El domingo, 16 de enero de 2011

II DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)

Es curioso cómo los evangelios convergen. Pueden usar diferentes historias de Jesús pero tienen el mismo mensaje básico. Por ejemplo, el Evangelio según san Lucas trata de José y María viajando a Belén donde nace Jesús a quien los pastores vienen a adorar. Entretanto en el Evangelio según san Mateo los magos caminan a Belén para dar homenaje al niño Jesús en la casa de José y María. Las narrativas son distintas pero en los dos casos Jesús se origina en Belén; su madre es María y su padre adoptivo es José; y llegan otros para venerarlo. En el evangelio hoy vemos un otro ejemplo de la convergencia.

Todos recordamos la historia que cuenta Lucas sobre la presentación de Jesús en el Templo. Simeón, con el niño en sus brazos, ofrece una profecía. Habla de Jesús como el cumplimiento de la esperanza de Israel pero destinada a sufrir por el pueblo. El pasaje evangélico de la misa hoy viene del principio del Evangelio según san Juan, que no dice nada del nacimiento de Jesús. Sin embargo, cuando Juan el Bautista lo llama “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”, se tocan los mismos temas de Jesús cumpliendo las profecías de la antigüedad y destinado para sufrir por los demás.

Desgraciadamente hemos escuchado tanto de Jesús como salvador de un mundo enredado en el pecado que casi no nos mueva. Pero si nos recordamos de la profundidad que el mundo ha precipitado, apreciaríamos mejor el significado de Jesús como el vencedor del mal. Hace unos años un director inglés hizo esto por hacer una película describiendo la vida como un partido de fútbol rugbi. En Inglaterra se juega rugbi muchas veces en el lodo, que simboliza el pecado permeando la vida. Como el objetivo del partido es para ganar, muchos humanos se esfuerzan para acumular riquezas. Pero el fin de sus esfuerzos no es simplemente la abundancia de oro sino ser queridos y servidos por los demás. Para obtener la adulación, no les importa que hagan. Acatan las reglas cuando es necesario y las desacatan cuando es provechoso. Si es necesario herir al otro para coger la fama, cometen este abuso también aunque sea miembro de su propio equipo o, en el caso de la vida cotidiana, un ser querido.

Jesús viene precisamente para redimirnos de este tipo de corrida vana. Como “el cordero de Dios”, él da su vida para limpiarnos del lodo del pecado. Nos enseña que el objetivo de la vida no es acumular cosas sino darnos a nosotros mismos. Cuando Juan comenta que “el que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí”, quiere decir que Jesús es el preexistente Hijo de Dios que participó en la creación y, por eso, nos ama como sus propias criaturas. Estas verdades forman la clave de nuestra existencia, el hecho que nos impulsa adelante en el empeño para amar a los demás. Pero Juan precisa que no somos viajeros solitarios. No, el mismo cordero bautiza con el Espíritu Santo que nos guía en el camino. De repente se transforma la vida de una carrera de ratas a una procesión, abierta a todos, libre de soberbia, con el fin en la celebración eterna.

Si pensamos en Jesús como “el cordero de Dios”, que nos consideremos a nosotros mismos como miembros del mismo rebaño. Pues Jesús viene como uno de nosotros. Somos como aquellos animales que conocen la paz del pesebre en Belén. Somos la oveja descarriada de la parábola que el pastor Dios busca a riesgo a su propio daño. Somos aquellos corderitos que el que nos ama guía a praderas verdes, la celebración eterna. Somos aquellos que el que nos ama guía a la celebración eterna.

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