El domingo, 15 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA
(1 Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

El Evangelio de San Juan está lleno de drama. Varias veces en el relato Jesús se encuentra con otras personas para guiarlas hacia su Padre. El domingo pasado escuchamos de su encuentro exitoso con la samaritana. Pero no siempre tiene éxito. Cuando encuentra a Pilato el día de su crucifixión, al gobernador le interesan sus palabras, pero al final lo rechaza por conveniencia política.

Hoy escuchamos del encuentro de Jesús con el hombre nacido ciego. Es un drama de primera categoría. De hecho, a menudo se considera uno de los relatos mejor construidos de todo el evangelio.  Este encuentro se destaca por su argumento bien desarrollado. Con sus giros y vueltas vemos al hombre crecer gradualmente en la fe en Jesús. Al mismo tiempo, los fariseos van perdiendo poco a poco la fe en él. La pérdida es trágica porque priva a los fariseos de la vida eterna.

La lectura comienza con Jesús curando al hombre nacido ciego, untándole barro en los ojos.  La curación provoca tanta discusión entre los vecinos que le preguntan al hombre si realmente es el mismo que era ciego y cómo fue sanado. El hombre responde que sí, que era ciego, y que fue curado por “el hombre que se llama Jesús”.

Asombrados por lo que dice, los vecinos llevan al hombre ante los fariseos para verificar su relato. Después de investigar, los fariseos quedan divididos: algunos dicen que sí, que se trata de una curación legítima, es decir, realizada por Dios; otros la dudan. Cuando le preguntan al hombre cómo recibió la vista, él vuelve a decir que fue Jesús quien lo curó, pero esta vez añade que Jesús es un profeta.

Entonces los fariseos llaman a los padres del hombre para preguntarles si realmente es su hijo y cómo es que ahora ve. Ellos lo reconocen como su hijo, pero por miedo a los fariseos dicen que no saben cómo fue curado. Les recomiendan que se lo pregunten directamente a él.

Cuando lo interrogan por segunda vez, los fariseos ya no tienen dudas acerca de Jesús. Todos están de acuerdo en decir que Jesús “es un pecador”, y expulsan al hombre por decir lo contrario.

No es casualidad que Jesús encuentre nuevamente al hombre nacido ciego pero ahora con vista perfecta. Es el Buen Pastor que cuida a sus ovejas maltratadas. Cuando lo ve, le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, eso es aquel que recibe de Dios autoridad para juzgar al mundo. Al principio el hombre duda, porque no sabe a quién se refiere Jesús. Pero una vez que Jesús se identifica como el Hijo del Hombre, el hombre se postra ante él en adoración.

Mientras tanto, los fariseos observan todo. Le preguntan a Jesús si ellos están ciegos. Jesús les responde que, aunque tienen vista, no ven la verdad. Caminan en tinieblas espirituales que les impiden reconocer lo que es verdaderamente bueno.

Al principio de este drama Jesús se llama a sí mismo “la luz del mundo”. Como toda luz, él crea sombras. Los personajes del relato tienen que decidir si quieren vivir en la luz, reconociendo a Jesús como Señor, o en las tinieblas, negando su señorío.  El hombre nacido ciego elige la luz de Cristo, mientras que los fariseos optan por las sombras al rechazar su autoridad.

Toda persona humana tiene que definirse de la misma manera. ¿Soy persona de la luz de Jesucristo, viviendo según cada palabra que sale de su boca? ¿O soy persona de las sombras que sigue a los principales “influencers” del mundo del entretenimiento, los deportes o el internet?  Por nuestro bien y por el bien de los demás, Jesús quiere que vivamos en su luz.

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