El domingo, 4 de octubre de 2020

 El VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

No todos, pero muchos hombres sueñan de tener un terreno donde pueden hacer un huerto.  Plantarían frutales. Sembrarían verduras. Tendrían corral para un caballo u otro tipo de animal.  No sería grande el terreno, pero les rendiría no solo frutas sino también la paz.  Este sueño es la base de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.

El propietario presta su viña a algunos trabajadores.  La tierra es fértil y bien preparada.  Con esfuerzo puede producir mucho fruto.  Se puede entender la viña como la posibilidad de la buena vida que se proporciona a cada uno de nosotros.  Tenemos no solo cuerpos para trabajar físicamente.  Aún más importante, tenemos almas para ver, juzgar y realizar nuestras ideas.  Estas capacidades cualifican a los humanos como cocreadores con Dios, aunque mucho más inferiores.

Sin embargo, no somos libres para hacer cualquiera cosa que nos dé la gana.  Siempre tenemos que hacer la justicia.  Eso es, no debemos defraudar a nadie ni mentir.  También, porque todos somos vinculados, tenemos que cuidar al uno y al otro, particularmente a los débiles.  En primer lugar, somos responsables por los nuestros – eso es, por nuestros hijos y nuestros padres mayores.  Pero nuestra responsabilidad se extiende también a los pobres, a los infantes, incluso a los no nacidos, y a los ancianos.  La justicia abarca también el agradecimiento a Dios.  Donde la parábola dice que el propietario envía “a sus criados para pedir su parte de los frutos”, tiene en cuenta todos estos actos de la justicia.

Desgraciadamente los trabajadores de la viña maltratan a los criados.  Eso es, los judíos de la época de los reyes de Israel abusaron a los profetas.  La parábola sigue a predecir lo que los sumo sacerdotes y líderes del pueblo judío harán a Jesús: le echarán mano, lo sacarán fuera de la ciudad y lo matarán en la cruz.  Por eso, el propietario toma la viña a los trabajadores para dársela a los otros.  Esto es lenguaje parabólico.  Significa que Dios tomará la promesa del Reino a los judíos para darla a los discípulos de Jesucristo.

Se puede decir que, aunque la promesa del Reino se ha pasado a los cristianos, no es seguro que todo cristiano la heredará.  Es posible que algunos pierdan su herencia por la misma falta de justicia.  Hay una pareja que trabaja siete días por semana para ganar la vida.  Tienen cuatro hijos todavía jóvenes. Aunque estos padres pueden proveer a sus hijos con teléfonos y carros, tienen que darles más.  Tienen que proporcionarles su atención y su cariño.  También deben honrar a Dios el domingo como se nos manda.  Si no cumplen estas responsabilidades, son ni buenos padres ni hijos de Dios dignos.

Ahora festejamos a San Francisco de Asís.  Era persona que siempre tenía en cuenta a los pequeños, sean los pobres o las responsabilidades cotidianas.  El introdujo el pesebre de Navidad para ayudar a los pobres contemplar la encarnación de Dios como hombre.  También, tenía siempre en su corazón alabanzas a Dios por la creación.  Imitamos su espíritu cada vez que cuidamos a los débiles. De igual importancia, nos probamos herederos del Reino cuando demos a Dios las gracias.  Qué estas cosas sean los frutos de nuestras almas – cuidar a los débiles y dar gracias a Dios.

El domingo, 27 de septiembre de 2020

 EL VIGESIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Una vez un querido teólogo describió una falta que tenía.  El hombre estaba dando una charla en una conferencia de académicos.  Por una gran parte hablaba de un colega que era el teólogo más conocido en este país en su tiempo.  Dijo el charlista que su colega hizo todo con la perfección.  Entretanto – siguió -- a él no le importaba la perfección.  Bromó que él sólo quería hacer cosas “un poco mejor” que los demás. 

Por lo menos este hombre quería que sus hechos fueran verdaderamente superiores a aquellos de otras personas.  La mayoría de nosotros quieren sólo que nuestros hechos sean vistos como mejores.  No nos importa mucho si en verdad son superiores.  Somos personas presunciosas; eso es, personas vanas.  No hemos tomado a pecho las palabras de San Pablo en la segunda lectura hoy.  Dice: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción…”  Al contrario, el santo apóstol quiere que seamos humildes como Cristo.

La persona humilde reconoce tanto sus limitaciones como sus posibilidades. No pretende ser médico si tiene dificultades en la escuela. También el humilde no ambiciona ser reconocido como el más grande de todos, sino procura hacer lo que pueda para el bien de los demás.  Sabe que todo el mundo tiene sus propios talentos y que solo Dios merece ser adorado. Hay un sacerdote que nunca ha querido ser párroco principal. A lo mejor no tiene mucha capacidad con la administración.  No obstante, como cura dedicado al servicio, el sobresale.  Siempre está dispuesto a visitar a los enfermos y escuchar las confesiones. 

La persona humilde tampoco se jacta sobre lo que ha hecho.  Él o ella sabe que no es responsable por todo lo bueno que ha hecho.  Más bien, se ha formado por la crianza de sus padres, por la diligencia de sus maestros, por el ejemplo de sus compañeros, y, sobre todo, por la gracia del Espíritu Santo.

Como siempre, Jesús es el mejor ejemplo de la humildad.  Él podía haber existido en la harmonía con su Padre y el Espíritu Santo para la eternidad.  Pero se humilló a sí mismo tomando la carne humana para que nos salvara.  Por hacerse como nosotros, Jesús nos ha enseñado como vivir en este mundo de pecado.  No sólo esto, sino también murió en la cruz para vencer el poder del maligno sobre nosotros.

En el evangelio Jesús propone una parábola con dos hijos.  Seguramente en la narrativa de Mateo la parábola demuestra a los líderes judíos que no son tan grandes como piensen.  Sin embargo, se puede entender el significado de la parábola en otra manera.  El primer hijo es él a quien le falta la humildad.  Habla sólo para complacer a los demás, aun si tiene que mentir.  Entretanto, el segundo hijo es el que habla sólo la verdad.  No trata de engrandecerse en los ojos de su padre.  En el fin, él se humilla arrepintiéndose por haber rehusado a cumplir el mandato de su padre.

Hace poco murió la Señora Katherine Johnson.  Era matemática que trabajó mucho tiempo con la agencia de espacio externo de EE. UU.  También era negra, una característica que junto con ser mujer la hizo bastante diferente que la gran mayoría de sus colegas.  Cuando era chica, la Señora Johnson recibió de su padre un consejo sobre la humildad.  No coincide perfectamente con el consejo de San Pablo, pero va en el mismo rumbo.  Le dijo su padre: “Eres tan buena como cualquier otro…pero no eres mejor”. Estaremos bien si nos vemos a nosotros así: tan buenos como cualquier otra persona, pero no mejores.


El domingo, 20 de septiembre de 2020

 EL VIGESIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

“Pago igual para trabajo igual”. Esto es principio tan sólido en el mundo laboral como el quinto mandamiento en la fe judío-cristiana.  Sin embargo, acabamos de escuchar a Jesús contando una historia en la cual el propietario no lo da.  De hecho, paga a unos trabajadores al menos diez veces más que otros por el trabajo rendido.  Nos preguntamos: “¿Dónde está la justicia en esto?” Pero tenemos que darnos cuenta de que Jesús no está comentando sobre la justicia laboral.  Para encontrar lo que Jesús quiere decir en la parábola hay que examinar su contexto en el Evangelio según San Mateo.

Jesús estaba en el camino a Jerusalén cuando un joven rico se le acercó. Quería saber qué tiene que hacer para ganar la vida eterna.  Jesús le dijo que tiene que vender todas sus pertenencias, dar el dinero a los pobres, y seguir a él.  Ni el dinero del rico ni cualquier hecho que pudiera cumplir por sí mismo le ganaría el Reino de Dios.  Cuando los discípulos de Jesús escucharon esto, quedaron estupefactos.  Para ellos los ricos tienen acceso al cielo porque tienen recursos para sacrificios por sus pecados.  Es posible que nosotros también quedemos sorprendidos por este juicio de Jesús.  Nos gusta pensar que las obras buenas que hacemos nos ganarán un rinconcito en el cielo.  Para instruir a personas como nosotros en los modos de Dios, Jesús cuenta la parábola de los trabajadores en la viña.

La historia comienza en la madrugada con el propietario empleando a varios hombres. Llegan a un acuerdo: pagará a cada uno un denario por un día de trabajo.  Esta cantidad es más o menos suficiente para apoyar al trabajador y su familia por un día.  A diferentes horas hasta la tarde el propietario sale de nuevo para emplear a más trabajadores.  No les habla de pagos.  Al final del día, el propietario paga a todos los trabajadores el mismo denario como se acordó a pagar a aquellos en la madrugada.  Naturalmente, los obreros que han trabajado todo el día sienten engañados.

 Con la parábola Jesús no quiere impartir una lección sobre la economía laboral sino explicarnos los modos de Dios. Por supuesto, el propietario de la parábola representa a Dios. Como dice la primera lectura, sus modos no son como nuestros. En primer lugar, Dios no quiere ver a ninguna familia vaya con hambre. Más bien, quiere que todas tengan la suficiencia de recursos para vivir con dignidad.  Por eso, el propietario paga a todos igualmente. Pero hay significado más profundo aquí.  Jesús está diciendo a personas como nosotros que la entrada del Reino no depende de la cantidad de trabajo que hacemos.  No, es una selección libre de parte de Dios para sus hijos e hijas.  Ciertamente tenemos que responder a la oferta de Dios con obras buenas.  Notamos cómo nadie recibe el pago sin trabajar al menos una hora.  Pero el Reino de Dios es primera y últimamente un don de Dios para Sus hijos e hijas que lo aceptan en la fe.

Se puede decir que la mayoría de nosotros aquí presentes hemos estado trabajando en la viña por un tiempo largo.  Nos hemos esforzado para asistir en la misa todo domingo.  Hemos disciplinado nuestros deseos para comida, bebida, y sexo.  Tratamos de decir siempre la verdad.  Por eso, es posible que algunos sientan envidiosos de aquellas personas que se integran en la fe después de arrepentirse de una vida de puro placer.  Pero este tipo de pensar es tonto como la segunda lectura atestigua. 

Pocos hombres han trabajado por la fe más duro que San Pablo.  No obstante, en la lectura él nos dice que está dispuesto a seguir trabajando si es la voluntad del Señor.  Sabe que trabajando por el Señor tiene sus propios premios.  Cuando lo hacemos, estamos entre personas confiables.  Aprendimos cómo Dios ama a todos aún nosotros a pesar de nuestros pecados. Sobre todo, tenemos una relación de fe con el Señor que nos sostiene en tiempos buenos y tiempos malos.

A veces vemos letreros diciendo que una tal compañía o un tal bufete de abogados es de “fulano e hijos”.   Jesús en esta parábola nos cuenta que los modos de Dios son así.  La vida eterna es de “Dios y sus hijos”.  Dios nos ha seleccionado a nosotros para ser sus hijos e hijas de Dios con un rinconcito en el cielo como herencia.  Qué le respondamos con obras buenas.


El domingo, 13 de septiembre de 2020

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

 (Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

“No hay paz sin justicia.  No hay justicia sin perdón”, proclamó el papa San Juan Pablo II.  Sabemos porque la justicia es necesaria para la paz.  Sin la justicia, los oprimidos no van a desistir clamando sus derechos.  Pero ¿por qué es necesario el perdón?  La respuesta es un poco difícil pero no imposible de comprender.  El tiempo sigue adelante.  No se puede volver al pasado para corregir todas las injusticias de modo que la vida regresara al tiempo antes de que se cometieron las ofensas.  Por eso, las gentes tienen que perdonar al uno al otro para recrear la paz.  Sin el perdón van a ser condenadas a lastimar a uno al otro para siempre.  No es sorpresa entonces que Jesús hace hincapié en el perdón a través del evangelio.

Un hombre describe cómo tuvo un momento de verdad durante la misa dominical.   Dice que mientras rezaba el Padre Nuestro, se dio cuenta de que no perdona a aquellos que lo ofenden.  En el pasado siempre racionalizaba su falta de perdonar.  Decía que, por mantener el resentimiento, él se hizo más competitivo y, por ende, más exitoso.  Ya sabe que también se colocó fuera del perdón de Dios por su propia admisión.  Por eso, reza ahora: “Señor, hazme misericordioso, no mañana sino hoy”.

En el evangelio Jesús responde al interrogante de Pedro sobre el perdón de modo figurativo.  No quiere decir que se tiene que perdonar sólo setenta veces siete (eso es, cuatrocientos noventa) veces.  Más bien, por poner tan grande número hecho con los siete significa que un cristiano tiene que perdonar siempre.  Quizás esta respuesta nos desconcierte.  Podemos imaginar al duro criminal burlándose de Jesús: “A mí me gusta robar. Al Señor le gusta perdonar.  ¿No es esto un mundo perfecto?”  Sin embargo, el perdón es más que un acto compasivo de parte del ofendido.  Para realizar el perdón el ofensor tiene que arrepentirse. 

El arrepentimiento consiste en tres cosas.  En primer lugar, el ofensor tiene que ser contrito.  Si no se siente mal por haber ofendido, no es posible que sea perdonado.  Segundo, tiene que resolverse de no ofender más.  Tal vez nos encontramos siempre cometiendo el mismo pecado, sea ver la pornografía o hablar injustamente de otras personas.  Cuando confesamos estos pecados, ¿estamos perdonados, aunque es muy posible que vayamos a estar confesando las mismas cosas la próxima vez que confesemos?  Creo que sí, estamos perdonados siempre y cuando tenemos la intención sincera de hacer nuestro mejor esfuerzo para evitar el dicho pecado.  Debemos seguir confesando y pidiendo la ayuda del Señor.  En tiempo va a desvanecerse. Finalmente, tenemos que hacer remedio para nuestro pecado en cuanto posible.  Tal vez no podemos restaurar la reputación de la persona a quien hemos difamado.  Pero al menos podemos proclamar sus virtudes en público.

Queremos preguntar: “Si es necesario la contrición para ser perdonado, ¿cómo puede Jesús en la cruz perdonar a sus verdugos?”  Pero Jesús no perdona a sus verdugos.  Más bien, reza que su Padre los perdone.  A lo mejor implica su oración que sus verdugos se arrepientan.  Del mismo modo el mandamiento de amar al enemigo nos impulsa a rezar por aquellos que nos ofenden.  Queremos que ellos se reconozcan sus pecados y se arrepientan de ellos.

Una poeta escribió: “Errar es humano; perdonar divino”.  La prueba es la cruz.  Jesús murió en la cruz para ganar el perdón de nuestros pecados.  Pero no sólo eso.  Muriendo en la cruz Jesús también nos hizo hijos de Dios, eso es, en un sentido, divinos.  Ahora nosotros podemos no sólo pedir perdón sino también perdonar.  ¡Qué no seamos renuentes para hacer las dos cosas!


El domingo, 6 de septiembre de 2020


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

En el Sermón del Monte Jesús describe a sus discípulos con varios nombres.  Entre otros, los llaman “una ciudad edificada sobre un cierro”.  En otras palabras, son alumbramiento para ser visto por el mundo para que la gloria se dé a Dios.  En el evangelio hoy Jesús les enseña cómo hacerse un pueblo tan fulgurante.

Se conoce este discurso de Jesús como “el discurso sobre la iglesia”.  Jesús está instruyendo a sus discípulos cómo establecer la comunidad de fe.  No habla nada acerca de obispos y presbíteros, ni acerca de templos y conventos.  Su preocupación es el comportamiento: ¿cómo vive el cristiano?  Comenzó el discurso con una instrucción que sus discípulos sean humildes como un niño entre mayores.  Sigue con el pasaje que hemos escuchado hoy acerca de la corrección fraternal. Concluye el discurso con una exhortación que perdonen a uno a otro.  Desgraciadamente hoy en día no ponemos mucho énfasis en estos temas.

 No hacemos hincapié en estas instrucciones porque nos costaría mucho.  ¿Quién quiere ser humilde cuando los vecinos se jactan siempre de sus logros o sus adquisiciones?  Es más difícil aún decirle a otra persona que él o ella ha cometido pecado.  A lo mejor en lugar de convencer al otro de la necesidad de arrepentirse, la persona nos rechazará rotundamente.  Sin embargo, cuando lo hacemos con el amor, no hay necesidad de preocuparnos.  Hay un dicho: “Amigos no dejan a sus amigos conduzcan borrachos”.   No, aunque nos golpean cuando les tomemos las llaves del coche, no deberíamos dejarlos arriesgarse sus propias vidas y las vidas de otras personas.  Si no queríamos que se arriesguen sus vidas, ni deberíamos querer que se arriesguen sus almas.

 Jesús comienza su instrucción con las palabras “’Si tu hermano …” Tenemos que acercarse al pecador con el amor que tenemos para un hermano de familia.  No deberíamos actuar de rencor o de desprecio sino siempre con la caridad.  Jesús recomienda que le vamos solos la primera vez.  No quiere que humillemos al pecador.  Más bien quiere que le ayudemos reconocer su error y renunciarlo. Sólo si él rechaza a todos – a nosotros solos, a unas personas justas, y la comunidad entera – deberíamos quebrar relaciones cercanas.  No querríamos asociarnos con el pecador porque tenemos la misión de reflejar la rectitud como "una ciudad edificada sobre un cierro”.

 ¿Con qué tipo de pecado podríamos confrontar a una persona?  Hay una historia de una muchacha que jugaba tenis. Tenía bastante talento, pero le gustaba engañar cuando jugaba.  Si la pelota pegó la raya, lo llamó “afuera” cuando se debería haber jugado.  Alguien tenía que confrontar a esta muchacha con su pecado.  Ciertamente cuando percatemos a un hermano mintiendo o robando, deberíamos contarlo de su falta.

 En la segunda lectura San Pablo nos recuerda de la importancia del amor.  Todos sabemos esto, pero a veces olvidamos que el amor no siempre consiste en dar al otro cumplidos y consuelos.  A veces el amor nos impulsa decirle sus faltas y errores.  Como un médico cuyo paciente tiene cáncer tiene que contarle que su condición es seria, nosotros tenemos que advertir al pecador de la necesidad de arrepentirse.  Pero actuamos siempre con la sensibilidad. 

Un profesor de un colegio jesuita una vez escribió de un estudiante que le dijo que lo había odiado.  Dijo el muchacho que iba a cometer un pecado de lujuria con su novia cuando recordó las instrucciones del profesor.  Dijo a su clase que no se involucraran en ese pecado.  Por supuesto, el muchacho no odió al profesor sino lo estimaba.  Es así cuando hacemos correcciones fraternales con el amor en nuestro corazón.  Al final no estamos odiados sino estimados.

El domingo, 30 de agosto de 2020


EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)


El padre Santiago Martín es periodista español. Toda semana hace un video comentando sobre sucesos en la Iglesia católica.  Siempre muestra gran afecto para la comunidad de fe y perspicacia profunda en el mundo hoy.

Recientemente el padre Martín comentó sobre el reporte que la mayoría de los jóvenes se sienten desequilibrados en este tiempo de pandemia.  Es tan fuerte este sentido que una cuarta parte de los jóvenes de dieciocho a veinte y cuatro años en los Estados Unidos han pensado seriamente en el suicidio.  Según el padre la desesperanza que tienen los jóvenes es causada, al menos en parte, por los mayores de hoy.  Los adultos glorifican la juventud tanto que los jóvenes no quieran hacerse mayores.  Los adultos no sólo se visten como los jóvenes llevando pantalones de vaquero y camisetas en público sino también imitan sus valores.  No es raro escuchar de una persona mayor cohabitando con su novia o novio.  Ni es inaudito que adultos echen sus responsabilidades de la familia para vivir como jóvenes no casados.  El padre Martín cree que los jóvenes no quieren ser adultos porque los adultos sólo quieren volverse a jóvenes.  Entonces, la única cosa que ven en el futuro es la frustración que resulta por hacerse mayores.  No hay que decir que padre Martín se acuerde con la segunda lectura.

En ella San Pablo exhorta a la comunidad cristiana en Roma: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo”.  Tiene en mente especialmente el sexo promiscuo que ha sido un tropiezo para los hombres en todas épocas. En el principio de la carta Pablo enumera los pecados del mundo.  Además del sexo libertino hay “injusticia, perversidad, codicia, maldad”. Se puede ver las mismas tendencias descarriadas en nuestra sociedad.  Según los criterios de nuestro mundo, el sexo es lo que le hace la persona feliz.  Para tener éxito en la vida, hay que acumular una fortuna y gastarla como le dé la gana.  Del mundo de los deportes viene el criterio de ganar como la cosa más importante en la vida.

Pero no es que todos acepten estos criterios.  En el periódico hace poco apareció la historia de un anciano de noventa y tres años.  Este hombre se mudó en un asilo de ancianos, aunque tiene buena salud.  Quería ayudar a su esposa de setenta años internada en el asilo porque tiene Alzheimer.  Con la pandemia él no había podido visitarla.  Entonces ella dejó de comer que impulsó la decisión de él que, en lugar de dejarla morir, él residiría en el asilo.  Ahora tres veces por día el hombre le da de comer a su esposa.  Ella le ha respondido, no con palabras sino con la voluntad de seguir viviendo.  

San Pablo continua su exhortación a los romanos por decirles: “… dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente”. Esto es lo que hizo el anciano y es lo que tenemos que hacer nosotros.  Cuando Jesús nos dice en el evangelio hoy que renunciemos a nosotros mismos, que tomemos nuestra cruz y que lo sigamos, no está pidiendo que vayamos a la África como misioneros. No, parecidos al anciano cumpliendo su voto matrimonial por cuidar a su esposa, Jesús quiere que seamos fieles a nuestros compromisos cristianos.  Quiere que seamos justos en nuestros asuntos con los demás y particularmente cuidadosos de nuestras familias. 

El evangelio termina con Jesús haciendo un compromiso.  Dice que al final del mundo vendrá para recompensar a sus discípulos según sus méritos.  Esto es el mensaje que queremos a pasar a los jóvenes de hoy en día.  Lo mejor no es lo que estén viviendo ahora sino la gloria que Jesús nos promete. Es cierto que tomando nuestra cruz como Jesús parece duro.  Pero en realidad no es desagradable porque tenemos a Jesús como compañero.  Además, tenemos un futuro aún más gozoso. Vamos a habitar con él en la gloria.

El domingo, 23 de agosto de 2020

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

La pandemia es cosa única porque el mundo entero lo experimentan.  En veinte años la gente preguntará a todos ya vivos: “¿Cómo pasaste la pandemia de 2020?”  En el evangelio hoy Jesús hace una pregunta que también vale para el mundo entero.  Es preciso que todos sepan exactamente quién es él.

Al principio los discípulos responden que la gente piensa en Jesús como figura profética.  Evidentemente algunos lo veían como Juan Bautista reencarnado o Elías regresado de los cielos.  Mucha gente hoy en día tiene una idea semejante de Jesús.  No dicen que es una persona regresada del cielo, pero lo consideran como profeta que ha defendido los derechos de los pobres.  Lo ven como el doctor Martin Luther King, Jr., o el monseñor Óscar Romero. 

Esperadamente nosotros podemos aceptar a Jesús como alguien con más preeminencia que un profeta.  En el evangelio Simón, hijo de Juan, puede distinguir a Jesús de aún los profetas más significativos.  Él contesta al interrogante de Jesús que él es “’el Mesías, el Hijo de Dios vivo’”.  Por decir “’Mesías’”, tiene en cuenta que Jesús es hijo de David, el rey insigne de Israel.  Y por añadir, “’el Hijo de Dios vivo’” Simón reconoce a Jesús como representante de Dios con poder divino.  En otras palabras, Pedro ve a Jesús como un príncipe administrando una tierra de parte del rey, su padre.

Jesús afirma esta respuesta.  Dice que no es simplemente intuyo brillante o conclusión de investigación.  Más bien, la llama “una revelación” de Dios Padre.  Es decir, que es imposible saber los orígenes de Jesús sin una conexión directa con Dios.   Por esta razón Jesús le proporciona a Simón un título nuevo junto con un nombre nuevo.  De ahora en adelante Simón será el cimiento de la Iglesia.  Se llamará, “Pedro” o piedra, sólida tanto en la autoridad como en nombre.  Ahora vemos a Simón como el primer “papa”; eso es, la cabeza de la comunidad de fe.

En la lectura Jesús dice que se le presentará a Simón Pedro “las llaves del reino”.  Con estas llaves Pedro y sus sucesores pueden pronunciar doctrinas o prácticas como obligando a todos cristianos.  Hace dos años, el papa Francisco declaró doctrina de la Iglesia obligando a todos católicos aceptar la no aceptabilidad de la pena de muerte.  Asimismo, el papa puede prohibir doctrinas y prácticas.  En 1968 el papa San Pablo VI creó gran controversia cuando prohibió el uso de anticonceptivos artificiales. Las palabras dan eco a la primera lectura.  En ella el buen varón Eleacín, mayordomo del palacio del rey de Judea, recibe la llave para abrir y cerrar todas las puertas del palacio.  Con ésta Eleacín tiene la autoridad sobre quien pueda ver al rey para recibir su favor. 


La autoridad del papa ha sido un tropiezo para varios cristianos a través de los siglos.  En el siglo quince los ortodoxos dejaron la Iglesia Católica por esta razón entre otras.  En el siglo dieciséis Martín Lutero se hizo el primero de muchos europeos para renunciar el sometimiento al papa.  Nosotros católicos tenemos que reconocer cómo algunos papas escandalizaron a la gente resultando en las huidas.  En cambio, los ortodoxos y los protestantes tienen que reconocer que la autoridad del papa viene de Jesús mismo.  También, se debe admitir que los papas recientes – Juan Pablo II, Benedicto XVI, y Francisco -- han sido varones justos y santos. ¿Qué más podemos añadir?  Sólo lo que dice San Pablo en la segunda lectura: “¡ … qué impenetrables son (los) designios de Dios e incomprensibles sus caminos!”

El domingo, 16 de agosto de 2020


EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO 

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)


Una mujer cuenta de su experiencia criando a su hija.  La niña nació con el síndrome Wolf-Hirschhorn.  Niños con esta enfermedad tienen cabezas pequeñas y ojos protuberantes.  También experimentan retrasos de desarrollo.  Cuando los médicos le dijeron a la mujer que su bebé era anormal, ella sólo quería que de algún modo se pusiera normal.  En tiempo aprendió rechazar este blanco falso.  Se determinó que haría todo posible para que su hija desarrollara lo mejor que pudiera.  En el evangelio hoy encontramos a una mujer con disposición semejante.  La cananea es determinada a hacer todo posible para ayudar a su niña.

A Jesús la mujer viene gritando: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Aunque no es judía, ella reconoce a Jesús como el Mesías de Israel con poderes divinos.  El amor para su hija le mueve a postrarse ante él.  Entonces le pide a Jesús que le expulse el demonio atormentando a su hija.  Nosotros hoy día pedimos a Cristo algo semejante.  Queremos que Cristo nos acompañe durante la prueba de Covid.  Particularmente, queremos que él proteja a nuestros niños mientras regresan a sus estudios.

Nadie duda que la mayoría de los niños aprenden mejor en la escuela con sus maestras que en la casa con el Internet.  Pero hay diferentes opiniones sobre el riesgo de asistir en clases en persona.  ¿Contraerán los niños y las maestras el virus?  Si lo contraen ¿morirán de ello?  No se sabe con certeza.  Jesús muestra la misma incertidumbre cuando responde a la mujer.  Sabe que su misión es reconstituir las tribus de Israel con personas responsivas al amor de Dios.  En lugar de despedir a la mujer como sugieren sus discípulos, le explica su dilema con una parábola. Le dice que sanando a su hija sería como echando a los perros el pan de los niños. 

La mujer no se da por vencida.  Su fe en Jesús es sobrepasada sólo por su amor para su hija.  Ella responde aprovechándose del dicho de Jesús.  Dice que los perros valen las migajas de sus amos.  En otras palabras, Dios ama a los no judíos junto con los judíos.  La mujer está dando eco al profeta en la primera lectura. Los justos, sean judíos o no judíos, merecen puestos en la casa del Señor.  Como la cananea, nosotros no deberíamos dejar pidiendo al Señor el apoyo en la cuestión de la escuela.  Es preciso que los niños aprendan este año después de haber perdido tres meses en las aulas el año pasado. 

El Señor no va a abandonarnos.  Podemos contar con Él.  Vamos a ver a los niños saliendo de esta crisis bien.  Dios tiene más modos de ayudarlos que se puede imaginar. Nuestro papel es rezar con la insistencia y actuar con la sabiduría. Ciertamente la cananea experimenta la bondad de Jesús.  Escucha a Jesús pronunciar las palabras que ella anhelaba oír: “’Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas’”.

La fe de la mujer se ha probado grande.  Por razón de esta fe, su amor expandirá también.  Acudiendo a Jesús, ella tendrá que aceptar lo que él enseña sobre el amor por los demás.  Su amor para su niña crecerá en preocupación por todos los niños del mundo.  Es donde nos encontramos hoy.  En lugar de pensar sólo en lo que sea lo mejor para mi familia, nos falta considerar el bien común.  En algunos sectores puede ser que lo mejor es conducir las clases virtuales.  En otros puede ser clases en persona o una combinación de los dos medios.  De todos modos, nuestro amor estará transcendiendo el círculo cerrado del yo cuando aceptemos lo que los sabios deciden como lo mejor para todos.

¿Qué es la fe en Jesucristo?  ¿Es la convicción sobre lo que él enseña en los evangelios?  ¿Es la confianza en su poder para salvar?  A lo mejor es estas dos cualidades combinadas.  Sin embargo, podemos describir la fe tanto más eficaz como más sencillamente.  Es la cananea gritando a Jesús: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.

El domingo, 9 de agosto de 2020


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)


Se esperaba que los fieles regresaran a la misa después del confinamiento.  Por supuesto, algunos lo han hecho.  Pero no tantos somo los obispos imaginaban.  La gente no llena ni una cuarta parte de los templos in muchos casos.  Mucho menos crean la necesidad de añadir misas como una vez se esperaba.  Puede ser que la gente se sienta muy temerosa con el virus.  Pero también es posible que a muchos les falte una fe viva en la Eucaristía.  Ahora que no es obligatorio asistir en la misa, no vienen.  De todos modos, en el evangelio hoy Jesús similarmente ve en Pedro una falta de fe.

Con este relato el evangelista Mateo no solo recuerda de un acontecimiento en la vida de Jesús.  También está contando la experiencia de la Iglesia después su muerte.  Que miremos las palabras que usa Mateo para contar su historia.  "La barca" siempre ha sido símbolo de la Iglesia mientras "la noche" es signo primordial del mal.  "Las olas" sacudiendo la barca es una manera de describir la muerte amenazando las vidas cristianas. Sabemos que los cristianos en los primeros tres siglos después de Cristo eran constantemente perseguidos.  Mateo nos retrata su situación con este pasaje.

Jesús viene a socorrer a sus discípulos.  Es instructivo cómo él se identifica a sí mismo.  Dice: “Soy yo” como Dios se identifica a sí cuando va a rescatar al pueblo Israel oprimido en Egipto.  El Evangelio de San Mateo está brindando la fe en Jesús como Dios.

Pedro lo reconoce así.  “'Señor'” – dice – “'mándame ir a ti caminando sobre el agua'”.  Cuando lo llama, Pedro se emprende a caminar sobre las olas.  Entonces se hace temeroso y comienza a hundir.  Tiene la fe, pero no es perfecta.  Jesús lo llama, “’Hombre de poca fe’”.  Es una fe que falta la valentía, que no quiere sufrir, que cree solo cuando no le llama a arriesgarse.

En nuestro tiempo la “poca fe” es distinta.  Muchas personas a pesar de que son bautizados tienen poca creencia en la Eucaristía y otros principios de la fe.  Están distraídos por los bienes que nos rodean.  Tienen la ciencia para extender sus vidas hasta noventa aun cien años.  Tienen casas y carros, pasatiempos y celulares.  Distraídos por todos estos bienes, no piensan mucho en Dios, el Creador, ni en Jesucristo, que nos revela Su voluntad.

Tenemos que preguntar: “¿Quién dio origen a todos los bienes de que nos aprovechamos?”  Otra pregunta indicada es: “¿Qué es la voz muy dentro de nosotros que nos recuerda de otras personas en nuestras comunidades y aún en nuestras familias que no tienen estos bienes?  En la primera lectura Elías encuentra a Dios en “el murmullo de una brisa”.  Nosotros lo encontramos en el murmullo de nuestra conciencia.

Como siempre, Dios nos salva de la precariedad.  Parece que la vida sin Dios lleva al deshacer.  Muchos matrimonios basados en la comodidad no pueden aguantar el estrés de los altibajos de la vida.  Como sociedad, la Unión Soviético se cayó encima mientras soltaba su lema que Dios no existe.  En la segunda lectura San Pablo lamenta el rehúso del pueblo judío a aceptar a Jesús como Señor.  Muchos padres hoy en día se sienten igual para ver a sus hijos alejarse de Dios.

Demasiadas veces vemos la fe como un peso que nos dicen que tenemos que llevar.  Nos hace tan resentidos que queramos echar el peso en la noche.  Pero la verdad es el contrario.  La fe es un don de Dios para hacer la vida más tolerable.  Nos ayuda ver la verdad que no hemos recibido lo que tenemos solo por nuestros esfuerzos.  Nos da razón para compartir con los demás nuestros bienes para que el mundo tenga más justicia.  Nos provee la esperanza de algo más que los bienes pasajeros de esta vida.  En el evangelio la fe capacita a Pedro caminar sobre el agua.  En nuestro mundo la fe nos ayuda navegar las olas y las tormentas de la vida hasta que lleguemos a nuestra casa eterna.

El domingo, 2 de agosto de 2020


DÉCIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)


El presbítero Domingo de Guzmán era joven compañero de Diego, el obispo de Osma en España.  Los dos pasaron muchos años viajando juntos, particularmente en el sur de Francia.  Allá el catarismo, una secta que creía que el diablo creó el orden material, tenía gran seguimiento.  Los dos clérigos esperaban convencer a los cátaros de la bondad de la creación por una predicación alumbrada.  De repente el obispo Diego murió.  Domingo estaba intensamente turbado.  Sentía que tuvo que renovar solo la predicación para salvar a los cátaros de modos de pensar inhumanos.  Domingo recuperó sus fuerzas para lanzar a la Orden de los Predicadores.  El evangelio hoy recuerda una historia semejante.

San Lucas describe a Juan Bautista como pariente de Jesús.  A lo mejor su relación era más significante que esto.  Juan bautizó a Jesús.  Es muy posible que Jesús hubiera seguido a Juan como su discípulo por un rato.  De todos modos, evidentemente Jesús se pone muy triste con las noticias del asesinato de Juan.  Dice el evangelio hoy que cuando se entera del acontecimiento, Jesús se dirige a un lugar “apartado y solitario”.  Tal vez pensaba sobre su vida y la posibilidad de su muerte prematura como la de Juan.  Se ha dicho que tenemos que aceptar nuestra muerte antes de que podamos ser libres de vivir.  Es decir, con el reconocimiento de nuestra muerte, no desgastaremos tiempo en cosas frívolas, sino nos dedicaremos a las cosas que nos importan lo más.  Lo que le importa a Jesús lo más es el reino de Dios, su Padre.

La experiencia de la pandemia debería habernos llevado a la misma percepción.  Incluso si no hemos conocido a nadie que haya muerto a causa del virus, las referencias continuas a la muerte nos han estremecido.  “¿Qué pasaría si fuera a morir yo?” nos preguntamos.  Seguimos con otros interrogantes: “¿He realizado algo que vale?” y “¿Qué querría hacer?”

Ciertamente no queremos pensar en nosotros como haber vivido solamente para nosotros mismos. Nuestros padres y catequistas nos han enseñado a preocuparnos de los demás.  ¿Somos hermanos, amigos, prójimos dignos del nombre cristiano?  Jesús nos muestra cómo ser un cristiano en la lectura hoy.  Cuando la gente le enfrenta con sus necesidades, no demora para compadecerse de ella.  En primer lugar, Jesús cumple con su necesidad más evidente.  Cura a los enfermos.

Entonces Jesús se percata de una necesidad más profunda.  Se parece como el hambre para pan, pero es una necesidad espiritual, no material.  Jesús sabe que les falta el sustento espiritual para llegar al reino de Dios.  Es el conocimiento que Dios los ama como sus hijos e hijas.  En la primera lectura el profeta ofrece este conocimiento a los refugiados judíos en Babilonia.  Dice que Dios está proporcionándoles no solo el pan sino también la libertad para volver a Judea.  Este conocimiento se pone aún más concreto en la segunda lectura.  San Pablo nos asegura que nada – ni siquiera la muerte – vence el amor de Cristo para nosotros.

Recibimos este amor particularmente por medio de la Eucaristía.  Es pan básico (solo harina y agua) transformado en el cuerpo verdadero del Señor.  Tomándolo, nosotros no lo asimilamos en nosotros como hacemos con comida ordinaria.  Al contrario, nos asimila en ello para que vivamos más libres, felices, y preocupados por los demás.  En el evangelio Jesús anticipa la última cena donde nos proporciona la Eucaristía definitivamente.  Él toma el pan, mira al cielo bendiciendo a Dios el Creador, y lo reparte a sus discípulos.  Ellos siguen distribuyéndolo a todo el mundo.

Muchos están temerosos de la muerte causado por el virus Corona-19.   Se preocupan de contraerlo en el trabajo y de sus hijos contrayéndolo en la escuela.  Ciertamente la vigilancia sigue necesaria.  Es solo prudente que mantengamos la distancia indicada de uno a otro y llevemos máscaras como recomiendan nuestros funcionarios de salud.  Pero es aún más indicada la confianza en el amor de Dios para cada uno de nosotros.  Este amor nos permite a libres, felices, y preocupados por los demás. Incluso si morimos este amor no disminuye.  Más bien, se transforma en una acogida entre los santos.   

El domingo, 26 de julio de 2020


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)


Hagia Sophia es nombre de una estructura religiosa magnífica en Estambul, Turquía.  Fue construida como una iglesia dedicada a Cristo en el sexto siglo.  Pero cuando los musulmanes tomaron la ciudad en el siglo quince la convirtieron en una mezquita.  Entonces en el siglo veinte el presidente secularista del país lo hizo un museo.  Probablemente quería pacificar los reclamos para el edificio de las diferentes religiones.  Se ha aparecido en las noticias de nuevo porque el presidente actual acaba de reconvertirla en una mezquita. 

Hagia Sophia significa la “santa sabiduría” en griego.  Entonces, ¿cómo puede ser que una iglesia dedicada a Cristo tiene el nombre “santa sabiduría”?  La respuesta no es complicada. Para los ortodoxos este nombre siempre refiere a Jesucristo.  Los orientales piensan de Jesús como la Santa Sabiduría como nosotros en el Occidente pensamos de él como el Verbo Encarnado. 

En la Primera Carta a los Corintios San Pablo llama a Jesucristo “la sabiduría de Dios” (1,24). Quiere enfatizar que, siguiendo a él, los cristianos pueden llegar a la salvación.  Por eso, la sabiduría de Dios vale más que la filosofía de Platón y Aristóteles, más aún que la Ley de los judíos.  Pero Jesús no habla de la sabiduría en el evangelio sino del Reino de Dios.  Para Jesús el Reino vale más que cualquiera otra cosa.

Jesús dice que encontrar el Reino es como un campesino descubriendo un tesoro en el campo o un comerciante hallando una perla fina.  Es decir, encontrando el Reino cumple los deseos más profundos de ambos los pobres y los ricos.  En el tiempo de Jesús los ricos solían enterrar sus riquezas en el campo para esconderlos de los ladrones.  A veces murieron sin clamando sus tesoros.  Si un campesino labrando el campo encontró el tesoro escondido por casualidad, haría todo posible obtener el campo.  Fue igual con el comerciante que encontró una perla fina en la pesca.  La perla entonces era más valiosa, según algunos, que el oro.  El comerciante haría todo posible para comprar la perla de los pescadores.  Jesús nos dice que como el campesino valora el tesoro escondido y el comerciante valora la perla fina, deberíamos valorar nosotros el reino de Dios.

Como San Pablo nosotros encontramos el reino de Dios precisamente en Jesucristo.  Él es nuestro hermano que hace la vida rica.  Nos enseña como vivir con la nobleza aunque no tenemos más que la comida para el día hoy.  Nos reta cuando pensamos en nosotros como mejores que otras personas porque somos americanos, educados u por otra superficialidad.  Y Jesús nos consuela en los tiempos difíciles con la promesa de la vida eterna a sus fieles.  En la primera lectura Salomón pide la sabiduría para gobernar su reino vasto.  Su oración se asemeja a nuestra para conocer a Jesús mejor.  Con Jesús podemos gobernar a nosotros mismos y a nuestras familias para que nos paremos íntegros en un mundo bien decaído.

¿Qué nos aconsejaría a hacer la Santa Sabiduría en el caso de la Hagia Sophia de Estambul?  Siendo Cristo no nos dirigiría a hacer guerra para clamarla. Más bien, nos recomendaría que expresemos nuestra desilusión con el cambio.  Entonces, nos diría a dialogar con los turcos para que un día se restaure a un lugar para todas las religiones.  No es un tesoro para ser escondido de otras religiones.  Más bien, es como una perla fina para ser apreciada por el mundo entero.


El domingo, 19 de julio de 2020


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)


Hace quince años todo el mundo conoció el nombre, Teresita Schiavo.  Esta mujer estaba famosa por la controversia causada por su condición física.  No podía hablar ni comer, mucho menos caminar. De hecho, no daba ningún signo evidente de consciencia de sí o del ambiente.  Cuando su esposo pidió que le quitaran el tubo de alimentación, el gobierno lo rehusó para que se mantuviera viva.  Pero, se puede describir la condición de Teresita como mala porque somos creados para prosperar usando todas nuestras facultades. 

En el evangelio hoy Jesús trata del tema difícil del mal.  Personas humanas siempre cuestionan: “¿Por qué existe el mal?” En el caso de Teresita Schiavo, “¿Por qué ella tiene que sufrir la pérdida de la mente?”  Usualmente se usa la parábola del trigo y de la cizaña para justificar la presencia de hombres malos. Nos ayuda entender por qué se permiten los malvados vivir entre los buenos.  Sin embargo, la parábola nos proporciona la perspectiva de Jesús hacia otros tipos de maldad.  Con ella tenemos el razonamiento para abolir la pena de muerte, para no excomulgar a los políticos, y para aceptar las precautelas limitando nuestro movimiento durante la pandemia.

En el Sermón del Monte Jesús nos proporciona el principio: “’…no hagan resistencia al hombre malo’”.  Quiere que toleremos la maldad al menos en cuanto no hace daño a los inocentes.  La parábola del trigo y la cizaña ilustra cómo se pone este principio en práctica.  Sembrar la cizaña es obra del maligno.  El amo de la tierra no permite que se arranque la cizaña porque inevitablemente se sacan plantas de trigo junto con ella.  Prefiere esperar hasta la cosecha cuando se puede eliminar la cizaña sin dañar el trigo.  En otras palabras, Jesús quiere que Dios juzgue quien es bueno y quien es malo al final de los tiempos.

¿Qué tiene que ver con Teresita Schaivo esta parábola?  En el final la corte permitió que le quitaran la alimentación y murió.  Es justo decir que, según el principio de Jesús, no deberían haber puesto fin a su vida.  Más bien, deberían haber aguantado lo malo de su condición hasta que muriera naturalmente.  Es semejante con la pena de muerte.  Hoy en día se puede proteger al pueblo de los criminales violentos por encarcelarlos.  No hay necesidad de tomar sus vidas.  Se debería darles la oportunidad de arrepentirse en la prisión.  Asimismo, hay algunos que insisten que sean excomulgados los políticos católicos que siguen votando en favor del aborto y del matrimonio gay.  Pero la mayoría de los obispos piensan que es mejor darles oportunidad de cambiar sus posturas. Un ejemplo más, algunos se oponen al restriñimiento del movimiento durante la pandemia porque viola la libertad.  Sin embargo, pienso que diría Jesús que es mejor aguantar lo malo del confinamiento, al menos por un rato.  Pues, el gobierno tiene la responsabilidad de proteger la mayoría del virus.

Naturalmente nos cuesta vivir con la maldad.  Las familias de las personas que han perdido la mente tienen que hacer grandes sacrificios para atenderlas.  Muchos mayores están sufriendo durante la pandemia por no haber visto a sus nietos por meses.  En tales situaciones no estamos seguros qué hacer.  Tenemos que confiar en el Espíritu Santo.  Como dice San Pablo en la segunda lectura: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”.  Él intercede ante Dios Padre por nuestro bien pidiendo lo que no es evidente a nosotros mismos. 

Una vez un joven se jactaba a Santo Tomás Moro de cómo quitaría todas leyes para agarrar al diablo en sus manos.  El santo le respondió: “Y cuando el diablo se voltee para enfrentarte, ¿qué tendrás para protegerte si has quitado las leyes?”  Es semejante con la parábola del trigo y la cizaña.  Para no perder lo bueno Jesús nos enseña que tenemos que aguantar algo malo por un tiempo.  No tenemos que preocuparnos.  Al final de los tiempos Dios castigará a los malos y premiará a los buenos.

El domingo, 12 de julio de 2020


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)


“Palabras son baratas”, dicen algunos.  No son necesariamente cínicos, sólo personas de la experiencia.  Todos nos hemos encontrado con mentirosos y estafadores que ocupan palabras para engañar.  Pero no es que todos hablen falsamente.  Esperamos palabras de verdad de nuestros médicos y maestros.  Podemos contar con Dios sobre todo para decirnos la verdad.

Dios nos habla primero en la naturaleza.  Podemos leer su amor para nosotros en la grandeza de las montañas y la belleza de las flores.  Observando el propósito de las tendencias naturales, podemos discernir las leyes de Dios.  Más directamente, Dios nos habla a través de la Escritura.  La primera lectura hace hincapié en el poder de la palabra de Dios dicho por los profetas.  Nunca falla de cumplir su fin.  Los judíos estaban sufriendo la humillación en Babilonia cuando Dios dijo “basta”.  Entonces se les permitió a volver a su país para comenzar de nuevo como una nación.

Dios habla su palabra más definitiva con su Hijo, Jesucristo.  Él vino al mundo para revelar el amor del Padre a toda persona humana.  Su revelación no se manifiesta solamente por palabras sino también con acciones.  Sus curas manifiestan la voluntad de Dios que todos vivan en una naturaleza renovada del desorden mencionado en la segunda lectura.  Sin embargo, la acción preeminente del amor fue su pasión y muerte en la cruz.

El evangelio habla de las semillas esparcidas en todas partes.  No hay ninguna parte del campo que no reciba los granos.  La parábola indica cómo que el evangelio llevando la historia del sacrificio del Hijo de Dios por el mundo se dispersa por todas partes.  Todos tipos de gentes lo oyen y lo responden según su propia disposición.  La parábola describe cuatro disposiciones de personas como condiciones de la tierra: la orilla del camino, la tierra poca profunda, la tierra con espinos, y la tierra fértil.  Vale la pena reflexionar sobre cada una de estas condiciones con atención en lo que querría decir hoy en día.

Algunas personas no quieren salir de la calle.  Piensan en la vida como una gran competencia para sacar el más placer posible.  Sus palabras son a menudo falsas y se enfocan en sexo crudo.  No pueden entender el amor gratuito de Dios que quiere incluirnos en su familia.  Como dirá Jesús, estas personas han sido llevadas por el diablo. 

Otro tipo de persona escucha con interés la palabra de Dios.  Se percatan con la promesa de la vida eterna, y se dicen a sí mismos que van a seguir al Señor Jesús.  Desgraciadamente no tienen la consistencia para cumplir el plan.  Son como tierra poca profunda.  Pasan día tras día en frente a la televisión o digitando sus teléfonos.  Dicen “mañana, voy a comenzar”, y el día siguiente repiten la misma cosa.

La gente del tercer grupo también responde favorablemente a la historia de Jesús en el principio.  Quieren seguirlo, pero quieren seguir también cosas que a menudo corren al rumbo contrario. Al nombrar sólo tres hay el poder, el prestigio, y la plata.  No malos en sí mismo, estas atracciones pueden ahogar a la persona de modo que se olvide de los valores más fundamentales como la justicia y el bien común.  Varios candidatos políticos hoy en día parecen caracterizar este planteamiento.  Dicen que son católicos, pero no dejan de apoyar el aborto y el matrimonio gay. 

La “tierra buena” describe la gente que aman a todos los hombres tanto como a Dios.  Son personas que reconocen su pobreza sin Dios y su riqueza con Él.   No les hace caso el gasto de tiempo, energía, y dinero en el servicio a los demás por la gloria de Dios.  Son personas que se acogen a los pobres como sus amigos.  Como Jesús mismo quieren sembrar semillas de paz y amor entre la gente.

En lugar de pensar en nosotros mismos como un tipo de tierra, es mejor considerarnos como un campo.  Nuestro campo tiene todos los cuatro tipos de tierra mencionados en la parábola.  Somos en parte camino, en parte tierra poca profunda, en parte tierra con espinos, y en parte tierra buena.  Nuestra tarea en la vida es labrar el campo para que toda la tierra rinda productos.  Tenemos que cubrir el camino con tierra por evitar lo grosero que estropea el alma.  Tenemos que añadir tierra a la parte de poca profundidad por cumplir las promesas que hacemos a Dios y a los demás.  Y tenemos que arrancar los espinos de cosas frívolas de nuestras vidas. Entonces vamos a estar apoyando a nuestros compañeros, dando gloria a Dios, y conservando la esperanza de la vida eterna para nosotros mismos.

El domingo, 5 de julio de 2020


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

En un drama televisor una maestra es despedida de su empleo en una escuela católica.  Ella ha violado lo política de la escuela por haber procurado la fertilización in vitro.  Eso es, ella y su esposo habían contratado con un laboratorio para producir un embrión usando su ova y esperma. 

La Iglesia ha enseñado que este proceso va en contra de la dignidad humana.  Sin embargo, muchos aplaudan el proceso como dar socorro a las parejas infértiles.  Piensan que la Iglesia católica es injusta con sus muchas reglas.  Según esta gente no es correcto prohibir a los divorciados recibir la Santa Comunión.  Ni es bueno obligar a los fieles asistir en la misa cada domingo y abstenerse de la carne los viernes de la Cuaresma.  Ven a los obispos semejantes a los fariseos en el evangelio siempre echando fardos pesados sobre las espaldas de los pobres.

En el evangelio hoy Jesús ofrece el consuelo a los pobres.  Dice que los aliviará de la carga de los fariseos.  Les pide que asuman su yugo que es suave.  Su yugo es su manera de vivir como un hijo amado de Dios Padre.  Implica atención a sus mandamientos, que son aún más retadores de aquellos de los fariseos.  Podemos pensar en los mandamientos del Sermón del Monte como, por ejemplos, “amen a sus enemigos” y “quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.  Pero la diferencia entre el yugo de Jesús y el fardo de los fariseos es que el yugo de Jesús es basado en una nueva disposición interior.  Sus discípulos son renovados con la conciencia conforme a Dios que les ama muchísimo.  Entretanto, el fardo de los fariseos es una lista extendida de obligaciones impuestas exteriormente.  Con estas muchas exigencias la persona se siente apurada y poco apreciada.

San Pablo nos señala lo que es asumir el yugo de Jesús en la segunda lectura. Dice que la gente de Cristo no vive conforme al desorden egoísta sino conforme al Espíritu.  Vivir conforme al desorden egoísta es querer que toda cosa complazca el yo.  Viviendo conforme al Espíritu apoyamos a uno a otro en la humildad.  Aquellos que viven conforme al desorden debería darse cuenta que cualquiera ventaja que tenga termina con la muerte.  Aquellos que viven conforme al Espíritu no sólo conocen la alegría del Espíritu en la vida cotidiana sino también miran adelante a la vida eterna.

Tenemos que volver a la cuestión de las muchas reglas en la Iglesia católica.  Estas reglas no son trucos burocráticos de los obispos para someter a la gente.  Más bien son leyes prescritas por Dios en la naturaleza y la Revelación.  Vivir en conforme con ellas trae la paz de mente por no ofender a Dios, nuestro  Padre amoroso.  También, ello produce la harmonía de cuadrarse con la naturaleza.  Tal vez una analogía nos servirá bien aquí.  Vivir en conforme con los mandamientos de Dios es acomodarse con el calor del verano por llevar ropa ligera.  Ciertamente esto es preferible que construir un sistema de acondicionadores de aire para que se pueda llevar la ropa elegante del invierno.  Esto es vivir conforme al desorden egoísta.

El papa San Juan Pablo II decía que la primera obligación de cada cristiano es permitir que Dios le ame.  Esto es la disposición de Jesús.  Esto es vivir conforme al Espíritu de alegría y la dignidad humana.  Esto es el yugo suave de Jesús que quiere que tomemos.

El domingo, 28 de junio de 2020


EL TREDÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)


En una película, basada en la vida verdadera, un muchacho está viviendo en la calle.  No puede volver a la casa de su mamá porque ella es drogadicta.  El muchacho tiene habilidad atlética pero parece que ello va a desperdiciarse.  Entonces encuentra una familia que le ofrece hogar, y su vida cambia.  Se inscribe en una escuela privada donde se destaca como jugador de futbol.  En tiempo se hace la estrella de su equipo universitario y recibe contrato para jugar profesionalmente.  En la segunda lectura San Pablo describe una trayectoria semejante para todo cristiano.

Pablo describe el efecto del bautismo en nosotros.  El sacramento nos incorpora en la muerte y la resurrección de Cristo como si fueran una familia nueva.  Nos volvemos de ser pecadores a ser como santos.  Es tener una vida nueva con Jesucristo como nuestro patrón.  Él nos enseña, nos capacita, y nos acompaña a la felicidad eterna. 

La familia de Jesús no reemplaza la familia natural pero la transciende. Por eso, Jesús exige en el evangelio hoy que sus discípulos amen a él más que a sus padres y madres, más que aun a sus hijos.  No es muy difícil pensar en casos en los cuales la persona deja a sus padres en favor de Jesús.  Nos recordamos cómo San Francisco de Asís se desvistió en público para renunciar los modos de su padre, el comerciante de tela.  Pero ¿cómo se muestra el amor para Jesús más que para un hijo o hija?

Puede ser que la hija de ustedes quiere casarse fuera de la iglesia.  Se ha enamorado con un divorciado y vienen a ustedes para pedir su bendición.  También quieren que financien la boda.  Les da gran dolor a ustedes no sólo porque ella va a estar viviendo en pecado sino también porque va a dar mal ejemplo a sus hermanos.  ¿Qué deberían ustedes hacer en este caso?  ¿Deberían ustedes no asistir en la ceremonia?

Ojalá que no digan que no importa si casan por la iglesia o no.  Sólo el matrimonio sacramental recibe el apoyo de la gracia del Espíritu Santo.  Sólo el matrimonio sacramental puede dar testimonio al amor de Cristo para la Iglesia.  Además Jesús ha prohibido el divorcio de modo que si se junta con un divorciado, esté cometiendo adulterio.

Sería una traición del amor a Cristo apoyar el matrimonio.  No deberían pagar por la fiesta ni entregar a la joven a su novio.  ¿Podrían ustedes asistir en la ceremonia?  No, porque sería reconocimiento de un matrimonio que no creen verdaderamente existe.  Tal vez puedan asistir en la fiesta después para saludar a los huéspedes.  Si lo hacen, deberían expresar su desaprobación del asunto.

Sin embargo, no querrían romper su relación con su hija.  Querrían asegurarla de su amor aunque tienen que decir cómo aman a Cristo sobre todo.  También querrían tratar al hombre con respeto.  Sería difícil para la pareja aceptar su decisión, pero ustedes esperan que en tiempo vean la sabiduría de su postura.  Sería su menester también rezar particularmente que ella un día regrese a los sacramentos.

A veces parece tan duro ser cristiano que nos preguntemos si vale la pena.  Por supuesto que sí.  No es sólo porque tenemos la vida eterna como nuestro destino.  También, incorporados en su familia, conocemos el amor de Cristo todos los días de nuestra vida.