El domingo, 30 de julio de 2017

EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

Dice el Señor que el Reino de Dios es como “un tesoro escondido en un campo”.  Tal vez quisiéramos preguntar: ¿quién esconderá un tesoro en un campo?  Ahora en el tiempo de cerraduras y bancos, nadie lo hará.  Pero en los tiempos antiguos las cosas eran diferentes.  Los ladrones podían dejar la casa vacía de cualquier objeto de valor.  Por eso, los dueños solían enterrar sus tesoros en un rinconcito marcado del campo.  Una mejor pregunta para nosotros es: ¿qué es nuestro tesoro? 

Para mí una cosa muy valiosa es el tiempo.  Trato de llegar a cada compromiso a la hora exacta para que no pierda ni cinco minutos de mi tiempo precioso. A lo mejor cada uno define su tesoro en una manera individua.  Pero podemos abstraer algunos constantes para los diferentes grupos de edad.  Los jóvenes buscan como su tesoro a un compañero de vida que es ameno y, sobre todo, guapo.  A los adultos les importa la estabilidad.  Quieren ingresos que proveen las necesidades de la casa y una casa que no perderá su valor con el tiempo.   Los mayores se preocupan por la salud.  Desean evitar el dolor y prolongar la vida tan mucho como posible. 

En la antigüedad antes de Cristo se consideró la sabiduría como el tesoro más precioso.  Valió la pena vender todo lo que se tenía para hacerse sabio.  Con la sabiduría nuestros tesoros se modifican.  Los jóvenes no consideran la belleza como la cualidad número uno en una pareja sino la capacidad de amar.  Es decir, se dan cuenta de que la disposición a poner el bien del cónyuge primero vale más que una figura perfectamente proporcionada.  La sabiduría enseña a los adultos que la estabilidad queda más en lo moral que en lo material: más en tener el respeto mutuo entre los familiares que en tener un cuarto para cada hijo, más en dar la reverencia a Dios que en tomar vacaciones en la playa.  Los viejos se aprovechan de la sabiduría por reconciliarse con Dios y con los demás para que mueran en la paz.

Jesús reemplaza la sabiduría con el Reino de Dios.  No es que los dos difieran mucho; pero el Reino de Dios ofrece un matiz más contundente.  El Reino de Dios mueve al joven buscar primero en una pareja el amor para Dios: que él o ella jamás haría algo ofensivo al Señor.  Le conduce al adulto a confiar en Dios como el cimiento de su casa por guardar sus mandamientos, venga lo que venga.  Al mayor el Reino exige una entrega más o menos completa: que acepte cada día como un regalo de Dios y el sufrimiento como modo de juntarse con Cristo en la salvación del mundo.

Nosotros cristianos reconocemos a Jesús mismo como el cumplimiento del Reino de Dios.  Cuando abrazamos a él como nuestro salvador, se nos acoge en el Reino de su Padre.  Podemos proponer una parábola para explicar esto. 

Jesús es como piedra.  Cuando somos jóvenes, él es el diamante más precioso a darse a nuestra novia.  Como adultos él es el cimiento del amor sobre que construimos nuestra casa.  Y cuando nos ponemos viejos, él es la roca que nos aferramos cuando sopla el aire de la muerte.  Jesús es la roca para aferrarse siempre.

El domingo, 23 de julio de 2017

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO, 23 DE JULIO DE 2017

(Sabiduría 12:13.16-19;  Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Recientemente un exsoldado de Irak escribió un libro acerca de su regreso a casa.  Cuenta de un círculo vicioso de excesos: drogas, alcohol, pleitos, sexo.  Realmente sus experiencias parecen más patéticas que emocionantes.  Describe, por ejemplo, cómo un compañero – otro veterano – se suicidó del estrés.  Indica que él iba por el mismo camino.  Entonces con la ayuda de un psicólogo podía cambiar su vida.  Con la publicación del libro el exsoldado descubrió cómo su historia tuvo valor.  Las experiencias  – tan horribles como fueran – resuenan con las de miles de otros veteranos.  Por describirlas con toda honestad ayudó a los demás hacer sentido de las dificultades de sus vidas.

La historia del veterano de Irak refleja el propósito de la parábola de Jesús en el evangelio hoy.  A pesar de que el evangelista Mateo tiene a Jesús contando parábolas para confundir a la gente, los investigadores de la Biblia insisten que originalmente Jesús tenía otro motivo.  Según ellos Jesús habló con parábolas para ilustrar su doctrina a los sencillos.  En el caso de la parábola acerca del trigo y la cizaña Jesús explica la razón que Dios permite el mal.  Como el agricultor no arranca la cizaña porque no quiere que se saque la cosecha buena, Dios tolera alguna maldad para ver quien es bueno y quien malo.    

Tal vez nosotros también nos encontremos metidos en algún mal.  Puede ser la pornografía o aún una relación ilícita.  Puede ser un grupo de chismosos o el hábito de tomar cosas ajenas.  Una vez yo era acostumbrado a criticar todo en un modo satírico.  Casi nada y nadie eran tan buenos que no los insultara para sacar risas de mis compañeros.   Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo: depreciando a otras personas para gratificar al yo mío.  Gracias a Dios, podía superar este vicio.  Leí un folleto titulado “Desde el resentimiento a la gratitud” que me cambió la perspectiva.  No más quería ser conocido por el satirio sino por ser justo y moderado en el juicio.


Jesús llama a todos a tal conversión.  No sólo a los globalmente considerados malvados sino a cada uno de nosotros.  Y no sólo una vez en nuestras vidas sino continuamente.  Pues para ser hijas e hijos de Dios dignos de vivir en su Reino, tenemos que amar a los demás como él ama.  Es decir, tenemos que poner fin a la pornografía, los chismes,  las críticas excesivas, o lo que sea para aprender cómo amar sin peros y prejuicios.  Del evangelio hoy sabemos que Dios nos da tiempo para atravesar el camino del amor perfecto.  Sin embargo, el tiempo no es infinito.  Deberíamos emprender el camino ahora. 

El domingo, 16 de julio de 2017

EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Cuando yo era adolescente, asistía en una segundaria católica.  Cada día teníamos la misa en la capilla durante el período de lonche.  No era obligatorio asistir en la misa, y la mayoría de los muchachos no lo hicieron.  Pues, aquellos que asistieron, tenían que apurarse después al comedor para tomar su comida antes de la próxima clase.  Hubo algunos muchachos que entraron en la capilla para que su profesor de la religión los viera.  Él estaba allí cerca de la entrada con su libro de notas en mano evidentemente acreditando a quienes entraran.  Después de cinco minutos, cuando el maestro se había partido, el grupo salió con sonrisas en la boca.  Sin duda, pensaban que han ganado el crédito por haber asistido en la misa sin sacrificar el tiempo para divertirse durante el lonche.  Jesús se dirige sus parábolas a personas como estos muchachos en el evangelio hoy.

Parece raro que Jesús utilizaría las parábolas para esconder su mensaje.  Pero esto es lo que él mismo dice cuando contesta la pregunta de sus discípulos.  Ellos querían saber por qué habla con comparaciones y no con palabras directas.  Dice Jesús: “’Por eso hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no entienden’”.  Él sabe bien cómo alguna gente ha acudido a él no para escuchar su llamada a arrepentirse.  Más bien, lo buscan para ver las sanaciones que hace y para comer el pan que reparte. Para ellos Jesús se ha hecho en un espectáculo más llamativo que el partido para el campeonato de la Copa Mundial.

¿Qué rinde la gente tan resistente a la conversión?  Se puede recorrer a la parábola que Jesús acaba de contar para la respuesta. La gente que no quiere arrepentirse  es como los primeros tres grupos que Jesús describe.  Algunos no se arrepienten porque están sofocados por los placeres.  Son como semillas echadas por la orilla del camino que los pájaros se llevan.  Pero en este caso los pájaros son las drogas, el sexo, y el alcohol en exceso.  Otros son como semillas en tierra pedregosa no bien dispuestas a arraigarse.  Les interesa la llamada para amar a todos pero les falta el dominio del yo para realizarlo.  Aún otros tienen mil quehaceres de modo que se desconozcan lo más importante.  Son como las semillas que aterrizan entre los espinos.  Se pierden a sí mismos en medio de la lucha para ganar la vida.

No es que todas las semillas sean perdidas.  Algunos granos caen en tierra fértil de modo que den mucho fruto.  Son como tres familias que hicieron sus vacaciones este año en una misión a México ayudando a los pobres.  Los padres y los hijos tuvieron sus tareas, sea reconstruir una casa o sea cuidar a los niñitos allá.  También tomaron tiempo para rezar y descansar en un ambiente donde el ritmo de la vida es más lento.  Ciertamente los niños de estas familias están siendo preparados como tierra buena para recibir la palabra de Dios.  Con toda probabilidad estos niños rendirán cosechas muy agradables a Dios.


Aunque nosotros venimos a la misa dominical, es posible que correspondamos más a uno de los grupos que no reciben bien el mensaje de Jesús.  Tenemos que preguntar si estamos aquí sólo para ver a nuestros amigos o solo para evitar el infierno cuando moramos.  Si estos son nuestros motivos, a lo mejor el evangelio nos parecerá como un cuento bonito, es decir sólo una parábola.  Pero si venimos para aprovecharnos de la presencia del Señor de modo que amemos a los demás como deberíamos, entonces las palabras del evangelio serán como los órdenes del médico salvando nuestras vidas.  Otra vez, si estamos aquí para prepararnos a amar a los demás, las palabras del evangelio salvarán nuestras vidas.

El domingo, 9 de julio de 2017

EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

Una vez un hombre explicó cómo se conoció al Señor.  Dijo que una noche estaba deprimido.  Pues, su esposa acabó de recibir el reporte de su médico que tenía cáncer.  Necesitaba tratamientos urgentemente.  El hombre no sabía qué haría sin ella.  Después de cerrar la puerta de la iglesia como era su costumbre, se arrodilló para rezar.  Entonces sintió el brazo de Jesús en sus hombros.  También escuchó la voz del Señor diciéndole que no se angustiara, que todo resultará bien.  De ese momento en adelante el hombre recuperó la confianza.  Podia apoyar a su esposa en la luchar contra la enfermedad.  El hombre parece como Jesús en el evangelio hoy.

Una dificultad que tenemos por leer sólo tramos del evangelio cada domingo es que no vemos el contexto.  En la sección que acabamos de leer, por ejemplo, no tenemos cuenta que Jesús está dando gracias a su Padre Dios a pesar de que no le ha ido muy bien.  Aunque la gente se maravilla de sus sanaciones, no le sigue en grandes números.  Más frustrante, a cada paso los fariseos llegan disputando su autoridad.  Sin embargo, Jesús no permite que se quede por vencido. Más bien, halla alivio en las bendiciones que ha tenido.  Ha formado un grupo de discípulos.  Ha ayudado a varias personas con sus pruebas.  Y, sobre todo, ha sentido la cercanía de su Padre Dios. 

Es como un agricultor que perdió miles cuando una sequía agredió su región hace varios años.  Era difícil, pero ya siente tranquilo porque la experiencia le dio la oportunidad para recapacitar su vida.  Ahora no se preocupa de dinero porque sabe que nunca va a tener bastante.  En lugar de pensar en una fortuna, se ha dedicado a servir a Dios.  Dice que no tiene recursos para invertir en la tecnología como la mayoría de los agricultores.  Como resultado las filas de su cosecha no están tan rectas como los demás.  Pero como recompensa tiene un corazón bien cuadrado con él del Señor.


Sí nos cuesta dejar para atrás nuestras ambiciones para poner a Jesús en primer lugar.  Queríamos ser ricos, bellos, y apreciados.  Y la verdad es que no estábamos pecando simplemente por buscar las cosas para hacernos así.  Pero Jesús nos ofrece una riqueza, una belleza, aún un aprecio más grande cuando lo ponemos a él como número uno en nuestras vidas.  Nos hacemos más tranquilos en nuestras tareas diarias y más confiados en nuestro bien eterno.  ¿No es lo que queremos: ser más tranquilos ahora y más seguros de nuestro bien eterno?  Claro que sí.

El domingo, 2 de julio de 2017

El tredécimo domingo ordinario

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Hace cincuenta años la guerra en Vietnam se prolongaba despiadadamente.  Muchos soldados americanos y muchos más soldados vietnamitas estaban matándose.  La matanza creó una división en el corazón de los jóvenes estadounidenses.  Les llamaron la atención la crítica de los protestadores reclamando la injusticia de la guerra.  Al otro lado del debate interior estuvo la advertencia de sus papas que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial.  Estos hombres insistían que sólo era patriótico apoyar la guerra.  Porque a menudo se define el patriotismo como “amor del patria”, la cuestión tiene que ver con el evangelio hoy.

Jesús dice a sus apóstoles que no deberían amar a sus familiares más que a él.  Se puede añadir a la lista de parientes que apunta Jesús: padre o madre, hijo o hija, “su patria”.  No deberíamos amar a nuestra patria tampoco más que a Jesús.  Amar primero a Jesús, que es la verdad, requiere que hagamos esfuerzos para corregir los errores de nuestra patria. Pero mucha gente cita la frase: “Mi patria, correcto o incorrecto”.  Eso es, quieren defender su país de todas críticas aun cuando el gobierno esté en error.  Ciertamente este planteamiento no es virtuoso.    

Realmente no debería ser conflicto entre el amor para la patria y el mayor amor para Jesús.  Pues cuando amamos a Jesús sobre todo, querremos ser como él.  Querremos imitar la justicia de Jesús para rendirle a nuestra patria su deber.  Desearemos inculcar su fortaleza para soportar las dificultades en el desempeño de nuestra responsabilidad.  Y procuraremos a practicar la prudencia de Jesus por escoger los medios apropiados en cada situación.  Asimismo no tenemos que preocuparnos que nuestra opción principal para Jesús disminuya nuestro compromiso para los parientes.  Es así porque el amor que rindamos a Dios ordena nuestro amor a los demás de modo que sea más enfocado y más puro.  El amor a Dios es como la luz de un láser.  Brilla con tanta intensidad que haga maravillas.

En los Estados Unidos se celebra el Día de la Independencia esta semana.  Muchos otros países también tienen el día de la patria durante el verano.  Evidentemente el calor da a las multitudes la inquietud de sacudirse de los gobiernos opresivos.  De todos modos, cuando haya oportunidad durante las festividades deberíamos reflexionar acerca de las grandes cuestiones que afrontan nuestro país.  Tenemos que preguntar cómo Jesús resolvería los problemas.  Una es el estado de los inmigrantes en el país ilegalmente.  Porque han contribuido significativamente al bienestar de todos, ¿qué se puede hacer por ellos?  Otra cuestión tiene que ver con el cuidado de la salud.  ¿Cómo se puede garantizar que todos – tanto los pobres como los ricos -- tengan acceso a los tratamientos eficaces que existen?  Finalmente, la guerra en el medio oriente sigue con fuerza. ¿Es prudente enviar tropas allá para terminarla?  Para encontrar resoluciones justas y prácticas a estos y otros problemas tenemos que entrar más en el amor de Jesús.  Es así con todo, ¿no?  Para hacer cualquiera cosa bien, tenemos que entrar más en el amor de Jesús.

  

El domingo, 25 de junio de 2017

EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Se dice que San Juan Pablo II retaba a la gente diciendo: “La primera tarea para todo cristiano es dejarse ser amado por Dios”.  Nos cuesta abrirse al amor de Dios porque el mundo nos envía un mensaje al contrario.  Nos dice que no somos buenos, que nos falta algo necesario – inteligencia, belleza, o fuerza.  Por eso no creemos que nadie nos ame por quien somos, incluso Dios.  Cuando yo era joven, una vez mi madre me dijo que había sido un bebé feo.  Yo sé que mi madre me amó.  Después de la muerte de mi papá ella trabajó duro para enviar a sus hijos al colegio.  Sin embargo, la frase ha quedado conmigo por cincuenta años. 

Cuando no nos sintamos el amor de Dios, muchas veces buscamos la recompensa en un vicio.  Algunos escogen el placer; otros, el prestigio; otros, el poder o aún la plata.  Aunque estas cosas tienen valor, a veces los ocupamos en cantidades desequilibrantes.  El resultado es una sobredosis que hace nuestra condición peor. Empezamos a hacer cosas que turban la consciencia.  Abusamos las sensibilidades de otras personas para aparecer grandes.  Aun nos hace daño a nosotros mismos para conseguir pedazos de la satisfacción.  Es trágico ver al alcohólico arruinar a sí mismo y su familia también por intentar a recompensar el sentido de la falta de amor con la cerveza.

En el evangelio hoy Jesús nos asegura del amor de Dios.  Dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza para que nada nos haga daño sin que Él sepa.  Dice también que tenemos que confiar en este amor porque él, Jesús, tiene una tarea para nosotros.  Quiere que lo reconozcamos delante de los hombres.  Entonces, por el testimonio que damos, él va a recomendarnos ante su Padre.  Al día de juicio final él va a darnos entrada en la vida eterna.

Se me contó el otro día la historia de un hombre que vivió hace años en una parroquia que sirvo.  Este hombre dio testimonio a la presencia de Jesucristo en la Eucaristía por participar en todas las misas de la parroquia.  Pregunté al que me informaba si el hombre hizo algo por los pobres.  Me dijo que sí.  Todos los sábados iba a una panadería para recoger los sobrantes productos.  Entonces se los llevó al orfanato y a la casa de las muchachas embarazadas para que los niños tengan pan y pasteles. 


Hemos entrado en el verano, el tiempo de dar fruto.  Dentro de poco los campos estarán llenos de granos, verduras, y pastos.  El Señor nos advierte que seamos nosotros fructíferos también.  Que no tengamos miedo a hablar con otros de él.  Ni que tengamos  peros a hacer obras buenas en su nombre.  Pues, el Padre va a protegernos de los criticones porque nos ama.  El Padre siempre nos ama. 

El domingo, 18 de junio de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 18 de junio de 2017

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Se pensara que una parroquia con la adoración perpetua sería poco activa.  Pues, buscar a feligreses para rezar delante del Santísimo Sacramento ciento sesenta ocho horas por semana es en sí un reto grande.  Tal vez quisiéramos preguntar: “¿Cómo la parroquia podría encontrar a personas para llevar comidas a la gente sin recursos o para visitar a los asilos de ancianos?”  Sin embargo, en mi experiencia sirviendo en una parroquia con la adoración veinticuatro-siete vi a la gente participando en muchos ministerios.  Pareció que la adoración engendró una variedad de actividades. ¿Cómo podría ser?

Creo que la razón queda en el contenido de la adoración.  Más tarde o más temprano el que adora se preguntará: “¿Qué es esta cosa delante de mí?” y “¿Qué es el propósito de estar aquí mirándola?”  Estas preguntas le llevan al descubrimiento que el objeto en su enfoque no es una cosa sino una persona.  De hecho, da cuenta que la hostia en el custodio es el que dice en el evangelio hoy: “’Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo…’”  Es Jesucristo, el Hijo de Dios que vino al mundo para compartir la vida divina con los seres humanos.

El propósito de la vigilia es darse cuenta de esta acción divina.  Dicen algunos que la Eucaristía es para consumirse no para adorarse.  Pero ¿cómo se podría apreciar una comida rica sin tener el tiempo para saborearla?  La contemplación delante del Santísimo asemeja el saborear la comida más rica que hay.  Es revolver en la mente lo que significa que el magnífico Dios se limitó a sí mismo para compartir nuestro lote humano.  De hecho, hizo dos sacrificios que muestran lo extenso de su amor para el mundo. 

Además de hacerse hombre, Dios se entregó a sí mismo a una muerte horrífica.  Se dice que la crucifixión era una de las formas de tortura más crueles siempre inventadas.  Causa no sólo dolor agudo y largo sino también la muerte de la asfixia.  Pues sólo un sacrificio tan grande podría recompensar el egoísmo humano que sabemos bien es inmenso. 

Si su sacrificio nos ha quitado el pecado, querremos preguntar cómo deberíamos responder a su gracia.  También se puede buscar la respuesta en la contemplación delante del Santísimo.  San Pablo escribe a los corintios que forman los miembros del cuerpo de Cristo.  Y así somos nosotros.  Le servimos por ayudar a los demás, particularmente a los pobres e indefensos.  Un católico comprometido cuenta de su experiencia como un entrenador de un equipo de voleibol compuesto de jóvenes supuestamente “incapacitados”.  Dice que los muchachos tuvieron una simpatía tremenda no sólo para uno y otro sino para él también. Se le pregunta: ¿qué les falta más a los “atletas especiales”: el interés de otras personas o la oportunidad de competir?  Contesta que sí algunos tienen el impulso de competir pero todos responden al amor.


Hoy se celebra el Día de Padre en muchos países.  Es ocasión para honrar a nuestros padres por sus aportes a nuestro bien.  Vemos en su trabajo, su acompañamiento, y sus consejos una vislumbre del sacrificio que nos ha hecho Jesucristo.  Y vemos en nuestro aprecio de nuestros padres una semejanza de nuestra respuesta a Jesucristo.  Como somos agradecidos de ser partes de sus familias, somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.  Es cierto; somos deseosos a servir como miembros del Cuerpo de Cristo.