El domingo, 27 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

En el inicio de la televisión norteamericana un programa de concurso llamó la atención de todos. Se dice que todo el mundo vio “The $64,000 Question” (la pregunta que vale $64,000) desde el Presidente de la Republica hasta el criminal en la calle.  Las reglas eran sencillas: se le preguntó al concursante una pregunta inicial cuya respuesta correcta valió un dólar.  Si la respondió bien, se duplicaron el valor y la dificultad de la próxima pregunta.  Cuando llegó a la pregunta que valió el máximo de $64,000, el suspenso estuvo palpable.  Los millones de telespectadores se maravillaron al ver los genios identificar detalles minuciosos como la firma de Shakespeare.  En el evangelio hoy Jesús tiene una pregunta para sus discípulos que vale mucho más que $64,000.

Jesús pregunta a sus discípulos quien piensa la gente es él.  Sus respuestas son previsibles. Lo ve como un profeta como el fogoso Elías o el sufrido Jeremías.  Es como muchos en la sociedad hoy respondería.  Según la opinión de muchos Jesús es no más que un gran líder religioso como Mohamed o un reformador venerable como Mahatma Gandhi.  Se puede decir que estas respuestas tienen algún sentido. Sin embargo, apenas captan toda la realidad que es Jesús.

A pesar de lo que opinan los demás, nosotros buscamos una comprensión más profunda de quien es Jesús.  Pues consideramos nuestra vocación en la vida a seguirlo.  Él mismo nos pregunta a sus discípulos: “’Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?’”  Simón no demora para contestar de parte de los discípulos y de nosotros también: “Tú eres el Mesías…” Eso es, Jesús es el enviado de Dios a su pueblo para liberarlo del apuro en que se encuentra. Además añade Pedro: “… el Hijo de Dios vivo”.  Como Su Padre Dios, Jesús tiene el poder para conceder la vida.

Hoy en día muchos encuentran como el apuro más apremiante el recurso a la violencia.  En Europa los radicales musulmanes tienen a la gente asustada. A lo mejor no falta el llamado a vengarse de parte de muchos nativos en los países allá.  En Latinoamérica los narcotraficantes y las pandillas están aterrorizando ambos a los pobres y los ricos.  Ya en los Estados Unidos los extremistas en la derecha y en la izquierda amenazan a uno y otro de modo que se parezca que la sociedad esté cayendo en la anarquía. 

En estos tiempos duros nosotros cristianos debemos ser muy deliberados en nuestro seguimiento de Jesucristo. Él no superó las fuerzas del mal con armas sino con la justicia que su Padre Dios le otorgó.  Seguirlo significa que vamos a vivir como imágenes suyas.  No vamos a gritar a quienes discrepamos sino a dialogar con ellos con respeto.  Tampoco vamos a golpear a nadie. En cuanto a nuestros hijos buscaremos otros modos apropiados para castigarlos.  Igualmente ustedes muchachos tienen que comprometerse a no pelear con nadie. Y vamos a estar tranquilos en las carreteras rehusando a maldecir y dispuestos a dar el paso.  ¿Por qué?  Es preciso que nos recordemos cómo somos hermanos de Jesús destinados a vivir con él en la vida eterna.  

El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

El domingo, 12 de agosto de 2017

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

La arquidiócesis de Chicago era la más grande en los Estados Unidos.  Hace cincuenta años había iglesias en casi todos los barrios, y los fieles las llenaban en los domingos.  Es una historia diferente hoy día.  Muchas parroquias no tienen párroco propio, y bancas enteras quedan vacías durante la misa dominical.  La iglesia allá, como en muchas partes de Norteamérica y Europa, está en crisis.  Esta situación es anticipada en el evangelio hoy.

La barca de los discípulos sacudida por las olas representa la Iglesia después de la resurrección de Jesús.  Está sufriendo el rechazo y la persecución de parte de los judíos en Israel.  Sí, las misiones han encontrado éxito. Pero también han enfrentado la persecución y el martirio.  La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su pueblo.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.

No nos falta la compañía de Jesús ahora.  Jamás abandonará a sus fieles en su apuro.  Aunque las parroquias latinas no experimentan la caída de la asistencia en la misa, sí tienen sus propios retos.  Sus jóvenes no quieren asistir en la misa dominical.  Dicen que no creen, pero la verdad es que no quieren que nadie les obligue a hacer nada.   Jesús está allí con la pastoral juvenil que casi todas las parroquias tienen.  Les cuenta tanto a los adolescentes como a los jóvenes que sólo con él tendrán la verdadera libertad para ser todo lo que puedan.

Hay muchos adultos en nuestras parroquias atraídos a las iglesias cristianas por los predicadores con gran convicción si no mucha educación.  Algunos sienten acogidos en sus congregaciones porque no hay preceptos contra el divorcio y casamiento de nuevo. Sin embargo, Jesús queda en la Iglesia Católica instruyendo a los fieles que el matrimonio es una alianza con Dios para fortalecer el amor entre los novios.  Como el papa Francisco enseña es para toda la vida; y cuando emerjan problemas, la gente debería buscar la ayuda de los párrocos.

Deberíamos pensar en la estampa de Pedro caminando sobre el agua como una imagen de la iglesia siguiendo a Jesús por la fe.  Está bien en cuanto mantenga sus ilusiones en sus promesas y su confianza en su apoyo.  Puede transitar los problemas más grandes – el acosamiento por los gobiernos, el rechazo de los diferentes sectores de la sociedad, aun las traiciones de parte de sus propios ministros como los abusos sexuales reportados hace quince años.  Pero una vez que ella quite los ojos de Jesús como su ayuda y su meta, se encuentra hundiendo en el agua caudalosa.


Entonces ¿podemos nosotros individuos caminar sobre el agua?  La respuesta es sí, al menos figurativamente, si mantenemos nuestros ojos fijados en el Señor.  Está en medio de nosotros en diferentes modos – en los ministros de la Iglesia, en los pobres de espíritu, y particularmente aquí en la Eucaristía donde escuchamos su voz y consumimos su cuerpo y sangre.  Jesús está en medio de nosotros para guiar nuestros pasos sobre el agua.  

El domingo, 6 de agosto de 2017

LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

(Daniel 7:9-10.13-14; II Pedro 1:16-19; Mateo 17:1-9)

En uno de los más famosos discursos en la historia norteamericana el reverendo doctor Martin Luther King contó de subir una montaña.  Hablaba figurativamente pero su mensaje fue tan claro como si tuviera fotos del panorama.  Fue de la esperanza entre el sufrimiento -- la luz después de una noche larga de miseria.  Dijo que desde la cumbre vio un futuro glorioso para el negro en los Estados Unidos.  Vaticinó que los negros no iban a mantenerse como ciudadanos de la segunda clase por más tiempo.  Porque habían decidido a unirse en la lucha, dijo que iban a ser reconocidos como personas de igual valor como cualquier otro.  En el evangelio tres discípulos trepan una montaña con Jesús para recibir una revelación aún más esperanzadora que la del reverendo King.

Jesús acaba de decir a sus discípulos como él tendría que sufrir la muerte para cumplir su misión como el mesías.  Pero el mensaje confundió al grupo; pues tenían en cuenta la historia gloriosa del rey David cuando mencionó “mesías”.  En su parecer como David había derrotado a los pueblos alrededor Israel hace mil años, los discípulos imaginaban que Jesús expulsaría a los romanos de la patria.  Pero ¿cómo puede conquistar a los extranjeros si iba a ser entregado y ejecutado? 

Ya con su rostro transfigurado los discípulos se dan cuenta que Jesús no es como cualquier otro hombre sino es del cielo.  La aparición de Moisés y Elías hablando con él les trae la confianza que Jesús cumplirá las promesas de la Ley y los Profetas como todo el mundo esperaba del mesías.  Aún más impresionante la voz de Dios Padre confirma todo lo que Jesús ha dicho.  Es decir, experimentará tanto la gloria de la resurrección como la humillación de la muerte.

Nosotros también tenemos que reconocer a Jesús como el “Hijo muy amado” y que “escucharlo” bien.  Mientras otros buscan su salvación en dinero o placeres, nosotros la vemos en seguir a Jesús.  Él nos conducirá por lugares donde no estamos siempre cómodos como los hospitales y las prisiones para cuidar a gentes a menudo olvidadas.  Él nos moverá a tener la paciencia con personas con dificultades y extender la mano a aquellos con debilidades.  ¿Suena difícil?  Realmente no es porque tendremos a Jesús como compañero.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.


El domingo, 30 de julio de 2017

EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

Dice el Señor que el Reino de Dios es como “un tesoro escondido en un campo”.  Tal vez quisiéramos preguntar: ¿quién esconderá un tesoro en un campo?  Ahora en el tiempo de cerraduras y bancos, nadie lo hará.  Pero en los tiempos antiguos las cosas eran diferentes.  Los ladrones podían dejar la casa vacía de cualquier objeto de valor.  Por eso, los dueños solían enterrar sus tesoros en un rinconcito marcado del campo.  Una mejor pregunta para nosotros es: ¿qué es nuestro tesoro? 

Para mí una cosa muy valiosa es el tiempo.  Trato de llegar a cada compromiso a la hora exacta para que no pierda ni cinco minutos de tiempo.  A lo mejor cada uno define su tesoro en una manera individua.  Pero podemos abstraer algunos constantes para los diferentes grupos de edad.  Los jóvenes buscan como su tesoro a un compañero de vida que es ameno y, sobre todo, guapo.  A los adultos les importa la estabilidad.  Quieren ingresos que proveen las necesidades de la casa y una casa que no perderá su valor con el tiempo.   Los mayores se preocupan por la salud.  Desean evitar el dolor y prolongar la vida lo más posible. 

En la antigüedad antes de Cristo se consideró la sabiduría como el tesoro más precioso.  Valió la pena vender todo lo que se tenía para hacerse sabio.  Con la sabiduría nuestros tesoros se modifican.  Los jóvenes no consideran la belleza como la cualidad número uno en una pareja sino la capacidad de amar.  Es decir, se dan cuenta de que la disposición a poner el bien del cónyuge primero vale más que una figura perfectamente proporcionada.  La sabiduría enseña a los adultos que la estabilidad queda más en lo moral que en lo material: más en tener el amor mutuo entre los familiares que en tener un cuarto para cada hijo, más en dar la reverencia a Dios que en tomar vacaciones en la playa.  Los viejos se aprovechan de la sabiduría por reconciliarse con Dios y con los demás para que mueran en la paz.

Jesús reemplaza la sabiduría con el Reino de Dios.  No es que los dos difieran mucho; pero el Reino de Dios ofrece un matiz más contundente.  El Reino de Dios mueve al joven buscar primero en una pareja el amor para Dios: que él o ella jamás haría algo ofensivo al Señor.  Le conduce al adulto a confiar en Dios como el cimiento de su casa por guardar sus mandamientos, venga lo que venga.  Al mayor el Reino exige una entrega más o menos completa: que acepte cada día como un regalo de Dios y el sufrimiento como modo de juntarse con Cristo en la salvación del mundo.

Nosotros cristianos reconocemos a Jesús mismo como el cumplimiento del Reino de Dios.  Cuando abracemos a él como nuestro salvador, se nos acoge en el Reino de su Padre.  Podemos proponer una parábola para explicar esto. 

Jesús es como piedra.  Cuando somos jóvenes, él es el diamante más precioso a darse a nuestra novia.  Como adultos él es el cimiento del amor sobre que construimos nuestra casa.  Y cuando nos hagamos viejos, él es la roca que nos aferramos en faz de la muerte.  Jesús es la roca para aferrarse siempre.

El domingo, 23 de julio de 2017

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO, 23 DE JULIO DE 2017

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Recientemente un exsoldado de Irak escribió un libro acerca de su regreso a casa.  Cuenta de un círculo vicioso de excesos: drogas, alcohol, pleitos, sexo.  Realmente sus experiencias parecen más patéticas que emocionantes.  Describe, por ejemplo, cómo un compañero – otro veterano – se suicidó del estrés.  Indica que él iba por el mismo camino.  Entonces con la ayuda de un psicólogo podía cambiar su vida.  Con la publicación del libro el exsoldado descubrió cómo su historia tuvo valor.  Las experiencias  – tan horribles como fueran – resuenan con las de miles de otros veteranos.  Por describirlas con toda honestad ayudó a los demás hacer sentido de las dificultades de sus vidas.

La historia del veterano de Irak refleja el propósito de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.  A pesar de que el evangelista Mateo tiene a Jesús contando parábolas para confundir a la gente, los investigadores de la Biblia insisten que originalmente Jesús tenía otro motivo.  Según ellos Jesús habló con parábolas para ilustrar su doctrina a los sencillos.  En el caso de la parábola acerca del trigo y la cizaña Jesús explica la razón que Dios permite el mal.  Como el agricultor no arranca la cizaña porque no quiere que se saque la cosecha buena, Dios tolera alguna maldad para ver quien es bueno y quien malo.    

Tal vez nosotros también nos encontremos metidos en algún mal.  Puede ser la pornografía o aún una relación ilícita.  Puede ser un grupo de chismosos o el hábito de tomar cosas ajenas.  Una vez yo era acostumbrado a criticar todo en un modo satírico.  Casi nada y nadie eran tan buenos que no los insultara para sacar risas de mis compañeros.   Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo: depreciando a otras personas para gratificar al yo mío.  Gracias a Dios, podía superar este vicio.  Leí un folleto titulado “Desde el resentimiento a la gratitud” que me cambió la perspectiva.  No más quería ser conocido por el satirio sino por ser justo y moderado en el juicio.


Jesús llama a todos a tal conversión.  No sólo a los globalmente considerados malvados sino a cada uno de nosotros.  Y no sólo una vez en nuestras vidas sino continuamente.  Pues para ser hijas e hijos de Dios dignos de vivir en su Reino, tenemos que amar a los demás como él ama.  Es decir, tenemos que poner fin a la pornografía, los chismes,  las críticas excesivas, o lo que sea para aprender cómo amar sin peros y prejuicios.  Del evangelio hoy sabemos que Dios nos da tiempo para atravesar el camino del amor perfecto.  Sin embargo, el tiempo no es infinito.  Deberíamos emprender el camino ahora. 

El domingo, 16 de julio de 2017

EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Cuando yo era adolescente, asistía en una segundaria católica.  Cada día teníamos la misa en la capilla durante el período de lonche.  No era obligatorio asistir en la misa, y la mayoría de los muchachos no lo hicieron.  Pues, aquellos que asistieron, tenían que apurarse después al comedor para tomar su comida antes de la próxima clase.  Hubo algunos muchachos que entraron en la capilla para que su profesor de la religión los viera.  Él estaba allí cerca de la entrada con su libro de notas en mano evidentemente acreditando a quienes entraran.  Después de cinco minutos, cuando el maestro se había partido, el grupo salió con sonrisas en la boca.  Sin duda, pensaban que han ganado el crédito por haber asistido en la misa sin sacrificar el tiempo para divertirse durante el lonche.  Jesús se dirige sus parábolas a personas como estos muchachos en el evangelio hoy.

Parece raro que Jesús utilizaría las parábolas para esconder su mensaje.  Pero esto es lo que él mismo dice cuando contesta la pregunta de sus discípulos.  Ellos querían saber por qué habla con comparaciones y no con palabras directas.  Dice Jesús: “’Por eso hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no entienden’”.  Él sabe bien cómo alguna gente ha acudido a él no para escuchar su llamada a arrepentirse.  Más bien, lo buscan para ver las sanaciones que hace y para comer el pan que reparte. Para ellos Jesús se ha hecho en un espectáculo más llamativo que el partido para el campeonato de la Copa Mundial.

¿Qué rinde la gente tan resistente a la conversión?  Se puede recorrer a la parábola que Jesús acaba de contar para la respuesta. La gente que no quiere arrepentirse  es como los primeros tres grupos que Jesús describe.  Algunos no se arrepienten porque están sofocados por los placeres.  Son como semillas echadas por la orilla del camino que los pájaros se llevan.  Pero en este caso los pájaros son las drogas, el sexo, y el alcohol en exceso.  Otros son como semillas en tierra pedregosa no bien dispuestas a arraigarse.  Les interesa la llamada para amar a todos pero les falta el dominio del yo para realizarlo.  Aún otros tienen mil quehaceres de modo que se desconozcan lo más importante.  Son como las semillas que aterrizan entre los espinos.  Se pierden a sí mismos en medio de la lucha para ganar la vida.

No es que todas las semillas sean perdidas.  Algunos granos caen en tierra fértil de modo que den mucho fruto.  Son como tres familias que hicieron sus vacaciones este año en una misión a México ayudando a los pobres.  Los padres y los hijos tuvieron sus tareas, sea reconstruir una casa o sea cuidar a los niñitos allá.  También tomaron tiempo para rezar y descansar en un ambiente donde el ritmo de la vida es más lento.  Ciertamente los niños de estas familias están siendo preparados como tierra buena para recibir la palabra de Dios.  Con toda probabilidad estos niños rendirán cosechas muy agradables a Dios.


Aunque nosotros venimos a la misa dominical, es posible que correspondamos más a uno de los grupos que no reciben bien el mensaje de Jesús.  Tenemos que preguntar si estamos aquí sólo para ver a nuestros amigos o solo para evitar el infierno cuando moramos.  Si estos son nuestros motivos, a lo mejor el evangelio nos parecerá como un cuento bonito, es decir sólo una parábola.  Pero si venimos para aprovecharnos de la presencia del Señor de modo que amemos a los demás como deberíamos, entonces las palabras del evangelio serán como los órdenes del médico salvando nuestras vidas.  Otra vez, si estamos aquí para prepararnos a amar a los demás, las palabras del evangelio salvarán nuestras vidas.

El domingo, 9 de julio de 2017

EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

Una vez un hombre explicó cómo se conoció al Señor.  Dijo que una noche estaba deprimido.  Pues, su esposa acabó de recibir el reporte de su médico que tenía cáncer.  Necesitaba tratamientos urgentemente.  El hombre no sabía qué haría sin ella.  Después de cerrar la puerta de la iglesia como era su costumbre, se arrodilló para rezar.  Entonces sintió el brazo de Jesús en sus hombros.  También escuchó la voz del Señor diciéndole que no se angustiara, que todo resultará bien.  De ese momento en adelante el hombre recuperó la confianza.  Podia apoyar a su esposa en la luchar contra la enfermedad.  El hombre parece como Jesús en el evangelio hoy.

Una dificultad que tenemos por leer sólo tramos del evangelio cada domingo es que no vemos el contexto.  En la sección que acabamos de leer, por ejemplo, no tenemos cuenta que Jesús está dando gracias a su Padre Dios a pesar de que no le ha ido muy bien.  Aunque la gente se maravilla de sus sanaciones, no le sigue en grandes números.  Más frustrante, a cada paso los fariseos llegan disputando su autoridad.  Sin embargo, Jesús no permite que se quede por vencido. Más bien, halla alivio en las bendiciones que ha tenido.  Ha formado un grupo de discípulos.  Ha ayudado a varias personas con sus pruebas.  Y, sobre todo, ha sentido la cercanía de su Padre Dios. 

Es como un agricultor que perdió miles cuando una sequía agredió su región hace varios años.  Era difícil, pero ya siente tranquilo porque la experiencia le dio la oportunidad para recapacitar su vida.  Ahora no se preocupa de dinero porque sabe que nunca va a tener bastante.  En lugar de pensar en una fortuna, se ha dedicado a servir a Dios.  Dice que no tiene recursos para invertir en la tecnología como la mayoría de los agricultores.  Como resultado las filas de su cosecha no están tan rectas como los demás.  Pero como recompensa tiene un corazón bien cuadrado con él del Señor.


Sí nos cuesta dejar para atrás nuestras ambiciones para poner a Jesús en primer lugar.  Queríamos ser ricos, bellos, y apreciados.  Y la verdad es que no estábamos pecando simplemente por buscar las cosas para hacernos así.  Pero Jesús nos ofrece una riqueza, una belleza, aún un aprecio más grande cuando lo ponemos a él como número uno en nuestras vidas.  Nos hacemos más tranquilos en nuestras tareas diarias y más confiados en nuestro bien eterno.  ¿No es lo que queremos: ser más tranquilos ahora y más seguros de nuestro bien eterno?  Claro que sí.

El domingo, 2 de julio de 2017

El tredécimo domingo ordinario

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Hace cincuenta años la guerra en Vietnam se prolongaba despiadadamente.  Muchos soldados americanos y muchos más soldados vietnamitas estaban matándose.  La matanza creó una división en el corazón de los jóvenes estadounidenses.  Les llamaron la atención la crítica de los protestadores reclamando la injusticia de la guerra.  Al otro lado del debate interior estuvo la advertencia de sus papas que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial.  Estos hombres insistían que sólo era patriótico apoyar la guerra.  Porque a menudo se define el patriotismo como “amor del patria”, la cuestión tiene que ver con el evangelio hoy.

Jesús dice a sus apóstoles que no deberían amar a sus familiares más que a él.  Se puede añadir a la lista de parientes que apunta Jesús: padre o madre, hijo o hija, “su patria”.  No deberíamos amar a nuestra patria tampoco más que a Jesús.  Amar primero a Jesús, que es la verdad, requiere que hagamos esfuerzos para corregir los errores de nuestra patria. Pero mucha gente cita la frase: “Mi patria, correcto o incorrecto”.  Eso es, quieren defender su país de todas críticas aun cuando el gobierno esté en error.  Ciertamente este planteamiento no es virtuoso.    

Realmente no debería ser conflicto entre el amor para la patria y el mayor amor para Jesús.  Pues cuando amamos a Jesús sobre todo, querremos ser como él.  Querremos imitar la justicia de Jesús para rendirle a nuestra patria su deber.  Desearemos inculcar su fortaleza para soportar las dificultades en el desempeño de nuestra responsabilidad.  Y procuraremos a practicar la prudencia de Jesus por escoger los medios apropiados en cada situación.  Asimismo no tenemos que preocuparnos que nuestra opción principal para Jesús disminuya nuestro compromiso para los parientes.  Es así porque el amor que rindamos a Dios ordena nuestro amor a los demás de modo que sea más enfocado y más puro.  El amor a Dios es como la luz de un láser.  Brilla con tanta intensidad que haga maravillas.

En los Estados Unidos se celebra el Día de la Independencia esta semana.  Muchos otros países también tienen el día de la patria durante el verano.  Evidentemente el calor da a las multitudes la inquietud de sacudirse de los gobiernos opresivos.  De todos modos, cuando haya oportunidad durante las festividades deberíamos reflexionar acerca de las grandes cuestiones que afrontan nuestro país.  Tenemos que preguntar cómo Jesús resolvería los problemas.  Una es el estado de los inmigrantes en el país ilegalmente.  Porque han contribuido significativamente al bienestar de todos, ¿qué se puede hacer por ellos?  Otra cuestión tiene que ver con el cuidado de la salud.  ¿Cómo se puede garantizar que todos – tanto los pobres como los ricos -- tengan acceso a los tratamientos eficaces que existen?  Finalmente, la guerra en el medio oriente sigue con fuerza. ¿Es prudente enviar tropas allá para terminarla?  Para encontrar resoluciones justas y prácticas a estos y otros problemas tenemos que entrar más en el amor de Jesús.  Es así con todo, ¿no?  Para hacer cualquiera cosa bien, tenemos que entrar más en el amor de Jesús.

  

El domingo, 25 de junio de 2017

EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Se dice que San Juan Pablo II retaba a la gente diciendo: “La primera tarea para todo cristiano es dejarse ser amado por Dios”.  Nos cuesta abrirse al amor de Dios porque el mundo nos envía un mensaje al contrario.  Nos dice que no somos buenos, que nos falta algo necesario – inteligencia, belleza, o fuerza.  Por eso no creemos que nadie nos ame por quien somos, incluso Dios.  Cuando yo era joven, una vez mi madre me dijo que había sido un bebé feo.  Yo sé que mi madre me amó.  Después de la muerte de mi papá ella trabajó duro para enviar a sus hijos al colegio.  Sin embargo, la frase ha quedado conmigo por cincuenta años. 

Cuando no nos sintamos el amor de Dios, muchas veces buscamos la recompensa en un vicio.  Algunos escogen el placer; otros, el prestigio; otros, el poder o aún la plata.  Aunque estas cosas tienen valor, a veces los ocupamos en cantidades desequilibrantes.  El resultado es una sobredosis que hace nuestra condición peor. Empezamos a hacer cosas que turban la consciencia.  Abusamos las sensibilidades de otras personas para aparecer grandes.  Aun nos hace daño a nosotros mismos para conseguir pedazos de la satisfacción.  Es trágico ver al alcohólico arruinar a sí mismo y su familia también por intentar a recompensar el sentido de la falta de amor con la cerveza.

En el evangelio hoy Jesús nos asegura del amor de Dios.  Dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza para que nada nos haga daño sin que Él sepa.  Dice también que tenemos que confiar en este amor porque él, Jesús, tiene una tarea para nosotros.  Quiere que lo reconozcamos delante de los hombres.  Entonces, por el testimonio que damos, él va a recomendarnos ante su Padre.  Al día de juicio final él va a darnos entrada en la vida eterna.

Se me contó el otro día la historia de un hombre que vivió hace años en una parroquia que sirvo.  Este hombre dio testimonio a la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por participar en todas las misas de la parroquia.  Pregunté al que me informaba si el hombre hizo algo por los pobres.  Me dijo que sí.  Todos los sábados iba a una panadería para recoger los sobrantes productos.  Entonces se los llevó al orfanato y a la casa de las muchachas embarazadas para que los niños tengan pan y pasteles. 


Hemos entrado en el verano, el tiempo de dar fruto.  Dentro de poco los campos estarán llenos de granos, verduras, y pastos.  El Señor nos advierte que seamos nosotros fructíferos también.  Que no tengamos miedo a hablar con otros de él.  Ni que tengamos  peros a hacer obras buenas en su nombre.  Pues, el Padre va a protegernos de los criticones porque nos ama.  El Padre siempre nos ama. 

El domingo, 18 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 18 de junio de 2017

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Se pensara que una parroquia con la adoración perpetua sería poco activa.  Pues, buscar a feligreses para rezar delante del Santísimo Sacramento ciento sesenta ocho horas por semana es en sí un reto grande.  Tal vez quisiéramos preguntar: “¿Cómo la parroquia podría encontrar a personas para llevar comidas a la gente sin recursos o para visitar a los asilos de ancianos?”  Sin embargo, en mi experiencia sirviendo en una parroquia con la adoración veinticuatro-siete vi a la gente participando en muchos ministerios.  Pareció que la adoración engendró una variedad de actividades. ¿Cómo podría ser?

Creo que la razón queda en el contenido de la adoración.  Más tarde o más temprano el que adora se preguntará: “¿Qué es esta cosa delante de mí?” y “¿Qué es el propósito de estar aquí mirándola?”  Estas preguntas le llevan al descubrimiento que el objeto en su enfoque no es una cosa sino una persona.  De hecho, da cuenta que la hostia en el custodio es el que dice en el evangelio hoy: “’Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…’”  Es Jesucristo, el Hijo de Dios que vino al mundo para compartir la vida divina con los seres humanos.

El propósito de la vigilia es darse cuenta de esta acción divina.  Dicen algunos que la Eucaristía es para consumirse no para adorarse.  Pero ¿cómo se podría apreciar una comida rica sin tener el tiempo para saborearla?  La contemplación delante del Santísimo asemeja el saborear la comida más rica que hay.  Es revolver en la mente lo que significa que el magnífico Dios se limitó a sí mismo para compartir nuestro lote humano.  De hecho, hizo dos sacrificios que muestran lo extenso de su amor para el mundo. 

Además de hacerse hombre, Dios se entregó a sí mismo a una muerte horrífica.  Se dice que la crucifixión era una de las formas de tortura más crueles siempre inventadas.  Causa no sólo dolor agudo y largo sino también la muerte de la asfixia.  Pues sólo un sacrificio tan grande podría recompensar el egoísmo humano que sabemos bien es inmenso. 

Si su sacrificio nos ha quitado el pecado, querremos preguntar cómo deberíamos responder a su gracia.  También se puede buscar la respuesta en la contemplación delante del Santísimo.  San Pablo escribe a los corintios que forman los miembros del cuerpo de Cristo.  Y así somos nosotros.  Le servimos por ayudar a los demás, particularmente a los pobres e indefensos.  Un católico comprometido cuenta de su experiencia como un entrenador de un equipo de voleibol compuesto de jóvenes supuestamente “incapacitados”.  Dice que los muchachos tuvieron una simpatía tremenda no sólo para uno y otro sino para él también. Se le pregunta: ¿qué les falta más a los “atletas especiales”: el interés de otras personas o la oportunidad de competir?  Contesta que sí algunos tienen el impulso de competir pero todos responden al amor.


Hoy se celebra el Día de Padre en muchos países.  Es ocasión para honrar a nuestros padres por sus aportes a nuestro bien.  Vemos en su trabajo, su acompañamiento, y sus consejos una vislumbre del sacrificio que nos ha hecho Jesucristo.  Y vemos en nuestro aprecio de nuestros padres una semejanza de nuestra respuesta a Jesucristo.  Como somos agradecidos de ser partes de sus familias, somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.  Es cierto; somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.

El domingo, 11 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

La señora Abigail Adams fue la mujer más famosa del tiempo de la Revolución Americana. Su correspondencia amplia dejó una vislumbre del período.  En una carta la señora Adams expresó disgusto para el concepto de la Santa Trinidad.  Dijo francamente que no podía convencerse que el solo Dios es tres.  Muchas personas son como ella.  Pues la Santísima Trinidad es un misterio que desafía la imaginación.

Cuando yo era chico, pensaba que la Santísima Trinidad es como un trébol con tres hojas en una planta.  Pero ya sé que esta imagen no guarda suficientemente bien la unidad de las tres personas.  Algunos piensan que la Trinidad es como agua con tres modos: el líquido, el hielo, y el vapor.  Pero esta comparación no distingue bastante las tres personas.  Algunos tratan de distinguir las tres personas por decir que el Padre es el creador, el Hijo es el salvador, y el Espíritu es el santificador.  Pero la verdad es que el Padre también es salvador y santificador; el Hijo también es creador y santificador; y el Espíritu también es Creador y Salvador.

Entonces ¿cómo se puede distinguir entre las tres personas y mantenerlas uno?  Sólo se puede decir que los tres son uno en todo excepto su relación entre sí.  Tienen la misma naturaleza, la misma voluntad, y la misma mente.  Pero el Padre no es ni el Hijo ni el Espíritu.  El Hijo no es ni el Padre ni el Espíritu.  Y el Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo. 

Sí puede ser gran reto aceptar todo esto pero no deberíamos decir que no es importante.  Pues la doctrina de la Santísima Trinidad nos da una base para el amor mutuo.  Como el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno en todo, así deberían ser nuestras familias y nuestras comunidades.  La familia debe hacer sacrificios para tener el mismo sentir y el mismo pensar.  Asimismo la parroquia debe esforzarse para ser unida en la fe y el amor.

La familia de un médico joven demuestra esta unidad.  El doctor tiene su clínica en un pueblo chico para servir a los pobres rurales.  También participa en misiones médicas a países como Haití para servir a los indigentes.  Pero siempre lo hace con el consentimiento de su esposa.  Dice el médico que por la primera vez – porque sus hijas ya están bastante grandes – puede ella acompañarlo en una misión.  Son juntos en el amor para uno y otra y para con los pobres.  Su relación imita el amor de la Santísima Trinidad.


Hoy celebramos la Santísima Trinidad.  Las lecturas nos indican que la grandeza de Dios consiste en el amor.  Como Moisés en la primera lectura queremos pedir a Dios Padre que nos haga suyos por este amor. Como Pablo en la segunda queremos exhortar a uno y otro a la paz por el Espíritu de amor residiendo en nosotros. Y como el locutor en el evangelio, queremos reconocer que el Hijo nos salva por este amor. 

El domingo, 4 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

La mexicana dijo que le da gracias a Dios por su tío.  Explicó que cuando era chica, su tío le arregló el pasaporte para ir a los Estados Unidos.  Vino acá y se quedó.  Ya ella puede pedir documentos sin enfrentar la pena por haber entrado ilegalmente.  Su caso se difiere de muchos inmigrantes que no tienen la posibilidad actual de arreglar sus situaciones.  Están esperando un cambio favorable en la ley,  pero viven preocupados. Pues evidentemente el nuevo presidente quiere complacer a aquellos que se oponen a los indocumentados.

No debería ser difícil entender las quejas de los americanos con la inmigración ilegal.  El pueblo estadunidense se ha orgullecido por tener un gobierno de leyes, no de personajes. Por eso, cuando los indocumentados desafían las leyes migratorias, ellos sienten la base de la sociedad temblando.  Además creen que una causa de los aumentos en sus costos médicos es que pagan por los inmigrantes.  También hay los vicios sociales – alcoholismo, pleitos, y embarazos fuera del matrimonio – que siempre afligen a los pobres, sean inmigrantes o naturales.  No importa que se pueda demostrar que los indocumentados han beneficiado al país, mucha gente está alterada.

Hay preocupaciones que los inmigrantes y los naturales compartir.  Entre docenas de cosas que disturban su paz hay ésta. Se preguntan qué va a pasar con la familia en una sociedad que permite el matrimonia gay.  Están amenazados por los reportes de bombardeos terroristas.  No saben cómo sus hijos y nietos que dejan la escuela vayan a ganar una vida digna. 

Queremos saber lo que podemos hacer con todas estas preocupaciones.  Somos como los discípulos de Jesús en el evangelio hoy.  Ellos tienen no sólo la preocupación sino el miedo.  A lo mejor les preguntan a uno y otro: ¿Volveremos a Galilea?  ¿Por qué querrán los judíos aprehendernos; qué crimen hemos hecho?  ¿Conocemos a un abogado que podría defendernos si nos traen a la corte?

Sí, es sólo natural preguntarnos qué podríamos hacer para mejorar nuestra situación.  Sin embargo, no querríamos olvidar a pedir la ayuda del Señor.  Los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos se dedican a la oración después de la Ascensión de Jesús.  Resulta en una emanación del Espíritu Santo tan abundante que los doce no puedan contenerse.  En la primera lectura hoy los discípulos salen para proclamar la gloria de Jesús a cualquiera persona que los escuche. 

A veces cuando siento amenazado, pienso en  diferentes modos para defenderme.  Me imagino echando insultos o aun golpeando al otro si se me atreve a atacar. Estas fantasías me roban el sueño y me ponen aún más alterado.  Un camino más sano sería pedir la ayuda del Espíritu Santo.  Poco a poco estoy aprendiendo que la realidad casi nunca es tan grave como la imagino.  Me estoy dando cuenta que Dios tiene mil modos para resolver mi dificultad por el bien de todos los involucrados.  En tiempo Él va a indicarme lo que debería hacer.  Por lo pronto sólo tengo que confiar en su amor.


Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo a nosotros.  Por cierto siempre ha estado en nuestro lado moviéndonos a un mejor amor para los demás.  Ahora reconocemos su presencia por decirle: “Perdóname  por haber olvidado de ti.  Gracias por tu acompañamiento. Quiero confiar más en Ti”.

El domingo, , 28 de mayo (o 25 de mayo)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

El Monseñor José Delaney era obispo de Fort Worth, Texas.  Pidió una cosa rara para su muerte.  Quería que pusieran en la lápida de tumba la fecha de su bautismo.  Además de las fechas del nacimiento y de la muerte deseaba que se conociera el día en que se incorporó en el Cuerpo de Cristo.  Había dicho que es el día más importante de la vida. ¿Por qué? Porque en su parecer es el día en que recibió al Espíritu Santo para servir al Señor.  Para el Mons. Delaney el día de su bautismo fue más significativo que el de su ordenación, aún al obispado.

En la lectura de los Hechos hoy Jesús dice a sus apóstoles que van a ser bautizados con el Espíritu Santo.  Cuando reciben este don – el mejor de todos – tendrán que proclamar su muerte y resurrección.  El Evangelio hoy cuenta del ámbito de su predicación: “’…a todas las naciones…hasta el fin del mundo’”.  Los apóstoles originales murieron, pero siempre hasta el día hoy ha habido otros para asumir la tarea evangélica.

La tarea cae en nuestros hombros también.  No hablo de los sacerdotes sino de cada uno aquí presente como bautizado en el Espíritu Santo.  Proclamamos a Cristo aún más por obras de caridad que por palabras de convicción.  Un hombre con ochenta y cinco años visita a las víctimas de derrame como voluntario.  Les explica lo que tienen que hacer para recuperar sus fuerzas.  Si fuéramos a preguntarle, nos diría que va a misa todo domingo.  Siente que como su menester cristiano tiene que servir a los demás como Cristo nos enseñó.

Los cristianos cópticos de Egipto tienen una costumbre interesante.  Cada uno lleva el tatú de la cruz en su brazo.  La imagen como el bautismo le marca como cristiano por toda su vida. En un país predominantemente musulmán esta marca le sirve en diferentes maneras.  En el caso de la persecución el tatú le identifica para que reciba refugio de otros cristianos.  Por supuesto le distingue también como blanco de persecución, pero dijo un hombre que no querría negar a Cristo.  Además podría ser mártir con la vida eterna como premio.  También el tatú de la cruz le recuerda al cristiano del mandato de Jesús a proclamar su resurrección.  Eso es, le insistirá que no debe dejar al desconsolado en su depresión o al indigente en su miseria.


Hoy celebramos la Ascensión del Señor.  Es ocasión para reflexionar cómo la partida de Jesús ha resultado en el envío del Espíritu Santo.  Pero no querremos quedarnos en la reflexión por demasiado tiempo.  Pues la pregunta de los hombres vestidos en blanco a los apóstoles se aplica a nosotros también: “’¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?’” Tenemos tarea.  Hemos de proclamar su resurrección tanto por obras como por palabras.  Hemos de proclamar su resurrección.

El domingo, 21 de mayo de 2017

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Me impresiona cómo la gente a menudo ofrece este elogio a sus mamás.  Dicen de parte de toda la familia: “Siempre estabas allí por nosotros”.  No cuentan que hicieron las madres más que haber estado presentes en sus actividades.  Es igual con los otros seres queridos. Una vez una mujer escribió un testimonio a su padre, un médico.  Dijo que cuando era muchacha, él siempre halló el tiempo para asistir en sus competiciones de atletismo.  ¿Quién puede dudar que la presencia de aquellos que nos importa más signifique mucho a nosotros?

Por esta razón no debe sorprendernos escuchar a Jesús prometiendo su presencia a nosotros en el evangelio hoy.  Dice que no va a abandonar a sus discípulos, que no nos dejará “desamparados”.  Tenemos que preguntarnos cómo puede cumplir esta promesa hoy en día.  Si ha regresado a su Padre en el cielo, ¿cómo puede estar presente a nosotros?

Sí es cierto que ha dejado su legado con nosotros de modo que no nos dejara completamente.  Sus palabras siguen impactando aun a los no cristianos con su sabiduría. De una manera los dichos como “Ama a uno y otro cómo les he amado yo” hacen a Jesús presente hoy en día.  Por eso se ha dicho que la persona vive hasta que se olviden todas sus palabras y se ignoren todas las causas que abarcó. 

Pero ¿es sólo esto lo que Jesús significa cuando dice que va a enviar el Consolador a sus discípulos?  ¿Está hablando sólo del espíritu de sus propias palabras para animar nuestro ser?  No parece suficiente.  Parece como un cinco cuando necesitamos cien dólares para pagar la cuenta.  Existimos en un mundo penetrado por el mal.  Con la ayuda de no más que palabras vamos a caer en los vicios como los pícaros de la calle.  La presencia de Jesús tiene que ser más radical que la memoria de sus palabras si va a salvarnos. 

No deberíamos sentir desesperados.  La presencia que Jesús nos ofrece hoy es su existencia junto con el Padre y el Espíritu Santo en nosotros.  Habita en nuestros interiores para movernos a vivir rectamente.  Es como una misión médica se presenta en un pueblo.  Pronto todos los habitantes cooperan para que todos los enfermos reciban la atención para curarse.  En nuestro ser la existencia de Dios pone en orden nuestros juicios, palabras y acciones de modo que amemos como Jesús. 

Frecuentemente son los laicos que manifiestan la existencia de Dios en la persona.  Recuerdo a Teresa, una mujer que después de criar su familia y enterrar a su marido, se dedicó a su parroquia.  Trabajando en la oficina de la iglesia, era como la hermana mayor a toda la comunidad.  Les dio a los tristes el consuelo y a los perturbados la sabiduría.  Cuando se cambió el vecindario de raza, Teresa se quedó por años.  Conoció a sus vecinos nuevos y luchó con ellos por el bien de todos.  La gente perceptiva podría notar la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo en ella.


No se dice mucho hoy en día la despedida: “Vaya con Dios”.  Quiere decir que tenemos el amor del Padre hacia los demás, la paz de Cristo en nuestro corazón, y la sabiduría del Espíritu Santo guiando nuestros pasos.  “Vaya con Dios” es mantener la existencia de Dios en la persona.  Es lo que queremos por nosotros y por nuestros seres queridos.  Que vayamos con Dios.

El domingo, 14 de mayo de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Se dice que hay presas de tránsito en el Día de Madre en México.  Evidentemente todo el mundo lleva a su madre a comer afuera.  En este país muchas iglesias regalan a las mujeres una florecita hoy.  Apreciamos a nuestras madres por su amor abnegado cuando nos dieron a luz.  Les agradecemos por la atención que nos mostraron cuando éramos niños.  Y, al decir la verdad, tal vez las recordamos porque eran tolerantes de nosotros cuando hicimos mal.

Otra razón para felicitar a nuestras madres hoy es que nos han transmitido el sentido de Dios.  Recuerdo cómo mi madre me enseñó el amor de Dios para con los pobres.  Un día cuando era niño de cinco o seis años, un hombre tocó la puerta trasera de nuestro hogar.  Fue un vagabundo pidiendo comida.  Mi madre no demoró en recogerle un sándwich y fruta.  Me quedé completamente impresionado por esta muestra de misericordia.  Desde entonces me he resuelto a ayudar a los indigentes.

En la primera lectura los apóstoles les dan a los siete hombres las tareas de servicio de la mesa.  Ellos tienen que proveer a las viudas el pan mientras los apóstoles se dedican al ministerio de la Palabra.  Curiosamente el libro de los Hechos de los Apóstoles no cuenta de su servicio rendido a las viudas.  Pero hace hincapié en dos de los siete por sus aportes al ministerio de la Palabra.  Dice que Esteban se distingue como predicador invencible.  Y describe a Felipe convenciendo al etíope del valor del cristianismo.

Es así con nuestras madres.  Supuestamente son las que sirven en la casa.  Pues aun en este tiempo de la liberación de mujer usualmente es la madre que prepara la cena y plancha la ropa.  Pero su alcance llega mucho más allá que cosas caseras.  A menudo son las mismas mujeres que nos proporcionan la Palabra de Dios.  Más que enseñarnos las oraciones, nuestras madres nos instruyen el significado de frases evangélicas como, “Haz al otro cómo quieras que te haga a ti”.

Tenemos que preguntar a nosotros mismos: ¿Qué podemos hacer por nuestras madres por haber hecho tanto por nosotros?  ¿Es suficiente llevarlas a restaurantes?  ¿No deberíamos presentarles también ramos de flores o cajas de chocolates?  No creo que estas cosas tengan tanto valor para nuestras madres como muchos piensan.  Más que cosas materiales, nuestras madres quieren que seamos madres y padres atentos a nuestros propios hijos.  Quieren que asistamos en la misa con nuestros hijos y que vivamos de modo coherente con el evangelio.  Y si los chicos quieren complacer a sus madres, tratarán a sus hermanos y hermanas siempre con respeto.  Sobre todo las madres quieren ver a sus familias viviendo en el amor mutuo.


Celebramos el Día de Madre en los Estados Unidos hoy.  Tal vez muchos ya tienen reservaciones de comer afuera.  Está bien.  Sin duda nuestras madres apreciarán el deseo a complacerlas.  Pero que no faltemos a contarles la razón más profunda para honrarlas.  Ellas nos han proporcionado un sentido del amor de Dios para todos.  Tanto por decirnos de la obligación a servir a los demás como por el ejemplo de servir a nosotros nos han proclamado el evangelio.  Por habernos proclamado el evangelio les decimos a nuestras madres hoy, “Gracias”.

El domingo, 7 de mayo de 2017

EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.36-41; I Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)

Hoy en día hay mucha preocupación acerca de la calidad de vida.  Tengo a una tía que se preocupa por la calidad de vida de los enfermos.  Se pregunta si el enfermo que pase todo el tiempo en cama puede tener una calidad de vida que vale.  Tal vez todos nosotros temamos el dolor crónico o, peor aún, la pérdida de mente.  Dijéramos: “¡Que Dios me lo defienda de ello!”

Los jóvenes hablan de la calidad de vida como algo económico.  Piensan en una calidad alta de vida como tener los recursos para vivir cómodamente. En su manera de ver una vida de calidad es comer afuera cuando les dé la gana, tener boletos para su equipo preferido por la temporada entera, y hacer un crucero cada dos años.  En contraste, la calidad baja de vida les restringiría a manejar un coche viejo y a trabajar dos empleos para pagar las cuentas.

En el evangelio hoy Jesús dice que ha venido para que sus seguidores tengan la vida “en abundancia”.  Eso es, quiere presentar a sus seguidores una calidad muy alta de vida.  Pero antes de que nos comprometamos a él, querremos preguntar ¿de qué exactamente consistirá la vida “en abundancia”?  Si nos interesa, lo seguiremos.  Si no nos llama la atención, iremos en otro rumbo.

Yo creo el papa Francisco refleja la vida “en abundancia” tan bien como cualquiera otra persona.  Es un hombre que lleva una sonrisa en la cara que casi parece tan larga como un río.  Aunque tiene que preocuparse por un mil millones almas; aunque se ha limitado a sí mismo para vivir en un cuarto sencillo; aunque tiene muchos críticos tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella, se queda como persona positiva.  Los problemas no lo desaniman.  Más bien, ve todos los beneficios que tiene como bendiciones de Dios y le agradece. 

La vida “en abundancia” es mantenerse tan cerca a Jesús que escuchemos su voz a través del día.  Es saber muy dentro del corazón que nada o nadie puede separarnos de su protección.  Si tenemos dificultades, la vida “en abundancia” nos asegura que estamos avecinando a él colgado en la cruz.  Allí Jesús nos va a volver los retos en ventajas.  Una familia tiene a un hijo con el Síndrome Down.  Sus padres y hermanos no lo guardan como una copa de cristal.  No lo ponen en un rincón para que no se moleste.  Más bien lo tratan como a un niño regular que tiene que aprender cómo aprovecharse de la vida.  En recompensa el niño sirve a sus familiares como la pegadura que les mantiene unidos.  Como niño que disfruta de la atención que reciba, él facilita a sus familiares crecer en la bondad.


En esta época cuando tantas personas tienen una abundancia de cosas materiales nos cuesta explicar la vida “en abundancia”.  Realmente no tiene que ver con coches y cruceros porque es realidad espiritual.  Es la certeza que Jesús nos ama y que su amor es lo que nos importa más.  Aunque tenemos que trabajar tres empleos, su amor nos pone una sonrisa en la cara.  Aunque tenemos el dolor crónico, nos pone agradecidos a Dios.  

El domingo, 30 de abril de 2017

EL TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Todos nosotros conocemos a personas que no asisten en la misa cada domingo.  Una vez este tipo de persona sabía que estaba haciendo mal.  Pero ahora algunos dicen que no es necesario acudir a la misa semanalmente.  Ofrecen como pretextos que no sacan nada de la misa, que ha oído que no es pecado mortal, o que alguna gente que asiste siempre lleva vidas mucho más deplorables que la de ellos.  ¿Cómo deberíamos pensar en todo esto?

En primer lugar tenemos que preguntar: ¿qué es el propósito de la misa?  ¿Es sólo para complacer a un Dios que desea el homenaje de la gente?  No, Dios no necesita nada de nosotros.  Es completamente contento en sí mismo.  De hecho, es un don de Dios que nos invita a participar en la misa.

Pensémonos un momento en los equipos de deportes.  No importa el talento del jugador de básquet, tiene que practicar con el equipo si va a ser parte del ello.  Aun Lebrón James necesita la práctica si va a entender la estrategia de su entrenador, conocer las fuerzas y debilidades de sus compañeros, y mantener su excelencia.  Es así con la asistencia en la misa, pero no hablamos de un equipo de básquet sino la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

La misa nos forma en buenos católicos.  Sin asistir en la misa regularmente, no conoceríamos bien al Señor Jesús.  Pues profundizamos nuestro aprecio por él cada vez que escuchamos el evangelio.  Ni nos enteraríamos de las esperanzas y necesidades de la comunidad que encontramos en el templo.  Tal vez más lamentable, no reconoceríamos la verdad de nuestra propia existencia.  Pensaríamos que vivimos para tener el placer, para trabajar o para hacer otra actividad.  Es la misa dominical que nos asegura que somos para experimentar la gloria de Jesús resucitado de la muerte. 

Mucha gente va a misa porque es la ley de la Iglesia.  Aquí encontramos dilema.  Apenas pueden apreciar la misa por todo su valor si la consideran como una obligación.  Pero si no existiera la ley, a lo mejor no tendrían ningún acceso a la palabra de Dios y a los fieles que la reverencian.   En los tiempos antiguos no había una ley requiriendo al cristiano asistir en la misa dominical o caer en pecado mortal.  No obstante, la gente regularmente acudía al templo. Pues si no asistían, no podrían identificarse como cristianos.

El evangelio hoy muestra cómo Jesús nos presenta a sí mismo en la misa, “al partir el pan”.  Como acompaña a los discípulos en el camino, Jesús camina con nosotros por todo la semana.  Pero cuando nos reunimos en su nombre para reflexionar sobre la vida en la luz de su mensaje, nos damos cuenta de su presencia.  Se espera que podamos verlo un poquito en la persona del sacerdote que ha dedicado su vida a servirlo.  A lo mejor se ve más claramente en los santos de la comunidad que jamás cansan a compartir el amor con los demás.  Con una meditación se puede ver a Jesús también en el pan y vino.  Como estos alimentos proveen nutrición natural, convertidos en su Cuerpo y Sangre nos fortalecen con la virtud. De esta manera nosotros mismos podemos reflejar a Cristo a los demás.


Tal vez tenemos que decidir ahora cómo queremos ser identificados al final de la vida. Parece que algunos quieren identificarse con su equipo de básquet o de fútbol.  Otros quieren ser conocidos por el placer que tenían o el trabajo que hacían.  Pero nosotros sobre todo queremos ser asociados con Jesucristo.   Para ser parte de su Cuerpo, la Iglesia, asistimos en la misa dominical.  

El domingo, 26 de abril de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

Como las nubes oscurecían afuera, los trabajadores se agruparon en el sótano.  Fueron advertidos a buscar asilo de un tornado.  Muchos tuvieron el temor.  Sí estuvieron seguros, al menos por el momento.  Pero se preocuparon por sus familias.  Se preguntaron si sus hijos han oído la alarma.  Encontramos a los discípulos de Jesús en un tal sitio de miedo en el evangelio hoy.

Los discípulos temen a los judíos.  Fueron asombrados, en la mañana con las noticias que Jesús resucitó de la muerte.  Ya se preguntan si las autoridades vendrán para investigar si ellos tomaron el cuerpo del sepulcro.  Posiblemente todos nosotros también sintamos el miedo.  Es posible que algunos teman que la policía venga para arrestarlos.  Pero más probable todos nosotros nos preguntamos muy adentro si los demás nos aceptarían si saben de nuestros pecados.  Todos hemos hecho algo pecaminoso en la vida, algo que lamentamos.  Tal vez hayamos robado algo valioso; hayamos engañado a una persona inocente; o aun hayamos tenido un aborto.  Si nuestros padres, maestros, o jefes estuvieran a enterarse de nuestra falta, ¿seguirían poniendo la confianza en nosotros?

Por esta razón nos acudimos a la iglesia.  Aquí anhelamos que se nos diga a nosotros lo que dice a sus apóstoles en el evangelio hoy: “’La paz con ustedes’”; eso es la paz de haber sido lavados de sus pecados.  En la Última Cena Jesús dejó a sus discípulos con la paz.  Ya se la da de nuevo con aún más fuerza.  Pues sus palabras van a ser acompañadas por el Espíritu Santo.

Dice la lectura que Jesús sopla sobre los discípulos.  La acción imita la acción de Dios en Génesis cuando sopló sobre la tierra formada como hombre para darle la vida.  Esa vida estaba destinada al pecado y la muerte.  Ya Jesús infunde su propia Espíritu en los discípulos que les destina a la vida eterna.  Es el mismo Espíritu que recibimos nosotros en el Bautismo. 

Junto con el don del Espíritu Santo recibimos una misión.  Somos para representar a Cristo al mundo.  Como dijo un gran obispo brasileño a su gente: “Es posible que las vidas de ustedes sean el único evangelio que sus hermanos y hermanas leen”. En el evangelio Jesús es muy explícito con la misión.  “’Como el Padre me ha enviado – dice – así también los envío yo’”.

Los discípulos han de perdonar los pecados de la gente tanto por el sacramento de la Reconciliación como por la predicación y el Bautismo.  Es cierto que lo necesitamos.  Nuestros pecados, aun los confesados, siguen atándonos de modo que no actuemos como representes de Jesús.  Una película hace treinta años muestra esta verdad y su resolución con gran efecto.  En una comunidad pequeña dos mujeres no han hablado con una y otra por décadas.  Asimismo, dos hombres han tenido rencor para uno y otro por años. Una viuda, que una vez fue infiel a su esposo, ha sentido como condenada por el pecado.  Entonces la comunidad tiene una experiencia tremenda.  En un día muy airoso una cocinera prepara una cena tan extravagante por la comunidad que mueva a los comensales a reconciliarse con uno y otro.  Al reflexionar sobre la película se da cuenta que el aire era la presencia del Espíritu Santo.  La cocinera era como Cristo entregando todo su ser por la gente.  Y la comida era como la Eucaristía con el poder de perdonar pecados.


Se llama este segundo domingo de Pascua el Domingo de la Misericordia Divina.  En este día celebramos la institución del Sacramento de la Reconciliación.  Por la confesión al sacerdote y su absolución estamos librados de nuestros pecados.  Sean tan grandes como el aborto o tan cotidianos como tener rencor para el otro, quedan perdonados.  Dios en su misericordia quiere que seamos desatados para extender la paz y el amor de Jesús.  Dios quiere que extendamos la paz y el amor de Jesús.

El domingo, 16 de abril de 2017

LA PASCUA DEL SEÑOR

(Romanos 6:3-11; Mateo 28:1-10)

Pom, pom, pom, pom. Todos nosotros hemos oído el redoble de tambor.  Se usa a menudo en la anticipación de un momento de crisis.  En los concursos antes de anunciar el ganador se hace el redoble de tambor con gran efecto.  En el Evangelio según San Mateo el temblor sirve como redoble de tambor.  Fija la atención primero a la muerte de Jesús en la cruz, entonces a su resurrección.  Cuando las dos mujeres llegan al sepulcro, el temblor indica que algo tremendo está sucediendo.

El sepulcro que fue tapado con la piedra ya queda abierto.  No se ve nada adentro.  Es prueba de lo que el ángel va a proclamar.  Jesús, un solo hombre,  “’ha resucitado’”.  La proclamación es completamente única.  Es cierto que algunos como Elías estuvieron tomados al cielo por su fidelidad.  Pero ellos no murieron.  También es la verdad que Jesús mismo resucitó a varias personas de la muerte.   Pero ellos hubieron de morir de nuevo.  En el caso de la resurrección de Jesús, él estaba muerto pero ya vive para siempre.  Tenemos que preguntar: ¿de qué consiste la resurrección de la muerte?

El cuerpo de Jesús fue mutilado en la experiencia horrífica de la crucifixión.  Se puede imaginar el disgusto que crea la vista de un cuerpo azotado, clavado en una cruz, y dejado de sufrir por horas.  En una pintura famosa de la crucifixión el cuerpo de Jesús tiene un matiz verde por el drenaje de su sangre.  Pero después de su resurrección no hay ninguna mención de la mutilación más que las heridas en sus manos, pies, y costado.  De hecho parece que tiene un cuerpo tan robusto que sus discípulos tengan dificultad reconocerlo.  Se puede decir que su cuerpo ha sido transformado de cosa física a cosa eterna.  No sólo no va a morir de nuevo sino también no va a sufrir más.

Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre tan nítidamente que ya experimente la gloria.  Esto es beneficio grandísimo para Jesús, por supuesto.  Pero también es buena noticia para nosotros.  Jesús ha prometido que aquellos que lleven su cruz detrás de él experimentarán su gloria.  Por eso, podemos estar seguros que nuestro destino es tener cuerpos transformados también.  En la gloria no van a sufrir ni el desgaste con edad ni la corrupción de enfermedad.  Más bien tendrán para siempre la fuerza de atletas y la belleza de modelos.  No importa que increíble suene este destino.  El poder de Dios es más grande que la imaginación del hombre.

La aparición de Jesús a las mujeres en el evangelio hoy no menciona cómo se mira su cuerpo, pero da alguna idea de sus modos.  Amenamente saluda a las dos que están espantadas por el temblor y la presencia del ángel.  Les dice Jesús: “’No tengan miedo’” para calmar sus corazones palpitantes.  Entonces les deja un mandato.  Ellas han de decir a sus “hermanos” que vayan a Galilea para verlo.  (Fijémonos por un momento en el significado de esta frase.  Indica que no sólo han sido perdonados por haber abandonado a Jesús en el huerto, sino también que han sido elevados a ser sus “hermanos” e hijos de Dios Padre.) 

La misión de las mujeres se dará a los discípulos-hermanos en Galilea.  Allá Jesús les dirá que vayan y enseñen a todos.  Nosotros hemos recibido tanto la misión como la enseñanza.  Pues nos contamos a nosotros como los hermanos y hermanas de Jesús.  Ya tenemos que anunciar por vidas llenas de servicio y resplendentes con gozo que Jesús ha resucitado.  No importa quién sea o qué haya hecho la persona que encontremos.  Jesús murió por todos.


Uno de los símbolos para la resurrección de Jesús que se ha visto en los años recientes es la mariposa.  Como la oruga se transforma en una mariposa por medio del capullo, el cuerpo de Jesús muerto en un sepulcro de transforma en un ser eternamente vivo.  Pero la mariposa morirá mientras Jesús vive para siempre.  Realmente no hay nada como la resurrección de Jesús.  Es un evento único aunque se repetirá para todos sus hermanos al final de los tiempos.  La resurrección se repetirá para sus hermanos al final de los tiempos.

El domingo, 9 de abril de 2017

EL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:54)

Un polaco describe la vida en su país bajo la dictadura comunista.  Dice aunque la gente sufrió mucha opresión, ayudaron a uno y otro.  Visitaron las casas de sus vecinos prestando la mano si era necesario.  Compartieron lo poco que tenían con los demás. En breve sintieron mucha solidaridad.  Lo que hace el sufrimiento de Jesús tan extremo en el evangelio que acabamos de escuchar es la falta de este tipo de apoyo humano.

En primer lugar sus discípulos fallan a Jesús.  Se acentúa la desgracia de Judas cuando lo traiciona con un beso.  No importa el motivo para su conspiración con los sumo sacerdotes – avaricia, envidia, o resentimiento – el marcar a Jesús con un signo de afecto agrega la injuria a la herida.  Los otros discípulos son culpables de la cobardía.  En lugar de acompañar a Jesús en su juicio, lo abandonan como si fuera víctima del virus de Ébola.  Aún Pedro, a lo cual Jesús encomendó la dirección de su iglesia, lo niega.  Es la creciente fuerza de sus negaciones que molesta.  Primero, niega que estuviera con Jesús; entonces, que lo conociera; y finalmente parece que maldice a Jesús. Esto es el comportamiento del soldado más recientemente reclutado, no de un líder. 

Aún más devastador a Jesús que el abandono de sus discípulos es el rechazo completo del pueblo.  El sumo sacerdote, la autoridad más alta en la sociedad judía, acusa a Jesús de blasfemia, un crimen que merece la muerte.  Todo el sanedrín lo escupe y lo bofetea. Siguen los abusos cuando Jesús es entregado a los romanos.  La gente lo desprecia en la cruz.  Pero a lo mejor es su preferencia para el criminal Barrabás que le causa a Jesús el más desconcierto.  Es como si un pueblo contemporáneo habría preferido la visita de Osama bin Laden a la del Papa Juan Pablo II.

No sólo los judíos rechazan a Jesús sino el mundo entero representado por el Imperio Romano.  El procurador Poncio Pilato, a pesar de su pretensión de lavarse de la culpabilidad, condena a Jesús a la muerte.  Los soldados lo tratan con desdén burlándose de él y golpeándolo cruelmente.  Aún los dos compañeros crucificados con Jesús en esta versión de la historia no escatiman los insultos.  El rechazo es tan extenso y profundo que Jesús siente que abarca la postura de su Padre Dios.  Se ve el abismo en que su espíritu ha caído cuando se compara su oración en el huerto con la de la cruz.  En el lugar primero reza con confianza: “Padre mío…hágase tu voluntad”.  Pero en la cruz, expresa la desilusión por dirigir la oración a sólo a “’Dios mío’” con la pregunta: “’¿por qué me has abandonado?’”


¿Cómo deberíamos entender el dolor tanto psicológico como físico de Jesús en este Evangelio según San Mateo?  Dos verdades parecen particularmente importantes.  Primero, Jesús conoce lo peor de las experiencias humanas.  Podemos acudir a él para consuelo cuando sintamos traicionados por un confiado, malentendidos por nuestros asociados, o despreciados por el pueblo.  Segundo y más significante, Jesús aguanta todo este sufrimiento para recompensar por nuestros pecados, sean traiciones de la verdad, anhelos extraviados, o rechazos de ofrecer la ayuda a los demás.  No somos mejores que la gente en el evangelio, pero reconocemos a un salvador que nos ha ganado la gracia de su Padre.  Tanto él nos ha enseñado, corregido, y suplicado que nos hayamos librado del pecado.  Nos hemos librado del pecado.

El domingo, 2 de abril de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Todos los funerales son tristes.  Pero algunos son más tristes que otros.  Cuando muere una persona relativamente joven, las lágrimas queman.  Cuando el Presidente John Kennedy fue asesinado a cuarenta y seis años, el mundo entero lloró.  Probablemente Lázaro en la historia evangélica hoy también murió joven.  Dice que todo el mundo aun Jesús lloró delante de su sepulcro.  Pero no por mucho tiempo.  Pues Jesús es “la resurrección y la vida”.

Cuando Marta dice a Jesús que Lázaro “’resucitará en la resurrección del último día’”, ella expresa la débil fe de muchos nosotros.  Pensamos en la resurrección como una realidad tan remota que no importe ahora.  A lo mejor por esta razón mucha gente hoy en día prefiere que sus cadáveres sean incinerados cuando mueran.  No apreciamos suficientemente que Jesús es la resurrección.  En él no hay la muerte.  Aquellos que aparentemente han pasado de nosotros todavía están con nosotros en Jesús.  Podemos hablar con ellos, pedirles perdón por las veces en que les ofendimos, y solicitarles la intercesión ante el Santísimo. 

Como prueba de su poder sobre la muerte Jesús llama a Lázaro de su sepulcro.  Anteriormente en este mismo Evangelio según San Juan Jesús dijo de sí mismo: “’Va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas’” (Juan 5,28-29).  Ya muestra cómo habló con verdad.  Al escuchar a Jesús Lázaro emerge del lugar.  Lleva los lienzos de la muerte intactos porque va a tener uso de ellos en el futuro.  Sólo en el último día cuando se levanten todos los muertos se puede descartar todo este aparato.  

Dice la gente que Jesús amó a Lázaro.  El amor consiste en desear lo mejor para el otro.  Pero sabemos que el amor práctico va más allá de buenos deseos a obras beneficiosas.  Por eso, Jesús lo resucita de la muerte.  Porque nos ama a nosotros, podemos esperar que nos llame de nuestros sepulcros también.  Pero tenemos que preguntar: ¿por qué Jesús demoró los dos días para visitar a Lázaro cuando se enteró de que estaba gravemente enfermo?  ¿Hay cosa más grande que la vida física?

Sí, la vida espiritual -- es decir la fe en Dios como nuestro protector -- vale más que la vida física.  Jesús quiere estimular esta vida de la fe en Lázaro y sus compañeros.  Con la fe se puede aguantar las experiencias más amargas.  Durante el tiempo de los comunistas en Rusia los ciudadanos fueron agrupados regularmente para escuchar charlas sobre los méritos del “ateísmo científico”.  En una tal ocasión todos los campesinos de una aldea incluyendo el sacerdote ortodoxo tuvieron que pararse delante de su iglesia.  Entonces el comisario político les dio un discurso acerca de las fantasías de la religión por una hora.  Cuando terminó, el comisario dijo al sacerdote que tendría cinco minutos para refutar su posición.  El sacerdote se acercó al político y le dijo: “No necesito cinco minutos”.  Entonces se volvió a los aldeanos y les dijo: “¡Cristo ha resucitado! “  Todo el mundo replicó en una voz como es la costumbre de los ortodoxos en la liturgia: “¡De veras, ha resucitado!” Y el sacerdote regresó a su lugar entre la gente.

Jesús dice a Marta: “’…todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás’”.  Quiere decir que la vida de la fe es más fuerte que la muerte y sus aliados.  Una vez que abracemos esta fe, estamos libres de las afrentas de la vida, y la muerte se haga en el umbral de la felicidad.  Deberíamos añadir que la fe en Cristo consiste de la aceptación de su palabra de modo que hagamos obras de amor.


Se llama la Santa Comunión “comida para el viaje”.  Nos da el acompañamiento de Jesús para el viaje de la vida y el viaje de la muerte.  En la vida la Santa Comunión nos mueve a mantener la fe con obras de amor.  En la muerte nos coloca ante el Santísimo.