XXVII DOMINGO
ORDINARIO
(Isaías
25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)
Vemos una
otra parábola en el evangelio de hoy. Quizás sea mejor que digamos que hay dos
parábolas. La primera es la historia del
banquete hecho por un rey para las bodas de su hijo. La segunda tiene lugar durante el banquete
cuando un hombre llega sin traje de fiesta.
Parece separada de la historia principal porque tiene un propósito
diferente. Antes de que miremos de cerca
estas historias, que revisemos nuestro conocimiento de parábolas.
La palabra parábola
significa comparación. Para entender una cosa no conocida, el contador
de parábolas compara con una cosa bien conocida. Por ejemplo, para descubrir la grandeza del
Reino de Dios, Jesús dice que es como una perla de gran precio. Las parábolas pueden ser tan cortes como una
frase o tan largas como la historia del hijo pródigo.
Jesús era
un genio en contar parábolas, sean cortes o largas. Sus parábolas llamaron la atención. Pero más importante, a menudo le conmovieron
a la gente a reconsiderar sus planteamientos en la vida. Se puede tomar la parábola del Buen
Samaritano como ejemplo. Un maestro de
la Ley pregunta a Jesús, “’¿Quién es mi prójimo?’” Entonces Jesús relata la parábola del
samaritano que salvó la vida del hombre asaltado por ladrones. Jesús le pregunta al maestro quién era el
prójimo al asaltado. El maestro, que sin
duda odiaba a los samaritanos, tuvo que admitir que el prójimo era miembre del
pueblo odiado. Al escuchar esta
parábola, nosotros tenemos que recapacitar nuestro planteamiento acerca de los
pueblos que resentimos.
En el
evangelio de hoy la parábola del banquete del rey es una alegoría muy semejante
a la parábola del domingo pasado. El rey
es Dios. El banquete de bodas es la fiesta en el Reino al cielo donde Jesús acepta
a la Iglesia como su novia. Los primeros
criados son los profetas, y los segundos son los apóstoles. Los invitados son los judíos que rechazan a
Jesús como em mesías de Dios.
Finalmente, la gente de los caminos son los no judíos, los gentiles, que
aceptan a Jesús y son bautizados. El
propósito de la parábola es decir que por la mayor parte serán solo los
gentiles, y no los judíos, que desfrutarán del banquete del Reino.
La segunda
parábola cuenta de lo que pasa durante el banquete. Se le echa afuera el hombre que entra el
banquete sin traje de fiesta. “No es
justo” pensemos. “Probablemente era tan pobre que no tenía un traje de boda”. Sin embargo, la excusa no vale porque los
trajes fueron fácilmente alcanzables. El traje de fiesta representa las buenas
obras que son requisitas para tener un lugar en el banquete del cielo. Aunque
la persona es bautizada, no es garantizada un lugar en el banquete celestial.
Tiene que alimentar a los hambrientos y visitar a los enfermos etcétera para
desfrutar la vida eterna.
Aquellos
que quieren mirar el fútbol o las telenovelas siete noches de la semana, deben
poner atención a esta parábola. Sí es
necesario descansar y recrear para nuestra vida natural. Sin embargo, también es necesario ayudar a
los necesitados para tener la vida eterna.
Sí el matrimonio es necesario para satisfacer nuestros deseos de la
carne. Sin embargo, también es necesario
que los matrimonios apoyen a uno al otro emocional y espiritualmente. Asimismo, los dos tienen que cooperar en la
crianza de sus hijos.
La vida es compleja. A menudo queremos navegarla haciendo lo que hace la mayoría de gente. Por lástima la mayoría de gente hace lo que es cómodo y conveniente, no lo que tiene valor eterno. Jesús dijo parábolas para sacudirnos de esta complacencia. Nos indican los modos de Dios que nos llevan al banquete celestial. No son tan difíciles para vivir como pensamos. Pues tenemos a Jesús como nuestro compañero.