El domingo, 17 de diciembre de 2017

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

(Isaías 61:1-2.10-11; I Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8.19-28)

Hoy, el tercer domingo de Adviento, tiene nombre propio.  Se llama Gaudate de una palabra latín que significa alégrense.  Se puede encontrar el tema de alegría en ambas la oración colecta al principio de la misa y la segunda lectura.  Se dice que deberíamos alegrarnos porque la espera para la Navidad ya es medio terminada.  Pero, más profundamente, la alegría  es un planteamiento básico del cristiano.  Pues el Señor Jesús, que conquistó el pecado y la muerte, nos prometió que vendría para premiarnos por los actos de caridad.  Ya lo esperamos con confianza alegre.

Durante Adviento podemos apuntar a tres figuras que caracterizan el tiempo.  Primero hay el profeta Isaías cuyo libro domina las lecturas del Antiguo Testamento por estas cuatro semanas.  Entonces la Virgen María hace un gran papel.  No sólo celebramos dos fiestas de ella durante Adviento sino también la encontramos en una manera particular en las misas los días antes de la Navidad.  Finalmente, Juan el Bautista ronda como un pregonero anunciando el tema del tiempo. Vale la pena explicar más a estos tres personajes con atención al valor particular de este tiempo que cada uno nos imparte.

El libro del profeta Isaías contiene las obras de al menos tres personas.  La primera profetizó en Jerusalén siete siglos antes de Cristo.  Previó la gran paz al final de los tiempos cuando todas las naciones “de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”. La segundo, llamado “Deutero-Isaías” escribió desde Babilonia donde se exiliaron muchos judíos en el sexto siglo antes de Cristo.  Como escuchamos el domingo pasado Dios le mandó que consolara a su pueblo esperando el regreso a Jerusalén.  El último profeta Isaías, o “Tercer Isaías”, podría haber sido un grupo que animó al pueblos en los días difíciles después de su regreso.  Hemos escuchado sus palabras en la primera lectura hoy: “El espíritu del Señor… me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres…”  Los Isaías nos despiertan la esperanza.  Nos aseguran que los fieles no van a ser desilusionados una vez que venga el Mesías.

Siempre en la primera parte de Adviento celebramos las fiestas de la Inmaculada Concepción de María y de Nuestra Señora de Guadalupe.  La primera celebración nos sugiere la necesidad del Mesías que esperamos.  Pues la concepción inmaculada de María fue un evento singular en la historia.  Todos los demás seres humanos hemos vivido bajo del peso de pecado, excepto a Jesús por supuesto.  La Virgen de Guadalupe simboliza el socorro particular de Dios a los marginados. Su presencia en el cerro Tepeyac indica que nadie va a quedarse fuera del Reino simplemente porque es pobre o indígena o lastimado.  Como María espera dar a luz a Jesús, ella comparte con nosotros toda la alegría de una joven encinta con su primer hijo.

Juan sirve un papal doble.  En primer lugar es el gran profeta del desierto llamando a la gente al arrepentimiento.  Hay testimonio de él no sólo en los evangelios cristianos sino también en otros documentos del tiempo. Sin embargo, cuando examinamos sus palabras, se presenta a sí mismo como humilde, al menos en comparación con el Mesías a quien anuncia como cerca.  Dice en el evangelio hoy: “…viene detrás de mí, (uno) a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.  Por su servicio y por su humildad Juan nos enseña el modo propio para esperar a Jesús.


Este año el tiempo de Adviento es el más corto posible.  Tenemos sólo tres semanas y un día para prepararnos a recibir a Jesús.  Sin embargo, no es la cantidad de tiempo que valga tanto como la calidad de nuestra espera.  Si miramos la venida de Jesús con la esperanza que va a aliviarnos del pecado y la muerte, si mantenemos la alegría de ser hijas e hijos de Dios venga lo que venga, y si servimos a los necesitados en la solidaridad, entonces estaremos bien.  Podremos acogernos a Jesús con brazos abiertos.  Y él nos llenará con la vida eterna.

El domingo, 10 de diciembre de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 4:1-5.9-11; 2 Pedro 3:8-14; Mark 8:1-8)

Oímos las primeras palabras del evangelio, pero ¿son sensibles nuestros oídos a su significado?  Lo dudo.  Pues cuando dicen “Evangelio de Jesucristo”, pensamos en lo religioso.  No nos damos cuenta que “el evangelio” es la buena noticia de la salvación.  Para apreciar el impacto de esta frase, tenemos que imaginar la comunidad por la cual san Marcos escribe su obra.  Los miembros viven entre amenazas y peligros.  En primer lugar las morales del tiempo condonan la fornicación, el adulterio, y la sodomía.  La gente recta se ha hecho cristianos para escapar estos y otros vicios.  Pero todavía se prohíbe el cristianismo en el imperio romano.  Se podía traicionar a los cristianos por venganza, capricho, o cualquier motivo.   También muchos entre ellos son pobres sin recursos y mucho menos la influencia.

Se puede comparar la comunidad de Marcos con los judíos en Babilonia en la primera lectura.  Los judíos son exiliados en una ciudad lejana en medio de un desierto.  Los babilonios los tratan como siervos.  Sienten agotados del trabajo pero más que esto deseosos para su patria donde podrían practicar su fe.  Entonces escuchan una voz diciendo: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”.  De repente, se levantan sus ánimas.  Dios quiere construir un camino por el páramo para que puedan volver a Jerusalén.

En un sentido nosotros cristianos hoy en día vivimos una situación semejante a la de la comunidad de Marcos y del pueblo judío en Babilonia.  Como ellos tenemos retos fuertes en todos lados.  ¿No nos sentimos marginalizados en un grupo cuando no nos riamos de chistes verdes?  ¿No estamos agotados de pedir a nuestros hijos que se aprovechen de la presencia del Señor en la misa dominical?  ¿No estamos cansados de ser pedidos a contribuir a las docenas de causas que tiene la Iglesia?

Sin embargo, ya  hemos escuchado una llamada a la reforma en la sociedad.  Se han revelado los  acosamientos de los líderes de la industria de entretenimiento y de la política.  Como ha enseñado la Iglesia desde su principio, los periódicos ya dicen que el sexo libre es injusto.  Hace dos semanas un diario destacó la opinión de una mujer sobre los ultrajes recientemente expuestos.  Dijo la escritora que cree lo una vez escuchó de un padre católico que el problema queda con la píldora anticonceptiva.  Según el cura (y la Iglesia) cuando se separe las relaciones íntimas de la concepción, los hombres van a verlas como cualquier otro deseo.

A lo mejor la reforma no será ni suficiente ni duradera.  Las atracciones del mal son fuertes.  Mucha gente no quiere dejar el placer ilícito del sexo fuera del matrimonio.  No quiere hacer caso a la voz de Juan en el desierto proclamando que el Señor está cerca.  Su apariencia nos indica lo que es necesario para hacer frente al problema.  Su vestido de pelo de camello y su comida de saltamontes insisten que limitemos nuestros deseos.  En lugar de satisfacer  los antojos, tenemos que disciplinar nuestra voluntad de modo que busque la justicia para todos.

Las palabras de Juan también valen nuestra atención.  No habla de sí mismo; al contrario, se llama a sí mismo como sólo un siervo a el que viene detrás de él.  Dice que este, que conocemos como Jesús, va a bautizar con el Espíritu Santo.  Eso es, su bautismo no sólo quitará los pecados individuales sino formará a todos en una comunidad del amor.  Siguiendo a Jesús, vamos a cumplir el deseo verdadero de nuestro corazón.


Este tiempo de Adviento es para contarnos cuan cerca está Jesús.  Es como la pita de un tren anunciando su venida.  Viene para levantar nuestros espíritus y para suprimir las fuerzas del mal que nos rodean.  De hecho, ya se puede sentir su presencia.   Está en medio del coro de la iglesia ensayando para la misa del gallo.  Está en los hombres y mujeres preparando los canastos de comida para los pobres.  Está en los saludos cordiales que tenemos para todos – tanto desconocidos como amigos.  Está cerca Jesús. 

El domingo, 3 de diciembre de 2017

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, 3 de diciembre de 2017

(Isaías 63:16-17.19.64:2-7; I Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37)

Hay algo malicioso acerca del tiempo nocturno.  Los ladrones rondan las calles en la noche.  También las prostitutas salen entonces para vender el uso de sus cuerpos.  Las borracheras suelen comenzar en la noche y también los pleitos.  En el evangelio según san Marcos Jesús muere cuando el día se hace como la noche. Porque la noche es tan asociada con la maldad, sirve como símbolo del mundo hoy en día.

No hay necesidad de listar todas las malicias que afectan nuestra sociedad.  No obstante, se puede decir que el Internet ha agravado la situación.  No es sólo la pornografía.  Las mentiras y engaños se despegan  desmesuradamente en Facebook y otros medios sociales. Quedamos como los judíos en la primera lectura preguntándose: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos…?”  También como ellos, pedimos a Dios que rasgue los cielos y baje a nosotros.  Lo necesitamos para salvarnos de la codicia, lujuria, y odia que nos rodean.

Levantamos esta súplica particularmente durante este tiempo de Adviento.  Un motivo es los excesos que siempre acompañan las festividades navideñas.  Pero más al fondo es el sentido que el fin – sea individual o sea global - nos acerca con las sombras largas de diciembre.  Con toda razón sabemos que nos hace falta la ayuda de arriba para reparar las injusticias.

En el evangelio Jesús nos imparte su repuesta. Él va a llegar para resolver la situación.  En este evangelio de Marcos Jesús hace hincapié en la parte del día se su venida.  Será precisamente durante la noche cuando los males están en vigor.  Viene para premiar a aquellos que hacen su voluntad mientras los demás pierden en el caos que han creado. Nos deja instrucciones: “’Velen y estén preparados’”.  Eso es, tenemos que esperarlo siempre por poner en orden nuestros asuntos, sean de la casa o sean de la comunidad de fe.   

Nuestros hogares deben ser escuelas de respeto, amor, y devoción.  El papa Francisco nos da la clave para que sean así.  Dice: “…nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia”. Y ¿cómo hacemos esto?  El papa mismo responde: “Basta una caricia, sin palabras”.  Nuestras parroquias, por su parte, tienen que ser no sólo centros de culto, apoyo, y catequesis sino también fuentes de servicio a los pobres.  El párroco de una comunidad latina del distrito federal está pidiendo a su gente que recojan regalos navideños por una comunidad en Guatemala.   Les dice que en los EEUU aun los “pobres” no saben lo que es la pobreza. 

En la segunda lectura san Pablo recuerda a los corintios que tienen los recursos para cumplir esta misión.  Por los dones que el Espíritu Santo les concede, pueden mostrar fácilmente el cariño y la generosidad.  Para aprovecharse aún más de estos dones, queremos rezar al Espíritu que nos enseñe los modos de Jesús.  Todos nosotros conocemos las palabras de la “Oración de San Francisco”: “Hazme un instrumento de tu paz…”


El Adviento comienza hoy con la esperanza del regreso del Señor.  Sin embargo, a lo mejor Jesús no vendrá este año.  Más bien la temporada terminará como en el pasado con la celebración de su nacimiento hace dos milenios.  Pero esto no debería desilusionarnos.  Por cumplir actos de cariño y servicio la noche de maldad habrá disipado un poco. Quedaremos sintiendo la presencia de Jesús aun si no lo vemos. La estrella navideña brillará sobre nosotros como nunca antes.  La estrella navideña brillará sobre nosotros. 

El domingo, 26 de noviembre de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

(Ezequiel 14:11-12.15-17; I Corintios 15:20-26.28; Mateo 25:31-46)

Hoy celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.  Muchos la conocemos simplemente como la Fiesta de Cristo Rey.  Hablamos de Cristo como rey, pero significamos algo diferente de los reyes de la historia.  Se puede demostrar esto con un cuento acerca del Rey Luís XIV de Francia.  Una vez el rey Luís estaba cazando en el campo.  Cuando lo vio un campesino, él comentó a su compañero que el rey no llevaba guantes.  El segundo respondió que no era necesario que el rey llevara guantes.  Pues, siguió, siempre tenía sus manos en los bolsillos de la gente.  Jesús no es un rey así.  Jesús no exige impuestos de la gente.  Tampoco pide que la gente luche en sus guerras.  Jesús no tiene ejércitos ni palacios ni coches.

Más bien, Jesús se muestra como rey por cuidar a su pueblo.  Siempre ha sido el papel de los reyes a defender a los pobres.  Usualmente lo han hecho de largo, dentro de sus castillos comiendo chocolates.  Jesús se distingue por quedarse muy cerca a la gente.  Es pastor-rey que llama a sus ovejas por nombre.  Habla a nuestros corazones diciendo que entiende nuestros deseos.  Sabe que queremos ser bellos y dice que así estamos en sus ojos.  Sabe también de nuestra lucha con la lujuria y la codicia.  En lugar de pensar en placeres ilícitos, nos pide que aceptemos a él como el deseo del corazón.  No sólo conversa con nuestros corazones sino actúa por nuestro bien.  De hecho dio su vida para liberarnos de los prejuicios y los demás pecados que nos tienen presos.  Nos trata con tanto cariño para que lo reconozcamos cuando venga.

El evangelio hoy nos habla de su venida.  Al final de los tiempos Jesús llegará con sus ángeles para juzgar a las naciones.  Pero no será la instancia única de su presencia en el pueblo.  Habrá venido antes bajo la cara demacrada de un hambriento y la mira desesperada de un enfermo de cáncer.  Como sus sujetos, nos llama a servirle por atender a los necesitados.  Hemos entrado en el tiempo del año cuando es la moda llevar comidas a los desempleados y cantar villancicos en los asilos de ancianos.  Son costumbres dignas, pero no suficientes.  Los desempleados necesitan ayuda no sólo en el tiempo navideño sino también durante el verano.  Asimismo los ancianos podrían beneficiar de ver a caras alegres en septiembre tanto como en diciembre.

Celebramos a Jesucristo como rey ahora porque este es el último domingo del año litúrgico.  Estamos completando otro ciclo recordando la trayectoria de Jesucristo.  Lo hemos revisado otra vez cómo los magos lo declararon como rey en la Epifanía y Pilato lo puso el título en la cruz en el Viernes Santo.  Sobre todo hemos celebrado su Ascensión al cielo para tomar su lugar a la derecha de Dios Padre.  Ya concluimos su historia festejando su Señorío.  Queremos guardar en nuestras memorias cómo Jesús puede aliviarnos de cualquier tipo de lío en que nos encontremos. 


La Fiesta de Cristo Rey tiene otro propósito.  Nos prepara para la temporada santa de Adviento que comienza en ocho días.  Nos recuerda que el que esperamos durante casi todo el mes de diciembre no es precisamente un bebé. No, tan cariñoso sea la imagen del pesebre, vemos al niño Jesús, al menos en parte, por lo que va a ser.  Será el pastor-rey que nos guía a la felicidad.  Será el rey-pastor que nos guía a la vida eterna.  

El domingo, 19 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMA TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 31:10-13.19-20.30-31; Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30)

En su primera carta a los corintios san Pablo nos informa acerca de los dones espirituales.  Dice que hay varios y cada uno de nosotros tiene su propio don.  Si todos tuviéramos los mismos, nuestra comunidad no podría lograr su propósito.  Pero la realidad es más esperanzadora.  Algunos de nosotros tenemos el don de la sabiduría, otros el don de la sanación, y otros el don del liderazgo.  En la primera lectura hoy el libro de los Proverbios señala otros dones.

Esta sección del libro se dedica a la esposa idónea.  La describe con buenas cualidades físicas: el ojo para comprar telas finas y la mano para tejar ropas guapas.  Sin embargo, son sus dones espirituales que sobresalen.  Ayuda a los pobres con la caridad y cuida a los desvalidos con la bondad.  Aunque no tenemos dones prestigiosos, podemos imitar el amor de la esposa virtuosa.  De hecho, san Pablo continuará por decir cómo el amor brilla sobre todos los otros dones.

El evangelio hoy también tiene que ver con los dones.  Porque es parábola, tenemos que interpretar sus elementos con un cuidado particular.  Describe las acciones de tres servidores, cada cual confiado con al menos un talento.  A propósito, la palabra talento originalmente refería a una denominación de dinero que vale millares.  Precisamente por esta parábola, la palabra ha cambiado su significado.  Ya el talento es un don recibido por el individuo en su nacimiento.  Jesús quiere decir aquí que todos los tres servidores han recibido grandes dones personales.  El propósito es que los usen para el bien del señor. 

Los primeros dos servidores cumplen el objetivo.  Negocian para producir aún más riqueza.  En otras palabras, aumentan la gloria del dueño por poner al bueno uso sus talentos.  Cuando regresa el señor “después de mucho tiempo”, significando el fin de sus vidas, reciben un premio inesperado.  El dueño invita a los dos a “entrar en la alegría de tu señor”.  ¿Qué puede ser este lugar más que la vida eterna?  Interesantemente, les otorga porciones iguales de su alegría a los dos.  No le importa al dueño la cantidad de su ganancia, sólo el hecho que se han aprovechado de sus dones

En contraste, el tercer servidor no quiere esforzarse nada.  En lugar de aprovecharse de su talento, lo entierra.  Es como el genio que quiere pasar todo su tiempo viendo el televisor. Con razón, el dueño lo llama “siervo malo y perezoso”. Se revela la fuente de su defecto en la conversación con el dueño.  Estima al dueño como “hombre duro” y no cómo es en la realidad: un donador prodigo.  Este siervo es como algunos de nosotros que ven a Dios como un juez exigente.  Se preocupan de evitar problemas, no de aumentar el beneficio del dueño. Tal vez vengan a la misa dominical, pero no regresan a casa determinados a vivir la fe que han profesado.  Como la gente en la segunda lectura, dicen: “¡Qué paz y qué seguridad tenemos!” A ellos viene la catástrofe con el regreso del Señor.

Una mujer inmigrante se aprovecha de sus talentos por actos sencillos pero buenos todos los días.  No tiene ni títulos ni dinero para hacer maravillas.  Pero los dones que tienen – el sentido común, la capacidad de expresarse, el deseo para orar – los usa con gran eficaz.  Como esposa y madre, siempre exhorta a su marido e hijas a hacer lo correcto.  Como miembro de la parroquia, se encarga del ministerio pro-vida.  Como cristiana, reza al Señor por el bien de todos siempre confiando en su bondad.  Si sigue en este rumbo, puede contar con recibir “la alegría de (su) Señor”.


Hay un dicho: “el amor no es el amor hasta que lo regales”.  El amor queda como una buena idea si no lo ponemos en práctica.  Es igual con todos los dones espirituales.  No vale el don de orar si no oramos.  Ni vale el don de catequizar si no catequizamos.  Si vamos a realizar la alegría del Señor, tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.  Tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.

El domingo, 12 de noviembre de 2017

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 6:12-16; I Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13)

“Hacer una buena acción diaria” es un pedazo de la sabiduría enseñado a los Scouts.  ¿Quién duda que nuestra sociedad fuera lugar más agradable si todo el mundo lo practicaría?  Como dice la primera lectura de toda sabiduría, la frase brilla como una joya “radiante e incorruptible”.  También el dicho tiene que ver con el evangelio hoy que habla de lámparas de aceite.

En el Evangelio según San Mateo una luz brillante significa buenas acciones.  Recordamos cómo en el Sermón del Monte Jesús instruye a sus discípulos: “Hagan brillar su luz delante de todos para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo”.  Ciertamente los hechos hablan más fuertemente que las palabras.  El papa Francisco ganó los corazones de las multitudes no con palabras elocuentes sino con sus acciones abnegadas.  ¿Quién no podría quedar impresionado al ver la foto de Francisco un poco después de su instalación besando la cabeza completamente desfigurada del hombre? 

Ya en el evangelio hoy Jesús cuenta de las diez vírgenes.  Cinco de ellas se consideran sabias supuestamente porque llevan bastante aceite para mantener sus lámparas encendidas.  Pero las lámparas encendidas son símbolos que ellas han cumplido muchas obras buenas. Tal vez ellas hayan visitado a los huérfanos o alimentado a los desamparados.  Entretanto a cinco chicas les falta el aceite.  Éstas no han hecho nada para brillar “radiantes e incorruptibles”. Si fueran vivas hoy, ellas serían las muchachas que desgastan el tiempo en los medios sociales, preocupadas si les quieren los demás.

Deberíamos pensar en las bodas a las cuales se admiten las cinco vírgenes previsoras no sólo como las bodas de un tal Juan y una tal Dora.  Más bien, en el evangelio las bodas tienen un matiz más grande.  Significan el banquete celestial a la cual Jesús invita a sus elegidos.  Como dice la segunda lectura, es el “encuentro del Señor” donde “estaremos siempre con él” como sus esposas. 

Un cine da pista de la verdad de este evangelio.  Una hermana y un hermano enfrentan una situación retadora.  Su padre, que les trataba mal en su niñez, ya queda desamparado.  Porque los abandonó años anteriormente, los dos hermanos andan lastimados en sus vidas personales.  La mujer está involucrada en una relación adúltera y su hermano no puede comprometerse a su novia.  No obstante, los dos cooperan para darle el apoyo necesario a su padre hasta que muera.  Al final de la película las vidas de los dos han mejorado significativamente por su obra buena.  La mujer ha renunciado la relación pecaminosa, y su hermano parece listo para casarse con su novia.  La buena obra que han hecho por su papá ha resultado en un estado dichosa para los dos.


Sí es cierto estamos o bien ocupados o bien cansados para hacer buenas obras.  Tememos que intentar hacerlas vaya a agobiarnos despiadadamente.  Pero la verdad es a menudo el contrario.  Por esforzarnos a hacer buenas acciones, los resultados nos facilitan la vida.  Nos salva de la tentación de quedar preocupados si los demás nos quieren.  Más al caso, no quedamos sólo preocupados y no solícitos por los demás.  Aún más importante, nos hace posible encontrar al Señor.  Pues Jesús no abandona nunca a aquellos que hacen su voluntad.

El domingo, 5 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 1:4-2:2.8-10; I Tesalonicenses 2:7-9.13; Mateo 23:1-12)

Hace cincuenta años la salida de muchos sacerdotes del sacerdocio escandalizaba a la gente.  El fenómeno resultó de varias causas.  Una fue el sentido del individualismo que sentían muchas personas de la época.  Pensaban que fuera más importante tener toda la gama de las experiencias humanas que dedicarse enteramente a la comunidad de la fe.  Otra causa fue el sentido del desequilibrio que crearon las renovaciones del Segundo Concilio Vaticano.  El papa san Juan Pablo II detuvo la fuga de sacerdotes por imponerles calificaciones estrictas para recibir el permiso de la Iglesia.  Como Malaquías en la primera lectura hoy critica a los sacerdotes de Israel, Juan Pablo advirtió a los sacerdotes de tiempos modernos que se conformaran más a Cristo.

El papa Francisco sigue retando a los sacerdotes.  Seguramente la situación que existe hoy en día ha cambiado de las décadas de los sesentas y setentas.  No más existe una gran salida del sacerdocio, pero hay defecto de otro género afectando a algunos sacerdotes ahora.  Francisco reprocha a los sacerdotes que no quieren acercarse a los fieles en sus propios ámbitos.  Más bien estos curos prefieren quedarse en las iglesias esperando que la gente venga a ellos.  Como Jesús en el evangelio reprende a los fariseos por ocupar los primeros asientos en las sinagogas, Francisco manda a los sacerdotes del día hoy a salir de sus lugares cómodos.  Quiere que ellos acompañen a sus parroquianos en la lucha de la vida.

El padre Charlie King era párroco por cincuenta años.  En su tiempo mereció la fama como párroco entregado cien por ciento a su grey.  Visitaba a los enfermos en el hospital.  El domingo entre la misa del medio día y la misa de la tarde retiró a su oficina para telefonear a aquellas personas que no podían acudir al templo.  No estaba renuente a atender mesas en el refugio para los desamparados.  Personas de todas clases económicos lo veían como un amigo.  Era el tipo de sacerdote que tiene en cuenta  el papa cuando exhorta que la iglesia sea “un hospital del campaña con heridos buscando a Dios”.


La segunda lectura indica la respuesta apropiada a los sacerdotes entregados.  Pablo dice a los tesalonicenses que ellos han aceptado su predicación como “palabra de Dios”.  De tal modo la gente debería escuchar a los padres que hablan con sinceridad “a su servicio”.   Pues aunque estos curas no tengan una voz elocuente, sus acciones predican el amor de Dios al mundo.  Un sabio una vez dijo: “la imitación es la forma más alta de la adulación que la mediocridad ofrece a la grandeza”. Es cierto.  Si realmente queremos poner en práctica la palabra de Dios, imitaremos el servicio de los sacerdotes buenos.  Visitaremos a los enfermos y atenderemos a los necesitados.  No tendremos grande inconveniencia a salir de nuestros casas cómodas para ayudar a los demás.


El domingo, 29 de octubre de 2017

EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 22:20-26; I Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40)

El suicidio, tan horrible como sea, se ha hecho casi en una epidemia.  Es probable que un miembro de nuestra familia haya considerado a tomar su propia vida.  De hecho, el porcentaje de los suicidios ha crecido veinticinco por ciento en los últimos veinte años.  Un reporte reciente dice que diecisiete por ciento de los estudiantes en las secundarias norteamericanas han contemplado seriamente el suicidio.

No se sabe exactamente por qué tantas personas piensan en el suicidio.  Sin embargo, una teoría que llama la atención tiene que ver con la aislamiento.  La gente no sale tanto con otras personas como antes.  Tampoco viene a la iglesia con tanta frecuencia.  Tampoco visitan las casas de uno y otro tanto.  Curiosamente con el creciente uso de Facebook y otros medios sociales muchos se sienten más aislados que nunca.  Pasan mucho tiempo con solamente sus celulares preguntándose si son aceptables a los demás.

Para afrentar esta crisis deberíamos escuchar bien las palabras de Jesús en el evangelio.  Nos dice que tenemos que amar a Dios sobre todo.  Aunque no podemos ver a Dios con los ojos, Él nos hace posible este amor.  Nos envía al Espíritu Santo que nos mueve a amar a Él sobre todo.  Amando a Él, como nos pide la Iglesia, nos encontramos con otras personas acudiendo al templo. 

El segundo mandamiento que Jesús cita es aún más relevante aquí.  Hemos de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.  Es necesario que amemos a nosotros mismos por cuidar a nuestro bien tanto psicóloga como físicamente.  Si nos encontramos a nosotros mismos tan deprimidos que pensemos en el suicidio, tendremos que buscar la ayuda profesional.  También el mandamiento nos exige a amar a los demás.  Lo hacemos en diferentes maneras: visitar a los asilos de ancianos, aportar a las caridades, prestar la mano a un vecino en necesidad, etcétera.  Hay otra cosa importante que podemos hacer sin gran dificultad.  Habría menos aislamiento y más calor humano si nos esforzamos a saludar a todos que encontramos con una sonrisa.


Hace poco un hombre de treinta y pico años se suicidó por saltar del Puente Golden Gate en San Francisco. Después de su muerte su psiquiatra con el examinador médico entró el apartamento del hombre.  Hallaron su diario personal con estas palabras escritas como la entrada final: “Voy a caminar al puente. Si una persona se me sonríe en al camino, no voy a saltar”.  Este hombre no era el único a lo cual faltaba el calor humano.  Por eso, es preciso que tratemos a todos con más cariño.  

El domingo, 22 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA NOVENA DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

El ratón es un animal listo.  La gran proporción de su cabeza en relación con su cuerpo le dota una mayor capacidad cerebral.  No como la rata, es difícil atrapar el ratón.  Puede mantener a hombres pensando por días cómo lograrlo.  El evangelio hoy cuenta de un grupo de hombres poniendo una trampa.  Sin embargo, en este caso no buscan una molestia casera.  No, quieren tropezar a Jesús.

Jesús ha llamado la atención del pueblo primero en Galilea y ya en Jerusalén.  Habla con la autoridad, y sus sanaciones muestran que su autoridad viene de Dios.  Para mantener su influencia propia sobre la gente, los fariseos planean cómo descreditarlo.  Le propondrán una pregunta que no se puede contestar sin crear enemigos: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”  Si Jesús responde que “sí”, van a decepcionar a la mayoría de los judíos que odian el impuesto.  Pero si dice que “no”, tendrán que enfrentar a los romanos por minar su poderío.  En las elecciones políticas siempre escuchamos una pregunta tan controversial como la de los fariseos. 

En todas partes se les pregunta a los candidatos su posición sobre el derecho de la mujer al aborto.  Si el candidato dice que no existe, algunos van a clasificarlo como contra mujeres.  Sin embargo, cada vez más los científicos muestran que tan pronto como la esperma masculina se una con el huevo femenino se produce un ser humano.  No es un bulto de materia sino una persona única en principio.  Por eso, se puede decir quitar su vida en el proceso del desarrollo equivale al homicidio.  No parece justo decir que se necesita “el derecho al aborto” para salvar la vida de una mujer embarazada o para ahorrar el dolor de una mujer violada.  Raras veces se encuentran estas realidades lamentables.  Por la gran mayor parte se hace el aborto porque la vida del niño es una inconveniencia.  No le importa tanto a la mujer como otras preocupaciones como su carrera la vergüenza.

Anteriormente en el evangelio Jesús enseñó a sus discípulos que tenían que ser “precavidos como la serpiente pero sencillos como una paloma”.  Ya muestra cómo poner en práctica esas palabras.  Pide una moneda que se usa para pagar el tributo.  Entonces Jesús les pregunta cuya imagen está marcada en ella.  Es un contra-trampa de la cual los fariseos no se dan cuenta.  “De César” responden pronto.  Como cualquier americano puede decir cuyo retrato se imprime en el dólar, los fariseos identifican a su líder – no Dios sino el emperador.

Entonces Jesús concluye su argumento.  “Den, pues, al César lo que es del César—dice --  y a Dios lo que es de Dios”.  Pero ¿qué es de César? Y ¿qué es de Dios?  Jesús no elabora estos temas que los sabios han debatido desde entonces.  Ciertamente se difieren la lealtad debida a Dios y la debida al estado.  No debemos la vida al estado aunque a veces se puede llamar a la persona a arriesgar su vida por el bien común.  Debemos nuestras vidas a Dios.  Por esta razón es pecado quitar su propia vida tanto como tomar la vida de otra persona.  También debemos a Dios el seguimiento de la consciencia en la cual se distingue lo bueno de lo malo.  Para ser ciudadanos fieles tenemos que pagar impuestos, ayudar a los vecinos en necesidad, y votar según la consciencia.  Esto no quiere decir que votemos por un candidato político solamente porque está en contra al aborto.  Pero sí significa que ponemos su posición en el aborto alto en la lista de criterios. 


46 y 23,000 – ¿Qué significan estos números? ¿El número telefónico para el Vaticano?  ¿La cantidad de las serpientes y las palomas en el parque central? No, representan el número de los cromosomas de cada persona humana y el número aproximado de los genes llevados por los cromosomas.  Existen del momento  que la esperma masculina se une con el huevo femenino.  Hacen la vida de todo humano como una preocupación más alta que cualquiera otra.  Hacen la vida humana como una preocupación altísima. 

El domingo, 15 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo?  Acabamos de tener un cambio de estaciones.  ¿A dónde fue el verano?  Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua.  ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado?  Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo.  Pero si me preguntan, no lo sé.”  Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo.  Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto.  Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se retroceda.  No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas.  Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca.  Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz.  Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia. 

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado.  Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar.  Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como al futuro.  Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo.  Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados.  Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor. 

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma.  Describen el banquete de Dios al final de los tiempos.  En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios.   Se ve la confluencia de los tiempos por los antiguos presentes dialogando con los modernos.  Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Alberto Einstein y Tomás de Aquino.  No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar.  Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.   

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia.  Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta.  Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo.  Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se dan a las turistas rebozos para cubrir sus hombros.  El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios.  No llevarlo es como haber desgastado la vida.  Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras. 


Al final de una película  todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión.  Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo un minuto como los principales. “¿A dónde va el tiempo?”  Según esta película se va llevando a todos a alabar al Señor.  El tiempo lleva a todos a la alabanza al Señor. 

El domingo, 8 de octubre de 2017

El VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

La lectura del profeta Isaías me recuerda de los muchachos en la escuela.  Como el viñador remueve tierra, quita piedras, etcétera para producir una viña, así los estudiantes tienen que esforzarse.  Al menos si van a tener una carrera como la medicina o la ingeniería, tienen que leer libros, cumplir tareas, y desvelarse estudiando. 

De una manera semejante queremos ser muy deliberados para realizar el reino de Dios dentro de nosotros.  Es cuestión de remover las tierras de egoísmo y quitar las piedras de codicia que dominan nuestros corazones.  Esto no es a decir que el yo deba ser reprimido, sino al contrario.  Es reconocer la paradoja que nos presenta Jesús: para encontrar la vida hay que perderla.  Es darnos cuenta de que no somos singulares sino herederos de la vida eterna junto con todos creyentes.  Es quedarnos conscientes de la necesidad de colaborar con los demás por el bien de todos.

Sí son importantes la diligencia y la cooperación.  Pero es aún más preciso lo que Pablo recomienda en la segunda lectura.  Tenemos que fomentar un espíritu de oración para ser justos.  Por poner a Dios primero, no vamos a tener un sentido exagerado de nuestro valor.  Ni vamos a estar cohibidos por las jactancias de los demás.  Se dice que Santo Tomás de Aquino siempre rezaba hasta que llorara antes de estudiar o de enseñar.  Será una práctica provechosa para nosotros también.  Pero que sea sincera nuestra oración, no un hábito irreflexivo o, peor aún, una táctica para impresionar a los otros.

En la vida vamos a ver muchos escollos alrededor de nosotros.  Una psicoterapita acaba de nombrar a uno.  Dice que el Internet ha facilitado el engaño en los matrimonios.  Escribe que los hombres y mujeres ya pueden comunicarse fácilmente con los novios anteriores.  Es sólo una de las muchas fuerzas tratando de sofocar la voz de Dios en la conciencia.  Como los viñadores en la parábola abusan a los enviados del propietario, hay políticos y líderes de los medios que intentan a superar el sentido de lo justo y bondadoso.  Gritan y echan palabrotas que inclinan a la gente más a los prejuicios del pasado que relaciones amistosas en el futuro. 

Nosotros en cambio queremos construir nuestras vidas sólidamente sobre la piedra angular de Jesús.  Sus palabras se han hecho los muros que nos defienden contra los engaños de los malvados.  Sus sacramentos nos han regado para resistir el calor del odio y la sequía de la indiferencia.  Basado en Jesús, nosotros podemos ver cada vez más claramente que personas de otras lenguas y naciones son nuestras hermanas y hermanos.


En el Evangelio según San Juan después de la resurrección, María Magdalena confunde a Jesús con un jardinero.  Sin embargo, paradojamente en un sentido Jesús es jardinero.  Nos cultiva las tierras de nuestras vidas.  Al menos nos ayuda sacar las piedras de codicia para que produzcamos los frutos del Reino de Dios.  

El domingo, 1 de octubre de 2017

VIGESIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Cuando fue elegido, el papa Francisco hizo algo insólito.  No ocupó los apartamentos papales en el Palacio Apostólico como se esperaba.  Más bien, hizo su residencia en la Casa San Marta, que sirve como un albergue para visitantes al Vaticano.  Fue más que un gesto de la humildad que caracteriza este papa.  Fue un testimonio vivo y continuo de su opción para acompañar a la gente.  Él mismo dijo: “No puedo vivir solo.  Debo vivir mi vida con los demás”.  Se puede detectar esta misma postura en la Carta a los Filipenses de que viene la segunda lectura hoy.

Aunque es corta, la Carta a los Filipenses refleja a San Pablo con todas de sus virtudes.  Se presenta como un padre solícito en la lectura presente.  Dice: “…si ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor…” En otra parte de la carta Pablo se prueba como teólogo trinitario.  Escribe: “…los verdaderos circuncidados somos nosotros, los que adoramos a Dios movidos por su Espíritu, y nos alegramos de ser de Cristo Jesús…”  Sobre todo la Carta a los Filipenses pone en manifiesto el gran amor de Pablo para Cristo.  Cuenta: “Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos y llegar a ser como él en su muerte…”.

Es evidente que se motiva la carta algunas dificultades y tribulaciones en la comunidad.  En primer lugar hubo la rivalidad entre los cristianos mismos.  Pablo menciona cómo dos mujeres, Evodia y Síntique, que le ayudaron en la evangelización, ya no se llevan bien.  También indica que los paganos persiguen a la comunidad como lo maltrataron a él y Silas cuando llegaron allá por primera vez.  Finalmente Pablo critica a aquellos que profesan la fe en Cristo pero, no obstante, insisten en la circuncisión judía.

Podemos ver semejantes tensiones en nuestras comunidades cristianas hoy en día.  Todavía hay algunos que sienten que sus aportes valgan más que aquellos de los demás.  En una parroquia las Guadalupanas y las Carmelitas estaban criticando a uno y otro hasta que el párroco les mandara a quitar la rivalidad.  Pidió que las guadalupanas sirvieran el desayuno a las carmelitas el dieciséis de julio y las carmelitas prepararan el desayuno para las guadalupanas el doce de diciembre. 

La crítica de la fe ciertamente sigue en fuerza.  Recientemente una profesora de la ley propuesta como juez federal fue criticada por aceptar los dogmas de la fe católica.  Es como si fuera un signo de irracionalidad mantener que la vida humana comienza con la concepción y debe ser protegida desde entonces.  Finalmente hay católicos que insisten, como los judíos cristianos hicieron en el primer siglo, que sus prácticas particulares garanticen la salvación. Sea por asistir en la misa por nueve primeros viernes seguidos o sea por recibir las cenizas en el primer día de la Cuaresma, dicen que tienen la fórmula para la vida eterna.

Pablo nos da el remedio para todos estos problemas cuando advierte en la lectura hoy: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo.”  Él sabe que la única cosa que importa es Cristo, el conocimiento de Dios encarnado.  Porque Cristo era humilde y solícito de los demás, nosotros tenemos que ser así.  Nuestro premio para vivir así es el mismo Cristo.  Como dice Pablo en otra parte de la carta: “…para mí la vida es Cristo y la muerte es ganancia.”


¿No querríamos ser miembros de esa primera comunidad de cristianos en Filipos? Habríamos escuchado a Pablo predicar de su amor para Cristo.  Sí, pero habría sido difícil porque habríamos tenido que dejar nuestra religión tradicional y tal vez nuestras familias.  De todos modos nos quedamos con el gran reto de los filipenses: dejar las rivalidades entre nosotros para proclamar el amor de Dios con la claridad.  Nos queda el reto: proclamar el amor de Dios.

El domingo, 24 de septiembre de 2017

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Cuando pensamos en las vistas más magníficas en el mundo, ¿qué cosas surgen en nuestras mentes?  ¿La piscina de las olimpiadas o la playa en Cancún?  ¿La Torre de Eiffel o el Monte Everest?  ¿La Basílica de San Pedro o el Gran Cañón?  Creo que al menos para la mayoría las maravillas naturales sobrepasan las grandes construcciones humanas.  Diríamos, por ejemplo, que nunca hemos visto el agua tan clara, la arena tan blanca, y el cielo tan azul como en Cancún.  O jamás hemos mirado una cosa tan majestoso como cuando estábamos al pie de una gran montaña.  El evangelio hoy nos indica algo semejante.  Nos ilustra el esplendor de la justicia cuando Dios la proporciona.

Deberíamos ver la historia de tres puntos de vistas distintos.  Primero, considerémonos cómo ven la situación los trabajadores que llegaron a la viña al amanecer.  Ya es tarde.  Han trabajado todo el día.  Les duelen los brazos.  Sus frentes llevan la tierra que pegó a su sudor.  Cuando miraron a aquellos que trabajaron sólo una hora recogiendo un denario, naturalmente esperaron recibir más.  Ya sienten defraudados porque les han pagado el mismo jornal.  Piensan que no es cuestión de codicia sino de la justicia.  ¿No es un principio de la justicia: “el pago igual para el trabajo igual”?  

En contraste los trabajadores que llegaron más tarde quedan encantados.  Ya pueden volver a casa con bastante dinero para comprar pescado por su familia.  Pero es posible que estén pensando en otra cosa.  Tal vez están preguntando a uno y otro: “¿Por qué no celebramos nuestra dicha con unas copas?” 

Finalmente hay el dueño.  Se puede llamarlo bueno porque muestra la compasión a los pobres.  De verdad este hombre representa a Dios.  Su justicia siempre es moderada por el amor que es la caridad.  Contrató con los primeros trabajadores por el salario corriente.  Si les paga más ahora, mañana esperarán la misma cantidad.  A los más recientes les paga lo mismo para que sus familias no experimenten la miseria.  Como es Dios, conoce los corazones de los trabajadores.  Puede decir quién va a aprovecharse bien del dinero y quién va a malgastarlo.  Evidentemente piensa que los hombres que trabajaron poco no van a derrochar su pago con vino. 

Nosotros hombres y mujeres no podemos leer corazones como Dios.  Tenemos que depender de principios como “el pago igual para el trabajo igual” para determinar la tasa de recompensa.  Pero podemos aproximar la justicia de Dios por incluir en las normas laborales una dimensión del amor caritativo.  ¿Qué quiere decir esto? El seguro de salud para el trabajador y la familia parece preciso hoy en día.  Se debe incluir iniciativas para mejorarse particularmente en los empleos del valor mínimo.  También le proporciona una cierta dignidad al trabajador cuando se reconoce su aporte y se consideran sus recomendaciones.


El trabajo es más que un modo de sacar dinero para comprar pescado.  Es más que el dolor en los brazos y el sudor en la frente.  En un sentido verdadero el trabajo es cooperar con Dios para recrear el mundo en la justicia.  Porque es de Dios, no deberíamos olvidar el amor cuando consideramos las normas laborales.  Por Dios no deberíamos olvidar el amor en las normas laborales.

El domingo, 17 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hice mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada nuevo para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a estos asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  No necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de una confianza profunda.  Pero hay otro tipo de amigos en quienes confiamos toda el alma.  Son personas de gran virtud.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazón con nosotros.

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  Asimismo nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  Nos capacita a amar, no según la carne sino de la verdad.  También escucha nuestros suspiros y responde con sus dones haciendo el camino adelante transitable.  Finalmente el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos ha engeñado o a la persona que ha hecho daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos cuando éramos jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Por favor, esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.


Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.

El domingo, 10 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

A veces tengo dificultad cuando estoy estudiando.  Si hay ruido en la casa, no puedo concentrarme.  Pasa que el televisor prendido en el cuarto de recreo me distrae en mi recámara.  Aun con esfuerzo, no logro un estudio satisfactorio.  Entonces, me siento frustrado.  No quiero molestar a los telespectadores.  Pero tampoco quiero desgastar mi tiempo.  Cuando decido a decir a aquellos mirando la tele, casi nunca lamento la decisión.  Les digo: “Lo siento; no puedo estudiar.  El sonido del televisor está alto.  ¿Me pueden bajarlo?”  Esto es un ejemplo sencillo de la corrección fraternal de que Jesús habla en el evangelio hoy.

Este año leemos en la mayoría de los domingos del Evangelio según San Mateo.  Se le llama  “el evangelio de la iglesia”.  Pues más que Marcos, Lucas, y Juan; Mateo trata del orden en la comunidad de fe.  Por ejemplo, hace quince días escuchamos cómo Jesús nombra a Simón como la cabeza de la comunidad.  En el pasaje ahora él da las instrucciones sobre el tema delicado de la corrección fraternal.  ¿Cómo se puede lograrla con la máxima eficaz y el mínimo daño?  Para evitar vergüenza al malhechor Jesús instruye a sus discípulos: “’Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas’”.  A veces, como en el caso del sonido recio, la persona responde amablemente.  Dice que ni sabía que estaba creando dificultad.  Sin embargo, a veces resiste a reconocer su error.  Tal vez diga que el problema no es de él sino de nosotros.  Entonces, tendremos que ocupar otra táctica para convencerlo de su culpabilidad.

Puede ser que el párroco es alcohólico pero no quiere reconocer el defecto.  Más bien, si un amigo le dice que toma demasiado, él se pone bravo negando que no pueda manejar el consumo.  Entretanto, sigue insultando a otras personas como es la manera de muchos alcohólicos.  Para enfrentar a una tal persona con la verdad, sus amigos y colaboradores tienen que organizarse.  Tienen que acercarse al alcohólico dando testimonio uno por uno cómo él ha violado el comportamiento esperado de un líder espiritual.  Entonces, tienen que insistir que vaya a buscar la ayuda necesaria.  Esto es lo que Jesús tiene en cuenta cuando recomienda que los discípulos vayan al pecador con dos o tres testigos.

Hay otro remedio en los casos extremos.  Si el culpable sigue en su pecado de modo que cause a los demás a fallar, dice Jesús que se lo excomulgue.  Les asegura a sus discípulos que tienen la autoridad para hacerlo por decir: “’…lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo’”.  Hace cincuenta años el arzobispo de Nueva Orleans excomulgó a un racista con gran efecto.  El señor Leander Pérez montaba una campaña para resistir la integración de las escuelas católicas cuando el jerarca le impuso la pena.  Eventualmente el hombre renunció su oposición a la integración para reconciliarse con la Iglesia.


Sobre todo, la Iglesia es una comunidad de amor, sea al nivel parroquial, diocesano, o global.  Desea el bien para todos incluso los pecadores.  También tiene que dar testimonio a la verdad en todas sus relaciones.  Por eso Jesús nos enseña en el evangelio hoy cómo manejar las situaciones difíciles.  Cuando un malhechor no quiera reconocer su culpa, tenemos que tratarle con ambos el respeto y la firmeza.  Esto es fórmula digna para la vida en general.  Que seamos en todos casos respetuosos y firmes. 

El domingo, 3 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

En la década de la “revolución sexual” entre 1960 y 1970 una congregación religiosa hizo algo inaudito.  Para atraer a jóvenes al sacerdocio la congregación puso una publicidad en la revista Playboy.  En ese tiempo Playboy pretendía ser intelectual aunque la gran mayoría de los jóvenes la veían por las fotos pornográficas.  La publicidad preguntó: “¿Puede ser un sacerdote un hombre moderno?” 

No creo que la congregación quisiera sugerir que los sacerdotes deberían leer Playboy.  Sin embargo, evidentemente pensó que sus sacerdotes sean hombres modernos.   De todos modos la publicidad no funcionó bien.  La congregación no ganó muchas vocaciones y ahora lucha para sobrevivir.  Parece que la realidad respondió al interrogante.  Un sacerdote no puede ser hombre moderno si eso significa conformarse a las modas del tiempo.  San Pablo dice tanto en la segunda lectura hoy.

Desde junio hemos estado leyendo de la Carta de Pablo a los Romanos.  Todas estas lecturas han expuesto la teología de la salvación.  Ya hemos llegado a los últimos capítulos de la carta donde Pablo explica cómo poner en práctica la teología.  La lectura hoy describe algunos principios fundamentales.  Pablo recomienda a sus lectores que vivan como se fueran sacrificios emanando aromas agradables a Dios.  Eso es, que se entreguen a Dios por vivir con el verdadero amor de Cristo.  También les exhorta que no se dejen a sí mismos ser transformados por los criterios de este mundo.  Eso es que no deben procurar ser personas modernas sino personas rectas.

¿Qué son los criterios del mundo actual que Pablo nos habría de evitar?  No creo que tengan que ver con el uso de los instrumentos del tiempo como computadoras y celulares.  Tampoco involucrarían los estudios modernos como la genética.  Estas cosas nos ayudan ser conscientes de lo que pasa alrededor de nosotros.  A lo mejor se puede resumir los criterios del mundo hoy en día con tres “-ismos”: el materialismo, el relativismo, y el individualismo.  El materialismo es vivir por la acumulación de cosas.  San Juan Pablo II una vez escribió: “No es malo el deseo de vivir mejor pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser”. 

El relativismo rehúsa reconocer criterios absolutos para juzgar lo bueno y lo malo.  Dicen los relativistas que todo depende de los valores del pueblo y aun de la persona en un momento dado.  Con el relativismo el aborto no es malo porque muchos lo aceptan.  Asimismo el matrimonio gay está bien porque las parejas del mismo sexo quieren vivir en una relación comprometida.  El relativismo no toma en cuenta la naturaleza humana.  No le importa que el aborto es tomar la vida de un inocente y el matrimonio gay desafía el propósito del matrimonio. 

El individualismo casi siempre considera el bien de la persona como más importante que la comunidad.  Por el individualismo los padres piensan más del éxito en sus carreras que en la crianza de sus niños.  Los hijos prefieren poner a sus padres en asilos que cuidarles en sus propias casas.   El individualismo pregunta primero en toda situación: “¿Qué está aquí por mí?”


En el evangelio Jesús dice a sus discípulos que tienen que tomar sus cruces y seguirlo si quieren salvar sus vidas.  Quiere decir que para tener la vida eterna, tenemos que conformarnos a él no al mundo contemporáneo.  Tenemos que valorar más nuestro crecimiento en la bondad que el aumento en el tamaño de nuestra casa.  Tenemos que reconocer que algunos actos son malos, diga lo que diga el pueblo.  Sobre todo tendremos que sacrificarnos a veces por el bien de los demás.

El domingo, 27 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

En el inicio de la televisión norteamericana un programa de concurso llamó la atención de todos. Se dice que todo el mundo vio “The $64,000 Question” (la pregunta que vale $64,000) desde el Presidente de la Republica hasta el criminal en la calle.  Las reglas eran sencillas: se le preguntó al concursante una pregunta inicial cuya respuesta correcta valió un dólar.  Si la respondió bien, se duplicaron el valor y la dificultad de la próxima pregunta.  Cuando llegó a la pregunta que valió el máximo de $64,000, el suspenso estuvo palpable.  Los millones de telespectadores se maravillaron al ver los genios identificar detalles minuciosos como la firma de Shakespeare.  En el evangelio hoy Jesús tiene una pregunta para sus discípulos que vale mucho más que $64,000.

Jesús pregunta a sus discípulos quien piensa la gente es él.  Sus respuestas son previsibles. Lo ve como un profeta como el fogoso Elías o el sufrido Jeremías.  Es como muchos en la sociedad hoy respondería.  Según la opinión de muchos Jesús es no más que un gran líder religioso como Mohamed o un reformador venerable como Mahatma Gandhi.  Se puede decir que estas respuestas tienen algún sentido. Sin embargo, apenas captan toda la realidad que es Jesús.

A pesar de lo que opinan los demás, nosotros buscamos una comprensión más profunda de quien es Jesús.  Pues consideramos nuestra vocación en la vida a seguirlo.  Él mismo nos interroga a nosotros junto con sus discípulos: “’Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?’”  Simón no demora para contestar de parte de los discípulos y de nosotros también: “Tú eres el Mesías…” Eso es, Jesús es el enviado de Dios a su pueblo para liberarlo del apuro en que se encuentra. Además añade Pedro: “… el Hijo de Dios vivo”.  Como Su Padre Dios, Jesús tiene el poder para conceder la vida.

Hoy en día muchos encuentran como el apuro más apremiante el recurso a la violencia.  En Europa los radicales musulmanes tienen a la gente asustada. A lo mejor no falta el llamado a vengarse de parte de muchos nativos en los países allá.  En Latinoamérica los narcotraficantes y las pandillas están aterrorizando ambos a los pobres y los ricos.  Ya en los Estados Unidos los extremistas en la derecha y en la izquierda amenazan a uno y otro de modo que parezca que la sociedad esté cayendo en la anarquía. 


En estos tiempos duros nosotros cristianos debemos ser muy deliberados en nuestro seguimiento de Jesucristo. Él no superó las fuerzas del mal con armas sino con la justicia que su Padre Dios le otorgó.  Seguirlo significa que vamos a vivir como imágenes suyas.  No vamos a gritar a aquellos con que discrepamos sino a dialogar con respeto.  Tampoco vamos a golpear a nadie. En cuanto a nuestros hijos buscaremos otros modos apropiados para castigarlos.  Igualmente ustedes muchachos tienen que comprometerse a no pelear con uno y otro. Y vamos a estar tranquilos en las carreteras rehusando a maldecir y dispuestos a dar el paso.  ¿Por qué?  Es preciso que nos recordemos de nuestra identidad y el propósito en la vida.  Somos hermanos de Jesús destinados a vivir con él en la vida eterna.  Somos hermanos de Jesús destinados a la vida eterna.

El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

El domingo, 12 de agosto de 2017

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

La arquidiócesis de Chicago era la más grande en los Estados Unidos.  Hace cincuenta años había iglesias en casi todos los barrios, y los fieles las llenaban en los domingos.  Es una historia diferente hoy día.  Muchas parroquias no tienen párroco propio, y bancas enteras quedan vacías durante la misa dominical.  La iglesia allá, como en muchas partes de Norteamérica y Europa, está en crisis.  Esta situación es anticipada en el evangelio hoy.

La barca de los discípulos sacudida por las olas representa la Iglesia después de la resurrección de Jesús.  Está sufriendo el rechazo y la persecución de parte de los judíos en Israel.  Sí, las misiones han encontrado éxito. Pero también han enfrentado la persecución y el martirio.  La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su pueblo.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.

No nos falta la compañía de Jesús ahora.  Jamás abandonará a sus fieles en su apuro.  Aunque las parroquias latinas no experimentan la caída de la asistencia en la misa, sí tienen sus propios retos.  Sus jóvenes no quieren asistir en la misa dominical.  Dicen que no creen, pero la verdad es que no quieren que nadie les obligue a hacer nada.   Jesús está allí con la pastoral juvenil que casi todas las parroquias tienen.  Les cuenta tanto a los adolescentes como a los jóvenes que sólo con él tendrán la verdadera libertad para ser todo lo que puedan.

Hay muchos adultos en nuestras parroquias atraídos a las iglesias cristianas por los predicadores con gran convicción si no mucha educación.  Algunos sienten acogidos en sus congregaciones porque no hay preceptos contra el divorcio y casamiento de nuevo. Sin embargo, Jesús queda en la Iglesia Católica instruyendo a los fieles que el matrimonio es una alianza con Dios para fortalecer el amor entre los novios.  Como el papa Francisco enseña es para toda la vida; y cuando emerjan problemas, la gente debería buscar la ayuda de los párrocos.

Deberíamos pensar en la estampa de Pedro caminando sobre el agua como una imagen de la iglesia siguiendo a Jesús por la fe.  Está bien en cuanto mantenga sus ilusiones en sus promesas y su confianza en su apoyo.  Puede transitar los problemas más grandes – el acosamiento por los gobiernos, el rechazo de los diferentes sectores de la sociedad, aun las traiciones de parte de sus propios ministros como los abusos sexuales reportados hace quince años.  Pero una vez que ella quite los ojos de Jesús como su ayuda y su meta, se encuentra hundiendo en el agua caudalosa.


Entonces ¿podemos nosotros individuos caminar sobre el agua?  La respuesta es sí, al menos figurativamente, si mantenemos nuestros ojos fijados en el Señor.  Está en medio de nosotros en diferentes modos – en los ministros de la Iglesia, en los pobres de espíritu, y particularmente aquí en la Eucaristía donde escuchamos su voz y consumimos su cuerpo y sangre.  Jesús está en medio de nosotros para guiar nuestros pasos sobre el agua.  

El domingo, 6 de agosto de 2017

LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

(Daniel 7:9-10.13-14; II Pedro 1:16-19; Mateo 17:1-9)

En uno de los más famosos discursos en la historia norteamericana el reverendo doctor Martin Luther King contó de subir una montaña.  Hablaba figurativamente pero su mensaje fue tan claro como si tuviera fotos del panorama.  Fue de la esperanza entre el sufrimiento -- la luz después de una noche larga de miseria.  Dijo que desde la cumbre vio un futuro glorioso para el negro en los Estados Unidos.  Vaticinó que los negros no iban a mantenerse como ciudadanos de la segunda clase por más tiempo.  Porque habían decidido a unirse en la lucha, dijo que iban a ser reconocidos como personas de igual valor como cualquier otro.  En el evangelio tres discípulos trepan una montaña con Jesús para recibir una revelación aún más esperanzadora que la del reverendo King.

Jesús acaba de decir a sus discípulos como él tendría que sufrir la muerte para cumplir su misión como el mesías.  Pero el mensaje confundió al grupo; pues tenían en cuenta la historia gloriosa del rey David cuando mencionó “mesías”.  En su parecer como David había derrotado a los pueblos alrededor Israel hace mil años, los discípulos imaginaban que Jesús expulsaría a los romanos de la patria.  Pero ¿cómo puede conquistar a los extranjeros si iba a ser entregado y ejecutado? 

Ya con su rostro transfigurado los discípulos se dan cuenta que Jesús no es como cualquier otro hombre sino es del cielo.  La aparición de Moisés y Elías hablando con él les trae la confianza que Jesús cumplirá las promesas de la Ley y los Profetas como todo el mundo esperaba del mesías.  Aún más impresionante la voz de Dios Padre confirma todo lo que Jesús ha dicho.  Es decir, experimentará tanto la gloria de la resurrección como la humillación de la muerte.

Nosotros también tenemos que reconocer a Jesús como el “Hijo muy amado” y que “escucharlo” bien.  Mientras otros buscan su salvación en dinero o placeres, nosotros la vemos en seguir a Jesús.  Él nos conducirá por lugares donde no estamos siempre cómodos como los hospitales y las prisiones para cuidar a gentes a menudo olvidadas.  Él nos moverá a tener la paciencia con personas con dificultades y extender la mano a aquellos con debilidades.  ¿Suena difícil?  Realmente no es porque tendremos a Jesús como compañero.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.


El domingo, 30 de julio de 2017

EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

Dice el Señor que el Reino de Dios es como “un tesoro escondido en un campo”.  Tal vez quisiéramos preguntar: ¿quién esconderá un tesoro en un campo?  Ahora en el tiempo de cerraduras y bancos, nadie lo hará.  Pero en los tiempos antiguos las cosas eran diferentes.  Los ladrones podían dejar la casa vacía de cualquier objeto de valor.  Por eso, los dueños solían enterrar sus tesoros en un rinconcito marcado del campo.  Una mejor pregunta para nosotros es: ¿qué es nuestro tesoro? 

Para mí una cosa muy valiosa es el tiempo.  Trato de llegar a cada compromiso a la hora exacta para que no pierda ni cinco minutos de tiempo.  A lo mejor cada uno define su tesoro en una manera individua.  Pero podemos abstraer algunos constantes para los diferentes grupos de edad.  Los jóvenes buscan como su tesoro a un compañero de vida que es ameno y, sobre todo, guapo.  A los adultos les importa la estabilidad.  Quieren ingresos que proveen las necesidades de la casa y una casa que no perderá su valor con el tiempo.   Los mayores se preocupan por la salud.  Desean evitar el dolor y prolongar la vida lo más posible. 

En la antigüedad antes de Cristo se consideró la sabiduría como el tesoro más precioso.  Valió la pena vender todo lo que se tenía para hacerse sabio.  Con la sabiduría nuestros tesoros se modifican.  Los jóvenes no consideran la belleza como la cualidad número uno en una pareja sino la capacidad de amar.  Es decir, se dan cuenta de que la disposición a poner el bien del cónyuge primero vale más que una figura perfectamente proporcionada.  La sabiduría enseña a los adultos que la estabilidad queda más en lo moral que en lo material: más en tener el amor mutuo entre los familiares que en tener un cuarto para cada hijo, más en dar la reverencia a Dios que en tomar vacaciones en la playa.  Los viejos se aprovechan de la sabiduría por reconciliarse con Dios y con los demás para que mueran en la paz.

Jesús reemplaza la sabiduría con el Reino de Dios.  No es que los dos difieran mucho; pero el Reino de Dios ofrece un matiz más contundente.  El Reino de Dios mueve al joven buscar primero en una pareja el amor para Dios: que él o ella jamás haría algo ofensivo al Señor.  Le conduce al adulto a confiar en Dios como el cimiento de su casa por guardar sus mandamientos, venga lo que venga.  Al mayor el Reino exige una entrega más o menos completa: que acepte cada día como un regalo de Dios y el sufrimiento como modo de juntarse con Cristo en la salvación del mundo.

Nosotros cristianos reconocemos a Jesús mismo como el cumplimiento del Reino de Dios.  Cuando abracemos a él como nuestro salvador, se nos acoge en el Reino de su Padre.  Podemos proponer una parábola para explicar esto. 

Jesús es como piedra.  Cuando somos jóvenes, él es el diamante más precioso a darse a nuestra novia.  Como adultos él es el cimiento del amor sobre que construimos nuestra casa.  Y cuando nos hagamos viejos, él es la roca que nos aferramos en faz de la muerte.  Jesús es la roca para aferrarse siempre.

El domingo, 23 de julio de 2017

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO, 23 DE JULIO DE 2017

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Recientemente un exsoldado de Irak escribió un libro acerca de su regreso a casa.  Cuenta de un círculo vicioso de excesos: drogas, alcohol, pleitos, sexo.  Realmente sus experiencias parecen más patéticas que emocionantes.  Describe, por ejemplo, cómo un compañero – otro veterano – se suicidó del estrés.  Indica que él iba por el mismo camino.  Entonces con la ayuda de un psicólogo podía cambiar su vida.  Con la publicación del libro el exsoldado descubrió cómo su historia tuvo valor.  Las experiencias  – tan horribles como fueran – resuenan con las de miles de otros veteranos.  Por describirlas con toda honestad ayudó a los demás hacer sentido de las dificultades de sus vidas.

La historia del veterano de Irak refleja el propósito de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.  A pesar de que el evangelista Mateo tiene a Jesús contando parábolas para confundir a la gente, los investigadores de la Biblia insisten que originalmente Jesús tenía otro motivo.  Según ellos Jesús habló con parábolas para ilustrar su doctrina a los sencillos.  En el caso de la parábola acerca del trigo y la cizaña Jesús explica la razón que Dios permite el mal.  Como el agricultor no arranca la cizaña porque no quiere que se saque la cosecha buena, Dios tolera alguna maldad para ver quien es bueno y quien malo.    

Tal vez nosotros también nos encontremos metidos en algún mal.  Puede ser la pornografía o aún una relación ilícita.  Puede ser un grupo de chismosos o el hábito de tomar cosas ajenas.  Una vez yo era acostumbrado a criticar todo en un modo satírico.  Casi nada y nadie eran tan buenos que no los insultara para sacar risas de mis compañeros.   Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo: depreciando a otras personas para gratificar al yo mío.  Gracias a Dios, podía superar este vicio.  Leí un folleto titulado “Desde el resentimiento a la gratitud” que me cambió la perspectiva.  No más quería ser conocido por el satirio sino por ser justo y moderado en el juicio.


Jesús llama a todos a tal conversión.  No sólo a los globalmente considerados malvados sino a cada uno de nosotros.  Y no sólo una vez en nuestras vidas sino continuamente.  Pues para ser hijas e hijos de Dios dignos de vivir en su Reino, tenemos que amar a los demás como él ama.  Es decir, tenemos que poner fin a la pornografía, los chismes,  las críticas excesivas, o lo que sea para aprender cómo amar sin peros y prejuicios.  Del evangelio hoy sabemos que Dios nos da tiempo para atravesar el camino del amor perfecto.  Sin embargo, el tiempo no es infinito.  Deberíamos emprender el camino ahora.