Homilía para el Domingo, 20 de julio de 2008

Homilía para el XVI Domingo de Tiempo Ordinario – A08 – 20 de julio de 2008

(Mateo 13:24-43)

En el principio hubo un jardín. Todos sabemos su historia. Adán y Eva habitaban el jardín, llamado Paraíso. Allí caminaban con su creador Dios en la frescura de la tarde. Entonces pecaron por comer el fruto prohibido. Por eso, Dios expulsó a Adán y Eva del jardín para vivir entre las rocas y espinas del mundo. Sí, es sólo una historia, pero nos relata mucho acerca de la condición humana. Nos dice que nosotros humanos somos creados para una relación cercana con Dios. Señala también nuestra rebeldía contra el bondadoso Creador. Indica, finalmente, que el ambiente que habitamos ahora, tan lleno con problemas, no es nuestro por origen sino por defecto.

Sin embargo, Dios no ha abandonado a los humanos. El resto de la Biblia enseña cómo Él se ha intentado a acercarse a su creación más querida. Comprende un relato con muchos altibajos -- Dios llamando a un pueblo particularmente Suyo y ellos respondiendo por un rato pero en fin dejándolo por uno u otro tipo de capricho. Entonces Dios envía a Su propio hijo, el Cristo, para forjar un enlace inquebrantable entre Su pueblo y Sí mismo. En el evangelio hoy este mismo Cristo describe a la gente el nuevo lugar de encuentro entre Dios y los humanos. No es un jardín sino un mundo renovado llamado “el Reino de los cielos (o de Dios).”

Jesús utiliza tres parábolas o, si preferimos, comparaciones para describir diferentes aspectos del Reino. Porque nos preocupamos mucho por el malo en el mundo, Jesús lo trata en la primera y en la última parábola. Dice, en la primera, que el Reino parece como un campo de trigo que el diablo intenta a estropear con semillas de cizaña. En otras palabras, tenemos que aguantar la maldad por un rato. Eso es, de vez en cuando nos van a visitar la enfermedad y la muerte, la decepción de otras personas y los desastres naturales. Jesús concluye la parábola con la esperanza. Como el amo del campo de trigo tiene la cizaña quemada en el tiempo de la cosecha, Dios terminará los problemas que afligen la humanidad en el fin del tiempo.

Posiblemente hayamos notado algo mal en nuestras propias vidas. Ninguno de nosotros es perfecto, y a veces fallamos miserablemente. Algunos mentimos; otros aprovechamos de gente como si fueran objetos; otros nos olvidamos de nuestros padres ancianos. ¿Nos quemaremos como la cizaña del campo del trigo? No, si nos arrepentimos de nuestros pecados y seguimos el camino del Señor. Entonces Dios trasformará nuestras tendencias a pecar en instrumentos de Su justicia. Por ejemplo, un hombre que era irresponsable en su juventud se convirtió y haciéndose sacerdote, es listo para llamar la atención de los muchachos. Esto es lo que significa la parábola de la levadura en la masa. La levadura está considerada como algo tan despreciable como el pecado. Una cosa es que huele; otra cosa es que se compone de un tipo de hongos. Sin embargo, la levadura sirve para dar el pan consistencia y textura.

También cuenta Jesús que el Reino es como una planta de mostaza en la cual los pájaros pueden anidarse. Tiene en cuenta aquí la Iglesia aunque no se puede limitar el Reino a los confines de la Iglesia. Como el grano de mostaza, la Iglesia tiene origines humildes entre el puñado de discípulos de Jesús. Sin embargo, con el paso de tiempo la Iglesia ha crecido tanto que ahora provee consuelo a hombres y mujeres a través del mundo.

El Reino de los cielos es el nuevo Paraíso aún con sus espinas y rocas. Sin embargo, lo mejor del Reino es algo que Jesús no menciona en las parábolas. Es el acompañamiento que Jesús mismo nos provee. Como Dios caminaba con Adán y Eva en Paraíso, Jesús nos acompaña en la gracia. Está presente para tomar nuestra mano cuando sentimos tristes y para felicitarnos cuando logramos nuestras metas. Está presente para socorrernos cuando nos apuramos y para corregirnos cuando tropezamos en error. Sí, Jesús está presente a nosotros en el Reino.

1 comentario:

agustin monroy dijo...

Felicidades por su homilía. Clara y sencilla.