El domingo, 2 de abril de 2017

EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Todos los funerales son tristes.  Pero algunos son más tristes que otros.  Cuando muere una persona relativamente joven, las lágrimas queman.  Cuando el Presidente John Kennedy fue asesinado a cuarenta y seis años, el mundo entero lloró.  Probablemente Lázaro en la historia evangélica hoy también era joven.  Dice que todo el mundo aun Jesús mismo lloró.  Pero no por mucho tiempo.  Pues Jesús es “la resurrección y la vida”.

Cuando Marta dice a Jesús que Lázaro “’resucitará en la resurrección del último día’”, ella expresa la débil fe de muchos nosotros.  Pensamos en la resurrección como una realidad tan remota que no importe ahora.  A lo mejor por esta razón mucha gente hoy en día prefiere que sus cadáveres sean incinerados cuando mueran.  No apreciamos suficientemente que Jesús es la resurrección.  En él no hay la muerte.  Aquellos que aparentemente han pasado de nosotros todavía están con nosotros en Jesús.  Podemos hablar con ellos, pedirles perdón por las ofensas que les hicimos, y solicitarles la intercesión ante el Santísimo. 

Como prueba de su poder sobre la muerte Jesús llama a Lázaro de su sepulcro.  Anteriormente en este mismo Evangelio según San Juan Jesús dijo de sí mismo: “’Va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas’” (Juan 5,28-29).  Ya muestra cómo habló con verdad.  Al escuchar a Jesús Lázaro emerge del lugar.  Lleva los lienzos de la muerte intactos porque va a tener uso de ellos en el futuro.  Sólo en el último día cuando se levanten todos los muertos puede descartarse todo este aparato.  

Dice la gente que Jesús amó a Lázaro.  El amor consiste en desear lo mejor para el otro.  Pero sabemos que el amor práctico va más allá de buenos deseos a obras beneficiosas.  Por eso, Jesús lo resucita de la muerte.  Porque nos ama a nosotros, podemos esperar que nos llame de nuestros sepulcros también.  Pero ¿por qué Jesús demoró los dos días para visitarlo cuando se enteró de que estaba gravemente enfermo?  ¿Hay cosa más grande que la vida física?

Sí, la vida espiritual -- es decir la fe en Dios como nuestro protector -- vale más que la vida física.  Jesús quiere estimular esta vida de la fe en Lázaro y sus compañeros.  Con la fe se puede aguantar las experiencias más amargas.  Durante el tiempo de los comunistas en Rusia los ciudadanos fueron agrupados regularmente para escuchar charlas sobre los méritos del “ateísmo científico”.  En una tal ocasión todos los campesinos de una aldea incluyendo el sacerdote ortodoxo tuvieron que pararse delante de su iglesia.  Por una hora el comisario político les dio un discurso acerca de las fantasías de la religión.  Entonces el comisario dijo al sacerdote que tendría cinco minutos para refutar su posición.  El sacerdote se acercó al político y le dijo: “No necesito cinco minutos”.  Entonces se volvió a los aldeanos y les dijo: “¡Cristo ha resucitado! “  Todo el mundo replicó como es la costumbre de los ortodoxos en la liturgia: “¡De veras, ha resucitado!” Y el sacerdote regresó a su lugar entre la gente.

Jesús dice a Marta: “’…todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás’”.  Quiere decir que la vida de la fe es más fuerte que la muerte y sus aliados.  Una vez que abracemos esta fe, estamos libres de las afrentas de la vida y la muerte se haga en el umbral de la felicidad.  Deberíamos añadir que la fe en Cristo consiste de la aceptación de su palabra de modo que hagamos obras de amor.


Se llama la Santa Comunión “comida para el viaje”.  Nos da el acompañamiento de Jesús para el viaje de la vida y el viaje de la muerte.  En la vida nos mueve a mantener la fe con obras de amor.  En la muerte nos coloca ante el Santísimo. 

El domingo, 26 de marzo de 2017

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Hace poco una película nueva llamada “Silencio” estremeció  a muchos católicos.  La historia tiene lugar en Japón hace tres cientos años.  Los misioneros jesuitas han convertido a muchos campesinos al catolicismo.  De hecho, hay tantos católicos indígenas que las autoridades se preocupan de la pérdida de su control sobre el pueblo.  Deciden que van a poner alto a la religión nueva por presionar a los misioneros a abandonar la fe en Cristo.  Su estrategia no es torturar a los jesuitas sino a los campesinos.  Dicen a los misioneros que sus verdugos van a crucificar y decapitar a los cristianos hasta que ellos pisoteen una imagen de Cristo.  (Este acto significaría su rechazo del Señor.)  Un jesuita no puede aguantar más a ver a los inocentes sufriendo.  Aun piensa que escucha la voz de Jesús diciéndole que haga sacrilegio de su imagen. ¡Y lo hace! 

¿Es héroe o cobarde este jesuita?  ¿Deberíamos aplaudirlo o criticarlo?  Podemos preguntar también: ¿Es el misionero como el hombre nacido ciego en el evangelio hoy o como los fariseos?  Muchos pensarán que es héroe porque está dispuesto a sacrificar su fe por el bien de la gente.  Dirán que el malito de pisotear la imagen  es poco en comparación a la pérdida de vida de los campesinos.  Tal vez quieren añadir que Jesús vino para entregar al mundo de la muerte, no para aumentar el número de los muertos.

Pero nosotros diferiremos de esta opinión.  Sabemos que Dios es el sumo bien. Tener a Él es más beneficioso que tener la vida biológica.  Por sufrir el martirio en imitación de Jesucristo los campesinos están escogiendo a Dios para la eternidad.  Son como el hombre nacido ciego que ha llegado a una fe fuerte.  Después de que Jesús le restaura la vista, se hace en su defensor.  Cuando los fariseos acusan a Jesús a ser pecador, el hombre lo defiende como haber venido de Dios. De hecho, sufre por causa de Jesús cuando los fariseos lo echan de la sinagoga.   

En contraste al hombre nacido ciego pero ya ve claramente, el misionero en la película parece como si estuviera caminando en niebla.  No ve a Cristo como el salvador del mundo a lo cual jamás quiere abandonar.  Como los fariseos le falta la visión de confiar en Jesús como el mensajero de Dios cuyas palabras guían a la gente a la vida eterna.  No le entiende cuando dice: “No hagan resistencia al hombre malo”, está refiriendo especialmente a estos casos de persecución.  No se da cuenta de que es necesario que suframos con Cristo para reinar con él en la vida eterna.

Muchas veces pensamos en los fariseos como los peores villanos en el mundo.  Los vemos como si fueran soldados de ISIS cometiendo atrocidades contra el pueblo.  Pero no son tan malos.  Su dificultad no es tanto el odio sino el cierre de la mente.  Como el misionero en “Silencio”, no entienden que Dios se les ha acercado en modos nuevos.  Ya Dios les pide la fe en Su hijo Jesucristo lo cual les promete la eternidad en retorno.


Una vez nos faltaba la visión como si fuéramos ciegos.  Buscábamos la felicidad en uno de los dioses de este mundo – la plata, el prestigio, el placer, y el poder. Pero, como al hombre nacido ciego, Cristo nos ha abierto los ojos.  Ya sabemos que él es el único camino a la felicidad verdadera.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo aún por el sufrimiento si es necesario.  Nos guiará a Dios si tenemos el valor para seguirlo. 

El domingo, 19 de marzo de 2017

EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Sólo veinte y tres por ciento de los católicos norteamericanos asisten a la misa dominical.  A lo mejor el número es más desalentador en otros países.  Por esta razón los papas recientes han hablado de la “Nueva Evangelización”.   Dirigen este esfuerzo aún más a los católicos que a los no-católicos, particularmente a aquellos que ya no practican la fe.  Dicen que a su raíz la Nueva Evangelización consiste de un encuentro con el Señor Jesús.  En el evangelio hoy Jesús nos da pistas para facilitar el encuentro.

Jesús se presenta al pozo de un pueblo.  No es un lugar específicamente religioso.  Pues ¿podría esperar a encontrar a los no religiosos en una sinagoga?  Para nosotros la pregunta es semejante: ¿Podríamos esperar a los que no practican la fe en un templo? Tal vez en una misa de bodas pero por la mayor parte vamos a toparlos en espacios regulares: en casas, en tiendas y en parques.

A lo mejor sería contraproducente comenzar la plática con referencia a Dios.  Este tema tendrá poco interés para aquellos alejados de la fe.  Si queremos conversar con ellos tenemos que escoger algo que tenemos en común. Cuando viene la samaritana al pozo, Jesús habla del agua.  Dice: “’Dame de beber’”.  No es mentira, pero la sed que tiene no es tanto para el agua que para cumplir la voluntad de su Padre celestial.  Colgado en la cruz según este Evangelio de San Juan Jesús dirá: “’Tengo sed’” con el mismo propósito.  Jesús quiere que la samaritana sea incluida en el Reino de Dios.

La mujer se pone brava con Jesús.  Lo reta: “’¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?’”  Ha venido sola al pozo.  Tal vez no tenga compañeras porque tiene una lengua bien afilada.  De todos modos ¿no es que muchas veces los que no quieren nada que ver con la religión actúan como la mujer?  Lo hacen difícil mencionar la fe.

Pero Jesús no se deja por vencido – no por mucho.  Le indica que su objeto no es servir a sí mismo sino a ella.  Le dice: “’Si conocieras el don de Dios y quién es el que pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva’”.  Tenemos que mantener esto en cuenta cuando nos acercamos a los demás con la intención de evangelizar.  No estamos allá para ganar un debate sino para ofrecer al otro la oportunidad para encontrar el “agua viva”; eso es, el significado verdadero de la vida.

Cuando lleguemos al tema de la fe, a veces los que no la practican sienten aturdidos.  Hablan de la dificultad de creer en Dios por tanto mal que existe o por la inmensidad del universo.  La samaritana sugiere esta dilema cuando dice a Jesús: “’…el pozo es profundo’”.  Sí es cierto, no hay límite al conocimiento de la creación, pero esto no importa tanto como la sabiduría.  La sabiduría es la arte de vivir con la gracia.  Una vez un joven explicó la diferencia entre el conocimiento y la sabiduría.  Dijo: El conocimiento es saber que el tomate es fruta y la sabiduría es saber que el tomate no pertenece en una ensalada de frutas.

Jesús no permite que la conversación se vuelva en una discusión teorética.  Le ofrece a la samaritana la sabiduría de Dios, el “agua viva”, que es, más precisamente, la vida eterna.  Pero la samaritana, siempre con dudas, se ríe de esta idea: “’…dame de esa agua para que no tenga…que venir aquí a sacarla’”.  Es cierto que la promesa de la vida eterna a veces suena demasiado buena para ser verdadera.  Es muy difícil convencer a alguien de ella con la lógica, pero tenemos en nuestro juego de herramientas un instrumento más eficaz.  Se dice que el hombre moderno escucha con más interés a los testigos que a los maestros.  Si vamos a tener éxito en nuestra evangelización, tenemos que atestiguar a su valor por vidas llenas con el gozo de servir.  Es el gozo del papa Francisco que a ochenta años lleva las responsabilidades de los jefes de las corporaciones más grandes pero siempre lleva sonrisa.  Es el gozo de Santa Teresa del Niño Jesús que aun en agonía exponía su afán a entregarse en la oración por las misiones.

Jesús se aprovecha de otra herramienta.  Despierta la fe de la samaritana con el conocimiento sobrehumana de su vida.  Pronto ella reconoce a Jesús como “profeta” pero sigue resistiendo su llamada al arrepentimiento.  Trata de levantar el escándalo de la religión por preguntar por qué es mejor dar culto en Jerusalén que en Samaria.  Esta crítica es semejante a la que muchos levantan hoy en día.  Dicen que la religión ha sido la causa de mucha sangre en la historia. 

Pero ¿es la religión que causa tantos problemas o la explotación de la religión por personas violentas?  De todos modos los grandes asesinos del siglo veinte fueron ateos – Hitler, Stalin, y Mao Zedong.  Jesús aclara la situación del culto en su tiempo.  Sí la salvación tiene su raíz en Abrahán pero él mismo introducirá el modo verdadero de adorar a Dios.  No dependerá del lugar sino de la presencia del Espíritu Santo. 


La mujer queda creyendo.  Puede dejar su cántaro porque ya no necesita agua del pozo. Pues ya tiene el “agua viva,” la fuente de la vida eterna.  Su deseo es ir y compartir esta fe con los demás.  La evangelizada se ha hecho en evangelizadora.  Es como Cristo espera de todos nosotros hoy en día una vez que conozcamos el afecto que él tenga para cada uno.  Que vayamos y compartamos la fe con los demás.

El domingo, 12 de marzo de 2017

El Segundo Domingo de Cuaresma

(Génesis 12:1-4ª; II Timoteo 1:8b-10; Mateo 17:1-9)

Una vez un joven estaba pasando el verano con su padre en Hawái.  Se fue al muelle un día donde estaban los veleros particulares.  Allí un hombre le invitó a acompañarlo en un viaje a las islas del mar sureño.  El joven se aprovechó de la oferta y tuvo, como podemos imaginar, una experiencia inolvidable.  En las lecturas de la misa de hoy vemos varias ofertas semejantes.

Dios llama a Abram en la primera lectura.  Quiere que Abram vaya a un lugar lejano para comenzar un pueblo nuevo.  Será bastante costoso.  Pues significa que Abram deje su palacio, su país, y sus padres.  Por eso el Señor le atrae con la oferta de bendiciones.  Dice a Abram que todos los pueblos se bendecirán en él.  Dios nos llama a nosotros también.  Quiere que dejemos la vida centrada en el yo para participar en un mundo transformado por Su amor.  Tampoco será fácil.  Significará que dejemos los placeres como ver la televisión toda noche y seguir nuestros antojos en los fines de semana. 

Porque costará, Dios nos atrae con una oferta aún más grande que la promesa a Abram.  Como San Pablo indica a Timoteo en la segunda lectura, Dios nos ofrece “la luz de… la inmortalidad”.  Pablo está invitando a su compañero que se le una con él en la predicación de la buena nueva.  Dice que implicará la lucha pero conllevará a la misma vez la resurrección con Jesús de la muerte.  Es la misma invitación con el mismo premio que Dios nos extiende a nosotros hoy.

El evangelio da un esquema del mensaje de los evangelizadores.  Jesús es el hijo apreciado de Dios.  Él cumple ambos la ley y los profetas por su pasión y muerte.  Vale lo que dijo antes de la subida a sus discípulos: que ellos tendrán que llevar su cruz detrás de él.  Sin embargo, el sufrimiento terminará en la gloria tanto a sus discípulos como a él mismo.  Entretanto él les fortalecerá con su toque.  

Debemos ver a nosotros llevando nuestra cruz como esos discípulos.  Tenemos que atraer a los demás a Cristo por dirigirnos a las injusticias del mundo.  Un refugiado de Siria tiene una idea acerca de cómo llevar a cabo esta misión.  Pide a los americanos que dispersemos los valores de respeto para cada persona humana.  Dice que podríamos aprovecharnos de las medias sociales (Facebook, Twitter y los demás) para sembrar los derechos humanos entre los pueblos extremistas.  No es sólo los soldados de ISIS que necesiten este mensaje.  En medio de nosotros hay racismo, machismo, y otros tipos de elitismo que queremos afrontar gentil pero firmemente.


Convertir a los pueblos es una tarea enorme que no va a ser cumplida en nuestro tiempo.  Pero esto no debe ser pretexto para demorar el comienzo de la lucha.  Seguimos adelante con la esperanza de Abram que Dios cumpla sus promesas.  No sólo vamos a ver la luz de la inmortalidad sino también el mundo con todas sus injusticias será transformado.  Sí nuestro mundo será transformado.

El domingo, 5 de marzo de 2017

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 2:7-9.3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)

Hemos entrado en la cuaresma.  ¿Quién no oyó las primeras llamadas al arrepentimiento?  Algunos sienten la repugnancia para este tiempo.  Tal vez les haga falta el espíritu de auto-abnegación.  Pero nadie es exento del sacrificio.  Todos hemos pecado; todos hemos embarcado en una trayectoria llevándonos lejos de nuestro destino.  Todos necesitamos a volver al camino recto para realizar nuestra esperanza.

La primera lectura hoy muestra cómo hemos caído de la inocencia.  Pues el drama descrito en Génesis sirve como análisis del pecado de cada persona humana. La serpiente no tienta a la mujer simplemente con el sabor de la fruta.  Tan sabroso como sea, no le causaría a desobedecer el único mandamiento que hay.  No, la serpiente sabe lo que ella y nosotros anhelamos más que nada.  Le ofrece a la mujer la igualdad con Dios en cuanto a juzgar acciones.  Según la serpiente, si la mujer come la fruta prohibida, se le abrirían los ojos para determinar el bien y el mal.  Entonces, no tendría que recurrir a Dios para ver si una acción es buena o mala.  Es lo que pasa cada vez que mentimos pensando que es mejor para todos que no se revele la verdad.  O es cómo nos justificamos por ver un programa de televisión lleno con imágenes lujuriosas.

Pronto la mujer y su compañero se dan cuenta que dependen en Dios más que imaginaban.  Su desobediencia les traerá la muerte.  Porque han abandonado a Dios, han perdido la fuente de su vida.  Sólo por una iniciativa del mismo Dios podrían recuperarse de esta pérdida.  En la segunda lectura San Pablo cuenta que Jesucristo salva a los hombres de la muerte.  Dice que por su obediencia a Dios Jesús ha ganado la justificación para todos.  Es como si el mundo se hubiera robado de todo el oxígeno y por la ingeniosidad de sola una persona se le regresa.

El evangelio muestra a Jesús como el hijo obediente de Dios frente de tres tentaciones perversas.  Primero, el diablo tienta a Jesús, hambriento después cuarenta días sin comer, con la propuesta de cambiar las piedras en pan.  Pero Jesús sabe que no es por las maquinaciones del yo que viva la persona humana sino por la bondad de Dios.  Fácilmente rechaza esta tentación.  La segunda es más sutil.  El tentador le desafía a Jesús que se eche de la cima del templo para ver si Dios Padre lo salvará.  Sin embargo, Jesús sabe que no es justo para un hombre probar a Dios.  Despide al diablo con el mandamiento bíblico: “’No tentarás al Señor, tu Dios’”.  Puede darle crédito al diablo por la persistencia.  Viene con todavía otra tentación, esta vez la más perniciosa posible.  Quiere que Jesús lo adore en cambio por la promesa vacua que le entregaría a él el mundo entero.  Una vez más Jesús no cae en la trampa.  Más bien manda a Satanás fuera con otra cita bíblica: “’Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás’”.

Jesús siempre guarda en mente el propósito de hacerse hombre: ha venido para salvar a los hombres y mujeres de sus pecados.  En el momento de cumplir este objetivo, tendrá otra tentación.  Cuando Jesús está colgando de la cruz, primero los viandantes, entonces los líderes judíos vienen burlándose de él.  Dicen: “’Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz’”.  La verdad es que Jesús no va a bajarse precisamente porque es el Hijo de Dios.  Seguirá cumpliendo la voluntad de su Padre hasta el fin. 


Hemos comenzado este tiempo santo para aprender cómo imitar a Jesús.  Como Jesús tenemos que negarnos del pan y cosas semejantes para mostrar que sobre todo dependemos de Dios para la vida.  Como Jesús tenemos que reconocer que la vida es llena de promesas vacuas que pueden llevarnos lejos de nuestro destino.  Sobre todo como Jesús tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios Padre a quien obedeceremos hasta el fin.  Tenemos que reconocernos como hijas e hijos de Dios. 

El domingo, 26 de febrero de 2017

EL OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)

La mujer creció pobre.  Vino de una familia minera en Nuevo México.  No obstante, tuvo la oportunidad para estudiar a la universidad.  Mientras ensenaba escuela después su graduación, encontró a su esposo, un hombre de negocios.  Su familia prosperó siempre cerca de la Iglesia.  Cuando se jubiló, la mujer se dedicó tiempo a ayudar a una comunidad de mujeres pobres al otro lado de la frontera con México.  Porque no tenía dificultad identificarse con los pobres, sorprendió a sus amigos cuando les dijo: “He estado pobre y he estado rica.  Créanme, es mejor estar rica”.

¿Quién puede echarle la culpa?  Al menos si por decir “ser rico” estamos hablando de tener la suficiencia para dar de comer a su familia y proveerle algunas de las finezas de la vida.  Sin embargo, Jesús advierte a sus discípulos en el evangelio: “’No pueden ustedes servir a Dios y al dinero’”.  Jesús no está criticando el uso de la plata para vivir sino la orientación de la vida para ganar y gastarla.  Es la vida de aquellos que no piensan en Dios para agradecerlo y mucho menos en los indigentes para apoyarlos.

Ahora en los países desarrollados hay en debate acerca de los refugiados.  Dicen algunos que sólo es humano recibir a aquellos huyendo sus tierras nativas por el temor de sus vidas.  Entretanto otros se oponen el recibimiento de los refugiados porque, según ellos, amenazan la seguridad de sus países.  Se puede aprovechar del evangelio para juzgar este debate.  Sí habla sobre la comida y el vestido en el evangelio pero fácilmente se puede aplicar estas referencias al riesgo de aceptar a los refugiados.  Diría: “’… busquen primero el Reino de Dios y su justicia…’”, y la seguridad se les dará por añadidura.

Pensar en Jesús favoreciendo a los refugiados no niega la responsabilidad de los gobernantes a investigar cuidadosamente sus historias.  No deben ser admitidos a un país si existe un sospecho creíble que pueden causar daño a la seguridad pública.  En otros casos es difícil determinar quién es un refugiado verdadero.  Consideremos a los muchachos hondureños cuyas madres les mandaron al norte para vivir con sus parientes.  Los narcotraficantes, que tienen control de sus pueblos, emplearían a estos chicos en el comercio de drogas.  Las madres saben que una vez que sus hijos se junten con los traficantes o mueren pronto o se convierten en asesinos.  ¿No podría un país grande como los Estados Unidos dar refugio  a estos muchachos aunque no conformen exactamente a la definición del refugiado?

La segunda lectura habla de nosotros como “administradores de los misterios de Dios”.  Esta frase indica que sabemos algo que el mundo ignora.  El primer misterio que llevemos en nuestros corazones tiene que ver con la eficacia del amor.  Cuando nos entregamos por el bien de nuestro prójimo, no disminuimos sino nos fortalecen.  Este es la experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado de la muerte.  También es nuestra experiencia cada vemos que ayudemos a otra persona.  ¿No es que por lo poco que compartamos con los pobres casi siempre recibamos más en retorno?

Claro que sí.  La razón es que Dios es el amor.  Dice el profeta Isaías en la primera lectura que Dios tiene aún más amor para nosotros como una madre para su criatura.  Él no va a dejarnos faltando las necesidades.  No tenemos que preocuparnos; sólo tenemos que hacer su justicia hacia todos. 


Deberíamos estar pensando en la cuaresma que comienza este miércoles.  ¿Cómo vamos a demostrar nuestra contrición a Dios?  ¿Vamos a dejar de comer chocolate y rezar el rosario diariamente?  Está bien pero el mismo profeta Isaías nos prescribe el ayuno que quiere Dios aún más: “…que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores…” (Isaías 58).  Quiere que levantemos los yugos de los refugiados.

El domingo, 19 de febrero de 2017

EL SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 19:1-2.17-18; I Corintios 3:16-23; Mateo 5:38-48)

El médico hablaba de un amigo.  Dijo que el hombre había perdido más de mil libras en  su vida.  Sin embargo, el hombre quedó obeso.  ¿Cómo podría ser?  Por supuesto, el hombre hizo muchas dietas que bajaron su peso. Pero cada vez que llegó a su objetivo, comió tanto que siempre recuperara el peso perdido.  Entonces tuvo que comenzar de nuevo.  Bueno, en el evangelio hoy Jesús nos manda a lograr algo más difícil que perder el peso.  Quiere que nos hagamos “perfectos”, no sólo por un rato sino para siempre. ¿Cómo vamos a cumplir este mandato?

Para responder a la pregunta tenemos que averiguar de qué consiste la perfección.  Jesús acaba de describir seis retos que van más allá de las exigencias de la ley judía.  Su propósito es decir que quienquiera supere estos retos llegará a la perfección.  En el evangelio del domingo pasado escuchamos los primeros cuatro retos.  Ahora tenemos los últimos dos.  En primer lugar no debemos resistir al hombre malo. Como si esto no fuera suficientemente difícil, también tenemos que amar a nuestros enemigos.  Ya nos parece realmente más allá de nuestras capacidades.  Pero antes de que nos demos por vencidos, que miremos más al fondo lo que Jesús está exigiendo.

Nos preocupamos del mandato de no resistir al hombre malo particularmente cuando pensamos en la guerra nacional.  Tememos que Jesús pida que nos rindamos delante de una invasión de un ejército extranjero.  Pero esto no es el caso.  Jesús ocupa ejemplos de afrentas individuales, no de ataques con armas.  Dice que tenemos que dar nuestro abrigo al otro cuando nos pida la chaqueta o caminar dos millas cuando nos solicite acompañarle una milla.  Sería injusto a nuestros paisanos, nuestras familias y nosotros mismos si no nos defendemos de agresores.  Pero ¿estamos listos para ceder nuestro abrigo si nos lo pide? Si juzgamos que realmente se lo necesita, que recemos por el valor para entregárselo.

Independiente de si le regalamos nuestro abrigo, Jesús manda que amemos al enemigo.  No tiene en cuenta sentimientos tiernos aquí sino la voluntad de ayudar al otro.  Ciertamente nos cuesta ofrecer la ayuda a un extranjero que posiblemente nos haga malo. Una vez un viajero blanco de otro estado tenía problemas con su coche nuevo.  Por casualidad se encontró con un mecánico, un negro, en una tienda a las doce de la noche.  Al escuchar su problema el mecánico tenía el coche remolcado a su taller.  El próximo día el mecánico arregló el coche y cargó al viajero sólo para el remolque y los repuestos. Esto es el amor que Jesús espera de nosotros.  

La primera lectura habla de la necesidad que seamos santos como Dios.  Es semejante a la conclusión del evangelio: “’Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto’”.   ¿Entonces es ser santo igual a ser perfecto?  La respuesta depende de lo que significamos por decir, “ser santo”.  Si significamos pasar todo el día en el templo rezando, a lo mejor no.  Pero a su raíz la santidad quiere decir quedar aparte, no contaminado por los vicios de los demás.  Es vivir sin mentir, sin codiciar cosas ajenas, y sin odiar a nadie.  Ya las dos cualidades – ser santo y ser perfecto -- confluyen.  De hecho, no hay diferencia entre los verdaderamente santos y los verdaderamente perfectos. 

Queda la pregunta: ¿Cómo podemos superar los retos para hacernos perfectos o, si se prefiere, santos?  Se ve la clave en la segunda lectura.  Dice que tenemos que dejar los criterios de este mundo – el placer, el poder, y la plata – para atender al Espíritu Santo.  El Espíritu reside en la iglesia, no en las actitudes pomposas que a veces topamos allá, sino en las personas abnegadas que encontramos con frecuencia.  Al colaborar con estas personas nos disponemos al Espíritu.  También el Espíritu nos toca a través de la palabra de Dios que la Iglesia nos proporciona.


En las universidades norteamericanas el índice de la perfección es “cuatro punto cero”.   Significa que el estudiante ha sacado las notas más altas en todas sus materias.  Es semejante a lo que nos exige Jesús en el evangelio.  Quiere que seamos perfectos por sacar las notas más altas en todos aspectos de la vida: decir la verdad, no codiciar a cosas ajenas, y amar a todos.  Ciertamente nos forma un gran reto, pero el Espíritu Santo nos ayuda superarlo.