El domingo, 9 de junio de 2013

EL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 17:17-24; Gálatas 1:11-19; Lucas 7:11-17)


Estamos conduciendo a una velocidad rápida.  Pensamos, si todo va bien, llegaremos en tiempo para la cita.  Entonces vemos adelante una fila de carros.  Es una procesión funeraria.  “O Dios – exclamamos – ayúdame mantener la paciencia”.  Bueno, vemos a Jesús en una situación así  en el evangelio hoy.

Jesús encuentra a un grupo de personas en camino enterrando al único hijo de una viuda.  El pasaje no dice nada de cómo el hombre murió.  Porque pasa con una frecuencia considerable hoy en día, que postulemos que el joven se suicidó.  Ciertamente el suicidio existía en tiempos bíblicos, sin embargo con toda probabilidad no tanto como ahora.  Hoy el suicidio es la tercera causa más grande de la muerte entre jóvenes de diez a veinticuatro años de edad en los Estados Unidos.

Es posible que sintamos incapaz de decir algo confortante a los padres de los suicidios.  Pues ¿no es el suicidio el pecado no perdonable?  No, señor, eso no es la verdad.  Sabemos que el suicidio a menudo resulta de la depresión patológica.   Puede ser el caso que el suicidio es no más pecaminoso que un infarto.  Por esta razón la Iglesia no demora de recibir el cuerpo en la misa para rezar por el alma de la víctima.  Igual como si fuera una monja, le pedimos a Dios que la acepte en el cielo.  Como Jesús a la viuda de Naím, podemos consolar a los padres: “No lloren”.  Estas palabras dan eco a aquellas que Jesús dijo unos días anteriores: “Dichosos ustedes lo que ahora lloran, pues después reirán”.  La viuda no debe llorar porque el reino de Dios ha venido en la persona de Jesús mismo.

Al muerto Jesús se dirige con palabras aún más prometedoras: “Joven,…levántate”.  Porque es el autor de toda vida, él puede restaurar la vida de un muerto. Nosotros no tenemos tal poder, pero tampoco somos impotentes.  Al menos antes de que un joven intente tomar su vida, podemos actuar para aliviar la crisis.  Primero, tenemos que ser conscientes de las señales del peligro.  Algunos jóvenes contemplando suicidio hablan de la muerte.  Otros se distancian de parientes y amigos.  Aun otros comienzan a obsequiar sus posesiones más apreciadas.  Segundo, queremos preguntar a él o ella si jamás ha pensado en el suicidio.  No deberíamos temer que estemos sembrando la idea.  Pues, para los muchachos contemporáneos el suicidio es un tema tan corriente como el polio era hace cincuenta años.  Finalmente, si los jóvenes admiten que han tenido tales pensamientos, tenemos que hallarles la ayuda tan pronto como posible.  Hay varios servicios públicos que nos ayudarán obtener a un psicólogo competente.

Ciertamente, querríamos apoyar cualquier inclinación que tenga el deprimido de hablar de sus sentimientos.  Por eso, tendremos cuidado de no juzgar sus sentimientos como buenos o malos.  Pero, sí, querríamos respaldar su valor inestimable como persona.  Vale porque es hijo o hija de Dios hecho en la imagen divina para servir a Dios y probar Su bondad.  El evangelio no reporta lo que diga el joven cuando Jesús lo levanta de la muerte, pero fácilmente podemos imaginar sus palabras.  Diría, “Gracias, Señor, muchas gracias, por una segunda oportunidad”. 

El pasaje termina con la gente glorificando a Dios por su profeta Jesús.  Por supuesto, Jesús es más que profeta, pero como profeta se dirige al mal para salvar al pueblo.  Nosotros, como bautizados en su nombre, compartimos la misión profética de Jesús.  Como él queremos consolar a los afligidos y, si es necesario, advertir a aquellos que abusan la justicia.  Por ejemplo, un ministro hospitalario tiene la capacidad de sumar la situación en un cuarto rápidamente.  Sabe bien ambos cuándo el paciente necesita sus palabras de aliento y cuándo ella tiene que llamar a la enfermera para darle atención urgente.

Muchachos – a veces parece que viven en su propio mundo.  Llevan IPods como si tuvieran agarrada la mano de su novia e inventan su propio lenguaje para comunicarse en textos.   Es posible que sintamos incapaz de decirles algo prometedor.  Sin embargo,  de alguna manera tenemos que penetrar la frontera separándonos de ellos.  ¿Qué les diremos?  Como profetas a nuevas tierras les hablaríamos del amor de Dios para cada uno, sea guapo o no, alegre o deprimido, rápido o discapacitado.  Les hablaríamos del amor de Dios para cada uno. 

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