El domingo, 21 de abril de 2013

EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 13:14.43-52; Apocalipsis 7:9.14-17; Juan 10:27-30)


Se ven los vendedores de nieves en casi todos los barrios hispanos al día domingo.  Andan como reliquias del pasado en sus bicicletas con carritos anexos. Cada año en este cuarto domingo de Pascua encontramos otra imagen del pasado.  Siempre el evangelio de la misa nos presenta un retrato de Jesús como el buen pastor.

Algunos piensan en el buen pastor como encantador.  Les conforta la idea que viven bajo la protección de Jesús.  Sin embargo, muchos otros – sea conscientemente o no -- resienten la implicación de la imagen: si Jesús es pastor, entonces ellos son como ovejas ingenuas.  Pero prefieren considerarse como capaces de escoger por sí mismos los caminos que van a seguir. Como quisieran llevar tatús en sus brazos si les da la gana, quieren seguir las religiones que les interesen o ninguna religión.  Si son católicos, quieren cumplir sólo los mandatos que ellos piensen aptos en sus vidas. Esto es el mundo del relativismo en que nos encontramos hoy día.

Sin embargo, por toda la charla dada al individualismo, los seres humanos siguen patrones semejantes.  Casi todos se visten de bluyines.  Muchos escogen carreras que prometan la mayor riqueza posible en lugar de oportunidades de servir a los demás en modos significantes. Similarmente muchos caen en las mismas trampas diabólicas. La pornografía envenena las mentes de un gran número de personas y los prejuicios enredan a aún más.  En muchos casos estos tropiezos resultan en el fracaso y la vergüenza. Una investigación reciente ha descubierto que las personas que han visto una película clasificada X en el último año tienen una probabilidad de divorcio 25 por ciento más alta que los demás y son 13 por ciento menos probables de reclamar una vida feliz.

En el evangelio Jesús dice que nadie puede arrebatar sus ovejas de su mano.  Quiere decir que aquellos que lo siguen no van a tropezar sobre los escollos de placer, poder, plata, o prestigio.  Más bien, van a llevar un equilibrio que hace la vida digna.  Una vez una pareja dejó una pequeña fortuna a la caridad después de la muerte de los dos.  Explicó el hermano de la mujer que la pareja siempre vivía con modestia confiando en Dios y cumpliendo su ley. 

No es que los que siguen la llamada de Jesús pierdan la individualidad.  Al contrario, cada uno tiene su propia marca de santidad.  Uno logra la beatitud por ser soldado; otro por ser pacifista.  Uno lleva el afán para socorrer las necesidades de los pobres; otro, para educar a los jóvenes.  Aunque todos nosotros tenemos que buscar lo bueno y evitar lo malo, los modos de distinguirse en la virtud son infinitos.  Por lo tanto sería más justo a comparar la comunidad de discípulos de Jesús con un parque zoológico que un rebaño de ovejas.

En el evangelio Jesús dice que da a sus ovejas “la vida eterna”.  Pensamos en ella como una gran reunión celestial con parientes y amigos a la muerte.  Sin embargo, el papa Benedicto XVI – tan cumplido el teólogo que ha vivido en nuestros tiempos – dice no se puede describir con mucho detalle la vida eterna.  Según él, la vida eterna es como un “salto evolucionario” en la existencia.  Es vivir en la felicidad de la Santísima Trinidad donde no hay ni tristeza ni temor.  Es la capacidad de amar a todos por el bien que lleven y perdonar a todos sus faltas aunque nos hubieran lastimado. 

Tal vez no nos guste ser considerados como ovejas.  Pero que no olvidemos cómo Jesús no se opone a considerarse como cordero.  Es “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” – eso es, lo nuestro – en la cruz.  Por eso, como ovejas lo tenemos no sólo como pastor que nos guía sino también como hermano que nos salva.  Como ovejas tenemos a Jesús como hermano.

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