El VI Domingo de Pascua
(Hechos 10:25-26.34-35.44-48; I Juan 4:7-10; Juan 15:9-17)
Antes de su retiro el presidente George Washington escribió una carta al pueblo americano. En tiempo esta carta fue conocida como su “discurso de despedida.” La carta saluda al pueblo como “amigos y ciudadanos.” Procede a exhortar a todos a la unidad basada en la Constitución y aconsejarles que practiquen la religión para mantener la moralidad. Se ha estimado el discurso como una guía para la democracia norteamericana. En el evangelio hoy Jesús entrega su propio discurso de despedida que en algunos aspectos se asemeja aquél de George Washington.
Notablemente Jesús también se refiere a sus discípulos como “amigos.” Nuestros amigos no son todos nuestros conocidos. Más bien, son el grupo de íntimos con quienes hemos compartido lo profundo de nuestras almas para solicitar su apoyo y su ayuda. Hace doce años un periodista escribió un libro acerca de una serie de conversaciones que había tenido con su antiguo profesor universitario. El profesor, que estaba muriendo de cáncer, reveló su gran corazón en el curso del diálogo. La primera vez que el escritor lo visitó era sólo un alumno antiguo presentándole sus respetos. En el final, eran los dos verdaderos amigos. Así Jesús comparte con sus discípulos los secretos de la vida eterna. Porque somos incluidos en estos secretos, podemos considerarnos también amigos de Jesús.
Como el padre de América pide a los ciudadanos a la unidad cimentada en la ley, así Jesús llama a sus discípulos al amor mutuo basado en su mandamiento. Jesús nos manda que amemos los unos a los otros como él nos ha amado. Este amor no es jamás pasajero o superficial. Más bien, es posible que nos requiera la vida como en el caso de los mártires. Más seguido, empero, sacrificarse por el otro como Jesús hizo por nosotros significa la entrega continua por el bien de todos. Es el esfuerzo de la mujer trabajando fuera de la casa cinco días por semana y en el fin de semana haciendo todo -- desde llevar a los niños a la práctica de fútbol el sábado por la mañana hasta barrer el piso el domingo en la noche -- por el bien de la familia. O es el ministerio de un hombre a recoger las sobras de Panera y otos comercios cada viernes para repartirlas a los pobres al sábado.
Leyendo su despedida, uno tiene la impresión que George Washington se preocupaba del bien y la felicidad de sus paisanos sobre todo. Ofrece un tipo de oración cuando dice, “…que la felicidad del pueblo...sea completa.” Esto parece como el mismo motivo que mueve a Jesús a compartir con sus discípulos el mandamiento de amor. Proclama él, “Les he dicho esto para que mi alegría sea en ustedes y su alegría sea plena.” Conociendo el costo del verdadero amor, algunos no dirían que nos conduce a la alegría. Piensan así porque confunden la alegría con el placer. El placer viene y va como una sensación cuando acercamos algo bueno. Es la frescura de la mañana que marchita cuando se levanta el sol. La alegría es más profunda y duradera. Es el sentido interior que hemos amado verdaderamente. Es el descanso que tuvo el papa Juan Pablo II después de rendirse cien por ciento por veintiséis años como líder de la Iglesia y ejemplar de lo mejor de la raza humana.
No pretendemos decir aquí que George Washington era otro Cristo. Aunque fue persona de gran estatura, también hizo errores y no tuvo que entregar su vida a sus enemigos por los injustos. El propósito de nuestra comparación entre el primer presidente de los Estados Unidos y Jesucristo es evidenciar que nosotros como George Washington podemos practicar el amor mutuo que Jesús propone. Sí, nosotros también podemos amar los unos a los otros como él nos ha amado.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el domingo, 10 de mayo de 2009
El V Domingo de Pascua
(Hechos 9:26-31; I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)
Es fácil ver por qué consideramos a Dios como varón. Si la experiencia principal de los hebreos hacia Dios es el éxodo, Dios tiene que parecer como un Napoleón humillando a sus enemigos. Hoy en día muchos se vuelven a Dios como un patrón sacándolos del cualquier apuro en que se encuentren a cambio de su lealtad.
Pero ¿no es el amor de Dios más como aquél de una madre? No lo dudo. Aunque no es así en todos casos, pensamos en el amor de la madre tan profundo como una manantial que jamás se esfuma de soltar aguas refrescantes. El presidente Barack Obama cuenta de su madre así. Dice que cuando era niño, su mamá le despertaba a las cuatro de la mañana para revisar sus tareas de esquela. Cuando él se quejó, ella le respondió, “Eso no es una merienda para mí tampoco, fulano.” Así Jesús describe a su Padre en el evangelio. Jesús es la vid que nos nutre con la gracia de su Padre en tiempos buenos y tiempos malos. Si nos quedamos cerca de él, vamos a recibir todo lo necesario para florecer como personas humanas.
Otro aspecto del amor de Dios es su capacidad de perdonar. No existe pecado tan grande que el amor de Dios no pueda arrasar como un edificio en un terremoto de 7.5 grados. Sí, tenemos que pedirle perdón por el pecado con la firme promesa de no volver a cometerlo. Pero no hay ninguna razón a dudar Su voluntad para vernos caminando justos. Dice San Juan en la segunda lectura, “…delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y todo lo conoce.” Muchos nosotros conocemos a nuestras madres así indulgentes. Una vez una niña se cayó en el lodo manchando su vestido. Fue llorando a su mamá pidiendo perdón. La madre le consoló, “No te preocupes, mi hija, te amaría si cayeras mil veces.”
El amor de la madre también es en muchas maneras sabio. Nos enseña lo que tiene prioridad sobre todo lo demás. Se propone una forma de esta prioridad en la segunda lectura donde San Juan nos dice: “…que creamos en la persona de Jesucristo…y nos amemos los unos a los otros.” Porque ama a sus dos hijos sabiamente, una mujer no católica les lleva a la doctrina y la misa semanal aunque su marido católico, el padre de los niños, usualmente no les acompaña.
Hoy saludamos a nuestras madres no sólo porque nos enseña de Dios sino porque nos refleja Su amor. Sí, nos damos cuenta de que no son perfectas. A veces su deseo para vernos exitosos parece como aguas caudalosas que nos va a ahogar. A veces su preocupación nos prohibiría a experimentar nuevas vistas. A veces su indulgencia olvida la necesidad que nos arrepintamos de nuestros vicios. Sin embargo, han sido por nosotros como espejos mostrándonos la grandeza, la misericordia, y la sabiduría del amor de Dios. Sí, nos han sido espejos de Dios.
(Hechos 9:26-31; I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)
Es fácil ver por qué consideramos a Dios como varón. Si la experiencia principal de los hebreos hacia Dios es el éxodo, Dios tiene que parecer como un Napoleón humillando a sus enemigos. Hoy en día muchos se vuelven a Dios como un patrón sacándolos del cualquier apuro en que se encuentren a cambio de su lealtad.
Pero ¿no es el amor de Dios más como aquél de una madre? No lo dudo. Aunque no es así en todos casos, pensamos en el amor de la madre tan profundo como una manantial que jamás se esfuma de soltar aguas refrescantes. El presidente Barack Obama cuenta de su madre así. Dice que cuando era niño, su mamá le despertaba a las cuatro de la mañana para revisar sus tareas de esquela. Cuando él se quejó, ella le respondió, “Eso no es una merienda para mí tampoco, fulano.” Así Jesús describe a su Padre en el evangelio. Jesús es la vid que nos nutre con la gracia de su Padre en tiempos buenos y tiempos malos. Si nos quedamos cerca de él, vamos a recibir todo lo necesario para florecer como personas humanas.
Otro aspecto del amor de Dios es su capacidad de perdonar. No existe pecado tan grande que el amor de Dios no pueda arrasar como un edificio en un terremoto de 7.5 grados. Sí, tenemos que pedirle perdón por el pecado con la firme promesa de no volver a cometerlo. Pero no hay ninguna razón a dudar Su voluntad para vernos caminando justos. Dice San Juan en la segunda lectura, “…delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y todo lo conoce.” Muchos nosotros conocemos a nuestras madres así indulgentes. Una vez una niña se cayó en el lodo manchando su vestido. Fue llorando a su mamá pidiendo perdón. La madre le consoló, “No te preocupes, mi hija, te amaría si cayeras mil veces.”
El amor de la madre también es en muchas maneras sabio. Nos enseña lo que tiene prioridad sobre todo lo demás. Se propone una forma de esta prioridad en la segunda lectura donde San Juan nos dice: “…que creamos en la persona de Jesucristo…y nos amemos los unos a los otros.” Porque ama a sus dos hijos sabiamente, una mujer no católica les lleva a la doctrina y la misa semanal aunque su marido católico, el padre de los niños, usualmente no les acompaña.
Hoy saludamos a nuestras madres no sólo porque nos enseña de Dios sino porque nos refleja Su amor. Sí, nos damos cuenta de que no son perfectas. A veces su deseo para vernos exitosos parece como aguas caudalosas que nos va a ahogar. A veces su preocupación nos prohibiría a experimentar nuevas vistas. A veces su indulgencia olvida la necesidad que nos arrepintamos de nuestros vicios. Sin embargo, han sido por nosotros como espejos mostrándonos la grandeza, la misericordia, y la sabiduría del amor de Dios. Sí, nos han sido espejos de Dios.
Homilía para el domingo, 3 de mayor de 2009
El IV domingo de Pascua, 3 de mayor de 2009
(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)
Se ha dicho que los predicadores no deberían usar la palabra ovejas para describir el pueblo de Dios. Por extensión se puede proponer que no hablen de Jesús como el buen pastor tampoco. La razón detrás estas prohibiciones es que supuestamente la gente moderna es educada, no indefensa como ovejas. Además, la gente hoy viviendo en ciudades lejos del campo no puede apreciar las imágenes rústicas como ovejas, rebaños, y pastores.
Es posible que otras imágenes bíblicas para Jesús parezcan más apropiadas para la vida contemporánea. En el Evangelio según San Lucas, por ejemplo, Jesús se refiere a sí mismo como médico. Ciertamente todo el mundo conoce situaciones en que se urge la ayuda de un doctor. De hecho, nos encontramos ahora mismo envueltos en un tal apuro con la epidemia de la gripe porcina. Como consultaríamos a un médico pronto si nuestra hija tendría fiebre alta con vómitos, nos acercamos a Jesús cuando sentimos afligidos por dificultades que molestan nuestras vidas.
Sin embargo, recorrer a Jesús como el buen pastor todavía tiene relevancia. No sólo en la Biblia existen imágenes de pastores y ovejas sino también en películas documentales y en anuncios como la foto de ovejas atestando un camino en Escocia. También, las ovejas no son tan ignorantes como se les piensa. Pueden encontrar pasto como una abeja y anticipar una tormenta con la facilidad de un meteorólogo. Más a caso, a nosotros nos hace falta un guía y protector tan dedicado como el pastor ante su rebaño.
La vida está llena de elecciones en las cuales la vía correcta no está evidente. Cuando amenaza la gripe porcina, ¿debería una anciana inclinada a problemas médicas resumir su puesto como voluntario en la primaria? o ¿debería un obispo encomendado con el cuidado de medio millones de personas suspender las misas dominicales en su diócesis si el Departamento de Salud cierra las esquelas? En ambos casos los actores tienen que peticionar al buen pastor para que les ayude proceder prudentemente.
Dependeremos al buen pastor también para rescatarnos en el apuro más extremo. Más tarde o más temprano, el lobo de la muerte va a llevarse nuestras vidas, sea por la gripe porcina, el cáncer, u otra causa. Entonces, contaremos con el buen pastor a retomarnos de las fauces del lobo para ponernos a su lado en la gloria. Dice Jesús en el evangelio hoy que tiene poder para dar su vida y volverla a tomar. Igualmente tiene el la capacidad de volver a tomar nuestras vidas. Entonces, que no tengamos vergüenza a llamar al buen pastor como ovejas indefensas. Que no tengamos vergüenza a llamar al buen pastor.
(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)
Se ha dicho que los predicadores no deberían usar la palabra ovejas para describir el pueblo de Dios. Por extensión se puede proponer que no hablen de Jesús como el buen pastor tampoco. La razón detrás estas prohibiciones es que supuestamente la gente moderna es educada, no indefensa como ovejas. Además, la gente hoy viviendo en ciudades lejos del campo no puede apreciar las imágenes rústicas como ovejas, rebaños, y pastores.
Es posible que otras imágenes bíblicas para Jesús parezcan más apropiadas para la vida contemporánea. En el Evangelio según San Lucas, por ejemplo, Jesús se refiere a sí mismo como médico. Ciertamente todo el mundo conoce situaciones en que se urge la ayuda de un doctor. De hecho, nos encontramos ahora mismo envueltos en un tal apuro con la epidemia de la gripe porcina. Como consultaríamos a un médico pronto si nuestra hija tendría fiebre alta con vómitos, nos acercamos a Jesús cuando sentimos afligidos por dificultades que molestan nuestras vidas.
Sin embargo, recorrer a Jesús como el buen pastor todavía tiene relevancia. No sólo en la Biblia existen imágenes de pastores y ovejas sino también en películas documentales y en anuncios como la foto de ovejas atestando un camino en Escocia. También, las ovejas no son tan ignorantes como se les piensa. Pueden encontrar pasto como una abeja y anticipar una tormenta con la facilidad de un meteorólogo. Más a caso, a nosotros nos hace falta un guía y protector tan dedicado como el pastor ante su rebaño.
La vida está llena de elecciones en las cuales la vía correcta no está evidente. Cuando amenaza la gripe porcina, ¿debería una anciana inclinada a problemas médicas resumir su puesto como voluntario en la primaria? o ¿debería un obispo encomendado con el cuidado de medio millones de personas suspender las misas dominicales en su diócesis si el Departamento de Salud cierra las esquelas? En ambos casos los actores tienen que peticionar al buen pastor para que les ayude proceder prudentemente.
Dependeremos al buen pastor también para rescatarnos en el apuro más extremo. Más tarde o más temprano, el lobo de la muerte va a llevarse nuestras vidas, sea por la gripe porcina, el cáncer, u otra causa. Entonces, contaremos con el buen pastor a retomarnos de las fauces del lobo para ponernos a su lado en la gloria. Dice Jesús en el evangelio hoy que tiene poder para dar su vida y volverla a tomar. Igualmente tiene el la capacidad de volver a tomar nuestras vidas. Entonces, que no tengamos vergüenza a llamar al buen pastor como ovejas indefensas. Que no tengamos vergüenza a llamar al buen pastor.
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Homilía para el domingo, 26 de abril de 2009
Homilía para el III domingo de Pascua, 26 de abril de 2009
(Hechos 3:13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)
El nuevo arzobispo de Nueva York, el monseñor Timothy Dolan, tiene buen sentido del humor. También tiene una buena panza como el famoso Sancho de la novela Don Quijote. Bromea el monseñor Dolan que cuando fue nombrado obispo y le preguntaron que versículo quería para su escudo de armas, él citó a Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar. “Sabes,” diría él, “donde Jesús pregunta, ‘¿Tienen aquí algo de comer?’”
Jesús pide la comida para comprobar que realmente ha resucitado en carne y hueso. En nuestro tiempo mucha gente anda buscando la comida con otro propósito. No, no es que les falte el pan sino el contrario. Existe una sobreabundancia de grasas y carbohidratos de modo que muchos no tengan la fuerza para detenerse de comerlos. Comprende un gran reto para la salud pública. Dice la Organización de la Salud Mundial que la obesidad es una epidemia que afecta no sólo los países ricos sino también los países pobres. Un mil millón de personas en el mundo están demasiado gordas mientras, en comparación, sólo 800 millones de personas sufren de malnutrición.
Algunos protestarán, “Padre, estamos en una iglesia no en un consultorio médico. ¿Qué tiene que ver la obesidad con la religión?” Es buena pregunta. La respuesta es que como alguna gente está atrapada por el alcohol, otras por el tabaco, otras por las drogas, y aún otras por el sexo, hoy día más que nunca la gente está esclavizada por las grasas y carbohidratos. Como los vicios tradicionales la búsqueda desordenada para la comida deteriora la capacidad de conocer al Señor y amarlo sobre todo. También afecta la voluntad a cumplir Su misión y la posibilidad de hacerlo bien.
En fondo el problema es anteponer el placer al gozo verdadero. Los científicos han aislado el químico – dopamine -- en el cerebro que corresponde al placer. El pensamiento de las grasas y los dulces para los gordos, como el pensamiento del alcohol para los borrachos o la nicotina para los fumadores excesivos, suelta este químico que extravía la persona de su propio propósito en la vida. Estamos aquí para conocer, amar, y servir a Dios. El gozo viene de cumplir este proyecto que nos realiza como personas humanas. Además, el gozo terreno alcanza su cumbre con el conocimiento por la fe que el Señor premiará a sus elegidos con la vida eterna.
En el evangelio Jesús muestra a sus discípulos que no está muerto sino vive. No más se puede encontrarlo en el sepulcro. Como él nosotros tenemos que dejar atrás el sepulcro que nos atrape. Para algunos el sepulcro será comidas con altos niveles de grasas y carbohidratos, para otros será el alcohol, para otros el sexo. Jesús no está muerte sino vive; vive por nosotros. Eso es, Jesús está con nosotros en la lucha contra el placer desordenado. Nos dispensa la templanza para no desear demasiado cosas materiales, la fuerza para resistirlas, y la prudencia para saber cuando bastante es bastante. Jesús vive por nosotros.
(Hechos 3:13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)
El nuevo arzobispo de Nueva York, el monseñor Timothy Dolan, tiene buen sentido del humor. También tiene una buena panza como el famoso Sancho de la novela Don Quijote. Bromea el monseñor Dolan que cuando fue nombrado obispo y le preguntaron que versículo quería para su escudo de armas, él citó a Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar. “Sabes,” diría él, “donde Jesús pregunta, ‘¿Tienen aquí algo de comer?’”
Jesús pide la comida para comprobar que realmente ha resucitado en carne y hueso. En nuestro tiempo mucha gente anda buscando la comida con otro propósito. No, no es que les falte el pan sino el contrario. Existe una sobreabundancia de grasas y carbohidratos de modo que muchos no tengan la fuerza para detenerse de comerlos. Comprende un gran reto para la salud pública. Dice la Organización de la Salud Mundial que la obesidad es una epidemia que afecta no sólo los países ricos sino también los países pobres. Un mil millón de personas en el mundo están demasiado gordas mientras, en comparación, sólo 800 millones de personas sufren de malnutrición.
Algunos protestarán, “Padre, estamos en una iglesia no en un consultorio médico. ¿Qué tiene que ver la obesidad con la religión?” Es buena pregunta. La respuesta es que como alguna gente está atrapada por el alcohol, otras por el tabaco, otras por las drogas, y aún otras por el sexo, hoy día más que nunca la gente está esclavizada por las grasas y carbohidratos. Como los vicios tradicionales la búsqueda desordenada para la comida deteriora la capacidad de conocer al Señor y amarlo sobre todo. También afecta la voluntad a cumplir Su misión y la posibilidad de hacerlo bien.
En fondo el problema es anteponer el placer al gozo verdadero. Los científicos han aislado el químico – dopamine -- en el cerebro que corresponde al placer. El pensamiento de las grasas y los dulces para los gordos, como el pensamiento del alcohol para los borrachos o la nicotina para los fumadores excesivos, suelta este químico que extravía la persona de su propio propósito en la vida. Estamos aquí para conocer, amar, y servir a Dios. El gozo viene de cumplir este proyecto que nos realiza como personas humanas. Además, el gozo terreno alcanza su cumbre con el conocimiento por la fe que el Señor premiará a sus elegidos con la vida eterna.
En el evangelio Jesús muestra a sus discípulos que no está muerto sino vive. No más se puede encontrarlo en el sepulcro. Como él nosotros tenemos que dejar atrás el sepulcro que nos atrape. Para algunos el sepulcro será comidas con altos niveles de grasas y carbohidratos, para otros será el alcohol, para otros el sexo. Jesús no está muerte sino vive; vive por nosotros. Eso es, Jesús está con nosotros en la lucha contra el placer desordenado. Nos dispensa la templanza para no desear demasiado cosas materiales, la fuerza para resistirlas, y la prudencia para saber cuando bastante es bastante. Jesús vive por nosotros.
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Homilía para el domingo, 19 de abril de 2009
El II Domingo de Pascua, 19 de abril de 2009
(Hechos 10:34.37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)
Se llamaba anteriormente este segundo domingo de Pascua “el domingo del alba depuesta.” El nombre se derivó de la práctica de los nuevos cristianos en los primeros siglos del cristianismo. Entonces aquellas personas bautizadas y vestidas en ropas blancas a la Vigilia Pascual dejaron sus vestidos especiales evidentemente para integrarse con la comunidad mayor de cristianos. Recientemente, el papa Juan Pablo II ha puesto otro nombre a la fiesta de hoy. Desde el año 2000, se ha llamado oficialmente el “Domingo de la Divina Misericordia” siguiendo la espiritualidad de la santa polaca Faustina Kowalska. En revelaciones privadas el Señor le intimó a Santa Faustina que él ama mucho a todos humanos, aún los mejores pecadores. Como respuesta a esta misericordia de parte del Señor, según las revelaciones a Santa Faustina, hemos de confiar en el Señor como un niño a su padre y de mostrar la misericordia a los otros.
Se sintoniza fácilmente el evangelio de la misa hoy con la divina misericordia. El Señor resucitado envía a sus discípulos en una misión de misericordia. Ellos están comisionados a perdonar los pecados y, cuando sea necesario, retenerlos. Desde el Concilio de Trento este mandato se ha interpretado como refiriendo al poder del sacerdote en el Sacramento de Penitencia. Se entiende la retención de pecados no como castigo sino como espuela para mover al pecador a confesar sus pecados y recompensar la injusticia.
A lo mejor el evangelista tiene otra idea de misión en cuenta cuando cita a Jesús en la lectura hoy. Como el Padre ha enviado a Su hijo al mundo para crear una crisis en que uno tiene que decidir por o contra Cristo, la luz verdadera, así Jesús envía a sus discípulos. Vista en esta manera el envío de Jesús no está limitado a los sacerdotes sino incluye a todos cristianos. Todos hemos de brillar la luz de Cristo de manera que otros puedan hacer una decisión definitiva por él. La Pascua pasada un converso al Catolicismo de Islam (Magdi Allam) explicó cómo el testimonio de la fe por las religiosas y los religiosos cuando era alumno en Egipto le atrajo a la Iglesia. Su historia es semejante a la de una mujer que telefoneó las oficinas diocesanas pidiendo información referente hacerse católica. Dijo que quería tener la consolación de la fe que demostraba una colega católica.
Jesús se muestra a sí mismo como agente de misericordia cuando enfrenta a Tomás. Este discípulo, como se indica su apodo “gemelo,” parece como hombre moderno. Pues Tomás resiste aceptar la proclamación de la resurrección sin evidencia empírica, eso es, sin ver la señal de los clavos en las manos de Jesús y meter su mano en el costado de Jesús. Jesús no deja a Tomás en su escepticismo sino se le acerca a lo mejor para que Tomás no sea excluido del gozo de la resurrección. Entonces ¿toca Tomás las heridas de Jesús? Aunque algunos teólogos no están de acuerdo si él le tocaría las heridas, sería un rechazo de la fe a favor del empirismo.
La misericordia del Señor es grande de verdad. Se dice que la gran Santa Teresa de Ávila, tan cumplida persona que se querría encontrar, una vez dijo que cuando muriera, no iba a decir nada al Señor de sus logros, sino sólo se postraba a Sus pies pidiendo Su misericordia. Nosotros deberíamos hacer asimismo. Pero, para recordarnos a pedírselo cuando llegue el momento, deberíamos mostrar la misericordia a los otros ahora. Sí, deberíamos mostrar la misericordia.
(Hechos 10:34.37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)
Se llamaba anteriormente este segundo domingo de Pascua “el domingo del alba depuesta.” El nombre se derivó de la práctica de los nuevos cristianos en los primeros siglos del cristianismo. Entonces aquellas personas bautizadas y vestidas en ropas blancas a la Vigilia Pascual dejaron sus vestidos especiales evidentemente para integrarse con la comunidad mayor de cristianos. Recientemente, el papa Juan Pablo II ha puesto otro nombre a la fiesta de hoy. Desde el año 2000, se ha llamado oficialmente el “Domingo de la Divina Misericordia” siguiendo la espiritualidad de la santa polaca Faustina Kowalska. En revelaciones privadas el Señor le intimó a Santa Faustina que él ama mucho a todos humanos, aún los mejores pecadores. Como respuesta a esta misericordia de parte del Señor, según las revelaciones a Santa Faustina, hemos de confiar en el Señor como un niño a su padre y de mostrar la misericordia a los otros.
Se sintoniza fácilmente el evangelio de la misa hoy con la divina misericordia. El Señor resucitado envía a sus discípulos en una misión de misericordia. Ellos están comisionados a perdonar los pecados y, cuando sea necesario, retenerlos. Desde el Concilio de Trento este mandato se ha interpretado como refiriendo al poder del sacerdote en el Sacramento de Penitencia. Se entiende la retención de pecados no como castigo sino como espuela para mover al pecador a confesar sus pecados y recompensar la injusticia.
A lo mejor el evangelista tiene otra idea de misión en cuenta cuando cita a Jesús en la lectura hoy. Como el Padre ha enviado a Su hijo al mundo para crear una crisis en que uno tiene que decidir por o contra Cristo, la luz verdadera, así Jesús envía a sus discípulos. Vista en esta manera el envío de Jesús no está limitado a los sacerdotes sino incluye a todos cristianos. Todos hemos de brillar la luz de Cristo de manera que otros puedan hacer una decisión definitiva por él. La Pascua pasada un converso al Catolicismo de Islam (Magdi Allam) explicó cómo el testimonio de la fe por las religiosas y los religiosos cuando era alumno en Egipto le atrajo a la Iglesia. Su historia es semejante a la de una mujer que telefoneó las oficinas diocesanas pidiendo información referente hacerse católica. Dijo que quería tener la consolación de la fe que demostraba una colega católica.
Jesús se muestra a sí mismo como agente de misericordia cuando enfrenta a Tomás. Este discípulo, como se indica su apodo “gemelo,” parece como hombre moderno. Pues Tomás resiste aceptar la proclamación de la resurrección sin evidencia empírica, eso es, sin ver la señal de los clavos en las manos de Jesús y meter su mano en el costado de Jesús. Jesús no deja a Tomás en su escepticismo sino se le acerca a lo mejor para que Tomás no sea excluido del gozo de la resurrección. Entonces ¿toca Tomás las heridas de Jesús? Aunque algunos teólogos no están de acuerdo si él le tocaría las heridas, sería un rechazo de la fe a favor del empirismo.
La misericordia del Señor es grande de verdad. Se dice que la gran Santa Teresa de Ávila, tan cumplida persona que se querría encontrar, una vez dijo que cuando muriera, no iba a decir nada al Señor de sus logros, sino sólo se postraba a Sus pies pidiendo Su misericordia. Nosotros deberíamos hacer asimismo. Pero, para recordarnos a pedírselo cuando llegue el momento, deberíamos mostrar la misericordia a los otros ahora. Sí, deberíamos mostrar la misericordia.
Homilía para el Domingo, 12 de abril de 2009
Homilía para el I Domingo de Pascua
(Marcos 16:1-7)
El otro día el periódico reportó que los cigarros no son necesariamente dañinos. Al menos, reducen los costos médicos de la sociedad. No es ridículo. Según los ecónomos los no fumadores viven por más tiempo que significan más intervenciones médicas. Muchos prefieren desconocer este hecho posiblemente porque no les conviene considerar que les toca a todos el sufrimiento. Son como los discípulos de Jesús en el Evangelio según San Marcos. Pedro y los otros piensan que pueden vivir en la gloria por cuidarse bien.
Los discípulos andan satisfechos por la mayor parte del evangelio. Sí, han dejado sus ocupaciones para seguir a Jesús pero siempre con la idea que van a obtener puestos más altos. Discuten entre sí cuáles serán los más grandes cuando se revele Jesús como Mesías. Por lo tanto, se hacen confundidos cuando Jesús les habla de la muerte que va a sufrir. Su torpeza les causa a correr de Jesús como bandidos al su arresto.
Ahora vemos en el evangelio otro grupo de discípulos. Son mujeres que han seguido a Jesús de Galilea. Por su espíritu del servicio parecen más capaces a entender a Jesús. Vienen cuanto antes después del día de descanso para embalsamar su cuerpo. Entonces se les manda a una tarea inesperada. Tienen que anunciar la resurrección del crucificado de la muerte. No se incluye en la lectura hoy pero en el próximo versículo del evangelio describe el resultado. No hablan nada a nadie porque quedan asustadas y asombradas. Tanto como los hombres discípulos estas mujeres fallan a tomarse a pecho el mensaje evangélico que se entra en la gloria sólo por el sufrimiento.
¿Y nosotros después de veinte siglos cómo entendemos a Jesús? ¿Hemos interiorizado su mensaje de la necesidad de sufrir por él? Algunos no quieren visitar a parientes o amigos con Alzheimer porque la experiencia les deprime. No parece que ellos han aceptado el evangelio. En contraste, hay la historia de una pareja estudiando a Harvard cuyas vidas estuvieron vertidas por un embarazo inesperado. Tener a nuevo bebé (tenían una) a este punto hubiera significado la pérdida de sus carreras como académicos. Además, se enteraron que el feto tenía el síndrome Downs. La pareja tendría que sufrir tanto la dificultad de cuidar a un niño con defectos obvios como el desprecio de sus colegas y profesores. Sin embargo, dieron luz al bebé. Como en muchos casos semejantes, su niño con síndrome Downs se les ha probado ser no sólo una alegría sino también la fuente de sabiduría. Ya saben que el propósito humano no es para lograr mucho sino para amar al otro. En la resurrección Dios nos muestra que este amor no se para con la muerte. Más bien el amor lleva a la persona a la vida eterna.
(Marcos 16:1-7)
El otro día el periódico reportó que los cigarros no son necesariamente dañinos. Al menos, reducen los costos médicos de la sociedad. No es ridículo. Según los ecónomos los no fumadores viven por más tiempo que significan más intervenciones médicas. Muchos prefieren desconocer este hecho posiblemente porque no les conviene considerar que les toca a todos el sufrimiento. Son como los discípulos de Jesús en el Evangelio según San Marcos. Pedro y los otros piensan que pueden vivir en la gloria por cuidarse bien.
Los discípulos andan satisfechos por la mayor parte del evangelio. Sí, han dejado sus ocupaciones para seguir a Jesús pero siempre con la idea que van a obtener puestos más altos. Discuten entre sí cuáles serán los más grandes cuando se revele Jesús como Mesías. Por lo tanto, se hacen confundidos cuando Jesús les habla de la muerte que va a sufrir. Su torpeza les causa a correr de Jesús como bandidos al su arresto.
Ahora vemos en el evangelio otro grupo de discípulos. Son mujeres que han seguido a Jesús de Galilea. Por su espíritu del servicio parecen más capaces a entender a Jesús. Vienen cuanto antes después del día de descanso para embalsamar su cuerpo. Entonces se les manda a una tarea inesperada. Tienen que anunciar la resurrección del crucificado de la muerte. No se incluye en la lectura hoy pero en el próximo versículo del evangelio describe el resultado. No hablan nada a nadie porque quedan asustadas y asombradas. Tanto como los hombres discípulos estas mujeres fallan a tomarse a pecho el mensaje evangélico que se entra en la gloria sólo por el sufrimiento.
¿Y nosotros después de veinte siglos cómo entendemos a Jesús? ¿Hemos interiorizado su mensaje de la necesidad de sufrir por él? Algunos no quieren visitar a parientes o amigos con Alzheimer porque la experiencia les deprime. No parece que ellos han aceptado el evangelio. En contraste, hay la historia de una pareja estudiando a Harvard cuyas vidas estuvieron vertidas por un embarazo inesperado. Tener a nuevo bebé (tenían una) a este punto hubiera significado la pérdida de sus carreras como académicos. Además, se enteraron que el feto tenía el síndrome Downs. La pareja tendría que sufrir tanto la dificultad de cuidar a un niño con defectos obvios como el desprecio de sus colegas y profesores. Sin embargo, dieron luz al bebé. Como en muchos casos semejantes, su niño con síndrome Downs se les ha probado ser no sólo una alegría sino también la fuente de sabiduría. Ya saben que el propósito humano no es para lograr mucho sino para amar al otro. En la resurrección Dios nos muestra que este amor no se para con la muerte. Más bien el amor lleva a la persona a la vida eterna.
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Homilía para el Domingo, 5 de abril de 2009
El Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47)
Un chiste pregunta, ¿cómo es Jesús como una mujer? La respuesta: como una mujer Jesús trataba de trasmitir su mensaje a un grupo de hombres que jamás podían entenderlo. En el Evangelio según San Marcos los discípulos de Jesús son particularmente torpes. Por ejemplo, durante la pasión los discípulos duermen cuando Jesús ora por su vida en Getsemaní. Entonces, corren de Jesús en miedo para que no sean arrestados con él. Y ninguno se atreve a presentarse en Calvario para apoyarlo en la muerte. Si en ocasiones nosotros hemos sentido abandonados por nuestros amigos, podemos imaginar la desolación que Jesús siente por este comportamiento.
Dos discípulos sobresalen por la decepción. Judas le comete la ofensa más perniciosa cuando traiciona a Jesús a sus enemigos. Esto no es una simple calumnia sino una entrega a la muerte. Marcos subraya la maldad por añadir dos veces “uno de sus discípulos” al mencionar su nombre como si fuera increíble. Judas es especialmente vicioso por usar un beso como la contraseña para identificar a Jesús a sus enemigos. También el motivo de Judas es sórdido. Traiciona a su maestro por el dinero.
No es probable que alguien nos haya actuado con tanta duplicidad como Judas trata a Jesús. Pero sí es posible que hayamos sido engañados por un amigo o un pariente. Muchos padres conocen el dolor de tener a un hijo drogadicto que les ha robado. Tan vergonzoso que sea, no es inaudito que una persona haya engañando a un amigo por acostarse con su esposa. Finalmente, casi todos nosotros hemos tenido la amarga experiencia de dar dinero a otra persona o de trabajar por otra persona con la expectativa de servicio o de pago y jamás recibirlo.
El otro discípulo de Jesús que le maltrata notablemente es Simón Pedro. Un momento él se jacta como va a morir con Jesús. Entonces, algunas horas después Pedro no sólo lo niega sino a lo mejor lo maldice para demostrar su disociación. Estos pecados no son tan graves como la traición, pero son más que la omisión de no defender a Jesús de sus perseguidores. Comprenden actos de cobardía particularmente apestosos.
A veces actúan otras personas hacia nosotros como Pedro hacia Jesús aquí. Hemos oído de personas que rehúsan testimoniar a un crimen por miedo de represalias contra ellos. Y aún nosotros hayamos criticado a otras personas fuertemente a sus espaldas después de haber platicado dulcemente con ellas.
En su relato de la pasión San Marcos nos hace entender que el discipulado de Jesús requiere el sufrimiento. A veces el dolor será tan severo que nos quitará todo el apoyo humano como Jesús experimenta en la pasión. Habrá personas tan viciosas como Judas y tan cobardes como Pedro. En tales situaciones tendremos que depender sólo de Dios. No será momento de abandonar a nuestro seguimiento sino de abrazarlo con toda tenacidad. También San Marcos nos promete que como en el caso de Jesús experimentaremos a Dios cambiando nuestra suerte. Es cierto. Si quedamos fieles, Dios nos cambiará el sufrimiento en la victoria.
(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47)
Un chiste pregunta, ¿cómo es Jesús como una mujer? La respuesta: como una mujer Jesús trataba de trasmitir su mensaje a un grupo de hombres que jamás podían entenderlo. En el Evangelio según San Marcos los discípulos de Jesús son particularmente torpes. Por ejemplo, durante la pasión los discípulos duermen cuando Jesús ora por su vida en Getsemaní. Entonces, corren de Jesús en miedo para que no sean arrestados con él. Y ninguno se atreve a presentarse en Calvario para apoyarlo en la muerte. Si en ocasiones nosotros hemos sentido abandonados por nuestros amigos, podemos imaginar la desolación que Jesús siente por este comportamiento.
Dos discípulos sobresalen por la decepción. Judas le comete la ofensa más perniciosa cuando traiciona a Jesús a sus enemigos. Esto no es una simple calumnia sino una entrega a la muerte. Marcos subraya la maldad por añadir dos veces “uno de sus discípulos” al mencionar su nombre como si fuera increíble. Judas es especialmente vicioso por usar un beso como la contraseña para identificar a Jesús a sus enemigos. También el motivo de Judas es sórdido. Traiciona a su maestro por el dinero.
No es probable que alguien nos haya actuado con tanta duplicidad como Judas trata a Jesús. Pero sí es posible que hayamos sido engañados por un amigo o un pariente. Muchos padres conocen el dolor de tener a un hijo drogadicto que les ha robado. Tan vergonzoso que sea, no es inaudito que una persona haya engañando a un amigo por acostarse con su esposa. Finalmente, casi todos nosotros hemos tenido la amarga experiencia de dar dinero a otra persona o de trabajar por otra persona con la expectativa de servicio o de pago y jamás recibirlo.
El otro discípulo de Jesús que le maltrata notablemente es Simón Pedro. Un momento él se jacta como va a morir con Jesús. Entonces, algunas horas después Pedro no sólo lo niega sino a lo mejor lo maldice para demostrar su disociación. Estos pecados no son tan graves como la traición, pero son más que la omisión de no defender a Jesús de sus perseguidores. Comprenden actos de cobardía particularmente apestosos.
A veces actúan otras personas hacia nosotros como Pedro hacia Jesús aquí. Hemos oído de personas que rehúsan testimoniar a un crimen por miedo de represalias contra ellos. Y aún nosotros hayamos criticado a otras personas fuertemente a sus espaldas después de haber platicado dulcemente con ellas.
En su relato de la pasión San Marcos nos hace entender que el discipulado de Jesús requiere el sufrimiento. A veces el dolor será tan severo que nos quitará todo el apoyo humano como Jesús experimenta en la pasión. Habrá personas tan viciosas como Judas y tan cobardes como Pedro. En tales situaciones tendremos que depender sólo de Dios. No será momento de abandonar a nuestro seguimiento sino de abrazarlo con toda tenacidad. También San Marcos nos promete que como en el caso de Jesús experimentaremos a Dios cambiando nuestra suerte. Es cierto. Si quedamos fieles, Dios nos cambiará el sufrimiento en la victoria.
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