El domingo, 28 de enero de 2018

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 18:15-20; I Corintios 7:32-35; Marcos 1:21-28)

En el evangelio hoy el espíritu inmundo pregunta a Jesús: “¿Has venido a acabar con nosotros?” La respuesta sencilla es “sí”; el Señor está aquí para acabar con toda inmundicia espiritual.  No quiere que nada nos impida de conocer a Dios. En los tiempos antiguos tanto como ahora la inmundicia existió mucho en los pecados carnales.  Los hombres se aprovecharon de las mujeres de las clases pobres por el placer.  Se esperó que las mujeres de las clases altas se condujeran de manera moralmente estricta.  Pero siempre había prostitutas seduciendo a los hombres por el dinero.  Jesús vino para invertir estos tipos de la explotación humana.  Tenemos vislumbres de los efectos de sus enseñanzas en las cartas de San Pablo.

Por los últimos tres domingos hemos leído en la misa secciones de la Primera Carta a los Corintios.  En cada caso Pablo ha tratado de los deseos sexuales.  Hace dos semanas Pablo advirtió del gran valor de los cuerpos de cristianos.  Dijo que los bautizados fueron comprados con la sangre de Cristo.  Por eso, sus cuerpos pertenecen a Dios y  pueden facilitar la unión con Dios.  No en la Carta a los Corintios sino en otra, la Carta a los Efesios, Pablo o uno de sus discípulos dice que la unión entre los esposos representa la unión de Cristo con su iglesia.  Eso es, cuando los esposos tienen relaciones íntimas, están tocando a Cristo.  Muy probable no van a sentir el acercamiento al momento.  Pero será el efecto del dar del yo al uno al otro en la unión física.  Porque es una perversión de esta unión con Cristo, Pablo indica que la fornicación es mala.  Pues no se puede acercarse a Cristo donde no hay el compromiso matrimonial.  Es como si uno tratara de comprar víveres con dinero de Monopolio.  Como ese dinero no tiene valor tampoco lo tiene la unión íntima fuera del matrimonio. 

El domingo pasado el apóstol recomendó que los casados vivieran como si no fueran casados.  Su razón era que el mundo terminará pronto.  No condenó a los casados por tener relaciones sino que pensaba que habría sido mejor que se dedicaran plenamente a la preparación para el regreso de Cristo.  Para nosotros estas palabras tienen otro significado.  Aunque valoramos el matrimonio, tenemos que reconocer que existen otros modos para conducirnos a Cristo.  En ciertos momentos el ayuno o la oración continua serán aún más provechosos para unirse con Cristo. 

Deberíamos reconocer también que algunos querrán dedicarse al servicio de la Iglesia o la contemplación sin casarse.  Estos estados de vida pueden servir como modos más directos a la reunión con Cristo.  En efecto esto es lo que Pablo dice en la lectura hoy.  El matrimonio existe para llevarnos al Señor pero implica varias distracciones.  Entretanto los religiosos y religiosas son como los solteros de su tiempo.  Ellos tienen menos distracciones que los casados aunque todavía tienen que cocinar la comida y lavar la ropa.   

Nos hace faltar recordar que las relaciones sexuales no son Dios.  Muchos viven como si fueran.  Para ellos el sexo es la cosa más importante, la cosa que les puede dar la mayor felicidad.  Pero no son lo más importante, mucho menos son Dios.  Las relaciones sexuales llevan a la pareja matrimonial a la unión con Cristo por todo lo que producen: los hijos, el conocimiento íntimo de otra persona, y más conciencia de la providencia de Dios.  Es Cristo, no las relaciones sexuales, que es indispensable.  Cristo nos hace plenamente humanos – hijos e hijas de Dios – como Dios creó a Adán y Eva.  De hecho, por Cristo es necesario en ciertos momentos que los hombres y mujeres rechacen el sexo.  Ciertamente es el caso cuando no son casados.  Aun dentro del matrimonio puede ser requerido.  Cuando la pareja no deberían tener más hijos, sería necesario que se refrenen mientras la mujer está fértil.


La Carta a los Efesios dice que la unión matrimonial constituye un “misterio profundo”.  Sí es difícil comprender porque ello tiene un efecto casi totalitario a las parejas.  Sin embargo, cuando relacionamos la unión matrimonial con Cristo, empieza a hacer sentido.  Tan fuertes como sean las atracciones del sexo, Dios las usa para traer a las parejas a conocer a Cristo.  Las relaciones traen a las parejas a Cristo.

El domingo, 21 de enero de 2018

EL TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Jonás 3:1-5.10; I Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20)

Un prisionero espera la liberación pronto.  Su tiempo encarcelado ya está cumplido.  No más sus días serán llenados sólo de la rutina carcelaria.  Más bien una gama de oportunidades lo espera.  Pero el hombre tiene que decidirse ya qué va a hacer con su vida.  ¿Va a volver al vicio que causó su encarcelamiento en el primer lugar?  O ¿va a quedarse con su familia trabajando como todos y disfrutándose en cuanto pueda?  O, tal vez, ¿va a dedicarse al Señor con rezos y servicio a los demás? 

El evangelio hoy nos presenta una situación semejante.  En ello toda la humanidad queda como si fuera encarcelada por siglos. Dice la lectura que Jesús viene predicando: “…el Reino de Dios está cerca”.  La venida del Reino significa que el mal tiene que rendirse a la autoridad de Dios.  Finalmente el engaño tendrá que inclinarse ante la justicia; el desdén tendrá que dar paso al respeto para el otro. El Reino de Dios no es un gobierno con métodos efectivos para castigar a los malvados.  Más bien, el Reino es Jesús mismo lo cual nos anima para dominar los deseos excesivos del yo.  Acercándonos a Jesús,  nos sentimos la afirmación que resulta en el amor para Dios y la preocupación por todos.

El encuentro con Jesús nos llama al arrepentimiento de nuestros modos pecaminosos.  Hemos deseado más cosas, placeres, y experiencias que no son ni necesarias ni siquiera provechosas.  No consideramos suficientemente a Dios, mucho menos a los demás.  Pero una vez que conozcamos a Jesús, este orden se invierte.  Como con los jesuitas nuestra preocupación se hace “la mayor gloria de Dios”.  Para glorificar a Dios uno de los mártires de Argelia había renunciado ambos a su novia y su consultorio privado.  Se hizo monje dedicando su conocimiento médico para atender a los musulmanes del pueblo cuando los radicalistas lo asesinaron. 

Nuestra acción no es sólo la reorganización de nuestras prioridades viejas sino también la aceptación de una esperanza nueva.  Manda Jesús también que creamos en el evangelio.  Esta buena nueva dicta que no vamos a quedar desconsolados en nuestro servicio.  Más bien tendremos su apoyo hasta el fin de cuentas cuando experimentaremos la vida eterna.  Esto es un premio que los griegos de la antigüedad no atrevieron a esperar.  En verdad no sabemos exactamente ni cómo ni cuándo va a ser realizada esta esperanza.  Sin embargo, ella nos lleva por las dificultades y seducciones del mundo a una vida recta.

Hasta ahora no se ha mencionado cómo la gente reacciona a la predicación de Jesús.  Entonces el evangelio muestra a dos hermanos echando sus redes en el mar.  Cuando Pedro y Andrés oyen el mandato de Jesús que lo sigan, dejan todo para cumplirlo.  Esta historia explica más la autoridad de Jesús que la obediencia de los hermanos.  Tiene una personalidad tan magnética que no se pueda evitarlo.  Es como el profeta Jonás en la primera lectura.  Su predicación es tan dinámica que la gente no pueda resistir creerla.  

Nosotros católicos podemos considerar a nosotros mismos con Pedro en la primera llamada de Jesús. Pues tenemos como nuestro cabeza al papa, el sucesor de Pedro.  Entonces, se puede ver a otros con Santiago y Juan en la segunda llamada.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.e ver a otros con Santiago y Juan en la segunda.  Estos “otros” consisten de los ortodoxos, los protestantes, y los evangélicos.  Pues, ellos también forman partes del seguimiento de Jesucristo.

Cada año del dieciocho al veinticinco de enero toda la Iglesia reza por la unidad cristiana.  Esperamos que todos los bautizados un día compartan en la misma Eucaristía.  Podemos entender el evangelio de hoy como significando esta reunión.    Que un día pronto aquellos de la llamada de Pedro y aquellos de la llamada de Santiago y Juan se reconozcan como unidos en la misma barca de Jesús. Que pronto nos reconozcamos como unidos en Jesús.

El domingo, 14 de enero de 2018

EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO, 14 de enero de 2018

(I Samuel 3:3-10.19; I Corintios 6:13-15.17-20; Juan 1:35-42)

Los consejeros se prueban sabios cuando le preguntan a un joven: ¿”Qué buscas en la vida?”  Por eso, no deben sorprendernos las primeras palabras de Jesús en este evangelio de Juan.  Les pregunta a dos discípulos de Juan el Bautista: “’¿Qué buscan?’” Deberíamos escuchar el interrogante dirigido a cada uno de nosotros también.  ¿Qué buscamos en la vida?

Algunos dirán “la plata”; otros responderán “el poder”, aun otros “el placer”.  Pero la mayoría de la gente, creo, al menos en sus momentos más honestos no quiere algo tan pretensioso como ser millonario o ser gobernador.  Su meta en la vida consiste principalmente en tener a una esposa bonita (o un esposo guapo), a dos niños sanos e inteligentes, y una casa cómoda.  Aunque aparezcan inocentes estas cosas, presentan un problema.  ¿No es posible sacar más de la vida que ochenta y pico años de la rutina ordinaria?  Por lo menos parece que los discípulos de Juan el Bautista tienen más en cuenta para sí mismos cuando responden al interrogante de Jesús.  Dicen: “’¿Dónde vives, Rabí?’” Eso es, quieren conocer el lugar del Hijo de Dios; a decir, la vida de la harmonía.  Quieren escaparse de los altibajos de esta vida para tener una vida de la paz y el amor.

Jesús no les niega la oportunidad.  Les responde, “’Vengan a ver’”.  No se dice que pasa en la casa pero tampoco es difícil imaginar los sucesos.  Como en la casa de Marta y María, les enseñará.  Como en la casa de Leví, comerá y beberá con los pecadores tanto como sus discípulos.  Y como en la casa de Zaqueas, les impartirá la salvación.  En breve experimentaran la misericordia de Dios en el encuentro íntimo con Su hijo. 

Jesús nos tiene la misma oferta.  Él tiene su casa en nuestros corazones.  Por el hecho que es la fuente de nuestra existencia, él está más cerca de nosotros que somos a nosotros mismos.  De veras, no podríamos existir sin su presencia.  En el interior de nuestro ser, entonces, podemos conocer todo el amor de Dios.  Para experimentarlo tenemos que quitarnos del trajín del mundo y contarle a Jesús las angustias y las ilusiones de nuestra vida.

Conocer a Jesús de esta manera no admite la flojera. Inmediatamente queremos compartir con los demás la alegría de ser amigos de Jesús.  Por esta razón los papas recientes no cansan de decir que la fuente de la evangelización es una relación íntima con Jesús.  En el evangelio vemos a Andrés volviéndose de su encuentro con Jesús con ganas a compartir la experiencia con su hermano Simón.  Describe la persona de Jesús como el “Mesías”, eso es, el que llevará al mundo entero a la gloria.

Para cumplir este proyecto, que es enorme, Jesús necesitará a apóstoles comprometidos a él de modo especial.  Le harán falta a personas dedicadas a la predicación de la palabra.  Necesitará a personas capaces a gobernar la comunidad en la fe.  Por eso, impone un nuevo nombre sobre Simón.  De ahora en adelante se conocerá como Pedro, la roca que dará a la comunidad la estabilidad.  Igualmente ahora Jesús sigue llamando a algunos a tomar puestos de la responsabilidad por su Iglesia.  Necesita a  ambos hombres y mujeres a dedicarse a la oración y el ministerio.  Espera que respondan como Samuel en la primera lectura: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”.


Este fin de semana los americanos honran a un hombre que respondió “sí” a la llamada del Señor.  Pero su comunidad extendió más allá de una comunidad de fe, aún más allá del pueblo con lo cual siempre es asociado. El doctor Martin Luther King condujo a todas personas de buena voluntad a una mayor justicia.  Dirigido por el Evangelio, el doctor King se hizo, como Pedro, ambas la roca y el portavoz en la lucha para la igualdad de todos ante la ley.  Por sus esfuerzos el mundo entero está unos pasos más cerca de la vida de la harmonía que anhela.  Por Martin Luther King el mundo está más cerca de la harmonía.

El domingo, 7 de enero de 2018

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR, 7 de enero de 2018

(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)

Cada noche al santuario de Lourdes hay una procesión.  Peregrinos de todas partes del mundo marchan enfrente del templo rezando el rosario.  A lo mejor el profeta de la primera lectura veía una procesión así en la plaza del Templo de Jerusalén.  Entonces tuvo una experiencia estática.  En lugar de los fieles de Jerusalén imaginó a hombres y mujeres de todas naciones.  Vio a los visitantes acudiendo al Templo con regalos valiosos para honrar al Dios de Israel.  Unos seis cientos años después el evangelista Mateo leerá de la visión profética en el libro de Isaías.  La verá cumplida en lo que pasa en el pasaje evangélico de hoy.

Los magos vienen del Oriente.  A lo mejor no son hombres que practican la magia y mucho menos son reyes.  Más bien, perecen como astrólogos que solían relacionar la sabiduría del mundo con los cuerpos celestiales.  De todos modos siguen una estrella como signo del rey de los judíos.  Creen que este rey es el hijo del Dios de dioses que traerá la paz al mundo entero.  Pero la sabiduría natural no puede descubrir todos los secretos de Dios.  Para conseguir el conocimiento exacto de los paraderos del Príncipe de la Paz tienen que consultar las Escrituras judías. 

Es como la ciencia hoy en día.  Puede hacer maravillas – aun coches que se manejan sí mismos.  Sin embrago, la ciencia no puede hacer a la gente feliz.  Por diferentes índices como la incidencia del suicidio y la de familias quebradas, se puede decir que la gente vive ahora más descontenta que antes.  Sólo Dios puede hacernos feliz; por eso, los magos quieren ver al niño Jesús.  Finalmente llegan a la casa de José y María para cumplir su deseo.

Le dan homenaje al niño con regalos.  No importa tanto lo que le ofrezcan.  Mucho más significante es lo que ellos y el mundo entero recibirán del hombrecito cuando se haga adulto.  Jesús enseñará el mandamiento de la caridad como el camino a Dios.  Si vamos a conocer a Dios, tener la paz, y experimentar la felicidad, tenemos que amar a Dios sobre todo y a nuestro prójimo como nosotros mismos.  Porque no podemos cumplir esta tarea por nuestros propios esfuerzos, el mismo Jesús nos ayudará.  Su muerte en la cruz disipará el egoísmo que ofusca nuestras mentes de ver a los demás como iguales a nosotros.  Su resurrección de la muerte soltará al Espíritu Santo para mover nuestras voluntades a amar a todos como deberíamos.

Moviendo con el Espíritu requiere que cambiemos nuestros modos.  En lugar de ver la tele todo el día sábado, pudiéramos ayudar al grupo preparando lonches para los desamparados.  O tal vez nuestro servicio sea instruir a los niños el catecismo.  Lo importante es que mostremos nuestro amor a Dios por dar el apoyo  a su pueblo.  En el evangelio los magos experimentan un tal cambio.  Regresan a su tierra por otro camino.  Este desvío demuestra la verdad que una vez que se encuentre al Señor, la vida tiene que cambiarse.  No se puede continuar como siempre.  Hay que desviarse para dar a Dios el honor debido.


No se dice el evangelio lo que hagan los magos una vez que lleguen a su patria.  Presumiblemente ellos no se callan sino revelan a sus paisanos lo que han visto en Belén.  Digan: “El Salvador ha nacido; tenemos que seguirlo”.  Esta Día de la Epifanía nos queda con la misma tarea.  Hemos de contar a los demás la buena noticia.  Pues epifanía significa la manifestarse: Jesucristo se manifiesta como el Salvador del mundo.  Como miembros de su cuerpo es de nosotros manifestarlo al mundo.  Sea por el testimonio a nuestros asociados, sea por nuestros actos continuos de caridad, tenemos que anunciar al mundo la llegada del Salvador.  Tenemos que anunciar la llegada del Salvador.

El domingo, el 31 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia de Jesús, María y José

(Génesis 15:1-6.21:1-3; Hebreos 11:8.11-12.17-19; Lucas 2:22-40)

En el principio de la historia navideña los padres de Jesús se probaron obedientes a la ley romana.  Aunque es difícil con María embarazada, se parten a Belén para el censo.  En el evangelio de hoy parecen similarmente atentos a la ley judía.  La acatan por llevar a Jesús al Templo para su presentación a Dios.  Son como muchos padres en parroquias a través del mundo llevando a sus hijos al catecismo.  Quieren que sus hijos aprendan cómo vivir la fe para que sean conocidos como gente respetable.

Pero ser respetable no es igual a ser justa.  La familia tiene que poner en práctica las lecciones en la casa para que los chiquillos sigan a Jesucristo.  Además de rezar a Dios, la familia tiene que mostrar a sus niños cómo amar al prójimo.  Un hombre describe la lección que aprendió de su padre, un florista.  Dice que una vez su padre regaló la corona de Adviento que hizo el muchacho a una pobre del vecindario.  Cuando el hijo se quejó que la corona valía dinero, su padre le corrijo. Le dijo: “Un día aprenderás que no es la plata que cuenta en los ojos de Dios sino es la gente que cuenta”.

En el pasaje Simeón llama a Jesús la “luz que alumbra a las naciones”.  Se pruebe como un profeta cuando Jesús muestra al mundo cómo vivir en la paz.  Enseñará que el amor debido al prójimo en la ley antigua incluye a todos, sean amigos o no sean.  Nos llama Jesús a perdonar aun a nuestros enemigos como si fueran hermanos del mismo padre.  Pues en Dios realmente son así.  Sean de la misma ciudad o sean de otros rincones del mundo, tienen al mismo Dios como Su progenitor.

Nos cuesta cumplir las enseñanzas de Jesús particularmente cuando choquen con los valores corrientes.  Porque no le importa a muchos la mentira, estamos tentados a decir a nuestros hijos: “Díganle que no estoy en casa” cuando nos llama por teléfono una persona que nos moleste.  Ahora muchos tienen dificultad resistir la tentación de criticar a las personas que no se acuerden con nosotros.  Como algunos comentaristas en el televisor, querríamos echar insultos cada vez más bárbaros en lugar de moderar nuestras opiniones con el respeto. 

Los americanos tienen un cine preferido para el tiempo navideño.  Muchos miran a “Qué bello es vivir” para recordar el significado del tiempo.  La historia muestra a un hombre que siempre ayudaba a los demás.  Entonces enfrenta una crisis financiera en que él comienza a cuestionar la práctica de la bondad a los demás.  Piensa en tomar su propia vida por la desgracia que siente.  Pero Dios manda a un ángel que le convence una vez más que no es el dinero que cuenta sino la gente.  El mismo Dios nos ayudará cumplir el mandamiento de amor.


Sí, es la gente que cuenta. Por esta razón en este tiempo de pensar en el año nuevo queremos dedicarnos más fuerte que nunca al bien de los demás. En el año nuevo queremos dedicarnos aún más al bien de todos.

El domingo, 24 de diciembre de 2017

EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(II Samuel 7:1-5.8-12.16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38)

Una oración bella era dirigida a Jesús en la misa ortodoxa de la Navidad.  La oración le pregunta que pudiera darle el pueblo por su nacimiento.  Entonces sugiere el regalo perfecto – una madre pura y santa.  El evangelio hoy muestra la idoneidad de ese regalo.

Hay que tener en cuenta la primera lectura para apreciar el evangelio.  En ella el rey David quiere construir una casa para el Señor Dios.  Tiene en cuenta un templo en lo cual se puede poner las tablas de la ley que reflejarán la gloria de Dios.  Pero Dios le informa a David que no es de él para hacer la casa.  No se da la razón para el rechazo pero podemos imaginarlo sin dificultad.  La vida de David ha sido manchada con varios pecados.  Como guerrero a lo mejor derramó más sangre que era necesaria en sus campañas.  También tomó a la mujer de su prójimo y sigue manteniendo un harén de concubinas.  Aunque Dios le perdone todo esto, David no es el indicado para la construcción que dará gloria eterna a Dios. 

En lugar de David, Dios mismo construirá el templo digno de su gloria.  Será algo inaudito.  El templo en lo cual millones y millones de gentes le dará la alabanza será el cuerpo de Su Hijo Jesucristo.  Se extenderá  a todas partes de la tierra dondequiera que se encuentre sus seguidores.  Como el instrumento principal en la construcción de este templo Dios utilizará a María de Nazaret.  Ella tiene las cualidades necesarias para contribuir al proyecto.  En primer lugar ella es “llena de gracia”.  Esto significa no sólo que es parte del pueblo fiel de Israel sino también pura e inmaculada de constitución.   Además ella es una virgen desposada con un hombre de la estirpe de David.  Así, ella puede darle a Jesús la descendencia real a la vez que muestra el poder creativo de Dios.  Pues, sólo Dios podría crear a un ser humano sin la fertilización del elemento femenino con el elemento masculino.

Finalmente, María se manifiesta como la persona idónea cuando acepta la oferta de Dios.  Se identifica a sí misma como “esclava del Señor” lista para hacer su voluntad.  A veces se dice que María muestra duda sobre la posibilidad de concebir mientras es virgen.  Es cierto que le pregunta al ángel: “’¿Cómo podrá ser esto…?’”  Pero estas palabras indican más su deseo de saber su tarea que su duda del poder de Dios.  Se puede notar el deseo de María para hacer todo lo que pueda en su respuesta a las noticias sobre su parienta Isabel.  Dice el evangelio que ella va presurosa para visitar a la anciana inesperadamente embarazada.


Pronto vamos a estar aprovechándonos del templo de Dios construido con la colaboración de María.  Especialmente en la misa navideña hacemos hincapié en la presencia del Hijo de Dios entre nosotros como hombre.  Junto con la virgen madre querremos pedirle perdón de los pecados que manchan nuestras vidas.  Junto con ella querremos manifestar nuestro deseo a cumplir presurosos su voluntad.  Junto con ella querremos que nos llene de la gracia. 

El domingo, 17 de diciembre de 2017

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

(Isaías 61:1-2.10-11; I Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8.19-28)

Hoy, el tercer domingo de Adviento, tiene nombre propio.  Se llama Gaudate de una palabra latín que significa alégrense.  Se puede encontrar el tema de alegría en ambas la oración colecta al principio de la misa y la segunda lectura.  Se dice que deberíamos alegrarnos porque la espera para la Navidad ya es medio terminada.  Pero, más profundamente, la alegría  es un planteamiento básico del cristiano.  Pues el Señor Jesús, que conquistó el pecado y la muerte, nos prometió que vendría para premiarnos por los actos de caridad.  Ya lo esperamos con confianza alegre.

Durante Adviento podemos apuntar a tres figuras que caracterizan el tiempo.  Primero hay el profeta Isaías cuyo libro domina las lecturas del Antiguo Testamento por estas cuatro semanas.  Entonces la Virgen María hace un gran papel.  No sólo celebramos dos fiestas de ella durante Adviento sino también la encontramos en una manera particular en las misas los días antes de la Navidad.  Finalmente, Juan el Bautista ronda como un pregonero anunciando el tema del tiempo. Vale la pena explicar más a estos tres personajes con atención al valor particular de este tiempo que cada uno nos imparte.

El libro del profeta Isaías contiene las obras de al menos tres personas.  La primera profetizó en Jerusalén siete siglos antes de Cristo.  Previó la gran paz al final de los tiempos cuando todas las naciones “de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”. La segundo, llamado “Deutero-Isaías” escribió desde Babilonia donde se exiliaron muchos judíos en el sexto siglo antes de Cristo.  Como escuchamos el domingo pasado Dios le mandó que consolara a su pueblo esperando el regreso a Jerusalén.  El último profeta Isaías, o “Tercer Isaías”, podría haber sido un grupo que animó al pueblos en los días difíciles después de su regreso.  Hemos escuchado sus palabras en la primera lectura hoy: “El espíritu del Señor… me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres…”  Los Isaías nos despiertan la esperanza.  Nos aseguran que los fieles no van a ser desilusionados una vez que venga el Mesías.

Siempre en la primera parte de Adviento celebramos las fiestas de la Inmaculada Concepción de María y de Nuestra Señora de Guadalupe.  La primera celebración nos sugiere la necesidad del Mesías que esperamos.  Pues la concepción inmaculada de María fue un evento singular en la historia.  Todos los demás seres humanos hemos vivido bajo del peso de pecado, excepto a Jesús por supuesto.  La Virgen de Guadalupe simboliza el socorro particular de Dios a los marginados. Su presencia en el cerro Tepeyac indica que nadie va a quedarse fuera del Reino simplemente porque es pobre o indígena o lastimado.  Como María espera dar a luz a Jesús, ella comparte con nosotros toda la alegría de una joven encinta con su primer hijo.

Juan sirve un papal doble.  En primer lugar es el gran profeta del desierto llamando a la gente al arrepentimiento.  Hay testimonio de él no sólo en los evangelios cristianos sino también en otros documentos del tiempo. Sin embargo, cuando examinamos sus palabras, se presenta a sí mismo como humilde, al menos en comparación con el Mesías a quien anuncia como cerca.  Dice en el evangelio hoy: “…viene detrás de mí, (uno) a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.  Por su servicio y por su humildad Juan nos enseña el modo propio para esperar a Jesús.


Este año el tiempo de Adviento es el más corto posible.  Tenemos sólo tres semanas y un día para prepararnos a recibir a Jesús.  Sin embargo, no es la cantidad de tiempo que valga tanto como la calidad de nuestra espera.  Si miramos la venida de Jesús con la esperanza que va a aliviarnos del pecado y la muerte, si mantenemos la alegría de ser hijas e hijos de Dios venga lo que venga, y si servimos a los necesitados en la solidaridad, entonces estaremos bien.  Podremos acogernos a Jesús con brazos abiertos.  Y él nos llenará con la vida eterna.