El domingo, 14 de octubre de 2018


EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)


En un cine un mafioso ofrece a un padre de familia $150 por semana. El gánster quiere mostrar su agradecimiento a la familia de un niño que le ayudó.  El niño no contó al policía que vio al hombre disparar a otra persona.   Sin embargo, el padre rechaza la oferta porque sabe cómo se obtuvo el dinero.  No quiere meterse en la red mortífera del vicio.  El padre se prueba sabio como hace Jesús en el evangelio hoy.

De la primera lectura sabemos el valor de la sabiduría.  Vale más que tierras y aún reinos porque ella conlleva todos tipos de riquezas.  No solamente cosas materiales vienen a los sabios sino también recursos espirituales.  Si vivimos con la sabiduría, nosotros también tendremos la paz en la mente, el bien en el corazón, y el destino de la vida eterna.

Para apreciar el significado de la segunda lectura hay que recordar una cosa importante. Al final de cuentas la Palabra de Dios no se escribe en una página sino se encuentra en un hombre.  Pues la Palabra de Dios en primer lugar es Jesucristo, el Hijo de Dios.  Sus palabras penetran al alma juzgándonos, perdonándonos, y moviéndonos a hacer lo perfecto.  Esto es exactamente lo que pasa al rico en el evangelio.

El rico se acerca a Jesús con prisa. Tal vez sea un hombre de negocios con muchos quehaceres y poco tiempo.  Le saluda a Jesús con la frase, “Maestro bueno”, pero no se da cuenta del significado de sus palabras.  Jesús se muestra como sabio cuando responde que sólo Dios es bueno.  Pero el rico no tiene concepto adecuado de Dios como veremos en un minuto.  Sigue con la pregunta a Jesús que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna.  Como buen hombre de negocios, quiere determinar su objetivo y hacer un plan para obtenerlo.

Jesús le responde con los Diez Mandamientos, el camino seguro de complacer a Dios.  Sin embargo, en el principio le cita sólo los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  A veces se dice que estos siete mandamientos comprenden “la segunda tabla de la Ley”.  Cuando el hombre dice que ha cumplido todos estos mandamientos, Jesús muestra su sabiduría una vez más.  Le presenta la “primera tabla” que toca el amor para Dios en modo indirecto.  En lugar de preguntar si ama a Dios sobre todo, le reta a probar este amor.  Le manda a dejar sus riquezas para predicar junto con él el Reino de Dios.  Para el hombre amar a Dios de modo que se sacrifiquen todas sus pertenencias constituye precio demasiado caro.  Deja a Jesús tal vez desilusionado pero no completamente sorprendido.

Los discípulos de Jesús tienen dificultad entender cómo los ricos no se salven.  Pues para ellos los ricos son la gente con recursos para ofrecer sacrificios y dar limosnas.  Casi se puede escuchar a los discípulos murmurando: “¿No son estos las obras de la salvación?”  Sin embargo, ayudar a los demás y hacer sacrificios pueden ser sólo tácticas para apaciguar a Dios y no necesariamente signos del amor verdadero a Dios.  Si vamos a ser dignos del Reino de Dios, tenemos que esperar en el Señor como lo hacen los pobres fieles.

Al final del pasaje los discípulos hacen el interrogante: “¿…quién puede salvarse?”  Podemos responderles: “Todos de nosotros”.  Pero antes de que experimentemos la vida eterna tenemos que hacernos tan dependientes en Dios como es un bebé en sus padres.  ¿Por qué?  Porque la vida eterna consiste en dejar atrás las ilusiones de los grandes en este mundo para conocer el amor sobreabundante de Dios.  La vida eterna consiste en conocer el amor de Dios.

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