EL XXVI DOMINGO ORDINARIO
(Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43.45.47-48)
El domingo, 21 de diciembre de 1511, fray Antonio Montesinos subió el púlpito de la Iglesia de Santo Domingo en la ciudad del mismo nombre. Él y trece otros frailes dominicos habían llegado el año anterior para evangelizar en la Tierra Nueva. Lo que vieron los forzó a cambiar la buena nueva en mala nueva. Los colonos españoles habían estado trabajando a los indígenas literalmente a la muerte. Los dominicos escogieron a fray Antonio para entregar su mensaje. Dijo: “…todos estáis en pecado mortal y en él vivís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.” Tenemos un sermón de tanta vehemencia en la segunda lectura hoy.
El sermón viene de la Carta del apóstol Santiago. Hacia el principio la carta declara: “... si (la fe) no se traduce en obras, está completamente muerta.” Santiago había dado un ejemplo de fe sin obras hace tres domingos cuando criticaba a la persona con medios diciendo a otra que carece de ropa y del alimento: “Que le vaya bien”, sin darle nada. En la lectura hoy, la carta se convierte en una diatriba castigando a los ricos: “Lloren y laméntense, ustedes, los ricos,...enmohecidos están su oro y su plata...”
Santiago exagera el pecado desde que el oro y la plata no se enmohecen. También Jesús dramatiza mucho en la lectura evangélica hoy cuando dice, “’Si tu mano es ocasión de pecado, córtatela’” y “’...si tu ojo es ocasión de pecado, sácatelo’”. Jesús sabe que no sería justo a mutilarse a sí mismo aún para evitar cayéndose en pecado. Sin embargo, como Santiago en la lectura anterior, utiliza estos términos vivos para advertirnos que no pequemos. Es como cuando nuestras madres nos decían que si mintiéramos, nuestra nariz se nos alargaría.
Hoy en día no hablamos mucho de pecado. Pues, los analistas nos dan pretextos para el mal. Dicen que es el resultado del ambiente social o de fuerzas inconscientes. Otra razón por no hablar de pecado es que algunos cristianos opinan que Jesús habla en el evangelio solo del amor. Pero en la lectura hoy Jesús habla del pecado y se nos habla precisamente por el propósito del amor. No le importa que ofenda nuestra sensibilidad porque quiere que vivamos con la justicia. ¿Qué es el pecado? Es la falta de nuestra acción, palabra, y pensamiento a acordarse con la justicia de Jesús. Es maldecir al conductor de otro vehículo en la calle. Es seguir mirando a cómicos y películas que nos dejan con fantasías impuras. Es tomar dinero de la caja al trabajo.
Tal vez no queramos hablar del pecado porque sabemos que lo hemos cometido. Existe un acuerdo no expresado con nuestros asociados para dejar el tema solo como si fuera el balance de nuestra cuenta de banco. Muy bien, pero que no faltemos a mencionarlo a Dios en nuestra oración nocturna y al menos unas veces por año en el sacramento de reconciliación. Pues, el pecado es un desvío del camino a Dios. Si seguimos haciendo desvíos, vamos a quedar perdidos. Pero Jesús vino precisamente para guiarnos en el camino hacia su Padre. Que no faltemos a seguirlo.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el domingo, 20 de septiembre
El XXV DOMINGO ORDINARIO
(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)
Ya es casi otoño, el tiempo de fútbol Americano. Sabemos lo que significa esto. Muchos se vuelven locos por el deseo de ver su equipo como número uno. Sea entre las secundarias, entre las universidades, o los profesionales, es importantísimo para ellos que otros reconozcan su equipo como el mejor. Y no es diferente en otros países o en otros deportes. Dentro de un año la locura alcanzará la cima cuando competen para la piñata más grande de todas -- la copa mundial de fútbol “soccer”. Vemos una reflexión de este anhelo para ser número uno en el evangelio hoy.
Los discípulos de Jesús discuten por el camino cuál entre ellos sea el más importante. Antes se llamaba esta inclinación de ensalzarse a sí mismo el “pecado original”. Ahora lo llama un presbítero venezolano “un Chávez dentro del corazón” de cada ser humano. Es cierto que casi todos conocemos este síndrome por experiencia personal. Si no nos consideramos a nosotros mismos como el mejor de todos, al menos nos gusta pensar en nosotros como un poquito más valeroso que nuestro vecino. Pero la verdad es casi siempre no lo somos.
Sorprendidamente Jesús no se opone al deseo humano para ser reconocido como el mejor. De hecho él enseña a sus discípulos cómo alcanzarlo. Dice que para ser el más importante, su discípulo tiene que servir a los demás. Eso es, tiene que ayudar a personas de diferentes razas, edades, clases económicas, o cualquiera otra distinción que nombremos. Para ilustrar la lección Jesús toma en sus brazos a un niño – en su tiempo considerado como poco superior que esclavo. Dice que al recibir o servir a una tal criatura equivale recibir o servir a él.
La experiencia de un joven participando en un campamiento para muchachos afligidos con la distrofia muscular demuestra la validez de la enseñanza de Jesús. El joven tuvo que ayudar a un muchacho incapacitado aprovecharse de las muchas actividades del programa. Le empujo al muchacho en la silla de ruedas al comedor y le dio de comer. Le llevó al edificio de juegos y le ayudó jugar bingo. En breve, el joven actuaba como las piernas y los brazos del muchacho por una semana. El tiempo el joven no pensaba que su servicio estuvo fuera del ordinario. Más bien, lo consideraba sólo como un servicio pequeño, casi obligatorio desde que Dios lo bendijo con buena salud mientras el muchacho tuvo que aguantar la debilidad todos los días hasta una muerte prematura. Pero los encargados del campamiento apreciaron la entrega del joven como si fuera el medallista de oro en el decatlón. Lo reconocieron como “el más servicial” del campamiento en lo cual había muchos hombres y mujeres serviciales.
Hay otro ejemplo del servidor que supera infinitamente la recepción de un niño y la ayuda para un incapacitado. De veras, sin este ejemplo las palabras de Jesús aquí serían no más que un consejo idealista. Jesús mostrará lo que predica aquí cuando se entrega a sí mismo para redimir a los humanos del pecado. Miremos el crucifijo un momento. Jesús no es viejo ni afligido con una enfermedad terminal cuando muere por nosotros sino lo contrario. Es joven, fuerte, y se ha demostrado a sí mismo como brillante. Sin embargo, entrega su vida voluntariamente para que nosotros tengamos la vida en plenitud. No vale una medalla de oro este servicio sino todo el oro en el universo. No es un pequeño ejemplo de servicio sino el patrono del servicio por todos los tiempos.
(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)
Ya es casi otoño, el tiempo de fútbol Americano. Sabemos lo que significa esto. Muchos se vuelven locos por el deseo de ver su equipo como número uno. Sea entre las secundarias, entre las universidades, o los profesionales, es importantísimo para ellos que otros reconozcan su equipo como el mejor. Y no es diferente en otros países o en otros deportes. Dentro de un año la locura alcanzará la cima cuando competen para la piñata más grande de todas -- la copa mundial de fútbol “soccer”. Vemos una reflexión de este anhelo para ser número uno en el evangelio hoy.
Los discípulos de Jesús discuten por el camino cuál entre ellos sea el más importante. Antes se llamaba esta inclinación de ensalzarse a sí mismo el “pecado original”. Ahora lo llama un presbítero venezolano “un Chávez dentro del corazón” de cada ser humano. Es cierto que casi todos conocemos este síndrome por experiencia personal. Si no nos consideramos a nosotros mismos como el mejor de todos, al menos nos gusta pensar en nosotros como un poquito más valeroso que nuestro vecino. Pero la verdad es casi siempre no lo somos.
Sorprendidamente Jesús no se opone al deseo humano para ser reconocido como el mejor. De hecho él enseña a sus discípulos cómo alcanzarlo. Dice que para ser el más importante, su discípulo tiene que servir a los demás. Eso es, tiene que ayudar a personas de diferentes razas, edades, clases económicas, o cualquiera otra distinción que nombremos. Para ilustrar la lección Jesús toma en sus brazos a un niño – en su tiempo considerado como poco superior que esclavo. Dice que al recibir o servir a una tal criatura equivale recibir o servir a él.
La experiencia de un joven participando en un campamiento para muchachos afligidos con la distrofia muscular demuestra la validez de la enseñanza de Jesús. El joven tuvo que ayudar a un muchacho incapacitado aprovecharse de las muchas actividades del programa. Le empujo al muchacho en la silla de ruedas al comedor y le dio de comer. Le llevó al edificio de juegos y le ayudó jugar bingo. En breve, el joven actuaba como las piernas y los brazos del muchacho por una semana. El tiempo el joven no pensaba que su servicio estuvo fuera del ordinario. Más bien, lo consideraba sólo como un servicio pequeño, casi obligatorio desde que Dios lo bendijo con buena salud mientras el muchacho tuvo que aguantar la debilidad todos los días hasta una muerte prematura. Pero los encargados del campamiento apreciaron la entrega del joven como si fuera el medallista de oro en el decatlón. Lo reconocieron como “el más servicial” del campamiento en lo cual había muchos hombres y mujeres serviciales.
Hay otro ejemplo del servidor que supera infinitamente la recepción de un niño y la ayuda para un incapacitado. De veras, sin este ejemplo las palabras de Jesús aquí serían no más que un consejo idealista. Jesús mostrará lo que predica aquí cuando se entrega a sí mismo para redimir a los humanos del pecado. Miremos el crucifijo un momento. Jesús no es viejo ni afligido con una enfermedad terminal cuando muere por nosotros sino lo contrario. Es joven, fuerte, y se ha demostrado a sí mismo como brillante. Sin embargo, entrega su vida voluntariamente para que nosotros tengamos la vida en plenitud. No vale una medalla de oro este servicio sino todo el oro en el universo. No es un pequeño ejemplo de servicio sino el patrono del servicio por todos los tiempos.
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Homilía para el domingo, 13 de septiembre de 2009
EL XXIV DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)
Una noche un hombre regresó a casa muy tarde. Porque no llevaba la llave, tuvo que tocar la puerta. “¿Quién es?” contestó su esposa adentro. “Soy yo”, respondió el varón. Pero no hubo más movimiento dentro de la casa. Ansiosamente el hombre tocó la puerta de nuevo. “¿Quién es?” repitió la voz desde adentro. Entonces el hombre recordó que el matrimonio forma al hombre y la mujer en una sola cosa y contestó, “Eres tú”. Inmediatamente se le abrió la puerta. En el evangelio hoy Jesús pregunta, “¿Quién soy?” Como en el caso del hombre regresando a casa, nuestra repuesta define tanto a nosotros como a Jesús.
¿Quién es Jesús? En su tiempo se le percibió como un profeta que hable de parte de Dios. Profetas observan la realidad como si tuvieran ojos microscópicos para ver bajo la superficie. Entonces, exigen cambios no sólo de comportamiento sino de corazón. ¿Quién negará que Jesús sea profeta? Sin embargo, sabemos que él es algo más.
Tal vez dijéramos como Pedro que Jesús es el Mesías. Eso es, Jesús viene en el linaje del rey David para liderar al pueblo escogido a la gloria. Pero nos cuesta hoy en día apreciar la realeza. No son muchos los pueblos que tengan a reyes, y algunos que los poseen los toleran más que los aprecian. Sería beneficioso encontrar otra imagen para Jesús más conforme a nuestra realidad.
Aunque sea asincrónico, podemos considerar a Jesús como un estupendo entrenador de fútbol. Un entrenador que valga hoy no sólo enseña a sus jugadores la técnica para que ganen partidos sino también modela las virtudes para que vivan con la honradez. Recientemente el entrenador de una secundaria en Iowa fue asesinado después de treinticuatro años dirigiendo a miles de muchachos pasar de la niñez a la juventud. El Sr. Ed Thomas enfatizó que el fútbol no es lo más importante. Ello sigue la fe y la familia. Pero sí, el fútbol jugado con buen corazón edifica carácter sólido que servirá a uno por toda la vida. Dice la radio que el entrenador Thomas jamás permitía a sus jugadores quedarse en la autocompasión sino siempre los urgía a mejorarse. Sin embargo, no le faltó la compasión para los demás. En el funeral de su padre el hijo del entrenador Thomas pidió oraciones por la familia del asesino, según la radio, en el estilo de su padre. Ciertamente las características del entrenador de fútbol no comprenden todo lo que Jesús significa para nosotros. Pero podemos decir que los mejores entrenadores reflejan la capacidad de Jesús para movernos a olvidar a nosotros mismos para el bien de todos.
Si Jesús es el entrenador, nosotros constituimos su equipo. Así confiamos en su estrategia; obedecemos sus instrucciones; imitamos su entrega. Como todos los más celebres equipos, tenemos que abstenernos de lo superfluo y recibimos algunas contusiones en la lucha. Pero siguiendo a Jesús, no ganaremos el campeonato que vale un año y desaparece el otro. No, siguiendo a Jesús, conseguiremos la gloria que nunca se acabará.
(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)
Una noche un hombre regresó a casa muy tarde. Porque no llevaba la llave, tuvo que tocar la puerta. “¿Quién es?” contestó su esposa adentro. “Soy yo”, respondió el varón. Pero no hubo más movimiento dentro de la casa. Ansiosamente el hombre tocó la puerta de nuevo. “¿Quién es?” repitió la voz desde adentro. Entonces el hombre recordó que el matrimonio forma al hombre y la mujer en una sola cosa y contestó, “Eres tú”. Inmediatamente se le abrió la puerta. En el evangelio hoy Jesús pregunta, “¿Quién soy?” Como en el caso del hombre regresando a casa, nuestra repuesta define tanto a nosotros como a Jesús.
¿Quién es Jesús? En su tiempo se le percibió como un profeta que hable de parte de Dios. Profetas observan la realidad como si tuvieran ojos microscópicos para ver bajo la superficie. Entonces, exigen cambios no sólo de comportamiento sino de corazón. ¿Quién negará que Jesús sea profeta? Sin embargo, sabemos que él es algo más.
Tal vez dijéramos como Pedro que Jesús es el Mesías. Eso es, Jesús viene en el linaje del rey David para liderar al pueblo escogido a la gloria. Pero nos cuesta hoy en día apreciar la realeza. No son muchos los pueblos que tengan a reyes, y algunos que los poseen los toleran más que los aprecian. Sería beneficioso encontrar otra imagen para Jesús más conforme a nuestra realidad.
Aunque sea asincrónico, podemos considerar a Jesús como un estupendo entrenador de fútbol. Un entrenador que valga hoy no sólo enseña a sus jugadores la técnica para que ganen partidos sino también modela las virtudes para que vivan con la honradez. Recientemente el entrenador de una secundaria en Iowa fue asesinado después de treinticuatro años dirigiendo a miles de muchachos pasar de la niñez a la juventud. El Sr. Ed Thomas enfatizó que el fútbol no es lo más importante. Ello sigue la fe y la familia. Pero sí, el fútbol jugado con buen corazón edifica carácter sólido que servirá a uno por toda la vida. Dice la radio que el entrenador Thomas jamás permitía a sus jugadores quedarse en la autocompasión sino siempre los urgía a mejorarse. Sin embargo, no le faltó la compasión para los demás. En el funeral de su padre el hijo del entrenador Thomas pidió oraciones por la familia del asesino, según la radio, en el estilo de su padre. Ciertamente las características del entrenador de fútbol no comprenden todo lo que Jesús significa para nosotros. Pero podemos decir que los mejores entrenadores reflejan la capacidad de Jesús para movernos a olvidar a nosotros mismos para el bien de todos.
Si Jesús es el entrenador, nosotros constituimos su equipo. Así confiamos en su estrategia; obedecemos sus instrucciones; imitamos su entrega. Como todos los más celebres equipos, tenemos que abstenernos de lo superfluo y recibimos algunas contusiones en la lucha. Pero siguiendo a Jesús, no ganaremos el campeonato que vale un año y desaparece el otro. No, siguiendo a Jesús, conseguiremos la gloria que nunca se acabará.
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Marcos 8:27-35
Homilía para el domingo, 6 de septiembre de 2009
EL XXIII DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 35: 4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)
Si te piden a nombrar tu evangelio preferido y decir por qué es, ¿cómo te responderías? Muchos católicos tendrían que admitir que no saben distinguir un evangelio de otro. Quizás algunos digan “el Evangelio según San Juan porque se habla mucho del amor” o “el Evangelio según San Lucas porque contiene las más bellas parábolas”. Muy pocos contestarían “el Evangelio según San Marcos” aunque de los cuatro, este evangelio describe a Jesús con emociones fuertes como muchos humanos.
El Evangelio según San Marcos es el más breve de los cuatro evangelios canónicos. Probablemente servía como la base a partir de que los evangelistas San Mateo y San Lucas escribieron sus relatos de Jesús. Se puede dividir el Evangelio según San Marcos nítidamente en dos partes, con la primera mitad ocupada de la identidad de Jesús y la segunda de su acción salvadora. En el pasaje que leemos hoy – hacía al fin de la primera parte -- la gente recibe una pista de quién es Jesús. Como dicen ellos al final de la lectura, Jesús “’hace oír los sordos y hablar los mudos’”. Nos recordamos de la primera lectura del profeta Isaías donde se dice que cuando llegue Dios, “los oídos de los sordos se abrirán” y “la lengua del mudo cantará”. El pasaje evangélico hoy entonces sugiere que Jesús es el Mesías que viene en el nombre de Dios.
También el evangelio cuenta de quienes son nosotros humanos. No es por casualidad que Marcos diga que Jesús está pasando por Sidón cuando cura al sordo. Ésta es una región de muchos paganos – gente fuera de la preocupación de la gran mayoría de Israel. Pero Jesús no es un fulano judío sino el que viene en el nombre del Señor para conducir a todos pueblos a Dios. Por describir a Jesús corrigiendo el defecto del sordo, Marcos indica cómo Jesús se extiende a sí mismo a aquellas personas que quedan afuera para traérselos dentro de la comunidad escogida. Pues, ellos también son hijos e hijas de Dios.
En nuestro tiempo podemos ver a los sordos como los deprimidos que quedan aparte de los demás. Como Jesús nosotros deberíamos extendernos a estos tristes para que conozcan a Dios. Pero no es fácil dirigirse a personas con espíritus bajos. Como el hombre curado por Jesús, también nosotros tartamudeamos delante de los afligidos de corazón. Quizás digamos “es una bonita mañana, ¿no?”, y ellos respondan con un amargo “¡no para mí!” En el evangelio Jesús toca la lengua del hombre con saliva. Así, nos pone en nosotros si no palabras en la lengua entonces gestos en la cara para penetrar la barrera entre los deprimidos y nosotros. Una sonrisa o una sacudida de mano pueden iniciar sentimientos de acogimiento y una conversación del apoyo. En el proceso nos descubrimos que no somos muy diferentes de aquellos que queden afuera. Como todos, nosotros también tenemos defectos. Como todos, a nosotros también nos hace falta Jesús.
(Isaías 35: 4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)
Si te piden a nombrar tu evangelio preferido y decir por qué es, ¿cómo te responderías? Muchos católicos tendrían que admitir que no saben distinguir un evangelio de otro. Quizás algunos digan “el Evangelio según San Juan porque se habla mucho del amor” o “el Evangelio según San Lucas porque contiene las más bellas parábolas”. Muy pocos contestarían “el Evangelio según San Marcos” aunque de los cuatro, este evangelio describe a Jesús con emociones fuertes como muchos humanos.
El Evangelio según San Marcos es el más breve de los cuatro evangelios canónicos. Probablemente servía como la base a partir de que los evangelistas San Mateo y San Lucas escribieron sus relatos de Jesús. Se puede dividir el Evangelio según San Marcos nítidamente en dos partes, con la primera mitad ocupada de la identidad de Jesús y la segunda de su acción salvadora. En el pasaje que leemos hoy – hacía al fin de la primera parte -- la gente recibe una pista de quién es Jesús. Como dicen ellos al final de la lectura, Jesús “’hace oír los sordos y hablar los mudos’”. Nos recordamos de la primera lectura del profeta Isaías donde se dice que cuando llegue Dios, “los oídos de los sordos se abrirán” y “la lengua del mudo cantará”. El pasaje evangélico hoy entonces sugiere que Jesús es el Mesías que viene en el nombre de Dios.
También el evangelio cuenta de quienes son nosotros humanos. No es por casualidad que Marcos diga que Jesús está pasando por Sidón cuando cura al sordo. Ésta es una región de muchos paganos – gente fuera de la preocupación de la gran mayoría de Israel. Pero Jesús no es un fulano judío sino el que viene en el nombre del Señor para conducir a todos pueblos a Dios. Por describir a Jesús corrigiendo el defecto del sordo, Marcos indica cómo Jesús se extiende a sí mismo a aquellas personas que quedan afuera para traérselos dentro de la comunidad escogida. Pues, ellos también son hijos e hijas de Dios.
En nuestro tiempo podemos ver a los sordos como los deprimidos que quedan aparte de los demás. Como Jesús nosotros deberíamos extendernos a estos tristes para que conozcan a Dios. Pero no es fácil dirigirse a personas con espíritus bajos. Como el hombre curado por Jesús, también nosotros tartamudeamos delante de los afligidos de corazón. Quizás digamos “es una bonita mañana, ¿no?”, y ellos respondan con un amargo “¡no para mí!” En el evangelio Jesús toca la lengua del hombre con saliva. Así, nos pone en nosotros si no palabras en la lengua entonces gestos en la cara para penetrar la barrera entre los deprimidos y nosotros. Una sonrisa o una sacudida de mano pueden iniciar sentimientos de acogimiento y una conversación del apoyo. En el proceso nos descubrimos que no somos muy diferentes de aquellos que queden afuera. Como todos, nosotros también tenemos defectos. Como todos, a nosotros también nos hace falta Jesús.
Homilía para el domingo Ordinario, 30 de agosto de 2009
EL XXII DOMINGO ORDINARIO
(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)
Los fariseos existen en todos tiempos. Esto es cierto. Siempre hay gente más inclinada a criticar las faltas de otras personas que a reconocer las suyas. En el siglo pasado el autor francés François Mauriac escribió la novela La farisea describiendo este tipo de gente. En el evangelio hoy encontramos a aquellos que le dieron su nombre
Los fariseos vienen de Jerusalén para probar a Jesús en Galilea. Y lo que ven nos les gusta. ¡Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos! Se acostumbran los judíos a hacer abluciones antes de comer para no contaminarse. Pero los discípulos de Jesús evidentemente no cuidan las finezas cuando tienen hambre. Los fariseos preguntan a Jesús “¿por qué…?” como si Jesús no pudiera ser profeta por la falta de higiene de sus seguidores. Tenemos en nuestro tiempo muchos que no creen en Cristo por semejantes críticas contra la Iglesia.
Se encuentran dos acontecimientos históricos encima de la lista de críticas contra de la Iglesia. En primer lugar la Iglesia promovió las Cruzadas en las Edades Medias. Entonces la Iglesia hizo la Inquisición desde el siglo XIII hasta el siglo XX. Aún buenos católicos se escandalizan por estos enigmas. Vale la pena ponerlos en perspectiva antes de que formemos nuestro fallo.
En los siglos XI y XII hubo tres intentos de parte de los europeos para defender a los cristianos en el Medio Oriente y para asegurar los lugares santos en Jerusalén. Muchos hoy en día piensan que el motivo de los caballeros que se batallaron en las cruzadas fue hacerse ricos con el oro de los musulmanes. Es porque vivimos en un tiempo que valora sobre todo ser millonario que piensan así. Pero los cruzados vivieron en una época de la fe. Hicieron el largo viaje al Oriente a riesgo de sus vidas para obtener indulgencias por los pecados que les prometían los papas.
Para mantener la fe verdadera la Iglesia estableció tribunales cuya institución fue llamada la Inquisición. El propósito de los tribunales era determinar si un cristiano acusado por herejía realmente estaba en error. En nuestro ambiente de libre pensamiento nos parece como ultraje llevar a un ciudadano a la corte por lo que crea. Sin embargo, en las sociedades cristianas del pasado la gente entendía la fe como el mayor don de Dios que necesitaba guardar pura.
Sin duda, había corrupciones de justicia en ambos las Cruzadas y la Inquisición. Particularmente lamentoso fueron el uso de la tortura y la pena de muerte por la Inquisición. Desde entonces la Iglesia ha reconocido la primacía de conciencia de modo que no se le deba forzar a nadie creer lo que no le dicte la conciencia. Además en una magnífica demuestra de humildad durante las festividades del Tercer Milenio el papa Juan Pablo II pidió perdón por los abusos de los líderes de la Iglesia en tales acontecimientos.
En el evangelio Jesús defiende a sus discípulos de las acusaciones de los fariseos. Entonces nos indica los verdaderos pecados. Si estuviera haciendo la lista ahora ciertamente incluiría el aborto junto con la fornicación, el homicidio, y la codicia. Como los fariseos muchos hoy piensan que vivimos en un clima de buenas morales porque existe una amplia conciencia de finezas. Pero la verdad es otra. Sigue tan fuerte como siempre la corrupción del corazón. Por eso, sigue tan fuerte como siempre la necesidad para Cristo Jesús.
(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)
Los fariseos existen en todos tiempos. Esto es cierto. Siempre hay gente más inclinada a criticar las faltas de otras personas que a reconocer las suyas. En el siglo pasado el autor francés François Mauriac escribió la novela La farisea describiendo este tipo de gente. En el evangelio hoy encontramos a aquellos que le dieron su nombre
Los fariseos vienen de Jerusalén para probar a Jesús en Galilea. Y lo que ven nos les gusta. ¡Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos! Se acostumbran los judíos a hacer abluciones antes de comer para no contaminarse. Pero los discípulos de Jesús evidentemente no cuidan las finezas cuando tienen hambre. Los fariseos preguntan a Jesús “¿por qué…?” como si Jesús no pudiera ser profeta por la falta de higiene de sus seguidores. Tenemos en nuestro tiempo muchos que no creen en Cristo por semejantes críticas contra la Iglesia.
Se encuentran dos acontecimientos históricos encima de la lista de críticas contra de la Iglesia. En primer lugar la Iglesia promovió las Cruzadas en las Edades Medias. Entonces la Iglesia hizo la Inquisición desde el siglo XIII hasta el siglo XX. Aún buenos católicos se escandalizan por estos enigmas. Vale la pena ponerlos en perspectiva antes de que formemos nuestro fallo.
En los siglos XI y XII hubo tres intentos de parte de los europeos para defender a los cristianos en el Medio Oriente y para asegurar los lugares santos en Jerusalén. Muchos hoy en día piensan que el motivo de los caballeros que se batallaron en las cruzadas fue hacerse ricos con el oro de los musulmanes. Es porque vivimos en un tiempo que valora sobre todo ser millonario que piensan así. Pero los cruzados vivieron en una época de la fe. Hicieron el largo viaje al Oriente a riesgo de sus vidas para obtener indulgencias por los pecados que les prometían los papas.
Para mantener la fe verdadera la Iglesia estableció tribunales cuya institución fue llamada la Inquisición. El propósito de los tribunales era determinar si un cristiano acusado por herejía realmente estaba en error. En nuestro ambiente de libre pensamiento nos parece como ultraje llevar a un ciudadano a la corte por lo que crea. Sin embargo, en las sociedades cristianas del pasado la gente entendía la fe como el mayor don de Dios que necesitaba guardar pura.
Sin duda, había corrupciones de justicia en ambos las Cruzadas y la Inquisición. Particularmente lamentoso fueron el uso de la tortura y la pena de muerte por la Inquisición. Desde entonces la Iglesia ha reconocido la primacía de conciencia de modo que no se le deba forzar a nadie creer lo que no le dicte la conciencia. Además en una magnífica demuestra de humildad durante las festividades del Tercer Milenio el papa Juan Pablo II pidió perdón por los abusos de los líderes de la Iglesia en tales acontecimientos.
En el evangelio Jesús defiende a sus discípulos de las acusaciones de los fariseos. Entonces nos indica los verdaderos pecados. Si estuviera haciendo la lista ahora ciertamente incluiría el aborto junto con la fornicación, el homicidio, y la codicia. Como los fariseos muchos hoy piensan que vivimos en un clima de buenas morales porque existe una amplia conciencia de finezas. Pero la verdad es otra. Sigue tan fuerte como siempre la corrupción del corazón. Por eso, sigue tan fuerte como siempre la necesidad para Cristo Jesús.
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Homilía para el domingo, 23 de agosto de 2009
EL XXI DOMINGO ORDINARIO
(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6, 55.60-69)
No es inaudito que un atleta profesional abandone su equipo. Porque quieren más pago o tal vez más tiempo en la cancha, un beisbolista o un futbolista dejará su equipo para jugar con un otro. En el evangelio hoy muchos discípulos dejan a Jesús por otro motivo. Ellos no pueden aceptar su enseñanza sobre la Eucaristía.
A la primera escucha, el mensaje de Jesús suena bombástico. ¿Cómo es su “carne… verdadera comida” y su “sangre…verdadera bebida”? Pero Jesús no está hablando de una dieta balanceada sino de comida espiritual que jamás agota dar vida. Es la interiorización de él mismo – sus palabras de sabiduría, su obediencia a Dios Padre, su Espíritu de amor – que produce la vida eterna. Es algo semejante a la charla contemporánea de recursos renovables de energía. Existe una cantidad fija de petróleo y carbón para consumirse como leña. Pero la energía del sol en forma de rayos de luz o de viento es incomparablemente más grande.
Pero no es su enseñanza sobre la Eucaristía que causa un éxodo de la Iglesia en masa hoy día sino otra doctrina referida en las lecturas hoy. La lectura de la Carta a los Efesios menciona cómo el marido y su esposa se hacen “una sola cosa”. Según Jesús esta compenetración de hombre y mujer en el matrimonio significa que no se permite el divorcio. Porque la Iglesia Católica no permite a los divorcios que casen con otros recibir la Santa Comunión, a menudo estas parejas la dejan.
La Iglesia valora el matrimonio como un patriota valora la bandera de su nación. Eso es, el matrimonio cristiano simboliza el amor de Cristo para su pueblo. La lectura de los Efesios describe el extenso de este amor cuando dice el hombre y la mujer tienen que someterse a uno y otro. ¿Quién no siente la presencia de Dios cuando oye al hombre decir con toda sinceridad que su esposa es la persona más generosa que jamás ha conocido, y ella responde con igual afecto que no hay nadie tan compasivo como su marido? Algunos predicadores evitan este pasaje de Efesios porque parece decir que el marido esté sobre su esposa. Pero el Catecismo de la Iglesia Católica no menciona nada sobre el sometimiento de la mujer. Más bien, hace hincapié en la necesidad que el hombre ame a su esposa “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…” Pudiéramos añadir si la esposa debe someterse, es sólo para dejar al hombre sacrificarse por ella.
Vivimos en tiempos difíciles. Los matrimonios no sólo deshacen con frecuencia sino también los jóvenes no quieren entrar en el matrimonio por temor de ser abandonados. Tenemos que mirar hacia Cristo para salir de este bosque oscuro. Como Cristo nos da a sí mismo como comida en la Eucaristía, las parejas tienen que entregarse en el matrimonio. Pues, sólo por el entregarnos, podemos ganar la vida eterna que Jesús nos promete. Sólo por entregarnos ganamos la vida eterna.
(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6, 55.60-69)
No es inaudito que un atleta profesional abandone su equipo. Porque quieren más pago o tal vez más tiempo en la cancha, un beisbolista o un futbolista dejará su equipo para jugar con un otro. En el evangelio hoy muchos discípulos dejan a Jesús por otro motivo. Ellos no pueden aceptar su enseñanza sobre la Eucaristía.
A la primera escucha, el mensaje de Jesús suena bombástico. ¿Cómo es su “carne… verdadera comida” y su “sangre…verdadera bebida”? Pero Jesús no está hablando de una dieta balanceada sino de comida espiritual que jamás agota dar vida. Es la interiorización de él mismo – sus palabras de sabiduría, su obediencia a Dios Padre, su Espíritu de amor – que produce la vida eterna. Es algo semejante a la charla contemporánea de recursos renovables de energía. Existe una cantidad fija de petróleo y carbón para consumirse como leña. Pero la energía del sol en forma de rayos de luz o de viento es incomparablemente más grande.
Pero no es su enseñanza sobre la Eucaristía que causa un éxodo de la Iglesia en masa hoy día sino otra doctrina referida en las lecturas hoy. La lectura de la Carta a los Efesios menciona cómo el marido y su esposa se hacen “una sola cosa”. Según Jesús esta compenetración de hombre y mujer en el matrimonio significa que no se permite el divorcio. Porque la Iglesia Católica no permite a los divorcios que casen con otros recibir la Santa Comunión, a menudo estas parejas la dejan.
La Iglesia valora el matrimonio como un patriota valora la bandera de su nación. Eso es, el matrimonio cristiano simboliza el amor de Cristo para su pueblo. La lectura de los Efesios describe el extenso de este amor cuando dice el hombre y la mujer tienen que someterse a uno y otro. ¿Quién no siente la presencia de Dios cuando oye al hombre decir con toda sinceridad que su esposa es la persona más generosa que jamás ha conocido, y ella responde con igual afecto que no hay nadie tan compasivo como su marido? Algunos predicadores evitan este pasaje de Efesios porque parece decir que el marido esté sobre su esposa. Pero el Catecismo de la Iglesia Católica no menciona nada sobre el sometimiento de la mujer. Más bien, hace hincapié en la necesidad que el hombre ame a su esposa “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…” Pudiéramos añadir si la esposa debe someterse, es sólo para dejar al hombre sacrificarse por ella.
Vivimos en tiempos difíciles. Los matrimonios no sólo deshacen con frecuencia sino también los jóvenes no quieren entrar en el matrimonio por temor de ser abandonados. Tenemos que mirar hacia Cristo para salir de este bosque oscuro. Como Cristo nos da a sí mismo como comida en la Eucaristía, las parejas tienen que entregarse en el matrimonio. Pues, sólo por el entregarnos, podemos ganar la vida eterna que Jesús nos promete. Sólo por entregarnos ganamos la vida eterna.
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Efesios 5:21-32; Juan 6,
Eucaristía,
matrimonio
Homilía para el domingo, 16 de agosto de 2009
El XX Domingo Ordinario
(Proverbios9:1-6; Efesios 5:15-20; John 6:51-58)
Un joven trajo a sus suegros no católicos a la misa. Una vez que todos se sentaron, el suegro encontró en la banca un misalito. Después de hojearlo un minuto, el suegro, obviamente molesto, mostró a su yerno el aviso dentro de la portada del misalito. Leyó el aviso que los no católicos no deberían acudir al altar para recibir la santa Comunión. En el evangelio los judíos están tan molestos con las palabras de Jesús como el suegro con el aviso del misalito.
Los judíos no entienden lo que Jesús quiere decir cuando proclama que va a dar su carne como comida. Sospechan que está pensando en un rito pagano o, quizás, el canibalismo. Entonces preguntan con razón: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Su pregunta nos sirve como punto de partida para un mayor entendimiento de la santa Eucaristía.
Se puede ver dos dimensiones de la pregunta. En primer lugar se enfoca en el propósito de Jesús: ¿cómo puede él compartir con nosotros su carne? Eso es, ¿por qué razón quería Jesús molestarse por nosotros? Después de todo, nosotros humanos desde el principio nos hemos inclinado a la maldad. No sólo hemos rebelado contra Dios, sino contra uno y otro. En el siglo pasado, por ejemplo, ¡hubo más que 150 millones muertes por guerras y matanzas masivas!
Sin embargo, sabemos bien el porque del auto-sacrificio de Jesús. Dios, que es puro amor, amó al mundo tanto que le mandó a él para salvarlo. Jesús, la imagen perfecta de la bondad de Dios, se sacrificó a sí mismo por este mismo amor. “¿Y qué?” algunos siguen preguntando. Nosotros seguidores de Jesús no sólo tenemos su ejemplo de sufrir por el bien del otro sino también por su resurrección de la muerte el estímulo para poner nuestra ideal en práctica. Este estímulo o, más comúnmente llamado la gracia, nos capacita para ambos superar las tendencias bestiales de nuestro ser y para compartir la vida resucitada de Jesús.
También, la pregunta de los judíos interroga sobre los medios: ¿cómo puede la carne de Jesús transformarse en comida? Para responder bien remitámonos al Catecismo de la Iglesia Católica. Allí no encontramos fórmulas filosóficas sino la tradición de la Iglesia desde el principio. Dice: “En el corazón de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.” Pero no deberíamos pensar que sólo por palabras el pan y el vino estén transformados. Más bien, son su muerte en la cruz y su resurrección del sepulcro que los hacen en su glorioso cuerpo y su sangre de modo que aquellos que lo toman participen en su vida eterna.
Ahora podemos ver la razón de no ofrecer la Eucaristía a los no católicos. La Eucaristía abarca el corazón de la fe – el amor de Dios, el sacrificio de Su hijo, la resurrección de la muerte, y la transformación del pan y vino en su cuerpo y sangre. Como ninguna familia comparte su herencia con extranjeros, la Iglesia no debe compartir el oro de su riqueza de fe con personas que no saben apreciarlo. Sin embargo, invita a todos aprender de este tesoro, aceptarlo, y eventualmente aprovechárselo. Sí, todos están invitados a aprender de la Eucaristía, aceptarla como el cuerpo y sangre de Jesús, y aprovecharse de la vida eterna que promete.
(Proverbios9:1-6; Efesios 5:15-20; John 6:51-58)
Un joven trajo a sus suegros no católicos a la misa. Una vez que todos se sentaron, el suegro encontró en la banca un misalito. Después de hojearlo un minuto, el suegro, obviamente molesto, mostró a su yerno el aviso dentro de la portada del misalito. Leyó el aviso que los no católicos no deberían acudir al altar para recibir la santa Comunión. En el evangelio los judíos están tan molestos con las palabras de Jesús como el suegro con el aviso del misalito.
Los judíos no entienden lo que Jesús quiere decir cuando proclama que va a dar su carne como comida. Sospechan que está pensando en un rito pagano o, quizás, el canibalismo. Entonces preguntan con razón: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Su pregunta nos sirve como punto de partida para un mayor entendimiento de la santa Eucaristía.
Se puede ver dos dimensiones de la pregunta. En primer lugar se enfoca en el propósito de Jesús: ¿cómo puede él compartir con nosotros su carne? Eso es, ¿por qué razón quería Jesús molestarse por nosotros? Después de todo, nosotros humanos desde el principio nos hemos inclinado a la maldad. No sólo hemos rebelado contra Dios, sino contra uno y otro. En el siglo pasado, por ejemplo, ¡hubo más que 150 millones muertes por guerras y matanzas masivas!
Sin embargo, sabemos bien el porque del auto-sacrificio de Jesús. Dios, que es puro amor, amó al mundo tanto que le mandó a él para salvarlo. Jesús, la imagen perfecta de la bondad de Dios, se sacrificó a sí mismo por este mismo amor. “¿Y qué?” algunos siguen preguntando. Nosotros seguidores de Jesús no sólo tenemos su ejemplo de sufrir por el bien del otro sino también por su resurrección de la muerte el estímulo para poner nuestra ideal en práctica. Este estímulo o, más comúnmente llamado la gracia, nos capacita para ambos superar las tendencias bestiales de nuestro ser y para compartir la vida resucitada de Jesús.
También, la pregunta de los judíos interroga sobre los medios: ¿cómo puede la carne de Jesús transformarse en comida? Para responder bien remitámonos al Catecismo de la Iglesia Católica. Allí no encontramos fórmulas filosóficas sino la tradición de la Iglesia desde el principio. Dice: “En el corazón de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.” Pero no deberíamos pensar que sólo por palabras el pan y el vino estén transformados. Más bien, son su muerte en la cruz y su resurrección del sepulcro que los hacen en su glorioso cuerpo y su sangre de modo que aquellos que lo toman participen en su vida eterna.
Ahora podemos ver la razón de no ofrecer la Eucaristía a los no católicos. La Eucaristía abarca el corazón de la fe – el amor de Dios, el sacrificio de Su hijo, la resurrección de la muerte, y la transformación del pan y vino en su cuerpo y sangre. Como ninguna familia comparte su herencia con extranjeros, la Iglesia no debe compartir el oro de su riqueza de fe con personas que no saben apreciarlo. Sin embargo, invita a todos aprender de este tesoro, aceptarlo, y eventualmente aprovechárselo. Sí, todos están invitados a aprender de la Eucaristía, aceptarla como el cuerpo y sangre de Jesús, y aprovecharse de la vida eterna que promete.
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