visitaron las casas de sus vecinos prestando la mano si era necesario.  Compartieron lo poco que tenían con los demás. En breve sintieron mucha solidaridad.  Lo que hace el sufrimiento de Jesús tan extremo en el evangelio que acabamos de escuchar es la falta de este tipo de apoyo humano.

En primer lugar sus discípulos fallan a Jesús.  Se acentúa la desgracia de Judas cuando lo traiciona con un beso.  No importa el motivo para su conspiración con los sumo sacerdotes – avaricia, envidia, o resentimiento – el marcar a Jesús con un signo de afecto agrega la injuria a la herida.  Los otros discípulos son culpables de la cobardía.  En lugar de acompañar a Jesús en su juicio, lo abandonan como si fuera víctima del virus de Ébola.  Aún Pedro, a lo cual Jesús encomendó la dirección de su iglesia, lo niega.  Es la creciente fuerza de sus negaciones que molesta.  Primero, niega que estuviera con Jesús; entonces, que lo conociera; y finalmente parece que maldice a Jesús. Esto es el comportamiento del soldado más recientemente reclutado, no de un líder. 

Aún más devastador a Jesús que el abandono de sus discípulos es el rechazo completo del pueblo.  El sumo sacerdote, la autoridad más alta en la sociedad judía, acusa a Jesús de blasfemia, un crimen que merece la muerte.  Todo el sanedrín lo escupe y lo bofetea. Siguen los abusos cuando Jesús es entregado a los romanos.  La gente lo desprecia en la cruz.  Pero a lo mejor es su preferencia para el criminal Barrabás que le causa a Jesús el más desconcierto.  Es como si un pueblo contemporáneo habría preferido la visita de Osama bin Laden a la del Papa Juan Pablo II.

No sólo los judíos rechazan a Jesús sino el mundo entero representado por el Imperio Romano.  El procurador Poncio Pilato, a pesar de su pretensión de lavarse de la culpabilidad, condena a Jesús a la muerte.  Los soldados lo tratan con desdén burlándose de él y golpeándolo cruelmente.  Aún los dos compañeros crucificados con Jesús en esta versión de la historia no escatiman los insultos.  El rechazo es tan extenso y profundo que Jesús siente que abarca la postura de su Padre Dios.  Se ve el abismo en que su espíritu ha caído cuando se compara su oración en el huerto con la de la cruz.  En el lugar primero reza con confianza: “Padre mío…hágase tu voluntad”.  Pero en la cruz, expresa la desilusión por dirigir la oración a sólo a “’Dios mío’” con la pregunta: “’¿por qué me has abandonado?’”


¿Cómo deberíamos entender el dolor tanto psicológico como físico de Jesús en este Evangelio según San Mateo?  Dos verdades parecen particularmente importantes.  Primero, Jesús conoce lo peor de las experiencias humanas.  Podemos acudir a él para consuelo cuando sintamos traicionados por un confiado, malentendidos por nuestros asociados, o despreciados por el pueblo.  Segundo y más significante, Jesús aguanta todo este sufrimiento para recompensar por nuestros pecados, sean traiciones de la verdad, anhelos extraviados, o rechazos de ofrecer la ayuda a los demás.  No somos mejores que la gente en el evangelio, pero reconocemos a un salvador que nos ha ganado la gracia de su Padre.  Tanto él nos ha enseñado, corregido, y suplicado que nos hayamos librado del pecado.  Nos hemos librado del pecado.

El domingo, 2 de abril de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Todos los funerales son tristes.  Pero algunos son más tristes que otros.  Cuando muere una persona relativamente joven, las lágrimas queman.  Cuando el Presidente John Kennedy fue asesinado a cuarenta y seis años, el mundo entero lloró.  Probablemente Lázaro en la historia evangélica hoy también murió joven.  Dice que todo el mundo aun Jesús lloró delante de su sepulcro.  Pero no por mucho tiempo.  Pues Jesús es “la resurrección y la vida”.

Cuando Marta dice a Jesús que Lázaro “’resucitará en la resurrección del último día’”, ella expresa la débil fe de muchos nosotros.  Pensamos en la resurrección como una realidad tan remota que no importe ahora.  A lo mejor por esta razón mucha gente hoy en día prefiere que sus cadáveres sean incinerados cuando mueran.  No apreciamos suficientemente que Jesús es la resurrección.  En él no hay la muerte.  Aquellos que aparentemente han pasado de nosotros todavía están con nosotros en Jesús.  Podemos hablar con ellos, pedirles perdón por las veces en que les ofendimos, y solicitarles la intercesión ante el Santísimo. 

Como prueba de su poder sobre la muerte Jesús llama a Lázaro de su sepulcro.  Anteriormente en este mismo Evangelio según San Juan Jesús dijo de sí mismo: “’Va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas’” (Juan 5,28-29).  Ya muestra cómo habló con verdad.  Al escuchar a Jesús Lázaro emerge del lugar.  Lleva los lienzos de la muerte intactos porque va a tener uso de ellos en el futuro.  Sólo en el último día cuando se levanten todos los muertos se puede descartar todo este aparato.  

Dice la gente que Jesús amó a Lázaro.  El amor consiste en desear lo mejor para el otro.  Pero sabemos que el amor práctico va más allá de buenos deseos a obras beneficiosas.  Por eso, Jesús lo resucita de la muerte.  Porque nos ama a nosotros, podemos esperar que nos llame de nuestros sepulcros también.  Pero tenemos que preguntar: ¿por qué Jesús demoró los dos días para visitar a Lázaro cuando se enteró de que estaba gravemente enfermo?  ¿Hay cosa más grande que la vida física?

Sí, la vida espiritual -- es decir la fe en Dios como nuestro protector -- vale más que la vida física.  Jesús quiere estimular esta vida de la fe en Lázaro y sus compañeros.  Con la fe se puede aguantar las experiencias más amargas.  Durante el tiempo de los comunistas en Rusia los ciudadanos fueron agrupados regularmente para escuchar charlas sobre los méritos del “ateísmo científico”.  En una tal ocasión todos los campesinos de una aldea incluyendo el sacerdote ortodoxo tuvieron que pararse delante de su iglesia.  Entonces el comisario político les dio un discurso acerca de las fantasías de la religión por una hora.  Cuando terminó, el comisario dijo al sacerdote que tendría cinco minutos para refutar su posición.  El sacerdote se acercó al político y le dijo: “No necesito cinco minutos”.  Entonces se volvió a los aldeanos y les dijo: “¡Cristo ha resucitado! “  Todo el mundo replicó en una voz como es la costumbre de los ortodoxos en la liturgia: “¡De veras, ha resucitado!” Y el sacerdote regresó a su lugar entre la gente.

Jesús dice a Marta: “’…todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás’”.  Quiere decir que la vida de la fe es más fuerte que la muerte y sus aliados.  Una vez que abracemos esta fe, estamos libres de las afrentas de la vida, y la muerte se haga en el umbral de la felicidad.  Deberíamos añadir que la fe en Cristo consiste de la aceptación de su palabra de modo que hagamos obras de amor.


Se llama la Santa Comunión “comida para el viaje”.  Nos da el acompañamiento de Jesús para el viaje de la vida y el viaje de la muerte.  En la vida la Santa Comunión nos mueve a mantener la fe con obras de amor.  En la muerte nos coloca ante el Santísimo. 

El domingo, 26 de marzo de 2017

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Hace poco una película nueva llamada “Silencio” estremeció  a muchos católicos.  La historia tiene lugar en Japón hace tres cientos años.  Los misioneros jesuitas han convertido a muchos campesinos al catolicismo.  De hecho, hay tantos católicos indígenas que las autoridades se preocupan de la pérdida de su control sobre el pueblo.  Deciden que van a poner alto a la religión nueva por presionar a los misioneros a abandonar la fe en Cristo.  Su estrategia no es torturar a los jesuitas sino a los campesinos.  Dicen a los misioneros que sus verdugos van a crucificar y decapitar a los cristianos hasta que ellos pisoteen una imagen de Cristo.  (Este acto significaría su rechazo del Señor.)  Un jesuita no puede aguantar más a ver a los inocentes sufriendo.  Aun piensa que escucha la voz de Jesús diciéndole que haga sacrilegio de su imagen. ¡Y lo hace! 

¿Es héroe o cobarde este jesuita?  ¿Deberíamos aplaudirlo o criticarlo?  Podemos preguntar también: ¿Es el misionero como el hombre nacido ciego en el evangelio hoy o como los fariseos?  Muchos pensarán que es héroe porque está dispuesto a sacrificar su fe por el bien de la gente.  Dirán que el malito de pisotear la imagen  es poco en comparación a la pérdida de vida de los campesinos.  Tal vez quieren añadir que Jesús vino para entregar al mundo de la muerte, no para aumentar el número de los muertos.

Pero nosotros diferiremos de esta opinión.  Sabemos que Dios es el sumo bien. Tener a Él es más beneficioso que tener la vida biológica.  Por sufrir el martirio en imitación de Jesucristo los campesinos están escogiendo a Dios para la eternidad.  Son como el hombre nacido ciego que ha llegado a una fe fuerte.  Después de que Jesús le restaura la vista, se hace en su defensor.  Cuando los fariseos acusan a Jesús a ser pecador, el hombre lo defiende como haber venido de Dios. De hecho, sufre por causa de Jesús cuando los fariseos lo echan de la sinagoga.   

En contraste al hombre nacido ciego pero ya ve claramente, el misionero en la película parece como si estuviera caminando en niebla.  No ve a Cristo como el salvador del mundo a lo cual jamás quiere abandonar.  Como los fariseos le falta la visión de confiar en Jesús como el mensajero de Dios cuyas palabras guían a la gente a la vida eterna.  No le entiende cuando dice: “No hagan resistencia al hombre malo”, está refiriendo especialmente a estos casos de persecución.  No se da cuenta de que es necesario que suframos con Cristo para reinar con él en la vida eterna.

Muchas veces pensamos en los fariseos como los peores villanos en el mundo.  Los vemos como si fueran soldados de ISIS cometiendo atrocidades contra el pueblo.  Pero no son tan malos.  Su dificultad no es tanto el odio sino el cierre de la mente.  Como el misionero en “Silencio”, no entienden que Dios se les ha acercado en modos nuevos.  Ya Dios les pide la fe en Su hijo Jesucristo lo cual les promete la eternidad en retorno.


Una vez nos faltaba la visión como si fuéramos ciegos.  Buscábamos la felicidad en uno de los dioses de este mundo – la plata, el prestigio, el placer, y el poder. Pero, como al hombre nacido ciego, Cristo nos ha abierto los ojos.  Ya sabemos que él es el único camino a la felicidad verdadera.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo aún por el sufrimiento si es necesario.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo. 

El domingo, 19 de marzo de 2017

EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Sólo veinte y tres por ciento de los católicos norteamericanos asisten a la misa dominical.  A lo mejor el número es más desalentador en otros países.  Por esta razón los papas recientes han hablado de la “Nueva Evangelización”.   Dirigen este esfuerzo aún más a los católicos que a los no-católicos, particularmente a aquellos que ya no practican la fe.  Dicen que a su raíz la Nueva Evangelización consiste de un encuentro con el Señor Jesús.  En el evangelio hoy Jesús nos da pistas para facilitar el encuentro.

Jesús se presenta al pozo de un pueblo.  No es un lugar específicamente religioso.  Pues ¿podría esperar a encontrar a los no religiosos en una sinagoga?  Para nosotros la pregunta es semejante: ¿Podríamos esperar a los que no practican la fe en un templo? Tal vez en una misa de bodas pero por la mayor parte vamos a toparlos en espacios regulares: en casas, en tiendas y en parques.

A lo mejor sería contraproducente comenzar la plática con referencia a Dios.  Este tema tendrá poco interés para aquellos alejados de la fe.  Si queremos conversar con ellos tenemos que escoger algo que tenemos en común. Cuando viene la samaritana al pozo, Jesús habla del agua.  Dice: “’Dame de beber’”.  No es mentira, pero la sed que tiene no es tanto para el agua que para cumplir la voluntad de su Padre celestial.  Colgado en la cruz según este Evangelio de San Juan Jesús dirá: “’Tengo sed’” con el mismo propósito.  Jesús quiere que la samaritana sea incluida en el Reino de Dios.

La mujer se pone brava con Jesús.  Lo reta: “’¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?’”  Ha venido sola al pozo.  Tal vez no tenga compañeras porque tiene una lengua bien afilada.  De todos modos ¿no es que muchas veces los que no quieren nada que ver con la religión actúan como la mujer?  Lo hacen difícil mencionar la fe.

Pero Jesús no se deja por vencido – no por mucho.  Le indica que su objeto no es servir a sí mismo sino a ella.  Le dice: “’Si conocieras el don de Dios y quién es el que pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva’”.  Tenemos que mantener esto en cuenta cuando nos acercamos a los demás con la intención de evangelizar.  No estamos allá para ganar un debate sino para ofrecer al otro la oportunidad para encontrar el “agua viva”; eso es, el significado verdadero de la vida.

Cuando lleguemos al tema de la fe, a veces los que no la practican sienten aturdidos.  Hablan de la dificultad de creer en Dios por tanto mal que existe o por la inmensidad del universo.  La samaritana sugiere esta dilema cuando dice a Jesús: “’…el pozo es profundo’”.  Sí es cierto, no hay límite al conocimiento de la creación, pero esto no importa tanto como la sabiduría.  La sabiduría es la arte de vivir con la gracia.  Una vez un joven explicó la diferencia entre el conocimiento y la sabiduría.  Dijo: El conocimiento es saber que el tomate es fruta y la sabiduría es saber que el tomate no pertenece en una ensalada de frutas.

Jesús no permite que la conversación se vuelva en una discusión teorética.  Le ofrece a la samaritana la sabiduría de Dios, el “agua viva”, que es, más precisamente, la vida eterna.  Pero la samaritana, siempre con dudas, se ríe de esta idea: “’…dame de esa agua para que no tenga…que venir aquí a sacarla’”.  Es cierto que la promesa de la vida eterna a veces suena demasiado buena para ser verdadera.  Es muy difícil convencer a alguien de ella con la lógica, pero tenemos en nuestro juego de herramientas un instrumento más eficaz.  Se dice que el hombre moderno escucha con más interés a los testigos que a los maestros.  Si vamos a tener éxito en nuestra evangelización, tenemos que atestiguar a su valor por vidas llenas con el gozo de servir.  Es el gozo del papa Francisco que a ochenta años lleva las responsabilidades de los jefes de las corporaciones más grandes pero siempre lleva sonrisa.  Es el gozo de Santa Teresa del Niño Jesús que aun en agonía exponía su afán a entregarse en la oración por las misiones.

Jesús se aprovecha de otra herramienta.  Despierta la fe de la samaritana con el conocimiento sobrehumana de su vida.  Pronto ella reconoce a Jesús como “profeta” pero sigue resistiendo su llamada al arrepentimiento.  Trata de levantar el escándalo de la religión por preguntar por qué es mejor dar culto en Jerusalén que en Samaria.  Esta crítica es semejante a la que muchos levantan hoy en día.  Dicen que la religión ha sido la causa de mucha sangre en la historia. 

Pero ¿es la religión que causa tantos problemas o la explotación de la religión por personas violentas?  De todos modos los grandes asesinos del siglo veinte fueron ateos – Hitler, Stalin, y Mao Zedong.  Jesús aclara la situación del culto en su tiempo.  Sí la salvación tiene su raíz en Abrahán pero él mismo introducirá el modo verdadero de adorar a Dios.  No dependerá del lugar sino de la presencia del Espíritu Santo. 


La mujer queda creyendo.  Puede dejar su cántaro porque ya no necesita agua del pozo. Pues ya tiene el “agua viva,” la fuente de la vida eterna.  Su deseo es ir y compartir esta fe con los demás.  La evangelizada se ha hecho en evangelizadora.  Es como Cristo espera de todos nosotros hoy en día una vez que conozcamos el afecto que él tenga para cada uno.  Que vayamos y compartamos la fe con los demás.

El domingo, 12 de marzo de 2017

El Segundo Domingo de Cuaresma

(Génesis 12:1-4ª; II Timoteo 1:8b-10; Mateo 17:1-9)

Una vez un joven estaba pasando el verano con su padre en Hawái.  Se fue al muelle un día donde estaban los veleros particulares.  Allí un hombre le invitó a acompañarlo en un viaje a las islas del mar sureño.  El joven se aprovechó de la oferta y tuvo, como podemos imaginar, una experiencia inolvidable.  En las lecturas de la misa de hoy vemos varias ofertas semejantes.

Dios llama a Abram en la primera lectura.  Quiere que Abram vaya a un lugar lejano para comenzar un pueblo nuevo.  Será bastante costoso.  Pues significa que Abram deje su palacio, su país, y sus padres.  Por eso el Señor le atrae con la oferta de bendiciones.  Dice a Abram que todos los pueblos se bendecirán en él.  Dios nos llama a nosotros también.  Quiere que dejemos la vida centrada en el yo para participar en un mundo transformado por Su amor.  Tampoco será fácil.  Significará que dejemos los placeres como ver la televisión toda noche y seguir nuestros antojos en los fines de semana. 

Porque costará, Dios nos atrae con una oferta aún más grande que la promesa a Abram.  Como San Pablo indica a Timoteo en la segunda lectura, Dios nos ofrece “la luz de… la inmortalidad”.  Pablo está invitando a su compañero que se le una con él en la predicación de la buena nueva.  Dice que implicará la lucha pero conllevará a la misma vez la resurrección con Jesús de la muerte.  Es la misma invitación con el mismo premio que Dios nos extiende a nosotros hoy.

El evangelio da un esquema del mensaje de los evangelizadores.  Jesús es el hijo apreciado de Dios.  Él cumple ambos la ley y los profetas por su pasión y muerte.  Vale lo que dijo antes de la subida a sus discípulos: que ellos tendrán que llevar su cruz detrás de él.  Sin embargo, el sufrimiento terminará en la gloria tanto a sus discípulos como a él mismo.  Entretanto él les fortalecerá con su toque.  

Debemos ver a nosotros llevando nuestra cruz como esos discípulos.  Tenemos que atraer a los demás a Cristo por dirigirnos a las injusticias del mundo.  Un refugiado de Siria tiene una idea acerca de cómo llevar a cabo esta misión.  Pide a los americanos que dispersemos los valores de respeto para cada persona humana.  Dice que podríamos aprovecharnos de las medias sociales (Facebook, Twitter y los demás) para sembrar los derechos humanos entre los pueblos extremistas.  No es sólo los soldados de ISIS que necesiten este mensaje.  En medio de nosotros hay racismo, machismo, y otros tipos de elitismo que queremos afrontar gentil pero firmemente.


Convertir a los pueblos es una tarea enorme que no va a ser cumplida en nuestro tiempo.  Pero esto no debe ser pretexto para demorar el comienzo de la lucha.  Seguimos adelante con la esperanza de Abram que Dios cumpla sus promesas.  No sólo vamos a ver la luz de la inmortalidad sino también el mundo con todas sus injusticias será transformado.  Sí nuestro mundo será transformado.

El domingo, 5 de marzo de 2017

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 2:7-9.3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)

Hemos entrado en la cuaresma.  ¿Quién no oyó las primeras llamadas al arrepentimiento?  Algunos sienten la repugnancia para este tiempo.  Tal vez les haga falta el espíritu de auto-abnegación.  Pero nadie es exento del sacrificio.  Todos hemos pecado; todos hemos embarcado en una trayectoria llevándonos lejos de nuestro destino.  Todos necesitamos a volver al camino recto para realizar nuestra esperanza.

La primera lectura hoy muestra cómo hemos caído de la inocencia.  Pues el drama descrito en Génesis sirve como análisis del pecado de cada persona humana. La serpiente no tienta a la mujer simplemente con el sabor de la fruta.  Tan sabroso como sea, no le causaría a desobedecer el único mandamiento que hay.  No, la serpiente sabe lo que ella y nosotros anhelamos más que nada.  Le ofrece a la mujer la igualdad con Dios en cuanto a juzgar acciones.  Según la serpiente, si la mujer come la fruta prohibida, se le abrirían los ojos para determinar el bien y el mal.  Entonces, no tendría que recurrir a Dios para ver si una acción es buena o mala.  Es lo que pasa cada vez que mentimos pensando que es mejor para todos que no se revele la verdad.  O es cómo nos justificamos por ver un programa de televisión lleno con imágenes lujuriosas.

Pronto la mujer y su compañero se dan cuenta que dependen en Dios más que imaginaban.  Su desobediencia les traerá la muerte.  Porque han abandonado a Dios, han perdido la fuente de su vida.  Sólo por una iniciativa del mismo Dios podrían recuperarse de esta pérdida.  En la segunda lectura San Pablo cuenta que Jesucristo salva a los hombres de la muerte.  Dice que por su obediencia a Dios Jesús ha ganado la justificación para todos.  Es como si el mundo se hubiera robado de todo el oxígeno y por la ingeniosidad de sola una persona se le regresa.

El evangelio muestra a Jesús como el hijo obediente de Dios frente de tres tentaciones perversas.  Primero, el diablo tienta a Jesús, hambriento después cuarenta días sin comer, con la propuesta de cambiar las piedras en pan.  Pero Jesús sabe que no es por las maquinaciones del yo que viva la persona humana sino por la bondad de Dios.  Fácilmente rechaza esta tentación.  La segunda es más sutil.  El tentador le desafía a Jesús que se eche de la cima del templo para ver si Dios Padre lo salvará.  Sin embargo, Jesús sabe que no es justo para un hombre probar a Dios.  Despide al diablo con el mandamiento bíblico: “’No tentarás al Señor, tu Dios’”.  Puede darle crédito al diablo por la persistencia.  Viene con todavía otra tentación, esta vez la más perniciosa posible.  Quiere que Jesús lo adore en cambio por la promesa vacua que le entregaría a él el mundo entero.  Una vez más Jesús no cae en la trampa.  Más bien manda a Satanás fuera con otra cita bíblica: “’Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás’”.

Jesús siempre guarda en mente el propósito de hacerse hombre: ha venido para salvar a los hombres y mujeres de sus pecados.  En el momento de cumplir este objetivo, tendrá otra tentación.  Cuando Jesús está colgando de la cruz, primero los viandantes, entonces los líderes judíos vienen burlándose de él.  Dicen: “’Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz’”.  La verdad es que Jesús no va a bajarse precisamente porque es el Hijo de Dios.  Seguirá cumpliendo la voluntad de su Padre hasta el fin. 


Hemos comenzado este tiempo santo para aprender cómo imitar a Jesús.  Como Jesús tenemos que negarnos del pan y cosas semejantes para mostrar que sobre todo dependemos de Dios para la vida.  Como Jesús tenemos que reconocer que la vida es llena de promesas vacuas que pueden llevarnos lejos de nuestro destino.  Sobre todo como Jesús tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios Padre a quien obedeceremos hasta el fin.  Tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios. 

El domingo, 26 de febrero de 2017

EL OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)

La mujer creció pobre.  Vino de una familia minera en Nuevo México.  No obstante, tuvo la oportunidad para estudiar a la universidad.  Mientras ensenaba escuela después su graduación, encontró a su esposo, un hombre de negocios.  Su familia prosperó siempre cerca de la Iglesia.  Cuando se jubiló, la mujer se dedicó tiempo a ayudar a una comunidad de mujeres pobres al otro lado de la frontera con México.  Porque no tenía dificultad identificarse con los pobres, sorprendió a sus amigos cuando les dijo: “He estado pobre y he estado rica.  Créanme, es mejor estar rica”.

¿Quién puede echarle la culpa?  Al menos si por decir “ser rico” estamos hablando de tener la suficiencia para dar de comer a su familia y proveerle algunas de las finezas de la vida.  Sin embargo, Jesús advierte a sus discípulos en el evangelio: “’No pueden ustedes servir a Dios y al dinero’”.  Jesús no está criticando el uso de la plata para vivir sino la orientación de la vida para ganar y gastarla.  Es la vida de aquellos que no piensan en Dios para agradecerlo y mucho menos en los indigentes para apoyarlos.

Ahora en los países desarrollados hay en debate acerca de los refugiados.  Dicen algunos que sólo es humano recibir a aquellos huyendo sus tierras nativas por el temor de sus vidas.  Entretanto otros se oponen el recibimiento de los refugiados porque, según ellos, amenazan la seguridad de sus países.  Se puede aprovechar del evangelio para juzgar este debate.  Sí habla sobre la comida y el vestido en el evangelio pero fácilmente se puede aplicar estas referencias al riesgo de aceptar a los refugiados.  Diría: “’… busquen primero el Reino de Dios y su justicia…’”, y la seguridad se les dará por añadidura.

Pensar en Jesús favoreciendo a los refugiados no niega la responsabilidad de los gobernantes a investigar cuidadosamente sus historias.  No deben ser admitidos a un país si existe un sospecho creíble que pueden causar daño a la seguridad pública.  En otros casos es difícil determinar quién es un refugiado verdadero.  Consideremos a los muchachos hondureños cuyas madres les mandaron al norte para vivir con sus parientes.  Los narcotraficantes, que tienen control de sus pueblos, emplearían a estos chicos en el comercio de drogas.  Las madres saben que una vez que sus hijos se junten con los traficantes o mueren pronto o se convierten en asesinos.  ¿No podría un país grande como los Estados Unidos dar refugio  a estos muchachos aunque no conformen exactamente a la definición del refugiado?

La segunda lectura habla de nosotros como “administradores de los misterios de Dios”.  Esta frase indica que sabemos algo que el mundo ignora.  El primer misterio que llevemos en nuestros corazones tiene que ver con la eficacia del amor.  Cuando nos entregamos por el bien de nuestro prójimo, no disminuimos sino nos fortalecen.  Este es la experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado de la muerte.  También es nuestra experiencia cada vemos que ayudemos a otra persona.  ¿No es que por lo poco que compartamos con los pobres casi siempre recibamos más en retorno?

Claro que sí.  La razón es que Dios es el amor.  Dice el profeta Isaías en la primera lectura que Dios tiene aún más amor para nosotros como una madre para su criatura.  Él no va a dejarnos faltando las necesidades.  No tenemos que preocuparnos; sólo tenemos que hacer su justicia hacia todos. 


Deberíamos estar pensando en la cuaresma que comienza este miércoles.  ¿Cómo vamos a demostrar nuestra contrición a Dios?  ¿Vamos a dejar de comer chocolate y rezar el rosario diariamente?  Está bien pero el mismo profeta Isaías nos prescribe el ayuno que quiere Dios aún más: “…que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores…” (Isaías 58).  Quiere que levantemos los yugos de los refugiados.

El domingo, 19 de febrero de 2017

EL SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 19:1-2.17-18; I Corintios 3:16-23; Mateo 5:38-48)

El médico hablaba de un amigo.  Dijo que el hombre había perdido más de mil libras en  su vida.  Sin embargo, el hombre quedó obeso.  ¿Cómo podría ser?  Por supuesto, el hombre hizo muchas dietas que bajaron su peso. Pero cada vez que llegó a su objetivo, comió tanto que siempre recuperara el peso perdido.  Entonces tuvo que comenzar de nuevo.  Bueno, en el evangelio hoy Jesús nos manda a lograr algo más difícil que perder el peso.  Quiere que nos hagamos “perfectos”, no sólo por un rato sino para siempre. ¿Cómo vamos a cumplir este mandato?

Para responder a la pregunta tenemos que averiguar de qué consiste la perfección.  Jesús acaba de describir seis retos que van más allá de las exigencias de la ley judía.  Su propósito es decir que quienquiera supere estos retos llegará a la perfección.  En el evangelio del domingo pasado escuchamos los primeros cuatro retos.  Ahora tenemos los últimos dos.  En primer lugar no debemos resistir al hombre malo. Como si esto no fuera suficientemente difícil, también tenemos que amar a nuestros enemigos.  Ya nos parece realmente más allá de nuestras capacidades.  Pero antes de que nos demos por vencidos, que miremos más al fondo lo que Jesús está exigiendo.

Nos preocupamos del mandato de no resistir al hombre malo particularmente cuando pensamos en la guerra nacional.  Tememos que Jesús pida que nos rindamos delante de una invasión de un ejército extranjero.  Pero esto no es el caso.  Jesús ocupa ejemplos de afrentas individuales, no de ataques con armas.  Dice que tenemos que dar nuestro abrigo al otro cuando nos pida la chaqueta o caminar dos millas cuando nos solicite acompañarle una milla.  Sería injusto a nuestros paisanos, nuestras familias y nosotros mismos si no nos defendemos de agresores.  Pero ¿estamos listos para ceder nuestro abrigo si nos lo pide? Si juzgamos que realmente se lo necesita, que recemos por el valor para entregárselo.

Independiente de si le regalamos nuestro abrigo, Jesús manda que amemos al enemigo.  No tiene en cuenta sentimientos tiernos aquí sino la voluntad de ayudar al otro.  Ciertamente nos cuesta ofrecer la ayuda a un extranjero que posiblemente nos haga malo. Una vez un viajero blanco de otro estado tenía problemas con su coche nuevo.  Por casualidad se encontró con un mecánico, un negro, en una tienda a las doce de la noche.  Al escuchar su problema el mecánico tenía el coche remolcado a su taller.  El próximo día el mecánico arregló el coche y cargó al viajero sólo para el remolque y los repuestos. Esto es el amor que Jesús espera de nosotros.  

La primera lectura habla de la necesidad que seamos santos como Dios.  Es semejante a la conclusión del evangelio: “’Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto’”.   ¿Entonces es ser santo igual a ser perfecto?  La respuesta depende de lo que significamos por decir, “ser santo”.  Si significamos pasar todo el día en el templo rezando, a lo mejor no.  Pero a su raíz la santidad quiere decir quedar aparte, no contaminado por los vicios de los demás.  Es vivir sin mentir, sin codiciar cosas ajenas, y sin odiar a nadie.  Ya las dos cualidades – ser santo y ser perfecto -- confluyen.  De hecho, no hay diferencia entre los verdaderamente santos y los verdaderamente perfectos. 

Queda la pregunta: ¿Cómo podemos superar los retos para hacernos perfectos o, si se prefiere, santos?  Se ve la clave en la segunda lectura.  Dice que tenemos que dejar los criterios de este mundo – el placer, el poder, y la plata – para atender al Espíritu Santo.  El Espíritu reside en la iglesia, no en las actitudes pomposas que a veces topamos allá, sino en las personas abnegadas que encontramos con frecuencia.  Al colaborar con estas personas nos disponemos al Espíritu.  También el Espíritu nos toca a través de la palabra de Dios que la Iglesia nos proporciona.


En las universidades norteamericanas el índice de la perfección es “cuatro punto cero”.   Significa que el estudiante ha sacado las notas más altas en todas sus materias.  Es semejante a lo que nos exige Jesús en el evangelio.  Quiere que seamos perfectos por sacar las notas más altas en todos aspectos de la vida: decir la verdad, no codiciar a cosas ajenas, y amar a todos.  Ciertamente nos forma un gran reto, pero el Espíritu Santo nos ayuda superarlo.

El domingo, 12 de febrero de 2017

EL SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 15:16-21; I Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37)

Esta semana nos fijamos en el corazón.  Pues el martes celebramos el Día de San Valentino.  El evangelio hoy también nos da razón para contemplar lo que se ha considerado como la sede de las emociones.  Presenta a Jesús dándonos las pautas para configurar nuestros corazones con lo suyo.

Muchos piensan en Jesús casi como un hippie.  Lo imaginan con pelo largo, llevando sandalias, y predicando la paz y la libertad.  Pero esto no es el retrato de Jesús que tenemos en el pasaje de hoy.  Lo vemos más claramente como un rey proclamando su voluntad para el pueblo.  No rechaza leyes.  Más bien las levanta como necesarias para evitar desvíos peligrosos del camino.  Pero más importante Jesús hace hincapié en la reforma del corazón humano.  Insistirá que hagamos varios cambios en nuestro modo de juzgar para vivir con la justicia.

La primera reforma del corazón que Jesús manda es que nos reconciliemos con nuestros adversarios.  Dice que no es suficiente que no matemos a nuestros enemigos; tenemos que buscarlos con la paz en cuenta. Para llevar a cabo este mandamiento, necesitaremos reemplazar el orgullo con la humildad.  Los malasios tienen una costumbre que puede ser formativa en la búsqueda de la reconciliación.  Al día festivo después de triente días de ayuno se acogen a uno y otro diciendo: “minta ma’af”.  Este término significa “pido perdón”.  Normalmente no se da el motivo de la petición.  La práctica reconoce cómo podemos ofender a los demás tanto inconsciente como conscientemente. 

Después de mandar la reconciliación Jesús se refiere a un grupo particularmente agraviado.  Insiste que los hombres no vean a las mujeres como objetos de deseo animal.  Dice que no es suficiente que no tengamos relaciones con otras mujeres.  Tenemos que valorar a todas como personas iguales en dignidad.  Por supuesto el reto incluye rechazar pensamientos lujuriosos.  Una vez dos monjes caminaban por el campo.  Llegaron a un río donde encontraron a una joven bella que quería cruzar el río pero no podía resistir el corriente.  El monje mayor la tomó en sus brazos y la llevó a la otra orilla.  Cuando llegaron allá la dejó y los dos monjes siguieron en su camino.  Esa noche el monje menor preguntó a su compañero como podría tocar a la joven por tanto tiempo sin tener lujuria.  El mayor le respondió: “Mi hermano, la tomé en mis brazos en una orilla y la dejé en la otra.  Entretanto tú la tomaste en tu mente y nunca la soltaste”.

Otra reforma del corazón necesaria tiene que ver con nuestro modo de hablar.  Tenemos que decir la verdad cuando sea conveniente y cuando no sea.  No es suficiente que no mintamos sólo bajo juramento.  De hecho, según Jesús, no hemos de jurar nunca.  Un hombre trabajaba por años para proveer por  su familia.  No era rico pero sí poseía una casa y algunos otros recursos.  Vino el día en que necesitaba la atención de un asilo.  La familia consideraba poner todos los recursos de su padre en el nombre de un hijo para que pudiera aprovecharse del auxilio público para los indigentes.  Pero decidió que no, que habría sido una mentira.  


“Danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar” cantamos.  En realidad estamos pidiendo una reforma de nuestro corazón actual.  Queremos en primer lugar que el Señor nos engrandezca la capacidad del corazón para respetar a todos.  Queremos también que Él nos fortalezca la voluntad, a menudo asociada con el corazón, para superar los vicios: el orgullo, la lujuria, y la mentira. Es nuestro reto hoy y siempre: respetar a todos y superar los vicios.

El domingo, 5 de febrero de 2017

EL QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 58:7-10; I Corintios 2:1-5; Mateo 5:13-16)

“Glorifiquen a Dios por sus vidas.  Váyanse en paz”, a veces se concluye la misa así.  Estas palabras dan eco al evangelio hoy.  Jesús instruye a sus discípulos a dar testimonio de la bondad de Dios con actos de caridad.  Dice: “’Que ... brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos’”.

Pero antes de mencionar la luz Jesús llama a sus seguidores “’la sal de la tierra’”.  A la primera escucha sentimos desanimados con esta comparación.  Pues la sal es tan barata como papel triturado.  Sólo al segundo pensamiento se aprecia el valor de la sal.  Sobre todo la sal acentúa el sabor de la comida.  Es la especia de los pobres.  También la sal es buen conservante.  Los antiguos salaban la carne y el pescado para que tuvieran de comer en el invierno.  Además, mixta con agua, la sal hace un baño sanador y sirve como un antiséptico.  Por comparar a sus discípulos con la sal Jesús quiere decir que pueden agilizar las vidas de otras personas.  El servicio caritativo en una parroquia envía a treinta servidores llamados “visitantes” cada día a noventa internados.  Les llevan un desayuno de pan, leche y cereales.   Tal vez más beneficioso es el calor humano que les proporcionan del Espíritu Santo en sus corazones.

Jesús se da cuenta de que la sal puede hacerse insípida de modo que pierda toda utilidad. Los discípulos se harían insípidos si tratan de impresionar a los demás por contarles de sus propios logros. En la segunda lectura san Pablo escribe a los corintios que él no usó ni la elocuencia ni la sabiduría cuando les predicaba de Jesucristo.  Si lo hubiera hecho, él se habría vuelto en sal insípida que no puede afectar nada bueno.  Pablo se aprovechó de la historia de Jesús crucificado y resucitado para entregar su mensaje.  Estas palabras junto con obras de caridad convencieron a los corintios que les ha llegado el amor de Dios por medio de Cristo.

Además Jesús llama a sus discípulos “la luz del mundo”.  Como la sal, la luz es tanto común como necesaria.  La luz hace el papel principal en la producción de plantas.  Sin la luz no pudiéramos comer.  Tampoco sin la luz pudiéramos ver.  Actuamos como la luz cuando ayudamos a otras personas conocer la verdad.  Recientemente una religiosa de noventa y tres años murió.  Ella estaba activa hasta el fin enseñando al pueblo.  En los últimos años dio clases de inglés a los inmigrantes.  Como Cristo ella apoyó a los pobres para conocer el amor de Dios Padre. 

Como la sal puede volverse insípida, el valor de la luz puede perderse.  Jesús compara esta pérdida al esconder una vela debajo de una olla.  Así serían los padres si no vigilan a sus hijos hacer sus tareas.  Es igual para los sacerdotes.  Si no acompañan a la gente en los momentos de prueba, también se hacen en luces escondidas.


¿Cómo nos hacemos en apóstoles de Jesucristo?  ¿Tenemos que hablar con elocuencia o hacer el papel principal en la producción de comida? No, podremos glorificar a Dios más por mantenernos tan común como la sal y tan barata como la luz. Tenemos que salar al mundo con buenas obras y alumbrar la tierra con el amor del Espíritu.  Es suficiente: salar al mundo con buenas obras y alumbrarlo con el amor.

El domingo, 29 de enero de 2017

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Sofonías 2:3.3:12-13; I Corintios 1:26-31; Mateo 5:1-12)

En el evangelio del domingo pasado oímos un tipo de “tweet” de Jesús.  Dijo: “’Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos’”.  Hoy y en los próximos cuatro domingos el evangelio de San Mateo enseña el significado de este mensaje.  Muestra a Jesús tomando a sus discípulos aparte para explicarles lo que involucra la conversión verdadera.

Para despertar sus esperanzas Jesús comienza su discurso con una descripción de la meta.  Las bienaventuranzas cuentan de los premios que aguardan a aquellos que se convierten.  En la lucha para los derechos civiles los negros tenían que recordarse cómo la libertad valió los abusos que experimentaban.  Decían a uno y otro, “Mantengan sus ojos en el premio”.  Jesús nos tiene el mismo consejo en este evangelio.  Todos los premios enumerados – “el reino de los cielos”, “misericordia”, aun “la tierra” -- tienen el mismo fin.  Se dirigen al amor y la paz de la vida eterna.

Se puede dividir las nueve bendiciones pronunciadas aquí en dos grupos.  Unos tienen que ver con nuevas maneras de ser.  Otros atañan nuevas maneras de actuar.  ¿Cuáles son las más importantes?  No se puede decir porque el comportamiento procede del ser, tanto como se determina cómo es la persona por lo que hace.

En primer lugar Jesús dice que ha de ser como “los pobres del espíritu”.  Estos son las personas que viven dependientes de Dios.  Sean indigentes o sean adineradas, ellos vuelven a Dios como su riqueza.  No dejan  de hacer lo justo porque confían que Dios les recompensará.  Un hombre de negocio quería jubilarse.  En lugar de vender su agencia de seguros al que le ofreciera el más dinero, se lo dio al comprador que le garantizó que no quitara a ningún empleado.  Aunque este hombre vivía cómodo, era “pobre de espíritu”.

Otro modo de ser que merece el premio de la vida eterna es con corazón limpio.  Este estado tiene que ver con nuestra manera de amar.  Requiere que rechacemos el deseo para poseer, dominar, y explotar al otro por el placer animal.  Un matrimonio joven practicaba la planificación natural hasta que el hombre terminara sus estudios.  Admitieron que era difícil porque sentían el deseo para la intimidad más fuerte cuando ella estuvo fértil.  Pero por el bien de todos decidieron a practicar la abstinencia por el período indicado cada mes.

Como manera de actuar Jesús recalca a los que trabajan por la paz.  Estas personas no se cansan frente al reto de reconciliar a los enemigos.  Primero, hacen hincapié en los valores que los adversarios tienen en común.  Entonces presentan modos creativos para resolver las diferencias que emergen inevitablemente.  Un día dos muchachos – amigos por años -  tuvieron una discusión.  No iban a hablar con uno y otro de nuevo.  Entonces el padre de uno de los dos intervino.  No insistió que su hijo hiciera las paces con su amigo.  Más bien, él mismo las hizo.  Buscó al otro muchacho y le invitó acompañar a él y su hijo a un partido de fútbol.  No tardó mucho antes de que los dos muchachos conversaran como si nada les hubiera pasado.


Jesús enumera nueve bienaventuranzas aquí al principio del Sermón del Monte.  Pero no son las únicas del evangelio.  En el primer capítulo del Evangelio según San Lucas Isabel dice a María: “’Bendita eres entre todas mujeres’”.  En el penúltimo capítulo del Evangelio según San Juan Jesús pronuncia una bienaventuranza sobre aun nosotros cuando dice: “’¡Dichosos los que creen sin haber visto!’”  De verdad estamos benditos sólo por haber sabido de Jesucristo.  Ya tenemos que actuar conforme a sus maneras para que realicemos la dicha de la vida eterna.  Ya tenemos que actuar conforme a sus maneras.

El domingo, 29 de enero de 2017

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

 (Sofonías 2:3.3:12-13; I Corintios 1:26-31; Mateo 5:1-12)

“El arroyo de la sierra me complace más que el mar”.  No sólo al autor de “Guantanamera” le gusta más el monte que la playa.  Muchos ven en los altos un sentido del cielo.  Allá el aire es claro y el ruido ausente.   Allá se puede respirar libremente y pensar profundamente.  Allá el compromiso no parece como un yugo que le pesa sino un coche que le transporta.  Tal vez por estas razones Jesús lleva a sus discípulos al monte en el evangelio hoy.

En la antigüedad se consideraba que los dioses viven en las montañas.  De allí mirando a los humanos, pueden echar relámpagos para llamarles la atención.  Similarmente, porque Jesús es el Dios-hombre, el evangelista Mateo lo describe subiendo el monte para entregar su programa a sus seguidores.  A nosotros cristianos será el discurso más notable en la historia.

“Dichosos”, comienza el Señor en contra de nuestras expectativas.  Donde pensamos que Jesús nos pondría mandatos, él nos habla de la felicidad.  Nos recordamos que ha venido para traer la salvación de Dios Padre.  Como diríamos a nuestros hijos, Dios sólo quiere que seamos felices.  Pero opuesto a nosotros a veces, la felicidad que Dios nos busca no llega sólo a la piel ni cambia con los tiempos.

Un teólogo propone cuatro niveles de la felicidad.  Al estado más básico queda el placer del cuerpo obtenido por buena comida, bebida, sexo y aun drogas.  Tal vez todos nosotros hayamos experimentado cómo la satisfacción que resulta de estas cosas se desvanece.  También nos hemos dado cuenta de cómo el sobreconsumo de materias placenteras puede desembocar en la adicción -- un tipo de infierno.  El segundo nivel involucra el sentido de superioridad por haber obtenido más plata, poder, o prestigio que otras personas.  Sí, es cierto que sentimos cumplidos por haber ganado la carrera como jóvenes o por manejar el carro más lujoso como adultos.  Pero es seguro también que no duran mucho estas complacencias porque siempre hay otra persona que corre más veloz o que recibe mayor sueldo.  Al tercer nivel se encuentra la satisfacción por haber servido a otras personas. Dice el filósofo Aristóteles que la verdadera felicidad anda mano-a-mano con la virtud. Por eso, para ser realmente contentos tenemos que fomentar buenos modos de ser, particularmente ser más caritativos.  Y, finalmente, al nivel más alto la felicidad viene con el amor a Dios y la entrega a Su servicio.  Para vivir completamente felices, todos los días agradecemos a Dios gracias y le serviremos con todo corazón.

Las bienaventuranzas de Jesús demuestran todo lo que acabamos a decir.  Jesús no pronuncia “dichosos” a los ricos, ni a los soberbios, ni a los glotones sino a aquellos pobres y sufridos que se pongan a sí mismos pendientes de Dios Padre.  Así dichosa es la hermana Leti, una misionera religiosa evangelizando entre los pobres en áfrica.  Tampoco Jesús declara felices a los guerrilleros, ni a los tiranos, ni a los que se transijan a sí mismos en asuntos de la justicia.   Más bien, según Jesús, felices son los hacedores de la paz, los misericordiosos, y aquellas personas que preferían a morir que traicionar a él.  Así era feliz el presidente Abraham Lincoln cuando presentó su intención a reintegrar a los estados sureños en la Unión “con caridad a todos y malicia a nadie”.


“¿Todos están felices?” un director de conjunto siempre exclamó en el medio del baile.  Invariablemente todos presentes en el salón respondieron, “Sí”.  Pero es cierto que no todos tuvieron el mismo nivel de felicidad.  Algunos estuvieron contentos por haber escuchado la música.  Otros se alegraron por haber ganado el concurso de baile.  Dichosos son los dos grupos, pero su felicidad no llegará más allá de la piel.  Otros fueron felices porque venían con amigos por los cuales morirían.  Su felicidad durará por el cambio de muchos tiempos.  Finalmente había otros que eran felices porque reconocieron que Dios Padre los quiere.  Estas personas  serán contentas tan largo como quedan las montañas.

El domingo, 22 de enero de 2017

EL TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Isaías 8:23-9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

Más tarde este año, cristianos en todas partes del mundo van a celebrar un gran jubileo.  Desgraciadamente pocos católicos participarán en las festividades.  Pues han sido quinientos años desde que Martín Lutero clavó sus noventa y cinco teses criticando la Iglesia Católica.  Sus ideas crearon una revolución que sigue en fuerza hoy en día.  Las divisiones resultantes reflejan bien la preocupación de San Pablo en la segunda lectura.

Pablo escribe a los corintios después de enterarse que se han dividido en facciones.  Dice que unos reclaman que son de Pedro; otros, de Apolo; otros, de Cristo; y todavía otros, de él mismo.  Estas divisiones anticipan las diferentes comunidades de la actualidad: evangélicos, católicos, cristianos, y muchas otras.  De hecho, hay en el record entre triente y cuarenta mil tipos de cristianos en el mundo actual.

Comprende un escándalo no sólo porque todas las divisiones profesan “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5) sino por algo más atroz.  En los siglos desde Lutero ha habido odio aun la violencia entre los grupos.  Los católicos a menudo han dicho: “Hay que ser católico para ser salvado”. Asimismo los protestantes han condenado a los católicos como supersticiosos.  En el siglo diecisiete la “Guerra de los Treinta Años” luchada por la mayor parte entre los católicos y protestantes causó la muerte de ocho millones personas.  No es por nada que Pablo tiene que preguntar en la lectura si el cuerpo de Cristo, que todos los grupos constituyen, podría ser dividido.  Por supuesto la respuesta correcta es “no”.   Sin embargo, por el orgullo las bandas continúan como un cáncer comiendo tejidos buenos.

En el evangelio Jesús llama a todos a convertirse.  Dice: “’… está cerca el Reino de los Cielos’”.  Tiene en cuenta el amor de Dios que levanta a la gente del odio.  El Concilio Vaticano II llamó a los católicos a un arrepentimiento semejante.  Recomendó que trabajáramos para la reunificación de la Iglesia, un movimiento llamada el ecumenismo.  Surgió que los laicos rezaran por la unidad con sus contrapartes protestantes.  También deseó que colaboraran en proyectos sociales como dar refugio a los desamparados.  El concilio dirigió a los educados en la teología que dialogaran para profundizar el entendimiento de uno y otro. 

Ha habido instancias de estas acciones, pero más hace cuarenta años que hoy en día. Es como si nosotros quisiéramos -- en las palabras del evangelio -- quedar en las barcas de nuestros padres en lugar de seguir a Jesucristo.  Es como si prefiriéramos mantenernos en las redes del prejuicio y la indiferencia al ofrecer una mano de paz a nuestros hermanos en la fe cristiana.  Pero los papas recientes nos han puesto en el camino del verdadero amor cristiano. El papa Juan XXIII creó un departamento vaticano para la unidad cristiana.  Juan Pablo II pidió perdón de los protestantes por el uso de la violencia en el pasado.  Y hace poco Francisco participó en una oración marcando la inauguración del quinto centenario de la protesta de Lutero.  Elogiando al primer protestante, dijo que la pregunta de Lutero sobre cómo lograr la misericordia de Dios es “la pregunta decisiva de nuestras vidas”.

En Francia existe una comunidad de monjes dedicada al ecumenismo.  Llamada Taizé, la comunidad se constituye de más de cien protestantes y católicos.  Los monjes llaman a jóvenes de todas partes del mundo para hacer un peregrinaje a su monasterio.  Allá dialogarán, rezarán y trabajarán juntos para fortalecer los vínculos del verdadero amor cristiano.  Así todos deberíamos actuar para fortalecer el verdadero amor.