IV
DOMINGO DE CUARESMA
(1 Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)
El
Evangelio de San Juan está lleno de drama. Varias veces en el relato Jesús se
encuentra con otras personas para guiarlas hacia su Padre. El domingo pasado
escuchamos de su encuentro exitoso con la samaritana. Pero no siempre tiene
éxito. Cuando encuentra a Pilato el día de su crucifixión, al gobernador le
interesan sus palabras, pero al final lo rechaza por conveniencia política.
Hoy escuchamos
del encuentro de Jesús con el hombre nacido ciego. Es un drama de primera
categoría. De hecho, a menudo se considera uno de los relatos mejor construidos
de todo el evangelio. Este encuentro se
destaca por su argumento bien desarrollado. Con sus giros y vueltas vemos al
hombre crecer gradualmente en la fe en Jesús. Al mismo tiempo, los fariseos van
perdiendo poco a poco la fe en él. La pérdida es trágica porque priva a los
fariseos de la vida eterna.
La lectura
comienza con Jesús curando al hombre nacido ciego, untándole barro en los ojos.
La curación provoca tanta discusión
entre los vecinos que le preguntan al hombre si realmente es el mismo que era
ciego y cómo fue sanado. El hombre responde que sí, que era ciego, y que fue
curado por “el hombre que se llama Jesús”.
Asombrados
por lo que dice, los vecinos llevan al hombre ante los fariseos para verificar
su relato. Después de investigar, los fariseos quedan divididos: algunos dicen
que sí, que se trata de una curación legítima, es decir, realizada por Dios;
otros la dudan. Cuando le preguntan al hombre cómo recibió la vista, él vuelve
a decir que fue Jesús quien lo curó, pero esta vez añade que Jesús es un
profeta.
Entonces
los fariseos llaman a los padres del hombre para preguntarles si realmente es
su hijo y cómo es que ahora ve. Ellos lo reconocen como su hijo, pero por miedo
a los fariseos dicen que no saben cómo fue curado. Les recomiendan que se lo
pregunten directamente a él.
Cuando lo
interrogan por segunda vez, los fariseos ya no tienen dudas acerca de Jesús. Todos
están de acuerdo en decir que Jesús “es un pecador”, y expulsan al hombre por
decir lo contrario.
No es
casualidad que Jesús encuentre nuevamente al hombre nacido ciego pero ahora con
vista perfecta. Es el Buen Pastor que cuida a sus ovejas maltratadas. Cuando lo
ve, le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, eso es aquel que recibe de Dios
autoridad para juzgar al mundo. Al principio el hombre duda, porque no sabe a
quién se refiere Jesús. Pero una vez que Jesús se identifica como el Hijo del
Hombre, el hombre se postra ante él en adoración.
Mientras
tanto, los fariseos observan todo. Le preguntan a Jesús si ellos están ciegos.
Jesús les responde que, aunque tienen vista, no ven la verdad. Caminan en
tinieblas espirituales que les impiden reconocer lo que es verdaderamente
bueno.
Al
principio de este drama Jesús se llama a sí mismo “la luz del mundo”. Como toda
luz, él crea sombras. Los personajes del relato tienen que decidir si quieren
vivir en la luz, reconociendo a Jesús como Señor, o en las tinieblas, negando
su señorío. El hombre nacido ciego elige
la luz de Cristo, mientras que los fariseos optan por las sombras al rechazar
su autoridad.
Toda
persona humana tiene que definirse de la misma manera. ¿Soy persona de la luz
de Jesucristo, viviendo según cada palabra que sale de su boca? ¿O soy persona
de las sombras que sigue a los principales “influencers” del mundo del
entretenimiento, los deportes o el internet?
Por nuestro bien y por el bien de los demás, Jesús quiere que vivamos en
su luz.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario