El domingo, 17 de diciembre de 2017

EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

(Isaías 61:1-2.10-11; I Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8.19-28)

Hoy, el tercer domingo de Adviento, tiene nombre propio.  Se llama Gaudate de una palabra latín que significa alégrense.  Se puede encontrar el tema de alegría en ambas la oración colecta al principio de la misa y la segunda lectura.  Se dice que deberíamos alegrarnos porque la espera para la Navidad ya es medio terminada.  Pero, más profundamente, la alegría  es un planteamiento básico del cristiano.  Pues el Señor Jesús, que conquistó el pecado y la muerte, nos prometió que vendría para premiarnos por los actos de caridad.  Ya lo esperamos con confianza alegre.

Durante Adviento podemos apuntar a tres figuras que caracterizan el tiempo.  Primero hay el profeta Isaías cuyo libro domina las lecturas del Antiguo Testamento por estas cuatro semanas.  Entonces la Virgen María hace un gran papel.  No sólo celebramos dos fiestas de ella durante Adviento sino también la encontramos en una manera particular en las misas los días antes de la Navidad.  Finalmente, Juan el Bautista ronda como un pregonero anunciando el tema del tiempo. Vale la pena explicar más a estos tres personajes con atención al valor particular de este tiempo que cada uno nos imparte.

El libro del profeta Isaías contiene las obras de al menos tres personas.  La primera profetizó en Jerusalén siete siglos antes de Cristo.  Previó la gran paz al final de los tiempos cuando todas las naciones “de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”. La segundo, llamado “Deutero-Isaías” escribió desde Babilonia donde se exiliaron muchos judíos en el sexto siglo antes de Cristo.  Como escuchamos el domingo pasado Dios le mandó que consolara a su pueblo esperando el regreso a Jerusalén.  El último profeta Isaías, o “Tercer Isaías”, podría haber sido un grupo que animó al pueblos en los días difíciles después de su regreso.  Hemos escuchado sus palabras en la primera lectura hoy: “El espíritu del Señor… me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres…”  Los Isaías nos despiertan la esperanza.  Nos aseguran que los fieles no van a ser desilusionados una vez que venga el Mesías.

Siempre en la primera parte de Adviento celebramos las fiestas de la Inmaculada Concepción de María y de Nuestra Señora de Guadalupe.  La primera celebración nos sugiere la necesidad del Mesías que esperamos.  Pues la concepción inmaculada de María fue un evento singular en la historia.  Todos los demás seres humanos hemos vivido bajo del peso de pecado, excepto a Jesús por supuesto.  La Virgen de Guadalupe simboliza el socorro particular de Dios a los marginados. Su presencia en el cerro Tepeyac indica que nadie va a quedarse fuera del Reino simplemente porque es pobre o indígena o lastimado.  Como María espera dar a luz a Jesús, ella comparte con nosotros toda la alegría de una joven encinta con su primer hijo.

Juan sirve un papal doble.  En primer lugar es el gran profeta del desierto llamando a la gente al arrepentimiento.  Hay testimonio de él no sólo en los evangelios cristianos sino también en otros documentos del tiempo. Sin embargo, cuando examinamos sus palabras, se presenta a sí mismo como humilde, al menos en comparación con el Mesías a quien anuncia como cerca.  Dice en el evangelio hoy: “…viene detrás de mí, (uno) a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.  Por su servicio y por su humildad Juan nos enseña el modo propio para esperar a Jesús.


Este año el tiempo de Adviento es el más corto posible.  Tenemos sólo tres semanas y un día para prepararnos a recibir a Jesús.  Sin embargo, no es la cantidad de tiempo que valga tanto como la calidad de nuestra espera.  Si miramos la venida de Jesús con la esperanza que va a aliviarnos del pecado y la muerte, si mantenemos la alegría de ser hijas e hijos de Dios venga lo que venga, y si servimos a los necesitados en la solidaridad, entonces estaremos bien.  Podremos acogernos a Jesús con brazos abiertos.  Y él nos llenará con la vida eterna.

El domingo, 10 de diciembre de 2017

EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 4:1-5.9-11; 2 Pedro 3:8-14; Mark 8:1-8)

Oímos las primeras palabras del evangelio, pero ¿son sensibles nuestros oídos a su significado?  Lo dudo.  Pues cuando dicen “Evangelio de Jesucristo”, pensamos en lo religioso.  No nos damos cuenta que “el evangelio” es la buena noticia de la salvación.  Para apreciar el impacto de esta frase, tenemos que imaginar la comunidad por la cual san Marcos escribe su obra.  Los miembros viven entre amenazas y peligros.  En primer lugar las morales del tiempo condonan la fornicación, el adulterio, y la sodomía.  La gente recta se ha hecho cristianos para escapar estos y otros vicios.  Pero todavía se prohíbe el cristianismo en el imperio romano.  Se podía traicionar a los cristianos por venganza, capricho, o cualquier motivo.   También muchos entre ellos son pobres sin recursos y mucho menos la influencia.

Se puede comparar la comunidad de Marcos con los judíos en Babilonia en la primera lectura.  Los judíos son exiliados en una ciudad lejana en medio de un desierto.  Los babilonios los tratan como siervos.  Sienten agotados del trabajo pero más que esto deseosos para su patria donde podrían practicar su fe.  Entonces escuchan una voz diciendo: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”.  De repente, se levantan sus ánimas.  Dios quiere construir un camino por el páramo para que puedan volver a Jerusalén.

En un sentido nosotros cristianos hoy en día vivimos una situación semejante a la de la comunidad de Marcos y del pueblo judío en Babilonia.  Como ellos tenemos retos fuertes en todos lados.  ¿No nos sentimos marginalizados en un grupo cuando no nos riamos de chistes verdes?  ¿No estamos agotados de pedir a nuestros hijos que se aprovechen de la presencia del Señor en la misa dominical?  ¿No estamos cansados de ser pedidos a contribuir a las docenas de causas que tiene la Iglesia?

Sin embargo, ya  hemos escuchado una llamada a la reforma en la sociedad.  Se han revelado los  acosamientos de los líderes de la industria de entretenimiento y de la política.  Como ha enseñado la Iglesia desde su principio, los periódicos ya dicen que el sexo libre es injusto.  Hace dos semanas un diario destacó la opinión de una mujer sobre los ultrajes recientemente expuestos.  Dijo la escritora que cree lo una vez escuchó de un padre católico que el problema queda con la píldora anticonceptiva.  Según el cura (y la Iglesia) cuando se separe las relaciones íntimas de la concepción, los hombres van a verlas como cualquier otro deseo.

A lo mejor la reforma no será ni suficiente ni duradera.  Las atracciones del mal son fuertes.  Mucha gente no quiere dejar el placer ilícito del sexo fuera del matrimonio.  No quiere hacer caso a la voz de Juan en el desierto proclamando que el Señor está cerca.  Su apariencia nos indica lo que es necesario para hacer frente al problema.  Su vestido de pelo de camello y su comida de saltamontes insisten que limitemos nuestros deseos.  En lugar de satisfacer  los antojos, tenemos que disciplinar nuestra voluntad de modo que busque la justicia para todos.

Las palabras de Juan también valen nuestra atención.  No habla de sí mismo; al contrario, se llama a sí mismo como sólo un siervo a el que viene detrás de él.  Dice que este, que conocemos como Jesús, va a bautizar con el Espíritu Santo.  Eso es, su bautismo no sólo quitará los pecados individuales sino formará a todos en una comunidad del amor.  Siguiendo a Jesús, vamos a cumplir el deseo verdadero de nuestro corazón.


Este tiempo de Adviento es para contarnos cuan cerca está Jesús.  Es como la pita de un tren anunciando su venida.  Viene para levantar nuestros espíritus y para suprimir las fuerzas del mal que nos rodean.  De hecho, ya se puede sentir su presencia.   Está en medio del coro de la iglesia ensayando para la misa del gallo.  Está en los hombres y mujeres preparando los canastos de comida para los pobres.  Está en los saludos cordiales que tenemos para todos – tanto desconocidos como amigos.  Está cerca Jesús. 

El domingo, 3 de diciembre de 2017

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, 3 de diciembre de 2017

(Isaías 63:16-17.19.64:2-7; I Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37)

Hay algo malicioso acerca del tiempo nocturno.  Los ladrones rondan las calles en la noche.  También las prostitutas salen entonces para vender el uso de sus cuerpos.  Las borracheras suelen comenzar en la noche y también los pleitos.  En el evangelio según san Marcos Jesús muere cuando el día se hace como la noche. Porque la noche es tan asociada con la maldad, sirve como símbolo del mundo hoy en día.

No hay necesidad de listar todas las malicias que afectan nuestra sociedad.  No obstante, se puede decir que el Internet ha agravado la situación.  No es sólo la pornografía.  Las mentiras y engaños se despegan  desmesuradamente en Facebook y otros medios sociales. Quedamos como los judíos en la primera lectura preguntándose: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos…?”  También como ellos, pedimos a Dios que rasgue los cielos y baje a nosotros.  Lo necesitamos para salvarnos de la codicia, lujuria, y odia que nos rodean.

Levantamos esta súplica particularmente durante este tiempo de Adviento.  Un motivo es los excesos que siempre acompañan las festividades navideñas.  Pero más al fondo es el sentido que el fin – sea individual o sea global - nos acerca con las sombras largas de diciembre.  Con toda razón sabemos que nos hace falta la ayuda de arriba para reparar las injusticias.

En el evangelio Jesús nos imparte su repuesta. Él va a llegar para resolver la situación.  En este evangelio de Marcos Jesús hace hincapié en la parte del día se su venida.  Será precisamente durante la noche cuando los males están en vigor.  Viene para premiar a aquellos que hacen su voluntad mientras los demás pierden en el caos que han creado. Nos deja instrucciones: “’Velen y estén preparados’”.  Eso es, tenemos que esperarlo siempre por poner en orden nuestros asuntos, sean de la casa o sean de la comunidad de fe.   

Nuestros hogares deben ser escuelas de respeto, amor, y devoción.  El papa Francisco nos da la clave para que sean así.  Dice: “…nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia”. Y ¿cómo hacemos esto?  El papa mismo responde: “Basta una caricia, sin palabras”.  Nuestras parroquias, por su parte, tienen que ser no sólo centros de culto, apoyo, y catequesis sino también fuentes de servicio a los pobres.  El párroco de una comunidad latina del distrito federal está pidiendo a su gente que recojan regalos navideños por una comunidad en Guatemala.   Les dice que en los EEUU aun los “pobres” no saben lo que es la pobreza. 

En la segunda lectura san Pablo recuerda a los corintios que tienen los recursos para cumplir esta misión.  Por los dones que el Espíritu Santo les concede, pueden mostrar fácilmente el cariño y la generosidad.  Para aprovecharse aún más de estos dones, queremos rezar al Espíritu que nos enseñe los modos de Jesús.  Todos nosotros conocemos las palabras de la “Oración de San Francisco”: “Hazme un instrumento de tu paz…”


El Adviento comienza hoy con la esperanza del regreso del Señor.  Sin embargo, a lo mejor Jesús no vendrá este año.  Más bien la temporada terminará como en el pasado con la celebración de su nacimiento hace dos milenios.  Pero esto no debería desilusionarnos.  Por cumplir actos de cariño y servicio la noche de maldad habrá disipado un poco. Quedaremos sintiendo la presencia de Jesús aun si no lo vemos. La estrella navideña brillará sobre nosotros como nunca antes.  La estrella navideña brillará sobre nosotros. 

El domingo, 26 de noviembre de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

(Ezequiel 14:11-12.15-17; I Corintios 15:20-26.28; Mateo 25:31-46)

Hoy celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.  Muchos la conocemos simplemente como la Fiesta de Cristo Rey.  Hablamos de Cristo como rey, pero significamos algo diferente de los reyes de la historia.  Se puede demostrar esto con un cuento acerca del Rey Luís XIV de Francia.  Una vez el rey Luís estaba cazando en el campo.  Cuando lo vio un campesino, él comentó a su compañero que el rey no llevaba guantes.  El segundo respondió que no era necesario que el rey llevara guantes.  Pues, siguió, siempre tenía sus manos en los bolsillos de la gente.  Jesús no es un rey así.  Jesús no exige impuestos de la gente.  Tampoco pide que la gente luche en sus guerras.  Jesús no tiene ejércitos ni palacios ni coches.

Más bien, Jesús se muestra como rey por cuidar a su pueblo.  Siempre ha sido el papel de los reyes a defender a los pobres.  Usualmente lo han hecho de largo, dentro de sus castillos comiendo chocolates.  Jesús se distingue por quedarse muy cerca a la gente.  Es pastor-rey que llama a sus ovejas por nombre.  Habla a nuestros corazones diciendo que entiende nuestros deseos.  Sabe que queremos ser bellos y dice que así estamos en sus ojos.  Sabe también de nuestra lucha con la lujuria y la codicia.  En lugar de pensar en placeres ilícitos, nos pide que aceptemos a él como el deseo del corazón.  No sólo conversa con nuestros corazones sino actúa por nuestro bien.  De hecho dio su vida para liberarnos de los prejuicios y los demás pecados que nos tienen presos.  Nos trata con tanto cariño para que lo reconozcamos cuando venga.

El evangelio hoy nos habla de su venida.  Al final de los tiempos Jesús llegará con sus ángeles para juzgar a las naciones.  Pero no será la instancia única de su presencia en el pueblo.  Habrá venido antes bajo la cara demacrada de un hambriento y la mira desesperada de un enfermo de cáncer.  Como sus sujetos, nos llama a servirle por atender a los necesitados.  Hemos entrado en el tiempo del año cuando es la moda llevar comidas a los desempleados y cantar villancicos en los asilos de ancianos.  Son costumbres dignas, pero no suficientes.  Los desempleados necesitan ayuda no sólo en el tiempo navideño sino también durante el verano.  Asimismo los ancianos podrían beneficiar de ver a caras alegres en septiembre tanto como en diciembre.

Celebramos a Jesucristo como rey ahora porque este es el último domingo del año litúrgico.  Estamos completando otro ciclo recordando la trayectoria de Jesucristo.  Lo hemos revisado otra vez cómo los magos lo declararon como rey en la Epifanía y Pilato lo puso el título en la cruz en el Viernes Santo.  Sobre todo hemos celebrado su Ascensión al cielo para tomar su lugar a la derecha de Dios Padre.  Ya concluimos su historia festejando su Señorío.  Queremos guardar en nuestras memorias cómo Jesús puede aliviarnos de cualquier tipo de lío en que nos encontremos. 


La Fiesta de Cristo Rey tiene otro propósito.  Nos prepara para la temporada santa de Adviento que comienza en ocho días.  Nos recuerda que el que esperamos durante casi todo el mes de diciembre no es precisamente un bebé. No, tan cariñoso sea la imagen del pesebre, vemos al niño Jesús, al menos en parte, por lo que va a ser.  Será el pastor-rey que nos guía a la felicidad.  Será el rey-pastor que nos guía a la vida eterna.  

El domingo, 19 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMA TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 31:10-13.19-20.30-31; Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30)

En su primera carta a los corintios san Pablo nos informa acerca de los dones espirituales.  Dice que hay varios y cada uno de nosotros tiene su propio don.  Si todos tuviéramos los mismos, nuestra comunidad no podría lograr su propósito.  Pero la realidad es más esperanzadora.  Algunos de nosotros tenemos el don de la sabiduría, otros el don de la sanación, y otros el don del liderazgo.  En la primera lectura hoy el libro de los Proverbios señala otros dones.

Esta sección del libro se dedica a la esposa idónea.  La describe con buenas cualidades físicas: el ojo para comprar telas finas y la mano para tejar ropas guapas.  Sin embargo, son sus dones espirituales que sobresalen.  Ayuda a los pobres con la caridad y cuida a los desvalidos con la bondad.  Aunque no tenemos dones prestigiosos, podemos imitar el amor de la esposa virtuosa.  De hecho, san Pablo continuará por decir cómo el amor brilla sobre todos los otros dones.

El evangelio hoy también tiene que ver con los dones.  Porque es parábola, tenemos que interpretar sus elementos con un cuidado particular.  Describe las acciones de tres servidores, cada cual confiado con al menos un talento.  A propósito, la palabra talento originalmente refería a una denominación de dinero que vale millares.  Precisamente por esta parábola, la palabra ha cambiado su significado.  Ya el talento es un don recibido por el individuo en su nacimiento.  Jesús quiere decir aquí que todos los tres servidores han recibido grandes dones personales.  El propósito es que los usen para el bien del señor. 

Los primeros dos servidores cumplen el objetivo.  Negocian para producir aún más riqueza.  En otras palabras, aumentan la gloria del dueño por poner al bueno uso sus talentos.  Cuando regresa el señor “después de mucho tiempo”, significando el fin de sus vidas, reciben un premio inesperado.  El dueño invita a los dos a “entrar en la alegría de tu señor”.  ¿Qué puede ser este lugar más que la vida eterna?  Interesantemente, les otorga porciones iguales de su alegría a los dos.  No le importa al dueño la cantidad de su ganancia, sólo el hecho que se han aprovechado de sus dones

En contraste, el tercer servidor no quiere esforzarse nada.  En lugar de aprovecharse de su talento, lo entierra.  Es como el genio que quiere pasar todo su tiempo viendo el televisor. Con razón, el dueño lo llama “siervo malo y perezoso”. Se revela la fuente de su defecto en la conversación con el dueño.  Estima al dueño como “hombre duro” y no cómo es en la realidad: un donador prodigo.  Este siervo es como algunos de nosotros que ven a Dios como un juez exigente.  Se preocupan de evitar problemas, no de aumentar el beneficio del dueño. Tal vez vengan a la misa dominical, pero no regresan a casa determinados a vivir la fe que han profesado.  Como la gente en la segunda lectura, dicen: “¡Qué paz y qué seguridad tenemos!” A ellos viene la catástrofe con el regreso del Señor.

Una mujer inmigrante se aprovecha de sus talentos por actos sencillos pero buenos todos los días.  No tiene ni títulos ni dinero para hacer maravillas.  Pero los dones que tienen – el sentido común, la capacidad de expresarse, el deseo para orar – los usa con gran eficaz.  Como esposa y madre, siempre exhorta a su marido e hijas a hacer lo correcto.  Como miembro de la parroquia, se encarga del ministerio pro-vida.  Como cristiana, reza al Señor por el bien de todos siempre confiando en su bondad.  Si sigue en este rumbo, puede contar con recibir “la alegría de (su) Señor”.


Hay un dicho: “el amor no es el amor hasta que lo regales”.  El amor queda como una buena idea si no lo ponemos en práctica.  Es igual con todos los dones espirituales.  No vale el don de orar si no oramos.  Ni vale el don de catequizar si no catequizamos.  Si vamos a realizar la alegría del Señor, tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.  Tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.

El domingo, 12 de noviembre de 2017

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 6:12-16; I Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13)

“Hacer una buena acción diaria” es un pedazo de la sabiduría enseñado a los Scouts.  ¿Quién duda que nuestra sociedad fuera lugar más agradable si todo el mundo lo practicaría?  Como dice la primera lectura de toda sabiduría, la frase brilla como una joya “radiante e incorruptible”.  También el dicho tiene que ver con el evangelio hoy que habla de lámparas de aceite.

En el Evangelio según San Mateo una luz brillante significa buenas acciones.  Recordamos cómo en el Sermón del Monte Jesús instruye a sus discípulos: “Hagan brillar su luz delante de todos para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo”.  Ciertamente los hechos hablan más fuertemente que las palabras.  El papa Francisco ganó los corazones de las multitudes no con palabras elocuentes sino con sus acciones abnegadas.  ¿Quién no podría quedar impresionado al ver la foto de Francisco un poco después de su instalación besando la cabeza completamente desfigurada del hombre? 

Ya en el evangelio hoy Jesús cuenta de las diez vírgenes.  Cinco de ellas se consideran sabias supuestamente porque llevan bastante aceite para mantener sus lámparas encendidas.  Pero las lámparas encendidas son símbolos que ellas han cumplido muchas obras buenas. Tal vez ellas hayan visitado a los huérfanos o alimentado a los desamparados.  Entretanto a cinco chicas les falta el aceite.  Éstas no han hecho nada para brillar “radiantes e incorruptibles”. Si fueran vivas hoy, ellas serían las muchachas que desgastan el tiempo en los medios sociales, preocupadas si les quieren los demás.

Deberíamos pensar en las bodas a las cuales se admiten las cinco vírgenes previsoras no sólo como las bodas de un tal Juan y una tal Dora.  Más bien, en el evangelio las bodas tienen un matiz más grande.  Significan el banquete celestial a la cual Jesús invita a sus elegidos.  Como dice la segunda lectura, es el “encuentro del Señor” donde “estaremos siempre con él” como sus esposas. 

Un cine da pista de la verdad de este evangelio.  Una hermana y un hermano enfrentan una situación retadora.  Su padre, que les trataba mal en su niñez, ya queda desamparado.  Porque los abandonó años anteriormente, los dos hermanos andan lastimados en sus vidas personales.  La mujer está involucrada en una relación adúltera y su hermano no puede comprometerse a su novia.  No obstante, los dos cooperan para darle el apoyo necesario a su padre hasta que muera.  Al final de la película las vidas de los dos han mejorado significativamente por su obra buena.  La mujer ha renunciado la relación pecaminosa, y su hermano parece listo para casarse con su novia.  La buena obra que han hecho por su papá ha resultado en un estado dichosa para los dos.


Sí es cierto estamos o bien ocupados o bien cansados para hacer buenas obras.  Tememos que intentar hacerlas vaya a agobiarnos despiadadamente.  Pero la verdad es a menudo el contrario.  Por esforzarnos a hacer buenas acciones, los resultados nos facilitan la vida.  Nos salva de la tentación de quedar preocupados si los demás nos quieren.  Más al caso, no quedamos sólo preocupados y no solícitos por los demás.  Aún más importante, nos hace posible encontrar al Señor.  Pues Jesús no abandona nunca a aquellos que hacen su voluntad.

El domingo, 5 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 1:4-2:2.8-10; I Tesalonicenses 2:7-9.13; Mateo 23:1-12)

Hace cincuenta años la salida de muchos sacerdotes del sacerdocio escandalizaba a la gente.  El fenómeno resultó de varias causas.  Una fue el sentido del individualismo que sentían muchas personas de la época.  Pensaban que fuera más importante tener toda la gama de las experiencias humanas que dedicarse enteramente a la comunidad de la fe.  Otra causa fue el sentido del desequilibrio que crearon las renovaciones del Segundo Concilio Vaticano.  El papa san Juan Pablo II detuvo la fuga de sacerdotes por imponerles calificaciones estrictas para recibir el permiso de la Iglesia.  Como Malaquías en la primera lectura hoy critica a los sacerdotes de Israel, Juan Pablo advirtió a los sacerdotes de tiempos modernos que se conformaran más a Cristo.

El papa Francisco sigue retando a los sacerdotes.  Seguramente la situación que existe hoy en día ha cambiado de las décadas de los sesentas y setentas.  No más existe una gran salida del sacerdocio, pero hay defecto de otro género afectando a algunos sacerdotes ahora.  Francisco reprocha a los sacerdotes que no quieren acercarse a los fieles en sus propios ámbitos.  Más bien estos curos prefieren quedarse en las iglesias esperando que la gente venga a ellos.  Como Jesús en el evangelio reprende a los fariseos por ocupar los primeros asientos en las sinagogas, Francisco manda a los sacerdotes del día hoy a salir de sus lugares cómodos.  Quiere que ellos acompañen a sus parroquianos en la lucha de la vida.

El padre Charlie King era párroco por cincuenta años.  En su tiempo mereció la fama como párroco entregado cien por ciento a su grey.  Visitaba a los enfermos en el hospital.  El domingo entre la misa del medio día y la misa de la tarde retiró a su oficina para telefonear a aquellas personas que no podían acudir al templo.  No estaba renuente a atender mesas en el refugio para los desamparados.  Personas de todas clases económicos lo veían como un amigo.  Era el tipo de sacerdote que tiene en cuenta  el papa cuando exhorta que la iglesia sea “un hospital del campaña con heridos buscando a Dios”.


La segunda lectura indica la respuesta apropiada a los sacerdotes entregados.  Pablo dice a los tesalonicenses que ellos han aceptado su predicación como “palabra de Dios”.  De tal modo la gente debería escuchar a los padres que hablan con sinceridad “a su servicio”.   Pues aunque estos curas no tengan una voz elocuente, sus acciones predican el amor de Dios al mundo.  Un sabio una vez dijo: “la imitación es la forma más alta de la adulación que la mediocridad ofrece a la grandeza”. Es cierto.  Si realmente queremos poner en práctica la palabra de Dios, imitaremos el servicio de los sacerdotes buenos.  Visitaremos a los enfermos y atenderemos a los necesitados.  No tendremos grande inconveniencia a salir de nuestros casas cómodas para ayudar a los demás.