El domingo, 9 de septiembre de 2012

EL XXIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

 
El venerable sacerdote queda en silencio. Ya se acaba la conferencia.  Asistió en ella pero realmente no participó en ella.  Pues es sordo.  A través de los años ha llevado varios aparatos para ayudarle escuchar sin mucho éxito.  Sí, de vez en cuando discierne unas palabras, sea por el sonido o sea por leer los labios.  Sin embargo, no puede conversar con otra persona sin el colocutor apuntando lo que dice.  A un sordo como éste Jesús se le dirige en el evangelio hoy.
 

La gente lo lleva a Jesús.  Quiere que le cure de su sordera y la incapacidad de hablar claramente.  En un sentido la condición describe a muchos nosotros hoy en día.  Pues difícilmente comunicamos nuestros interiores a otras personas, aun a nuestros seres más queridos.  No es que tengamos dificultad de hablar de nuestro equipo de fútbol.  Algunos aun hablan con sensatez de las campañas políticas.  Pero nos cuesta revelar los temores e ilusiones más profundas, a decir nada de nuestros fracasos.  Y cuando una persona trata de hacerse sincera con nosotros, estamos inclinados a defendernos de la intimidad con chistes.  Es como si prefiriéramos quedar sordos a las murmuraciones del corazón.
 

Se ha creado un espacio de compartir del corazón en los grupos de Alcohólicos Anónimos.  La comprensión de los asistentes facilita el compartir tanto de ilusiones como de faltas.  Por eso, el famoso psiquiátrico Scott Peck describió la fundación de AA como uno de los eventos más importantes del siglo veinte.  Ahora se duplica el ambiente de AA por personas con todos tipos de dificultades desde obsesiones de comer hasta el luto sobre la pérdida de un hijo.  Siempre es un proceso de individuos reconociendo sus propias faltas y aceptando a los demás en afecto mutuo.  En la lectura Jesús prepara al hombre para participar en tal grupo.  Mete sus dedos en los oídos del sordo, le toca la lengua, y emite la palabra, “¡Effetá!” que quiere decir “Ábrete”.   Las acciones indican la expulsión de un demonio para liberar al hombre.  Es como el sordo una vez suelto de su cargo malvado ya podría contar la trayectoria de su vida.


La comunidad cristiana debería ser un grupo donde se puede expresar tanto la contrición de pecados como la esperanza para una vida mejor.  De hecho, es.  La Iglesia constantemente invita a los fieles a reunirse en grupos para compartir la fe.  Los cursillistas son famosos por las “ultreyas” donde se congregan cada ocho días para compartir los altibajos del discipulado de Jesús.  Los grupos de oración tienen una finalidad semejante.  Más deliberadamente, las comunidades pequeñas de Renacer y “¿Por qué ser católico?” han servido para abrir nuestros oídos y lenguas en apoyo mutuo.

 
“Está bien – pensamos pero sigue la inquietud -- ¿por qué no vemos milagros ahora como Jesús hace en el evangelio?”  Pero la verdad es lo que llamamos como “milagros” en el evangelio por la mayor parte no se entienden como trastornos de la naturaleza.  Más bien son señales de la venida de Dios que sigue hacerse presente ahora en formas distintas.  Dios ilumina la mente de los científicos para inventar nuevas curas.  Más relevante, Dios impulsa a gente como nosotros a ofrecer esmerado servicio por el otro.  Se ve este servicio en un jubilado que va a dos hospitales cuatro días por semana consolando y aconsejando a las víctimas de derrame cerebral y a sus familias.  Este tipo de compromiso – que se puede ver en medio de cada uno de nosotros – nos deja con el mismo halago con que la gente da a Jesús, “¡Qué bien lo hace todo!”

 
Ahora, once años después de “once de septiembre”, muchos norteamericanos han olvidado la profundidad de ese momento.  Para aquellos que perdieron a seres queridos en los ataques fue un tiempo de confusión y tristeza indecible.  Pero la mayoría de nosotros experimentamos la necesidad de compartir del corazón.  Quisimos reconocer nuestras faltas a nuestros familiares y contarles de nuestro afecto.  Fue un tiempo de “¡Effetá!” (ábrete).  Es como si fuéramos hechos por tal compartir pero nos faltaba un desastre para abrirnos a ello.  Es cierto.  Nos faltaba un desastre para abrir el corazón.


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