El domingo, 12 de mayo de 2013


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53)

En este “Año de la fe” los obispos piden que practiquemos la “Nueva Evangelización”.  Pero muchos no saben lo que era la evangelización vieja, mucho menos la forma nueva.  La evangelización es contar a los demás la buena nueva de Jesucristo.  Como Jesús indica a sus discípulos en el evangelio hoy, su resurrección de la muerte comprende la buena nueva.  Pues, muestra el plan de Dios para sus hijos: no vamos a ser destruidos con la muerte sino tenemos un destino eterno en la resurrección.

Ciertamente hemos de anunciar este mensaje con palabras.  Sin embargo, como dinero de papel no significaría nada si no hay oro en el banco respaldándolo, nuestras palabras necesitan algo para constatar su valor.  Su oro es el amor.  La “Nueva Evangelización” es exponer este amor proclamando la vida eterna por actos de caridad.  Es tratar a los demás como nuestras madres una vez nos enseñaron: socorrer a los pobres, cuidar a los enfermos, y respetar a todos.

Desgraciadamente muchas veces sentimos ocupados y cansados para practicar el amor, por no decir desinteresados y perezosos.  Nos hace falta el impulso para poner pilas en las buenas intenciones. ¿Qué nos moverá a la caridad?  ¿La posibilidad de ser reconocidos?  Ojalá que no; pues a lo mejor no sería el verdadero amor. En el evangelio Jesús dirige a los discípulos a esperar otro tipo de motivación: el Espíritu Santo.  Él vendrá como fuego quemándose desde adentro a mostrar el amor de Dios que les ha llegado por Jesucristo.

El Espíritu llegará en tiempo.  Ahora los discípulos han de congregarse para orar.  La oración los levantará para discernir la voluntad del Padre como si fuera un telescopio enfocado en actividades muchos kilómetros de distancia.  El discernimiento refiere a la elección de una gracia entre otras.  Se lo hace por pensar, por preguntar de las experiencias de otras personas, y sobre todo por pedirle a Dios la dirección.  Él nos revelará si quiere que nos integremos en la Sociedad de San Vicente de Paulo, que ayudemos el alcance a las muchachas embarazadas, o que hagamos otra cosa.

Podemos contar con el apoyo de Cristo.  Su ascensión no significa tanto su partida de nosotros; pues sigue con nosotros en la Eucaristía.  Más bien, ella implica su apelación por nosotros delante de Dios Padre.  Es como si él fuera nuestras madres dejando la casa en la mañana para trabajar para que podamos ir a la universidad.  Por eso, los discípulos dejan las cercanías de Betania “llenos de gozo”. 

Permanecen constantemente en el templo alabando a Dios.  Así termina este evangelio de san Lucas exactamente donde comenzó – el lugar privilegiado del encuentro entre los hombres y Dios.  Recordamos como al principio de este evangelio el ángel apareció a Zacarías en el templo diciéndole que iba a tener a un hijo que irá delante del mesías de Dios.  Ya los discípulos le agradecen a Dios por cumplir toda la promesa de esa aparición.  ¿No es que nuestras vidas duplicamos esta historia en parte?  Pues en la mayoría de los casos nuestras madres nos llevaron al templo como bebés comenzando nuestra trayectoria de vida.  Aquí estamos con ellas hoy dando gracias a Dios por su bondad.  O, posiblemente hayamos acompañado a nuestras madres al templo por la última vez hace tiempo.  No obstante, como los discípulos le expresamos el agradecimiento a Dios por las bendiciones que nos han alcanzado por ellas.

Hoy los americanos llenos de gozo festejan a sus madres.  Les agradecen a ellas con flores por todos sus actos de amor.  ¿Quién más que nuestras madres hizo apelaciones a Dios por nosotros?  Nadie excepto Jesús.  Él está delante de Dios Padre pidiéndole que nos envíe al Espíritu Santo.  Como nuestras madres Jesús nos pide a Dios Padre al Espíritu.

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