El domingo, 20 de enero de 2019


EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 62:1-5; I Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11)

Las bodas del príncipe de Inglaterra con la estrella de Hollywood eran uno de los eventos más celebrados el año pasado.  Veintenas de millones de personas las miraron por la televisión.  Pero para nosotros cristianos esas bodas no tuvieron ni un millonésimo de la importancia de las bodas de Caná.  Pues ellas llamaron la atención por un momento pasajero.  Las bodas de Caná tienen ramificaciones por la eternidad.  Por explorar sus temas podemos apreciar cómo Dios nos prepara para ambas la vida terrena y la vida eterna.

Las bodas son más que una fiesta.  Representan la unión entre familias tanto como entre personas.  También son profundamente orientadas al futuro con la esperanza de hijos.  Con estos dos propósitos en cuenta Jesús escoge las bodas para el primer signo indicando su naturaleza divina. 

Se puede decir que la encarnación tiene el sentido de bodas.  Pues significa la unión entre el cielo y la tierra.  Por haber nacido en carne y hueso entonces, Jesús creó una relación sólida entre la familia de Dios y la familia humana. La primera lectura del libro del profeta Isaías predice este evento con imágenes de matrimonio. El profeta conseja a Israel que no se acongoje más porque el Señor vendrá para desposarse con ello.  Quedará con el pueblo para apoyarlo vivir con la justicia.  Así Jesús ha llegado para fortalecernos contra los vicios. 

Antes de tratar cómo la unión de Dios con la humanidad afecta el futuro, que consideremos el vino.  Un salmo nota cómo el vino “alegra el corazón del hombre” (104,15).  De hecho, el vino se ha hecho en símbolo de la alegría.  Aquí Jesús no sólo produce el vino sino “el vino mejor”.  Es la felicidad de la vida, no sólo para ahora sino para siempre.  De esta manera podemos entender el truque del agua en el vino como cambio de nuestra naturaleza.  Jesús nos hace en hijos adoptados de Dios de modo que la muerte no nos aniquile.  Por unirnos con él tendremos un futuro sin fin. 

Alcanzamos esta unión cuando ponemos la fe en Jesús.  El evangelio cuenta de dos grupos mostrando la fe.  El primero consiste de sola una persona: la madre de Jesús.  Ella cree en su hijo aun cuando él se aleja de ella.  En el pasaje no le llama “mamá” y le responde a su intervención con la pregunta fría: “’¿qué podemos hacer tú y yo?’” No obstante, ella dice a los sirvientes con confianza absoluta: “’Hagan lo que él les diga’”. El segundo grupo poniendo su fe en Jesús es sus discípulos. Llegan a su planteamiento cuando lo ven cambiando el agua al vino. 

Nosotros quedamos entre estos dos grupos.  No hemos visto cambios de agua en vino, pero hemos atestiguado cambios de la actitud.  Una religiosa reporta recibiendo la llamada gozosa de una compañera de clase en sus cumpleaños.  Dice que en el pasado la compañera se quejaba siempre con una crítica para todo.  Entonces, tocada por la gracia, cambió de perspectiva. Ahora tiene una actitud muy positiva. A lo mejor cada uno de nosotros podemos percibir un tal cambio en nuestras propias vidas.  Tal vez como niños fuéramos consentidos con un enfoque exclusivamente en nosotros mismos.  Sólo por la gracia de Dios hemos crecido en adultos responsables por el bien de todos. Nuestra fe no es tan comprehensiva como la de María.  Ni es basada en la experiencia directa como la de los discípulos.  Sin embargo, vale para unirnos con Cristo. 

Una vez una mujer estaba postulada para la presidencia de una organización nacional católica.  Tenía a una amiga de años atrás cuando habían vivido en la misma parroquia en otra ciudad.  Cuando la amiga se enteró de la elección, viajó al capital para hacer campaña por la candidata.  Su entusiasmo era tan convincente que ganó la mujer.  El evangelio de las bodas de Caná quiere relatar una historia semejante.  Jesús ya está con nosotros.  Con él vamos a ganar la lucha de la vida.  Con él conquistaremos los vicios de nuestra naturaleza humana.  Con él tendremos el destino de su naturaleza divina.

El domingo, 13 de enero de 2019


La Fiesta del Bautismo del Señor

(Isaías 40:1-5.9-11; Tito 2:11-14.3:4-7; Lucas 3:15-16.21-22)



Con el nuevo año regresamos a los problemas de nuestras vidas.  Después de un mes lleno de fiestas ya es tiempo a enfrentar nuestros retos con más vigor.  Una familia tiene prueba bastante difícil. Está compartiendo su casa con otra familia.  Vivían cómodos la pareja y sus dos hijos cuando recibió la petición urgente de una pariente.  La mujer y sus hijos necesitaban refugio de su esposo abusivo.  ¿Qué podía hacer la familia sino aceptar a los refugiados en su hogar?  Ciertamente es difícil.  Pero piden la ayuda del Señor.  Él muestra la preocupación por su pueblo en la primera lectura. “’Consuelen, consuelen a mi pueblo…,’” dice a la corte celestial. 

Dios quiere rescatar a todos sus hijos de sus líos.  Les promete enviar al ungido hijo de David para entregarlos de sus enemigos.  Este será el mesías.  Cuando llega, algunos piensan que fuera Juan, pero él rechaza la idea.  Dice en el evangelio hoy: “’…ya viene otro más poderoso que yo…’”  Deberíamos imitar su humildad.  No somos el salvador ni de nosotros mismos y mucho menos de otras personas.  En lugar de fastidiarnos con calculaciones, deberíamos pedir primero la ayuda del Señor. Al menos yo estoy casi siempre tardío al rezar a Dios para el apoyo.

No es así con Jesús.  Se le distingue, particularmente en este Evangelio según San Lucas, por la oración.  Son ambas la intimidad e la intensidad de su relación con Dios Padre que le define sobre todo.  Aquí el Espíritu Santo desciende sobre él mientras está orando.  Tiene relación tan profunda con Dios que se reconozca desde el cielo. Se oye una voz diciendo: “’Tú eres mi hijo, mi predilecto…’”  Nos parece como gran privilegio ser Hijo de Dios, ¡y es!  Sin embargo, el Padre le pedirá que se entregue cuerpo y alma para salvar al mundo de sus pecados.  Le costará la muerte en la cruz aunque será levantado a una vida nueva en la gloria. 

Dice Juan que el que viene bautizará con el Espíritu y con fuego.  Jesús cumple esta profecía después de su resurrección.  Una vez que asciende al cielo, él manda al Espíritu Santo a sus discípulos en forma de lenguas de fuego.  Las lenguas les conceden el poder para hablar abiertamente del Señorío de Jesús.  Como se atestigua en los Hechos de los Apóstoles, proceden a proclamarlo por el mundo.  Tanto los poderosos como los sufridos, tanto los paganos como los judíos recibirán su testimonio. 

No nos falta este mismo Bautismo con el fuego del Espíritu Santo.  Nosotros también podemos proclamar la salvación de Jesús.  Si decimos que nada grande nos pasa a nosotros, es porque no pedimos la ayuda del Señor.  Cuando le rogamos por nuestros seres queridos, veremos su bondad.  Pero que no tengamos vergüenza para contar a nuestros compañeros nuestra suerte.  El otro día estaba yo perdido en el tránsito.  Esta vez sí recordé a rezar.  No estuve muy sorprendente cuando encontré pronto el camino correcto.

Los últimos recuerdos de la Navidad ya se esconden.  El árbol navideño no más ocupa el lugar céntrico de la sala.  La mayoría de los tamales y galletas se han consumido.  En los mercados los renos y monigotes de nieve han sido reemplazados por los corazones del Día de San Valentín.  Sin embargo, nunca queremos perder la consciencia del gran regalo de Dios en la Navidad.  Es Su Hijo que vino para acompañarnos en nuestros líos.  Queremos agradecerle por esta bondad. También queremos contar a los demás acerca del efecto de Jesús en nuestras vidas.  Queremos a contar a todos acerca de Jesucristo.

El domingo, 6 de enero de 2019


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)


Hace ciento y triente años un doctor inventó el idioma Esperanto.  Quería fundar una lengua segunda para todos los habitantes del mundo.  Diseñó Esperanto a ser fácil para aprender y flexible para adoptar palabras nuevas.  Como indica el nombre “Esperanto”, el fundador tenía mucha ilusión con el idioma.  Esperaba particularmente que ello fomentara la paz en el mundo.  Sin embargo, el lenguaje apenas ha despegado.  Si hay una lengua segunda mundial, sería el inglés.  Pero ello tampoco ha producido la paz internacional.  Dios ha tenido otro programa para crear la paz.  Ha ganado a adherentes en todas partes aunque queda lejos de la meta.  Se ve los comienzos de este programa en las lecturas de la misa hoy.

Vemos a diferentes personas viniendo a adorar al niño Jesús en el Evangelio según San Mateo.  No se nos da el número pero tradicionalmente lo hemos pensado como tres.  Pues traen tres regalos.  Lo que distingue a estas personas es que son de países lejanos.  De hecho, sacamos la idea que representan el mundo entero.  Por eso, a través de los siglos las imágenes de estos tres magos han ganado las facciones de tres razas distintas.  Uno es blanco, otro es negro, y el tercero es moreno.  Evidentemente el evangelista tiene en cuenta la primera lectura.  Allí la visión del profeta al final del siglo sexto antes de Cristo se fija en una gran procesión.  Caminan hacia Jerusalén los reyes del mundo entero para dar homenaje a Dios.  (A propósito, por esta visión profética los magos del Evangelio se han llamado “reyes”.)

Es el niño Jesús del linaje del rey David que llama la atención de los magos.  Por siglos los judíos han querido a separarse de otros pueblos para mantener la santidad.  De hecho los mandamientos de Dios les han prohibido mezclarse con otros pueblos.  Pero ya se termina su aislación.  Las gentes vienen para aprender los modos del Dios de Israel.  Esta unión entre los judíos y los no judíos se ha logrado en Jesucristo.  La segunda lectura de la Carta los Efesios cuenta de esta realidad.   Dice: “…también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”.  Ya el Señor de Israel es su Dios,  y ellos también comprenden Su pueblo.

No obstante, el mundo sigue fracturado. La buena nueva de los magos llegando a Belén no se ha realizado plenamente en la tierra entera.  Todavía mucha gente no adora al mismo Dios ni vive en la paz.   Sin embargo, no hemos perdido la esperanza.  Más bien nos damos cuenta que la construcción de la paz es un proceso lento que requiere ambas atención y la paciencia.  Durante este año nuevo esperamos ver progreso en la resolución de los grandes desafíos de nuestra época.  Esperamos que los millones de personas que se  consideran a sí mismos como refugiados encuentren amparo seguro.  Deseamos que las guerras matando a miles en países como Siria, Yemen, y el Congo se terminen.  Anhelamos que las naciones desarrollando armas nucleares desistan su búsqueda y los poderes nucleares actuales procedan en el desarmamiento. 

No nos olvidemos que Dios puede llegar a sus fines en modos más allá que podemos imaginar.  En 2019 tenemos que poner la confianza en Él.  A la misma vez que trabajemos por la paz en nuestras vidas diarias.  Los magos traen al niño Jesús regalos de oro, incienso, y mirra.  Podemos traerle un regalo aún más precioso por promover la paz entre nosotros mismos.  ¡Que la paz sea nuestro homenaje a Jesús en 2019!

El domingo, 30 de diciembre de 2018


LA SAGRADA FAMILIA

(Samuel 1:20-22.24-28; I Juan 3:1-2.21-24; Lucas 2:41-52)


Una vez el papa San Pablo VI visitó la Tierra Santa.  En Nazaret hizo una reflexión sobre la crianza de Jesús.  Dijo que Nazaret es como una escuela donde aprendemos cómo imitar a Jesús.  Se puede decir la misma cosa de las lecturas de la misa hoy.  Constituyen un aprendizaje sobre la Sagrada Familia para que la imitemos.

Se puede distinguir cuatro lecciones del evangelio que son iluminadas con la luz de las otras lecturas.  En primer lugar, el evangelio hace hincapié en la piedad.  Entonces, señala la sabiduría como la virtud más idónea para una vida digna.  También, muestra la propia relación entre los padres e hijos.  Final e importantísimamente, recalca la necesidad de vernos como hijos de Dios.

Dice el evangelio que María y José van a Jerusalén cada año para la Pascua.  También se vieron en el Templo presentando a Jesús después de su nacimiento.  Como Ana y Elcaná en la primera lectura, no son gente que recen sólo cuando les conviene.  Más bien son piadosos: personas que practican todos los días del año.  Hay un dicho que describe una tal familia: “La familia que reza juntos se queda juntos”.  La oración le sirve como cemento ligando no sólo a uno con el otro sino también con Dios.  Como dicen los salmos, Dios es como una roca que nos salva de los apuros.

Ambos el Libro de Proverbios y el Libro de Salmos testimonian al el temor de Dios. Lo llaman el principio de la sabiduría.  Pero es sólo el principio.  Cuando crecimos en la sabiduría, nos damos cuenta que Dios es más para ser amado que ser temido.   La sabiduría nos instruye también que la persona humana no es una isla que existe sola.  Más bien necesita relaciones fuertes para crecer en hombre o mujer respetosa.  Los padres juntos proveen el apoyo decisivo.  Sí es posible que una madre o un padre solo proporcionen el cuidado requerido a sus hijos, pero es muy duro.  Demasiadas veces los hijos criados con sólo un padre o una madre faltan la mezcla oportuna de cariño y disciplina.

Cuando María y José encuentran a Jesús en el Templo, le expresan sus preocupaciones.  Pero no le gritan, mucho menos le echan amenazas.  Sólo le reprochan ligeramente para que sepa tanto su espera por él como su amor para él.  Todos los padres deberían notar bien aunque es cierto que Jesús es un caso aparte.  No hay ninguna indicación que Jesús les ha faltado anteriormente.  Y no va a hacerlo de nuevo.  Pues San Lucas explicita que Jesús les obedecerá siempre.  Ahora que los niños se noten bien.

Se dice que en este pasaje Lucas quiere subrayar cómo Jesús es sobre todo el hijo de Dios.  Por eso dice a María y José: “’¿No saben que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?’” Podríamos decir lo mismo nosotros.  Como dice la segunda lectura: “’…no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos’”.  Esta verdad debería controlar nuestras vidas.  No existimos sólo para disfrutar los placeres pasajeros del mundo antes de que muramos.  Más bien como hijos de Dios vivimos para conocer el amor de relaciones honradas y profundas.  También esperamos la gloria de la vida eterna con nuestro Padre Dios.

Estos días del descanso al final del año sirven en diferentes maneras.  Hay tiempo de descansar de la rutina del trabajo.  Hay ocasión de renovar amistades en las fiestas.  Hay momentos de disfrutar comidas, bebidas, y bailes: cosas pasajeras pero no malas si se toman con la moderación.  Deberíamos aprovecharnos del tiempo para reflexionar sobre el significado de los misterios que celebramos.  ¿Qué nos enseñan?  ¿Cómo nos ayudan ser mejores padres, mejores hijos, y mejores amigos?  Maravillosamente estos días festivos nos sirven como escuela excelente.

La Navidad, el 25 de diciembre de 2018


LA NATIVIDAD DEL SEÑOR, el 25 de diciembre, Misa de la Aurora

(Isaías 62:11-12; Tito 3:4-7; Lucas 2:15-20)

El evangelio está mañana retrata a varios personajes cerca el pesebre del niño Jesús.   Cada uno tiene algo para decirnos si le hacemos caso.  Primero que escuchemos a los pastores.  Son gente rústica que espera, como todos judíos, la venida del Señor.  Atienden a las noticias del ángel que ha nacido en Belén el Salvador y llegan a darle homenaje.  En un poema navideña un sacerdote pregunta si no es el caso que él sea pastor también.  Ciertamente es porque tienen que pastorear las almas.  De la misma manera todos somos pastores porque todos tenemos responsabilidades para atender.  Entonces todos nosotros deberíamos acompañar a los pastores de Belén a ver al Salvador.

Pero desgraciadamente no es que todos tengan este deseo.  A lo mejor por puro gozo los pastores cuentan a los ciudadanos de Belén todo lo que han experimentado.  Pero estas personas, como la semilla que cae sobre tierra rocosa más allá en el evangelio de Lucas, sólo se maravillan con las noticias.  No averiguan la cosa por su propia parte.  Son como muchos de nuestros contemporáneos que celebran la Navidad con rompopo y regalos pero no se esfuerzan a  seguir a él que festejan.  Les falta la esperanza de realizar la promesa del Salvador recién nacido.

El evangelio sólo menciona la presencia de José, el esposo de María.  Pero otros pasajes en este evangelio según san Lucas lo describen como justo - fiel a Dios y obediente al imperador.  También dejan el sentido que es trabajador y atento a su papel como protector de Jesús y María.  Queda como modelo para los padres y madres, trabajadores y ciudadanos.

Los ortodoxos tienen una oración tratando de María como el regalo humano más perfecto al niño Jesús.  Ciertamente lo cuida bien pero aún más al caso guarda en su corazón todo lo que pasa.  Es el mejor regalo porque se hace su mejor discípulo meditando la palabra de Dios – eso es su propio hijo -- para anunciar su significado en un tiempo futuro.  Quizás Jesús le tenga en cuenta cuando habla de la semilla que cae sobre la tierra fértil para producir fruto cien por una. 

Finalmente queda el niño Jesús recostado en un pesebre.  Al estudiante de la Biblia su paradero indica el cumplimiento de la profecía de Isaías que por fin Israel reconoce a su rey como un asno reconoce la pesebre de su amo (Isaías 1:3).  A nosotros el niño Jesús recostado en el comedero nos sugiere que en tiempo él va darse a nosotros como comida.  Algunos artistas han pintado al niño irradiando luz como una lámpara sobrecargada.  Es decir como un faro la palabra de Dios ya arde para guiarnos a la vida eterna. 

Viendo la serenidad del nacimiento de Jesús nos parece irónico que algunos no quieren una replica en plazas públicas.  Pero hay batalla sobre la religión y el estado en muchas partes.  No obstante, lo importante no es que algunos se maravillen del nacimiento en el tiempo navideño sino que lo guarden en el corazón.  De allí emite la luz que resuelve conflictos entre tanto familias como naciones.  De allí produce los esfuerzos que cuidan a los niños para que crezcan en hombres y mujeres justos.  De allí se siembra la semilla que da el fruto de la vida eterna.

El domingo, 23 de diciembre de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Miqueas 5:1-4; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45)


Cuando una mujer da a luz un hijo, muy seguido su mamá viene a ayudarla.  La mayor le da el apoyo personal.  Comparte su experiencia en ser ambas esposa y madre.  Y hace un montón de tareas.  A lo mejor pensamos que María va a su parienta Isabel con este motivo.  Después de todo, Isabel es de edad avanzada de modo que probablemente ya no tenga mamá.  También María parece como el tipo de persona que siempre presta la mano a persona en necesidad.

Sin embargo, el evangelio no dice nada del propósito de María para la visita.  Dice sólo que el ángel le informó del embarazo de Isabel cuando María le preguntó cómo pudiera una virgen concebir a un hijo.  Gabriel quería asegurarle que Dios puede hacer maravillas.  Se puede presumir entonces que con su visita a Isabel María está cumpliendo la palabra de Dios.  En este mismo evangelio según Lucas Jesús diré: “’Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra y la cumplan’”.  Jesús tiene en cuenta a todos los cumplidores de la palabra, pero particularmente a su propia mamá.  Pues ella es la primera persona para cumplirla.  Por eso, se puede decir que María es madre de Jesucristo en los dos sentidos. Es su madre de la carne y también es madre del espíritu. 

Por su puesto, esta misma relación con Jesús es de nosotros cuando cumplimos su palabra.  Somos madre y hermanos de Jesús cuando visitamos a los enfermos y socorremos a los pobres.  Somos madre y hermanos cuando resistimos la tentación de mentir o de perder la paciencia con otras personas.

La visita de María a Isabel confirma lo que el ángel le dijo sobre el poder de Dios para crear embarazos maravillosos.  También demuestra la verdad de otra parte de su mensaje que realmente es más importante.  Le contó a María que Dios le dará a su hijo “’el trono de David, su padre,…y su reinado no tendrá fin’”.  El salto que hace la criatura de Isabel cuando María entra en su casa indica esta majestad.  María lleva en su seno a Jesús, el rey de reyes, que el profeta Juan reconoce aunque todavía no ha nacido.

La primera lectura habla del efecto de su reinado.  Dice que el jefe de Israel nacerá en Belén para pastorear a Israel.  Estamos acostumbrados de fijarnos en la primera parte del mensaje porque Jesús nació en el mismo pueblo.  Sin embargo, vale que hagamos caso a la segunda parte también.  El jefe de Israel pastoreará el pueblo de modo los habitantes vivan tranquilos.  Nosotros, el nuevo Israel, nos aprovechamos de esta promesa.  Siguiendo los modos de Jesús, el pastor supremo, no hay nada que puede cause nuestra ruina. 

El otro día el periódico reportó que los polvos talco tienen asbesto, una causa de cáncer.  Ciertamente muchos madres van a preguntarse si están haciendo bien por usar este polvo en sus bebés.  No querrán que sus hijos se descubran enfermos de cáncer en cuarenta años.  Pero fortalecidos con el conocimiento del gran pastor Jesús no tienen que angustiarse.  Él les proveerá a sus hijos lo necesario para mantener la paz interior. Es igual con todos nosotros cuando oímos de nuestros amigos batallando cáncer.  No tenemos que preocuparnos excesivamente.  Con la oración el Señor Jesús les protegerá de los efectos más perniciosos de la enfermedad.  Por supuesto también nos tememos por nosotros.  Es posible que un día el cáncer nos aflija a nosotros.   Sin embargo, siguiendo al Señor, ofreceremos el sufrimiento por el beneficio de los demás.  De esta manera no estaríamos sufriendo en vano.

La Navidad está encima.  Hay dos maneras para celebrar esta gran fiesta.  Podemos meternos en los placeres que acompañan las festividades.  Así comeríamos y beberíamos hasta que nos olvidemos de cáncer y todos los otros problemas.  O podemos acogernos del Jesucristo, el pastor de Israel.  Así disfrutaríamos de los deleites del tiempo pero no excesivamente. Más al fondo comprometeríamos al recién nacido.  Si seguimos el primer camino las preocupaciones van a aparecerse de nuevo.  A lo mejor nos causarán la angustia.  Pero si escogimos el segundo, el gozo de conocer a Jesucristo va a quedarse en nuestro corazón.  Nos llevará más allá que el sufrimiento a la vida eterna.  Que siempre nos acojamos del Señor Jesús.

El domingo, 16 de diciembre de 2018

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Sofonías 3:14-18; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:10-18)

El hombre, un ambientalista, habla en un video con la urgencia de un capitán cuyo barco se está hundiendo.  Dice que no tenemos simplemente un “cambio de clima” como lo llama mucha gente.  Más bien, según el hombre, tenemos un “crisis de clima”.  Dice que quemamos tantos combustibles fósiles que la temperatura siga alzando.  Es posible que las temperaturas altas contribuyan a huracanes cada vez más fuertes, incendios más devoradores, y otras catástrofes naturales.  Concluye el hombre que si continuamos así el medioambiente no podrá sostener la civilización como la conocemos.  Aunque parece muy peligrosa esta amenaza, el evangelio hoy presenta una aún más grave.

Juan Bautista está predicando en el desierto fuera de Israel.  Es notable el lugar porque allí Dios formó a Israel como su pueblo después de que Moisés lo llevó de Egipto.  Desgraciadamente Israel no ha cumplido sus promesas.  No ha practicado la justicia.  Más bien, se ha caído en la corrupción y el fraude como los otros pueblos.  Por esta razón, Juan llama a los judíos que se le acuden “una camada de víboras”.  Dice que Dios está enviando a su mesías para juzgarlos.  No sabe quién sea el mesías, pero no duda que llegará pronto para castigar a los culpables con el fuego.

La gente responde favorablemente.  Preguntan a Juan: “¿Qué debemos hacer?”  Juan no tarda a darles órdenes.  Dice que aquellos con recursos deben compartirlos con los pobres. Añade que los publicanos deben cobrar sólo lo que es justo y los soldados tienen que evitar la extorsión.  Estas medidas son tan radicales que se pueden comparar con diferentes acciones recomendadas para limitar el consumo de los combustibles fósiles.  Imaginémonos por un momento el gobierno insistiendo que cada casa ponga el termostato a sesenta-cinco grados en el invierno y a ochenta en el verano.  Pensémonos en leyes limitando la gasolina de modo que todos tomen el transporte público al trabajo.

Aunque sería difícil acostumbrarnos a estos tipos de cambio, no deberíamos negar sus beneficios para el planeta.  Particularmente durante Adviento estamos animados a soñar en modos grandes.  Tenemos este tiempo para meditar en la venida de Dios al mundo como hombre – un evento tanto maravilloso como inesperado.  Si Dios hizo eso, seguramente puede mover a la gente de hoy en día a conservar la energía.  De verdad, puede causar sacrificios aún más significativos en otras áreas.  Puede inspirar a los hombres y mujeres a vivir en matrimonios que apoyan la crianza salubre de hijos.  Puede estimular ambos a los empresarios y a los trabajadores a valorar a uno y otro más.

Aquí hablamos del sacrificio pero en la segunda lectura tanto como en la primera se cuenta del gozo.  Nos parece a veces que donde hay sacrificio, no se encuentra el gozo.  Pero eso no es verdad.  De hecho, el gozo resulta de hacer sacrificios para realizar nuestros fines.  Cuando vimos a los niños creciendo en adultos responsables, sentimos el gozo.  Cuando recibimos un regalo de aprecio por treinta cinco años de servicio a la compañía, nuestro corazón se llena del gozo.  Este gozo sobrepasa el placer que muchos equivocadamente asocian con la felicidad.  El placer es de los sentidos y pasa rápidamente mientras el gozo es del interior, el producto de sacrificio.  En la Carta a los Filipenses Pablo exhorta la alegría porque el Señor está cerca.  Es el mismo sentido que tenemos cuando nos sacrificamos por el bien de los demás.  Sabemos que el Señor está cerca para reconocer nuestros esfuerzos.

Estamos entrando en un tiempo de muchos placeres.  La gente saluda a uno y otro aun a desconocidos con sonrisas en la cara y calor en el corazón.  Todos comparten los manjares tradicionales – tamales, pasteles, y chocolates.  Los niños esperan juguetes nuevos, y los novios planean sus matrimonios.  Estos sentimientos agradables pasan pronto en buenas memorias.  Sin embargo, hay un gozo que queda por más tiempo.  Se realiza este gozo en la iglesia en la Noche Buena.  Por haber seguido a Jesucristo todos los días del año, sentimos el gozo de tenerlo presente.  Sabemos que él no nos abandonará nunca.  Tendremos este gozo en el corazón para siempre.