El domingo, 22 de julio de 2018


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34)

Este mes el papa Francisco se enfoca en los sacerdotes.  Tiene como su intención particular de julio su cansancio.  Dice: “El cansancio de los sacerdotes: ¿Saben cuántas veces pienso en esto?”  El papa reconoce el trabajo agotador que muchos presbíteros llevan.  Así muestra la preocupación de Jesús por sus apóstoles en el evangelio hoy. 

Jesús llama a los apóstoles: “’Vengan conmigo a un lugar solitario…”   No tienen en cuenta vacaciones en la playa.  No, quiere compartir con ellos su propia experiencia con Dios Padre.  Será retiro para renovar sus fuerzas tantas espirituales como físicas.  Nuestros sacerdotes de hoy en día necesitan regularmente de este tipo de soledad.  Se constituye de un diálogo en lo cual se comprometen de nuevo al  Señor y contemplan su apoyo. 

Pero los presbíteros no son los únicos miembros de la Iglesia con muchos quehaceres.  A menudo los laicos tienen programas aún más fatigosos.  Particularmente las responsabilidades de las mujeres llaman la atención.  No es raro verlas cuidando a sus familias, trabajando pleno tiempo, y sirviendo en la parroquia.  Ellas también podrían aprovecharse de quince minutos cada día aparte con el Señor.  Será oportunidad para desahogarse a Dios y decirle cómo cuentan con su ayuda.  En el funeral de una magnífica esposa y mamá, la hija contó cómo su madre paraba a la parroquia después de recoger a sus hijos de la escuela.  Allá visitó al Santísimo Sacramento por un ratito para recargar su energía espiritual. 

No se debe descontar el reto de los padres de familia hoy.  Los valores como la compasión, la humildad, y la castidad no son apoyados en la sociedad como antes.  Los padres de la familia tienen que enseñar a sus hijos tanto por ejemplo como por palabra.  Una vez una madre en San Antonio anunció a la familia que todos iban a pasar la mañana del Día de Acción de Gracias sirviendo comida a los pobres.  ¿Cabe duda que los hijos maduraran con un fuerte sentido de servicio? 

Al final del evangelio San Marcos escribe que Jesús ve a la gente como “ovejas sin pastor”.  Todavía es la realidad el día hoy.  Son los líderes  del pueblo – los reyes en el tiempo de la primera lectura y los sumos sacerdotes en el tiempo de Jesús – que debían haber asegurado la instrucción para que la gente viva la voluntad de Dios.  Pero fallan cumplir esta responsabilidad.  Otra vez nos encontramos en una situación semejante.  A menudo las acciones de los gobernadores y ciertamente de los entrenadores y los atletas quedan lejos del blanco.  Nos hacen faltas sacerdotes bien formados para enseñarnos los modos de Dios.  Una cuestión que asoma cada vez más estos días es el suicidio asistido.  Los secularistas hacen un caso formidable que la persona tiene el derecho de tomar su propia vida con la ayuda del otro si es necesario.  Contamos con los sacerdotes, en buen contacto con Dios, para refutar sus argumentos a los fieles.  No hay derecho de tomar su vida propia.  Pues debemos algo al bien común incluyendo, para nosotros, el sumo bien común que es Dios.  Con mucha razón los pueblos han prohibido el suicidio a través de los siglos. 

Sea en la casa o en la iglesia, seamos sacerdotes o laicos, predicamos a Jesucristo.  La segunda lectura hoy nos da el porqué.  Él es la paz entre todos.  Ahora la línea de batalla no se traza entre los judíos y no judíos.  Ahora la rivalidad principal es entre los creyentes y los secularistas.  Sin embargo, todos de buena voluntad ven a Jesús como maestro  impartiendo la sabiduría de los siglos.  Enseña que hay razón tanto para hacer una acción de gracias por la vida como para servir a los pobres con sus necesidades.  Jesús, ahora y siempre, es nuestra paz.

El domingo, 15 de julio de 2018


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13)

“El pueblo de la alabanza” (en el inglés, “The People of Praise”) se dedica a la gloria de Dios.  Es organización ecuménica que en primer lugar ofrece la alabanza a Jesucristo.  También trabaja para una sociedad donde todos vivan en la paz.  Se sacrifica para que todos – tanto los negros como los blancos, tanto los pobres como los ricos – conozcan el amor de Cristo.  Este pequeño movimiento recibió alguna atención la semana pasada cuando una de sus miembros fue mencionada como posibilidad de ser nombrada a la Corte Suprema.  Aunque no fue escogida ella, “El pueblo de la alabanza” vive la esperanza de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús envía a sus apóstoles para predicar el arrepentimiento.  Quiere que los pueblos se preparen para el Reino de Dios.  El arrepentimiento significa que los individuos cambien su corazón. Donde son duros, que sean tiernos.  Donde se llenan de porquería, que se purifiquen.  El corazón tierno y puro siempre buscará el bien de la otra persona, no a dominarla.

Para facilitar su misión Jesús otorga a los apóstoles el poder sobre los espíritus impuros.  Se puede pensar en estos espíritus como demonios pero tal vez sea mejor que los consideremos como los vicios.  Usualmente se nombran los siete pecados capitales como los vicios principales.  Estos incluyen la soberbia, la avaricia, la lujuria, y la ira.  Se puede facilitar el recordar de estos tropiezos a la felicidad verdadera por pensar en los cuatro “p”.  Los vicios son el deseo desordenado para el prestigio, la plata, el placer, y el poder.  Purificada de estos deseos, la persona está lista para acoger a Dios en su reino.

Sin embargo, la evangelización tiene objetivo más allá que la conversión personal.  También quiere transformar la cultura en que la gente vive.  Al menos es lo que dijo el papa San Pablo VI, el pionero de la nueva evangelización. Según él, la cultura evangelizada se conforma de los criterios de juicio, los valores determinantes,… y los modelos de vida” del evangelio.  Se realiza cuando la gente juzgue al otro por el “contenido de su carácter” y no por su cuenta de banco.  Se ve donde los héroes de los jóvenes sean los humanitarios como Martin Luther King y no, si me permiten decirlo hoy, los futbolistas como Ronaldo. 

Jesús también insiste que los apóstoles viajen como pobres.  No han de llevar “ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto”.  A lo mejor tiene dos fines en cuenta cuando enfatiza la sencillez radical en el camino.  Primero, quiere que ellos conozcan la Providencia de Dios que siempre es más amplia que se piense.  Como se demostró con los muchachos en Tailandia atrapados en la cueva, Dios proveerá.  También, desea que los misioneros se den cuenta de que los pueblos ya son evangelizados en parte.  El Espíritu Santo les ha precedido rindiendo a la gente que visitarán amistosa.  Por eso muchos misioneros regresan a su tierra nativa diciendo que ellos mismos han experimentado conversión. 

En la segunda lectura el autor de la Carta a los Efesios describe el propósito de la evangelización.  Es el plan de Dios Padre que todos nosotros seamos “santos e irreprochables a sus ojos, por el amor…”  Somos llamados a ser como Cristo los hijos y las hijas de Dios.  Tenemos la vida eterna como destino cuando el contenido de nuestros caracteres se conforme al evangelio.  Es Jesucristo que ha enviado a los apóstoles para traernos este evangelio.  Damos alabanza a Dios en esta misa y siempre por él.

El domingo, 8 de julio de 2018


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 2:2-5; II Corintios 12:7b-10; Marcos 6:1-6)


El Señor Jean Vanier inició un movimiento evangélico.  Era militar sirviendo en la Marina Canadiense.  Entonces se sintió una vocación de hacer “algo diferente”.  Renunció su comisión como oficial marino para estudiar la filosofía.  Pero la vida del profesor no le convenía tampoco.  Tuvo una inspiración cuando visitaba un asilo para los incapacitados.  ¿Por qué no dar a aquellos con una deficiencia mental un hogar donde podrían florecerse?  Invitó a dos personas incapacitadas para vivir con él.  Él los cuidó, y de ellos aprendió la enseñanza más importante de la vida: soy amado por Dios.  Así fue establecida la primera Comunidad de El Arca.  De ahí Jean fundó comunidades de El Arca en países alrededor del mundo.  La historia de Jean Vanier nos reta a aceptar las dificultades que tenemos en nuestras propias vidas.

A lo mejor no tenemos a nadie en casa con una deficiencia mental.  Pero es muy posible que haya una persona con carácter difícil.  O posiblemente viva con nosotros un pariente sufriendo una enfermedad seria.  Nos cuesta dar a estas personas la atención que necesitan para florecer.  Sin embargo, en lugar de tratar de ayudarlos, a menudo estamos inclinados a rechazarlos.  Pensamos en desconocer sus necesidades u olvidarnos de ellos por ponerlos en un asilo.  La gente que actúa así asemeja a los vecinos de Jesús en el evangelio hoy. 

Cuando Jesús presenta a sus paisanos el mensaje del Reino de Dios, lo tratan como si fuera un inquietador.  Le consideran como idealista cuando les habla de la necesidad de reformarse para aprovecharse del gran amor de Dios.  Como Dios envía a Ezequiel a Su pueblo Israel en la primera lectura, ha enviado a Jesús al mundo.  Desgraciadamente muchos se ignoran de él hoy en día como en su propio pueblo.  Prefieren pasar todo el día viendo fútbol a visitar a un conocido internado por media hora.

Esperamos que nosotros no seamos así.  Más bien queremos responder al evangelio con el cuidado para los demás.  El papa San Juan Pablo II decía que la vida es un don de Dios que no realizamos hasta que la demos a los demás en el amor.  Se la damos a todo el mundo por tratar a cada persona que encontremos con el respeto.  A los familiares debemos más atención, aun sacrificios por los débiles en nuestro medio.  Una pareja inmigrante tiene a una niña con la parálisis cerebral.  Ella no podía comer sin la ayuda y mucho menos caminar.  Pero los padres le han dado todo el apoyo necesario.  Aun la traían a las clases de formación de ministros para que no se dejara sola.

Sí nos cuesta cuidar a los demás.  A veces ellos resienten nuestras ofertas de socorro.  Los parientes pueden requerir más atención que pensábamos fuera posible.  Entonces que nos acordemos de lo que escribe San Pablo en la segunda lectura.  Cuando nos sentimos más débiles, el Señor nos hace más fuertes.  Él nos concede las fuerzas necesarias para realizar hazañas notables – sea cuidar a un enfermo o sea aguantar con paciencia nuestro propio dolor. 

Es notable la atención que llama el fútbol estos días.  Casi todo el mundo quiere ver los finales del campeonato de la Copa del Mundo.  Sea el ganador de las Américas, de la Asia, o de Europa, a lo mejor en cuatro años habrá otro.  Es el amor de Dios por nosotros que no cambia nunca.  Jesús nos lo proclamó y ahora somos para anunciarlo a los demás.  Por el respeto, el servicio, y los sacrificios somos para anunciar el amor de Dios.

El domingo, 1 de julio de 2018


EL DECIMOTERCER DOMINGO ORDINARIO 

(Sabiduría 1:13-15.2:23-24; II Corintios 8:7.9.13-15; Marcos 5:21-43)


El evangelio comienza con Jesús a la orilla del mar. La gente se agrupa alrededor de él.  No se dice que hagan pero no parece que Jesús está enseñándoles.  Es probable que Jesús esté rezando a su Padre en el cielo.  La gente se le acude porque lo reconoce como hombre cerca de Dios.  Es cómo sentimos cuando vimos al papa Francisco besando a una persona horriblemente desfigurada.  Lo admiramos tanto que queramos seguirlo para llegar a Dios.

Jesús muestra su santidad cuando responde a la petición de Jairo.  No demora nada para irse con él.  No dice como yo diría: “Después del desayuno, te acompaño”.  No, se va inmediatamente por compasión del padre que se echa a sus pies pidiendo ayuda por su hija. 

Ciertamente la mujer sufriendo de un flujo de sangre reconoce a Jesús como santo. Piensa que sólo por tocarlo, experimentaría el alivio. Lo toca, y se sana.  Pero lo que más llama la atención aquí es cómo Jesús siente el poder sanador saliendo de él.  Tiene la sensibilidad sobrehumana. ¿Quién es entonces?

Jesús sigue con Jairo a su casa.  Cuando encuentran a la gente diciendo que la niña ha muerto, le urge a Jairo que mantenga la fe en Dios.  Sabe que su Padre, el autor de la vida según la primera lectura, le ha compartido el poder sobre la muerte.  Al entrar la casa, Jesús toma la mano de la niña.  Le dice que se levante de la cama, y ella lo obedece.

De una manera la mayoría de nosotros estamos como esta  niña.  Pues hemos entrado en un sueño como la muerte que nos deja ilusionados.  Pensamos que nuestras metas son ser ricos, famosos, y siempre complacidos.  No queremos aceptar que Dios tiene otros objetivos para nuestras vidas.  Quiere que seamos generosos, humildes, y gozosos por haber conocido a Jesucristo.  Es como si Jesús nos tomara de mano diciendo el mandato, ‘“…levántate’ y conóceme”. 

Que nos levantemos del sueño que estamos salvados por tener millones.  Más bien que compartamos del corazón como san Pablo urge a los corintios en la segunda lectura.  Que nos quitemos la ilusión que los jefes que den órdenes son los más benditos.  Más bien que nos apoyemos de la mano de Jesús para realizar el gozo de cumplir su voluntad.  Que dejemos la ilusión que la felicidad consiste en siempre ser complacidos.  Más bien que reconozcamos el bien de tener a Jesús como compañero.

¿Quién es este que nos ofrece la mano?  Sí es el santo de Dios.  Pero esta descripción no basta. No sólo se muestra Jesús como favorecido de Dios sino como alguien mucho más grande.  En su resurrección de la muerte Jesús  se revela que es el autor de la vida.  Como dice Pablo, “siendo rico, se hizo pobre por (nosotros), para que (nosotros nos hiciéramos) ricos con su pobreza”.   Es el mismo Dios que vale nuestra fe.  Pues no sólo nos levanta de nuestros sueños ilusionados sino también del sueño de la muerte.  Es quien nos levantará de la muerte.

El domingo, 24 de junio, 2018


SOLEMNIDAD DE NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

(misa vespertina: Jeremías 1:4-10; I Pedro 1:1.8-12; Lucas 1:5-17; misa del día: Isaías 49:1-6; Hechos 13:22-26; Lucas 1:57-66.80)


Todo el mundo sabe que celebramos el nacimiento de Jesús al 25 de diciembre.  Hoy, el 24 de junio, estamos celebrando el nacimiento de san Juan Bautista.  No es por casualidad que estas fiestas quedan casi seis meses aparte.  Pues Jesús es como el sol naciente que nos trae la esperanza de la vida.  La Iglesia demuestra esta verdad por fijar su nacimiento al solsticio del invierno.  Desde entonces la luz del día, al menos en el hemisferio norteño, se hace más larga.  Entretanto la Iglesia coloca el nacimiento de Juan al solsticio verano.  Desde ese día la luz del día comienza a disminuirse.  Pues Juan dice en un evangelio: “’Es necesario que él (Jesús) crezca, y que yo disminuya’” (Juan 3:30).

Sin embargo, no deberíamos pensar en Jesús y Juan como opuestos a uno y otro.  No es que fueran enemigos ni siquiera adversarios.  Ni es que Jesús valga mientras Juan sea marginado.  Más bien los dos son complementarios.  Se llevan bien como la mano en un guante.  Siempre daremos la preeminencia a Jesús como el Señor.  Pero nos hace falta reconocer la importancia de Juan como quien nos presenta al Señor.  Los chinos hablan de yin y yang como principios complementarios.  El yang es la fuerza positiva como la luz y el amor.  Se puede identificar a Jesús con este principio.  El yin es la fuerza negativa como la oscuridad y el temor.  Se identifica este principio con Juan.  Los dos son buenos pero tienen papeles diferentes.

En el evangelio los dos, Jesús y Juan, predican el mismo mensaje básico: “’Arrepiéntanse porque el reino del cielo está cerca’” (Mateo 3:2 y Mateo 4:17).  Pero hay diferencia en el motivo de sus exhortaciones.  Para Juan tenemos que arrepentirnos o seremos destruidos por la ira del Altísimo.  Jesús, en cambio, quiere que nos arrepintamos para que no faltemos el amor de Dios Padre.   Tal vez la advertencia de Juan tenga más probabilidad de movernos a responder.  Después de todo nadie quiere ser devorado en un incendio.  Sin embargo, es la confirmación amorosa del Santísimo que anhelamos sobre todo.

Juan es el precursor.  Viene antes de Jesús anunciando su llegada.  Lo hace hacia el fin de su vida cuando proclama en el desierto: “’El que viene detrás de mí…es más poderoso que yo’” (Mateo 3:11).  También anuncia Juan la presencia del salvador desde el seno de su madre al principio de su vida.  Dice el evangelio de san Lucas: “Tan pronto como Elizabet oyó el saludo de María (embrazada con Jesús), la criatura saltó en su vientre” (Lucas 1:41).  Además Juan proclama el adviento del Señor por su vida de penitencia.  Lleva pelo de camello y practica la dieta de saltamontes para decir que ya no es tiempo de flojera.  Más bien es la última oportunidad para prepararse para el Señor. 

Como somos llamados a vivir como Jesús, somos para imitar a Juan también.  No es necesario que llevemos pelo de camello, pero sí deberíamos anunciar la presencia del Señor.  Inclinar la cabeza cuando pasamos una iglesia católica indica al mundo que el Señor está allí dentro del santuario.  Asimismo rezar en público antes de comer muestra a los demás que vivimos por más del pan de la mesa.  Después de todo, la religión no es estrictamente un asunto privado.  A toda la sociedad le falta a Dios.  Él viene para asegurar que nadie sea marginado.  Él viene para enseñarnos que la penitencia y el gozo son complementarios como el yin y el yang.   Él viene para confirmar a todos en el amor.

El domingo, 17 de junio de 2018


EL UNDÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, 17 de junio de 2018 

(Ezequiel 17:22-24; II Corintios 5:6-10; Marcos 4:26-34)

Recientemente una reflexión sobre un roble apareció en una revista católica.  El autor comparó su modo de vivir con siete características que él ve en el roble.  Dijo, por ejemplo, que el roble es tan generoso que comparta su sombra  con todos.  Entretanto él es mezquino con su tiempo, su cartera, y su corazón.  En el evangelio hoy Jesús también tira de la naturaleza lecciones a aplicarse al Reino de Dios.

Jesús nota cómo el Reino no aparece de noche a día.  Más bien, tarda mucho como la cosecha una vez que se siembre la semilla.  Se puede ver este proceso lento en la lucha por la justicia y la paz.  Hace setenta años, por ejemplo, las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Esto es un compendio de las libertades que todos gobiernos del mundo deben apoyar.  Fue un paso significante pero no en sí transformador.  Desde entonces se han notado muchas violaciones de los derechos.  Por la falta humana no vamos a ver el cumplimiento de los derechos para todos hasta venga Cristo.  Pero ahora por lo menos tenemos normas para ayudarnos buscar lo que anhelamos ver.

También Jesús compara el Reino a un arbusto de mostaza.  Dice que el Reino desarrolla como este arbusto crece de una semillita en un refugio para pájaros.  Las Caridades Católicas en muchas diócesis reflejan este crecimiento gradual.  Acostumbradamente comenzaron como una obra humilde como el repartir de comidas a los pobres.  En tiempo crecieron en organizaciones con docenas de servicios.  Proveen auxilios tan básicos como la ayuda con la renta y tan complicados como el colocar de familias refugiadas.  No es el Reino de Dios en su plenitud sino un intento humano para aproximarlo.

La segunda lectura puede darnos pausa a los esfuerzos para mejorar las condiciones de la sociedad.  En ella Pablo nos recuerda que la tierra no es nuestra patria.  Dice que estamos destinados a salir de nuestros cuerpos para vivir con el Señor.  Entonces nos preguntamos: ¿por qué queremos preocuparnos de lo que pase en el mundo?  ¿No sería mejor sufrir calladamente las injusticias acá pensando en nuestro hogar eterno?  Después de todo muchos se refieren a la vida de los santos difuntos como el “Reino de Dios”.

El Concilio Vaticano II se dirigió a esta inquietud.  Dijo que hay una semejanza entre la vida como es ahora y el Reino que aparecerá cuando regrese Jesús.  No es que la tierra termine y Jesús la reemplace con el cielo.  Según el Concilio el fruto de nuestros esfuerzos, que ya es manchado por el pecado, se transformará.  Con la venida de Cristo los bienes que hemos producido recibirán su perfección.  Por eso, nuestros intentos para instalar una sociedad de paz y justicia no son vanos.  Más bien son meritorios desde que aumentan la esperanza de la venida del Señor.  Al final de los tiempos estamos destinados no a un cielo distinto sino a un mundo transformado. 

En fin ¿qué es el Reino de Dios?  Aparece en diferentes formas y es descrito con diferentes términos.  Podemos decir que el Reino es el fruto final de nuestros esfuerzos para el bien de todos.  Es también el premio que recibimos por nuestros esfuerzos.  Además es el mundo transformado con la venida de Jesucristo al final de los tiempos.  Es la justicia, la paz, y el amor que anhelamos vivir.  En breve es la presencia de Dios a nosotros que nos alegra, nos conforta, y nos perfecciona.  El Reino es la presencia de Dios a nosotros.


El domingo, 10 de junio de 2018


EL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13-5:1; Marcos 3:20-35)


“’¿Dónde estás?’” Se puede dirigir la pregunta que hace Dios a Adán en la primera lectura a cada uno de nosotros.    Pero la pregunta a nosotros no tiene que ver tanto con el lugar del cuerpo sino el lugar del alma.  ¿Estoy más cerca a Dios o a Satanás?  ¿Estoy inclinado al bueno o al malo?  ¿Vivo por los demás o sólo por mi propio bien?  ¿Dónde estoy?

San Pablo no tiene duda dónde está él.  Ha entregado su vida al servicio de Cristo.  Como expresa en la segunda lectura, está desgastándose con el anuncio de la resurrección de Jesús.  Aunque algunos han negado sus motivos, él lleva en su cuerpo las marcas de la campaña.  No se puede decir otra cosa.  Pablo ha dado de sí mismo cien por ciento para colocar a los corintios en el camino de la vida.

¿Dónde estamos?  ¿Podemos como Pablo apuntar a varias personas a las cuales hemos apoyado en la fe?  Esperemos que hayamos fortalecido la fe al menos de nuestros hijos.  Si hemos bendecido la comida antes de consumirla, nuestra respuesta será sí.  Si hemos rezado con ellos antes de acostarse, también la respuesta será sí.  Sobre todo si los hemos llevado a la misa dominical, la respuesta será sí.  Ellos han aprendido de nosotros que la vida es un don de Dios a quien debemos el agradecimiento.

Hablamos del “buen ladrón”.  Supuestamente el “buen ladrón” es el bandido crucificado al lado de Jesús.  Según el evangelio de Lucas (y sólo Lucas) este hombre pide al Señor que se acuerde de él en la gloria.  Y Jesús se lo promete.  Por eso, se le merece el título el “dichoso ladrón”, no el “buen ladrón”.  En el evangelio hoy Jesús se refiere a sí mismo como un ladrón.  Pues él es quien que ha metido a la casa de Satanás, el príncipe del mundo, para robarle de la humanidad caída.  Él nos ha quitado la idea que nuestra vida es sólo nuestra producción.  Por eso, podemos gastarla como nos dé la gana.  Jesús nos ha dejado con la seguridad que somos amados por Dios para siempre. 

¿Dónde estamos? ¿Estamos con Jesús, el “buen ladrón”?  Nuestra respuesta es “sí” si vamos a las periferias para sacar a los necesitados de la miseria.  La periferia, como diría el papa Francisco, también es más lugar del alma que del cuerpo.  Es dondequiera no estemos cómodos.  Puede ser la casa de nuestros suegros a quienes sospechamos que no les caigamos bien.  Más probable es el asilo de ancianos que nos recuerda de la fragilidad humana.  O puede ser una cárcel que nos colme con el temor.   Allá ataremos a Satanás, el hombre fuerte, por dominar nuestros deseos.  Arrebataremos a los necesitados de la miseria por mostrarles la compasión. 

La periferia para unas mujeres es el servicio de alimentos para los pobres de la calle.  La primera vez que vienen, las damas sienten el temor.  Pero pronto se dan cuenta que los pobres no son más violentos ni más rudos que otros grupos.  Los llaman por nombre y les permiten a ayudar con la limpieza.  Se puede decir que les roban de la miseria y les suministran la dignidad.  Seguramente ellas están con Jesús.