El domingo, 26 de febrero de 2017

EL OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)

La mujer creció pobre.  Vino de una familia minera en Nuevo México.  No obstante, tuvo la oportunidad de estudiar en la universidad.  Mientras ensenaba escuela después su graduación, encontró a su esposo, un hombre de negocios.  Su familia prosperó siempre cerca de la Iglesia.  Cuando se jubiló, la mujer se dedicó tiempo a ayudar a una comunidad de mujeres pobres al otro lado de la frontera en México.  Porque no tenía dificultad identificarse con los pobres, sorprendió a sus amigos cuando les dijo: “He estado pobre y he estado rica.  Créanme, es mejor estar rica”.

Pero ¿quién puede echarle la culpa?  Al menos si por decir “ser rico” estamos hablando de tener la suficiencia para dar de comer a su familia y proveerle las otras necesidades de la vida.  Sin embargo, Jesús advierte a sus discípulos en el evangelio: “’No pueden ustedes servir a Dios y al dinero’”.  Lo que Jesús está criticando aquí no es el uso de la plata para vivir sino la orientación de la vida para ganar y gastarla.  Es la vida de aquellos que no piensan en Dios para agradecerlo y mucho menos en los indigentes para apoyarlos.

Ahora en los países desarrollados hay en debate acerca de los refugiados.  Dicen algunos que sólo es humano recibir a aquellos huyendo sus tierras nativas por el temor de sus vidas.  Entretanto otros se oponen el recibimiento de los refugiados porque, según ellos, amenazan la seguridad de sus países.  Se puede aprovechar del evangelio para juzgar este debate.  Sí habla sobre la comida y el vestido en el evangelio pero fácilmente se puede aplicar estas referencias al riesgo de aceptar a los refugiados.  Diría: “’… busquen primero el Reino de Dios y su justicia…’”, y la seguridad se les dará por añadidura.

Pensar en Jesús favoreciendo a los refugiados no niega la responsabilidad de los gobernantes a investigar cuidadosamente sus historias.  No deben ser admitidos a un país si existe un sospecho creíble que pueden hacer daño a la seguridad pública.  En otros casos es difícil determinar quién es un refugiado verdadero.  Consideremos a los muchachos hondureños cuyas madres les mandaron al norte para vivir con sus parientes.  Los narcotraficantes, que tienen control de sus pueblos, emplearían a estos chicos para ayudarles en el comercio de drogas.  Las madres saben que una vez que sus hijos se junten con los traficantes o mueren pronto o se convierten en asesinos.  ¿No podría un país grande como los Estados Unidos dar refugio  a estos muchachos aunque no conformen exactamente a la definición de refugiado?

La segunda lectura habla de nosotros como “administradores de los misterios de Dios”.  Esta frase indica que sabemos algo que el mundo ignora.  El misterio que llevemos en nuestros corazones tiene que ver con la eficacia de amor.  Cuando nos entregamos por el bien de nuestro prójimo, no disminuimos sino nos fortalecen.  Este es la experiencia de Jesucristo crucificado y resucitado de la muerte.  También es nuestra experiencia cada vemos que ayudemos a otra persona.  ¿No es que por lo poco que compartamos con los pobres recibamos más en retorno?

Claro que sí.  La razón es que Dios es el amor.  Dice el profeta Isaías en la primera lectura que Dios tiene aún más amor para nosotros como una madre para su criatura.  Él no va a dejarnos faltando las necesidades.  Su Reino exige que hagamos lo necesario para acomodar a los desafortunados. 


Deberíamos estar pensando en la cuaresma que comienza este miércoles.  ¿Cómo vamos a demostrar nuestra contrición a Dios?  ¿Vamos a dejar de comer chocolate y rezar el rosario diariamente?  Está bien pero el mismo profeta Isaías nos prescribe el ayuno que quiere Dios aún más: “…que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos” (Isaías 58).  Quiere que hagamos lo que podamos para ayudar a los refugiados.

El domingo, 19 de febrero de 2017

EL SÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Levítico 19:1-2.17-18; I Corintios 3:16-23; Mateo 5:38-48)

El médico hablaba de un amigo.  Dijo que el hombre había perdido más de mil libras en  su vida.  Sin embargo, el hombre quedó obeso.  ¿Cómo podría ser?  Por supuesto, el hombre hizo muchas dietas que bajaron su peso. Pero cada vez que llegó a su objetivo, comió tanto que siempre recuperara el peso perdido.  Entonces tuvo que comenzar de nuevo.  Bueno, en el evangelio hoy Jesús nos manda a lograr algo más difícil que perder el peso.  Quiere que nos hagamos “perfectos”, no sólo por un rato sino para siempre. ¿Cómo vamos a cumplir este mandato?

Para responder a la pregunta tenemos que averiguar de qué consiste la perfección.  Jesús acaba de describir seis retos que van más allá de las exigencias de la ley judía.  Su propósito es decir que quienquiera supere estos retos llegará a la perfección.  En el evangelio del domingo pasado escuchamos los primeros cuatro retos.  Ahora tenemos los últimos dos.  En primer lugar no debemos resistir al hombre malo. Como si esto no fuera suficientemente difícil, también tenemos que amar a nuestros enemigos.  Ya nos parece realmente más allá de nuestras capacidades.  Pero antes de que nos demos por vencidos, que miremos más al fondo lo que Jesús está exigiendo.

Nos preocupamos del mandato de no resistir al hombre malo particularmente cuando pensamos en la guerra nacional.  Tememos que Jesús pida que nos rindamos delante de una invasión de un ejército extranjero.  Pero esto no es el caso.  Jesús ocupa ejemplos de afrentas individuales, no de ataques con armas.  Dice que tenemos que dar nuestro abrigo al otro cuando nos pida la chaqueta o caminar dos millas cuando nos solicite acompañarle una milla.  Sería injusto a nuestros paisanos, nuestras familias y nosotros mismos si no nos defendemos de agresores.  Pero ¿estamos listos para ceder nuestro abrigo si nos lo pide? Si juzgamos que realmente se lo necesita, que recemos por el valor para entregárselo.

Independiente de si le regalamos nuestro abrigo, Jesús manda que amemos al enemigo.  No tiene en cuenta sentimientos tiernos aquí sino la voluntad de ayudar al otro.  Ciertamente nos cuesta ofrecer la ayuda a un extranjero que posiblemente nos haga malo. Una vez un viajero blanco de otro estado tenía problemas con su coche nuevo.  Por casualidad se encontró con un mecánico, un negro, en una tienda a las doce de la noche.  Al escuchar su problema el mecánico tenía el coche remolcado a su taller.  El próximo día el mecánico arregló el coche y cargó al viajero sólo para el remolque y los repuestos. Esto es el amor que Jesús espera de nosotros.  

La primera lectura habla de la necesidad que seamos santos como Dios.  Es semejante a la conclusión del evangelio: “’Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto’”.   ¿Entonces es ser santo igual a ser perfecto?  La respuesta depende de lo que significamos por decir, “ser santo”.  Si significamos pasar todo el día en el templo rezando, a lo mejor no.  Pero a su raíz la santidad quiere decir quedar aparte, no contaminado por los vicios de los demás.  Es vivir sin mentir, sin codiciar cosas ajenas, y sin odiar a nadie.  Ya las dos cualidades – ser santo y ser perfecto -- confluyen.  De hecho, no hay diferencia entre los verdaderamente santos y los verdaderamente perfectos. 

Queda la pregunta: ¿Cómo podemos superar los retos para hacernos perfectos o, si se prefiere, santos?  Se ve la clave en la segunda lectura.  Dice que tenemos que dejar los criterios de este mundo – el placer, el poder, y la plata – para atender al Espíritu Santo.  El Espíritu reside en la iglesia, no en las actitudes pomposas que a veces topamos allá, sino en las personas abnegadas que encontramos con frecuencia.  Al colaborar con estas personas nos disponemos al Espíritu.  También el Espíritu nos toca a través de la palabra de Dios que la Iglesia nos proporciona.


En las universidades norteamericanas el índice de la perfección es “cuatro punto cero”.   Significa que el estudiante ha sacado las notas más altas en todas sus materias.  Es semejante a lo que nos exige Jesús en el evangelio.  Quiere que seamos perfectos por sacar las notas más altas en todos aspectos de la vida: decir la verdad, no codiciar a cosas ajenas, y amar a todos.  Ciertamente nos forma un gran reto, pero el Espíritu Santo nos ayuda superarlo.

El domingo, 12 de febrero de 2017

EL SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 15:16-21; I Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37)

Esta semana nos fijamos en el corazón.  Pues el martes celebramos el Día de San Valentino.  El evangelio hoy también nos da razón para contemplar lo que se ha considerado como la sede de las emociones.  Presenta a Jesús dándonos las pautas para configurar nuestros corazones con lo suyo.

Muchos piensan en Jesús casi como un hippie.  Lo imaginan con pelo largo, llevando sandalias, y predicando la paz y la libertad.  Pero esto no es el retrato de Jesús que tenemos en el pasaje de hoy.  Lo vemos más claramente como un rey proclamando su voluntad para el pueblo.  No rechaza leyes.  Más bien las levanta como necesarias para evitar desvíos peligrosos del camino.  Pero más importante Jesús hace hincapié en la reforma del corazón humano.  Insistirá que hagamos varios cambios en nuestro modo de juzgar para vivir con la justicia.

La primera reforma del corazón que Jesús manda es que nos reconciliemos con nuestros adversarios.  Dice que no es suficiente que no matemos a nuestros enemigos; tenemos que buscarlos con la paz en cuenta. Para llevar a cabo este mandamiento, necesitaremos reemplazar el orgullo con la humildad.  Los malasios tienen una costumbre que puede ser formativa en la búsqueda de la reconciliación.  Al día festivo después de triente días de ayuno se acogen a uno y otro diciendo: “minta ma’af”.  Este término significa “pido perdón”.  Normalmente no se da el motivo de la petición.  La práctica reconoce cómo podemos ofender a los demás tanto inconsciente como conscientemente. 

Después de mandar la reconciliación Jesús se refiere a un grupo particularmente agraviado.  Insiste que los hombres no vean a las mujeres como objetos de deseo animal.  Dice que no es suficiente que no tengamos relaciones con otras mujeres.  Tenemos que valorar a todas como personas iguales en dignidad.  Por supuesto el reto incluye rechazar pensamientos lujuriosos.  Una vez dos monjes caminaban por el campo.  Llegaron a un río donde encontraron a una joven bella que quería cruzar el río pero no podía resistir el corriente.  El monje mayor la tomó en sus brazos y la llevó a la otra orilla.  Cuando llegaron allá la dejó y los dos monjes siguieron en su camino.  Esa noche el monje menor preguntó a su compañero como podría tocar a la joven por tanto tiempo sin tener lujuria.  El mayor le respondió: “Mi hermano, la tomé en mis brazos en una orilla y la dejé en la otra.  Entretanto tú la tomaste en tu mente y nunca la soltaste”.

Otra reforma del corazón necesaria tiene que ver con nuestro modo de hablar.  Tenemos que decir la verdad cuando sea conveniente y cuando no sea.  No es suficiente que no mintamos sólo bajo juramento.  De hecho, según Jesús, no hemos de jurar nunca.  Un hombre trabajaba por años para proveer por  su familia.  No era rico pero sí poseía una casa y algunos otros recursos.  Vino el día en que necesitaba la atención de un asilo.  La familia consideraba poner todos los recursos de su padre en el nombre de un hijo para que pudiera aprovecharse del auxilio público para los indigentes.  Pero decidió que no, que habría sido una mentira.  


“Danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar” cantamos.  En realidad estamos pidiendo una reforma de nuestro corazón actual.  Queremos en primer lugar que el Señor nos engrandezca la capacidad del corazón para respetar a todos.  Queremos también que Él nos fortalezca la voluntad, a menudo asociada con el corazón, para superar los vicios: el orgullo, la lujuria, y la mentira. Es nuestro reto hoy y siempre: respetar a todos y superar los vicios.

El domingo, 5 de febrero de 2017

EL QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 58:7-10; I Corintios 2:1-5; Mateo 5:13-16)

“Glorifiquen a Dios por sus vidas.  Váyanse en paz”, a veces se concluye la misa así.  Estas palabras dan eco al evangelio hoy.  Jesús instruye a sus discípulos a dar testimonio de la bondad de Dios con actos de caridad.  Dice: “’Que ... brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos’”.

Pero antes de mencionar la luz Jesús llama a sus seguidores “’la sal de la tierra’”.  A la primera escucha sentimos desanimados con esta comparación.  Pues la sal es tan barata como papel triturado.  Sólo al segundo pensamiento se aprecia el valor de la sal.  Sobre todo la sal acentúa el sabor de la comida.  Es la especia de los pobres.  También la sal es buen conservante.  Los antiguos salaban la carne y el pescado para que tuvieran de comer en el invierno.  Además, mixta con agua, la sal hace un baño sanador y sirve como un antiséptico.  Por comparar a sus discípulos con la sal Jesús quiere decir que pueden agilizar las vidas de otras personas.  El servicio caritativo en una parroquia envía a treinta servidores llamados “visitantes” cada día a noventa internados.  Les llevan un desayuno de pan, leche y cereales.   Tal vez más beneficioso es el calor humano que les proporcionan del Espíritu Santo en sus corazones.

Jesús se da cuenta de que la sal puede hacerse insípida de modo que pierda toda utilidad. Los discípulos se harían insípidos si tratan de impresionar a los demás por contarles de sus propios logros. En la segunda lectura san Pablo escribe a los corintios que él no usó ni la elocuencia ni la sabiduría cuando les predicaba de Jesucristo.  Si lo hubiera hecho, él se habría vuelto en sal insípida que no puede afectar nada bueno.  Pablo se aprovechó de la historia de Jesús crucificado y resucitado para entregar su mensaje.  Estas palabras junto con obras de caridad convencieron a los corintios que les ha llegado el amor de Dios por medio de Cristo.

Además Jesús llama a sus discípulos “la luz del mundo”.  Como la sal, la luz es tanto común como necesaria.  La luz hace el papel principal en la producción de plantas.  Sin la luz no pudiéramos comer.  Tampoco sin la luz pudiéramos ver.  Actuamos como la luz cuando ayudamos a otras personas conocer la verdad.  Recientemente una religiosa de noventa y tres años murió.  Ella estaba activa hasta el fin enseñando al pueblo.  En los últimos años dio clases de inglés a los inmigrantes.  Como Cristo ella apoyó a los pobres para conocer el amor de Dios Padre. 

Como la sal puede volverse insípida, el valor de la luz puede perderse.  Jesús compara esta pérdida al esconder una vela debajo de una olla.  Así serían los padres si no vigilan a sus hijos hacer sus tareas.  Es igual para los sacerdotes.  Si no acompañan a la gente en los momentos de prueba, también se hacen en luces escondidas.


¿Cómo nos hacemos en apóstoles de Jesucristo?  ¿Tenemos que hablar con elocuencia o hacer el papel principal en la producción de comida? No, podremos glorificar a Dios más por mantenernos tan común como la sal y tan barata como la luz. Tenemos que salar al mundo con buenas obras y alumbrar la tierra con el amor del Espíritu.  Es suficiente: salar al mundo con buenas obras y alumbrarlo con el amor.

El domingo, 29 de enero de 2017

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Sofonías 2:3.3:12-13; I Corintios 1:26-31; Mateo 5:1-12)

En el evangelio del domingo pasado oímos un tipo de “tweet” de Jesús.  Dijo: “’Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos’”.  Hoy y en los próximos cuatro domingos el evangelio de San Mateo enseña el significado de este mensaje.  Muestra a Jesús tomando a sus discípulos aparte para explicarles lo que involucra la conversión verdadera.

Para despertar sus esperanzas Jesús comienza su discurso con una descripción de la meta.  Las bienaventuranzas cuentan de los premios que aguardan a aquellos que se convierten.  En la lucha para los derechos civiles los negros tenían que recordarse cómo la libertad valió los abusos que experimentaban.  Decían a uno y otro, “Mantengan sus ojos en el premio”.  Jesús nos tiene el mismo consejo en este evangelio.  Todos los premios enumerados – “el reino de los cielos”, “misericordia”, aun “la tierra” -- tienen el mismo fin.  Se dirigen al amor y la paz de la vida eterna.

Se puede dividir las nueve bendiciones pronunciadas aquí en dos grupos.  Unos tienen que ver con nuevas maneras de ser.  Otros atañan nuevas maneras de actuar.  ¿Cuáles son las más importantes?  No se puede decir porque el comportamiento procede del ser, tanto como se determina cómo es la persona por lo que hace.

En primer lugar Jesús dice que ha de ser como “los pobres del espíritu”.  Estos son las personas que viven dependientes de Dios.  Sean indigentes o sean adineradas, ellos vuelven a Dios como su riqueza.  No dejan  de hacer lo justo porque confían que Dios les recompensará.  Un hombre de negocio quería jubilarse.  En lugar de vender su agencia de seguros al que le ofreciera el más dinero, se lo dio al comprador que le garantizó que no quitara a ningún empleado.  Aunque este hombre vivía cómodo, era “pobre de espíritu”.

Otro modo de ser que merece el premio de la vida eterna es con corazón limpio.  Este estado tiene que ver con nuestra manera de amar.  Requiere que rechacemos el deseo para poseer, dominar, y explotar al otro por el placer animal.  Un matrimonio joven practicaba la planificación natural hasta que el hombre terminara sus estudios.  Admitieron que era difícil porque sentían el deseo para la intimidad más fuerte cuando ella estuvo fértil.  Pero por el bien de todos decidieron a practicar la abstinencia por el período indicado cada mes.

Como manera de actuar Jesús recalca a los que trabajan por la paz.  Estas personas no se cansan frente al reto de reconciliar a los enemigos.  Primero, hacen hincapié en los valores que los adversarios tienen en común.  Entonces presentan modos creativos para resolver las diferencias que emergen inevitablemente.  Un día dos muchachos – amigos por años -  tuvieron una discusión.  No iban a hablar con uno y otro de nuevo.  Entonces el padre de uno de los dos intervino.  No insistió que su hijo hiciera las paces con su amigo.  Más bien, él mismo las hizo.  Buscó al otro muchacho y le invitó acompañar a él y su hijo a un partido de fútbol.  No tardó mucho antes de que los dos muchachos conversaran como si nada les hubiera pasado.


Jesús enumera nueve bienaventuranzas aquí al principio del Sermón del Monte.  Pero no son las únicas del evangelio.  En el primer capítulo del Evangelio según San Lucas Isabel dice a María: “’Bendita eres entre todas mujeres’”.  En el penúltimo capítulo del Evangelio según San Juan Jesús pronuncia una bienaventuranza sobre aun nosotros cuando dice: “’¡Dichosos los que creen sin haber visto!’”  De verdad estamos benditos sólo por haber sabido de Jesucristo.  Ya tenemos que actuar conforme a sus maneras para que realicemos la dicha de la vida eterna.  Ya tenemos que actuar conforme a sus maneras.

El domingo, 29 de enero de 2017

EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

 (Sofonías 2:3.3:12-13; I Corintios 1:26-31; Mateo 5:1-12)

“El arroyo de la sierra me complace más que el mar”.  No sólo al autor de “Guantanamera” le gusta más el monte que la playa.  Muchos ven en los altos un sentido del cielo.  Allá el aire es claro y el ruido ausente.   Allá se puede respirar libremente y pensar profundamente.  Allá el compromiso no parece como un yugo que le pesa sino un coche que le transporta.  Tal vez por estas razones Jesús lleva a sus discípulos al monte en el evangelio hoy.

En la antigüedad se consideraba que los dioses viven en las montañas.  De allí mirando a los humanos, pueden echar relámpagos para llamarles la atención.  Similarmente, porque Jesús es el Dios-hombre, el evangelista Mateo lo describe subiendo el monte para entregar su programa a sus seguidores.  A nosotros cristianos será el discurso más notable en la historia.

“Dichosos”, comienza el Señor en contra de nuestras expectativas.  Donde pensamos que Jesús nos pondría mandatos, él nos habla de la felicidad.  Nos recordamos que ha venido para traer la salvación de Dios Padre.  Como diríamos a nuestros hijos, Dios sólo quiere que seamos felices.  Pero opuesto a nosotros a veces, la felicidad que Dios nos busca no llega sólo a la piel ni cambia con los tiempos.

Un teólogo propone cuatro niveles de la felicidad.  Al estado más básico queda el placer del cuerpo obtenido por buena comida, bebida, sexo y aun drogas.  Tal vez todos nosotros hayamos experimentado cómo la satisfacción que resulta de estas cosas se desvanece.  También nos hemos dado cuenta de cómo el sobreconsumo de materias placenteras puede desembocar en la adicción -- un tipo de infierno.  El segundo nivel involucra el sentido de superioridad por haber obtenido más plata, poder, o prestigio que otras personas.  Sí, es cierto que sentimos cumplidos por haber ganado la carrera como jóvenes o por manejar el carro más lujoso como adultos.  Pero es seguro también que no duran mucho estas complacencias porque siempre hay otra persona que corre más veloz o que recibe mayor sueldo.  Al tercer nivel se encuentra la satisfacción por haber servido a otras personas. Dice el filósofo Aristóteles que la verdadera felicidad anda mano-a-mano con la virtud. Por eso, para ser realmente contentos tenemos que fomentar buenos modos de ser, particularmente ser más caritativos.  Y, finalmente, al nivel más alto la felicidad viene con el amor a Dios y la entrega a Su servicio.  Para vivir completamente felices, todos los días agradecemos a Dios gracias y le serviremos con todo corazón.

Las bienaventuranzas de Jesús demuestran todo lo que acabamos a decir.  Jesús no pronuncia “dichosos” a los ricos, ni a los soberbios, ni a los glotones sino a aquellos pobres y sufridos que se pongan a sí mismos pendientes de Dios Padre.  Así dichosa es la hermana Leti, una misionera religiosa evangelizando entre los pobres en áfrica.  Tampoco Jesús declara felices a los guerrilleros, ni a los tiranos, ni a los que se transijan a sí mismos en asuntos de la justicia.   Más bien, según Jesús, felices son los hacedores de la paz, los misericordiosos, y aquellas personas que preferían a morir que traicionar a él.  Así era feliz el presidente Abraham Lincoln cuando presentó su intención a reintegrar a los estados sureños en la Unión “con caridad a todos y malicia a nadie”.


“¿Todos están felices?” un director de conjunto siempre exclamó en el medio del baile.  Invariablemente todos presentes en el salón respondieron, “Sí”.  Pero es cierto que no todos tuvieron el mismo nivel de felicidad.  Algunos estuvieron contentos por haber escuchado la música.  Otros se alegraron por haber ganado el concurso de baile.  Dichosos son los dos grupos, pero su felicidad no llegará más allá de la piel.  Otros fueron felices porque venían con amigos por los cuales morirían.  Su felicidad durará por el cambio de muchos tiempos.  Finalmente había otros que eran felices porque reconocieron que Dios Padre los quiere.  Estas personas  serán contentas tan largo como quedan las montañas.

El domingo, 22 de enero de 2017

EL TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Isaías 8:23-9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

Más tarde este año, cristianos en todas partes del mundo van a celebrar un gran jubileo.  Desgraciadamente pocos católicos participarán en las festividades.  Pues han sido quinientos años desde que Martín Lutero clavó sus noventa y cinco teses criticando la Iglesia Católica.  Sus ideas crearon una revolución que sigue en fuerza hoy en día.  Las divisiones resultantes reflejan bien la preocupación de San Pablo en la segunda lectura.

Pablo escribe a los corintios después de enterarse que se han dividido en facciones.  Dice que unos reclaman que son de Pedro; otros, de Apolo; otros, de Cristo; y todavía otros, de él mismo.  Estas divisiones anticipan las diferentes comunidades de la actualidad: evangélicos, católicos, cristianos, y muchas otras.  De hecho, hay en el record entre triente y cuarenta mil tipos de cristianos en el mundo actual.

Comprende un escándalo no sólo porque todas las divisiones profesan “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5) sino por algo más atroz.  En los siglos desde Lutero ha habido odio aun la violencia entre los grupos.  Los católicos a menudo han dicho: “Hay que ser católico para ser salvado”. Asimismo los protestantes han condenado a los católicos como supersticiosos.  En el siglo diecisiete la “Guerra de los Treinta Años” luchada por la mayor parte entre los católicos y protestantes causó la muerte de ocho millones personas.  No es por nada que Pablo tiene que preguntar en la lectura si el cuerpo de Cristo, que todos los grupos constituyen, podría ser dividido.  Por supuesto la respuesta correcta es “no”.   Sin embargo, por el orgullo las bandas continúan como un cáncer comiendo tejidos buenos.

En el evangelio Jesús llama a todos a convertirse.  Dice: “’… está cerca el Reino de los Cielos’”.  Tiene en cuenta el amor de Dios que levanta a la gente del odio.  El Concilio Vaticano II llamó a los católicos a un arrepentimiento semejante.  Recomendó que trabajáramos para la reunificación de la Iglesia, un movimiento llamada el ecumenismo.  Surgió que los laicos rezaran por la unidad con sus contrapartes protestantes.  También deseó que colaboraran en proyectos sociales como dar refugio a los desamparados.  El concilio dirigió a los educados en la teología que dialogaran para profundizar el entendimiento de uno y otro. 

Ha habido instancias de estas acciones, pero más hace cuarenta años que hoy en día. Es como si nosotros quisiéramos -- en las palabras del evangelio -- quedar en las barcas de nuestros padres en lugar de seguir a Jesucristo.  Es como si prefiriéramos mantenernos en las redes del prejuicio y la indiferencia al ofrecer una mano de paz a nuestros hermanos en la fe cristiana.  Pero los papas recientes nos han puesto en el camino del verdadero amor cristiano. El papa Juan XXIII creó un departamento vaticano para la unidad cristiana.  Juan Pablo II pidió perdón de los protestantes por el uso de la violencia en el pasado.  Y hace poco Francisco participó en una oración marcando la inauguración del quinto centenario de la protesta de Lutero.  Elogiando al primer protestante, dijo que la pregunta de Lutero sobre cómo lograr la misericordia de Dios es “la pregunta decisiva de nuestras vidas”.

En Francia existe una comunidad de monjes dedicada al ecumenismo.  Llamada Taizé, la comunidad se constituye de más de cien protestantes y católicos.  Los monjes llaman a jóvenes de todas partes del mundo para hacer un peregrinaje a su monasterio.  Allá dialogarán, rezarán y trabajarán juntos para fortalecer los vínculos del verdadero amor cristiano.  Así todos deberíamos actuar para fortalecer el verdadero amor.