El domingo, 29 de octubre de 2017

EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 22:20-26; I Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40)

El suicidio, tan horrible como sea, se ha hecho casi en una epidemia.  Es probable que un miembro de nuestras familias haya considerado a tomar su propia vida.  De hecho, el porcentaje de los suicidios ha crecido veinticinco por ciento en los últimos veinte años.  Un reporte reciente dice que diecisiete por ciento de los estudiantes en las secundarias norteamericanas han contemplado seriamente el suicidio.

No se sabe exactamente por qué tantas personas piensan en el suicidio.  Sin embargo, una teoría que llama la atención tiene que ver con la depresión.  La gente no sale tanto con otras personas como antes.  Tampoco viene a la iglesia con tanta frecuencia.  Tampoco visitan las casas de uno y otro tanto.  Curiosamente con el creciente uso de Facebook y otros medios sociales muchos se sienten más aislados que nunca.  Pasan mucho tiempo con solamente sus celulares preguntándose si son aceptables a los demás.

Para afrentar esta crisis deberíamos escuchar bien las palabras de Jesús en el evangelio.  Nos dice que tenemos que amar a Dios sobre todo.  Aunque no lo podemos ver a Dios con los ojos, Él nos hace posible este amor.  Nos envía el Espíritu Santo que nos mueve a amar a Él y a todos.  Amando a Él como nos pide la Iglesia, nos encontramos con otras personas acudiendo al templo. 

El segundo mandamiento que Jesús cita es aún más relevante aquí.  Hemos de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.  Es necesario que amemos a nosotros mismos por cuidar a nuestro bien tanto psicóloga como físicamente.  Si nos encontramos a nosotros mismos tan deprimidos que pensemos en el suicidio, tendremos que buscar la ayuda profesional.  También el mandamiento nos exige a amar a los demás.  Lo hacemos en diferentes maneras: visitar a los asilos de ancianos, aportar a las caridades, prestar la mano a un vecino en necesidad, etcétera.  Hay otra cosa importante que podemos hacer sin gran dificultad.  Sería menos depresión y más esperanza si nos esforzamos a saludar a todos que encontramos con una sonrisa.


Hace poco un hombre de treinta y pico años se suicidó por saltar del Puente Golden Gate en San Francisco. Después de su muerte su psiquiatra con el examinador médico entró el apartamento del hombre.  Hallaron su diario personal con estas palabras escritas como la entrada final: “Voy a caminar al puente. Si una persona se me sonríe en al camino, no voy a saltar”.  Este hombre no era el único a lo cual faltaba el calor humano.  Es preciso que tratemos a todos con más cariño.  

El domingo, 22 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA NOVENA DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

El ratón es un animal listo.  La gran proporción de su cabeza en relación con su cuerpo le dota una mayor capacidad cerebral.  No como la rata, es difícil atrapar el ratón.  Puede mantener a hombres pensando por días cómo lograrlo.  El evangelio hoy cuenta de un grupo de hombres poniendo una trampa.  Sin embargo, en este caso no buscan una molestia casera.  No, quieren tropezar a Jesús.

Jesús ha llamado la atención del pueblo primero en Galilea y ya en Jerusalén.  Habla con la autoridad, y sus sanaciones muestran que su autoridad viene de Dios.  Para mantener su influencia propia sobre la gente, los fariseos planean cómo descreditarlo.  Le propondrán una pregunta que no se puede contestar sin crear enemigos: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”  Si Jesús responde que “sí”, van a decepcionar a la mayoría de los judíos que odian el impuesto.  Pero si dice que “no”, tendrán que enfrentar a los romanos por minar su poderío.  En las elecciones políticas siempre escuchamos una pregunta tan controversial como la de los fariseos. 

En todas partes se les pregunta a los candidatos su posición sobre el derecho de la mujer al aborto.  Si el candidato dice que no existe, algunos van a clasificarlo como contra mujeres.  Sin embargo, cada vez más los científicos muestran que tan pronto como la esperma masculina se una con el huevo femenino se produce un ser humano.  No es un bulto de materia sino una persona única en principio.  Por eso, se puede decir quitar su vida en el proceso del desarrollo equivale al homicidio.  No parece justo decir que se necesita “el derecho al aborto” para salvar la vida de una mujer embarazada o para ahorrar el dolor de una mujer violada.  Raras veces se encuentran estas realidades lamentables.  Por la gran mayor parte se hace el aborto porque la vida del niño es una inconveniencia.  No le importa tanto a la mujer como otras preocupaciones como su carrera la vergüenza.

Anteriormente en el evangelio Jesús enseñó a sus discípulos que tenían que ser “precavidos como la serpiente pero sencillos como una paloma”.  Ya muestra cómo poner en práctica esas palabras.  Pide una moneda que se usa para pagar el tributo.  Entonces Jesús les pregunta cuya imagen está marcada en ella.  Es un contra-trampa de la cual los fariseos no se dan cuenta.  “De César” responden pronto.  Como cualquier americano puede decir cuyo retrato se imprime en el dólar, los fariseos identifican a su líder – no Dios sino el emperador.

Entonces Jesús concluye su argumento.  “Den, pues, al César lo que es del César—dice --  y a Dios lo que es de Dios”.  Pero ¿qué es de César? Y ¿qué es de Dios?  Jesús no elabora estos temas que los sabios han debatido desde entonces.  Ciertamente se difieren la lealtad debida a Dios y la debida al estado.  No debemos la vida al estado aunque a veces se puede llamar a la persona a arriesgar su vida por el bien común.  Debemos nuestras vidas a Dios.  Por esta razón es pecado quitar su propia vida tanto como tomar la vida de otra persona.  También debemos a Dios el seguimiento de la consciencia en la cual se distingue lo bueno de lo malo.  Para ser ciudadanos fieles tenemos que pagar impuestos, ayudar a los vecinos en necesidad, y votar según la consciencia.  Esto no quiere decir que votemos por un candidato político solamente porque está en contra al aborto.  Pero sí significa que ponemos su posición en el aborto alto en la lista de criterios. 


46 y 23,000 – ¿Qué significan estos números? ¿El número telefónico para el Vaticano?  ¿La cantidad de las serpientes y las palomas en el parque central? No, representan el número de los cromosomas de cada persona humana y el número aproximado de los genes llevados por los cromosomas.  Existen del momento  que la esperma masculina se une con el huevo femenino.  Hacen la vida de todo humano como una preocupación más alta que cualquiera otra.  Hacen la vida humana como una preocupación altísima. 

El domingo, 15 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo?  Acabamos de tener un cambio de estaciones.  ¿A dónde fue el verano?  Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua.  ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado?  Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo.  Pero si me preguntan, no lo sé.”  Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo.  Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto.  Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se retroceda.  No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas.  Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca.  Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz.  Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia. 

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado.  Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar.  Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como al futuro.  Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo.  Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados.  Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor. 

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma.  Describen el banquete de Dios al final de los tiempos.  En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios.   Se ve la confluencia de los tiempos por los antiguos presentes dialogando con los modernos.  Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Alberto Einstein y Tomás de Aquino.  No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar.  Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.   

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia.  Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta.  Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo.  Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se dan a las turistas rebozos para cubrir sus hombros.  El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios.  No llevarlo es como haber desgastado la vida.  Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras. 


Al final de una película  todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión.  Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo un minuto como los principales. “¿A dónde va el tiempo?”  Según esta película se va llevando a todos a alabar al Señor.  El tiempo lleva a todos a la alabanza al Señor. 

El domingo, 8 de octubre de 2017

El VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

La lectura del profeta Isaías me recuerda de los muchachos en la escuela.  Como el viñador remueve tierra, quita piedras, etcétera para producir una viña, así los estudiantes tienen que esforzarse.  Al menos si van a tener una carrera como la medicina o la ingeniería, tienen que leer libros, cumplir tareas, y desvelarse estudiando. 

De una manera semejante queremos ser muy deliberados para realizar el reino de Dios dentro de nosotros.  Es cuestión de remover las tierras de egoísmo y quitar las piedras de codicia que dominan nuestros corazones.  Esto no es a decir que el yo deba ser reprimido, sino al contrario.  Es reconocer la paradoja que nos presenta Jesús: para encontrar la vida hay que perderla.  Es darnos cuenta de que no somos singulares sino herederos de la vida eterna junto con todos creyentes.  Es quedarnos conscientes de la necesidad de colaborar con los demás por el bien de todos.

Sí son importantes la diligencia y la cooperación.  Pero es aún más preciso lo que Pablo recomienda en la segunda lectura.  Tenemos que fomentar un espíritu de oración para ser justos.  Por poner a Dios primero, no vamos a tener un sentido exagerado de nuestro valor.  Ni vamos a estar cohibidos por las jactancias de los demás.  Se dice que Santo Tomás de Aquino siempre rezaba hasta que llorara antes de estudiar o de enseñar.  Será una práctica provechosa para nosotros también.  Pero que sea sincera nuestra oración, no un hábito irreflexivo o, peor aún, una táctica para impresionar a los otros.

En la vida vamos a ver muchos escollos alrededor de nosotros.  Una psicoterapita acaba de nombrar a uno.  Dice que el Internet ha facilitado el engaño en los matrimonios.  Escribe que los hombres y mujeres ya pueden comunicarse fácilmente con los novios anteriores.  Es sólo una de las muchas fuerzas tratando de sofocar la voz de Dios en la conciencia.  Como los viñadores en la parábola abusan a los enviados del propietario, hay políticos y líderes de los medios que intentan a superar el sentido de lo justo y bondadoso.  Gritan y echan palabrotas que inclinan a la gente más a los prejuicios del pasado que relaciones amistosas en el futuro. 

Nosotros en cambio queremos construir nuestras vidas sólidamente sobre la piedra angular de Jesús.  Sus palabras se han hecho los muros que nos defienden contra los engaños de los malvados.  Sus sacramentos nos han regado para resistir el calor del odio y la sequía de la indiferencia.  Basado en Jesús, nosotros podemos ver cada vez más claramente que personas de otras lenguas y naciones son nuestras hermanas y hermanos.


En el Evangelio según San Juan después de la resurrección, María Magdalena confunde a Jesús con un jardinero.  Sin embargo, paradojamente en un sentido Jesús es jardinero.  Nos cultiva las tierras de nuestras vidas.  Al menos nos ayuda sacar las piedras de codicia para que produzcamos los frutos del Reino de Dios.  

El domingo, 1 de octubre de 2017

VIGESIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Cuando fue elegido, el papa Francisco hizo algo insólito.  No ocupó los apartamentos papales en el Palacio Apostólico como se esperaba.  Más bien, hizo su residencia en la Casa San Marta, que sirve como un albergue para visitantes al Vaticano.  Fue más que un gesto de la humildad que caracteriza este papa.  Fue un testimonio vivo y continuo de su opción para acompañar a la gente.  Él mismo dijo: “No puedo vivir solo.  Debo vivir mi vida con los demás”.  Se puede detectar esta misma postura en la Carta a los Filipenses de que viene la segunda lectura hoy.

Aunque es corta, la Carta a los Filipenses refleja a San Pablo con todas de sus virtudes.  Se presenta como un padre solícito en la lectura presente.  Dice: “…si ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor…” En otra parte de la carta Pablo se prueba como teólogo trinitario.  Escribe: “…los verdaderos circuncidados somos nosotros, los que adoramos a Dios movidos por su Espíritu, y nos alegramos de ser de Cristo Jesús…”  Sobre todo la Carta a los Filipenses pone en manifiesto el gran amor de Pablo para Cristo.  Cuenta: “Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos y llegar a ser como él en su muerte…”.

Es evidente que se motiva la carta algunas dificultades y tribulaciones en la comunidad.  En primer lugar hubo la rivalidad entre los cristianos mismos.  Pablo menciona cómo dos mujeres, Evodia y Síntique, que le ayudaron en la evangelización, ya no se llevan bien.  También indica que los paganos persiguen a la comunidad como lo maltrataron a él y Silas cuando llegaron allá por primera vez.  Finalmente Pablo critica a aquellos que profesan la fe en Cristo pero, no obstante, insisten en la circuncisión judía.

Podemos ver semejantes tensiones en nuestras comunidades cristianas hoy en día.  Todavía hay algunos que sienten que sus aportes valgan más que aquellos de los demás.  En una parroquia las Guadalupanas y las Carmelitas estaban criticando a uno y otro hasta que el párroco les mandara a quitar la rivalidad.  Pidió que las guadalupanas sirvieran el desayuno a las carmelitas el dieciséis de julio y las carmelitas prepararan el desayuno para las guadalupanas el doce de diciembre. 

La crítica de la fe ciertamente sigue en fuerza.  Recientemente una profesora de la ley propuesta como juez federal fue criticada por aceptar los dogmas de la fe católica.  Es como si fuera un signo de irracionalidad mantener que la vida humana comienza con la concepción y debe ser protegida desde entonces.  Finalmente hay católicos que insisten, como los judíos cristianos hicieron en el primer siglo, que sus prácticas particulares garanticen la salvación. Sea por asistir en la misa por nueve primeros viernes seguidos o sea por recibir las cenizas en el primer día de la Cuaresma, dicen que tienen la fórmula para la vida eterna.

Pablo nos da el remedio para todos estos problemas cuando advierte en la lectura hoy: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo.”  Él sabe que la única cosa que importa es Cristo, el conocimiento de Dios encarnado.  Porque Cristo era humilde y solícito de los demás, nosotros tenemos que ser así.  Nuestro premio para vivir así es el mismo Cristo.  Como dice Pablo en otra parte de la carta: “…para mí la vida es Cristo y la muerte es ganancia.”


¿No querríamos ser miembros de esa primera comunidad de cristianos en Filipos? Habríamos escuchado a Pablo predicar de su amor para Cristo.  Sí, pero habría sido difícil porque habríamos tenido que dejar nuestra religión tradicional y tal vez nuestras familias.  De todos modos nos quedamos con el gran reto de los filipenses: dejar las rivalidades entre nosotros para proclamar el amor de Dios con la claridad.  Nos queda el reto: proclamar el amor de Dios.

El domingo, 24 de septiembre de 2017

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Cuando pensamos en las vistas más magníficas en el mundo, ¿qué cosas surgen en nuestras mentes?  ¿La piscina de las olimpiadas o la playa en Cancún?  ¿La Torre de Eiffel o el Monte Everest?  ¿La Basílica de San Pedro o el Gran Cañón?  Creo que al menos para la mayoría las maravillas naturales sobrepasan las grandes construcciones humanas.  Diríamos, por ejemplo, que nunca hemos visto el agua tan clara, la arena tan blanca, y el cielo tan azul como en Cancún.  O jamás hemos mirado una cosa tan majestoso como cuando estábamos al pie de una gran montaña.  El evangelio hoy nos indica algo semejante.  Nos ilustra el esplendor de la justicia cuando Dios la proporciona.

Deberíamos ver la historia de tres puntos de vistas distintos.  Primero, considerémonos cómo ven la situación los trabajadores que llegaron a la viña al amanecer.  Ya es tarde.  Han trabajado todo el día.  Les duelen los brazos.  Sus frentes llevan la tierra que pegó a su sudor.  Cuando miraron a aquellos que trabajaron sólo una hora recogiendo un denario, naturalmente esperaron recibir más.  Ya sienten defraudados porque les han pagado el mismo jornal.  Piensan que no es cuestión de codicia sino de la justicia.  ¿No es un principio de la justicia: “el pago igual para el trabajo igual”?  

En contraste los trabajadores que llegaron más tarde quedan encantados.  Ya pueden volver a casa con bastante dinero para comprar pescado por su familia.  Pero es posible que estén pensando en otra cosa.  Tal vez están preguntando a uno y otro: “¿Por qué no celebramos nuestra dicha con unas copas?” 

Finalmente hay el dueño.  Se puede llamarlo bueno porque muestra la compasión a los pobres.  De verdad este hombre representa a Dios.  Su justicia siempre es moderada por el amor que es la caridad.  Contrató con los primeros trabajadores por el salario corriente.  Si les paga más ahora, mañana esperarán la misma cantidad.  A los más recientes les paga lo mismo para que sus familias no experimenten la miseria.  Como es Dios, conoce los corazones de los trabajadores.  Puede decir quién va a aprovecharse bien del dinero y quién va a malgastarlo.  Evidentemente piensa que los hombres que trabajaron poco no van a derrochar su pago con vino. 

Nosotros hombres y mujeres no podemos leer corazones como Dios.  Tenemos que depender de principios como “el pago igual para el trabajo igual” para determinar la tasa de recompensa.  Pero podemos aproximar la justicia de Dios por incluir en las normas laborales una dimensión del amor caritativo.  ¿Qué quiere decir esto? El seguro de salud para el trabajador y la familia parece preciso hoy en día.  Se debe incluir iniciativas para mejorarse particularmente en los empleos del valor mínimo.  También le proporciona una cierta dignidad al trabajador cuando se reconoce su aporte y se consideran sus recomendaciones.


El trabajo es más que un modo de sacar dinero para comprar pescado.  Es más que el dolor en los brazos y el sudor en la frente.  En un sentido verdadero el trabajo es cooperar con Dios para recrear el mundo en la justicia.  Porque es de Dios, no deberíamos olvidar el amor cuando consideramos las normas laborales.  Por Dios no deberíamos olvidar el amor en las normas laborales.

El domingo, 17 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hice mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada nuevo para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a estos asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  No necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de una confianza profunda.  Pero hay otro tipo de amigos en quienes confiamos toda el alma.  Son personas de gran virtud.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazón con nosotros.

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  Asimismo nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  Nos capacita a amar, no según la carne sino de la verdad.  También escucha nuestros suspiros y responde con sus dones haciendo el camino adelante transitable.  Finalmente el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos ha engeñado o a la persona que ha hecho daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos cuando éramos jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Por favor, esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.


Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.

El domingo, 10 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

A veces tengo dificultad cuando estoy estudiando.  Si hay ruido en la casa, no puedo concentrarme.  Pasa que el televisor prendido en el cuarto de recreo me distrae en mi recámara.  Aun con esfuerzo, no logro un estudio satisfactorio.  Entonces, me siento frustrado.  No quiero molestar a los telespectadores.  Pero tampoco quiero desgastar mi tiempo.  Cuando decido a decir a aquellos mirando la tele, casi nunca lamento la decisión.  Les digo: “Lo siento; no puedo estudiar.  El sonido del televisor está alto.  ¿Me pueden bajarlo?”  Esto es un ejemplo sencillo de la corrección fraternal de que Jesús habla en el evangelio hoy.

Este año leemos en la mayoría de los domingos del Evangelio según San Mateo.  Se le llama  “el evangelio de la iglesia”.  Pues más que Marcos, Lucas, y Juan; Mateo trata del orden en la comunidad de fe.  Por ejemplo, hace quince días escuchamos cómo Jesús nombra a Simón como la cabeza de la comunidad.  En el pasaje ahora él da las instrucciones sobre el tema delicado de la corrección fraternal.  ¿Cómo se puede lograrla con la máxima eficaz y el mínimo daño?  Para evitar vergüenza al malhechor Jesús instruye a sus discípulos: “’Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas’”.  A veces, como en el caso del sonido recio, la persona responde amablemente.  Dice que ni sabía que estaba creando dificultad.  Sin embargo, a veces resiste a reconocer su error.  Tal vez diga que el problema no es de él sino de nosotros.  Entonces, tendremos que ocupar otra táctica para convencerlo de su culpabilidad.

Puede ser que el párroco es alcohólico pero no quiere reconocer el defecto.  Más bien, si un amigo le dice que toma demasiado, él se pone bravo negando que no pueda manejar el consumo.  Entretanto, sigue insultando a otras personas como es la manera de muchos alcohólicos.  Para enfrentar a una tal persona con la verdad, sus amigos y colaboradores tienen que organizarse.  Tienen que acercarse al alcohólico dando testimonio uno por uno cómo él ha violado el comportamiento esperado de un líder espiritual.  Entonces, tienen que insistir que vaya a buscar la ayuda necesaria.  Esto es lo que Jesús tiene en cuenta cuando recomienda que los discípulos vayan al pecador con dos o tres testigos.

Hay otro remedio en los casos extremos.  Si el culpable sigue en su pecado de modo que cause a los demás a fallar, dice Jesús que se lo excomulgue.  Les asegura a sus discípulos que tienen la autoridad para hacerlo por decir: “’…lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo’”.  Hace cincuenta años el arzobispo de Nueva Orleans excomulgó a un racista con gran efecto.  El señor Leander Pérez montaba una campaña para resistir la integración de las escuelas católicas cuando el jerarca le impuso la pena.  Eventualmente el hombre renunció su oposición a la integración para reconciliarse con la Iglesia.


Sobre todo, la Iglesia es una comunidad de amor, sea al nivel parroquial, diocesano, o global.  Desea el bien para todos incluso los pecadores.  También tiene que dar testimonio a la verdad en todas sus relaciones.  Por eso Jesús nos enseña en el evangelio hoy cómo manejar las situaciones difíciles.  Cuando un malhechor no quiera reconocer su culpa, tenemos que tratarle con ambos el respeto y la firmeza.  Esto es fórmula digna para la vida en general.  Que seamos en todos casos respetuosos y firmes. 

El domingo, 3 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

En la década de la “revolución sexual” entre 1960 y 1970 una congregación religiosa hizo algo inaudito.  Para atraer a jóvenes al sacerdocio la congregación puso una publicidad en la revista Playboy.  En ese tiempo Playboy pretendía ser intelectual aunque la gran mayoría de los jóvenes la veían por las fotos pornográficas.  La publicidad preguntó: “¿Puede ser un sacerdote un hombre moderno?” 

No creo que la congregación quisiera sugerir que los sacerdotes deberían leer Playboy.  Sin embargo, evidentemente pensó que sus sacerdotes sean hombres modernos.   De todos modos la publicidad no funcionó bien.  La congregación no ganó muchas vocaciones y ahora lucha para sobrevivir.  Parece que la realidad respondió al interrogante.  Un sacerdote no puede ser hombre moderno si eso significa conformarse a las modas del tiempo.  San Pablo dice tanto en la segunda lectura hoy.

Desde junio hemos estado leyendo de la Carta de Pablo a los Romanos.  Todas estas lecturas han expuesto la teología de la salvación.  Ya hemos llegado a los últimos capítulos de la carta donde Pablo explica cómo poner en práctica la teología.  La lectura hoy describe algunos principios fundamentales.  Pablo recomienda a sus lectores que vivan como se fueran sacrificios emanando aromas agradables a Dios.  Eso es, que se entreguen a Dios por vivir con el verdadero amor de Cristo.  También les exhorta que no se dejen a sí mismos ser transformados por los criterios de este mundo.  Eso es que no deben procurar ser personas modernas sino personas rectas.

¿Qué son los criterios del mundo actual que Pablo nos habría de evitar?  No creo que tengan que ver con el uso de los instrumentos del tiempo como computadoras y celulares.  Tampoco involucrarían los estudios modernos como la genética.  Estas cosas nos ayudan ser conscientes de lo que pasa alrededor de nosotros.  A lo mejor se puede resumir los criterios del mundo hoy en día con tres “-ismos”: el materialismo, el relativismo, y el individualismo.  El materialismo es vivir por la acumulación de cosas.  San Juan Pablo II una vez escribió: “No es malo el deseo de vivir mejor pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser”. 

El relativismo rehúsa reconocer criterios absolutos para juzgar lo bueno y lo malo.  Dicen los relativistas que todo depende de los valores del pueblo y aun de la persona en un momento dado.  Con el relativismo el aborto no es malo porque muchos lo aceptan.  Asimismo el matrimonio gay está bien porque las parejas del mismo sexo quieren vivir en una relación comprometida.  El relativismo no toma en cuenta la naturaleza humana.  No le importa que el aborto es tomar la vida de un inocente y el matrimonio gay desafía el propósito del matrimonio. 

El individualismo casi siempre considera el bien de la persona como más importante que la comunidad.  Por el individualismo los padres piensan más del éxito en sus carreras que en la crianza de sus niños.  Los hijos prefieren poner a sus padres en asilos que cuidarles en sus propias casas.   El individualismo pregunta primero en toda situación: “¿Qué está aquí por mí?”


En el evangelio Jesús dice a sus discípulos que tienen que tomar sus cruces y seguirlo si quieren salvar sus vidas.  Quiere decir que para tener la vida eterna, tenemos que conformarnos a él no al mundo contemporáneo.  Tenemos que valorar más nuestro crecimiento en la bondad que el aumento en el tamaño de nuestra casa.  Tenemos que reconocer que algunos actos son malos, diga lo que diga el pueblo.  Sobre todo tendremos que sacrificarnos a veces por el bien de los demás.

El domingo, 27 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

En el inicio de la televisión norteamericana un programa de concurso llamó la atención de todos. Se dice que todo el mundo vio “The $64,000 Question” (la pregunta que vale $64,000) desde el Presidente de la Republica hasta el criminal en la calle.  Las reglas eran sencillas: se le preguntó al concursante una pregunta inicial cuya respuesta correcta valió un dólar.  Si la respondió bien, se duplicaron el valor y la dificultad de la próxima pregunta.  Cuando llegó a la pregunta que valió el máximo de $64,000, el suspenso estuvo palpable.  Los millones de telespectadores se maravillaron al ver los genios identificar detalles minuciosos como la firma de Shakespeare.  En el evangelio hoy Jesús tiene una pregunta para sus discípulos que vale mucho más que $64,000.

Jesús pregunta a sus discípulos quien piensa la gente es él.  Sus respuestas son previsibles. Lo ve como un profeta como el fogoso Elías o el sufrido Jeremías.  Es como muchos en la sociedad hoy respondería.  Según la opinión de muchos Jesús es no más que un gran líder religioso como Mohamed o un reformador venerable como Mahatma Gandhi.  Se puede decir que estas respuestas tienen algún sentido. Sin embargo, apenas captan toda la realidad que es Jesús.

A pesar de lo que opinan los demás, nosotros buscamos una comprensión más profunda de quien es Jesús.  Pues consideramos nuestra vocación en la vida a seguirlo.  Él mismo nos interroga a nosotros junto con sus discípulos: “’Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?’”  Simón no demora para contestar de parte de los discípulos y de nosotros también: “Tú eres el Mesías…” Eso es, Jesús es el enviado de Dios a su pueblo para liberarlo del apuro en que se encuentra. Además añade Pedro: “… el Hijo de Dios vivo”.  Como Su Padre Dios, Jesús tiene el poder para conceder la vida.

Hoy en día muchos encuentran como el apuro más apremiante el recurso a la violencia.  En Europa los radicales musulmanes tienen a la gente asustada. A lo mejor no falta el llamado a vengarse de parte de muchos nativos en los países allá.  En Latinoamérica los narcotraficantes y las pandillas están aterrorizando ambos a los pobres y los ricos.  Ya en los Estados Unidos los extremistas en la derecha y en la izquierda amenazan a uno y otro de modo que parezca que la sociedad esté cayendo en la anarquía. 


En estos tiempos duros nosotros cristianos debemos ser muy deliberados en nuestro seguimiento de Jesucristo. Él no superó las fuerzas del mal con armas sino con la justicia que su Padre Dios le otorgó.  Seguirlo significa que vamos a vivir como imágenes suyas.  No vamos a gritar a aquellos con que discrepamos sino a dialogar con respeto.  Tampoco vamos a golpear a nadie. En cuanto a nuestros hijos buscaremos otros modos apropiados para castigarlos.  Igualmente ustedes muchachos tienen que comprometerse a no pelear con uno y otro. Y vamos a estar tranquilos en las carreteras rehusando a maldecir y dispuestos a dar el paso.  ¿Por qué?  Es preciso que nos recordemos de nuestra identidad y el propósito en la vida.  Somos hermanos de Jesús destinados a vivir con él en la vida eterna.  Somos hermanos de Jesús destinados a la vida eterna.

El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

El domingo, 12 de agosto de 2017

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

La arquidiócesis de Chicago era la más grande en los Estados Unidos.  Hace cincuenta años había iglesias en casi todos los barrios, y los fieles las llenaban en los domingos.  Es una historia diferente hoy día.  Muchas parroquias no tienen párroco propio, y bancas enteras quedan vacías durante la misa dominical.  La iglesia allá, como en muchas partes de Norteamérica y Europa, está en crisis.  Esta situación es anticipada en el evangelio hoy.

La barca de los discípulos sacudida por las olas representa la Iglesia después de la resurrección de Jesús.  Está sufriendo el rechazo y la persecución de parte de los judíos en Israel.  Sí, las misiones han encontrado éxito. Pero también han enfrentado la persecución y el martirio.  La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su pueblo.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.

No nos falta la compañía de Jesús ahora.  Jamás abandonará a sus fieles en su apuro.  Aunque las parroquias latinas no experimentan la caída de la asistencia en la misa, sí tienen sus propios retos.  Sus jóvenes no quieren asistir en la misa dominical.  Dicen que no creen, pero la verdad es que no quieren que nadie les obligue a hacer nada.   Jesús está allí con la pastoral juvenil que casi todas las parroquias tienen.  Les cuenta tanto a los adolescentes como a los jóvenes que sólo con él tendrán la verdadera libertad para ser todo lo que puedan.

Hay muchos adultos en nuestras parroquias atraídos a las iglesias cristianas por los predicadores con gran convicción si no mucha educación.  Algunos sienten acogidos en sus congregaciones porque no hay preceptos contra el divorcio y casamiento de nuevo. Sin embargo, Jesús queda en la Iglesia Católica instruyendo a los fieles que el matrimonio es una alianza con Dios para fortalecer el amor entre los novios.  Como el papa Francisco enseña es para toda la vida; y cuando emerjan problemas, la gente debería buscar la ayuda de los párrocos.

Deberíamos pensar en la estampa de Pedro caminando sobre el agua como una imagen de la iglesia siguiendo a Jesús por la fe.  Está bien en cuanto mantenga sus ilusiones en sus promesas y su confianza en su apoyo.  Puede transitar los problemas más grandes – el acosamiento por los gobiernos, el rechazo de los diferentes sectores de la sociedad, aun las traiciones de parte de sus propios ministros como los abusos sexuales reportados hace quince años.  Pero una vez que ella quite los ojos de Jesús como su ayuda y su meta, se encuentra hundiendo en el agua caudalosa.


Entonces ¿podemos nosotros individuos caminar sobre el agua?  La respuesta es sí, al menos figurativamente, si mantenemos nuestros ojos fijados en el Señor.  Está en medio de nosotros en diferentes modos – en los ministros de la Iglesia, en los pobres de espíritu, y particularmente aquí en la Eucaristía donde escuchamos su voz y consumimos su cuerpo y sangre.  Jesús está en medio de nosotros para guiar nuestros pasos sobre el agua.  

El domingo, 6 de agosto de 2017

LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

(Daniel 7:9-10.13-14; II Pedro 1:16-19; Mateo 17:1-9)

En uno de los más famosos discursos en la historia norteamericana el reverendo doctor Martin Luther King contó de subir una montaña.  Hablaba figurativamente pero su mensaje fue tan claro como si tuviera fotos del panorama.  Fue de la esperanza entre el sufrimiento -- la luz después de una noche larga de miseria.  Dijo que desde la cumbre vio un futuro glorioso para el negro en los Estados Unidos.  Vaticinó que los negros no iban a mantenerse como ciudadanos de la segunda clase por más tiempo.  Porque habían decidido a unirse en la lucha, dijo que iban a ser reconocidos como personas de igual valor como cualquier otro.  En el evangelio tres discípulos trepan una montaña con Jesús para recibir una revelación aún más esperanzadora que la del reverendo King.

Jesús acaba de decir a sus discípulos como él tendría que sufrir la muerte para cumplir su misión como el mesías.  Pero el mensaje confundió al grupo; pues tenían en cuenta la historia gloriosa del rey David cuando mencionó “mesías”.  En su parecer como David había derrotado a los pueblos alrededor Israel hace mil años, los discípulos imaginaban que Jesús expulsaría a los romanos de la patria.  Pero ¿cómo puede conquistar a los extranjeros si iba a ser entregado y ejecutado? 

Ya con su rostro transfigurado los discípulos se dan cuenta que Jesús no es como cualquier otro hombre sino es del cielo.  La aparición de Moisés y Elías hablando con él les trae la confianza que Jesús cumplirá las promesas de la Ley y los Profetas como todo el mundo esperaba del mesías.  Aún más impresionante la voz de Dios Padre confirma todo lo que Jesús ha dicho.  Es decir, experimentará tanto la gloria de la resurrección como la humillación de la muerte.

Nosotros también tenemos que reconocer a Jesús como el “Hijo muy amado” y que “escucharlo” bien.  Mientras otros buscan su salvación en dinero o placeres, nosotros la vemos en seguir a Jesús.  Él nos conducirá por lugares donde no estamos siempre cómodos como los hospitales y las prisiones para cuidar a gentes a menudo olvidadas.  Él nos moverá a tener la paciencia con personas con dificultades y extender la mano a aquellos con debilidades.  ¿Suena difícil?  Realmente no es porque tendremos a Jesús como compañero.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.  Fijándonos en él,  vislumbraremos un poco del cielo.


El domingo, 30 de julio de 2017

EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

Dice el Señor que el Reino de Dios es como “un tesoro escondido en un campo”.  Tal vez quisiéramos preguntar: ¿quién esconderá un tesoro en un campo?  Ahora en el tiempo de cerraduras y bancos, nadie lo hará.  Pero en los tiempos antiguos las cosas eran diferentes.  Los ladrones podían dejar la casa vacía de cualquier objeto de valor.  Por eso, los dueños solían enterrar sus tesoros en un rinconcito marcado del campo.  Una mejor pregunta para nosotros es: ¿qué es nuestro tesoro? 

Para mí una cosa muy valiosa es el tiempo.  Trato de llegar a cada compromiso a la hora exacta para que no pierda ni cinco minutos de tiempo.  A lo mejor cada uno define su tesoro en una manera individua.  Pero podemos abstraer algunos constantes para los diferentes grupos de edad.  Los jóvenes buscan como su tesoro a un compañero de vida que es ameno y, sobre todo, guapo.  A los adultos les importa la estabilidad.  Quieren ingresos que proveen las necesidades de la casa y una casa que no perderá su valor con el tiempo.   Los mayores se preocupan por la salud.  Desean evitar el dolor y prolongar la vida lo más posible. 

En la antigüedad antes de Cristo se consideró la sabiduría como el tesoro más precioso.  Valió la pena vender todo lo que se tenía para hacerse sabio.  Con la sabiduría nuestros tesoros se modifican.  Los jóvenes no consideran la belleza como la cualidad número uno en una pareja sino la capacidad de amar.  Es decir, se dan cuenta de que la disposición a poner el bien del cónyuge primero vale más que una figura perfectamente proporcionada.  La sabiduría enseña a los adultos que la estabilidad queda más en lo moral que en lo material: más en tener el amor mutuo entre los familiares que en tener un cuarto para cada hijo, más en dar la reverencia a Dios que en tomar vacaciones en la playa.  Los viejos se aprovechan de la sabiduría por reconciliarse con Dios y con los demás para que mueran en la paz.

Jesús reemplaza la sabiduría con el Reino de Dios.  No es que los dos difieran mucho; pero el Reino de Dios ofrece un matiz más contundente.  El Reino de Dios mueve al joven buscar primero en una pareja el amor para Dios: que él o ella jamás haría algo ofensivo al Señor.  Le conduce al adulto a confiar en Dios como el cimiento de su casa por guardar sus mandamientos, venga lo que venga.  Al mayor el Reino exige una entrega más o menos completa: que acepte cada día como un regalo de Dios y el sufrimiento como modo de juntarse con Cristo en la salvación del mundo.

Nosotros cristianos reconocemos a Jesús mismo como el cumplimiento del Reino de Dios.  Cuando abracemos a él como nuestro salvador, se nos acoge en el Reino de su Padre.  Podemos proponer una parábola para explicar esto. 

Jesús es como piedra.  Cuando somos jóvenes, él es el diamante más precioso a darse a nuestra novia.  Como adultos él es el cimiento del amor sobre que construimos nuestra casa.  Y cuando nos hagamos viejos, él es la roca que nos aferramos en faz de la muerte.  Jesús es la roca para aferrarse siempre.

El domingo, 23 de julio de 2017

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO, 23 DE JULIO DE 2017

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Recientemente un exsoldado de Irak escribió un libro acerca de su regreso a casa.  Cuenta de un círculo vicioso de excesos: drogas, alcohol, pleitos, sexo.  Realmente sus experiencias parecen más patéticas que emocionantes.  Describe, por ejemplo, cómo un compañero – otro veterano – se suicidó del estrés.  Indica que él iba por el mismo camino.  Entonces con la ayuda de un psicólogo podía cambiar su vida.  Con la publicación del libro el exsoldado descubrió cómo su historia tuvo valor.  Las experiencias  – tan horribles como fueran – resuenan con las de miles de otros veteranos.  Por describirlas con toda honestad ayudó a los demás hacer sentido de las dificultades de sus vidas.

La historia del veterano de Irak refleja el propósito de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.  A pesar de que el evangelista Mateo tiene a Jesús contando parábolas para confundir a la gente, los investigadores de la Biblia insisten que originalmente Jesús tenía otro motivo.  Según ellos Jesús habló con parábolas para ilustrar su doctrina a los sencillos.  En el caso de la parábola acerca del trigo y la cizaña Jesús explica la razón que Dios permite el mal.  Como el agricultor no arranca la cizaña porque no quiere que se saque la cosecha buena, Dios tolera alguna maldad para ver quien es bueno y quien malo.    

Tal vez nosotros también nos encontremos metidos en algún mal.  Puede ser la pornografía o aún una relación ilícita.  Puede ser un grupo de chismosos o el hábito de tomar cosas ajenas.  Una vez yo era acostumbrado a criticar todo en un modo satírico.  Casi nada y nadie eran tan buenos que no los insultara para sacar risas de mis compañeros.   Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo: depreciando a otras personas para gratificar al yo mío.  Gracias a Dios, podía superar este vicio.  Leí un folleto titulado “Desde el resentimiento a la gratitud” que me cambió la perspectiva.  No más quería ser conocido por el satirio sino por ser justo y moderado en el juicio.


Jesús llama a todos a tal conversión.  No sólo a los globalmente considerados malvados sino a cada uno de nosotros.  Y no sólo una vez en nuestras vidas sino continuamente.  Pues para ser hijas e hijos de Dios dignos de vivir en su Reino, tenemos que amar a los demás como él ama.  Es decir, tenemos que poner fin a la pornografía, los chismes,  las críticas excesivas, o lo que sea para aprender cómo amar sin peros y prejuicios.  Del evangelio hoy sabemos que Dios nos da tiempo para atravesar el camino del amor perfecto.  Sin embargo, el tiempo no es infinito.  Deberíamos emprender el camino ahora. 

El domingo, 16 de julio de 2017

EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Cuando yo era adolescente, asistía en una segundaria católica.  Cada día teníamos la misa en la capilla durante el período de lonche.  No era obligatorio asistir en la misa, y la mayoría de los muchachos no lo hicieron.  Pues, aquellos que asistieron, tenían que apurarse después al comedor para tomar su comida antes de la próxima clase.  Hubo algunos muchachos que entraron en la capilla para que su profesor de la religión los viera.  Él estaba allí cerca de la entrada con su libro de notas en mano evidentemente acreditando a quienes entraran.  Después de cinco minutos, cuando el maestro se había partido, el grupo salió con sonrisas en la boca.  Sin duda, pensaban que han ganado el crédito por haber asistido en la misa sin sacrificar el tiempo para divertirse durante el lonche.  Jesús se dirige sus parábolas a personas como estos muchachos en el evangelio hoy.

Parece raro que Jesús utilizaría las parábolas para esconder su mensaje.  Pero esto es lo que él mismo dice cuando contesta la pregunta de sus discípulos.  Ellos querían saber por qué habla con comparaciones y no con palabras directas.  Dice Jesús: “’Por eso hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no entienden’”.  Él sabe bien cómo alguna gente ha acudido a él no para escuchar su llamada a arrepentirse.  Más bien, lo buscan para ver las sanaciones que hace y para comer el pan que reparte. Para ellos Jesús se ha hecho en un espectáculo más llamativo que el partido para el campeonato de la Copa Mundial.

¿Qué rinde la gente tan resistente a la conversión?  Se puede recorrer a la parábola que Jesús acaba de contar para la respuesta. La gente que no quiere arrepentirse  es como los primeros tres grupos que Jesús describe.  Algunos no se arrepienten porque están sofocados por los placeres.  Son como semillas echadas por la orilla del camino que los pájaros se llevan.  Pero en este caso los pájaros son las drogas, el sexo, y el alcohol en exceso.  Otros son como semillas en tierra pedregosa no bien dispuestas a arraigarse.  Les interesa la llamada para amar a todos pero les falta el dominio del yo para realizarlo.  Aún otros tienen mil quehaceres de modo que se desconozcan lo más importante.  Son como las semillas que aterrizan entre los espinos.  Se pierden a sí mismos en medio de la lucha para ganar la vida.

No es que todas las semillas sean perdidas.  Algunos granos caen en tierra fértil de modo que den mucho fruto.  Son como tres familias que hicieron sus vacaciones este año en una misión a México ayudando a los pobres.  Los padres y los hijos tuvieron sus tareas, sea reconstruir una casa o sea cuidar a los niñitos allá.  También tomaron tiempo para rezar y descansar en un ambiente donde el ritmo de la vida es más lento.  Ciertamente los niños de estas familias están siendo preparados como tierra buena para recibir la palabra de Dios.  Con toda probabilidad estos niños rendirán cosechas muy agradables a Dios.


Aunque nosotros venimos a la misa dominical, es posible que correspondamos más a uno de los grupos que no reciben bien el mensaje de Jesús.  Tenemos que preguntar si estamos aquí sólo para ver a nuestros amigos o solo para evitar el infierno cuando moramos.  Si estos son nuestros motivos, a lo mejor el evangelio nos parecerá como un cuento bonito, es decir sólo una parábola.  Pero si venimos para aprovecharnos de la presencia del Señor de modo que amemos a los demás como deberíamos, entonces las palabras del evangelio serán como los órdenes del médico salvando nuestras vidas.  Otra vez, si estamos aquí para prepararnos a amar a los demás, las palabras del evangelio salvarán nuestras vidas.

El domingo, 9 de julio de 2017

EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

Una vez un hombre explicó cómo se conoció al Señor.  Dijo que una noche estaba deprimido.  Pues, su esposa acabó de recibir el reporte de su médico que tenía cáncer.  Necesitaba tratamientos urgentemente.  El hombre no sabía qué haría sin ella.  Después de cerrar la puerta de la iglesia como era su costumbre, se arrodilló para rezar.  Entonces sintió el brazo de Jesús en sus hombros.  También escuchó la voz del Señor diciéndole que no se angustiara, que todo resultará bien.  De ese momento en adelante el hombre recuperó la confianza.  Podia apoyar a su esposa en la luchar contra la enfermedad.  El hombre parece como Jesús en el evangelio hoy.

Una dificultad que tenemos por leer sólo tramos del evangelio cada domingo es que no vemos el contexto.  En la sección que acabamos de leer, por ejemplo, no tenemos cuenta que Jesús está dando gracias a su Padre Dios a pesar de que no le ha ido muy bien.  Aunque la gente se maravilla de sus sanaciones, no le sigue en grandes números.  Más frustrante, a cada paso los fariseos llegan disputando su autoridad.  Sin embargo, Jesús no permite que se quede por vencido. Más bien, halla alivio en las bendiciones que ha tenido.  Ha formado un grupo de discípulos.  Ha ayudado a varias personas con sus pruebas.  Y, sobre todo, ha sentido la cercanía de su Padre Dios. 

Es como un agricultor que perdió miles cuando una sequía agredió su región hace varios años.  Era difícil, pero ya siente tranquilo porque la experiencia le dio la oportunidad para recapacitar su vida.  Ahora no se preocupa de dinero porque sabe que nunca va a tener bastante.  En lugar de pensar en una fortuna, se ha dedicado a servir a Dios.  Dice que no tiene recursos para invertir en la tecnología como la mayoría de los agricultores.  Como resultado las filas de su cosecha no están tan rectas como los demás.  Pero como recompensa tiene un corazón bien cuadrado con él del Señor.


Sí nos cuesta dejar para atrás nuestras ambiciones para poner a Jesús en primer lugar.  Queríamos ser ricos, bellos, y apreciados.  Y la verdad es que no estábamos pecando simplemente por buscar las cosas para hacernos así.  Pero Jesús nos ofrece una riqueza, una belleza, aún un aprecio más grande cuando lo ponemos a él como número uno en nuestras vidas.  Nos hacemos más tranquilos en nuestras tareas diarias y más confiados en nuestro bien eterno.  ¿No es lo que queremos: ser más tranquilos ahora y más seguros de nuestro bien eterno?  Claro que sí.

El domingo, 2 de julio de 2017

El tredécimo domingo ordinario

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Hace cincuenta años la guerra en Vietnam se prolongaba despiadadamente.  Muchos soldados americanos y muchos más soldados vietnamitas estaban matándose.  La matanza creó una división en el corazón de los jóvenes estadounidenses.  Les llamaron la atención la crítica de los protestadores reclamando la injusticia de la guerra.  Al otro lado del debate interior estuvo la advertencia de sus papas que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial.  Estos hombres insistían que sólo era patriótico apoyar la guerra.  Porque a menudo se define el patriotismo como “amor del patria”, la cuestión tiene que ver con el evangelio hoy.

Jesús dice a sus apóstoles que no deberían amar a sus familiares más que a él.  Se puede añadir a la lista de parientes que apunta Jesús: padre o madre, hijo o hija, “su patria”.  No deberíamos amar a nuestra patria tampoco más que a Jesús.  Amar primero a Jesús, que es la verdad, requiere que hagamos esfuerzos para corregir los errores de nuestra patria. Pero mucha gente cita la frase: “Mi patria, correcto o incorrecto”.  Eso es, quieren defender su país de todas críticas aun cuando el gobierno esté en error.  Ciertamente este planteamiento no es virtuoso.    

Realmente no debería ser conflicto entre el amor para la patria y el mayor amor para Jesús.  Pues cuando amamos a Jesús sobre todo, querremos ser como él.  Querremos imitar la justicia de Jesús para rendirle a nuestra patria su deber.  Desearemos inculcar su fortaleza para soportar las dificultades en el desempeño de nuestra responsabilidad.  Y procuraremos a practicar la prudencia de Jesus por escoger los medios apropiados en cada situación.  Asimismo no tenemos que preocuparnos que nuestra opción principal para Jesús disminuya nuestro compromiso para los parientes.  Es así porque el amor que rindamos a Dios ordena nuestro amor a los demás de modo que sea más enfocado y más puro.  El amor a Dios es como la luz de un láser.  Brilla con tanta intensidad que haga maravillas.

En los Estados Unidos se celebra el Día de la Independencia esta semana.  Muchos otros países también tienen el día de la patria durante el verano.  Evidentemente el calor da a las multitudes la inquietud de sacudirse de los gobiernos opresivos.  De todos modos, cuando haya oportunidad durante las festividades deberíamos reflexionar acerca de las grandes cuestiones que afrontan nuestro país.  Tenemos que preguntar cómo Jesús resolvería los problemas.  Una es el estado de los inmigrantes en el país ilegalmente.  Porque han contribuido significativamente al bienestar de todos, ¿qué se puede hacer por ellos?  Otra cuestión tiene que ver con el cuidado de la salud.  ¿Cómo se puede garantizar que todos – tanto los pobres como los ricos -- tengan acceso a los tratamientos eficaces que existen?  Finalmente, la guerra en el medio oriente sigue con fuerza. ¿Es prudente enviar tropas allá para terminarla?  Para encontrar resoluciones justas y prácticas a estos y otros problemas tenemos que entrar más en el amor de Jesús.  Es así con todo, ¿no?  Para hacer cualquiera cosa bien, tenemos que entrar más en el amor de Jesús.

  

El domingo, 25 de junio de 2017

EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Se dice que San Juan Pablo II retaba a la gente diciendo: “La primera tarea para todo cristiano es dejarse ser amado por Dios”.  Nos cuesta abrirse al amor de Dios porque el mundo nos envía un mensaje al contrario.  Nos dice que no somos buenos, que nos falta algo necesario – inteligencia, belleza, o fuerza.  Por eso no creemos que nadie nos ame por quien somos, incluso Dios.  Cuando yo era joven, una vez mi madre me dijo que había sido un bebé feo.  Yo sé que mi madre me amó.  Después de la muerte de mi papá ella trabajó duro para enviar a sus hijos al colegio.  Sin embargo, la frase ha quedado conmigo por cincuenta años. 

Cuando no nos sintamos el amor de Dios, muchas veces buscamos la recompensa en un vicio.  Algunos escogen el placer; otros, el prestigio; otros, el poder o aún la plata.  Aunque estas cosas tienen valor, a veces los ocupamos en cantidades desequilibrantes.  El resultado es una sobredosis que hace nuestra condición peor. Empezamos a hacer cosas que turban la consciencia.  Abusamos las sensibilidades de otras personas para aparecer grandes.  Aun nos hace daño a nosotros mismos para conseguir pedazos de la satisfacción.  Es trágico ver al alcohólico arruinar a sí mismo y su familia también por intentar a recompensar el sentido de la falta de amor con la cerveza.

En el evangelio hoy Jesús nos asegura del amor de Dios.  Dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza para que nada nos haga daño sin que Él sepa.  Dice también que tenemos que confiar en este amor porque él, Jesús, tiene una tarea para nosotros.  Quiere que lo reconozcamos delante de los hombres.  Entonces, por el testimonio que damos, él va a recomendarnos ante su Padre.  Al día de juicio final él va a darnos entrada en la vida eterna.

Se me contó el otro día la historia de un hombre que vivió hace años en una parroquia que sirvo.  Este hombre dio testimonio a la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por participar en todas las misas de la parroquia.  Pregunté al que me informaba si el hombre hizo algo por los pobres.  Me dijo que sí.  Todos los sábados iba a una panadería para recoger los sobrantes productos.  Entonces se los llevó al orfanato y a la casa de las muchachas embarazadas para que los niños tengan pan y pasteles. 


Hemos entrado en el verano, el tiempo de dar fruto.  Dentro de poco los campos estarán llenos de granos, verduras, y pastos.  El Señor nos advierte que seamos nosotros fructíferos también.  Que no tengamos miedo a hablar con otros de él.  Ni que tengamos  peros a hacer obras buenas en su nombre.  Pues, el Padre va a protegernos de los criticones porque nos ama.  El Padre siempre nos ama. 

El domingo, 18 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 18 de junio de 2017

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Se pensara que una parroquia con la adoración perpetua sería poco activa.  Pues, buscar a feligreses para rezar delante del Santísimo Sacramento ciento sesenta ocho horas por semana es en sí un reto grande.  Tal vez quisiéramos preguntar: “¿Cómo la parroquia podría encontrar a personas para llevar comidas a la gente sin recursos o para visitar a los asilos de ancianos?”  Sin embargo, en mi experiencia sirviendo en una parroquia con la adoración veinticuatro-siete vi a la gente participando en muchos ministerios.  Pareció que la adoración engendró una variedad de actividades. ¿Cómo podría ser?

Creo que la razón queda en el contenido de la adoración.  Más tarde o más temprano el que adora se preguntará: “¿Qué es esta cosa delante de mí?” y “¿Qué es el propósito de estar aquí mirándola?”  Estas preguntas le llevan al descubrimiento que el objeto en su enfoque no es una cosa sino una persona.  De hecho, da cuenta que la hostia en el custodio es el que dice en el evangelio hoy: “’Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…’”  Es Jesucristo, el Hijo de Dios que vino al mundo para compartir la vida divina con los seres humanos.

El propósito de la vigilia es darse cuenta de esta acción divina.  Dicen algunos que la Eucaristía es para consumirse no para adorarse.  Pero ¿cómo se podría apreciar una comida rica sin tener el tiempo para saborearla?  La contemplación delante del Santísimo asemeja el saborear la comida más rica que hay.  Es revolver en la mente lo que significa que el magnífico Dios se limitó a sí mismo para compartir nuestro lote humano.  De hecho, hizo dos sacrificios que muestran lo extenso de su amor para el mundo. 

Además de hacerse hombre, Dios se entregó a sí mismo a una muerte horrífica.  Se dice que la crucifixión era una de las formas de tortura más crueles siempre inventadas.  Causa no sólo dolor agudo y largo sino también la muerte de la asfixia.  Pues sólo un sacrificio tan grande podría recompensar el egoísmo humano que sabemos bien es inmenso. 

Si su sacrificio nos ha quitado el pecado, querremos preguntar cómo deberíamos responder a su gracia.  También se puede buscar la respuesta en la contemplación delante del Santísimo.  San Pablo escribe a los corintios que forman los miembros del cuerpo de Cristo.  Y así somos nosotros.  Le servimos por ayudar a los demás, particularmente a los pobres e indefensos.  Un católico comprometido cuenta de su experiencia como un entrenador de un equipo de voleibol compuesto de jóvenes supuestamente “incapacitados”.  Dice que los muchachos tuvieron una simpatía tremenda no sólo para uno y otro sino para él también. Se le pregunta: ¿qué les falta más a los “atletas especiales”: el interés de otras personas o la oportunidad de competir?  Contesta que sí algunos tienen el impulso de competir pero todos responden al amor.


Hoy se celebra el Día de Padre en muchos países.  Es ocasión para honrar a nuestros padres por sus aportes a nuestro bien.  Vemos en su trabajo, su acompañamiento, y sus consejos una vislumbre del sacrificio que nos ha hecho Jesucristo.  Y vemos en nuestro aprecio de nuestros padres una semejanza de nuestra respuesta a Jesucristo.  Como somos agradecidos de ser partes de sus familias, somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.  Es cierto; somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.

El domingo, 11 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

La señora Abigail Adams fue la mujer más famosa del tiempo de la Revolución Americana. Su correspondencia amplia dejó una vislumbre del período.  En una carta la señora Adams expresó disgusto para el concepto de la Santa Trinidad.  Dijo francamente que no podía convencerse que el solo Dios es tres.  Muchas personas son como ella.  Pues la Santísima Trinidad es un misterio que desafía la imaginación.

Cuando yo era chico, pensaba que la Santísima Trinidad es como un trébol con tres hojas en una planta.  Pero ya sé que esta imagen no guarda suficientemente bien la unidad de las tres personas.  Algunos piensan que la Trinidad es como agua con tres modos: el líquido, el hielo, y el vapor.  Pero esta comparación no distingue bastante las tres personas.  Algunos tratan de distinguir las tres personas por decir que el Padre es el creador, el Hijo es el salvador, y el Espíritu es el santificador.  Pero la verdad es que el Padre también es salvador y santificador; el Hijo también es creador y santificador; y el Espíritu también es Creador y Salvador.

Entonces ¿cómo se puede distinguir entre las tres personas y mantenerlas uno?  Sólo se puede decir que los tres son uno en todo excepto su relación entre sí.  Tienen la misma naturaleza, la misma voluntad, y la misma mente.  Pero el Padre no es ni el Hijo ni el Espíritu.  El Hijo no es ni el Padre ni el Espíritu.  Y el Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo. 

Sí puede ser gran reto aceptar todo esto pero no deberíamos decir que no es importante.  Pues la doctrina de la Santísima Trinidad nos da una base para el amor mutuo.  Como el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno en todo, así deberían ser nuestras familias y nuestras comunidades.  La familia debe hacer sacrificios para tener el mismo sentir y el mismo pensar.  Asimismo la parroquia debe esforzarse para ser unida en la fe y el amor.

La familia de un médico joven demuestra esta unidad.  El doctor tiene su clínica en un pueblo chico para servir a los pobres rurales.  También participa en misiones médicas a países como Haití para servir a los indigentes.  Pero siempre lo hace con el consentimiento de su esposa.  Dice el médico que por la primera vez – porque sus hijas ya están bastante grandes – puede ella acompañarlo en una misión.  Son juntos en el amor para uno y otra y para con los pobres.  Su relación imita el amor de la Santísima Trinidad.


Hoy celebramos la Santísima Trinidad.  Las lecturas nos indican que la grandeza de Dios consiste en el amor.  Como Moisés en la primera lectura queremos pedir a Dios Padre que nos haga suyos por este amor. Como Pablo en la segunda queremos exhortar a uno y otro a la paz por el Espíritu de amor residiendo en nosotros. Y como el locutor en el evangelio, queremos reconocer que el Hijo nos salva por este amor. 

El domingo, 4 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

La mexicana dijo que le da gracias a Dios por su tío.  Explicó que cuando era chica, su tío le arregló el pasaporte para ir a los Estados Unidos.  Vino acá y se quedó.  Ya ella puede pedir documentos sin enfrentar la pena por haber entrado ilegalmente.  Su caso se difiere de muchos inmigrantes que no tienen la posibilidad actual de arreglar sus situaciones.  Están esperando un cambio favorable en la ley,  pero viven preocupados. Pues evidentemente el nuevo presidente quiere complacer a aquellos que se oponen a los indocumentados.

No debería ser difícil entender las quejas de los americanos con la inmigración ilegal.  El pueblo estadunidense se ha orgullecido por tener un gobierno de leyes, no de personajes. Por eso, cuando los indocumentados desafían las leyes migratorias, ellos sienten la base de la sociedad temblando.  Además creen que una causa de los aumentos en sus costos médicos es que pagan por los inmigrantes.  También hay los vicios sociales – alcoholismo, pleitos, y embarazos fuera del matrimonio – que siempre afligen a los pobres, sean inmigrantes o naturales.  No importa que se pueda demostrar que los indocumentados han beneficiado al país, mucha gente está alterada.

Hay preocupaciones que los inmigrantes y los naturales compartir.  Entre docenas de cosas que disturban su paz hay ésta. Se preguntan qué va a pasar con la familia en una sociedad que permite el matrimonia gay.  Están amenazados por los reportes de bombardeos terroristas.  No saben cómo sus hijos y nietos que dejan la escuela vayan a ganar una vida digna. 

Queremos saber lo que podemos hacer con todas estas preocupaciones.  Somos como los discípulos de Jesús en el evangelio hoy.  Ellos tienen no sólo la preocupación sino el miedo.  A lo mejor les preguntan a uno y otro: ¿Volveremos a Galilea?  ¿Por qué querrán los judíos aprehendernos; qué crimen hemos hecho?  ¿Conocemos a un abogado que podría defendernos si nos traen a la corte?

Sí, es sólo natural preguntarnos qué podríamos hacer para mejorar nuestra situación.  Sin embargo, no querríamos olvidar a pedir la ayuda del Señor.  Los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos se dedican a la oración después de la Ascensión de Jesús.  Resulta en una emanación del Espíritu Santo tan abundante que los doce no puedan contenerse.  En la primera lectura hoy los discípulos salen para proclamar la gloria de Jesús a cualquiera persona que los escuche. 

A veces cuando siento amenazado, pienso en  diferentes modos para defenderme.  Me imagino echando insultos o aun golpeando al otro si se me atreve a atacar. Estas fantasías me roban el sueño y me ponen aún más alterado.  Un camino más sano sería pedir la ayuda del Espíritu Santo.  Poco a poco estoy aprendiendo que la realidad casi nunca es tan grave como la imagino.  Me estoy dando cuenta que Dios tiene mil modos para resolver mi dificultad por el bien de todos los involucrados.  En tiempo Él va a indicarme lo que debería hacer.  Por lo pronto sólo tengo que confiar en su amor.


Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo a nosotros.  Por cierto siempre ha estado en nuestro lado moviéndonos a un mejor amor para los demás.  Ahora reconocemos su presencia por decirle: “Perdóname  por haber olvidado de ti.  Gracias por tu acompañamiento. Quiero confiar más en Ti”.

El domingo, , 28 de mayo (o 25 de mayo)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

El Monseñor José Delaney era obispo de Fort Worth, Texas.  Pidió una cosa rara para su muerte.  Quería que pusieran en la lápida de tumba la fecha de su bautismo.  Además de las fechas del nacimiento y de la muerte deseaba que se conociera el día en que se incorporó en el Cuerpo de Cristo.  Había dicho que es el día más importante de la vida. ¿Por qué? Porque en su parecer es el día en que recibió al Espíritu Santo para servir al Señor.  Para el Mons. Delaney el día de su bautismo fue más significativo que el de su ordenación, aún al obispado.

En la lectura de los Hechos hoy Jesús dice a sus apóstoles que van a ser bautizados con el Espíritu Santo.  Cuando reciben este don – el mejor de todos – tendrán que proclamar su muerte y resurrección.  El Evangelio hoy cuenta del ámbito de su predicación: “’…a todas las naciones…hasta el fin del mundo’”.  Los apóstoles originales murieron, pero siempre hasta el día hoy ha habido otros para asumir la tarea evangélica.

La tarea cae en nuestros hombros también.  No hablo de los sacerdotes sino de cada uno aquí presente como bautizado en el Espíritu Santo.  Proclamamos a Cristo aún más por obras de caridad que por palabras de convicción.  Un hombre con ochenta y cinco años visita a las víctimas de derrame como voluntario.  Les explica lo que tienen que hacer para recuperar sus fuerzas.  Si fuéramos a preguntarle, nos diría que va a misa todo domingo.  Siente que como su menester cristiano tiene que servir a los demás como Cristo nos enseñó.

Los cristianos cópticos de Egipto tienen una costumbre interesante.  Cada uno lleva el tatú de la cruz en su brazo.  La imagen como el bautismo le marca como cristiano por toda su vida. En un país predominantemente musulmán esta marca le sirve en diferentes maneras.  En el caso de la persecución el tatú le identifica para que reciba refugio de otros cristianos.  Por supuesto le distingue también como blanco de persecución, pero dijo un hombre que no querría negar a Cristo.  Además podría ser mártir con la vida eterna como premio.  También el tatú de la cruz le recuerda al cristiano del mandato de Jesús a proclamar su resurrección.  Eso es, le insistirá que no debe dejar al desconsolado en su depresión o al indigente en su miseria.


Hoy celebramos la Ascensión del Señor.  Es ocasión para reflexionar cómo la partida de Jesús ha resultado en el envío del Espíritu Santo.  Pero no querremos quedarnos en la reflexión por demasiado tiempo.  Pues la pregunta de los hombres vestidos en blanco a los apóstoles se aplica a nosotros también: “’¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?’” Tenemos tarea.  Hemos de proclamar su resurrección tanto por obras como por palabras.  Hemos de proclamar su resurrección.