E domingo, 18 de noviembre de 2018

EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO

(Daniel 12:1-3; Hebreos 18:11-14.18; Marcos 13:24-32)


Siguen viniendo.  Siete mil personas – hombres, mujeres, y niños – están en marcha.  Por la mayor parte son hondureños.  Pero hay guatemaltecos, y probablemente salvadoreños y mexicanos también.  Están atravesando México a la frontera con el EEUU.  Allá van a declararse como refugiados.  ¿Quién puede negar que han experimentado amenazas y quizás asesinos en sus pueblos? Son personas perseguidas aunque no es cierto que puedan convencer a los jueces americanos de sus casos.  De todos modos son como las gentes en las tres lecturas de la misa hoy.

En la primera lectura el “tiempo de angustia” refiere a la persecución de los judíos en el segundo siglo antes de Cristo.  Entonces los griegos regían a Israel.  Trataron a convertir a los judíos al paganismo por fuerza.  Aunque no se sabe quién la escribió, se presume que los dirigidos de la Carta a los Hebreos eran cristianos judíos.  A lo mejor no estaban perseguidos por una fuerza exterior sino por las dificultades de vivir la fe en el mundo.  No obstante, el autor identifica estas pruebas como hombres cuando dice que Cristo está aguardando “a que sus enemigos sean puestos bajo sus pies”. 

El evangelio narra la predicción de Jesús sobre la persecución de sus discípulos en el tiempo venidero.  Cuando dice que será “gran tribulación”, los cristianos del primer siglo tendrán en cuenta varios crímenes del imperio romano.  Cuando el emperador acusó falsamente a los cristianos de poner fuego a Roma, creó una reacción atroz entre la gente.  San Pedro y San Pablo entre muchos otros cristianos fueron martirizados.  También, las turbas ahuyentaron a muchas cristianos de la ciudad. 

Las persecuciones contra la Iglesia no han cesado hasta el día hoy.  Hace unos años el Estado Islámico publicó en el Internet un video de la ejecución de trientes cristianos.  Ahora los radicales en Pakistán están insistiendo que una cristiana sea ejecutada por supuestamente blasfemando al profeta Mohamed aunque la Corte Suprema allá le ha declarado inocente.  Sí es la verdad que la mayoría de los cristianos en el mundo no tienen que preocuparse de la pérdida de vida.  Sin embargo, a menudo enfrentan la persecución de modos más sutiles.

Por ejemplo, algunos diputados no pueden votar con su consciencia sobre el aborto por miedo de perder el apoyo de su partido político.  También, muchos jóvenes entran en guerra contra sus conciencias por miedo de perder una experiencia considerada buena.  Los medios masivos les hacen sentir como desvalidos si no tienen relaciones antes de casarse o si no prueban drogas.  Aun los trabajadores están perseguidos.  Puede ser por un jefe que siempre les corrige aun cuando hacemos todo bien.  Puede ser por las palabrotas de compañeros que les quitan la paz.  Puede ser por el pago insuficiente para cubrir las necesidades de la casa.  No saben qué hacer cuando no se oyen sus quejas y no es factible buscar otro empleo.

En el evangelio el Señor Jesús promete a sus discípulos que vendrá cuando la situación parezca no aguantable.  Rescatará a su pueblo de la persecución y terminará sus dolores.  Tan cierto como la higuera echa hojas en el verano, Jesús premiará a sus fieles con la salvación.

Hasta entonces es de nosotros a seguir luchando.  Pero no deberíamos pensar que estemos en la guerra solos.  Pues tenemos el apoyo de Jesús mismo.  Él forma a otros fieles mujeres y hombres para aliviarnos.  Él despacha al Espíritu Santo para iluminarnos a discernir entre lo bueno y lo malo.  Sobre todo él nos viene en el sacramento que ya estamos para recibir.  Su Cuerpo nos dará sustancia para resistir las tentaciones.  Su Sangre nos levantará el ánimo para mantener el gozo a pesar de las dificultades.  En el Día de Acción de Gracias qué no olvidemos a agradecer a Dios por el acompañamiento de Jesús.

El domingo, 11 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMA SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO 
(I Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)


Hoy en día cada persona quiere ser reconocida como individuo.  Todo hombre y mujer quiere que los demás le identifiquen por su tatú, por su corte de pelo, por su modo no apropiado de hablar, o por otra cosa particular.  Por la mayor parte, no quiere participar en grupos más organizados que los fanáticos de su equipo de fútbol.  No quiere ser miembro de los Caballeros de Colón, de las Guadalupanas, o aun del sindicato.  Ciertamente la persona contemporánea está ocupada.  Y eso es parte del problema.  Porque quiere vivir con todas las conveniencias de los ricos, trabaja demasiado.  Se olvida de que la riqueza más satisfaciente es la red de relaciones, particularmente su relación con el Señor.

Se puede tener una vislumbre de este tipo de comportamiento en el evangelio.  Los escribas andan buscando la admiración de todos.  Llevan ropajes grandiosos y toman los puestos más altos para que otras personas los vean como importantes.  Viven ni para Dios ni para otras personas sino para sí mismos. 

En contraste hay la viuda.  Es pobre y humilde.  No tiene nada más en toda su posesión que dos moneditas.  Se supondría que las gaste por su propio bien – tal vez para comprar un dulce o colorete para sus mejillas.  Pero  ella no piensa como la mayoría de la gente.  Echa las dos moneditas en la alcancía del Templo para glorificar a Dios.  Cuando regrese a la casita donde vive, ella tendrá que relacionarse con otras personas para sobrevivir.  Tal vez pida un pedazo de pan de un vecino y algún queso del otro.  Quizás piense que puede lavar ropa para que tenga algo para dar al Templo en la próxima semana.

No cabe duda a lo cual Jesús favorece.  No sólo pronuncia un elogio por la viuda sino también la imitará.  Dentro de poco Jesús va a estar echando en la cruz “’todo lo que tenía para vivir’”.  En esta acción aún más que en su encarnación Jesús estará uniéndose con la humanidad.  La segunda lectura de la Carta a los Hebreos explica que Jesús lo hará “para quitar los pecados de todos”.  Es su solidaridad con la gente en la muerte, que no mereció, que nos permite vivir con la esperanza.  Por acercarse a nosotros en todo, incluyendo la muerte, nos creó un destino de la gloria. 

El sacrificio de Jesús es como aquel de una mujer embarazada que contrajo el cáncer del útero hace varios años.  Para curar el cáncer la mujer pudiera haber tenido el útero quitado.  Pero tal sugería habría significado la pérdida de su bebé.  Para asegurar la vida de su hijo, la mujer esperaba hasta que naciera él.  Desgraciadamente por entonces el cáncer había desarrollado tanto que quitó su vida.  Pero su hijo sobrevivió la ordalía hasta, presumo, el día hoy. 

De alguna manera tenemos que seguir a Jesús.  Como él se identificó con nosotros por su muerte, tenemos que identificarnos con él por el cuidado de los demás.  El problema no es que no haya organizaciones e individuos pidiendo ayuda.  Estos sobran.  La dificultad se encuentra en nuestro corazón.  La mayoría de nosotros  están contentos de sentarse delante del televisor toda la noche.  La mayoría de nosotros preferían ser conocidos como importantes que serviciales.  A la mayoría de nosotros les gustan las “me gustas” de “amigos” en Facebook que las “gracias” de personas que hemos ayudado.

Sería bueno mantener en cuenta la primera lectura.  Cuando la viuda da al profeta el pancillo que pidió, recibe la promesa de no faltar los alimentos hasta que el Señor mandé la lluvia.  La promesa a nosotros por seguir a Jesús es aún más impresionante.  Nos promete la vida eterna.  Dios nunca abandonará a aquel que lo sirva.  Más bien lo recompensará con la vida eterna.

El domingo, 4 de noviembre de 2018


EL TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO

(Deuteronomio 6:2-6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34)


Se dice que cuando lleguemos a la vida eterna, no tendremos la elección de amar a Dios.  Su belleza y bondad nos abrumarán tanto que no podremos resistirlo.  Sin embargo, hasta entonces tenemos que esforzarnos dar a Dios la atención que merece.  Por eso, Jesús contesta al escriba que el primer mandamiento es amar a Dios.

El escriba viene a Jesús como persona sincera.  No quiere enredar a él Jesús en contradicciones como otros escribas en Jerusalén.  Sólo quiere pedir su modo de ver en una cuestión prioritaria.  Es así con nosotros también.  Antes de nada queremos saber nuestras responsabilidades para ponernos firmemente en el camino a la vida eterna.   

Jesús no demora en responder al escriba.  Como si hubiera contemplado esta pregunta, responde no sólo con el primer mandamiento sino también con un segundo.  Sobre todo – dice – tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.  Entonces somos para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

A lo mejor el escriba se pregunta por qué Jesús habla de amar a Dios con “toda la mente”.  Pues el mandamiento de amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, y con todo las fuerzas” comprende la frase que los judíos deberían repetir dos veces por día.  Se lo ve en la primera lectura.  Entonces, ¿qué es este de amar a Dios “con la mente”?  Puede ser que Jesús se preocupe que la gente desviará del camino recto por ideas extrañas.  Tenemos muchos testimonios en las cartas del Nuevo Testamento de este problema. 

En el tiempo del escribir de los evangelios la cuestión principal era quién es Jesús.  ¿Es hombre o es Dios?  ¿Es profeta o es sacerdote?  El autor de la Carta a los Hebreos asegura a sus lectores que Jesús es tanto divino como humano.  Dice también que Jesús es sacerdote ofreciendo el sacrificio perfecto a Dios tanto como profeta hablando por Él.  Hoy en día tenemos otras inquietudes.  Uno es si Dios nos aceptará en la vida eterna con pecados grandes no confesados.  Algunos piensan que a Dios no le importan nuestras acciones porque ama a todos.  Sí es cierto; Dios nos ama.  Pero precisamente por esta razón nos trata como personas responsables.  Si le damos la espalda con pecado mortal, Él no va a forzarnos verlo.  Nos llamará atrás, pero a lo mejor nos dejará solos si seguimos abandonándolo en nuestra terquedad. 

El segundo mandamiento es más directo.  Hay que decir primero que Jesús no nos manda a amar a nosotros mismos.  Como dice un sabio, este es un fuego que no necesita el soplo.  El mandamiento reconoce que nos amamos a nosotros mismo por la naturaleza.  Esto no es malo sino instructivo.  El mandamiento exige que amemos a los demás con el mismo empeño.  Como buscamos a nuestro propio bien, deberíamos esforzarnos por el bienestar de otras personas.  Esta regla aplica no sólo a comida, ejercicio, y descanso sino también al estudio y la moral.  Queremos ayudar a nuestros prójimos desarrollarse en cuanto sea posible. 

Aun con las muchas conveniencias en nuestro medio, no es fácil vivir hoy en día.  Los vientos desequilibradores nos soplan en todas las direcciones.  Los celulares no sólo facilitan la comunicación sino también presentan imágenes que tientan la castidad.  Los televisores no sólo traen las noticias sino también siembran el descontento.  En este evangelio Jesús nos recomienda dos ayudas para mantenernos en el camino a la vida eterna.  Amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo como a sí mismo nos guiarán a nuestro destino venga lo que venga.  Amar a Dios y al prójimo es todo lo que tenemos que hacer.

El domingo, 28 de octubre de 2018


EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)


Hay una historia anciana acerca de un genio y un pescador.  En la tierra de mitos los genios son espíritus inteligentes.  Pasó que el genio se atrapaba en una botella tirada en el mar.  El pescador encontró la botella, y la abrió.  Salió el genio muy agradecido a su libertador.  Le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?”  Ésta es la misma pregunta que Jesús dirige al ciego en el evangelio hoy.  También es la pregunta que le dirigió a Santiago y Juan en el evangelio hace ocho días.  Comparando las respuestas de los dos grupitos, podemos aprender algo valioso para la vida de hoy en día.

Dios Padre nos ha enviado a Su Hijo como señal de Su amor.  Por eso Jesús nos pregunta a nosotros tanto como a los hijos de Zebedeo y al ciego: “’¿Qué quieres que haga por ti?’”  No querremos desgastar la oportunidad pidiendo un favor frívolo: que sea un día bonito mañana por ejemplo.  Ni querremos pedir algo vano como que me toque la lotería.  Este es el tipo de deseo que expresan Santiago y Juan cuando respondieron a Jesús que se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda en su Reino.

Sería mucho más provechoso si respondemos a la pregunta de Jesús como el ciego Bartimeo.  El dice: “’Maestro, que pueda ver’”.  No deberíamos pensar que ya tenemos la vista.  Sí a lo mejor podemos distinguir el color rojo del color azul y un círculo de un cuadrado.  Sin embargo, no las propiedades físicas de las cosas que no vemos claramente sino su verdadero valor.  La capacidad de determinar lo que es realmente beneficioso para nosotros y lo que nos hará daño es lo que significa: “’...que pueda ver’”.  Para probar que esto es lo que quiere Bartimeo sólo tenemos que mirar lo que hace cuando recupera la vista.  No invita a sus compañeros a celebrar su dicha.  Ni regresa a casa para enseñarse a su familia.  No, el evangelio lo pone de relieve: “…comenzó a seguirlo (eso es, a Jesús) por el camino”.  En otras palabras al recibir la vista de Jesús, Bartimeo se hace en discípulo del Señor.

Y ¿qué querríamos buscar con una verdadera vista?  Una cosa que querría buscar yo es lo bueno de otras gentes y no primeramente sus faltas.  Muchas veces juzgo mal por fijarme en lo negativo de personas y de grupos.  Si podría fijarme en sus buenas características, me haría menos cínico y más contento.  Otra cosa que querría buscar en este año de elecciones es los políticos con una preocupación por los vulnerables.  Tengo en cuenta aquí a los candidatos que defenderán a los no nacidos, a los pobres, y a los inmigrantes.  Finalmente, querría buscar más colaboración entre los laicos y los sacerdotes. Querría ver a los sacerdotes compartiendo tanto el ministerio como el conocimiento del Señor. 

Si yo fuera a buscar células sanas entre células cancerosas bajo un microscopio, no podría verlas.  Pero un biólogo competente no tendría ninguna dificultad hacerlo.  Pues, tiene la vista para distinguir los diferentes tipos de células.  Nosotros queremos una vista semejante.  No nos importe la capacidad de distinguir entre las células, pero sí queremos distinguir lo bueno de lo malo.  Lo podemos hacer por seguir a Jesús.  Como Bartimeo en este evangelio, queremos seguir a Jesús.  

El domingo, 21 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45)


El Beatle George Harrison cantaba una canción que ha resonado con mucha gente.  Decía: “Realmente quiero conocerte, Señor”.  Ha sido el deseo de cristianos a través de dos milenios.  ¿Cómo era realmente Jesús?  ¿Era hombre siempre serio o pudo ser juguetón también?  La Carta a los Hebreos describe a Jesús como persona como nosotros, menos el pecado, “capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos”.  Entonces era compasivo.  El evangelio de hoy nos lo presenta como también sabio y sobrio.  Podemos añadir aun un poco ligero.

Los hermanos Zebedeo acuden a Jesús con una pregunta manipuladora.  Dicen: “’Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte’”.  Parecen como el joven que viene a su papá con el deseo de tomar el coche familiar.  En lugar de pedírselo directamente, se anda con rodeos.  Pregunta: “Papá, ¿vas a ocupar el coche esta noche?”  Si el hombre no tiene intención para utilizar el vehículo, entonces tendría que someterse a la petición que seguirá.  Pero si el padre va a salir con el coche, el joven ahorrará su petición para otra ocasión.  Pero Jesús, siempre perspicaz, evita ser atrapado.  No se pone enojo con Santiago y Juan.  Simplemente les responde con su propia pregunta: “’¿Qué es lo que desean?’”

Si Jesús se presenta a sí mismo como humano en el mejor sentido de la palabra, los hermanos se presentan a sí mismos como humanos en un sentido malo.  Después de escuchar a Jesús hablar del Reino de Dios, quieren que les nombre para los primeros puestos junto con él.  No le oyeron decir que tendría que sufrir horriblemente para realizar el Reino.  Jesús les recuerda de la eventualidad con la pregunta: “’¿Podrán pasar la prueba que voy a pasar…?’”  Los hijos de Zebedeo dicen que sí pero se puede dudar que hayan perdido su ilusión que el Reino será obtenido de poco costo.

Así nosotros tenemos dificultad aceptar nuestra cruz.  Pensamos que simplemente por ser discípulos de Su Hijo, Dios nos protegerá de las tribulaciones de la vida.  Entonces cuando nos encontremos sin trabajo o cuando las deudas no parezcan terminar a amontar, nos hacemos listos a dejar la fe en Jesucristo como fantasía.  En lugar de sufrir con paciencia contando con Jesús para apoyarnos, queremos abandonarlo como si fuera un fulano.  De una manera somos como los otros diez discípulos.  Como ellos se indignan cuando se dan cuenta de la petición atrevida de los hermanos Zebedeo, nosotros lo consideramos injusto cuando sufrimos muchas adversidades. 

A pesar de sus inquietudes, Jesús insiste que sus discípulos sigan adelante en el servicio.  Vengan como vengan las insolencias, tienen que sacrificarse como el Siervo Doliente en la primera lectura.  El Siervo sufre por el bien de los demás, y Dios lo premiará con una vida larga.  Jesús lo imita y experimenta más que la vida extendida.  Cuando da la vida por sus seguidores, Dios Padre lo resucita a la vida eterna.  A lo mejor nosotros no experimentaremos el martirio como Jesús.  Nuestro reto es seguirlo alegremente en el servicio para que participemos en su destino.

Tal vez nos parezca curioso que los evangelistas no cuentan nada de la apariencia de Jesús.  Querríamos saber el color de sus ojos, su altura, las lenguas que hablaba y otros detalles.  Pero este tipo de cosas nos les importan a Mateo y Marcos, a Lucas y Juan.  Lo describen por sus virtudes: sabio, valiente, sobre todo compasivo.  Realmente no tenemos que querer conocerlo.  Pues, lo conocemos.  Lo conocemos por estas historias evangélicas y por los reflejos de él en los santos.  Ya tenemos que seguirlo en el servicio. 

El domingo, 14 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)


En un cine un mafioso ofrece a un padre de familia $150 por semana. El gánster quiere mostrar su agradecimiento a la familia de un niño que le ayudó.  El niño no contó al policía que vio al hombre disparar a otra persona.   Sin embargo, el padre rechaza la oferta porque sabe cómo se obtuvo el dinero.  No quiere meterse en la red mortífera del vicio.  El padre se prueba sabio como hace Jesús en el evangelio hoy.

De la primera lectura sabemos el valor de la sabiduría.  Vale más que tierras y aún reinos porque ella conlleva todos tipos de riquezas.  No solamente cosas materiales vienen a los sabios sino también recursos espirituales.  Si vivimos con la sabiduría, nosotros también tendremos la paz en la mente, el bien en el corazón, y el destino de la vida eterna.

Para apreciar el significado de la segunda lectura hay que recordar una cosa importante. Al final de cuentas la Palabra de Dios no se escribe en una página sino se encuentra en un hombre.  Pues la Palabra de Dios en primer lugar es Jesucristo, el Hijo de Dios.  Sus palabras penetran al alma juzgándonos, perdonándonos, y moviéndonos a hacer lo perfecto.  Esto es exactamente lo que pasa al rico en el evangelio.

El rico se acerca a Jesús con prisa. Tal vez sea un hombre de negocios con muchos quehaceres y poco tiempo.  Le saluda a Jesús con la frase, “Maestro bueno”, pero no se da cuenta del significado de sus palabras.  Jesús se muestra como sabio cuando responde que sólo Dios es bueno.  Pero el rico no tiene concepto adecuado de Dios como veremos en un minuto.  Sigue con la pregunta a Jesús que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna.  Como buen hombre de negocios, quiere determinar su objetivo y hacer un plan para obtenerlo.

Jesús le responde con los Diez Mandamientos, el camino seguro de complacer a Dios.  Sin embargo, en el principio le cita sólo los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  A veces se dice que estos siete mandamientos comprenden “la segunda tabla de la Ley”.  Cuando el hombre dice que ha cumplido todos estos mandamientos, Jesús muestra su sabiduría una vez más.  Le presenta la “primera tabla” que toca el amor para Dios en modo indirecto.  En lugar de preguntar si ama a Dios sobre todo, le reta a probar este amor.  Le manda a dejar sus riquezas para predicar junto con él el Reino de Dios.  Para el hombre amar a Dios de modo que se sacrifiquen todas sus pertenencias constituye precio demasiado caro.  Deja a Jesús tal vez desilusionado pero no completamente sorprendido.

Los discípulos de Jesús tienen dificultad entender cómo los ricos no se salven.  Pues para ellos los ricos son la gente con recursos para ofrecer sacrificios y dar limosnas.  Casi se puede escuchar a los discípulos murmurando: “¿No son estos las obras de la salvación?”  Sin embargo, ayudar a los demás y hacer sacrificios pueden ser sólo tácticas para apaciguar a Dios y no necesariamente signos del amor verdadero a Dios.  Si vamos a ser dignos del Reino de Dios, tenemos que esperar en el Señor como lo hacen los pobres fieles.

Al final del pasaje los discípulos hacen el interrogante: “¿…quién puede salvarse?”  Podemos responderles: “Todos de nosotros”.  Pero antes de que experimentemos la vida eterna tenemos que hacernos tan dependientes en Dios como es un bebé en sus padres.  ¿Por qué?  Porque la vida eterna consiste en dejar atrás las ilusiones de los grandes en este mundo para conocer el amor sobreabundante de Dios.  La vida eterna consiste en conocer el amor de Dios.

El domingo, 7 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 2:18-24; Hebreos 2:8-11; Marcos 10:2-12)

Los medios de comunicación han estado reportando mucho sobre las relaciones sexuales.  Por la mayor parte han expuesto a la luz las violaciones y acosos.  Sí la violación es un crimen que vale la condenación rotunda.  Los violadores deberían ser aprisionados.  El acoso también tiene que ser desarraigado.  Pero la cuestión va más allá que el acuerdo entre la mujer y el hombre para tener relaciones íntimas.  Tiene que ver con el propósito del sexo.  Las tres lecturas de la misa hoy tocan este tema que con toda razón nos interesa mucho.

La primera lectura nos informa dela creación de la mujer en forma descriptiva.  Dice que la mujer es creada para ser la compañera del hombre.  Indica que ella es diferente del hombre pero es de la misma dignidad porque es formada de su costilla.  El cuerpo de ella es estructurado para recibir al hombre.  Ello toma la semilla del hombre para concebir y nutrir a otra persona humana.  Para proteger a ella misma y sus criaturas ella tiene que decir “no” a las insinuaciones de hombres no lícitas.  Si el hombre no tiene el propósito de mantenerse con la mujer para cuidar ambas a ella y a sus hijos, él no tiene un lugar junto con ella.

La segunda lectura no trata directamente al tema del sexo.  Sin embargo, nos afirma que Dios envió a Jesucristo como ser humano para santificar a todos los hombres y mujeres.  Ha estado aquí con nosotros por dos propósitos.  En primer lugar quería enseñarnos la voluntad de Dios y su plan para nuestra felicidad eterna.  Segundo, se presentó para ofrecerse como el sacrificio perfecto que quita nuestros pecados.

En el evangelio Jesús corrige la posición distorsionada de la Ley que permite el divorcio.  No está criticando la ley sino diciendo que el permiso del divorcio era una concesión de parte de Dios para facilitar la vida de los hombres.  Sin embargo, ya ha llegado el Reino de Dios de modo que Su voluntad en el principio tenga que ser respetado.  Dice Jesús que no más se puede tolerar el divorcio.  Los dos – el hombre y la mujer – forman “una sola cosa” no por instante sino hasta la muerte.

Desde siempre ha habido transgresiones de la voluntad de Dios.  Hombres han estado capaces de forzar a sí mismos en las mujeres.  A veces las mujeres habían consentido en estas insinuaciones con la esperanza que los hombres formaran relaciones permanentes.  Pero desde la introducción de las píldoras anticonceptivas relaciones íntimas entre los no casados han multiplicado considerablemente.  El resultado no ha sido beneficioso para la sociedad.  Con el uso extendido de la píldora ha habido millones y millones de niños abortados.  El divorcio con toda la miseria de traición y separación ha aumentado.  También ha aumentado el porcentaje de enfermedades transmitidas sexualmente.  Lo que ha disminuido es la tasa de nacimientos bajo el punto de reemplazamiento.  Por esta razón las grandes culturas de varias naciones occidentales están siendo amenazadas con la disminución.

¿A quién le importan todos estos índices morbosos?  Muchos parecen contentos mientras pueden tener el placer del sexo siempre en su alcance.  Pero a la Iglesia le importan.  Le importan porque la Iglesia quiere ayudar a los hombres y mujeres desarrollarse como personas por relaciones permanentes, amorosas e integrales.  Le importan porque quiere apoyar a los padres criar a los niños en hogares del amor verdadero.  Le importan porque quiere guiar a toda la humanidad en el camino de la felicidad eterna con Dios. 

Porque le importan la Iglesia instruye que las relaciones íntimas son buenas sólo en el contexto de una unión permanente y abierta a la procreación en cada acto conyugal.  Porque le importan la Iglesia insiste en la prohibición del divorcio en conforme con Jesús en el evangelio hoy.  Porque le importan sigue enseñando estas cosas a pesar de las críticas tiradas a los sacerdotes que han actuado deplorablemente.  Porque le importan la Iglesia reza que todos los hombres – tanto los no fieles como los fieles – la escuchen.