El domingo, 14 de octubre de 2012

EL XXVIII DOMINGO ORDINARIO
 

(Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)
 
 
Alguien está tocando la puerta.  Vamos a ver a quien sea.  Encontramos a un hombre en traje y corbata.  Su cabello está bien peinado y lleva una gran sonrisa.  Dice que él es fulano presentándose como candidato a congresista. Entonces, nos pregunta: “¿Qué debo hacer para ganar su voto?”  Así el rico se acerca a Jesús en el evangelio hoy.
 

Como muchos ricos hoy en día, el hombre viene apresurado.  Suavemente se dirige al Señor: “Maestro buen—dice -- ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”  Como si el reino de Dios fuera un logro para cumplirse o un producto para comprarse, el hombre quiere la fórmula para asegurarse de la felicidad en la muerte.  Actúa como nosotros cuando pensamos en la vida más como una conquista nuestra que un don de Dios.
 

Sin embargo, el Señor no se ofende con nuestra falta.  Pues, sabe que desde la niñez estamos acostumbrados oír que no hay nada bueno que viene gratis.  Nos ama a pesar de la pretensión que podríamos lograr la vida eterna.  Así en la lectura, Jesús lo mira al rico con amor aunque no le da la respuesta que desea. En lugar de decirle que tiene que memorizar diez salmos o abstenerse de vino, lo reta más al fondo.  Dice que él debe ir y vender sus pertenencias, darles a los pobres las ganancias, entonces venir y hacerse su discípulo. 
 

El hombre lo escucha como si Jesús estuviera exigiendo que se le quiten los dos brazos.  Entonces parte del Señor desilusionado.  No parece opuesto a regalar una porción de su riqueza – tal vez la mitad o posiblemente, como uno de los hombres más ricos en el mundo actual hizo hace unos años, hasta ochenta y cinco porciento.  Pero ¿todo?  “Lo siento, Señor -- parece decir – he conservado mi fortuna con cuidado y no voy a dispensarla de una vez”.   A lo mejor no somos ricos como el hombre en el evangelio; sin embargo, hay otras cosas que nos impiden el seguimiento de Jesús.  Tal vez sea el placer que algunos tienen de mirar la pornografía o quizás la satisfacción que otros reciben por echar una mentira que les entregan de un lío.
 

Jesús nos  advierte del problema.  Dice que es más difícil para un rico entrar en el Reino de Dios que un camello pasar por un ojo de una aguja.  ¿Solamente está refiriéndose a los adinerados?  Parece que no porque cuando los asombrados discípulos le preguntan “… ¿quién puede salvarse?”, Jesús responde que “es imposible para los hombres, mas no para Dios”.  Todos – los pobres tanto como los ricos, los analfabetos tanto como los cultos, los adultos tanto como los niños – tienen que buscar en Dios su salvación del pecado y de la muerte.
 

Entonces, ¿por qué la Iglesia habla de la necesidad de hacer obras buenas para llegar al cielo?  Esta pregunta movió a Martín Lutero a separarse de la Iglesia católica. Sin embargo, la Iglesia desde su principio ha enseñado la primacía de la gracia para la salvación.  Es puro don de Dios concedido por la muerte y resurrección de Jesucristo que nos ha hecho en sus hijos adoptivos.  Sin esta palanca no podríamos hacer nada meritorio y seríamos destinados a la muerte.  Ya, integrados en la familia divina, podemos amar ambos al extranjero y al paisano – actos que nos ganan otro destino.  Hace unos años un sacerdote en Dallas, Texas, le donó uno de sus riñones a una parroquiana.  No era de ningún modo necesario de parte de él pero completamente preciso para ella.  Es el tipo de cosa que se hace por un familiar, no por sólo un conocido.  El cura lo hizo por la gracia de Dios.
 

Un hombre cuenta de su niñez.  Recuerda que los domingos al final de la misa se marchaban algunos huérfanos al frente del comulgatorio.  Entonces el cura pedía a las familias si considerarían a llevar a uno de los niños a su casa.  Dice el hombre que era gran humillación para los huérfanos, particularmente si ninguna familia los quería.  Bueno, somos como esos huérfanos, pero Dios nos ha salvado de la humillación con su gracia.  Pues nos ha escogido para su familia.  Ya somos sus hijos e hijas adoptivas con la oportunidad de hacer actos meritorios.  Ya podemos alcanzar la vida eterna.


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