E domingo, 18 de noviembre de 2018

EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO

(Daniel 12:1-3; Hebreos 18:11-14.18; Marcos 13:24-32)


Siguen viniendo.  Siete mil personas – hombres, mujeres, y niños – están en marcha.  Por la mayor parte son hondureños.  Pero hay guatemaltecos, y probablemente salvadoreños y mexicanos también.  Están atravesando México a la frontera con el EEUU.  Allá van a declararse como refugiados.  ¿Quién puede negar que han experimentado amenazas y quizás asesinos en sus pueblos? Son personas perseguidas aunque no es cierto que puedan convencer a los jueces americanos de sus casos.  De todos modos son como las gentes en las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura el “tiempo de angustia” refiere a la persecución de los judíos en el segundo siglo antes de Cristo.  Entonces los griegos regían a Israel.  Trataron a convertir a los judíos al paganismo por fuerza.  Aunque no se sabe quién la escribió, se presume que los dirigidos de la Carta a los Hebreos eran cristianos judíos.  A lo mejor no estaban perseguidos por una fuerza exterior sino por las dificultades de vivir la fe en el mundo.  No obstante, el autor identifica estas pruebas como hombres cuando dice que Cristo está aguardando “a que sus enemigos sean puestos bajo sus pies”. 

El evangelio narra la predicción de Jesús sobre la persecución de sus discípulos en el tiempo venidero.  Cuando dice que será “gran tribulación”, los cristianos del primer siglo tendrán en cuenta varios crímenes del imperio romano.  Cuando el emperador acusó falsamente a los cristianos de poner fuego a Roma, creó una reacción atroz entre la gente.  San Pedro y San Pablo entre muchos otros cristianos fueron martirizados.  También, las turbas ahuyentaron a muchas cristianos de la ciudad. 

Las persecuciones contra la Iglesia no han cesado hasta el día hoy.  Hace unos años el Estado Islámico publicó en el Internet un video de la ejecución de trientes cristianos.  Ahora los radicales en Pakistán están insistiendo que una cristiana sea ejecutada por supuestamente blasfemando al profeta Mohamed aunque la Corte Suprema allá le ha declarado inocente.  Sí es la verdad que la mayoría de los cristianos en el mundo no tienen que preocuparse de la pérdida de vida.  Sin embargo, a menudo enfrentan la persecución de modos más sutiles.

Por ejemplo, algunos diputados no pueden votar con su consciencia sobre el aborto por miedo de perder el apoyo de su partido político.  También, muchos jóvenes entran en guerra contra sus conciencias por miedo de perder una experiencia considerada buena.  Los medios masivos les hacen sentir como desvalidos si no tienen relaciones antes de casarse o si no prueban drogas.  Aun los trabajadores están perseguidos.  Puede ser por un jefe que siempre les corrige aun cuando hacemos todo bien.  Puede ser por las palabrotas de compañeros que les quitan la paz.  Puede ser por el pago insuficiente para cubrir las necesidades de la casa.  No saben qué hacer cuando no se oyen sus quejas y no es factible buscar otro empleo.

En el evangelio el Señor Jesús promete a sus discípulos que vendrá cuando la situación parezca no aguantable.  Rescatará a su pueblo de la persecución y terminará sus dolores.  Tan cierto como la higuera echa hojas en el verano, Jesús premiará a sus fieles con la salvación.

Hasta entonces es de nosotros a seguir luchando.  Pero no deberíamos pensar que estemos en la guerra solos.  Pues tenemos el apoyo de Jesús mismo.  Él forma a otros fieles mujeres y hombres para aliviarnos.  Él despacha al Espíritu Santo para iluminarnos a discernir entre lo bueno y lo malo.  Sobre todo él nos viene en el sacramento que ya estamos para recibir.  Su Cuerpo nos dará sustancia para resistir las tentaciones.  Su Sangre nos levantará el ánimo para mantener el gozo a pesar de las dificultades.  En el Día de Acción de Gracias qué no olvidemos a agradecer a Dios por el acompañamiento de Jesús.

El domingo, 11 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMA SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO 
(I Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)


Hoy en día cada persona quiere ser reconocida como individuo.  Todo hombre y mujer quiere que los demás le identifiquen por su tatú, por su corte de pelo, por su modo no apropiado de hablar, o por otra cosa particular.  Por la mayor parte, no quiere participar en grupos más organizados que los fanáticos de su equipo de fútbol.  No quiere ser miembro de los Caballeros de Colón, de las Guadalupanas, o aun del sindicato.  Ciertamente la persona contemporánea está ocupada.  Y eso es parte del problema.  Porque quiere vivir con todas las conveniencias de los ricos, trabaja demasiado.  Se olvida de que la riqueza más satisfaciente es la red de relaciones, particularmente su relación con el Señor.

Se puede tener una vislumbre de este tipo de comportamiento en el evangelio.  Los escribas andan buscando la admiración de todos.  Llevan ropajes grandiosos y toman los puestos más altos para que otras personas los vean como importantes.  Viven ni para Dios ni para otras personas sino para sí mismos. 

En contraste hay la viuda.  Es pobre y humilde.  No tiene nada más en toda su posesión que dos moneditas.  Se supondría que las gaste por su propio bien – tal vez para comprar un dulce o colorete para sus mejillas.  Pero  ella no piensa como la mayoría de la gente.  Echa las dos moneditas en la alcancía del Templo para glorificar a Dios.  Cuando regrese a la casita donde vive, ella tendrá que relacionarse con otras personas para sobrevivir.  Tal vez pida un pedazo de pan de un vecino y algún queso del otro.  Quizás piense que puede lavar ropa para que tenga algo para dar al Templo en la próxima semana.

No cabe duda a lo cual Jesús favorece.  No sólo pronuncia un elogio por la viuda sino también la imitará.  Dentro de poco Jesús va a estar echando en la cruz “’todo lo que tenía para vivir’”.  En esta acción aún más que en su encarnación Jesús estará uniéndose con la humanidad.  La segunda lectura de la Carta a los Hebreos explica que Jesús lo hará “para quitar los pecados de todos”.  Es su solidaridad con la gente en la muerte, que no mereció, que nos permite vivir con la esperanza.  Por acercarse a nosotros en todo, incluyendo la muerte, nos creó un destino de la gloria. 

El sacrificio de Jesús es como aquel de una mujer embarazada que contrajo el cáncer del útero hace varios años.  Para curar el cáncer la mujer pudiera haber tenido el útero quitado.  Pero tal sugería habría significado la pérdida de su bebé.  Para asegurar la vida de su hijo, la mujer esperaba hasta que naciera él.  Desgraciadamente por entonces el cáncer había desarrollado tanto que quitó su vida.  Pero su hijo sobrevivió la ordalía hasta, presumo, el día hoy. 

De alguna manera tenemos que seguir a Jesús.  Como él se identificó con nosotros por su muerte, tenemos que identificarnos con él por el cuidado de los demás.  El problema no es que no haya organizaciones e individuos pidiendo ayuda.  Estos sobran.  La dificultad se encuentra en nuestro corazón.  La mayoría de nosotros  están contentos de sentarse delante del televisor toda la noche.  La mayoría de nosotros preferían ser conocidos como importantes que serviciales.  A la mayoría de nosotros les gustan las “me gustas” de “amigos” en Facebook que las “gracias” de personas que hemos ayudado.

Sería bueno mantener en cuenta la primera lectura.  Cuando la viuda da al profeta el pancillo que pidió, recibe la promesa de no faltar los alimentos hasta que el Señor mandé la lluvia.  La promesa a nosotros por seguir a Jesús es aún más impresionante.  Nos promete la vida eterna.  Dios nunca abandonará a aquel que lo sirva.  Más bien lo recompensará con la vida eterna.