El domingo, 22 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA
(Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)

Hemos comenzado el largo camino de la Cuaresma. Para ayudarnos a aprovechar estos cuarenta días, la Iglesia nos ofrece algunas de las lecturas más profundas de toda la Biblia. Las conocemos bien, pero siempre vale la pena volver a ellas.

Se ha dicho que la historia de Adán y Eva describe el primer pecado. Esto es cierto, pero también describe todo pecado humano. En la raíz de los pecados humanos está el orgullo de los primeros seres humanos. Siempre pecamos cuando consideramos nuestra voluntad más importante que la voluntad de Dios. En esta historia, la serpiente tienta a la mujer con la promesa de que, si comen del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, serán como Dios. Al rechazar la prohibición divina de comer de ese árbol, ambos comen del fruto. Cada vez que pecamos, hacemos lo mismo: rechazamos la voluntad de Dios para satisfacer nuestros propios deseos.

Decimos “nosotros”, pero no debemos incluir a Jesucristo en esta afirmación. Aunque Jesús tiene naturaleza humana, nunca antepuso su voluntad a la de Dios Padre. En el evangelio de hoy lo vemos vencer el orgullo en cada una de las tres tentaciones que Satanás le presenta.

En la primera, Jesús está en el desierto sufriendo un hambre intensa. Satanás quiere que satisfaga su deseo convirtiendo piedras en pan. Sin embargo, Jesús reconoce que hacer eso no agradaría a su Padre. Decide que no vale la pena saciar su hambre si eso implica desobedecer a Dios, y rechaza la tentación. Podemos ponernos en las sandalias de Jesús. Si, después de haber trabajado toda la mañana del domingo sin asistir a la misa, ¿estaríamos dispuestos a ir a la misa de la tarde en lugar de satisfacer inmediatamente nuestro apetito?

Luego, Satanás intenta poner a prueba la relación de Jesús con su Padre. Le propone realizar un acto temerario para ver si Dios lo salvará de la muerte a pesar de su imprudencia. Jesús no tiene dificultad en rechazar este desafío, porque sabe que el amor de Dios por él y por todos es infinito. Pero, más allá del amor paternal, Jesús sabe que debe hacer las cosas a la manera de Dios y no a la suya. Podemos preguntarnos: ante una dificultad, ¿estamos dispuestos a afrontarla a la manera de Dios? ¿O insistimos en hacer las cosas a nuestra manera, pensando que Dios nos perdonará después?

Finalmente, Jesús es tentado con el poder sobre el mundo. Es fácil imaginar cómo esta tentación apela al orgullo. Solo tendría que someterse a Satanás para obtenerlo todo. Pero Jesús percibe el engaño. Además de que Satanás es el padre de la mentira, Jesús no vino a servirse a sí mismo, y mucho menos al diablo. Vino al mundo únicamente para servir a su Padre.

En la segunda lectura, san Pablo habla de “la gracia sobreabundante que nos hace justos”. Es la gracia que brota de Jesucristo. Él venció dos veces el orgullo de los primeros seres humanos que trajo la muerte a todos. Primero, superó toda tentación al pecado en el desierto. Luego, venció definitivamente el orgullo humano en el Calvario. Para beneficiarnos de esta gracia sobreabundante debemos vivir en relación con él. Aquí, en la Eucaristía, nos ofrece su Cuerpo y su Sangre como fortaleza. No nos abandona cuando salimos a enfrentar los desafíos de la vida.  Al contrario, camina con nosotros para que nada nos haga tropezar. Con él a nuestro lado, caminamos sobre el orgullo y pasamos de la muerte a la vida eterna con Dios.

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