El domingo, 22 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA NOVENA DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

El ratón es un animal listo.  La gran proporción de su cabeza en relación con su cuerpo le dota una mayor capacidad cerebral.  No como la rata, es difícil atrapar el ratón.  Puede mantener a hombres pensando por días cómo lograrlo.  El evangelio hoy cuenta de un grupo de hombres poniendo una trampa.  Sin embargo, en este caso no buscan una molestia casera.  No, quieren tropezar a Jesús.

Jesús ha llamado la atención del pueblo primero en Galilea y ya en Jerusalén.  Habla con la autoridad, y sus sanaciones muestran que su autoridad viene de Dios.  Para mantener su influencia propia sobre la gente, los fariseos planean cómo descreditarlo.  Le propondrán una pregunta que no se puede contestar sin crear enemigos: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”  Si Jesús responde que “sí”, van a decepcionar a la mayoría de los judíos que odian el impuesto.  Pero si dice que “no”, tendrán que enfrentar a los romanos por minar su poderío.  En las elecciones políticas siempre escuchamos una pregunta tan controversial como la de los fariseos. 

En todas partes se les pregunta a los candidatos su posición sobre el derecho de la mujer al aborto.  Si el candidato dice que no existe, algunos van a clasificarlo como contra mujeres.  Sin embargo, cada vez más los científicos muestran que tan pronto como la esperma masculina se una con el huevo femenino se produce un ser humano.  No es un bulto de materia sino una persona única en principio.  Por eso, se puede decir quitar su vida en el proceso del desarrollo equivale al homicidio.  No parece justo decir que se necesita “el derecho al aborto” para salvar la vida de una mujer embarazada o para ahorrar el dolor de una mujer violada.  Raras veces se encuentran estas realidades lamentables.  Por la gran mayor parte se hace el aborto porque la vida del niño es una inconveniencia.  No le importa tanto a la mujer como otras preocupaciones como su carrera la vergüenza.

Anteriormente en el evangelio Jesús enseñó a sus discípulos que tenían que ser “precavidos como la serpiente pero sencillos como una paloma”.  Ya muestra cómo poner en práctica esas palabras.  Pide una moneda que se usa para pagar el tributo.  Entonces Jesús les pregunta cuya imagen está marcada en ella.  Es un contra-trampa de la cual los fariseos no se dan cuenta.  “De César” responden pronto.  Como cualquier americano puede decir cuyo retrato se imprime en el dólar, los fariseos identifican a su líder – no Dios sino el emperador.

Entonces Jesús concluye su argumento.  “Den, pues, al César lo que es del César—dice --  y a Dios lo que es de Dios”.  Pero ¿qué es de César? Y ¿qué es de Dios?  Jesús no elabora estos temas que los sabios han debatido desde entonces.  Ciertamente se difieren la lealtad debida a Dios y la debida al estado.  No debemos la vida al estado aunque a veces se puede llamar a la persona a arriesgar su vida por el bien común.  Debemos nuestras vidas a Dios.  Por esta razón es pecado quitar su propia vida tanto como tomar la vida de otra persona.  También debemos a Dios el seguimiento de la consciencia en la cual se distingue lo bueno de lo malo.  Para ser ciudadanos fieles tenemos que pagar impuestos, ayudar a los vecinos en necesidad, y votar según la consciencia.  Esto no quiere decir que votemos por un candidato político solamente porque está en contra al aborto.  Pero sí significa que ponemos su posición en el aborto alto en la lista de criterios. 


46 y 23,000 – ¿Qué significan estos números? ¿El número telefónico para el Vaticano?  ¿La cantidad de las serpientes y las palomas en el parque central? No, representan el número de los cromosomas de cada persona humana y el número aproximado de los genes llevados por los cromosomas.  Existen del momento  que la esperma masculina se une con el huevo femenino.  Hacen la vida de todo humano como una preocupación más alta que cualquiera otra.  Hacen la vida humana como una preocupación altísima. 

El domingo, 15 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo?  Acabamos de tener un cambio de estaciones.  ¿A dónde fue el verano?  Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua.  ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado?  Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo.  Pero si me preguntan, no lo sé.”  Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo.  Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto.  Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se retroceda.  No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas.  Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca.  Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz.  Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia. 

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado.  Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar.  Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como al futuro.  Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo.  Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados.  Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor. 

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma.  Describen el banquete de Dios al final de los tiempos.  En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios.   Se ve la confluencia de los tiempos por los antiguos presentes dialogando con los modernos.  Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Alberto Einstein y Tomás de Aquino.  No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar.  Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.   

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia.  Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta.  Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo.  Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se dan a las turistas rebozos para cubrir sus hombros.  El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios.  No llevarlo es como haber desgastado la vida.  Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras. 


Al final de una película  todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión.  Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo un minuto como los principales. “¿A dónde va el tiempo?”  Según esta película se va llevando a todos a alabar al Señor.  El tiempo lleva a todos a la alabanza al Señor. 

El domingo, 8 de octubre de 2017

El VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

La lectura del profeta Isaías me recuerda de los muchachos en la escuela.  Como el viñador remueve tierra, quita piedras, etcétera para producir una viña, así los estudiantes tienen que esforzarse.  Al menos si van a tener una carrera como la medicina o la ingeniería, tienen que leer libros, cumplir tareas, y desvelarse estudiando. 

De una manera semejante queremos ser muy deliberados para realizar el reino de Dios dentro de nosotros.  Es cuestión de remover las tierras de egoísmo y quitar las piedras de codicia que dominan nuestros corazones.  Esto no es a decir que el yo deba ser reprimido, sino al contrario.  Es reconocer la paradoja que nos presenta Jesús: para encontrar la vida hay que perderla.  Es darnos cuenta de que no somos singulares sino herederos de la vida eterna junto con todos creyentes.  Es quedarnos conscientes de la necesidad de colaborar con los demás por el bien de todos.

Sí son importantes la diligencia y la cooperación.  Pero es aún más preciso lo que Pablo recomienda en la segunda lectura.  Tenemos que fomentar un espíritu de oración para ser justos.  Por poner a Dios primero, no vamos a tener un sentido exagerado de nuestro valor.  Ni vamos a estar cohibidos por las jactancias de los demás.  Se dice que Santo Tomás de Aquino siempre rezaba hasta que llorara antes de estudiar o de enseñar.  Será una práctica provechosa para nosotros también.  Pero que sea sincera nuestra oración, no un hábito irreflexivo o, peor aún, una táctica para impresionar a los otros.

En la vida vamos a ver muchos escollos alrededor de nosotros.  Una psicoterapita acaba de nombrar a uno.  Dice que el Internet ha facilitado el engaño en los matrimonios.  Escribe que los hombres y mujeres ya pueden comunicarse fácilmente con los novios anteriores.  Es sólo una de las muchas fuerzas tratando de sofocar la voz de Dios en la conciencia.  Como los viñadores en la parábola abusan a los enviados del propietario, hay políticos y líderes de los medios que intentan a superar el sentido de lo justo y bondadoso.  Gritan y echan palabrotas que inclinan a la gente más a los prejuicios del pasado que relaciones amistosas en el futuro. 

Nosotros en cambio queremos construir nuestras vidas sólidamente sobre la piedra angular de Jesús.  Sus palabras se han hecho los muros que nos defienden contra los engaños de los malvados.  Sus sacramentos nos han regado para resistir el calor del odio y la sequía de la indiferencia.  Basado en Jesús, nosotros podemos ver cada vez más claramente que personas de otras lenguas y naciones son nuestras hermanas y hermanos.


En el Evangelio según San Juan después de la resurrección, María Magdalena confunde a Jesús con un jardinero.  Sin embargo, paradojamente en un sentido Jesús es jardinero.  Nos cultiva las tierras de nuestras vidas.  Al menos nos ayuda sacar las piedras de codicia para que produzcamos los frutos del Reino de Dios.  

El domingo, 1 de octubre de 2017

VIGESIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Cuando fue elegido, el papa Francisco hizo algo insólito.  No ocupó los apartamentos papales en el Palacio Apostólico como se esperaba.  Más bien, hizo su residencia en la Casa San Marta, que sirve como un albergue para visitantes al Vaticano.  Fue más que un gesto de la humildad que caracteriza este papa.  Fue un testimonio vivo y continuo de su opción para acompañar a la gente.  Él mismo dijo: “No puedo vivir solo.  Debo vivir mi vida con los demás”.  Se puede detectar esta misma postura en la Carta a los Filipenses de que viene la segunda lectura hoy.

Aunque es corta, la Carta a los Filipenses refleja a San Pablo con todas de sus virtudes.  Se presenta como un padre solícito en la lectura presente.  Dice: “…si ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor…” En otra parte de la carta Pablo se prueba como teólogo trinitario.  Escribe: “…los verdaderos circuncidados somos nosotros, los que adoramos a Dios movidos por su Espíritu, y nos alegramos de ser de Cristo Jesús…”  Sobre todo la Carta a los Filipenses pone en manifiesto el gran amor de Pablo para Cristo.  Cuenta: “Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos y llegar a ser como él en su muerte…”.

Es evidente que se motiva la carta algunas dificultades y tribulaciones en la comunidad.  En primer lugar hubo la rivalidad entre los cristianos mismos.  Pablo menciona cómo dos mujeres, Evodia y Síntique, que le ayudaron en la evangelización, ya no se llevan bien.  También indica que los paganos persiguen a la comunidad como lo maltrataron a él y Silas cuando llegaron allá por primera vez.  Finalmente Pablo critica a aquellos que profesan la fe en Cristo pero, no obstante, insisten en la circuncisión judía.

Podemos ver semejantes tensiones en nuestras comunidades cristianas hoy en día.  Todavía hay algunos que sienten que sus aportes valgan más que aquellos de los demás.  En una parroquia las Guadalupanas y las Carmelitas estaban criticando a uno y otro hasta que el párroco les mandara a quitar la rivalidad.  Pidió que las guadalupanas sirvieran el desayuno a las carmelitas el dieciséis de julio y las carmelitas prepararan el desayuno para las guadalupanas el doce de diciembre. 

La crítica de la fe ciertamente sigue en fuerza.  Recientemente una profesora de la ley propuesta como juez federal fue criticada por aceptar los dogmas de la fe católica.  Es como si fuera un signo de irracionalidad mantener que la vida humana comienza con la concepción y debe ser protegida desde entonces.  Finalmente hay católicos que insisten, como los judíos cristianos hicieron en el primer siglo, que sus prácticas particulares garanticen la salvación. Sea por asistir en la misa por nueve primeros viernes seguidos o sea por recibir las cenizas en el primer día de la Cuaresma, dicen que tienen la fórmula para la vida eterna.

Pablo nos da el remedio para todos estos problemas cuando advierte en la lectura hoy: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo.”  Él sabe que la única cosa que importa es Cristo, el conocimiento de Dios encarnado.  Porque Cristo era humilde y solícito de los demás, nosotros tenemos que ser así.  Nuestro premio para vivir así es el mismo Cristo.  Como dice Pablo en otra parte de la carta: “…para mí la vida es Cristo y la muerte es ganancia.”


¿No querríamos ser miembros de esa primera comunidad de cristianos en Filipos? Habríamos escuchado a Pablo predicar de su amor para Cristo.  Sí, pero habría sido difícil porque habríamos tenido que dejar nuestra religión tradicional y tal vez nuestras familias.  De todos modos nos quedamos con el gran reto de los filipenses: dejar las rivalidades entre nosotros para proclamar el amor de Dios con la claridad.  Nos queda el reto: proclamar el amor de Dios.

El domingo, 24 de septiembre de 2017

EL VIGESIMO QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

Cuando pensamos en las vistas más magníficas en el mundo, ¿qué cosas surgen en nuestras mentes?  ¿La piscina de las olimpiadas o la playa en Cancún?  ¿La Torre de Eiffel o el Monte Everest?  ¿La Basílica de San Pedro o el Gran Cañón?  Creo que al menos para la mayoría las maravillas naturales sobrepasan las grandes construcciones humanas.  Diríamos, por ejemplo, que nunca hemos visto el agua tan clara, la arena tan blanca, y el cielo tan azul como en Cancún.  O jamás hemos mirado una cosa tan majestoso como cuando estábamos al pie de una gran montaña.  El evangelio hoy nos indica algo semejante.  Nos ilustra el esplendor de la justicia cuando Dios la proporciona.

Deberíamos ver la historia de tres puntos de vistas distintos.  Primero, considerémonos cómo ven la situación los trabajadores que llegaron a la viña al amanecer.  Ya es tarde.  Han trabajado todo el día.  Les duelen los brazos.  Sus frentes llevan la tierra que pegó a su sudor.  Cuando miraron a aquellos que trabajaron sólo una hora recogiendo un denario, naturalmente esperaron recibir más.  Ya sienten defraudados porque les han pagado el mismo jornal.  Piensan que no es cuestión de codicia sino de la justicia.  ¿No es un principio de la justicia: “el pago igual para el trabajo igual”?  

En contraste los trabajadores que llegaron más tarde quedan encantados.  Ya pueden volver a casa con bastante dinero para comprar pescado por su familia.  Pero es posible que estén pensando en otra cosa.  Tal vez están preguntando a uno y otro: “¿Por qué no celebramos nuestra dicha con unas copas?” 

Finalmente hay el dueño.  Se puede llamarlo bueno porque muestra la compasión a los pobres.  De verdad este hombre representa a Dios.  Su justicia siempre es moderada por el amor que es la caridad.  Contrató con los primeros trabajadores por el salario corriente.  Si les paga más ahora, mañana esperarán la misma cantidad.  A los más recientes les paga lo mismo para que sus familias no experimenten la miseria.  Como es Dios, conoce los corazones de los trabajadores.  Puede decir quién va a aprovecharse bien del dinero y quién va a malgastarlo.  Evidentemente piensa que los hombres que trabajaron poco no van a derrochar su pago con vino. 

Nosotros hombres y mujeres no podemos leer corazones como Dios.  Tenemos que depender de principios como “el pago igual para el trabajo igual” para determinar la tasa de recompensa.  Pero podemos aproximar la justicia de Dios por incluir en las normas laborales una dimensión del amor caritativo.  ¿Qué quiere decir esto? El seguro de salud para el trabajador y la familia parece preciso hoy en día.  Se debe incluir iniciativas para mejorarse particularmente en los empleos del valor mínimo.  También le proporciona una cierta dignidad al trabajador cuando se reconoce su aporte y se consideran sus recomendaciones.


El trabajo es más que un modo de sacar dinero para comprar pescado.  Es más que el dolor en los brazos y el sudor en la frente.  En un sentido verdadero el trabajo es cooperar con Dios para recrear el mundo en la justicia.  Porque es de Dios, no deberíamos olvidar el amor cuando consideramos las normas laborales.  Por Dios no deberíamos olvidar el amor en las normas laborales.

El domingo, 17 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hice mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada nuevo para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a estos asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  No necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de una confianza profunda.  Pero hay otro tipo de amigos en quienes confiamos toda el alma.  Son personas de gran virtud.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazón con nosotros.

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  Asimismo nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  Nos capacita a amar, no según la carne sino de la verdad.  También escucha nuestros suspiros y responde con sus dones haciendo el camino adelante transitable.  Finalmente el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos ha engeñado o a la persona que ha hecho daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos cuando éramos jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Por favor, esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.


Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.

El domingo, 10 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

A veces tengo dificultad cuando estoy estudiando.  Si hay ruido en la casa, no puedo concentrarme.  Pasa que el televisor prendido en el cuarto de recreo me distrae en mi recámara.  Aun con esfuerzo, no logro un estudio satisfactorio.  Entonces, me siento frustrado.  No quiero molestar a los telespectadores.  Pero tampoco quiero desgastar mi tiempo.  Cuando decido a decir a aquellos mirando la tele, casi nunca lamento la decisión.  Les digo: “Lo siento; no puedo estudiar.  El sonido del televisor está alto.  ¿Me pueden bajarlo?”  Esto es un ejemplo sencillo de la corrección fraternal de que Jesús habla en el evangelio hoy.

Este año leemos en la mayoría de los domingos del Evangelio según San Mateo.  Se le llama  “el evangelio de la iglesia”.  Pues más que Marcos, Lucas, y Juan; Mateo trata del orden en la comunidad de fe.  Por ejemplo, hace quince días escuchamos cómo Jesús nombra a Simón como la cabeza de la comunidad.  En el pasaje ahora él da las instrucciones sobre el tema delicado de la corrección fraternal.  ¿Cómo se puede lograrla con la máxima eficaz y el mínimo daño?  Para evitar vergüenza al malhechor Jesús instruye a sus discípulos: “’Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas’”.  A veces, como en el caso del sonido recio, la persona responde amablemente.  Dice que ni sabía que estaba creando dificultad.  Sin embargo, a veces resiste a reconocer su error.  Tal vez diga que el problema no es de él sino de nosotros.  Entonces, tendremos que ocupar otra táctica para convencerlo de su culpabilidad.

Puede ser que el párroco es alcohólico pero no quiere reconocer el defecto.  Más bien, si un amigo le dice que toma demasiado, él se pone bravo negando que no pueda manejar el consumo.  Entretanto, sigue insultando a otras personas como es la manera de muchos alcohólicos.  Para enfrentar a una tal persona con la verdad, sus amigos y colaboradores tienen que organizarse.  Tienen que acercarse al alcohólico dando testimonio uno por uno cómo él ha violado el comportamiento esperado de un líder espiritual.  Entonces, tienen que insistir que vaya a buscar la ayuda necesaria.  Esto es lo que Jesús tiene en cuenta cuando recomienda que los discípulos vayan al pecador con dos o tres testigos.

Hay otro remedio en los casos extremos.  Si el culpable sigue en su pecado de modo que cause a los demás a fallar, dice Jesús que se lo excomulgue.  Les asegura a sus discípulos que tienen la autoridad para hacerlo por decir: “’…lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo’”.  Hace cincuenta años el arzobispo de Nueva Orleans excomulgó a un racista con gran efecto.  El señor Leander Pérez montaba una campaña para resistir la integración de las escuelas católicas cuando el jerarca le impuso la pena.  Eventualmente el hombre renunció su oposición a la integración para reconciliarse con la Iglesia.


Sobre todo, la Iglesia es una comunidad de amor, sea al nivel parroquial, diocesano, o global.  Desea el bien para todos incluso los pecadores.  También tiene que dar testimonio a la verdad en todas sus relaciones.  Por eso Jesús nos enseña en el evangelio hoy cómo manejar las situaciones difíciles.  Cuando un malhechor no quiera reconocer su culpa, tenemos que tratarle con ambos el respeto y la firmeza.  Esto es fórmula digna para la vida en general.  Que seamos en todos casos respetuosos y firmes.