El domingo, 30 de junio de 2019


EL DECIMOTERCER DOMINGO ORDINARIO, 30 de junio de 2019

(I Reyes 19:16.19-21; Gálatas 5:1.13-18; Lucas 9:51-62)

Al 4 de julio del año 1776 los representantes de las trece colonias norteamericanas ratificaron la Declaración de Independencia.   El documento listó las quejas de los colonos contra el rey de Inglaterra.  Dijo que normalmente la gente tiene que aguantar las injusticias de su gobierno.  Pero – continuó – cuando las injusticias crean una situación de despotismo, la gente tiene que formar una nación nueva.  Así nacieron los Estados Unidos.  Sin embargo, los líderes de la nación nueva sabían que la libertad no puede continuar por mucho tiempo sin la virtud de la gente.  El primer presidente de la república George Washington dijo: ambas la religión y la moralidad son necesarias para la prosperidad política.  Hasta el día hoy los americanos cantan: “Confirma tu alma en el autodominio, tu libertad en la ley”. En la segunda lectura hoy san Pablo dice algo muy parecido. 
                                                                            
Pablo cuenta a los gálatas: “Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud”.  Pablo conoce el corazón humano.  Sabe de su tendencia a llevarse con cosas buenos que se conviertan en vicios.  Se da cuenta de que la libertad puede volverse en el libertinaje, una forma de esclavitud.  Por eso, vemos a los adictos no como personas libres sino esclavos a las drogas. 

En nuestros tiempos parece que la gente es pegada particularmente a los vicios de la codicia, la lujuria, y la ira. Pocos están contentos con su salario. Si se fuera a preguntar: ¿cuánto es suficiente?  Casi todo el mundo respondería,  “Un poco más”.  La lujuria impregna nuestros medios de entretenimiento como la contaminación impregna el aire cerca una carretera en agosto.  Es difícil evitarla.  Y la mayoría piensan que tienen el derecho de sentirse airados aun por cosas pequeñas.  A veces me capto a mí maldiciendo a otro chofer por manejar su coche lentamente.  Pablo reduce todos estos vicios a uno, el egoísmo. 

Para combatir el egoísmo Pablo exhorta que la gente se deje a guiarse por el amor del Espíritu Santo.  El amor verdadero nos forma el corazón como lo de Dios. Una persona describe como se entrampó en la red de alcohol y drogas.  Dice que se retiró de sus amigos y familiares con mentiras y engaños.  Añade que el alcohol le ayudaba evitar la realidad que estaba arruinando su vida.  Un día, tratando de llevar su bicicleta en la playa, se dio cuenta que no podía continuar así.  Llamó a sus padres y sus mejores amigos para confesar su torpeza.  No lo rechazaron sino prometieron su apoyo.  Encontró a un grupo de los doce pasos y desde entonces no ha tomado ni un trago.  Ahora el hombre ayuda a otros alcohólicos en su viaje a la reforma. 

El evangelio muestra cómo la superación del egoísmo es necesaria para ser discípulo de Jesús.  Contra la codicia Jesús advierte que el discípulo tiene que acostumbrarse de no tener ni una almohada para reclinar la cabeza.  Contra la lujuria dice que el Reino de Dios tiene prioridad sobre todas las otras cosas incluso la familia.  Y contra la ira Jesús reprende a Santiago y Juan cuando en su furia quieren bajar fuego en los samaritanos.  Se puede cumplir estas exigencias sólo por el amor.

Se dice que el corazón humano nunca queda contento.  Como un abismo sin fondo, no se puede llenarlo.  Tal vez es así con el corazón que no conoce el amor del Espíritu Santo.  Sin embargo, el corazón bajo el mando del Espíritu tiene una experiencia distinta.  Respeta los límites que uno tiene hacia las cosas buenas para que no se conviertan en vicios.  Aprecia la libertad de modo que no se vuelva en el libertinaje.  Reconoce la necesidad de “confirmar tu alma en el autodominio, tu libertad en la ley”. 

El domingo, 23 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Génesis 14:18-20; I Corintios 11:23-26; Lucas 9:11-17)


De vez en cuando me pasa algo chocante en la fila de la Santa Comunión.  Una persona se me acerca con su mano extendida.  Mostrándole la hostia, le digo: “El Cuerpo de Cristo”.  Ella responde, “Amen”.  Entonces arrebata la hostia de mi mano como si fuera una manzana de un árbol.  Tal acción es más que la falta de buenas modales.  Es evidencia de un malentendido de la Eucaristía.  Sea en la mano o sea en la lengua, el modo correcto es recibir la hostia, no tomarla.  Aprendemos esto y más de las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura Abram acaba de vencer a varios reyes que habían tomado las posesiones de él junto con su sobrino Lot.  Entonces viene el rey Melquisedec que es también sacerdote.  Él ofrece un sacrificio de pan y vino a Dios de parte de Abram.  El guerrero quiere agradecer al Señor por haber recuperado todo lo que había perdido.  Abram no toma por dado el sacrificio sino le paga al sacerdote.  Le da el diezmo (la décima parte) de todo lo que había rescatado. 

Se ha comparado Jesús con Melquisedec porque con ambos hombres los orígenes de sus sacerdocios son desconocidos.  En la segunda lectura Jesús, también como Melquisedec, ofrece a Dios un sacrificio de pan y vino.  San Pablo está narrando la historia para criticar a los corintios por no compartir entre todos los alimentos del sacrificio en sus reuniones.  Evidentemente los ricos tomaban para sí mismos las porciones más grandes dejando casi nada de comer para los pobres.  Pablo recuerda a la comunidad que no es meramente una comida que están compartiendo.   Es una participación del cuerpo y sangre de Cristo “hasta que vuelva”.  Los corintios tienen que quedarse fieles a Cristo porque vendrá de nuevo con la salvación.

En la primera lectura se ofrecen el pan y el vino con miras a eventos pasados.  En la segunda lectura el mismo ofrecimiento está hecho con el futuro en cuenta.  El evangelio hace hincapié en el momento presente.  Se les encuentra a Jesús y sus discípulos con una multitud de personas aisladas en el campo.  Se hace tarde y la gente necesita de comer.  En lugar de despedirlas para que cada uno busque su propio pan Jesús quiere proveérselo. Con su bendición sobre los cinco panes y dos pescados los alimentos se multiplican.  Entonces Jesús les da los alimentos a sus discípulos para que sean distribuidas a la gente.  Nadie toma nada para sí mismo.  Pero todos tienen más que lo suficiente para comer.

En conjunto las tres lecturas muestran cómo la Eucaristía representa una gran transferencia de dones.  Se refiere primero a la vida y los recursos para mantenerla que Dios nos proporciona.  Tenemos que reconocer que todos los bienes que tenemos encuentran su fuente en la providencia de Dios.  De modo inferior la Eucaristía significa nuestro don a los demás.  En primer lugar el pan y el vino son productos de la industria humana.  Representan el culto que rendemos a Dios en agradecimiento de su bondad.  En segundo lugar es nuestro compromiso a los pobres para que ellos tengan los recursos para vivir.  Sobre todo la Eucaristía es el don de Jesucristo de su Cuerpo y su Sangre que acarrea la vida eterna.  Estos alimentos nos nutren para amar a uno y otro como Jesús nos ama.

Tomamos las cosas que son de nosotros por derecho.  El ciudadano puede tomar la papeleta de votar.  Todos nosotros tomamos nuestros asientos en la misa.  Sin embargo, recibimos las cosas que nos vienen por la bondad de otra persona.  Una niña recibe un futbol como regalo de sus padres.  Sobre todo recibimos la Eucaristía de Dios.  Es el don que nos proporciona la vida tanto ahora como para siempre.  Es el don que proporciona la vida.

El domingo, 16 de junio de 2019


LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15)


Hace cuarenta y dos años un incendio devastó parte de un dormitorio universitario.  Las llamas tomaron las vidas de siete alumnas.  Naturalmente los padres de las muchachas quedaban angustiados.  En la vigilia antes del entierro el capellán de la universidad les trató de aliviar el dolor.  Les dijo que Dios conoce su angustia porque sufrió la pérdida violenta de su propio hijo.  Sus palabras les ayudaron sentir la compasión del Creador.  En la celebración hoy de la Santísima Trinidad podemos reflexionar sobre el amor de Dios y cómo nos lo ha compartido.

Trágicamente más que uno por tres de los niños en los Estados Unidos están criados sin los dos padres en la casa.  Particularmente los hombres a menudo quedan ausentes como si no les importaran sus hijos.  En algunos casos sí actúan como el Dios de sus imaginaciones – creador de todo pero no rindiendo cuentas a nadie, orgullosos de haber procreado a sus hijos pero esquivos de su cuidado.  Por supuesto, este modo de pensar es equivocado.  El Dios verdadero no existe solo sino como una comunión de amor – el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

Se necesitan los dos – el padre y la madre – para entender el amor de Dios.  La madre está presente desde la concepción de la creatura.  La alimenta y muchas veces es la primera para acariciarla cuando llora. Su presencia constante le asegura del amor de Dios dondequiera que vaya.  Sin embargo, este amor que todo lo abraza no es suficiente para hacer al niño persona de la virtud.  Hace falta el amor de su padre para transcender los límites del yo. 

En contraste a la madre, el padre parece retirado al principio.  Pero la distancia inicial sirve para abrir el camino del bueno verdadero.  Por llenarla con su presencia el padre enseña al niño cómo buscar lo bueno y evitar lo malo.  Lo aprueba cuando actúe con la justicia y lo corrige cuando falle en sus deberes.  Similarmente Dios nos parezca como lejos.  Pero no es ni indiferente ni aparte de nosotros.  Más bien Él queda invisible para asegurarnos la libertad para escogerlo o rechazarlo.  Como el padre del hijo prodigo, siempre nos espera con brazos abiertos. 

Por supuesto, estas descripciones son sólo tendencias.  En la realidad el amor de la madre y el amor del padre entrelazan y complementan uno a otro.  A veces es el amor del padre que el hijo siente como prevalente en el principio y el amor de la madre que le guía a la madurez.

El amor de Dios abarca y supera el amor de ambos padres.  Podemos describir el amor divino como característico de las tres personas que constituyen la deidad.   Pero tenemos que tener en cuenta que las tres personas siempre funcionan en conjunto.  No hay nada que haga el Padre que no hacen el Hijo y el Espíritu con la única excepción que sólo el Hijo tomó la naturaleza humana.  No obstante, se puede atribuir a cada uno diferentes obras como indicadas en la Escritura. 

Decimos que por el Padre tenemos la vida.  Como indica la primera lectura, Dios creó todo con la sabiduría.  Igualmente decimos que por el Hijo sabemos la voluntad de Dios.  Como relata la segunda lectura, por Jesucristo tenemos “la esperanza de participar en la gloria de Dios.”  Y por el Espíritu Santo somos habilitados a vivir en la imagen de Dios de modo completo.  No sólo podemos pensar y escoger sino también podemos amar de modo abnegado. Como continua la lectura, “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”

Hoy también es el día en que honramos a nuestros padres terrenales.  Aun si no fueron participantes en nuestra creación, los agradecemos por habernos enseñado las virtudes humanas.  Quedamos particularmente endeudados a ellos por una cosa más grande aún.  Nos han ayudado apreciar el gran amor de Dios para nosotros.  

El domingo, 9 de junio de 2019


Domingo de Pentecostés

(Hechos 2:1-11; Romanos 8:8-17; Juan 20:19-23)


Si Dios es misterio, el Espíritu Santo es misterio dentro del misterio.  Aun su nombre nos perece extraordinario.  No se puede ver, oír, ni tocar un espíritu.  Tampoco se ha sido revelado mucho el Espíritu Santo en la Escritura.  En el Antiguo Testamento el espíritu de Dios es más un atributo de Dios significando su presencia que una persona con su rol propio.  Hay varias referencias al Espíritu en el Nuevo Testamento.  Pero se puede inferir de ellas que el Espíritu actúa más como un ángel que el Dios todopoderoso.  Sólo después de casi cuatro siglos de reflexión teológica que se desarrolló un entendimiento adecuado del Espíritu Santo que celebramos hoy.

Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es persona de la deidad divina.  Difiere del Padre y del Hijo en que es don.  Entre el Padre y el Hijo es el don del amor y del conocimiento.  A nosotros es el don de la revelación de Dios y de la participación en Su vida.  Hemos escuchado de varios tipos de dones del Espíritu Santo – los dones propios, los frutos, y los carismas.  Ahora examinémonos que son estos dones y cómo nos ayudan.

Recordemos la lista de los dones del Espíritu Santo.  Numeran siete: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios.  Existen como comandos dentro de nosotros para mirar la realidad como Dios la ve.  Con el don de la piedad no vemos a otras personas como amigos, enemigos o extranjeros sino a todos como hijos e hijas de Dios.  Con este don tratamos a todos con respeto profundo.  Con el don de la fortaleza podemos superar el miedo en situaciones peligrosas porque sabemos que Dios nos cuida.  Aun si perecemos, sabemos que Dios nos recibirá en la gloria.  La segunda lectura da testimonio de la fortaleza.  Dice que no hemos recibido el espíritu de esclavos que nos haga de temer de nuevo, sino un espíritu de hijos.

Los carismas son dones particulares no para el individuo sino para la comunidad de la fe.  Con estos dones edificamos la Iglesia.  Hay varias listas de los carismas en las cartas del Nuevo Testamento.  Casi en todas se incluye la profecía.  Con este don la persona alienta a la gente cuando tienen que llevar a cabo un proyecto.  Los apóstoles se aprovechan de la profecía en la primera lectura.  Hablan con la fuerza para atraer a diferentes gentes a la Iglesia. La Primera Carta a los Corintios incluye la curación como un carisma.  Todos nosotros deberíamos rezar por los enfermos, pero algunos con su toque y oración tienen gran éxito en esta empresa. 

La lista de los frutos del Espíritu Santo varía según la traducción de la Biblia.  Los primeros tres nos dan un sentido adecuado de su función.  Cuando el Espíritu reside en nosotros nos llena del amor, el primer fruto.  Este es una experiencia de pies a cabeza de la misericordia de Dios.  Consciente de la misericordia de Dios, no podemos no sentir el gozo desbordante.  Finalmente, llenos del amor y el gozo no queremos nada más; por eso, tenemos la paz.  Es el sentimiento que tienen los discípulos cuando se dan cuenta que verdaderamente ven a Jesús resucitado en el evangelio.

El Catecismo de la Iglesia alista varios símbolos para el Espíritu Santo como la unción, el fuego, y la paloma.  Tal vez el primer símbolo en la lista, el agua, nos ayuda lo mejor entender la realidad.  Como la vida natural vino de las aguas primordiales, la vida espiritual se origina con el Espíritu Santo.  Finalmente como el agua nos quita de la mugre de la tierra, el Espíritu nos purifica del pecado.  Como decimos en la profesión de fe: “creo en el Espíritu Santo”.

El domingo, 2 de junio de 2019


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53)

¿Qué opinas de Donald Trump?  Tal pregunta llama la atención de casi todos.  No es por nada que a la gente le gusta discutir la política.  Pues la política afecta nuestro modo de la vida.  Parece igual en todas épocas.  En la primera lectura los apóstoles proponen a Jesús una pregunta sobre la política.  Antes de que él ascienda al cielo, quieren saber cuándo va a tomar las riendas del gobierno de Israel.  Sin embargo, Jesús tiene en cuenta un cambio más profundo que la vida política.

Dice Jesús que vendrá el Espíritu Santo sobre ellos.  Él les afectará de pies a cabeza.  La segunda lectura describe algunos de los dones que el Espíritu traerá.  Para mantener la última meta en vista les concederá la sabiduría.  Con ella no estarán tentados fácilmente trocar la promesa de la vida eterna por las atracciones pasajeras como la plata, el placer, y el prestigio.  Para que no desfallezcan en su tarea de ser testigos de Jesús, el Espíritu les impartirá la fortaleza.  Los apóstoles encontrarán fuerzas contrarias en su misión.  Si no tienen las armas del Espíritu Santo, estas fuerzas los impedirían.  Sobre todo el Espíritu les otorgará el amor.  El amor los une en la mente y el corazón.  Además les mantiene firmemente conectados al Señor.

El Espíritu Santo ayudó a un obispo en camino a la capital para participar en la marcha en pro de vida este enero.  Tomando el asiento próximo, una mujer le dijo que había sido católica pero no asistía en la misa.  Le añadió que era feminista proabortista.  El obispo no le preguntó sobre sus motivos.  Más bien le habló de diferentes cosas.  Cuando ella le dijo que había servido como voluntaria en una reserva india, el obispo le contó de su experiencias trabajando con los indígenas.  Resultó que la mujer salió del avión con una perspectiva más abierta a la fe que previamente había querido dejar para siempre.

Cuando los apóstoles ven a Jesús ascendiendo, se quedan allí mirando al cielo.  No se dice qué están sintiendo en ese momento.  Sólo podemos imaginar el sentido de asombro mezclada con la devoción que les envuelve.  Tal vez Pedro piensa en construir una chuza en el lugar como quería hacer después de la transfiguración.  Pero los dos ángeles que estaban en el sepulcro la mañana de la resurrección aparecen de nuevo.  Les dicen a los discípulos que Jesús regresará.  La implicación es que vendrá para juzgar al mundo por sus méritos.  Ellos ya tienen la comisión de predicar el evangelio.  No pueden llevarla a cabo con sus ojos fijados en el cielo.

La misión se ha pasado a nosotros.  Como el obispo en el avión no vamos a llevarla a cabo haciendo arengas.  Más bien tenemos que mostrar el amor para todos como Jesús nos ha enseñado.  El Señor nos ha enviado el Espíritu Santo para ayudarnos.  Él tiene más aplicaciones que el IPhone.  Podemos contar con él en cualquiera situación.  Podemos contar con el Espíritu Santo.

El domingo, 26 de mayo de 2019


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)


Este lunes los americanos celebran el Día de los caídos en guerra.  Desde la presidencia de Abraham Lincoln ha sido el tiempo designado para honrar a los soldados muertos.  Siempre ha habido hombres y, en tiempos más recientes, mujeres que murieron en la batalla.  Los investigadores a veces preguntan a los soldados: ¿por qué ustedes están dispuestos a sacrificar sus vidas?  A lo mejor la respuesta más común sorprende a la mayoría de la gente.  No es por la patria ni por sus familias en casa.  No, la mayoría de los soldados dicen que darían sus vidas por sus compañeros de armas.  En otras palabras, se sacrificarían a sí mismos por el bien de uno y otro.  Jesús exige este tipo de camaradería en el evangelio de hoy.

Jesús acaba de mostrar su amor para los discípulos en el lavamiento de pies.  Este gesto de servicio indicó cómo los discípulos deberían amar unos a otros.  Para Jesús el amor se expone por una gama de obras ambos materiales y espirituales para el otro.  Si la otra persona tiene hambre o está internado, entonces le alimentaremos o lo visitaremos por el amor.  Si está triste o expresa dudas, entonces el amor nos moverá a alegrarle o hablarle sobre la bondad de Dios. 

Vemos a los apóstoles poniendo el bien del otro primero en la primera lectura.  No imponen la circuncisión en los gentiles como era su costumbre entre sí mismos.  Se han dado cuenta de que la circuncisión es repugnante a aquellos que no son acostumbrados a la práctica.  Sin embargo, insisten que el propósito de la circuncisión sea cumplido.  Por mandar a los gentiles que se abstengan de la fornicación, los apóstoles defienden la ley de la Alianza cuyo signo es la circuncisión.

Para permitirnos hacer obras de amor Jesús promete la ayuda más grande que se puede imaginar.  Dice que a aquellos que le aman recibirán a él y su Padre como huéspedes.  No está hablando de una visita sino de una morada permanente.  Pensémonos por un momento en las amistades de la juventud.  ¡Cómo apreciábamos a nuestros compañeros entonces!  Sentíamos tan contentos que habríamos hecho cualquiera cosa por ellos.  Del mismo modo Jesús y su Padre con el Espíritu Santo se nos acuden.  Pero estos compañeros no son nunca caprichosos.  No nos permitirán desviar del camino recto como a veces nuestros compañeros de juventud hicieron. Más bien el Padre y el Hijo nos establecen en la justicia.

Como obsequio para hacer frente a los retos que vienen, Jesús nos concede su paz.  Esta paz es distinta de cualquier otra que se puede experimentar.  Ella no nos abandona como el alivio del dolor una vez que la medicina se diluya en el cuerpo.  Más bien su paz es tan permanente como el mar que siempre está allí para calmar nuestras inquietudes.  A lo mejor era con esta paz que un médico, Wyatt Goldsmith, hizo tres giras de servicio en Irak y Afganistán como militar estadounidense.  Desgraciadamente en la tercera gira Goldsmith fue matado por una granada cuando estaba tratando a un soldado afgani herido. Goldsmith es una de los caídos en guerra que se honran en los Estados Unidos mañana. 

Las primeras palabras de Jesús a sus discípulos la noche de su resurrección son, “La paz esté con ustedes”.  Los discípulos estaban escondiéndose por miedo de los judíos.  Ya reciben el Espíritu Santo que les traen la paz absoluta.  Pero la paz de Jesús no es un regalo personal de modo que se pueda guardarla sólo por satisfacción propia.  No, habiéndose dado la paz, los discípulos tienen que salir del escondite.  Han recibido su misión de reconciliar al mundo con Dios.  Nosotros también hemos recibido la paz con un propósito semejante.  Siendo el lugar del Padre y del Hijo, hemos de salir del yo para hacer obras de amor por los demás. Hemos de salir del yo para hacer obras de amor.

El domingo, 19 de mayo de 2019


EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33.34-35)


Hace dos semanas el Papa Francisco estuvo en la primera plana de nuevo.  Sin embargo, esta vez no era porque había hablado a millones de gente.  No, era porque algunos sacerdotes y teólogos lo han acusado de la herejía.  La noticia conformaba con otra publicidad negativa que la Iglesia ha recibido recientemente.  Las medias han dicho mucho acerca del escándalo de los obispos escondiendo el abuso clerical de los niños.  También reportan la fuga continua de jóvenes de la fe.  La situación se ha hecho tan difícil que escuchemos la primera lectura con sentimientos de nostalgia. 

La lectura describe cómo Pablo y Bernabé fundaron las comunidades de fe entre los paganos.  Su predicación atrajo a muchos.  Entonces designaron a presbíteros para mantener la fe cuando se marcharon.  Además el pasaje señala cómo los dos misioneros se agotaron a sí mismos viajando de comunidad a comunidad.  Si estuviéramos a preguntarles por qué trabajaron tan incansablemente, nos habrían respondido que lo hicieron por el Señor.  Jesús los había enviado a todas partes para predicar el amor de Dios.

En el evangelio Jesús comienza su último discurso a sus discípulos.  Dice que “ha sido glorificado el Hijo del hombre” porque Judas acaba de salir para poner en marcha los eventos de su Pasión.  Por el sufrimiento que él aguantará, el mundo verá la inmensidad del amor de Dios.  Sin embargo, este amor no será puesto en un estante demasiado alto para los discípulos a alcanzar.  No, Jesús manda que los discípulos lo practiquen entre sí mismos.  Sacrificar el bien propio por lo del otro se hará aun la marca para identificar al cristiano.  Más adelante en el discurso Jesús dirá que los frutos producidos por sus discípulos glorificarán a Dios.

Para poner el mandamiento del amor en práctica los discípulos necesitarán al Espíritu de Jesús.  Este es el más grande de los dones que Jesús ofrece.  Recibirán al Espíritu Santo con la muerte de Jesús en la cruz.   Por nuestra participación en la Eucaristía recibimos al mismo Espíritu.  Él nos habilita a amar como Jesús.  Con el Espíritu Santo nosotros también podemos sacrificarnos por los demás.

Como ejemplo se pueden apuntar los diecinueve mártires beatificados en Argelia el diciembre pasado.  Incluido en el grupo fue un obispo.  El monseñor Pierre Claverie era conocido por su amor para todos que lo rodeaban.  Cuidaba a los católicos franceses que quedaban en Argelia después de la independencia.  Más impresionante era su preocupación de los musulmanes que forman la gran mayoría del país.   Fue tan grande su amor que en su funeral los musulmanes llenaron la catedral diciendo que él era su obispo también.

Con el Espíritu la Iglesia no tiene que angustiarse sobre los retos contemporáneos.  Ella ha superado crisis aún más peligrosas en el pasado.  En los primeros siglos la Iglesia sufrió varias olas de persecución causando miles de mártires.  Entonces en el tiempo después de la Ilustración muchos intelectuales y estadistas dejaron la práctica de la fe.  Pero la Iglesia siempre ha emergido de las dificultades más fuerte por la acción del Espíritu Santo.

Quedamos con una pregunta: ¿nosotros vamos a participar en la victoria de la Iglesia por sacrificarnos por el bien de los demás? O, quizás, escogeremos a quedar viviendo sólo por nuestro propio bien.  Tenemos una vislumbre de la victoria en la lectura del Apocalipsis.  El vidente ve una ciudad de amor descendiendo del cielo a la tierra.  Creemos que esto se sucederá al final de los tiempos.  Seamos vivos o seamos resucitados de entre los muertos cuando el cielo venga, queremos ser parte de ese evento.

El domingo, 12 de mayo de 2019

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 13:14.43-52; Apocalipsis 7:9.14-17; Juan 10:27-30)


Hace cuatro años el video horrorizó al mundo.  Mostró a veintiún cristianos cópticos ser degollados por miembros del Estado Islámico. Todavía el recuerdo del evento crea el ultraje entre las naciones del Oeste.  Sin embargo, las familias de las víctimas quedan con otro sentimiento.  Particularmente las madres se sienten orgullosas.  Pues saben que sus hijos ha logrado la dicha de estar con Jesús en la gloria. 

Se basa su confianza no sólo en la doctrina cristiana sino también en sus experiencias.  La madre del mártir Ezzat sufrió derrame fuerte después del martirio.  Entonces su hijo junto con San Jorge le vino en sueño. Puso sus manos en ella, y ella se sanó.  La casa de la madre de Gaber, otro mártir, resonó con voces cantando “aleluya” durante su muerte.  Sus vecinos musulmanes más tarde confirmaron este suceso extraordinario.  Una mujer musulmana pidió la ayuda de la madre de Essam, otro mártir.  La cristiana dio a la musulmana una camiseta llevando la foto de Essam con corona de mártir superpuesta.  Desde entonces la mujer previamente estéril concibió dos veces. 

La segunda lectura nos da imagen de los mártires cristianos viviendo en la gloria.  Muestra a los hombres y mujeres que dieron sus vidas como testimonio de Cristo.  Los mártires llevan vestidos inmaculados significando como todos sus pecados les fueron lavados.  Tienen en sus manos las palmas para alabar al Cordero, que es Cristo.  Todos están contentos porque se han llevado a las fuentes del agua viva.

En el evangelio Jesús dice que sus ovejas lo escuchan y lo siguen.  Significa que él nos llama a ser mártires.  Somos para dar testimonio de él como Salvador del mundo.  No es necesario que derramemos sangre sino que demostremos a los demás su amor.  Lo hacen las madres cuando defienden la vida contra aquellos que reclaman el derecho de la mujer para abortar a su hijo.  Particularmente cuando aceptan con agradecimiento a un hijo con incapacidad como el síndrome de Down muestran la dignidad de vida humana.  También las madres dan testimonio a Cristo cuando llevan a sus hijos a la iglesia para la misa dominical y cuando rezan con ellos en casa diariamente.  Asimismo dan testimonio por apoyar a los necesitados en cuanto posible.  Tal vez puedan hacer los sándwich con el grupo de la parroquia.

En la primera lectura Pablo y Bernabé se marchan de Antioquía llenos de alegría.  Fueron castigados por dar testimonio a Jesucristo.  Como las madres de los mártires cópticos, los apóstoles saben que su destino es la gloria cuando sufren por Dios. No van a cesar dando este testimonio por nada. 

Hoy celebramos el Día de la Madre en los Estados Unidos.  La publicidad nos sugiere muchos regalos para felicitar a nuestras madres.  Pero lo que les hace contentas al máximo no es nada comprado.  Sobre todo nuestras madres quieren que seamos mártires.  No es que quieran que derramemos la sangre. Pero sí quieren que demos testimonio a Cristo por nuestras obras de amor.

El domingo, 5 de mayo de 2019

Tercer domingo de Pascua

(Hechos 5:27-32.40b-41; Apocalipsis 5:11-14; John 21:1-19)


En varias apariciones de Jesús resucitado sus discípulos a penas duras lo reconocen.  Recordamos a María Magdalena a la entrada del sepulcro.  Cuando lo vio, pensaba que él fuera el jardinero.  Los discípulos en el camino a Emaús tampoco podían reconocerlo.  Anduvieron kilómetros con Jesús considerándolo como un visitante mal informado.  En el evangelio hoy cuando sus discípulos en la barca lo ven, no saben quién sea.  Aun cuando están con él en la playa, mantienen dudas.

¿Quién pueden faltarlos?  La resurrección es experiencia fuera de la vida ordinaria.  De hecho, ha sucedido una vez en toda la historia.  Sólo hay record de Jesús resucitándose definitivamente de entre los muertos.  Sí existen las historias evangélicas de Jesús resucitando a Lázaro y al hijo de la viuda.  Pero estos hombres eran para morir de nuevo de modo decisivo.  

El evangelio hoy nos da dos pistas para entender un poco la resurrección de entre los muertos.  En primer lugar señala que el discípulo que Jesús amaba no tiene dificultad reconocerlo.  Desde la barca le dice a Pedro que el extranjero en la playa “es el Señor”.   A pesar de que él no tiene problema identificar a Jesús, los cristianos han fregado sus cabezas preguntando: “¿Quién es este discípulo?”  A lo mejor no es Juan, el hijo de Zebedeo.  Si fuera alguien tan importante, el evangelista lo habría llamado por nombre.  Dicen los expertos que probablemente es discípulo de poca importancia pero de mucha fe.  Recordamos cómo él creyó en la resurrección del momento en que vio los lienzos doblegados en el sepulcro de Jesús. 

La fe aquí no es sólo la convicción que Jesús vive sino también la confianza que ella nos da.  No vamos a angustiarnos por los altibajos de la vida porque sabemos que el Señor está presente para salvarnos.  Un ministro de jóvenes reportó los problemas que tenía.  Unas horas antes del retiro que iba a presentar, su colaborador le llamó que no podía asistir. También a la misma vez el ministro descubrió que el lugar del retiro estaba en necesidad de reparo.  Pero el ministro no se dio por vencido; más bien se confió aún más en el Señor.  Resultó que fue capaz de ajustarse a la nueva situación sin maldiciones o amenazas.  Por eso se puede decir que para experimentar la resurrección hay que poner la confianza en el Señor.

La segunda pista del evangelio hoy es que los discípulos reconocen a Jesús resucitado cuando él les invita a comer.  Como en el caso de los discípulos en Emaús, es el partir del pan que se les revela.  Nosotros tenemos una experiencia semejante en la misa dominical.  Reconocemos al resucitado en los alimentos del pan y vino consagrados por el sacerdote.  Concluimos entonces que la Eucaristía reúne a la gente para conocer al resucitado.  Si nos falta la fe del discípulo amado, la Eucaristía nos la aumenta para que gradualmente la tengamos.

La segunda lectura nos da una vislumbre de estas dos pistas en acción.  Describe una comunión de la gente alabando al Cordero como cuando nos formamos en la Eucaristía.  No están forzados a darle homenaje.  Más bien lo hacen con gran agradecimiento.  El Cordero, que es símbolo de Jesús, ha derrotado el mal.  Se ha probado digno de la confianza.  Por su obra, ya pueden todos vivir en paz. 

El domingo, 28 de abril de 2019

EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-11.12-13.17-19; Juan 20:19-31)


Cada año en el segundo domingo de Pascua escuchamos de la vida común de los apóstoles.  Aprendemos cómo los testigos oculares de la resurrección mantuvieron el brío de Jesús.  Vivieron en grande harmonía.  Predicaron al Señor crucificado y resucitado.   Ahora oímos cómo los apóstoles sanaron a los enfermos y los paralíticos.  Los testigos oculares de la resurrección se han ido por muchos siglos.  Con ellos se han desaparecidos también las curaciones diarias.  Pero tanto como nosotros predicamos la resurrección, realizamos hechos maravillosos en el nombre de Cristo.  Médicos actúan curaciones en nuestros hospitales.  De igual modo con nuestro socorro los desafortunados experimentan el amor del Reino de Dios.

En la segunda lectura el vidente Juan cuenta de su encuentro con Cristo un domingo.  El Señor le comisiona a escribir lo que ha sucedido y sucederá.  Sobre todo debe dar testimonio de la victoria de Cristo sobre el mal.  Como en el caso de la primera lectura ésta se puede relacionar con nuestra vida diaria.  También nosotros encontramos a Cristo el domingo en la misa.  También a nosotros nos manda a contar a todos sin prejuicio ni engaño de su victoria sobre el mal.

Todos los años en la misa de este domingo leemos el mismo pasaje evangélico.  Escuchamos cómo Jesús apareció a sus discípulos la noche de su resurrección y ocho días después.  En la primera aparición Jesús les imparte el Espíritu Santo para que puedan perdonar pecados.   Sigue este poder de perdonar hoy en día.  Los sacerdotes pueden desatar cualquier pecado que confesemos, sea por comisión o por omisión.  En esta manera nos liberamos del peso de la culpa para que amemos de verdad.

Cuando Jesús les aparece por segunda vez, él indica la importancia de la creencia en la resurrección.  Se dirige a Tomás, que no estaba presente ocho días antes.  Como muchos hoy en día Tomás se jactó que no iba a creer sin evidencia física.  Por eso Jesús le muestra las heridas mortales en sus manos y su costado para que crea.  Tomás responde con la afirmación de Cristo más exultante en el Nuevo Testamento.  Lo llama “…mi Dios”.  El episodio termina con Jesús bendiciendo a aquellos que creen sin haberlo visto resucitado.

Es cierto que somos benditos.  Pues la fe en la resurrección de Jesús nos ha concedido tres cosas inestimables.  Primero, nos asegura de la ayuda de Cristo por el Espíritu Santo.  La codicia, la lujuria, y la ira nos atacan diariamente por el Internet o la televisión.  Por la gracia del Espíritu Santo podemos superar estos demonios.  La fe también nos da la esperanza de la vida eterna.  Miembros de Cristo, nuestra cabeza, anticipamos vivir la felicidad con él sin término.  Finalmente, la fe en la resurrección nos muestra un aprecio apropiado para nuestros propios cuerpos.  Porque tienen un futuro glorioso, no son para ser mimados ni maltratados.  Más bien tenemos que preservarlos y considerarlos la parte exterior de nuestro ser.

Otro nombre para este segundo domingo de Pascua es el domingo de la Misericordia.  La figura alta del Señor de la Misericordia resalta los temas de la misa ahora.  Sus heridas nos aseguran que sí ha resucitado de la muerte.  Los rayos de su corazón indican la gracia que nos perdona.  Y su mano levantada para bendecirnos señala el mandato a continuar su brío en el mundo hoy en día.  Es de nosotros a continuar su brío en el mundo.

El domingo, 21 de abril de 2019


Primer Domingo de Pascua

(Hechos 10:34a.37-43; Colosenses 3:1-4 [o I Corintios 5: 6b-8]; Romanos 6:3-11, Lucas 24:1-12)

Una vez muchos cristianos llevaban ropa nueva al Domingo de Pascua.  Si no tenían vestido o traje nuevo al menos se les ponían nuevo sombrero o corbata.  Los artículos nuevos reflejaban la creación nueva en la gracia que la resurrección de Jesús realizó en nosotros.  Ahora no practicamos esta costumbre como antes.  No obstante deberíamos reconocer cómo hemos estado preparados para un modo nuevo de vivir.  Podemos ver las acciones de las mujeres en el evangelio hoy como pistas de la vida nueva.

Las mujeres forman un grupo de al menos cuatro o cinco personas.  Van al sepulcro de Jesús “muy de mañana” como gente ansiosa a servir.  Quieren hacer una obra de misericordia: tratar el cuerpo de Jesús para un sepelio digno.  Por su acto bueno y comunal atenúan la desolación de su muerte.  Este tipo de amor en acción debería ser parte regular de la vida nueva de nosotros.

Sin embargo, cuando llegan al sepulcro las mujeres no ven las cosas como anticipaban.  La piedra ha sido retirada.  Más extraño aún, no está el cadáver de Jesús.  Entonces se les presentan dos ángeles anunciando que Jesús ha resucitado.  Las mujeres tardan a aceptar el mensaje.  Pero cuando los ángeles les recuerdan de las palabras de Jesús, lo dan su creencia.  Aquí está la segunda acción que vale nuestra imitación: la fe innegociable en la resurrección.

Como discípulos verdaderos de Jesús las mujeres no quieren guardar la buena nueva a sí mismas.  Tan pronto que lleguen del sepulcro, anuncian la resurrección a los Once y los demás discípulos.  Este anuncio comprende otra lección para nosotros.  Que nosotros no fallemos contar a otras personas la buena nueva de la resurrección de la muerte.

Desgraciadamente los hombres consideran a las mujeres como locas.  No les importa que entre ellas estén las mismas mujeres que les han apoyado desde la misión en Galilea.  Tampoco les importa que ellas hayan comprobado su afecto para Jesús por la atención a su cadáver.  Ellas encuentran no sólo el rechazo sino también las burlas.  Ésta forma aún otra enseñanza para nosotros.  Como las mujeres queremos ser firmes en la fe e insistentes en proclamarla.

Vivimos en una época cuando muchos no más creen en la resurrección de la muerte.  Aun si dicen que hay una vida más allá de la muerte, muchos no hacen nada para preparársela.  No oran ni buscan la justicia.  Más bien viven por gran parte para satisfacer sus propios deseos.  A esta generación nosotros tenemos que anunciar la resurrección.  Tenemos que superar la timidez para decirle que el resucitado nos ha cambiado.  Ya vivimos en conforme a él.  Y las tentaciones del mundo – sean el sexo fuera del matrimonio, la flojera de prestar la mano en una causa justa, o las estafas para acumular dinero – no van a desviarnos del camino a la gloria.

Hay muchos símbolos para la Pascua.  La mariposa significa la libertad de la muerte.  Los huevos pintados representan la vida nueva que está emergiendo.  La cruz con manto colgado de sus brazos especialmente me llama la atención.  Me dice que la muerte ha sido atenuada no por sólo un rato sino para siempre.  Me recuerda que Jesús ha resucitado a la gloria.  Y me llena de la esperanza de seguirlo.

El domingo, 14 de abril de 2019


DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 26-11; Lucas 22:14-23:49)

Cada uno de los cuatro evangelios presenta a Jesús con un matiz distinto.  El Evangelio de San Juan lo describe como el rey divino.  El Evangelio de Marcos da un retrato de Jesús como maestro del Reino de Dios, y el Evangelio de Mateo como el legislador supremo.  El Evangelio según San Lucas, que leemos en la mayoría de los domingos este año, también tiene su perspectiva propia.  En ello Jesús se ve sobre todo como un hombre justo y amistoso.  Lucas no niega que Jesús es profeta y mesías, pero destaca las características más humanas como la compasión. Vemos estos rasgos alcanzando una cumbre en la historia de su Pasión.

En la cena antes de su ordalía de sufrimiento Jesús muestra gran aprecio para sus discípulos.  Les felicita por haber preservado con él en sus pruebas y les promete el Reino.  Aparece Jesús particularmente gracioso en el Monte de Olivos.  Primero le da a Judas la oportunidad de reconsiderar lo que está haciendo cuando lo llama por nombre.  “’Judas – le dice -- ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?’” Desgraciadamente el malvado no puede aprovecharse de la señal.  La gran bondad de Jesús se hace aún más palpable cuando su discípulo corta la oreja del criado con espada.  Sólo en Lucas Jesús se digna para sanar la herida. 

Guardado en la casa del sumo sacerdote, Jesús hace otro gran gesto de gracia.  Después de que Pedro lo niega, Jesús lo mira.  Inmediatamente Pedro recuerda cómo Jesús le dijo que iba a negarle tres veces antes de que cante el gallo.  La mirada le da a Pedro oportunidad de darse cuenta de su pecado.  Por eso, llora profusamente.  Muy posible también con la mirada Pedro recuerda la otra parte de la predicción de Jesús.  Le dijo en la Última Cena que había rezado por Pedro de modo que su fe no desfalleciera.

En el camino a la Calavera Jesús demora un minuto para dirigirse a las mujeres que lo siguen.  Ellas lloran por él, pero él les consuela, al menos un poquito.  Les dice que en lugar de entristecerse por él, ellas deberían pensar en sus propios hijos.  En su crucifixión Jesús se muestra como amigo de todos y de cada uno.  Reza a Dios Padre por sus verdugos y hace una excusa por sus acciones injustas: “’…no saben lo que hacen.’”  En cuanto nuestros pecados han contribuido a la muerte del Señor, Jesús reza por nosotros también.  Al malhechor crucificado con él que reconoce su delito Jesús tiene aún mejor beneficio.  Cuando el criminal le pide que le recuerde cuando llegue a su Reino, Jesús le responde con la promesa de la vida eterna.

Queremos recordar que Jesús es nuestro amigo.  Podemos contar con él en cualquier apuro donde nos encontramos.  En la tristeza, nos consuela.  En el pecado, nos perdona.  En la herida, nos sana.  Y en la desesperación, nos promete el premio eterno.  Sólo tenemos que arrepentirnos del pecado y volvernos a él.

El domingo, 7 de abril de 2019


EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Isaías 43:16-21; Filipenses 3:7-14; Juan 8:1-11)


 Sólo quedaron dos allí: la miserable y la Misericordia”.  San Agustín describió la última escena en el evangelio hoy así.  La mujer humillada por su pecado enfrenta al Señor del amor.  Ella no tiene que temer un fallo desatinado.  Pues Jesús es hombre justo.  Pero ¿podrá tolerar la pena que su delito merece?  Jesús ve que ha sufrido bastante por la desgracia de los escribas y fariseos.  Por eso, le permite irse.

Todos nosotros deberíamos imaginarnos en el lugar de la adúltera viendo a Jesús cara a cara.  Una vez u otra todos nosotros hemos hecho algo despreciable, algo que lamentamos.  Pudiera haber sido maltratar a una persona ingenua o, tal vez, fallar a persona que siempre nos hacía bien.  He encontrado a varios hombres que habían dejado sus familias.  Una vez encontré a una mujer que había asesinado a su marido.  Espero que nadie aquí haya hecho algo tan atroz.  No obstante, como la adúltera en el evangelio vemos a Jesús con la culpa en nuestro corazón. 

No queremos escabullarnos de Jesús porque vemos en su cara la misericordia.  Vamos a escucharlo perdonarnos.  Como él dice a la mujer miserable, nos repite a nosotros: “Tampoco yo te condeno”.  Él no vino a condenar sino a salvar.  Nos quita la culpa para que caminemos libremente haciendo cosas buenas por los demás.  Recibimos este perdón en el Sacramento de la Reconciliación donde nos confesamos los pecados.

No obstante pasa que a veces no nos sentimos la liberación de nuestro pecado insidioso.  La culpa aunque sea perdonada se ha consolidado en la vergüenza.  Como resultado, no nos sentimos dignos de congregarnos entre gente buena.  Andamos cabizbajos y deprimidos.  Algunos describen esta postura como la incapacidad de perdonar a nosotros mismos. 

¿No es que esta condición venga de la vanidad?  ¿No es que estemos exagerando nuestra propia bondad?  En realidad todos somos pobres pecadores en necesidad de la gracia de Jesucristo.  Ciertamente Pablo tiene el espíritu correcto cuando dice en la segunda lectura: “…todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él…”  ¿Qué importa si hemos violado nuestros principios si ya hemos recibido el perdón de Jesucristo?

Sin embargo, queda una cosa.  Después de perdonar a la mujer sorprendida en el adulterio, Jesús le imparte un mandato.  Ella no debe volver a pecar.  Por la gracia del perdón estamos fortalecidos a hacer cosas buenas, no cosas malas.  Aunque nos parece imposible no mirar de nuevo la pornografía o no participar más en el chisme, tenemos que hacer todo esfuerzo para evitar estas cosas.  Para aprovecharnos de su apoyo, podemos rezar a Dios.  Él nos dice en la primera lectura: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo”.

Se llaman estas dos últimas semanas antes de la Pascua “el tiempo de la Pasión”.  Hace cincuenta años todas las imágenes en el templo fueron cubiertas durante este período.  Esta práctica no más es necesaria.  Pero nos queda algo más importante aún.  Si nos lo hemos hecho todavía esta cuaresma, que busquemos la misericordia de Jesús en el Sacramento de la Reconciliación.  Particularmente si nos encontramos en pecado grande, que busquemos su misericordia.

El domingo, 31 de marzo de 2019


CUARTO DOMINGO DE CUARESMA 

(Josué 5:9.10-12; II Corintios 5:17-21; Lucas 15:1-3.11-32)


 El Padre Horacio McKenna era un sacerdote jesuita.  Amó a los pobres e hizo mucho para aliviar su carga.  Una vez cuando tenía de setenta y  cinco años Padre McKenna durmió en el asilo para los desamparados.  Por supuesto, tenía su propia recamara en la rectoría.  Sólo quería saber cómo se les trataban a los desamparados.  De un sentido el Padre McKenna era como San Pablo describe a Cristo en la segunda lectura hoy.

Nos sombramos cuando escuchamos que Dios “hizo (a Cristo) ‘pecado’ por nosotros”.  Nos preguntamos: ¿Cómo podría un hombre hacerse pecado?  Aun si es posible por hombre ordinario, ¿cómo sería posible por Jesucristo?  Una cosa es cierta.  Pablo no quiere decir que Cristo era pecador.  Más bien hacerse pecado es humillarse plenamente.  Es reducirse a las condiciones de la gente pecadora cuando podría mantenerse en la felicidad eterna.  Igual que el Padre Horacio se hizo a sí mismo sufrir como hombres de la calle, Cristo se hizo sufrir como los demás hombres.

También como el padre McKenna, Cristo se hizo como pecado para mostrar el amor de Dios Padre.  Vemos la ilustración de este amor en el evangelio hoy.  Se reconoce regularmente hoy en día que el nombre usado para la parábola es equivocado.  Propiamente hablada, no es la historia del “hijo prodigo” sino del padre con amor prodigioso.  Tiene amor para todas sus criaturas representadas en la historia por el hijo que hace bien y el hijo que hace mal.  Sin embargo, los dos tiene dificultad sentir el calor de este amor.  Por esta razón el menor pide su herencia y se marcha.  Por la misma razón el hijo mayor reniegue cuando el padre festeja a su hijo regresado.

A lo mejor la mayoría de nosotros conocemos los sentimientos del hijo mayor.  Pues, al igual que él trabajamos duro.  Al igual que él siempre guardamos las reglas.  Y al igual que él sin duda, practicamos la religión.  Como el hijo mayor nos sentimos que el padre está desgastando su precioso amor en el otro hijo.  Pensamos que el joven merece un reproche, no una túnica.  En lugar de darle una fiesta diríamos que el joven debería comer solo hasta que compruebe su contrición.

El problema es que pensamos en el amor como si fuera dólares en una cuenta de banco.  Lo vemos como finito de modo que si la otra persona recibe una cantidad de dólares, entonces quedará tanto menos por nosotros.  Pero el amor no es así.  Es cosa espiritual, no material.  Crece no disminuye con el reparto. Particularmente el amor de Dios es infinito.  Dios prodiga su amor a cada uno de sus hijos e hijas con otras cantidades para los demás.  Realmente Dios es la fuente inagotable del amor.

La parábola termina con el hijo mayor en duda: ¿va a abrirse al amor de su padre por entrar en la fiesta o va a rechazar la oferta?  Tiene que decidir, pero no es fácil.  Si queda afuera, no sólo tendría su orgullo intacto sino que podría hacer cualquiera travesía que le dé la gana.  Podría contar con asociados en su miseria.  Esto es el dilema de todos nosotros también.  ¿Queremos enterrar nuestro orgullo para vivir en el amor de Dios siguiendo sus leyes y anticipando su felicidad? O quizás preferimos nuestros deseos insidiosos para tratar a los demás como platos descartables.

Se dice que los hijos mayores casi siempre son criados con muchas reglas.  Entretanto sus hermanos menores son tratados con la permisividad.  ¿Es razón de quejarse?  No lo creemos.  Pues los hijos criados con reglas aprenden la necesidad de la orden desde muy joven.  Y los hijos que conocen más permisividad tal vez tengan más creatividad.  Todos son benditos si sus padres les aman como Dios. Son benditos si sus padres les aman.

El domingo, 24 de marzo de 2019


TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 3:1-8.13-15; I Corintios 10:1-6.10-12; Lucas 13:1-9)


El cardenal José Bernardin fue conocido por su defensa de la vida humana.  Habló a menudo de la “ética consecuente de la vida”.  Por esta frase quería decir que las cuestiones como el aborto, la guerra nuclear, y la pena de muerte tienen mucho en común.  Según el cardenal, no se puede fielmente estar en contra de una de estas cuestiones sin estar en contra de los demás.  En los días después de la muerte del cardenal Bernardin, un abortista cerca Chicago donde el cardenal vivía dejó su consulta.  Fue un arrepentimiento completo como el evangelio de hoy llama a todos.

Jesús no expone el horror con las noticias de la matanza que hizo Pilato.  Seguramente fue un acto tan bárbaro que la masacre de los musulmanes en Nueva Zelanda hace poco.  Pero para Jesús la maldad sobre todo indica la necesidad de arrepentirse de modos pecaminosos.  No se dirige sólo a los ladrones y prostitutas sino a todos.  Quiere que todo el mundo deje de hacer actos viciosos y de llevar actitudes cínicas.  Pues estos comportamientos hacen la vida amarga.

En la segunda lectura san Pablo provee ejemplos de lo que Jesús tiene en cuenta.  Exhorta a los corintios que no codicien “cosas malas”.  Estas son el sexo ilícito, el alcohol en exceso, y la gula.  También les advierte de murmurar sobre las condiciones de sus vidas.  Hoy en día vemos estos vicios en el uso del Internet.  Muchos miran la pornografía todos los días.  Otros participan regularmente en los chismes del Facebook y Twitter.  Pero no es sólo por el Internet que fallemos vivir justamente.  Perdimos la paciencia en nuestros hogares cuando no nos vaya como querríamos.  Mentimos no sólo para evitar problemas sino también por despecho de los demás.

De algún modo tenemos que cambiar.  “Pero ¿cómo?” nos preguntamos.  Sí es difícil.  En primer lugar tenemos que decidir si realmente queremos cambiar.  Sería más cómodo seguir como la mayoría de la gente haciendo tan poco que pueden mientras quejándose de todo.  Una vez que decidamos en favor de los cambios, tenemos que hacer el esfuerzo necesario para lograrlos.  Tendremos que dejar las cosas, la compañía, los pensamientos que nos conducen a pecar.  En lugar de acomodar estas tentaciones tendremos que buscar la ayuda para superarlas. Necesitaremos a personas buenas con quien conversar, pasatiempos constructivos, y servicios que ayuden a los necesitados.

Una cosa más es indispensable.  Tendremos que recordar que no estamos solos en la lucha.  Dios está con nosotros.  En la primera lectura Dios revela a Moisés su nombre.  Es como su número celular para llamarlo cuando se encuentre en apuro.  Dice que su nombre es “Yo soy”.  A lo mejor este nombre significa más a los filósofos que a nosotros.  De todos modos Jesús nos ha revelado un nombre más confiable por Dios.  Nos ha exhortado que llamáramos a Dios “Padre”.  Quiere también que nos seamos renuentes de pedirle lo necesario.

Los cambios de un arrepentimiento verdadero no se hacen usualmente de día al otro.  Tardan a veces años para realizarse.  Sin embargo, tan seguro como el frío cede al calor durante la primavera, los cambios aparecen con el esfuerzo y la oración.  Nos conformaremos con nuestro Señor Jesús con el esfuerzo y la oración.

El domingo, 17 de marzo de 2019

 EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 15:5-12.17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36)


Se dice que nadie jamás pintó tan bien como Leonardo da Vinci. Aunque era genio, Leonardo tardaba mucho para producir sus obras.  Le tomó dieciséis años para terminar su obra maestra “la Gioconda”.  Estudió los músculos de la cara en cadáveres para crear la bella sonrisa de su sujeto.  También aprendió cómo el ojo asimila la luz para impactar al máximo a sus videntes.  No cuesta ni menos tiempo ni menos esfuerzo para hacernos como Jesucristo.  Esto es el proyecto durante la Cuaresma: asemejar al Señor Jesús.  Por supuesto para la mayoría no es posible lograrlo en sola una temporada.  Pero si continuamos la búsqueda por varios años, en tiempo nos haremos misericordioso como Jesús.  Cada año al segundo domingo de Cuaresma escuchamos la historia de la Transfiguración para ayudarnos en esta empresa. 

Es significante que Jesús está orando cuando su rostro cambia de aspecto.  La oración siempre nos hace más profundos interiormente, más conscientes de nuestros sentimientos y más deliberados en nuestras acciones.  No se refiere aquí a la simple recitación de palabras sino una conversación con Dios.  En el Evangelio según San Lucas Jesús siempre habla con Dios Padre antes de lanzar una etapa nueva de su ministerio.  Reza antes de escoger a los doce apóstoles.  Especialmente reza en el jardín antes de su Pasión. 

Parece que la oración de Jesús incluye una plática con Moisés y Elías.  Estas grandes figuras del Antiguo Testamento conocen el sacrificio que siempre cuesta al servidor de Dios.  No es por nada entonces que ellos hablan de la muerte que Jesús experimentará en Jerusalén.  Como Moisés pidió a los Israelitas que sacrificaran los corderos para rescatar a sus primogénitos, así se sacrificará Jesús para rescatar al mundo.  Como Elías sufrió el desdén del rey y del pueblo como profeta, así Jesús será rechazado.  Entonces, ¿por qué nos ponemos molestos cuando tenemos que sufrir la inconveniencia por los demás?

Tal vez porque muy adentro nos sentimos el miedo.  Tememos que nuestro sufrimiento, sea por los demás o sea por Dios, sea en vano.  No queremos desgastar nuestras vidas.  En el evangelio los discípulos sienten el miedo también, pero por otro motivo.  Viendo la nube aproximándolos, temen que Dios venga en todo poder.  Sin embargo, las palabras de la nube aconsejan, no amenazan.  Dicen que Jesús es Hijo de Dios y vale la pena escucharlo.  Añadimos nosotros que él tiene las palabras de la vida eterna.

Nos hacen faltan las palabras de Jesús en el peregrinaje cuaresmal para alcanzar nuestro destino.  Pues hay muchas distracciones atrayéndonos del camino.  Como dice San Pablo en la segunda lectura: “…hay muchos enemigos de la cruz de Cristo….su dios es el vientre, se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y sólo piensan en cosas de la tierra”.  No importa que hayan pasado dos mil años, estas mismas tentaciones asoman en nuestras vidas.  Parece que la gente tiene mucho tiempo para salir de comer pero muy poco para visitar a los enfermos.  Hacen vacaciones en otras partes del mundo pero no conocen a los pobres en sus propias ciudades.

El mundo nos desafía preguntando sobre la vida eterna.  Quiere saber: ¿Qué prenda tenemos para asegurar que tendremos una vida feliz después de la muerte?”  Es casi el mismo interrogante que Abram dirige hacia Dios en la primera lectura.  Para pacificarlo Dios le hizo una alianza por poner a fuego sus sacrificios de animales.  Asimismo para ayudarnos creer Dios hizo un pacto nuevo con nosotros.  Resucitó a Jesús de la muerte como atestiguaron los apóstoles con sus vidas.

Se ha puesto la temporada de Cuaresma para conformar con el cambio del clima.  En el hemisferio norte la naturaleza se muda de las nieves del invierno a las flores de la primavera.  Este cambio aproxima el cambio de Jesús en el evangelio hoy y más profundamente su transición de la muerte a la gloria en la resurrección.  Esperamos notar un cambio en nosotros también.  Ayudados por la oración vamos de personas atraídos por cosas vanas al tener el rostro misericordioso de Jesús.  Es de nosotros ser transfigurados también durante la Cuaresma.