El domingo, 25 de junio de 2017

EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Se dice que San Juan Pablo II retaba a la gente diciendo: “La primera tarea para todo cristiano es dejarse ser amado por Dios”.  Nos cuesta abrirse al amor de Dios porque el mundo nos envía un mensaje al contrario.  Nos dice que no somos buenos, que nos falta algo necesario – inteligencia, belleza, o fuerza.  Por eso no creemos que nadie nos ame por quien somos, incluso Dios.  Cuando yo era joven, una vez mi madre me dijo que había sido un bebé feo.  Yo sé que mi madre me amó.  Después de la muerte de mi papá ella trabajó duro para enviar a sus hijos al colegio.  Sin embargo, la frase ha quedado conmigo por cincuenta años. 

Cuando no nos sintamos el amor de Dios, muchas veces buscamos la recompensa en un vicio.  Algunos escogen el placer; otros, el prestigio; otros, el poder o aún la plata.  Aunque estas cosas tienen valor, a veces los ocupamos en cantidades desequilibrantes.  El resultado es una sobredosis que hace nuestra condición peor. Empezamos a hacer cosas que turban la consciencia.  Abusamos las sensibilidades de otras personas para aparecer grandes.  Aun nos hace daño a nosotros mismos para conseguir pedazos de la satisfacción.  Es trágico ver al alcohólico arruinar a sí mismo y su familia también por intentar a recompensar el sentido de la falta de amor con la cerveza.

En el evangelio hoy Jesús nos asegura del amor de Dios.  Dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza para que nada nos haga daño sin que Él sepa.  Dice también que tenemos que confiar en este amor porque él, Jesús, tiene una tarea para nosotros.  Quiere que lo reconozcamos delante de los hombres.  Entonces, por el testimonio que damos, él va a recomendarnos ante su Padre.  Al día de juicio final él va a darnos entrada en la vida eterna.

Se me contó el otro día la historia de un hombre que vivió hace años en una parroquia que sirvo.  Este hombre dio testimonio a la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por participar en todas las misas de la parroquia.  Pregunté al que me informaba si el hombre hizo algo por los pobres.  Me dijo que sí.  Todos los sábados iba a una panadería para recoger los sobrantes productos.  Entonces se los llevó al orfanato y a la casa de las muchachas embarazadas para que los niños tengan pan y pasteles. 


Hemos entrado en el verano, el tiempo de dar fruto.  Dentro de poco los campos estarán llenos de granos, verduras, y pastos.  El Señor nos advierte que seamos nosotros fructíferos también.  Que no tengamos miedo a hablar con otros de él.  Ni que tengamos  peros a hacer obras buenas en su nombre.  Pues, el Padre va a protegernos de los criticones porque nos ama.  El Padre siempre nos ama. 

El domingo, 18 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 18 de junio de 2017

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Se pensara que una parroquia con la adoración perpetua sería poco activa.  Pues, buscar a feligreses para rezar delante del Santísimo Sacramento ciento sesenta ocho horas por semana es en sí un reto grande.  Tal vez quisiéramos preguntar: “¿Cómo la parroquia podría encontrar a personas para llevar comidas a la gente sin recursos o para visitar a los asilos de ancianos?”  Sin embargo, en mi experiencia sirviendo en una parroquia con la adoración veinticuatro-siete vi a la gente participando en muchos ministerios.  Pareció que la adoración engendró una variedad de actividades. ¿Cómo podría ser?

Creo que la razón queda en el contenido de la adoración.  Más tarde o más temprano el que adora se preguntará: “¿Qué es esta cosa delante de mí?” y “¿Qué es el propósito de estar aquí mirándola?”  Estas preguntas le llevan al descubrimiento que el objeto en su enfoque no es una cosa sino una persona.  De hecho, da cuenta que la hostia en el custodio es el que dice en el evangelio hoy: “’Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…’”  Es Jesucristo, el Hijo de Dios que vino al mundo para compartir la vida divina con los seres humanos.

El propósito de la vigilia es darse cuenta de esta acción divina.  Dicen algunos que la Eucaristía es para consumirse no para adorarse.  Pero ¿cómo se podría apreciar una comida rica sin tener el tiempo para saborearla?  La contemplación delante del Santísimo asemeja el saborear la comida más rica que hay.  Es revolver en la mente lo que significa que el magnífico Dios se limitó a sí mismo para compartir nuestro lote humano.  De hecho, hizo dos sacrificios que muestran lo extenso de su amor para el mundo. 

Además de hacerse hombre, Dios se entregó a sí mismo a una muerte horrífica.  Se dice que la crucifixión era una de las formas de tortura más crueles siempre inventadas.  Causa no sólo dolor agudo y largo sino también la muerte de la asfixia.  Pues sólo un sacrificio tan grande podría recompensar el egoísmo humano que sabemos bien es inmenso. 

Si su sacrificio nos ha quitado el pecado, querremos preguntar cómo deberíamos responder a su gracia.  También se puede buscar la respuesta en la contemplación delante del Santísimo.  San Pablo escribe a los corintios que forman los miembros del cuerpo de Cristo.  Y así somos nosotros.  Le servimos por ayudar a los demás, particularmente a los pobres e indefensos.  Un católico comprometido cuenta de su experiencia como un entrenador de un equipo de voleibol compuesto de jóvenes supuestamente “incapacitados”.  Dice que los muchachos tuvieron una simpatía tremenda no sólo para uno y otro sino para él también. Se le pregunta: ¿qué les falta más a los “atletas especiales”: el interés de otras personas o la oportunidad de competir?  Contesta que sí algunos tienen el impulso de competir pero todos responden al amor.


Hoy se celebra el Día de Padre en muchos países.  Es ocasión para honrar a nuestros padres por sus aportes a nuestro bien.  Vemos en su trabajo, su acompañamiento, y sus consejos una vislumbre del sacrificio que nos ha hecho Jesucristo.  Y vemos en nuestro aprecio de nuestros padres una semejanza de nuestra respuesta a Jesucristo.  Como somos agradecidos de ser partes de sus familias, somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.  Es cierto; somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.

El domingo, 11 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

La señora Abigail Adams fue la mujer más famosa del tiempo de la Revolución Americana. Su correspondencia amplia dejó una vislumbre del período.  En una carta la señora Adams expresó disgusto para el concepto de la Santa Trinidad.  Dijo francamente que no podía convencerse que el solo Dios es tres.  Muchas personas son como ella.  Pues la Santísima Trinidad es un misterio que desafía la imaginación.

Cuando yo era chico, pensaba que la Santísima Trinidad es como un trébol con tres hojas en una planta.  Pero ya sé que esta imagen no guarda suficientemente bien la unidad de las tres personas.  Algunos piensan que la Trinidad es como agua con tres modos: el líquido, el hielo, y el vapor.  Pero esta comparación no distingue bastante las tres personas.  Algunos tratan de distinguir las tres personas por decir que el Padre es el creador, el Hijo es el salvador, y el Espíritu es el santificador.  Pero la verdad es que el Padre también es salvador y santificador; el Hijo también es creador y santificador; y el Espíritu también es Creador y Salvador.

Entonces ¿cómo se puede distinguir entre las tres personas y mantenerlas uno?  Sólo se puede decir que los tres son uno en todo excepto su relación entre sí.  Tienen la misma naturaleza, la misma voluntad, y la misma mente.  Pero el Padre no es ni el Hijo ni el Espíritu.  El Hijo no es ni el Padre ni el Espíritu.  Y el Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo. 

Sí puede ser gran reto aceptar todo esto pero no deberíamos decir que no es importante.  Pues la doctrina de la Santísima Trinidad nos da una base para el amor mutuo.  Como el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno en todo, así deberían ser nuestras familias y nuestras comunidades.  La familia debe hacer sacrificios para tener el mismo sentir y el mismo pensar.  Asimismo la parroquia debe esforzarse para ser unida en la fe y el amor.

La familia de un médico joven demuestra esta unidad.  El doctor tiene su clínica en un pueblo chico para servir a los pobres rurales.  También participa en misiones médicas a países como Haití para servir a los indigentes.  Pero siempre lo hace con el consentimiento de su esposa.  Dice el médico que por la primera vez – porque sus hijas ya están bastante grandes – puede ella acompañarlo en una misión.  Son juntos en el amor para uno y otra y para con los pobres.  Su relación imita el amor de la Santísima Trinidad.


Hoy celebramos la Santísima Trinidad.  Las lecturas nos indican que la grandeza de Dios consiste en el amor.  Como Moisés en la primera lectura queremos pedir a Dios Padre que nos haga suyos por este amor. Como Pablo en la segunda queremos exhortar a uno y otro a la paz por el Espíritu de amor residiendo en nosotros. Y como el locutor en el evangelio, queremos reconocer que el Hijo nos salva por este amor. 

El domingo, 4 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

La mexicana dijo que le da gracias a Dios por su tío.  Explicó que cuando era chica, su tío le arregló el pasaporte para ir a los Estados Unidos.  Vino acá y se quedó.  Ya ella puede pedir documentos sin enfrentar la pena por haber entrado ilegalmente.  Su caso se difiere de muchos inmigrantes que no tienen la posibilidad actual de arreglar sus situaciones.  Están esperando un cambio favorable en la ley,  pero viven preocupados. Pues evidentemente el nuevo presidente quiere complacer a aquellos que se oponen a los indocumentados.

No debería ser difícil entender las quejas de los americanos con la inmigración ilegal.  El pueblo estadunidense se ha orgullecido por tener un gobierno de leyes, no de personajes. Por eso, cuando los indocumentados desafían las leyes migratorias, ellos sienten la base de la sociedad temblando.  Además creen que una causa de los aumentos en sus costos médicos es que pagan por los inmigrantes.  También hay los vicios sociales – alcoholismo, pleitos, y embarazos fuera del matrimonio – que siempre afligen a los pobres, sean inmigrantes o naturales.  No importa que se pueda demostrar que los indocumentados han beneficiado al país, mucha gente está alterada.

Hay preocupaciones que los inmigrantes y los naturales compartir.  Entre docenas de cosas que disturban su paz hay ésta. Se preguntan qué va a pasar con la familia en una sociedad que permite el matrimonia gay.  Están amenazados por los reportes de bombardeos terroristas.  No saben cómo sus hijos y nietos que dejan la escuela vayan a ganar una vida digna. 

Queremos saber lo que podemos hacer con todas estas preocupaciones.  Somos como los discípulos de Jesús en el evangelio hoy.  Ellos tienen no sólo la preocupación sino el miedo.  A lo mejor les preguntan a uno y otro: ¿Volveremos a Galilea?  ¿Por qué querrán los judíos aprehendernos; qué crimen hemos hecho?  ¿Conocemos a un abogado que podría defendernos si nos traen a la corte?

Sí, es sólo natural preguntarnos qué podríamos hacer para mejorar nuestra situación.  Sin embargo, no querríamos olvidar a pedir la ayuda del Señor.  Los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos se dedican a la oración después de la Ascensión de Jesús.  Resulta en una emanación del Espíritu Santo tan abundante que los doce no puedan contenerse.  En la primera lectura hoy los discípulos salen para proclamar la gloria de Jesús a cualquiera persona que los escuche. 

A veces cuando siento amenazado, pienso en  diferentes modos para defenderme.  Me imagino echando insultos o aun golpeando al otro si se me atreve a atacar. Estas fantasías me roban el sueño y me ponen aún más alterado.  Un camino más sano sería pedir la ayuda del Espíritu Santo.  Poco a poco estoy aprendiendo que la realidad casi nunca es tan grave como la imagino.  Me estoy dando cuenta que Dios tiene mil modos para resolver mi dificultad por el bien de todos los involucrados.  En tiempo Él va a indicarme lo que debería hacer.  Por lo pronto sólo tengo que confiar en su amor.


Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo a nosotros.  Por cierto siempre ha estado en nuestro lado moviéndonos a un mejor amor para los demás.  Ahora reconocemos su presencia por decirle: “Perdóname  por haber olvidado de ti.  Gracias por tu acompañamiento. Quiero confiar más en Ti”.

El domingo, , 28 de mayo (o 25 de mayo)

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

El Monseñor José Delaney era obispo de Fort Worth, Texas.  Pidió una cosa rara para su muerte.  Quería que pusieran en la lápida de tumba la fecha de su bautismo.  Además de las fechas del nacimiento y de la muerte deseaba que se conociera el día en que se incorporó en el Cuerpo de Cristo.  Había dicho que es el día más importante de la vida. ¿Por qué? Porque en su parecer es el día en que recibió al Espíritu Santo para servir al Señor.  Para el Mons. Delaney el día de su bautismo fue más significativo que el de su ordenación, aún al obispado.

En la lectura de los Hechos hoy Jesús dice a sus apóstoles que van a ser bautizados con el Espíritu Santo.  Cuando reciben este don – el mejor de todos – tendrán que proclamar su muerte y resurrección.  El Evangelio hoy cuenta del ámbito de su predicación: “’…a todas las naciones…hasta el fin del mundo’”.  Los apóstoles originales murieron, pero siempre hasta el día hoy ha habido otros para asumir la tarea evangélica.

La tarea cae en nuestros hombros también.  No hablo de los sacerdotes sino de cada uno aquí presente como bautizado en el Espíritu Santo.  Proclamamos a Cristo aún más por obras de caridad que por palabras de convicción.  Un hombre con ochenta y cinco años visita a las víctimas de derrame como voluntario.  Les explica lo que tienen que hacer para recuperar sus fuerzas.  Si fuéramos a preguntarle, nos diría que va a misa todo domingo.  Siente que como su menester cristiano tiene que servir a los demás como Cristo nos enseñó.

Los cristianos cópticos de Egipto tienen una costumbre interesante.  Cada uno lleva el tatú de la cruz en su brazo.  La imagen como el bautismo le marca como cristiano por toda su vida. En un país predominantemente musulmán esta marca le sirve en diferentes maneras.  En el caso de la persecución el tatú le identifica para que reciba refugio de otros cristianos.  Por supuesto le distingue también como blanco de persecución, pero dijo un hombre que no querría negar a Cristo.  Además podría ser mártir con la vida eterna como premio.  También el tatú de la cruz le recuerda al cristiano del mandato de Jesús a proclamar su resurrección.  Eso es, le insistirá que no debe dejar al desconsolado en su depresión o al indigente en su miseria.


Hoy celebramos la Ascensión del Señor.  Es ocasión para reflexionar cómo la partida de Jesús ha resultado en el envío del Espíritu Santo.  Pero no querremos quedarnos en la reflexión por demasiado tiempo.  Pues la pregunta de los hombres vestidos en blanco a los apóstoles se aplica a nosotros también: “’¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?’” Tenemos tarea.  Hemos de proclamar su resurrección tanto por obras como por palabras.  Hemos de proclamar su resurrección.

El domingo, 21 de mayo de 2017

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Me impresiona cómo la gente a menudo ofrece este elogio a sus mamás.  Dicen de parte de toda la familia: “Siempre estabas allí por nosotros”.  No cuentan que hicieron las madres más que haber estado presentes en sus actividades.  Es igual con los otros seres queridos. Una vez una mujer escribió un testimonio a su padre, un médico.  Dijo que cuando era muchacha, él siempre halló el tiempo para asistir en sus competiciones de atletismo.  ¿Quién puede dudar que la presencia de aquellos que nos importa más signifique mucho a nosotros?

Por esta razón no debe sorprendernos escuchar a Jesús prometiendo su presencia a nosotros en el evangelio hoy.  Dice que no va a abandonar a sus discípulos, que no nos dejará “desamparados”.  Tenemos que preguntarnos cómo puede cumplir esta promesa hoy en día.  Si ha regresado a su Padre en el cielo, ¿cómo puede estar presente a nosotros?

Sí es cierto que ha dejado su legado con nosotros de modo que no nos dejara completamente.  Sus palabras siguen impactando aun a los no cristianos con su sabiduría. De una manera los dichos como “Ama a uno y otro cómo les he amado yo” hacen a Jesús presente hoy en día.  Por eso se ha dicho que la persona vive hasta que se olviden todas sus palabras y se ignoren todas las causas que abarcó. 

Pero ¿es sólo esto lo que Jesús significa cuando dice que va a enviar el Consolador a sus discípulos?  ¿Está hablando sólo del espíritu de sus propias palabras para animar nuestro ser?  No parece suficiente.  Parece como un cinco cuando necesitamos cien dólares para pagar la cuenta.  Existimos en un mundo penetrado por el mal.  Con la ayuda de no más que palabras vamos a caer en los vicios como los pícaros de la calle.  La presencia de Jesús tiene que ser más radical que la memoria de sus palabras si va a salvarnos. 

No deberíamos sentir desesperados.  La presencia que Jesús nos ofrece hoy es su existencia junto con el Padre y el Espíritu Santo en nosotros.  Habita en nuestros interiores para movernos a vivir rectamente.  Es como una misión médica se presenta en un pueblo.  Pronto todos los habitantes cooperan para que todos los enfermos reciban la atención para curarse.  En nuestro ser la existencia de Dios pone en orden nuestros juicios, palabras y acciones de modo que amemos como Jesús. 

Frecuentemente son los laicos que manifiestan la existencia de Dios en la persona.  Recuerdo a Teresa, una mujer que después de criar su familia y enterrar a su marido, se dedicó a su parroquia.  Trabajando en la oficina de la iglesia, era como la hermana mayor a toda la comunidad.  Les dio a los tristes el consuelo y a los perturbados la sabiduría.  Cuando se cambió el vecindario de raza, Teresa se quedó por años.  Conoció a sus vecinos nuevos y luchó con ellos por el bien de todos.  La gente perceptiva podría notar la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo en ella.


No se dice mucho hoy en día la despedida: “Vaya con Dios”.  Quiere decir que tenemos el amor del Padre hacia los demás, la paz de Cristo en nuestro corazón, y la sabiduría del Espíritu Santo guiando nuestros pasos.  “Vaya con Dios” es mantener la existencia de Dios en la persona.  Es lo que queremos por nosotros y por nuestros seres queridos.  Que vayamos con Dios.

El domingo, 14 de mayo de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Se dice que hay presas de tránsito en el Día de Madre en México.  Evidentemente todo el mundo lleva a su madre a comer afuera.  En este país muchas iglesias regalan a las mujeres una florecita hoy.  Apreciamos a nuestras madres por su amor abnegado cuando nos dieron a luz.  Les agradecemos por la atención que nos mostraron cuando éramos niños.  Y, al decir la verdad, tal vez las recordamos porque eran tolerantes de nosotros cuando hicimos mal.

Otra razón para felicitar a nuestras madres hoy es que nos han transmitido el sentido de Dios.  Recuerdo cómo mi madre me enseñó el amor de Dios para con los pobres.  Un día cuando era niño de cinco o seis años, un hombre tocó la puerta trasera de nuestro hogar.  Fue un vagabundo pidiendo comida.  Mi madre no demoró en recogerle un sándwich y fruta.  Me quedé completamente impresionado por esta muestra de misericordia.  Desde entonces me he resuelto a ayudar a los indigentes.

En la primera lectura los apóstoles les dan a los siete hombres las tareas de servicio de la mesa.  Ellos tienen que proveer a las viudas el pan mientras los apóstoles se dedican al ministerio de la Palabra.  Curiosamente el libro de los Hechos de los Apóstoles no cuenta de su servicio rendido a las viudas.  Pero hace hincapié en dos de los siete por sus aportes al ministerio de la Palabra.  Dice que Esteban se distingue como predicador invencible.  Y describe a Felipe convenciendo al etíope del valor del cristianismo.

Es así con nuestras madres.  Supuestamente son las que sirven en la casa.  Pues aun en este tiempo de la liberación de mujer usualmente es la madre que prepara la cena y plancha la ropa.  Pero su alcance llega mucho más allá que cosas caseras.  A menudo son las mismas mujeres que nos proporcionan la Palabra de Dios.  Más que enseñarnos las oraciones, nuestras madres nos instruyen el significado de frases evangélicas como, “Haz al otro cómo quieras que te haga a ti”.

Tenemos que preguntar a nosotros mismos: ¿Qué podemos hacer por nuestras madres por haber hecho tanto por nosotros?  ¿Es suficiente llevarlas a restaurantes?  ¿No deberíamos presentarles también ramos de flores o cajas de chocolates?  No creo que estas cosas tengan tanto valor para nuestras madres como muchos piensan.  Más que cosas materiales, nuestras madres quieren que seamos madres y padres atentos a nuestros propios hijos.  Quieren que asistamos en la misa con nuestros hijos y que vivamos de modo coherente con el evangelio.  Y si los chicos quieren complacer a sus madres, tratarán a sus hermanos y hermanas siempre con respeto.  Sobre todo las madres quieren ver a sus familias viviendo en el amor mutuo.


Celebramos el Día de Madre en los Estados Unidos hoy.  Tal vez muchos ya tienen reservaciones de comer afuera.  Está bien.  Sin duda nuestras madres apreciarán el deseo a complacerlas.  Pero que no faltemos a contarles la razón más profunda para honrarlas.  Ellas nos han proporcionado un sentido del amor de Dios para todos.  Tanto por decirnos de la obligación a servir a los demás como por el ejemplo de servir a nosotros nos han proclamado el evangelio.  Por habernos proclamado el evangelio les decimos a nuestras madres hoy, “Gracias”.