El domingo, 12 de julio de 2026

 

XV DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Este pasaje del Evangelio es a la vez familiar y difícil de comprender. Lo hemos escuchado innumerables veces y sabemos que los distintos tipos de tierra representan distintos tipos de personas. Estas imágenes son tan impactantes que muchos prestan poca atención a la segunda parte del pasaje. Allí, Jesús indica que algunos no comprenden la parábola porque ya han rechazado el mensaje fundamental de su predicación. Analicemos nuevamente la parábola antes de intentar comprender cómo algunas personas rechazan el mensaje de Jesús.

Sabemos que la Parábola del Sembrador aparece en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. También se encuentra, en una versión abreviada pero más poderosa, en el Evangelio de Juan. Poco antes de su Pasión, Jesús dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:24). En Mateo, Marcos y Lucas, la tierra debe estar libre de obstáculos para que el grano dé fruto. En Juan, el énfasis está en que el grano muera en la tierra para que tenga una cosecha abundante.

En los cuatro evangelios, el grano representa la palabra de Dios. Sin embargo, «la palabra» en Mateo, Marcos y Lucas tiene un referente diferente al de Juan. Los tres primeros evangelios presentan la «palabra de Dios» como el mensaje de Dios proclamado y escuchado, tal como lo describe el profeta en la primera lectura de hoy. Isaías dice que la palabra que sale de la boca de Dios siempre cumple su propósito. Siempre trae salvación al pueblo de Dios. En el Evangelio de Juan, sin embargo, la «palabra de Dios» es Jesús mismo, quien muere en la cruz para redimir a la humanidad del pecado y la muerte.

En Mateo, Marcos y Lucas, Jesús explica el significado de la parábola. La semilla que cae en el camino no puede dar fruto porque las aves la devoran antes de que germine. Es como las personas entrometidas que no se centran en la palabra de Dios, sino que se dejan llevar por las trivialidades de la vida. El terreno rocoso no da fruto porque es duro y poco profundo. Representa a quienes inicialmente desean servir a Dios, pero luego se desaniman cuando llegan las pruebas de la muerte, la duplicidad y las dificultades. El terreno espinoso tampoco da fruto porque las espinas ahogan las plantas jóvenes. Representa a quienes permiten que el poder, el prestigio y el placer sofoquen la inspiración de Dios en sus corazones. Para dar fruto abundante, debemos liberarnos de todo lo que nos impide priorizar el amor a Dios y al prójimo.

Ahora consideremos la parte desafiante del Evangelio de hoy. Jesús dice que habla en parábolas porque hay personas que tienen ojos pero no ven, y oídos pero no oyen ni entienden. Estas son las personas que han rechazado su mensaje fundamental de «arrepiéntanse y crean». Sus corazones se resisten a amar a los demás y a perdonar a quienes los han ofendido. Para ellos, las parábolas no son más que acertijos sin sentido.

El Papa Francisco solía observar que existe una diferencia crucial entre pecadores y corruptos. Decía que hay esperanza de que los pecadores se arrepientan, pero los corruptos se han endurecido tanto que ya no reconocen su necesidad de conversión. Este grupo incluye, sin duda, a asesinos y proxenetas, pero también puede incluir a personas tan rígidas que, aunque asisten a misa, no quieren oír hablar de misericordia ni de amor.

Todos deberíamos preguntarnos si tenemos tendencias como las de este último grupo. Si descubrimos que nuestros corazones se han endurecido para amar a los demás, si nos encontramos cada vez más ensimismados, entonces debemos arrepentirnos sin demora. El Señor nunca deja de amarnos. Siempre está dispuesto a ablandar nuestros corazones, a ayudarnos a amar a los demás y a capacitarnos para dar abundante fruto para su Reino.

El domingo, 5 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al país.

En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad, justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida por la ley y no por los privilegios.

En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».

Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la ruina.

Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.

No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta nación.

  

El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».

El domingo, 21 de junio de 2026

 XII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Una vez más el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida espiritual.  El pasaje se toma del “discurso apostólico” de Jesús, uno de las cinco lecciones que junto con las narrativas que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo.  Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares del gran envío de los apóstoles al final de la obra.

Como el papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles: “’No tengan miedo’”.  ¿Miedo de qué?  En los primeros tres siglos de la Iglesia las vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y prácticas.  Este tipo de persecución todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África.  Pero es raro en las naciones occidentales. 

Sin embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo.  Muchos temen ser menospreciados o considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo. Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez.  Puede que algunos se burlen de nosotros ahora.  Pero no debería sorprendernos que dentro de veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.

Jesús no dice que todo tipo de miedo sea innecesario.  De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y el cuerpo’”.  Desgraciadamente, no menciona a quién se refiere.  ¿Quién puede arrojarnos al infierno?  Algunos comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre.  Otros opinan que quiere decir el diablo.  ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el diablo – son formidables y merecen el temor?

Pensamos en el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría arrojarnos allá.  Sin embargo, el efecto sería igual: la perdida perpetua de la felicidad.  A propósito, si no aceptamos los términos como “diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”.  Lo que queremos decir es que nuestras tendencias naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse inordenados de modo que nos sofoquen.  Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y prójimo. 

Ciertamente Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría?  Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera de su cuidado.  Sin embargo, nos ha creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables.  Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia.  Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios no nos impedirá a separarnos de Él.

Sí debemos temer a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez.  Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa.  Por esta razón la Palabra de Dios estipula que el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud en un partido de fútbol.

Desde que hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa Mundial.  En años previos la competición fue asociada con mucho placer ilícito.  Obviamente los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a pesar de ser millonarios.  Necesitaban el temor de Dios para ponerse en el camino recto.  Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian Mbappé.  Para ellos el futbol es un pasatiempo emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.

El domingo, 14 de junio de 2026

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario
(Éxodo 19:2-6a; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36–10:8)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús en el evangelio que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Si es así, podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  Al otro lado, puede ser más duro que siempre transmitir las enseñanzas de Cristo.  No obstante, somos llamados tan mucho como siempre a seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 7 de junio de 2026

 

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3, 14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Pudiéramos llamar este tiempo del año “la temporada de los grandes misterios”. El domingo pasado celebramos la Santísima Trinidad, conocida como el misterio central de la fe cristiana. Aunque no pertenece a esta época del año, el misterio de la Encarnación, o la Navidad, también tiene una importancia extraordinaria. Asimismo, la Resurrección de Jesús de entre los muertos ocupa un lugar trascendente entre los misterios de nuestra fe. Completamos esta lista de misterios fundamentales del cristianismo con la fiesta que celebramos hoy: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o Corpus Christi.

Antes de reflexionar sobre esta solemnidad, conviene entender qué es un misterio de la fe. No es un enigma que deba resolverse con la inteligencia humana. Más bien, es una revelación de Dios para ser contemplada, aceptada e incorporada a la vida. Hablamos, por ejemplo, de los misterios del rosario, como la Asunción de María y la Transfiguración del Señor. Al contemplarlos, nos damos cuenta de que no están completamente fuera de nuestro entender. Con la gracia del Espíritu Santo, seremos asumidos al Reino de Dios, donde contemplaremos a Cristo glorificado.

Al decir “el Cuerpo y la Sangre de Cristo”, estamos hablando de la Eucaristía, el sacramento que fortalece y profundiza nuestra relación con Jesucristo. En su compañía experimentamos los primeros destellos de la vida eterna. Así avanzamos hacia la meta humana universal de la felicidad para siempre. Las lecturas de hoy nos enseñan en qué consiste este sacramento y cómo transforma nuestra vida.

En el Evangelio, Jesús afirma que da su propio cuerpo para comer y su propia sangre para beber. Como los judíos reaccionan con incredulidad, Jesús enfatiza que no está hablando en sentido figurado. Repite lo que acaba de decir, pero emplea una expresión aún más fuerte: quien mastica su carne permanece en él. ¿Cómo puede la carne de una persona ser consumida sin violar la dignidad humana? La respuesta nos introduce en el misterio eucarístico. El pan de trigo se transforma interiormente en el Cuerpo de Cristo para beneficio de quien lo recibe. No se viola la dignidad humana porque lo que se consume son la apariencia y las cualidades del pan, no las de la carne humana. Sin embargo, bajo la apariencia del pan permanece la realidad del Cuerpo de Cristo.

Como prueba de este misterio, el Cuerpo de Cristo no disminuye dentro de quien lo recibe, sino que crece. En la segunda lectura, san Pablo pregunta: “El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo?” Claro que sí. El Cuerpo de Cristo, que también es la Iglesia, crece a medida que nosotros somos fortalecidos por la Eucaristía. En una frase célebre, san Agustín explica este fenómeno: el alimento ordinario se transforma en quien lo come; pero al recibir el Cuerpo de Cristo, es el comensal quien se transforma en Cristo.

La Eucaristía también es alimento para el camino. La primera lectura proviene del discurso final de Moisés a los israelitas. Allí les recuerda que el Señor los alimentó con otro “pan” extraordinario en el desierto. Ese “pan,” el maná, les permitió continuar su marcha y formarse como Pueblo de Dios. De manera semejante, la Eucaristía nos permite seguir adelante en las luchas de la vida. Con ella podemos superar las tentaciones, crecer en la caridad y soportar las pruebas hasta que lleguemos a nuestro destino definitivo junto a Dios.

Los misterios no son solo para ser contemplados; también deben ser vividos. En cuanto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, vivir este misterio exige que respondamos positivamente a algunas preguntas. ¿Damos a la Eucaristía el honor debido al prepararnos para recibirla mediante el ayuno apropiado, pidiendo perdón por nuestros pecados y respondiendo con un sincero “Amén” cuando se nos presenta? ¿Observamos los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia, cooperamos con las iniciativas de nuestra parroquia y participamos activamente en sus ministerios? Finalmente, ¿nos estamos preparando para el último viaje de la vida tratando a nuestros familiares con amor, compartiendo con los pobres de nuestra abundancia y evitando hacer el mal?

Aunque vivir de esta manera exige esfuerzo, vale la pena. No es por nada que la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es llamada “la fuente y cumbre” de nuestra fe católica. Es la fuente porque nos nutre en el camino, y es la cumbre porque se convierte en el banquete celestial.  

 

El domingo, 31 de mayo de 2026

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

Las lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.

La concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su imagen, ni administradores de sus tierras.

La historia babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.

El entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

El amor entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros para hacernos santos como ellos.

La Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo. Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.

La doctrina de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros deberíamos amar a uno y otro.

 

El domingo, 24 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En este día celebramos la venida del Espíritu sobre los discípulos de Jesús para que lo proclamen como el Señor. Esta fiesta nunca ha recibido mucha atención en Estados Unidos. Para la mayoría de la gente, el Día de la Madre y el Día del Padre eclipsan su importancia. En otros países, sin embargo, Pentecostés atrae la atención tanto de católicos como de no católicos. Estas naciones han conservado la costumbre de observar el día siguiente como día festivo.

Quizás la dificultad para celebrar Pentecostés radica en la misteriosa figura del Espíritu Santo. En la Biblia, Dios Padre y Dios Hijo se presentan como figuras humanas, pero el Espíritu se representa mediante imágenes inusuales. Aparece como una paloma que desciende sobre Jesús en su Bautismo. Es el viento que se cierne sobre las aguas en la historia de la creación del Génesis y que refrena las olas en el relato de la salvación del Éxodo. En el pasaje del Evangelio de hoy, el Espíritu se describe como el aliento que Jesús sopla sobre sus discípulos.

Otra dificultad que se presenta al considerar al Espíritu Santo como Dios es definir su papel en la creación. Si el Padre es el Creador y el Hijo el Redentor, ¿qué hace el Espíritu Santo? Para responder adecuadamente, debemos aclarar que el Hijo y el Espíritu también participan en la creación. Además, el Padre y el Espíritu Santo llevan a cabo la redención junto con el Hijo. Dado que Dios es uno, las funciones de las tres Personas son inseparables. Generalmente, el Espíritu Santo se asocia con la santificación de la humanidad, aunque el Padre y el Hijo también participan en esta obra. Llamamos al Espíritu Santo “el Santificador”, aquel que llena el alma con la gracia.

Podemos examinar las lecturas bíblicas de hoy para comprender mejor al Espíritu Santo. Además de impulsar a los discípulos de Jesús a predicarlo a las naciones, la lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta al Espíritu Santo como la Nueva Ley.  Para entender cómo debemos entender el contexto. La fiesta de Pentecostés es de origen judío, no cristiano. Los judíos celebraron que Dios les entregó la Ley a sus antepasados ​​al quincuagésimo día de su éxodo de Egipto. Aquí, Dios cumple su promesa al profeta Jeremías de escribir una nueva ley en los corazones humanos. Esta ley obra en nosotros de tal manera que el amor que manda se convierte en nuestra forma de vida. (Sí, a veces parece difícil vivirla, pero tenemos el testimonio de los santos de que es posible).

San Pablo escribe sobre los dones del Espíritu Santo en la Primera Carta a los Corintios. Son más numerosos que los siete mencionados por el profeta Isaías. Pero todos son necesarios porque el propósito del Espíritu es edificar la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en todo el mundo. Además, el Espíritu nos forma en ese Cuerpo que Él mismo anima. En otras palabras, el Espíritu, que es amor, actúa a través de nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo. La importancia de esta verdad se puede apreciar en el último pasaje bíblico de hoy.

El Evangelio muestra cómo el Espíritu Santo renueva la faz de la tierra. Al capacitar a los apóstoles para perdonar los pecados, el Espíritu salva a las personas de la culpa. El perdón nos brinda una nueva oportunidad de agradar a Dios mediante nuestro servicio. Además, el Espíritu de perdón se concede a todos los discípulos de Jesús, sean ordenados o no. El Espíritu nos capacita para perdonar las ofensas cometidas contra nosotros. Sin esta ayuda para el perdón, el mundo no tendría futuro. Sería destruido por la venganza, volviéndose cada vez más violento a lo largo de los siglos con el avance de la tecnología.

En resumen, el Espíritu Santo es un don de Dios para nosotros. Él nos edifica al integrarnos al Cuerpo de Cristo. Por eso, nos hace partícipes de su naturaleza divina y herederos de su felicidad eterna.

El domingo, 17 de mayo de 2026

 LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios. Jesús sabe que la solución a estos problemas depende de Dios Padre. Dice a sus discípulos que “rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Y qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Entonces podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  No obstante, estamos llamados tanto ahora como siempre a llevar a cabo la tarea dura de seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 10 de mayo de2026

 

VI DOMINGO DE PASCUA (Día de las Madres) 

(Hechos 8, 5-8. 14-17; I Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21)

Hoy es el Día de la Madre no solo aquí sino en varios países por el mundo.  Porque han tenido un papel enorme tanto en nuestras vidas, vale reflexionar sobre su aporte espiritual en este espacio. Por decir “vidas espirituales”, significamos nuestra orientación a Dios.  ¿Cómo nos han ayudado nuestras madres acercarnos a Dios?  Que veamos las lecturas que acabamos de escuchar para principios de la vida espiritual.  Entonces los aplicaremos al papel de la madre con ejemplos de la Biblia y las vidas de los santos.

La lectura de los Hechos muestra a Pedro y Juan orando por los conversos que reciban al Espíritu Santo.  Los apóstoles quieren que den las gracias y alabanzas a Dios que caracterizan al Espíritu.  En el Evangelio de Lucas se describe Isabel como “llena del Espíritu Santo” cuando María la visita.  La madre de Juan Bautista exalta a Dios cuando pronuncia a María y el niño en su seno “benditos”.  Santa Mónica, la madre de San Agustín, similarmente alaba al Señor por la conversión de su hijo.  Dijo: “Lo único que deseaba en la vida era verte convertido en católico e hijo del cielo. Dios me ha concedido mucho más al hacer que desprecies la felicidad terrenal y te consagres a su servicio".  Nuestras madres nos enseñaron cómo dar gracias y alabanzas a Dios cuando nos instruyeron el Padre Nuestro.

En la Carta de Pedro el apóstol aconseja a sus lectores que sean dispuestos “a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes”.  Como cristianos queremos evangelizar a los demás con explicaciones verdaderas y sólidas.  Me recuerda de la madre cananea dando al Señor una buena razón para que expulse el demonio de su hija.  Santa Perpetua era una madre cuando fue arrestada por ser cristiana.  En su diario escribió que le explicó a su padre que prefería sufrir el martirio antes que dejar la fe. Nuestras madres nos enseñaron cómo defender la fe cuando respondieron a nuestras preguntas tal como como: “¿Qué pasa cuando morimos?”

El evangelio nos urge a amar a Cristo por cumplir sus mandamientos.  Su primer mandamiento es amar a Dios sobre todo.  Leemos en II Macabeos como la madre viuda de siete hijos vio a cada uno martirizado.  Al más chico del grupo le pidió: “…sé que el Creador del universo … les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida, ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor de sus leyes” (II Macabeos 7,22-23).  El siglo pasado la Santa Giana Beretra Molla, una doctora italiana, rechazó salvar su propia vida con terapia que habría destruido la vida de la bebé en su seno.  Fue un acto de amor abnegado por Dios tanto como por su hija.  Por la mayor parte nuestras madres fueron los primeros para enseñarnos a cumplir la voluntad de Dios por obedecer nuestras conciencias.  Nos decían: “Que tu conciencia sea tu guía”.

Los hijos de una familia solían a preguntar a su madre que querría por el Día de la Madre, la Navidad, o su cumpleaños.  Invariablemente su madre respondió: “niños buenos”.  Es verdad.  Para complacer a nuestras madres solo tenemos que desarrollar la virtud de vivir justos en este mundo de mucha maldad.  Podemos añadir que la virtud incluye la práctica del Cuarto Mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.


El domingo, 3 de mayo de 2026

 

V DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Cada año, durante las siete semanas de Pascua, escuchamos segmentos de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico narra el desarrollo de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén y muestra cómo el Espíritu Santo promueve la difusión del Evangelio en el mundo. La lectura que escuchamos relata cómo la comunidad supera un problema inherente a toda organización humana.

Se ven problemas administrativos en organizaciones tan pequeñas como la familia y tan grandes como el gobierno nacional. Es inevitable que, en algún momento, los administradores de estas organizaciones pasen por alto la necesidad de alguien o tengan desacuerdos entre sí. La primitiva comunidad cristiana no es la excepción. Pero es excepcional en que resuelve el problema sin rencor (al menos según se registra en los Hechos) y con dependencia de Dios.

Los creyentes siguen a Jesús guardando en el corazón algunos principios en cuanto a la disposición de los recursos económicos. Primero, que nadie tenga necesidad. Por supuesto, la preocupación aquí es por los pobres. Segundo, que todos pongan sus bienes al servicio de la comunidad. Este principio desafía a los acomodados. Típicamente han trabajado duro para conseguir sus bienes, de modo que no quieren verlos desperdiciados. Y tercero, que los apóstoles distribuyan los bienes de la dispensa comunitaria según la necesidad de cada uno.

Sin embargo, a medida que la comunidad experimenta un rápido crecimiento, los apóstoles no pueden satisfacer la demanda de recursos. La lectura cuenta que las viudas del grupo de habla griega carecen de alimento. Son judías que vinieron de la diáspora para establecerse en Jerusalén. Acuden a los apóstoles en busca de ayuda para su sustento. Pero, dedicados a la predicación, los apóstoles no pueden suplir su necesidad. Por esta razón, tienen que buscar otro modo de cuidar a las viudas.

Su procedimiento es instructivo. En lugar de ver el problema como político, los apóstoles lo abordan como administrativo. Es decir, no se detienen en la cuestión de por qué son las “viudas griegas” las que sufren necesidad. Más bien, proponen una solución que tal vez les cueste influencia, pero que a largo plazo será mejor para todos. Convocan a la comunidad para seleccionar a siete hombres que puedan servir como administradores de la despensa común.

Se proponen tres cualidades para la selección de los siete. Cada uno debe ser un hombre de buena reputación, para que la gente confíe en él. Debe estar lleno del Espíritu Santo, para guiar a los demás por caminos de justicia. Finalmente, necesita prudencia para administrar los bienes comunes. Entonces los apóstoles les imponen las manos para invocar al Espíritu. Él les transmite la autoridad para cumplir su nuevo ministerio.

Podríamos preguntarnos cómo llega el Espíritu Santo a los siete. El Evangelio de hoy nos da la clave para entender la transmisión del Espíritu Santo. Jesús dice que va a preparar un lugar para sus discípulos en la casa de su Padre. Solemos pensar que la casa de Dios está en el cielo más allá de las estrellas. Pero al principio de este evangelio, Jesús asocia la casa de su Padre con su propio cuerpo. Jesús prepara un lugar para nosotros en la casa de su Padre al entregarse a ser crucificado y resucitar de entre los muertos. Bautizados en este misterio pascual, nos hacemos miembros del Cuerpo de Cristo, la casa de su Padre donde reside el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos da una nueva vida de gracia para vivir en este mundo con la vida eterna como nuestra meta. Los siete reciben una doble porción de su Espíritu para su ministerio de atender a las necesidades físicas de la gente.

Estamos cerca de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Más que celebrar “el cumpleaños de la Iglesia”, es tiempo de reflexionar sobre cómo el Espíritu Santo nos está guiando y pedirle los dones para hacer su voluntad. No nos faltará. Él tiene que renovar la faz de la tierra y quiere que lo ayudemos en esta tarea.

El domingo, 26 de abril de 2026

 IV DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:14.36-41; I Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)

Hace cincuenta años, algunos laicos y clérigos protestaron contra el hecho de llamar al laicado “ovejas”. Su argumento era que la mayoría de las personas asocian a las ovejas con la incompetencia, el sometimiento y el temor. Decían que muchos laicos son bien educados, elocuentes y bastante capaces de decidir por su propio bien.

Sin querer ofender a nadie, se puede defender la comparación con tres observaciones. Primero, la Biblia —y en particular este Evangelio de San Juan— se refiere a los fieles como ovejas necesitadas de pastores fuertes y sensatos. En segundo lugar, la comparación no es en realidad un insulto, ya que las ovejas no son tan débiles como suele pensar la opinión popular. Agricultores y científicos reconocen la inteligencia de las ovejas: pueden reconocer rostros, encontrar remedios naturales para sus enfermedades y saben cómo protegerse cuando se acerca una tormenta.

La tercera observación no es favorable para la humanidad. Si las ovejas pueden andar despistadas y perderse, muchos hombres y mujeres actúan de manera semejante. Numerosas personas caen en adicciones que saben que son dañinas. Las drogas, las apuestas de alto riesgo y la pornografía son solo algunos de los muchos vicios que nos atrapan. Las guerras, las peleas, la conducción temeraria y las traiciones prestan más testimonio de la inclinación humana de autodestrucción. Consideremos ahora estas observaciones a la luz del Evangelio.

La lectura de hoy constituye la primera parte del gran Discurso del Buen Pastor en el Evangelio según San Juan. En él, Jesús describe al verdadero pastor como aquel que guía a sus ovejas hacia verdes pastos. Como cuida de ellas, las ovejas lo siguen; de hecho, conocen su voz y no siguen a extraños. Los falsos pastores —los extraños — intentan sacar a las ovejas del redil para aprovecharse de ellas.

Es interesante notar que, en este pasaje, Jesús no se presenta a sí mismo como pastor. Reserva ese título para la segunda parte del discurso. Aquí, Jesús se describe como la “puerta del redil”, cuya función es vigilar la entrada. La puerta debe permitir el paso a los pastores legítimos —los apóstoles y sus sucesores, los obispos, así como los presbíteros, los asistentes principales de los obispos— y, al mismo tiempo, rechazar a los ladrones y salteadores que quieren hacer daño a las ovejas. ¿Quiénes son estos malvados? Jesús considera a los fariseos, a quienes dirige este discurso, como enemigos del rebaño. Ellos imponen a la gente tradiciones y normas ajenas, convirtiendo la religión en un obstáculo, en lugar de un estímulo, para una relación viva con Dios.

Los enemigos pueden cambiar con el tiempo. Uno de los más formidables en nuestra época es una falsa idea de la libertad. Para muchos, la libertad consiste simplemente en la eliminación de restricciones. Ciertamente, la liberación de la esclavitud y la superación del estigma racial han sido grandes avances en la historia humana. Sin embargo, eliminar las injusticias externas es solo una parte de la verdadera libertad. También es necesario liberarse de las ataduras internas, como las adicciones a las drogas y a la pornografía, que no solo desvían la voluntad de lo verdaderamente bueno, sino que también deterioran a la persona.

La atadura o restricción más grande es la ignorancia.  Somos libres de ella cuando aprendemos y practicamos lo que es bueno, verdadero y amoroso. En pocas palabras, debemos conocer e imitar a Dios. ¿No es acaso una pianista virtuosa más libre para producir bella música que una principiante?  Así también ocurre en la vida: somos plenamente libres cuando desarrollamos nuestras capacidades para alcanzar nuestra meta que es la vida con Dios.

Los obispos de la Iglesia son elegidos por su inteligencia superior al promedio y su fidelidad a la doctrina católica. En su mayoría, son hombres honrados y simpáticos, aunque no perfectos. Cristo, la puerta, los ha admitido en el redil. Ellos piden constantemente a los legisladores que garanticen la libertad auténtica para todos. Más importante aún, promueven el conocimiento de Dios mediante diversos programas y proyectos. Los seguimos —especialmente al Papa— porque confiamos en que no nos desviarán, sino que nos guiarán hacia los pastos eternos de Dios.


El domingo, 19 de abril de 2026

 

III DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 2:14, 22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Cada año, en este Tercer Domingo de Pascua, escuchamos el relato de la aparición de Jesús resucitado. Hoy se nos narra su encuentro con dos discípulos en el camino a Emaús. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza de la resurrección, tanto la de Jesús como la nuestra al final de los tiempos. La resurrección es una de las verdades centrales de la fe cristiana. Sin embargo, no es tan fácil de comprender como suele suponerse.

Para llegar a una comprensión adecuada, debemos aclarar algunas ideas erróneas sobre la resurrección. Para muchas personas hoy en día, la resurrección de Jesús se considera un mito que significa que Jesús vive en los corazones de sus discípulos. Los mitos son historias sin fundamento histórico cuyo propósito es expresar una verdad humana. La “Torre de Babel”, por ejemplo, es un mito que intenta explicar las numerosas lenguas del mundo. Este no es el caso del relato de la resurrección de Jesús. Sus fundamentos históricos están bien establecidos: Jesús fue crucificado por orden de Poncio Pilato, gobernador de Judea, cuando Caifás era el sumo sacerdote. Su resurrección tuvo lugar al tercer día de este suceso.

Según otra idea errónea, Jesús resucitado era un fantasma que algunos vieron brevemente. Esta concepción equivocada asemeja a Jesús al profeta Samuel, a quien Saulo llamó para obtener información sobre sus enemigos. Pero esta idea no se corresponde con la experiencia de los discípulos, quienes vieron al Señor resucitado con un cuerpo capaz de compartir comida con ellos.

Una tercera idea falsa sobre la resurrección asemeja a Jesús a Lázaro, a quien resucitó en la lectura del evangelio de hace unas semanas. Pero este concepto tampoco concuerda con lo que nos dicen los evangelios. Lázaro, al volver a la vida, tiene un cuerpo como el nuestro. El cuerpo de Jesús resucitado, en cambio, se ha transformado. Jesús puede atravesar puertas cerradas y aparecer y desaparecer repentinamente.

Hay varias características comunes en estas apariciones que nos ayudan a comprender su naturaleza. Primero, Jesús puede ser visto, pero no es identificado de inmediato. Los discípulos en el camino a Emaús no lo reconocen al principio. Cuando se le aparece a Pablo en el camino a Damasco, se le percibe como una luz brillante. Como ya hemos dicho, su cuerpo se ha transformado y ya no está sujeto a las limitaciones anteriores.

Otra característica de Cristo resucitado es que se comunica con aquellos a quienes se le aparece. Su mensaje puede ser desafiante, como cuando reprende a sus discípulos por no creer a las mujeres, según el final más extenso del Evangelio de Marcos. Pero con mayor frecuencia, los saluda con la palabra “paz”. Esta palabra en hebreo es shalom y significa mucho más que “hola” o “buenos días”. Shalom expresa la plenitud del bienestar como dicen los franciscanos: “paz y bien”. Luego, Jesús envía a sus apóstoles a proclamar la Buena Nueva por todas partes.

Finalmente, Jesús comparte las comidas con aquellos a quienes se le aparece. En el Evangelio de hoy, los discípulos lo reconocen al partir el pan, un gesto que recuerda la Eucaristía. Continúa con su práctica, anterior a su muerte, de compartir la mesa como una forma de expresar la intimidad de su amor.

De todo esto, podemos decir que la resurrección representa un nuevo nivel o modo de existencia humana. Es un salto cualitativo, similar, en cierto sentido, al que se produjo cuando los primates evolucionaron hasta convertirse en seres humanos. El Resucitado tiene un cuerpo transformado, y su amor ya no está limitado como antes. Durante su vida terrenal, Jesús estaba limitado por el hecho de no poder llegar a todos. Ahora, en su estado resucitado, no solo llega a todas las personas, sino que es capaz de abrazar a cada hombre, mujer y niño dentro de sí mismo. De esta manera, se establece una nueva comunión con Dios y entre sí mismos.

Nuestro amor está limitado de maneras más fundamentales que el de Jesús. No podemos amar sin cierto grado de interés propio. Esto no es malo hasta que buscamos nuestra propia satisfacción en detrimento del bienestar del otro. Sin embargo, en la resurrección, nuestros cuerpos se transformarán de tal manera que el amor para el que fueron creados nuestros cuerpos ya no será meramente un deseo sensual, ni siquiera solo una amistad. Más bien, nuestro amor por los demás manifestará la  completa entrega de si que caracteriza el amor de Jesús por sus discípulos. Podremos amar a todas las personas de una manera nunca antes vista.


El domingo, 12 de abril de 2026

 

II DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA, 12 de abril de 2026

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

El Evangelio llama a Tomás “el Gemelo”. No se sabe por qué ni de quién sería su contraparte. Puede ser que sea nuestro gemelo, en la medida en que, como él, nosotros también hemos albergado dudas en la fe. Por eso, quisiéramos dirigirle las siguientes interrogaciones.

Tomás, ¿por qué no crees a tus compañeros cuando dicen que Jesús ha resucitado? ¿Acaso no insinuó él su pasión, muerte y resurrección varias veces en tu presencia? Cuando habló del Buen Pastor, ¿no indicó que daría su vida por sus ovejas (Juan 10,11)? ¿No dijo también que tenía el poder no solo para dar la vida, sino para recobrarla (10,18)? ¿Y no habló a ti y a los demás de que sería levantado en alto sobre la tierra para atraer a todos hacia Él (12,32)?

Sobre todo, ¿no recuerdas lo que pasó en el sepulcro de Lázaro? Cuando Jesús pidió que removieran la piedra que cubría la tumba y Marta se preocupó por el mal olor, pues llevaba cuatro días muerto, ¿no viste al difunto salir caminando?

¿Por qué quieres ser como los saduceos, que intentaron hacer tropezar a Jesús con la historia ridícula de la mujer que tuvo siete maridos, porque no creían en la resurrección? ¿No te molestas ponerte con muchos del siglo XXI, que dudan de todo y, al hacerlo, van perdiendo los valores necesarios para sostener una vida estable y plena?

Recuerda la historia de Abrahán, que dejó su país, su comunidad y la casa de su padre por fe en la palabra de Dios. ¿No fue Dios fiel a su promesa con este patriarca? Acuérdate también de Jeremías y de otros profetas, que sufrieron desgracia y castigo por anunciar la palabra de Dios como verdadera e inviolable. ¿Piensas que predicaron en vano?

Mira también hacia el futuro. Observa cómo los discípulos viven en perfecta armonía, como narran los Hechos de los Apóstoles. ¿No es este fruto de la resurrección de Jesús y del descenso del Espíritu Santo? Nota también lo que ocurrió años después, cuando Pedro exhorta a los cristianos a mantenerse firmes en la esperanza aun en medio del sufrimiento. ¿No te convence esto de la centralidad de la fe en la resurrección?

Sí, es cierto que la fe exige sacrificio, sobre todo cuando vivimos entre personas que no buscan la justicia de Dios, sino la satisfacción material. Nos sentimos extraños, como si nos faltara algo esencial, hasta que descubrimos la verdadera fuente de la satisfacción. No proviene de sensaciones pasajeras, sino de la conciencia de vivir conforme a la voluntad de Dios.

No, Tomás, no dudes más. Acepta la presencia de Jesús que está ante ti. No está solo en el cuerpo humano con el que caminó sobre la tierra. Está también en los pobres que viven según los mandamientos del amor. Está en los sacramentos que nos ofrecen su perdón, su fortaleza y su gracia. Y está en los ordenados y las religiosas que representan la Iglesia. No siempre son perfectos, pero nos enseñan los caminos y mandamientos del Señor.

Más aún, deja de insistir en ver la señal de los clavos en sus manos y en meter tu dedo en su costado. Sé modelo para todos nosotros cuando nuestra fe se debilite. Ayúdanos a decir contigo, con plena confianza ante el Señor Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”

 

El domingo, 5 de abril de 2026

 

Domingo de Pascua: La Resurrección del Señor, Misa del día
(Hechos 10:37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)

¿Quién es “el otro discípulo” que cree en la resurrección de Jesús antes que nadie? Los investigadores bíblicos no se ponen de acuerdo sobre su identidad. Durante siglos, la opinión común era que “el discípulo amado”, como se le llama, es Juan, el hijo de Zebedeo. Pero ahora algunos estudiosos se preguntan por qué no se menciona su nombre, siendo uno de los discípulos más prominentes en los otros evangelios.

Algunos expertos hoy en día han dado una respuesta interesante a esta pregunta. Dicen que es Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Recordamos que el evangelio afirma que Jesús amaba a Lázaro junto con sus hermanas. Sin embargo, parece extraño que el evangelista lo llame por su nombre en la historia de su resurrección y luego solo lo designe como “el otro discípulo” o “el discípulo a quien Jesús amaba” en el resto del evangelio.

Uno de los comentaristas bíblicos más perspicaces del siglo pasado ofreció otra solución al problema. Dijo que el otro discípulo, a quien Jesús ama, es realmente un discípulo, pero no uno de los Doce apóstoles. Este estudioso escribió que el Discípulo Amado no tenía la prominencia en la Iglesia primitiva que tenían Pedro y Juan. Sin embargo, dejó su testimonio a la comunidad cristiana que produjo el Evangelio según san Juan.

Pensamos que el Discípulo Amado llega al sepulcro de Jesús antes que Pedro porque es más joven. Pero el evangelio nunca lo describe como joven. ¿No es posible que llegue primero por su gran amor a Jesús? Este amor se manifiesta en su cercanía al Señor en la Última Cena.

Se dice que el amor es ciego. Puede ser así en el amor romántico. Los enamorados románticos a menudo pasan por alto los defectos del otro para satisfacer su deseo ardiente. Sin embargo, el amor que vale más —el amor que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio— no es ciego. Al contrario, este amor, con el que Dios nos ama, ve en el ser amado virtudes que no todos pueden ver.

Roberto y Priscila Colby estuvieron casados por casi cincuenta años cuando Priscila desarrolló Alzheimer. Roberto tuvo que cuidarla, una tarea que llevó a cabo con esmero. Decía entonces que amaba a Priscila más que el día de su boda. Atribuía a Priscila la buena formación de sus tres hijos. Contaba que, cuando la más joven comenzó a meterse en problemas, Priscila percibió que la raíz de sus dificultades era la compañía que tenía. Entonces le prohibió salir con ese grupo de amigas. Como es natural, la chica le guardó rencor a su madre, pero con el tiempo obtuvo un doctorado y trabajó en una prestigiosa universidad de investigación.

El Discípulo Amado valora a Jesús con este mismo amor. Reconoce a Jesús como el mejor de todos los hombres y, en verdad, como el Hijo de Dios. Está dispuesto a sacrificarse por el Señor por ser el único discípulo varón que permanece junto a las mujeres al pie de la cruz. Por este gran amor, no duda cuando ve el sepulcro vacío y los lienzos doblados.  Más bien, cree que Jesús ha resucitado como Él decía. No necesita verlo resucitado para creer como María Magdalena y Pedro.

Este amor que no busca premios ha sido infundido en nuestros corazones por el Bautismo. Creemos que el Señor Jesús ha resucitado sin haberlo visto. No permitamos que nuestro amor por Jesús se quede solo en una creencia. Más bien, sacrifiquémonos por los demás, para que otros crean y tengan la vida eterna.

El domingo, 29 de marzo

 Domingo de Ramos “De la Pasión del Señor”

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14–27:66)

Se dice que la crucifixión de Jesús es la escena más representada en el arte. Ciertamente está bien grabada en la mente de los cristianos. Desafortunadamente, tendemos a recordar los acontecimientos de la Pasión como si aparecieran en los cuatro evangelios. Pero esta concepción no es correcta. Los eventos de un evangelio no necesariamente se encuentran en los demás. Por ejemplo, no hay ninguna mención del azote ni de la coronación de espinas en el Evangelio de Lucas. Este hecho no debe disminuir nuestra fe en el Evangelio. La crucifixión fue una experiencia tan profunda para los apóstoles que ninguna interpretación pudo expresar completamente su significado.

Ya que hoy leemos la Pasión según san Mateo, enfoquémonos en cuatro eventos que únicamente este evangelio nos relata. Nuestro propósito será comprender mejor la muerte de Jesús según la perspectiva de Mateo.

Cuando Jesús llega a Getsemaní, se aparta para orar a solas. Mateo dice que “se postró rostro en tierra”. Está en angustia. Se siente indefenso ante las fuerzas combinadas de los líderes judíos y del Imperio romano en su contra. Como abrumado, pide a su Padre que, si es posible, aparte de él esa prueba. Vemos a Jesús como hombre enfrentándose a una situación traumática. Y, al mismo tiempo, tenemos una vislumbre de su divinidad confiando en la voluntad de su Padre.

Después de que el sanedrín lo condena a muerte, Mateo interrumpe la historia de Jesús para contar lo que le sucede a Judas. Sintiendo vergüenza por su traición, Judas se arrepiente de su crimen e intenta devolver su dinero de recompensa a los sumos sacerdotes. Luego va y se ahorca. Judas no es el único que lamenta haber tratado mal a Jesús. Simón Pedro, quien una vez lo proclamó como “el Hijo de Dios”, niega conocerlo. También se arrepiente de su pecado, pero en lugar de desesperarse, llora amargamente. Todos nosotros ofendemos a Jesús de una manera u otra. Cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, ¿a cuál discípulo queremos imitar? ¿Al que se desesperó o al que lloró?

El juicio romano de Jesús se recuerda en Mateo por dos acciones: la esposa de Pilato relatando su sueño acerca de Jesús y el intento de Pilato lavarse las manos de su sangre. La mujer da otro testimonio divino de la inocencia de Jesús, ya que en el Evangelio de Mateo Dios suele comunicarse a través de sueños. Pilato intenta hacer lo imposible: no puede entregar a Jesús para ser crucificado y, al mismo tiempo, mantenerse inocente de la muerte de un justo. Debemos reconocer que no podemos justificar una acción mala con gestos que aparentan ser buenos.

Junto con el Evangelio de Marcos, Mateo presenta la muerte de Jesús como un momento de profundo abandono. Dios permite que su Hijo experimente el aislamiento total. Aunque sigue creyendo en Dios, Jesús muere sin consuelo humano ni alivio inmediato. Es una muerte que parecería propia de un criminal despiadado. Sin embargo, Mateo, Marcos y Lucas también dan testimonio de los efectos positivos de su muerte. Relatan que el velo del templo se rasga en dos, lo que significa que el sacrificio de Cristo ha reemplazado los sacrificios del templo para el perdón de los pecados. También mencionan que un centurión pagano reconoce la inocencia de Jesús.

Sin embargo, solo Mateo narra un terremoto que abre las tumbas de los justos. La sacudida es tan fuerte que algunos muertos vuelven a la vida. Más que un evento histórico, este hecho conecta la muerte de Jesús con la victoria sobre la muerte. Es la manera de Mateo de decir que la muerte de Jesús produce frutos inmediatos.

Cada una de las narraciones de la Pasión es profundamente significativa. Ninguna es solo un reporte de hechos. Todas nos ofrecen una comprensión única y profunda del misterio de la muerte del Hijo de Dios. Este año hemos tenido la oportunidad de contemplar este misterio según Mateo. No es una historia bonita, pero por medio de su sufrimiento hemos sido justificados.

El domingo, 22 de marzo de 2026

 

V Domingo de Cuaresma
(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

El Evangelio según San Juan es una obra maestra literaria. Narra una historia cautivadora, pero, más importante aún, revela el significado del Evangelio mediante recursos literarios. Antes de hablar de uno de estos recursos en el Evangelio, puede ser útil dar un ejemplo.

Todos conocen la historia de Pinocho. Es el muñeco cuya nariz crecía cada vez que decía una mentira. La nariz que crece funciona en la historia como un símbolo, un tipo de recurso literario. En este caso, el símbolo revela cómo la mentira deforma el carácter de la persona.

El evangelista Juan dice que Jesús realizó muchos “signos” durante su ministerio. Para él, los milagros de Jesús son signos, pero no exactamente en el mismo sentido que en los otros evangelistas. Para Mateo, Marcos y Lucas, las curaciones de Jesús son hechos poderosos que indican que Él viene de Dios. Juan tiene un concepto más profundo del signo. Para Juan, los signos son símbolos que revelan no solo que Jesús viene de Dios, sino también diferentes aspectos de quién es Él.

Al comienzo de su Evangelio, Juan escribe sobre la “Palabra” que “estaba junto a Dios” y que “era Dios”. Los signos ayudan a revelar quién es esta Palabra.

Juan relata siete signos, aunque al final de su Evangelio indica que Jesús realizó muchos más. El primer signo es cuando Jesús convierte las seis tinajas de agua en vino excelente en las bodas de Caná. Allí se revela a Jesús como aquel que reemplaza los ritos del Antiguo Testamento con el culto nuevo que se realiza a través de Él.

El Evangelio de hoy relata el último signo antes de su muerte: la resurrección de Lázaro. En este signo Jesús se revela como el Hijo de Dios vivo, con poder sobre la muerte.

En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo llama a la muerte “el último enemigo” de Jesucristo. Con esto quiere decir que la muerte no solo es el enemigo final, sino también el más grande. La muerte nos separa de nuestros seres queridos. Nos hace sentir el peso y la vergüenza de nuestros pecados. Representa lo desconocido, donde podríamos perdernos para siempre. Finalmente, como fin de la existencia terrena, la muerte parece negar nuestro valor. Por eso pocas personas desean una vida corta; todos queremos vivir lo más posible.

Para evitar la muerte, algunos tratan de vivir de manera muy saludable. Siguen dietas bajas en grasa y hacen ejercicio diariamente. Otros, de manera menos realista, piensan que podrán vencer la muerte con la tecnología. Algunos incluso planean congelar sus cuerpos cuando la muerte esté cerca, con la esperanza de ser revividos cuando se descubra la cura para su enfermedad.

La historia de Lázaro en el Evangelio de hoy nos muestra otro remedio para la muerte. Es menos complicado que las dietas o el ejercicio, e infinitamente más seguro que la tecnología.

Jesús, el Hijo de Dios con poder sobre la muerte, es amigo de Lázaro. Cuando recibe la noticia de que está gravemente enfermo, finalmente viene y lo llama a salir del sepulcro. Nosotros también queremos entablar amistad con Jesús, para que venga a resucitarnos cuando muramos.

¿Y cómo lo hacemos?  En primer lugar, profesando nuestra fe en Jesús, como lo hace Marta en el Evangelio. Jesús le dice a su amiga: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.

También es necesario que, movidos por el Espíritu que recibimos en el Bautismo, practiquemos obras de caridad. El Evangelio de Mateo cita a Jesús diciendo que quienes den de comer a los hambrientos y visiten a los enfermos serán recompensados con el Reino de su Padre.

El Padre Cecil era un monje benedictino bondadoso y sabio. Cuando tenía alrededor de setenta años, le diagnosticaron cáncer en el cerebro. Sabiendo que la muerte estaba cerca, alguien le preguntó si tenía miedo.  “No”, respondió el sacerdote. “He aconsejado a muchos que Dios está esperándolos para recibirlos. ¿Cómo podría yo temer mi propia muerte?”

Como el Padre Cecil, cuando llegue nuestro momento, confiemos en Jesús y muramos en paz.

 

El domingo, 15 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA
(1 Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

El Evangelio de San Juan está lleno de drama. Varias veces en el relato Jesús se encuentra con otras personas para guiarlas hacia su Padre. El domingo pasado escuchamos de su encuentro exitoso con la samaritana. Pero no siempre tiene éxito. Cuando encuentra a Pilato el día de su crucifixión, al gobernador le interesan sus palabras, pero al final lo rechaza por conveniencia política.

Hoy escuchamos del encuentro de Jesús con el hombre nacido ciego. Es un drama de primera categoría. De hecho, a menudo se considera uno de los relatos mejor construidos de todo el evangelio.  Este encuentro se destaca por su argumento bien desarrollado. Con sus giros y vueltas vemos al hombre crecer gradualmente en la fe en Jesús. Al mismo tiempo, los fariseos van perdiendo poco a poco la fe en él. La pérdida es trágica porque priva a los fariseos de la vida eterna.

La lectura comienza con Jesús curando al hombre nacido ciego, untándole barro en los ojos.  La curación provoca tanta discusión entre los vecinos que le preguntan al hombre si realmente es el mismo que era ciego y cómo fue sanado. El hombre responde que sí, que era ciego, y que fue curado por “el hombre que se llama Jesús”.

Asombrados por lo que dice, los vecinos llevan al hombre ante los fariseos para verificar su relato. Después de investigar, los fariseos quedan divididos: algunos dicen que sí, que se trata de una curación legítima, es decir, realizada por Dios; otros la dudan. Cuando le preguntan al hombre cómo recibió la vista, él vuelve a decir que fue Jesús quien lo curó, pero esta vez añade que Jesús es un profeta.

Entonces los fariseos llaman a los padres del hombre para preguntarles si realmente es su hijo y cómo es que ahora ve. Ellos lo reconocen como su hijo, pero por miedo a los fariseos dicen que no saben cómo fue curado. Les recomiendan que se lo pregunten directamente a él.

Cuando lo interrogan por segunda vez, los fariseos ya no tienen dudas acerca de Jesús. Todos están de acuerdo en decir que Jesús “es un pecador”, y expulsan al hombre por decir lo contrario.

No es casualidad que Jesús encuentre nuevamente al hombre nacido ciego pero ahora con vista perfecta. Es el Buen Pastor que cuida a sus ovejas maltratadas. Cuando lo ve, le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, eso es aquel que recibe de Dios autoridad para juzgar al mundo. Al principio el hombre duda, porque no sabe a quién se refiere Jesús. Pero una vez que Jesús se identifica como el Hijo del Hombre, el hombre se postra ante él en adoración.

Mientras tanto, los fariseos observan todo. Le preguntan a Jesús si ellos están ciegos. Jesús les responde que, aunque tienen vista, no ven la verdad. Caminan en tinieblas espirituales que les impiden reconocer lo que es verdaderamente bueno.

Al principio de este drama Jesús se llama a sí mismo “la luz del mundo”. Como toda luz, él crea sombras. Los personajes del relato tienen que decidir si quieren vivir en la luz, reconociendo a Jesús como Señor, o en las tinieblas, negando su señorío.  El hombre nacido ciego elige la luz de Cristo, mientras que los fariseos optan por las sombras al rechazar su autoridad.

Toda persona humana tiene que definirse de la misma manera. ¿Soy persona de la luz de Jesucristo, viviendo según cada palabra que sale de su boca? ¿O soy persona de las sombras que sigue a los principales “influencers” del mundo del entretenimiento, los deportes o el internet?  Por nuestro bien y por el bien de los demás, Jesús quiere que vivamos en su luz.

El domingo, 8 de marzo de 2026

III DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

El evangelio de hoy destaca el encuentro entre Jesús y la famosa “mujer del pozo”. Es tan importante para el catecumenado que puede leerse cada año en el tercer domingo de Cuaresma. Describe una dinámica de la vida espiritual: cómo Jesús, el Buen Pastor, busca a la oveja perdida para darle la vida eterna.

Jesús está solo mientras espera a la mujer samaritana junto al pozo. Quiere hablar con ella sobre su vida. Cuando ella llega, Jesús no demora en iniciar la conversación. Pero no comienza haciendo referencia al pecado. Más bien le dice: "Dame de beber". Es una petición razonable al mediodía en una tierra seca. Para ella, sin embargo, es un comentario inesperado. Pues ella es mujer, desconocida y de una nación rival; es decir, el tipo de persona con quien los judíos decentes no hablaban directamente. Sin embargo, lo que le preocupa a Jesús no son sus datos sociológicos sino su alma.

El hecho de que la mujer venga sola indica su aislamiento. Probablemente las otras mujeres se alejan de ella porque vive en pecado. Pero no es una mujer torpe. Responde a Jesús con seguridad a Jesús que no es costumbre que un judío pida algo a una samaritana. Entonces Jesús cambia el nivel de la conversación. La lleva de lo físico a lo espiritual al ofrecerle "agua viva". Le explica que el agua viva no solo satisface la sed para siempre, sino que también trae la vida eterna. Pero ella, sea porque no puede imaginar la gracia del agua bautismal o porque se burla de Jesús, le pide esa agua para no tener que volver al pozo cada día.

Ahora Jesús se dirige al pecado de la mujer. Le revela que ha estado casada varias veces y que en ese momento vive en unión libre. Incómoda al hablar de su vida personal, ella trata de cambiar el tema hacia la religión. Dice que samaritanos y judíos tienen diferentes lugares para dar culto a Dios. Entonces Jesús le ofrece el medio para superar esas diferencias y dar a Dios culto "en espíritu y en verdad". Esta expresión debería entenderse como el Espíritu de la Verdad, es decir, el Espíritu Santo. Jesús le está ofreciendo el Espíritu Santo, que es la fuente de la gracia.

La gracia del Espíritu Santo es para la vida espiritual lo que el agua es para la vida natural. Así como el agua elimina las toxinas del cuerpo, la gracia perdona los pecados. Así como el agua facilita el transporte de nutrientes a los miembros del cuerpo, la gracia anima a todo el cuerpo para dar alabanza a Dios. Y así como el agua regula la temperatura para asegurar los procesos corporales, la gracia modera las pasiones para que la persona busque a Dios.

Cuando la mujer dice que el Mesías traerá el culto perfecto, Jesús se identifica como tal. Ella lo acepta. Deja su cántaro porque ya no se preocupa por el agua natural, puesto que ha recibido de Jesús el agua sobrenatural. Y, como buena discípula, va a contarlo a todos.

Todos nosotros somos como la samaritana, y no solo porque pecamos. Somos como ella también porque tratamos de satisfacer nuestros deseos más profundos con cosas materiales. Sin embargo, como Dios nos ha hecho para sí mismo, no podemos satisfacer esos deseos con Mercedes, champaña o vacaciones en Europa. Nuestros deseos más profundos son el conocimiento de ser verdaderamente amados, la conciencia de haber hecho el bien y la seguridad de ser salvados. Para realizar todo esto necesitamos la gracia del Espíritu Santo. La gracia brota en las aguas del Bautismo y crece para ayudarnos a afrontar los desafíos de la vida mediante los otros sacramentos. La gracia nos anima, nos fortalece y nos dirige hacia Dios. ¿Conoces algo más valioso en la vida que la gracia del Espíritu Santo?

 

El domingo, 1 de marzo de 2026

 

II Domingo de Cuaresma
(Génesis 12:1-4; II Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9)

Llegamos al segundo domingo de la Cuaresma. Cada año, en este día, escuchamos en el evangelio el relato de la Transfiguración de Jesús en la montaña. Hay tres versiones de este acontecimiento: una en Mateo, otra en Marcos y otra en Lucas, pero no difieren mucho entre sí. Hoy oímos la versión según san Mateo. Se distingue por no decir que Pedro no sabe lo que dice cuando sugiere que se construyan tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías.

Quizás nos preguntamos: «¿Por qué los evangelistas incluyen este relato tan peculiar en sus escritos?» Usualmente se dan tres motives. Primero, la historia confirma la declaración de Pedro de que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Segundo, ayudará a los discípulos a soportar la angustia de ver a Jesús crucificado. Finalmente, da una pista a los creyentes sobre su destino. Como Cristo, ellos también brillarán en la gloria. Vamos a enfocarnos hoy en este tercer motivo: la transformación paralela del cristiano como Cristo glorificado.

Comencemos con la primera lectura. Muestra a Abram siendo instruido por el Señor a dejar su país, su parentela y la casa de su padre para ir a una tierra extranjera. Solo mediante estos sacrificios costosos puede llegar a brillar como el padre de muchas naciones. Es cierto que la gracia del Espíritu Santo, que hace brillar en la gloria a los cristianos, es un don. Sin embargo, requiere sacrificios para recibirla y conservarla, como en el caso de Abram. Muchos se preparan, a veces durante años, en las clases de sacramentos que comunican la gracia transformadora. Los sacrificios se multiplican al vivir en el mundo, donde las tentaciones abundan. Tienen que rechazar la seducción del placer, del poder y del prestigio si quieren resplandecer en la gloria.

En la segunda lectura, Pablo pide a su discípulo Timoteo que se una a él en el sufrimiento por el evangelio. Quiere su ayuda en la obra exigente de llevar el evangelio al mundo. Los primeros cristianos recibieron la gracia gratuitamente, pero anunciarla costó mucho a los apóstoles. Si los seguidores del evangelio brillarán como el rostro de Jesús en la montaña, aquellos que lo anuncian resplandecerán aún más. No es por nada que los santos aparecen con aureolas en el arte. Nuestras caras también tendrán el brillo de los santos si conversamos con los demás acerca de la Buena Nueva.

El evangelio con la historia de la Transfiguración nos deja una profunda lección sobre la vida espiritual. Hacia el final del relato, los tres discípulos experimentan una teofanía: Dios Padre les habla desde una nube. Su mensaje es casi igual al del Bautismo de Jesús, pero esta vez añade la exhortación de que escuchen a Jesús. Como es de esperar en una teofanía, los discípulos caen rostro en tierra llenos de temor. Entonces el toque de Jesús los calma.

La vida espiritual exige que sintamos temor en la presencia de Dios. Él es tremendo y asombroso, más poderoso que un volcán o que una estrella en su nacimiento. Sin embargo, por la seguridad que nos da Jesús, sabemos que Dios es nuestro Padre. Una vez que nos damos cuenta de esta verdad y sometemos nuestra voluntad a la suya, nuestro temor se transforma en el deseo de no perder nunca su amor.

Hemos cumplido una cuarta parte de esta temporada de Cuaresma. Deberíamos haber establecido ya un patrón de ayuno, oración y caridad, de modo que no sintamos aprensión ante estas prácticas. Sigamos adelante ahora con la esperanza de ser más fuertes por nuestros sacrificios, más entregados a anunciar el evangelio a los demás y más enamorados de Dios, nuestro Padre.