DECIMOTERCER
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)
Con la
celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos
declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por
adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a
ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los
derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado
la herencia de la vida eterna.
Hoy la
Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados
Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente
anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al
igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No
son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.
Sin
embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad
norteamericana. Durante la época colonial existían prohibiciones contra su
presencia. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años
previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la
influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió
primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los
judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar
la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.
Esta última
acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El
que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos
sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata
de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto
Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a
nuestro país? ¡Claro que sí!
Por lo
general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir,
el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal. Entretanto el amor a Dios está vinculado con
nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques
distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo
a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan
mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir
culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos
justos y honestos de la sociedad temporal.
Hay otra
razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto.
Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro
corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del
gobierno civil.
Desgraciadamente,
tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún
tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a
practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes
los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de
vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo
escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores.
Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero
que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.
Forma parte
de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada
por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato
John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar
de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima
posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o
el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».
Terminémonos
con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un
conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser
decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró:
«Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».
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