El domingo, 26 de noviembre de 2017

LA SOLEMNIDAD DEL NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

(Ezequiel 14:11-12.15-17; I Corintios 15:20-26.28; Mateo 25:31-46)

Hoy celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.  Muchos la conocemos simplemente como la Fiesta de Cristo Rey.  Hablamos de Cristo como rey, pero significamos algo diferente de los reyes de la historia.  Se puede demostrar esto con un cuento acerca del Rey Luís XIV de Francia.  Una vez el rey Luís estaba cazando en el campo.  Cuando lo vio un campesino, él comentó a su compañero que el rey no llevaba guantes.  El segundo respondió que no era necesario que el rey llevara guantes.  Pues, siguió, siempre tenía sus manos en los bolsillos de la gente.  Jesús no es un rey así.  Jesús no exige impuestos de la gente.  Tampoco pide que la gente luche en sus guerras.  Jesús no tiene ejércitos ni palacios ni coches.

Más bien, Jesús se muestra como rey por cuidar a su pueblo.  Siempre ha sido el papel de los reyes a defender a los pobres.  Usualmente lo han hecho de largo, dentro de sus castillos comiendo chocolates.  Jesús se distingue por quedarse muy cerca a la gente.  Es pastor-rey que llama a sus ovejas por nombre.  Habla a nuestros corazones diciendo que entiende nuestros deseos.  Sabe que queremos ser bellos y dice que así estamos en sus ojos.  Sabe también de nuestra lucha con la lujuria y la codicia.  En lugar de pensar en placeres ilícitos, nos pide que aceptemos a él como el deseo del corazón.  No sólo conversa con nuestros corazones sino actúa por nuestro bien.  De hecho dio su vida para liberarnos de los prejuicios y los demás pecados que nos tienen presos.  Nos trata con tanto cariño para que lo reconozcamos cuando venga.

El evangelio hoy nos habla de su venida.  Al final de los tiempos Jesús llegará con sus ángeles para juzgar a las naciones.  Pero no será la instancia única de su presencia en el pueblo.  Habrá venido antes bajo la cara demacrada de un hambriento y la mira desesperada de un enfermo de cáncer.  Como sus sujetos, nos llama a servirle por atender a los necesitados.  Hemos entrado en el tiempo del año cuando es la moda llevar comidas a los desempleados y cantar villancicos en los asilos de ancianos.  Son costumbres dignas, pero no suficientes.  Los desempleados necesitan ayuda no sólo en el tiempo navideño sino también durante el verano.  Asimismo los ancianos podrían beneficiar de ver a caras alegres en septiembre tanto como en diciembre.

Celebramos a Jesucristo como rey ahora porque este es el último domingo del año litúrgico.  Estamos completando otro ciclo recordando la trayectoria de Jesucristo.  Lo hemos revisado otra vez cómo los magos lo declararon como rey en la Epifanía y Pilato lo puso el título en la cruz en el Viernes Santo.  Sobre todo hemos celebrado su Ascensión al cielo para tomar su lugar a la derecha de Dios Padre.  Ya concluimos su historia festejando su Señorío.  Queremos guardar en nuestras memorias cómo Jesús puede aliviarnos de cualquier tipo de lío en que nos encontremos. 


La Fiesta de Cristo Rey tiene otro propósito.  Nos prepara para la temporada santa de Adviento que comienza en ocho días.  Nos recuerda que el que esperamos durante casi todo el mes de diciembre no es precisamente un bebé. No, tan cariñoso sea la imagen del pesebre, vemos al niño Jesús, al menos en parte, por lo que va a ser.  Será el pastor-rey que nos guía a la felicidad.  Será el rey-pastor que nos guía a la vida eterna.  

El domingo, 19 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMA TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 31:10-13.19-20.30-31; Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30)

En su primera carta a los corintios san Pablo nos informa acerca de los dones espirituales.  Dice que hay varios y cada uno de nosotros tiene su propio don.  Si todos tuviéramos los mismos, nuestra comunidad no podría lograr su propósito.  Pero la realidad es más esperanzadora.  Algunos de nosotros tenemos el don de la sabiduría, otros el don de la sanación, y otros el don del liderazgo.  En la primera lectura hoy el libro de los Proverbios señala otros dones.

Esta sección del libro se dedica a la esposa idónea.  La describe con buenas cualidades físicas: el ojo para comprar telas finas y la mano para tejar ropas guapas.  Sin embargo, son sus dones espirituales que sobresalen.  Ayuda a los pobres con la caridad y cuida a los desvalidos con la bondad.  Aunque no tenemos dones prestigiosos, podemos imitar el amor de la esposa virtuosa.  De hecho, san Pablo continuará por decir cómo el amor brilla sobre todos los otros dones.

El evangelio hoy también tiene que ver con los dones.  Porque es parábola, tenemos que interpretar sus elementos con un cuidado particular.  Describe las acciones de tres servidores, cada cual confiado con al menos un talento.  A propósito, la palabra talento originalmente refería a una denominación de dinero que vale millares.  Precisamente por esta parábola, la palabra ha cambiado su significado.  Ya el talento es un don recibido por el individuo en su nacimiento.  Jesús quiere decir aquí que todos los tres servidores han recibido grandes dones personales.  El propósito es que los usen para el bien del señor. 

Los primeros dos servidores cumplen el objetivo.  Negocian para producir aún más riqueza.  En otras palabras, aumentan la gloria del dueño por poner al bueno uso sus talentos.  Cuando regresa el señor “después de mucho tiempo”, significando el fin de sus vidas, reciben un premio inesperado.  El dueño invita a los dos a “entrar en la alegría de tu señor”.  ¿Qué puede ser este lugar más que la vida eterna?  Interesantemente, les otorga porciones iguales de su alegría a los dos.  No le importa al dueño la cantidad de su ganancia, sólo el hecho que se han aprovechado de sus dones

En contraste, el tercer servidor no quiere esforzarse nada.  En lugar de aprovecharse de su talento, lo entierra.  Es como el genio que quiere pasar todo su tiempo viendo el televisor. Con razón, el dueño lo llama “siervo malo y perezoso”. Se revela la fuente de su defecto en la conversación con el dueño.  Estima al dueño como “hombre duro” y no cómo es en la realidad: un donador prodigo.  Este siervo es como algunos de nosotros que ven a Dios como un juez exigente.  Se preocupan de evitar problemas, no de aumentar el beneficio del dueño. Tal vez vengan a la misa dominical, pero no regresan a casa determinados a vivir la fe que han profesado.  Como la gente en la segunda lectura, dicen: “¡Qué paz y qué seguridad tenemos!” A ellos viene la catástrofe con el regreso del Señor.

Una mujer inmigrante se aprovecha de sus talentos por actos sencillos pero buenos todos los días.  No tiene ni títulos ni dinero para hacer maravillas.  Pero los dones que tienen – el sentido común, la capacidad de expresarse, el deseo para orar – los usa con gran eficaz.  Como esposa y madre, siempre exhorta a su marido e hijas a hacer lo correcto.  Como miembro de la parroquia, se encarga del ministerio pro-vida.  Como cristiana, reza al Señor por el bien de todos siempre confiando en su bondad.  Si sigue en este rumbo, puede contar con recibir “la alegría de (su) Señor”.


Hay un dicho: “el amor no es el amor hasta que lo regales”.  El amor queda como una buena idea si no lo ponemos en práctica.  Es igual con todos los dones espirituales.  No vale el don de orar si no oramos.  Ni vale el don de catequizar si no catequizamos.  Si vamos a realizar la alegría del Señor, tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.  Tenemos que usar nuestros dones para aumentar su gloria.

El domingo, 12 de noviembre de 2017

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 6:12-16; I Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13)

“Hacer una buena acción diaria” es un pedazo de la sabiduría enseñado a los Scouts.  ¿Quién duda que nuestra sociedad fuera lugar más agradable si todo el mundo lo practicaría?  Como dice la primera lectura de toda sabiduría, la frase brilla como una joya “radiante e incorruptible”.  También el dicho tiene que ver con el evangelio hoy que habla de lámparas de aceite.

En el Evangelio según San Mateo una luz brillante significa buenas acciones.  Recordamos cómo en el Sermón del Monte Jesús instruye a sus discípulos: “Hagan brillar su luz delante de todos para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo”.  Ciertamente los hechos hablan más fuertemente que las palabras.  El papa Francisco ganó los corazones de las multitudes no con palabras elocuentes sino con sus acciones abnegadas.  ¿Quién no podría quedar impresionado al ver la foto de Francisco un poco después de su instalación besando la cabeza completamente desfigurada del hombre? 

Ya en el evangelio hoy Jesús cuenta de las diez vírgenes.  Cinco de ellas se consideran sabias supuestamente porque llevan bastante aceite para mantener sus lámparas encendidas.  Pero las lámparas encendidas son símbolos que ellas han cumplido muchas obras buenas. Tal vez ellas hayan visitado a los huérfanos o alimentado a los desamparados.  Entretanto a cinco chicas les falta el aceite.  Éstas no han hecho nada para brillar “radiantes e incorruptibles”. Si fueran vivas hoy, ellas serían las muchachas que desgastan el tiempo en los medios sociales, preocupadas si les quieren los demás.

Deberíamos pensar en las bodas a las cuales se admiten las cinco vírgenes previsoras no sólo como las bodas de un tal Juan y una tal Dora.  Más bien, en el evangelio las bodas tienen un matiz más grande.  Significan el banquete celestial a la cual Jesús invita a sus elegidos.  Como dice la segunda lectura, es el “encuentro del Señor” donde “estaremos siempre con él” como sus esposas. 

Un cine da pista de la verdad de este evangelio.  Una hermana y un hermano enfrentan una situación retadora.  Su padre, que les trataba mal en su niñez, ya queda desamparado.  Porque los abandonó años anteriormente, los dos hermanos andan lastimados en sus vidas personales.  La mujer está involucrada en una relación adúltera y su hermano no puede comprometerse a su novia.  No obstante, los dos cooperan para darle el apoyo necesario a su padre hasta que muera.  Al final de la película las vidas de los dos han mejorado significativamente por su obra buena.  La mujer ha renunciado la relación pecaminosa, y su hermano parece listo para casarse con su novia.  La buena obra que han hecho por su papá ha resultado en un estado dichosa para los dos.


Sí es cierto estamos o bien ocupados o bien cansados para hacer buenas obras.  Tememos que intentar hacerlas vaya a agobiarnos despiadadamente.  Pero la verdad es a menudo el contrario.  Por esforzarnos a hacer buenas acciones, los resultados nos facilitan la vida.  Nos salva de la tentación de quedar preocupados si los demás nos quieren.  Más al caso, no quedamos sólo preocupados y no solícitos por los demás.  Aún más importante, nos hace posible encontrar al Señor.  Pues Jesús no abandona nunca a aquellos que hacen su voluntad.

El domingo, 5 de noviembre de 2017

EL TRIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 1:4-2:2.8-10; I Tesalonicenses 2:7-9.13; Mateo 23:1-12)

Hace cincuenta años la salida de muchos sacerdotes del sacerdocio escandalizaba a la gente.  El fenómeno resultó de varias causas.  Una fue el sentido del individualismo que sentían muchas personas de la época.  Pensaban que fuera más importante tener toda la gama de las experiencias humanas que dedicarse enteramente a la comunidad de la fe.  Otra causa fue el sentido del desequilibrio que crearon las renovaciones del Segundo Concilio Vaticano.  El papa san Juan Pablo II detuvo la fuga de sacerdotes por imponerles calificaciones estrictas para recibir el permiso de la Iglesia.  Como Malaquías en la primera lectura hoy critica a los sacerdotes de Israel, Juan Pablo advirtió a los sacerdotes de tiempos modernos que se conformaran más a Cristo.

El papa Francisco sigue retando a los sacerdotes.  Seguramente la situación que existe hoy en día ha cambiado de las décadas de los sesentas y setentas.  No más existe una gran salida del sacerdocio, pero hay defecto de otro género afectando a algunos sacerdotes ahora.  Francisco reprocha a los sacerdotes que no quieren acercarse a los fieles en sus propios ámbitos.  Más bien estos curos prefieren quedarse en las iglesias esperando que la gente venga a ellos.  Como Jesús en el evangelio reprende a los fariseos por ocupar los primeros asientos en las sinagogas, Francisco manda a los sacerdotes del día hoy a salir de sus lugares cómodos.  Quiere que ellos acompañen a sus parroquianos en la lucha de la vida.

El padre Charlie King era párroco por cincuenta años.  En su tiempo mereció la fama como párroco entregado cien por ciento a su grey.  Visitaba a los enfermos en el hospital.  El domingo entre la misa del medio día y la misa de la tarde retiró a su oficina para telefonear a aquellas personas que no podían acudir al templo.  No estaba renuente a atender mesas en el refugio para los desamparados.  Personas de todas clases económicos lo veían como un amigo.  Era el tipo de sacerdote que tiene en cuenta  el papa cuando exhorta que la iglesia sea “un hospital del campaña con heridos buscando a Dios”.


La segunda lectura indica la respuesta apropiada a los sacerdotes entregados.  Pablo dice a los tesalonicenses que ellos han aceptado su predicación como “palabra de Dios”.  De tal modo la gente debería escuchar a los padres que hablan con sinceridad “a su servicio”.   Pues aunque estos curas no tengan una voz elocuente, sus acciones predican el amor de Dios al mundo.  Un sabio una vez dijo: “la imitación es la forma más alta de la adulación que la mediocridad ofrece a la grandeza”. Es cierto.  Si realmente queremos poner en práctica la palabra de Dios, imitaremos el servicio de los sacerdotes buenos.  Visitaremos a los enfermos y atenderemos a los necesitados.  No tendremos grande inconveniencia a salir de nuestros casas cómodas para ayudar a los demás.


El domingo, 29 de octubre de 2017

EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 22:20-26; I Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40)

El suicidio, tan horrible como sea, se ha hecho casi en una epidemia.  Es probable que un miembro de nuestra familia haya considerado a tomar su propia vida.  De hecho, el porcentaje de los suicidios ha crecido veinticinco por ciento en los últimos veinte años.  Un reporte reciente dice que diecisiete por ciento de los estudiantes en las secundarias norteamericanas han contemplado seriamente el suicidio.

No se sabe exactamente por qué tantas personas piensan en el suicidio.  Sin embargo, una teoría que llama la atención tiene que ver con la aislamiento.  La gente no sale tanto con otras personas como antes.  Tampoco viene a la iglesia con tanta frecuencia.  Tampoco visitan las casas de uno y otro tanto.  Curiosamente con el creciente uso de Facebook y otros medios sociales muchos se sienten más aislados que nunca.  Pasan mucho tiempo con solamente sus celulares preguntándose si son aceptables a los demás.

Para afrentar esta crisis deberíamos escuchar bien las palabras de Jesús en el evangelio.  Nos dice que tenemos que amar a Dios sobre todo.  Aunque no podemos ver a Dios con los ojos, Él nos hace posible este amor.  Nos envía al Espíritu Santo que nos mueve a amar a Él sobre todo.  Amando a Él, como nos pide la Iglesia, nos encontramos con otras personas acudiendo al templo. 

El segundo mandamiento que Jesús cita es aún más relevante aquí.  Hemos de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.  Es necesario que amemos a nosotros mismos por cuidar a nuestro bien tanto psicóloga como físicamente.  Si nos encontramos a nosotros mismos tan deprimidos que pensemos en el suicidio, tendremos que buscar la ayuda profesional.  También el mandamiento nos exige a amar a los demás.  Lo hacemos en diferentes maneras: visitar a los asilos de ancianos, aportar a las caridades, prestar la mano a un vecino en necesidad, etcétera.  Hay otra cosa importante que podemos hacer sin gran dificultad.  Habría menos aislamiento y más calor humano si nos esforzamos a saludar a todos que encontramos con una sonrisa.


Hace poco un hombre de treinta y pico años se suicidó por saltar del Puente Golden Gate en San Francisco. Después de su muerte su psiquiatra con el examinador médico entró el apartamento del hombre.  Hallaron su diario personal con estas palabras escritas como la entrada final: “Voy a caminar al puente. Si una persona se me sonríe en al camino, no voy a saltar”.  Este hombre no era el único a lo cual faltaba el calor humano.  Por eso, es preciso que tratemos a todos con más cariño.  

El domingo, 22 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA NOVENA DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

El ratón es un animal listo.  La gran proporción de su cabeza en relación con su cuerpo le dota una mayor capacidad cerebral.  No como la rata, es difícil atrapar el ratón.  Puede mantener a hombres pensando por días cómo lograrlo.  El evangelio hoy cuenta de un grupo de hombres poniendo una trampa.  Sin embargo, en este caso no buscan una molestia casera.  No, quieren tropezar a Jesús.

Jesús ha llamado la atención del pueblo primero en Galilea y ya en Jerusalén.  Habla con la autoridad, y sus sanaciones muestran que su autoridad viene de Dios.  Para mantener su influencia propia sobre la gente, los fariseos planean cómo descreditarlo.  Le propondrán una pregunta que no se puede contestar sin crear enemigos: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”  Si Jesús responde que “sí”, van a decepcionar a la mayoría de los judíos que odian el impuesto.  Pero si dice que “no”, tendrán que enfrentar a los romanos por minar su poderío.  En las elecciones políticas siempre escuchamos una pregunta tan controversial como la de los fariseos. 

En todas partes se les pregunta a los candidatos su posición sobre el derecho de la mujer al aborto.  Si el candidato dice que no existe, algunos van a clasificarlo como contra mujeres.  Sin embargo, cada vez más los científicos muestran que tan pronto como la esperma masculina se una con el huevo femenino se produce un ser humano.  No es un bulto de materia sino una persona única en principio.  Por eso, se puede decir quitar su vida en el proceso del desarrollo equivale al homicidio.  No parece justo decir que se necesita “el derecho al aborto” para salvar la vida de una mujer embarazada o para ahorrar el dolor de una mujer violada.  Raras veces se encuentran estas realidades lamentables.  Por la gran mayor parte se hace el aborto porque la vida del niño es una inconveniencia.  No le importa tanto a la mujer como otras preocupaciones como su carrera la vergüenza.

Anteriormente en el evangelio Jesús enseñó a sus discípulos que tenían que ser “precavidos como la serpiente pero sencillos como una paloma”.  Ya muestra cómo poner en práctica esas palabras.  Pide una moneda que se usa para pagar el tributo.  Entonces Jesús les pregunta cuya imagen está marcada en ella.  Es un contra-trampa de la cual los fariseos no se dan cuenta.  “De César” responden pronto.  Como cualquier americano puede decir cuyo retrato se imprime en el dólar, los fariseos identifican a su líder – no Dios sino el emperador.

Entonces Jesús concluye su argumento.  “Den, pues, al César lo que es del César—dice --  y a Dios lo que es de Dios”.  Pero ¿qué es de César? Y ¿qué es de Dios?  Jesús no elabora estos temas que los sabios han debatido desde entonces.  Ciertamente se difieren la lealtad debida a Dios y la debida al estado.  No debemos la vida al estado aunque a veces se puede llamar a la persona a arriesgar su vida por el bien común.  Debemos nuestras vidas a Dios.  Por esta razón es pecado quitar su propia vida tanto como tomar la vida de otra persona.  También debemos a Dios el seguimiento de la consciencia en la cual se distingue lo bueno de lo malo.  Para ser ciudadanos fieles tenemos que pagar impuestos, ayudar a los vecinos en necesidad, y votar según la consciencia.  Esto no quiere decir que votemos por un candidato político solamente porque está en contra al aborto.  Pero sí significa que ponemos su posición en el aborto alto en la lista de criterios. 


46 y 23,000 – ¿Qué significan estos números? ¿El número telefónico para el Vaticano?  ¿La cantidad de las serpientes y las palomas en el parque central? No, representan el número de los cromosomas de cada persona humana y el número aproximado de los genes llevados por los cromosomas.  Existen del momento  que la esperma masculina se une con el huevo femenino.  Hacen la vida de todo humano como una preocupación más alta que cualquiera otra.  Hacen la vida humana como una preocupación altísima. 

El domingo, 15 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo?  Acabamos de tener un cambio de estaciones.  ¿A dónde fue el verano?  Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua.  ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado?  Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo.  Pero si me preguntan, no lo sé.”  Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo.  Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto.  Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se retroceda.  No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas.  Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca.  Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz.  Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia. 

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado.  Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar.  Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como al futuro.  Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo.  Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados.  Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor. 

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma.  Describen el banquete de Dios al final de los tiempos.  En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios.   Se ve la confluencia de los tiempos por los antiguos presentes dialogando con los modernos.  Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Alberto Einstein y Tomás de Aquino.  No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar.  Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.   

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia.  Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta.  Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo.  Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se dan a las turistas rebozos para cubrir sus hombros.  El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios.  No llevarlo es como haber desgastado la vida.  Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras. 


Al final de una película  todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión.  Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo un minuto como los principales. “¿A dónde va el tiempo?”  Según esta película se va llevando a todos a alabar al Señor.  El tiempo lleva a todos a la alabanza al Señor.