El domingo, 27 de mayo de 2018


La Solemnidad de la Santísima Trinidad

(Deuteronomio 4:31-34.39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20)

Una autora recientemente describió su camino de fe.  Vino de un tipo de hedonismo a la verdadera fe católica.  Dice que fue bautizada como niña en la Iglesia Episcopal pero se crió sin mucha formación cristiana.  En la universidad participó en el libertinaje que caracterizó los años sesentas y setentas.  Como resultado se hizo enferma y desde la enfermería experimentó una conversión intelectual a Jesús.  Por un rato conoció la paz de Cristo pero sin la base firme se cayó de nuevo en el pecado grave.  Entonces conoció a una sanadora cristiana llamada Graciela.  Así la escritora tuvo una experiencia realmente transformadora.  Dejó el modo de vivir pecaminoso y tomó parte en el ministerio.  Primero asistía a iglesias evangélicas pero eventualmente se hizo católica. 

La autora recalca con el papa Francisco la importancia que la Iglesia sea un hospital de campaña.  Como en su caso con la sanadora, la Iglesia debe ofrecer a los desilusionados los servicios de socorro y consolación.  Pues en este mundo lleno de placeres dañinos hay muchos que quedan heridos tanto psicóloga como físicamente.  Pero, dice ella, la Iglesia tiene que ser más que una caridad.  Como el guardián de las tradiciones y la sabiduría de las edades la Iglesia tiene que disponer estos recursos al servicio del pueblo.  Nunca debería abandonar los sacramentos y la teología como sus instrumentos primarios.  Pues sólo por ellos puede desarraigar el pecado.

La fiesta de hoy representa una de las tradiciones más antiguas y céntricas de nuestra fe.  La doctrina de la Santísima Trinidad fue desarrollada en los primeros cuatro siglos de nuestra época.  En ese tiempo respondió a varios errores en cómo pensar en Dios.  Dice que el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son el único Dios.  Pero no son tres partes de una unidad ni son tres modos de considerar la misma unidad.  Cada uno de las tres personas es único y cada uno comprende la totalidad de Dios.  Exactamente cómo existen así es un misterio difícil a entender pero necesario a aceptar.  Pues se puede decir que si el Hijo no fuera Dios, no tendría el valor de salvarnos del pecado.  Y si el Espíritu no fuera Dios, no podría hacernos hijos de Dios y herederos del cielo.

Nos cuesta entender cómo las tres personas de la Trinidad pueden ser uno y cómo él único Dios puede ser tres.  Pero nuestra tarea en primer lugar es creer en ella, no entenderla.  En segundo lugar y aún más importante es que nos aprovechemos de ella.  Que seamos amorosos como el Padre, valerosos como el Hijo, e iluminadores como el Espíritu.  Así podemos ir por el mundo como el Señor Jesús nos dice en el evangelio.  Podemos mostrar a los lastimados por las drogas sonrisas acogedores.  Podemos decir a los desilusionados por el Internet palabras de comprensión. En breve podemos actuar, al menos un poco, como el Dios en que creemos.

El domingo, 20 de mayo de 2018

EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA)

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.

El sábado, 19 de mayo de 2018


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA)

(Génesis 11:1-9; Romanos 8:22-27; Juan 7:37-39)

En el año 1976 Irlanda Norte estaba en guerra civil.  La mayoría de la población, que era protestante, quería mantenerse unida con Inglaterra.  Entretanto, muchos de la minoría católica preferían formar parte de la Republica Irlandés al sur.  Había mucha discriminación, protesta, y retaliación resultando en la muerte de miles de civiles.  Un día un soldado inglés abrió fuego a un coche de los republicanos causándolo perder el control.  El coche atropelló una familia matando a tres niñas.  Mucha gente – ambos protestantes y católicos – decidió que demasiada sangre se había derramado.  Formaron manifestaciones de miles personas pidiendo un alto de la violencia.  Ellos anhelaron la venida del Espíritu Santo como San Pablo escribe en la segunda lectura hoy.

Pablo describe un pueblo cuyos gemidos para el alivio son unidos con las oraciones del Espíritu Santo.  Nosotros hoy en día seguimos añorando una sociedad más sana.  Vemos a los soberbios acaparrando la atención como los hombres de Babel en la primera lectura.  Ellos quieren construir una torre para llegar a Dios como si Él viviera encima de una nube.  Se ve este tipo de egoísmo hoy en los entretenedores que no refrenan nada en sus referencias al sexo.  Igualmente lo percibimos en el vestido de las mujeres que han perdido el sentido de vergüenza.  Pedimos que venga el Espíritu para corregir estas tendencias indecentes por el bien de todos.

El evangelio destaca a Jesús como la fuente del Espíritu Santo.  La ocasión es la fiesta de las Tiendas, una celebración que atrae a muchos peregrinos a Jerusalén.  La fiesta recuerda cómo el Señor acompañó a los israelitas por cuarenta años en el desierto.  Los peregrinos forman una procesión para sacar el agua de la piscina de Siloé a la orilla de Jerusalén.  Esta agua representa la que Moisés sacó de la roca en el desierto.  Los sacerdotes verterán el agua sobre el altar del Templo para simbolizar su capacidad de dar la vida.  Al mirar las actividades Jesús grita que él tiene agua viva.  Su agua es mucho más eficaz que la de la piscina porque concede la vida eterna.  El agua a la cual refiere es el Espíritu Santo que Jesús entregará una vez que muera en la cruz.

Nosotros hemos bebido de esta agua.  Pues hemos recibido al Espíritu Santo en el bautismo.  Ya es de nosotros para hacer lo que podamos para derrotar las fuerzas de violencia y soberbia.  No estamos solos en la lucha.  Han bebido del mismo Espíritu sinnúmeros de otras gentes.  Tal vez nuestro aporte sea limitado a no practicar la violencia y enseñar a nuestros hijos así.  Sería un paso adelante en la construcción de la paz.  Asimismo por refrenar de indirectas sexuales, contribuiríamos a un ambiente más sano.  Aquí vemos un propósito de la venida del Espíritu: crear una sociedad pacífica y sana por todos.


EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS (MISA DEL DÍA), 20 de mayo de 2018

(Hechos 2:1-11; Gálatas 5:16-25; Juan 15:26-27.16:12-15)


Algunos del movimiento protestante llamado Cuáquero tienen un modo extraño de orar a Dios.  No usan ni palabras ni ritos sino se sientan orando en silencio.  Sin embargo, estas personas son famosas por su dedicación a las obras de servicio.  Sucedió que un día un católico asistía en un encuentro cuáquero.  Se sentía incómodo porque nadie dijo nada a la hora designada para el comienzo.  Después de quince minutos preguntó a un miembro de la comunidad cuándo comenzará el servicio.  La persona respondió: “El servicio comienza cuando termine la oración”.  Parece que algo semejante pasa en la primera lectura.

La comunidad de discípulos se ha reunido para la fiesta judía de Pentecostés.  La gente celebra el día de la entrega de la Ley de Dios cincuenta días después de su escape de Egipto.  Ya los seguidores de Cristo recibirán una ley nueva, interior y más eficaz.  Oyen un swoosh como el sonido de un IPhone enviando mensajes.  De repente ven lenguas de fuego simbolizando la presencia del Espíritu de Dios sobre todos.  El Espíritu Santo ya ha llegado como un pistón llevando a cada uno a dar testimonio a Jesucristo.

Los apóstoles predicarán a Jesús como dice el evangelio.  Su insistencia que realmente tuvo lugar la resurrección de Jesucristo les costará sus vidas.  Los demás discípulos también darán testimonio con sus vidas pero no de modo sangriento.  Siguiendo al Espíritu, van a vivir en un modo diferente de aquel del mundo.  Como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas van a dejar atrás el “desorden egoísta”.  No van a mostrar nada de la lujuria, las divisiones, y las envidas.  Más bien serán conocidos por la alegría, la bondad, y el dominio de sí mismo.  Estos son los efectos del Espíritu funcionando como ley interior.

Asimismo nosotros somos llamados a dar testimonio.  Deberíamos hablar de nuestra esperanza a resucitar de la muerte como Jesús.  El testimonio se volverá elocuente por mostrar al mundo un nuevo modo de vivir.  Cuando vivimos alegres, benignos, y auto-dominados, los demás se percatarán de la presencia del Espíritu Santo.  Cuando vivimos como personas nuevas, se percatarán del Espíritu Santo.

El domingo, 13 de mayo de 2018


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Marcos 16:15-20)


A lo mejor cuando pensamos en la Ascensión, tenemos en cuenta una imagen desequilibrada.  Sólo vemos a Cristo dejando a nosotros de modo que lo perdamos como guía.  Sin embargo, hay otra parte de la historia de la Ascensión que llama la atención.  Como indica la segunda lectura, hoy es la fiesta de Cristo tomando su puesto a la derecha de Dios Padre.  De allí reinará para siempre en favor de nosotros.  Lejos de ser una pérdida, la Ascensión nos beneficia en al menos tres maneras.  Cada una puede ser asociada con las tareas de la madre la cual festejamos hoy también.  Qué examinemos estas tres maneras para que apreciemos aún más ambas la Ascensión y nuestras madres.

Primero,  Jesús ha abierto un espacio para nuestros cuerpos.  Cualquier cosa el cielo fuera antes de la encarnación, ya tiene dimensiones físicas.  Pues el Hijo ha asumido un cuerpo como nuestro que requiere un espacio.  Cuando se levanta de la muerte y asciende al cielo, sigue la necesidad de colocarse en un lugar físico.  Por eso, en el Evangelio según San Juan Jesús dice que dejará a sus discípulos para prepararles un lugar (Juan 14:2-3).  Pensamos en nuestras madres como las que nos preparan la casa.  Sí, a veces son los padres que preparan la comida y lavan la ropa.  Pero generalmente la madre se encarga de estas tareas. 

Contando con un espacio en el cielo, deberíamos considerar cómo llegaremos a esa dicha.  La redención por Cristo nos hace familia de Dios con el destino de la vida eterna.  Sin embargo, tenemos que realizar este destino con obras de caridad.  Como nuestras madres rezan a Dios que hagamos Su voluntad, así Cristo nos intercede.  Es cierto que no estamos acostumbrados a pensar en Cristo rezando por nosotros como si fuera otro santo.  Pero la Carta a los Hebreos recalca este tema.  Dice que Jesús, el sumo sacerdote eterno, estará intercediendo en favor de nosotros para siempre (Hebreos 7:25).  Reza que el Padre nos envíe al Espíritu Santo para hacer obras buenas.  Sin el Espíritu, seríamos como ladrones siempre calculando cómo aprovecharnos de los demás.  Con el Espíritu estamos capaces del amor abnegado.

En el evangelio Jesús promete a los apóstoles las ayudas necesarias para llevar a cabo su misión.  Proveerá la habilidad de aprender nuevas lenguas, el don de sanar a enfermos, y la resistencia a los malos naturales.  También nos agradecemos a nuestras madres por darnos este tipo de auxilio.  Ellas curaron nuestras heridas cuando regresamos a casa lastimados.  También con su insistencia aprendimos nuestras lecciones de escuela.  Hay una historia de la vida de Barack Obama que muestra la entrega de madres para el bien de la familia.  Cuando vivían en Indonesia, la madre del presidente anterior lo despertaba a las cuatro y media para darle clases extra.  Si se quejó el niño que estaba cansando, la madre insistió en la disciplina.  Dijo: “Esto no es una merienda para mí tampoco”.

Como muchas personas, Barack Obama recuerda a su madre sobre todo por su amor incondicional.  Ella le dio un auto-estima a pesar de los prejuicios de otras personas y de sus propias faltas.   Sin embargo, en cuanto al amor incondicional nuestras madres nos dan sólo una sombra de aquel de Jesús ascendido al cielo.  Pues de allí Jesús ama no sólo a sus discípulos sin condiciones sino al mundo entero.  Es cierto.  Jesucristo ama a todos sin condiciones.


El domingo, 6 de mayo de 2018


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 10:25-26.34-35.44-48; I Juan 4:7-10; Juan 15:9-17)



La Hermana de la Misericordia María Chin era persona cumplida.  Tanto en obras como en palabras ella sobresalió.  Una vez describió esta experiencia formativa de su carácter.  Cuando todavía era muchacha, una religiosa se la llevó a un leprosorio en su país nativo Jamaica.  Llegaron a la puerta de una leprosa llamada Miss Lilian y la tocaron.  Desde adentro contestó una voz alegre, “Entren.”  La jovencita saltó adentro con mucha emoción, pero una vez allá quedó paralizada.  Enfrentaba a una mujer con cara completamente destrozada.   La leprosa ofreció a María su mano que era no más que un tocón sin dedos.  Le dijo a María, “Pon tu mano en la mía.”  “No puedo; tengo miedo,” gimió la muchacha.  “Sí, puedes,” respondió Miss Lilian, “…mira las flores del campo.  Dios no permite que les llegue el daño.”  Dijo la hermana Chin que no sabía cómo le pasó, pero en un instante su mano quedó en la de la leprosa.  Entonces, sintió una onda de poder llenando su cuerpo hasta su propia alma. 

En un instante María Chin aprendió la esencia del amor.  El verdadero amor, que llamamos también la caridad, no es simplemente desear lo bueno para el otro.  Más bien, es la unión del alma con la de otra persona.  Esta unión va a costarnos mucho.  Pues estamos comprometiéndonos al bien de él o ella.  Como enseña la segunda lectura, el modelo de este amor es Dios enviando a Su Hijo al mundo para salvarlo.  Tal vez la descripción del amor que hizo el gran escritor ruso Fiador Dostoievski nos ayudará. En una novela escribe: “El amor en acción es una cosa áspera y espantosa comparada con el amor de los sueños…” 

El verdadero amor no es fácil.  Por esta razón Jesús habla en el evangelio hoy del mandamiento del amor.  Si fuera algo fácil, ¿tendría que obligarnos a cumplirlo?  Vemos este amor en los hijos que cuiden de su madre o padre con Alzheimer.  Se privan de oportunidades de hacer vacaciones aún de ir al cine para atender las necesidades del otro 24/7.

A veces el amor requiere que estiremos nuestros límites para incluir al otro.  En la primera lectura Pedro tiene que cambiar su parecer acerca de quien sea su hermano.  Pensaba que sólo pudiera compartir la fraternidad de la mesa con los judíos que guarden la ley.  Sin embargo, la presencia del Espíritu Santo a Cornelio le enseña la necesidad de abrir su corazón par en par.  Tiene que aceptar a los gentiles que crean en Jesucristo como hermanos también.  De igual modo es necesario que veamos a los musulmanes, los testigos de Jehová, y los masones como al menos hermanos y hermanas potenciales.

Tal vez nuestra época impida el proyecto del amor.  Vivimos en un tiempo con invenciones que quiten la pena de muchos trabajos.  La mayoría de las casas tienen lavadoras de ropa si no de platos.  Empezamos a pensar que el amor debe cumplirse tan fácilmente.  Pero no es así.  Más tarde o más temprano el verdadero amor cuesta.  Es una búsqueda continua para el bien del otro que conlleva el compromiso.  No es fácil pero es beneficioso.  El amor no sólo ayuda al otro sino nos lleva a nosotros más cerca a Dios.  Él es nuestro destino en la vida, lo que nos importa sobre todo.  El amor nos lleva más cerca a Dios.

El domingo, , el 29 de abril de 2018

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 9:26-31, I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)


Hace poco hubo un espectáculo en el pueblo.  Por tres noches seguidas se presentó una obra dramática en el teatro municipal.  Según un reporte era escandalosa.  Tenía referencias al sexo obsceno desde el principio hasta el fin.  Una pareja dijo que no hubo nada de valor artístico.  A lo mejor han existido espectáculos destacando la desnudez desde siempre y cines pornográficos desde la invención de la cámara cinematográfica.  Lo que es relativamente nuevo es la introducción de estas cosas en los centros culturales.  Es prueba de la verdad de la profecía que hizo el papa San Pablo VI hace cincuenta años.

En el año 1968 Pablo VI publicó su encíclica sobre la transmisión de la vida humana, Humanae Vitae.  Él tenía que declararse en la cuestión social más ardiente al tiempo: el uso de métodos artificiales para controlar el número de hijos en un matrimonio.  Muchos querían que él cambiara  la enseñanza de la Iglesia condenando anticonceptivos. Pues había mucha preocupación sobre los efectos de poblaciones crecientes en los países subdesarrollados.  También surgían entonces nuevos métodos de control la fertilidad más efectivos y, supuestamente, seguros.

Sin embargo, el papa decidió en contra de la anticoncepción artificial.  Dijo que Dios ha construido el acto conyugal como ambos procreativo y unitivo. Por eso, si la persona humana intenta separar estos dos significados en la realidad, estaría ofendiendo el plan del Creador.  Tal ofensa tendría consecuencias negativas que el papa predijo.  Ahora, después de dos generaciones se puede observar que el papa tenía toda razón. 

Una consecuencia lamentable del uso global de anticonceptivos ha sido el crecimiento de abortos.  Con las píldoras anticonceptivas disponibles en todas partes el varón no más se siente a sí mismo responsable para un embarazo inesperado.  Razona: es la culpa de ella por no usar la píldora.  Entretanto, o por vergüenza o por razones económicas la mujer muchas veces opta a abortar la creatura. 

El uso de anticonceptivos ha convertido la intimidad sexual de una expresión de amor a un modo de placer.   El resultado ha sido la desvalorización de la mujer. Ya no es apreciada tanto como una pareja de vida y una madre.  Más bien, es mirada como un objeto con lo cual se puede jugar.  Aunque este abuso siempre ha sido conocido, regularmente fue escondido por razón de miedo.  Sólo el año pasado cuando una serie de mujeres declaró contra un cacique de Hollywood, se hizo creíble la depredación sexual en escala grande.  Ahora mujeres en diferentes carreras están contando historias similares en el movimiento “MeToo” (“YoTambién”.

Una consecuencia trágica del uso de anticonceptivos que Pablo VI no previo es la soledad.  Ya en varias naciones del occidente muchos mayores viven y mueren solos.  No es inaudito que se descubren sus cadáveres sólo cuando empiezan apestar.  No queriendo tener a hijos, ellos encontraron el método para realizar su deseo fácilmente disponible.

Estos sucesos tristes dan testimonio a las lecturas hoy.  En la segunda lectura San Juan pide a su audiencia que amen no solamente de palabra sino “de verdad y con obras”.  Se puede aplicar estas palabras a las parejas que hablan de amor pero un amor defectivo.  Particularmente los no casados quieren sacar sentimientos de placer y júbilo con el acto sexual.  Sin embargo, no quieren hacer el sacrificio por el bien del otro que constituye el amor de verdad.  En el evangelio Jesús llama a sí mismo la vid y nosotros los sarmientos.  Quiere que pertenezcamos en él para que Dios Padre pueda podarnos de errores.  La Iglesia es el Cuerpo de Cristo.  Qué nos quedemos files a ella para que sus enseñanzas nos quiten ideas erróneas.

El uso global de anticonceptivos ha resultado en mucho sufrimiento.  Es triste porque el mundo actual podría haberlo evitado. Si hiciera caso al papa profético San Pablo VI, el amor conyugal sería más plenamente “de verdad y con obras”.  Es tiempo para nosotros católicos dar a la encíclica Humanae Vitae otra lectura.

El domingo, 22 de abril de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Hace dos semanas se publicó un escrito nuevo del papa Francisco.  Tiene que ver con la santidad.  ¿Qué es esto: no nos importa la santidad?  Si esto fuera la verdad, habríamos perdido la esperanza de la vida eterna.  Pero porque todos tenemos la inquietud sobre la vida después de la muerte del cuerpo, vale la pena hacer caso de lo que el papa ha escrito.  Está actuando como vicario de Jesucristo, el Buen Pastor del evangelio de hoy.

Dice el evangelio que Jesús es el Buen Pastor porque da su vida por sus ovejas.  Logramos la santidad cuando nos unamos con él en su vida, muerte y resurrección.  Pero la condición caída humana nos inclina al sentido contrario.  Por la mayor parte deseamos el placer, el poder, y el prestigio más que la santidad.  Por eso, nos hace falta redoblar los esfuerzos para conformarnos con Jesús.  El papa describe varios aspectos de la imitación de Cristo, pero vamos a recalcar aquí sólo tres: la humildad, la comunidad, y la cercanía a los pobres.

Particularmente hoy en día a la gente le gusta jactarse de su autonomía.  Como se ha cantado muchísimo, "logré vivir a mi manera”.  Pero Jesús siempre hizo lo que quería su Padre Dios.  Se humilló a sí mismo por hacerse humano y más aún por ser crucificado.  Como dice Pedro en la prima lectura hoy, Jesús era “la piedra desechada”.  La humildad nos recuerda que no somos el único alrededor de lo cual revuelve el mundo; Dios es.  Por eso, Santa Teresa de Lisieux escribió que no quería comparecer ante Dios enseñándole sus propias obras.  Más bien, cuando viniera su tiempo, ella quería contar con la justicia de Él.  Para asegurar la humildad el papa recomienda que recordemos cómo nuestras vidas son regalos. Entonces las llevamos a la perfección cuando las regalemos en torno por los demás. 

Por la gran mayor parte aprendemos la humildad en la comunidad.  Sea en forma de la familia, la escuela, o la parroquia, necesitamos la comunidad para crecer en la virtud y evitar el vicio.  Pero casi siempre nuestra tendencia es para rebelarnos contra los demás.  Deseamos ser independientes, lejos de aquellos que pueden enseñarnos cómo vivir en este mundo con el corazón apegados a Dios.  El papa Francisco dice que “la comunidad que preserva los pequeños detalles del amor…es lugar de la presencia del Resucitado (Jesús)”.   Está pensando en el hombre que cada domingo se levanta temprano para hacer el desayuno por la familia antes de la misa.  Tiene en cuenta la mujer que cada día a las seis de la tarde llama a su suegra en otra ciudad.

En el evangelio Jesús habla de “otras ovejas que no son de este redil”.  Dice que tiene que cuidar a ellas también.  Se piensa con razón que está refiriéndose a las diferentes comunidades cristianas en el primer siglo.  Sin embargo, podemos imaginarlo tomando en cuenta con la frase a los pobres.  Muchas veces ellos no nos acompañan a la misa.  Pues son enfermos o no bien educados.  Sin embargo, como el papa dice, Jesús se identifica con ellos.  Nunca debemos considerar a un sufriente como problema o como estorbo en el camino.  Más bien deberíamos pensar en él o ella como Cristo que nos ayudará crecer en la santidad.

En la segunda lectura San Juan llama a los miembros de la comunidad de Cristo “hijos de Dios”.  No somos Sus hijos porque somos apegados a los modos del mundo.  Al contrario, constituimos la familia de Dios porque hemos emprendido el camino de la santidad.  Que no lo dejemos nunca.  Que siempre sigamos el camino de la santidad.