El domingo, 22 de enero de 2017

EL TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Isaías 8:23-9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

Más tarde este año, cristianos en todas partes del mundo van a celebrar un gran jubileo.  Desgraciadamente pocos católicos participarán en las festividades.  Pues han sido quinientos años desde que Martín Lutero clavó sus noventa y cinco teses en la puerta de una iglesia alemana.  Su crítica de la práctica de la fe creó una revolución que sigue en fuerza hoy en día.  Las divisiones resultantes reflejan bien la preocupación de San Pablo en la segunda lectura.

Pablo escribe a los corintios después de enterarse que se han dividido en facciones.  Dice que unos reclaman que son de Pedro; otros, de Apolo; otros, de Cristo; y todavía otros, de él mismo.  Estas divisiones anticipan las diferentes comunidades de la actualidad: evangélicos, católicos, cristianos, y muchas otras.  De hecho, hay en el record entre triente y cuarenta mil comunidades cristianas en el mundo actual.

Resulta un escándalo no sólo porque todas las divisiones profesan “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5) sino por algo más atroz.  En los siglos desde Lutero ha habido odio aun la violencia entre los grupos.  Los católicos a menudo han dicho: “Hay que ser católico para ser salvado”. Asimismo los protestantes han condenado a los católicos como supersticiosos.  En el siglo diecisiete la “Guerra de los Treinta Años” luchada por la mayor parte entre los católicos y protestantes causó la muerte de ocho millones personas.  No es por nada que Pablo tiene que preguntar en la lectura si el cuerpo de Cristo, que todos los grupos constituyen, podría ser dividido.  Por supuesto la respuesta correcta es “no”.   Sin embargo, por el orgullo de las bandas continúan como un cáncer comiendo tejidos buenos.

En el evangelio Jesús llama a todos a convertirse.  Dice: “’… está cerca el Reino de los Cielos’”.  Tiene en cuenta el amor de Dios que levanta a la gente del odio.  El Concilio Vaticano II llamó a los católicos a un arrepentimiento semejante.  Recomendó que trabajáramos para la reunificación de Iglesia, un movimiento llamada el ecumenismo.  Surgió que los laicos rezaran por la unidad con sus contrapartes protestantes.  También deseó que colaboraran en proyectos sociales como dar de comer a los desamparados.  El concilio dirigió a los educados en la teología que dialogaran para profundizar el entendimiento de uno y otro. 

Ha habido instancias de estas acciones, pero más hace cuarenta años que hoy en día. Es como si nosotros quisiéramos quedar en las barcas de nuestros padres en lugar de seguir a Jesucristo en el ministerio.  Es como si prefiriéramos mantenernos en las redes del prejuicio y la indiferencia al ofrecer una mano de paz a nuestros hermanos en la fe cristiana.  Pero los papas recientes nos han puesto en el camino del amor cristiano. El papa Juan XXIII creó un departamento vaticano para la unidad cristiana.  Juan Pablo II pidió perdón de los protestantes por el uso de la violencia en el pasado.  Y hace poco Francisco participó en una oración marcando la inauguración del quinto centenario de la protesta de Lutero.  Elogiando al primer protestante, dijo que la pregunta de Lutero sobre cómo lograr la misericordia de Dios es “la pregunta decisiva de nuestras vidas”.


En Francia existe una comunidad de monjes dedicada al ecumenismo.  Llamada Taizé, la comunidad se compone de más de cien protestantes y católicos compartiendo la vida.  Los monjes llaman a jóvenes de todas partes del mundo para hacer un peregrinaje a su monasterio.  Allá dialogarán, rezarán y trabajarán juntos para fortalecer los vínculos del amor cristiano.  Así todos deberíamos actuar para fortalecer los vínculos del amor.

El domingo, 15 de enero de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO 

(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)

Antes de las emisiones de partidos de fútbol, los comentaristas presentan a los jugadores.  Dicen quien se verá en cada posición de la cancha.  Se puede pensar en el evangelio de hoy como una tal presentación.  Juan el Bautista actúa como el anunciador presentando a Jesús al mundo.  Menciona tres papeles claves que Jesús va a tomar para salvarnos.  Investiguémonos estos papeles para que apreciemos más su importancia a nosotros.

Primero, Juan presenta a Jesús como el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.  No deberíamos pensar en Jesús como débil porque se describe como animal indefenso.  Lo que se tiene en cuenta aquí es el animal sacrificial cuya sangre rescató a los israelitas en Egipto.  Según Éxodo cuando el Faraón no permitió que los descendientes de Israel salieran del país, Dios le envió diez plagas para convencerlo.  La última plaga, que le venció, era la matanza del primogénito.  Todos los hogares eran infectados excepto aquellos cuyas puertas habían sido untadas con la sangre de un cordero degollado.

Así por la sangre de Jesús derramada en la cruz somos rescatados del pecado.  No importa lo que hemos hecho.  Podría ser tan grande como golpear a un ser querido. Dios lo perdonará por Jesucristo crucificado.  Si lo confesamos antes de un sacerdote con la intención de evitarlo en el futuro, podemos quedar seguros que el pecado no va a arruinarnos.

Juan no dice que Jesús es “el siervo de Dios”, pero sus palabras indican que asume este papel.  Cuando dice que ve “al Espíritu descender del cielo… y posarse sobre él”, está recordando lo que dice Dios por el profeta Isaías: “’Aquí está mi siervo…He puesto en el mi espíritu para que traiga la justicia a todas las naciones’”.  Jesús desenmascarará las fuerzas de la injusticia y las derrotará para que no nos amenacen.  En contraste con los líderes que se aprovechan de su poder para explotar a la gente, Jesús la usará para curar y liberar.  Conformándose con Jesús, hace cincuenta años Martin Luther King abrió los ojos del mundo a la devastación que causa el racismo.  Tanto su voz como sus acciones mostraron cómo el prejuicio envenenaba las almas de los blancos mientras negaba los derechos de los negros.

Todos nosotros – blancos y negros, mujeres y varones, cristianos y musulmanes -- somos “hijos e hijas de Dios”.  Pero sólo uno es el “Hijo unigénito de Dios”.  Juan lo pronuncia de Jesús en el evangelio como su tercer papel importante.  Por ser el Hijo unigénito, Jesús nos revela a Dios Padre: su misericordia  para todos y su voluntad que amemos a uno al otro.  Al cerrar la Puerta Santa de la basílica de San Pedro terminando el Año de Misericordia, el papa Francisco dijo: “… la verdadera puerta de la misericordia, que es el corazón de Cristo, siempre queda abierta para nosotros”.  Este corazón misericordioso movió a una iglesia negra a conmemorar la matanza de ocho miembros junto con su pastor hace dos años con una llamada a la bondad.  En junio del año pasado la Iglesia Emmanuel de Carolina Sur pidió a aquellos que quisieran responder al odio que causó la tragedia a actuar “obras de Gracia Asombrosa”.  Tenía en cuenta actos de servicio, sean grandes o pequeños, para “hacer el mundo un lugar mejor”.


Pero el mundo no será mejor sólo por nuestros actos no auxiliados.  Siempre el mundo hace falta a Jesucristo para crecer en la virtud.  Él lo libera del odio que lo detiene en el pecado.  Él le enseña los derechos verdaderos y cómo lograrlos.  Y él lo acompaña de modo que no nos olvidemos de que todos nosotros somos con él hijas e hijos de Dios Padre.  Que no nos olvidemos de que somos hijas e hijos de Dios.

El domingo, 8 de enero de 2017

La Epifanía del Señor

(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-4.5-6; Mateo 2:1-12)

Se dice que san Francisco inventó la Navidad.  Por supuesto, se había celebrado el nacimiento de Jesús antes de su tiempo.  Pero él le dio un significado particularmente humano.  Para la Noche Buena en un pueblo italiano Francisco tenía preparada una gruta con heno.  Pusieron un asno y un buey para duplicar la escena indicada en el Evangelio según San Lucas.  Cuando llegó el tiempo para estrenar  el portal, descubrieron en el heno a un bebé representando el don más precioso posible.  Hoy, la Epifanía del Señor, es la fiesta de los dones.  Tenemos que reflexionar en lo que es un don, en el don de Dios a nosotros, y también en los dones mencionados en el evangelio.

Podemos definir el don como obsequio libre y beneficioso a otra persona para expresar el afecto.  El donador no tiene que dárselo.  Pues, si hay algo obligativo del don, no puede ser libre sino forzado al menos un poco.  Tampoco se da un don para extraer una respuesta favorable de la persona.  Pues, alguna cosa dada con expectativas es la manipulación del receptor.  Porque el don expresa el amor del donador para el otro, debería representar a él o ella.  Un joven regalaba a sus familiares cosas que él mismo hizo. Escribiría, por ejemplo, un poema por sus padres e haría una pintura por su hermana.  A lo mejor estos familiares apreciaban estos regalos más que otros comprados en tiendas porque eran sumamente personales. 

El niño Jesús representa el don de la salvación.  En tiempo él sufrirá la muerte en la cruz para librarnos de las tendencias exageradas que nos hacen daño.  Provee la enseñanza y, más importante aún, la fuerza para superar la lujuria, la codicia, y la arrogancia.  Sin embargo, la salvación va más allá que navegarnos por estos escollos.  Nos transforma en personas amantes.  Ya podemos alcanzar a los demás buscando su bien.  Dios no tenía que regalarnos esta cualidad que nos asemeja a Él mismo.  Nos lo dio por el amor.

Sin embargo, no hemos apreciado este don suficientemente.  Se puede ver la falta en los pecados cometidos al árbol navideño.  A lo mejor todos nosotros hemos estado desilusionados por ver la rapacidad de los niños abriendo sus regalos.  No los tratan como muestras del cariño sino como sus derechos.  Si no reciben exactamente lo que pedían, lloran y reniegan.  Los padres también explotan los regalos.  Piensan que pueden ganar la lealtad de sus hijos con el IPhone u otro regalo exagerado.  Se olvidan del hecho que los niños hacen falta la atención y la disciplina más que cosas materiales.

Se puede explicar los regalos de los magos en distintas maneras.  Primero, hay que declarar que Dios no necesita nada de nuestros.  De hecho, es don suyo que podemos hacer algo por Él de modo que alcancemos la vida eterna.  Nuestro don a Jesús, representado por los tres regalos de los magos, es nuestro empeño de ser sus discípulos-misioneros.  El oro es no menos que la amistad con Jesús que ofrecemos a todos nuestros asociados.  Queremos demostrarles de cómo nuestro seguimiento al Señor ha resultado en una vida más valiosa.  El incienso, que da fragancia al aire, es la creatividad con que entregamos el mensaje.  Tal vez formamos un grupo que comparte la fe en el lugar de trabajo o apoyamos el sindicato para enseñar a los jóvenes la dignidad del trabajo.  La mirra se asocia con el entierro.  Significa que el don nos costará la muerte a nuestros deseos desordenados.  Sacrificarse por el bien del otro refleja la muerte de Jesús que resultó en la gloria de él y de todos los creyentes.


“Rom pom pom pom, rom pom pom pom”, suena el niño tamborilero.  Aunque es pobre, quiere hacer algo que complacerá a Jesús.  En fin, anuncia su llegada con su tambor.  Nos enseña a anunciar la salvación de Jesús por modos propios a nosotros. Sea por poner un portal en el lugar de trabajo o sea por presentar un regalo a un pobrecito, hemos de anunciar  la salvación.  Hemos de anunciar la salvación de Jesús.

El domingo, 1 de enero de 2017

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

(Números 6:22-27; Gálatas 4:4-7; Lucas 2:16-21)

Llamamos el primer mes del año “enero” por “Ianuarius”, el dios pagano de puertas.  Las imágenes de Ianuarius siempre tiene dos caras como una puerta tiene dos lados – una dando para atrás y la otra para adelante.  Ciertamente durante enero vemos en estas dos direcciones. En el principio del mes siempre nos referimos al año pasado como el presente, a veces poniendo su número en los cheques.  Pero mientras el mes avanza, pensamos más en las posibilidades del año ya comenzado.

El nacimiento de Jesús también nos llama ambos para atrás y para adelante.  El pesebre no se debe entender como indicación de la pobreza de José y María, sino para recordar la profecía de Isaías: “El buey reconoce a su dueño y el asno el establo de su amo; pero Israel, mi propio pueblo, no reconoce ni tiene entendimiento” (Isaías 1:3).  Ahora con los pastores representando Israel, el pueblo de Dios sí reconoce a su Señor.  Sin embargo, el señorío de Jesús será revelado a todas tierras sólo en el futuro.  Después de que Jesús sea crucificado, levantado de la muerte, y entronado en el cielo, enviará al Espíritu Santo a los apóstoles para predicar su nombre a través del mundo.


El primer del año es reservado para el descanso y la renovación de relaciones con familiares y amigos.  También la Iglesia nos llama a la misa para reflexionar una vez más en todo lo que hemos celebrado durante la semana pasada.  Dios ha venido al mundo para liberarnos de la consecuencia del pecado.  Llegó como inmigrante sin cama en que podía acostarse para recordarnos de los necesitados en nuestro medio.  Causó gran alegría en los cielos y en la tierra moviendo a nosotros también a regocijarnos. Como María en el evangelio hemos de meditar todas estas cosas en el corazón para comprender su significado para el Año Nuevo.

El domingo, 25 de diciembre de 2016

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Un hombre cuenta de su hijo.  Dice que cuando el hijo tenía tres años, tuvo dolor de oído.  Los médicos pusieron una sonda en la oreja evidentemente para canalizar el medicamento.  Pero el niñito siguió despertándose  durante la noche llorando.  El hombre recogió al infante en sus brazos y lo meció.  Pero el niño sólo grito más.  Entonces el hombre oró a Dios.  “Dios mío – dijo – quita el dolor de mi hijo y dámelo”. 

Muchos padres han ofrecido la misma oración.  “No me importa que sufra yo, Señor, ayuda a mi hijo”.  “Quita el cáncer de mi niña y dámelo”.  “Si alguien tiene que morir, Dios mío, que sea yo”.  Quedamos seguros que Dios escucha tales peticiones por la fiesta que celebramos hoy. 

Recordamos en este día como Dios escuchó el dolor de sus hijas e hijos sufriendo en el mundo: cómo mueren en guerras; cómo aguantan el odio del racismo; y cómo abusan a las mujeres por el placer.  Dios miró todo esta tristeza y decidió que iba a hacerse hombre para quitárselo de sus hijos y aguantarlo él mismo.  Jesús -- Dios hecho hombre -- soportó más violencia, más odio, más abuso que cualquier otro. En el proceso, agotó las fuerzas del mal de modo que ya no nos tengan fijados en sus garras.  Su acción nos ha quitado parte del dolor mientras nos ha dado la alegría de conocer su gran afecto.

Una vez se circuló una tarjeta de saludo con Jesús crucificado en la portada.  Al interior dijo: “Feliz Navidad”.  Sí, fue rara tal pintura en los medios de diciembre, pero atinó el propósito del nacimiento de Jesucristo.  Más de darnos la experiencia de conocer este hombre excelente, la entrada del Hijo de Dios en el mundo comenzó la historia inmediata de nuestra salvación.  Nació para morir y resucitarse de la muerte para que nosotros tengamos la vida para siempre. 


Por eso, celebramos la fiesta de Navidad con un toque de espanto.  Nuestro salvador que va a sacrificarse por nosotros ha llegado.  Que nos preparemos a seguirlo por los altibajos de la vida.  Y cuando conmemoremos su muerte en el Viernes Santo, que no nos hundamos en la miseria.  Más bien, como es necesario que tengamos un poco de sobriedad aquí en nuestro gozo, será preciso que tengamos un poco de alivio entonces.  Con su resurrección al tercer día la obra de nuestra salvación será terminada.  Bueno, que no detengamos la festividad más.  Jesús, nuestro salvador en el dolor y la alegría, ha llegado.  Nuestro salvador ha llegado.

El domingo, 18 de diciembre de 2016

EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24)

Imaginémonos por un momento que somos San Pablo.  Por años nos hemos dedicado a la predicación del evangelio.  Hemos fundado varias comunidades por Cristo en Asia Menor y Grecia.  Ya nos sentimos que nuestra misión en esa parte del Imperio Romano ha acabado.  Pero hemos hecho la promesa al Señor que en cuanto nos conceda la vida, vamos a proclamar su nombre.  Por eso, comenzamos a planear una misión a España.  Escribimos a los cristianos de Roma pidiendo su ayuda.  La carta sirve dos propósitos.  Nos presenta a la comunidad como apóstol verdadero de Cristo.  También, nos establece como teólogo que vale la atención.  En la segunda lectura hoy leemos cómo Pablo empieza esta carta.

Pablo no hace rodeos.  Declara en su primer párrafo el núcleo de su mensaje: Jesucristo es tanto divino como humano.  Las dos naturalezas tienen sus consecuencias.  En primer lugar consideraremos su humanidad.  Como todos hombres Jesús es un compuesto de alma y cuerpo humano.  Por tener alma, Jesús piensa como todos nosotros.  Por tener cuerpo, él experimenta el universo según los rasgos de su propio cuerpo; es decir, como hombre masculino, mediterráneo, y judío.

Aunque Pablo tiene otro propósito en cuenta cuando escribe de la humanidad de Cristo, vale la pena reflexionar en un aspecto del tema controversial ahora.  Algunos piensan que la persona es básicamente un alma que sólo tiene un cuerpo como un hombre tiene un Camry.  Por eso, dicen que la persona puede escoger su género como masculino o femenino como le acomode.  No, la persona humana no es ni alma con cuerpo ni cuerpo con alma sino los dos integrantes.  No puede escoger su propio género como no puede escoger el color de su piel.  Es verdad que unas personas tienen dificultad aceptar el género asignado por su cuerpo. Ellos invocan nuestra compasión.  Pensar en sí mismo como de un género contradiciendo los rasgos físicos es una cruz particularmente pesada.

Por tratar la humanidad de Jesús, Pablo quiere poner en relieve su nacimiento en el linaje de David.  Como descendente del  rey de Israel, Jesús representa a todos los judíos.  Por eso, lo que pase a él, vale por todos miembros de su raza.  Pablo escribirá que Dios ha injertado en Israel a todos los creyentes en Jesucristo de modo que él ya represente a todos nosotros.  Por eso todos nosotros creyentes – seamos judíos o no judíos -- experimentaremos la vida de Jesucristo resucitado de la muerte.

El segundo enfoque de Pablo en la lectura tiene que ver con cómo podríamos experimentar la resurrección.  Dice de Cristo: “… en cuanto a su condición de espíritu santificador, se manifestó con todo poder como Hijo de Dios”.  Cristo puede santificarnos porque es divino.  La santificación resulta de su obediencia a Dios hasta la muerte.  Este acto recompensó la desobediencia de Adán y Eva.  Como hemos heredado los modos del pecado, recibiremos el destino de Jesucristo por nuestra fe en él.  

El evangelio hoy recuerda la historia sobre la cual Pablo reflexiona en términos teológicos.  Jesús es hijo del hombre por parte de María y descendiente de David por José, su padrastro.  Se le pone el nombre “Jesús”, que significa en hebreo “el Señor salva”, porque nos salva de nuestros pecados.  No sólo nos logra el perdón sino que nos estrecha la brecha entre nosotros y Dios.  Ya podemos amar a los demás con la compasión de Dios.  Como ejemplo, no mostramos a las personas confundidas sobre su género con la indiferencia, mucho menos el desdén.  Más bien las respetaremos aunque no cedamos a todos sus reclamos.  

No sólo el evangelio lo llama “Jesús” sino también “Emanuel”.  Esto significa: “Dios con nosotros”.   Por Jesús Dios cumple su compromiso en el Antiguo Testamento de estar siempre con su pueblo.  De hecho, las últimas palabras de Jesús en este Evangelio según San Mateo son: “’Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia’”.



A los americanos les gusta cantar de “una Navidad blanca”. ¿Qué más significa esta frase que Dios venga del cielo a la tierra?  Los copos de nieve, puros y bellísimos, son como lo divino.  La tierra, dura y oscura,  es como nosotros manchados por el pecado.  Dios nos revigoriza con su frescura y nos hace brillar con su resplandor.  Nos hace en sus verdaderas hijas e hijos con la resurrección de la muerte como destino.  Dios nos hace en sus hijas e hijos.

El domingo, 11 de diciembre de 2016



EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)

Mucha gente está preguntando de Donald Trump.  En todas partes quieren saber qué tipo de presidente será.  No tiene experiencia como gobernante. No obstante tomará las riendas del país más poderoso en el mundo.  Habla mucho de cómo salvará los empleos norteamericanos.  Pero los designados de su gabinete parecen como capitalistas duros.  Vamos a ver cómo es Donald Trump en este año venidero.  Por ahora nos sirve como ejemplo.  Como la gente se pregunta de Trump, Juan Bautista se pregunta de Jesús en el evangelio hoy.

Juan pensaba que Jesús era el Mesías cuando lo bautizó en el río Jordán.  Pero desde entonces Jesús no ha actuado como el Mesías que Juan tenía en cuenta.  No condena a los pecadores con gritos.  Más bien, come con ellos para sacar su arrepentimiento.  Ni predica sermones apocalípticos.  En su lugar, llama a sus seguidores “la sal de la tierra” y “la luz del mundo”.  Por eso Juan envía a sus discípulos a Jesús para preguntarle: “’¿Eres tú el que ha de venir…’”?; es decir, el Mesías.

La duda de Juan sobre Jesús vale para nosotros.  Al menos algunos de nosotros tenemos otras expectativas para el Mesías basadas en cómo leemos el evangelio.  Que esbocemos tres posibilidades.  Entonces preguntaremos a nosotros mismos cuál de las tres corresponde lo mejor al evangelio.

En el tiempo de Jesús mucha gente esperaba a un Mesías político.  Querían a un guerrero que podría expulsar al imperio romano de Israel.  Hoy en día algunos quieren que Jesús venga para castigar a los malvados que les molestan.  Pueden ser los vecinos que hacen ruido hasta muy noche o los jóvenes que ven fumando cigarros.  Pero Jesús nunca ha pretendido ser Mesías guerrero.  Por esta razón siempre dice a los testigos de sus hazañas: “No digan nada a nadie”.

Varias personas esperan ahora a un Mesías que va a llevar sus almas al cielo cuando mueran.  Su única preocupación es evitar todo tipo de pecado.  Vienen al templo sólo para rezar por sus propias necesidades.  No les interesa formar una comunidad para ayudar a los demás.  Hay una pista – pero sólo una pista -- de esta expectativa del Mesías en la segunda lectura hoy.  Dice que hemos de esperar la venida del Señor como un labrador aguarda la cosecha.  El labrador va a rezar por las lluvias mientras espera.  Por supuesto, también tiene que preparar la tierra y sembrar las semillas, pero no hay mención de ningún trabajo – el equivalente a obras buenas -- en el pasaje.

La mayoría de nosotros deberíamos estar esperando a un Mesías que va a cumplir nuestros esfuerzos.  Manda Isaías en la primera lectura que “fortalezca(mos) las manos cansadas” y “diga(mos) a los de corazón apocado: ‘Ánimo’”. Es decir, hemos de servir a los demás en una manera  semejante a la de Jesús en el evangelio.  Dice que Jesús se ocupa a sí mismo cuidando a los ciegos, sordos, cojos, leprosos, y pobres.  Si en su regreso nos ve continuando su misión de socorro, ciertamente nos reconocerá como suyos.  Entonces nos mandará al Reino de su Padre.


Un cine reciente muestra a un futbolista con una enfermedad terminal.   Los médicos le dan sólo cuatro años antes de que el deterioro de sus músculos quite su vida.  En lugar de esperar su fin como gentes aguardando que la lluvia pare, él se dedica a sí mismo a dos proyectos.  Cómo la sal de la tierra, él hace la vida más agradable de personas pobres sufriendo su enfermedad.  Y como la luz del mundo este futbolista graba una serie de videos contando a su recién nacido de sus esperanzas por él.   Así Jesús va a reconocer a nosotros como los suyos: haciendo esfuerzos para ayudar a los demás y contando a nuestros seres queridos de nuestro amor.