El domingo, 29 de septiembre de 2013


VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Amós 6:1.4-7; I Timoteo 6:11-16; Lucas 16:19-31)


Es sábado en la mañana.  Al haber terminado el desayuno, estamos saboreando el café.  Suena el timbre. “¿Quién será?” nos preguntamos.  En la puerta vemos a un hombre y una mujer bien vestidos cada uno llevando la Biblia.  Nos preguntan de qué religión somos.  Cuando respondemos “la católica”, nos preguntan qué pensamos de Marcos 3, 33.  Respondemos que no conocemos el pasaje por número, y nos dicen que es donde Jesús rechaza a su madre y hermanos en favor de sus discípulos.  Les decimos que no es cierto porque en el evangelio según san Lucas refiriendo al mismo encuentro entre Jesús y su familia, Jesús incluye a su madre entre sus discípulos.  Evidentemente hay una diferencia de la interpretación de la Biblia aquí.  Algo semejante pasa en el evangelio que acabamos de leer.

Jesús dirige sus palabras a los fariseos que, según este mismo evangelio de Lucas, son “amigos del dinero”.  “¿Cómo puede amar el dinero – preguntamos – si toman en serio la Ley bíblica?”  Pero hay que acordarse de que se puede interpretar la Biblia en muchas maneras, y los fariseos no serían los únicos para hacerlo como les da la gana.  Racionalizan si Dios bendice a aquellos que siguen la Ley con grandes cosechas y muchas vacas (vean Deuteronomio 18,3-4), entonces los ricos son los benditos de Dios.  Con este tipo de pensar, está bien que el rico en la parábola de Jesús desconoce al mendigo cubierto con llagas en su puerta.  Pues sólo no quiere interferir con el castigo justo que Dios proporciona al pobre.

Pero Jesús tiene otro modo de interpretar las Escrituras.  Para él las Escrituras ven a los pobres como aquellos que Dios particularmente cuida (Éxodo 22:20-26).  Por eso,  cuando los ayudemos nosotros, cumplimos la voluntad del Señor (Deuteronomio 15,7).  No sólo dice esto la Ley, los primeros cinco libros de la Biblia, sino también los profetas (Isaías 58,6-7) y los salmos (Salmo 34,6).  Según la parábola, Jesús tiene la mejor interpretación porque en la muerte el mendigo llega al lado de Abraham mientras el rico sufre los tormentos de fuego.

Pero ¿cómo deberíamos ayudar a los desgraciados?  Un hombre estaba en un semáforo pidiendo limosnas.  El chófer de un van asomó su mano con un billete para el mendigo.  ¿Deberíamos socorrer a los pobres así?  Los directores de asilos para los desamparados dirán que no.  En su parecer el dinero dado directamente a los mendigos en la calle siempre es malgastado.  Recomiendan que hagamos los donativos a las caridades que proveen a los indigentes con las necesidades básicas.   De todos modos una cosa es clara: ningún seguidor de Jesús puede refutar la responsabilidad de asistir a los pobres.

Al final de la parábola el rico pide a Abraham que despache a Lázaro a sus cinco hermanos.  Cree que si los hermanos escucharían a un resucitado de la muerte interpretar las Escrituras, aprenderían cómo leerlas correctamente.  Pero Abraham sabe mejor.  Se da cuenta que la interpretación verdadera no depende tanto del estado del maestro como del corazón del estudiante.  Por eso, cuando Jesús resucita de la muerte, la mayoría de los fariseos no lo aceptan como el Cristo a pesar de que toda su trayectoria se ha correspondido con la misma Ley y profetas.  Les falta el espíritu para ver su amor abnegado – y no el poder para derrotar ejércitos – como la marca principal de Dios.

Todavía se oyen comentarios diciendo que la Iglesia Católica no quiere que la gente lea la Biblia.  No es verdad ahora y a lo mejor siempre era resultado de mal entendimiento.  Sin embargo, la Biblia de familia católica en muchas casas lleva más flores secas que páginas manchadas por los dedos.  ¡Qué pena! Pues la Biblia correctamente interpretada muestra cómo Dios cuida a los pobres y a todos nosotros con el amor.  La Biblia muestra cómo Dios nos cuida con el amor.

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