IV DOMINGO DE PASCUA
(Hechos
2:14.36-41; I Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)
Hace
cincuenta años unos laicos y clérigos protestaron el llamar al laicado
“ovejas”. Su argumento era que personas
entonces como hoy en día asocian ovejas con la incompetencia, el sometimiento,
y el temor. Decían que en verdad muchos
laicos son bien educados, articulados, y bastante capaces de decidir por su
propio bien.
Sin querer
ofender a nadie, se puede defender la comparación con tres observaciones. Primero, la Biblia y particularmente este
evangelio de San Juan refiere a los fieles como ovejas en necesidad de pastores
fuertes y sensatos. Otra cosa es que la
comparación no es en realidad un insulto puesto que las ovejas no son tan
débiles como las tiene la mente popular.
Los agricultores y científicos dan mucho crédito a la inteligencia de
las ovejas. Dicen que las ovejas pueden reconocer caras de individuos,
encontrar curas naturales para sus enfermedades, y saben cómo protegerse de una
tormenta acercándose.
La tercera
observación, aunque verdadera, no es favorable hacia la humanidad. Si las ovejas andan despistadas y aptas de
perderse, muchos hombres y mujeres actúan así también. Numerosas personas caen en adiciones que
saben son dañinas. Drogas, apuestas de
alto riesgo, y la pornografía son solo unos de los muchos vicios que enredan a
los humanos regularmente. Guerras,
peleas, conducción temeraria y traiciones dan triste testimonio de la
inclinación de los hombres a la autodestrucción. Ahora que relacionemos estas
observaciones al evangelio.
La lectura
hoy forma la primera parte del gran Discurso del Buen Pastor de Jesús en el
Evangelio según San Juan. En ello Jesús
describe al pastor verdadero como hombre que guía a sus ovejas a pastos verdes. Porque cuida sus ovejas, ellas lo siguen. De
hecho, conocen su voz y no siguen a charlatanes. Pastores falsos – los
charlatanes – intentan a guiar a las ovejas fuera del redil para
aprovechárselas.
Interesantemente.
en este trozo Jesús no se llama a sí mismo como pastor. Reserva esta identificación por sí para la
segunda mitad del discurso. Aquí Jesús
es la “puerta del redil” con el menester de vigilar la entrada del
encierro. La puerta han de admitir a
pastores legítimos – los apóstoles, sus sucesores, los obispos, y los
asistentes de obispos, los presbíteros.
También las puertas tienen que rechazar a los ladrones y merodeadoras,
los cuales harían daño a las ovejas.
¿Quiénes son estos malvados? Jesús consideran a los fariseos, a quienes
está dirigiéndose en este discurso, como los enemigos del rebaño. Ellos imponen a la gente tradiciones y normas
ajenas de modo que conviertan la religión como un impedimento, no estimulo,
para una relación vibrante con Dios.
Los
enemigos pueden cambiar con el tiempo.
Uno de los enemigos más grandes de nuestro tiempo es la idea falsa de la
libertad. Para muchos la libertad es
solo la eliminación de restricciones.
Ciertamente la liberación de la esclavitud y del estigma de tener piel
colorada han sido grandes pasos adelante en la historia humana. Pero la remoción de injusticias externas es
solo una parte de la libertad verdadera.
Hay que liberarse también de restricciones internas como adiciones a
drogas y pornografía que no solo desvían la voluntad de lo que es
verdaderamente bueno sino deterioran la persona.
Sin
embargo, aun con todas restricciones quitadas no somos plenamente libres. Además, hemos de educarnos de lo que es
nuestra meta. Eso es, tenemos que
aprender y apreciar lo bueno, lo verdadero, y lo bello. En breve tenemos que conocer y amar a
Dios.
Se
seleccionan los obispos de la Iglesia por su inteligencia más alta del promedio
y su fidelidad a la doctrina católica.
Por la mayor parte son hombres simpáticos, aunque no perfectos. Cristo,
la puerta, los ha admitido al redil.
Ellos piden repetidamente a las legislaturas por la integra libertad de
todos. Aún más importante fomentan el
aprendizaje de Dios por varios programas y proyectos. Los seguimos, particularmente al papa, porque
creemos que no van a descarriarnos. Más
bien, nos van a guiarnos al pasto eterno con Dios.
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