El domingo, el 22 de septiembre de 2019


EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Amós 8:4-7; I Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13)

La amnesia es la pérdida de la memoria.  Una vez un hombre atribuyó una causa extraña a la amnesia.  Dijo que dar a otra persona dinero le causa la amnesia.  No es la verdad pero a veces parece así.  El dinero puede causar problemas particularmente cuando hay demasiado de ello o muy poco.  En el evangelio hoy Jesús nos dice a sus discípulos cómo aprovecharse al máximo del dinero.

Jesús no nos recomienda que invirtamos el dinero ni en tierra, oro o acciones y bonos.  Más bien, quiere que dejemos el dinero trabajar por nosotros por invertirlo en los pobres.  Quiere que nos aprovechemos del dinero por proveer a los pobres escuelas, clínicas, y entrenamiento de trabajo.  Según Jesús utilizando la plata para tales cosas nos garantiza un futuro feliz.  Para ilustrar esta enseñanza, Jesús nos cuenta la parábola curiosa del administrador corrupto.

Decimos “parábola curiosa” porque parece aconsejar comportamiento malo.  Para asegurar a sí mismo beneficio en el futuro, el administrador estafa a su amo.  Sin embargo, Jesús está recomiendo no haciendo la maldad sino usando el dinero para obtener alguna cosa de verdad beneficiosa.  Es como el profesor de la religión que citó a un notorio ladrón de banco.  El ladrón una vez respondió a la pregunta, “¿Por qué roba bancos?” Dijo: “Porque allí está el dinero”.  Así, concluyó el profesor, deberíamos buscar la vida eterna que es más valiosa que el dinero.

Queramos preguntar si realmente nuestros aportes pueden ganar la vida eterna.  ¿No es que el Reino de Dios es reservado para aquellos que amen a Dios sobre todo y a sus prójimos como a sí mismos?  Sí es cierto para hacernos herederos de la vida eterna tenemos que amar a todos como nos ha amado Jesús.  Este amor es más que darles a los necesitados limosnas.  Como ha dicho el Papa Francisco este amor es encontrar con el pobre como si él fuera a Jesús.  Es mirarlo en el ojo, tocar su mano, y compartir su dolor.  Es darnos a nosotros mismos al otro como regalo por imitar el sacrificio de Jesús en la cruz.

Dinero y plata son solamente dos palabras para la misma cosa.  En el último versículo del evangelio de hoy algunas traducciones ponen otra palabra anciana para dinero.  En lugar de “’No pueden ustedes servir a Dios y al dinero’”, dicen “’No pueden servir a Dios y al mamón’”.  Sin embargo, podemos hacer que el mamón, el dinero, o la plata sirvan a nosotros.  Cuando usamos nuestro dinero para ayudar a los pobres, no estamos inclinándonos hacia ello.  Más bien, el mamón, el dinero, o la plata están poniéndonos en el camino a la vida eterna.  Sí nos ponen en el camino a la vida.

El domingo, 15 de septiembre de 2019


EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 32:7-11.13-14; Timoteo 1:12-17; Lucas 15:1-10)


Durante la cuaresma  escuchamos la bella parábola del hijo pródigo.  Ahora tratamos las dos parábolas que la preceden.  Las historias de la oveja perdida y de la moneda perdida tienen el mismo tema que la del hijo pródigo.  Forman un testimonio del amor de Dios para cada uno de nosotros.  Retratan a Dios como siempre listo para perdonar nuestros pecados.  De hecho lo describen como buscándonos cuando lo fallamos.

Sí, pecamos aunque nos cuesta admitir el hecho a veces. La dificultad puede ser que no vemos a nosotros mismos como entre los pecadores grandes.  Pero la verdad es que como jóvenes hacemos varios actos indiscretos. Tal vez decepcionemos a una persona querida. O posiblemente nos aprovechemos de una persona ingenua.  Aún como mayores nos encontramos a nosotros mismos blasfemando después de beber mucho. O quizás miremos la pornografía en un momento desesperado.  Es posible también que seamos culpables de pecados tan atroces que los hayamos ocultado de nuestra consciencia.  Tal vez hayamos cometido el adulterio o aun tenido aborto.  De todos modos cada uno de nosotros hemos ofendido a Dios y lastimado a los demás.

Cristo nos ha venido para decirnos: “Está bien”.  No tenemos que preocuparnos de estos pecados.  Dios los perdona una vez que nos los arrepintamos.  Él nos concede un nuevo arranque de la vida de modo que los pecados ya no cuenten contra nosotros.  Es como un equipo de fútbol.  Su record del año pasado no lo retarda en la nueva temporada.  Comienza de nuevo con cero victorias y cero derrotas. 

Algunos quieren preguntar: ¿por qué Dios es tan misericordioso con nosotros?  Las primeras lecturas de la misa hoy nos ofrecen respuestas posibles.  En la primera Moisés sugiere que Dios perdona los pecados del pueblo porque tiene que cumplir sus promesas a Abraham.  Pero no es cierto que Dios tenga que perdonar desde que los Israelitas han abandonado sus obligaciones de la alianza.  En la segunda lectura  Pablo propone otra posibilidad.  Sugiere que Dios  perdona los pecados para utilizar a los perdonados como instrumentos en su plan para salvar al mundo.  Esto es cierto pero deja con la pregunta: ¿por qué Dios quiere salvar al mundo?

Dios es misericordioso con nosotros porque es tan perfecto que no quiera nada por sí mismo.  Sólo quiere compartir su bondad con cada uno de sus creaturas.  Es como la persona tan rica que no tiene ningún interés en hacer más plata.  Sólo desea usar sus millones por el bien de los demás.  Por eso, Dios se alegra con el arrepentimiento de un pecador.  Como el pastor que halla su oveja, la mujer que encuentra su moneda, y el padre que tiene a su hijo regresado, Dios quiere compartir su gozo con todo el mundo.

Algunos quedan ofendidos por las muestras del amor de Dios para los pecadores.  Se preguntan si la celebración de nuestro retorno a Dios va a arruinarnos como grandes muestras de afecto pueden consentir a niños.  Por esta razón los fariseos y escribas murmuran contra Jesús cuando lo ven comiendo con los publicanos.  Pero siempre tenemos que reparar el daño que nuestras ofensas han causado.  Si hemos estafado a alguien, tenemos que recompensarles o al menos tratar de hacerlo. Además hacemos la penitencia para corregir nuestras tendencias pecaminosas.  Si somos culpables de la gula, deberíamos ayunar para controlar nuestros apetitos.  Si hemos mirado la pornografía, deberíamos meditar sobre el significado de la sexta bienaventuranza: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

La palabra misericordia proviene de dos palabras latinas: cor, que quiere decir corazón, y miseria. Dios, que superabunda en la misericordia, comparte el corazón miserable del pecador.  Por eso, ha enviado a Jesús que nos dice: “Está bien”.  Jesús nos corrige de nuestras tendencias pecaminosas.  Sólo tenemos que arrepentirnos de nuestros errores. 


El domingo, 8 de septiembre de 2019


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO, 8 de septiembre de 2019

(Sabiduría 9:13-19; Filemón 9-10.12-17; Lucas 14:25-33)


A todo el mundo le gusta un desfile.  ¿No es la verdad?  Nos gustan la música, la energía, y toda la ilusión que cree.  Podemos contar con desfiles cuando una nación está preparándose para la guerra.  La gente llena las banquetas para ver a los soldados marchando en orden perfecto y las armas pulidas brindando el aire de la invencibilidad.  En el evangelio tenemos la idea que la gente sigue a Jesús como si estuviera formando un gran desfile.  No tienen trompetas y tambores pero llevan la esperanza de inaugurar un régimen nuevo en Israel. Pues Jesús está en marcha a Jerusalén donde va a presentarse como el salvador del pueblo.  Pero no tiene en cuenta la misma forma de la salvación como la muchedumbre.  Por eso, se vuelve a sus discípulos con preguntas perturbadoras.

Jesús sabe que va a encontrar la oposición en la capital.  De hecho, se da cuenta que él tiene que sufrir a las manos de ambos los judíos y los romanos allá  Quiere advertir a sus seguidores de esta tormenta formándose como un huracán al término del camino. Les pregunta si pueden aguantar la pena y el dolor que les aguardan.  Jesús va a ser aprehendido, torturado, y crucificado.  Los discípulos se implicarán en la maldad.  Uno va a traicionarlo; otro lo negará y todos lo van a abandonar.  ¿Pueden ellos aceptar no sólo la ignominia de crucifixión de su líder sino también la vergüenza de su propia cobardía? 

Encontramos preguntas semejantes en el mundo hoy. Cristo nos pide que sacrifiquemos la gratificación continua de los deseos personales por el bien del otro.  ¿Estamos listos a poner a nuestras familias, comunidades, y los pobres antes de la comodidad y placer?  Aún más difícil es el la inquietud creada por el tristísimo escándalo del abuso sexual de niños de parte de los sacerdotes.  ¿Podemos seguir creyendo en la eficacia de los sacramentos que aun sacerdotes malos hacen?

En cuanto a la primera pregunta, sí nos cuesta vivir como Cristo por los demás.  Con tantas imágenes en Facebook glorificando el yo es difícil negar a nosotros mismos cualquier beneficio.  Queremos sobresalir, ser reconocidos, aún más admirados y recompensados.  También nos deja al menos un poco incrédulos la promesa de Jesús: “Los últimos serán los primeros” en el Reino de Dios.  Sin embargo, porque Jesús resucitó de la muerte, seguimos creyendo que la vida eterna es también nuestro destino.

Pero es la segunda pregunta que realmente nos estremece.  ¿Qué valor podrían tener los sacramentos cuando aún los sacerdotes malos los hacen?  En primer lugar hay que reconocer que el valor de los sacramentos no depende de la santidad del ministro sino la obra salvífica de Jesús.  Sí esperamos que los sacerdotes que predican el evangelio cumplan sus mandatos.  Pero al final de cuentas son sólo funcionarios actualizando las acciones de Cristo.  La verdad es que necesitamos la gracia de los sacramentos más ahora que nunca con las tentaciones que nos rodean.  Que dos ejemplos sirvan mostrar este hecho.  Con el suicidio asistido ya permitido en varios países el Sacramento de la Unción nos da la fuerza para enfrentar la enfermedad con la esperanza.  Con muchas parejas fallando a comprometerse a uno y otro, el Matrimonio les ofrece el valor para calmar sus dudas y temores.

La primera lectura hoy nos pregunta: “¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios?” Es la verdad.  No sabemos cómo predecir la ruta de los huracanes y mucho menos de la mente de Dios.  Sin embargo, Dios nos ha ayudado entender su voluntad.  Envió a su propio hijo por lo cual recibimos el destino de la vida eterna.  Es el mismo Jesucristo que nos dejó los sacramentos para realizarla.  Sí Jesús nos dejó los sacramentos para realizar la vida eterna.

El domingo, 1 de septiembre de 2019


EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 3:19-21.30-31; Hebreos 12:18-19.22-24; Lucas 14:1.7-14)

Si nos dirían que una persona comporta como si fuera Dios, no querríamos conocerla.  Pensaríamos que es mandón, impaciente, y arrogante.  La segunda lectura tiene el mismo sentido.  Dice que la experiencia de Dios en el Antiguo Testamento era realmente espantosa.  Era algo devastador como un huracán o un incendio forestal. Sin embargo, el encuentro con Dios en Jesucristo es bastante el contrario.  No nos espanta sino realmente nos agrada.  Pues Jesús, la faz de Dios en la tierra, es hombre de la paz y la bondad.  En el evangelio Jesús nos avisa cómo llegar al domicilio de su Padre donde él reside.

Dice que si queremos conocerlo tenemos que vestirnos de la humildad.  En lugar de ocupar los puestos más adelantados, tenemos que sentarnos al fondo del salón.  Allí encontraremos a la gente sencilla que teme ofender a Dios.  El director jubilado de una fábrica de avión explicó cómo siempre se sentaba con los trabajadores en el comedor.  Dijo que quería saber sus necesidades, esperanzas e ideas para que haya mejor cooperación entre la labor y la administración.  Por eso, se puede decir que los modos de Dios no necesariamente limitan el éxito en el mundo.  Más bien pueden facilitar aún mejor su logro.

Jesús ofrece en el evangelio otro consejo para alcanzar la vida eterna.  Quiere que invitemos a los pobres y discapacitados a nuestras fiestas.  Sin duda, esta idea nos reta.  Invitamos a nuestra casa a gente cuya compañía disfrutamos.  Pero con extraños nos sintamos nerviosos.  ¿Qué diría Jesús de nuestro dilema?  No nos regañaría porque queremos entretener a nuestros amigos, pero nos alentaría a conocer mejor a los necesitados.  Podríamos hacer una “casa abierta” donde los ricos y los pobres pueden mezclarse.  Sería oportunidad para expandir nuestros límites para que nuestro amor pueda imitar a aquel de Dios Padre.  De hecho, si estamos destinados a vivir en su Reino para siempre, tenemos que asumir los hábitos de su pueblo.

Desafortunadamente, muchos han perdido la compunción de conformarse a los modos de Jesucristo.  Actúan como si tuvieran la vida eterna como derecho del nacimiento.  Tal vez piensen en la misericordia de Dios como permiso de mantener odio y desdén.  No, la misericordia de Dios se extiende gratuitamente a los que se arrepientan de sus pecados.  Por la gracia Dios siempre nos llama a Sí mismo.  Sin embargo, tenemos que responder a su llamado con la voluntad para amar a todos y perdonar sus ofensas.

Los teólogos enseñan que el orgullo es peor que la lujuria.  Ciertamente la lujuria tiene consecuencias graves como la fornicación, el aborto, y el nacimiento fuera del matrimonio.  Pero es un pecado que surge del instinto animal.  El orgullo es distinto.  Es ver a sí mismo como si fuera Dios.  Con la lujuria fácilmente se reconoce el pecado y se lo arrepiente.  Con el orgullo muchas veces se quede ciego a la maldad de modo que no se arrepienta. 

Dice la segunda bienaventuranza: “Dichosos los humildes porque ellos heredarán la tierra”.  En otras palabras, dichosos los que ocupan los puestos más al fondo del salón.  También, dichosos los que invitan a sus casas los pobres y discapacitados.  Son dichosos porque no tienen el orgullo que los ciegan a la grandeza de Dios.  Ellos no necesariamente heredarán la tierra bajo sus pies.  Pero si heredarán la tierra nueva, el Reino de Dios.

El domingo, 25 de agosto de 2019


VIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-7.11-13; Lucas 13:22-30)

Una vez un evangélico y un católico estaban platicando.  Dijo el evangélico: “Si yo no supiera que era salvado, no podría levantarme en la mañana”.  Respondió el católico: “Si yo sabía que era salvado, no me levantaría de la cama en la mañana”.  Los dos puntos de vista son válidos.  Y los dos también llevan peligro.  El evangelio hoy nos ayuda entender por qué.

A los evangélicos les gusta decir que son “salvados”.  Quieren decir que tienen la fe en Jesucristo, los medios y el fin de la salvación.  Alcanzaron esta fe por un encuentro con el Señor Jesús.  Ahora viven confiados y entusiasmados acerca de la vida eterna.  Hace poco un mayor cristiano no católico me habló de su misión con su iglesia.  Dijo que va con frecuencia al África para construir casas y templos por la gente allá.  No se jactaba.  Me contó el hecho como si fuera algo tan ordinario como tomar el café en la mañana.  Parece que este hombre reconoce la gracia del Señor a trabajo en él.  Por eso, puede decir: “Soy salvado”. 

Sin embargo, por reclamar la salvación, los evangélicos corren el riesgo de la presunción.  Eso es, pueden presumir de ser salvados cuando no es cierto.  Si no aman a los demás sincera y palpablemente, no son salvados.  Aunque oren constantemente, sin el verdadero amor nada les sirve por la salvación.  Es lo que pasa con el grupo en la parábola del evangelio hoy.  Se encuentran fuera de la casa aunque han “comido y bebido” con el dueño.  Estas palabras indican la participación en la Eucaristía. Sin embargo, no han seguido al Señor de verdad.  Pues el seguimiento de Jesús significa darse al otro en el amor.

Muchos católicos tienen la misma falta.  No hacen nada para probar su amor para los demás.  Sin embargo, la Iglesia hace hincapié en la necesidad de hacer obras de caridad.  Desde la niñez hemos escuchado de tanto las obras corporales como espirituales de la misericordia.  El otro día encontré un grupo de exalumnos de una universidad católica distribuyendo comidas a los necesitados.  Seguramente 95 por ciento de este grupo eran católicos con plena conciencia del dicho de Jesús “cuando tenía hambre, me dieron de comer”.

Creo que nosotros católicos seamos más inclinados al otro tipo de error.  A menudo nos olvidamos de la profundidad del amor de Dios para nosotros.  Cumpliendo las muchas reglas de la Iglesia nos hacemos desilusionados.  Nos preguntamos si vamos a realizar la salvación.  Cuestionamos aun si existe la vida eterna. Entonces nos volvemos nuestra atención de Dios a buscar nuestra propia felicidad. Perdemos la confianza que Dios nos cuidará y además el anhelo para la vida eterna.

Por supuesto tenemos que preguntar si todas las reglas de la Iglesia son necesarias.  ¿Es cierto que tenemos que asistir en la misa todo domingo?  ¿Es realmente malo tener relaciones con su novio antes den casarse? Que no nos olvidemos que la salvación - la vida eterna – es para aquellos que se han conformado con Cristo.  Es una entrega completa del yo para el bien del otro como Jesús en el camino a Jerusalén.  No se logra con buenas intenciones y unos días de sacrificio.  Más bien requiere una vida dedicada a los modos del Señor.  Por eso la segunda lectura nos alienta: “…robustezcan sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes…”

Se ha dicho que aquellos que dicen que el puesto del sol es más bello que el levanto del sol nunca se han levantado en la madrugada para verlo.  Para nosotros cristianos el levanto del sol es siempre nuestro Señor Jesucristo.  Él nos da la confianza de la vida eterna.  Él nos dejó las reglas para alcanzarlo.  Queremos conformarnos a él para realizar sus promesas.  Sobre todo queremos realizar sus promesas.

El domingo, 18 de agosto de 2019


VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 38:4-6.8-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53)

Estamos acostumbrados de pensar en el fuego como devastador.  Cada año las noticias muestran incendios destruyendo casas tanto como bosques.  En estos casos el fuego resulta en ambas la miseria humana y la erosión de la tierra.  Pero el fuego puede llevar beneficios también.  Los guardabosques se aprovechan de quema controlada para limpiar material combustible acumulado.  En el evangelio hoy Jesús dice que ha venido a traer fuego a la tierra.  Tememos que este fuego sea dañino pero puede tener un gran beneficio para nosotros.

Si la imagen de Jesús trayendo el fuego no nos molesta, la idea de él sembrando semillas de división lo hará.  Dice que dividirá familias y comunidades.  Lo hará por volcar los modos de pensar equivocados.  A veces estos modos que necesitan de cambiarse no son patentemente nefastos.  De hecho la mayoría los aceptan como naturales, pero no los consideran así los discípulos de Jesús.  Hay muchas ideas equivocadas pero vamos a enfocarnos sólo en tres. 

Muchos piensan que el éxito en la vida depende de tener una carrera que con gran salario.  Por esta razón la competición de entrar en escuelas de medicina es particularmente fuerte.  No solo ganan los médicos cuatro veces más que los demás trabajadores sino también son muy estimados por el público.   Pero Jesús nos dice algo distinto sobre salarios y fama.  Recuerda a sus discípulos que vale nada ganar el mundo si pierde a si mismo (Lucas 9,25).  Un poema habla de un caballero con tanto encanto, dinero, y buenas miradas que todo el mundo le admiraba.  Sin embargo, tenía un corazón duro.  Termina el poema por decir que este hombre regresó a casa una tarde y puso una bala en su cabeza. Una vida exitosa  no es cuando la persona tiene un salario siempre creciendo sino cuando él crece un buen carácter.  Eso es, cuando la persona no odia a nadie y trata a todos con la justicia.

Otro error que muchos interiorizan hoy es pensar que el sexo es necesario para ser feliz.  Sí el sexo entre los matrimonios tiene muchos beneficios que incluyen el placer y el sentido de la intimidad.  Pero muchos viven felices sin el sexo.  Pueden ser solteros, religiosas, aún los matrimonios que por una razón u otra no tienen relaciones sexuales.  Si la persona busca el sexo principalmente por la satisfacción carnal, más tarde o más temprano estará decepcionada.  Provee el sexo un placer pasajero que siempre anhela más.  La felicidad, en contraste, es producto de hacer sacrificios para alcanzar una meta que vale.  No disipa pronto el sentido de la felicidad. De hecho, porque es compartida con otras personas, queda por mucho tiempo.  Jesús prohíbe la lujuria (Mateo 5,27), el constante deseo para relaciones sexuales.

Hay una tendencia, realmente lamentable, de minimizar el valor de los sacramentos.  Muchos católicos – por ejemplo - opinan ya que la Eucaristía no es verdaderamente el cuerpo de Cristo.  Esta gente no reconoce el poder de los sacramentos para salvarnos.  Piensa que no importan mucho.  Tenemos que admitir que el Espíritu Santo entrega la gracia de la salvación como él vea apropiado.  Sin embargo, Jesús fundó los sacramentos como los medios ordinarios de la salvación.  ¿Qué es la salvación?  Al principio del Evangelio de San Lucas, Simeón sosteniendo al bebé Jesús en sus brazos, reza a Dios. Dice: “’Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: puedes dejar que tu siervo muera en paz, porque ya he visto la salvación…’” La salvación es ser como Jesús: libre de pecado y empeñado a darse en el amor.  En cada sacramento  encontramos a Jesús ayudándonos vivir el propósito del sacramento particular.  En la Eucaristía, por ejemplo, lo encontramos como la comida que nos nutre para vivir como santos. 

En el evangelio hoy Jesús habla también del bautismo que va a sufrir en Jerusalén.  Está refiriendo a su pasión, muerte, y resurrección.  Como dice la segunda lectura, recordando este evento nosotros tenemos la fortaleza para sufrir las pruebas de nuestras propias vidas.  Sí nos cuesta vivir contrario a las ideas de la mayoría.  Sin embargo, estamos en buena compañía cuando lo hacemos.  Allí se encuentran a Jesús mismo y también “la multitud de antepasados nuestros” como lo expresa la segunda lectura. Vale la pena estar con ellos.

El domingo, 11 de agosto de 2019

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 18:6-9; Hebreos 11:1-2.8-19; Lucas 12:32-48)


Los monjes de la antigüedad hablaban del “diablo del mediodía”.   El “diablo del mediodía” era un tipo de malestar que afectaban a algunos monjes a las doce.  En lugar de orar o de trabajar estos monjes miraban el sol para ver si fue el tiempo de almorzar.  Si no era, vagaban visitando a otros monjes aquí y allá para compartir chismes.  Estos monjes ensoñaban de otros monasterios donde supuestamente la vida era más cómoda.  Eran descontentos, desilusionados, y desesperados. Había un nombre para este estado de disgusto: “la acedia”.  Se ha incluido la acedia en la lista de los pecados capitales.  Como la lujuria y la envidia, la acedia fomenta otros pecados. Falsos testimonios, pereza, aún la pérdida de la fe puede resultar de la acedia.  Vemos una instancia de la acedia en el evangelio hoy.

Jesús cuenta la historia del administrador que se cansa de esperar el regreso del amo de la casa.  El administrador ha perdido la voluntad para cumplir los deseos de su amo.  Comienza a vivir de una manera disoluta.  Bebe mucho y maltrata a los otros empleados.  Es semejante de muchos cristianos hoy en día que no más quieren esperar  el regreso de Jesús al final del tiempo.

Esta gente puede llamarse "cristianos" pero no se esfuerzan para practicar la fe.  No asisten en la misa dominical regularmente. Mucho menos rezan en casa.  Tienen sus propias interpretaciones de Jesús.  Digan que era hombre bueno pero que no resucitó de la muerte.  En lugar de sacrificarse para vivir todos los mandamientos, escogen y eligen entre ellos.  La “regla de oro” les parezca como válido pero tal vez no la prohibición de sexo fuera del matrimonio. 

Se puede decir que la acedia ha dominado a estos cristianos.  En lugar de prepararse para acoger al Señor se han conforma con la moda dominante.  El tiempo de adviento sirve como un barómetro de su disposición.  ¿Se preparan para la venida del Señor por confesar sus pecados y hacer una penitencia?  O ¿les absorben completamente la compra de regalos y las fiestas? 

Los primeros cristianos vivieron mucho más pendientes en el retorno de Jesús.  Rezaron: “Marana tha”; eso es, “Ven, Señor”.  Sin embargo, sí parece que el Señor ha demorado de volver.  Nadie en la Iglesia antigua esperaba que Jesús tardara dos mil años a regresar. A veces se proponen motivos para el retraso.  Una carta del Nuevo Testamento dice: “Ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día”.  Según este modo de pensar no ha sido tanto tiempo como imaginamos.  Otra posibilidad es que el Señor esperará hasta que la mayoría del mundo se arrepienta de sus pecados.  Con este modo de pensar se puede concluir que la espera es para beneficiar a la gente.

La verdad es que no sabemos los motivos de Jesús por demorar tanto tiempo ni cuándo se nos volverá.  Puede tardar otros dos mil años o aun dos millones de años.  De todos modos Jesús en el evangelio nos exhorta a prepararnos como si viniera mañana.  Hemos de amar a uno y otro como amaba Jesús a nosotros.  Hemos de mantener la fe como se dice de Abraham y Sara en la segunda lectura.  Este patriarca y matriarca jamás detuvieron confiando en Dios.  Más bien le siguieron creyendo en su promesa que les regalaría un hijo aunque tenían setenta años.

La acedia parece como una red que puede entramparnos.  Si permitimos a nosotros mismos entrar la red, no saldremos fácilmente.   Seríamos como el diablo en los retratos de San Miguel: dominado por una fuerza superior.  Tenemos que vivir siempre confiando en las promesas de Jesús. Que vivamos siempre confiando en Jesús.

El domingo, 4 de agosto de 2019


DECIMOCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiastés 1:2.2:21-23; Colosenses 3:1-5.9-11; Lucas 12:13-21)

Nos enseña la Biblia que “el dinero es la raíz de todo mal”, ¿no es cierto? No exactamente.  Dice la primera carta de San Pablo a Timoteo que “el amor de dinero” es el problema.  Se llama “el amor de dinero” la avaricia.  Deja muchos rastros en la Biblia.  Los grandes profetas de Israel escribieron mucho de la avaricia.  Jesús, quien es el profeta de los profetas, no fallaba hablar sobre ella.  De hecho, comenta más en la avaricia que en los otros tipos de pecado.  Tal vez se encuentren sus pensamientos más profundos del tema en el evangelio de hoy.

Cuando una persona le pide ayuda con su herencia, Jesús responde con la parábola del granjero.  Interesantemente, no indica que el granjero es persona mala.  No dice que roba, estafa, o siembra cocaína.  Sólo dice que el hombre quiere construir graneros más grandes para almacenar su cosecha.  ¿Qué es el problema?  El problema está en que quiere construir graneros, almacenar su cosecha, y tener más dinero sólo por sí mismo.  Dios no le llama codicioso sino “¡Insensato!”  No piensa en nadie más que si mismo.

El jueves es la fiesta de Santo Domingo, el fundador de la Orden de Predicadores.  Este varón de Dios actuaba de una manera completamente contraria al granjero.  Una vez había una hambruna en el área donde Domingo estaba estudiando.  El precio del alimento se hizo tan alto que los pobres no podían comprarlo.  Domingo vendió todas sus pertenencias – aun los pergaminos que estudiaba -- para conseguir comida por los pobres.  Dijo: “No estudiaré en pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre”. 

La palabra avaricia origina de una palabra latín para anhelar.  Es anhelo excesivo para la riqueza.  La persona avariciosa piensa que con más cosas podría ser satisfecho.  Pero la verdad es que no se cansa de amontar la riqueza.  Una vez se le preguntó al señor John Rockefeller, entonces la persona más rica en el mundo, ¿cuánto dinero le bastaría?  Respondió: “Sólo un poco más”.  No es por nada que dice la primera lectura: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión”.

El problema al fondo es que la avaricia tiene la tendencia de doblarse en sí mismo.  La persona avariciosa no quiere usar el dinero para el bien de los demás sino aprovechárselo por sí mismo y los suyos. Piensa que con más dinero será más apreciado.  Esta misma tendencia mueve a aquellos que ponen a sí mismos en deuda con tarjetas de crédito.  Piensan que serán más admirados si se ven con toda invención nueva de Apple.  Pero no infrecuentemente este tipo de “consumismo conspicuo” resulta en personas temerosas y ajenas de sus prójimos.  También puede desembocar en la pérdida de la vida eterna.  Por esta razón la segunda lectura de la Carta a los colosenses exhorta que los cristianos “den muerte” a la avaricia.

Para combatir la avaricia se recomienda la liberalidad o, si se prefiere, la generosidad.  Esta virtud inclina a la persona compartir libremente lo que le sobra con los demás.  La persona generosa tiene compasión en los necesitados.  Provee a los pobres para que tengan los recursos para sobrevivir y aún prosperar.  Por esta razón las grandes organizaciones caritativas hacen más que distribuir raciones de pan.  Proveen los requisitos para ayudar a la gente cultivar cosechas y hacer negocios.


Para disminuir la avicia el hombre una vez considerado el más rico en el mundo tuvo una idea interesante.  En lugar de hacer una lista de las personas más ricas, quería componer una lista de las personas que donan lo más a organizaciones caritativas.  Recordando la historia evangélica de la ofrenda de la viuda pobre, no se puede decir que las personas que donan más sean los más generosos. Tal vez esta lista no resuelva el problema de la avaricia.  Pero parece como un paso positivo.

El domingo, 28 de julio de 2019


DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO, 28 de julio de 2019

(Génesis 18:1-10; Colosenses 2:12-14; Lucas 11:1-13)


Un cine cuenta del viaje espiritual de un criminal.  El hombre fue condenado por el homicidio de dos personas.  Pero nunca ha reconocido su culpabilidad hasta el momento de su ejecución.  Entonces se arrepiente de su hecho y pide el perdón de las familias de sus víctimas. Muere como hombre justificado en paz con Dios y el mundo.  Dios quiere que todos nosotros alcancemos la misma justicia.

De hecho se puede decir que Dios siempre actúa para rendir justos a los hombres.  La pena de muerte es solo una herramienta que Dios tiene para que se arrepientan.  Otro remedio es la misericordia.  Es probable que la gente responda a la bondad con la buena voluntad a los demás.  Con este motivo en cuenta los papas recientes han exhortado que los gobiernos abandonen la pena capital.  En la primera lectura hoy vemos a Abraham pidiendo a Dios algo parecido.  Quiere que Dios no destruya a Sodoma y Gomorra con fuego.  Dios no opone la idea.  Sin embargo, sabe que la estrategia necesita un cierto número de hombres inocentes para que sea exitosa.

La segunda lectura describe cómo Dios no sólo quería justificar a los hombres sino también fabricó un plan para hacerlo.  Su hijo unigénito Jesucristo, el único inocente, murió en la cruz ganando la atención de todos.  Viendo a Jesús sufriendo por nosotros, queremos arrepentirnos de nuestra maldad para seguirlo.  Es como sienten los jóvenes cuando ven a sus héroes, sea  Ronaldo o sea Ángela Merkel.  Quieren imitar sus virtudes.

Pero hay otro aspecto más profundo de Jesús que gana nuestra justificación.  Como el mejor jugador del equipo él nos ha ganado la victoria sobre el mal.  Por unirnos con él en el bautismo recibimos la medalla como si fuéramos miembros de un equipo de relevos.  No de oro se hace esta medalla sino de la gracia.  Por recibirla nos levantamos a nueva estatura.  Vivimos con el amor en el corazón mientras caminamos por las alegrías y tristezas de este mundo.  Más que esto, ayudamos a los demás en la carrera para que todos alcancen la vida eterna.

Rezamos para la justificación cuando decimos “…venga tu Reino” en el Padre Nuestro.  Estamos pidiendo que todos hombres y mujeres en la tierra tengan un corazón lleno de la gracia.   Entonces el mundo será como el cielo.  En la misma oración nos comprometemos a contribuir a la justicia por mostrar el perdón.  Si nos disponemos a “perdona(r) a todo aquel que nos ofende”, el odio disipará  como el calor con la brisa vespertina.

No debemos menospreciar el don de la gracia. La gracia es la vida de Dios, el Espíritu Santo. Más que la plata y el placer, la gracia nos hace buena la vida.  En la segunda parábola del evangelio hoy Jesús nos asegura de esto.  Dice que como un buen padre provee las necesidades de la vida, Dios no nos escatima el don del Espíritu Santo.  Este poder nos levanta sobre las riñas y divisiones de la vida.  Además, nos permite a ayudar a los demás reconciliarse con Dios.

Los discípulos vienen a Jesús pidiéndole que les enseñe a orar.  Jesús no lo hace sin enseñarles cómo vivir.  Quiere que nosotros, sus discípulos, vivamos dispuestos a perdonar.  Es como si nuestra voluntad a amar al otro a pesar de sus culpas moviera a Dios lo más.  Para hacer esto nos hace falta la gracia del Espíritu Santo.  Que nunca nos falte a pedir a Dios la gracia del Espíritu Santo.

El domingo, 21 de julio de 2019


DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 18:1-10; Colosenses 1:24-28; Lucas 10:38-42)

Se llaman los miembros de la Sociedad Religiosa de los Amigos “los cuáqueros”.  Su manera de orar les parece extraña a muchos.  En sus reuniones los cuáqueros se sientan en silencio rezando a Dios individualmente.  Llama la atención también su servicio social.  Los cuáqueros tienen una organización excelente que entrega el socorro al África.  Una historia cuenta de esta combinación particular de oración y caridad.  Una vez un católico visitaba una reunión de los cuáqueros.  Después de media hora con nadie diciendo nada, el católico se sintió desconcertado.  Le preguntó a un miembro de la congregación: “¿Cuándo comenzará el servicio?”  El cuáquero respondió: “El servicio comienza cuando termine el culto”.  En el evangelio hoy vemos otro tipo de tensión entre el culto y el servicio.

Antes de examinar la lectura, sería provechoso mirar atrás al evangelio del domingo pasado.  Se encuentra ese pasaje en el Evangelio de Lucas justo antes del evangelio de hoy.  Recordamos las últimas palabras de Jesús al terminar contando la parábola del Buen Samaritano.  Dijo: “Anda y haz tú lo mismo” (eso es, rinde el mismo servicio a los necesitados).  Es su respuesta a todos que querrían conseguir la vida eterna. 

Ahora parece que Jesús retira al menos algo de lo que dijo antes.  Marta se preocupa por el servicio de la casa.  Quiere darle a Jesús la hospitalidad que merece como maestro y amigo.  Por eso, se queja a Jesús que su hermana María no quiere servir.  Pero no recibe la respuesta esperada.  En lugar de reprochar a María, Jesús le corrige a Marta.  Le dice que María hace mejor por ponerse al pie de Jesús para escucharlo sus enseñanzas.

Realmente no hay ninguna contradicción entre el consejo de Jesús al doctor de la ley y lo que le da a Marta.  Hay tiempo para servir y también tiempo para escuchar y aprender.  En la presencia de Jesús, debemos detenernos para escuchar sus enseñanzas.  ¿Qué nos contaría si estuviera presente a nosotros hoy en día?

Ciertamente nos comentaría sobre los desafíos de nuestro tiempo.  Nos aconsejaría que no dejemos la esperanza en Dios.  Muchos pensadores hoy no creen que exista un Dios con amor particular para cada persona humana. Dicen que somos sólo instancias de la humanidad que ha existido por un millón de años y existirá por otros millones.  Según ellos nacemos, vivimos, y morimos como hormigas en el suelo. No seremos recordados por mucho tiempo y mucho menos viviremos para siempre.  Pero Jesús aseguraría que nosotros personas humanas valemos más que las flores del campo y las aves del aire.  Nos recordaría que el Creador nos hizo con un destino eterno si tenemos la valentía para seguirlo.

También, Jesús nos explicaría los hitos del camino de Jesús.  Según los pensadores actuales cada persona tiene el derecho de plasmar su vida según sus propios deseos.  Si no estás satisfecho con tu pareja o aun tu sexo, eres libre de cambiarlos.  Si quieres enredar tu vida en los vicios o si quieres terminarla, tienes el derecho de hacerlo.  La única restricción que hay es que no interfieras directamente en las vidas de los demás.  Jesús opondría tales ideas.  Diría que Dios nos ha formado para amar como Él ama.  Hemos de servirlo con cuerpo y alma por ser misericordiosos a los demás. 

Podemos contar con la Iglesia para transmitir las enseñanzas de Jesús para nuestro tiempo.  No se puede negar la necesidad con tantas fuentes de información equivocada.  En la segunda lectura San Pablo dice que él mismo corrige a la gente cuando predica Cristo.  Con sus encíclicas y exhortaciones las papas hacen igual. 

A veces escuchamos que Jesús era un carpintero.  Sí por un tiempo había trabajado así.  Pero dejó ese oficio para hacerse el mejor maestro y sanador de su tiempo, realmente de todo tiempo.  Como maestro tenemos que escucharlo bien.  Como sanador tenemos que imitar su socorro a los necesitados.  Así seguiremos a Jesús a la vida eterna.

El domingo, 14 de julio de 2019


DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37)


Las historias de Buenos Samaritanos nos tocan el corazón.  Hacen tanto impacto que las recordemos por mucho tiempo.  Hace veinte años un periódico reportó de un mecánico negro ayudando a un extranjero blanco pasando por su ciudad.  Se quebró el coche del hombre blanco a las diez de la noche.  Mientras el hombre llamaba ayuda, una chica lo escuchó contando su problema.  Ella le dijo que su papá, un mecánico, pudiera ayudarle.  Cuando llegó el padre de la muchacha, vio el coche quebrado y dijo que el problema era una correa  desgastada.  Lo llevó a remolque a su taller para arreglarlo al próximo día.  Pidió del hombre sólo el costo del repuesto. 

La parábola del Bueno Samaritano nos interroga si tenemos un concepto suficientemente amplio del prójimo.  ¿Lo consideramos sólo a la persona que vive en nuestra par?  ¿Podemos incluir como prójimos a personas de diferentes razas, religiones, y lenguajes?  Nos reta la parábola cuando queremos pasar por alto a una persona postrada en la calle.  Nos molesta la conciencia cuando vemos a una persona en peligro pero no queremos enredarnos en los problemas de los demás.  Afortunadamente hoy en día no tenemos que arriesgar nada para socorrer a tales personas.  Sólo tenemos que marcar 9-1-1 en nuestro celular.

La parábola del Buen Samaritano no se ha entendido siempre como exigencia de ayudar al otro en necesidad.  Los Padres de la Iglesia solían darle una interpretación simbólica.  San Agustín predicó que cada elemento de la historia podía ser entendido como un aspecto de la historia de la salvación.  Para él, el que desciende de Jerusalén a Jericó es Adán, el primer hombre y representante de todos.  Los ladrones son el diablo y los ángeles malos que roban al hombre de la inmortalidad por persuadirle a pecar.  El sacerdote y el levita son la Ley y los profetas del Antiguo Testamento.  Ellos no podían ayudar al herido reconquistar la vida eterna.  El samaritano es Jesucristo que salva al hombre de la muerte eterno.  Jesús encomienda a los hombres a la Iglesia, el mesón, hasta que vuelva con la resurrección de la muerte al final de los tiempos.

Cuando escuchemos interpretaciones simbólicas, queremos saber si tienen razón.  ¿Por la parábola del Buen Samaritano Jesús realmente quiere enseñar sobre la salvación del hombre del pecado?  Seguramente, no.  Por el contexto de la historia se puede decir que la parábola tiene otro objetivo.  No estamos diciendo que la interpretación es falsa.  Meramente queremos decir que no conforma a la intención de Jesús en esa situación.

El doctor de la ley quiere “poner (a Jesús) a prueba”.   En otras palabras quiere descreditar a Jesús.  Le pregunta sobre lo que debe hacer para conseguir la vida eterna.  Pero Jesús no cae en su trampa.  En lugar de contestar directamente la pregunta, tiene pregunta para el doctor sobre la ley.  Entonces, viendo que Jesús ha ganado la ventaja, el doctor de la ley trata de justificar su posición.  Le pregunta a Jesús sobre el prójimo: ¿Es el prójimo un vecino, un paisano, o tal vez otra persona judía?  Jesús sorprende a todos con la parábola.  El prójimo no tiene nada que ver con la cercanía sino con la compasión.  Según Jesús el prójimo es el que tiene compasión a los demás.

Jesús está retando a todos nosotros a ser prójimos a la persona que se encuentra en necesidad.  Como Moisés enseña en la primera lectura, esta regla no es difícil entender.  Pero no es siempre fácil llevarla a cabo.  Para hacer esto tenemos que pedir la gracia del Señor.  Le pedimos que nos abra los ojos para ver al necesitado.  Le pedimos aún más que nos abra el corazón para socorrerlo.

El domingo, 7 de julio de 2019


DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 66:10-14, Gálatas 6:14-18; Lucas 10:1-9)

En el primer año de su pontificado el papa Francisco escribió “La alegría del evangelio”.  Era su intento de explicar el gran tema de sus predecesores para nuestros tiempos.  El papa San Pablo VI introdujo la “evangelización” como la esencia de la Iglesia.  El papa San Juan Pablo II hablaba de la “nueva evangelización”.  Dijo que es nueva en “su ardor, sus métodos, y su expresión”.  Y el papa Benedicto propuso la idea llamativa de “re-proponer” el evangelio.  Eso es, llamar a casa a aquellos que han dejado creer en la Iglesia. 

Siguiendo estas ideas, el papa Francisco escribió que todos los bautizados deberían considerarse como “discípulos misioneros”.  Somos en primer lugar discípulos de Jesús siempre aprendiendo de él.  Nos enseña cómo amar y cómo contar a los demás del amor de Dios.  Escuchamos en el evangelio hoy su enseñanza más desarrollada sobre la evangelización.

Hay que darse cuenta que esta lección es dirigida a los setenta y dos.  Anteriormente Jesús dio instrucciones similares a los doce apóstoles.  Ahora quiere incluir a todo el mundo en la misión.  Este envío de discípulos anticipa la proclamación a gentes de todas naciones congregadas en Jerusalén el día de Pentecostés.  No es necesario que seamos ricos, educados, o bien conectados para ser incluidos.  Al contrario, Jesús quiere que sus evangelizadores “no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie”. 

El mensaje será de la paz y la alegría porque trata del amor de Dios para la gente.  Este amor no es de sueños sino de la caridad y gracia que muestran los discípulos misioneros.  Willie y Linda Sosa viven en una ciudad pequeña al oeste de Texas.  Por triente años han atravesado el estado llevando su mensaje del amor de Dios.  No tienen mucho en su casa pero si los visitáramos, recibiríamos una taza de café con una buena escucha.  Llenan a todos con la esperanza que Cristo, el Víctor sobre todo mal, ha dado.

La primera lectura refleja el júbilo de los evangelizadores tanto como cualquier otro pasaje bíblico.   Dice que Dios ha convertido el luto del pueblo en alegría.  En este caso la gente se regocija del regreso de los ciudadanos de Jerusalén del cautiverio.  Nosotros cristianos tenemos aún más para celebrar.  Cristo ha resucitado de la muerte.  Ha prometido cómo iba a volver a la vida corpórea a los muertos que lo escuchaban.

Aunque esto es “buena noticia”, no es aceptada así en todas partes.  Después de haber hecho carrera de la evangelización San Pablo escribe de sus dificultades.  Dice en la segunda lectura que ha sido crucificado con Cristo.  En otras cartas Pablo describe sus tribulaciones: angustias, golpes y cárceles.  Todavía existen persecuciones de cristianos.  Se dice que hay más martirio ahora que nunca en la historia.  Sin embargo, no es probable que nosotros suframos físicamente por hablar de Jesucristo.  Más bien la única pena que tengamos por contar con los demás de Jesús es el rechazo de otras personas.  Pero ¿qué es esto en comparación con la necesidad de nuestro tiempo para escuchar del amor de Dios encontrado en Cristo?

¿Qué nos da tanto gusto en ser discípulos misioneros?  Sin duda el gusto incluye la esperanza de la vida con Cristo para siempre.  También nos gozamos de estar en la compañía de personas profundamente buenas que forman la Iglesia.  Sobre todo tenemos la alegría por recibir no solo una taza de café sino el cuerpo y sangre de Cristo.  Nos gozamos por haber recibido la vida de Cristo.

El domingo, 30 de junio de 2019


EL DECIMOTERCER DOMINGO ORDINARIO, 30 de junio de 2019

(I Reyes 19:16.19-21; Gálatas 5:1.13-18; Lucas 9:51-62)


Al 4 de julio del año 1776 los representantes de las trece colonias norteamericanas ratificaron la Declaración de Independencia.   El documento listó las quejas de los colonos contra el rey de Inglaterra.  Dijo que normalmente la gente tiene que aguantar las injusticias de su gobierno.  Pero – continuó – cuando las injusticias crean una situación de despotismo, la gente tiene el derecho de formar una nación nueva.  Así nacieron los Estados Unidos.  Sin embargo, los líderes de la nación nueva sabían que la libertad no puede continuar por mucho tiempo sin la virtud de la gente.  El primer presidente de la república George Washington dijo: ambas la religión y la moralidad son necesarias para la prosperidad política.  Hasta el día hoy los americanos cantan: “Confirma tu alma en el autodominio, tu libertad en la ley”. En la segunda lectura hoy san Pablo dice algo muy parecido. 
               
Pablo cuenta a los gálatas: “Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud”.  Pablo conoce bien el corazón humano.  Sabe de su tendencia a volver cosas buenos en vicios.  Se da cuenta de que la libertad puede volverse en el libertinaje, una forma de esclavitud.  Por esta razón, vemos a los adictos no como personas libres sino esclavos a las drogas. 

En nuestros tiempos parece que la gente es pegada particularmente a los vicios de la codicia, la lujuria, y la ira. Pocos están contentos con su salario. Si se fuera a preguntar: ¿cuánto dinero es suficiente para ti?  Casi todo el mundo respondería,  “Un poco más”.  La lujuria impregna nuestro entretenimiento como la contaminación impregna el aire cerca una carretera en agosto.  Es difícil evitarla.  Y la mayoría piensan que tienen el derecho de sentirse airados aun sobre cosas pequeñas.  A veces me capto a mí gritando al otro chofer por manejar su coche lentamente.  Pablo reduce todos estos vicios a uno, el egoísmo. 

Para combatir el egoísmo Pablo exhorta que la gente se deje a ser guiada por el amor del Espíritu Santo.  El amor verdadero nos forma el corazón para ser como lo de Dios. Una persona llamada Miguel describe cómo el amor lo rescató de la trampa de alcohol y drogas.  Dice que cuando tomaba, regularmente mentía a sus amigos y familiares.  Añade que bebiendo le hizo evitar el hecho que estaba arruinando su vida.  Un día, trató de llevar su bicicleta en la playa y se atascó en la arena.  Se dio cuenta que su situación reflejó su vida y que no podía continuar así.  Llamó a sus padres y sus mejores amigos para confesar su tontería.  No le rechazaron sino le prometieron su apoyo.  Encontró a un grupo de doce pasos y desde entonces no ha tomado ni un trago.  Ahora él ayuda a otros alcohólicos en su viaje a la reforma. 

El evangelio muestra cómo la superación del egoísmo es necesaria para ser discípulo de Jesús.  Contra la codicia Jesús advierte que el discípulo tiene que acostumbrarse de no tener ni una almohada para reclinar la cabeza.  Contra la lujuria dice que el Reino de Dios tiene prioridad sobre todas las otras cosas incluso la familia.  Y contra la ira Jesús reprende a Santiago y Juan cuando en su furia quieren bajar fuego en los samaritanos.  Se puede cumplir estas exigencias sólo con el amor.

Se dice que el corazón humano nunca queda contento.  Como un abismo sin fondo, no se puede llenarlo.  Tal vez es así con el corazón que no conoce el amor del Espíritu Santo.  Sin embargo, el corazón bajo el Espíritu tiene una experiencia distinta.  Reconoce los límites que necesitamos hacia las cosas buenas para que no se conviertan en vicios.  Aprecia la libertad de modo que no se vuelva en el libertinaje.  Reconoce la necesidad de tratar a todos con el amor. 

El domingo, 23 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Génesis 14:18-20; I Corintios 11:23-26; Lucas 9:11-17)


De vez en cuando me pasa algo chocante en la fila de la Santa Comunión.  Una persona se me acerca con su mano extendida.  Mostrándole la hostia, le digo: “El Cuerpo de Cristo”.  Ella responde, “Amen”.  Entonces arrebata la hostia de mi mano como si fuera una manzana de un árbol.  Tal acción es más que la falta de buenas modales.  Es evidencia de un malentendido de la Eucaristía.  Sea en la mano o sea en la lengua, el modo correcto es recibir la hostia, no tomarla.  Aprendemos esto y más de las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura Abram acaba de vencer a varios reyes que habían tomado las posesiones de él junto con su sobrino Lot.  Entonces viene el rey Melquisedec que es también sacerdote.  Él ofrece un sacrificio de pan y vino a Dios de parte de Abram.  El guerrero quiere agradecer al Señor por haber recuperado todo lo que había perdido.  Abram no toma por dado el sacrificio sino le paga al sacerdote.  Le da el diezmo (la décima parte) de todo lo que había rescatado. 

Se ha comparado Jesús con Melquisedec porque con ambos hombres los orígenes de sus sacerdocios son desconocidos.  En la segunda lectura Jesús, también como Melquisedec, ofrece a Dios un sacrificio de pan y vino.  San Pablo está narrando la historia para criticar a los corintios por no compartir entre todos los alimentos del sacrificio en sus reuniones.  Evidentemente los ricos tomaban para sí mismos las porciones más grandes dejando casi nada de comer para los pobres.  Pablo recuerda a la comunidad que no es meramente una comida que están compartiendo.   Es una participación del cuerpo y sangre de Cristo “hasta que vuelva”.  Los corintios tienen que quedarse fieles a Cristo porque vendrá de nuevo con la salvación.

En la primera lectura se ofrecen el pan y el vino con miras a eventos pasados.  En la segunda lectura el mismo ofrecimiento está hecho con el futuro en cuenta.  El evangelio hace hincapié en el momento presente.  Se les encuentra a Jesús y sus discípulos con una multitud de personas aisladas en el campo.  Se hace tarde y la gente necesita de comer.  En lugar de despedirlas para que cada uno busque su propio pan Jesús quiere proveérselo. Con su bendición sobre los cinco panes y dos pescados los alimentos se multiplican.  Entonces Jesús les da los alimentos a sus discípulos para que sean distribuidas a la gente.  Nadie toma nada para sí mismo.  Pero todos tienen más que lo suficiente para comer.

En conjunto las tres lecturas muestran cómo la Eucaristía representa una gran transferencia de dones.  Se refiere primero a la vida y los recursos para mantenerla que Dios nos proporciona.  Tenemos que reconocer que todos los bienes que tenemos encuentran su fuente en la providencia de Dios.  De modo inferior la Eucaristía significa nuestro don a los demás.  En primer lugar el pan y el vino son productos de la industria humana.  Representan el culto que rendemos a Dios en agradecimiento de su bondad.  En segundo lugar es nuestro compromiso a los pobres para que ellos tengan los recursos para vivir.  Sobre todo la Eucaristía es el don de Jesucristo de su Cuerpo y su Sangre que acarrea la vida eterna.  Estos alimentos nos nutren para amar a uno y otro como Jesús nos ama.

Tomamos las cosas que son de nosotros por derecho.  El ciudadano puede tomar la papeleta de votar.  Todos nosotros tomamos nuestros asientos en la misa.  Sin embargo, recibimos las cosas que nos vienen por la bondad de otra persona.  Una niña recibe un futbol como regalo de sus padres.  Sobre todo recibimos la Eucaristía de Dios.  Es el don que nos proporciona la vida tanto ahora como para siempre.  Es el don que proporciona la vida.

El domingo, 16 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15)


Hace cuarenta y dos años un incendio devastó parte de un dormitorio universitario.  Las llamas tomaron las vidas de siete alumnas.  Naturalmente los padres de las muchachas quedaban angustiados.  En la vigilia antes del entierro el capellán de la universidad les trató de aliviar el dolor.  Les dijo que Dios conoce su angustia porque sufrió la pérdida violenta de su propio hijo.  Sus palabras les ayudaron sentir la compasión del Creador.  En la celebración hoy de la Santísima Trinidad podemos reflexionar sobre el amor de Dios y cómo nos lo ha compartido.

Trágicamente más que uno por tres de los niños en los Estados Unidos están criados sin los dos padres en la casa.  Particularmente los hombres a menudo quedan ausentes como si no les importaran sus hijos.  En algunos casos sí actúan como el Dios de sus imaginaciones – creador de todo pero no rindiendo cuentas a nadie, orgullosos de haber procreado a sus hijos pero esquivos de su cuidado.  Por supuesto, este modo de pensar es equivocado.  El Dios verdadero no existe solo sino como una comunión de amor – el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

Se necesitan los dos – el padre y la madre – para entender el amor de Dios.  La madre está presente desde la concepción de la creatura.  La alimenta y muchas veces es la primera para acariciarla cuando llora. Su presencia constante le asegura del amor de Dios dondequiera que vaya.  Sin embargo, este amor que todo lo abraza no es suficiente para hacer al niño persona de la virtud.  Hace falta el amor de su padre para transcender los límites del yo. 

En contraste a la madre, el padre parece retirado al principio.  Pero la distancia inicial sirve para abrir el camino del bueno verdadero.  Por llenarla con su presencia el padre enseña al niño cómo buscar lo bueno y evitar lo malo.  Lo aprueba cuando actúe con la justicia y lo corrige cuando falle en sus deberes.  Similarmente Dios nos parezca como lejos.  Pero no es ni indiferente ni aparte de nosotros.  Más bien Él queda invisible para asegurarnos la libertad para escogerlo o rechazarlo.  Como el padre del hijo prodigo, siempre nos espera con brazos abiertos. 

Por supuesto, estas descripciones son sólo tendencias.  En la realidad el amor de la madre y el amor del padre entrelazan y complementan uno a otro.  A veces es el amor del padre que el hijo siente como prevalente en el principio y el amor de la madre que le guía a la madurez.

El amor de Dios abarca y supera el amor de ambos padres.  Podemos describir el amor divino como característico de las tres personas que constituyen la deidad.   Pero tenemos que tener en cuenta que las tres personas siempre funcionan en conjunto.  No hay nada que haga el Padre que no hacen el Hijo y el Espíritu con la única excepción que sólo el Hijo tomó la naturaleza humana.  No obstante, se puede atribuir a cada uno diferentes obras como indicadas en la Escritura. 

Decimos que por el Padre tenemos la vida.  Como indica la primera lectura, Dios creó todo con la sabiduría.  Igualmente decimos que por el Hijo sabemos la voluntad de Dios.  Como relata la segunda lectura, por Jesucristo tenemos “la esperanza de participar en la gloria de Dios.”  Y por el Espíritu Santo somos habilitados a vivir en la imagen de Dios de modo completo.  No sólo podemos pensar y escoger sino también podemos amar de modo abnegado. Como continua la lectura, “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”

Hoy también es el día en que honramos a nuestros padres terrenales.  Aun si no fueron participantes en nuestra creación, los agradecemos por habernos enseñado las virtudes humanas.  Quedamos particularmente endeudados a ellos por una cosa más grande aún.  Nos han ayudado apreciar el gran amor de Dios para nosotros.