V Domingo de
Cuaresma
(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan
11:1-45)
El
Evangelio según San Juan es una obra maestra literaria. Narra una historia
cautivadora, pero, más importante aún, revela el significado del Evangelio
mediante recursos literarios. Antes de hablar de uno de estos recursos en el
Evangelio, puede ser útil dar un ejemplo.
Todos
conocen la historia de Pinocho. Es el muñeco cuya nariz crecía cada vez que
decía una mentira. La nariz que crece funciona en la historia como un símbolo,
un tipo de recurso literario. En este caso, el símbolo revela cómo la mentira deforma
el carácter de la persona.
El
evangelista Juan dice que Jesús realizó muchos “signos” durante su ministerio.
Para él, los milagros de Jesús son signos, pero no exactamente en el mismo
sentido que en los otros evangelistas. Para Mateo, Marcos y Lucas, las
curaciones de Jesús son hechos poderosos que indican que Él viene de Dios. Juan
tiene un concepto más profundo del signo. Para Juan, los signos son símbolos
que revelan no solo que Jesús viene de Dios, sino también diferentes aspectos
de quién es Él.
Al comienzo de su Evangelio, Juan escribe sobre la “Palabra” que “estaba
junto a Dios” y que “era Dios”. Los signos ayudan a revelar quién es esta
Palabra.
Juan relata siete signos, aunque al final de su Evangelio indica que
Jesús realizó muchos más. El primer signo es cuando Jesús convierte las seis
tinajas de agua en vino excelente en las bodas de Caná. Allí se revela a Jesús
como aquel que reemplaza los ritos del Antiguo Testamento con el culto nuevo
que se realiza a través de Él.
El Evangelio de hoy relata el último signo antes de su muerte: la
resurrección de Lázaro. En este signo Jesús se revela como el Hijo de Dios
vivo, con poder sobre la muerte.
En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo llama a la muerte “el
último enemigo” de Jesucristo. Con esto quiere decir que la muerte no solo es
el enemigo final, sino también el más grande. La muerte nos separa de nuestros
seres queridos. Nos hace sentir el peso y la vergüenza de nuestros pecados.
Representa lo desconocido, donde podríamos perdernos para siempre. Finalmente,
como fin de la existencia terrena, la muerte parece negar nuestro valor. Por
eso pocas personas desean una vida corta; todos queremos vivir lo más posible.
Para evitar la muerte, algunos tratan de vivir de manera muy saludable.
Siguen dietas bajas en grasa y hacen ejercicio diariamente. Otros, de manera
menos realista, piensan que podrán vencer la muerte con la tecnología. Algunos
incluso planean congelar sus cuerpos cuando la muerte esté cerca, con la
esperanza de ser revividos cuando se descubra la cura para su enfermedad.
La historia de Lázaro en el Evangelio de hoy nos muestra otro remedio
para la muerte. Es menos complicado que las dietas o el ejercicio, e
infinitamente más seguro que la tecnología.
Jesús, el Hijo de Dios con poder sobre la muerte, es amigo de Lázaro.
Cuando recibe la noticia de que está gravemente enfermo, finalmente viene y lo
llama a salir del sepulcro. Nosotros también queremos entablar amistad con
Jesús, para que venga a resucitarnos cuando muramos.
¿Y cómo lo hacemos? En primer
lugar, profesando nuestra fe en Jesús, como lo hace Marta en el Evangelio.
Jesús le dice a su amiga: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para
siempre”.
También es necesario que, movidos por el Espíritu que recibimos en el
Bautismo, practiquemos obras de caridad. El Evangelio de Mateo cita a Jesús
diciendo que quienes den de comer a los hambrientos y visiten a los enfermos
serán recompensados con el Reino de su Padre.
El Padre Cecil era un monje benedictino bondadoso y sabio. Cuando tenía
alrededor de setenta años, le diagnosticaron cáncer en el cerebro. Sabiendo que
la muerte estaba cerca, alguien le preguntó si tenía miedo. “No”, respondió el sacerdote. “He aconsejado
a muchos que Dios está esperándolos para recibirlos. ¿Cómo podría yo temer mi
propia muerte?”
Como el Padre Cecil, cuando llegue nuestro momento, confiemos en Jesús y
muramos en paz.
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