Domingo de Ramos “De la Pasión del Señor”
(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14–27:66)
Se dice que
la crucifixión de Jesús es la escena más representada en el arte. Ciertamente
está bien grabada en la mente de los cristianos. Desafortunadamente, tendemos a
recordar los acontecimientos de la Pasión como si aparecieran en los cuatro
evangelios. Pero esta concepción no es correcta. Los eventos de un evangelio no
necesariamente se encuentran en los demás. Por ejemplo, no hay ninguna mención
del azote ni de la coronación de espinas en el Evangelio de Lucas. Este hecho
no debe disminuir nuestra fe en el Evangelio. La crucifixión fue una
experiencia tan profunda para los apóstoles que ninguna interpretación pudo
expresar completamente su significado.
Ya que hoy
leemos la Pasión según san Mateo, enfoquémonos en cuatro eventos que únicamente
este evangelio nos relata. Nuestro propósito será comprender mejor la muerte de
Jesús según la perspectiva de Mateo.
Cuando
Jesús llega a Getsemaní, se aparta para orar a solas. Mateo dice que “se postró
rostro en tierra”. Está en angustia. Se siente indefenso ante las fuerzas
combinadas de los líderes judíos y del Imperio romano en su contra. Como
abrumado, pide a su Padre que, si es posible, aparte de él esa prueba. Vemos a
Jesús como hombre enfrentándose a una situación traumática. Y, al mismo tiempo,
tenemos una vislumbre de su divinidad confiando en la voluntad de su Padre.
Después de
que el sanedrín lo condena a muerte, Mateo interrumpe la historia de Jesús para
contar lo que le sucede a Judas. Sintiendo vergüenza por su traición, Judas se
arrepiente de su crimen e intenta devolver su dinero de recompensa a los sumos
sacerdotes. Luego va y se ahorca. Judas no es el único que lamenta haber
tratado mal a Jesús. Simón Pedro, quien una vez lo proclamó como “el Hijo de
Dios”, niega conocerlo. También se arrepiente de su pecado, pero en lugar de
desesperarse, llora amargamente. Todos nosotros ofendemos a Jesús de una manera
u otra. Cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, ¿a cuál discípulo queremos
imitar? ¿Al que se desesperó o al que lloró?
El juicio
romano de Jesús se recuerda en Mateo por dos acciones: la esposa de Pilato
relatando su sueño acerca de Jesús y el intento de Pilato lavarse las manos de
su sangre. La mujer da otro testimonio divino de la inocencia de Jesús, ya que
en el Evangelio de Mateo Dios suele comunicarse a través de sueños. Pilato
intenta hacer lo imposible: no puede entregar a Jesús para ser crucificado y, al
mismo tiempo, mantenerse inocente de la muerte de un justo. Debemos reconocer que
no podemos justificar una acción mala con gestos que aparentan ser buenos.
Junto con
el Evangelio de Marcos, Mateo presenta la muerte de Jesús como un momento de
profundo abandono. Dios permite que su Hijo experimente el aislamiento total.
Aunque sigue creyendo en Dios, Jesús muere sin consuelo humano ni alivio
inmediato. Es una muerte que parecería propia de un criminal despiadado. Sin
embargo, Mateo, Marcos y Lucas también dan testimonio de los efectos positivos
de su muerte. Relatan que el velo del templo se rasga en dos, lo que significa
que el sacrificio de Cristo ha reemplazado los sacrificios del templo para el
perdón de los pecados. También mencionan que un centurión pagano reconoce la
inocencia de Jesús.
Sin
embargo, solo Mateo narra un terremoto que abre las tumbas de los justos. La
sacudida es tan fuerte que algunos muertos vuelven a la vida. Más que un evento
histórico, este hecho conecta la muerte de Jesús con la victoria sobre la
muerte. Es la manera de Mateo de decir que la muerte de Jesús produce frutos
inmediatos.
Cada una de
las narraciones de la Pasión es profundamente significativa. Ninguna es solo un
reporte de hechos. Todas nos ofrecen una comprensión única y profunda del
misterio de la muerte del Hijo de Dios. Este año hemos tenido la oportunidad de
contemplar este misterio según Mateo. No es una historia bonita, pero por medio
de su sufrimiento hemos sido justificados.
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