El domingo, 31 de agosto de 2014



VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

Una vez San Francisco de Asís fue a Egipto con los cruzados.  El santo no quería matar a los musulmanes.  No, tenía dos objetos contrarios.  O convertiría a los musulmanes al cristianismo o moriría él mismo como mártir.  De una manera u otra habría sido contento.  Resultó que Francisco encontró al gran califa de Egipto Málico al-Kamil.  El califa retó a Francisco a caminar sobre una cruz y, por eso, cometer la apostasía.  El santo lo hizo recordando al califa que había tres cruces en Gólgota el día que murió Jesús y Francisco pisoteó aquella del ladrón malvado.  Entonces Francisco retó a Málico a convertirse al cristianismo.  El califa se negó diciendo que si él se convertiría, sus paisanos matarían tanto a Francisco como a él.

El encuentro con el califa evidentemente cambió el planteamiento de Francisco.  Cuando se hicieron las normas para misioneros franciscanos, se estipuló que los frailes no habían de hacer a conversos con la espada ni habían de provocar a los no cristianos a martirizar a ellos.  Más bien, ellos tendrían que someterse a los musulmanes como ejemplo de la paciencia de Cristo o que proclamar a Cristo sin ninguna muestra de fuerza.  En la segunda lectura hoy San Pablo les pide a los romanos algo semejante.

En su entusiasmo para la fe a veces la gente quiere hacer sacrificios extraordinarios.  Puede ser caminar cien millas a un santuario o posiblemente ofrecer el pago de un mes de trabajo a una caridad.  Aunque no se burla de estos ofrecimientos, Pablo en la lectura recomienda otro tipo de sacrificio.  Les dice que se ofrezcan a sí mismos.  Tiene en cuenta obras de caridad que reflejan el amor de Jesús a los demás.  Por ejemplo, hay voluntarios de una parroquia que va a la prisión federal cada quince días para compartir la fe con los encerrados.  Otro ejemplo es la gente de otra parroquia que sirve comida a los indigentes cada ocho días. 

“No tengo tiempo para visitar la prisión”, dirán algunos.  Otros agregarán, “No puedo imaginarme en la calle con los alcohólicos y adictos”.  Está bien;  hay cien mil maneras de ofrecer nuestro tiempo y esfuerzo al Señor.  No es aun necesario que ayudemos con nuestras manos.  Si nos toca a orar por los demás, esto también vale porque nos quita del televisor para pensar en otras personas.  Las palabras de Jesús en el evangelio deben formar nuestro pensar: “’Él que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga….’”

Vivimos en un mundo donde casi todos se preocupan de hacerse ricos, de tener a una persona sexy como pareja, o simplemente de pasar tanto tiempo como posible relejando ante el televisor.  Simplemente por fuerza de esta deriva contraria no es fácil poner el seguimiento de Jesús como la prioridad principal en la vida.  Sin embargo, tratamos a hacer exactamente eso porque, como dijo el médico que se recobró del viro Ebola la semana pasada, Dios ha sido tan bueno con nosotros.  También, a lo mejor con el mismo doctor, sabremos que colaborando con Jesús podremos hacer nuestro mundo – al menos nuestra comunidad – más sano.  Finalmente, no nos cabe duda que siguiendo a él, llegaremos a un mundo mejor donde no hay ni matanza ni indigentes.  Siguiendo a Jesús llagaremos a un mundo mejor.

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