El domingo, 24 de septiembre de 2017

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Cuando pensamos en las vistas más magníficas en el mundo, ¿qué cosas surgen en nuestras mentes?  ¿La piscina de las olimpiadas o la playa en Cancún?  ¿La Torre de Eiffel o el Monte Everest?  ¿La Basílica de San Pedro o el Gran Cañón?  Creo que al menos para la mayoría las maravillas naturales sobrepasan las grandes construcciones humanas.  Diríamos, por ejemplo, que nunca hemos visto el agua tan clara, la arena tan blanca, y el cielo tan azul como en Cancún.  O jamás hemos mirado una cosa tan majestoso como cuando estábamos al pie de una gran montaña.  El evangelio hoy nos indica algo semejante.  Nos ilustra el esplendor de la justicia cuando Dios la proporciona.

Deberíamos ver la historia de tres puntos de vistas distintos.  Primero, considerémonos cómo ven la situación los trabajadores que llegaron a la viña al amanecer.  Ya es tarde.  Han trabajado todo el día.  Les duelen los brazos.  Sus frentes llevan la tierra que pegó a su sudor.  Cuando miraron a aquellos que trabajaron sólo una hora recogiendo un denario, naturalmente esperaron recibir más.  Ya sienten defraudados porque les han pagado el mismo jornal.  Piensan que no es cuestión de codicia sino de la justicia.  ¿No es un principio de la justicia: “el pago igual para el trabajo igual”?  

En contraste los trabajadores que llegaron más tarde quedan encantados.  Ya pueden volver a casa con bastante dinero para comprar pescado por su familia.  Pero es posible que estén pensando en otra cosa.  Tal vez están preguntando a uno y otro: “¿Por qué no celebramos nuestra dicha con unas copas?” 

Finalmente hay el dueño.  Se puede llamarlo bueno porque muestra la compasión a los pobres.  De verdad este hombre representa a Dios.  Su justicia siempre es moderada por el amor que es la caridad.  Contrató con los primeros trabajadores por el salario corriente.  Si les paga más ahora, mañana esperarán la misma cantidad.  A los más recientes les paga lo mismo para que sus familias no experimenten la miseria.  Como es Dios, conoce los corazones de los trabajadores.  Puede decir quién va a aprovecharse bien del dinero y quién va a malgastarlo.  Evidentemente piensa que los hombres que trabajaron poco no van a derrochar su pago con vino. 

Nosotros hombres y mujeres no podemos leer corazones como Dios.  Tenemos que depender de principios como “el pago igual para el trabajo igual” para determinar la tasa de recompensa.  Pero podemos aproximar la justicia de Dios por incluir en las normas laborales una dimensión del amor caritativo.  ¿Qué quiere decir esto? El seguro de salud para el trabajador y la familia parece preciso hoy en día.  Se debe incluir iniciativas para mejorarse particularmente en los empleos del valor mínimo.  También le proporciona una cierta dignidad al trabajador cuando se reconoce su aporte y se consideran sus recomendaciones.


El trabajo es más que un modo de sacar dinero para comprar pescado.  Es más que el dolor en los brazos y el sudor en la frente.  En un sentido verdadero el trabajo es cooperar con Dios para recrear el mundo en la justicia.  Porque es de Dios, no deberíamos olvidar el amor cuando consideramos las normas laborales.  Por Dios no deberíamos olvidar el amor en las normas laborales.

El domingo, 17 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hice mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada nuevo para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a estos asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  No necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de una confianza profunda.  Pero hay otro tipo de amigos en quienes confiamos toda el alma.  Son personas de gran virtud.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazón con nosotros.

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  Asimismo nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  Nos capacita a amar, no según la carne sino de la verdad.  También escucha nuestros suspiros y responde con sus dones haciendo el camino adelante transitable.  Finalmente el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos ha engeñado o a la persona que ha hecho daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos cuando éramos jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Por favor, esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.


Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.

El domingo, 10 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

A veces tengo dificultad cuando estoy estudiando.  Si hay ruido en la casa, no puedo concentrarme.  Pasa que el televisor prendido en el cuarto de recreo me distrae en mi recámara.  Aun con esfuerzo, no logro un estudio satisfactorio.  Entonces, me siento frustrado.  No quiero molestar a los telespectadores.  Pero tampoco quiero desgastar mi tiempo.  Cuando decido a decir a aquellos mirando la tele, casi nunca lamento la decisión.  Les digo: “Lo siento; no puedo estudiar.  El sonido del televisor está alto.  ¿Me pueden bajarlo?”  Esto es un ejemplo sencillo de la corrección fraternal de que Jesús habla en el evangelio hoy.

Este año leemos en la mayoría de los domingos del Evangelio según San Mateo.  Se le llama  “el evangelio de la iglesia”.  Pues más que Marcos, Lucas, y Juan; Mateo trata del orden en la comunidad de fe.  Por ejemplo, hace quince días escuchamos cómo Jesús nombra a Simón como la cabeza de la comunidad.  En el pasaje ahora él da las instrucciones sobre el tema delicado de la corrección fraternal.  ¿Cómo se puede lograrla con la máxima eficaz y el mínimo daño?  Para evitar vergüenza al malhechor Jesús instruye a sus discípulos: “’Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas’”.  A veces, como en el caso del sonido recio, la persona responde amablemente.  Dice que ni sabía que estaba creando dificultad.  Sin embargo, a veces resiste a reconocer su error.  Tal vez diga que el problema no es de él sino de nosotros.  Entonces, tendremos que ocupar otra táctica para convencerlo de su culpabilidad.

Puede ser que el párroco es alcohólico pero no quiere reconocer el defecto.  Más bien, si un amigo le dice que toma demasiado, él se pone bravo negando que no pueda manejar el consumo.  Entretanto, sigue insultando a otras personas como es la manera de muchos alcohólicos.  Para enfrentar a una tal persona con la verdad, sus amigos y colaboradores tienen que organizarse.  Tienen que acercarse al alcohólico dando testimonio uno por uno cómo él ha violado el comportamiento esperado de un líder espiritual.  Entonces, tienen que insistir que vaya a buscar la ayuda necesaria.  Esto es lo que Jesús tiene en cuenta cuando recomienda que los discípulos vayan al pecador con dos o tres testigos.

Hay otro remedio en los casos extremos.  Si el culpable sigue en su pecado de modo que cause a los demás a fallar, dice Jesús que se lo excomulgue.  Les asegura a sus discípulos que tienen la autoridad para hacerlo por decir: “’…lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo’”.  Hace cincuenta años el arzobispo de Nueva Orleans excomulgó a un racista con gran efecto.  El señor Leander Pérez montaba una campaña para resistir la integración de las escuelas católicas cuando el jerarca le impuso la pena.  Eventualmente el hombre renunció su oposición a la integración para reconciliarse con la Iglesia.


Sobre todo, la Iglesia es una comunidad de amor, sea al nivel parroquial, diocesano, o global.  Desea el bien para todos incluso los pecadores.  También tiene que dar testimonio a la verdad en todas sus relaciones.  Por eso Jesús nos enseña en el evangelio hoy cómo manejar las situaciones difíciles.  Cuando un malhechor no quiera reconocer su culpa, tenemos que tratarle con ambos el respeto y la firmeza.  Esto es fórmula digna para la vida en general.  Que seamos en todos casos respetuosos y firmes. 

El domingo, 3 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

En la década de la “revolución sexual” entre 1960 y 1970 una congregación religiosa hizo algo inaudito.  Para atraer a jóvenes al sacerdocio la congregación puso una publicidad en la revista Playboy.  En ese tiempo Playboy pretendía ser intelectual aunque la gran mayoría de los jóvenes la veían por las fotos pornográficas.  La publicidad preguntó: “¿Puede ser un sacerdote un hombre moderno?” 

No creo que la congregación quisiera sugerir que los sacerdotes deberían leer Playboy.  Sin embargo, evidentemente pensó que sus sacerdotes sean hombres modernos.   De todos modos la publicidad no funcionó bien.  La congregación no ganó muchas vocaciones y ahora lucha para sobrevivir.  Parece que la realidad respondió al interrogante.  Un sacerdote no puede ser hombre moderno si eso significa conformarse a las modas del tiempo.  San Pablo dice tanto en la segunda lectura hoy.

Desde junio hemos estado leyendo de la Carta de Pablo a los Romanos.  Todas estas lecturas han expuesto la teología de la salvación.  Ya hemos llegado a los últimos capítulos de la carta donde Pablo explica cómo poner en práctica la teología.  La lectura hoy describe algunos principios fundamentales.  Pablo recomienda a sus lectores que vivan como se fueran sacrificios emanando aromas agradables a Dios.  Eso es, que se entreguen a Dios por vivir con el verdadero amor de Cristo.  También les exhorta que no se dejen a sí mismos ser transformados por los criterios de este mundo.  Eso es que no deben procurar ser personas modernas sino personas rectas.

¿Qué son los criterios del mundo actual que Pablo nos habría de evitar?  No creo que tengan que ver con el uso de los instrumentos del tiempo como computadoras y celulares.  Tampoco involucrarían los estudios modernos como la genética.  Estas cosas nos ayudan ser conscientes de lo que pasa alrededor de nosotros.  A lo mejor se puede resumir los criterios del mundo hoy en día con tres “-ismos”: el materialismo, el relativismo, y el individualismo.  El materialismo es vivir por la acumulación de cosas.  San Juan Pablo II una vez escribió: “No es malo el deseo de vivir mejor pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser”. 

El relativismo rehúsa reconocer criterios absolutos para juzgar lo bueno y lo malo.  Dicen los relativistas que todo depende de los valores del pueblo y aun de la persona en un momento dado.  Con el relativismo el aborto no es malo porque muchos lo aceptan.  Asimismo el matrimonio gay está bien porque las parejas del mismo sexo quieren vivir en una relación comprometida.  El relativismo no toma en cuenta la naturaleza humana.  No le importa que el aborto es tomar la vida de un inocente y el matrimonio gay desafía el propósito del matrimonio. 

El individualismo casi siempre considera el bien de la persona como más importante que la comunidad.  Por el individualismo los padres piensan más del éxito en sus carreras que en la crianza de sus niños.  Los hijos prefieren poner a sus padres en asilos que cuidarles en sus propias casas.   El individualismo pregunta primero en toda situación: “¿Qué está aquí por mí?”


En el evangelio Jesús dice a sus discípulos que tienen que tomar sus cruces y seguirlo si quieren salvar sus vidas.  Quiere decir que para tener la vida eterna, tenemos que conformarnos a él no al mundo contemporáneo.  Tenemos que valorar más nuestro crecimiento en la bondad que el aumento en el tamaño de nuestra casa.  Tenemos que reconocer que algunos actos son malos, diga lo que diga el pueblo.  Sobre todo tendremos que sacrificarnos a veces por el bien de los demás.

El domingo, 27 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

En el inicio de la televisión norteamericana un programa de concurso llamó la atención de todos. Se dice que todo el mundo vio “The $64,000 Question” (la pregunta que vale $64,000) desde el Presidente de la Republica hasta el criminal en la calle.  Las reglas eran sencillas: se le preguntó al concursante una pregunta inicial cuya respuesta correcta valió un dólar.  Si la respondió bien, se duplicaron el valor y la dificultad de la próxima pregunta.  Cuando llegó a la pregunta que valió el máximo de $64,000, el suspenso estuvo palpable.  Los millones de telespectadores se maravillaron al ver los genios identificar detalles minuciosos como la firma de Shakespeare.  En el evangelio hoy Jesús tiene una pregunta para sus discípulos que vale mucho más que $64,000.

Jesús pregunta a sus discípulos quien piensa la gente es él.  Sus respuestas son previsibles. Lo ve como un profeta como el fogoso Elías o el sufrido Jeremías.  Es como muchos en la sociedad hoy respondería.  Según la opinión de muchos Jesús es no más que un gran líder religioso como Mohamed o un reformador venerable como Mahatma Gandhi.  Se puede decir que estas respuestas tienen algún sentido. Sin embargo, apenas captan toda la realidad que es Jesús.

A pesar de lo que opinan los demás, nosotros buscamos una comprensión más profunda de quien es Jesús.  Pues consideramos nuestra vocación en la vida a seguirlo.  Él mismo nos interroga a nosotros junto con sus discípulos: “’Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?’”  Simón no demora para contestar de parte de los discípulos y de nosotros también: “Tú eres el Mesías…” Eso es, Jesús es el enviado de Dios a su pueblo para liberarlo del apuro en que se encuentra. Además añade Pedro: “… el Hijo de Dios vivo”.  Como Su Padre Dios, Jesús tiene el poder para conceder la vida.

Hoy en día muchos encuentran como el apuro más apremiante el recurso a la violencia.  En Europa los radicales musulmanes tienen a la gente asustada. A lo mejor no falta el llamado a vengarse de parte de muchos nativos en los países allá.  En Latinoamérica los narcotraficantes y las pandillas están aterrorizando ambos a los pobres y los ricos.  Ya en los Estados Unidos los extremistas en la derecha y en la izquierda amenazan a uno y otro de modo que parezca que la sociedad esté cayendo en la anarquía. 


En estos tiempos duros nosotros cristianos debemos ser muy deliberados en nuestro seguimiento de Jesucristo. Él no superó las fuerzas del mal con armas sino con la justicia que su Padre Dios le otorgó.  Seguirlo significa que vamos a vivir como imágenes suyas.  No vamos a gritar a aquellos con que discrepamos sino a dialogar con respeto.  Tampoco vamos a golpear a nadie. En cuanto a nuestros hijos buscaremos otros modos apropiados para castigarlos.  Igualmente ustedes muchachos tienen que comprometerse a no pelear con uno y otro. Y vamos a estar tranquilos en las carreteras rehusando a maldecir y dispuestos a dar el paso.  ¿Por qué?  Es preciso que nos recordemos de nuestra identidad y el propósito en la vida.  Somos hermanos de Jesús destinados a vivir con él en la vida eterna.  Somos hermanos de Jesús destinados a la vida eterna.

El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

El domingo, 12 de agosto de 2017

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

La arquidiócesis de Chicago era la más grande en los Estados Unidos.  Hace cincuenta años había iglesias en casi todos los barrios, y los fieles las llenaban en los domingos.  Es una historia diferente hoy día.  Muchas parroquias no tienen párroco propio, y bancas enteras quedan vacías durante la misa dominical.  La iglesia allá, como en muchas partes de Norteamérica y Europa, está en crisis.  Esta situación es anticipada en el evangelio hoy.

La barca de los discípulos sacudida por las olas representa la Iglesia después de la resurrección de Jesús.  Está sufriendo el rechazo y la persecución de parte de los judíos en Israel.  Sí, las misiones han encontrado éxito. Pero también han enfrentado la persecución y el martirio.  La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su pueblo.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.

No nos falta la compañía de Jesús ahora.  Jamás abandonará a sus fieles en su apuro.  Aunque las parroquias latinas no experimentan la caída de la asistencia en la misa, sí tienen sus propios retos.  Sus jóvenes no quieren asistir en la misa dominical.  Dicen que no creen, pero la verdad es que no quieren que nadie les obligue a hacer nada.   Jesús está allí con la pastoral juvenil que casi todas las parroquias tienen.  Les cuenta tanto a los adolescentes como a los jóvenes que sólo con él tendrán la verdadera libertad para ser todo lo que puedan.

Hay muchos adultos en nuestras parroquias atraídos a las iglesias cristianas por los predicadores con gran convicción si no mucha educación.  Algunos sienten acogidos en sus congregaciones porque no hay preceptos contra el divorcio y casamiento de nuevo. Sin embargo, Jesús queda en la Iglesia Católica instruyendo a los fieles que el matrimonio es una alianza con Dios para fortalecer el amor entre los novios.  Como el papa Francisco enseña es para toda la vida; y cuando emerjan problemas, la gente debería buscar la ayuda de los párrocos.

Deberíamos pensar en la estampa de Pedro caminando sobre el agua como una imagen de la iglesia siguiendo a Jesús por la fe.  Está bien en cuanto mantenga sus ilusiones en sus promesas y su confianza en su apoyo.  Puede transitar los problemas más grandes – el acosamiento por los gobiernos, el rechazo de los diferentes sectores de la sociedad, aun las traiciones de parte de sus propios ministros como los abusos sexuales reportados hace quince años.  Pero una vez que ella quite los ojos de Jesús como su ayuda y su meta, se encuentra hundiendo en el agua caudalosa.


Entonces ¿podemos nosotros individuos caminar sobre el agua?  La respuesta es sí, al menos figurativamente, si mantenemos nuestros ojos fijados en el Señor.  Está en medio de nosotros en diferentes modos – en los ministros de la Iglesia, en los pobres de espíritu, y particularmente aquí en la Eucaristía donde escuchamos su voz y consumimos su cuerpo y sangre.  Jesús está en medio de nosotros para guiar nuestros pasos sobre el agua.