Homilía para el domingo, 14 de octubre de 2007

XXVIII Domingo de Tiempo Ordinario

(II Timoteo 2:8-13)

Nos levantan la cabeza. Llegan a la iglesia en sillas de rodillas y arrastrando botellas de oxígeno. No por fuerza asisten a la misa sino por fidelidad. Se parecen a Pablo hoy en la segunda lectura. Está encarcelado pero no desiste de predicar el evangelio. En lugar de proclamar a Jesucristo en el medio de una asamblea, él escribe cartas. La fidelidad es vivir la fe. Comprende un abanico de actividades más de asistir a la misa. Es poner los ladrillos con empeño en la mañana y acostar a los niños con un beso en la noche. Si se nos impide hacer una cosa, redoblamos los esfuerzos para llevar a cabo las otras.

Nos inspira ser fieles la palabra de Dios. Como dice la lectura no se puede encadenarla. Hace setenta años los Soviéticos la prohibieron y los Nazis la suprimieron. Sin embargo, hoy existen traducciones de la Biblia en 2,400 lenguajes. Pero no simplemente es la presencia e la Biblia sino su lectura que no se puede contener. Pues, reflexionando en la palabra de Dios la gente se da cuenta de su dignidad como personas. Por esta razón los campesinos de Centroamérica durante los 1970s y 1980s siempre leían su Biblia Latinoamericana a pesar de que en casos los militantes los secuestraron si los encontraron con ella.

Sobre todo la palabra de Dios explica la meta de nuestras vidas. Es cierto que todos humanos quieren ser felices. Pero ¿de qué consiste la felicidad? Algunos dirán plata en tu bolsillo o un muchacho guapo tocando tu brazo. Nosotros diremos que la verdadera felicidad – la meta de nuestras vidas -- es vivir con Dios para siempre. La Biblia nos revela que la vida no termina con el sepulcro sino mira adelante a la resurrección de la muerte. Entre tanto después de la muerte el alma sigue sin el cuerpo como a veces tarareamos la música de una canción hasta que lleguen las palabras.

No debemos ni negar ni ser infieles a Cristo. Negarlo es divorciarnos de él. Es el pecado de Pedro en la pasión de Cristo. Es el dilema de aceptar el martirio para varios cristianos antiguos, para muchos cristianos del Oriente en los siglos pasados y para unos pocos en el mundo actual. Es la razón por decir “no nos dejes en tentación” en el Padre Nuestro. Ser infiel es cosa más cotidiana y por ende más retador para la mayoría de nosotros. En el matrimonio ser infiel es andar con otra mujer u otro hombre. En cuanto a Dios ser infiel es poner la plata, el placer, el prestigio, o el poder por encima de Su voluntad.

Podemos quedarnos asegurados de una cosa. Cristo no va a ser infiel a nosotros. Por el Bautismo y aún más por la Eucaristía nos hemos asimilado en su cuerpo. Por ser infiel Jesús tendría que descuidar los miembros de su cuerpo. Sería el corredor descuidando sus pies o la pianista descuidando sus dedos. No, Cristo es tan supremo corredor y tan excelso pianista para descuidarnos. Podemos siempre contar con su apoyo.

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