Homilía para el domingo, 16 de diciembre de 2007

El Tercer Domingo de Adviento, 16 de diciembre de 2007

(Mateo 11:2-11)

Tres figuras, aparte de Jesús, se destacan en las lecturas de las misas durante el Adviento. En el principio del tiempo el profeta Isaías relata su visión para la renovación del mundo con la venida del Señor. En los últimos ochos días la virgen María recibe nuestra debida atención por su protagonismo en la historia de la salvación. Y ahora, todavía en el medio de Adviento, Juan el Bautista domina el evangelio como el precursor de Jesús.

En el evangelio hoy Jesús tiene dos preguntas para la gente acerca de Juan. Las preguntas indican que Juan no es como la mayoría de humanos sino alguien digno de gran admiración. Podemos preguntar las mismas cosas acerca de nuestros líderes del día hoy que pretenden a servir el bien de todos.

Jesús pregunta a la gente qué esperaba a ver cuando fueron al desierto para acudir a Juan, ¿alguien tan débil como “una caña sacudida por el viento”? El viento a que Jesús se refiere es la causa de momento que preocupa a la gente, sea buena o mala. Jesús está preguntando si esperaba en Juan a un profeta que complacería a ella por siempre hablar en favor de sus causas preferidas. Es como está pasando ahora en los Estados Unidos donde varios políticos se han puesto duros en las cuestiones migratorias porque la gente allá favorece ese plantamiento. En contraste, el obispo Raúl Vera de Saltillo (México) llama la atención por su defensa de los derechos humanos. Recientemente el Monseñor Vera criticó al gobierno de México por dar al ejército la licencia de hacer crímenes en el nombre de la ley y el orden.

También, Jesús pregunta a la gente si esperaba ver a “un hombre lujosamente vestido en el desierto.” Esto no es una pregunta teorética en una sociedad como la nuestra donde algunos predicadores llevan anillos de diamante y hablan de la certeza de hacerse rico si uno sigue sus consejos. En una manera, sí, las familias cristianas hacen bien porque trabajan duro, mantienen sus familias, y no derrochan su plata. Sin embargo, el cristianismo exalta la abnegación no la fortuna. Todos nosotros aquí deberíamos preguntarnos, ¿Qué es nuestra meta en la vida – servir a Dios o conducir un Mercedes?

En el principio del pasaje Jesús da los criterios para reconocer al Mesías. Refiriéndose al profeta Isaías, dice que el Mesías dará la vista a los ciegos, la capacidad de andar a los cojos, la limpieza a los leprosos, el oído a los sordos, la vida a los muertos, y el evangelio a los pobres. Por haber cumplido todo esto seguimos a él – no a Juan el Bautista -- como nuestro Señor y Dios. Un porque más – la razón que somos “más grande(s) que Juan” – es que nosotros hemos visto la resurrección de Jesús de la muerte. No, nadie aquí estaba al sepulcro cuando él resucitó, pero todos hemos visto la abundancia de la gracia corriendo del acontecimiento. Hemos visto a las hermanas de Madre Teresa ateniendo a los más miserables del mundo. Hemos visto a nuestros propios vecinos llevando la hostia a los enfermos por años sin falta. Hemos visto la gloria del Señor.

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