El domingo, 2 de julio de 2017

El tredécimo domingo ordinario

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Hace cincuenta años la guerra en Vietnam se prolongaba despiadadamente.  Muchos soldados americanos y muchos más soldados vietnamitas estaban matándose.  La matanza creó una división en el corazón de los jóvenes estadounidenses.  Les llamaron la atención la crítica de los protestadores reclamando la injusticia de la guerra.  Al otro lado del debate interior estuvo la advertencia de sus papas que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial.  Estos hombres insistían que sólo era patriótico apoyar la guerra.  Porque a menudo se define el patriotismo como “amor del patria”, la cuestión tiene que ver con el evangelio hoy.

Jesús dice a sus apóstoles que no deberían amar a sus familiares más que a él.  Se puede añadir a la lista de parientes que apunta Jesús: padre o padre, hijo o hija, “su patria”.  Tampoco deberíamos amar a nuestra patria más que a Jesús.  Pero mucha gente se pone de acuerdo con la frase: “Mi patria, correcto o incorrecto”.  Eso es, quieren defender su país de todas críticas ¡aun cuando el gobierno esté en error!  Ciertamente este planteamiento no es virtuoso.  Amar primero a Jesús, que es la verdad plena, requiere que hagamos esfuerzos para corregir los errores de nuestra patria. 

Realmente no hay conflicto entre el amor de la patria y el amor de Jesús.  Pues cuando amamos a Jesús sobre todo, tenemos nuestras prioridades en buen orden.  Querremos imitar la justicia de Jesús para rendirle a nuestra patria nuestro deber.  Desearemos inculcar su fortaleza para soportar las dificultades en el desempeño de nuestra responsabilidad hacia el otro.  Y procuraremos a practicar la prudencia de Jesus por escoger los medios apropiados en cada situación.  Asimismo no tenemos que preocuparnos que nuestra opción principal para Jesús disminuya nuestro compromiso por los parientes.  Al contrario, el más amor que proporcionemos a Jesús, el mejor podemos amar a los demás.  Es así porque el amor que rindamos a Dios ordena el amor a los demás de modo que sea más enfocado y más puro.  Es como el fuego.  Cuando se derrama el fuego a otras partes, no disminuye sino engrandece y resplandece mejor.

En los Estados Unidos se celebra el Día de la Independencia esta semana.  Muchos otros países también tienen el día de la patria durante el verano.  Evidentemente el calor da a las multitudes la inquietud de sacudirse de los gobiernos opresivos.  De todos modos cuando haya oportunidad durante las festividades deberíamos reflexionar acerca de las grandes cuestiones que afrontan nuestro país.  Tenemos que preguntar cómo Jesús resolvería los problemas.  Uno es el estado de los inmigrantes que están en el país ilegalmente.  Porque han contribuido significativamente al bienestar de todos, ¿qué se puede hacer por ellos?  Otro problema tiene que ver con el cuidado de la salud.  ¿Cómo se puede garantizar que todos – tanto los pobres como los ricos -- tengan acceso a los tratamientos eficaces que existen?  Finalmente, la guerra en el medio oriente sigue con fuerza. ¿Es prudente enviar tropas allá para terminarla?  Para encontrar resoluciones justas y prácticas a estas y otras cuestiones tenemos que entrar más en el amor de Jesús.  Es así con todo, ¿no?  Para hacer cualquiera cosa bien, tenemos que entrar más en el amor de Jesús.

El domingo, 25 de junio de 2017

EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Se dice que San Juan Pablo II retaba a la gente diciendo: “La primera tarea para todo cristiano es dejarse ser amado por Dios”.  Nos cuesta abrirse al amor de Dios porque el mundo nos envía un mensaje al contrario.  Nos dice que no somos buenos, que nos falta algo necesario – inteligencia, belleza, o fuerza.  Por eso no creemos que nadie nos ame por quien somos, incluso Dios.  Cuando yo era joven, una vez mi madre me dijo que había sido un bebé feo.  Yo sé que mi madre me amó.  Después de la muerte de mi papá ella trabajó duro para enviar a sus hijos al colegio.  Sin embargo, la frase ha quedado conmigo por cincuenta años. 

Cuando no nos sintamos el amor de Dios, muchas veces buscamos la recompensa en un vicio.  Algunos escogen el placer; otros, el prestigio; otros, el poder o aún la plata.  Aunque estas cosas tienen valor, a veces los ocupamos en cantidades desequilibrantes.  El resultado es una sobredosis que hace nuestra condición peor. Empezamos a hacer cosas que turban la consciencia.  Abusamos las sensibilidades de otras personas para aparecer grandes.  Aun nos hace daño a nosotros mismos para conseguir pedazos de la satisfacción.  Es trágico ver al alcohólico arruinar a sí mismo y su familia también por intentar a recompensar el sentido de la falta de amor con la cerveza.

En el evangelio hoy Jesús nos asegura del amor de Dios.  Dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza para que nada nos haga daño sin que Él sepa.  Dice también que tenemos que confiar en este amor porque él, Jesús, tiene una tarea para nosotros.  Quiere que lo reconozcamos delante de los hombres.  Entonces, por el testimonio que damos, él va a recomendarnos ante su Padre.  Al día de juicio final él va a darnos entrada en la vida eterna.

Se me contó el otro día la historia de un hombre que vivió hace años en una parroquia que sirvo.  Este hombre dio testimonio a la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por participar en todas las misas de la parroquia.  Pregunté al que me informaba si el hombre hizo algo por los pobres.  Me dijo que sí.  Todos los sábados iba a una panadería para recoger los sobrantes productos.  Entonces se los llevó al orfanato y a la casa de las muchachas embarazadas para que los niños tengan pan y pasteles. 


Hemos entrado en el verano, el tiempo de dar fruto.  Dentro de poco los campos estarán llenos de granos, verduras, y pastos.  El Señor nos advierte que seamos nosotros fructíferos también.  Que no tengamos miedo a hablar con otros de él.  Ni que tengamos  peros a hacer obras buenas en su nombre.  Pues, el Padre va a protegernos de los criticones porque nos ama.  El Padre siempre nos ama. 

El domingo, 18 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 18 de junio de 2017

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Se pensara que una parroquia con la adoración perpetua sería poco activa.  Pues, buscar a feligreses para rezar delante del Santísimo Sacramento ciento sesenta ocho horas por semana es en sí un reto grande.  Tal vez quisiéramos preguntar: “¿Cómo la parroquia podría encontrar a personas para llevar comidas a la gente sin recursos o para visitar a los asilos de ancianos?”  Sin embargo, en mi experiencia sirviendo en una parroquia con la adoración veinticuatro-siete vi a la gente participando en muchos ministerios.  Pareció que la adoración engendró una variedad de actividades. ¿Cómo podría ser?

Creo que la razón queda en el contenido de la adoración.  Más tarde o más temprano el que adora se preguntará: “¿Qué es esta cosa delante de mí?” y “¿Qué es el propósito de estar aquí mirándola?”  Estas preguntas le llevan al descubrimiento que el objeto en su enfoque no es una cosa sino una persona.  De hecho, da cuenta que la hostia en el custodio es el que dice en el evangelio hoy: “’Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…’”  Es Jesucristo, el Hijo de Dios que vino al mundo para compartir la vida divina con los seres humanos.

El propósito de la vigilia es darse cuenta de esta acción divina.  Dicen algunos que la Eucaristía es para consumirse no para adorarse.  Pero ¿cómo se podría apreciar una comida rica sin tener el tiempo para saborearla?  La contemplación delante del Santísimo asemeja el saborear la comida más rica que hay.  Es revolver en la mente lo que significa que el magnífico Dios se limitó a sí mismo para compartir nuestro lote humano.  De hecho, hizo dos sacrificios que muestran lo extenso de su amor para el mundo. 

Además de hacerse hombre, Dios se entregó a sí mismo a una muerte horrífica.  Se dice que la crucifixión era una de las formas de tortura más crueles siempre inventadas.  Causa no sólo dolor agudo y largo sino también la muerte de la asfixia.  Pues sólo un sacrificio tan grande podría recompensar el egoísmo humano que sabemos bien es inmenso. 

Si su sacrificio nos ha quitado el pecado, querremos preguntar cómo deberíamos responder a su gracia.  También se puede buscar la respuesta en la contemplación delante del Santísimo.  San Pablo escribe a los corintios que forman los miembros del cuerpo de Cristo.  Y así somos nosotros.  Le servimos por ayudar a los demás, particularmente a los pobres e indefensos.  Un católico comprometido cuenta de su experiencia como un entrenador de un equipo de voleibol compuesto de jóvenes supuestamente “incapacitados”.  Dice que los muchachos tuvieron una simpatía tremenda no sólo para uno y otro sino para él también. Se le pregunta: ¿qué les falta más a los “atletas especiales”: el interés de otras personas o la oportunidad de competir?  Contesta que sí algunos tienen el impulso de competir pero todos responden al amor.


Hoy se celebra el Día de Padre en muchos países.  Es ocasión para honrar a nuestros padres por sus aportes a nuestro bien.  Vemos en su trabajo, su acompañamiento, y sus consejos una vislumbre del sacrificio que nos ha hecho Jesucristo.  Y vemos en nuestro aprecio de nuestros padres una semejanza de nuestra respuesta a Jesucristo.  Como somos agradecidos de ser partes de sus familias, somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.  Es cierto; somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.

El domingo, 11 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

La señora Abigail Adams fue la mujer más famosa del tiempo de la Revolución Americana. Su correspondencia amplia dejó una vislumbre del período.  En una carta la señora Adams expresó disgusto para el concepto de la Santa Trinidad.  Dijo francamente que no podía convencerse que el solo Dios es tres.  Muchas personas son como ella.  Pues la Santísima Trinidad es un misterio que desafía la imaginación.

Cuando yo era chico, pensaba que la Santísima Trinidad es como un trébol con tres hojas en una planta.  Pero ya sé que esta imagen no guarda suficientemente bien la unidad de las tres personas.  Algunos piensan que la Trinidad es como agua con tres modos: el líquido, el hielo, y el vapor.  Pero esta comparación no distingue bastante las tres personas.  Algunos tratan de distinguir las tres personas por decir que el Padre es el creador, el Hijo es el salvador, y el Espíritu es el santificador.  Pero la verdad es que el Padre también es salvador y santificador; el Hijo también es creador y santificador; y el Espíritu también es Creador y Salvador.

Entonces ¿cómo se puede distinguir entre las tres personas y mantenerlas uno?  Sólo se puede decir que los tres son uno en todo excepto su relación entre sí.  Tienen la misma naturaleza, la misma voluntad, y la misma mente.  Pero el Padre no es ni el Hijo ni el Espíritu.  El Hijo no es ni el Padre ni el Espíritu.  Y el Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo. 

Sí puede ser gran reto aceptar todo esto pero no deberíamos decir que no es importante.  Pues la doctrina de la Santísima Trinidad nos da una base para el amor mutuo.  Como el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno en todo, así deberían ser nuestras familias y nuestras comunidades.  La familia debe hacer sacrificios para tener el mismo sentir y el mismo pensar.  Asimismo la parroquia debe esforzarse para ser unida en la fe y el amor.

La familia de un médico joven demuestra esta unidad.  El doctor tiene su clínica en un pueblo chico para servir a los pobres rurales.  También participa en misiones médicas a países como Haití para servir a los indigentes.  Pero siempre lo hace con el consentimiento de su esposa.  Dice el médico que por la primera vez – porque sus hijas ya están bastante grandes – puede ella acompañarlo en una misión.  Son juntos en el amor para uno y otra y para con los pobres.  Su relación imita el amor de la Santísima Trinidad.


Hoy celebramos la Santísima Trinidad.  Las lecturas nos indican que la grandeza de Dios consiste en el amor.  Como Moisés en la primera lectura queremos pedir a Dios Padre que nos haga suyos por este amor. Como Pablo en la segunda queremos exhortar a uno y otro a la paz por el Espíritu de amor residiendo en nosotros. Y como el locutor en el evangelio, queremos reconocer que el Hijo nos salva por este amor. 

El domingo, 4 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

La mexicana dijo que le da gracias a Dios por su tío.  Explicó que cuando era chica, su tío le arregló el pasaporte para ir a los Estados Unidos.  Vino acá y se quedó.  Ya ella puede pedir documentos sin enfrentar la pena por haber entrado ilegalmente.  Su caso se difiere de muchos inmigrantes que no tienen la posibilidad actual de arreglar sus situaciones.  Están esperando un cambio favorable en la ley,  pero viven preocupados. Pues evidentemente el nuevo presidente quiere complacer a aquellos que se oponen a los indocumentados.

No debería ser difícil entender las quejas de los americanos con la inmigración ilegal.  El pueblo estadunidense se ha orgullecido por tener un gobierno de leyes, no de personajes. Por eso, cuando los indocumentados desafían las leyes migratorias, ellos sienten la base de la sociedad temblando.  Además creen que una causa de los aumentos en sus costos médicos es que pagan por los inmigrantes.  También hay los vicios sociales – alcoholismo, pleitos, y embarazos fuera del matrimonio – que siempre afligen a los pobres, sean inmigrantes o naturales.  No importa que se pueda demostrar que los indocumentados han beneficiado al país, mucha gente está alterada.

Hay preocupaciones que los inmigrantes y los naturales compartir.  Entre docenas de cosas que disturban su paz hay ésta. Se preguntan qué va a pasar con la familia en una sociedad que permite el matrimonia gay.  Están amenazados por los reportes de bombardeos terroristas.  No saben cómo sus hijos y nietos que dejan la escuela vayan a ganar una vida digna. 

Queremos saber lo que podemos hacer con todas estas preocupaciones.  Somos como los discípulos de Jesús en el evangelio hoy.  Ellos tienen no sólo la preocupación sino el miedo.  A lo mejor les preguntan a uno y otro: ¿Volveremos a Galilea?  ¿Por qué querrán los judíos aprehendernos; qué crimen hemos hecho?  ¿Conocemos a un abogado que podría defendernos si nos traen a la corte?

Sí, es sólo natural preguntarnos qué podríamos hacer para mejorar nuestra situación.  Sin embargo, no querríamos olvidar a pedir la ayuda del Señor.  Los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos se dedican a la oración después de la Ascensión de Jesús.  Resulta en una emanación del Espíritu Santo tan abundante que los doce no puedan contenerse.  En la primera lectura hoy los discípulos salen para proclamar la gloria de Jesús a cualquiera persona que los escuche. 

A veces cuando siento amenazado, pienso en  diferentes modos para defenderme.  Me imagino echando insultos o aun golpeando al otro si se me atreve a atacar. Estas fantasías me roban el sueño y me ponen aún más alterado.  Un camino más sano sería pedir la ayuda del Espíritu Santo.  Poco a poco estoy aprendiendo que la realidad casi nunca es tan grave como la imagino.  Me estoy dando cuenta que Dios tiene mil modos para resolver mi dificultad por el bien de todos los involucrados.  En tiempo Él va a indicarme lo que debería hacer.  Por lo pronto sólo tengo que confiar en su amor.


Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo a nosotros.  Por cierto siempre ha estado en nuestro lado moviéndonos a un mejor amor para los demás.  Ahora reconocemos su presencia por decirle: “Perdóname  por haber olvidado de ti.  Gracias por tu acompañamiento. Quiero confiar más en Ti”.

El domingo, , 28 de mayo (o 25 de mayo)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

El Monseñor José Delaney era obispo de Fort Worth, Texas.  Pidió una cosa rara para su muerte.  Quería que pusieran en la lápida de tumba la fecha de su bautismo.  Además de las fechas del nacimiento y de la muerte deseaba que se conociera el día en que se incorporó en el Cuerpo de Cristo.  Había dicho que es el día más importante de la vida. ¿Por qué? Porque en su parecer es el día en que recibió al Espíritu Santo para servir al Señor.  Para el Mons. Delaney el día de su bautismo fue más significativo que el de su ordenación, aún al obispado.

En la lectura de los Hechos hoy Jesús dice a sus apóstoles que van a ser bautizados con el Espíritu Santo.  Cuando reciben este don – el mejor de todos – tendrán que proclamar su muerte y resurrección.  El Evangelio hoy cuenta del ámbito de su predicación: “’…a todas las naciones…hasta el fin del mundo’”.  Los apóstoles originales murieron, pero siempre hasta el día hoy ha habido otros para asumir la tarea evangélica.

La tarea cae en nuestros hombros también.  No hablo de los sacerdotes sino de cada uno aquí presente como bautizado en el Espíritu Santo.  Proclamamos a Cristo aún más por obras de caridad que por palabras de convicción.  Un hombre con ochenta y cinco años visita a las víctimas de derrame como voluntario.  Les explica lo que tienen que hacer para recuperar sus fuerzas.  Si fuéramos a preguntarle, nos diría que va a misa todo domingo.  Siente que como su menester cristiano tiene que servir a los demás como Cristo nos enseñó.

Los cristianos cópticos de Egipto tienen una costumbre interesante.  Cada uno lleva el tatú de la cruz en su brazo.  La imagen como el bautismo le marca como cristiano por toda su vida. En un país predominantemente musulmán esta marca le sirve en diferentes maneras.  En el caso de la persecución el tatú le identifica para que reciba refugio de otros cristianos.  Por supuesto le distingue también como blanco de persecución, pero dijo un hombre que no querría negar a Cristo.  Además podría ser mártir con la vida eterna como premio.  También el tatú de la cruz le recuerda al cristiano del mandato de Jesús a proclamar su resurrección.  Eso es, le insistirá que no debe dejar al desconsolado en su depresión o al indigente en su miseria.


Hoy celebramos la Ascensión del Señor.  Es ocasión para reflexionar cómo la partida de Jesús ha resultado en el envío del Espíritu Santo.  Pero no querremos quedarnos en la reflexión por demasiado tiempo.  Pues la pregunta de los hombres vestidos en blanco a los apóstoles se aplica a nosotros también: “’¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?’” Tenemos tarea.  Hemos de proclamar su resurrección tanto por obras como por palabras.  Hemos de proclamar su resurrección.

El domingo, 21 de mayo de 2017

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Me impresiona cómo la gente a menudo ofrece este elogio a sus mamás.  Dicen de parte de toda la familia: “Siempre estabas allí por nosotros”.  No cuentan que hicieron las madres más que haber estado presentes en sus actividades.  Es igual con los otros seres queridos. Una vez una mujer escribió un testimonio a su padre, un médico.  Dijo que cuando era muchacha, él siempre halló el tiempo para asistir en sus competiciones de atletismo.  ¿Quién puede dudar que la presencia de aquellos que nos importa más signifique mucho a nosotros?

Por esta razón no debe sorprendernos escuchar a Jesús prometiendo su presencia a nosotros en el evangelio hoy.  Dice que no va a abandonar a sus discípulos, que no nos dejará “desamparados”.  Tenemos que preguntarnos cómo puede cumplir esta promesa hoy en día.  Si ha regresado a su Padre en el cielo, ¿cómo puede estar presente a nosotros?

Sí es cierto que ha dejado su legado con nosotros de modo que no nos dejara completamente.  Sus palabras siguen impactando aun a los no cristianos con su sabiduría. De una manera los dichos como “Ama a uno y otro cómo les he amado yo” hacen a Jesús presente hoy en día.  Por eso se ha dicho que la persona vive hasta que se olviden todas sus palabras y se ignoren todas las causas que abarcó. 

Pero ¿es sólo esto lo que Jesús significa cuando dice que va a enviar el Consolador a sus discípulos?  ¿Está hablando sólo del espíritu de sus propias palabras para animar nuestro ser?  No parece suficiente.  Parece como un cinco cuando necesitamos cien dólares para pagar la cuenta.  Existimos en un mundo penetrado por el mal.  Con la ayuda de no más que palabras vamos a caer en los vicios como los pícaros de la calle.  La presencia de Jesús tiene que ser más radical que la memoria de sus palabras si va a salvarnos. 

No deberíamos sentir desesperados.  La presencia que Jesús nos ofrece hoy es su existencia junto con el Padre y el Espíritu Santo en nosotros.  Habita en nuestros interiores para movernos a vivir rectamente.  Es como una misión médica se presenta en un pueblo.  Pronto todos los habitantes cooperan para que todos los enfermos reciban la atención para curarse.  En nuestro ser la existencia de Dios pone en orden nuestros juicios, palabras y acciones de modo que amemos como Jesús. 

Frecuentemente son los laicos que manifiestan la existencia de Dios en la persona.  Recuerdo a Teresa, una mujer que después de criar su familia y enterrar a su marido, se dedicó a su parroquia.  Trabajando en la oficina de la iglesia, era como la hermana mayor a toda la comunidad.  Les dio a los tristes el consuelo y a los perturbados la sabiduría.  Cuando se cambió el vecindario de raza, Teresa se quedó por años.  Conoció a sus vecinos nuevos y luchó con ellos por el bien de todos.  La gente perceptiva podría notar la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo en ella.


No se dice mucho hoy en día la despedida: “Vaya con Dios”.  Quiere decir que tenemos el amor del Padre hacia los demás, la paz de Cristo en nuestro corazón, y la sabiduría del Espíritu Santo guiando nuestros pasos.  “Vaya con Dios” es mantener la existencia de Dios en la persona.  Es lo que queremos por nosotros y por nuestros seres queridos.  Que vayamos con Dios.

El domingo, 14 de mayo de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Se dice que hay presas de tránsito en el Día de Madre en México.  Evidentemente todo el mundo lleva a su madre a comer afuera.  En este país muchas iglesias regalan a las mujeres una florecita hoy.  Apreciamos a nuestras madres por su amor abnegado cuando nos dieron a luz.  Les agradecemos por la atención que nos mostraron cuando éramos niños.  Y, al decir la verdad, tal vez las recordamos porque eran tolerantes de nosotros cuando hicimos mal.

Otra razón para felicitar a nuestras madres hoy es que nos han transmitido el sentido de Dios.  Recuerdo cómo mi madre me enseñó el amor de Dios para con los pobres.  Un día cuando era niño de cinco o seis años, un hombre tocó la puerta trasera de nuestro hogar.  Fue un vagabundo pidiendo comida.  Mi madre no demoró en recogerle un sándwich y fruta.  Me quedé completamente impresionado por esta muestra de misericordia.  Desde entonces me he resuelto a ayudar a los indigentes.

En la primera lectura los apóstoles les dan a los siete hombres las tareas de servicio de la mesa.  Ellos tienen que proveer a las viudas el pan mientras los apóstoles se dedican al ministerio de la Palabra.  Curiosamente el libro de los Hechos de los Apóstoles no cuenta de su servicio rendido a las viudas.  Pero hace hincapié en dos de los siete por sus aportes al ministerio de la Palabra.  Dice que Esteban se distingue como predicador invencible.  Y describe a Felipe convenciendo al etíope del valor del cristianismo.

Es así con nuestras madres.  Supuestamente son las que sirven en la casa.  Pues aun en este tiempo de la liberación de mujer usualmente es la madre que prepara la cena y plancha la ropa.  Pero su alcance llega mucho más allá que cosas caseras.  A menudo son las mismas mujeres que nos proporcionan la Palabra de Dios.  Más que enseñarnos las oraciones, nuestras madres nos instruyen el significado de frases evangélicas como, “Haz al otro cómo quieras que te haga a ti”.

Tenemos que preguntar a nosotros mismos: ¿Qué podemos hacer por nuestras madres por haber hecho tanto por nosotros?  ¿Es suficiente llevarlas a restaurantes?  ¿No deberíamos presentarles también ramos de flores o cajas de chocolates?  No creo que estas cosas tengan tanto valor para nuestras madres como muchos piensan.  Más que cosas materiales, nuestras madres quieren que seamos madres y padres atentos a nuestros propios hijos.  Quieren que asistamos en la misa con nuestros hijos y que vivamos de modo coherente con el evangelio.  Y si los chicos quieren complacer a sus madres, tratarán a sus hermanos y hermanas siempre con respeto.  Sobre todo las madres quieren ver a sus familias viviendo en el amor mutuo.


Celebramos el Día de Madre en los Estados Unidos hoy.  Tal vez muchos ya tienen reservaciones de comer afuera.  Está bien.  Sin duda nuestras madres apreciarán el deseo a complacerlas.  Pero que no faltemos a contarles la razón más profunda para honrarlas.  Ellas nos han proporcionado un sentido del amor de Dios para todos.  Tanto por decirnos de la obligación a servir a los demás como por el ejemplo de servir a nosotros nos han proclamado el evangelio.  Por habernos proclamado el evangelio les decimos a nuestras madres hoy, “Gracias”.

El domingo, 7 de mayo de 2017

EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.36-41; I Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)

Hoy en día hay mucha preocupación acerca de la calidad de vida.  Tengo a una tía que se preocupa por la calidad de vida de los enfermos.  Se pregunta si el enfermo que pase todo el tiempo en cama puede tener una calidad de vida que vale.  Tal vez todos nosotros temamos el dolor crónico o, peor aún, la pérdida de mente.  Dijéramos: “¡Que Dios me lo defienda de ello!”

Los jóvenes hablan de la calidad de vida como algo económico.  Piensan en una calidad alta de vida como tener los recursos para vivir cómodamente. En su manera de ver una vida de calidad es comer afuera cuando les dé la gana, tener boletos para su equipo preferido por la temporada entera, y hacer un crucero cada dos años.  En contraste, la calidad baja de vida les restringiría a manejar un coche viejo y a trabajar dos empleos para pagar las cuentas.

En el evangelio hoy Jesús dice que ha venido para que sus seguidores tengan la vida “en abundancia”.  Eso es, quiere presentar a sus seguidores una calidad muy alta de vida.  Pero antes de que nos comprometamos a él, querremos preguntar ¿de qué exactamente consistirá la vida “en abundancia”?  Si nos interesa, lo seguiremos.  Si no nos llama la atención, iremos en otro rumbo.

Yo creo el papa Francisco refleja la vida “en abundancia” tan bien como cualquiera otra persona.  Es un hombre que lleva una sonrisa en la cara que casi parece tan larga como un río.  Aunque tiene que preocuparse por un mil millones almas; aunque se ha limitado a sí mismo para vivir en un cuarto sencillo; aunque tiene muchos críticos tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella, se queda como persona positiva.  Los problemas no lo desaniman.  Más bien, ve todos los beneficios que tiene como bendiciones de Dios y le agradece. 

La vida “en abundancia” es mantenerse tan cerca a Jesús que escuchemos su voz a través del día.  Es saber muy dentro del corazón que nada o nadie puede separarnos de su protección.  Si tenemos dificultades, la vida “en abundancia” nos asegura que estamos avecinando a él colgado en la cruz.  Allí Jesús nos va a volver los retos en ventajas.  Una familia tiene a un hijo con el Síndrome Down.  Sus padres y hermanos no lo guardan como una copa de cristal.  No lo ponen en un rincón para que no se moleste.  Más bien lo tratan como a un niño regular que tiene que aprender cómo aprovecharse de la vida.  En recompensa el niño sirve a sus familiares como la pegadura que les mantiene unidos.  Como niño que disfruta de la atención que reciba, él facilita a sus familiares crecer en la bondad.


En esta época cuando tantas personas tienen una abundancia de cosas materiales nos cuesta explicar la vida “en abundancia”.  Realmente no tiene que ver con coches y cruceros porque es realidad espiritual.  Es la certeza que Jesús nos ama y que su amor es lo que nos importa más.  Aunque tenemos que trabajar tres empleos, su amor nos pone una sonrisa en la cara.  Aunque tenemos el dolor crónico, nos pone agradecidos a Dios.  

El domingo, 30 de abril de 2017

EL TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Todos nosotros conocemos a personas que no asisten en la misa cada domingo.  Una vez este tipo de persona sabía que estaba haciendo mal.  Pero ahora algunos dicen que no es necesario acudir a la misa semanalmente.  Ofrecen como pretextos que no sacan nada de la misa, que ha oído que no es pecado mortal, o que alguna gente que asiste siempre lleva vidas mucho más deplorables que la de ellos.  ¿Cómo deberíamos pensar en todo esto?

En primer lugar tenemos que preguntar: ¿qué es el propósito de la misa?  ¿Es sólo para complacer a un Dios que desea el homenaje de la gente?  No, Dios no necesita nada de nosotros.  Es completamente contento en sí mismo.  De hecho, es un don de Dios que nos invita a participar en la misa.

Pensémonos un momento en los equipos de deportes.  No importa el talento del jugador de básquet, tiene que practicar con el equipo si va a ser parte del ello.  Aun Lebrón James necesita la práctica si va a entender la estrategia de su entrenador, conocer las fuerzas y debilidades de sus compañeros, y mantener su excelencia.  Es así con la asistencia en la misa, pero no hablamos de un equipo de básquet sino la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

La misa nos forma en buenos católicos.  Sin asistir en la misa regularmente, no conoceríamos bien al Señor Jesús.  Pues profundizamos nuestro aprecio por él cada vez que escuchamos el evangelio.  Ni nos enteraríamos de las esperanzas y necesidades de la comunidad que encontramos en el templo.  Tal vez más lamentable, no reconoceríamos la verdad de nuestra propia existencia.  Pensaríamos que vivimos para tener el placer, para trabajar o para hacer otra actividad.  Es la misa dominical que nos asegura que somos para experimentar la gloria de Jesús resucitado de la muerte. 

Mucha gente va a misa porque es la ley de la Iglesia.  Aquí encontramos dilema.  Apenas pueden apreciar la misa por todo su valor si la consideran como una obligación.  Pero si no existiera la ley, a lo mejor no tendrían ningún acceso a la palabra de Dios y a los fieles que la reverencian.   En los tiempos antiguos no había una ley requiriendo al cristiano asistir en la misa dominical o caer en pecado mortal.  No obstante, la gente regularmente acudía al templo. Pues si no asistían, no podrían identificarse como cristianos.

El evangelio hoy muestra cómo Jesús nos presenta a sí mismo en la misa, “al partir el pan”.  Como acompaña a los discípulos en el camino, Jesús camina con nosotros por todo la semana.  Pero cuando nos reunimos en su nombre para reflexionar sobre la vida en la luz de su mensaje, nos damos cuenta de su presencia.  Se espera que podamos verlo un poquito en la persona del sacerdote que ha dedicado su vida a servirlo.  A lo mejor se ve más claramente en los santos de la comunidad que jamás cansan a compartir el amor con los demás.  Con una meditación se puede ver a Jesús también en el pan y vino.  Como estos alimentos proveen nutrición natural, convertidos en su Cuerpo y Sangre nos fortalecen con la virtud. De esta manera nosotros mismos podemos reflejar a Cristo a los demás.


Tal vez tenemos que decidir ahora cómo queremos ser identificados al final de la vida. Parece que algunos quieren identificarse con su equipo de básquet o de fútbol.  Otros quieren ser conocidos por el placer que tenían o el trabajo que hacían.  Pero nosotros sobre todo queremos ser asociados con Jesucristo.   Para ser parte de su Cuerpo, la Iglesia, asistimos en la misa dominical.  

El domingo, 26 de abril de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

Como las nubes oscurecían afuera, los trabajadores se agruparon en el sótano.  Fueron advertidos a buscar asilo de un tornado.  Muchos tuvieron el temor.  Sí estuvieron seguros, al menos por el momento.  Pero se preocuparon por sus familias.  Se preguntaron si sus hijos han oído la alarma.  Encontramos a los discípulos de Jesús en un tal sitio de miedo en el evangelio hoy.

Los discípulos temen a los judíos.  Fueron asombrados, en la mañana con las noticias que Jesús resucitó de la muerte.  Ya se preguntan si las autoridades vendrán para investigar si ellos tomaron el cuerpo del sepulcro.  Posiblemente todos nosotros también sintamos el miedo.  Es posible que algunos teman que la policía venga para arrestarlos.  Pero más probable todos nosotros nos preguntamos muy adentro si los demás nos aceptarían si saben de nuestros pecados.  Todos hemos hecho algo pecaminoso en la vida, algo que lamentamos.  Tal vez hayamos robado algo valioso; hayamos engañado a una persona inocente; o aun hayamos tenido un aborto.  Si nuestros padres, maestros, o jefes estuvieran a enterarse de nuestra falta, ¿seguirían poniendo la confianza en nosotros?

Por esta razón nos acudimos a la iglesia.  Aquí anhelamos que se nos diga a nosotros lo que dice a sus apóstoles en el evangelio hoy: “’La paz con ustedes’”; eso es la paz de haber sido lavados de sus pecados.  En la Última Cena Jesús dejó a sus discípulos con la paz.  Ya se la da de nuevo con aún más fuerza.  Pues sus palabras van a ser acompañadas por el Espíritu Santo.

Dice la lectura que Jesús sopla sobre los discípulos.  La acción imita la acción de Dios en Génesis cuando sopló sobre la tierra formada como hombre para darle la vida.  Esa vida estaba destinada al pecado y la muerte.  Ya Jesús infunde su propia Espíritu en los discípulos que les destina a la vida eterna.  Es el mismo Espíritu que recibimos nosotros en el Bautismo. 

Junto con el don del Espíritu Santo recibimos una misión.  Somos para representar a Cristo al mundo.  Como dijo un gran obispo brasileño a su gente: “Es posible que las vidas de ustedes sean el único evangelio que sus hermanos y hermanas leen”. En el evangelio Jesús es muy explícito con la misión.  “’Como el Padre me ha enviado – dice – así también los envío yo’”.

Los discípulos han de perdonar los pecados de la gente tanto por el sacramento de la Reconciliación como por la predicación y el Bautismo.  Es cierto que lo necesitamos.  Nuestros pecados, aun los confesados, siguen atándonos de modo que no actuemos como representes de Jesús.  Una película hace treinta años muestra esta verdad y su resolución con gran efecto.  En una comunidad pequeña dos mujeres no han hablado con una y otra por décadas.  Asimismo, dos hombres han tenido rencor para uno y otro por años. Una viuda, que una vez fue infiel a su esposo, ha sentido como condenada por el pecado.  Entonces la comunidad tiene una experiencia tremenda.  En un día muy airoso una cocinera prepara una cena tan extravagante por la comunidad que mueva a los comensales a reconciliarse con uno y otro.  Al reflexionar sobre la película se da cuenta que el aire era la presencia del Espíritu Santo.  La cocinera era como Cristo entregando todo su ser por la gente.  Y la comida era como la Eucaristía con el poder de perdonar pecados.


Se llama este segundo domingo de Pascua el Domingo de la Misericordia Divina.  En este día celebramos la institución del Sacramento de la Reconciliación.  Por la confesión al sacerdote y su absolución estamos librados de nuestros pecados.  Sean tan grandes como el aborto o tan cotidianos como tener rencor para el otro, quedan perdonados.  Dios en su misericordia quiere que seamos desatados para extender la paz y el amor de Jesús.  Dios quiere que extendamos la paz y el amor de Jesús.

El domingo, 16 de abril de 2017

LA PASCUA DEL SEÑOR

(Romanos 6:3-11; Mateo 28:1-10)

Pom, pom, pom, pom. Todos nosotros hemos oído el redoble de tambor.  Se usa a menudo en la anticipación de un momento de crisis.  En los concursos antes de anunciar el ganador se hace el redoble de tambor con gran efecto.  En el Evangelio según San Mateo el temblor sirve como redoble de tambor.  Fija la atención primero a la muerte de Jesús en la cruz, entonces a su resurrección.  Cuando las dos mujeres llegan al sepulcro, el temblor indica que algo tremendo está sucediendo.

El sepulcro que fue tapado con la piedra ya queda abierto.  No se ve nada adentro.  Es prueba de lo que el ángel va a proclamar.  Jesús, un solo hombre,  “’ha resucitado’”.  La proclamación es completamente única.  Es cierto que algunos como Elías estuvieron tomados al cielo por su fidelidad.  Pero ellos no murieron.  También es la verdad que Jesús mismo resucitó a varias personas de la muerte.   Pero ellos hubieron de morir de nuevo.  En el caso de la resurrección de Jesús, él estaba muerto pero ya vive para siempre.  Tenemos que preguntar: ¿de qué consiste la resurrección de la muerte?

El cuerpo de Jesús fue mutilado en la experiencia horrífica de la crucifixión.  Se puede imaginar el disgusto que crea la vista de un cuerpo azotado, clavado en una cruz, y dejado de sufrir por horas.  En una pintura famosa de la crucifixión el cuerpo de Jesús tiene un matiz verde por el drenaje de su sangre.  Pero después de su resurrección no hay ninguna mención de la mutilación más que las heridas en sus manos, pies, y costado.  De hecho parece que tiene un cuerpo tan robusto que sus discípulos tengan dificultad reconocerlo.  Se puede decir que su cuerpo ha sido transformado de cosa física a cosa eterna.  No sólo no va a morir de nuevo sino también no va a sufrir más.

Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre tan nítidamente que ya experimente la gloria.  Esto es beneficio grandísimo para Jesús, por supuesto.  Pero también es buena noticia para nosotros.  Jesús ha prometido que aquellos que lleven su cruz detrás de él experimentarán su gloria.  Por eso, podemos estar seguros que nuestro destino es tener cuerpos transformados también.  En la gloria no van a sufrir ni el desgaste con edad ni la corrupción de enfermedad.  Más bien tendrán para siempre la fuerza de atletas y la belleza de modelos.  No importa que increíble suene este destino.  El poder de Dios es más grande que la imaginación del hombre.

La aparición de Jesús a las mujeres en el evangelio hoy no menciona cómo se mira su cuerpo, pero da alguna idea de sus modos.  Amenamente saluda a las dos que están espantadas por el temblor y la presencia del ángel.  Les dice Jesús: “’No tengan miedo’” para calmar sus corazones palpitantes.  Entonces les deja un mandato.  Ellas han de decir a sus “hermanos” que vayan a Galilea para verlo.  (Fijémonos por un momento en el significado de esta frase.  Indica que no sólo han sido perdonados por haber abandonado a Jesús en el huerto, sino también que han sido elevados a ser sus “hermanos” e hijos de Dios Padre.) 

La misión de las mujeres se dará a los discípulos-hermanos en Galilea.  Allá Jesús les dirá que vayan y enseñen a todos.  Nosotros hemos recibido tanto la misión como la enseñanza.  Pues nos contamos a nosotros como los hermanos y hermanas de Jesús.  Ya tenemos que anunciar por vidas llenas de servicio y resplendentes con gozo que Jesús ha resucitado.  No importa quién sea o qué haya hecho la persona que encontremos.  Jesús murió por todos.


Uno de los símbolos para la resurrección de Jesús que se ha visto en los años recientes es la mariposa.  Como la oruga se transforma en una mariposa por medio del capullo, el cuerpo de Jesús muerto en un sepulcro de transforma en un ser eternamente vivo.  Pero la mariposa morirá mientras Jesús vive para siempre.  Realmente no hay nada como la resurrección de Jesús.  Es un evento único aunque se repetirá para todos sus hermanos al final de los tiempos.  La resurrección se repetirá para sus hermanos al final de los tiempos.

El domingo, 9 de abril de 2017

EL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:54)

Un polaco describe la vida en su país bajo la dictadura comunista.  Dice aunque la gente sufrió mucha opresión, ayudaron a uno y otro.  Visitaron las casas de sus vecinos prestando la mano si era necesario.  Compartieron lo poco que tenían con los demás. En breve sintieron mucha solidaridad.  Lo que hace el sufrimiento de Jesús tan extremo en el evangelio que acabamos de escuchar es la falta de este tipo de apoyo humano.

En primer lugar sus discípulos fallan a Jesús.  Se acentúa la desgracia de Judas cuando lo traiciona con un beso.  No importa el motivo para su conspiración con los sumo sacerdotes – avaricia, envidia, o resentimiento – el marcar a Jesús con un signo de afecto agrega la injuria a la herida.  Los otros discípulos son culpables de la cobardía.  En lugar de acompañar a Jesús en su juicio, lo abandonan como si fuera víctima del virus de Ébola.  Aún Pedro, a lo cual Jesús encomendó la dirección de su iglesia, lo niega.  Es la creciente fuerza de sus negaciones que molesta.  Primero, niega que estuviera con Jesús; entonces, que lo conociera; y finalmente parece que maldice a Jesús. Esto es el comportamiento del soldado más recientemente reclutado, no de un líder. 

Aún más devastador a Jesús que el abandono de sus discípulos es el rechazo completo del pueblo.  El sumo sacerdote, la autoridad más alta en la sociedad judía, acusa a Jesús de blasfemia, un crimen que merece la muerte.  Todo el sanedrín lo escupe y lo bofetea. Siguen los abusos cuando Jesús es entregado a los romanos.  La gente lo desprecia en la cruz.  Pero a lo mejor es su preferencia para el criminal Barrabás que le causa a Jesús el más desconcierto.  Es como si un pueblo contemporáneo habría preferido la visita de Osama bin Laden a la del Papa Juan Pablo II.

No sólo los judíos rechazan a Jesús sino el mundo entero representado por el Imperio Romano.  El procurador Poncio Pilato, a pesar de su pretensión de lavarse de la culpabilidad, condena a Jesús a la muerte.  Los soldados lo tratan con desdén burlándose de él y golpeándolo cruelmente.  Aún los dos compañeros crucificados con Jesús en esta versión de la historia no escatiman los insultos.  El rechazo es tan extenso y profundo que Jesús siente que abarca la postura de su Padre Dios.  Se ve el abismo en que su espíritu ha caído cuando se compara su oración en el huerto con la de la cruz.  En el lugar primero reza con confianza: “Padre mío…hágase tu voluntad”.  Pero en la cruz, expresa la desilusión por dirigir la oración a sólo a “’Dios mío’” con la pregunta: “’¿por qué me has abandonado?’”


¿Cómo deberíamos entender el dolor tanto psicológico como físico de Jesús en este Evangelio según San Mateo?  Dos verdades parecen particularmente importantes.  Primero, Jesús conoce lo peor de las experiencias humanas.  Podemos acudir a él para consuelo cuando sintamos traicionados por un confiado, malentendidos por nuestros asociados, o despreciados por el pueblo.  Segundo y más significante, Jesús aguanta todo este sufrimiento para recompensar por nuestros pecados, sean traiciones de la verdad, anhelos extraviados, o rechazos de ofrecer la ayuda a los demás.  No somos mejores que la gente en el evangelio, pero reconocemos a un salvador que nos ha ganado la gracia de su Padre.  Tanto él nos ha enseñado, corregido, y suplicado que nos hayamos librado del pecado.  Nos hemos librado del pecado.

El domingo, 2 de abril de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Todos los funerales son tristes.  Pero algunos son más tristes que otros.  Cuando muere una persona relativamente joven, las lágrimas queman.  Cuando el Presidente John Kennedy fue asesinado a cuarenta y seis años, el mundo entero lloró.  Probablemente Lázaro en la historia evangélica hoy también murió joven.  Dice que todo el mundo aun Jesús lloró delante de su sepulcro.  Pero no por mucho tiempo.  Pues Jesús es “la resurrección y la vida”.

Cuando Marta dice a Jesús que Lázaro “’resucitará en la resurrección del último día’”, ella expresa la débil fe de muchos nosotros.  Pensamos en la resurrección como una realidad tan remota que no importe ahora.  A lo mejor por esta razón mucha gente hoy en día prefiere que sus cadáveres sean incinerados cuando mueran.  No apreciamos suficientemente que Jesús es la resurrección.  En él no hay la muerte.  Aquellos que aparentemente han pasado de nosotros todavía están con nosotros en Jesús.  Podemos hablar con ellos, pedirles perdón por las veces en que les ofendimos, y solicitarles la intercesión ante el Santísimo. 

Como prueba de su poder sobre la muerte Jesús llama a Lázaro de su sepulcro.  Anteriormente en este mismo Evangelio según San Juan Jesús dijo de sí mismo: “’Va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas’” (Juan 5,28-29).  Ya muestra cómo habló con verdad.  Al escuchar a Jesús Lázaro emerge del lugar.  Lleva los lienzos de la muerte intactos porque va a tener uso de ellos en el futuro.  Sólo en el último día cuando se levanten todos los muertos se puede descartar todo este aparato.  

Dice la gente que Jesús amó a Lázaro.  El amor consiste en desear lo mejor para el otro.  Pero sabemos que el amor práctico va más allá de buenos deseos a obras beneficiosas.  Por eso, Jesús lo resucita de la muerte.  Porque nos ama a nosotros, podemos esperar que nos llame de nuestros sepulcros también.  Pero tenemos que preguntar: ¿por qué Jesús demoró los dos días para visitar a Lázaro cuando se enteró de que estaba gravemente enfermo?  ¿Hay cosa más grande que la vida física?

Sí, la vida espiritual -- es decir la fe en Dios como nuestro protector -- vale más que la vida física.  Jesús quiere estimular esta vida de la fe en Lázaro y sus compañeros.  Con la fe se puede aguantar las experiencias más amargas.  Durante el tiempo de los comunistas en Rusia los ciudadanos fueron agrupados regularmente para escuchar charlas sobre los méritos del “ateísmo científico”.  En una tal ocasión todos los campesinos de una aldea incluyendo el sacerdote ortodoxo tuvieron que pararse delante de su iglesia.  Entonces el comisario político les dio un discurso acerca de las fantasías de la religión por una hora.  Cuando terminó, el comisario dijo al sacerdote que tendría cinco minutos para refutar su posición.  El sacerdote se acercó al político y le dijo: “No necesito cinco minutos”.  Entonces se volvió a los aldeanos y les dijo: “¡Cristo ha resucitado! “  Todo el mundo replicó en una voz como es la costumbre de los ortodoxos en la liturgia: “¡De veras, ha resucitado!” Y el sacerdote regresó a su lugar entre la gente.

Jesús dice a Marta: “’…todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás’”.  Quiere decir que la vida de la fe es más fuerte que la muerte y sus aliados.  Una vez que abracemos esta fe, estamos libres de las afrentas de la vida, y la muerte se haga en el umbral de la felicidad.  Deberíamos añadir que la fe en Cristo consiste de la aceptación de su palabra de modo que hagamos obras de amor.


Se llama la Santa Comunión “comida para el viaje”.  Nos da el acompañamiento de Jesús para el viaje de la vida y el viaje de la muerte.  En la vida la Santa Comunión nos mueve a mantener la fe con obras de amor.  En la muerte nos coloca ante el Santísimo. 

El domingo, 26 de marzo de 2017

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Hace poco una película nueva llamada “Silencio” estremeció  a muchos católicos.  La historia tiene lugar en Japón hace tres cientos años.  Los misioneros jesuitas han convertido a muchos campesinos al catolicismo.  De hecho, hay tantos católicos indígenas que las autoridades se preocupan de la pérdida de su control sobre el pueblo.  Deciden que van a poner alto a la religión nueva por presionar a los misioneros a abandonar la fe en Cristo.  Su estrategia no es torturar a los jesuitas sino a los campesinos.  Dicen a los misioneros que sus verdugos van a crucificar y decapitar a los cristianos hasta que ellos pisoteen una imagen de Cristo.  (Este acto significaría su rechazo del Señor.)  Un jesuita no puede aguantar más a ver a los inocentes sufriendo.  Aun piensa que escucha la voz de Jesús diciéndole que haga sacrilegio de su imagen. ¡Y lo hace! 

¿Es héroe o cobarde este jesuita?  ¿Deberíamos aplaudirlo o criticarlo?  Podemos preguntar también: ¿Es el misionero como el hombre nacido ciego en el evangelio hoy o como los fariseos?  Muchos pensarán que es héroe porque está dispuesto a sacrificar su fe por el bien de la gente.  Dirán que el malito de pisotear la imagen  es poco en comparación a la pérdida de vida de los campesinos.  Tal vez quieren añadir que Jesús vino para entregar al mundo de la muerte, no para aumentar el número de los muertos.

Pero nosotros diferiremos de esta opinión.  Sabemos que Dios es el sumo bien. Tener a Él es más beneficioso que tener la vida biológica.  Por sufrir el martirio en imitación de Jesucristo los campesinos están escogiendo a Dios para la eternidad.  Son como el hombre nacido ciego que ha llegado a una fe fuerte.  Después de que Jesús le restaura la vista, se hace en su defensor.  Cuando los fariseos acusan a Jesús a ser pecador, el hombre lo defiende como haber venido de Dios. De hecho, sufre por causa de Jesús cuando los fariseos lo echan de la sinagoga.   

En contraste al hombre nacido ciego pero ya ve claramente, el misionero en la película parece como si estuviera caminando en niebla.  No ve a Cristo como el salvador del mundo a lo cual jamás quiere abandonar.  Como los fariseos le falta la visión de confiar en Jesús como el mensajero de Dios cuyas palabras guían a la gente a la vida eterna.  No le entiende cuando dice: “No hagan resistencia al hombre malo”, está refiriendo especialmente a estos casos de persecución.  No se da cuenta de que es necesario que suframos con Cristo para reinar con él en la vida eterna.

Muchas veces pensamos en los fariseos como los peores villanos en el mundo.  Los vemos como si fueran soldados de ISIS cometiendo atrocidades contra el pueblo.  Pero no son tan malos.  Su dificultad no es tanto el odio sino el cierre de la mente.  Como el misionero en “Silencio”, no entienden que Dios se les ha acercado en modos nuevos.  Ya Dios les pide la fe en Su hijo Jesucristo lo cual les promete la eternidad en retorno.


Una vez nos faltaba la visión como si fuéramos ciegos.  Buscábamos la felicidad en uno de los dioses de este mundo – la plata, el prestigio, el placer, y el poder. Pero, como al hombre nacido ciego, Cristo nos ha abierto los ojos.  Ya sabemos que él es el único camino a la felicidad verdadera.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo aún por el sufrimiento si es necesario.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo. 

El domingo, 19 de marzo de 2017

EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Sólo veinte y tres por ciento de los católicos norteamericanos asisten a la misa dominical.  A lo mejor el número es más desalentador en otros países.  Por esta razón los papas recientes han hablado de la “Nueva Evangelización”.   Dirigen este esfuerzo aún más a los católicos que a los no-católicos, particularmente a aquellos que ya no practican la fe.  Dicen que a su raíz la Nueva Evangelización consiste de un encuentro con el Señor Jesús.  En el evangelio hoy Jesús nos da pistas para facilitar el encuentro.

Jesús se presenta al pozo de un pueblo.  No es un lugar específicamente religioso.  Pues ¿podría esperar a encontrar a los no religiosos en una sinagoga?  Para nosotros la pregunta es semejante: ¿Podríamos esperar a los que no practican la fe en un templo? Tal vez en una misa de bodas pero por la mayor parte vamos a toparlos en espacios regulares: en casas, en tiendas y en parques.

A lo mejor sería contraproducente comenzar la plática con referencia a Dios.  Este tema tendrá poco interés para aquellos alejados de la fe.  Si queremos conversar con ellos tenemos que escoger algo que tenemos en común. Cuando viene la samaritana al pozo, Jesús habla del agua.  Dice: “’Dame de beber’”.  No es mentira, pero la sed que tiene no es tanto para el agua que para cumplir la voluntad de su Padre celestial.  Colgado en la cruz según este Evangelio de San Juan Jesús dirá: “’Tengo sed’” con el mismo propósito.  Jesús quiere que la samaritana sea incluida en el Reino de Dios.

La mujer se pone brava con Jesús.  Lo reta: “’¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?’”  Ha venido sola al pozo.  Tal vez no tenga compañeras porque tiene una lengua bien afilada.  De todos modos ¿no es que muchas veces los que no quieren nada que ver con la religión actúan como la mujer?  Lo hacen difícil mencionar la fe.

Pero Jesús no se deja por vencido – no por mucho.  Le indica que su objeto no es servir a sí mismo sino a ella.  Le dice: “’Si conocieras el don de Dios y quién es el que pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva’”.  Tenemos que mantener esto en cuenta cuando nos acercamos a los demás con la intención de evangelizar.  No estamos allá para ganar un debate sino para ofrecer al otro la oportunidad para encontrar el “agua viva”; eso es, el significado verdadero de la vida.

Cuando lleguemos al tema de la fe, a veces los que no la practican sienten aturdidos.  Hablan de la dificultad de creer en Dios por tanto mal que existe o por la inmensidad del universo.  La samaritana sugiere esta dilema cuando dice a Jesús: “’…el pozo es profundo’”.  Sí es cierto, no hay límite al conocimiento de la creación, pero esto no importa tanto como la sabiduría.  La sabiduría es la arte de vivir con la gracia.  Una vez un joven explicó la diferencia entre el conocimiento y la sabiduría.  Dijo: El conocimiento es saber que el tomate es fruta y la sabiduría es saber que el tomate no pertenece en una ensalada de frutas.

Jesús no permite que la conversación se vuelva en una discusión teorética.  Le ofrece a la samaritana la sabiduría de Dios, el “agua viva”, que es, más precisamente, la vida eterna.  Pero la samaritana, siempre con dudas, se ríe de esta idea: “’…dame de esa agua para que no tenga…que venir aquí a sacarla’”.  Es cierto que la promesa de la vida eterna a veces suena demasiado buena para ser verdadera.  Es muy difícil convencer a alguien de ella con la lógica, pero tenemos en nuestro juego de herramientas un instrumento más eficaz.  Se dice que el hombre moderno escucha con más interés a los testigos que a los maestros.  Si vamos a tener éxito en nuestra evangelización, tenemos que atestiguar a su valor por vidas llenas con el gozo de servir.  Es el gozo del papa Francisco que a ochenta años lleva las responsabilidades de los jefes de las corporaciones más grandes pero siempre lleva sonrisa.  Es el gozo de Santa Teresa del Niño Jesús que aun en agonía exponía su afán a entregarse en la oración por las misiones.

Jesús se aprovecha de otra herramienta.  Despierta la fe de la samaritana con el conocimiento sobrehumana de su vida.  Pronto ella reconoce a Jesús como “profeta” pero sigue resistiendo su llamada al arrepentimiento.  Trata de levantar el escándalo de la religión por preguntar por qué es mejor dar culto en Jerusalén que en Samaria.  Esta crítica es semejante a la que muchos levantan hoy en día.  Dicen que la religión ha sido la causa de mucha sangre en la historia. 

Pero ¿es la religión que causa tantos problemas o la explotación de la religión por personas violentas?  De todos modos los grandes asesinos del siglo veinte fueron ateos – Hitler, Stalin, y Mao Zedong.  Jesús aclara la situación del culto en su tiempo.  Sí la salvación tiene su raíz en Abrahán pero él mismo introducirá el modo verdadero de adorar a Dios.  No dependerá del lugar sino de la presencia del Espíritu Santo. 


La mujer queda creyendo.  Puede dejar su cántaro porque ya no necesita agua del pozo. Pues ya tiene el “agua viva,” la fuente de la vida eterna.  Su deseo es ir y compartir esta fe con los demás.  La evangelizada se ha hecho en evangelizadora.  Es como Cristo espera de todos nosotros hoy en día una vez que conozcamos el afecto que él tenga para cada uno.  Que vayamos y compartamos la fe con los demás.

El domingo, 12 de marzo de 2017

El Segundo Domingo de Cuaresma

(Génesis 12:1-4ª; II Timoteo 1:8b-10; Mateo 17:1-9)

Una vez un joven estaba pasando el verano con su padre en Hawái.  Se fue al muelle un día donde estaban los veleros particulares.  Allí un hombre le invitó a acompañarlo en un viaje a las islas del mar sureño.  El joven se aprovechó de la oferta y tuvo, como podemos imaginar, una experiencia inolvidable.  En las lecturas de la misa de hoy vemos varias ofertas semejantes.

Dios llama a Abram en la primera lectura.  Quiere que Abram vaya a un lugar lejano para comenzar un pueblo nuevo.  Será bastante costoso.  Pues significa que Abram deje su palacio, su país, y sus padres.  Por eso el Señor le atrae con la oferta de bendiciones.  Dice a Abram que todos los pueblos se bendecirán en él.  Dios nos llama a nosotros también.  Quiere que dejemos la vida centrada en el yo para participar en un mundo transformado por Su amor.  Tampoco será fácil.  Significará que dejemos los placeres como ver la televisión toda noche y seguir nuestros antojos en los fines de semana. 

Porque costará, Dios nos atrae con una oferta aún más grande que la promesa a Abram.  Como San Pablo indica a Timoteo en la segunda lectura, Dios nos ofrece “la luz de… la inmortalidad”.  Pablo está invitando a su compañero que se le una con él en la predicación de la buena nueva.  Dice que implicará la lucha pero conllevará a la misma vez la resurrección con Jesús de la muerte.  Es la misma invitación con el mismo premio que Dios nos extiende a nosotros hoy.

El evangelio da un esquema del mensaje de los evangelizadores.  Jesús es el hijo apreciado de Dios.  Él cumple ambos la ley y los profetas por su pasión y muerte.  Vale lo que dijo antes de la subida a sus discípulos: que ellos tendrán que llevar su cruz detrás de él.  Sin embargo, el sufrimiento terminará en la gloria tanto a sus discípulos como a él mismo.  Entretanto él les fortalecerá con su toque.  

Debemos ver a nosotros llevando nuestra cruz como esos discípulos.  Tenemos que atraer a los demás a Cristo por dirigirnos a las injusticias del mundo.  Un refugiado de Siria tiene una idea acerca de cómo llevar a cabo esta misión.  Pide a los americanos que dispersemos los valores de respeto para cada persona humana.  Dice que podríamos aprovecharnos de las medias sociales (Facebook, Twitter y los demás) para sembrar los derechos humanos entre los pueblos extremistas.  No es sólo los soldados de ISIS que necesiten este mensaje.  En medio de nosotros hay racismo, machismo, y otros tipos de elitismo que queremos afrontar gentil pero firmemente.


Convertir a los pueblos es una tarea enorme que no va a ser cumplida en nuestro tiempo.  Pero esto no debe ser pretexto para demorar el comienzo de la lucha.  Seguimos adelante con la esperanza de Abram que Dios cumpla sus promesas.  No sólo vamos a ver la luz de la inmortalidad sino también el mundo con todas sus injusticias será transformado.  Sí nuestro mundo será transformado.

El domingo, 5 de marzo de 2017

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 2:7-9.3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)

Hemos entrado en la cuaresma.  ¿Quién no oyó las primeras llamadas al arrepentimiento?  Algunos sienten la repugnancia para este tiempo.  Tal vez les haga falta el espíritu de auto-abnegación.  Pero nadie es exento del sacrificio.  Todos hemos pecado; todos hemos embarcado en una trayectoria llevándonos lejos de nuestro destino.  Todos necesitamos a volver al camino recto para realizar nuestra esperanza.

La primera lectura hoy muestra cómo hemos caído de la inocencia.  Pues el drama descrito en Génesis sirve como análisis del pecado de cada persona humana. La serpiente no tienta a la mujer simplemente con el sabor de la fruta.  Tan sabroso como sea, no le causaría a desobedecer el único mandamiento que hay.  No, la serpiente sabe lo que ella y nosotros anhelamos más que nada.  Le ofrece a la mujer la igualdad con Dios en cuanto a juzgar acciones.  Según la serpiente, si la mujer come la fruta prohibida, se le abrirían los ojos para determinar el bien y el mal.  Entonces, no tendría que recurrir a Dios para ver si una acción es buena o mala.  Es lo que pasa cada vez que mentimos pensando que es mejor para todos que no se revele la verdad.  O es cómo nos justificamos por ver un programa de televisión lleno con imágenes lujuriosas.

Pronto la mujer y su compañero se dan cuenta que dependen en Dios más que imaginaban.  Su desobediencia les traerá la muerte.  Porque han abandonado a Dios, han perdido la fuente de su vida.  Sólo por una iniciativa del mismo Dios podrían recuperarse de esta pérdida.  En la segunda lectura San Pablo cuenta que Jesucristo salva a los hombres de la muerte.  Dice que por su obediencia a Dios Jesús ha ganado la justificación para todos.  Es como si el mundo se hubiera robado de todo el oxígeno y por la ingeniosidad de sola una persona se le regresa.

El evangelio muestra a Jesús como el hijo obediente de Dios frente de tres tentaciones perversas.  Primero, el diablo tienta a Jesús, hambriento después cuarenta días sin comer, con la propuesta de cambiar las piedras en pan.  Pero Jesús sabe que no es por las maquinaciones del yo que viva la persona humana sino por la bondad de Dios.  Fácilmente rechaza esta tentación.  La segunda es más sutil.  El tentador le desafía a Jesús que se eche de la cima del templo para ver si Dios Padre lo salvará.  Sin embargo, Jesús sabe que no es justo para un hombre probar a Dios.  Despide al diablo con el mandamiento bíblico: “’No tentarás al Señor, tu Dios’”.  Puede darle crédito al diablo por la persistencia.  Viene con todavía otra tentación, esta vez la más perniciosa posible.  Quiere que Jesús lo adore en cambio por la promesa vacua que le entregaría a él el mundo entero.  Una vez más Jesús no cae en la trampa.  Más bien manda a Satanás fuera con otra cita bíblica: “’Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás’”.

Jesús siempre guarda en mente el propósito de hacerse hombre: ha venido para salvar a los hombres y mujeres de sus pecados.  En el momento de cumplir este objetivo, tendrá otra tentación.  Cuando Jesús está colgando de la cruz, primero los viandantes, entonces los líderes judíos vienen burlándose de él.  Dicen: “’Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz’”.  La verdad es que Jesús no va a bajarse precisamente porque es el Hijo de Dios.  Seguirá cumpliendo la voluntad de su Padre hasta el fin. 


Hemos comenzado este tiempo santo para aprender cómo imitar a Jesús.  Como Jesús tenemos que negarnos del pan y cosas semejantes para mostrar que sobre todo dependemos de Dios para la vida.  Como Jesús tenemos que reconocer que la vida es llena de promesas vacuas que pueden llevarnos lejos de nuestro destino.  Sobre todo como Jesús tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios Padre a quien obedeceremos hasta el fin.  Tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios. 

El domingo, 26 de febrero de 2017

EL OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)

La mujer creció pobre.  Vino de una familia minera en Nuevo México.  No obstante, tuvo la oportunidad para estudiar a la universidad.  Mientras ensenaba escuela después su graduación, encontró a su esposo, un hombre de negocios.  Su familia prosperó siempre cerca de la Iglesia.  Cuando se jubiló, la mujer se dedicó tiempo a ayudar a una comunidad de mujeres pobres al otro lado de la frontera con México.  Porque no tenía dificultad identificarse con los pobres, sorprendió a sus amigos cuando les dijo: “He estado pobre y he estado rica.  Créanme, es mejor estar rica”.

¿Quién puede echarle la culpa?  Al menos si por decir “ser rico” estamos hablando de tener la suficiencia para dar de comer a su familia y proveerle algunas de las finezas de la vida.  Sin embargo, Jesús advierte a sus discípulos en el evangelio: “’No pueden ustedes servir a Dios y al dinero’”.  Jesús no está criticando el uso de la plata para vivir sino la orientación de la vida para ganar y gastarla.  Es la vida de aquellos que no piensan en Dios para agradecerlo y mucho menos en los indigentes para apoyarlos.

Ahora en los países desarrollados hay en debate acerca de los refugiados.  Dicen algunos que sólo es humano recibir a aquellos huyendo sus tierras nativas por el temor de sus vidas.  Entretanto otros se oponen el recibimiento de los refugiados porque, según ellos, amenazan la seguridad de sus países.  Se puede aprovechar del evangelio para juzgar este debate.  Sí habla sobre la comida y el vestido en el evangelio pero fácilmente se puede aplicar estas referencias al riesgo de aceptar a los refugiados.  Diría: “’… busquen primero el Reino de Dios y su justicia…’”, y la seguridad se les dará por añadidura.

Pensar en Jesús favoreciendo a los refugiados no niega la responsabilidad de los gobernantes a investigar cuidadosamente sus historias.  No deben ser admitidos a un país si existe un sospecho creíble que pueden causar daño a la seguridad pública.  En otros casos es difícil determinar quién es un refugiado verdadero.  Consideremos a los muchachos hondureños cuyas madres les mandaron al norte para vivir con sus parientes.  Los narcotraficantes, que tienen control de sus pueblos, emplearían a estos chicos en el comercio de drogas.  Las madres saben que una vez que sus hijos se junten con los traficantes o mueren pronto o se convierten en asesinos.  ¿No podría un país grande como los Estados Unidos dar refugio  a estos muchachos aunque no conformen exactamente a la definición del refugiado?

La segunda lectura habla de nosotros como “administradores de los misterios de Dios”.  Esta frase indica que sabemos algo que el mundo ignora.  El primer misterio que llevemos en nuestros corazones tiene que ver con la eficacia del amor.  Cuando nos entregamos por el bien de nuestro prójimo, no disminuimos sino nos fortalecen.  Este es la experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado de la muerte.  También es nuestra experiencia cada vemos que ayudemos a otra persona.  ¿No es que por lo poco que compartamos con los pobres casi siempre recibamos más en retorno?

Claro que sí.  La razón es que Dios es el amor.  Dice el profeta Isaías en la primera lectura que Dios tiene aún más amor para nosotros como una madre para su criatura.  Él no va a dejarnos faltando las necesidades.  No tenemos que preocuparnos; sólo tenemos que hacer su justicia hacia todos. 


Deberíamos estar pensando en la cuaresma que comienza este miércoles.  ¿Cómo vamos a demostrar nuestra contrición a Dios?  ¿Vamos a dejar de comer chocolate y rezar el rosario diariamente?  Está bien pero el mismo profeta Isaías nos prescribe el ayuno que quiere Dios aún más: “…que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores…” (Isaías 58).  Quiere que levantemos los yugos de los refugiados.

El domingo, 19 de febrero de 2017

EL SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 19:1-2.17-18; I Corintios 3:16-23; Mateo 5:38-48)

El médico hablaba de un amigo.  Dijo que el hombre había perdido más de mil libras en  su vida.  Sin embargo, el hombre quedó obeso.  ¿Cómo podría ser?  Por supuesto, el hombre hizo muchas dietas que bajaron su peso. Pero cada vez que llegó a su objetivo, comió tanto que siempre recuperara el peso perdido.  Entonces tuvo que comenzar de nuevo.  Bueno, en el evangelio hoy Jesús nos manda a lograr algo más difícil que perder el peso.  Quiere que nos hagamos “perfectos”, no sólo por un rato sino para siempre. ¿Cómo vamos a cumplir este mandato?

Para responder a la pregunta tenemos que averiguar de qué consiste la perfección.  Jesús acaba de describir seis retos que van más allá de las exigencias de la ley judía.  Su propósito es decir que quienquiera supere estos retos llegará a la perfección.  En el evangelio del domingo pasado escuchamos los primeros cuatro retos.  Ahora tenemos los últimos dos.  En primer lugar no debemos resistir al hombre malo. Como si esto no fuera suficientemente difícil, también tenemos que amar a nuestros enemigos.  Ya nos parece realmente más allá de nuestras capacidades.  Pero antes de que nos demos por vencidos, que miremos más al fondo lo que Jesús está exigiendo.

Nos preocupamos del mandato de no resistir al hombre malo particularmente cuando pensamos en la guerra nacional.  Tememos que Jesús pida que nos rindamos delante de una invasión de un ejército extranjero.  Pero esto no es el caso.  Jesús ocupa ejemplos de afrentas individuales, no de ataques con armas.  Dice que tenemos que dar nuestro abrigo al otro cuando nos pida la chaqueta o caminar dos millas cuando nos solicite acompañarle una milla.  Sería injusto a nuestros paisanos, nuestras familias y nosotros mismos si no nos defendemos de agresores.  Pero ¿estamos listos para ceder nuestro abrigo si nos lo pide? Si juzgamos que realmente se lo necesita, que recemos por el valor para entregárselo.

Independiente de si le regalamos nuestro abrigo, Jesús manda que amemos al enemigo.  No tiene en cuenta sentimientos tiernos aquí sino la voluntad de ayudar al otro.  Ciertamente nos cuesta ofrecer la ayuda a un extranjero que posiblemente nos haga malo. Una vez un viajero blanco de otro estado tenía problemas con su coche nuevo.  Por casualidad se encontró con un mecánico, un negro, en una tienda a las doce de la noche.  Al escuchar su problema el mecánico tenía el coche remolcado a su taller.  El próximo día el mecánico arregló el coche y cargó al viajero sólo para el remolque y los repuestos. Esto es el amor que Jesús espera de nosotros.  

La primera lectura habla de la necesidad que seamos santos como Dios.  Es semejante a la conclusión del evangelio: “’Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto’”.   ¿Entonces es ser santo igual a ser perfecto?  La respuesta depende de lo que significamos por decir, “ser santo”.  Si significamos pasar todo el día en el templo rezando, a lo mejor no.  Pero a su raíz la santidad quiere decir quedar aparte, no contaminado por los vicios de los demás.  Es vivir sin mentir, sin codiciar cosas ajenas, y sin odiar a nadie.  Ya las dos cualidades – ser santo y ser perfecto -- confluyen.  De hecho, no hay diferencia entre los verdaderamente santos y los verdaderamente perfectos. 

Queda la pregunta: ¿Cómo podemos superar los retos para hacernos perfectos o, si se prefiere, santos?  Se ve la clave en la segunda lectura.  Dice que tenemos que dejar los criterios de este mundo – el placer, el poder, y la plata – para atender al Espíritu Santo.  El Espíritu reside en la iglesia, no en las actitudes pomposas que a veces topamos allá, sino en las personas abnegadas que encontramos con frecuencia.  Al colaborar con estas personas nos disponemos al Espíritu.  También el Espíritu nos toca a través de la palabra de Dios que la Iglesia nos proporciona.


En las universidades norteamericanas el índice de la perfección es “cuatro punto cero”.   Significa que el estudiante ha sacado las notas más altas en todas sus materias.  Es semejante a lo que nos exige Jesús en el evangelio.  Quiere que seamos perfectos por sacar las notas más altas en todos aspectos de la vida: decir la verdad, no codiciar a cosas ajenas, y amar a todos.  Ciertamente nos forma un gran reto, pero el Espíritu Santo nos ayuda superarlo.