Domingo
de Pascua: La Resurrección del Señor, Misa del día
(Hechos 10:37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)
¿Quién es
“el otro discípulo” que cree en la resurrección de Jesús antes que nadie? Los
investigadores bíblicos no se ponen de acuerdo sobre su identidad. Durante
siglos, la opinión común era que “el discípulo amado”, como se le llama, es
Juan, el hijo de Zebedeo. Pero ahora algunos estudiosos se preguntan por qué no
se menciona su nombre, siendo uno de los discípulos más prominentes en los
otros evangelios.
Algunos
expertos hoy en día han dado una respuesta interesante a esta pregunta. Dicen
que es Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Recordamos que el
evangelio afirma que Jesús amaba a Lázaro junto con sus hermanas. Sin embargo,
parece extraño que el evangelista lo llame por su nombre en la historia de su
resurrección y luego solo lo designe como “el otro discípulo” o “el discípulo a
quien Jesús amaba” en el resto del evangelio.
Uno de los
comentaristas bíblicos más perspicaces del siglo pasado ofreció otra solución
al problema. Dijo que el otro discípulo, a quien Jesús ama, es realmente un
discípulo, pero no uno de los Doce apóstoles. Este estudioso escribió que el
Discípulo Amado no tenía la prominencia en la Iglesia primitiva que tenían
Pedro y Juan. Sin embargo, dejó su testimonio a la comunidad cristiana que
produjo el Evangelio según san Juan.
Pensamos
que el Discípulo Amado llega al sepulcro de Jesús antes que Pedro porque es más
joven. Pero el evangelio nunca lo describe como joven. ¿No es posible que
llegue primero por su gran amor a Jesús? Este amor se manifiesta en su cercanía
al Señor en la Última Cena.
Se dice que
el amor es ciego. Puede ser así en el amor romántico. Los enamorados románticos
a menudo pasan por alto los defectos del otro para satisfacer su deseo
ardiente. Sin embargo, el amor que vale más —el amor que busca el bien del otro
sin esperar nada a cambio— no es ciego. Al contrario, este amor, con el que
Dios nos ama, ve en el ser amado virtudes que no todos pueden ver.
Roberto y
Priscila Colby estuvieron casados por casi cincuenta años cuando Priscila
desarrolló Alzheimer. Roberto tuvo que cuidarla, una tarea que llevó a cabo con
esmero. Decía entonces que amaba a Priscila más que el día de su boda. Atribuía
a Priscila la buena formación de sus tres hijos. Contaba que, cuando la más
joven comenzó a meterse en problemas, Priscila percibió que la raíz de sus
dificultades era la compañía que tenía. Entonces le prohibió salir con ese
grupo de amigas. Como es natural, la chica le guardó rencor a su madre, pero
con el tiempo obtuvo un doctorado y trabajó en una prestigiosa universidad de
investigación.
El
Discípulo Amado valora a Jesús con este mismo amor. Reconoce a Jesús como el
mejor de todos los hombres y, en verdad, como el Hijo de Dios. Está dispuesto a
sacrificarse por el Señor por ser el único discípulo varón que permanece junto
a las mujeres al pie de la cruz. Por este gran amor, no duda cuando ve el
sepulcro vacío y los lienzos doblados.
Más bien, cree que Jesús ha resucitado como Él decía. No necesita verlo
resucitado para creer como María Magdalena y Pedro.
Este amor que
no busca premios ha sido infundido en nuestros corazones por el Bautismo.
Creemos que el Señor Jesús ha resucitado sin haberlo visto. No permitamos que
nuestro amor por Jesús se quede solo en una creencia. Más bien, sacrifiquémonos
por los demás, para que otros crean y tengan la vida eterna.
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